Saltar al contenido
El monumento a Alfonso XII reflejado en el estanque del Retiro de Madrid, con su columnata semicircular y la estatua ecuestre en lo alto, rodeado de árboles con los primeros tonos de otoño.

Diarios de viaje · España · Madrid

Madrid entre musicales y el SIMO

Seis días en Madrid en noviembre de 2003 combinando turismo, dos musicales en cartel y mi primera visita al SIMO. Del Retiro al Rastro, pasando por el Prado, el Palacio Real y el Parque Warner, con El Fantasma de la Ópera y Cabaret como guinda teatral del viaje.

6 días Lectura de 34 minutos

Seis días en Madrid: una feria, dos musicales y una ciudad todavía por descubrir

Introducción al viaje

No todos los viajes nacen del deseo puro. Algunos son combinaciones inteligentes de varios pretextos que se juntan hasta dar sentido a una escapada. El primero de este fue el SIMO, la gran feria de informática que se celebraba cada otoño en el Recinto Ferial Juan Carlos I. La empresa en la que trabajaba entonces, Panda Software, tenía allí un stand propio, y eso me permitía entrar gratis con acreditación corporativa. Nunca había pisado la feria: en años posteriores me tocaría estar detrás del mostrador varias veces, con esas jornadas eternas que acompañan a las ferias, pero en noviembre de 2003 yo era todavía un visitante de primera vez, con la ventaja añadida de poder pasar a saludar a los compañeros mientras ellos trabajaban.

El segundo pretexto se sumó enseguida: aprovechar el mismo viaje para hacer unos días de turismo por Madrid en pareja. No tenía sentido ir para un día y volver, pudiendo encadenar una visita más completa. Con el autobús directo desde Bilbao saliendo decenas de veces al día y un calendario de noviembre libre de aglomeraciones veraniegas, encajar seis días en la capital era perfectamente viable. Y con dos musicales en cartel —El Fantasma de la Ópera en el Teatro Lope de Vega desde hacía algo más de un año y Cabaret recién estrenado en el Nuevo Teatro Alcalá apenas tres semanas antes—, el programa se escribía prácticamente solo.

Conviene decir de entrada que Madrid no era para mí terreno conocido. Había estado antes un par de veces, poco más, y ninguna con tiempo suficiente para hacerme una idea real de la ciudad. Mi hermano llevaba entonces muy pocos años viviendo allí, así que tampoco existía todavía esa costumbre de bajar cada cierto tiempo que vendría después. Este viaje fue, en la práctica, mi primera visita seria a la capital.

El autobús desde Bilbao y un hotel a las afueras

Para ir a Madrid desde Bilbao, el autobús seguía siendo la mejor opción. Menos de cinco horas de puerta a puerta, precio razonable, salidas muy frecuentes desde Termibus y una parada intermedia de media hora que permite estirar las piernas y volver al asiento con el cuerpo en forma. El AVE no llegaba al norte —lo llevaban años anunciando, pero las obras iban lentas—, el tren convencional era más lento y no mucho más barato, y el avión, para seis días y sin prisa, no justificaba ni los desplazamientos a Loiu y Barajas ni el precio del billete.

El alojamiento fue una decisión puramente económica: un Ibis bastante alejado del centro. Nada de hotelito con vistas a la Gran Vía. A cambio de un precio que encajaba en el presupuesto, aceptamos el peaje diario de metro para entrar y salir del casco histórico. Con el tiempo he aprendido que dormir lejos del centro cambia bastante la textura de un viaje: pierdes la posibilidad de subir a la habitación a media tarde, ganas la sensación de moverte por la ciudad como se mueve la gente que vive en ella. En Madrid, con una red de metro y cercanías que funciona bien, el peaje fue asumible.

El reparto de los días salió bastante coherente. El primero, llegada y paseo por el Retiro. El segundo, Museo del Prado y musical por la noche. El tercero, SIMO por el día y otro musical por la noche. El cuarto, Parque Warner. El quinto, el Madrid clásico a pie. El sexto, Rastro y vuelta a casa. Suficiente para cubrir lo esencial sin agobios.

Día 1 en Madrid: del Retiro a la Puerta de Alcalá, con parada modernista

Martes 4 de noviembre de 2003

El autobús salió de Termibus por la mañana y, con la parada intermedia correspondiente, llegamos a Méndez Álvaro sobre las tres de la tarde. Metro hasta el hotel, check-in rápido, soltar las mochilas y volver a salir sin perder tiempo: con dos horas escasas de luz útil por delante, cualquier minuto en la habitación era un minuto perdido.

El plan de la primera tarde era el clásico de manual: subir al Retiro, bajar por la Puerta de Alcalá, seguir por el paseo de Recoletos hasta la Plaza de Colón y rematar en el edificio de la SGAE, que tenía muchas ganas de ver con calma. Itinerario corto y muy caminable, ideal para un primer contacto.

El Retiro en otoño

El Parque del Retiro es uno de los grandes espacios verdes urbanos de Europa, con sus ciento veinticinco hectáreas de jardines, estanques, esculturas y edificios dispersos. Durante siglos fue jardín real privado —aquí se levantaba el Palacio del Buen Retiro de Felipe IV, del que apenas sobreviven vestigios— y solo a finales del siglo XIX pasó a ser espacio público.

