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Londres tras el Brexit
En mayo de 2023 regreso a Londres, esta vez con la ilusión de mostrar la ciudad a mi pareja por primera vez. Seis días intensos redescubriendo la capital británica, disfrutando de espectaculares musicales del West End y recorriendo tanto los lugares emblemáticos como rincones menos conocidos.
Seis días en Londres: redescubriendo la ciudad desde otra perspectiva¶
Alojamiento económico, musicales y paseos por la capital británica
Del 8 al 13 de mayo de 2023, volvimos a Londres. Esta vez el viaje tenía un aliciente extra: era la primera vez que Rafa pisaba la ciudad. Conocer un lugar que ya te es familiar a través de alguien que lo ve todo por primera vez es una experiencia rara, casi como volver a viajar siendo nuevo. La sorpresa ante el Big Ben, el tamaño de Hyde Park, el ruido y el olor del metro: cosas que uno ya procesa en automático recuperan de golpe su textura original.
Llevábamos seis días, tiempo suficiente para lo imprescindible más algunos desvíos personales. Tres musicales en el West End, Greenwich, Camden, los mercados. Una agenda apretada pero sin forzar.
El alojamiento: Irma en Lewisham
Encontrar alojamiento razonable en Londres sigue siendo el problema de siempre. Esta vez dimos con una habitación en casa de Irma, una argentina que vivía en Lewisham, al sureste. Baño compartido, cinco noches, 200€. Una ganga por los estándares londinenses.
Lewisham no es el barrio más fotogénico, pero estaba bien comunicado y Irma resultó ser una anfitriona estupenda: callada cuando había que estarlo, generosa con los consejos cuando hacía falta. El alojamiento en casas particulares tiene eso: que cuando funciona, añade algo que ningún hotel puede dar.
Cuestiones prácticas que cambian con los años
Llevaba años sin viajar a Londres —la última vez había sido en enero de 2018 haciendo escala— y algunas cosas habían cambiado. La más útil: ya no hace falta Oyster ni cambiar libras. Cualquier tarjeta bancaria contactless funciona directamente en el metro y los autobuses, y el sistema calcula solo el tope diario. Sin colas, sin recargas.
Con el roaming hay que mirar antes de salir, porque post-Brexit no todas las operadoras mantienen el Reino Unido en la tarifa europea. Movistar sí lo hace; otras no. Y los enchufes siguen siendo los de tres clavijas: un adaptador sigue siendo imprescindible, mejor traerlo de casa que comprarlo en el aeropuerto.
El tiempo en mayo puede ser perfectamente agradable o puede llover durante días. Llevamos paraguas y algo de abrigo, y bien.

Día 1. Llegada y primer contacto con Londres¶
El vuelo llegó a Gatwick poco antes de las ocho de la mañana. Aterrizar tan temprano tiene la ventaja de que tienes toda la jornada por delante, y el inconveniente de que llevas ya varios días de viaje antes de haber dormido. Cogimos el Thameslink hasta London Bridge: más barato que el Gatwick Express, casi igual de rápido, y te deja en un punto mucho mejor de la ciudad.
Desayunamos algo en la estación y cogimos otro tren a New Cross Gate, donde vivía Irma. Aún era pronto para entrar en la habitación, pero nos dejó dejar las mochilas. Salimos aligerados hacia el South Bank.




El South Bank con sol de mañana y sin la aglomeración de la tarde es otro lugar. Pasamos frente al jardín de la Southwark Cathedral, que muy poca gente se molesta en mirar aunque tenga varios siglos de historia, y seguimos por la orilla hasta Hay's Galleria. Este espacio, que fue uno de los principales muelles de descarga de té en el siglo XIX, tiene ahora tiendas y cafeterías dentro de una estructura de cristal y hierro. El barco metálico del centro, "The Navigators" de David Kemp, rinde homenaje al pasado portuario con un punto casi steampunk.
Continuamos hasta el City Hall, el edificio ovalado de Norman Foster que en 2021 dejó de ser la alcaldía de Londres. Las vistas hacia Tower Bridge desde aquí son buenas.



