
Diarios de viaje · Reino Unido · Londres
Primera vez en Londres
Cinco días intensos en una ciudad que desborda. Turismo, teatro musical y la energía inagotable del Londres más cosmopolita. Mi primera vez en una ciudad que llevaba años deseando conocer.
Primera vez en Londres: cinco días, cuatro musicales y una ciudad que desborda¶
Introducción al viaje
Llevábamos tiempo hablando de Londres. No como capricho sino como una de esas deudas pendientes que acaban convirtiéndose en plan concreto cuando coinciden el momento y las ganas. Mi pareja ya había estado antes y se ofreció a hacer de guía, lo que cambia bastante la experiencia: tienes a alguien que ya sabe dónde está el metro desde Heathrow, qué barrios vale la pena recorrer a pie y cuáles son pura trampa turística. Llegamos sin la ansiedad del primer día absoluto, pero con todo lo que supone ver una ciudad así por primera vez con tus propios ojos.
Cinco días del 2 al 6 de octubre
Cinco días completos. En papel parecen suficientes para una ciudad que no es tan grande en extensión. En la práctica se quedan cortos de una forma que solo entiendes cuando llevas dos horas caminando por Whitehall y te das cuenta de que no has llegado ni a la mitad del recorrido del día. Londres tiene esa capacidad de dilatarse: cada museo contiene otro museo dentro, cada barrio esconde tres barrios más, cada calle conduce a una plaza que no estaba en el mapa. Volvimos con la lista de cosas pendientes más larga que la de cosas vistas.
El plan: el B&B junto a Victoria y el West End de noche
El alojamiento estaba justo al lado de Victoria Station, una decisión que resultó ser la correcta. Victoria conecta con prácticamente todo, el Tube funciona bien desde ahí y el precio de los B&B de la zona es razonable para lo que cuesta vivir en Londres. Desayuno inglés incluido, habitación justa pero limpia, y diez minutos andando hasta el Palace Theatre o el Apollo Victoria. Eso último importaba porque habíamos reservado entradas para cuatro musicales en cinco noches. No era un capricho improvisado: ir al West End era parte del plan desde el principio, tan esencial como ver el Parlamento o pasear por el Támesis. Londres tiene uno de los mejores circuitos teatrales del mundo y no aprovecharlo habría sido un error difícil de justificar.

Día 1. Heathrow, Buckingham y el primer musical del West End¶
El vuelo salía de Bilbao a primera hora. Trayecto corto, aterrizaje en Heathrow alrededor del mediodía. Antes de bajar del avión ya se notaba la escala del aeropuerto: el protocolo de entrada al Reino Unido, las colas de inmigración bien organizadas pero largas, los pasillos que no acaban. Heathrow mueve más de sesenta millones de pasajeros al año y tiene la lógica de una pequeña ciudad. Salir de él con maletas y orientarse hacia el transporte ya es el primer reto del viaje.
Heathrow y el Tube: bienvenidos al metro más antiguo del mundo
Desde las llegadas fuimos directos al Tube. El Underground londinense se inauguró en 1863 — cuando en España aún se estaba tendiendo buena parte de la red ferroviaria — y lleva más de ciento cuarenta años funcionando bajo tierra. Se nota: los andenes son estrechos, los vagones más pequeños de lo que esperas, y el calor en los túneles en otoño ya es considerable. El logotipo del roundel, ese círculo rojo cortado por una barra azul con el nombre de la estación, es tan reconocible que resulta raro verlo en persona después de haberlo visto mil veces en carteles, camisetas y libros de diseño gráfico.
La Piccadilly Line desde Heathrow hasta Victoria tarda casi una hora. El vagón cambia de carácter según las paradas: las primeras son de maletas y caras de recién llegado, las del centro de la ciudad son de periódicos doblados y miradas que evitan el contacto. Los asientos tapizados con esos patrones geométricos caóticos existen, según hemos leído, para disimular el desgaste. Prácticos, los ingleses.
Victoria Station: base de operaciones
Victoria Station recibió el primer tren en 1860 y durante décadas fue la puerta continental de Londres: desde aquí partían los trenes que conectaban con los ferries del Canal de la Mancha hacia París. Ahora es sobre todo un nudo de metro, autobuses y cercanías donde la gente corre en todas las direcciones al mismo tiempo. Salimos a la calle y lo que vimos fue exactamente lo que cabría esperar y sin embargo sorprende: tráfico por la izquierda, autobuses rojos de dos pisos, taxis negros con esa carrocería inconfundible, y un cielo gris uniforme que a estas alturas ya hemos asumido que forma parte del paisaje oficial.
El B&B quedaba a cinco minutos andando. Habitación pequeña, baño compartido, desayuno incluido. Nada especial, pero la ubicación era perfecta. Dejamos las maletas y salimos.
Buckingham Palace y el Cambio de Guardia
El primer destino fue Buckingham Palace, que desde Victoria se alcanza en un paseo corto bajando por Buckingham Palace Road. La fachada que vemos hoy — piedra de Portland, verjas negras y doradas — es una reforma de 1913. El edificio original era una casa señorial construida en 1703 para el Duque de Buckingham, que Jorge III compró en 1761 para la reina Carlota. Desde entonces ha crecido hasta sus actuales 775 habitaciones. Frente a la fachada, el Victoria Memorial brilla incluso con el cielo cubierto.
Llegamos justo para el Cambio de Guardia de las tres. El ceremonial dura unos cuarenta y cinco minutos y la aglomeración es seria: hay que buscar hueco con antelación si se quiere ver algo. Los guardias con sus uniformes rojos y sus gorros de piel de oso negro — fabricados desde la Batalla de Waterloo de 1815 con piel de oso negro canadiense, cada uno rondando el medio kilo y los cuarenta y cinco centímetros de alto — marchan con una precisión que convierte el ritual en algo hipnótico. Nadie mueve un músculo de la cara mientras centenares de cámaras apuntan hacia ellos.
