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Mi primer Nueva York
Octubre de 2005, primera vez en Nueva York. Viajamos cuatro: mi pareja y otra pareja de amigos que ya conocían la ciudad. Eso marcó el ritmo del viaje más de lo que esperaba.
Primera vez en Nueva York: cuatro amigos, tres que ya la conocían¶
Introducción al viaje
Octubre de 2005 fue mi primera vez en Nueva York. Viajábamos cuatro: mi pareja y otra pareja de amigos, y de los tres solo yo no había pisado la ciudad antes. Los otros tres ya tenían sus sitios favoritos, sus rutas hechas y su propia idea de qué merecía la pena repetir y qué no.
Eso condicionó el viaje más de lo que preví antes de subir al avión. El itinerario terminó pareciéndose más a una revisión de lo que ellos ya conocían que a un descubrimiento trazado a mi medida, y en varios momentos noté esa diferencia entre ir a reencontrarse con una ciudad y pisarla por primera vez. No fue un problema grave, pero sí una tensión de fondo que atravesó los seis días.
Y aun así, con las expectativas por las nubes —porque a Nueva York se llega ya habiéndola visto mil veces en el cine y en la televisión, con esa sensación de estar pisando un decorado familiar—, la ciudad no defraudó ni un momento. Sigue enamorando incluso cuando crees que ya sabes lo que te vas a encontrar.

Día 1. En el taxi desde JFK: primer vistazo a Manhattan¶
El vuelo con Delta aterrizó en JFK la tarde del 7 de octubre. Seis días en Nueva York, del 7 al 12 de octubre, mi primera vez. Viajábamos cuatro: mi pareja y otra pareja de amigos que ya conocían la ciudad y se habían ofrecido a hacer de guías. Lo que no supe entonces es que eso acabaría marcando bastante el ritmo del viaje, no siempre en el sentido que yo hubiera querido.
El trayecto desde el aeropuerto hasta Manhattan ya es Nueva York: autopistas elevadas, el perfil de los rascacielos apareciendo gradualmente, los taxis amarillos adelantando por todos lados. El taxista, un hombre de origen pakistaní, iba adelantándonos consejos sobre la ciudad mientras sorteaba el tráfico sin apenas mirar. Esas frases cortas, en un inglés acelerado que costaba seguir con el jet lag encima, fueron nuestra primera orientación neoyorquina.
Hotel Carter: céntrico pero infame
El Hotel Carter está en la calle 43, prácticamente encima de Times Square. Para mí eso era suficiente: salir a la calle y estar ya en el centro del centro. Mis compañeros, sin embargo, arrugaron la nariz nada más cruzar la puerta y lo calificaron sin titubear como "el peor hotel de su vida".
Quizás sus estándares eran distintos, o quizás yo estaba demasiado distraído con el hecho de estar allí. Las habitaciones eran claramente anticuadas, y el ascensor tenía ese traqueteo y esas puertas de reja que invitaban a subir por las escaleras. No sé si era objetivamente terrible, pero reconozco que no era precisamente acogedor. La ventaja de estar en el corazón de Times Square compensaba cualquier cosa que pudiera pasarle a un ascensor.
Times Square a última hora de la tarde
Apenas dejamos las maletas, salimos. Era última hora de la tarde y Times Square estaba en plena efervescencia: las pantallas gigantes encendidas, los taxis bloqueando los cruces, gente de todos los acentos posibles ocupando las aceras en todas las direcciones.
Me quedé parado unos instantes sin saber hacia dónde mirar. Hay una diferencia real entre ver Times Square en fotografías y estar físicamente en ese cruce: la escala no se transmite bien en imagen. El espacio es enorme, y sin embargo se siente comprimido, ruidoso, casi claustrofóbico de tanta luz y movimiento.
Lo que no sabía entonces es que ese suelo que pisaba fue durante décadas el corazón de la industria del carruaje: talleres de coches de caballos, establos, distribuidores de vehículos de tiro. Se llamaba Longacre Square. El nombre cambió en 1904 cuando The New York Times se mudó aquí y negoció con el ayuntamiento que rebautizara la plaza en honor al periódico. El primer ball drop de Nochevieja fue en 1907, con una bola de hierro y madera de unos 300 kilos iluminada con cien bombillas. Nada que ver con lo que hay ahora, pero el ritual es el mismo.
El diner de la primera noche
Para cenar elegimos uno de esos diners americanos clásicos que hay cerca del hotel: carta enorme, raciones generosas, ese ambiente ruidoso y eficiente tan característico. La camarera, una mujer de mediana edad con una energía que no guardaba proporción con la hora que era, llevaba el ritmo de tres mesas a la vez sin perder el hilo de ninguna.
Entre plato y plato fuimos trazando el plan de los días siguientes, aunque con el nivel de cansancio que arrastrábamos las decisiones eran más ilusiones que compromisos reales.
Rendidos ante el jet lag
El desfase horario se cobró su peaje antes de las once. De vuelta en el hotel, con la ciudad haciendo ruido al otro lado de la ventana, costaba conciliar el sueño pero el cuerpo no daba para más. Esa tensión entre el cansancio físico y las ganas de salir a seguir mirando es probablemente lo más característico de la primera noche en Nueva York cuando vienes de Europa.
Seis días por delante.

