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La estatua del oso y el madroño de la Puerta del Sol vista a contraluz desde atrás, con el oso empinado contra el tronco y la inscripción «50 años en Sol» en el pedestal, ante las fachadas de la plaza.

Diarios de viaje · España · Madrid

Madrid como epílogo

Un epílogo planificado. Al organizar el viaje a Albania, vimos que los vuelos de regreso pasaban por Madrid, así que decidimos aprovechar para quedarnos un par de días extra en la capital y cerrar las navidades entre el Rastro, un musical y la nostalgia de Cortylandia.

4 días Lectura de 17 minutos

Madrid como epílogo: de Tirana a la Gran Vía sin pasar por casa

Introducción al viaje

Cuando organizamos el viaje a Albania, vimos que los vuelos de vuelta pasaban por Madrid. El horario no daba para enlazar con Bilbao ese mismo día, así que la decisión fue fácil: mi hermano vive en la capital, las fiestas de Navidad aún no habían terminado y la idea de quedarnos un par de días en Madrid como epílogo al viaje nos pareció el cierre perfecto.

No como turistas —ya he estado en Madrid muchas veces—, sino como visitantes relajados, aprovechando los últimos días festivos para descomprimir antes de volver a la rutina. Sin itinerario, sin obligaciones, sin la presión de tener que ver nada en particular.

Así fue como once días en los Balcanes se convirtieron en catorce días fuera de casa, con un epílogo madrileño planificado que resultó ser exactamente lo que necesitábamos.

Qué esperar de esta escapada

No voy a descubrirle Madrid a nadie. Es la capital de España, una ciudad que todo el mundo conoce o cree conocer. Pero precisamente por eso, este diario no pretende ser una guía de la ciudad. Es más bien la crónica de cómo se vive Madrid cuando no necesitas ver nada, cuando puedes dedicarte simplemente a pasear, a reencontrarte con rincones que ya conoces y a dejarte sorprender por los que aún no.

Éramos conscientes de que Madrid en Navidad puede ser un auténtico infierno de masificación. La Puerta del Sol, la Gran Vía, la Plaza Mayor... todo multiplicado por el factor festivo. Pero también sabíamos que la ciudad tiene otra cara, barrios más tranquilos, mercados menos turísticos y esa energía particular que tiene Madrid cuando no intentas competir con las multitudes sino que te dejas llevar por ellas.

Tres días, dos noches, un musical, el Rastro, Cortylandia y un mercado que nadie conoce. Esto es lo que nos dio Madrid como despedida de unas navidades que habían empezado en Albania y terminaban en la Gran Vía.

El árbol de Navidad de la Puerta del Sol.

Día 1. Llegada desde Albania y aterrizaje en el sofá

El vuelo de Wizz Air desde Tirana aterrizó en Madrid-Barajas sobre las 21:30. Once días de mochilas, autobuses albaneses, búnkeres reconvertidos y comida balcánica quedaban oficialmente atrás. Ahora tocaba cruzar una terminal de aeropuerto que, después de los aeropuertos modestos de Tirana, parecía una ciudad en sí misma.

Nos fuimos directos al metro. Barajas está conectado con el centro de Madrid a través de la línea 8, que llega hasta Nuevos Ministerios, y desde ahí se puede combinar con prácticamente cualquier línea de la red. Es un trayecto largo —unos 40 minutos hasta el centro— pero cómodo y económico, especialmente comparado con las alternativas en taxi. A esas horas, con el cansancio de un día de viaje y once días de Albania encima, el metro era la opción perfecta: sentarse, no pensar y dejar que los vagones hicieran el trabajo.

Llegamos a casa de mi hermano sobre las once de la noche. Esa sensación de cruzar la puerta de una casa que no es la tuya pero que conoces bien, donde sabes dónde están las toallas y cómo funciona la cafetera, tiene algo reconfortante después de casi dos semanas en entornos desconocidos. Es una zona intermedia entre el viaje y el hogar, un espacio de transición perfecto para descomprimir.

Cenamos algo rápido —cualquier cosa sabía a gloria después de las horas de aeropuerto y avión— y nos dejamos caer. El cuerpo pedía cama, pero la cabeza todavía estaba procesando el salto de Tirana a Madrid, de los búnkeres de Hoxha a la M-30. Mañana habría tiempo para todo. O para nada. Que esa era precisamente la gracia.

El Mercado de la Cebada en Madrid.