Antes de cruzar el Tower Bridge, bajamos por los Horsleydown Steps, una escalera que desciende hasta la orilla del Támesis y permite ver el puente desde abajo, a ras de agua. Es uno de esos ángulos que la mayoría de turistas no encuentran porque no están señalizados. Desde allí el puente gana en escala y en dramatismo.


Shad Thames, justo al lado, es uno de los rincones que más me gustan de Londres. Las pasarelas de hierro que conectaban los antiguos almacenes de especias todavía están ahí, y el conjunto tiene una coherencia visual que los procesos de gentrificación de los 80 respetaron por suerte.


Cruzamos el Tower Bridge y rodeamos la Torre de Londres. Hoy no entramos, solo la vimos desde fuera. Construida por Guillermo el Conquistador en 1078 como símbolo de poder tras la invasión normanda, la Torre ha sido fortaleza, prisión, casa de la moneda y museo. De toda esa historia densa, lo que más llama la atención desde fuera es simplemente la escala: es mucho más grande de lo que parece en las fotos.




Por la tarde cogimos el metro en Tower Hill hacia Piccadilly Circus. Rafa lo veía todo por primera vez, así que seguimos la ruta clásica sin saltarnos nada. Piccadilly, las pantallas, Lillywhites, la tienda de M&M's. El ritual de rigor para quien llega por primera vez.



De ahí a pie hasta Trafalgar Square. La columna de Nelson, los leones de bronce fundidos con cañones franceses capturados en Trafalgar, y la fachada de la National Gallery cubierta de andamios. Estas cosas pasan.


Bajando por Whitehall llegamos hasta el Parlamento y el Big Ben. La torre acababa de salir de una larga restauración, y se notaba: la piedra caliza clara, el reloj limpio. El Big Ben es técnicamente solo la campana de 13,7 toneladas; la torre se llama Elizabeth Tower desde 2012. Pero eso no se lo explicas a nadie sin que te miren raro.




Cruzamos el puente de Westminster y nos quedamos un rato en el South Bank mirando el London Eye. Desde aquí la perspectiva del Parlamento es la de postal, especialmente cuando el sol empieza a bajar y la piedra coge ese tono dorado.



Cenamos por el South Bank y volvimos a Lewisham en autobús. El primer día en Londres tiene ese punto de madrugón acumulado más kilómetros a pie que hace que la cama sea lo más agradecido del mundo cuando llegas.

Día 2. De Camden Town a la magia de Wicked¶
Segundo día, y nos fuimos al norte. Camden Town siempre está en el itinerario cuando hay alguien que nunca ha estado, aunque hace años que llevo con una relación ambivalente con el barrio.
Camden High Street te recibe igual que siempre: fachadas imposibles decoradas con zapatillas gigantes y dragones, escaparates que compiten por ver quién llama más la atención. El ambiente sigue siendo lo que es, una mezcla de lo hipster y lo alternativo que funciona. Pero la turistificación de los últimos años ha ido limando algo de su espontaneidad. Hace diez o quince años tenía un aire más bohemio, más ajeno a sí mismo. Ahora lo sabe demasiado que es Camden.


El mercado nos ocupó toda la mañana. Camden Market es en realidad varios mercados conectados: ropa vintage, artesanía, tiendas de subculturas concretas, comida de todas partes. El Stables Market, en las antiguas caballerizas, tiene los rincones más interesantes. Perderse por sus callejuelas sin un plan concreto es la única forma de hacerlo bien.
A mediodía comimos en los puestos de comida internacional. La oferta es tan amplia que decidirse es parte del problema, lo que también forma parte de la gracia del sitio.





