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Foto del coliseo de Roma

Destinos · Italia · Roma · Norte de Italia

Italia en 9 días: la ruta clásica de Roma a Milán en coche

Roma, Siena, Pisa, Florencia, Bolonia, Venecia y Milán en nueve días. Es la ruta más clásica que Italia puede ofrecer, la hice y funcionó, y hay tres cosas que hoy haría de otra manera.

Lectura de 11 minutos

Hay una ruta por Italia que se repite en miles de itinerarios y que se repite por una razón: funciona. Entrar por Roma, subir por la Toscana, cruzar la Emilia, llegar a Venecia y salir por Milán encadena en poco más de setecientos kilómetros la capital del Imperio Romano, la cuna del Renacimiento, la ciudad construida sobre el agua y la capital económica del país. No hay muchos recorridos en Europa con esa densidad.

Yo la hice en junio de 2006, con un grupo de seis amigos y un monovolumen alquilado, entrando por Roma y saliendo por Milán nueve días después. Este artículo es la ruta tal como la haría hoy, con el reparto de días que creo correcto, lo que aprendimos sobre conducir en Italia y las tres cosas que cambiaría.

La ruta y las distancias

El esqueleto es sencillo y de sentido único: se entra por el sur y se sale por el norte, sin volver sobre los propios pasos.

De Roma a Siena hay unos doscientos treinta kilómetros, dos horas y media por la A1 y luego carretera regional. De Siena a Pisa, algo más de una hora. De Pisa a Florencia, menos de una hora hacia el este. De Florencia a Bolonia, una hora larga cruzando los Apeninos. De Bolonia a Venecia, unas dos horas hasta el aparcamiento de tierra firme. Y de Venecia a Milán, dos horas y media largas.

En total, entre setecientos y ochocientos kilómetros según los desvíos, repartidos en trayectos que en ningún caso pasan de las tres horas. Es una ruta cómoda de conducir: autopistas amplias, señalización clara y paisaje de primera, especialmente el tramo toscano.

Un apunte de logística aérea: esta ruta pide un vuelo de multidestino, entrando por Roma y saliendo por Milán. Sale más barato de lo que la gente cree y evita doscientos kilómetros de vuelta atrás. En el alquiler del coche, en cambio, la devolución en una ciudad distinta lleva un suplemento por one way que conviene consultar antes, porque en algunas compañías es considerable.

El reparto de días que yo haría

Este es el punto en el que discrepo del itinerario que hicimos, y lo digo con conocimiento de causa porque el fallo lo sufrí yo.

Días 1 a 4: Roma. Cuatro noches. Nosotros le dimos dos y fue un error, y no un error menor: dos días en la ciudad con más historia por metro cuadrado del mundo occidental dan para un primer impacto y para nada más. Los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina se nos quedaron fuera por las colas. Con cuatro días caben la zona arqueológica, el Vaticano completo, el centro histórico, el Trastevere y una tarde de iglesias. Tengo tres artículos con los itinerarios detallados de Roma en 1 día, Roma en 2 días y Roma en 3 días.

Día 5: Siena y Pisa, llegando a Florencia. Es una jornada larga pero encaja: salir de Roma temprano, media mañana en Siena, comer, un par de horas en Pisa y llegar a Florencia a media tarde. Siena merece mucho más que media mañana y Pisa merece bastante menos de lo que la gente le dedica; ambas cosas están explicadas en Siena en media mañana y en cuánto tiempo necesitas en Pisa.

Días 6 y 7: Florencia. Dos noches. Con un solo día hay que elegir entre la cúpula de Brunelleschi y los Uffizi, que es exactamente la disyuntiva que partió a nuestro grupo en dos. Con dos días caben las dos cosas más el Oltrarno y el Piazzale Michelangelo con calma.

Día 8: Bolonia de paso, durmiendo en Venecia. Tres o cuatro horas en Bolonia camino del norte, comiendo allí, que es media razón para parar. Llegada a Venecia por la tarde.

