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Shanghái entre rascacielos y jardines
En octubre de 2010, Shanghai me abrió sus puertas durante ocho días inolvidables. Entre rascacielos futuristas y jardines milenarios, entre la grandeza de la Expo y encuentros inesperados con un pedacito de Bilbao en el otro extremo del mundo, esta ciudad me enseñó que viajar es mucho más que cambiar de lugar: es cambiar de perspectiva.
Porqué viajar a Shanghai¶
Cuando la Expo y la fascinación por el Oriente se encuentran
Un año antes había estado en Hong Kong, y esa ciudad me había dejado algo que me costaba sacudir. La mezcla de rascacielos sobre bahías de agua verde, los transbordadores, el mercado nocturno de Temple Street, la sensación de que la ciudad no necesitaba dormir. Cuando volví a Bilbao seguí pensando en ella durante semanas.
Así que en 2010, cuando empezó a circular la noticia de que Shanghai acogería la Exposición Universal de mayo a octubre, la decisión se tomó prácticamente sola. Había estado en la Expo 92 de Sevilla recién entrado en la universidad y en la de Lisboa en el 98, y aún recordaba ese efecto particular que tienen: pabellones de países que nunca visitarás, tecnologías que parecen del futuro, la sensación de que el mundo cabe en un recinto ferial. La de Shanghai prometía ser la mayor de la historia.
Pero el visado frenó los planes antes de que arrancase. Para Hong Kong no había necesitado nada, siendo ciudadano europeo entras sin más. China continental es otra historia. El trámite no se podía hacer por internet en 2010, había que presentarse físicamente en la Embajada China en Madrid, con el pasaporte en mano. Llamé a mi hermano, que vivía allí por aquel entonces, le expliqué la situación y le mandé el pasaporte por mensajería. Él hizo las gestiones en la embajada y me lo devolvió con el visado sellado. Sin ese favor no habría viaje.
El vuelo lo saqué directamente: salida de Bilbao el martes 19 de octubre con escala en Charles de Gaulle, llegada a Pudong el miércoles 20 a las 16:20 hora local. 821,51€ ida y vuelta. El hotel lo reservé por mi cuenta también, el Zhao An en Heng Tong Road, 238 dólares para toda la semana. Ocho días en total.
El plan era tan ambicioso como vago: el Bund, los miradores de Pudong, la Concesión Francesa, algún templo, el jardín clásico, y un día entero para la Expo. Moverme solo por una ciudad de veinticuatro millones de habitantes donde nadie habla inglés era parte del atractivo, aunque también fuente de cierta inquietud antes de salir. Ya me las arreglaría sobre el terreno.

Día 1. Aterrizando en el gigante asiático¶
El vuelo de París a Shanghai dura unas once horas. Salí por la tarde del martes desde Bilbao, hice la escala en Charles de Gaulle con tiempo justo, y embarqué en un avión rumbo al este que cruzó Rusia de noche. No dormí bien. El tipo de al lado roncaba, las turbulencias aparecieron en algún punto sobre Siberia, y la pantalla del asiento no dejaba de mostrar un mapa con un avióncito que avanzaba a una velocidad que parecía burlarse del tiempo.
Shanghai está seis horas por delante de la hora española de verano. Cuando aterricé en Pudong International el miércoles 20 de octubre, con aproximadamente una hora de retraso, mi cuerpo creía que eran las diez de la mañana pero los relojes del aeropuerto marcaban las cinco de la tarde. Ese desfase tiene un efecto raro: no es exactamente cansancio, es más una especie de desorientación flotante, como si estuvieras levemente anestesiado.
El aeropuerto de Pudong es enorme y funciona con una eficiencia sorprendente. Las señales en inglés estaban por todos lados y el control de inmigración fue más rápido de lo esperado, aunque la cola tenía un centenar de personas. Lo que sí noté nada más salir de la zona de llegadas fue el calor. Octubre en Shanghai no es otoño europeo: el termómetro estaba por encima de los veinte grados y el aire tenía esa humedad densa que pesa en el pecho.
Estuve mirando el panel de transporte unos minutos. Existía la opción del maglev, el tren de levitación magnética que conecta el aeropuerto con la estación de Longyang Road a 431 kilómetros por hora. Treinta kilómetros en siete minutos, el tren comercial más rápido del mundo. Pero después de tantas horas de vuelo, la idea de hacer transbordo en Longyang y orientarme con el metro cargando la mochila me pareció innecesariamente heroica. Cogí un taxi.
Fue mi primera lección sobre Shanghai: el tráfico de la autopista hacia el centro a última hora de la tarde es un animal aparte. Coches, motos eléctricas que circulaban en silencio por los arcenes, camionetas sin aparente prisa ni intención de frenar. El taxista avanzaba con esa confianza específica del que conoce los códigos no escritos de la carretera. Yo miraba por la ventanilla. La ciudad se iba construyendo sola a medida que nos acercábamos: primero bloques residenciales idénticos perdiéndose en la bruma de polvo y humedad, luego grúas, luego más grúas, y de repente, sin avisar, la silueta de los primeros rascacielos recortándose contra el cielo anaranjado del atardecer.
El Hotel Zhao An estaba en el número 195 de Heng Tong Road, en el distrito de Jing'an. Un hotel pequeño, sin pretensiones, habitación limpia con ventana a la calle. Dejé la mochila en el suelo y me quedé un momento sentado en el borde de la cama. Había llegado.
La sensatez decía que lo correcto era cenar algo y dormir. La curiosidad ganó el debate en menos de diez minutos. Bajé a dar una vuelta por el barrio. Era ya de noche, pasadas las siete, y la calle tenía esa vida particular de los barrios chinos de noche: comercios abiertos con la puerta de par en par, fluorescentes blancos que iluminaban cajas de fruta y estantes de artículos de limpieza, gente que cenaba en taburetes bajos en la acera, el olor a aceite caliente y anís estrellado saliendo de algún sitio que no llegué a identificar. Los carteles eran todos en chino. Ninguna concesión al turista.
Caminé unas cuatro manzanas sin rumbo fijo, sin intentar orientarme. Solo mirar. El calor seguía siendo notable para ser las nueve de la noche de octubre. En algún momento me metí por un callejón y tardé unos minutos en encontrar la salida, pero tampoco era un drama. Cuando volví al hotel tenía el suficiente desorden mental como para no tardar nada en dormirme.
Los sonidos del exterior se filtraban por la ventana: bocinas en la distancia, voces en mandarín, algún motor. Shanghai no es una ciudad que cierre del todo.

