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Una pasarela de madera lleva hasta la fachada acristalada y curva de la Cité de la Bande Dessinée de Angulema, que refleja los edificios de enfrente, encajada entre antiguos almacenes de piedra y arbolado.

Diarios de viaje · Francia · Sur de Francia

Angulema, el viaje que recuerdo con nitidez

Hay ciertos viajes que permanecen en la memoria con especial nitidez, no necesariamente por tratarse de grandes destinos turísticos, sino por ese equilibrio perfecto entre la compañía, el momento vital y el descubrimiento pausado de lugares con encanto. Nuestra escapada a Angulema en Semana Santa de 2011 fue precisamente uno de esos viajes que, aún hoy, evoco con una sonrisa.

3 días Lectura de 12 minutos

Día 1. Cognac y llegada a Angulema

Salimos de Bilbao el miércoles por la mañana, cinco en un Ford Fiesta con el maletero lleno y las ventanillas empañadas. Era la Semana Santa de cada año: el mismo coche, el mismo grupo, un destino distinto. El cruce de frontera llegó en un par de horas y después vinieron las planicies del suroeste francés, casi sin relieve, con esas explotaciones agrícolas enormes que no se parecen en nada al paisaje vasco. Paramos a tomar café en alguna salida de autopista sin nombre y llegamos a Cognac poco antes de las tres de la tarde.

La primera impresión de Cognac es la de una ciudad pequeña que huele a algo que no se sabe identificar bien. Lo que se sabe después es que ese olor es el hongo. Un hongo negro, el Baudoinia compniacensis, crece sobre fachadas, muros y tejados alimentándose de los vapores de alcohol que escapan durante el envejecimiento del destilado. En Cognac lo llaman la part des anges, la parte de los ángeles: la porción de líquido que cada barrica pierde cada año por evaporación. El resultado visible es una ciudad manchada de negro en los edificios más viejos, especialmente cerca de las destilerías, un efecto que al principio resulta extraño y después parece completamente natural.

Calle comercial del centro histórico de AngulemaCasa tradicional con entramado de madera
Descubriendo Cognac

Pasamos más de cuatro horas recorriendo el centro histórico. Las calles adoquinadas del casco antiguo están flanqueadas por edificios de piedra caliza del XVI al XVIII, muchos de ellos con esa pátina oscura que solo da el hongo. El río Charente corre tranquilo junto a las instalaciones de las grandes casas, que llevan aquí siglos. Hennessy la fundó un irlandés en 1765, junto al río, y sus almacenes siguen ahí. Martell es la más antigua de todas, 1715, con jardines interiores que no invitan a imaginar nada especialmente romántico sino a entender por qué Cognac funciona como funciona: espacio, tiempo y madera. Rémy Martin tiene el centauro como símbolo; Courvoisier se adjudica haber sido el favorito de Napoleón, aunque eso lo dicen muchos. No hicimos visitas completas a ninguna, no había tiempo, pero pasear por delante de las entradas ya da una escala del asunto.

El Château de Cognac, también conocido como Château de Valois, está justo a orillas del río. Francisco I nació aquí en 1494; hoy alberga las bodegas de Baron Otard. Subimos a la Place François 1er, con la estatua del rey en el centro, y paramos en una terraza. Pedí un pineau des Charentes, que es la bebida local por excelencia: mosto de uva mezclado con cognac joven, dulce y suave, un aperitivo que tiene muy poco que ver con el destilado envejecido pero que sabe perfectamente a la región.

Placa de piedra dedicada a la historieta en AngulemaPersona frente a una iglesia en una plaza del casco históricoFachada decorada con una ilustración relacionada con el cómicPatio de un edificio histórico con soportales
Descubriendo Cognac

Retomamos la carretera ya avanzada la tarde. En menos de una hora apareció Angulema sobre su meseta: la catedral recortada contra el cielo, los muros del casco histórico asomando sobre el valle del Charente. Llegamos al hotel hacia las 19:30, dejamos el equipaje y salimos a dar una primera vuelta antes de cenar.