Día 9: Venecia. Un día completo. Y aquí va mi recomendación más firme de todo el artículo: duerme dentro de la isla al menos una noche, aunque salga más caro. Entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde Venecia pertenece a los visitantes de un día y a los cruceros; en cuanto se van, la ciudad se vacía de una manera casi teatral. Además, alojarse en la isla exime de la tasa de acceso que se cobra a los visitantes de jornada en determinadas fechas.

Día 10: Milán y vuelo. Si puedes estirar la ruta un día más, hazlo aquí. Nosotros le dimos a Milán poco más que una mañana larga y la ciudad merece un día entero, aunque solo sea porque el paseo por las terrazas del Duomo fue, sin discusión, el momento más memorable de todo el viaje.

Si tu viaje es de nueve días exactos, el ajuste que haría es quitarle una noche a Florencia antes que a Roma.

Conducir en Italia: lo que hay que saber

Esta es la parte que más disgustos evita y la que casi ningún itinerario explica bien.

Las ZTL son el problema número uno. La Zona a Traffico Limitato es un perímetro restringido que existe en el centro histórico de prácticamente todas las ciudades italianas, señalizado con un círculo rojo y vigilado por cámaras automáticas. Si entras sin autorización, la cámara lee la matrícula y la multa llega meses después, a través de la empresa de alquiler, que además cobra su propio recargo por gestionar los datos. Es el error más caro y más común del turista motorizado en Italia, y mucha gente vuelve a casa sin saber que lo ha cometido hasta que llega la carta medio año más tarde.

La regla práctica: no entres nunca en el centro histórico de ninguna ciudad italiana con el coche. Aparca en el perímetro y entra andando o en transporte público. Si tu hotel está dentro de una ZTL, avísale con antelación para que registre tu matrícula; muchos pueden hacerlo, pero hay que pedirlo y no siempre sirve para cualquier acceso. Milán tiene además su propia Área C de pago en el centro.

Las autopistas son de peaje y no son baratas. Se coge un ticket al entrar y se paga al salir; hay carriles de Telepass que no debes usar si no lo llevas. Repartido entre varios ocupantes es asumible, pero en un viaje de setecientos kilómetros suma. El combustible en Italia es también más caro que en España.

El tráfico urbano romano es un mundo aparte. No es la densidad, que ya es considerable: es la lógica. En un semáforo con tres carriles pintados se colocan cinco filas de coches sin que a nadie le parezca anormal, y las scooters se adelantan por cualquier resquicio, por la derecha, por la izquierda y entre dos coches. Salir de Roma conduciendo fue la prueba más estresante de todo nuestro viaje, y eso que lo hicimos con el coche parado dos días en el aparcamiento del hotel, que fue justamente la decisión correcta.

En Venecia el coche deja de existir. No hay coches ni motos ni bicicletas en la ciudad. Se aparca en Mestre, en tierra firme, que es lo barato, o en Piazzale Roma y Tronchetto, que es lo caro, y se entra en tren o andando por el puente.

¿Coche o tren? La pregunta honesta

Aquí es donde más ha cambiado mi opinión con los años, y donde este artículo se separa de la mayoría.

Nosotros alquilamos un monovolumen de siete plazas para seis personas y fue la mejor decisión logística de aquel viaje. La libertad de parar donde quisiéramos, el horario propio, no depender de conexiones, e ir todos juntos con la misma vista por la ventanilla: todo eso tiene un valor que el tren no da. Y dividido entre seis, el coste por cabeza era muy razonable.

Pero conviene decir con claridad para quién funciona esa ecuación y para quién no.

El coche compensa si viajáis cuatro o más personas, si queréis parar en pueblos de la Toscana fuera de la línea del tren, si lleváis mucho equipaje o si el viaje incluye alojamientos rurales. Los gastos se dividen y la flexibilidad se aprovecha.