Entramos por la Puerta de España y fuimos derechos al estanque central. En noviembre los árboles ya están perdiendo hoja, con ese paisaje melancólico de los parques en otoño, aunque el tiempo estaba amable, sin lluvia y con algo de sol filtrándose entre nubes. El estanque, con los botes de alquiler bajo el monumento a Alfonso XII —esa columnata semicircular coronada por la estatua ecuestre, diseñada por José Grases Riera y terminada en 1922—, es probablemente la estampa más conocida del parque. Nos quedamos un rato mirando remar a las parejas y haciendo fotos.

Seguimos hacia el Palacio de Cristal, joya de hierro y vidrio construida en 1887 para albergar una exposición de flora filipina, inspirada en el Crystal Palace londinense aunque a menor escala. Dentro había una exposición temporal de arte contemporáneo que no me dejó huella: el continente vale bastante más que el contenido puntual, francamente. Paseamos después por las rosaledas ya sin flores, por el jardín de Cecilio Rodríguez y por la estatua del Ángel Caído, ese monumento a Lucifer que la leyenda urbana presenta como el único del mundo dedicado al diablo, y salimos hacia el noroeste.

El Palacio de Cristal del Retiro visto desde el estanque, con su estructura de hierro y vidrio reflejada en el agua.Detalle de la fachada del Palacio de Cristal del Retiro, con el entramado de hierro y los paneles de vidrio.
El Palacio de Cristal del Retiro, por fuera y en detalle de su fachada de hierro y vidrio.

De la Puerta de Alcalá a la Plaza de Colón

Saliendo del parque por el norte se desemboca en la Plaza de la Independencia, presidida por la Puerta de Alcalá. El arco neoclásico, levantado entre 1769 y 1778 por orden de Carlos III según diseño de Francisco Sabatini, tiene cinco vanos, escultura ornamental en el ático y el escudo real sobre el arco central. Madrid, a diferencia de otras capitales europeas, conserva estas puertas monumentales como isletas rodeadas de tráfico, más como hitos escenográficos que como pasos funcionales. Le da al conjunto un aire de gran teatro urbano que no está mal, aunque se echa de menos algo más de delicadeza peatonal.

Bajamos por la calle de Alcalá hasta Cibeles, con la fuente de la diosa en su carro tirado por leones y cuatro edificios de épocas distintas rodeándola: el Palacio de Comunicaciones de Antonio Palacios, esa mole neoplateresca que parece una catedral civil; el Banco de España; el Palacio de Buenavista; y el Palacio de Linares, sede de la Casa de América. Uno de los conjuntos urbanos más ricos de la ciudad.

Desde allí subimos por el paseo de Recoletos hacia Colón, dejando la Gran Vía para otro día. El paseo, proyectado en el siglo XIX como gran eje burgués, conserva su carácter señorial de palacetes decimonónicos y edificios de alto standing, con el Gran Café Gijón como reducto literario por el que han pasado media generación del 98, toda la del 27 y buena parte de la posguerra. No entramos, pero pasamos por delante con el respeto obligado. La Plaza de Colón nos recibió al atardecer, con su monumento decimonónico al navegante en un extremo y los grandes monolitos de hormigón de los Jardines del Descubrimiento en el otro. El conjunto es estéticamente caótico —los monolitos de los setenta chirrían con el resto—, pero tiene carácter propio.

La Puerta de Alcalá con sus cinco vanos y el escudo real sobre el arco central, en medio de la Plaza de la Independencia.
La Puerta de Alcalá, el arco neoclásico de Carlos III con sus cinco vanos y el escudo real sobre el arco central, en la Plaza de la Independencia.

El edificio Longoria, sede de la SGAE

Desde Colón nos desviamos hacia la calle Fernando VI para ver el edificio de la SGAE, obra de José Grases Riera —el mismo del monumento a Alfonso XII, curiosa coincidencia en un mismo día— construida entre 1902 y 1905 como casa particular para la familia Longoria y sede de la Sociedad General de Autores desde 1950.

Es una rareza en Madrid. El modernismo tuvo enorme fuerza en Barcelona con Gaudí, Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch, pero en la capital apenas dejó rastro, y la Longoria es de los poquísimos ejemplos importantes. La fachada es exuberante: balcones curvos, vidrieras de colores, relieves vegetales, un templete decorativo en una esquina, portones de hierro forjado con diseños sinuosos. Una bofetada modernista en mitad del Madrid de piedra clara y balcones neoclásicos. No se puede visitar el interior salvo en ocasiones concretas, pero la fachada justifica de sobra el desvío. Pasamos un buen rato rodeándola desde distintos ángulos.

La fachada modernista del edificio Longoria, con sus balcones curvos, relieves vegetales y el templete decorativo en la esquina.
La fachada modernista del edificio Longoria, sede de la SGAE, con sus balcones curvos, sus relieves vegetales y el templete decorativo de la esquina.

Con la noche cerrada, volvimos dando un paseo tranquilo por Chueca y cenamos en un mesón cercano antes de bajar al metro. Noviembre en Madrid, con siete u ocho grados al anochecer, resulta hasta cálido para un bilbaíno. Al día siguiente tocaba el Prado, que exige piernas frescas.

