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Enorme escultura de acero oscuro recortado con formas orgánicas, que se pliega sobre sí misma formando un pórtico sobre una explanada de hormigón, con su sombra dibujada en el suelo.

Diarios de viaje · España · Barcelona

Barcelona fragmentada

Entre 2002 y 2003, el traslado profesional temporal de mi pareja de entonces a Barcelona durante casi dos años convirtió la capital catalana, casi sin querer, en la ciudad que mejor llegaría a conocer de toda mi vida de viajero hasta ese momento.

Lectura de 18 minutos

Dos años de escapadas sin un programa concreto

Alrededor de diez escapadas repartidas entre puentes festivos, fines de semana largos y alguna semana de vacaciones encadenadas a alguno de esos viajes dieron material suficiente para ir tejiendo un conocimiento progresivo de la ciudad que muy pocas visitas turísticas al uso pueden ofrecer. Este artículo no es un diario cronológico sino una reflexión reordenada después del cierre de aquella etapa, estructurada por zonas de la ciudad y por temas recurrentes, para dejar constancia de cómo aquellas escapadas repetidas fueron construyendo una familiaridad urbana que ha marcado durante años mi manera de entender Barcelona.

La logística de aquellas visitas repetidas tenía poco de planificación turística y mucho de rutina adaptada a las circunstancias. Viajes en tren o en avión desde Bilbao según tarifas y horarios disponibles, llegadas los viernes por la tarde o los sábados por la mañana, regresos los domingos por la noche o los lunes laborables tempranos, estancias que iban desde las cuarenta y ocho horas más modestas hasta las semanas enteras aprovechando algún puente largo. El piso donde se alojaba mi pareja en Barcelona servía de base operativa sin el componente económico de hotel ni la presión de aprovechar cada hora como un turista visitante, lo que permitía un ritmo radicalmente distinto al del viaje convencional.

El resultado fue que, en lugar de visitar Barcelona una vez y tratar de cubrir los hitos principales en tres o cuatro días intensos, pude volver diez veces y dedicar cada escapada a profundizar en una zona, a repetir un barrio que me había gustado especialmente, a buscar lo que no había encontrado en la visita anterior o simplemente a pasear sin objetivo concreto. Barcelona se me fue revelando por capas sucesivas, con los primeros viajes cubriendo los iconos clásicos y los posteriores explorando territorios más discretos donde el turismo convencional raramente llega.

Las escapadas también sirvieron para conocer el entorno costero catalán, con excursiones de día o de fin de semana a Sitges como destino más frecuente, alguna visita puntual a Salou y una jornada completa en Port Aventura que merecen mención específica al final del artículo. Una experiencia muy distinta del modelo de viaje insular que empezaría a desarrollar en paralelo con la primera visita a Fuerteventura en junio de 2003, y que quedó como un paréntesis intensivo particularmente valioso en mi trayectoria como viajero.

Ciutat Vella: el Gótico, el Raval y el Born por capas

El primer Barcelona que se conoce es siempre el mismo: el casco histórico, la Rambla, la catedral, el Barrio Gótico con sus callejuelas medievales. En la primera escapada hice exactamente ese recorrido canónico, y la impresión inicial fue potente pero también parcial, como suele ocurrir con cualquier primera visita turística a una ciudad grande. La Catedral de Santa Eulalia con su fachada neogótica del XIX, la Plaça de Sant Jaume con la Generalitat y el Ayuntamiento enfrentados, la Plaça Reial con las farolas de Gaudí, el Museu Frederic Marès con su colección heterogénea sorprendente, la Basílica de Santa Maria del Pi con su rosetón. Los hitos habituales que se pueden cubrir en dos días intensos de paseo.

Lo interesante vino después. En escapadas sucesivas, el Gótico se fue mostrando como algo más complejo que el circuito de guía: la Plaça Sant Felip Neri con los impactos de metralla del bombardeo de 1938 todavía visibles en las paredes de la iglesia, el Call Jueu con sus callejones estrechos y la sinagoga medieval recuperada en los últimos años, el Museu d'Història de Barcelona con los restos arqueológicos romanos de Barcino bajo la Plaça del Rei, el Carrer de Petritxol con sus granjas y chocolaterías tradicionales, la iglesia de Santa Anna con su claustro románico escondido prácticamente en el corazón del casco. Capas sucesivas que solo van apareciendo con la paciencia de la visita repetida.