Día 2. De Battery Park a Broadway pasando por el agujero del World Trade Center¶
El 8 de octubre amaneció con cielo despejado y temperatura perfecta para caminar. Desayuno rápido y salimos hacia el sur de Manhattan con intención de ir subiendo durante el día.
Battery Park: la Estatua de la Libertad desde la orilla
La punta sur de Manhattan termina en Battery Park, un parque largo y estrecho desde el que se ve el puerto y, recortándose en el horizonte, la Estatua de la Libertad. Estábamos bastante cerca, pero sin tomar el ferry la figura mantiene esa distancia que la hace casi irreal, como un objeto decorativo a escala gigante.
No subimos a visitarla ese día; lo dejamos para otro momento que al final tampoco llegó. Desde aquí, sin embargo, ya se podía apreciar algo de su escala. La estatua fue un regalo de Francia, inaugurada en 1886. La diseñó el escultor Frédéric Auguste Bartholdi, y la estructura interna de hierro la construyó Gustave Eiffel, antes de que se pusiera a trabajar en su torre. El cobre era originalmente de un color rojizo brillante, como una moneda nueva. Tardó unos treinta años en oxidarse hasta ese verde azulado que todos conocemos. Las siete puntas de la corona representan los siete mares y los siete continentes.

South Street Seaport y el puente de Brooklyn
Desde Battery Park caminamos hacia el este siguiendo la orilla hasta South Street Seaport. El barrio conserva edificios de ladrillo rojo del siglo XIX y adoquines que contrastan con el cristal de los rascacielos de alrededor. Hay barcos históricos atracados que funcionan como museos flotantes, aunque nosotros nos limitamos a recorrer el embarcadero.
Desde el Pier 17 se ve el puente de Brooklyn con toda su estructura: las torres neogóticas de piedra, el entramado de cables suspendidos, la silueta imponente sobre el agua. Me prometí cruzarlo antes de marcharme. Al final no lo hice, y es una de las pocas cosas que verdaderamente lamento del viaje.
El puente se inauguró en 1883. Su diseñador original, John Roebling, murió antes de que empezara la construcción: en 1869 le aplastaron el pie con una barcaza de transbordador mientras hacía mediciones en el sitio; el tétanos hizo el resto pocas semanas después. Su hijo Washington asumió la dirección de las obras, pero desarrolló la enfermedad de los buzos trabajando en los cajones submarinos presurizados donde se plantaron los cimientos. Quedó paralizado. Pasó los once años siguientes supervisando la construcción desde la ventana de su apartamento, observando con binoculares, mientras su mujer Emily transmitía sus instrucciones al equipo.


Wall Street un sábado
Siendo sábado, Wall Street estaba prácticamente vacía. Ese silencio de fin de semana en un lugar asociado al movimiento constante tiene algo de extraño, casi teatral. Los edificios imponentes, las fachadas de mármol, las puertas cerradas de instituciones financieras que mueven billones en días laborables. En la plaza de Bowling Green, la estatua del toro de Arturo Di Modica se podía ver sin aglomeraciones, lo que no es habitual.