Día 2. Entre el pulmón verde y el skyline más impresionante del mundo¶
Dormí diez horas seguidas. Cuando desperté el jueves por la mañana el jet lag había desaparecido casi del todo y Shanghai esperaba al otro lado de la ventana con un cielo claro y una temperatura que prometía ser agradable. El plan del día era caminar desde People's Park hasta el Bund siguiendo Nanjing Road, que es básicamente la diagonal turística del centro histórico. Sencillo sobre el papel.
El hipódromo que se convirtió en parque
People's Park está a veinte minutos a pie del hotel. Llegué a media mañana, cuando el parque ya tenía su actividad habitual: grupos de personas mayores practicando tai chi en los espacios abiertos, jubilados jugando al ajedrez chino bajo los árboles, alguna pareja de ancianos dando una vuelta al lago despacio. El aire olía a tierra húmeda y al incienso que llegaba desde algún lugar cercano.
El parque ocupa unas treinta hectáreas en el centro del distrito de Huangpu, pero lo que me llamó la atención al leer sobre él antes de salir de Bilbao fue su historia. Antes de 1949 este mismo terreno era el hipódromo del Shanghai Race Club, el entretenimiento favorito de la élite colonial británica. Después de la Liberación, el gobierno de Mao demolió la pista y transformó el recinto en un parque público. A un lado está el Shanghai Museum, ese edificio circular inaugurado en 1996 que alberga una de las mejores colecciones de arte chino del mundo; al otro, el Gran Teatro de Shanghai, con su techo blanco en forma de tejado curvo.
Pasé un buen rato sentado en un banco mirando cómo vivía la gente ese espacio. Era un contraste notable con el ruido de la calle que había dejado atrás, como si el parque funcionase como una válvula de presión para la ciudad.




Cinco kilómetros de frenesí comercial
Nanjing Road arranca justo en el límite este del parque y baja recta hasta el Bund. La sección peatonal, que lleva ese nombre desde el Tratado de Nanking de 1842, es considerada una de las calles comerciales más transitadas del mundo, y ese jueves por la mañana no hacía nada por desmentirlo.
La densidad de gente era difícil de procesar. No es que hubiera mucha gente, es que el concepto de "mucha gente" adquiría aquí una escala completamente diferente. Ríos de personas en todas las direcciones, entrando y saliendo de grandes almacenes, deteniéndose ante escaparates, haciéndose fotos bajo carteles luminosos que tenían el tamaño de edificios enteros. Yo era, de manera bastante obvia, una minoría exótica en esa marea humana. Occidentales había muy pocos. El turismo en Nanjing Road era principalmente chino.
Lo que no tardó en aparecer fue la presión de los vendedores ambulantes que ofrecían masajes, copias de relojes y otras cosas que prefiero no detallar. No de manera agresiva, pero sí constante. Cada pocos metros alguien se acercaba con una tarjeta o simplemente con el pitch ensayado en un inglés económico. Al principio intentaba responder con educación. Hacia la mitad del recorrido había aprendido a seguir caminando y mirar al frente, que resulta ser la única estrategia con resultados consistentes.
El tramo entero desde el parque hasta el río son unos cinco kilómetros, y aunque el ritmo era lento porque la aglomeración no dejaba caminar rápido, el entorno compensaba. Los olores que salían de los restaurantes al pasar, la arquitectura ecléctica de los edificios, las tiendas con escaparates que mezclaban marcas internacionales con productos que no había visto nunca. Era familiar y completamente extraño al mismo tiempo.




El malecón de las concesiones
El Bund aparece de repente cuando Nanjing Road termina y el río se abre ante ti. El primer instinto es girarse para mirar lo que tienes enfrente, el skyline de Pudong, pero antes de hacer eso me quedé unos minutos mirando los edificios que tenía a mi espalda en la orilla occidental.
Son cincuenta y dos edificios construidos entre 1846 y 1937 en estilos que van del gótico inglés al Beaux-Arts americano pasando por el Renacimiento francés. Bancos, casas comerciales, clubs, hoteles. Todos construidos por potencias extranjeras en lo que fue una concesión arrancada a China tras la Primera Guerra del Opio, con el Tratado de Nanking de 1842. Hasta 1943, Shanghai estuvo dividida en tres zonas: la Concesión Internacional, gestionada por británicos y americanos, la Concesión Francesa, y la ciudad china. En los años treinta era la quinta ciudad más grande del mundo y la llamaban "el París de Oriente", aunque también tenía un apodo menos amable que hacía referencia a todo lo que prosperaba en sus barrios de mala nota.
Lo curioso es que los comunistas no demolieron estos edificios burgueses cuando llegaron al poder en 1949. Los necesitaban para uso gubernamental, y ahí siguen.
El paseo del Bund tiene un kilómetro y medio de longitud junto al río Huangpu. Anduve todo el recorrido despacio, parándome en varios puntos a mirar hacia Pudong. La Torre Jin Mao, el World Financial Center con su agujero rectangular en lo alto, la Torre Perla Oriental con sus esferas. Todo eso era campo agrícola hasta 1990, cuando Deng Xiaoping designó Pudong como zona económica especial. En veinte años habían construido uno de los skylines más reconocibles del planeta.
Estuve ahí largo rato, más del que tenía planeado.








Cuando se enciende la ciudad
Cené en un restaurante sin nombre cerca del Bund donde pedí señalando con el dedo a lo que tenía el de la mesa de al lado porque el menú no tenía fotos. Resultó ser algún tipo de cerdo con especias y arroz. Estaba bueno. Costó el equivalente a dos euros.
Cuando terminé era ya de noche y decidí volver al paseo. El Bund de día es espectacular; de noche es otra cosa. Las fachadas de los edificios coloniales se iluminan con proyectores que subrayan sus cornisas y columnas, mientras que al otro lado del río los rascacielos de Pudong se convierten en una pantalla entera de LED y neón. Colores que cambian, anuncios que se desplazan por las fachadas, el reflejo de todo eso moviéndose en el agua oscura del Huangpu. No existe nada comparable en ninguna ciudad europea que yo conozca.
Me quedé apoyado en la barandilla del malecón durante más de una hora, sin hacer nada más que mirar.





