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Lanzarote volcánica
Ocho días en Lanzarote, en junio de 2007, dedicados a recorrer con calma la isla más oriental del archipiélago canario.
Ocho días en Lanzarote: planificación de un viaje a la isla de los volcanes¶
Junio 2007
Lanzarote en junio de 2007 fue nuestra tercera escala en el archipiélago canario, tras Fuerteventura en 2003 y Gran Canaria en 2005. Ocho días dedicados a recorrer con calma la isla de los volcanes: salinas, mar violento contra acantilados negros y paredes blancas con puertas verdes. Si Gran Canaria nos había dejado con ganas de seguir conociendo el archipiélago, Lanzarote confirmó que las islas hay que visitarlas una a una, sin prisa y sin mezclarlas.
Por qué Lanzarote y por qué ahora
La elección de Lanzarote venía madurando desde la vuelta de Gran Canaria. Queríamos una isla canaria con mucha personalidad propia, pero distinta a la de aquella primera: menos bosque, menos montaña, menos barrancos verdes, y más paisaje volcánico, horizontes abiertos y luz dura del Atlántico. Todas las guías apuntaban a Lanzarote como el destino con la marca más reconocible del archipiélago, gracias sobre todo al trabajo que hizo César Manrique a partir de los años sesenta para integrar arquitectura y paisaje. Antes incluso de pisar la isla, sabíamos que íbamos a encontrarnos con una apuesta estética coherente, algo que no abunda en los destinos turísticos españoles.
Junio nos parecía el mes ideal. El calor todavía no aprieta como en julio y agosto, el alisio refresca las tardes, los precios del paquete bajan sensiblemente respecto a la temporada alta y las playas no están masificadas por las vacaciones escolares. Desde Bilbao, además, las combinaciones aéreas directas a Lanzarote en fechas pre-vacacionales se movían en tarifas asumibles si reservabas con un par de meses de antelación.
La fórmula paquete más coche de alquiler
Como ya hicimos en Gran Canaria, volvimos a combinar un paquete turístico con media pensión y alquiler de coche para toda la semana. Es una fórmula cada vez más recomendable para destinos insulares europeos. El paquete ajusta el precio de vuelos y alojamiento a un nivel difícil de igualar contratando por separado, la media pensión ahorra la planificación de las cenas y el coche de alquiler multiplica las posibilidades de conocer la isla por tu cuenta, sin depender de excursiones organizadas ni de transporte público.
El hotel elegido ha sido el Playaverde, en Costa Teguise, una opción de tres estrellas bien llevada. Desayuno buffet completo, varias piscinas, una plantilla amable en recepción y una ubicación a cinco minutos andando de la Playa de las Cucharas. No es un resort de lujo ni pretende serlo, pero cumple con solvencia el papel que le pedíamos, que es simplemente el de una base de operaciones cómoda. Para un viaje en el que la experiencia principal va a estar fuera del hotel, ese nivel es más que suficiente.
El coche lo reservamos con una empresa internacional con oficina en el propio aeropuerto, un utilitario básico con kilometraje ilimitado. Sin GPS (en la recepción del hotel regalan mapas de sobra) y sin seguro a todo riesgo extra, optamos por la fórmula más económica. La red de carreteras lanzaroteña, por lo que habíamos leído, está en un estado excelente y la isla es pequeña; acabar haciendo kilómetros de más en ese tamaño de territorio es prácticamente imposible.
Costa Teguise como base estratégica
Elegir Costa Teguise en lugar de los otros dos grandes núcleos turísticos de la isla (Puerto del Carmen al sur central y Playa Blanca en el extremo meridional) responde a una lógica geográfica bastante clara. Costa Teguise está en el centro-este, a apenas diez minutos por autovía de Arrecife y a poco más de media hora de prácticamente cualquier punto de interés de la isla. Para una semana de ritmo alternado entre excursiones y descanso, la ubicación céntrica ahorra horas de carretera y deja tiempo para que los días de visita no se vuelvan maratonianos.
Costa Teguise tiene además un perfil más reposado que Puerto del Carmen, con una presencia significativa de residentes europeos de largo plazo (sobre todo británicos y alemanes) que ha ido generando una oferta gastronómica y comercial algo más variada de lo habitual. Para un viaje de pareja, sin niños pequeños, que busca equilibrar actividad y descanso, encaja bien. La Playa de las Cucharas, con su característico ambiente de windsurfistas, cumple como playa urbana sin pretender competir con las calas del sur.
Estructura del viaje: ocho días bien distribuidos
Uno de los aprendizajes de Gran Canaria fue precisamente el de no encadenar excursiones sin pausa. Aquellas primeras vacaciones de pareja en una isla canaria nos dejaron con la lección aprendida, y para Lanzarote decidimos desde el principio alternar jornadas intensas de visita con días de descanso puro, de manera que al final de la semana no sintiéramos la necesidad de otras vacaciones para recuperarnos de las vacaciones.
El plan general quedó así. Llegada y primer contacto con Costa Teguise el primer día. Parque Nacional de Timanfaya y zona vinícola de La Geria el segundo. Jornada en el norte de la isla el tercero, con Jameos del Agua, Cueva de los Verdes, Mirador del Río y Jardín de Cactus como puntos principales. Día completo de descanso el cuarto. Fundación César Manrique, Monumento al Campesino y Arrecife el quinto. Domingo dedicado al mercadillo de Teguise, al Castillo de Santa Bárbara, al pueblo de Haría y a los acantilados de Famara el sexto. Gran recorrido sur el séptimo, con Yaiza, Los Hervideros, el Charco de los Clicos, las Salinas de Janubio y la zona de Playa Blanca-Papagayo. Y una última jornada breve de despedida y vuelo de regreso a Bilbao el octavo.
Los artículos siguientes van desarrollando cada una de estas etapas con el detalle que piden. Al final del bloque queda también una entrega de conclusiones, con el balance general del viaje y los motivos por los que Lanzarote entra directamente en nuestra lista de islas favoritas del Atlántico, por delante incluso de la propia Gran Canaria en varios aspectos.

Día 1 en Lanzarote: llegada a Costa Teguise y primer contacto con la isla¶
El primer día de cualquier viaje funciona siempre como pieza de transición entre la rutina que dejas atrás y el ritmo nuevo que vas a adoptar durante la semana. En Lanzarote ese ajuste ha sido rápido, porque bastan veinte minutos desde el aeropuerto hasta la habitación del hotel para que ya estés poniendo los pies en remojo en la piscina. La escala de la isla juega a favor del visitante desde el primer momento.
Vuelo directo Bilbao-Lanzarote y llegada al aeropuerto
El vuelo desde Loiu salió con puntualidad razonable y aterrizamos en Lanzarote a primera hora de la tarde. El aeropuerto Guacimeta, relativamente pequeño pero bien dimensionado, procesa los vuelos con eficacia y en apenas media hora habíamos pasado por la cinta de equipajes, recogido el coche de alquiler y puesto rumbo a Costa Teguise. Una de las grandes virtudes de Lanzarote es precisamente esa: los tiempos de desplazamiento son mínimos, y cualquier traslado entre el aeropuerto y los núcleos turísticos se resuelve en menos de media hora sin apuros.
La recogida del coche se hizo en una oficina de la propia terminal, con papeleo reducido y una revisión superficial del vehículo. Un utilitario compacto, limpio, con aire acondicionado y poco más de mil kilómetros marcados en el cuentakilómetros. Suficiente para nuestras necesidades de la semana. El primer contacto con la carretera lanzaroteña fue revelador: asfalto en perfecto estado, señalización clara, tráfico contenido y ese característico paisaje rojizo-negro que ya anuncia que la isla tiene personalidad propia.
Costa Teguise y el Hotel Playaverde
La entrada a Costa Teguise se hace por una avenida ancha flanqueada de palmeras y de jardines cuidados. El núcleo responde al modelo de urbanización turística planificada, con sus ventajas y sus limitaciones: todo ordenado, todo peatonal en las zonas principales, todo funcional, aunque sin el encanto espontáneo que sí tienen los cascos históricos canarios que ya iremos visitando los días siguientes. Para una base de operaciones, es exactamente lo que buscábamos.
El Hotel Playaverde nos recibió con una recepción ágil y una habitación ya preparada. Cumple con lo que anuncia: tres estrellas bien llevadas, habitación amplia con balcón orientado a una de las piscinas, cuarto de baño correcto, cama cómoda y el aire acondicionado funcionando sin ruidos. No es un establecimiento de diseño ni pretende serlo, pero la sensación general es la de un hotel de los que cumplen sin estridencias, con una plantilla acostumbrada al cliente europeo medio y una relación calidad-precio ajustada al tipo de paquete turístico que habíamos contratado.
El complejo tiene dos piscinas de tamaño generoso, rodeadas de jardines con palmeras y vegetación canaria. La oferta gastronómica se concentra en un comedor buffet amplio para el desayuno y la cena, lo que encaja con la media pensión que habíamos reservado. El buffet del primer día nos dio buena impresión: variedad suficiente, buena presentación y una sección de productos locales canarios (papas arrugadas, mojos, quesos, pescado del día) que no siempre es fácil encontrar en hoteles de este nivel.

