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El rótulo escultórico de Madrid junto al río, con las letras iluminadas en azul y la última rematada por la silueta del oso y el madroño, y la ciudad encendida en la ladera del fondo.

Diarios de viaje · España · Madrid

Fin de año en Madrid

Diciembre de 2022 marcó el inicio de una aventura especial: seis días en Madrid para despedir el año y dar la bienvenida a 2023. Siempre he tenido cierta fascinación por la capital en estas fechas, cuando las calles se visten de luz y la ciudad vibra con una energía única. Esta vez, el viaje cobraba un significado distinto al compartirlo con mi pareja, quien descubriría Madrid por primera vez.

6 días Lectura de 28 minutos

Madrid en Nochevieja, esta vez para enseñarla

Introducción al viaje

Siempre he sentido cierta fascinación por Madrid en estas fechas, cuando las calles se visten de luz y la ciudad entera vibra con una energía que no tiene el resto del año. Pero este fin de diciembre de 2022 tenía un aliciente distinto: por primera vez no iba a descubrir la ciudad yo, sino a enseñársela a mi pareja, que la pisaba por primera vez más allá de una escala en Barajas.

Ver Madrid a través de sus ojos —la escala de los edificios, el barroco de la Plaza Mayor lleno de gente con el móvil en alto, la forma en que la ciudad cambia de carácter cada diez minutos de paseo— acabó siendo tan parte del viaje como la propia ciudad. Seis días para despedir el año que se iba y recibir el que llegaba, con Madrid entera como escenario.

La Puerta del Sol de Madrid engalanada con las luces de Navidad y llena de gente.

Día 1. Bilbao–Madrid en autobús, luces de Navidad y bocadillo de calamares

El 29 de diciembre cogimos el autobús desde Bilbao a las diez de la mañana. Cinco horas de trayecto, parada en algún área de servicio, y llegamos a Madrid cerca de las tres de la tarde con la ciudad ya en plena ebullición navideña. Era la primera vez que mi pareja pisaba Madrid más allá de una escala en Barajas, y desde la ventana del autobús ya miraba todo con esa atención concentrada de quien intenta leer una ciudad antes de bajar del vehículo.

Dejamos las maletas en el piso de mi hermano, que nos lo había prestado aunque él estaba fuera. Tener un sitio propio en Madrid es un lujo: puedes moverte sin reloj, volver cuando quieras, calentar agua para el café sin buscar un bar. Hicimos una parada rápida en el supermercado del barrio —leche, fruta, lo básico— y a las cuatro de la tarde ya estábamos en la calle.

La Puerta del Sol con decoración navideña y un millón de personas

Empezamos por donde casi todo el mundo empieza: la Puerta del Sol. En Navidad la plaza se convierte en algo difícil de escalar: árbol iluminado, cascadas de luz blanca bajando por Alcalá y Montera, y una masa de gente que se desplaza en todas direcciones sin un orden aparente. Para mí era una escena familiar; para él era otra cosa. Miraba el techo de luz sobre las calles, las fachadas, la gente empujando hacia los escaparates, y no paraba de girar la cabeza como si quisiera capturarlo todo al mismo tiempo.

Desde Sol subimos hasta la Plaza Mayor. El mercado navideño ocupaba el centro con sus puestos de figuras del belén y adornos de toda la vida, y las fachadas baratas del siglo XVII —esa mezcla de ladrillo rojo y pintura oscura— brillaban con la iluminación artificial de los balcones. Hay algo levemente surrealista en ver ese escenario barroco lleno de turistas con smartphones y vendedores de lotería gritando el número. Mi pareja lo fotografió todo. Yo observé a mi pareja fotografiarlo todo.

Reencuentro en la plaza y bocadillo de calamares

Quedamos con unos amigos madrileños a los que hacía meses que no veía, justo en la Plaza Mayor. Los abrazos, las actualizaciones rápidas de vida, el caminar entre la multitud sin un destino concreto. Nos metimos en uno de los bares de las arcadas —esos locales que están siempre hasta los topes pero donde siempre cabe uno más— y pedimos bocadillos de calamares. No es un plato que impresione en descripción: pan de barra, calamares rebozados y fritos, alioli o mayonesa según el bar. Pero caliente, recién salido, con la cerveza fría delante, es exactamente lo que uno quiere después de cinco horas de autobús y dos horas caminando entre gentío navideño. Mi pareja lo miró con escepticismo inicial y se lo terminó en tres bocados.