St. James's Park: ardillas y pelícanos
Cruzamos directamente al St. James's Park, el parque real más antiguo de Londres. El contraste con la pompa del palacio es inmediato: el lago alargado, los árboles, la calma. Y las ardillas. Están por todas partes y no muestran el menor miedo a los humanos. Se acercan a comer de la mano con una confianza que en Bilbao reservamos como mucho para las palomas. Son ardillas grises, especie norteamericana introducida en el siglo XIX que ha desplazado casi completamente a la ardilla roja autóctona, aunque eso no les resta simpatía.
En el lago nadan pelícanos, herencia de un regalo diplomático que el embajador ruso hizo al rey Carlos II en 1664. La tradición se mantiene desde entonces. Los árboles empezaban a cambiar de color con el otoño y la luz, filtrada por las nubes, tenía ese tono suave que hace que los parques londinenses parezcan siempre ligeramente fuera del tiempo.
Trafalgar Square: la columna y los leones
Desde el parque seguimos hacia el norte hasta Trafalgar Square. La plaza conmemora la batalla naval de 1805 en la que el almirante Nelson derrotó a la flota combinada franco-española frente a las costas de Cádiz. Como bilbaínos y españoles, es un dato que produce sensaciones contradictorias. La columna mide cincuenta y un metros, con Nelson en lo alto, custodiado por cuatro leones de bronce que fueron fundidos — según la tradición — con los cañones capturados en la batalla. Al fondo, la National Gallery con su fachada neoclásica. No entramos hoy, pero la presencia del edificio ya impone.
La plaza tenía la energía habitual: turistas, palomas, artistas callejeros, gente sentada en las escaleras simplemente mirando. Hicimos las fotos con los leones y nos quedamos un rato observando.
Piccadilly Circus y Shaftesbury Avenue
Desde Trafalgar Square subimos por Haymarket hasta Piccadilly Circus. La intersección, los paneles luminosos de publicidad, y la fuente de Eros en el centro. Aunque Eros no es Eros: es Anteros, el dios del amor correspondido, erigida en 1893 en homenaje al filántropo Lord Shaftesbury y primera estatua del mundo fundida en aluminio. Los londinenses llevan más de un siglo llamándola Eros y nadie piensa en corregirlo.
Desde Piccadilly bajamos por Shaftesbury Avenue, la gran avenida del teatro londinense. Las marquesinas de los teatros se encendían según caía el sol: Palace, Apollo, Lyric, Queen's. Cada cartel más vistoso que el anterior. Hay una expectación particular en esa calle al atardecer que no se parece a nada.
Saturday Night Fever en el Apollo Victoria
De vuelta en metro hasta Victoria: teníamos entradas para Saturday Night Fever. El Apollo Victoria Theatre está prácticamente al lado de la estación, inaugurado en 1930 como cine con una decoración interior art déco que evoca paisajes submarinos — relieves marinos en las paredes, motivos acuáticos en el techo. Solo la sala ya justifica la visita.
El musical fue entretenido pero no memorable. La producción es correcta, los bailarines saben lo que hacen, y los Bee Gees tienen canciones que es difícil torpedear. Pero sin conexión emocional con la música, el espectáculo pierde la mitad de su fuerza. Salimos sobre las nueve con la sensación de haber pasado una buena velada sin que ningún momento se hubiera quedado grabado a fuego. Como primera toma de contacto con el West End cumplió su función: ahora sabemos lo que es entrar en uno de estos teatros, cómo funciona el ritual, qué se siente al ser parte de ese público. A partir de aquí, el listón queda puesto.
Las calles alrededor de Victoria tienen otro carácter de noche: más vacías, con esa luz amarillenta de las farolas antiguas que da a todo un tono entre acogedor y ligeramente misterioso. Volvimos al B&B a pie. Los pies ya acusaban el primer día.

Día 2. Westminster, el Támesis y la decepción de Lloyd Webber¶
El desayuno inglés que incluía el B&B resultó ser una de las mejores decisiones logísticas del viaje. Huevos, salchichas, judías, tostadas, té. No es la forma más ligera de empezar el día, pero aguanta hasta las cuatro de la tarde sin necesidad de parar. Con eso encima salimos hacia Covent Garden.
Covent Garden: el mercado convertido en escenario
El mercado central, un elegante edificio de hierro y cristal diseñado por Charles Fowler en el siglo XIX, fue durante siglos el mayor mercado de frutas y verduras de Londres. Funcionó como tal hasta 1974, cuando los puestos de alimentos se trasladaron a Nine Elms, al sur del Támesis, y el espacio se reconvirtió en tiendas, cafeterías y, sobre todo, artistas callejeros.
El nivel de los artistas callejeros de Covent Garden no es casual: para actuar aquí hay que pasar una audición. Vimos a un malabarista con antorchas que mantenía al público enganchado con un humor ácido muy británico, y a pocos metros un cuarteto de cuerda que en Bilbao llenaría el Arriaga. Lo que más llama la atención es la naturalidad: la gente se sienta en los escalones, aplaude, deja unas monedas y sigue su camino. El espectáculo callejero aquí no tiene el carácter de atracción forzada que tiene en otras ciudades.
Leicester Square y Piccadilly
Desde Covent Garden bajamos caminando hasta Leicester Square, rodeada de cines enormes donde se celebran los estrenos europeos de Hollywood, con un jardín central y la estatua de Shakespeare vigilando el trasiego. De ahí a Piccadilly Circus hay apenas un paseo, y la plaza ya la habíamos visto el día anterior, pero con luz diferente cambia bastante. Los paneles luminosos, los autobuses rojos cruzándose, la estatua de Anteros — que los londinenses siguen llamando Eros sin remordimientos — presidiendo el nudo donde confluyen Regent Street, Shaftesbury Avenue y Haymarket.
Curioseamos por Regent Street, tomamos un café, y pusimos rumbo al sur hacia lo que el día tenía reservado de verdad.