Día 2 en Madrid: el Museo del Prado y El Fantasma de la Ópera

Miércoles 5 de noviembre de 2003

El Museo del Prado no es uno más entre los grandes museos europeos. Tiene una característica que lo distingue de casi todos: su colección es más concentrada, con menos piezas totales pero con una densidad de obras maestras apabullante. Mientras en el Louvre o el British uno puede recorrer cien salas sin tropezar con nada memorable, en el Prado casi cada sala aloja al menos una pieza de primer nivel mundial. Velázquez, Goya, El Greco, el Bosco, Rubens, Tiziano, Durero. Esa concentración se explica por el papel de Habsburgo y Borbones como grandes coleccionistas europeos durante siglos.

Llegamos con la apertura, entrando por el edificio Villanueva, el neoclásico histórico proyectado a finales del siglo XVIII. Había planes anunciados de ampliación a cargo de Rafael Moneo que integrarían el claustro de los Jerónimos, pero las obras estaban apenas arrancando. Cogimos el plano y nos organizamos un recorrido de varias horas, con café a mitad.

Velázquez y Goya, el corazón del museo

Empezamos por las salas de Velázquez. Allí está Las Meninas, ese cuadro sobre el que se han escrito libros enteros y que sigue generando lecturas nuevas cada generación. Verlo a su escala real, con el espacio ilusorio desplegándose en profundidad, es una experiencia que ninguna reproducción sustituye. Me quedé un buen rato delante, moviéndome a izquierda y derecha para ver cómo cambia la perspectiva, fijándome en el autorretrato del pintor con la paleta, en el reflejo de los reyes en el espejo del fondo, en las miradas cruzadas. Pero Velázquez en el Prado no es solo eso: están La rendición de Breda, Cristo crucificado, La fragua de Vulcano, los retratos de Felipe IV a distintas edades, los retratos de bufones y enanos de la corte —humanísimos, sin una gota de condescendencia— y Los borrachos. Una sala tras otra con una continuidad que ningún otro museo del mundo ofrece.

Después, Goya, que aquí se puede recorrer en orden cronológico y en sus dos caras. La luminosa y cortesana, con los cartones para tapices, La gallina ciega, La pradera de San Isidro, las dos majas colgadas juntas como piden ser vistas y esa Familia de Carlos IV que sigue siendo el retrato colectivo más incómodo jamás pintado, con una verdad psicológica devastadora. Y la otra: las pinturas negras que dejó en los muros de la Quinta del Sordo durante su vejez. Saturno devorando a su hijo, El aquelarre, Dos viejos comiendo sopa, El perro semihundido y su imagen terrible de un perrillo solo mirando a un cielo vacío. Viendo esas obras se entiende por qué Goya es el primer pintor verdaderamente moderno de la historia: se adelantó un siglo al simbolismo, al expresionismo y a toda la sensibilidad contemporánea.

El Bosco, El Greco y el resto de la colección

En las salas flamencas, el Bosco y su Jardín de las delicias, ese tríptico imposible con sus tres paneles poblados de criaturas fantásticas, frutas gigantes y músicos tocando instrumentos clavados en cuerpos humanos. Felipe II era devoto del cuadro y lo atesoró en El Escorial durante décadas. Es de esas obras que uno podría mirar durante horas descubriendo detalles nuevos.

En las salas españolas del XVI, El Greco: los alargamientos imposibles, los rostros místicos, los azules irreales, esa espiritualidad casi fosforescente de La Trinidad o El caballero de la mano en el pecho. Rodeado de sus contemporáneos y predecesores se entiende mucho mejor que descontextualizado en un museo extranjero. El resto lo recorrimos ya con más paso: Tiziano y sus retratos de Carlos V, Tintoretto, Veronés, las Tres Gracias de Rubens, el Descendimiento de Van der Weyden, el autorretrato juvenil de Durero. El Prado tiene una densidad tal que llega un momento en que los ojos se saturan. Comimos en la cafetería del propio museo para no perder tiempo y salimos a media tarde con los pies protestando y la cabeza llena.

El Fantasma de la Ópera en el Teatro Lope de Vega

La tarde no pedía más turismo, así que paseamos sin agenda desde el museo hacia el centro, cruzando Neptuno y siguiendo hacia la Gran Vía, donde está el Teatro Lope de Vega. Cenamos algo ligero cerca del teatro sabiendo que la función de El Fantasma de la Ópera empezaba a las ocho y media y duraba casi tres horas.

El montaje era una producción a escala de Broadway, con un despliegue técnico y escenográfico que yo no había visto hasta entonces en España: la lámpara cayendo sobre el patio de butacas, el lago subterráneo, los cambios de escena resueltos con una solvencia impecable. Lloyd Webber en estado puro, con las melodías reconocibles en los primeros compases —The Music of the Night, All I Ask of You, el tema principal con su órgano estruendoso— y un montaje fiel al original que llevaba ya más de un año en cartel.

Salimos a las once y media con la cabeza llena de música y la Gran Vía encendida. Madrid de noche tiene una animación considerable: cafeterías abiertas, gente en la calle, terrazas con clientes pese al frío. Volvimos cruzando Callao y la Puerta del Sol antes de coger el metro.

Día 3 en Madrid: primera visita al SIMO y noche de Cabaret

Jueves 6 de noviembre de 2003

El SIMO —Salón Internacional de Informática, Multimedia y Comunicaciones, aunque a esas alturas casi nadie desarrollaba ya las siglas— era la gran feria anual del sector en España, celebrada cada noviembre en IFEMA. Durante muchos años funcionó como punto de encuentro donde empresas grandes y pequeñas presentaban sus novedades al público profesional y al general en días alternos.