El Raval, al oeste de la Rambla, fue otro descubrimiento progresivo. En los primeros viajes lo evité por la mala prensa que todavía arrastraba en aquellos años (la reputación del antiguo Barrio Chino como zona marginal pesaba en las guías turísticas convencionales), pero en escapadas posteriores, y especialmente tras la apertura del MACBA y la transformación progresiva de la zona alta del Raval, empecé a explorarlo con calma. El contraste entre el Raval alto, con su componente de regeneración cultural moderna (la Rambla del Raval reformada, la Filmoteca de Catalunya, el CCCB), y el Raval bajo hacia el puerto, con su carácter más popular y multicultural, da al barrio una personalidad dual muy particular. La Biblioteca de Catalunya en el antiguo Hospital de la Santa Creu, con su arquitectura gótica recuperada, o el Palau Güell en el Carrer Nou de la Rambla con la obra temprana de Gaudí recién restaurada, son hitos que combinan bien con el componente más contemporáneo del barrio.

El Born, al este del Gótico, fue el tercer descubrimiento mayor del casco histórico. Durante los años de mis escapadas el antiguo Mercat del Born todavía no había reabierto como centro cultural (la reforma que culminaría en 2013 estaba ya anunciada pero no ejecutada), pero el barrio ya estaba en plena transformación hacia el perfil sofisticado que hoy lo caracteriza. Santa Maria del Mar con su gótico mediterráneo luminoso, el Museu Picasso repartido en varios palacios medievales del Carrer Montcada, la Iglesia de Sant Pere de les Puelles con sus orígenes románicos, el Parc de la Ciutadella como espacio verde adyacente. El Born tiene quizá la densidad patrimonial más alta del casco barcelonés, con el valor añadido de una escala más modesta que permite paseos más íntimos que los de la abarrotada Rambla.

Eixample: Gaudí, el modernismo y la cuadrícula de Cerdà

El Eixample, la expansión decimonónica diseñada por Ildefons Cerdà tras el derribo de las murallas medievales, fue el segundo gran territorio barcelonés que fui descubriendo en las sucesivas escapadas. La lógica de la cuadrícula regular con manzanas octogonales, los chaflanes de cuarenta y cinco grados que dan personalidad urbana inconfundible a la ciudad, la distribución planificada de equipamientos y zonas verdes, componen uno de los experimentos urbanísticos más ambiciosos del siglo XIX europeo y siguen siendo hoy una de las señas identitarias de Barcelona.

Pero lo que hace del Eixample un destino turístico irresistible es la extraordinaria concentración de arquitectura modernista catalana de finales del XIX y principios del XX. La Sagrada Família, todavía en obras durante mis escapadas (como llevaba desde 1882 y como seguirá todavía varios años más), ya era entonces uno de los iconos de la ciudad, con el ambiente característico de lugar-eternamente-en-construcción que forma parte ya de su identidad. Visitarla varias veces con distintos años de diferencia permitía apreciar los avances constructivos entre visitas: la nave principal ya techada durante mis últimas escapadas, la fachada de la Pasión avanzada, las torres de los Evangelistas todavía pendientes.

La Casa Batlló y La Pedrera (Casa Milà) en el Passeig de Gràcia, la Casa Amatller justo al lado de la Batlló formando la famosa "manzana de la discordia" modernista, el Palau de la Música Catalana en las inmediaciones del Born aunque administrativamente en el Eixample norte, el Hospital de Sant Pau con su conjunto monumental de Domènech i Montaner. Cada escapada me permitía añadir uno o dos edificios nuevos al catálogo personal, además de repetir los ya conocidos con mayor detalle en visitas posteriores.

El Passeig de Gràcia como eje comercial elegante, la Rambla de Catalunya como alternativa más tranquila, la Plaça de Catalunya como bisagra entre Ciutat Vella y Eixample, la Diagonal cortando la cuadrícula en diagonal tal como indica su nombre, el mercado de la Concepció y otros mercados tradicionales del barrio, los pequeños parques y jardines interiores de algunas manzanas recuperados para uso público. El Eixample se puede recorrer durante semanas sin agotarlo, y varias de mis escapadas se dedicaron prácticamente de manera exclusiva a este territorio.

Gràcia, Poble Sec, Sant Antoni: los barrios de ritmo lento

Más allá del circuito turístico convencional, algunos barrios barceloneses conservan un carácter más propio que solo se aprecia con tiempo. Gràcia fue el descubrimiento probablemente más valioso de todas mis escapadas: un antiguo pueblo independiente anexionado a Barcelona en 1897, que conserva una personalidad urbana radicalmente distinta a la del Eixample que lo rodea. Calles estrechas que cortan con la lógica cuadricular al empezar a subir hacia Gràcia, plazas pequeñas con bares y terrazas de ambiente vecinal (Plaça del Sol, Plaça de la Virreina, Plaça de la Vila, Plaça del Diamant), pequeños comercios tradicionales resistiendo junto a propuestas alternativas nuevas, una escala urbana más íntima y sosegada. Visitar Gràcia en domingo por la mañana, con los bares abriendo para los desayunos, con los vecinos paseando al perro, con el mercado de la Llibertat en plena actividad, es una de las experiencias barcelonesas más gratificantes y más alejadas del tópico turístico.