Día 3. Entre la espiritualidad milenaria y las alturas futuristas¶
El viernes amaneció con niebla baja, ese tipo de neblina que en Shanghai mezcla vapor del río con la calima de una ciudad industrial. Desayuné en una pequeña cafetería al lado del hotel donde me pusieron delante un bol de gachas de arroz con encurtidos sin que yo hubiese pedido nada en concreto. Supuse que era lo que desayunaba todo el mundo y no me quejé. Estaba caliente y llenaba.
El plan del día era el más ambicioso hasta entonces: el Templo del Buda de Jade por la mañana, y por la tarde cruzar a Pudong para subir al mirador del World Financial Center.
El museo que no era museo
El Templo del Buda de Jade, Yufo Si, está en el noroeste de la ciudad, en el distrito de Putuo. Llegué en metro, que a esas horas de la mañana ya iba hasta los topes. El templo fue fundado en 1882 y alberga dos estatuas de Buda talladas en jade blanco que un monje llamado Huigen trajo desde Myanmar. Sigue siendo un monasterio budista activo, lo cual significa que en los patios hay monjes de verdad rezando mientras los turistas hacen fotos.
Nada más entrar al recinto, sin embargo, no llegué a los patios.
Alguien del personal me interceptó antes de que pudiese orientarme y me señaló hacia la derecha con mucha seguridad, repitiendo "museum, museum". Seguí las indicaciones. Me enseñaron dos estatuas en una sala pequeña y acto seguido aparecieron un calendario chino con los signos del zodiaco y una vitrina de piedras semipreciosas con sus precios. Había entrado directamente en la tienda de souvenirs del templo con escolta incluida. No había ningún museo.
La estrategia estaba bien ejecutada: el turista occidental descolocado sigue a quien le indica con autoridad, y cuando se da cuenta ya tiene un vendedor explicándole las propiedades energéticas de la turmalina negra. Salí entre sonrisas diplomáticas después de decir que no unas cuatro veces de maneras distintas.


Una vez libre de ese circuito, el templo mostró lo que realmente era. Los patios estaban rodeados de pabellones de madera con tejados curvos y aleros volados, el humo del incienso salía de los grandes quemadores de bronce en espirales lentas, y había devotos genuinos arrodillados ante los altares con las manos juntas. El contraste con la sala comercial de hacía diez minutos no podía ser más brusco.
Las dos estatuas de jade blanco, el Buda sentado de casi dos metros y el Buda reclinado más pequeño, se conservan en salas separadas con iluminación controlada. El jade tiene ese color que va del blanco al verde traslúcido según cómo le dé la luz, y las figuras tienen un nivel de detalle en los pliegues de la ropa y en las expresiones que resulta difícil de atribuir a la talla manual. Fueron traídas en 1882 y el templo se construyó alrededor de ellas.




Cruzar el río al siglo XXI
A mediodía tomé el metro hasta el Bund y desde allí el túnel turístico bajo el Huangpu para cruzar a Pudong. El túnel es una rareza en sí misma: una especie de viaje psicodélico con luces de colores en las paredes mientras el vagón se desliza bajo el río. Los shanghaínos lo ignoran completamente; los turistas salen con cara de no saber muy bien qué acaba de pasar.
Pudong huele a nuevo. Las aceras son anchas, los edificios no tienen más de treinta años, y el espacio entre rascacielos es tan generoso que da la sensación de estar en una maqueta a escala real. La avenida Century Avenue corta el distrito en diagonal con varios carriles en cada sentido. Todo parece diseñado para ser visto desde el aire.
El World Financial Center estaba a unos quince minutos a pie. Desde abajo no parece tan alto, o más bien es tan alto que la mente no acaba de procesarlo como un edificio sino como algo de otra categoría. El agujero rectangular en la parte superior, que le da ese perfil reconocible, era en el proyecto original un círculo, pero se cambió la forma para evitar que se pareciese demasiado al sol del pabellón japonés. En cualquier caso, el resultado es un edificio de 492 metros que cuando lo ves de cerca desde la calle produce cierta extrañeza.


El suelo de cristal a 492 metros
La entrada al mirador cuesta dinero y hay cola. Los ascensores son de alta velocidad y suben la planta 100 en menos de un minuto. Cuando las puertas se abren hay un instante de ajuste: el horizonte está a la altura de los ojos pero lo que ves no es el horizonte normal, es la ciudad que sigue existiendo kilómetros más abajo.
Desde allí Shanghai se ve como un organismo. Las autopistas urbanas son venas, los bloques residenciales se repiten hasta el límite de la visibilidad, el Huangpu serpentea de norte a sur reflejando el cielo. La niebla de la mañana se había disipado casi del todo y podías ver hasta donde la polución lo permitía, que era bastante lejos.
El piso superior tiene una sección con el suelo completamente transparente. Sé que está calculado al milímetro, que es perfectamente seguro, que hay ingenieros que han firmado con su nombre que ese cristal aguanta varias veces el peso de todos los turistas que van a pisarlo simultáneamente. Lo sé todo eso y aun así los primeros pasos sobre él producen una reacción física inmediata en la que el cuerpo frena y la mente tiene que darle instrucciones explícitas para seguir avanzando. Los coches visibles debajo son como puntos en movimiento. Las personas no se ven.
Estuve ahí arriba más de una hora.




La torre con esferas
Al salir caminé por la Century Avenue hasta la Torre Perla Oriental, que desde el World Financial Center se ve cercana pero tarda un rato en llegar. La Oriental Pearl Tower se construyó entre 1991 y 1994, fue el primer gran rascacielos de Pudong y durante años fue el símbolo de la nueva Shanghai. Sus 468 metros y su diseño de esferas de distintos tamaños conectadas por columnas son completamente distintos a cualquier rascacielos occidental.
El nombre viene de un poema clásico chino que habla de perlas grandes y pequeñas cayendo en un plato de jade, con el río haciendo de plato. El gobierno de Deng Xiaoping quería un símbolo visual que comunicase que Pudong iba en serio, y lo consiguieron. Para 1994, cuando se inauguró, el campo de arroz que había ocupado ese solar hasta cuatro años antes era ya historia.
Hoy, con el World Financial Center, la Torre Jin Mao y la Shanghai Tower al lado, la Perla Oriental parece casi retro. Pero sigue siendo el edificio más reconocible del skyline y el que más aparece en las fotos de la ciudad.
Recorrí la zona durante un buen rato sin objetivos concretos, mirando la arquitectura, entrando al centro comercial adyacente cuando el calor de la tarde se hizo notar. Una de esas tardes en las que el paseo sin destino fijo resulta ser la mejor decisión.