Panda Software, la empresa para la que trabajaba en Bilbao, tenía allí stand propio, grande y bien ubicado. Yo nunca había ido: en años sucesivos me tocaría viajar varias veces para atender ese mostrador, con las jornadas de ocho o diez horas de pie que eso supone, pero aquel otoño de 2003 la relación era mucho más cómoda. Tenía entrada gratuita gracias a la acreditación corporativa y ninguna responsabilidad que cumplir. Podía recorrer la feria a mi ritmo y pasar a saludar.

IFEMA y las tendencias tecnológicas de 2003

Fuimos por la mañana en metro hasta Campo de las Naciones, que deja justo en la entrada del recinto. Había colas considerables en taquilla, pero con la acreditación entramos directos. Lo primero que se nota al cruzar la puerta es el ruido: decenas de stands con pantallas reproduciendo presentaciones, pequeños escenarios con actuaciones y megafonías compitiendo entre sí. Las luces son intensas y los colores corporativos lo dominan todo.

La feria ocupaba varios pabellones organizados por sectores: fabricantes de hardware, software, telecomunicaciones, periféricos, almacenamiento, videojuegos, formación. Y las tendencias del año se leían con claridad. Los portátiles con Wi-Fi incorporado y pantallas de quince pulgadas empezaban a dejar de ser cosa de profesionales viajeros para llegar al público doméstico. El ADSL estaba en plena expansión, con Telefónica en campaña agresiva y Ya.com, Jazztel y Tele2 peleando por un hueco, y sus stands llenos de gente preguntando por contratos. La fotografía digital era otro boom: cámaras de tres y cuatro megapíxeles ya perfectamente accesibles, con Canon, Nikon, Sony y Olympus sacando modelos cada pocos meses. Los móviles con cámara integrada aparecían en todos los stands de telecos, aunque con una calidad todavía lamentable. Y los MP3 estaban dejando atrás al discman: el iPod iba por su segunda generación y los clones proliferaban.

Recorrimos los pabellones sin agobios, deteniéndonos en lo que nos llamaba la atención, probando algún periférico y jugando un rato en una de las demos de videojuegos. Cogí folletos de varios fabricantes, porque tenía pensado cambiar de portátil en los meses siguientes y la feria era buen sitio para comparar. También había zonas dedicadas a formación y a administración pública, con el Ministerio de Hacienda enseñando la declaración de la renta por internet, que ese año había dado un salto importante, y una zona de empresas pequeñas donde se notaba que España aún no tenía ecosistema emprendedor tecnológico: la mayoría eran revendedores o consultoras.

El stand de Panda Software

A media mañana nos acercamos al stand de Panda, en uno de los pasillos centrales del pabellón de seguridad informática. Era de los grandes, con varios módulos demostrativos, área de prensa, sala de reuniones y zona de café. Los compañeros estaban atendiendo al público con el uniforme corporativo puesto, muy profesionales todos.

Me recibieron entre risas, me preguntaron cómo iban las vacaciones y se quejaron cariñosamente de lo dura que estaba siendo la mañana. Nos tomamos un café en la trastienda del stand, me presentaron a algún comercial de otra oficina y me pusieron al día de un par de cambios en el organigrama. Los compañeros de trabajo acaban convirtiéndose en una forma de familia laboral, y estos reencuentros fuera de la rutina tienen su valor. Lo curioso fue mirar el montaje desde el otro lado del mostrador: los folletos, las pantallas, los productos expuestos, todo visto con ojos de visitante. Con el tiempo entendería mejor lo que estaba viendo, porque en ediciones siguientes ese lado de allá sería el mío.

Posando con un compañero de trabajo en el stand de Panda Software durante la feria SIMO 2003.
Con un compañero de trabajo en el stand de Panda Software durante el SIMO 2003.

Comimos en uno de los restaurantes del recinto, con los precios habituales de feria, y seguimos recorriendo por la tarde con menos intensidad. Seis horas de pabellón pasan factura. Salimos a media tarde con las piernas cansadas y la sensación de haber disfrutado mucho de una feria que, en años posteriores, aprendería a mirar de otra manera.

Cabaret en el Nuevo Teatro Alcalá

Por la noche teníamos entradas para Cabaret, estrenado el 15 de octubre, apenas tres semanas antes. Un estreno reciente, con todo el buen público del arranque de temporada.

El Nuevo Teatro Alcalá, en la calle Jorge Juan, es una sala de tamaño medio, más íntima que el Lope de Vega, y para esta producción la habían transformado literalmente: quitaron buena parte de las butacas del patio y las sustituyeron por mesas y sillas, convirtiendo la sala en un auténtico Kit Kat Klub, el cabaret berlinés donde transcurre la obra. El público se sentaba en mesas, podía pedir bebida y vivía el espectáculo desde dentro. Una propuesta escenográfica audaz para el circuito español del musical de entonces.

