
Diarios de viaje · España · Canarias
Gran Canaria más allá de las postales
Siete días en Gran Canaria, en julio de 2005: un viaje planteado con la fórmula paquete más coche de alquiler, base fija en Maspalomas y ritmo alternado entre jornadas de excursión y tardes de descanso.
Siete días en Gran Canaria: preparación de la segunda escapada al archipiélago canario¶
Julio 2005
Gran Canaria en julio de 2005 fue la segunda escala de nuestro recorrido canario, después de Fuerteventura en 2003. Siete días en la isla redonda, con base en Maspalomas y coche de alquiler para moverse con libertad, dieron para conocer una diversidad paisajística y cultural que no esperábamos encontrar en un territorio tan compacto. Las Canarias merecen mucho más tiempo del que habitualmente les dedicamos los peninsulares cuando pensamos en ellas como un simple destino de sol y playa. Estas son las notas del viaje ordenadas por jornadas.
Por qué Gran Canaria y por qué ahora
Volver a Canarias tras la primera experiencia majorera llevaba tiempo en la lista de destinos pendientes, pero siempre postergado en favor de escapadas europeas más cortas o de viajes más ambiciosos a destinos lejanos. Aquel verano, sin embargo, la combinación de precios bastante ajustados en los paquetes vacacionales desde Bilbao y las ganas de seguir conociendo el archipiélago inclinó la balanza definitivamente hacia el sur atlántico. Entre las siete islas principales, Gran Canaria parecía la puerta de entrada más natural: bien conectada por aire, con una oferta de alojamiento muy amplia, una geografía extraordinariamente variada en un territorio relativamente pequeño y fama de concentrar en un solo lugar buena parte de los paisajes canarios.
El apodo de "continente en miniatura" que le cuelgan las guías no es gratuito. En un radio de cincuenta kilómetros, la isla combina dunas desérticas al sur, montañas abruptas en el centro, barrancos profundos, costa acantilada al oeste, valles agrícolas interiores, pueblos blancos con arquitectura tradicional y una capital con casco histórico colonial de categoría. Para un primer acercamiento al archipiélago, encaja como pocos destinos.
Julio no es, probablemente, el mes más recomendable en términos de calor, pero la ventaja del alisio atlántico, que suaviza las temperaturas de tarde y noche con una regularidad casi matemática, hace que las islas sean mucho más llevaderas de lo que uno espera en pleno verano. Desde Bilbao, además, los vuelos directos en esta época se mantienen razonables si se reserva con suficiente antelación.
La fórmula paquete vacacional más coche de alquiler
Repetimos la fórmula que tan buen resultado nos había dado dos años antes en Fuerteventura: paquete turístico a través de una agencia de Bilbao (vuelo directo desde Loiu, traslados entre aeropuerto y hotel, siete noches en régimen de media pensión y un descuento importante sobre el precio individual de cada componente) más coche de alquiler para toda la semana, reservado por nuestra cuenta con una empresa internacional con oficina en el propio aeropuerto.
La combinación, ya validada, funcionó también aquí con la misma solvencia. El paquete elimina de un plumazo las gestiones más farragosas de reservar vuelos y alojamiento por separado, ajusta bien el presupuesto y garantiza una base estable. El coche, por su parte, abre la isla completamente: permite planificar cada día con plena autonomía, hacer paradas imprevistas, salir temprano y volver al hotel cuando a uno le apetezca. La fórmula que estrenamos en Fuerteventura quedaba confirmada como modelo para los viajes insulares canarios.
El Lopesan Catarina como campamento base
El hotel elegido fue el Lopesan Catarina, un cuatro estrellas situado en la zona norte de Maspalomas, a unos veinte minutos andando de las dunas y con acceso sencillo a la autovía GC-1. Pertenece al grupo canario Lopesan, que es de los operadores hoteleros más sólidos del sur de la isla. El establecimiento responde al modelo de gran hotel vacacional, con varias piscinas, jardines tropicales amplios, un buffet de desayuno y cena bien surtido, animación discreta por las tardes y habitaciones correctas sin grandes pretensiones de diseño.
Para un viaje en el que la experiencia principal va a desarrollarse fuera del establecimiento, este tipo de hotel cumple exactamente con lo que se le pide. No es un resort de lujo ni pretende serlo, pero la relación calidad-precio dentro del paquete contratado resultaba inmejorable. Las piscinas, limpias y con tumbonas suficientes, se convirtieron en el refugio perfecto para las tardes de descanso, y el buffet mantuvo durante toda la semana un nivel razonable con buena presencia de productos canarios (papas arrugadas con mojos, ropa vieja, quesos locales, frutas tropicales) que añadían el toque de autenticidad que normalmente falta en los buffets internacionales.
Maspalomas como base estratégica
La zona sur de Gran Canaria, y concretamente el triángulo entre Maspalomas, Playa del Inglés y San Agustín, concentra la mayor parte de la infraestructura turística de la isla. Ofrece, a cambio, dos grandes ventajas para un viaje como el nuestro: una conectividad excelente con el aeropuerto (veinte minutos por autovía) y una ubicación que, aunque desplazada al sur, permite alcanzar prácticamente cualquier punto de interés de la isla en menos de una hora larga de coche. Lo único realmente lejos son los pueblos del noroeste profundo, y aun así son plenamente accesibles en un día.
Maspalomas tiene además el regalo geográfico de las dunas, un paisaje desértico absolutamente atípico dentro del territorio español y uno de los grandes iconos naturales del archipiélago. Y Playa del Inglés, pegado al núcleo, concentra una oferta de ocio nocturno muy variada, con un ambiente especialmente diverso y cosmopolita en los centros comerciales de la zona, donde conviven públicos de toda Europa y de todas las sensibilidades. Este último componente, que no estaba especialmente en nuestros cálculos al planificar el viaje, acabó siendo uno de los descubrimientos más gratos de toda la semana.
Estructura del viaje por jornadas
El plan general alternó jornadas de excursión con al menos una tarde larga de descanso intercalada a mitad de semana, aprendizaje directo de viajes anteriores en los que apurar cada día sin pausa nos había dejado exhaustos para el tramo final. La primera jornada fue puro ajuste logístico y primer contacto con Maspalomas. El segundo día se dedicó al centro montañoso de la isla, con el Roque Nublo y la Cruz de Tejeda como objetivos principales. El tercero, al ser domingo, cuadraba perfectamente para el mercadillo tradicional de Teror y la ruta de pueblos del norte. El cuarto lo reservamos íntegramente al descanso, a las dunas y al ambiente nocturno. El quinto lo dedicamos a la capital, Las Palmas de Gran Canaria, con sus barrios históricos y su playa urbana. El sexto lo ocupamos con la costa oeste, desde Agaete al Puerto de Mogán. Y el séptimo, el último, sirvió de despedida pausada y vuelo de vuelta a Bilbao.
En los artículos que siguen se desarrolla cada jornada con el detalle que pide, más una entrada final de conclusiones con el balance general del viaje.

Día 1 en Gran Canaria: llegada al sur y primer contacto con Maspalomas¶
El primer día de cualquier viaje de paquete tiene un esquema bastante previsible: vuelo, aeropuerto, traslado al hotel, deshacer maletas, primer paseo por los alrededores y cena temprana. En Gran Canaria, sin embargo, el esquema se cumple con una fluidez que no siempre encuentra uno en destinos similares, y bastan un par de horas desde el aterrizaje para empezar a sentir que las vacaciones han arrancado de verdad.
Vuelo directo desde Bilbao al aeropuerto de Gando
El vuelo desde Loiu salió con puntualidad razonable y aterrizamos en el aeropuerto de Gran Canaria, conocido localmente como Gando, a media tarde. La terminal, amplia y bien dimensionada, procesa con eficacia el enorme volumen de tráfico turístico que recibe en temporada alta, y en menos de media hora habíamos pasado por la cinta de equipajes y llegado al mostrador de la compañía de alquiler de coches. El papeleo fue rápido, la revisión del vehículo superficial pero correcta, y en poco tiempo estábamos saliendo del recinto del aeropuerto con un utilitario compacto rumbo al sur.
La GC-1, la autovía que recorre toda la costa oriental de la isla, está en un estado excelente y permite cubrir los veinte kilómetros que separan el aeropuerto de Maspalomas en poco más de un cuarto de hora. El paisaje de la costa sureste, dominado por las laderas áridas del macizo central cayendo hacia el mar, sirve como primera carta de presentación de una isla mucho menos verde de lo que uno podría imaginar desde la distancia. Aquí el agua escasea, las precipitaciones son mínimas y el paisaje tiene un aire casi africano que contrasta con la imagen tópica de las Canarias como paraíso tropical.
Llegada al Lopesan Catarina
La entrada a Maspalomas se hace por una avenida ancha, bordeada de palmeras y con la típica estética de urbanización turística planificada. La zona responde exactamente al modelo que uno espera: todo ordenado, todo funcional, todo pensado para el visitante, sin el encanto espontáneo de los cascos históricos pero con la gran ventaja logística de tener absolutamente todo lo necesario a mano. Para una base de operaciones de una semana, encaja bien.
El Lopesan Catarina, en la zona norte de Maspalomas, nos recibió con una recepción ágil y una habitación ya preparada. Cumple con lo que promete el folleto: habitación amplia con balcón orientado a los jardines interiores, cuarto de baño correcto, cama cómoda y aire acondicionado funcionando. El edificio, de arquitectura vagamente colonial canaria, se distribuye en torno a varios patios ajardinados con palmeras, adelfas y otras plantas tropicales, lo que le da un aire más amable que el de los grandes bloques hoteleros rectangulares que dominan buena parte de la zona.
Las piscinas, tres en total, son amplias y están bien mantenidas, con tumbonas suficientes incluso en hora punta. El restaurante principal, donde se sirve el desayuno buffet y la cena de la media pensión, tiene capacidad para varios cientos de comensales y está organizado con eficacia germánica. La plantilla, una mezcla de personal canario y trabajadores del este de Europa, se maneja con soltura en varios idiomas y mantiene un trato amable sin excesos.