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Madrid en Navidad

Chocolate con churros en la Plaza de España

Para cerrar la tarde nos desplazamos hacia la Plaza de España. Hacía frío ya —ese frío seco del interior que en Bilbao no tenemos— y encontramos una chocolatería donde sentarnos. La conversación fluyó entre la segunda y la tercera taza: planes para los días siguientes, anécdotas del año que se despedía, opiniones sobre Madrid de alguien que la veía por primera vez. Mi pareja no acababa de entender la escala de la ciudad, cómo los barrios cambian de carácter cada diez minutos caminando, cómo no hay un centro sino varios centros superpuestos.

Volvimos al piso tarde, con el cansancio específico de quien ha movido mucho el cuerpo y la atención a partes iguales. Era un buen cansancio.

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Madrid en Navidad
Gran Vía de Madrid con sus edificios y tráfico

Día 2. Palacio Real, el Retiro en invierno y el Palacio de Cristal

El 30 de diciembre amaneció despejado, con ese sol de diciembre que en Madrid tiene más presencia que en el norte: está bajo, ilumina de lado y da a la piedra caliza un color casi dorado. Salimos pronto hacia el Palacio Real, que era la primera parada obligatoria del día.

El Palacio Real desde fuera: piedra blanca y cielo azul

Nos quedamos en los exteriores. El Palacio Real no necesita entrada para impresionar: desde la Plaza de la Armería la fachada principal ocupa todo el campo visual, esa combinación de granito gris y piedra caliza de Colmenar que bajo el sol de invierno brilla más que en verano. El edificio actual se construyó porque el Alcázar original ardió la Nochebuena de 1734 —un incendio que duró días— y Felipe V, primer Borbón en el trono español, quiso levantar algo que rivalizara con Versalles. Las obras las empezó el italiano Filippo Juvarra y las terminó Juan Bautista Sachetti entre 1738 y 1764. El resultado fue el palacio real más grande de Europa occidental por superficie, aunque los Borbones españoles en algún momento dejaron de vivir en él.

Desde la explanada oriental se ve la Casa de Campo extendiéndose hacia el oeste y, en días claros como ese, la sierra del Guadarrama al fondo. Mi pareja tardó un momento en procesar la escala del conjunto. En Brasil los edificios coloniales son grandes; esto era diferente, más concentrado, más pesado en su presencia.

Los Jardines de Sabatini, al norte del palacio, estaban casi vacíos a esa hora de la mañana. Los parterres geométricos y los cipreses podados tenían ese aspecto un poco severo que adquiere la jardinería formal en invierno, cuando la vegetación se retira y deja ver la estructura subyacente.

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El Palacio Real y la Catedral de la Almudena

La Almudena: una catedral que tardó cien años en terminarse

A pocos metros del Palacio, la Catedral de la Almudena cierra el conjunto por el sur. Es un edificio peculiar: su fachada exterior es neoclásica para encajar con el palacio vecino, pero el interior es neogótico, y su historia refleja perfectamente los tumbos de España en el siglo XX. La primera piedra la puso Alfonso XII en 1883, pero las obras se fueron parando por falta de dinero, por la guerra, por la posguerra, y Juan Pablo II no la consagró hasta 1993. Es una de las catedrales más jóvenes de Europa aunque tenga más de un siglo de historia encima.

El nombre viene del árabe "al-mudayna" —la ciudadela— y hace referencia a una imagen de la Virgen que según la tradición estuvo escondida en la muralla árabe durante siglos y fue encontrada cuando Alfonso VI reconquistó la ciudad en 1083. Hay algo típicamente madrileño en ese dato: incluso la patrona de la ciudad tiene una historia complicada y discontinua.