Primer paseo por Costa Teguise y la Playa de las Cucharas
Con el equipaje ya deshecho y las primeras compras básicas hechas en un supermercado cercano (agua embotellada, algo de fruta, un par de cosas para la nevera de la habitación), salimos a dar el primer paseo por Costa Teguise. El paseo marítimo se extiende varios kilómetros a lo largo de la línea de costa, con ancho suficiente para que convivan bien peatones y ciclistas, y con una sucesión de terrazas, comercios de regalos y restaurantes que se va alternando con tramos de roca volcánica y pequeñas calas.
La Playa de las Cucharas es la principal playa urbana de Costa Teguise y concentra buena parte de la actividad. Arena dorada traída de fuera, aguas relativamente tranquilas y una orientación que la convierte en una de las mecas europeas del windsurf. Esta tarde no hacía todavía viento fuerte, pero había ya varias tablas en el agua y un par de escuelas dando clases en la zona de iniciación. Para nosotros, que no practicamos windsurf, sirve sobre todo como paisaje y como lugar de paseo al atardecer, y en ese papel cumple bien.
El resto del recorrido se completó con una mirada general al núcleo urbano. Supermercados, farmacia, tiendas de artículos de playa, restaurantes de cocina internacional, algún pub británico con clientela habitual, agencias de excursiones en casi cada esquina. Un ecosistema turístico conocido, con el punto exacto de tranquilidad que buscábamos. Nada especialmente pintoresco, pero todo lo necesario para pasar una semana sin problemas logísticos.
Cena en el hotel y primera noche
La cena del primer día decidimos hacerla en el propio hotel para aprovechar la media pensión y también para ajustar horarios con tranquilidad. El comedor principal estaba a rebosar en la primera franja horaria, con el ambiente habitual de los hoteles de playa en temporada media: familias, parejas, algún grupo de jubilados, conversaciones en varios idiomas de fondo. El buffet cumplió con nota: ensaladas frescas, varias opciones de carne y pescado al momento, arroz, pasta, papas arrugadas con sus mojos, una sección canaria destacable y postres razonables. Sin ser memorable, resuelve la cuestión de la cena sin complicaciones.
Después de cenar bajamos al paseo marítimo un rato, ya con el atardecer avanzado. El cielo se puso con esa paleta de naranjas y rosados típica del Atlántico, y el mar, después del ajetreo de la tarde, estaba completamente en calma. Al fondo, el perfil del Risco de Famara se recortaba contra el horizonte como una sombra larga y continua, un primer aviso del paisaje que íbamos a ir descubriendo los días siguientes.
Volvimos al hotel pronto, con la mezcla habitual de cansancio de viaje y de anticipación por el día siguiente. Mañana tocaba Timanfaya y La Geria, probablemente una de las jornadas más fotogénicas de toda la semana. Convenía dormir bien.

Día 2 en Lanzarote: Parque Nacional de Timanfaya y bodegas de La Geria¶
Si hay un paisaje que resume por sí solo la personalidad de Lanzarote, ese es el de Timanfaya. Todo el imaginario volcánico de la isla, la memoria de las grandes erupciones del siglo XVIII y la fuerza bruta de una geología todavía caliente bajo los pies se concentran en este parque nacional. Hemos dedicado prácticamente toda la mañana a recorrerlo y, después de comer, hemos rematado la jornada con una incursión en La Geria, la comarca vitivinícola que completa de manera perfecta el mapa de los paisajes únicos del sur central de la isla.
Camino al Parque Nacional de Timanfaya
Salimos del hotel a media mañana, con el coche orientado hacia el sur a través de carreteras que van serpenteando entre campos de lava antigua, pueblos blancos y zonas agrícolas cubiertas de picón, esa ceniza volcánica negra que los agricultores locales utilizan como cobertura para retener la humedad. Ya solo el trayecto de ida vale el viaje. A medida que se aproxima uno a Tinajo y Yaiza, el paisaje se va volviendo cada vez más crudo, más desprovisto de vegetación, hasta que los conos volcánicos empiezan a multiplicarse en el horizonte.
La entrada al parque se hace por la carretera LZ-67, que atraviesa las llamadas Montañas del Fuego. Unos kilómetros antes del centro de visitantes, la carretera cruza un primer tramo de territorio lunar impresionante, con campos de lava solidificada en formas caprichosas y montañas cónicas de distintos tonos que van del negro profundo al rojo óxido intenso. Vale la pena parar en alguno de los arcenes habilitados para hacerse una idea de la escala del paisaje antes de llegar al recinto oficial.

La ruta de los Volcanes y las Montañas del Fuego
El recorrido dentro de Timanfaya se hace de manera obligatoria en el autobús del propio parque. No se permite el acceso con coche particular a la zona interior, y se agradece, porque protege el paisaje y garantiza que la experiencia del visitante sea ordenada y respetuosa con el entorno. La ruta se llama de los Volcanes y dura aproximadamente cuarenta minutos, con narración grabada en varios idiomas que va explicando la historia geológica y los episodios de las grandes erupciones de 1730-1736 y de 1824.
El recorrido es uno de los más espectaculares de todo el turismo canario. El autobús atraviesa paisajes que parecen directamente prestados de otro planeta, con colores que van desde el negro absoluto hasta los rojos, ocres y amarillos de las distintas coladas. Hay miradores elevados desde los que se ven decenas de conos volcánicos alineados, ríos de lava solidificada que bajan hacia el mar, y el azul atlántico al fondo cerrando la composición. La grabación, sin ser genial, aporta información suficiente para entender la magnitud de lo que ocurrió aquí hace menos de trescientos años.

Terminada la ruta, los autobuses devuelven a los visitantes al centro de operaciones del parque, diseñado precisamente por César Manrique en colaboración con el arquitecto Jesús Soto. El edificio está pensado con una gran vidriera que enmarca el paisaje, y en su restaurante (El Diablo, con el logotipo característico de Manrique en la entrada) se hacen parrilladas utilizando el calor geotérmico natural del suelo. Los empleados realizan también demostraciones muy vistosas del calor latente: arrojan matojos secos a un pequeño hueco del suelo y arden instantáneamente, vierten cubos de agua que salen disparados como géiseres. Es un poco espectáculo turístico, pero transmite bien la idea de que el vulcanismo de Timanfaya está durmiendo, no extinguido.
Comida en el restaurante El Diablo y bajada a La Geria
Decidimos comer en el propio restaurante del parque, más por la experiencia de la parrillada sobre el calor volcánico que por la calidad gastronómica esperada. Los precios son los de un espacio con público cautivo y paisaje único, así que no son baratos, pero se puede defender como opción por el contexto. Sus vistas sobre las Montañas del Fuego, a través del enorme ventanal curvo, compensan en parte el sobreprecio.

Después de comer pusimos rumbo a La Geria, la comarca vitivinícola que se extiende entre Yaiza y la carretera que conecta con Uga. La transición es curiosa: a pocos kilómetros de las Montañas del Fuego, el paisaje volcánico cambia de registro y se convierte en una sucesión de campos oscuros cubiertos de picón, con cientos de hoyos circulares excavados en la ceniza volcánica. En cada hoyo crece una vid, protegida del viento por un semicírculo de muro de piedra seca. Es un paisaje agrícola completamente único, sin comparación en ningún otro lugar del mundo que conozcamos.
La Geria: vino de volcán y bodegas centenarias
La visita a La Geria la improvisamos un poco, con paradas en dos bodegas diferentes de las varias que están abiertas al público. La primera, más pequeña y familiar, ofrecía una cata sencilla de tres vinos (un blanco joven, un blanco semidulce y un tinto ligero) con explicación breve del proceso. El cultivo en hoyos, llamado localmente enarenado, se desarrolló como respuesta a la erupción que cubrió la mitad de la isla bajo una capa gruesa de cenizas a partir de 1730. Los agricultores descubrieron que excavando hasta encontrar el suelo original podían plantar vides, y que el picón ayudaba además a retener la humedad nocturna del alisio, haciendo viable el cultivo en una isla prácticamente sin lluvias.
La variedad dominante es la Malvasía volcánica, protegida por denominación de origen propia. Los vinos de Lanzarote tienen un perfil muy particular, marcados por la mineralidad del suelo volcánico y por un carácter aromático intenso. Los blancos destacan especialmente, con notas cítricas y ligeramente salinas que casan muy bien con la gastronomía canaria, sobre todo con los pescados y con los quesos locales. Compramos dos botellas para llevar al hotel y alguna para traer de recuerdo a Bilbao.
La segunda bodega que visitamos era más grande, con una sala de cata más formal y una explicación algo más académica del proceso de vinificación. Nos dio una perspectiva complementaria: la primera, con su aire familiar y sus hoyos visibles desde la propia terraza, transmitía mejor la autenticidad del paisaje; la segunda, con sus barricas alineadas y su organización más comercial, mostraba cómo la denominación de origen está profesionalizando un sector que durante siglos fue casi artesanal.
Regreso a Costa Teguise y cierre del día
El camino de vuelta a Costa Teguise se hizo con el coche ya con bastante polvo volcánico acumulado y con varias botellas tintineando en el maletero. Llegamos al hotel a media tarde, con tiempo suficiente para un par de horas de piscina antes de la cena. La combinación de una mañana intensa de visita cultural y paisajística con una tarde de descanso funciona bien, y es una pauta que pensamos repetir en los próximos días siempre que el plan lo permita.
La cena en el hotel fue temprana y un paseo nocturno por el paseo marítimo sirvió de sobremesa. Al día siguiente tocaba el norte de la isla, una jornada de obras manriqueñas encadenadas, seguramente la más densa de todo el viaje en términos de espacios visitables. Apagamos la luz pronto.