Día 4. Cuando la lluvia obliga a cambiar de planes¶
Me despertó el sonido de la lluvia golpeando la ventana. No el ruido suave de una llovizna sino el sonido de algo que se toma el asunto en serio: agua cayendo en volumen, en cortinas, con esa determinación que tienen los aguaceros tropicales que no tienen ninguna prisa por parar.
Abrí la persiana. Los rascacielos de enfrente habían desaparecido hasta la mitad, disueltos en una bruma gris densa. La acera brillaba con un par de centímetros de agua moviéndose hacia los desagües que claramente no daban abasto. La gente que pasaba por debajo lo hacía corriendo, con paraguas pequeños que resultaban inútiles contra ese tipo de lluvia.
Los planes del día quedaban cancelados. Tenía pensado hacer algo al aire libre, no recuerdo exactamente el qué, pero con ese tiempo era irrelevante. Hacía falta un plan alternativo y hacía falta rápido, antes de que el día se fuera por el sumidero junto con el agua de la calle.
Un museo del tamaño de un barrio
El Museo de la Ciencia y la Tecnología de Shanghai estaba cerca, en Pudong, y tenía el tamaño suficiente como para ocupar un día entero con comodidad. 98.000 metros cuadrados en total, de los cuales más de 65.000 son espacio de exposición. Lo inauguraron en 2001 y el edificio en sí es una declaración de intenciones: una espiral ascendente con una esfera de cristal en el centro que, según la descripción oficial, simboliza el surgimiento de la vida desde el agua. Hay un toque de grandilocuencia en la arquitectura pública china de esa época que resulta coherente con la escala de todo lo demás.
Llegué en metro empapado a pesar del paraguas de bolsillo que llevaba, que demostró ser decorativo en esas condiciones. En la entrada había más visitantes de lo habitual, supuse que por la misma razón que yo estaba allí.
La sección que más tiempo me ocupó fue el Mundo de los Robots. En 2010 esto era todavía un territorio fronterizo para la mayoría de la gente: robots que tocaban instrumentos, brazos mecánicos haciendo tareas de precisión, demostraciones de control computarizado que en aquel momento tenían algo de espectáculo de magia. Soy diseñador web de profesión, tengo cierta querencia por la tecnología, y me quedé en esa sala bastante más de lo que había planeado.
El Espectro de la Vida era una recreación de los ecosistemas de Yunnan, la provincia del suroeste de China con más biodiversidad del país. Insectos de tamaños que no esperaba, réplicas de animales en sus hábitats, paneles explicativos que no podía leer en chino pero cuyas fotos ya eran suficientemente elocuentes.
La sección de Exploración de la Corteza Terrestre tenía algo que me resultó relevante estando en Shanghai: la ciudad entera está construida sobre el delta del Yangtsé, terreno aluvial, barro compactado durante siglos que en términos de cimientos para rascacielos es un desafío de ingeniería considerable. La Torre Perla Oriental tiene pilotes que llegan hasta ochenta metros de profundidad para apoyarse en roca firme.






Ciudad subterránea junto al metro
Cuando salí del museo a media tarde seguía lloviendo, aunque ya con menos intensidad. La estación de metro de Science and Technology Museum tiene una salida que da directamente a lo que desde fuera parece ser un mercado pequeño junto a los accesos subterráneos. Entré pensando en esperar a que escampase.
Resultó ser el A.P. Xinyang Market, el mercado de imitaciones más conocido de Pudong. Lo que parecía un local pequeño era la entrada a una red de pasillos que bajaba varios niveles bajo tierra con tiendas en cada hueco disponible. Ropa, calzado, complementos, electrónica, souvenirs, relojes con marcas que se escribían ligeramente diferente a las originales. Todo ordenado por categorías en sus respectivos pasillos, con los vendedores asomados a la puerta de cada cubículo.
El protocolo comercial aquí tiene sus propias reglas. El precio que te dicen primero no es el precio: es el punto de partida de una negociación que se entiende como parte del proceso. Bajar a la mitad de lo que te piden es fácil, casi automático. Llegar al tercio requiere algo más de energía, un par de pasos hacia la salida con cara de haber perdido el interés, alguna calculadora que pasa de mano en mano con números que se van ajustando. No hay que tomárselo como un conflicto porque los vendedores tampoco lo hacen: es una transacción con sus propias formas, y mientras mantengas el tono tranquilo funciona razonablemente bien.
Compré algo de ropa que resultó ser de mejor calidad de lo esperado. Materiales que aguantaron sin problema y costuras que no cedieron al primer lavado. También compré una tablet por unos cincuenta euros al cambio, atraído por el precio y por la ingenuidad de pensar que el precio no importaba si el producto era físicamente similar. La tablet fue una decepción completa: lenguaje lentísimo, pantalla opaca, batería que no llegaba a las dos horas. Fue la única compra de la que me arrepentí. El resto del día había sido de lo más productivo para ser un día de lluvia.
Salí del mercado cuando ya era de noche. La lluvia había parado. Las calles de Pudong brillaban limpias bajo los faroles y el ambiente era ese que queda después de una tormenta fuerte: aire más fresco, menos polvo, la ciudad como si la hubiesen pasado por un ciclo de lavado. Cogí el metro de vuelta al hotel con las bolsas en la mano y la tablet en la mochila, donde permanecería el resto del viaje siendo básicamente decorativa.