Whitehall: la milla del poder
Whitehall conecta Trafalgar Square con el Parlamento y no es solo una avenida ancha: es el corredor administrativo del gobierno británico. A ambos lados se alinean los grandes ministerios con sus fachadas de piedra blanca, diseñadas para transmitir exactamente lo que transmiten. A medio camino está el Cenotafio, un bloque de piedra de Portland diseñado por Edwin Lutyens e inaugurado en 1920. No tiene cruz ni símbolo religioso porque pretende honrar a todos los caídos sin distinción de fe. Cada noviembre, el día del Armisticio, la familia real deposita aquí coronas de amapolas rojas. Hay algo en su sobriedad que resulta más conmovedor que cualquier monumento grandilocuente.
Unos metros más adelante, una verja negra custodiada por policías armados marca la entrada a Downing Street. Desde fuera se ve una callejuela estrecha con casas adosadas de ladrillo que no llamarían la atención en ningún barrio residencial. En el número 10 vive y trabaja el Primer Ministro. Tony Blair en ese momento. Cuesta reconciliar esa discreción con la escala del poder que representa, pero es una de las cosas que uno aprende de los británicos: no necesitan exhibirlo.
El Palacio de Westminster y Big Ben
Al final de Whitehall, cuando la calle se abre hacia el río, aparece el Palacio de Westminster. Hoy el sol ha salido, lo que en Londres tiene el valor de un milagro menor, y la silueta del edificio recortada sobre el cielo azul es de las imágenes que no se olvidan fácilmente.
Lo que vemos es en su mayor parte del siglo XIX: el palacio medieval original ardió en 1834 en un incendio devastador. Charles Barry diseñó la estructura general y Augustus Pugin se encargó de los interiores y los detalles en estilo neogótico. El resultado son más de mil habitaciones, cien escaleras y casi cinco kilómetros de pasillos. No entramos, pero la fachada que da al río ya era suficiente argumento para el paseo.
La Torre del Reloj — que todo el mundo llama Big Ben, aunque Big Ben es técnicamente solo la campana principal de casi catorce toneladas que lleva sonando cada hora desde 1859 — mide noventa y seis metros. Tiene un desplazamiento de pocos milímetros hacia el noroeste, fruto del tiempo y de las obras del metro subterráneo. Las cuatro esferas tienen siete metros de diámetro y se iluminan de noche cuando el Parlamento está en sesión. Hoy, domingo, estaban apagadas.
La Abadía de Westminster
Justo enfrente, cruzando la calle, la Abadía de Westminster lleva siendo el escenario de las coronaciones de los monarcas ingleses desde Guillermo el Conquistador en 1066. Casi mil años de historia ininterrumpida. No entramos — las colas eran considerables y el buen tiempo invitaba a seguir al aire libre —, pero incluso desde fuera la acumulación de siglos es palpable. Aquí están enterrados Isaac Newton, Charles Darwin, Charles Dickens y Geoffrey Chaucer, entre otros. La fachada occidental con sus dos torres del siglo XVIII es la imagen más conocida, pero los arbotantes y la tracería gótica que se intuyen desde cualquier ángulo hablan de una complejidad que lleva generaciones acumulándose.
El Támesis y Westminster Bridge
Cruzamos Westminster Bridge para tener la perspectiva clásica del Parlamento desde la orilla sur. El puente data de 1862 — el anterior, del siglo XVIII, fue el segundo en cruzar el Támesis después del viejo London Bridge — y desde el centro la vista es exactamente la que Wordsworth describió en su soneto: "Earth has not anything to show more fair". No exageraba.
El Támesis desde aquí es marrón verdoso, amplio, con barcazas turísticas y algún kayak. Los romanos fundaron Londinium hace dos mil años en estas orillas porque el río era navegable hasta este punto. Durante siglos fue la principal vía de transporte, fuente de riqueza comercial, sistema de alcantarillado de facto — con las consecuencias imaginables —, y escenario de ferias sobre el hielo en los inviernos más duros de la Pequeña Edad de Hielo. Ahora fluye tranquilo, convertido sobre todo en atracción panorámica.
La London Eye y la orilla sur
Desde la orilla sur, la South Bank, las vistas hacia el norte son las mejores que hemos tenido de Westminster. El antiguo County Hall — sede del gobierno del Gran Londres hasta que Thatcher disolvió el consejo en 1986 — se alza junto al puente. Y junto a él, imposible ignorar, la London Eye.
La noria lleva funcionando solo cuatro años, inaugurada para las celebraciones del milenio del año 2000, y todavía tiene ese aura de novedad. Con sus ciento treinta y cinco metros es la estructura de este tipo más alta de Europa, y se ha integrado al skyline londinense con una naturalidad que no era previsible. No nos subimos — las colas eran eternas — pero verla girar lentamente desde abajo ya tiene su propio interés. Más abajo del río, mirando hacia Vauxhall Cross, se ve el edificio del MI6: enorme, de colores crema y verde, de aspecto vagamente postmoderno. Mundialmente famoso gracias a las películas de Bond. Que la sede de un servicio secreto sea uno de los edificios más reconocibles de la ciudad dice algo sobre el sentido del humor británico.
The Woman in White en el Palace Theatre: una decepción
Para cerrar la jornada teníamos entradas para The Woman in White en el Palace Theatre, estreno reciente de Andrew Lloyd Webber basado en la novela victoriana de Wilkie Collins. El Palace Theatre, en Cambridge Circus, es uno de esos edificios que paran en seco: inaugurado en 1891 como Royal English Opera House, ladrillo rojo y terracota, fachada victoriana cargada de ornamentos. Entrar ahí ya es en sí mismo algo.
Lo que vino después fue decepcionante de una forma que no esperábamos. De un musical de Lloyd Webber — el compositor que escribió "The Music of the Night", "Don't Cry for Me Argentina", "Memory" — salimos sin poder tararear ni una sola melodía. Ni una. Eso, para un musical, es una sentencia en toda regla.