Día 3 en Lanzarote: Jameos del Agua, Cueva de los Verdes, Mirador del Río y Jardín de Cactus¶
Hoy ha sido la jornada dedicada al norte de la isla y al centro de gravedad de la obra de César Manrique. En un recorrido circular relativamente corto, hemos encadenado cuatro de los espacios más emblemáticos de Lanzarote, todos ellos marcados por la intervención del artista y todos ellos distintos entre sí en su concepción y en su atmósfera. Es, probablemente, la jornada que condensa mejor la idea de Lanzarote como proyecto estético unificado, y también la que más camara hemos gastado en toda la semana.
Camino al norte por la LZ-1
Salimos del hotel relativamente temprano, conscientes de que por delante teníamos un día con cuatro paradas importantes y de que cualquier retraso en las primeras visitas podía comprometer el ritmo posterior. La ruta desde Costa Teguise hasta el tubo volcánico del Malpaís de la Corona, donde se encuentran tanto Jameos del Agua como Cueva de los Verdes, apenas lleva media hora por una LZ-1 recién asfaltada que bordea la costa oriental. Los paisajes cambian rápidamente: campos agrícolas, lava antigua, y el macizo del Risco de Famara asomando a la izquierda como referencia constante.
El malpaís, esa zona de lava abrupta y de vegetación escasa que cubre buena parte del norte, tiene un aspecto desolado pero fascinante. Entre las coladas solidificadas se abre el gran tubo volcánico que se formó hace unos cuatro mil años durante la erupción del volcán de la Corona, un conducto subterráneo de varios kilómetros por el que corrió lava incandescente y que se vació al acabar la erupción, dejando una galería natural que es el elemento geológico que articula toda la jornada.
Jameos del Agua: la obra maestra de Manrique
Los Jameos del Agua son, probablemente, la intervención más reconocible de César Manrique en toda la isla. Aprovechando un tramo del tubo volcánico abierto al exterior por el hundimiento parcial del techo (los llamados jameos, término local para designar precisamente ese tipo de aperturas), Manrique diseñó un conjunto que combina naturaleza, arquitectura y paisajismo con una sensibilidad que sigue impresionando cuatro décadas después de su concepción inicial.
El recorrido empieza bajando una escalera tallada hasta el primer jameo, donde se encuentra un pequeño bar integrado en la pared de lava. El contraste entre la piedra volcánica negra, las paredes blanqueadas, las plantas tropicales y la luz cenital que entra desde arriba es de una belleza difícil de fotografiar pero inconfundible en persona. La música de fondo (tranquila, sin estridencias) acompaña bien el descenso.


El núcleo del espacio es el lago interior, una pequeña laguna de agua salada conectada con el mar por filtraciones subterráneas y habitada por una especie única en el mundo: los cangrejos ciegos albinos, conocidos localmente como jameítos, endémicos de este único tubo volcánico. Un cartel pide a los visitantes no tirar monedas al agua, ya que los metales envenenan a estos pequeños crustáceos, recomendación que conviene respetar escrupulosamente por el bien de un ecosistema tan frágil.
Después del lago se sube al otro gran jameo, donde Manrique construyó una piscina de un azul imposible, rodeada de palmeras, adelfas y bananas, con paredes blanquísimas que reflejan la luz del sol sobre el agua. Esta piscina, puramente decorativa (no se permite bañarse), es una de las imágenes icónicas del turismo canario y aparece en todas las guías de la isla. En persona sigue impresionando, incluso después de haberla visto cien veces en postales. El conjunto se completa con un auditorio natural, aprovechando otra de las bóvedas del tubo, y con un pequeño museo dedicado al vulcanismo canario que no conviene saltarse.
Cueva de los Verdes: el otro tramo del mismo tubo
A apenas un kilómetro de distancia, la Cueva de los Verdes ofrece una experiencia completamente diferente del mismo sistema geológico. Aquí, en lugar de una intervención estética ambiciosa, la propuesta es un recorrido guiado por el interior del tubo volcánico en su estado más cercano al natural, con un tratamiento de iluminación sutil y unas explicaciones que combinan la geología con la historia local.
La visita empieza con una explicación sobre la formación del tubo y sobre el papel histórico de la cueva como refugio de la población de la isla durante las incursiones piratas de los siglos XVI y XVII. Los berberiscos y los ingleses atacaban regularmente Lanzarote en busca de esclavos, y los habitantes del norte utilizaban esta galería subterránea, prácticamente invisible desde el exterior, para ocultarse durante semanas enteras. Los guías explican cómo se organizaba la vida en el interior, qué provisiones se llevaban, cómo se distribuía el espacio entre las distintas familias.


El recorrido es sorprendentemente largo (alrededor de un kilómetro ida y vuelta, en el tramo abierto al público) y atraviesa galerías de distintas alturas, desde túneles bajos donde hay que agacharse hasta grandes salas de techos altísimos con acústica excepcional. La iluminación, diseñada también por Jesús Soto (el mismo arquitecto que colaboró con Manrique en otros proyectos), va revelando texturas, colores y formaciones que el tubo volcánico ha ido acumulando durante milenios. El punto culminante de la visita es una sorpresa final que no conviene desvelar, pero que cada guía introduce de manera muy efectiva y que produce un pequeño estupor colectivo entre los visitantes.
Mirador del Río: Manrique asomado al acantilado
La siguiente parada fue el Mirador del Río, en el extremo norte absoluto de la isla, otra intervención icónica de César Manrique. El emplazamiento es espectacular antes incluso de entrar en el edificio: una terraza natural a casi quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, con vistas directas al estrecho de El Río, al archipiélago Chinijo y, muy especialmente, a la vecina isla de La Graciosa.
El edificio, construido prácticamente enterrado en la ladera de la montaña para no alterar el perfil del Risco de Famara, es un ejemplo magistral de integración arquitectónica con el paisaje. Desde fuera apenas se ve, solo una pequeña entrada discreta. Desde dentro, en cambio, la experiencia es completamente distinta: una gran sala con ventanales panorámicos que encuadran La Graciosa como si fuera un cuadro vivo, una cafetería con las mismas vistas y unas esculturas colgantes de hierro (una escultura del propio Manrique) que cuelgan del techo abovedado.



Desde la terraza exterior, que se abre directamente al precipicio, las vistas sobre La Graciosa son de las más memorables de Lanzarote. La pequeña isla, prácticamente plana y con sus conos volcánicos tostados, parece al alcance de la mano pese a los casi dos kilómetros de estrecho que la separan del Risco. El pueblecito de Caleta de Sebo se distingue claramente, y con prismáticos se pueden ver incluso las pequeñas embarcaciones que cruzan regularmente el canal. Tomamos un café en la cafetería, con la terraza tranquila a esa hora, y aprovechamos para hacer fotos desde todos los ángulos disponibles. Una parada que, por sí sola, justifica el viaje al extremo norte de la isla.
Jardín de Cactus: broche final del día
La última parada del día, antes de volver a Costa Teguise, fue el Jardín de Cactus, en la localidad de Guatiza, en pleno centro de una comarca tradicionalmente dedicada al cultivo de tuneras y a la explotación de la cochinilla. Este espacio, inaugurado en 1990, fue la última gran obra de César Manrique antes de su muerte en un accidente de tráfico ocurrido muy cerca del propio jardín, y es también uno de los ejemplos más depurados de su lenguaje estético.
El jardín está concebido como un anfiteatro escalonado excavado en una antigua cantera de picón, con más de cuatro mil quinientos ejemplares de cactus pertenecientes a cientos de especies distintas, procedentes de todo el mundo. Las plataformas curvas, las escaleras talladas en piedra volcánica, los muros blancos que rematan la parte superior y el molino de gofio restaurado que domina el conjunto construyen una imagen de una coherencia asombrosa. Es, en pequeña escala, un resumen perfecto de la filosofía paisajística de Manrique: intervenir con decisión pero respetando el material y la geografía del lugar.
Paseamos por los caminos que serpentean entre los cactus durante casi una hora, con esa sensación de estar en un entorno que parece a la vez africano, mexicano y lunar. Los ejemplares de mayor tamaño, algunos de varios metros de altura, producen sombras alargadas que hacia el atardecer van dibujando patrones curiosos sobre la gravilla negra. El pequeño bar-cafetería de la entrada, también integrado con gusto, cierra bien el conjunto, y tentados estuvimos de quedarnos más rato, pero el día había sido intenso y convenía volver al hotel con tiempo para la cena.
Regreso a Costa Teguise después de una jornada densa
El camino de vuelta, apenas un cuarto de hora, se hizo con la sensación clara de haber aprovechado el día al máximo. Cuatro espacios distintos, cuatro registros complementarios de la obra manriqueña y de la geología lanzaroteña, y todos visitados con suficiente calma como para disfrutarlos sin sensación de prisa. Llegamos al hotel a tiempo de una ducha rápida antes de la cena, con los pies algo cansados pero con la cabeza llena de imágenes nuevas. Al día siguiente tocaba día completo de descanso, y después de la intensidad de aquel, se agradecía.