El tren compensa si viajáis uno o dos, si la ruta es exactamente la de las ciudades grandes, o si os molesta la logística de aparcamientos. Y aquí hay un dato objetivo: esta ruta concreta —Roma, Florencia, Bolonia, Venecia, Milán— coincide casi exactamente con el eje de alta velocidad italiano. Roma-Florencia son noventa minutos en tren, Florencia-Bolonia treinta y cinco, Bolonia-Venecia hora y media, Venecia-Milán dos horas y media. Todo ello con estaciones en pleno centro, sin ZTL, sin aparcamiento y sin peajes.

Los únicos tramos que el tren no cubre igual de bien son Siena y Pisa. Siena no tiene alta velocidad y se llega mejor en autobús desde Florencia; Pisa sí tiene tren directo desde Florencia en una hora.

Si hiciera esta ruta hoy, en pareja, la haría en tren sin dudarlo. En grupo de seis, volvería a coger el monovolumen.

Viajar en grupo: la aritmética del consenso

Una nota que no es logística pero que condiciona el viaje entero.

Éramos seis amigos con años de excursiones compartidas y el viaje funcionó: no hubo peleas ni malos momentos. Pero viajar en grupo implica una negociación en cada encrucijada que reduce el margen individual. Cinco de mis compañeros ya conocían Roma, así que Roma se comprimió a dos días; yo la visitaba por primera vez y me supo a muy poco. En Florencia, ante la única decisión importante del día, el grupo se partió: cuatro a los Uffizi y dos a la cúpula. No fue un conflicto, fue una solución práctica, pero es el tipo de solución que en un viaje de dos personas no hay que buscar.

Si viajáis en grupo, hay dos cosas que ayudan mucho. La primera es acordar de antemano el reparto de días, porque es la decisión que menos margen de rectificación tiene una vez empezado el viaje. La segunda es normalizar desde el principio que el grupo puede dividirse durante unas horas y volver a juntarse: no es un fracaso, es lo que hace que nadie se quede sin ver lo que había venido a ver.

Las tres cosas que cambiaría

Más días en Roma. Es el arrepentimiento principal y el que más veo repetido en itinerarios ajenos. Roma no admite dos días. Le quitaría el tiempo a cualquier otra parada antes que a esta.

Una noche en Siena y otra dentro de Venecia. Son las dos ciudades de la ruta que cambian por completo cuando se marchan los visitantes de jornada. Siena con Il Campo recuperando su escala humana al atardecer, y Venecia a las siete de la mañana con las calles vacías y los repartidores descargando cajas de los barcos, son dos experiencias que ninguna visita diurna da.

Un día entero para Milán. Le dimos poco tiempo porque era la etapa final y porque teníamos el vuelo, y resultó ser la ciudad con la mejor sorpresa de todo el viaje.

Añado una cuarta que ya no aplica pero que dice mucho de la época: aquel viaje lo hicimos sin GPS, y el último día el hotel nos indicó cómo llegar a un aeropuerto de Milán que no era el nuestro. El episodio de buscar Malpensa en el tráfico de primera hora con el tiempo justo fue el momento de mayor tensión del viaje. Hoy eso lo resuelve el móvil, pero conviene comprobar a qué aeropuerto sale tu vuelo, porque Milán tiene tres.

Qué deja esta ruta

Italia agota los superlativos antes de que uno haya terminado de usarlos, y eso puede jugar en contra: cuando todo es extraordinario, se corre el riesgo de que nada lo parezca. Al cuarto día uno pasa por delante de una iglesia del siglo XII sin pararse porque tiene prisa por llegar a otra cosa.

Lo que compensa ese efecto es entender dónde se está. El Imperio Romano, el Renacimiento, la ópera, la perspectiva en pintura, la cúpula como solución arquitectónica: todo eso ocurrió aquí, en estas calles y en estos edificios que siguen en pie y que se pueden tocar. Recorrer esta ruta es leer la historia de Europa en sus fuentes primarias, y eso, con nueve días o con quince, con coche o con tren, en pareja o en grupo de seis, merece el esfuerzo.