Día 5. Entre pagodas y niebla en el corazón histórico¶
El domingo amaneció sin lluvia, lo cual ya era una noticia. La tormenta del sábado había dejado el aire denso, el suelo mojado y el cielo cubierto por una capa de nubes bajas que no prometían nada concreto: ni sol ni aguacero, solo esa atmósfera de entre tiempo que hace que Shanghai parezca suspendida. Salí del hotel antes de las nueve, antes de que los grupos de turistas llenaran las calles de la Ciudad Vieja.
El jardín donde se pliega el tiempo
El Jardín Yuyuan (豫园) queda a pocos minutos caminando desde el barrio del bazar, pero la transición es total. Un instante estás en una calle de tiendas con escaparates de neón, y al siguiente cruzas un umbral y el siglo XX desaparece.
El jardín lo construyó Pan Yunduan, un funcionario de la dinastía Ming, a mediados del siglo XVI. No lo levantó por ambición política ni por negocio: lo hizo como regalo para sus padres ancianos, un lugar donde pudieran retirarse a disfrutar de sus últimos años. El nombre lo dice todo: "Yu" significa satisfacción, felicidad tranquila. Cuatrocientos años después, el sitio sigue siendo exactamente eso.
Lo que más me sorprendió al entrar no fueron los pabellones, sino la escala. El jardín ocupa apenas dos hectáreas y tiene más de cuarenta puntos escénicos. Eso significa que cada metro cuadrado ha sido diseñado con una intención concreta, cada curva del sendero esconde una vista nueva, cada roca tiene una razón de estar donde está. El arte del jardín chino clásico no trabaja en extensión sino en densidad de experiencia.


Las pagodas como paraguas y la Roca de Jade
A media mañana empezaron los chubascos que el cielo había estado anunciando. No era la tormenta del día anterior, sino una lluvia fina y constante que hacía resbaladizas las piedras del suelo. Me quedé bajo el alero de uno de los pabellones esperando a que amainara, con vistas al estanque central y al sonido del agua cayendo sobre los tejados de cerámica curvada.
Fue durante una de esas pausas cuando pude observar con calma la Roca de Jade Exquisita (玉玲珑), una pieza porosa de 3,3 metros de altura y cinco toneladas de peso que está considerada una de las tres rocas más famosas del sur de China. La leyenda dice que estaba destinada al jardín imperial del Emperador Huizong en el siglo XII, pero el barco que la transportaba se hundió en el río Huangpu. Siglos después la rescataron y acabó aquí. La roca tiene 72 agujeros distribuidos de tal manera que, según cuentan, si enciendes incienso en la base, el humo sale simultáneamente por todos ellos.




El puente en zigzag y la casa de té del lago
El Puente de los Nueve Giros conecta la orilla con la Casa de Té Huxinting, que parece flotar en medio del estanque. El puente zigzaguea de manera deliberada —nueve es un número auspicioso en la tradición china— y caminar por él obliga a ir despacio, a girar, a mirar en todas las direcciones antes de seguir avanzando.
La casa de té es el edificio más fotografiado del jardín, y se entiende por qué. Su arquitectura de doble tejado curvado, con los bordes alzados hacia el cielo, parece exactamente lo que uno imagina cuando piensa en la China antigua. La construcción data del siglo XIX y todavía funciona como salón de té. No entré —las colas llegaban hasta el puente— pero me quedé un buen rato en el exterior observando el reflejo del edificio en el agua verde del estanque.


Nanjing Road un domingo por la tarde
Después de comer algo en el bazar, me dejé llevar hacia el norte siguiendo la lógica del paseo más que ningún plan concreto. Acabé en Nanjing Road, la arteria comercial de Shanghai, que un domingo por la tarde estaba completamente desbordada. La calle peatonal tiene unos cinco kilómetros de longitud y en cada extremo hay centros comerciales enormes, pantallas gigantes y el ruido constante de una ciudad que no tiene idea de lo que es el descanso dominical.
Estuve un rato en la zona del Shanghai Times Square —nada que ver con el de Nueva York salvo el nombre— mirando la arquitectura de los edificios comerciales y la marea de gente que fluía en todas las direcciones. El contraste con las dos horas pasadas en el jardín era tan brusco que necesité sentarme un momento en un banco a procesarlo.


El Bund sin skyline: Pudong desaparecida
Al caer la tarde volví al Bund. No por costumbre —aunque ya era casi una costumbre— sino porque quería ver qué aspecto tenía con el cielo que había tenido todo el día.
El resultado fue una imagen completamente diferente a la del jueves por la noche. La niebla había bajado hasta casi la altura del río y los rascacielos de Pudong habían desaparecido. No parcialmente: del todo. La Torre Perla Oriental se adivinaba como una silueta borrosa en la distancia, la Jin Mao se perdía pasados los primeros treinta pisos, y el World Financial Center era invisible. En su lugar había una pared de nubes blancas sobre el río oscuro.
Me quedé un buen rato apoyado en la barandilla mirando ese vacío donde dos días antes había estado el skyline más espectacular que había visto en mi vida. Hay algo fascinante en ver cómo la niebla borra en horas lo que la ingeniería tardó décadas en construir.

Volví pronto al hotel. Al día siguiente tocaba madrugar: la Expo 2010 esperaba, y no iba a ser una visita de dos horas.

Día 6. El gran día de la Expo: entre pabellones y una conexión bilbaína inesperada¶
El despertador sonó a las siete. Había estado postergando la Expo desde el primer día, sabiendo que necesitaba reservarle una jornada entera y llegar descansado. Ese lunes era el momento. La Expo 2010 de Shanghai llevaba abierta desde el 1 de mayo con el lema "Better City, Better Life", y a finales de octubre, con el cierre previsto para el 31, las cifras ya rozaban los setenta millones de visitantes: la exposición universal más concurrida de la historia.
Desayuné rápido y tomé el metro hacia la zona sur de la ciudad.
La ciudad dentro de la ciudad
El recinto ocupaba más de cinco kilómetros cuadrados a ambos lados del río Huangpu, con el Eje de la Expo —una estructura de membrana de mil metros de longitud— como columna vertebral. El gobierno chino había invertido más de cuarenta y cinco mil millones de dólares en transformar lo que antes eran astilleros industriales en una pequeña ciudad efímera con 190 pabellones nacionales y otras decenas de instalaciones temáticas.
Entrar por la mañana tenía sus ventajas. Las colas en las puertas eran largas pero manejables, y el calor de octubre en Shanghai no resultaba agresivo. Lo peor era la densidad de gente dentro: en los pabellones más populares, las filas serpenteaban durante horas. El pabellón de Arabia Saudí tenía tiempos de espera que superaban las ocho horas. Vendían sillas plegables en los puestos del recinto por si alguien decidía esperar sentado.
Decidí no hacer cola para los pabellones de primer nivel y recorrer el conjunto con más libertad.