Antes de marcharnos paseamos un rato por el Regent's Canal. Es lo que más gente se salta en Camden, y es una lástima. Las casas-barco de colores, el agua quieta, el contraste con el ruido del mercado a doscientos metros. Un buen sitio para parar.


Por la tarde, cambio radical de registro. Nos fuimos a la Biblioteca Británica, que está a un paseo corto de King's Cross. El edificio de ladrillo rojo de St. Pancras impone desde fuera, pero dentro la escala cambia: salas silenciosas, la sala del Tesoro con manuscritos de Jane Austen y la Carta Magna, una copia de la Biblia de Gutenberg. Es de los museos donde uno se mueve despacio y sin querer hacer ruido.



Al salir nos encontramos de frente con el St. Pancras Renaissance Hotel. El edificio neogótico de Sir George Gilbert Scott, que estuvo a punto de ser demolido en los 60, es una de esas joyas victorianas que funcionan mejor en la realidad que en cualquier fotografía. La fachada de ladrillo rojo con todas sus agujas y ornamentos da cierta incredulidad al estar delante.

Desde ahí, un paso hasta King's Cross y la plataforma 9¾. La cola era larga, como siempre. La tienda oficial de Harry Potter tiene esa capacidad de vender entusiasmo en forma de merchandising. Si eres fan, es un rato agradable; si no, es interesante como fenómeno.

La jornada terminó en el Apollo Victoria Theatre con Wicked. La primera vez que Rafa veía un musical en Londres. Para eso son los sorpresas bien elegidas.



Día 3. La City, Sky Garden y el encanto del West End¶
El tercer día empezamos en la City, el kilómetro cuadrado más antiguo y más financiero de Londres. Nuestro primer punto fue la plaza del Monumento, la columna dórica de 61 metros que conmemora el Gran Incendio de 1666. Su altura equivale exactamente a la distancia desde la base hasta el lugar donde comenzó el fuego: un detalle de precisión simbólica que los ingleses del XVII tomaron muy en serio.
A pocos minutos, Leadenhall Market. El mercado cubierto victoriano con su estructura de hierro forjado y el techo abovedado en verde, rojo y dorado es de esas cosas que no pierden nunca. Fue escenario de Diagon Alley en las películas de Harry Potter, lo que ha añadido una capa de turistas a lo que ya era un lugar muy visitado. Hoy hay tiendas de lujo y restaurantes, pero la arquitectura justifica la parada.




Seguimos por la City entre rascacielos y iglesias medievales. El Gherkin, 30 St Mary Axe, tiene una forma que no pierde su extrañeza por mucho que lo hayas visto en fotos. Cerca está St Helen's Church Bishopsgate, que sobrevivió tanto al Gran Incendio como a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial: un remanso extraño en medio del distrito financiero.




A las 11:45 teníamos la entrada al Sky Garden. Está en el piso 35 del Walkie-Talkie, el 20 Fenchurch Street, y es gratuito si reservas con suficiente antelación, normalmente unas tres semanas. Las plazas se agotan rápido, especialmente los atardeceres.
El edificio, diseñado por Rafael Viñoly, tuvo un comienzo complicado: su forma cóncava actuaba como lupa y llegó a derretir partes de vehículos estacionados en la calle. Lo corrigieron con modificaciones en la fachada. Lo que sí funciona desde el principio es el jardín interior, con plantas mediterráneas y subtropicales distribuidas en terrazas desde donde se ve el Támesis, la Torre de Londres, el Tower Bridge y la cúpula de St. Paul. Las vistas valen cualquier otro mirador de la ciudad, y esos cuestan entre 25 y 30 libras.






A las dos de la tarde teníamos entradas para Frozen en el Theatre Royal Drury Lane. No era un musical que me llamara especialmente, pero Rafa es fan de Disney y yo quería darle la sorpresa. La producción está bien ejecutada: los efectos del palacio de hielo, los cambios de vestuario de Elsa, el número de "Let It Go". No es de las más espectaculares del West End, pero cumple y a Rafa le encantó, que era el objetivo.