La Puerta del Sol el día anterior a Nochevieja

De camino al Retiro pasamos por la Puerta del Sol y comprobamos que ya estaba parcialmente vallada para los preparativos de las campanadas del día siguiente. Operarios instalando estructuras, los accesos restringidos, la bola ya colocada sobre el edificio de Gobernación. Verlo en ese estado —la plaza convertida en plató a medio montar— tenía algo de backstage interesante. Veinticuatro horas después toda España estaría mirando exactamente ese espacio.

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La Puerta del Sol preparándose para la Nochevieja

La calle Alcalá hasta la Puerta de Alcalá

Enfilamos la calle Alcalá hacia el este. Es una de esas calles que en Madrid tienen historia acumulada en cada fachada: el Círculo de Bellas Artes, el Banco de España, el Ministerio de Hacienda. Al llegar a la Puerta de Alcalá la perspectiva se abre de golpe: el arco neoclásico en el centro, el Retiro al fondo, el tráfico rodeándola en círculo. La mandó construir Carlos III en el siglo XVIII, la diseñó Francesco Sabatini —el mismo arquitecto de las caballerizas del Palacio Real— y en su momento marcaba una de las entradas principales a la ciudad. Ahora es una rotonda con mucho simbolismo.

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La fuente de Cibeles y la Puerta de Alcalá en obras

El Retiro en diciembre: menos gente, más árboles

Cruzamos hacia el Retiro. En invierno el parque tiene una calidad diferente: hay menos gente, los árboles sin hojas dejan ver la estructura de las ramas, y la luz de diciembre llega horizontal y lo ilumina todo desde un ángulo bajo que en verano no existe. El parque perteneció a la familia real hasta 1868, cuando la Revolución Gloriosa que destronó a Isabel II lo abrió al público. Desde entonces es el parque de los madrileños.

Caminamos sin prisa. El estanque grande, la estatua ecuestre de Alfonso XII, el Ángel Caído —una de las pocas esculturas del mundo dedicadas a Lucifer, un detalle que a mi pareja le pareció fascinante— y el Palacio de Velázquez, cerrado ese día.

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Paseando por el Parque del Retiro

El Palacio de Cristal: una exposición de espejos dentro de un invernadero de hierro

El destino principal dentro del Retiro era el Palacio de Cristal. Lo construyó Ricardo Velázquez Bosco en 1887 para una exposición de flora tropical procedente de Filipinas —entonces colonia española— y es básicamente un invernadero gigante de hierro y vidrio con reminiscencias del Crystal Palace londinense. Hoy es sede expositiva del Museo Reina Sofía.

Esa tarde albergaba una instalación de esculturas con superficies de espejo. Las piezas captaban y multiplicaban la luz natural que entraba por los cristales, los reflejos del estanque exterior, las siluetas de los visitantes, la propia estructura metálica del edificio. Era un trabajo pensado específicamente para ese espacio: la instalación y el contenedor se retroalimentaban hasta que resultaba difícil saber dónde terminaba uno y empezaba la otra. Mi pareja se quedó un buen rato parado en el centro sin moverse, mirando cómo cambiaba todo según desde dónde lo mirase. Pocas veces he visto alguien tan callado delante de una exposición.

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El Palacio de Cristal

Atardecer en el Retiro y noche en Chueca

Nos quedamos en el parque hasta el atardecer. El penúltimo día de diciembre tiñó el cielo de naranja y rojo en cuestión de minutos —en Madrid los atardeceres de invierno son más rápidos y más intensos que en la costa— y las farolas del parque se fueron encendiendo mientras los últimos paseantes recogían sus perros y sus niños.

Salimos del Retiro con frío y caminamos hasta Chueca para cenar. Las calles del barrio estaban llenas, los bares con las puertas abiertas a pesar de la temperatura, grupos de gente en las aceras con copas en la mano. La energía de la penúltima noche del año en Madrid es particular: hay anticipación y hay también algo de melancolía por el año que se cierra. Encontramos sitio en un local pequeño y estuvimos ahí más de dos horas.