Arquitectura para competir
Cada país había apostado por un diseño que dijera algo de él, y el resultado era un catálogo de arquitectura experimental que no se repite en ningún otro contexto.
El Pabellón del Reino Unido —diseñado por Thomas Heatherwick— era una caja cúbica de veinte metros de la que salían decenas de miles de varillas acrílicas delgadas, cada una con una semilla incrustada en el extremo. La estructura se movía suavemente con el viento, y desde lejos parecía una diente de león gigante a punto de dispersarse. Era hipnótico.
Alemania presentó el "Balancity", cuatro volúmenes de apariencia inestable que formaban un conjunto de seis mil metros cuadrados. El interior recorría innovaciones alemanas en diseño urbano y tecnología a través de un laberinto de salas donde los visitantes avanzaban sobre cintas transportadoras.
El Pabellón de España fue el que más tiempo me llevó. Diseñado por Benedetta Tagliabue del estudio EMBT, su fachada consistía en más de ocho mil paneles de mimbre tejidos a mano por artesanos de la provincia de Shandong, formando caracteres chinos en distintos colores. La estructura serpenteaba como una cesta gigantesca, y en el interior esperaba Miguelín: una escultura animada de un bebé de seis metros y medio que podía parpadear y "respirar", y que se había convertido en una de las imágenes más reconocibles de toda la Expo.
El Pabellón de China, el anfitrión, dominaba el recinto desde lejos. Una pirámide invertida de color rojo lacado que evocaba la arquitectura tradicional del dougong —el sistema de ménsulas de madera ensambladas sin clavos que sostiene los tejados clásicos chinos—. Más tarde, cuando cerrara la Expo, ese edificio se convertiría en el Museo de Arte de China.




Una directora, un pasaporte y Bilbao en Shanghai
El momento más inesperado del día llegó en la zona que menos me había planteado visitar: el Área de Mejores Prácticas Urbanas.
Era una sección aparte del recinto principal, unas quince hectáreas dedicadas a ciudades —no a países— que presentaban sus soluciones a problemas urbanos concretos: movilidad, vivienda, sostenibilidad, patrimonio. Cincuenta y cinco ciudades de todo el mundo tenían pabellón allí. Dos eran españolas: Barcelona y Bilbao.
Entré en el pabellón de Bilbao sin grandes expectativas. Era prácticamente el único occidental en aquel tramo del recinto, y notaba que destacaba más de lo habitual. Una mujer china se acercó a mí casi de inmediato y me preguntó de dónde era. Le dije que de Bilbao. Su cara cambió.
Era la directora del pabellón.
Me ofreció una visita guiada completa. Me explicó cada panel de la exposición, los materiales sobre la transformación de la ciudad desde los años noventa, la estrategia turística que Bilbao estaba desarrollando para el mercado chino. Era una presentación que yo había visto en versión reducida en carteles, pero que ella desplegaba con el conocimiento de alguien que llevaba meses trabajando en ello.
Cuando terminé la visita, me llevó al pabellón de Taipéi, que estaba justo al lado, me presentó al director y me coló sin cola. Una cadena de amabilidad que no esperaba.
Antes de despedirse me dio su tarjeta. Al llegar a Bilbao le escribí un email de agradecimiento y respondió con la misma cordialidad que había mostrado en persona.


El pasaporte de sellos y el fervor colectivo
A lo largo del día observé un ritual que se repetía en todas las entradas: los visitantes chinos haciendo cola no para ver el interior de los pabellones, sino para conseguir el sello en su pasaporte de la Expo. Cada pabellón tenía el suyo, y había gente que llevaba el pasaporte repleto de páginas estampadas como si fuera el objetivo principal de la jornada.
Cuando una nueva fila de sellos se abría, la multitud se apretujaba con una urgencia que no he visto replicada en ninguna otra situación de viaje. El entusiasmo era genuino y un poco abrumador.






El regreso por el lado equivocado de las vías
Estuve en el recinto hasta el cierre. Para entonces varias líneas de metro ya habían reducido su frecuencia y tuve que hacer varios transbordos que alargaron considerablemente el trayecto de vuelta.
Al llegar a lo que yo creía que era mi estación, salí por el lado incorrecto de la plataforma. La estación estaba cerrada por ese acceso y no había manera de cruzar al otro andén desde dentro. Intenté preguntarle al guardia de seguridad, pero no hablaba inglés y su respuesta se limitó a señalarme hacia la salida con un gesto que no dejaba margen a la interpretación.
Encontré un túnel peatonal que cruzaba las vías unos cien metros más adelante. Era el camino correcto. El hotel estaba justo donde debía estar.
Llegué tarde y con los pies destruidos. Había caminado probablemente quince kilómetros entre pabellones y pasillos y transbordos nocturnos. Pero la directora del pabellón de Bilbao, el bebé Miguelín, la diente de león de semillas de Heatherwick: demasiadas imágenes para que el cansancio pudiera con ellas.

Día 7. Century Park y las últimas vistas de Shanghai¶
El martes me levanté tarde. Después de la jornada maratoniana de la Expo, el cuerpo necesitaba una mañana sin alarmas. Quedaba un día completo antes del regreso y no tenía ningún pabellón que conquistar, ninguna cola que gestionar. Era el día para caminar sin objetivos concretos y dejar que Shanghai se despidiera a su ritmo.
Ciento cuarenta hectáreas de silencio en Pudong
Tomé el metro hasta la parada de Century Park, en Pudong. El parque tiene ciento cuarenta hectáreas y es el espacio verde más grande del centro urbano de Shanghai. Diseñado en los años noventa con una mezcla de criterios paisajísticos occidentales y orientales, ocupa un terreno que antes de la transformación de Pudong era campo abierto al otro lado del río.
Entrar al parque después de días entre rascacielos y multitudes produce un efecto físico inmediato. El ruido baja de golpe. El suelo deja de ser asfalto. Los árboles son árboles, no decoración de fachada.
Me quedé un buen rato observando los grupos de ancianos que practicaban tai chi en una explanada al lado del lago principal. Los movimientos son lentos y acompasados, con esa calidad de atención que la velocidad de la ciudad hace imposible en otros contextos. Más adelante, familias con niños habían extendido manteles sobre el césped. Una pareja se fotografiaba entre los rosales. Un aficionado a la fotografía con un trípode enorme esperaba pacientemente a que la luz cambiara sobre el agua.
Era la Shanghai que no aparece en las postales del skyline.


