
Qué ver en Vilna en 2 días: itinerario completo por la capital de Lituania
Casco antiguo y Užupis el primer día, miradores, mercado y el museo del KGB el segundo.
Dos días es, probablemente, el tiempo ideal para Vilna. Con uno se ve lo esencial y se sale con la sensación de haber pasado de puntillas; con dos da tiempo a recorrer el casco antiguo sin prisa, subir a los miradores, entender la historia reciente del país y asomarse a la ciudad que hay más allá del centro histórico. Si de verdad solo tienes una jornada, la ruta esencial de un día prioriza lo imprescindible.
Este itinerario reparte la ciudad en dos jornadas muy distintas entre sí. La primera se dedica al casco antiguo y a Užupis, con un recorrido continuo a pie. La segunda combina altura, memoria y contemporaneidad: mercado, miradores, el museo instalado en la antigua sede del KGB y el barrio de rascacielos al otro lado del río.
Antes de empezar¶
Cómo moverse
Vilna se recorre a pie casi por completo. Las dos jornadas suman unos doce o catorce kilómetros de caminata repartidos con calma, y solo necesitarás transporte público para ir y volver del aeropuerto.
El casco antiguo es de los más extensos de Europa del Este pero está muy concentrado, así que las distancias reales son cortas. Calzado cómodo, porque hay bastante empedrado, y una capa de abrigo aunque viajes en verano: el clima báltico cambia deprisa.
Dónde alojarse
Lo ideal es dormir dentro del casco antiguo o en su borde inmediato. Las estaciones de tren y autobús quedan a un paseo corto por el sur, lo que resulta muy práctico si vas a encadenar Vilna con otras ciudades.
Los precios son competitivos: un apartamento decente para dos personas en zona céntrica se encuentra por unos treinta y cinco o cuarenta euros la noche en temporada alta. Un consejo aprendido a base de sustos: desconfía de las descripciones que dicen "cerca de" un monumento sin dar dirección exacta, y comprueba siempre la ubicación real en el mapa antes de reservar.
Cuánto cuesta
Estos dos días son muy asequibles. La mayoría de iglesias no cobran entrada, el Portal está en la calle y Užupis es un barrio abierto. Los únicos gastos fijos son la torre de Gediminas, en torno a seis euros, y el museo de las víctimas del genocidio, otros seis.
Para comer barato, aprovecha los supermercados del centro con zona de bufé, donde la comida se paga al peso y hay mesas para sentarse. Comida casera, variada y correcta por poco más de cinco euros por persona. Más trucos en la guía de comer barato en Vilna.
Día 1. El casco antiguo y Užupis¶
De la Puerta de la Aurora al Portal
Empieza por el extremo sur, en la Puerta de la Aurora, el único acceso que se conserva de la antigua muralla y uno de los grandes centros de peregrinación católica del país. Cruzas el arco y estás dentro del casco histórico sin transición.
Baja por Aušros Vartų y Didžioji, que forman la espina dorsal del barrio antiguo. En apenas quinientos metros pasarás por la iglesia de Santa Teresa, la iglesia ortodoxa del Espíritu Santo —cuyo interior verde y dorado merece la parada—, la iglesia uniata de la Santísima Trinidad y la de San Casimiro, el primer templo barroco de Vilna. Desvíate cada vez que veas un portal abierto: los patios interiores son una de las mejores cosas de la ciudad.
A mitad de camino está la plaza del Ayuntamiento y, en ella, el Portal: una pantalla circular que conecta en tiempo real con otras ciudades del mundo mediante una cámara y una retransmisión continua. No hay sonido ni interacción más allá de la imagen. Tú ves lo que ocurre al otro lado y ellos te ven a ti. Es gratis, está en plena calle y tiene un efecto difícil de explicar hasta que lo vives. Tiene guía propia con su historia y los mejores horarios para verlo animado.
La plaza de la Catedral
Continúa por Pilies, la calle más animada del casco antiguo, hasta la plaza de la Catedral. La catedral de Vilna, con su fachada neoclásica de columnas blancas, parece más un templo griego que una iglesia católica, y a su lado se levanta el campanario exento.
Entra y siéntate un rato: es habitual encontrar música en directo o alguna celebración. Y en el pavimento de la plaza busca la baldosa marcada con la palabra stebuklas, milagro, que señala el punto donde terminaba la cadena humana que en 1989 unió Vilna, Riga y Tallin en protesta contra la ocupación soviética.
Comida y tarde en el este del casco antiguo
Después de comer, dirígete al extremo este del casco histórico, donde están juntas la iglesia de Santa Ana y la de San Francisco de Asís. Santa Ana es el edificio gótico de ladrillo más célebre de Lituania, con una fachada de filigrana construida con más de treinta tipos distintos de ladrillo.
A pocos metros queda Literatų gatvė, la calle de la Literatura, una callejuela donde cada placa cerámica está dedicada a un escritor vinculado al país. Son cientos de piezas, obra de artistas distintos, y funcionan como un pequeño museo al aire libre.
Užupis al atardecer
Cruza el río Vilnia y estarás en Užupis, el barrio que en 1997 se declaró república independiente, con su propia constitución, su bandera, su himno y su día nacional. Empezó como una broma de artistas ocupando una zona degradada y hoy es una de las señas de identidad de la ciudad.
Lo esencial está en la constitución, expuesta en placas metálicas traducidas a decenas de idiomas, incluido el español. Sus artículos van de lo absurdo a lo profundamente humano sin transición: el derecho a ser feliz, el derecho a no ser feliz, el derecho de todo perro a ser perro, el derecho a equivocarse. El otro punto de referencia es el ángel de Užupis, del que la historia local cuenta que en su pedestal hubo primero un huevo que teóricamente eclosionó dando lugar a la escultura actual. La guía de Užupis recorre el barrio con más calma.