Primer paseo por Maspalomas y Playa del Inglés
Con el equipaje ya deshecho y algunas compras básicas hechas en un supermercado cercano (agua embotellada, fruta, un par de cosas para la nevera de la habitación), salimos a dar el primer paseo por la zona. El plan era modesto: familiarizarnos con el entorno, localizar puntos de referencia y llegar a algún mirador de las dunas antes de que cayera el sol. Entre el Lopesan Catarina y las dunas hay unos veinte minutos andando a ritmo tranquilo, lo que se agradece cuando uno puede permitirse no depender del coche para cada movimiento.
Maspalomas y Playa del Inglés se tocan sin solución de continuidad. Es prácticamente imposible saber, caminando por el paseo marítimo, dónde termina uno y empieza el otro. En conjunto, la zona forma uno de los mayores complejos turísticos de Europa, con decenas de hoteles, cientos de restaurantes, centros comerciales enormes, un abanico completo de servicios y una oferta de ocio diurno y nocturno difícilmente igualable. Para un visitante acostumbrado al turismo mediterráneo más convencional, esta escala impresiona al principio, aunque acaba uno acostumbrándose pronto.
El paseo marítimo se extiende varios kilómetros entre la Playa del Inglés al norte y las dunas al sur, con terrazas constantes, tiendas de ropa de playa, agencias de excursiones, farmacias y supermercados. El ambiente es abrumadoramente internacional, con conversaciones en alemán, inglés, neerlandés, escandinavo y algún que otro español suelto entre la marea multilingüe. La presencia peninsular no es, ni mucho menos, dominante.
Primer contacto con las dunas al atardecer
El gran premio del primer paseo estaba al final del recorrido: las dunas de Maspalomas, el paisaje emblemático de toda la zona sur de la isla. Desde uno de los miradores habilitados en el paseo marítimo, la extensión desértica se abre de pronto con una magnitud que sorprende incluso cuando uno ha visto mil fotos previamente. Cuatrocientas hectáreas protegidas de arena dorada, dibujando ondulaciones que van cambiando constantemente por la acción del alisio, con el mar al sur y un oasis de palmeras al oeste. Un paisaje prestado, literalmente, del Sáhara, pero con el Atlántico al borde.
El atardecer en las dunas es uno de esos espectáculos naturales que uno tiene que presenciar en persona para apreciarlos en su justa medida. El sol, que cae por el oeste sobre el Atlántico, transforma la paleta cromática de la arena en cuestión de minutos: del amarillo pálido del mediodía al dorado intenso de la tarde, y después a los naranjas profundos y rosáceos de la última hora, justo antes de que las sombras se alarguen definitivamente. Las siluetas recortadas de los paseantes sobre las crestas de las dunas completan una estampa que parece calculada específicamente para el disfrute del visitante.
Bajamos al propio mar de arena y caminamos un rato sin rumbo concreto, simplemente para experimentar la sensación de avanzar sobre un sustrato que se hunde ligeramente bajo el peso del pie y que no se parece a ninguna otra superficie conocida. Es fácil perder la noción del tiempo aquí: lo que parecían quince minutos resultaron ser casi una hora, y tuvimos que ajustar el paso en la vuelta al hotel para llegar con tiempo a la cena.
Cena en el hotel y primera noche
La cena del primer día la hicimos en el propio hotel para aprovechar la media pensión y también para ajustar horarios con tranquilidad. El comedor principal estaba razonablemente lleno, con el ambiente multilingüe habitual de los grandes hoteles canarios. El buffet ofrecía un nivel notable: varias opciones de carne y pescado recién hechos a la plancha, ensaladas abundantes, arroz, pasta, una sección canaria decente con papas arrugadas y mojos, y un expositor de postres caseros con dulces típicos locales. Sin ser una experiencia gastronómica memorable, resuelve el problema de la cena sin complicaciones.
Después de cenar bajamos al paseo marítimo un rato, ya con la noche completamente instalada. El ambiente cambia radicalmente respecto al de la tarde: las terrazas encienden sus luces, los restaurantes sirven cenas hasta la medianoche, los centros comerciales abren hasta altas horas y las calles principales se llenan de grupos que buscan plan nocturno. Nosotros, con el cansancio del vuelo encima, nos limitamos a un par de vueltas cortas antes de volver al hotel. Mañana tocaba día de excursión a la montaña, al Roque Nublo, y convenía arrancar temprano.

Día 2 en Gran Canaria: Roque Nublo, Presa de los Hornos y Cruz de Tejeda¶
El interior montañoso de Gran Canaria es una de esas sorpresas paisajísticas que contradicen por completo la imagen tópica del archipiélago como simple destino de playa. Apenas una hora en coche desde Maspalomas bastan para plantarse en un territorio de montañas, barrancos profundos, presas de agua, bosques de pino canario y miradores vertiginosos con vistas al Teide. La segunda jornada del viaje la hemos dedicado íntegramente a este corazón geológico de la isla, con el Roque Nublo y la Cruz de Tejeda como puntos de referencia principales.
Subida al interior por la GC-60
Salimos del hotel temprano para evitar las horas de más calor y para encontrar aparcamiento sin complicaciones en los puntos más visitados. La ruta desde Maspalomas sube por la GC-60, una carretera que asciende progresivamente por el barranco de Fataga hacia San Bartolomé de Tirajana y, desde allí, continúa hacia el centro montañoso de la isla. En apenas veinticinco kilómetros, el paisaje cambia radicalmente: de la costa árida y desértica se pasa a zonas cada vez más verdes, con cultivos en bancales, pinares jóvenes, pueblos blancos aferrados a las laderas y un fondo de cumbres que desde el sur resultan invisibles pero que dominan todo el interior insular.
El barranco de Fataga, que recorre los primeros kilómetros del ascenso, es uno de los paisajes más característicos del sur. Con sus laderas rocosas de tonos ocres y rojizos, sus palmerales en el fondo del cauce y los pueblecitos blancos que se asoman a los miradores, tiene un aire entre norteafricano y atlántico que recuerda vagamente a algunos valles del sur de España pero con una luz y una vegetación completamente diferentes. La carretera, perfectamente asfaltada y con un trazado sinuoso pero cómodo, permite avanzar con tranquilidad y hacer paradas fotográficas en los miradores habilitados a lo largo del recorrido.
Presa de los Hornos y paisaje forestal
A medida que se sube, el paisaje se vuelve más boscoso. El pino canario, una especie endémica que ha demostrado una capacidad de regeneración sorprendente después de los incendios forestales que periódicamente afectan al interior de la isla, domina buena parte de la vegetación de las cumbres. Es un árbol alto, de agujas largas, que crea bosques relativamente abiertos y muy agradables de atravesar, con mucha luz filtrándose entre los troncos y un suelo cubierto de pinocha que amortigua los pasos.
La Presa de los Hornos, una de las varias represas artificiales construidas en el interior para almacenar el agua que las lluvias y la humedad del alisio dejan sobre las cumbres, aparece como una superficie azulada en medio del paisaje forestal. Se trata de una pequeña obra de ingeniería hidráulica integrada con relativo gusto en el entorno, con un mirador que permite contemplar el embalse y, más allá, el perfil recortado de las montañas centrales. Hicimos una parada breve para estirar las piernas y hacer algunas fotos antes de continuar hacia el plato fuerte de la jornada.
Roque Nublo, el monolito sagrado
El Roque Nublo es, probablemente, el símbolo natural más reconocible de Gran Canaria. Este monolito de origen volcánico, con una altura de más de ochenta metros, se alza en una cresta montañosa a casi mil ochocientos metros sobre el nivel del mar y domina visualmente todo el interior de la isla. Los antiguos canarios le atribuían carácter sagrado, y no es difícil entender por qué: su presencia impone incluso desde la distancia, y acercarse a él a pie transmite una sensación de estar visitando un lugar de significado profundo, más allá de lo meramente turístico.
El acceso requiere dejar el coche en un aparcamiento habilitado a unos mil quinientos metros del monolito y subir andando por un sendero relativamente cómodo, aunque con algunos tramos de pendiente moderada. El recorrido completo, ida y vuelta, lleva alrededor de una hora larga si uno no se apresura y dedica tiempo a hacer fotos desde distintos ángulos. Las vistas durante la caminata son progresivamente más espectaculares: barrancos profundos, cumbres recortadas contra el cielo azul intenso del interior canario, y finalmente el Roque Nublo apareciendo en toda su magnitud justo antes de la última rampa.