Poble Sec, al sur del Paral·lel en las laderas de Montjuïc, fue otro descubrimiento tardío. Barrio tradicionalmente obrero con fuerte identidad propia, con el Mercat de les Flors como hito cultural y con el Teatre Grec como escenario emblemático de los veranos culturales barceloneses. Los bares y restaurantes de tapas de la zona del Carrer de Blai, que en mis años de escapadas estaban empezando a definir una cierta oferta gastronómica popular reconocible, iban consolidándose progresivamente como uno de los circuitos de tapas más auténticos de la ciudad. Un barrio con personalidad trabajadora que conserva rasgos identitarios claros frente a la gentrificación acelerada que entonces estaba transformando otras zonas más centrales.

Sant Antoni, en el Eixample izquierdo, era en aquellos años uno de los barrios más tranquilos del centro amplio, con el enorme mercado municipal que funcionaba como corazón vecinal (sin la reforma moderna que llegaría después), con pequeños comercios tradicionales en las calles circundantes y con el mercadillo dominical de libros y coleccionismo frente al mercado como cita ritual de los domingos por la mañana. El barrio tenía entonces un perfil completamente distinto al actual (la transformación gastronómica y comercial de los últimos años lo ha modificado sustancialmente), más popular y local, y fue uno de los lugares donde mejor entendí cómo funciona un barrio residencial barcelonés más allá de la densidad turística del centro.

Montjuïc y el Barcelona de los miradores

Montjuïc, la montaña urbana que se alza sobre el puerto en el suroeste de la ciudad, fue otro de los territorios que fui descubriendo progresivamente en las escapadas. La transformación del monte para los Juegos Olímpicos de 1992 había dejado un conjunto de equipamientos culturales y deportivos particularmente denso: el MNAC en el Palau Nacional con la colección más importante de arte románico catalán del mundo, la Fundació Joan Miró en el pabellón diseñado por Josep Lluís Sert, el CaixaForum en la antigua fábrica Casaramona de Puig i Cadafalch, el Pueblo Español como recreación arquitectónica de distintas regiones españolas construida para la Exposición Universal de 1929, el Estadi Olímpic y el Palau Sant Jordi en las instalaciones olímpicas, el Castell de Montjuïc en la cumbre.

Subir a Montjuïc en teleférico o en funicular era parte del ritual de casi todas las escapadas, con la panorámica desde la cumbre como uno de los momentos más memorables del viaje en cada ocasión. La vista desde el mirador del castillo abarca prácticamente toda la ciudad en una perspectiva completa que permite entender la estructura urbana: el puerto industrial al sur, el Eixample con su cuadrícula regular ocupando la llanura central, Ciutat Vella como núcleo histórico densamente construido, Gràcia y los antiguos pueblos incorporados subiendo hacia el norte, el Tibidabo cerrando el horizonte por la Serra de Collserola.

El Tibidabo, la otra gran montaña barcelonesa al norte, visité varias veces también. El parque de atracciones histórico en la cumbre, uno de los más antiguos de Europa (inaugurado en 1901), mantiene todavía atracciones originales recuperadas como el Avión (un simulador de vuelo de 1928, uno de los primeros del mundo), el Museu d'Autòmats (colección de autómatas de feria de los siglos XIX y XX) o el Carrusel mecánico. El Temple Expiatori del Sagrat Cor en la cima, con su estatua monumental coronando la cumbre, es uno de los hitos visuales más reconocibles del horizonte barcelonés vistos desde la ciudad.

Poblenou, Barceloneta: puerto, playa y transformación

El frente marítimo de Barcelona, completamente transformado por los Juegos Olímpicos de 1992, era uno de los aspectos más modernos de la ciudad durante mis años de escapadas. La Barceloneta, antiguo barrio de pescadores construido en el XVIII sobre terrenos ganados al mar, mantenía todavía fuerte identidad popular pese a la creciente presión turística: calles estrechas con la retícula ortogonal original, casas bajas tradicionales, bares de chiringuito con arroces y pescados, el Mercat de la Barceloneta como núcleo vecinal, las Playas de la Barceloneta y del Somorrostro recientemente recuperadas para uso ciudadano.