Día 4 en Lanzarote: jornada de descanso en Costa Teguise¶
Después de tres días de actividad constante, con excursiones que nos han llevado de sur a norte de la isla, la cuarta jornada la hemos dedicado íntegramente al descanso. Ningún kilómetro de carretera, ninguna cola en ningún centro de visitantes, ninguna fotografía obligatoria. Solo piscina, playa, lectura y el ritmo pausado de un día sin agenda, que es uno de los grandes lujos que uno se permite cuando el plan de viaje está bien dimensionado desde el principio.
La lógica del día intermedio de descanso
Incluir un día completo de pausa a mitad de semana ha resultado ser una de las mejores decisiones de planificación del viaje. La experiencia de Gran Canaria, hace dos veranos, nos enseñó que encadenar excursiones sin pausa acaba agotando incluso a los viajeros más motivados y termina afectando al disfrute de las últimas jornadas, cuando el cansancio acumulado empieza a pesar más que las ganas de conocer. Esta vez el plan preveía desde el principio una jornada totalmente abierta en el corazón de la semana, con la única obligación de no hacer absolutamente nada productivo.
El día funciona además como una bisagra temporal. Los tres primeros días, dedicados a Timanfaya, La Geria y toda la ruta manriqueña del norte, cubren ya una parte sustancial de los iconos principales de Lanzarote. Por delante quedan la Fundación César Manrique, Arrecife, el mercadillo de Teguise con su castillo y Haría, Famara, y toda la ruta del sur con Hervideros, Clicos, Salinas y Playa Blanca. Hacer pausa en el punto medio permite asimilar lo ya visto y recargar energías para lo que viene.
Desayuno largo y piscina sin prisa
Por primera vez en el viaje, el desayuno lo hicimos sin mirar el reloj. Bajamos al comedor más tarde de lo habitual, con el buffet ya en su segunda ronda de reposición, y aprovechamos para probar algunas cosas que los días anteriores habíamos ido saltando por pura prisa. La sección canaria del desayuno es destacable: quesos locales, bienmesabe, frutas tropicales, papas arrugadas que algunos comensales desayunan sin complejos y una buena variedad de panes. Un par de cafés con leche largos, conversación sin urgencia, repaso mental tranquilo de lo visto hasta ahora.
Después del desayuno, la mañana se desarrolló íntegramente en la zona de piscinas del hotel. El Playaverde tiene dos piscinas principales, con tumbonas suficientes y con un nivel de ocupación razonable para un martes de junio. Nos instalamos en una de las zonas con algo de sombra natural, abrimos los libros que traíamos de Bilbao (una novela reciente en mi caso, una guía sobre arquitectura contemporánea en la suya) y fuimos alternando lectura, chapuzón y siesta ligera en rotaciones completamente irregulares.
Comida tranquila y paseo a la Playa de las Cucharas
Para la comida rompimos la rutina de la media pensión y salimos a una de las terrazas del paseo marítimo, a unos diez minutos caminando desde el hotel. Disfrutamos sobre todo del ritmo tranquilo: comer sin prisa, con el ruido del mar de fondo y un par de horas muertas por delante sin planes.
Después de comer, en lugar de volver directamente a la piscina, decidimos alargar el paseo hasta la Playa de las Cucharas y pasar allí el resto de la tarde. La playa tiene arena dorada traída de otras latitudes, agua tranquila en la orilla y la habitual presencia constante de tablas de windsurf cruzándose en el horizonte, un espectáculo visual que uno no se cansa fácilmente de contemplar. Pillamos sitio en una zona con sombrillas de alquiler, dejamos pasar el rato.


El valor del alisio de tarde
Una de las cosas que se va notando según avanza la semana es el papel del alisio en el ritmo diario de Lanzarote. Por la mañana el aire suele estar relativamente tranquilo y el calor sube de manera notable, sobre todo en las zonas del sur. A partir de mediodía, el alisio del noreste empieza a soplar con más fuerza y refresca el ambiente de manera muy efectiva, convirtiendo las tardes en el momento más agradable del día. Para un viajero de Bilbao, acostumbrado a temperaturas moderadas y a brisa marítima habitual, este patrón climático resulta especialmente fácil de llevar.
El alisio es también lo que explica, en buena medida, que el windsurf se haya desarrollado tanto en esta costa. Las condiciones de viento constante y previsible, combinadas con aguas relativamente tranquilas en la zona interior de la bahía, convierten la Playa de las Cucharas en uno de los puntos de referencia europeos de este deporte. Tumbado en la arena, uno observa cómo las velas cruzan el horizonte a velocidades impresionantes, con maniobras coordinadas de principiantes y expertos que comparten el mismo espacio de mar.
Cena ligera y paseo nocturno
La cena del día de descanso la hicimos temprana y ligera, de vuelta en el hotel, aprovechando la media pensión y sin grandes alardes. Después bajamos al paseo marítimo a dar una vuelta antes de subir a la habitación. El ambiente a esa hora es agradable: terrazas con música suave, grupos de gente cenando tarde, parejas paseando, algún corredor aprovechando el frescor nocturno. Costa Teguise no tiene la intensidad de ocio de Puerto del Carmen, y esa moderación es precisamente una de sus virtudes.
Volvimos al hotel con la sensación clara de haber cumplido con el día de descanso tal y como estaba previsto. Cero kilómetros de coche, cero fotos nuevas de patrimonio, pero bastantes horas acumuladas de tranquilidad que iban a notarse en los días siguientes. Al día siguiente retomábamos la actividad con la visita a la Fundación César Manrique, al Monumento al Campesino y a la capital, Arrecife. Un plan denso pero bien estructurado, para el que llegamos con las baterías completamente llenas.

Día 5 en Lanzarote: Fundación César Manrique, Monumento al Campesino y Arrecife¶
La jornada del quinto día ha tenido un perfil distinto a las anteriores. Después de haber visitado algunas de las grandes obras de César Manrique repartidas por la isla, hemos dedicado la mañana a dos espacios más íntimamente ligados a su biografía y a su pensamiento: la propia fundación que lleva su nombre, instalada en la casa que él mismo se construyó, y el Monumento al Campesino, homenaje a los agricultores lanzaroteños que constituye uno de sus trabajos menos espectaculares pero más cargados de significado. La tarde la hemos completado con un paseo por Arrecife, la capital, para añadir una dosis de ciudad real a una semana dominada hasta ahora por el paisaje.
Fundación César Manrique en Taro de Tahíche
La Fundación César Manrique, en el municipio de Teguise pero en el núcleo específico de Taro de Tahíche, es probablemente la visita más importante de la semana para entender de verdad a qué responde toda la estética de Lanzarote. Manrique construyó aquí, a partir de 1968, su propia vivienda familiar aprovechando una colada de lava reciente del volcán de la Corona y, lo que resulta fascinante, integrando cinco burbujas volcánicas naturales como salas interiores. La casa la habitó hasta 1988, cuando se trasladó a Haría, y tras su muerte en 1992 el espacio se convirtió en la sede de la fundación que él mismo había creado en 1982.
La experiencia empieza ya en el acceso. El edificio se presenta al exterior como un volumen bajo de muros blancos, líneas puras y pocos ornamentos, perfectamente integrado en el paisaje de lava negra que lo rodea. Al entrar, la planta superior funciona como galería de arte con obras del propio Manrique y de artistas contemporáneos con los que mantuvo relación, pero el verdadero corazón del espacio está un nivel por debajo, en las burbujas volcánicas.
Cada una de las cinco burbujas, unidas entre sí por pasadizos excavados en la propia lava, está dedicada a un color y a una atmósfera distinta. Se amuebló cada espacio con sofás blancos que se adaptan a la forma irregular de las paredes, con vegetación tropical que crece en los huecos donde entra la luz natural, y con detalles decorativos que dialogan con la textura de la roca. La experiencia de recorrerlas es difícil de describir. Uno siente que está dentro de una obra de arte total, donde arquitectura, naturaleza, diseño de interiores y la propia biografía del artista se confunden en un único proyecto.
El jardín exterior completa el recorrido con una piscina en el patio central, obras escultóricas, vegetación cuidadosamente seleccionada y un ambiente general que invita a quedarse mucho más tiempo del previsto. La tienda de la fundación tiene además una buena selección de libros sobre la obra de Manrique, catálogos de exposiciones y algún objeto de diseño asequible. Compramos un libro sobre su obra gráfica y un par de postales. Para cualquier viajero con sensibilidad por la arquitectura, el arte contemporáneo o el paisajismo, esta es una visita imprescindible, quizás la más importante de todas las que ofrece Lanzarote.
Monumento al Campesino: Manrique menos turístico
De la fundación pusimos rumbo al Monumento al Campesino, en San Bartolomé, apenas quince minutos de carretera al sur. Si la fundación es el espacio más íntimo y personal de Manrique, el Monumento al Campesino es su obra más explícitamente social. Lo concibió como homenaje a los agricultores lanzaroteños que, generación tras generación, habían domesticado un paisaje hostil hasta convertirlo en viable para la agricultura, y que siguen siendo los responsables directos de la imagen característica de la isla: los campos negros de picón, los muros circulares de La Geria, los cultivos encerrados entre paredes de piedra seca.
El conjunto se articula alrededor de una escultura monumental de hormigón pintado de blanco, titulada Monumento a la Fecundidad, compuesta con elementos de embarcaciones tradicionales y con una geometría abstracta que evoca al mismo tiempo un campesino, un camello (las bestias de carga tradicionales de la isla) y una estructura arquitectónica. A su lado se desarrolla un complejo de edificios blancos, bajos, con los mismos principios estéticos que recorren toda la obra manriqueña, que albergan talleres artesanales, una cafetería, un restaurante y un pequeño museo etnográfico dedicado al mundo rural de Lanzarote.
Dedicamos alrededor de una hora al recorrido, que incluyó una visita al museo (con herramientas agrícolas tradicionales, recreación de interiores domésticos, información sobre los cultivos históricos de la isla) y un paseo tranquilo por los patios centrales. El restaurante nos tentó para comer, pero decidimos reservar el almuerzo para Arrecife, donde el resto de la tarde íbamos a desarrollarse. Sin la espectacularidad paisajística de Timanfaya o del Mirador del Río, el Monumento al Campesino tiene un valor pedagógico importante y ayuda a contextualizar toda la cultura agrícola que luego se ve reflejada en el paisaje.
Arrecife, capital administrativa y ciudad real
Llegamos a Arrecife a la hora de comer y aparcamos en una zona cercana al paseo marítimo, en pleno centro. La primera impresión de Arrecife es la de una ciudad pequeña y funcional, sin la espectacularidad de los núcleos turísticos de la costa pero con el enorme atractivo de ser una ciudad real, con vida administrativa propia, con oficinas, con colegios, con gente haciendo recados cotidianos ajena al turismo. Después de cinco días moviéndonos por un circuito fundamentalmente turístico, ese punto de normalidad urbana se agradece.
Comimos en una tasca del centro que servía cocina canaria sin adornos, con precios de clientela habitual local y sin una sola palabra de inglés en la carta. Ese tipo de detalles menores son los que distinguen un sitio auténtico de un restaurante pensado para turistas.
Castillo de San Gabriel y Puente de las Bolas
Después de comer empezamos el recorrido por los puntos principales de la ciudad. El Castillo de San Gabriel, construido en el siglo XVI sobre un islote cercano a la orilla para defender Arrecife de los ataques piratas que asolaron la isla durante siglos, se conecta con tierra firme a través del característico Puente de las Bolas, llamado así por los dos obeliscos rematados con esferas de piedra que flanquean la entrada. El conjunto es modesto en escala pero encantador, y tiene un valor simbólico enorme para los arrecifeños.