Natalia Millán como Sally Bowles, Asier Etxeandía como Maestro de Ceremonias y Manuel Bandera como Cliff Bradshaw formaban un elenco impecable. La experiencia resultó radicalmente distinta a la de la noche anterior: más íntima, más incómoda en el mejor sentido, más política. Si el Fantasma es puro espectáculo romántico, Cabaret es el retrato descarnado de una sociedad que se precipita hacia el fascismo sin darse cuenta. Salimos impresionados y cenamos tarde en un mesón cercano comentando escenas.

Día 4 en Madrid: jornada completa en el Parque Warner

Viernes 7 de noviembre de 2003

Después de tres días de turismo urbano intenso, el cuarto pedía algo completamente distinto. El Parque Warner Madrid, inaugurado apenas año y medio antes, en abril de 2002, encajaba perfectamente: un parque temático grande a las afueras, con atracciones, shows y ambientación cinematográfica. Un respiro antes de retomar el turismo de museos y palacios.

Está en San Martín de la Vega, a unos veinticinco kilómetros al sur de Madrid, y se llega en Cercanías hasta Pinto y de allí en autobús lanzadera hasta la puerta. Salimos temprano para aprovechar la jornada entera.

Superhéroes, montañas rusas y un pueblo del Far West

El parque impresiona por tamaño: más de cincuenta y cinco hectáreas repartidas en cinco zonas temáticas —Hollywood Boulevard, Cartoon Village, Movie World Studios, Old West Territory y Super Heroes World—. Noviembre es temporada baja, así que las colas eran mínimas, con la contrapartida de que algunos shows y restaurantes funcionaban a régimen reducido. El día, frío pero soleado, resultó perfectamente llevadero con una chaqueta decente.

Entramos por Hollywood Boulevard, esa recreación de la avenida angelina con fachadas art déco, paseo de la fama, cartel de Hollywood al fondo y réplica del Teatro Chino. Muy postalesco, muy americanizado, con pequeños shows al aire libre funcionando como entretenimiento de fondo mientras uno pasea. Nos hicimos la foto obligatoria y fuimos directos a la zona de superhéroes, donde están las atracciones fuertes. Batman: la venganza es una montaña rusa invertida con los pies colgando, loopings y tirabuzones que te dejan el cuerpo desorientado un buen rato, con una ambientación previa por la Batcueva que prepara bien el terreno. Confieso que las montañas rusas no son mi debilidad, pero la adrenalina compensó. Al lado, Superman: la atracción de acero, con vagones que giran trescientos sesenta grados sobre el eje longitudinal mientras recorren el trazado: menos velocidad bruta, más desorientación constante.

La fuente con el escudo de Superman en la zona de superhéroes del Parque Warner.Una pared pintada con el Joker y Harley Quinn en la zona de superhéroes del Parque Warner.
La fuente con el escudo de Superman y una pared pintada con el Joker y Harley Quinn, en la zona de superhéroes del Parque Warner.

Cartoon Village fue el cambio de registro, la zona tranquila pensada para familias, ambientada con los Looney Tunes y los personajes de Hanna-Barbera. Apenas montamos en nada, pero la recreación del pueblo de los Picapiedra, con la casa de Pedro y Vilma y el coche prehistórico, es una delicia visual para quien ha crecido viendo la serie. De ahí pasamos a Old West Territory, probablemente el área mejor ambientada del parque: calles de tierra, fachadas de madera, saloon con puertas batientes, oficina del sheriff, carretas. Allí está Coaster Express, una gran montaña rusa de madera con estructura clásica americana cuyos tramos serpentean sobre el pueblo, y allí asistimos a un espectáculo de duelo al atardecer con balas de fogueo, caídas controladas y algún chiste fácil. Media hora de entretenimiento sin pretensiones.

La última zona fue Movie World Studios, la más orientada a enseñar cómo se hace el cine. La Academia de Policías Warner recrea escenas de acción con explosiones, persecuciones y caídas desde edificios, y la puesta en escena es sorprendentemente buena: coches que chocan de verdad, especialistas ejecutando caídas espectaculares a pocos metros del público. Veinte minutos que enganchan.

Comimos a media tarde en un restaurante temático de la zona del Far West, comida funcional y nada memorable a precios de parque. Dedicamos el resto del día a repetir Coaster Express y Superman, comprar un par de camisetas de Bugs Bunny y ver el desfile de personajes por Hollywood Boulevard. Salimos con las luces del parque empezando a encenderse y con ese cansancio satisfecho tan característico de la jornada de parque bien aprovechada.

Día 5 en Madrid: del kilómetro cero al Templo de Debod

Sábado 8 de noviembre de 2003

Después del día en Warner tocaba algo más reposado: el recorrido a pie por el Madrid clásico, ese eje que va de la Puerta del Sol hacia el oeste cruzando la Plaza Mayor, el Madrid de los Austrias, el Palacio Real y la Plaza de Oriente, para subir luego hacia Plaza de España y el Templo de Debod. Es el circuito más clásico que uno puede hacer en la capital, y no lo habíamos cubierto todavía. Salimos con el plan en la cabeza pero sin horarios estrictos, que es uno de los lujos de este tipo de día.