Día 2. Del centro masificado al Mercado de la Cebada: descubriendo el otro Madrid

Nos levantamos con calma, sin despertador ni itinerario. Desayunamos en casa con la tranquilidad de quien no tiene que estar en ningún sitio a ninguna hora, y salimos a la calle con la única intención de pasear.

El error del turista: ir donde va todo el mundo

El primer impulso fue el de siempre: ir al centro. Nos bajamos en la estación de metro de Callao y empezamos a bajar hacia la Puerta del Sol. Error. Madrid el 3 de enero es una ciudad tomada por las compras de último momento, los turistas navideños y las familias aprovechando los últimos días de vacaciones. La Gran Vía era un río humano que fluía en ambas direcciones, y Sol parecía el epicentro de un terremoto de gente.

Decidimos probar suerte en la Plaza Mayor, pensando que el mercado navideño podría ser un plan agradable. Pero al llegar nos encontramos con una decepción: lo estaban desmontando. El mercado navideño de la Plaza Mayor, uno de los más tradicionales de España con casi 150 años de historia, cierra sus puertas el 31 de diciembre en lugar de alargarse hasta Reyes, como uno podría esperar. Los operarios retiraban las casetas mientras los últimos visitantes hacían fotos a los restos de lo que días antes había sido un hervidero de figuritas del Belén, adornos navideños y bromas de mal gusto.

Desde la Plaza Mayor bajamos al Mercado de San Miguel, ese espacio gastronómico que ocupa el edificio de hierro de principios del siglo XX junto al Arco de Cuchilleros. Pero la cola para entrar confirmó lo que ya intuíamos: estábamos siguiendo la ruta de todo el mundo y cosechando exactamente lo que eso produce. Masificación, esperas y esa sensación de estar haciendo turismo de manual en una ciudad que conozco de sobra.

La Puerta del Sol de Madrid abarrotada de gente con el árbol de Navidad en primer plano.La estatua del oso y el madroño en la Puerta del Sol de Madrid.El Mercado de San Miguel de Madrid, con su estructura de hierro y la cola de visitantes en la puerta.La Plaza Mayor de Madrid con los operarios desmontando el mercado navideño.
La Puerta del Sol, epicentro navideño y tan abarrotada como esperábamos. La Plaza Mayor, con el mercado navideño ya a medio desmontar. El Mercado de San Miguel, con la cola que nos hizo cambiar de planes

Había que cambiar de estrategia.

El Mercado de la Cebada: el Madrid que no sale en Instagram

Nos fuimos andando hacia La Latina, uno de los barrios con más personalidad de Madrid, y allí encontramos exactamente lo que buscábamos: el Mercado de la Cebada.

El Mercado de la Cebada tiene una historia fascinante que refleja las tensiones entre tradición y modernidad que caracterizan a tantas ciudades europeas. El mercado original se remonta a 1875, cuando se construyó una estructura de hierro al estilo de los grandes mercados europeos del siglo XIX, como Les Halles de París o el Born de Barcelona. Aquel primer edificio, diseñado por Mariano Calvo Pereira, fue durante décadas el mercado de abastos del barrio, el lugar donde los vecinos de La Latina hacían su compra diaria.

En 1958 se demolió para construir el edificio actual, una estructura funcionalista de hormigón y aluminio con esas cúpulas geodésicas tan características que le dan un aspecto entre industrial y futurista. Durante años fue un mercado de barrio más, con sus puestos de pescado, carne, fruta y verdura, que sobrevivía como podía a la competencia de los supermercados.

Pero la verdadera transformación llegó con su última renovación, que ha convertido el Mercado de la Cebada en un espacio híbrido donde conviven los puestos tradicionales de alimentación con gastrobares, cervecerías artesanales, puestos de comida internacional y pequeños negocios que nada tienen que ver con la venta de alimentos. Es un modelo que recuerda al Mercado de San Miguel pero sin la masificación turística, con precios más razonables y una clientela mayoritariamente local.

Lo que más nos gustó fue precisamente eso: la naturalidad del espacio. No es un mercado pensado para turistas sino para vecinos, aunque los visitantes son bienvenidos. Los puestos tradicionales de toda la vida coexisten sin estridencias con propuestas más modernas, y el ambiente es relajado y auténtico. Comimos algo en uno de los puestos gastronómicos, con precios que hacían llorar de risa comparados con los del Mercado de San Miguel, y disfrutamos del bullicio tranquilo de un mercado que funciona como debería funcionar un mercado: como punto de encuentro del barrio.