Little Italy y Chinatown
Little Italy es cada año un poco más pequeña, comida por Chinatown por todos los flancos. Pero en Mulberry Street y Grand Street todavía sobrevive ese escenario de manteles a cuadros y camareros con acento que invitan a entrar desde la puerta. En una esquina, unos señores jugaban a las cartas sin hacerle el menor caso al turismo que les rodeaba.
Cruzar Canal Street hacia Chinatown es cruzar a otro país. Los rótulos en caracteres chinos, las farolas rojas colgando de los cables, los vendedores de frutas que no sé identificar. Mott Street, el corazón del barrio, tenía tiendas de hierbas medicinales, joyerías de jade, restaurantes con los patos laqueados colgando en el escaparate. En un puesto encontré figuras y amuletos que me tentaron como recuerdo. En otro local, un anciano hacía caligrafía sobre papel de arroz mientras a su alrededor se desarrollaba el bullicio habitual del barrio.
Lo que llama la atención de Chinatown en Nueva York es que no es una versión decorativa para turistas: la gente del barrio hace aquí su compra cotidiana. Familias reunidas en mesas redondas giratorias, abuelas con carros de la compra, niños que corren por la acera. Eso le da una textura que no he visto en los chinatowns de otras ciudades.


Ground Zero: un solar con valla y silencio
Lo que en 2005 era la Zona Cero era exactamente eso: un solar enorme rodeado de vallas metálicas, con maquinaria de construcción dentro y visitantes mirando desde fuera a través de las rendijas. Las torres se habían construido entre 1968 y 1972; cuatro años después de los atentados, no había todavía ningún memorial ni museo. Solo el agujero, las grúas y algunas cartelas informativas.
Cerca de la valla, una esfera de bronce abollada que estaba instalada en la plaza entre las dos torres —y sobrevivió al derrumbe— se había reubicado provisionalmente en un parque cercano. Y una cruz de acero hecha con vigas rescatadas de los escombros. El ambiente era callado de una manera particular, diferente al silencio normal de un espacio abierto.
La mayoría de la gente miraba sin hablar mucho. No hacía falta decir nada.


El violinista en el tejado en Broadway
Para cerrar el día, fuimos a ver El violinista en el tejado en Broadway. Tres horas largas que pasaron con sorprendente fluidez; la historia de Tevye y su familia en esa aldea rusa de principios del siglo XX funciona bien sobre el escenario, con esa mezcla de humor y melancolía que tiene el musical. Salimos tarde, con los pies doloridos de un día que había empezado en Battery Park y terminado en un teatro de Midtown.

Día 3. Empire State, Central Park y un Sweeney Todd desconcertante¶
Domingo 9 de octubre. Desayuno rápido en la cafetería del hotel y salimos con la lista del día bastante cargada: Empire State, Central Park, Grand Central, y por la noche, otro musical de Broadway.
Times Square de mañana
La primera parada fue breve: Times Square a primera hora del domingo, con menos gente que entre semana pero con todas las pantallas igualmente encendidas. A la luz del día pierde algo de su impacto nocturno, pero gana en escala: se aprecia mejor lo desproporcionados que son los edificios, lo ancho que es el cruce, el número de pantallas que hay mirando en todas direcciones.

Empire State: una hora de cola para ver Manhattan desde arriba
Desde Times Square caminamos unas pocas manzanas hasta el Empire State Building. Las colas para subir son tan conocidas como el edificio mismo, y ese día no fueron excepción: algo más de una hora esperando en la planta baja antes de llegar al ascensor que sube al observatorio del piso 86.
Vale la pena. Manhattan visto desde arriba es una maqueta perfecta: las avenidas numeradas cruzando de norte a sur, las calles de este a oeste, el Hudson al fondo y el East River al otro lado. Con el cielo despejado que hacía ese día, se veía incluso la Estatua de la Libertad en la distancia. Estuvimos casi dos horas recorriendo el mirador en los cuatro puntos cardinales, identificando edificios, discutiendo sobre cuál era cuál.
El edificio se construyó en 410 días, entre 1930 y 1931. Se llama así por el apodo de Nueva York como "el Estado Imperio". Fue brevemente el edificio más alto del mundo, hasta que en 1972 las Torres Gemelas lo superaron. El piso 102, el más alto, fue diseñado como mástil de amarre para dirigibles transatlánticos: la idea era que los zepelines pudieran atracar en la cima. El proyecto nunca funcionó porque el viento a esa altura hacía imposible el amarre. Una de esas ideas de la época que parecía razonable sobre el papel.




