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Oporto sin colas: qué hacer cuando lo famoso está lleno
Oporto se ha convertido en uno de los destinos más visitados de Europa y hay días en que sus lugares más célebres son una masa de gente donde no se puede ni mirar. La buena noticia es que a cinco minutos andando de cada punto saturado hay una alternativa mejor, más tranquila y a menudo gratis. Esta es la lista de sustituciones que a mí me ha funcionado en dos viajes, y el criterio para decidir cuándo entrar y cuándo seguir de largo.
El problema y el criterio¶
Hay un momento en la vida de todo destino popular en que sus lugares más fotografiados dejan de funcionar como lo que son. Una librería en la que no puedes detenerte a leer el lomo de un libro ha dejado de ser una librería y se ha convertido en un plató. Un mirador en el que hay que hacer cola para asomarse a la barandilla ya no es un mirador, es una atracción con espera.
Oporto está a medio camino de ese proceso. Todavía es una ciudad manejable y con vida propia, pero tiene cinco o seis puntos concretos donde la saturación es real, y esos puntos son precisamente los que aparecen en todas las listas. Lo que sigue no es una queja: es una estrategia.
Mi criterio, después de dos viajes, es sencillo. Ante un sitio abarrotado, hay tres opciones posibles: ir a otra hora, entrar de todos modos porque de verdad lo merece, o cambiarlo por otra cosa. Casi siempre la tercera es la mejor, y la razón es que en Oporto las alternativas no son premios de consolación, sino sitios que a menudo dan más que el original.
La Livraria Lello: el caso más claro¶
La librería más famosa de Portugal es el ejemplo perfecto. Inaugurada en 1906, con su escalera roja de madera tallada, su vidriera y sus estanterías hasta el techo, es genuinamente espectacular. También es el sitio donde puedes acabar haciendo hora y media de cola para entrar en un espacio pequeño donde no cabe nadie más y donde hacerse una foto sin veinte personas alrededor es imposible.
Yo la he tenido delante dos veces y no he entrado ninguna, y no me arrepiento. Si quieres hacerlo, hazlo bien: compra la entrada online con antelación y elige la primera franja del día, cuando la librería abre, o la última de la tarde. A media jornada es sencillamente inviable disfrutarla.
Y si decides no entrar, la alternativa está a un minuto: la fachada del Carmo, con su enorme panel de azulejos de 1912, la casa más estrecha de la ciudad encajada entre los dos conventos y las calles del entorno de la Universidad, que son de las más agradables del centro. Para librerías de verdad, con estanterías donde se puede curiosear, el barrio de Cedofeita y la zona de la Rua Miguel Bombarda tienen varias muy dignas y ni una cola.
La Torre dos Clérigos: pagar por una vista en una ciudad llena de miradores¶
Los setenta y cinco metros de la torre de Nasoni ofrecen una panorámica de trescientos sesenta grados que ningún otro punto de la ciudad da. El problema es lo que cuesta llegar arriba: entrada de pago, cola frecuente y una escalera de caracol estrecha, empinada y con doble sentido en la que se avanza a paso de procesión.
Aquí la alternativa es abrumadora, porque Oporto es una ciudad de miradores gratuitos. El Terreiro da Sé domina el laberinto de tejados y el río; el Jardim do Morro y la terraza del Mosteiro da Serra do Pilar, en la otra orilla, dan la vista canónica y la aérea del puente; y luego están los que casi nadie pisa, como el Miradouro da Vitória, el Passeio das Fontainhas o el Passeio das Virtudes.
Mi recomendación es la misma que doy en la guía de los mejores miradores de Oporto: en un viaje corto, no subas a los Clérigos. Con cuatro días o más, sube a primera hora de la mañana, cuando no hay nadie.
La Ribeira: el mejor sitio para pasear, el peor para comer¶
La Ribeira es imprescindible y hay que verla, pero conviene tener claro qué es. Es la fachada escaparate de la ciudad, con las terrazas más caras, los menús traducidos a cinco idiomas y una densidad de gente que a mediodía en temporada alta resulta agotadora.
Para pasear y sentarse a mirar el río sigue siendo estupenda, sobre todo a primera hora de la mañana, cuando los repartos todavía están descargando, y de noche, cuando cambia por completo: terrazas llenas de gente cenando, músicos callejeros y una iluminación que saca detalles invisibles de día, gárgolas góticas, escudos tallados, argollas de amarre.
Para comer, en cambio, hay opciones mucho mejores a poca distancia. Las calles interiores que suben desde el río, la zona de Bolhão y Santa Catarina y, sobre todo, Matosinhos, donde está el mercado de pescado que abastece a media ciudad y una calle entera de asadores a precio de barrio, tal y como cuento en la guía de Matosinhos. Es el mismo pulpo y las mismas sardinas, sin el sobreprecio del escenario.