La luz del atardecer era buena para la piedra clara de los edificios. Vimos el Ayuntamiento, obra de Paul Abadie, con sus torres gemelas y su escalinata de estilo neogótico. El Palacio de Justicia, con su fachada neoclásica mirando a una plaza abierta. Y entonces, casi por casualidad al doblar una esquina, la primera fachada pintada: una escena de cómic a escala de edificio, con un trazo limpio y colores planos que en nada desentonaban con los adoquines y la piedra. No habíamos buscado nada de eso. Un poco más adelante, en un pequeño jardín, el busto de Hergé.

Cenamos en un bistró cerca de la Place du Minage. Farci poitevin, galettes charentaises, vino de la zona. La conversación giró sobre lo que había que ver al día siguiente.

Edificio histórico de piedra con torreEdificio clásico con columnas en AngulemaPaseo arbolado hacia un monumentoCalle con murales y edificios históricosEscultura de una cabeza en una plazaFachada decorada con un mural de cómic
El Ayuntamiento, el Palacio de Justicia y la primera fachada pintada, en el paseo del atardecer de llegada
Panorámica de Angulema desde un punto elevado

Día 2. Un día completo en Angulema

Desayunamos sin prisas y bajamos hacia el río. El casco histórico de Angulema está sobre una meseta caliza con restos de muralla del siglo XIII, y para llegar al nivel del Charente hay que descender por callejuelas empinadas con escalones de piedra. Las perspectivas desde esos pasos son buenas: la ciudad encaramada arriba, el valle ancho abajo.

A media mañana llegamos a la Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l'Image, el Museo del Cómic. El edificio es un antiguo almacén de vinos rehabilitado a orillas del río, con vigas de hierro vistas y ventanales que entran luz natural. Ya desde fuera merece atención.

Calle del centro de Angulema con una torre medieval al fondoMercado cubierto con puestos de frutas y verduras
Recorriendo Angulema

Dentro hay más de 8.000 planchas originales y una biblioteca de 40.000 álbumes. La exposición permanente arranca con los precursores de finales del XIX, Töpffer, Busch, Colomb, y avanza cronológicamente por la escuela franco-belga, el manga japonés y el cómic estadounidense. La sección de la edad de oro franco-belga tiene vitrinas con originales de Astérix, de Tintín, de Spirou y Fantasio. Lo que se ve en los originales y no en las páginas impresas son los trazos a lápiz debajo, las correcciones, las anotaciones en los márgenes. El proceso, no solo el resultado. Había también una sección sobre la evolución tecnológica del medio, del entintado tradicional a la coloración digital. Los paneles explicativos estaban en francés, inglés y castellano, lo que ayudó.

Era yo el mayor aficionado al cómic del grupo, así que probablemente disfruté más que los demás, o al menos de forma más intensa. Pero todos reconocimos personajes de la infancia y todos acabamos con más tiempo del previsto dentro. Las dos horas que habíamos calculado se alargaron entre explicaciones y debates sobre los personajes favoritos de cada uno.

Estatua junto a un puente y vegetaciónPersona en el interior de un espacio expositivo
La cité de la bande dessinée

Al salir, la tienda del museo. Para cualquier aficionado al cómic es un sitio peligroso: álbumes, figuritas, material de dibujo, y una selección de pósters de portadas clásicas del cómic europeo. Me quedé con dos láminas: una escena urbana con un automóvil rojo y arquitectura detallada, y una escena de ciencia ficción espacial con personajes pelirrojos y un planeta de fondo. Ambas del estilo franco-belga, coloridas y con un nivel de detalle que aguanta bien en grande.

El problema era el idioma. El dependiente solo hablaba francés, yo tenía cuatro palabras de francés, así que la negociación fue una mezcla de inglés básico, castellano gesticulado y risas compartidas. Él tuvo una paciencia notable. Al final salí con los pósters enrollados en un tubo protector, satisfecho de haber completado la operación. Esas láminas llevan ya enmarcadas en casa desde que volvimos.