Junto al Roque Nublo se levantan otras formaciones rocosas menores, como el Roque de la Rana, que completan un conjunto geológico de una fotogenia extraordinaria. Desde la base del monolito, las vistas panorámicas alcanzan prácticamente toda la isla, con Las Palmas al norte en días despejados, el océano en casi todas las direcciones y el perfil de Tenerife al oeste como elemento estrella del horizonte. Pasamos aquí bastante tiempo, sentados en alguna de las rocas planas cercanas, simplemente absorbiendo el paisaje sin prisa.

Cruz de Tejeda con el Teide al fondo
Desde el Roque Nublo bajamos al pueblo de Tejeda, uno de los núcleos más característicos del interior montañoso, y continuamos hasta la Cruz de Tejeda, un punto geográfico que marca aproximadamente el centro de la isla. Aquí, junto a la propia cruz de piedra que da nombre al lugar, se concentra un pequeño complejo turístico con parador nacional, varios restaurantes, puestos de artesanía y un mirador panorámico de primer nivel.
La gran ventaja de la Cruz de Tejeda, más allá de su posición central, es la vista panorámica hacia el oeste: en días despejados, como el de hoy, la silueta del Teide emerge con absoluta claridad sobre el horizonte, pese a encontrarse en la isla vecina de Tenerife. La imagen del volcán nevado en su parte alta, flotando sobre una capa de nubes bajas en el estrecho entre las dos islas, es una de las postales clásicas del archipiélago y en persona impresiona tanto como prometen las fotografías. Un recordatorio visual de que las Canarias son un archipiélago, no una isla aislada, y de que los elementos geológicos que las han formado siguen conectados desde la distancia.
El pueblo de Tejeda, extendido a pocos metros, merece también un paseo. Casas blancas con balcones de madera tradicional, pequeñas plazas con fuentes, una iglesia modesta y un ambiente de montaña que contrasta completamente con el bullicio costero del sur. Se considera uno de los pueblos más bonitos de España, distinción que comparte con muy pocos núcleos canarios y que, una vez paseado con calma, queda plenamente justificada.
Mediodía en un mesón de montaña
Para comer nos acercamos a uno de los restaurantes tradicionales de la zona, especializados en cocina canaria de interior. La experiencia gastronómica de estos mesones de montaña, notablemente superior a la de cualquier restaurante costero de zona turística, compensa la pequeña desviación de ruta.
Regreso por el barranco de Fataga
El camino de vuelta lo hicimos por la misma GC-60, esta vez con la luz de tarde cambiando los colores de los paisajes que habíamos visto por la mañana. El descenso por el barranco de Fataga, con el sol ya del lado contrario, revelaba texturas y tonalidades diferentes en las laderas del barranco. Paramos en un par de miradores adicionales para aprovechar las últimas horas de luz antes de bajar definitivamente a la costa.
Llegamos al hotel a media tarde, con tiempo suficiente para un rato de piscina antes de la cena. La combinación de una mañana larga de montaña, una comida sustanciosa y una tarde de descanso funciona perfectamente, y es un patrón que pensamos replicar los días siguientes siempre que el plan lo permita. La cena fue ligera, con pescado y ensalada, y el paseo nocturno se limitó a un recorrido corto por el paseo marítimo antes de subir a la habitación. Mañana, al ser domingo, toca Teror con su mercadillo tradicional y ruta de pueblos por el norte insular.

Día 3 en Gran Canaria: Teror dominical, Arucas, Firgas y Moya¶
La tercera jornada del viaje cayó en domingo, y eso condicionó el plan desde el principio. En Gran Canaria, el domingo en Teror tiene cita obligatoria: el mercadillo tradicional que se instala cada semana alrededor de la Basílica del Pino es uno de los eventos más característicos del calendario local, con una mezcla de artesanía, productos del campo, gastronomía canaria y ambiente social que atrae tanto a visitantes como a vecinos de toda la isla. Aprovechamos el domingo como excusa para encadenar Teror con otros pueblos del norte y cerrar la jornada con una ruta coherente por una parte de la isla que no tiene nada que ver con el sur turístico en el que estamos alojados.
Cambio de registro: del sur árido al norte verde
La diferencia climática y paisajística entre el sur y el norte de Gran Canaria es una de las sorpresas más llamativas del viaje. El norte de la isla, expuesto al alisio cargado de humedad que llega desde el Atlántico, tiene una vegetación notablemente más abundante, una agricultura tradicional mucho más viva y un paisaje en el que el verde es el color dominante buena parte del año. Al sur, protegido por el macizo montañoso central, el alisio llega ya seco, y por eso la costa meridional es desértica y las dunas de Maspalomas pueden existir como parte del paisaje habitual. Cruzar la isla de sur a norte, como hicimos esta mañana por la autovía GC-1 y luego por la GC-21, es asistir en una hora a un cambio climático completo.
La carretera hacia Teror se aparta de la autovía en el tramo más próximo a Las Palmas y empieza a subir hacia el interior por un paisaje cada vez más rural, con plataneras, viñedos, huertas y bosques que nada tienen que ver con las urbanizaciones turísticas del sur. Teror, situado a unos seiscientos metros de altitud en una pequeña cuenca rodeada de montañas, es uno de los pueblos más tradicionales y fotogénicos de la isla, y su arquitectura colonial canaria, perfectamente conservada, le da un aspecto de villa señorial detenida en el tiempo.
Mercadillo de Teror y Basílica del Pino
Aparcamos a las afueras del núcleo, en una de las explanadas habilitadas para los domingos de mercadillo, y entramos andando al centro histórico. A esa hora, alrededor de las once de la mañana, Teror estaba ya en plena efervescencia dominical. Los puestos del mercadillo se distribuyen por varias calles peatonales y por la gran plaza que se abre frente a la Basílica del Pino, con una oferta muy variada: productos agrícolas locales (quesos de cabra, dulces artesanales, miel de palma, frutas tropicales cultivadas en la isla), artesanía en madera de tea y en mimbre, telas bordadas, licores caseros, el famoso chorizo de Teror pintado de rojo intenso, panes especiales con semillas y morcillas dulces típicas del lugar.
El ambiente es el de una fiesta semanal más que el de un mercadillo turístico al uso. La proporción de clientela local, que viene específicamente de distintos puntos de la isla a hacer su compra dominical, se nota en los productos más auténticos y en los precios, mucho más razonables que en los mercadillos puramente orientados al visitante. Compramos varios quesos para traer al hotel y probarlos los siguientes días, un chorizo local que el vendedor nos recomendó como especialidad, un frasco de mojo rojo envasado y unos dulces caseros para el desayuno.
La Basílica del Pino, corazón arquitectónico y espiritual de la villa, cierra el conjunto por uno de los lados de la plaza principal. Se trata de una iglesia de tres naves construida en el siglo XVIII, de estilo mayoritariamente barroco, que alberga la imagen de la Virgen del Pino, patrona de la diócesis de Canarias. Su fachada, rematada por dos torres simétricas de piedra volcánica oscura que contrasta con la cal blanca del resto del edificio, tiene una presencia monumental. Entramos un momento a verla por dentro, con el ambiente del mercadillo filtrándose hasta las puertas, y resultó ser uno de los interiores eclesiásticos más destacables de la isla.
Teror tiene además un conjunto de calles coloniales con balcones de madera tradicional canaria, algunos de ellos auténticas piezas de carpintería artesanal. La calle Real de la Plaza, con sus casas blancas y sus balcones profusamente decorados, es probablemente una de las vistas más fotografiadas de la isla. Paseamos con calma por el centro histórico, aprovechando que el día era perfecto de temperatura y que el ritmo dominical invita a detenerse sin urgencias.
Arucas: catedral neogótica y ron canario
Desde Teror bajamos por la GC-21 en dirección a Arucas, un recorrido de apenas veinte minutos que atraviesa zonas de plataneras y huertas del norte. Arucas es una de las ciudades más importantes del interior norte, con un casco histórico bien conservado y un patrimonio arquitectónico que merece una parada detenida. Lo más llamativo es su iglesia parroquial de San Juan Bautista, conocida como la Catedral de Arucas, aunque oficialmente no lo sea: se trata de un templo neogótico construido íntegramente en piedra azul volcánica de cantería local, una rareza arquitectónica que resulta bastante impactante cuando uno la ve por primera vez.