Sol, la calle Mayor y la Plaza Mayor

La Puerta del Sol funciona para los madrileños como punto cero real y simbólico. La plaza es rectangular y algo asimétrica, presidida por la Casa de Correos, ese edificio blanco del siglo XVIII con la torre del reloj que marca las campanadas de Nochevieja. En su fachada principal está la placa de bronce del kilómetro cero, desde el que tradicionalmente se miden las distancias radiales por carretera; nos pusimos encima para la foto de rigor, como hacen todos los turistas. Completan el conjunto la estatua ecuestre de Carlos III, rey ilustrado al que Madrid debe alumbrado, alcantarillado y la propia Puerta de Alcalá, y el Oso y el Madroño en el extremo noreste, con su cola permanente de fotos. Sol no es el espacio más bonito de la ciudad —está tomado por las grandes cadenas comerciales—, pero funciona como arranque de casi cualquier paseo por el centro.

Bajamos por la calle Mayor, eje del centro desde época medieval, pasando por delante de la Casa de la Villa, sede del ayuntamiento desde el siglo XVII, hasta llegar a la Plaza Mayor. Diseñada por Juan Gómez de Mora y terminada en su parte principal en 1619, durante el reinado de Felipe III, es una plaza rectangular cerrada y porticada en sus cuatro lados, con doscientos treinta y siete balcones abriéndose al interior. Durante siglos fue escenario de coronaciones, ejecuciones públicas, corridas de toros y autos de fe. Hoy es espacio turístico de primer orden, con terrazas caras, tiendas de filatelia y numismática en los soportales y pintores haciendo retratos rápidos. En el centro, la estatua ecuestre de Felipe III obra de Giambologna, con una postura del caballo ligeramente acartonada que resulta simpática. Nos sentamos un rato mirando el cielo entre los tejados rojos: el azul madrileño en un día despejado de noviembre tiene una luz seca y clara muy distinta de la atlántica a la que estoy acostumbrado.

Cruzamos bajo el Arco de Cuchilleros bajando las escaleras hacia la Cava de San Miguel, donde están las cuevas históricas con tabernas de siglos. Casa Botín, fundada en 1725, figura en el Guinness como el restaurante en funcionamiento continuo más antiguo del mundo. No entramos —la cola y los precios eran de manual turístico—, pero nos hicimos la foto junto al rótulo.

La Almudena y el Palacio Real

Siguiendo hacia el oeste, pasando por la Plaza de la Villa con la torre de los Lujanes del siglo XV, una de las construcciones civiles más antiguas conservadas de Madrid, se desemboca en la explanada de la Catedral de la Almudena. Es una catedral peculiar. Madrid dependió durante siglos del obispado de Toledo y no tuvo catedral propia hasta fecha tardísima: las obras empezaron en 1883 con proyecto neogótico del marqués de Cubas, se interrumpieron varias veces por las guerras del siglo XX y el templo no se terminó hasta 1993, consagrado por Juan Pablo II. El resultado es un edificio híbrido, neogótico por dentro y neoclásico por fuera, con las fachadas rediseñadas por Fernando Chueca Goitia en los años cincuenta para armonizar con el palacio contiguo. El interior, con techos policromados y vidrieras contemporáneas, chirría a algunos, pero a mí me gustó: al menos hay intención propia y no una imitación acrítica de lo medieval.

Justo al norte se abre la Plaza de la Armería y la escala cambia por completo. El Palacio Real de Madrid es uno de los mayores de Europa: ciento treinta y cinco mil metros cuadrados construidos y más de tres mil cuatrocientas habitaciones, casi el doble que Buckingham. Se levantó en el siglo XVIII tras el incendio que destruyó el antiguo Alcázar de los Austrias en 1734, llevándose por delante obras de arte irrecuperables. Felipe V quiso un palacio digno de la nueva dinastía, con ambiciones versallescas, y Filippo Juvara y Giovanni Battista Sacchetti proyectaron el edificio cuadrangular con patio central que se terminó en 1764.

La visita cubre las salas de aparato: el Salón del Trono con el techo pintado por Tiepolo, el Comedor de Gala con su mesa interminable, la Sala de Porcelana con azulejos de la Real Fábrica del Buen Retiro, la Farmacia Real con sus estanterías de botes de cerámica, la colección de relojes, la armería. Un par de horas si se hace con calma. Para alguien como yo, más interesado por la arquitectura que por la pintura de caballete, las proporciones de las salas, las escalinatas monumentales y los patios interiores son un festín.

Plaza de Oriente, Debod y Plaza de España

Saliendo del palacio se cruza la Plaza de Oriente, ese semicírculo diseñado en el siglo XIX por orden de José Bonaparte. La preside la estatua ecuestre de Felipe IV, obra de Pietro Tacca de 1640 basada en bocetos de Velázquez y considerada la primera de la historia con el caballo apoyado solo en las patas traseras, un desafío de ingeniería que Tacca resolvió consultando nada menos que a Galileo. Alrededor, estatuas de reyes godos y medievales dispuestas simétricamente y, al otro lado, el Teatro Real, reabierto en 1997 tras una larga reforma.

Comimos en un sitio sencillo de la calle San Bernardino, cocina tradicional y ambiente de barrio sin concesiones al turismo, y por la tarde subimos al Templo de Debod, en el parque del Oeste. Es una de las rarezas más simpáticas de Madrid: un templo egipcio auténtico del siglo II antes de Cristo, dedicado a Amón e Isis, desmontado piedra a piedra y regalado por Egipto a España en 1968 como agradecimiento por la colaboración en el rescate de los monumentos de Nubia amenazados por la presa de Asuán. Se remontó aquí y desde 1972 se visita gratuitamente. Llegamos justo con la luz del atardecer, cuando el sol cae detrás del templo y se filtra entre las columnas reflejándose en los estanques. Nos quedamos un buen rato sentados en los escalones del parque, mirando el templo y a los jóvenes madrileños que se reúnen allí a pasar la tarde. Es, sin discusión, el mejor rato del día.