Central Park: la naturaleza artificial más famosa del mundo
Después de comer en un deli cerca del Empire State —pan de centeno, pastrami, mostaza; rápido y bueno— cogimos la dirección norte hacia Central Park.
Entramos por la zona sur y fuimos subiendo sin prisa por los senderos. Un domingo de octubre es uno de los mejores momentos para ver el parque: los neoyorquinos lo usan de verdad, no como fondo de foto sino como espacio real de fin de semana. Familias con picnic, parejas en barca en el lago, corredores, patinadores, algún músico tocando en un banco. El parque tiene 843 acres y tardó casi veinte años en construirse, de 1858 a 1876. Lo diseñaron Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux, y casi todo lo que parece natural es artificial: los árboles fueron plantados, los lagos excavados, los caminos trazados a mano. Para construir ese paisaje "natural", el ayuntamiento desalojó a las 1.600 personas que vivían allí, en su mayoría inmigrantes irlandeses y residentes negros, y demolió sus casas.
Nos detuvimos en la Bethesda Fountain, con su ángel en lo alto que preside el estanque, y en Strawberry Fields, el rincón dedicado a Lennon donde hay flores prácticamente siempre. Alguien había dejado un ramo fresco esa mañana.




Upper East Side y Madison Avenue
Salimos del parque por el lado este y llegamos al Upper East Side sin buscarlo. El cambio de tono es inmediato: porteros uniformados en las entradas de los edificios, boutiques con escaparates cuidados al milímetro, menos ruido, menos gente caminando con bolsas de supermercado. Es la parte de Manhattan que parece sacada de una película de Woody Allen de los ochenta.
Recorrimos tramos de Madison Avenue y la Quinta Avenida. No soy comprador compulsivo, pero los escaparates de esta zona son un espectáculo en sí mismos. Cerca están el Metropolitan y el Guggenheim, que decidimos dejar para otra visita que al final tampoco llegó a producirse.
Grand Central Terminal
Ya por la tarde, camino de vuelta hacia Midtown, entramos en Grand Central Terminal. El vestíbulo principal detiene a cualquiera que entre por primera vez: el techo abovedado de color verde con las constelaciones pintadas, la luz que entra por los ventanales altos, el reloj central de cuatro caras en el centro de la sala. Y alrededor, los neoyorquinos cruzando a paso rápido sin levantar la vista, completamente ajenos al espectáculo arquitectónico que tienen sobre la cabeza.
Hice más fotos aquí que en ningún otro sitio del día. Ninguna captura bien la combinación de escala y movimiento que tiene ese espacio en hora punta.


Sweeney Todd: cuando el concepto aplasta el espectáculo
Por la noche, Broadway. La obra era Sweeney Todd de Stephen Sondheim, y tenía expectativas altas. Lo que encontramos fue una versión conceptual bastante radical: actores vestidos con ropa contemporánea que interpretaban varios personajes y tocaban ellos mismos los instrumentos en el escenario.
Como concepto es interesante, y hay que reconocer la exigencia técnica que supone. Pero en la práctica le restaba espectacularidad a la puesta en escena, y con el cansancio de un día que había empezado en Times Square y cruzado medio Manhattan, no fue fácil mantener la concentración. Quizás con otro estado de ánimo hubiera conectado mejor con esa propuesta. O quizás simplemente esperaba algo más convencional.
La experiencia de Broadway —el edificio, la platea llena, las marquesinas iluminadas antes de empezar— tiene su propio peso independientemente de lo que den esa noche.

Día 4. Manhattan bajo la lluvia: del Mall al Neil Simon Theatre¶
El 10 de octubre amaneció con lluvia persistente. No la llovizna fácil de ignorar, sino aguaceros de verdad que obligaban a replantear el día. Nueva York bajo la lluvia tiene su propio ritmo: los paraguas crean una cobertura de colores a la altura de los ojos, los charcos reflejan las luces de los carteles, los taxis se vuelven imposibles de encontrar. Los neoyorquinos, que ya caminan rápido, caminan todavía más rápido.
Manhattan Mall: refugio temporal
Con el cielo encapotado desde primera hora, decidimos empezar el día en cubierto y nos metimos en el Manhattan Mall, en Herald Square. No es un centro comercial espectacular —nada que ver con los malls enormes de las afueras americanas— pero tiene varias plantas de tiendas y una cafetería desde la que observamos cómo la lluvia golpeaba los ventanales. Tomamos el desayuno allí, sin prisa, esperando a ver si escampaba.