Pero el problema mayor no fue la música. Fue la escenografía. En lugar de decorados físicos, la producción utilizaba proyecciones de vídeo sobre pantallas como elemento principal. La intención era presentarlo como innovación. Lo que producía era la sensación de haber pagado por ver teatro y recibir televisión de alta resolución. Parte de la magia del teatro nace precisamente de lo tangible: un decorado que se transforma ante tus ojos, una estructura de madera que puedes casi tocar con la mirada, la solidez de una escalinata real. Cuando lo sustituyes por imágenes proyectadas, algo se pierde que no se recupera con calidad técnica. Las proyecciones pueden enriquecer una escenografía, pero no pueden ser la escenografía. Eso no es innovar: es empobrecer con mejor iluminación.
El tiempo le ha dado la razón a esa sensación de aquella noche. The Woman in White cerró sin convertirse en nada y hoy es una nota a pie de página en la carrera de Lloyd Webber, mientras El Fantasma de la Ópera sigue llenando teatros décadas después de su estreno.
Volvimos al hotel caminando por el West End iluminado. Las piernas estaban destruidas pero el día había sido extraordinario. Westminster y el Támesis compensan cualquier musical fallido.

Día 3. La City medieval, la Torre de Londres y el Jerry Springer del infierno¶
Tercer día y cambiamos de registro. Hasta ahora habíamos pateado el West End, los parques, las grandes avenidas con sus monumentos conocidos. Hoy queríamos el Londres más antiguo: la City, la Square Mile donde todo empezó.
La City: donde nació Londinium
Metro hasta Bank y al salir a la superficie el paisaje urbano cambia completamente. La City of London es un mundo aparte. Es el distrito financiero, sí, pero también el núcleo original de la ciudad: los romanos fundaron Londinium aquí en el año 43 d.C. Las calles conservan un trazado medieval que no tiene nada que ver con las amplias avenidas del West End. Son estrechas, sinuosas, con esquinas inesperadas y cambios de dirección que delatan siglos de historia acumulada bajo el asfalto.
Lo primero que golpea es el contraste entre lo viejo y lo nuevo. El edificio del Bank of England — macizo, neoclásico, custodiando las reservas del imperio desde 1694 — vigila la intersección. Enfrente, el Royal Exchange con su pórtico de columnas corintias parece sacado de una postal decimonónica. Y a pocos metros se levantan torres de cristal y acero que arañan el cielo londinense.
La más llamativa es el 30 St Mary Axe, terminado el año pasado: 180 metros de vidrio tintado con forma de bala — o de pepinillo, que es como lo llaman ya todos, the Gherkin —, diseñado por Norman Foster. Verlo asomar entre tejados victorianos mientras caminas por una calleja que probablemente ya existía cuando Enrique VIII mandaba cortar cabezas en la Torre es una de esas experiencias que solo puede ofrecer esta ciudad.
La City tiene una particularidad administrativa que merece mención: técnicamente no es parte de Londres, o al menos no del todo. Tiene su propio alcalde — el Lord Mayor, distinto del Mayor of London —, su propia policía y sus propias leyes. En lunes laborable la actividad es frenética, con miles de trajes yendo y viniendo entre corporaciones financieras. Nosotros con las mochilas y las cámaras éramos la nota discordante, pero a nadie le importaba.
La catedral de St Paul
Siguiendo hacia el oeste llegamos a St Paul's Cathedral. Christopher Wren la construyó entre 1675 y 1710 después de que el Gran Incendio de 1666 destruyera la catedral medieval anterior junto con buena parte de la ciudad. La cúpula — una de las más grandes del mundo, solo superada por San Pedro del Vaticano — domina las vistas desde distintos puntos de la ciudad. Durante el Blitz, los bombardeos alemanes de 1940-41, la imagen de esa cúpula emergiendo entre el humo y las llamas se convirtió en uno de los símbolos de la resistencia londinense. Uno no puede evitar pensarlo mientras la mira.
No entramos — la entrada cuesta bastante y el día era largo —, pero la fachada occidental con sus dos torres y el pórtico de columnas ya tiene una grandiosidad que justifica la parada.
La Torre de Londres: nueve siglos de historia
Desde St Paul caminamos hacia el este, río abajo, hasta la Tower of London. Si hay algún lugar en esta ciudad que acumule más historia por metro cuadrado, no lo hemos encontrado. La Torre lleva en pie desde 1066, cuando Guillermo el Conquistador ordenó construir la White Tower para dejar muy claro a los londinenses quién mandaba tras la conquista normanda.
En sus novecientos años ha sido fortaleza, palacio real, prisión, lugar de ejecución, casa de fieras y fábrica de moneda. Ana Bolena fue ejecutada aquí por orden de Enrique VIII. Sir Walter Raleigh pasó trece años en sus celdas. Los dos príncipes Eduardo y Ricardo desaparecieron misteriosamente en 1483, supuestamente asesinados por su tío Ricardo III, aunque nunca se ha podido demostrar. Hoy alberga las Joyas de la Corona: las vimos desfilar en la cinta transportadora que te lleva ante las vitrinas a una velocidad que no permite detenerse demasiado. La Corona Imperial del Estado, con más de tres mil piedras preciosas, es deslumbrante incluso vista de pasada.
Los Beefeaters patrullan el recinto con esa mezcla de solemnidad y simpatía turística muy británica. Y los cuervos: según la leyenda, el día que los cuervos abandonen la Torre, el reino caerá. Por si acaso, les tienen las alas recortadas.
Tower Bridge: no es London Bridge
Al salir de la Torre nos esperaba Tower Bridge. El puente levadizo victoriano, inaugurado en 1894, es una maravilla de ingeniería de su época: dos torres neogóticas unidas por pasarelas elevadas, mecanismo basculante para el paso de barcos de gran calado. Vale la pena aclararlo porque medio mundo lo confunde: Tower Bridge no es London Bridge. London Bridge es un puente moderno bastante anodino que está un poco más arriba del río. El puente icónico, el de las torres, es Tower Bridge. Cuando la canción dice "London Bridge is falling down" se refiere a otro puente anterior, uno que efectivamente tenía la costumbre de deteriorarse cada cierto tiempo. Nosotros también lo confundíamos antes de venir.
Cruzamos hacia la orilla sur y desde allí las vistas de la Torre con el río en primer plano son espectaculares.