La fortaleza alberga hoy el Museo de Historia de Arrecife, con una colección modesta pero bien presentada que recorre los grandes hitos de la ciudad: la fundación, las incursiones berberiscas e inglesas, el desarrollo portuario durante los siglos XVIII y XIX, la vida pesquera tradicional y la transformación turística más reciente. Los paneles están en español e inglés, y el recorrido se hace en menos de una hora. Las vistas desde las almenas hacia el puerto deportivo, con el azul del Atlántico cerrando la composición, justifican por sí solas la visita.
Charco de San Ginés, rincón más urbano y autentico
Probablemente el rincón más memorable de todo Arrecife es el Charco de San Ginés, una laguna marina natural rodeada de casas bajas pintadas de blanco y con embarcaciones tradicionales ancladas en sus aguas tranquilas. El reflejo de las fachadas en el agua, la presencia continua de pequeños barcos pesqueros meciéndose con suavidad y el ambiente vecinal que se respira en sus terrazas dan a este enclave un aire entre atlántico y mediterráneo difícil de encontrar en otros puntos del archipiélago.


El paseo perimetral del charco permite darle la vuelta completa en unos treinta minutos a ritmo tranquilo, descubriendo pequeñas tabernas, restaurantes de pescado, viviendas sencillas con macetas en los balcones y algún que otro bar frecuentado casi exclusivamente por arrecifeños de barrio. Nos sentamos en una de las terrazas con vistas al agua para tomar un café antes de volver hacia Costa Teguise. Un rincón urbano que, por sí solo, justifica dedicar medio día a la capital.
Regreso a Costa Teguise y balance del día
Volvimos al hotel a última hora de la tarde, con la sensación de haber cubierto los objetivos del día con bastante eficiencia. La fundación queda como el gran descubrimiento de la jornada, un espacio que seguramente volveremos a visitar si algún día regresamos a la isla, porque es de los que piden más de una hora y media larga para apreciarlos completamente. Arrecife, sin ser un monumento abrumador, aporta esa dosis de ciudad auténtica que equilibra cualquier viaje fundamentalmente paisajístico.
La cena en el hotel cerró el día con su rutina habitual, y después de un paseo corto por el paseo marítimo nos subimos a la habitación antes de lo previsto. Mañana es domingo y tocaba una jornada especial: mercadillo de Teguise, Castillo de Santa Bárbara, Haría y, como broche, los acantilados de Famara. Un combinado muy lanzaroteño al que llegábamos con bastante expectación.

Día 6 en Lanzarote: mercadillo de Teguise, Castillo de Santa Bárbara, Haría y Famara¶
El domingo en Lanzarote tiene una cita obligatoria, y esa cita está en Teguise. Cada semana, la antigua capital de la isla se transforma en sede de uno de los mercadillos más famosos del archipiélago canario, y la mayoría de los viajeros que estamos en la isla terminamos acercándonos al menos una vez. Hemos encajado el mercadillo como arranque de la jornada y, aprovechando que la visita a Teguise merece más que solo sus puestos dominicales, hemos estirado el recorrido para subir al Castillo de Santa Bárbara, comer en el Valle de las Mil Palmeras y acabar la tarde frente a los acantilados más espectaculares de la isla.
Teguise, capital histórica y alma lanzaroteña
Teguise (la villa, no confundir con Costa Teguise) fue la capital de Lanzarote desde su fundación en el siglo XV hasta 1852, cuando la capitalidad pasó a Arrecife por razones portuarias. Este origen marca por completo el carácter del municipio. A diferencia de los núcleos puramente turísticos o agrícolas de la isla, Teguise conserva una trama urbana colonial con iglesias, conventos, palacetes y pequeñas plazas que recuerdan más a una villa castellana que a un pueblo canario, adaptada eso sí a los materiales, los colores y la luz del Atlántico oriental.
Llegamos bastante temprano, conscientes de que el aparcamiento se complica a medida que avanza la mañana del domingo. Encontramos sitio en una de las explanadas exteriores habilitadas expresamente para el mercadillo y entramos caminando al casco histórico, que a esa hora ya tenía una actividad considerable aunque todavía asumible. Las fachadas blancas con las características puertas y ventanas pintadas de verde oscuro (los colores tradicionales de la isla, codificados por César Manrique en la normativa urbanística local) dominan el paisaje urbano y dan una coherencia visual inmediatamente reconocible.
Mercadillo dominical de Teguise
El mercadillo de Teguise es una mezcla interesante entre feria artesanal, mercado de recuerdos turísticos, espacio gastronómico y punto de encuentro social. Los puestos se distribuyen por varias calles y plazas del centro histórico, con una oferta muy variada que incluye artesanía local auténtica (cestería, cerámica, textiles, quesos, mojos envasados, sales aromáticas), artesanía hippy importada de diversos orígenes, ropa ligera para playa, bisutería, aceites esenciales, libros de segunda mano y una sección de comida callejera con arepas, tortillas canarias, crepes y churros.
El ambiente es agradable, con música en directo en varias esquinas (un grupo de folk, un cuarteto de cuerda en una plaza, un guitarrista solista en un patio), con clientela mezclada entre turistas de toda Europa y vecinos de la isla que vienen específicamente este día. Compramos un par de cosas con sentido: una tabla de cortar de madera de olivo hecha por un artesano local, un pequeño frasco de sal de Janubio con especias canarias para traer a Bilbao y dos quesos de cabra madurados con gofio y con pimentón respectivamente, que el propio productor explicaba con detalle.
La Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en la plaza principal, es el hito arquitectónico más destacado de Teguise. Gótica en origen, rehecha varias veces después de los asaltos piratas que asolaron la villa durante siglos, combina elementos renacentistas y barrocos en una fachada muy característica. Entramos un momento a verla por dentro, con el ambiente del mercadillo filtrándose hasta el atrio, y nos pareció digna de la parada. Teguise tiene además varios conventos, palacetes y casas señoriales que se van reconociendo por los azulejos con información turística colocados en cada fachada.
Castillo de Santa Bárbara en la Montaña Guanapay
Terminado el mercadillo, subimos en coche a la Montaña de Guanapay, un pequeño cono volcánico coronado por el Castillo de Santa Bárbara, a apenas cinco minutos del centro de Teguise. La carretera serpentea hasta la cima y desemboca en un aparcamiento con vistas ya impresionantes de toda la llanura central de la isla. El castillo, construido en el siglo XVI para defender la capital insular de los constantes ataques berberiscos e ingleses, es una fortaleza compacta, de planta cuadrangular, con cuatro torreones en las esquinas y un aspecto robusto y bien conservado.
En su interior alberga el Museo del Emigrante Canario, dedicado a los siglos de migración canaria hacia América, especialmente hacia Cuba, Venezuela y Puerto Rico. La colección es modesta pero emocionante: maletas originales del siglo XIX y principios del XX, documentos de embarque, cartas familiares, fotografías de despedidas y reencuentros, pasaportes de época y objetos que emigrantes llevaron consigo o enviaron de vuelta. Para un visitante del norte peninsular, esta historia migratoria masiva resulta reveladora. Las islas Canarias fueron durante siglos tierra de éxodo, y esa herencia sigue siendo parte fundamental de la identidad local.
Pero lo mejor del castillo está fuera. La terraza superior, a la que se sube por una escalera exterior, ofrece una vista de trescientos sesenta grados sobre toda la isla. Desde arriba se distingue con claridad el Risco de Famara al norte, el macizo central del Ajaches al sur, la llanura agrícola del centro, el núcleo de Arrecife hacia el este y, en días despejados, las siluetas de Fuerteventura y hasta La Graciosa flotando en el horizonte. Probablemente el mejor mirador global de Lanzarote, y uno de los espacios que mejor ayudan a entender la geografía insular en su conjunto.
Haría, el Valle de las Mil Palmeras
Bajamos del castillo y pusimos rumbo al norte para comer en Haría, en pleno corazón del único valle verde de la isla. Haría es conocido como el Valle de las Mil Palmeras, nombre que aunque suene exagerado no anda lejos de la realidad: una tradición local establecía que al nacer una niña se plantaban dos palmeras y al nacer un niño se plantaba una, y el resultado, acumulado durante siglos, es una concentración de palmerales realmente notable en contraste con la aridez general del resto de la isla.