Obras de arte expuestas en el interior de una vivienda
Los posters del Museo del Cómic de Angulema ya decorando mi casa en Bilbao

Después del almuerzo, la ruta de las murallas pintadas. Angulema tiene más de 24 murales repartidos por la ciudad, algunos en fachadas enteras de edificios de varios pisos. El recorrido oficial tiene su lógica, pero nosotros lo seguimos de forma bastante libre, asomando por calles secundarias para ver si había algo que el plano no marcaba. La mayoría sí estaban señalizadas, con un panel informativo junto a cada obra.

Lo que distingue estos murales de cualquier decoración turística es que están bien hechos. Los artistas aprovecharon las particularidades de cada fachada, las ventanas, los salientes, las proporciones del edificio, para integrar la composición. El de Corto Maltés, el marinero aventurero de Hugo Pratt, está en una posición que domina una calle entera. La gorra de capitán, la mirada hacia ningún sitio concreto. El trazo de Pratt es muy reconocible y trasladarlo a esa escala sin que se rompa es un trabajo de verdad. El mural de Los cigarros del faraón reprodujo una escena completa de Tintín con fidelidad a la línea clara de Hergé.

El sol primaveral acompañó toda la tarde. El contraste entre los edificios medievales y renacentistas y estas pinturas contemporáneas no chirriaba en absoluto, que es lo más sorprendente.

Ventanas decoradas con personajes de cómicFachada con mural de cómic y escenas ilustradasPersonaje de cómic representado en una ventanaEdificio con un gran mural artístico en la fachada
Las fachadas pintadas de Angulema

Terminamos la jornada en la iglesia de Notre-Dame d'Obézine, románico del siglo XII. La fachada occidental tiene tres registros de arcadas superpuestas con esculturas que narran historias bíblicas: el tímpano central muestra un Cristo en Majestad con los símbolos de los cuatro evangelistas, el Juicio Final en piedra. Las columnas llevan figuras de santos y apóstoles, con ese estilo de transición entre el románico puro y los primeros indicios del gótico. El interior es austero, bóveda de cañón, ventanales estrechos, capiteles con motivos vegetales.

Desde la plaza frente a la iglesia, con la luz ya baja, vimos encenderse las primeras luces de la ciudad.

Iglesia de estilo gótico en Angulema
Notre-Dame d'Obézine
Plaza del centro histórico rodeada de edificios

Día 3. Visita a Burdeos y regreso a casa

El viernes salimos sin prisas. Antes de cargar el coche dimos una última vuelta por las calles empinadas de Angulema, fotografiando algunas fachadas pintadas que se nos habían escapado los días anteriores. Había una en una calle estrecha cerca del hotel que no habíamos visto, con un trazo más contemporáneo que los murales del recorrido oficial. Angulema tiene esas cosas.

Pusimos rumbo norte hacia Burdeos. La carretera entre las dos ciudades es directa, poco más de cien kilómetros por la A10, y llegamos a mediodía.

Burdeos es una ciudad que he visitado varias veces y siempre funciona. El casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2007, y es el conjunto urbano del siglo XVIII más extenso de Europa, lo que en la práctica significa que puedes pasear durante horas por manzanas enteras de fachadas de piedra dorada sin que la uniformidad canse. El río Garona corre junto al centro histórico con esa anchura de río navegable que pocas ciudades interiores tienen.

Empezamos por la Puerta de Borgoña, antigua entrada a la ciudad, y desde allí recorrimos la Rue Sainte-Catherine, la calle comercial peatonal más larga de Europa con sus más de un kilómetro de tiendas y cafés. Llegamos a la Place de la Bourse y al Miroir d'Eau, el espejo de agua instalado en 2006 frente al palacio neoclásico. La lámina de agua tiene apenas unos centímetros de profundidad y refleja la fachada con una precisión que el río no puede dar. Cada veinte minutos el sistema lanza una niebla fina que envuelve a la gente que está dentro. Los niños lo aprovechan más que los adultos.