La South Bank: Tate Modern, el Globe y el puente que bailaba
La tarde la dedicamos a caminar por la South Bank hacia el oeste, siguiendo el Támesis. La primera parada fue la Tate Modern, instalada en la antigua central eléctrica de Bankside, un edificio industrial de ladrillo reconvertido en museo que abrió en el año 2000. La Turbine Hall — la nave central donde antes estaban las turbinas — es impresionante por sus dimensiones: un espacio descomunal que ahora alberga instalaciones a gran escala. Dentro vimos obras de Picasso, Dalí y Warhol, aunque parte del arte contemporáneo se nos escapa por completo. Hay piezas ante las que no sabes si el artista es un genio o te están tomando el pelo, pero esa duda probablemente forma parte de la experiencia.
Muy cerca, el Shakespeare's Globe Theatre es una reconstrucción del teatro isabelino donde se representaron por primera vez el Hamlet y el Otelo. El Globe original ardió en 1613 durante una representación de Enrique VIII cuando un cañón de atrezo prendió fuego al techo de paja. El que se ve hoy es una réplica inaugurada en 1997, construida a escasos metros del emplazamiento original: teatro al aire libre, circular, galerías de madera. No había función, pero verlo desde fuera traslada la imaginación cuatrocientos años atrás con una eficacia que sorprende.
Seguimos hasta el Millennium Bridge, la pasarela peatonal que conecta la Tate Modern con St Paul's al otro lado del río. Este puente tiene una historia reciente bastante sonada: se inauguró con pompa en junio del 2000 como parte de las celebraciones del milenio, pero dos días después tuvieron que cerrarlo porque se balanceaba peligrosamente cuando la gente caminaba. El movimiento lateral era tan acusado que los peatones tenían que agarrarse a las barandillas. La prensa lo bautizó inmediatamente como the Wobbly Bridge. Resultó que los ingenieros no habían previsto que el paso sincronizado de miles de personas generaría una resonancia lateral que amplificaba las oscilaciones. Instalaron amortiguadores y reabrió en febrero de 2002. Hoy se cruza sin problema y las vistas son magníficas: la cúpula de St Paul enmarcada al final de la pasarela es una de esas perspectivas que parecen diseñadas para una portada.
Jerry Springer: The Opera, o la sorpresa de la noche
Llegamos al TKTS de Leicester Square — la caseta donde venden entradas con descuento para funciones del mismo día — sin plan concreto. El chico que nos atendió recomendó Jerry Springer: The Opera en el Cambridge Theatre. No teníamos ni la más remota idea de lo que era. Jerry Springer, el presentador americano de televisión basura, no existía en España en 2004. Nuestras referencias de programas de testimonios televisivos llegaban hasta Patricia Gaztañaga, que ya era bastante intensa para nuestro estándar. El concepto del trash TV americano llevado al extremo nos era completamente ajeno. Compramos las entradas.
Lo que vimos fue inclasificable. Es una ópera — literalmente, con arias y coros y todo el aparato lírico — ambientada en un programa donde los invitados se insultan y confiesan las cosas más disparatadas, todo cantado. La partitura mezcla pop, rock, algo de jazz y pinceladas de Broadway, con momentos corales que dan una épica desproporcionada y brillante a los insultos televisivos. El primer acto ya era una locura. El segundo se desmadró hacia territorios que no voy a desvelar por si alguien tiene la oportunidad de verla, pero involucra a Jerry Springer bajando al infierno y mediando entre Satanás y Jesucristo. No es una metáfora.
Probablemente nos perdimos la mitad de los chistes. El nivel de inglés necesario para pillar todos los juegos de palabras y referencias culturales anglo-americanas a esa velocidad supera con creces el nuestro de 2004. Pero la risa es contagiosa y el público del Cambridge estaba absolutamente entregado. Nos reímos durante dos horas por puro contagio, sin enterarnos de todo y sin necesitar enterarnos de todo. Lo que no sabíamos aquella noche era que el espectáculo ya generaba controversia en el Reino Unido por su contenido religioso. Meses después, en enero de 2005, la BBC emitiría una versión televisada y aquello desataría miles de quejas y manifestaciones. Pero aquella noche en el Cambridge Theatre nada de eso existía para nosotros. Solo había un teatro lleno de gente pasándoselo en grande con algo absolutamente desquiciado.
Volvimos al hotel con los pies destrozados y la sensación de haber exprimido cada minuto. Londres no para, y nosotros tampoco.

Día 4. Hyde Park, Kensington y El Rey León en el Lyceum¶
Cuarto día y el cuerpo pedía verde. Después de tres jornadas de asfalto y metro, acordamos tomarnos la mañana con calma en los parques del oeste. Londres tiene esa capacidad extraña de ofrecer extensiones enormes de naturaleza en pleno centro sin que parezca un artificio.
Hyde Park: de coto de caza a pulmón de la ciudad
Entramos en Hyde Park por la esquina noreste, cerca de Marble Arch. La escala del parque no se entiende del todo hasta que estás dentro y miras en todas direcciones sin ver dónde acaba. Son más de ciento cuarenta hectáreas, y pensar que todo esto era el coto de caza privado de Enrique VIII — que se lo apropió a los monjes de Westminster en 1536, con la facilidad que tenían los Tudor con lo ajeno — hace que la democracia de los parques públicos parezca un concepto moderno de mérito considerable. Carlos I lo abrió al público en 1637.
El lago Serpentine, que divide el parque en dos, es artificial y del siglo XVIII. Tiene algo de quietud improbable: patos, cisnes, gente remando en barcas de alquiler. A pocos cientos de metros ruge el tráfico de Park Lane.
En la esquina noreste está el Speakers' Corner. Era martes y había poca actividad, pero el lugar carga con bastante historia. Desde 1872 cualquier persona puede subirse a una tarima improvisada y hablar de lo que quiera, siempre que no incite a la violencia ni falte al respeto. Por aquí han pasado Karl Marx y George Orwell. Es una de esas tradiciones británicas que dicen más sobre una forma de entender la libertad de expresión que cualquier declaración de principios: puede que no estén de acuerdo contigo, pero defenderán tu derecho a decirlo en esta esquina del parque.