El pueblo en sí es encantador: casas blancas con puertas verdes, plazas arboladas, pequeñas calles empedradas y un ritmo genuinamente pueblerino que contrasta con el bullicio de Teguise un domingo. Aquí vivió César Manrique sus últimos años, en una casa rehabilitada por él mismo dentro de un antiguo palmeral, que hoy sigue siendo propiedad familiar y no está abierta al público. El pueblo conserva una sensación de autenticidad que se agradece después de la experiencia, más turística, del mercadillo.
Comimos en un restaurante de la plaza central, con mesas al aire libre bajo palmeras datileras. La oferta era tradicional canaria: empezamos con unas croquetas caseras y una ensalada de tomate del país con aguacate, seguimos con un puchero canario (un guiso de carne y verduras muy sustancioso) y un pescado a la plancha, acompañados por una copa de vino blanco volcánico. El ambiente era mayoritariamente local, con varias mesas ocupadas por familias que claramente estaban en su comida dominical semanal. Una experiencia gastronómica auténtica, a precios razonables y con un servicio amable sin exageraciones.
Famara: los acantilados más espectaculares de la isla
Después de comer, y ya con la tarde avanzada, pusimos rumbo al último punto del día: Famara. Desde Haría se baja por una carretera panorámica que va abriendo vistas progresivas sobre el Risco de Famara, un acantilado de más de seiscientos metros de altura que cae directamente al océano Atlántico en uno de los paisajes costeros más impresionantes de toda España. La carretera termina en la pequeña localidad de La Caleta de Famara, una urbanización informal con casas bajas de pescadores, algunas casas rurales de nueva construcción y un ambiente completamente distinto al de Costa Teguise o Playa Blanca.
La Playa de Famara es una inmensa lengua de arena dorada de varios kilómetros de longitud, con el Risco elevándose de manera espectacular a su espalda y con las aguas atlánticas rompiendo en olas largas y potentes. No es una playa para bañarse cómodamente, porque las corrientes son fuertes y el oleaje puede ser peligroso, pero es uno de los paraísos europeos del surf y del kitesurf. Esta tarde había docenas de surfistas en el agua, cometas de kite cruzándose en el cielo y un ambiente juvenil y deportivo muy distinto al de las playas urbanas del este de la isla.
Pasamos un par de horas largas en la playa, alternando paseo por la orilla y ratos sentados en la arena observando el espectáculo continuo del mar, del viento y de los deportistas acuáticos. El Risco cambia de color según va girando el sol, pasando de los ocres intensos del mediodía a los naranjas y dorados del atardecer. Es, sin duda, uno de los paisajes más memorables del viaje, y uno de los que más justifica el ejercicio de cruzar la isla de cabo a rabo para llegar hasta aquí.
Regreso a Costa Teguise al atardecer
El camino de vuelta desde Famara a Costa Teguise se hizo con el sol ya bajo, atravesando las llanuras interiores de la isla con la luz dorada característica del atardecer canario. Llegamos al hotel con tiempo justo para una ducha rápida antes de la cena, pero con el cuerpo y la cabeza llenos de imágenes de un día muy completo: el bullicio dominical del mercadillo, la perspectiva panorámica desde Guanapay, el ritmo pausado del puchero en Haría y la fuerza bruta del océano en Famara.
La cena en el hotel fue breve y el paseo nocturno se redujo a un corto recorrido por el paseo marítimo antes de subir a la habitación. Al día siguiente tocaba otro día intenso, el gran recorrido sur de la isla, con varias paradas en cadena: Yaiza, Los Hervideros, el Charco de los Clicos, las Salinas de Janubio y, si el tiempo lo permitía, la zona de Playa Blanca y las calas de Papagayo. Sobre el papel, la jornada más ambiciosa de toda la semana.

Día 7 en Lanzarote: Yaiza, Hervideros, Charco de los Clicos, Salinas de Janubio y Playa Blanca con Papagayo¶
El séptimo día ha sido, sobre el papel, el más ambicioso de toda la semana. Hemos planteado un gran recorrido circular por el sur de la isla que combina patrimonio (Yaiza), geología espectacular (Los Hervideros), paisaje volcánico excepcional (Charco de los Clicos), tradición productiva (Salinas de Janubio) y, como broche playero, la zona de Playa Blanca con las calas de Papagayo. Mucho material para un solo día, pero las distancias relativamente cortas de Lanzarote permiten encajarlo todo sin convertir la jornada en una carrera.
Salida temprana hacia el sur
Salimos del hotel antes de lo habitual para aprovechar bien la mañana y evitar las horas de máximo calor en los puntos más expuestos del sur. La ruta que habíamos planificado bajaba por el centro de la isla hacia Uga, cruzaba La Geria (esta vez sin paradas), atravesaba Yaiza y continuaba por la costa occidental hasta llegar a Los Hervideros y el Charco de los Clicos, antes de cerrar el círculo por las Salinas y subir finalmente a Playa Blanca. En total, poco más de cien kilómetros repartidos en todo el día, pero con seis o siete paradas significativas.
El tramo inicial por La Geria se hizo con las luces del amanecer dándoles un tono rosado a los muros semicirculares de los hoyos de vid. Un paisaje agrícola completamente único, del que nunca acaba uno de cansarse aunque lo haya visto tres días antes. Por esta hora casi no había tráfico, solo algún vehículo agrícola de los bodegueros locales, y pudimos disfrutar del trayecto con calma y hacer alguna parada fotográfica al borde de la carretera.
Yaiza, uno de los pueblos más bonitos de la isla
La primera parada programada del día fue Yaiza, considerado oficialmente uno de los pueblos más bonitos de España. Es una distinción que comparten muy pocos núcleos canarios, y en el caso de Yaiza está más que justificada. El pueblo se extiende por una ladera suave, con casas blancas de una sola planta, puertas y ventanas pintadas de verde, jardines interiores cuidados y una limpieza general que resulta sorprendente. La arquitectura responde a un modelo tradicional canario depurado, coherente y sin estridencias modernas.
La plaza principal, con la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios en uno de sus extremos, es el corazón del pueblo. La iglesia, sencilla pero elegante, tiene una fachada blanca encalada con los detalles en piedra volcánica vista, y su interior contiene un retablo barroco modesto pero interesante. Alrededor de la plaza hay varios edificios municipales, un par de cafeterías con terraza y una biblioteca local. Nos sentamos en una de las terrazas para tomar un segundo café de la mañana, con el ambiente muy tranquilo de un lunes en temporada media.
El paseo por las calles interiores del pueblo permite descubrir detalles muy agradables: patios con palmeras, callejones que se abren a jardines privados, vistas puntuales sobre el paisaje volcánico que rodea el municipio. Yaiza tiene la suerte de estar en uno de los emplazamientos geográficamente más privilegiados de la isla, con las Montañas del Fuego al norte, el Atlántico al oeste y los campos de La Geria al este. Un buen ejemplo de cómo la planificación urbanística consciente, heredada de las directrices de Manrique, ha preservado la esencia de estos pueblos frente a la presión turística.
Los Hervideros: el encuentro violento entre lava y mar
Desde Yaiza bajamos por la carretera LZ-703 hacia la costa occidental, un tramo panorámico que desciende suavemente entre campos de lava hasta llegar a Los Hervideros. Este paraje es uno de los paisajes costeros más impactantes de Canarias: una sucesión de acantilados negros formados por coladas volcánicas solidificadas directamente contra el océano, con cuevas, arcos, chimeneas y oquedades que el mar ha ido excavando durante siglos con su trabajo constante.
El nombre, Los Hervideros, hace referencia al efecto visual que producen las olas al entrar con fuerza por las grutas inferiores. El agua sube a presión, explota hacia arriba por las chimeneas naturales, y el conjunto da la impresión de que el mar está literalmente hirviendo. El espectáculo es especialmente impresionante en días de oleaje fuerte, como era el caso esta mañana. El ruido es atronador, el rocío salado llega hasta los senderos superiores y la fuerza de la naturaleza se percibe con una intensidad que pocos paisajes costeros europeos consiguen transmitir.

Los senderos habilitados serpentean por la parte alta del acantilado, con varios miradores estratégicamente colocados para observar los mejores efectos desde ángulos distintos. Caminamos durante casi una hora por todo el recorrido, parando continuamente a fotografiar y a escuchar el estruendo del mar. Es uno de esos lugares donde el tiempo se relativiza: uno piensa que va a estar quince minutos y acaba quedándose mucho más. El contraste entre el negro absoluto de la lava, el blanco de la espuma y el azul profundo del Atlántico es una composición visual que queda grabada en la memoria.
Charco de los Clicos: el lago verde del fin del mundo
A pocos kilómetros al sur de Los Hervideros se encuentra otro de los iconos paisajísticos de Lanzarote: el Charco de los Clicos, también llamado Charco Verde. Es una pequeña laguna de agua salada semiaislada del mar, con una tonalidad verde intenso producida por la presencia de microalgas específicas que prosperan en estas condiciones químicas particulares. Está ubicada en el interior de un semicráter volcánico hundido parcialmente por la erosión marina, lo que le da un marco geológico absolutamente excepcional.

El mirador habilitado para contemplar el charco ofrece una perspectiva completa sobre el conjunto: el semicráter rojizo-ocre a la izquierda, la playa de arena negra abajo, el lago verde intenso justo antes de la línea de rompientes y el Atlántico azul profundo al fondo. Una paleta de colores tan saturada y tan poco habitual que cuesta creer que no esté retocada. El acceso directo al charco está restringido por motivos de conservación (el ecosistema es muy frágil), pero el mirador permite una vista absolutamente satisfactoria.
Pasamos aquí un buen rato, aprovechando que el flujo de visitantes era moderado a esa hora y pudimos hacer fotos sin demasiada gente en el encuadre. El lugar invita a quedarse en silencio un rato, simplemente observando la combinación cromática y escuchando el ruido del mar en la playa cercana. Es uno de esos rincones que, por sí solos, justifican el desplazamiento hasta el sur de la isla.
Salinas de Janubio: geometría salada y tradición conservera
La siguiente parada del día fueron las Salinas de Janubio, las mayores salinas marinas en activo del archipiélago canario y una de las instalaciones de este tipo más importantes del Atlántico. El conjunto se extiende por una gran depresión natural entre acantilados volcánicos y el océano, formando un enorme mosaico geométrico de piscinas rectangulares separadas por muros de piedra, con los distintos estanques mostrando tonalidades de blanco, rosado y violáceo según su grado de concentración de sal.