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El atardecer en el Retiro y la llegada a Chueca para cenar
Plaza Mayor de Madrid rodeada de edificios históricos

Día 3. Matadero, Madrid Río y las doce uvas en casa de unos amigos

El último día del año en Madrid comenzó con calma. Desayunamos en el piso con tiempo, sin la urgencia de los días anteriores. Afuera hacía sol y una temperatura que para ser 31 de diciembre en el interior de la península era casi generosa.

Matadero Madrid: naves industriales reconvertidas en espacio de arte

La mañana la pasamos en Matadero, el complejo cultural junto al Manzanares que hasta los años setenta fue exactamente lo que el nombre indica: el matadero municipal de Madrid. Las naves de ladrillo rojo con arcos de hierro, diseñadas por Luis Bellido a principios del siglo XX para el sacrificio y distribución industrial de ganado, ahora albergan exposiciones, teatro, talleres, residencias de artistas. Es uno de esos ejemplos en los que la reconversión no borra la historia del edificio sino que la deja visible: los techos altos, las estructuras metálicas, el suelo de piedra hablan del uso anterior incluso cuando lo que hay dentro es una instalación de videoarte.

Recorrimos varias de las naves esa mañana. Las exposiciones mezclaban audiovisual con escultura, y el contraste entre la dureza del contenedor y la delicadeza de algunas piezas era parte del efecto. Mi pareja, que en Brasil ha visto muchos espacios industriales reconvertidos, encontró la escala de Matadero particularmente generosa.

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Matadero Madrid

Madrid Río: seis kilómetros de parque donde antes había autovía

Salimos de Matadero directamente hacia Madrid Río, que empieza justo ahí. El proyecto soterró la M-30 entre 2004 y 2011 y convirtió los ocho carriles que antes cortaban la ciudad del río en un corredor verde de más de seis kilómetros junto al Manzanares. El resultado es uno de los parques lineales más grandes de Europa y también uno de los más usados: ese 31 de diciembre, con el sol de mediodía, había familias en bicicleta, corredores, gente paseando perros, grupos de adolescentes.

El Manzanares no es un río espectacular —es estrecho, lento, modesto— pero Madrid Río lo ha devuelto a la vida de la ciudad de una manera que hace quince años habría parecido imposible. Los puentes ayudan: el Puente de Toledo del siglo XVIII, con sus hornacinas con figuras de santos, convive con el Puente de Arganzuela diseñado por Dominique Perrault, una espiral metálica que tiene poco que ver con cualquier puente convencional. El conjunto funciona como un museo de ingeniería al aire libre repartido en kilómetros.

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Disfrutando Madrid Río

La Puerta de Toledo y el ascenso hacia Callao

Desde Madrid Río subimos por las Pirámides hasta la Puerta de Toledo, el arco triunfal neoclásico que se levantó a partir de 1813 como homenaje a Fernando VII tras la Guerra de la Independencia, aunque las obras se acabaron durante el Trienio Liberal. Tiene esa grandilocuencia un poco desproporcionada de los monumentos conmemorativos del XIX, pero desde ahí la vista sobre el barrio de la Latina tiene algo de Madrid antiguo que desde la Gran Vía no se percibe.

Continuamos a pie hasta Callao. La tarde ya avanzaba y la zona comercial estaba a tope: el Corte Inglés con los escaparates de Navidad, las calles laterales llenas de gente con bolsas, la Gran Vía convertida en un corredor de luz blanca y fachadas eclécticas de los años veinte y treinta. Subimos hasta Plaza de España, que lleva años en obras de reforma, y vimos a Don Quijote y Sancho Panza desde la distancia con ese fondo de edificios del franquismo.

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De la Puerta de Toledo a Plaza de España, subiendo por Callao

El Templo de Debod al atardecer

De Plaza de España cruzamos al parque del Oeste para ver el Templo de Debod con la última luz del año. El templo egipcio es un regalo de Egipto a España en agradecimiento por la participación española en el salvamento de los templos nubios que iban a quedar sumergidos bajo el embalse de Asuán. Lo desmontaron en Egipto, lo transportaron y lo volvieron a montar en Madrid en los años sesenta. Tiene dos mil quinientos años y está en Argüelles.