Uno de los motivos concretos para venir esta mañana era la Diana Princess of Wales Memorial Fountain, inaugurada en julio de este año, hace apenas tres meses. Todo está reluciente y recién estrenado. No es una fuente convencional sino un anillo ovalado de granito por el que el agua corre en dos direcciones, creando texturas y sonidos distintos según la zona. Había niños descalzos metiendo los pies y familias sentadas en la hierba. Es un memorial que invita a la cercanía en vez de al recogimiento solemne, lo que parece apropiado para el recuerdo que la gente guarda de ella.
Kensington Gardens y el palacio de una princesa
Hyde Park se funde sin costuras con Kensington Gardens, técnicamente otro parque, aunque al paseante le resulta imposible distinguir la frontera. El ambiente es algo más sereno, con jardines más cuidados y senderos flanqueados por árboles centenarios.
El Palacio de Kensington no lo visitamos por dentro, pero desde fuera impone con sus fachadas de ladrillo rojo y sus jardines. Aquí nació la reina Victoria en 1819 y aquí se enteró, con dieciocho años, de que era reina. Aquí vivió también la princesa Diana tras su separación del príncipe Carlos. En 2004 han pasado solo siete años desde su muerte y el recuerdo sigue muy presente. Hay una sensación extraña de proximidad con la historia reciente cuando miras las ventanas y piensas en lo que ocurrió detrás de ellas.
Cerca del palacio encontramos la estatua de Peter Pan, una escultura de bronce de 1912 con el niño que no quería crecer rodeado de hadas y animales. La puso el propio J.M. Barrie, el creador del personaje, y lo hizo instalar de noche en secreto para que los niños que pasearan por los jardines al día siguiente se la encontraran por sorpresa, como si hubiera aparecido por arte de magia. Más de noventa años después, sigue funcionando: había críos tocando los conejos y ratoncitos del pedestal con cara de asombro genuino.
Antes de salir de la zona paramos ante el Albert Memorial, el monumento que los victorianos erigieron en memoria del príncipe Alberto, marido de la reina Victoria. Estructura neo-gótica cubierta de oro y esculturas alegóricas que representan los continentes, las ciencias, las artes. Alberto aparece sentado en el centro, sosteniendo el catálogo de la Gran Exposición de 1851, su gran proyecto. Hoy nos parece excesivo, casi abrumador. Pero dice mucho del dolor de Victoria por la pérdida de su marido y de una época que no entendía de medias tintas.
Royal Albert Hall
Justo enfrente del memorial, al otro lado de Kensington Gore, el Royal Albert Hall es esa sala de conciertos circular e inconfundible que aparece en mil documentales. Inaugurada en 1871, es uno de los grandes templos de la música clásica en el mundo. Cada verano acoge los Proms, el festival que dura semanas y culmina con la Last Night, la fiesta que todo el país sigue por televisión. Vista desde fuera, con su forma redondeada de ladrillo rojo y su friso decorativo, tiene una presencia magnética. No pudimos entrar, pero nos quedamos un buen rato mirando la fachada pensando en la cantidad de música extraordinaria que habrán visto esas paredes desde 1871.
Chinatown y el Soho
Por la tarde cambiamos completamente de registro. Del verde aristocrático de los parques pasamos al bullicio de Chinatown, en pleno Soho, en torno a Gerrard Street. Se entra por unas puertas ceremoniales con dragones y leones y de repente todo cambia: letreros en chino, escaparates con patos laqueados, olor a especias y fritura. La comunidad china en Londres tiene historia que se remonta al siglo XVIII, cuando los primeros marineros chinos se asentaron cerca de los muelles del East End. El barrio chino actual se consolidó en el Soho en los años sesenta, cuando los restaurantes y negocios fueron migrando desde Limehouse hacia esta zona más céntrica.
Paramos a comer en uno de esos restaurantes de Chinatown con las cartas plastificadas llenas de fotos y los camareros que van a mil. No es alta gastronomía pero el ambiente es impagable.
Desde Chinatown deambulamos por el Soho sin rumbo fijo, que es la mejor manera de conocerlo. El nombre viene del grito de caza "So-Ho!" — esto también fue terreno de caza real antes de convertirse en barrio de inmigrantes, luego en zona de vida nocturna, luego en la mezcla de todo eso que es hoy. Se nota en cada esquina esa energía de los sitios que llevan décadas atrayendo a gente que no encaja del todo en los moldes convencionales.
El Rey León en el Lyceum Theatre
Y llegó la noche. El momento que, mirando atrás, fue probablemente el mejor del viaje entero.
Teníamos entradas para El Rey León en el Lyceum Theatre. El Lyceum está en Wellington Street, a un paso de Covent Garden. El edificio actual data de 1834, aunque el emplazamiento lleva acogiendo espectáculos desde 1765: uno de los espacios teatrales más antiguos de Londres, con la fachada de columnas y esa presencia que tienen los edificios que han sobrevivido dos siglos de historia.
No sabíamos del todo qué esperar. La película de Disney la conocemos todos desde el 94. Es una historia sencilla, casi infantil si se apura. ¿Cómo iban a convertir eso en algo que justificara sentarse en un teatro del West End?
Desde el momento en que se apagan las luces y suenan los primeros compases de "Circle of Life", la respuesta resulta inmediata. Los actores aparecen desde todas partes: desde los laterales, desde el fondo, desde el patio de butacas. Una jirafa enorme avanza por el pasillo central a medio metro de los asientos. Pájaros que vuelan sobre las cabezas. Gacelas que saltan. Un elefante avanzando lento y majestuoso hacia el escenario. Todo ello con una música que retumba en el pecho y una voz solista que eriza la piel. Cuando Rafiki levanta al pequeño Simba en la roca del Orgullo, con toda la compañía desplegada, hay que tragar saliva. Y eso es solo el primer número.