El Poblenou, más al norte, estaba en pleno proceso de transformación de barrio industrial obsoleto a zona emergente del distrito 22@, la apuesta municipal por la reconversión tecnológica de antiguos espacios industriales. Durante mis años de escapadas el proceso estaba ya avanzado pero incompleto, con fábricas abandonadas conviviendo con edificios modernos recién construidos, con artistas y jóvenes profesionales ocupando lofts industriales recuperados y con una atmósfera general de frontera urbana en transformación que daba al barrio un carácter particular. El Cementiri de Poblenou, uno de los cementerios monumentales más notables de España, era una visita singular que hice en una de las escapadas con interés hacia el arte funerario decimonónico.

El Port Vell, el Port Olímpic con sus gemelas torres inaugurales olímpicas (Hotel Arts y Torre Mapfre), el paseo marítimo extendiéndose hacia el norte a lo largo de kilómetros, el Fòrum en construcción durante mis últimos viajes para el evento de 2004 que daría pie a nuevas reformas urbanas. Todo el frente marítimo era un territorio en evolución constante, completamente distinto a la Barcelona histórica del centro y también distinta del Eixample decimonónico. Una tercera Barcelona contemporánea que empezaba a consolidarse como nuevo polo urbano atractivo.

Sitges: escapada repetida por afinidad

Las escapadas costeras más frecuentes durante aquellos dos años fueron a Sitges, a apenas cuarenta kilómetros al suroeste de Barcelona por la C-32 o por tren regional desde Passeig de Gràcia en poco más de media hora de trayecto. Sitges es una pequeña villa costera con carácter propio muy marcado: casco histórico medieval conservado sobre el promontorio que domina las dos playas principales, la iglesia fortificada de Sant Bartomeu i Santa Tecla como hito visual identificativo, pequeñas calles empedradas con galerías de arte y tiendas de moda, paseo marítimo bordeado de mansiones señoriales construidas durante los últimos dos siglos por los indianos enriquecidos con el comercio americano.

Pero Sitges es además, y esto fue factor decisivo en la frecuencia de nuestras visitas, uno de los destinos gay-friendly más consolidados del Mediterráneo español y uno de los referentes internacionales del turismo LGBT en Europa. Durante los meses de verano especialmente, el pueblo adquiere un perfil cosmopolita particular, con amplia oferta gastronómica de calidad, vida nocturna intensa en las zonas del Carrer Primer de Maig y alrededores del casco antiguo, playas diferenciadas (Platja dels Balmins y Platja del Muerto como referentes nudistas y gay-friendly, Platja de Sant Sebastià como más familiar), y atmósfera general tolerante y relajada que contrasta con pueblos costeros más conservadores del entorno catalán.

Durante las aproximadamente seis o siete escapadas a Sitges que hicimos aquellos dos años, el patrón habitual era similar: llegada por la mañana en tren desde Passeig de Gràcia, paseo por el casco histórico y el paseo marítimo, comida en alguno de los restaurantes del puerto pesquero o de las calles interiores, tarde larga de playa dependiendo de la temporada, cena en el casco antiguo y regreso nocturno a Barcelona. Visitamos también algunas ediciones del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya que se celebra anualmente en Sitges cada octubre, aprovechando alguna escapada coincidente con el evento para asistir a proyecciones puntuales. Y recorrimos con cierta profundidad los hitos monumentales del pueblo: el Museu Cau Ferrat casa-museo del pintor modernista Santiago Rusiñol, el Museu Maricel con colección de arte medieval y moderno, las mansiones indianas del Passeig Marítim como exponentes de la arquitectura colonial americanizante del XIX.

Sitges se quedó, después de aquellos dos años, como uno de esos sitios que aunque no vuelva uno durante años permanecen grabados con precisión memorística, por la repetición de la experiencia y por la familiaridad acumulada que muchas visitas a mayor distancia temporal nunca alcanzan.

Port Aventura y Salou como excursión puntual

La Costa Daurada al sur de Tarragona fue objeto de una escapada específica durante aquellos dos años, principalmente motivada por la visita al parque temático de Port Aventura que en aquellos años estaba en pleno apogeo como principal atracción turística del sur de Cataluña. Port Aventura, inaugurado en 1995 por el grupo Anheuser-Busch y posteriormente adquirido por La Caixa y otros socios, era entonces (y sigue siendo hoy) uno de los grandes parques temáticos de Europa, con su organización temática por zonas geográficas (Mediterrània, Polynesia, China, México, Far West y la zona infantil de Sésamo Aventura añadida posteriormente) y con una gama de atracciones que iba de las experiencias familiares suaves hasta montañas rusas de gran recorrido.