El interior del Mercado de la Cebada de Madrid, con sus cúpulas geodésicas de hormigón y aluminio.Puestos de gastrobares y cervecerías dentro del Mercado de la Cebada de Madrid.Ambiente de vecinos y visitantes en el Mercado de la Cebada de Madrid.
El Mercado de la Cebada, el Madrid de barrio que buscábamos

Callejear por La Latina

Después de comer seguimos callejeando por La Latina, uno de esos barrios de Madrid que conservan un carácter propio a pesar de la gentrificación que va comiéndose la ciudad barrio a barrio. Las calles estrechas, las plazas con terrazas, las fachadas de ladrillo y las iglesias que aparecen en cada esquina componen un paisaje urbano que poco tiene que ver con la Gran Vía y sus cadenas internacionales.

La Latina es conocida sobre todo por el Rastro —al que dedicaríamos el día siguiente— pero tiene mucho más que ofrecer cualquier día de la semana. La Plaza de la Paja, la iglesia de San Andrés, la Capilla del Obispo, el Jardín del Príncipe de Anglona... Rincones que pasan desapercibidos para el turismo masivo pero que cuentan la historia del Madrid medieval y renacentista mejor que cualquier museo.

Calles del barrio de La Latina en Madrid, con sus fachadas de ladrillo y terrazas.La cúpula de la Real Basílica de San Francisco el Grande en Madrid.
La Latina, ladrillo, terrazas y la cúpula de San Francisco el Grande

La terraza del Corte Inglés y Cortylandia

A última hora de la tarde volvimos a Callao, esta vez con un objetivo concreto: subir a la terraza del Corte Inglés de la Plaza de Callao. No es ningún secreto, pero sigue siendo uno de los mejores miradores gratuitos de Madrid. Desde arriba, la Gran Vía se extiende en ambas direcciones con esa perspectiva que permite apreciar la ambición arquitectónica de la avenida, concebida a principios del siglo XX como la gran vía comercial de la capital.

El edificio del Corte Inglés de Callao ocupa el solar donde estuvo el mítico cine Capitol, uno de los grandes palacios cinematográficos del Madrid de posguerra. La terraza ofrece vistas de 360 grados sobre los tejados del centro: el edificio Metrópolis, la torre de Telefónica, el Palacio Real al fondo, y en primer plano el hormiguero humano de la plaza de Callao con sus luces navideñas.

Hicimos fotos, tomamos algo y bajamos justo a tiempo para el espectáculo de Cortylandia. Para quien no lo conozca, Cortylandia es una tradición navideña madrileña que se remonta a 1979, cuando El Corte Inglés comenzó a instalar figuras animadas con música en la fachada de su tienda de la calle Maestro Victoria, junto a Callao. Cada año la temática cambia, pero el concepto se mantiene: figuras mecánicas que se mueven al ritmo de canciones navideñas, creando un espectáculo que paraliza la calle durante unos minutos cada vez que se activa.

Para generaciones de madrileños, ir a ver Cortylandia es tan navideño como el turrón o la lotería. Para mí, que crecí en Bilbao, fue un descubrimiento tardío que me conecta con esa tradición navideña madrileña de una forma inesperadamente emotiva. Hay algo en esas figuras animadas, en esa música que suena mientras cientos de personas se detienen a mirar con la misma expresión de asombro infantil, que trasciende lo meramente comercial y se convierte en un ritual colectivo genuino.

Volvimos a casa con la sensación de que el cambio de estrategia había funcionado: huir del centro turístico para descubrir el Madrid de barrio había sido la decisión correcta. La Cebada en lugar de San Miguel, La Latina en lugar de Sol. A veces las mejores experiencias en una ciudad que ya conoces consisten precisamente en ir a los sitios donde no va nadie.

Vista panorámica de Madrid desde la terraza del Corte Inglés de Callao, con la Gran Vía al fondo.Vista panorámica de los tejados de Madrid desde el mirador del Corte Inglés de Callao.
Madrid a vista de pájaro desde la terraza del Corte Inglés de Callao
El Rastro de Madrid lleno de gente.

Día 3. El Rastro, una comida para olvidar y Cortylandia en videollamada

Domingo en Madrid. Y no hay nada más típico que hacer un domingo en Madrid que visitar el Rastro.

El Rastro: cuatro siglos de mercadillo dominical

El Rastro de Madrid es mucho más que un mercadillo. Es una institución que se remonta al siglo XV, cuando los curtidores del barrio de Lavapiés arrastraban las pieles de los animales sacrificados en los mataderos de la zona, dejando un rastro de sangre por las calles empinadas que bajaban desde la Plaza de Cascorro. De ahí, precisamente, viene el nombre.