La construcción se inició en 1909 y se alargó durante varias décadas. La piedra, de un tono gris azulado muy característico, se trabajó en los talleres locales por maestros canteros que en aquella época mantenían una tradición artesanal muy viva. El resultado es un edificio neogótico de aspecto sorprendentemente nórdico, con sus pináculos, sus arbotantes y su rosetón, que parecería más propio de una ciudad centroeuropea que de una villa canaria. Entramos brevemente a visitar el interior, con sus bóvedas de crucería y sus vidrieras coloreadas filtrando la luz intensa del mediodía.
Arucas es también conocida por su producción de ron, con la destilería Arehucas como referencia histórica del sector. La visita a las bodegas no entraba en nuestros planes por falta de tiempo, pero dimos un paseo por el centro urbano, compramos una botella del ron local con más solera para traer a Bilbao y hicimos una parada rápida en uno de los miradores de la ciudad, que ofrece vistas panorámicas sobre el norte insular.
Firgas: cascada artificial y paseo de las Canarias
La siguiente parada fue Firgas, un pueblo pequeño famoso por dos curiosidades urbanas bastante singulares. La primera es el Paseo de Gran Canaria, una calle peatonal en pendiente pronunciada por cuyo centro baja una cascada artificial de varios tramos, con una caída total de unos treinta metros. La obra, más estética que funcional, está decorada con azulejos que representan los escudos y los paisajes típicos de la isla, y resulta especialmente fotogénica.

La segunda curiosidad es el Paseo de Canarias, contiguo al anterior, que presenta en sus paredes una serie de azulejos con mapas, escudos y referencias a cada una de las siete islas principales del archipiélago. Es una especie de recorrido didáctico en miniatura por la geografía y la historia canarias, pensado claramente para visitantes pero ejecutado con un gusto razonable.
Firgas es también conocido por su agua mineral, embotellada desde un manantial local, que es una de las más consumidas en el archipiélago. El pueblo en sí es pequeño, con pocas calles y un ritmo muy tranquilo, sobre todo un domingo de mediodía. Dedicamos aquí apenas media hora, suficiente para recorrer los dos paseos principales y hacer algunas fotos, antes de continuar hacia Moya.
Moya: homenaje a Tomás Morales
Moya fue la última parada del día antes de emprender la vuelta al sur. Es un pueblo algo apartado de las rutas turísticas más transitadas, lo que le da una autenticidad adicional. Aparcamos en el centro y dimos un paseo por la pequeña plaza principal, donde se encuentra la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y, justo al lado, la casa-museo del poeta Tomás Morales, una de las figuras literarias canarias más destacadas de principios del siglo XX y uno de los principales representantes del modernismo en poesía castellana.
La casa-museo, instalada en la vivienda familiar del poeta, conserva mobiliario original, manuscritos, primeras ediciones y objetos personales que ayudan a contextualizar la figura y la obra. Para un visitante con interés literario, la visita resulta modesta pero agradable, y sirve como recordatorio de que Canarias tiene una tradición cultural sustancial, no siempre bien difundida en la península. Compramos un pequeño volumen con una selección de poemas de Morales para leer durante los días de descanso que todavía quedaban por delante.
Regreso al sur y cierre del día
El camino de vuelta desde Moya hasta Maspalomas lo hicimos por la costa norte y la autovía GC-1, con una parada adicional breve en Las Palmas para tomar un café en una terraza cercana a la playa de Las Canteras. La visita propia de la capital la teníamos reservada para una jornada específica unos días después, así que nos limitamos a echar un primer vistazo sin bajar del todo. El trayecto final, por la autovía que recorre la costa oriental, permite ver una sucesión de paisajes costeros áridos, barrancos secos y pequeños núcleos urbanos que completan la visión transversal del día.
Llegamos al hotel con tiempo justo para una ducha antes de la cena y el paseo nocturno habitual por el paseo marítimo. Al día siguiente tocaba jornada de descanso completo, con la idea de pasar la mayor parte del día en la piscina y en las dunas, y de explorar por la noche la zona de ocio de Playa del Inglés. Una pausa en el centro de la semana para recargar fuerzas antes del tramo final.

Día 4 en Gran Canaria: descanso en Maspalomas, dunas al atardecer y noche en el Yumbo¶
La cuarta jornada del viaje la planteamos desde el principio como día íntegramente dedicado al descanso. Sin coche, sin excursiones, sin madrugar, sin kilómetros acumulados. Solo piscina, lectura, una caminata larga por las dunas aprovechando el atardecer y, ya de noche, inmersión completa en el ambiente de Playa del Inglés, que durante las jornadas anteriores habíamos ido rozando solo tangencialmente en los paseos de cena. Un día distinto, con el ritmo propio de unas vacaciones que uno se ha ganado a pulso después de tres jornadas cargadas.
La lógica de la jornada intermedia de descanso
Incluir un día completo de pausa a mitad de semana ha resultado una decisión inteligente de planificación. Viajes anteriores, tanto míos como de pareja, nos habían enseñado que encadenar excursiones sin pausa acaba agotando incluso a los viajeros más motivados y termina afectando al disfrute de las últimas jornadas, cuando el cansancio acumulado empieza a pesar más que las ganas de conocer. Esta vez el plan contemplaba desde el principio una jornada totalmente abierta en el corazón de la semana, con la única obligación de no hacer absolutamente nada productivo.
El día funciona además como bisagra temporal. Los tres primeros días, dedicados a Maspalomas, al centro montañoso y a la ruta de pueblos del norte, cubren ya una parte sustancial de lo que la isla ofrece en términos de paisaje y cultura. Por delante quedan todavía Las Palmas con su casco histórico, la costa oeste con Agaete y Puerto de Mogán, y el inevitable último día de despedida. Parar en el punto medio permite asimilar lo visto y recargar energías para lo que queda.
Desayuno largo y mañana de piscina
Por primera vez en el viaje, el desayuno lo hicimos sin mirar el reloj. Bajamos al comedor más tarde de lo habitual, con el buffet ya en su segunda ronda de reposición, y aprovechamos para probar algunas cosas que los días anteriores habíamos ido saltando por pura prisa. La sección canaria del desayuno en el Lopesan Catarina es destacable: quesos de distintas partes del archipiélago, bienmesabe, frutas tropicales, papas arrugadas que algunos comensales europeos desayunan sin complejos y una buena selección de panes locales. Dos cafés con leche largos, conversación sin urgencia, repaso mental tranquilo de lo visto hasta ahora.
Después del desayuno, la mañana se desarrolló íntegramente en la zona de piscinas del hotel. Nos instalamos en una de las zonas con sombra parcial, abrimos los libros que habíamos traído (una novela reciente en mi caso, una selección de Tomás Morales que compramos ayer en Moya en su caso) y fuimos alternando lectura, chapuzón ocasional y siesta ligera en rotaciones completamente irregulares. El hotel estaba lleno pero no saturado, con el perfil típico de julio: parejas europeas sin hijos, familias con niños pequeños, algún grupo de amigos jóvenes y bastantes jubilados del centro y norte de Europa que parecen pasar varias semanas seguidas aquí cada verano.
Mediodía en una terraza de Playa del Inglés
Para la comida rompimos la rutina de la media pensión y salimos a una terraza del paseo marítimo, a unos quince minutos andando desde el hotel. Disfrutamos sobre todo del ritmo tranquilo del mediodía en una zona que por la noche funciona a velocidad completamente distinta.
Caminata por las dunas al atardecer
Después de comer, y tras un rato breve de reposo en la habitación por el calor más intenso del mediodía, salimos a hacer la caminata larga por las dunas que teníamos pendiente desde el primer día. La zona protegida ocupa unas cuatrocientas hectáreas entre Playa del Inglés al norte y la Punta de Maspalomas al sur, y se puede recorrer a pie con total libertad siempre que se respeten las zonas de vegetación y las áreas de anidamiento de aves marinas.
La sensación de adentrarse en las dunas andando, alejándose progresivamente del paseo marítimo urbanizado y entrando en un territorio donde solo hay arena, cielo y horizonte, es una de las experiencias más memorables de Gran Canaria. Por momentos uno se olvida completamente de que está en plena zona turística europea y tiene la impresión de estar en un pequeño desierto aislado. El alisio, que a estas horas sopla con fuerza moderada, remodela constantemente los perfiles de las dunas y borra en cuestión de minutos las huellas de los paseantes anteriores.
Caminamos durante unas dos horas largas en un recorrido en zigzag, aprovechando los miradores naturales que ofrecen las crestas más altas. Desde algunos puntos se ve el oasis de La Charca, una laguna costera rodeada de un palmeral denso, que es zona protegida de nidificación y escala para aves migratorias. Las vistas hacia el interior, con el macizo montañoso central dibujándose en la distancia, recuerdan que esta isla combina en apenas cincuenta kilómetros territorios geográficamente muy distintos.
El atardecer en las dunas es el momento más especial de toda la jornada. El sol, cayendo por el oeste sobre el Atlántico, va transformando los colores de la arena con una precisión cromática casi ceremonial. Del amarillo pálido del mediodía pasa al dorado intenso, después al naranja y finalmente al rosáceo justo antes de que el horizonte se trague definitivamente el disco solar. Nos sentamos en lo alto de una duna algo apartada de las zonas más transitadas, simplemente observando, con la brisa del alisio compensando el calor residual del día. Uno de esos momentos que justifican por sí solos la semana entera.
Cena temprana y ambiente nocturno del Yumbo
Volvimos al hotel con las últimas luces del día, con tiempo justo para una ducha rápida y una cena ligera en el buffet. El plan para la noche era bajar a Playa del Inglés y conocer a fondo la zona de ocio nocturno que los días anteriores solo habíamos rozado de paso. El epicentro de la vida nocturna de Maspalomas está en el Centro Comercial Yumbo, un espacio peatonal de dos plantas abiertas al aire libre que de día funciona como centro comercial convencional y de noche se transforma por completo en uno de los principales referentes europeos del ocio internacional.
El Yumbo tiene un carácter especial y difícilmente comparable. Sus dos niveles se llenan a partir del atardecer con decenas de bares, cafeterías, terrazas y locales de espectáculos que atraen a un público de todas las edades, nacionalidades y orientaciones. El componente de ambiente LGTB es sin duda el más visible y el que ha dado al centro comercial su fama internacional, con Gran Canaria consolidada como uno de los destinos de referencia del turismo gay europeo, a la altura de Sitges, Ibiza o Mikonos. Pero la mezcla de públicos es mucho mayor de lo que a veces se cuenta desde fuera: parejas heterosexuales, grupos de amigos, turistas de todas partes, familias incluso, conviven con absoluta naturalidad en un espacio que ha conseguido lo que pocos enclaves turísticos logran, que es ser genuinamente inclusivo sin dejar de ser festivo.
Pasamos varias horas recorriendo terrazas, tomando copas en distintos locales, disfrutando del espectáculo callejero constante (drag shows al aire libre, cantantes en vivo, performances ocasionales, simples grupos de amigos bailando) y absorbiendo un ambiente que difícilmente se encuentra con esta intensidad y con esta libertad en ningún otro punto del país. Para un visitante procedente del norte peninsular, donde el ocio nocturno es más uniforme y con menos variedad de registros, la experiencia resulta refrescante y abre puertas a una forma de entender el turismo que va mucho más allá de la playa y la excursión.
Volvimos al hotel pasada la medianoche, con el cuerpo cansado de un día largo y con la cabeza llena de imágenes tanto del atardecer en las dunas como de la noche en el Yumbo. Al día siguiente tocaba Las Palmas de Gran Canaria con su casco histórico y su playa de Las Canteras, una jornada completamente distinta en registro y una de las más esperadas del viaje.