Una fuente rodeada de árboles en un parque.
Una fuente rodeada de árboles en un parque.

Con la noche cayendo bajamos a la Plaza de España, con el monumento a Cervantes en el centro y dos moles de la posguerra presidiéndola: el Edificio España, rascacielos de ladrillo rojizo de los cincuenta que llegó a ser el más alto del país, y la Torre de Madrid, algo más alta y de líneas más puras. La plaza está algo venida a menos, con cierto aire de abandono urbano, pero conserva carácter. Atravesamos y bajamos por Gran Vía entre rótulos luminosos y cines históricos —el Capitol, el Palacio de la Música, el Avenida— hasta cenar de tapas cerca de Callao. Casi diez horas de caminata acumuladas y las piernas debidamente castigadas.

Día 6 en Madrid: domingo en el Rastro y regreso a Bilbao

Domingo 9 de noviembre de 2003

Un viaje a Madrid que incluya un domingo casi obliga a pasar por el Rastro, y el último día nos caía justo en domingo. Hicimos el check-out, dejamos las mochilas en la consigna del hotel y bajamos en metro hasta La Latina, epicentro del mercadillo, con el autobús de vuelta reservado para las cuatro de la tarde desde Méndez Álvaro.

El Rastro y el vermut en La Latina

El Rastro es el mercado al aire libre más tradicional de Madrid, celebrado cada domingo y festivo desde hace más de cuatrocientos años. El nombre alude, según la etimología más aceptada, al rastro de sangre que dejaban los animales camino del matadero que hubo en la zona. Se extiende por la Ribera de Curtidores y un laberinto de calles adyacentes —Cascorro, Mira el Río, Carnero, Rodas, Encomienda— con varios centenares de puestos que se montan de madrugada y se desmontan a mediodía.

La oferta es variada y ligeramente caótica: ropa nueva y de segunda mano, libros viejos, vinilos, cómics, antigüedades, bisutería, artesanía, utensilios de cocina, juguetes, pósters, sellos y monedas, cuadros baratos. Hay puestos donde realmente se pueden encontrar piezas interesantes y otros que son chatarra reciclada al peso. Los mejores, a mi juicio, son los de libros viejos y los de antigüedades pequeñas: entre cien tenderetes irrelevantes aparece uno con algo memorable, pero hay que ir con ojo y paciencia. Si uno va con prisa, el Rastro se convierte en un acumulado indistinto de cosas.

Bajamos por Ribera de Curtidores esquivando puestos y curioseando. Me llevé una edición antigua de Galdós a precio simbólico y un vinilo de Serrat que me faltaba en la colección. Mi pareja se compró un foulard de seda estampada tras un regateo mínimo, porque el regateo, aunque ya muy descafeinado, sigue siendo parte del juego: el precio de salida siempre es más alto que el real y el vendedor espera que le pidas una rebaja.

A media mañana entramos en uno de los bares clásicos de La Latina. Las calles Cava Baja y Cava Alta concentran decenas de tabernas tradicionales que los domingos, después del mercadillo, se llenan de clientela local para la caña y la tapa antes del vermut. La fauna es reconocible: familias con niños, grupos de amigos veteranos, alguna pareja joven haciendo planes, vecinos mayores que saludan al camarero por su nombre. El ambiente es ruidoso, cordial y sin jerarquías, y es probablemente la manifestación social más bonita de Madrid.

San Francisco el Grande y vuelta a casa

Antes de comer hicimos una última visita, la Real Basílica de San Francisco el Grande, a pocos metros del Rastro. Construida en el siglo XVIII, tiene una cúpula de treinta y tres metros de diámetro interior, una de las mayores de la cristiandad, y alberga pinturas de Goya, Zurbarán y Alonso Cano. Suele estar bastante olvidada por el turismo, pero merece la visita por escala y por colección. Media hora de respiro antes de la última comida madrileña, en un mesón cerca de Puerta de Toledo.

Taxi al hotel a por las mochilas, taxi a Méndez Álvaro, embarque a las cuatro en punto, parada intermedia de media hora en un área de servicio y llegada a Bilbao sobre las nueve de la noche.

Conclusiones: seis días que cambiaron mi relación con Madrid

Conclusiones del viaje

Llegué a este viaje con Madrid casi por estrenar. Un par de visitas anteriores, breves y sin criterio, no daban para tener opinión formada, y mi hermano llevaba entonces demasiado poco tiempo allí como para que la ciudad me resultara familiar. Seis días seguidos fueron, en la práctica, mi primer encuentro real con la capital.

Y el balance es ambivalente, cosa que con los años he acabado asumiendo como definitiva. Madrid es una ciudad difícil de querer del todo. Es demasiado grande para ser abarcable como lo es Bilbao, demasiado bulliciosa para el paseo contemplativo que a mí me gusta, y no tiene un monumento que te vuele la cabeza. Roma tiene el Coliseo, París la Torre Eiffel, Barcelona la Sagrada Familia, Bilbao el Guggenheim; Madrid no tiene un icono de ese rango por mucho que pueda presumir de Prado, Palacio Real o Gran Vía. Hay buenos edificios, museos de primer nivel y barrios interesantes, pero falta ese deslumbramiento inmediato que convierte a otras capitales en visita obligada internacional.