Con dos días por delante puedes permitirte dedicarle la tarde entera y quedarte a tomar algo en una de las terrazas junto al río. Es el mejor cierre posible para la primera jornada.
Para cenar, un restaurante de cocina tradicional lituana. Prueba la šaltibarščiai, la sopa fría de remolacha con kéfir, de un rosa fucsia imposible y servida con patatas cocidas calientes al lado, y los cepelinai, las albóndigas de patata rellenas de carne que son el plato nacional.
Día 2. Miradores, memoria y la Vilna contemporánea¶
La segunda jornada es más variada y, para mi gusto, la que de verdad explica la ciudad.
El mercado de Halės
Desayuna en el mercado de Halės, el mercado cubierto histórico de Vilna, inaugurado a finales del siglo XIX y todavía plenamente vivo. Bajo su estructura de hierro y cristal conviven los puestos de siempre —carne, pescado ahumado, encurtidos, quesos, miel, setas, bayas del bosque— con una zona de comida preparada de todo el mundo.
Es el mejor sitio de la ciudad para entender de un vistazo qué come de verdad la gente aquí: mucho encurtido, mucho ahumado, mucha remolacha y mucho pan negro.
La torre de Gediminas
Cruza el casco antiguo hasta el pie de la colina del castillo, coronada por la torre de Gediminas, el resto más visible del castillo alto de Vilna y el símbolo por excelencia del Estado lituano. Hay funicular, pero la subida a pie es corta y merece la pena.
Arriba hay una explanada con vistas de 360 grados desde la que se entiende Vilna de un vistazo: el mar de tejados rojos y campanarios a un lado, el bosque que ocupa buena parte del centro geográfico de la ciudad, el meandro del río y, al fondo, los rascacielos de cristal del barrio de negocios.
El mirador de las Tres Cruces
Desde el castillo, sigue caminando hasta el mirador de las Tres Cruces. El paseo atraviesa el parque Kalnai por senderos entre árboles, con muy poca gente alrededor, y cuesta creer que estés en pleno centro de una capital europea. Son unos veinte minutos.
El monumento de las tres cruces blancas fue levantado en el siglo XVII en memoria de unos frailes franciscanos martirizados, demolido por las autoridades soviéticas en 1950 y reconstruido en 1989, en pleno proceso de recuperación de la identidad nacional. Hoy es a la vez mirador turístico y símbolo político, y las vistas son incluso mejores que las de la torre de Gediminas.
El museo de las víctimas del genocidio
Reserva la tarde para la visita más importante de la ciudad: el museo instalado en la antigua sede del KGB, en la avenida Gediminas.
El edificio fue cuartel general de la Gestapo durante la ocupación nazi y después, durante décadas, sede de los servicios de seguridad soviéticos. En sus sótanos se interrogó, se torturó y se ejecutó. El recorrido incluye las celdas originales, la celda acolchada, la sala de ejecuciones y la documentación sobre las deportaciones masivas a Siberia que se llevaron por delante a decenas de miles de lituanos.
Es una visita dura y necesaria. Calcula al menos dos horas y no la programes a última hora del día, porque conviene salir de ahí con tiempo para digerirla caminando. La entrada ronda los seis euros por persona.
Ninguna otra parada de Vilna explica mejor por qué estos países miran hacia el este con la prevención con la que lo hacen y por qué la independencia se vive aquí como algo que todavía hay que cuidar.
Šnipiškės y los rascacielos
Después de una visita así conviene cambiar de registro, y la mejor manera es cruzar el río Neris hacia Šnipiškės, el barrio de negocios.
Aquí no hay absolutamente nada turístico: torres de oficinas, cristal, hormigón y las sedes de varias empresas tecnológicas. Y precisamente por eso resulta interesante. Lituania ha pasado en treinta años de la órbita soviética a ser uno de los centros de innovación digital de la Unión Europea, y ese salto tiene una traducción arquitectónica que se ve mejor aquí que en ninguna otra parte.
Cenar en un local de barrio de esta zona, rodeado de gente que sale de trabajar, es una manera excelente de terminar viendo la ciudad real y no la de postal.
Vuelve cruzando el Puente Verde, que hasta 2015 estaba coronado por cuatro grupos escultóricos de realismo socialista soviético, retirados aquel año en medio de una polémica considerable. Los pedestales vacíos siguen ahí, y esa ausencia dice tanto como decían las estatuas.
Alternativas para el segundo día¶
Si el museo del KGB no encaja con tu manera de viajar o vas con niños, hay dos sustituciones que funcionan muy bien.
La antigua prisión de Lukiškės, cerrada hace pocos años y reconvertida en espacio cultural con bares, terrazas, estudios de artistas y programación de conciertos, se puede recorrer libremente por la zona de ocio y ofrece además visitas guiadas al interior que hay que reservar con antelación. El contraste entre la arquitectura carcelaria y el ambiente de las terrazas es muy sugerente.
La otra opción es dedicar la tarde a los museos de la avenida Gediminas y al Museo Nacional de Lituania, junto a la colina del castillo, que ofrece un recorrido general por la historia del país mucho más amable que el del edificio del KGB.
Y si tienes un tercer día¶
Con dos jornadas Vilna queda muy bien cubierta, pero el país está a mano y las excursiones son baratas y sencillas.
Trakai, con su castillo gótico de ladrillo rojo sobre una isla del lago Galvė, está a media hora en tren y poco más de tres euros por persona. Kaunas, la segunda ciudad del país y antigua capital provisional, queda a algo más de una hora y tiene material de sobra para una jornada completa.
Cualquiera de las dos convierte una escapada urbana en una idea bastante completa de lo que es Lituania.