Día 5 en Gran Canaria: Las Palmas, Vegueta, Triana y la playa de Las Canteras¶
Cualquier viaje a Gran Canaria que se precie tiene que incluir una jornada completa en Las Palmas de Gran Canaria, la capital del archipiélago oriental y la única ciudad de verdad del conjunto insular. Una capital con medio millón de habitantes en su área metropolitana, con casco histórico colonial perfectamente preservado, con una playa urbana que está entre las mejores de España y con una vida cultural que no tiene nada que ver con el registro puramente turístico del sur. Una jornada completa no basta para conocerla a fondo, pero sí da para recorrer los dos barrios históricos (Vegueta y Triana), comer en algún rincón con carácter, pasar la tarde en Las Canteras y volver al hotel con una idea mucho más completa de lo que es esta isla.
Autopista GC-1 hacia el norte
Salimos del hotel razonablemente temprano para aprovechar bien el día. La GC-1, la autopista que conecta el sur con la capital, recorre toda la costa oriental de la isla en una distancia de unos sesenta kilómetros que se resuelven en algo menos de una hora si el tráfico acompaña. El trayecto atraviesa un paisaje costero árido y monótono, con algunos núcleos urbanos desplegados a ambos lados de la carretera, refinerías, zonas industriales en la parte final y finalmente la entrada espectacular a Las Palmas, cuyo perfil urbano se abre de pronto tras una última curva con el azul del Atlántico de fondo.
La llegada al centro se hace por la avenida Marítima, una gran vía rápida que bordea toda la bahía y que permite entrar directamente al núcleo histórico sin atravesar el tráfico de los barrios residenciales. Aparcamos en uno de los parkings subterráneos cercanos al teatro Pérez Galdós, en el límite entre Vegueta y Triana, y empezamos el recorrido andando desde allí.
Vegueta, el casco colonial más importante de Canarias
Vegueta es el barrio fundacional de Las Palmas, el lugar donde se asentaron los primeros colonos castellanos tras la conquista de la isla a finales del siglo XV y desde el cual se organizó toda la expansión colonial posterior hacia América. El conjunto histórico, declarado Bien de Interés Cultural y protegido urbanísticamente con rigor desde hace décadas, conserva un trazado colonial casi intacto, con calles empedradas, plazas arboladas, iglesias monumentales, conventos, palacios y viviendas señoriales de los siglos XVI al XIX. Es, sin discusión, uno de los conjuntos urbanos más relevantes del archipiélago y uno de los cascos coloniales mejor preservados de toda España.
La visita se articula de manera natural alrededor de la Plaza de Santa Ana, el espacio urbano más emblemático del barrio. Se trata de una plaza rectangular flanqueada por la fachada de la Catedral de Santa Ana en uno de sus lados mayores y por edificios institucionales en el otro (el ayuntamiento, el obispado), con una serie de ocho perros de bronce distribuidos por el perímetro que dan nombre a la ciudad: el topónimo "Canarias", según una de las teorías más aceptadas, procede precisamente del latín "canis", por los perros grandes que los primeros exploradores encontraron en las islas.
La Catedral de Santa Ana, iniciada a principios del siglo XVI y terminada siglos después, combina elementos góticos tardíos, renacentistas, barrocos y neoclásicos en un conjunto de una escala monumental que sorprende a quien no se espera encontrar una catedral de este calibre en una ciudad atlántica. Entramos a visitarla con calma: tres naves de altura considerable, bóvedas de crucería, capillas laterales con retablos de distintas épocas, un coro tallado en madera canaria y una sacristía con arte religioso de valor. Desde lo alto de una de sus torres, abierta al público con ascensor y una escalera final, se obtiene una de las mejores panorámicas del casco histórico, con los tejados rojizos de Vegueta extendiéndose hacia el barranco de Guiniguada y la línea del Atlántico cerrando el horizonte al este.
Frente a la catedral se encuentra la Casa de Colón, uno de los museos más importantes de Canarias. El edificio, una antigua casa señorial con patios interiores, balcones de madera tallada y portadas de piedra labrada, alberga una colección dedicada a los viajes colombinos, al papel de Canarias como escala atlántica en la ruta hacia América y a la historia colonial de la isla. Cristóbal Colón hizo escala en Gran Canaria en su primer viaje de 1492 para reparar el timón de la Pinta, antes de continuar hacia las Indias, y este episodio constituye el eje narrativo principal de la exposición. Dedicamos aquí casi dos horas largas, repasando las salas con calma.
El resto de Vegueta se recorre a pie sin prisas. La calle de los Balcones, la Plaza del Espíritu Santo, el Mercado de Vegueta (con un ambiente mañanero muy activo), la Ermita de San Antonio Abad (donde se dice que oró Colón antes de partir) y varias calles peatonales con fachadas coloniales forman un conjunto urbano que pide tiempo y tranquilidad para apreciarlo como merece. Es, probablemente, el descubrimiento cultural más importante del viaje.
Triana y la arquitectura modernista
Separado de Vegueta por el barranco de Guiniguada, hoy cubierto por la avenida Primero de Mayo, se extiende el barrio de Triana, la prolongación histórica del casco antiguo a partir del siglo XVI y especialmente del XIX. Si Vegueta representa el Las Palmas colonial, Triana representa la ciudad burguesa que se desarrolló durante los siglos XIX y XX, con una arquitectura más variada, una trama urbana más regular y una vocación comercial que todavía hoy se mantiene plenamente viva.
La calle Triana, la arteria principal del barrio, es una larga vía peatonal con comercios de todo tipo, cafeterías, librerías, confiterías tradicionales y edificios de arquitectura modernista que merecen levantar la mirada por encima de los escaparates. A finales del siglo XIX y principios del XX, Las Palmas vivió un periodo de bonanza económica vinculada al comercio portuario, y buena parte de ese auge se materializó en la construcción de edificios modernistas con fachadas profusamente decoradas, miradores acristalados, rejerías trabajadas y detalles ornamentales de influencia europea. El conjunto es menos conocido que otros modernismos españoles, pero está a buen nivel y ofrece un paseo muy agradable.
El Teatro Pérez Galdós, en el límite entre Triana y Vegueta, es uno de los edificios más monumentales de la ciudad. Obra fundamental del patrimonio arquitectónico canario, combina elementos neoclásicos y modernistas en un conjunto de fachada espectacular y sala interior magnífica, con pinturas del techo realizadas por el artista grancanario Néstor Martín-Fernández de la Torre, una de las figuras más importantes del arte canario del siglo XX. No pudimos entrar a visitar el interior por ajustes de horario, pero la contemplación exterior ya vale la pena.
La Casa-Museo Pérez Galdós, dedicada al escritor nacido en Las Palmas en 1843 y una de las figuras literarias españolas más importantes del siglo XIX, está ubicada en su casa natal en una calle lateral del barrio. Benito Pérez Galdós, autor de los Episodios Nacionales y de novelas fundamentales de la literatura española, es uno de los grandes nombres canarios universales, y su casa conserva mobiliario original, documentación personal, primeras ediciones y una recreación ambiental de la vivienda familiar. La visita fue breve pero interesante, especialmente para quien haya leído al autor.
Mediodía en Vegueta
Para comer escogimos una tasca en las calles interiores de Vegueta. El tipo de sitio que uno busca para comer auténtico en una ciudad con muchos restaurantes pensados sobre todo para el visitante: mesas de madera, azulejos en las paredes, clientela claramente local, precios de barrio y sin una sola palabra de inglés en la carta.
Tarde en la playa de Las Canteras
Después de comer, con el coche sacado del parking, nos trasladamos al otro extremo del istmo urbano que define la geografía particular de Las Palmas: la playa de Las Canteras. Esta playa urbana, de más de tres kilómetros de longitud, es una de las grandes singularidades de la ciudad y una de las playas ciudadanas más valoradas de toda España. Lo que la hace especial es una barrera natural de roca volcánica sumergida, conocida como La Barra, que discurre paralela a la orilla a unos cien metros de ella y que convierte buena parte de la playa en una enorme piscina natural con aguas tranquilas, protegidas del oleaje del mar abierto.
El ambiente de Las Canteras es completamente distinto al de las playas del sur turístico. Aquí la clientela es mayoritariamente local, con familias grancanarias pasando la tarde de martes, adolescentes practicando bodyboard en la zona de La Cícer (el tramo sur, donde el arrecife se interrumpe y entran las olas del Atlántico), grupos de jubilados caminando por el paseo marítimo, niños jugando en la orilla y alguna que otra clase de yoga colectiva al atardecer. El paseo, perfectamente urbanizado, recorre toda la extensión de la playa con terrazas, restaurantes, heladerías y zonas verdes.
Pasamos aquí la mayor parte de la tarde, alternando baño, paseo por la orilla y parada en una de las terrazas para tomar una horchata canaria (hecha con chufa local, distinta a la valenciana). La sensación de estar en una playa urbana de calidad, con el ritmo relajado de una gran ciudad atlántica, es uno de los momentos más agradables del viaje. Desde el paseo se ve al fondo el perfil del Auditorio Alfredo Kraus, una obra arquitectónica contemporánea que cierra el extremo sur de la playa y que ha ayudado a revalorizar todo el entorno urbano en los últimos años.
Regreso al sur y balance del día
El camino de vuelta lo hicimos al atardecer, con el sol bajando por detrás del macizo montañoso central y dibujando siluetas de colores sobre el horizonte occidental. El trayecto por la GC-1, que por la mañana nos había parecido monótono, ganó esta vez matices cromáticos agradables gracias a la luz oblicua de la tarde. Llegamos al Lopesan Catarina con tiempo justo para la cena, más tarde de lo habitual pero sin prisa.
La jornada en Las Palmas se queda como uno de los descubrimientos más sólidos del viaje. Vegueta y Triana, especialmente, son dos barrios que justifican por sí solos cualquier desplazamiento desde el sur, y que rompen radicalmente la imagen tópica de Gran Canaria como destino exclusivamente de sol y playa. Al día siguiente tocaba la costa oeste: Agaete, el Dedo de Dios y Puerto de Mogán. Otra jornada intensa antes del último día de despedida.