Almorzamos en un bistró tradicional. Entrecot a la bordelesa, reducción de vino tinto con chalotas, un Saint-Émilion de una bodega pequeña. Burdeos no es solo una ciudad para ver.

Después del almuerzo, más paseo por la ribera del Garona y por los jardines públicos, un oasis diseñado en el siglo XVIII que conserva su trazado original. Pasamos también frente a la Catedral de San Andrés y su torre separada, la Tour Pey-Berland. No subimos los 231 escalones.

Calle peatonal del centro histórico con comerciosEscultura de tortuga en una plaza
Burdeos

Ya entrada la tarde retomamos la carretera hacia Bilbao. Las Landas francesas son planas y monótonas, kilómetros de pinos que no cambian. La conversación en el coche giró sobre los días anteriores: los murales, el museo, Cognac y su olor a hongo. Cruzamos la frontera al atardecer, con la luz naranja sobre las laderas del País Vasco. Llegamos a Bilbao a última hora de la noche.

Calle estrecha junto a edificios antiguos

Conclusiones de mi visita a Angulema

Un rincón de Francia que nos robó el corazón

Han pasado unos días desde que volvimos y todavía tengo ciertos momentos muy presentes. El olor de Cognac, que no se parecía a nada que hubiera olido antes y que tardé en entender que venía del hongo. La escala de los murales de Angulema, que en fotografía no se transmite igual que estando de pie en la acera mirando hacia arriba. Y la sensación de haber elegido bien el destino, que tampoco es algo que ocurra siempre.

Angulema funciona de una manera que resulta difícil de explicar antes de ir. La ciudad tiene una catedral románica, murallas medievales, edificios neoclásicos del XIX, y encima de todo eso ha decidido que el cómic es su identidad. Y no lo ha hecho de forma forzada: los murales no son decoración de feria sino obra encargada a artistas que conocen el medio. El museo es uno de los mejores del género en Europa. El Festival Internacional, que se celebra cada enero, lleva desde 1974 convirtiendo la ciudad en el centro mundial de la industria durante unos días. Todo eso tiene coherencia.

Obras de arte expuestas en el interior de una vivienda
Los pósters que me acompañaron de vuelta a casa

Para mí, que llevo leyendo cómic desde la infancia, encontrarme con una ciudad entera que trata el noveno arte como patrimonio cultural fue lo más cercano a una visita de peregrinación. Los dos pósters que compré en la tienda del museo, después de la negociación gesticulada con el dependiente, ya están enmarcados en casa. Cada vez que los miro recuerdo el museo, las planchas originales con los trazos a lápiz debajo de la tinta, y la escala de los murales en las fachadas.

El buen tiempo ayudó. Esta Semana Santa tuvo días luminosos y temperaturas de primavera real, lo que permitió pasear sin abrigo, tomar café en terrazas y llegar a los miradores con visibilidad limpia sobre el valle del Charente. Con lluvia la ciudad también tendría sus atractivos, el museo, la catedral, los interiores, pero el buen tiempo añadió otra capa.

El ritmo de Angulema también tuvo que ver. No es un destino masificado. No había colas en ningún sitio, podíamos detenernos delante de un mural el tiempo que quisiéramos sin que nadie nos empujara, y en los restaurantes el servicio tenía esa tranquilidad de quien no tiene doscientas mesas que rotar. Eso se agradece.

Hay un momento del segundo día que recuerdo bien. Estábamos frente a uno de los murales grandes cuando un hombre mayor se paró a nuestro lado y, en un castellano bastante bueno, nos explicó que había trabajado como entintador para editoriales de cómic en los años setenta. Dedicó media hora a contarnos técnicas, anécdotas y detalles del oficio. No lo habíamos buscado, simplemente ocurrió.

Cuando salimos de Burdeos el viernes por la tarde ya teníamos las botellas de cognac en el maletero, los pósters en el tubo protector y unas cuantas fotografías decentes. Y la conversación en el coche de vuelta fue sobre todo lo que quedaba por ver: el Festival de enero, los murales que no habíamos encontrado, si valía la pena volver en otra época del año. Buena señal.

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