Lo que hace la directora Julie Taymor es algo que no habíamos visto antes. Los actores son los animales pero al mismo tiempo son visibles como personas. No se esconden detrás de los disfraces: los llevan encima, los manipulan, los hacen vivir. Mufasa lleva una máscara de león que sube y baja con la cabeza. Scar tiene una máscara articulada que desciende sobre su rostro como una amenaza. Zazu es un títere de varilla que el actor maneja mientras el personaje absorbe toda la atención. Timón y Pumbaa son marionetas y mecanismos que resultan tan expresivos como cualquier actor de carne y hueso. Las hienas son terroríficas, con un diseño que mezcla lo humano y lo animal de una forma inquietante. La estampida de ñus — no voy a revelar el mecanismo porque arruinaría la sorpresa — consigue crear la sensación de una manada desbocada en un escenario de teatro. Es imposible sobre el papel y ahí está.
"Be Prepared", el número de Scar con las hienas marchando al paso de la oca, es teatralmente perfecto: oscuro, amenazante, visualmente impactante. Y cuando Simba pierde a Mufasa, cuando el pequeño león se queda solo junto al cuerpo de su padre, el estómago se encoge exactamente igual que la primera vez que lo viste en dibujos animados. Quizás más, porque aquí hay un ser humano real en el escenario transmitiendo ese dolor, y la combinación del personaje y la persona resulta devastadora.
Cuando terminó la función y el público se puso en pie — todos, sin excepción, ovación inmediata y unánime —, teníamos los ojos húmedos. Salimos del Lyceum a la calle y nos quedamos parados en la acera de Wellington Street, mirándonos, sin saber bien qué decir. Esa fue la respuesta.
Volvimos al hotel comentando cada escena, cada detalle, cada momento que nos había dejado sin palabras. Si tuviéramos que guardar un solo recuerdo de este viaje, sería este.

Día 5. Portobello Road y el vuelo de vuelta¶
Último día. Solo nos queda la mañana antes del vuelo de vuelta a Bilbao y la hemos reservado para Portobello Road, que llevábamos queriendo visitar desde que llegamos. No hay museos, no hay monumentos, no hay grandes planes: solo mercado y tiempo libre.
El mercado de Portobello Road
Metro hasta Notting Hill Gate y desde ahí unos minutos andando hasta el arranque de la calle. Es miércoles, así que no pillamos el mercado en su máximo esplendor del sábado, pero hay actividad suficiente para perderse durante un par de horas. Los puestos de antigüedades ocupan la parte norte de Portobello Road y enseguida estamos rebuscando entre cajas de postales antiguas, cubiertos de plata con monogramas de familias que dejaron de existir hace décadas, y relojes de bolsillo que probablemente no han dado la hora correcta desde tiempos de la reina Victoria.
Lo que más llama la atención son los colores. Las fachadas de las casas de Notting Hill parecen pintadas por alguien que se negó a aceptar que Londres tuviera que ser gris: rosas, azules, amarillos, verdes menta. Es imposible no pensar en la película de Hugh Grant y Julia Roberts, que se estrenó hace apenas cinco años y convirtió este barrio en destino turístico. Reconocemos que la película fue parte de lo que nos puso Notting Hill en la cabeza, aunque el barrio tiene una historia mucho más larga.
Portobello Road lleva funcionando como mercado desde mediados del siglo XIX, cuando los comerciantes de verduras y hierbas empezaron a montar sus puestos en lo que entonces era una calle de campo a las afueras de Londres. Con el tiempo fue creciendo y mutando. A partir de los años cuarenta y cincuenta, la llegada de la comunidad caribeña — la generación Windrush, los miles de personas que vinieron desde Jamaica, Trinidad y otras islas del Caribe para ayudar a reconstruir Gran Bretaña después de la guerra — transformó completamente el carácter del barrio. Esa influencia se nota todavía: en los puestos de comida que huelen a jerk chicken, en la música que sale de algunas tiendas, en una energía que no se parece a nada de lo que hemos visto en el resto de la ciudad.
Más abajo, pasada la zona de antigüedades, llegamos a los puestos de ropa vintage. El público cambia: más joven, más alternativo, gente buscando una chaqueta de cuero de los setenta o unas gafas que probablemente llevó alguien en un concierto de los Clash. Nos probamos sombreros ridículos y curioseamos entre camisetas de bandas. Al final no compramos nada, en parte porque la libra con el cambio actual duele bastante.
Para comer nos sentamos en un puesto callejero. Un bocadillo de salchichas sorprendentemente bueno. Luego café en un local diminuto con las paredes forradas de vinilos. Uno de esos momentos de viaje donde no necesitas hacer nada especial: sentarte, mirar pasar a la gente, saber que estás en un sitio con carácter propio.
De vuelta a Heathrow
A mediodía recogemos las maletas del B&B. Victoria Line hasta Green Park, transbordo a la Piccadilly Line, y desde ahí directos al aeropuerto. Un trayecto largo que da tiempo para pensar.
Desde la ventana del tren, según Londres se va diluyendo en suburbios, vemos casas adosadas con jardines traseros, estaciones de barrio donde sube y baja gente con bolsas de la compra. Una ciudad cotidiana que funciona al margen de los turistas, los museos y los teatros del West End. Hay una Londres entera que no hemos visto.
En Heathrow hacemos el check-in, pasamos el control y nos sentamos a esperar. Gastamos las libras que quedan en chocolate y una revista que ninguno va a leer. El ritual de los aeropuertos: ese limbo donde ya no estás de viaje pero tampoco has vuelto a casa.
Cuando el avión despega y gira hacia el sur, alcanzamos a ver Londres durante unos segundos desde arriba: el Támesis serpenteando entre edificios, los parques como manchas verdes, el caos ordenado de una ciudad que lleva dos mil años creciendo sobre sí misma. No hemos ido a Camden, ni a Greenwich, ni a Hampstead. No hemos entrado al British Museum de verdad. La lista de pendientes es más larga que la de cosas hechas. Eso, lejos de molestar, deja una certeza muy clara.
Aterrizamos en Bilbao con la lluvia de siempre esperándonos en Loiu. Recogemos las maletas, salimos al aparcamiento y arrancamos el coche. Londres ya queda lejos.