El efecto de verlo reflejado en el estanque con el cielo cambiando de azul a naranja a rojo es uno de esos momentos en los que Madrid se porta. La ciudad puede ser caótica y áspera, pero sabe tener sus momentos de belleza inesperada. El templo en sí ya es absurdo de una manera maravillosa —piedra faraónica junto a la Casa de Campo— y el atardecer del último día de diciembre le añadía una capa más de irrealidad. Nos quedamos hasta que el sol desapareció del todo.

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Atardecer en el Templo de Debod

La Gran Vía iluminada y la noche de Nochevieja

Con la noche ya encima volvimos a la Gran Vía para ver la iluminación navideña desde dentro. Las luces convertían la avenida en un túnel de reflejos y mi pareja, que ya llevaba tres días viendo decoraciones navideñas madrileñas, dijo que esto era diferente en escala, que en Brasil las luces de Navidad son otra cosa pero no son esto.

Desde ahí fuimos a casa de unos amigos para la cena de Nochevieja. La cena la preparamos entre todos —platos surtidos, vino, mucho ruido en la cocina— y a medida que se acercaba la medianoche la televisión empezó a ganar protagonismo. Mi pareja preguntó por qué doce uvas. Le explicamos el ritual: una uva por cada campanada, tienes que tragarlas todas antes de que terminen los doce golpes, se supone que trae suerte para cada mes del año siguiente. En la Puerta del Sol la gente lo hace en masa, pero hacerlo en casa de unos amigos tiene otra dimensión: todo el mundo falla alguna uva, todo el mundo se ríe, el champán no espera.

Después del champán, los turrones, los polvorones y el bingo de sobremesa, que duró hasta bien pasadas las cuatro de la mañana. Las calles cuando salimos estaban más tranquilas de lo esperado: la noche de Nochevieja en Madrid explota antes de las doce y luego se dispersa hacia los clubs y las fiestas privadas.

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La Gran Vía iluminada y la mesa ya lista para la cena de Nochevieja
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Día 4. Año Nuevo en el teleférico y paseo por la Casa de Campo

El primer día del año empezó tarde. Muy tarde. La cena de Nochevieja había durado hasta las cinco de la mañana y el sol del mediodía ya llevaba un buen rato alto cuando conseguimos abrirnos paso hasta el café. Madrid en Año Nuevo tiene ese silencio particular de ciudad grande que se ha quedado sin batería: los comercios cerrados, las calles vacías salvo por algún grupo rezagado de la noche anterior, el ruido habitual simplemente ausente. Comimos en el piso y salimos a media tarde.

El teleférico de Rosales: doce minutos sobre Madrid

Habíamos planeado el teleférico para este día precisamente porque en Año Nuevo hay pocas cosas abiertas y el teleférico es de las que sí. Funciona desde 1969, conecta el Parque del Oeste con la Casa de Campo en un trayecto de unos 2.500 metros que dura aproximadamente doce minutos. Las cabinas son pequeñas, caben cuatro o cinco personas, y el recorrido pasa sobre el Parque del Oeste, el Manzanares y los primeros pinos de la Casa de Campo.

Las vistas desde arriba son una de esas perspectivas de Madrid que no se ven en las guías. Al oeste, el palacio real y la catedral de la Almudena en una sola imagen con el campo al fondo. Hacia el sur, la ciudad bajando en densidad hasta perderse. El silencio desde la cabina, con el cable por encima y la ciudad por debajo, tiene algo de irreal. Mi pareja dijo que le recordaba a los teleféricos de las favelas cariocas pero al revés: en Río los teleféricos suben a los cerros, aquí se va de la ciudad hacia el monte.

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Teleférico de Madrid

La Casa de Campo: 1.700 hectáreas de monte dentro de Madrid

Al bajar del teleférico entramos en la Casa de Campo. Con más de 1.700 hectáreas es el espacio verde más grande de Madrid —seis veces el Retiro— y tiene un carácter completamente diferente: aquí no hay parterres ni fuentes ni estatuas, hay monte mediterráneo, pinos, encinas, tierra suelta y senderos que se pierden entre la vegetación. Fue finca real hasta 1931, cuando la Segunda República la abrió al público, y aún hoy tiene esa combinación de espacio salvaje con infraestructuras de parque urbano —pistas de deporte, merenderos, el lago artificial— que le da un carácter peculiar.