La visita, que hicimos en un día completo aprovechando un fin de semana de puente, tuvo el esquema habitual de jornada intensa de parque temático: llegada temprana para aprovechar las primeras horas antes de que se acumularan las colas, recorrido sistemático por las distintas áreas temáticas con al menos una atracción importante en cada una, espectáculos a mediodía (el parque organiza varios espectáculos diarios distribuidos por las distintas zonas), comida rápida en uno de los restaurantes interiores, tarde dedicada a las atracciones más emocionantes y cena en alguno de los restaurantes temáticos antes del cierre. Una experiencia entretenida con ritmo propio muy distinto al del turismo cultural habitual, y una de las pocas incursiones en el modelo de turismo de ocio familiar de gran escala que hemos hecho en nuestra trayectoria viajera.

Salou, la localidad costera adyacente a Port Aventura y una de las zonas turísticas más consolidadas de la Costa Daurada, sirvió como alojamiento de aquella escapada en uno de los muchos hoteles de la zona dimensionados para la gran afluencia del parque. Salou en junio tiene un perfil mayormente familiar y nacional, con playa extensa de arena dorada, paseo marítimo largo con bares y terrazas, oferta comercial orientada al turismo vacacional y ambiente general amable sin las intensidades masivas de destinos más saturados. Una visita funcional sin grandes aspiraciones culturales, pero que completó el mapa de la costa catalana sur durante aquella etapa.

Balance después de dos años

Cerrar la etapa barcelonesa en diciembre de 2003, cuando el traslado laboral temporal llegó a su fin y las escapadas se acabaron de manera natural, dejó una sensación ambivalente. Por un lado, la satisfacción de haber aprovechado con intensidad una oportunidad geográfica que muy pocas circunstancias repiten: conocer una gran ciudad europea durante dos años seguidos con un ritmo de visitas mensual o casi mensual, con base privada para alojarse y con el margen suficiente para profundizar donde el interés marcara, en lugar de limitarse a los circuitos estándar. Barcelona quedó, al final de aquellos dos años, como la ciudad extranjera a mis referencias bilbaínas que mejor conocía, probablemente superando en familiaridad incluso a otras ciudades españolas que había visitado mucho más tiempo pero con menor frecuencia.

Por otro lado, la consciencia de que la condición específica de aquellas escapadas no era replicable: sin el traslado profesional temporal, sin la base privada para alojarse, sin el flujo regular de viajes de ida y vuelta, cualquier intento futuro de mantener el conocimiento de Barcelona tendría que construirse sobre otros cimientos. Los años posteriores confirmarían que volver a Barcelona se convierte siempre en una experiencia particular: reconocer calles por las que no he pasado desde hace tiempo, comprobar transformaciones urbanas de zonas que conocí en otro estado, añadir capas nuevas sobre las capas anteriores sin perder el sedimento acumulado en aquellos dos años fundacionales.

La Barcelona que conocí entre 2002 y 2003 era además una Barcelona específica, muy distinta de la de ahora. Antes de la transformación completa del Poblenou, antes de la apertura del Born como centro cultural, antes de la saturación turística masiva de Ciutat Vella que en la última década ha cambiado radicalmente el ambiente de barrios como el Gótico, antes de la gentrificación galopante de Sant Antoni o de Sants, antes de la sofisticación actual del Eixample derecho, antes de la pandemia y de sus consecuencias sobre el modelo turístico barcelonés. La ciudad ha seguido evolucionando, como hacen siempre las grandes capitales europeas, pero el conocimiento adquirido entonces sigue siendo la base firme sobre la que se construyen todas las experiencias barcelonesas posteriores.

Queda claro que Barcelona no cabe en diez escapadas, ni siquiera con el ritmo sostenido y la profundidad creciente que aquellas permitieron. Pero diez escapadas repetidas, con tiempo y familiaridad progresiva, ofrecen un tipo de conocimiento urbano muy distinto al que pueden proporcionar tres días de turismo concentrado o incluso una estancia única de dos semanas. Es el conocimiento que viene del hábito más que del programa, de la repetición más que del descubrimiento, del barrio conocido a fuerza de pasar por él muchas veces más que del hito monumental visitado una vez. Una forma de aproximación a las ciudades que en aquellos años entendí por primera vez con plenitud, y que a partir de entonces me acompañaría siempre que he tenido la oportunidad de repetir destinos en lugar de acumular novedades.

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