Madison Square Garden y St. Patrick's Cathedral
Al mediodía la lluvia dio una tregua corta y aprovechamos para salir. El Madison Square Garden está solo unas calles más allá: la estructura circular, sin ningún evento esa mañana, se podía ver y poco más. No hay demasiado que hacer desde fuera, pero es uno de esos edificios que reconoces al instante por pura saturación cultural.
Unos pasos más adelante, la catedral de St. Patrick. Su fachada neogótica encajada entre rascacielos de cristal es uno de esos contrastes que definen visualmente a Midtown. La diferencia de escala entre la catedral y los edificios que la rodean es llamativa: parece pequeña en comparación, aunque en realidad es una estructura enorme. Por dentro, los vitrales con poca luz exterior por el día nublado mantenían su color, y el espacio tenía esa quietud particular de las iglesias grandes en horas no de misa. Estuvimos un rato dentro, agradeciendo el silencio y el techo seco.


Rockefeller Center con las esculturas bajo la lluvia
Al salir de St. Patrick volvió a llover, pero con menos fuerza. El Rockefeller Center está a un paso, así que seguimos hacia allí. El complejo Art Déco impresiona ya desde fuera: la proporción de los edificios, los relieves que decoran las fachadas, la estatua dorada de Prometeo presidiendo la plaza central.
La lluvia había alejado a la mayoría de los turistas y la plaza estaba tranquila, lo que permitió ver con calma los detalles escultóricos que en condiciones normales se ven a empujones. Decidimos no subir al mirador "Top of the Rock": con las nubes bajas que había ese día, las vistas habrían sido más niebla que skyline. Quedamos en volver si mejoraba el tiempo, cosa que no llegó a ocurrir.


Macy's: un laberinto de varios pisos
Por la tarde la lluvia volvió con ganas y buscamos refugio en Macy's, el gran almacén de Herald Square que lleva décadas anunciándose como el más grande del mundo. Ocupa una manzana entera y tiene ocho o nueve plantas de departamentos. Pasamos un buen rato recorriéndolo sin comprar demasiado, mirando más el edificio que las tiendas: las escaleras mecánicas de madera siguen funcionando después de décadas, y en algunos rincones se nota que el edificio original tiene mucha historia acumulada debajo del merchandising.

Hairspray en el Neil Simon Theatre: el mejor musical del viaje
Para cerrar el día, el Neil Simon Theatre con Hairspray. Después de la experiencia algo densa de Sweeney Todd la noche anterior, este musical fue un contraste total. Ambientado en la Baltimore de los años 60, con una trama sobre integración racial contada con humor y canciones contagiosas, la obra no pide nada al espectador más que dejarse llevar.
El teatro estaba prácticamente lleno y el ambiente ya antes de empezar era distinto: más risas, más energía en los pasillos. La actuación fue redonda. Salimos tarareando "You Can't Stop the Beat" mientras la lluvia, ya reducida a llovizna, nos acompañaba de vuelta al hotel.