Caminamos durante más de una hora por los senderos, sin mapa y sin destino concreto, dejándonos llevar. El frío seco del interior, la luz baja del primer atardecer del año, el crujido de la tierra helada bajo los pies. Era exactamente el tipo de paseo que necesitábamos después de cuatro días de monumentos y multitudes.

Llegamos al lago. Lo construyeron en el siglo XVII y ahora los fines de semana suele haber botes de alquiler, pero el 1 de enero estaba quieto. Algunos patos en la orilla, una familia con dos niños, silencio. Nos sentamos un rato en uno de los bancos mirando el agua.

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La Casa de Campo

El parque navideño del Puente del Rey

Desde el lago seguimos hacia el Puente del Rey, donde habían instalado un parque navideño de temporada: pista de hielo, puestos de castañas y chocolate caliente, atracciones para niños. Era el 1 de enero y el sitio tenía vida —familias que habían decidido empezar el año al aire libre, grupos de amigos sobreviviendo la resaca— con esa energía un poco suspendida de los días festivos. El olor a castañas asadas y a caramelo quemado se mezclaba con el frío del río.

No patinamos. Pero tomamos el chocolate caliente de pie, mirando a la gente en la pista intentar mantener el equilibrio con distinto éxito.

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Letras de Madrid, para no olvidar donde estamos

De vuelta al centro: la Puerta de San Vicente y la Plaza Mayor

Con el sol ya bajo volvimos hacia el centro siguiendo el curso del Manzanares hasta la Puerta de San Vicente, una de las antiguas puertas de acceso a Madrid reconstruida en el siglo XVIII. Tiene esa presencia sólida de la arquitectura neoclásica borbónica: piedra, proporciones medidas, sin ornamentación excesiva. La luz del atardecer le daba un tono cálido que hacía pensar en pinturas del XVII.

Desde ahí subimos hasta la Plaza Mayor. En Año Nuevo la plaza estaba más tranquila que los días anteriores, con un turismo más disperso y sin la presión del mercado navideño a tope. La estructura de Felipe III en el centro, las fachadas con los balcones repetidos, el rectángulo cerrado que lleva trescientos años organizando el espacio de la misma manera.

Terminamos el día en el Mercado de San Miguel, que estaba parcialmente abierto. Algunos puestos cerrados, pero suficiente para tomar unas tapas y un vaso de vino de pie, como corresponde. El mercado de hierro y cristal de principios del siglo XX, los puestos de jamón y queso y fruta, la gente moviéndose entre los pasillos estrechos. Un final adecuado para un primer día del año que habíamos pasado entre pinos, teleférico y chocolate caliente.

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De la Puerta de San Vicente a la Plaza Mayor y el Mercado de San Miguel, apurando el día de Año Nuevo
Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Madrid

Día 5. Las Torres KIO, la Castellana y el jardín tropical de Atocha

El 2 de enero decidimos recorrer Madrid de norte a sur por el eje del Paseo de la Castellana, empezando por las Torres KIO y terminando en Atocha. Es una de esas rutas que no suelen aparecer en los itinerarios turísticos estándar pero que muestra una Madrid diferente: más institucional, más corporativa, con tramos de arquitectura de los ochenta y noventa mezclados con palacetes del XIX reconvertidos en embajadas o ministerios.

Las Torres KIO: el skyline de Madrid al norte

Empezamos en las Torres KIO, o Puerta de Europa según el nombre oficial. Son dos rascacielos inclinados 15 grados sobre la vertical, inaugurados en 1996, que se miran el uno al otro en la glorieta de Castilla. Con 114 metros de altura y fachadas de cristal, a la luz de la mañana los reflejos cambiaban con cada ángulo. Tienen algo de trampa óptica: el ojo sabe que un edificio no puede estar así de ladeado y el cerebro tarda un momento en aceptarlo.

Para mi pareja, acostumbrado al skyline de São Paulo o al del centro carioca, no eran rascacielos especialmente grandes. Pero la inclinación le pareció una decisión arquitectónica llamativa, casi absurda en el buen sentido. Estuvimos un buen rato fotografiándolas desde diferentes ángulos tratando de capturar el efecto del contrapicado.