Desde el siglo XIX, las Salinas de Janubio han sido fundamentales para la economía de Lanzarote, sobre todo en relación con la industria pesquera, ya que proporcionaban la sal necesaria para la conservación del pescado capturado en los bancos del África occidental. Hoy, la producción ha bajado drásticamente por la competencia de las salinas industriales peninsulares y por los cambios en la conservación de alimentos, pero sigue funcionando a menor escala y tiene además un valor ecológico importante. La zona está catalogada como humedal de importancia internacional por la fauna aviar que acoge, especialmente flamencos, garzas y pequeñas aves migratorias.
Los miradores habilitados al borde de la carretera permiten distintas perspectivas del conjunto. Desde arriba, la geometría de las piscinas dibuja un patrón casi abstracto que se transforma según el grado de luz y la hora del día. El contraste entre las montañas volcánicas negras del fondo, los reflejos plateados y rosados de las salinas y el azul profundo del océano configura composiciones fotográficas naturales memorables. Dedicamos aquí alrededor de cuarenta y cinco minutos antes de seguir hacia Playa Blanca.
Playa Blanca y parada de comida tardía
Llegamos a Playa Blanca, el tercer gran núcleo turístico de Lanzarote después de Puerto del Carmen y Costa Teguise, a la hora de comer. La localidad, en el extremo sur de la isla, tiene un perfil distinto al de los otros dos: más reciente en su desarrollo, con urbanismo más homogéneo, enfocada sobre todo al turismo residencial y a la escala familiar, y con la enorme ventaja de su ubicación privilegiada frente a Fuerteventura, cuyas costas se ven claramente a menos de una hora en ferry.
Comimos en una terraza del paseo marítimo, más por el ambiente que por la gastronomía, que era correcta sin ser especialmente destacable. Precios ligeramente más altos que los de Arrecife del día anterior, lógico para un enclave puramente turístico, pero razonables si se comparan con otros destinos europeos similares.
El paseo marítimo de Playa Blanca se extiende varios kilómetros por la costa, con una sucesión de pequeñas playas urbanizadas, hoteles de diverso nivel, bares, terrazas y tiendas. Caminamos una parte después de comer, sobre todo hacia el puerto comercial desde el que salen los ferrys a Corralejo. Desde algunas perspectivas, Fuerteventura parece engañosamente cercana, como si pudiera alcanzarse nadando, aunque las corrientes del estrecho desmienten rápidamente esa impresión.
Playas de Papagayo: calas doradas y atlántico en calma
Desde Playa Blanca tomamos la pista de tierra que conduce al Monumento Natural de los Ajaches y al complejo de playas de Papagayo, una zona protegida que incluye varias calas de arena dorada consideradas las mejores playas de Lanzarote. El acceso se hace por un camino de tierra que requiere conducir con cuidado pero que cualquier utilitario puede recorrer sin problemas, y hay un pequeño peaje simbólico a la entrada del espacio protegido.
Aparcamos en la zona habilitada y bajamos andando hasta la Playa del Pozo, una de las calas principales del complejo. La estampa merece todos los superlativos: arena dorada fina, aguas transparentes de un azul turquesa muy distinto al gris-azul habitual del Atlántico de esta zona, acantilados de piedra volcánica rojiza enmarcando la cala, y al fondo del horizonte la silueta alargada de Fuerteventura. Un paisaje de postal en el sentido más clásico del término, que hubiera encajado perfectamente en cualquier isla del Caribe si no fuera por el carácter volcánico de las rocas circundantes.
La combinación de aguas relativamente tranquilas (las calas están resguardadas de los vientos dominantes del noreste), la arena fina y el entorno protegido han convertido estas playas en un refugio frente al windsurf y al oleaje fuerte del resto de la isla. Nos bañamos un rato, con el agua más templada de lo que habíamos encontrado en ningún otro punto, y pasamos la mayor parte de la tarde tumbados en la arena alternando lectura y chapuzones. Una forma perfecta de cerrar el recorrido por el sur de la isla.
Regreso a Costa Teguise con el día al límite
El camino de vuelta desde Papagayo hasta Costa Teguise se hizo con el sol ya en el atardecer, y el paisaje interior de la isla ofreció en la recta final una última recompensa cromática: las llanuras agrícolas tostadas por el sol, los conos volcánicos proyectando sombras alargadas, y las fachadas blancas de los pueblos reflejando la luz dorada. Llegamos al hotel con el cansancio propio de una jornada larga pero con la clara sensación de haber cumplido un recorrido completo, que nos deja ya muy poco pendiente de cara a la última jornada.
La cena fue ligera y el paseo nocturno prácticamente se limitó a dar un par de vueltas cortas por el paseo marítimo antes de subir a la habitación. Mañana es el último día de viaje, con vuelo de tarde a Bilbao, y aprovecharemos la mañana para despedirnos con calma de Costa Teguise y de la isla en general. Siete días intensos que ya van quedando atrás, pero cuya digestión probablemente va a alargarse bastante más.

Día 8 en Lanzarote: últimas horas en Costa Teguise y vuelo de regreso a Bilbao¶
El último día de cualquier viaje tiene siempre ese sabor agridulce a medio camino entre la satisfacción por lo disfrutado y la pequeña nostalgia anticipada por lo que se acaba. En Lanzarote, además, el día coincidía con un vuelo de tarde hacia Bilbao que nos regalaba una mañana completa para disfrutar del hotel sin agobios antes de poner rumbo al aeropuerto. Era, en realidad, el cierre natural del viaje: sin excursiones, sin carreteras largas, solo pequeñas despedidas de lugares que se habían ido volviendo familiares durante la semana.
Desayuno largo y últimas fotos del hotel
El desayuno en el Playaverde, que durante siete días había funcionado como combustible rápido antes de arrancar la jornada, se disfrutó esta vez con una calma completamente distinta. Sin prisa por llegar a Timanfaya, a los Jameos o al Mirador del Río, el café con leche se alargó, la fruta tropical se saboreó con más atención, el croissant acabó acompañado por una segunda ración de queso canario que no habíamos probado todavía, y hasta nos animamos a probar el bienmesabe del rincón de repostería local. Ese tipo de pequeñas indulgencias que uno se permite cuando sabe que el viaje llega a su fin.
Después del desayuno dedicamos un rato a recorrer el hotel con la cámara, haciendo las fotos que siempre se quedan pendientes cuando los primeros días estás demasiado ocupado en llegar a los lugares importantes. La piscina vacía a primera hora con el sol reflejándose limpio en el agua, el jardín con sus palmeras alineadas en dos filas perfectas, el muro blanco cubierto de buganvillas que habíamos atravesado decenas de veces sin fijarnos especialmente, los pasillos exteriores con los arcos blancos encalados y la recepción con su mostrador bajo. Imágenes domésticas del viaje que suelen ser las que ayudan a recordar la sensación real de aquellos días, mucho más que las postales espectaculares de los grandes iconos turísticos.
Un último paseo por Costa Teguise
Con el hotel ya organizado y el coche pendiente de devolverse más tarde, aprovechamos para dar un último paseo por Costa Teguise, visitando con detenimiento rincones por los que habíamos pasado de refilón durante la semana. La Playa de las Cucharas, con sus tablas de windsurf ya en el agua desde primera hora, mostraba ese ambiente característico que la ha hecho famosa entre los aficionados al deporte. Nos sentamos un rato en el paseo, observando las velas de colores cruzándose en el mar, en una imagen que resumía bien el tono relajado de la zona.
Paseamos también hasta algunas de las calas más pequeñas, apartadas del núcleo principal, donde la arena oscura y las rocas volcánicas crean composiciones más íntimas que las playas familiares de la zona central. Costa Teguise, sin ser espectacular, ha demostrado ser una base perfecta durante estos ocho días: suficiente oferta gastronómica y comercial para no tener que moverse si uno no quería, playas aceptables para el descanso, una ubicación estratégica para alcanzar cualquier punto de interés de la isla en menos de una hora, y un ambiente moderado que no cansa. Si algún día volvemos a Lanzarote, probablemente volveríamos a elegirla como base.
El café de media mañana lo tomamos en una terraza que habíamos frecuentado varias tardes y donde el camarero ya nos reconocía y recordaba la marca de cerveza habitual. Ese tipo de pequeños rituales cotidianos que se crean incluso en viajes de una semana, y que aunque puedan parecer irrelevantes, forman parte esencial del disfrute de unas vacaciones. La despedida de este tipo de lugares, casi tan ritual como los saludos de los primeros días, cierra también un capítulo pequeño del viaje.
Al aeropuerto sin prisa y vuelta a Bilbao
El aeropuerto de Lanzarote está tan cerca de Costa Teguise que apenas hace falta planificar el traslado con antelación. Apenas un cuarto de hora por la autovía basta para plantarse en la terminal, lo que permitió apurar la mañana en el hotel sin agobios y salir con margen suficiente para devolver el coche de alquiler con tranquilidad. El proceso de devolución del vehículo se hizo en los tiempos previstos, sin sorpresas ni cargos inesperados, y la oficina de la compañía estaba tan cerca de la terminal que trasladar las maletas no supuso ningún problema.
El tiempo de espera hasta el vuelo se aprovechó para los rituales habituales: un último repaso al equipaje, algún regalo de última hora en la zona comercial, el sándwich rápido que sustituyó al almuerzo y ese café final que suele tener un sabor especialmente agradable en los aeropuertos de regreso. El ambiente era el típico de los vuelos hacia el norte peninsular: familias con niños cargados de juguetes nuevos, parejas bronceadas, jubilados tranquilos y algún grupo de amigos con ese punto de cansancio alegre que deja una buena semana de sol.
El vuelo de vuelta a Bilbao se desarrolló sin incidencias, con el tradicional contraste visual al aproximarnos a la costa cantábrica: del azul intenso y los ocres volcánicos del sur a los verdes profundos y las nubes bajas del norte. Ese cambio de paisaje desde la ventanilla es siempre parte del viaje, y funciona casi como un recordatorio visual de lo diversas que son las geografías que conviven dentro de un mismo país. El aterrizaje en Loiu, puntual y sin sobresaltos, cerró oficialmente el viaje, aunque las imágenes mentales de Timanfaya, los Jameos, el Mirador del Río, Famara o el Charco de los Clicos todavía iban a tardar varios días en dejar de aparecer cada vez que cerrábamos los ojos.
La vuelta al piso, la maleta por deshacer, la nevera vacía por rellenar, el correo electrónico acumulado, la rutina que retoma sus derechos sobre los horarios vacacionales. Ocho días en Lanzarote han dado para mucho, y la digestión mental del viaje va a requerir todavía varias jornadas más. Queda pendiente el último artículo de esta serie, el de conclusiones, para ordenar las ideas principales y hacer balance. Pero eso ya será mañana.