Día 5. Regateo en Chinatown, outlet en la Zona Cero y Sweet Charity en Broadway¶
El quinto día tenía agenda marcada principalmente por Ana, una de nuestras compañeras de viaje, que había localizado el bolso que buscaba en Chinatown y nos había convencido a todos de acompañarla a por él. Lo que sonaba a excursión de media hora acabó siendo la actividad principal de la mañana, y no me arrepiento.
El ritual del regateo en Canal Street
Chinatown de mañana tiene una dinámica diferente a la de tarde. Los puestos de Canal Street están montando el escaparate, los dependientes de las tiendas están terminando de organizar la mercancía. Nosotros llegamos con misión específica: el bolso que Ana había visto días atrás.
Lo curioso de estas tiendas es que lo que está expuesto en el escaparate no es necesariamente lo que quieres comprar. Tras mostrar interés por un artículo, el dependiente hace un gesto discreto invitando a pasar a la trastienda, detrás de una cortina o por una puerta disimulada. Ahí está el catálogo real. Es un ritual que tiene algo de juego de espías de bajo voltaje.
El regateo es la otra parte del ritual. Ana, que en España es bastante tímida, se transformó en negociadora implacable en cuanto cruzó la primera cortina. "Too expensive", repetía convencida mientras hacía amago de marcharse, técnica que invariablemente provocaba que el vendedor la llamara de vuelta con una oferta mejor. Tercera tienda, bolso conseguido, precio que nos pareció un triunfo a todos.
Century 21: marcas de diseñador junto a la Zona Cero
Con el éxito del bolso celebrado con dim sum en un local pequeño de la zona —las empanadillas de gambas al vapor eran genuinamente buenas— fuimos hacia el Century 21, el outlet famoso que está a pocos metros de donde estuvieron las Torres Gemelas.
El establecimiento ocupa varias plantas y tiene un sistema de organización que requiere paciencia para descifrar: ropa de diseñador mezclada con otras marcas, prendas de distintas temporadas sin demasiado orden aparente. Pero los precios justifican la búsqueda. Acabé comprando unos vaqueros de diseñador que en España habrían costado el doble, y encontré un bolso para mi madre y una cartera de piel para mi padre. Los probadores estaban llenos y la cola de caja era larga, pero eso es parte del trato.
Sweet Charity en el Ambassador Theatre
Con las bolsas dejadas en el hotel y un descanso breve, llegó la noche de Broadway. Sweet Charity en el Ambassador Theatre: la historia de Charity Hope Valentine, bailarina con mala suerte crónica en el amor pero optimismo a prueba de decepciones.
La puesta en escena era dinámica y las coreografías sólidas. "Big Spender" arrancó aplausos espontáneos en mitad del número, y "If My Friends Could See Me Now" salió conmigo del teatro en bucle. Nuestros asientos no eran de los más próximos al escenario pero la acústica del teatro es buena y no se perdía nada. Fue el tipo de musical que deja a la gente de buen humor en la salida, que es lo que se pide.
SoHo y el cierre en Time Warner Center
El día aún tenía margen y dimos una vuelta por el SoHo antes de cenar. El barrio tiene una textura diferente a Midtown: los edificios de hierro fundido del siglo XIX, las calles adoquinadas más estrechas, las galerías de arte con las obras visibles desde fuera. El ritmo es más lento aquí, más horizontal. Spring Street y Prince Street con la luz del atardecer tienen algo particularmente agradable.

Para cerrar la jornada, nos acercamos al Time Warner Center en Columbus Circle: dos torres de cristal con un atrio interior que mira directamente a Central Park. La luz del atardecer llegaba de costado y teñía los edificios circundantes de un color naranja bastante espectacular.
Bajamos a cenar en Whole Foods, en el nivel inferior del centro. El concepto de supermercado con barra de comida preparada alcanza aquí una dimensión que no había visto en Europa: sushi, comida india, pizza, ensaladas, barbacoa americana, todo en el mismo espacio. Cenamos junto a los ventanales con vistas a Central Park South, en un formato sorprendentemente útil para no tener que buscar restaurante después de una jornada larga.
Volvimos al hotel caminando por la Sexta Avenida.

Día 6. El desfile de la Hispanidad, el vuelo cancelado y la carrera a Newark¶
El último día en cualquier viaje tiene esa presión de querer meter todo lo que no ha cabido en los anteriores. El 12 de octubre comenzó con calma y acabó en una carrera por los pasillos de un aeropuerto en Nueva Jersey.
La Biblioteca Pública de Nueva York
La mañana empezó con visita a la Biblioteca Pública de Nueva York, en la Quinta Avenida con la calle 42. El edificio es Beaux-Arts de 1911, con esa fachada de mármol blanco y los dos leones en la entrada —Patience y Fortitude, así los bautizó el alcalde La Guardia en los años 30. El interior no decepciona: techos artesonados, escaleras de mármol, corredores con la proporción exacta para hacerte sentir pequeño sin agobiarte.
La sala de lectura principal Rose es el espacio que más llama la atención: mesas de roble con lámparas individuales, ventanales grandes que dejan pasar una luz uniforme, el silencio de mucha gente trabajando al mismo tiempo. Aunque uno solo esté de visita y no tenga nada que estudiar, da ganas de sentarse y abrir algo.