Con el tiempo, los puestos de pieles se fueron mezclando con vendedores de todo tipo de mercancías, y el mercadillo fue creciendo hasta convertirse en lo que es hoy: el mayor mercado al aire libre de Madrid, con más de 3.500 puestos que se extienden desde la Plaza de Cascorro hasta la Ronda de Toledo, serpenteando por las calles adyacentes de la Ribera de Curtidores.

Hacía años que no visitaba el Rastro, y para Rafa era su primera vez. La experiencia no decepciona: la variedad es abrumadora. Ropa nueva y de segunda mano, antigüedades, discos de vinilo, libros usados, herramientas, cuadros, bisutería, recuerdos, cachivaches inclasificables y ese puesto que siempre hay en todos los mercadillos del mundo donde venden cosas que no sabías que necesitabas hasta que las ves.

Lo mejor del Rastro no son los puestos en sí —aunque hay auténticos tesoros si tienes paciencia para buscar— sino el ambiente. Es el Madrid castizo en estado puro: el bullicio, los gritos de los vendedores, el olor a churros y a café, las conversaciones a voces, los regateos teatrales. Los domingos, el Rastro funciona como el salón compartido del barrio, un lugar donde los madrileños quedan para pasear, tomar cañas y encontrarse con conocidos.

La zona de antigüedades, en las calles que bajan desde la Ribera de Curtidores, es especialmente interesante. Allí se pueden encontrar desde muebles restaurados hasta carteles publicitarios de los años 50, pasando por vajillas de porcelana, máquinas de escribir, cámaras fotográficas antiguas y esas lámparas de diseño que alguien tiró sin saber lo que valían. Es un viaje en el tiempo que se recorre a paso lento, parándose en cada puesto a curiosear.

Pasamos toda la mañana allí, absorbiendo el ambiente sin comprar nada, que a veces es la mejor forma de disfrutar un mercadillo.

Puestos del Rastro de Madrid con ropa y objetos de segunda mano.Ambiente dominical en el Rastro de Madrid, con puestos y gente paseando entre ellos.
El Rastro de Madrid, el salón compartido del barrio los domingos

Terra Norte: la peor comida del viaje (y eso incluye Albania)

Para comer buscamos algo cerca del Teatro Calderón, donde teníamos las entradas para el musical de la tarde. Encontramos un local llamado Terra Norte que ofrecía empanadas, bollos preñados y similares. No quedó muy claro si pretendía ser cocina asturiana o tenía un punto más bien argentino — el personal era sudamericano y la carta jugaba a la ambigüedad. En cualquier caso, la realidad fue desastrosa.

Las empanadas tenían un sabor que no invitaba a una segunda mordida. Los bollos preñados llegaron sin el preñado, es decir, sin chorizo. No es que hubiera poco relleno: es que literalmente no había relleno. Un bollo vacío con la masa prácticamente cruda. Y esto después de once días comiendo en Albania, donde cualquier restaurante de carretera te servía una comida honesta por cinco euros.

Mi consejo es claro y directo: evitad Terra Norte a toda costa. Es el tipo de local que sobrevive gracias a la ubicación y al flujo constante de turistas que no van a volver. No merece ni el tiempo ni el dinero.

Houdini, el musical, en el Teatro Calderón

Teníamos claro desde el principio que queríamos aprovechar la amplia oferta de musicales de Madrid, pero no habíamos cerrado cuál hasta la víspera: Houdini, en el Teatro Calderón de la Gran Vía. Un musical biográfico sobre el legendario mago escapista húngaro-estadounidense, con una hora de pre-show antes de la función en la que magos circulan por el vestíbulo del teatro haciendo trucos de cerca y metiendo al público en el ambiente del vodevil de principios del siglo XX.

La función en sí me dejó sensaciones encontradas. La parte técnica —escenografía, vestuario y sobre todo los números de escapismo— está resuelta con una precisión que sorprende de verdad, y Julia Möller se roba la función ella sola en sus dos canciones en solitario. Pero ese día actuaba el cover en el papel protagonista en vez del titular Pablo Puyol, y la partitura mete tantos tópicos del musical —claqué, can-can, balada, número cómico— que al final no se queda ninguna canción en la cabeza. Entretenido y bien producido, pero sin esa chispa que lo habría hecho memorable. Aquí cuento con más detalle qué me pareció.

Cortylandia: la segunda vez y la videollamada

Después de Houdini volvimos al centro para una nueva dosis de Cortylandia. Si el día anterior había sido un reencuentro nostálgico para mí, esta vez la protagonista fue la reacción de Rafa.