Después del musical nos acercamos al Palacio de Buckingham, sin coincidencia con el cambio de guardia. La fachada y la reja dorada desde fuera, y seguimos hasta Green Park y St. James's Park. Este último, con el lago y los pelícanos, es probablemente el parque real más bonito de los centrales. En mayo con los tulipanes daba bien.




De camino a Covent Garden dimos con Goodwin's Court. Una callejuela estrecha y empedrada con ventanas de vidriera y fachadas del siglo XVIII que parece sacada de otra época. Se dice que pudo inspirar el Callejón Diagon de Harry Potter, aunque eso lo dicen de muchos sitios en Londres. Independientemente de la leyenda, el lugar tiene una atmósfera que justifica el desvío.


Terminamos el día en Covent Garden, con sus artistas callejeros y el mercado cubierto, y luego en Chinatown. Cruzar la puerta ceremonial de Wardour Street y entrar a Gerrard Street siempre produce el mismo efecto: las linternas rojas, los carteles en mandarín y en inglés, el olor de los restaurantes. Un barrio chino que lleva funcionando desde los años 50, aunque la comunidad china en Londres es mucho más antigua.





Día 4. Descubriendo Greenwich y tesoros londinenses¶
El cuarto día lo dedicamos a Greenwich. Vivir en Lewisham tenía la ventaja de que Greenwich estaba a un autobús, y era una excusa que no pensaba desaprovechar.
Subimos en autobús hasta la parte alta del parque, cerca de donde estaba el cerezo que ya iba terminando. Desde ahí a pie por Greenwich Park, un espacio verde con siglos de historia que en pendiente te va dejando caer hacia el Real Observatorio.
El Observatorio tiene entrada de pago, lo que antes no era así. Si no quieres pagar, las vistas desde el mirador exterior ya justifican la subida: el Támesis serpenteando entre los edificios históricos de Greenwich y los rascacielos de Canary Wharf al fondo, pasado y presente en el mismo encuadre.



Bajando hacia el pueblo pasamos por delante del National Maritime Museum y nos adentramos en los jardines del Old Royal Naval College. Christopher Wren lo diseñó a finales del siglo XVII sobre el terreno del Palacio de Placentia, donde habían nacido Enrique VIII e Isabel I. El conjunto barroco, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, organiza sus edificios simétricos alrededor de un eje que deja el Támesis visible al fondo: un recurso arquitectónico que sigue funcionando perfectamente.
El Painted Hall, que no visitamos por dentro, es lo que más fama tiene del complejo: 19 años tardó James Thornhill en cubrir más de 4.000 metros cuadrados de paredes y techos con pinturas barrocas. Lo llaman la Capilla Sixtina del Reino Unido, y aunque la comparación es generosa, la escala sí impresiona.



El Greenwich Market a media mañana tiene el tamaño y el ambiente perfectos: ni demasiado grande para perderse, ni demasiado pequeño para aburrirse. Comimos un bocadillo sentados junto al Cutty Sark.
El Cutty Sark, botado en 1869, fue durante años el barco más rápido en la ruta del té entre China y Londres. Con la apertura del Canal de Suez y los barcos de vapor, perdió esa ventaja y acabó dedicándose al comercio de lana con Australia. Es el último clipper de té conservado en el mundo. Sobrevivió a un incendio grave en 2007, cuando estaba en plena restauración, y reabrió en 2012 suspendido a tres metros del suelo en un dique seco que permite caminar por debajo del casco.




Una de las sorpresas del día fue el túnel peatonal bajo el Támesis. En visitas anteriores a Greenwich lo había ignorado; esta vez no quería perderme cruzar por debajo del río. El túnel, construido en 1902, tiene esa atmósfera extraña de los espacios diseñados para una función muy concreta: un pasadizo blanco, ligeramente curvado, con el rumor del agua encima. Además, empezó a llover justo cuando entramos, así que el túnel hizo doble servicio de paso y refugio.