La plaza que la lluvia me había robado
Desde el parque caminé hacia Century Square, la enorme plaza cívica que había visto brevemente el día de la tormenta, cuando la lluvia me obligó a refugiarme en el Museo de la Ciencia y la Tecnología. Aquel día no había podido ver gran cosa: solo el suelo mojado, la silueta borrosa del edificio y el deseo de llegar a cubierto lo antes posible.
Con sol, la plaza mostraba sus dimensiones reales: doscientos cincuenta mil metros cuadrados de pavimento, rodeados por el museo, torres de oficinas y una geometría urbanística de escala monumental que solo tiene sentido en el contexto de Pudong. No es una plaza para sentarse: es una plaza para declarar.
El Museo de la Ciencia y la Tecnología, que desde dentro me había parecido interesante, desde fuera tenía una arquitectura más llamativa de lo que recordaba. La estructura en espiral ascendente con la esfera de cristal central resumía de manera bastante literal la ambición futurista del barrio entero.




Nanjing Road una última vez
Por la tarde volví a cruzar el río y di un paseo por la zona comercial que había recorrido durante los primeros días. Nanjing Road, el Times Square de Shanghai, el flujo constante de gente entrando y saliendo de centros comerciales. La misma escena que la primera vez, pero con la diferencia de que ya la conocía.
Ese reconocimiento tiene su propio placer. Ya no miraba los letreros intentando descifrar si eran de marcas conocidas o imitaciones. Ya no buscaba orientarme. Caminaba sin ningún propósito concreto y eso, en una ciudad tan densa como Shanghai, es un lujo que solo se consigue al final del viaje.




La última vez frente al río
El atardecer lo pasé en el Bund. Era la cuarta vez que volvía a ese paseo, y cada vez había sido diferente: la primera noche con las luces encendidas hasta las diez, la segunda con lluvia y viento, el domingo con niebla total que había borrado Pudong por completo. Este martes el cielo estaba despejado y la luz del final del día caía oblicua sobre las fachadas coloniales de la orilla occidental.
Al otro lado del Huangpu, el skyline de Pudong estaba completo y claro. La Torre Perla Oriental con sus dos esferas rosas, construida en 1994 cuando Pudong era todavía un proyecto en papel. La Jin Mao, de 1999, con su silueta de pagoda moderna que remite a la tradición sin copiarla. El World Financial Center, terminado en 2008, con la apertura trapezoidal en la cúspide que los shanghaínos llaman "el sacacorchos" —aunque el chiste más extendido es "el abrebotellas"—. Y al fondo, la estructura metálica que en octubre de 2010 todavía estaba en construcción: el Shanghai Tower, que cinco años después sería el segundo edificio más alto del mundo.
Los miradores del World Financial Center se iluminaron poco después de las seis, la hora a la que los edificios de Pudong encienden sus luces siguiendo el protocolo nocturno de la ciudad. Estuve mirando hasta que empezó a hacer frío.


Volví al hotel a preparar la mochila. Al día siguiente: el Maglev, el aeropuerto y el camino de vuelta a Bilbao.

Día 8. El adiós: de vuelta a casa en el tren del futuro¶
El miércoles por la mañana el hotel estaba en silencio. Recogí las cosas despacio: la ropa, el cargador, las tarjetas de memoria llenas de fotografías, la tablet comprada en el mercado subterráneo de calidad incierta. La mochila pesaba más que al salir de Bilbao, que es como tienen que pesar las mochilas al final de un viaje.
Hice el check-out a las nueve. El recepcionista —el mismo que me había gestionado la entrada el primer día— me preguntó si el viaje había sido bueno. Le dije que sí.
Ocho minutos a 431 km/h
El Shanghai Maglev conecta la estación de Longyang Road con el Aeropuerto Internacional de Pudong en treinta kilómetros. El trayecto dura ocho minutos. Eso implica una velocidad media de unos 225 km/h, pero la velocidad máxima que alcanza en la parte central del recorrido es de 431 km/h.
En 2010 era el único tren de levitación magnética comercial en operación regular en el mundo, construido con tecnología alemana Transrapid. No tiene ruedas: flota sobre las vías mediante campos electromagnéticos que eliminan el contacto físico con el raíl. Sin contacto no hay fricción, sin fricción no hay el ruido característico del ferrocarril, sin ese ruido el interior del vagón es más silencioso de lo que uno espera a esa velocidad.
Una pantalla LCD en el interior muestra la velocidad en tiempo real. Empecé a mirarla desde que el tren salió de la estación: 100, 150, 200, 280, 350, 431. El marcador se estabilizó ahí. Por la ventana, Shanghai pasaba como una secuencia de manchas. Los edificios, las autopistas, las grúas: imposible enfocar en nada concreto. El tren alcanza los 300 km/h en menos de dos minutos y medio desde la parada.
No hay vibración. No hay traqueteo. La única señal de que el suelo está pasando a esa velocidad debajo del tren es lo que ves por la ventana, y lo que ves por la ventana a 431 km/h no se parece a nada que hayas visto antes.
Llegué al aeropuerto con tiempo de sobra.
El vuelo que no esperé y el que sí cogí
El vuelo de Shanghai a París salió con retraso. No un retraso menor de veinte minutos: suficiente como para que cuando aterricé en Charles de Gaulle, el vuelo de conexión a Bilbao de las 18:25 ya había despegado.
Me dirigí a la ventanilla de la compañía aérea sin muchas expectativas. Perder la conexión en un aeropuerto extranjero al final de un viaje largo, con la mochila pesada y el cansancio acumulado de una semana, no es la situación más cómoda del mundo. Pero había otro vuelo a Bilbao a las nueve de la noche, y me encontraron asiento.
Aterricé en Bilbao esa misma noche del 27 de octubre.
De 23 millones a ochocientos mil
El contraste al salir del aeropuerto de Loiu no fue solo climático, aunque el aire del Cantábrico después de la humedad asiática de octubre ya es suficiente para despertar los sentidos. Era la escala. Shanghai tiene veintitrés millones de habitantes. Bilbao tiene ochocientos mil en toda el área metropolitana. Los dos son ciudades portuarias que se han reinventado en las últimas décadas, pero las proporciones de todo —las calles, los edificios, el ruido, la densidad— son tan distintas que el cambio necesita unos días para procesarse.
Cogí el taxi a casa. El taxista me preguntó de dónde venía. Le dije que de Shanghai. No preguntó nada más, que es exactamente la respuesta correcta cuando uno lleva ocho días viajando y dieciséis horas de vuelo encima.