Día 6 en Gran Canaria: costa oeste, Agaete, Dedo de Dios y Puerto de Mogán¶
El sexto día del viaje lo hemos dedicado a la costa occidental de la isla, una de las zonas menos transitadas por el turismo masivo y probablemente la que ofrece paisajes costeros más espectaculares de toda Gran Canaria. La ruta, en forma de gran arco que cierra una vuelta completa a la isla, sube desde Maspalomas por el interior hacia el norte, baja hasta Agaete en la esquina noroeste y regresa al sur por la carretera costera occidental hasta llegar al Puerto de Mogán, con regreso final al hotel por la autovía GC-1. Un recorrido largo pero imprescindible para entender la diversidad geográfica de la isla.
Subida al norte y aproximación a Agaete
Salimos del hotel temprano, conscientes de que el día exigía varias horas de carretera y varias paradas significativas. La ruta escogida, por el interior, nos llevó por la autovía hasta Las Palmas y, desde allí, por la GC-2 que recorre la costa norte hasta Agaete. Este tramo de costa norte, con el alisio soplando constante desde el mar y la carretera dibujando curvas sobre acantilados impresionantes, es una de las rutas panorámicas más agradables de Gran Canaria. El paisaje combina plataneras escalonadas en la ladera, pueblos blancos agarrados a las lomas, miradores con vistas directas al Atlántico y un color verde intenso que contrasta radicalmente con el ocre dominante del sur.
El pueblo de Agaete, situado en un valle fértil en la esquina noroccidental de la isla, se abre al Atlántico a través del Puerto de las Nieves, su núcleo costero y pesquero. La combinación de valle agrícola, pueblo histórico y puerto tradicional da a Agaete un carácter distinto al de cualquier otro enclave insular. Es uno de esos lugares donde se percibe con claridad que Canarias tiene una tradición agrícola y pesquera muy anterior al turismo, y que esa herencia sigue viva aunque a veces quede tapada por el brillo de los grandes complejos costeros del sur.
Puerto de las Nieves y el Dedo de Dios
Bajamos desde el núcleo principal de Agaete al Puerto de las Nieves por una carretera corta que atraviesa el valle. El puerto, que hace años fue el principal embarcadero del norte insular y punto de salida de los barcos que conectaban Gran Canaria con Tenerife, es hoy una mezcla de pueblo pesquero auténtico y pequeño enclave turístico centrado sobre todo en la gastronomía del pescado fresco. El paseo marítimo, corto pero encantador, está bordeado de restaurantes especializados en cocina marinera, con terrazas directamente sobre el mar y una oferta de pescado del día que es difícil de igualar en otras zonas de la isla.
El gran icono visual del Puerto de las Nieves es el Dedo de Dios, una curiosa formación rocosa natural que emerge del mar frente a la costa, justo al pie de los grandes acantilados de Tamadaba. Se trata de una aguja de roca volcánica, separada del acantilado principal, que evoca claramente la forma de un dedo humano apuntando hacia arriba. Es uno de los iconos más fotografiados de Gran Canaria, aparece en todas las guías turísticas y en innumerables postales, y en persona resulta tan llamativo como sugieren las imágenes, especialmente con la luz de la mañana y el azul intenso del Atlántico como fondo.