Rockefeller Center: la pista de hielo ya estaba
Al salir de la biblioteca fuimos al Rockefeller Center, que ya en octubre tenía la pista de hielo instalada en la plaza central. Los primeros patinadores del día se aventuraban sobre el hielo con más entusiasmo que técnica. La imagen es la que sale en todas las películas navideñas de Nueva York: la pista circular, las banderas de diferentes países en el perímetro, la estatua dorada de Prometeo al fondo. En diciembre estaría todo esto más el árbol gigante y el doble de gente. En octubre todavía había espacio para verlo con calma.


Naciones Unidas junto al East River
Caminamos hacia el este hasta llegar al complejo de las Naciones Unidas, ese edificio de cristal de 39 pisos en la orilla del East River que técnicamente es territorio internacional, no estadounidense. Por cuestiones de tiempo solo vimos el exterior, pero ya eso tiene su impacto: las banderas de todos los países miembros en fila, el edificio reflejando el cielo, la escala de una institución que existe precisamente para intentar que los países no se destruyan entre sí.
Delante hay una escultura de Evgeniy Vuchetich, "Swords into Plowshares": un hombre doblando una espada para convertirla en arado. Donada por la Unión Soviética en 1959, en plena Guerra Fría. El mensaje universal, el contexto histórico específico.


El Desfile de la Hispanidad en la Quinta Avenida
Camino de vuelta hacia Midtown, al llegar a la Quinta Avenida nos encontramos con el Desfile de la Hispanidad. No lo habíamos previsto —el 12 de octubre, claro, Día de la Hispanidad— y la Quinta Avenida estaba cortada de extremo a extremo con un río de gente desfilando en ambos sentidos.
El espectáculo es genuinamente variado: grupos con banderas de México, República Dominicana, Argentina, España, Ecuador, Puerto Rico; músicos, bailarines con trajes regionales, carrozas improvisadas. En una esquina, un grupo de bailarines ecuatorianos ejecutaba una danza tradicional con una precisión y una alegría que resultaba contagiosa. A mi lado, un niño puertorriqueño que debía tener unos seis años le preguntaba a su abuela en spanglish qué significaba cada movimiento. Esas dos cosas juntas —la precisión de los bailarines y la curiosidad del niño— resumían bastante bien lo que estábamos viendo: cultura que se transmite, que viaja, que muta pero no desaparece.
Nos quedamos un buen rato viendo pasar el desfile. Es de esas cosas que no aparecen en ningún itinerario pero que terminan siendo uno de los recuerdos más vívidos del viaje.






Vuelo cancelado: del JFK a Newark en taxi
Habíamos planificado llegar al JFK con cuatro horas de antelación, como recomiendan todos los consejos post-11S para vuelos internacionales. Llegamos con tiempo, encontramos el mostrador de check-in y nos informaron de que nuestro vuelo había sido cancelado.
En lugar de la esperable larga espera y las gestiones en cola, el proceso fue sorprendentemente rápido: nos dieron un vale para un taxi hasta el aeropuerto de Newark en Nueva Jersey, desde donde saldría el vuelo alternativo. La tarde tranquila en el JFK que habíamos planeado se convirtió en otra cosa.
El taxista, un hombre de origen bengalí, entendió la urgencia sin que hiciera falta explicarla mucho. "No worry, friend, I get you there on time", decía mientras atravesábamos el tráfico de última hora de la tarde en dirección al túnel Holland. A través del túnel, con el Hudson debajo, Manhattan quedaba atrás y Nueva Jersey aparecía al frente. Yo miraba el reloj cada dos minutos calculando margen.
La llegada a Newark con los últimos pasajeros
El control de seguridad en Newark lo pasamos prácticamente corriendo, con las maletas de mano golpeando contra las piernas y la respiración cortada. Los pasillos del aeropuerto son interminables cuando tienes prisa. Llegamos a la puerta de embarque cuando ya estaban llamando a los últimos pasajeros.
"Last call for passengers to Rome", sonaba por la megafonía mientras entregábamos las tarjetas de embarque. La azafata de tierra nos recibió con la sonrisa profesional que no revela nada sobre su estado real de ánimo, selló los documentos y nos dejó pasar.
Ya en el asiento, mientras el avión rodaba hacia la pista, miré por la ventana. Manhattan se dibujaba a lo lejos con su silueta recortada contra el cielo del atardecer.
El avión despegó. Nueva York se fue haciendo pequeña y luego desapareció bajo las nubes.