Conclusiones del viaje a Shanghai¶
Entre contrastes y descubrimientos: lo que Shanghai me enseñó
Escribo esto unas semanas después del regreso. El tiempo ayuda a separar lo que fue intensidad del momento de lo que queda cuando la intensidad se asienta.
Shanghai y Hong Kong: dos ciudades que no compiten
Había llegado a Shanghai con Hong Kong como referencia inevitable. Un año antes había pasado unos días allí y la ciudad me había dejado una impresión muy alta: una metrópoli elegante, eficiente, cosmopolita, con un skyline que parecía diseñado para impresionar y una energía que no decaía nunca.
Shanghai no compite con eso. No lo intenta. Hong Kong es una ciudad que sabe exactamente lo que es y lleva décadas refinándolo. Shanghai es una ciudad que todavía está decidiendo qué quiere ser, y esa indefinición tiene su propio atractivo: es más visceral, más contradictoria, más china en el sentido de que los contrastes no han sido suavizados para el consumo exterior.
Vi a un hombre desplumando una gallina junto al río Huangpu, en una barriada de casas bajas. Diez minutos después estaba caminando por Century Avenue, el bulevar de Pudong flanqueado por torres de cristal. Ese salto existe en Hong Kong también, pero en Shanghai no hay ningún esfuerzo por ocultarlo o gestionarlo. Simplemente coexiste.
La barrera del idioma como experiencia
En Hong Kong el inglés funciona razonablemente bien. En Shanghai no. No en 2010, al menos fuera de los hoteles y los sitios turísticos de primer nivel. Los carteles del metro estaban en chino y en inglés, pero los guardias de seguridad, los tenderos, los conductores: mandarín y punto.
Esto generó situaciones frustrantes —la noche que salí por el lado equivocado de la estación y el guardia me señalaba hacia fuera sin poder explicarme nada— pero también situaciones que no habrían ocurrido de otra manera. Cuando el idioma no funciona, uno empieza a observar más, a gesticular, a buscar señales en el entorno. El viaje se vuelve más lento y más atento.
Lo que la Expo representaba
La Expo 2010 fue el evento más visitado de la historia de las exposiciones universales: setenta y tres millones de personas en seis meses. Pero más allá del récord, lo que transmitía el recinto era algo diferente: China presentándose al mundo de una manera que ella misma había diseñado y construido, con sus propias reglas y su propia escala.
El Pabellón de China —esa pirámide invertida de rojo lacado que ahora es el Museo de Arte de China— no era una propuesta de diálogo. Era una declaración. El resto de los pabellones, con toda su creatividad y su arquitectura experimental, eran invitados en un evento que China había organizado para mostrar que podía organizar exactamente ese tipo de eventos.
Haber estado allí, en octubre de 2010, fue una de esas ocasiones en que uno es consciente en el momento de estar presenciando algo que no se va a repetir.
El encuentro que no esperaba
El momento más personal del viaje fue el más improbable: entrar en el pabellón de Bilbao en el Área de Mejores Prácticas Urbanas y que la directora del pabellón se acercara a hablarme porque era prácticamente el único occidental en aquel tramo del recinto.
Que Bilbao tuviera presencia propia en la Expo ya era una sorpresa. Que la directora me diera una visita guiada privada, me presentara al director del pabellón de Taipéi y me escribiera desde Bilbao cuando le mandé un email de agradecimiento: eso fue el tipo de encuentro que solo ocurre cuando uno viaja solo y sin itinerario fijo, con tiempo para quedarse donde vale la pena quedarse.
Qué hacer distinto
Unas notas para quien viaje después:
El idioma es el principal obstáculo práctico. Aprender los caracteres básicos del metro y las frases de supervivencia en mandarín cambia el día a día de manera significativa. No es necesario hablar chino, pero saber leer "salida", "entrada", "baño" y poder preguntar el precio de algo abre puertas que el inglés no abre.
El metro cubre prácticamente todo lo que vale la pena ver. Es limpio, puntual y barato. El único problema son los transbordos nocturnos cuando varias líneas ya han cerrado: conviene revisar los horarios antes de salir si se planea volver tarde.
La Expo requiere un día entero y llegar pronto. Las colas para los pabellones más populares alcanzan horas de espera antes del mediodía. Vale más recorrer el conjunto sin apegarse a los grandes y perderse en las secciones menos concurridas —el Área de Mejores Prácticas Urbanas, por ejemplo— donde los tiempos de espera son mínimos y las sorpresas más frecuentes.
El Bund tiene dos versiones: la de día, que es una caminata agradable con vistas al río y a la arquitectura colonial de las fachadas, y la de noche, que es otra cosa. Los edificios de Pudong se iluminan a partir de las seis de la tarde y apagan las luces a las diez. Ese intervalo de cuatro horas es el momento para estar allí.
El jardín Yuyuan conviene visitarlo en día laborable y a primera hora. Los fines de semana la afluencia de visitantes locales convierte los senderos en cuellos de botella y es difícil detenerse a mirar nada con calma.
La tableta de mercado subterráneo
Una última nota: la tablet que compré en el mercado subterráneo cerca de People's Square, regateada hasta un precio que me pareció razonable, sobrevivió exactamente cuatro meses después del regreso. Para entonces ya había sacado suficientes fotos con ella como para que no me importara demasiado.
谢谢上海 (Xièxiè Shànghǎi) — Gracias, Shanghai.