Lo que sí me atrajo desde el primer día es otra cosa: un cosmopolitismo real, una diversidad humana enorme, una escena cultural envidiable y una sensación de libertad que en 2003 no era fácil de encontrar en otras ciudades españolas. Los bares de Chueca, las librerías del barrio de las Letras, decenas de escenarios programando a la vez, el mestizaje de las calles, el tapeo dominical en La Latina. Ese Madrid vivido y humano me gusta bastante más que el monumental. ¿Me gusta la ciudad? Sí, pero en dosis medidas. Seis días son más o menos mi techo cómodo, y eso no es un defecto suyo sino un rasgo de compatibilidad personal.

Cabaret por encima del Fantasma, sin discusión

De los dos musicales, Cabaret me impactó muchísimo más, y con diferencia. Primero, por la transformación del Nuevo Teatro Alcalá en Kit Kat Klub. No me había encontrado antes con una propuesta escénica tan inmersiva, con el patio de butacas convertido en local nocturno y el espectador funcionando como cliente. El recurso funciona desde el primer minuto: no estás viendo una historia lejana, estás dentro de ella.

Segundo, Asier Etxeandía como Maestro de Ceremonias es un fenómeno escénico. Jugaba con el público de una manera que yo no había visto nunca en un musical español. Todavía recuerdo su «hola, gente pobre» saludando a los espectadores de las localidades más altas al arrancar la función, con esa mezcla de ironía y complicidad que la sala aceptó entre risas. No se limitaba a interpretar el personaje: lo extendía hasta las mesas, interpelaba, incomodaba. El Emcee en sus manos se convirtió en el verdadero centro gravitatorio del espectáculo.

Y tercero, el final. Jamás podré olvidar el final de Cabaret. Ese último Willkommen progresivamente oscurecido, el Maestro de Ceremonias quitándose el disfraz para aparecer con el uniforme del campo de concentración, el silencio del público antes del aplauso. Hay finales que uno disfruta, finales que uno celebra y finales que te cambian algo dentro. Este pertenece al tercer grupo: teatro musical que trasciende el entretenimiento para convertirse en reflexión histórica y política de primer orden.

El Fantasma de la Ópera es una obra maestra del género, no lo niego, pero me resultó más desigual. Hay canciones que son pura magia y que todo el mundo reconoce en los primeros compases, y también tramos líricos entre números que se me hicieron más duros, con un estilo musical que en 2003, siendo yo bastante novato en musicales, no supe apreciar como probablemente merecía. La producción es magnífica y la escenografía apabullante, pero como experiencia completa me dejó menos poso. Un detalle revelador: del Fantasma no guardo recuerdo nominal de los intérpretes, mientras que de Cabaret recuerdo perfectamente a Etxeandía y a Millán. Ese es quizá el mejor termómetro de cuál de los dos me marcó.

El SIMO, la Warner y noviembre como mes elegido

La visita al SIMO fue uno de los momentos más disfrutables e inesperados del viaje. Era una feria enormemente popular, con miles de visitantes diarios y peso real en el sector tecnológico español, y recorrerla sin responsabilidades, deteniéndome donde me apetecía y saludando a los compañeros como amigo en vez de como colega en jornada, resultó casi terapéutico. Con el tiempo he podido comparar: en ediciones posteriores me tocó estar detrás del mostrador, con las jornadas eternas y las conversaciones repetidas, y agradecí haber conocido antes el otro lado.

El Parque Warner cumplió como paréntesis lúdico y funcionó bien, con las montañas rusas, la ambientación cuidada de Cartoon Village y el espectáculo de duelo en el pueblo western. Dicho esto, no es un parque al que me muera de ganas de volver. Una visita cumple su cometido de sobra; no tengo nostalgia especial por las montañas rusas ni colecciono parques temáticos.

En cuanto al mes, noviembre tiene ventajas claras. Las temperaturas son tolerables —nada de los treinta y ocho grados del verano madrileño, que son ciencia ficción para un bilbaíno—, la afluencia turística baja mucho y hay esa luz otoñal seca y clara que Madrid luce como marca de la casa en días despejados. En contra, los días son cortos y a las seis de la tarde ya oscurece. Para un viaje predominantemente urbano, con museos y teatros pesando más que los espacios abiertos, el balance sale claramente a favor.

Queda una apostilla práctica: el autobús desde Bilbao sigue siendo, para mi gusto, la mejor forma de llegar a Madrid. Menos de cinco horas de puerta a puerta, precio razonable, salidas frecuentes. Es la decisión que seguiría aplicando en los viajes posteriores, que fueron llegando poco a poco, uno tras otro, hasta convertir a Madrid en una ciudad que ahora sí conozco. Pero eso empezó aquí, en noviembre de 2003, con un hotel barato a las afueras, una feria estrenada como visitante y dos musicales que todavía recuerdo.

Guías y artículos

Información práctica

Ambiente dominical en el Rastro de Madrid, con puestos y gente paseando entre ellos.

El Rastro de Madrid

El mercadillo más famoso de España: cinco siglos de domingo en La Latina

Madrid