No solo quería repetir, sino que insistió en transmitir el espectáculo en directo por videollamada a su familia en Brasil. Y ahí estábamos los dos, a las ocho de la tarde de un domingo de enero en Madrid, con el móvil en alto filmando figuras mecánicas navideñas mientras al otro lado de la línea una familia brasileña veía en directo algo que probablemente les parecería una curiosidad simpática pero incomprensible.

Hay algo hermoso en esos momentos en los que compartes con alguien algo que para ti es nostálgico y para el otro es completamente nuevo. Cortylandia visto a través de los ojos de alguien que lo descubre por primera vez recupera una magia que la costumbre erosiona. La ilusión de Rafa al ver las figuras moverse y al escuchar la música era la misma que tendría un niño madrileño, y eso, por cursi que suene, es uno de los regalos que da el viajar con alguien que mira el mundo con ojos diferentes a los tuyos.

Dimos un último paseo nocturno por el centro, disfrutando de las luces navideñas que en pocos días serían desmontadas. Madrid de noche, en Navidad, con el frío justo para agradecer un chocolate caliente y las calles todavía llenas de gente disfrutando de los últimos coletazos festivos. Un final de día que, después de la decepción gastronómica, necesitábamos.

Las figuras animadas de Cortylandia en la fachada de El Corte Inglés de Madrid.El público congregado frente al escaparate de Cortylandia en Madrid durante la Navidad.
Cortylandia, la tradición navideña madrileña que descubrí de adulto
La Gran Vía de Madrid vista desde el mirador del Corte Inglés.

Madrid: conclusiones de un epílogo perfecto

Reflexiones finales del viaje

El 5 de enero a las diez de la mañana cogimos el autobús de regreso a Bilbao. Sin más ceremonias, sin últimos paseos, sin despedidas dramáticas. El autobús salió puntual de la estación de Méndez Álvaro y cinco horas después estábamos en casa. Catorce días de viaje —once en Albania y tres en Madrid— llegaban a su fin.

El epílogo que no esperábamos

Madrid no estaba en el plan original. Era un accidente logístico, una escala forzosa convertida en oportunidad. Y precisamente por eso funcionó tan bien. No había expectativas que cumplir, ni itinerarios que seguir, ni la presión de justificar el viaje. Simplemente estábamos ahí, en una ciudad que ya conocía, con tiempo libre y ganas de disfrutarlo sin estrés.

Esa ausencia de presión es quizá la mayor lección de estos tres días. Cuando no necesitas demostrar que has aprovechado el viaje, cuando no tienes que marcar hitos en un mapa ni publicar fotos en redes, viajar se convierte en algo mucho más relajado. Más humano. Más parecido a vivir.

Madrid y yo

Mi relación con Madrid es complicada, como la de muchos que no son de allí. Es una ciudad que me abruma un poco por tamaño, por densidad de gente, por ese ritmo acelerado que parece no detenerse nunca. No es la ciudad donde elegiría vivir, ni probablemente la que recomendaría como primer destino a alguien que visita España por primera vez.

Pero es una ciudad que me gusta visitar. Siempre hay algo que hacer, algo que ver, algún musical nuevo, algún restaurante que probar, algún barrio que explorar. Madrid tiene esa generosidad de las grandes ciudades: nunca se agota, siempre ofrece algo, incluso a quien ya la conoce. Y siempre vuelvo con una sonrisa.

En esta ocasión, la lección ha sido clara: huir del centro. El Mercado de la Cebada en lugar del de San Miguel. La Latina en lugar de Sol. El Rastro en lugar de las tiendas de la Gran Vía. Madrid tiene un centro turístico que puede ser agotador, pero a dos calles de distancia hay un Madrid de barrio, auténtico y accesible, que merece mucho más la pena.

El cierre perfecto

Como epílogo al viaje de Albania, Madrid funcionó a la perfección. Fue la zona de descompresión que necesitábamos entre los Balcanes y la vuelta a la rutina. Un par de días para aterrizar suavemente, para procesar lo vivido, para hacer la transición entre el modo viaje y el modo vida cotidiana.

Y Cortylandia. Cortylandia por partida doble, con videollamada a Brasil incluida. Si eso no es un cierre navideño perfecto, no sé qué lo es.

Guías y artículos

Información práctica

Ambiente dominical en el Rastro de Madrid, con puestos y gente paseando entre ellos.

El Rastro de Madrid

El mercadillo más famoso de España: cinco siglos de domingo en La Latina

Madrid