Los acantilados de Tamadaba, que se alzan inmediatamente detrás del Dedo de Dios, constituyen uno de los conjuntos paisajísticos más espectaculares del archipiélago. Paredes verticales de roca volcánica de varios cientos de metros de altura cayendo directamente al mar, con un color entre rojizo y negruzco según la incidencia de la luz, y con una fuerza visual que cuesta apartar la vista. Hicimos varias fotos desde distintos puntos del paseo marítimo antes de buscar sitio para comer.
Puerto de las Nieves, con vistas al Atlántico
Paramos a comer en una de las terrazas del paseo, con mesa orientada al mar. Un restaurante familiar especializado en pescado local, con precios razonables y servicio amable sin floreos. El tipo de parada que, en un enclave como este, se queda como uno de los momentos más disfrutados de toda la semana.
El ambiente del Puerto de las Nieves un miércoles al mediodía es especialmente tranquilo. A diferencia de otras zonas costeras de la isla, donde el turismo domina completamente el paisaje humano, aquí la mezcla entre visitantes y clientela local se mantiene más equilibrada. Pescadores recogiendo redes en el puerto, bañistas locales en la pequeña playa de cantos rodados, familias comiendo en las terrazas, grupos de jubilados paseando. Un pueblo vivo, no un decorado turístico.
Carretera panorámica de la costa oeste
Desde Agaete pusimos rumbo al sur por la GC-200, probablemente la carretera panorámica más espectacular de toda la isla. El trazado recorre durante casi cincuenta kilómetros la costa occidental, desde los acantilados de Tamadaba hasta La Aldea de San Nicolás y, desde ahí, continúa hacia el sur pasando por Mogán hasta llegar a Puerto Rico y Puerto de Mogán. El tramo entre Agaete y La Aldea es uno de los recorridos por carretera más impresionantes que se pueden hacer en territorio español, con curvas continuas, miradores a cada pocos kilómetros y un paisaje de acantilados que cae verticalmente al mar desde alturas vertiginosas.
La Aldea de San Nicolás, un pueblo agrícola en un valle interior, rompe la espectacularidad paisajística con una dosis de ruralidad canaria tradicional. Es uno de los núcleos más aislados históricamente de la isla, con plataneras, tomates, hortalizas de invierno y una trama urbana humilde pero auténtica. No nos detuvimos a visitarlo con detalle por cuestión de tiempo, pero el paso por el pueblo ya transmite esa sensación de haber llegado al fin del mundo de la isla.
Después de La Aldea la carretera vuelve a subir hacia los acantilados, con tramos donde la sensación de altura y de exposición al vacío es notable. Paramos en un par de miradores para hacer fotos, uno de ellos con vistas hacia las rocas de Güi-Güi, una zona protegida prácticamente inaccesible por carretera que es uno de los últimos reductos salvajes de la isla. El color del mar desde estas alturas cambia constantemente: del azul profundo lejano al verde turquesa en las calas, con las manchas blancas de espuma rompiendo contra las bases de los acantilados.
Puerto de Mogán, la "pequeña Venecia canaria"
El tramo final de la ruta llega al Puerto de Mogán, el enclave costero del extremo suroccidental de la isla y uno de los rincones más pintorescos de todo el litoral grancanario. Lo que fue durante siglos un pequeño puerto pesquero ha sido reconvertido con acierto en un complejo turístico residencial de escala contenida, con pequeños canales excavados entre las calles que le han valido el apodo de pequeña Venecia canaria. La comparación es obviamente exagerada, pero el conjunto tiene un encanto indudable.


La arquitectura del Puerto de Mogán responde a un modelo planificado pero cuidado: casas bajas de una o dos plantas, fachadas blancas con detalles en colores pastel (azul, amarillo, rosa suave), buganvillas cubriendo las paredes y pérgolas de madera, calles peatonales con adoquines, pequeñas plazas con fuentes y un puerto deportivo que se mezcla con lo que queda del puerto pesquero tradicional. La sensación general es la de un pueblo costero mediterráneo que ha mantenido, por una vez, una escala humana y una estética coherente.
Paseamos por el núcleo durante un par de horas, recorriendo los canales interiores, el puerto con sus barcos de pesca y sus yates deportivos convivientes, y las pequeñas calas naturales que se abren a ambos lados del puerto. La playa principal, pequeña pero bien mantenida, tenía a esa hora un ambiente relajado de familias locales mezcladas con turistas europeos. Terminamos en una terraza con vistas al puerto, tomando un café antes de emprender la vuelta al hotel.
Regreso a Maspalomas por la GC-1
El camino de vuelta desde Puerto de Mogán a Maspalomas es relativamente corto, apenas una media hora por la autovía GC-1 que bordea toda la costa sur. El tramo atraviesa primero Puerto Rico, Amadores y otros núcleos residenciales desarrollados en las últimas décadas, con paisajes que recuerdan bastante al turismo costero mediterráneo convencional y que contrastan fuertemente con la autenticidad del Puerto de Mogán y con la espectacularidad de la costa oeste que acabábamos de recorrer.
Llegamos al hotel con el sol del atardecer ya bastante bajo, con tiempo justo para una ducha antes de la cena. La jornada había sido intensa, con bastantes kilómetros acumulados pero con paisajes y experiencias que compensaban ampliamente el esfuerzo. La cena fue ligera, el paseo nocturno corto, y subimos a la habitación con la sensación clara de que la semana entraba ya en su recta final. Mañana, último día completo en la isla, antes del vuelo de vuelta a Bilbao.

Día 7 en Gran Canaria: últimas horas en Maspalomas y vuelo de regreso a Bilbao¶
El último día de cualquier viaje tiene siempre un sabor agridulce a medio camino entre la satisfacción por lo disfrutado y la pequeña nostalgia anticipada por lo que se acaba. En Gran Canaria, además, el día coincidía con un vuelo de tarde hacia Bilbao que nos regalaba una mañana completa para disfrutar del hotel sin agobios antes de poner rumbo al aeropuerto. Era, en realidad, el cierre natural del viaje: sin excursiones, sin carreteras largas, solo pequeñas despedidas de lugares que se habían ido volviendo familiares durante la semana.
Desayuno sin prisa y últimas fotos del hotel
El desayuno en el Lopesan Catarina, que durante seis días había funcionado como combustible rápido antes de arrancar la jornada, se disfrutó esta vez con una calma completamente distinta. Sin prisa por llegar al Roque Nublo, a Teror o a Las Palmas, el café con leche se alargó, la fruta tropical se saboreó con más atención, el croissant acabó acompañado por una segunda ración de queso canario que no habíamos probado todavía y hasta nos animamos a probar los dulces tradicionales del rincón de repostería local. Ese tipo de pequeñas indulgencias que uno se permite cuando sabe que el viaje llega a su fin.
Después del desayuno dedicamos un rato a recorrer el hotel con la cámara, haciendo las fotos que siempre se quedan pendientes cuando los primeros días uno está demasiado ocupado en llegar a los lugares importantes. Las piscinas vacías a primera hora con el sol reflejándose limpio en el agua, los jardines interiores con sus palmeras alineadas y sus adelfas en flor, el muro blanco cubierto de buganvillas que habíamos atravesado decenas de veces sin fijarnos especialmente, los pasillos exteriores con los arcos blancos encalados y la recepción con su mostrador bajo. Imágenes domésticas del viaje que, con el tiempo, suelen ser las que ayudan a recordar la sensación real de aquellos días, mucho más que las postales espectaculares de los grandes iconos turísticos.
La preparación del equipaje se hizo sin agobios, con tiempo de sobra, intentando que la ropa húmeda de la última sesión de piscina ocupara un espacio aislado y que las cámaras, las botellas de ron añejo de Arucas y los quesos comprados en el mercadillo de Teror quedaran bien protegidos en la maleta o en el equipaje de mano. Sorprendentemente, todo cupo sin demasiados ajustes.
Última mañana en las dunas
Con el hotel ya organizado y el coche pendiente de devolverse más tarde, aprovechamos para hacer una última visita a las dunas de Maspalomas, el paisaje que mejor resume toda la experiencia de esta zona sur de la isla. Esta vez el recorrido fue más breve y más reposado que el del día del atardecer: un paseo corto por los bordes del mar de arena, con el sol ya alto pero todavía llevadero gracias al alisio constante, y una parada larga en uno de los miradores del paseo marítimo.
Las dunas tienen un aspecto diferente a cada hora del día, y la mañana revela texturas y colores completamente distintos a los del atardecer. La luz dura del mediodía canario marca con precisión las ondulaciones de la arena, acentúa los contrastes entre las zonas iluminadas y las sombras, y convierte el paisaje en una especie de maqueta cromática perfectamente legible. Desde algunos puntos se ve claramente el palmeral de La Charca al oeste y el horizonte oceánico al sur, con la Punta de Maspalomas y su faro cerrando la composición.
Un último paseo por Playa del Inglés para comprar algunos regalos de última hora (unas cajas de dulces canarios para los padres, alguna camiseta como recuerdo, un par de frascos de mojo envasado para llevar a Bilbao) completó la mañana. Las calles, muy tranquilas a esa hora del mediodía por el calor, tenían un aspecto casi irreconocible respecto al bullicio nocturno del Yumbo de hace dos noches. Otro de los rasgos característicos de Maspalomas y Playa del Inglés es precisamente ese contraste radical entre la calma diurna y la efervescencia nocturna.
Al aeropuerto sin prisa y vuelta a Bilbao
El aeropuerto de Gran Canaria está a apenas veinte minutos de Maspalomas por la autovía GC-1, lo que permite apurar la mañana en el hotel sin agobios y salir con margen suficiente para devolver el coche de alquiler con tranquilidad. El proceso de devolución del vehículo se hizo en los tiempos previstos, sin sorpresas ni cargos inesperados, y la oficina de la compañía estaba tan cerca de la terminal que trasladar las maletas no supuso ningún problema. Después de casi mil kilómetros acumulados durante la semana, el coche nos devolvió al aeropuerto razonablemente limpio, sin incidencias y con el depósito lleno como pedía el contrato.
El tiempo de espera hasta el vuelo se aprovechó para los rituales habituales: un último repaso al equipaje, algún regalo de última hora en la zona comercial, el sándwich rápido que sustituyó al almuerzo y ese café final que suele tener un sabor especialmente agradable en los aeropuertos de regreso. El ambiente era el típico de los vuelos hacia el norte peninsular: familias con niños cargados de juguetes nuevos, parejas bronceadas, jubilados tranquilos y algún grupo de amigos con ese punto de cansancio alegre que deja una buena semana de sol.
El vuelo de vuelta a Bilbao se desarrolló sin incidencias, con el tradicional contraste visual al aproximarnos a la costa cantábrica: del azul intenso y los ocres áridos del sur canario a los verdes profundos y las nubes bajas del norte peninsular. Ese cambio de paisaje desde la ventanilla es siempre parte del viaje, y funciona casi como un recordatorio visual de lo diversas que son las geografías que conviven dentro de un mismo país. El aterrizaje en Loiu, puntual y sin sobresaltos, cerró oficialmente el viaje, aunque las imágenes mentales del Roque Nublo, de Teror, de Vegueta, del Dedo de Dios o de las dunas al atardecer todavía iban a tardar varios días en dejar de aparecer cada vez que cerrábamos los ojos.
La vuelta al piso de Bilbao, la maleta por deshacer, la nevera vacía por rellenar, el correo acumulado, la rutina que retoma sus derechos sobre los horarios vacacionales. Siete días en Gran Canaria han dado para mucho, y la digestión mental del viaje va a requerir todavía varias jornadas más. Queda pendiente el último artículo de esta serie, el de conclusiones, para ordenar las ideas principales y hacer balance general. Pero eso ya será mañana.