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Puerta de Europa

La Castellana hacia el sur: un siglo de arquitectura en tres kilómetros

Bajamos por la Castellana a pie. El paseo es largo pero tiene suficiente variación como para no hacerse monótono: las sedes bancarias y corporativas de los años ochenta con su travertino y sus atrios, los palacetes modernistas reconvertidos, el Santiago Bernabéu a un lado, los jardines del paseo con sus esculturas. La avenida es más un inventario arquitectónico que una calle, un registro de cómo Madrid fue creciendo hacia el norte a lo largo del siglo XX y qué imagen quiso proyectar en cada momento.

Nos cruzamos con un mercado navideño que El Corte Inglés había instalado en el parking de su centro de Castellana —ya el 2 de enero, últimos días— con puestos de artesanía y productos gourmet. Compramos algo para picar y seguimos.

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Disfrutando de otro mercado navideño

El Museo de Ciencias Naturales y la historia del edificio del Prado

Al pasar frente al Museo Nacional de Ciencias Naturales me acordé de algo que conectaba ese edificio con el Prado, que estaba un poco más al sur. Carlos III mandó construir a finales del XVIII un edificio neoclásico diseñado por Juan de Villanueva para albergar un gabinete de historia natural y ciencias, parte del proyecto ilustrado de la corona española. El edificio del Prado es ese mismo proyecto. Lo que hoy es el museo de pintura más importante de España estaba pensado originalmente como museo de ciencias naturales. No fue galería de arte hasta 1819, cuando Fernando VII —a instancias de su esposa, la reina Isabel de Braganza— decidió trasladar ahí parte de la colección real. Carlos III nunca habría imaginado que ese edificio iba a acabar guardando Las Meninas.

Ese día no entramos al Prado —habíamos decidido reservar los museos para otra visita— pero pasamos por delante y nos detuvimos un momento. La fachada neoclásica, la estatua de Velázquez en la entrada, la cola de turistas que ya a las once de la mañana daba la vuelta a la esquina.

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Museo Nacional de Ciencias Naturales

La Plaza de Colón y la bandera más grande de Madrid

Más al sur, la Plaza de Colón con su monumento a Cristóbal Colón y la bandera española de 294 metros cuadrados ondeando en el centro. Es una de esas banderas que Madrid instala en puntos estratégicos de la ciudad para que no haya duda de dónde estás. Mi pareja la fotografió con cierta incredulidad: "¿siempre está aquí?" Siempre está aquí.

Los jardines del Descubrimiento, bajo la plaza, tienen esa arquitectura brutalista de los setenta que en Madrid aparece en los lugares más inesperados. La Biblioteca Nacional al lado, edificio del XIX con su fachada de columnas y el relieve de figuras alegóricas, cierra el conjunto.

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Plaza de Colón

El Prado y el Reina Sofía desde fuera

Continuamos hasta el Triángulo del Arte. El Prado, el Reina Sofía, el Thyssen: tres museos de primer nivel en menos de un kilómetro cuadrado, una concentración de pintura que pocas ciudades pueden igualar. Pasamos por la fachada del Prado pensando en lo que no íbamos a ver ese día —las Meninas, las pinturas negras de Goya, el Jardín de las delicias de El Bosco— con esa mezcla de placer diferido y ligera culpa del viajero que aplaza lo importante. Mi pareja, que conoce bien los grandes museos de arte de Río y São Paulo, dijo que tendría que volver.

El Reina Sofía ocupa el antiguo Hospital General de Madrid, un edificio del XVIII que Carlos III mandó construir también en el marco de sus reformas urbanas. El contraste con las torres de cristal de Jean Nouvel añadidas en 2005 es uno de esos choques arquitectónicos que Madrid gestiona con naturalidad.