Reflexiones finales¶
Seis días en Manhattan: lo vivido y lo pendiente
Con los años, cuando miro atrás a aquel primer Nueva York, lo primero que me viene es la escala. La ciudad es más grande de lo que cualquier fotografía transmite. El taxi desde JFK, el primer vistazo al skyline desde la autopista elevada: eso no se puede preparar del todo.
Octubre resultó ser buen momento para ir. El otoño estaba empezando a cambiar los colores en Central Park, la temperatura permitía caminar durante horas sin sudar ni tiritar, y la ciudad no tenía la saturación turística del verano.
Lo que vimos y lo que no
En seis días visitamos los puntos más conocidos de Manhattan —Empire State, Times Square, Central Park, Grand Central, la zona financiera— a un ritmo que, siendo honesto, no fue el que yo habría marcado. Mis tres compañeros de viaje ya conocían Nueva York de visitas anteriores, lo que cambia completamente la experiencia: para ellos era un reencuentro; para mí, un primer contacto que quería aprovechar al máximo. La tensión entre esos dos modos de viajar se notó en algunos momentos.
No hay ningún villano en esa historia. Simplemente eran formas distintas de moverse por una ciudad. Pero sí me quedé con la sensación de que podría haber exprimido más el viaje, y si pudiera repetirlo, en algún momento me habría separado del grupo para seguir mi propio ritmo.
El puente de Brooklyn y otras cuentas pendientes
La espina más concreta: el puente de Brooklyn. Lo vimos desde South Street Seaport, con toda su estructura al contraluz, y me prometí cruzarlo a pie. Pero cuando llegó el momento mis compañeros lo descartaron por largo, y yo no me separé del grupo. Es una de esas decisiones que, con la perspectiva del tiempo, tomaría de otra manera. Cruzar ese puente se quedó como la primera cuenta pendiente para una siguiente visita.
También se quedaron sin visitar los grandes museos: el Metropolitan, el Guggenheim, el MoMA. Los dejamos siempre para otro día, y ese otro día no llegó. Una semana en Nueva York es tiempo suficiente para ver muchas cosas, pero hay que elegir con criterio desde el principio, porque la ciudad es demasiado grande para improvisar sin coste.
Broadway: cuatro funciones, resultados variables
Una parte importante del viaje la dedicamos al teatro, con cuatro musicales en Broadway: El violinista en el tejado, Hairspray, Sweeney Todd y Sweet Charity.
Hairspray fue lo mejor con diferencia: dinámica, divertida, con canciones que se quedan. Sweet Charity también funcionó bien. El violinista en el tejado me resultó algo lento para el cansancio que arrastraba esa noche, aunque reconozco que probablemente sea una obra que pide más concentración de la que yo le di. Sweeney Todd fue la mayor decepción: la versión conceptual con actores tocando sus propios instrumentos era interesante en teoría, pero en la práctica le quitaba peso escénico y yo no conecté con ella.
En 2005 las entradas costaban entre 40 y 100 dólares según la función y el asiento, lo que ahora parece una ganga imposible. El ritual de Broadway —las marquesinas encendidas, la gente agolpada en la entrada antes de la función, la platea llenándose— tiene valor propio independientemente de lo que estén dando.
Los contrastes que sí se ven en seis días
Lo que más me quedó de este primer viaje es la yuxtaposición constante. En un mismo día puedes estar en Wall Street por la mañana, en Chinatown al mediodía y en un teatro de Broadway por la noche, y cada uno de esos lugares parece pertenecer a una ciudad completamente distinta. El Upper East Side y el Lower East Side son, en muchos sentidos, mundos aparte. La solemnidad del solar del World Trade Center y la energía ruidosa de Times Square están a veinte minutos a pie.
Nueva York muestra demasiado demasiado rápido. El problema no es que sea inaccesible; es que hay tanta capa debajo de lo visible que seis días apenas arañan la superficie.
La cita pendiente
Volvería, me dije entonces, con itinerario propio desde el principio, sin la presión de seguir el ritmo de quien ya conoce cada esquina. Lo primero en la lista: cruzar el puente de Brooklyn a pie. Después, el Metropolitan con un día entero por delante. Y en algún momento, Nueva York un martes por la mañana sin nada programado, para ver qué pasa.
Esta primera visita fue lo que fue: real, con sus huecos y sus momentos de "¿por qué no hicimos aquello?". Suficiente para entender por qué tanta gente vuelve.