El Café Majestic y los cafés de verdad¶
El Majestic abrió en 1921 y es uno de los cafés belle époque mejor conservados de Europa, con sus espejos, sus molduras doradas y sus camareros de chaqueta blanca. También tiene cola en la puerta durante buena parte del día y una cuenta considerablemente por encima del mercado, en buena medida por su presunta relación con J. K. Rowling.
Asomarse por el cristal ya da la medida del sitio, y sinceramente creo que es suficiente. Si lo que quieres es el ritual del café portugués —un cimbalino, que es como llaman aquí al espresso, tomado de pie en la barra por menos de un euro— cualquier cafetería de barrio del centro te lo da mejor y con conversación de parroquianos de fondo.
Lo mismo vale para el Mercado do Bolhão, que ha reabierto tras años de obras y funciona muy bien, pero que en horas punta se llena de grupos. La solución es ir a primera hora, que además es cuando un mercado tiene sentido.
Los sitios que sustituyen y superan¶
Hasta aquí las sustituciones defensivas. Pero hay un puñado de lugares en Oporto que no son alternativas a nada: son, sencillamente, mejores que muchas de las paradas obligatorias, y tienen la ventaja de estar vacíos.
El primero es el Passeio das Fontainhas, un camino elevado sobre la ribera en el extremo oriental del centro, flanqueado por construcciones humildes y jardincillos improvisados, con vistas directas al Duero y al puente. Yo pasé allí un atardecer entero, absolutamente solo, viendo el río teñirse de naranja mientras se encendían las luces del puente una a una, y es uno de los recuerdos más nítidos que tengo de la ciudad.
El segundo es el Armazém, un antiguo pabellón industrial en la zona oeste, cerca de la antigua aduana, reconvertido en espacio de tiendas de antigüedades. Varios vendedores con sus colecciones de muebles, libros y objetos ocupando el espacio con ese caos ordenado de los buenos mercados de anticuarios, y en un rincón un bar con terraza decorado con piezas rescatadas de viejas cafeterías portuguesas. Encontré ese sitio por casualidad en mi primer viaje y volví en el segundo, que es el mejor elogio que puedo hacerle.
El tercero no tiene nombre concreto, y ese es justamente el punto. En las laderas que bajan hacia el río, entre las Fontainhas y la catedral, hay pasajes, escalinatas y jardines diminutos que no aparecen en ningún mapa: uno de ellos lo encontramos bajando de las Fontainhas por un pasaje entre edificios, con bancos de piedra gastados, árboles grandes y silencio en pleno centro. Ese tipo de hallazgo solo ocurre cuando caminas sin destino, y es la razón principal por la que Oporto merece más de dos días.
La estrategia del horario y del calendario¶
Más allá de las sustituciones, hay dos palancas que resuelven el noventa por ciento del problema. La primera es la hora. Los sitios de pago están vacíos en la primera franja de la mañana y en la última de la tarde, y llenos entre las once y las cinco. Los miradores del casco antiguo mejoran mucho a partir de las seis. Y la Ribeira es dos ciudades distintas a las nueve de la mañana y a las dos de la tarde.
La segunda es el calendario. Oporto en diciembre, fuera de los puentes largos, está tranquila de una manera que hoy resulta difícil de encontrar en Europa: sin colas en ningún sitio, con espacio para detenerse a mirar y con esa sensación de que la ciudad te pertenece un poco. Yo lo viví así durante cuatro días seguidos, y el quinto, con la llegada del puente de la Constitución y de miles de visitantes españoles, la ciudad amaneció con otra densidad, otro ritmo y otro ambiente. No era desagradable, pero era otra cosa. Si puedes elegir fechas, llega antes del puente y no durante.
Y una advertencia sobre el propio consejo¶
Conviene ser honesto con una paradoja: cada vez que alguien publica una lista de sitios tranquilos, esos sitios dejan de serlo un poco. Las Fontainhas, la Vitória o el Armazém están hoy menos vacíos de lo que estaban en 2019, y buena parte de la culpa la tenemos quienes escribimos sobre ellos.
Así que el consejo más útil no es una lista sino un método: camina sin destino, coge la calle que sube en lugar de la que todos bajan, aléjate diez minutos del punto marcado en el mapa y mira lo que aparece. En una ciudad con esta topografía y esta densidad de rincones, ese método funciona siempre, y funciona incluso el día que todo lo famoso esté hasta arriba.
Cómo encajar todo esto en un viaje concreto está en los itinerarios de un día, dos días y una semana, y en la guía completa de qué ver en Oporto. Los descubrimientos casuales que menciono aquí están contados sobre el terreno en los diarios de mis dos viajes, el de 2019 y el de 2022.