Dos semanas después: lo que queda de Londres¶
Un par de semanas después de volver seguía dándole vueltas. Y con los años, cuando miro atrás, me doy cuenta de que no era solo nostalgia: era algo más parecido a la sensación de haber abierto una puerta que no sabía que existía y que ya no podría cerrar.
La ciudad más cosmopolita que hemos conocido
No hemos viajado tanto como para hacer grandes afirmaciones sobre el mundo, pero podemos decir con seguridad que Londres es la ciudad más cosmopolita en la que hemos estado. No se trata solo de que haya gente de todas partes — que la hay —, sino de cómo conviven todas esas culturas, cómo se mezclan, cómo generan algo que es más que la suma de sus partes. En un solo vagón de metro se escuchan cinco idiomas distintos. En una misma calle se puede comer comida india, tailandesa, etíope y libanesa. Y nadie parece sorprenderse por ello. Es lo normal.
Venimos de Bilbao, una ciudad que queremos mucho pero que, siendo honestos, es bastante homogénea. Llegar a Londres y sumergirse en esa mezcla de acentos, costumbres y energías es como pasar de escuchar un instrumento solo a escuchar una orquesta completa. No uno mejor que el otro, pero la diferencia de escala es abrumadora y te cambia la percepción de lo que puede ser una ciudad.
Apenas hemos arañado la superficie
Cinco días suenan a mucho cuando los estás planificando y a nada cuando los has vivido. Hemos visto el centro, hemos pateado los barrios más turísticos, hemos visitado algunos museos y hemos ido al teatro todas las noches. Pero la lista de lo que se ha quedado fuera daría para otro viaje entero: Camden, Greenwich, Hampstead Heath, Brick Lane, los mercados del East End, el interior del British Museum. Prefiero irme de una ciudad con hambre que irme empachado.
Lo que sí hemos captado es el ritmo. Y ese ritmo engancha. Es una mezcla extraña de urgencia y calma: la gente camina rápido, el metro no para, los autobuses rojos se cruzan sin descanso, pero luego te metes en un parque y de repente estás rodeado de silencio y de ardillas que te miran como si fueras tú el intruso. Ese contraste entre el ruido y la paz, entre lo antiguo y lo moderno, entre la pompa institucional y la calle más multicultural que puedas imaginar, es lo que hace que Londres sea lo que es.
Cuatro musicales en cinco días
Si tuviéramos que quedarnos con un solo aspecto del viaje, elegiríamos las noches en el West End. Cuatro musicales en cinco días, y no todos al mismo nivel. Saturday Night Fever fue entretenida y olvidable. The Woman in White fue la decepción: un Lloyd Webber sin canciones que se recuerden y una apuesta escenográfica que sustituyó los decorados físicos por proyecciones, una decisión que en el teatro siempre sale cara. Jerry Springer: The Opera fue una locura irreverente que no esperábamos y que nos tuvo riéndonos durante dos horas por puro contagio, aunque perdiéramos la mitad de los chistes.
Y El Rey León en el Lyceum fue otra dimensión. Esa producción de Julie Taymor, donde los actores son los animales pero no se esconden detrás de los disfraces sino que los manipulan a la vista del público, es de las cosas más extraordinarias que hemos visto sobre un escenario. Salimos del teatro sin saber qué decir y eso, en el teatro, es la mejor señal posible.
La experiencia en conjunto — las colas en el TKTS de Leicester Square, las cenas rápidas antes de la función, los teatros con su arquitectura victoriana, el momento en que se apagan las luces y se levanta el telón — ha sido una de las mejores experiencias culturales que recordamos. Cuatro funciones en una semana es un lujo que todavía no hemos terminado de asimilar.
Contra los tópicos
Antes de ir teníamos en la cabeza todos los tópicos que tenemos los españoles sobre la ciudad: que si es gris, que si llueve todo el rato, que si la comida es mala, que si la gente es fría. Llovió exactamente un día de los cinco. La comida fue desde correcta hasta francamente buena, sobre todo la comida étnica. La gente fue educada, servicial y más abierta de lo que esperábamos. En cuanto al gris: sí, el cielo de Londres tiende al plomo. Pero es un gris que queda bien con la ciudad, que hace que los parques parezcan más verdes y que las luces del Piccadilly Circus brillen más fuerte. Y cuando estás dentro del British Museum mirando la Piedra Rosetta o sentado en el Lyceum con la mandíbula caída, el color del cielo te da exactamente igual.
El B&B junto a Victoria y el Tube
El alojamiento junto a Victoria Station resultó ser un acierto absoluto. No era un hotel de lujo, ni falta que hacía. Limpio, cómodo, desayuno inglés que nos daba energía para toda la mañana, y ubicación perfecta: a cinco minutos de la estación que conecta con medio Londres por metro y autobús.
El Tube fue la herramienta básica del viaje. Caro, sí. Bastante caro si vienes de una ciudad donde el transporte público cuesta la mitad. Pero es un metro que lleva funcionando desde 1863 y que te permite cruzar una ciudad de nueve millones de personas en cuestión de minutos. El mapa del Tube — con sus líneas de colores y sus nombres que suenan a novela de Agatha Christie, Piccadilly, Bakerloo, Jubilee — es uno de los piezas de diseño gráfico más imitadas del siglo XX. Usarlo, sentir que formas parte de ese flujo constante de gente que sube y baja por escaleras mecánicas interminables mientras una voz te avisa de que tengas cuidado con el hueco, es una experiencia en sí misma.
Volveremos
No sabíamos cuándo ni cómo, pero íbamos a volver. Había demasiado por ver, demasiadas puertas sin abrir. Quería volver en verano con sol. Quería un concierto en algún local histórico. Quería perderme por barrios que ni siquiera sabía que existieran. Quería sentarme en un pub un domingo por la tarde y ver pasar la vida londinense sin prisa. La lista existía, y con una lista así no había excusa para no volver. Y volvimos: muchas veces, en los años siguientes.


