Gran Canaria en balance: reflexiones finales sobre una semana en la isla redonda¶
Julio 2005
Una semana en Gran Canaria no basta, ni de lejos, para agotar sus posibilidades. Pero sí da para construir una imagen coherente del carácter de la isla, de la diversidad de sus paisajes, del contraste entre su costa turística y su interior agrícola, entre su capital histórica y sus pueblos de montaña. Después de siete días recorriéndola de punta a punta con coche de alquiler y base fija en Maspalomas, el balance se hace con esa mezcla de satisfacción amplia y pequeña deuda pendiente que suelen dejar los destinos con personalidad propia. Gran Canaria no se agota en una semana, pero tampoco se resiste a ella.
El continente en miniatura no era publicidad vacía
La fórmula publicitaria del "continente en miniatura" que Gran Canaria utiliza en sus promociones turísticas suele despertar, como todas las fórmulas promocionales, cierta suspicacia inicial. Después de esta semana recorriendo la isla, sin embargo, hay que reconocer que la expresión se ajusta con bastante precisión a la realidad. Pocas veces se encuentra tanta diversidad paisajística y climática concentrada en un territorio tan compacto. En un radio de cincuenta kilómetros, la isla combina dunas desérticas al sur, montañas abruptas en el centro con picos que superan los mil novecientos metros, bosques de pino canario y laurisilva en las cumbres, valles agrícolas intensivos en el norte, acantilados verticales en el oeste, pueblos coloniales de interior, una capital histórica con casco colonial de categoría y enclaves pesqueros tradicionales. Muy pocos destinos europeos ofrecen una gama tan completa en un territorio tan manejable.
Esta diversidad es, probablemente, la virtud más destacable del viaje y la que mejor justifica una recomendación amplia para distintos perfiles de viajero. Quien busca principalmente playa y descanso encuentra en Maspalomas una de las zonas mejor equipadas de Europa. Quien busca naturaleza y senderismo tiene en el centro montañoso un territorio de primera categoría, con el Roque Nublo como hito emblemático. Quien busca cultura y patrimonio encuentra en Vegueta y Triana dos barrios históricos de nivel. Quien busca gastronomía local tiene en los pueblos del interior y del norte una oferta genuina. Y quien busca simplemente un cambio climático respecto a la Europa continental encuentra en el alisio y en la temperatura moderada una fórmula que funciona durante prácticamente todo el año.
La fórmula paquete más coche de alquiler, validada desde la primera vez
La combinación de paquete vacacional más coche de alquiler, que ya habíamos estrenado en Fuerteventura dos años antes, volvió a funcionar con la misma solvencia. El paquete garantiza precios ajustados en vuelos, traslados y alojamiento, ahorra gestiones y permite concentrar el presupuesto en lo que realmente disfruta uno fuera. El coche, por su parte, multiplica por diez las posibilidades de conocer el territorio, eliminando la dependencia de excursiones organizadas o de transportes públicos que en islas de esta escala nunca acaban de funcionar como uno quisiera. Fórmula confirmada para las siguientes islas canarias.
La experiencia del Lopesan Catarina como base ha sido correcta sin ser extraordinaria, que es exactamente lo que se le pide a un hotel de estas características. Para quien no busca el hotel como parte central del viaje sino como base de operaciones desde la que salir a explorar la isla, un cuatro estrellas vacacional de este nivel cumple con más que suficiencia. El ahorro respecto a opciones más sofisticadas permite dedicar más recursos a comidas fuera, a entradas de espacios culturales o a algún capricho gastronómico local, que son gastos que normalmente generan más memoria que el plus de calidad hotelera.
El coche, un utilitario compacto contratado en la propia terminal del aeropuerto, se convirtió en el gran aliado del viaje. La escala contenida de Gran Canaria permite alcanzar cualquier punto de la isla en menos de una hora y media, lo que facilita planificar cada jornada con calma, incluir paradas imprevistas y gestionar el tiempo sin depender de horarios ajenos. Las carreteras, con matices según las zonas, están en un estado generalmente bueno, y la señalización es suficiente para un conductor con mapa básico.
Maspalomas como base y descubrimiento inesperado
Elegir Maspalomas como base de operaciones, en lugar de alojarse en otras zonas menos turísticas de la isla, era una decisión casi obligada por la configuración del paquete contratado. A posteriori, ha resultado una elección acertada por razones que iban más allá de la simple conveniencia logística. La zona combina una infraestructura hotelera y gastronómica inmejorable con un entorno natural excepcional (las dunas), una conectividad excelente con el aeropuerto y con el resto de la isla, y una oferta nocturna especialmente rica y diversa que no siempre se menciona en las guías generalistas.
Este último punto merece un comentario específico. El Centro Comercial Yumbo, en el corazón de Playa del Inglés, es probablemente el principal núcleo de ocio nocturno LGTB de Europa continental, y su importancia ha ido creciendo durante los últimos años hasta convertir a Gran Canaria en un referente internacional del turismo diverso. Para un visitante procedente del norte peninsular, acostumbrado a entornos de ocio más uniformes, la experiencia de recorrer el Yumbo en una noche animada resulta reveladora. La libertad con la que conviven públicos muy variados, la ausencia de tensiones entre turistas y residentes, la naturalidad del ambiente festivo, son elementos que definen una forma particular de entender el turismo que Gran Canaria ha sabido consolidar con buen criterio.
Momentos destacados de la semana
Si tuviéramos que quedarnos con los cinco momentos más memorables de estos siete días, la selección sería difícil pero orientativa. En primer lugar, la subida al Roque Nublo con su vista panorámica del Teide al fondo, probablemente el momento paisajístico más impresionante del viaje. En segundo lugar, el atardecer en las dunas de Maspalomas, con la arena cambiando de color a cada minuto y la sensación de estar caminando por un territorio prestado del Sáhara. En tercer lugar, la jornada completa en Las Palmas, con Vegueta como gran descubrimiento cultural y Las Canteras como sorpresa urbana. En cuarto lugar, el mercadillo dominical de Teror, con su ambiente genuino y su conjunto arquitectónico perfectamente conservado. Y en quinto lugar, la ruta panorámica de la costa oeste entre Agaete y el Puerto de Mogán, con sus acantilados vertiginosos y el pintoresco Dedo de Dios como punto de referencia.
Momentos menos espectaculares pero igualmente valiosos fueron la parada con vistas al Atlántico en el Puerto de las Nieves, la visita a la Casa de Colón en Vegueta, el café tranquilo al atardecer en Puerto de Mogán y la noche larga y festiva en el Yumbo. Cada uno de estos momentos, sin ser iconos que vayan a aparecer en las guías, forma parte esencial del tejido del viaje y contribuye a construir una memoria rica del destino.
Lo que queda pendiente
Pese a haber cubierto con bastante amplitud los grandes iconos de la isla, queda la sensación clara de que Gran Canaria tiene todavía mucho más para ofrecer. La Caldera de Bandama, un cráter volcánico espectacular en las cercanías de Las Palmas, no entró en el plan por cuestión de tiempo. El Jardín Canario Viera y Clavijo, uno de los jardines botánicos más importantes del archipiélago, tampoco. El Barranco de Guayadeque, con sus casas-cueva y sus restaurantes excavados en la montaña, se quedó fuera. El valle de Fataga, que solo atravesamos en coche camino del Roque Nublo, merece una parada específica. Y pueblos del interior como Artenara, Tejeda con más calma, San Bartolomé de Tirajana o Ingenio tienen un encanto propio que justificaría una vuelta futura.
La costa norte más allá de Agaete, entre Gáldar y Galdar, tampoco entró en el itinerario. Y la visita a alguna de las bodegas del norte, como las de Arucas o las de la zona de Bandama, sería un complemento natural para un viajero con interés gastronómico. Gran Canaria tiene material para dos o tres visitas más sin ningún problema.