Al salir en la orilla norte la lluvia seguía, así que cambiamos los planes y nos fuimos al Museo de Historia Natural. Es uno de mis favoritos en Londres, y tiene la ventaja de ser gratuito. El hall de entrada con la ballena azul colgando del techo sigue siendo uno de los mejores primeros planos de cualquier museo de la ciudad. Las galerías de dinosaurios, minerales y evolución pueden ocupar fácilmente una tarde entera.




A las 19:30, El Rey León en el Lyceum Theatre. Era mi tercera vez viendo esta producción en Londres —la primera había sido en 2004, cuando me deslumbró—, y la tercera vez de Rafa descubriendo un musical en este viaje. La escena de apertura con "Circle of Life" y los animales desfilando por los pasillos del teatro sigue siendo tan demoledora como las veces anteriores. Hay espectáculos que se gastan con las repeticiones y hay otros que no. Este es de los segundos.



Día 5. Entre museos, puentes y luces nocturnas¶
La lluvia que había amenazado el día anterior se confirmó como protagonista de la jornada. No importó demasiado: Londres bajo la lluvia tiene su propio carácter, y aprendimos hace tiempo que esperar el sol en mayo es una estrategia perdedora.
Empezamos en Borough Market, justo al lado de London Bridge. El mercado lleva funcionando desde al menos 1014, lo que lo convierte en uno de los más antiguos de Europa, y bajo sus techos de hierro fundido victoriano la lluvia se vuelve irrelevante. Los puestos de quesos artesanales, panes de masa madre, scotch eggs y raclette servido sobre patatas asadas son el tipo de mercado donde uno llega con hambre moderada y sale habiendo comido demasiado.




Con la lluvia insistente, el siguiente paso fue la Tate Modern. Tengo una relación de amor-odio con el arte contemporáneo: hay obras que me detienen, que me hacen querer quedarme, y otras que me parecen tomaduras de pelo disfrazadas de "conceptual". La Tate te enfrenta regularmente a ambas categorías. Lo que no falla es el edificio, la antigua central eléctrica con sus enormes salas, y la terraza desde la que intentamos hacer fotografías sin demasiado éxito por culpa de los cristales empañados.



Después salimos a caminar bajo la lluvia hacia Blackfriars. Me gustan especialmente las columnas del antiguo puente ferroviario que emergen del Támesis: son los restos del St. Paul's Railway Bridge de los años 1860, que cuando fue reconstruido en 1980 se conservaron como homenaje histórico. Están decoradas con tallas de aves y peces que casi nadie mira desde la distancia. El puente tiene además su historia oscura: en 1982 encontraron ahorcado debajo de él al banquero italiano Roberto Calvi, vinculado al Banco Vaticano y la logia P2, en un caso que nunca se resolvió del todo.
Continuamos hasta el Millennium Bridge. Con lluvia y cielo gris no era el día ideal para fotografiar la perspectiva clásica del puente con St. Paul al fondo, pero el lugar funciona en cualquier condición.




Cruzando el Millennium Bridge llegamos a St. Paul. No entramos, algo que en otra visita me hubiera molestado, pero ese día no. En cambio, subimos al mirador de One New Change, un centro comercial en la manzana de al lado con terraza gratuita. Las vistas de la cúpula de St. Paul desde arriba y a esa distancia son mejores que muchas que hay que pagar en otros puntos de la ciudad, y están muy poco concurridas. La catedral, diseñada por Wren tras el Gran Incendio de 1666, tiene 111 metros de altura y fue durante siglos el punto más alto de Londres. Su cúpula es en realidad triple: una interior decorada, una intermedia estructural, y la exterior que define la silueta.