Lanzarote en balance: reflexiones finales sobre una semana en la isla de los volcanes¶
Junio 2007
Ocho días es un marco temporal interesante para conocer una isla como Lanzarote. No es tiempo suficiente para agotar sus posibilidades, pero sí lo bastante amplio como para construir una imagen coherente de su carácter, su paisaje y su ritmo. Después de una semana larga recorriendo carreteras, miradores, cuevas volcánicas, salinas, mercadillos y playas, el balance se hace con esa mezcla de satisfacción y de pequeña deuda pendiente que suelen dejar los destinos con personalidad propia. Lanzarote no se agota en ocho días, pero tampoco se resiste a ellos.
César Manrique como hilo conductor de la isla
Si algo queda claro tras una semana dedicada a la isla es que resulta imposible entender Lanzarote sin la figura de César Manrique. Su huella está presente en los grandes hitos turísticos (Jameos del Agua, Mirador del Río, Jardín de Cactus, Fundación en Taro de Tahíche, Monumento al Campesino, restaurante El Diablo en Timanfaya), pero también en algo mucho más difuso y omnipresente: la propia filosofía estética que recorre toda la isla. La prohibición de carteles publicitarios invasivos, la regulación de alturas máximas para cualquier edificación, la codificación de los colores de puertas y ventanas en el blanco y el verde tradicionales, la integración cuidadosa de las carreteras en el paisaje. Todo ello responde a una visión que el artista impulsó en los años sesenta y setenta y que ha marcado para siempre la personalidad turística de la isla.
Esta coherencia estética convierte a Lanzarote en un caso prácticamente único dentro del turismo español. En otros destinos, la fiebre constructora de los años setenta y ochenta arrasó con prácticamente todo el atractivo original, y hoy esas zonas pagan las consecuencias de no haber ordenado a tiempo su desarrollo urbanístico. En Lanzarote, en cambio, hubo un esfuerzo consciente por preservar el paisaje como valor principal, y los propios espacios creados por Manrique demuestran que el arte contemporáneo puede integrarse con la naturaleza sin agredirla, sino más bien potenciándola. Para un viajero con cierta sensibilidad por la arquitectura y por la ordenación del territorio, recorrer Lanzarote es una lección constante sobre cómo el desarrollo turístico puede hacerse de manera inteligente cuando hay voluntad política y cultural para ello.
La visita a la Fundación César Manrique en Taro de Tahíche, probablemente la parada más reveladora de toda la semana, ayuda a entender el origen conceptual de toda esta filosofía. La casa que Manrique se construyó sobre cinco burbujas volcánicas no es solo una obra arquitectónica singular, sino el manifiesto materializado de una forma de entender el paisaje y la intervención sobre él. Cualquier viajero que dedique una semana a Lanzarote debería incluirla en su itinerario, porque es la clave interpretativa que permite leer con profundidad todo lo demás.
La fórmula paquete más coche de alquiler, otra vez validada
Tras las experiencias previas en Fuerteventura y Gran Canaria, esta semana en Lanzarote ha confirmado que la fórmula combinada de paquete vacacional con media pensión y coche de alquiler es probablemente la opción más equilibrada para conocer islas como estas. El paquete garantiza vuelos, traslados y alojamiento a un precio razonable, mientras que el coche de alquiler permite una libertad de movimientos imposible con excursiones organizadas o con transporte público. La media pensión, por su parte, elimina la tensión diaria de decidir dónde cenar y ayuda a ajustar el presupuesto sin renunciar a comer fuera al mediodía cuando la jornada lo pide.
La experiencia del Hotel Playaverde en Costa Teguise ha sido satisfactoria sin ser especialmente memorable, que es exactamente lo que se le pide a un hotel de estas características: funcionalidad, comodidad, buen desayuno, cena digna y ubicación estratégica. Para quien no busca el hotel como parte central del viaje sino como base de operaciones desde la que salir a explorar el territorio, esta categoría de establecimiento resulta más que suficiente, y el ahorro respecto a opciones más sofisticadas permite dedicar más recursos a comidas fuera, a entradas de espacios culturales o a algún capricho gastronómico local.
El coche de alquiler se convirtió en el gran aliado del viaje. La contenida dimensión de Lanzarote permite alcanzar cualquier punto en menos de una hora desde Costa Teguise, lo que facilita planificar cada jornada con calma, incluir paradas imprevistas y gestionar el tiempo sin depender de horarios ajenos. Además, las carreteras están en un estado excelente, la señalización es clara y el tráfico es muy contenido fuera de los núcleos turísticos principales. Una combinación de autonomía y comodidad que, al cabo de ocho días, seguimos considerando la más adecuada para destinos insulares europeos.
Costa Teguise como acierto de ubicación
Elegir Costa Teguise en lugar de los dos grandes polos turísticos de la isla (Puerto del Carmen al sur central y Playa Blanca en el extremo meridional) resultó ser una decisión estratégica muy acertada. La zona combina una densidad turística más moderada con una infraestructura suficiente para no tener que desplazarse para cubrir necesidades básicas, y su ubicación central reduce los tiempos de desplazamiento hacia prácticamente cualquier punto de interés de la isla. Con Arrecife a diez minutos, Teguise a quince, Timanfaya a cuarenta y el norte de la isla a media hora escasa, es difícil encontrar mejor equilibrio geográfico.
El ambiente de Costa Teguise es más relajado y menos estridente que el de otros núcleos turísticos canarios, con una presencia significativa de residentes europeos durante todo el año que ha generado una oferta gastronómica y comercial algo más variada de lo habitual. Los paseos nocturnos se hacen cómodos, las terrazas tienen clientela mixta entre turistas y residentes, y se respira cierto aire de pequeña ciudad multicultural que contrasta con el carácter más puramente turístico de otras zonas. Para estancias de una semana o más con un plan como el nuestro, es una base excelente, y probablemente volveríamos a elegirla si repitiéramos el viaje.
Momentos destacados de la semana
Si tuviéramos que quedarnos con los cinco momentos más memorables de estos ocho días, la selección sería difícil pero orientativa. En primer lugar, la ruta de los volcanes dentro del Parque Nacional de Timanfaya, por la espectacularidad absoluta del paisaje y la sensación constante de estar recorriendo un territorio lunar. En segundo lugar, la Fundación César Manrique, por su importancia interpretativa y por la belleza íntima del espacio en sí. En tercer lugar, los acantilados y la playa de Famara, por la fuerza bruta del encuentro entre el Risco y el Atlántico. En cuarto lugar, la jornada sur completa, con Hervideros, Clicos, Salinas y Papagayo encadenados, como resumen del paisaje costero de la isla. Y en quinto lugar, el domingo en Teguise, que combinó el bullicio del mercadillo con la panorámica desde Guanapay y la comida pausada en Haría.
Momentos menos espectaculares pero igualmente valiosos han sido el café vespertino en el Charco de San Ginés de Arrecife, la comida tradicional bajo las palmeras de Haría, la primera cata de Malvasía volcánica en una bodega de La Geria y el paseo nocturno por el paseo marítimo de Costa Teguise en una de las tardes más calurosas. Cada uno de estos momentos, sin ser iconos que vayan a salir en las guías, forma parte esencial del tejido del viaje y contribuye a construir una memoria rica del destino.
Lo que queda pendiente
Pese a haber cubierto los grandes iconos de la isla con bastante amplitud, queda la sensación clara de que Lanzarote tiene todavía más para ofrecer. La Casa-Museo César Manrique en Haría, donde el artista vivió sus últimos años, no está abierta al público, pero el propio pueblo merece una visita más detenida con algún día festivo en el que se celebren fiestas locales. La isla de La Graciosa, a la que se llega en ferry desde Órzola en apenas treinta minutos, requiere al menos una jornada completa si uno quiere pasear sus playas y recorrer sus pistas a pie o en bicicleta. El sur de los Ajaches tiene senderos de montaña que no exploramos. Y hay rincones agrícolas en el interior (Tiagua, Tinajo, San Bartolomé) que solo atravesamos brevemente en coche.
Lanzarote es, en definitiva, una de esas islas que demuestran que la contención puede ser una virtud turística. No pretende competir con destinos más exuberantes en vegetación tropical o tradición arquitectónica monumental, sino que ha apostado por explotar sus singularidades (el paisaje volcánico, la luz atlántica, la herencia de Manrique) con una coherencia difícil de encontrar en otros lugares del litoral español. Esa coherencia, junto a una infraestructura turística razonablemente bien gestionada, la convierten en un destino especialmente agradable para recorrer con el tipo de ritmo que nosotros buscamos.