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Museo del Prado y Museo Reina Sofia

La estación de Atocha: palmeras y tortugas bajo una bóveda de hierro

Terminamos el día en Atocha. La estación tiene dos partes: la nueva, funcional, por donde pasan los trenes de alta velocidad, y la antigua, la nave de hierro y cristal de 1892 reconvertida en jardín tropical. Más de 7.000 plantas de 400 especies diferentes, palmeras que llegan hasta la cúpula, helechos, bambú y en los estanques del suelo, tortugas. Todo esto bajo una estructura de hierro del siglo XIX que en su origen era simplemente una marquesina de andenes.

Es uno de los espacios más extraños de Madrid y uno de los más buenos. El contraste con el día que acabábamos de pasar —arquitectura corporativa, monumentos, museos vistos desde fuera— era total. Entramos y estuvimos un rato paseando entre las plantas con ese ritmo lento que el espacio impone. Mi pareja, que en Brasil tiene selva a tres horas de casa, dijo que este jardín artificial dentro de una estación le parecía más impresionante que cualquier jardín botánico al uso. Hay algo en la incongruencia del sitio que funciona.

Al salir ya era de noche. Las fachadas de los edificios del Paseo del Prado brillaban con la iluminación urbana, y caminamos de vuelta al piso con ese cansancio específico de haber caminado ocho horas.

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El jardín tropical de Atocha, de día y ya con la iluminación nocturna
Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Madrid

Día 6. El barrio de Almendrales y el autobús de vuelta a Bilbao

El último día siempre tiene ese ritmo diferente. Recogimos el piso de mi hermano con calma —hacer las camas, limpiar la cocina, dejar las llaves donde correspondía— mientras afuera el barrio de Almendrales empezaba su mañana de martes con la normalidad de cualquier martes que no es festivo.

Almendrales: el Madrid que no va en las guías

Con las maletas preparadas y horas por delante antes del autobús de las cuatro, salimos a dar un último paseo por el barrio. Almendrales está al sur del centro, entre Atocha y Lavapiés, y es exactamente el tipo de barrio que no aparece en los itinerarios turísticos y que por eso mismo tiene algo que los barrios turísticos han perdido. Los comercios de proximidad, las carnicerías con los precios escritos a mano, los bares donde el menú del día cuesta diez euros y los camareros llaman a los clientes habituales por el nombre.

Es una zona con bastante inmigración —china, árabe, latinoamericana— y esa mezcla se nota en los comercios, en los idiomas que se oyen en la calle, en los carteles de los restaurantes. Mi pareja, que viene de una ciudad donde la mezcla es constitutiva, se sintió más cómodo en Almendrales que en el Madrid monumental de los días anteriores. Dijo que aquí sí podía imaginar vivir.

Pasamos por la Glorieta de Embajadores, por algunas calles laterales, por un mercado de barrio que estaba medio abierto. Sin fotos especiales, sin monumentos, sin la presión de estar aprovechando el turismo. Solo caminar.

El autobús a las cuatro

A las cuatro de la tarde, puntual, el autobús salió de la estación de Méndez Álvaro con destino a Bilbao. Cinco horas de vuelta, el paisaje de la meseta castellana en enero —seco, pardo, plano hasta que empieza a ondularse hacia el norte—, la llegada a Bilbao cerca de las nueve con el frío húmedo del cantábrico después de días de frío seco castellano.

Seis noches en Madrid. Cinco días completos. El balance de mi pareja al final del viaje fue más matizado de lo que yo esperaba: la escala de la ciudad le había resultado difícil, la gente en Navidad demasiado, el ruido constante agotador para alguien que no lo tiene en su vida cotidiana. Pero el Palacio de Cristal, el teleférico, la noche de Nochevieja en casa, Matadero, el jardín de Atocha —esas cosas se quedan. No la Ciudad con mayúscula sino los momentos concretos dentro de ella.

Madrid es una ciudad que cuesta. No tiene la elegancia concentrada de San Sebastián ni la coherencia visual de Barcelona. Es más grande, más ruidosa, más caótica, y esa energía puede ser estimulante o puede ser extenuante según el día. Pero tiene museos que justificarían un viaje solos, tiene barrios que cambian de carácter cada diez minutos, tiene esa capacidad de la capital de absorberlo todo sin que nada le parezca excesivo. Volveremos. La próxima vez, el Prado entero.

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