A la salida, Oxford Street con chaparrones intermitentes. Nos refugiamos en tiendas mientras esperábamos que escampara, y acabamos en Liberty London en Regent Street. El edificio Tudor Revival, construido entre 1922 y 1924 con madera de dos navíos de guerra desmantelados para el efecto, tiene ese olor a madera antigua que ningún otro gran almacén tiene. Las galerías organizadas alrededor de atrios, las balconadas talladas, los techos bajos de madera: es una tienda que parece otra cosa.




Por la tarde deambulamos por el Soho. Old Compton Street, Berwick Street Market, Carnaby Street. El barrio tiene décadas de historia como centro de la escena LGBTQ+ londinense, desde los años 60 cuando la homosexualidad todavía era ilegal, y esa historia se nota en el carácter del lugar aunque no conozcas los detalles. Las banderas arcoíris en las fachadas del Admiral Duncan, que sobrevivió a un atentado homófobo en 1999, tienen el peso de lo que representan.




Para nuestra última noche en la ciudad, la lluvia hizo una tregua. Aprovechamos para fotografiar Londres de noche. Piccadilly Circus con las pantallas en marcha, el Big Ben recién restaurado con la piedra caliza aún limpia, el Támesis como espejo negro reflejando los edificios. Desde Westminster Bridge pudimos encuadrar el Parlamento, el London Eye con las cápsulas iluminadas de azul y el río tranquilo. Era exactamente lo que queríamos.









Día 6. Mercado de Portobello y regreso a casa¶
El último día llegó con la sensación habitual de los últimos días: ya sabes que te vas, y eso le da a cada hora un peso que las horas anteriores no tenían.
Despedida de Irma, nuestra anfitriona en Lewisham. Cinco noches en su casa habían dado para más de lo que suele dar un hotel: conversaciones en la cocina, consejos sobre el barrio, esa hospitalidad específica de quien te recibe en su espacio. Intercambiamos contactos y preparamos las mochilas para lo que quedaba de jornada.
Teníamos vuelo a las 19:40, así que aún había mañana. La invertimos en Portobello.


El mercado de Portobello Road los sábados es otro nivel de concurrencia. En ciertos momentos resultaba literalmente complicado avanzar entre la multitud concentrada frente a los mejores puestos. Pero eso también forma parte del lugar: Portobello sin gente sería otra cosa.
El mercado ocupa más de dos kilómetros de calle y cambia de carácter según avanzas. La parte norte tiene los puestos de antigüedades más serios y más caros: joyería art déco, porcelana, objetos del siglo XIX con sus historias propias. Hacia el sur va apareciendo la ropa vintage y de segunda mano, la artesanía, los recuerdos. Y al final, cerca de Westbourne Grove, los puestos de comida.
Nos detuvimos especialmente en la zona de antigüedades. Hay vendedores que llevan décadas en el mercado y que cuentan la historia de sus piezas con una precisión que da envidia. No compramos nada, pero escuchar vale casi lo mismo.
El barrio de Notting Hill alrededor del mercado tiene su propia historia: pasó de zona marginal en los años 50, con la llegada de inmigrantes caribeños que fundaron el Carnaval, a uno de los distritos más caros de Londres. La película de Hugh Grant y Julia Roberts de 1999 terminó de consagrar la mitología del lugar. Las casas victorianas de colores de Portobello Road son hoy tan fotografiadas como cualquier monumento de la ciudad.
Comimos en los puestos del propio mercado, de pie entre la multitud. El tipo de comida que sabe mejor así que en ningún sitio.
La vuelta al aeropuerto ese día tenía un factor de incertidumbre: había huelga en los ferrocarriles londinenses, con reducción notable de servicios. Salimos con margen suficiente, encontramos menos trenes de lo normal pero llegamos a Gatwick con tiempo de sobra. El tiempo de espera transcurrió entre duty-free y un té antes de embarcar.

El vuelo a Bilbao sin incidencias. Seis días de Londres cerrados.














