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Stuttgart, más allá de la Selva Negra
Cuatro días y medio en una ciudad poco turística en sí misma y que suele ser utilizada por los viajeros como punto de entrada a las excursiones por la Selva Negra. Sin embargo Stuttgart ofrece opciones interesantes para pasar un fin de semana largo o unos pocos días de vacaciones en Semana Santa.
Stuttgart. Consideraciones previas¶
Una pequeña ciudad que me dejó un gran sabor de boca
Buscaba un destino para Semana Santa que no me costase el doble por el simple hecho de serlo. Casi todo lo que miraba triplicaba el precio en esas fechas: el Mediterráneo, las capitales del centro de Europa, cualquier cosa que sonase a destino habitual. Y entonces apareció Stuttgart, con un vuelo directo desde Bilbao con Eurowings por 70 euros ida y vuelta. El precio funcionaba, las fechas también, y la ciudad sonaba lo suficientemente desconocida como para despertar la curiosidad.
Stuttgart es la capital de Baden-Württemberg, el estado federado del sur de Alemania que ocupa el rincón entre el Rin, los Alpes suizos y Baviera. Con seiscientos mil habitantes es la ciudad más grande de la región y la sexta de todo el país, aunque el turismo internacional la ignora de forma bastante sistemática en favor de Múnich, Berlín o Hamburgo. Lo que el turismo masivo todavía no ha descubierto sobre Stuttgart es que la ciudad está encajada en un valle rodeado de colinas boscosas y viñedos que llegan casi hasta el centro, que tiene museos de primer nivel y una plaza central que detiene a cualquiera que la cruce por primera vez.

La ciudad tiene una red de transporte público eficiente: metro, tranvías y autobuses que cubren prácticamente todos los puntos de interés. El aeropuerto conecta con el centro mediante las líneas S2 y S3, en algo menos de media hora. El sistema de billetes puede resultar confuso al principio porque funciona por zonas, pero casi todo lo que merece verse se concentra en las zonas centrales 10-20. Solo el aeropuerto y el palacio de Ludwigsburg, al norte, obligan a ampliar el billete. Las máquinas expendedoras están disponibles en castellano, lo que facilita bastante la compra.
Para quienes planeen visitar varios museos, la tarjeta turística StuttCard de tres días vale 27 euros y es fácil de rentabilizar. Sumando solo las entradas al Museo Mercedes-Benz y al Museo Porsche ya se recupera buena parte del coste. Si se añade la torre de televisión, el palacio de Ludwigsburg y alguna galería más, el ahorro es claro.

La versión de la StuttCard con transporte público incluido es menos interesante si el grueso del viaje transcurre dentro de las zonas 10-20: en ese caso sale más económico comprar la tarjeta sin transporte y los bonos de un día por separado. Con cuatro días y medio en la ciudad tenía tiempo suficiente para ver lo esencial y hacer al menos una excursión a los alrededores.


Día 1. Viernes Santo en Stuttgart¶
El viernes 30 de marzo cogí el vuelo directo de Bilbao a Stuttgart con Eurowings. Salí a las 13:00 con veinte minutos de retraso, que a esas alturas del día ya no condicionaba nada. El vuelo dura poco más de hora y media y sobrevuela los Pirineos, la llanura francesa y la Selva Negra antes de descender hacia el valle del Neckar. Desde la ventanilla se intuye la topografía que caracteriza Stuttgart: una ciudad hundida entre colinas, más parecida a un cuenco que a una llanura.

En el aeropuerto compré la StuttCard de tres días antes de salir hacia el centro. Había calculado que la oficina de turismo del centro cerraba a las cuatro por ser festivo, y no quería empezar el día siguiente sin ella. La tarjeta da acceso a museos y atracciones durante setenta y dos horas por 27 euros, y sabía que iba a necesitar todos los días para amortizarla.
Las líneas S2 y S3 del metro conectan el aeropuerto con el centro en unos veinticinco minutos. Dejé las cosas en el apartamento, en la parada de Schwabstraße, y volví a coger el metro para llegar hasta la Hauptbahnhof, la estación central. Era Viernes Santo y la ciudad guardaba ese silencio peculiar de los festivos alemanes, donde los comercios permanecen completamente cerrados pero la gente llena igualmente las calles.


La Hauptbahnhof tiene una torre de ocho plantas con terraza mirador en lo alto, de acceso gratuito. Subí. Desde arriba se ve toda la ciudad extendiéndose hacia las colinas, y también el enorme solar en obras que rodea la estación por tres flancos: Stuttgart está construyendo una nueva infraestructura ferroviaria soterrada para la llegada del tren de alta velocidad, y las excavaciones llevan años transformando el paisaje del centro. En las plantas intermedias de la torre hay exposiciones con maquetas y planos del proyecto, bien montadas y con suficiente detalle como para entretener un buen rato.




Bajé hacia la Königstraße, la gran calle peatonal que atraviesa el centro desde la estación hasta la Schlossplatz. Al ser festivo todos los comercios estaban cerrados y la avenida tenía ese aspecto extraño de los espacios diseñados para el bullicio cuando el bullicio no aparece: anchos, elegantes, levemente fantasmales. Había músicos callejeros, parejas paseando, algún turista con mapa. Suficiente.




La Schlossplatz al final de la calle es de esas plazas que sorprenden por su escala. El Neues Schloss —el palacio neoclásico que cierra la plaza por el sur— ocupa todo un flanco con su fachada amarilla y blanca, y los jardines que se abren delante crean una perspectiva generosa, de ciudad que no tiene miedo a sus propios espacios. Ese día había algún tipo de acto político con música y gente bailando al aire libre, lo que añadía una capa de vida contemporánea al conjunto arquitectónico. Me quedé un buen rato.





Cuando empezó a llover decidí volver al apartamento. Había sido un día de llegada y reconocimiento, de calibrar la ciudad antes de empezar a leerla en serio.

Día 2. Porsche y la primera torre de televisión del mundo¶
Hay algo que Stuttgart tiene y que ninguna otra ciudad del mundo puede reclamar de la misma manera: aquí se inventó el automóvil de gasolina. En 1886 Gottlieb Daimler y Wilhelm Maybach desarrollaron en Bad Cannstatt, hoy barrio de Stuttgart, el primer motor de combustión interna de alta velocidad. Ese mismo año, Karl Benz patentó en Mannheim el Benz Patent-Motorwagen. Los dos inventores trabajaban en lados opuestos de la misma región sin saber el uno del otro, y sus empresas no se fusionarían hasta 1926 para crear Mercedes-Benz. Décadas más tarde, Ferdinand Porsche —que había trabajado para Daimler— fundaría en Stuttgart su propia empresa. La ciudad acuna, pues, dos linajes de la automoción que se desarrollaron en paralelo, con filosofías distintas y una competencia tácita que todavía hoy estructura cómo se habla del automóvil deportivo en el mundo.
No soy especialmente aficionado a los coches. Pero visitar Stuttgart sin entrar en sus museos de automoción sería como ir a Bilbao y no acercarse al Guggenheim: ignorar la pieza que explica por qué la ciudad es como es.
La mañana fue para el Museo Porsche, en la zona norte de la ciudad, junto a la propia fábrica. Se llega con las líneas S4 o S6 hasta la estación Neuwirtshaus —Porscheplatz en la señalización— y el museo queda justo enfrente al salir. El edificio ya da una idea de lo que hay dentro: un paralelepípedo irregular suspendido sobre columnas centrales, el grueso de la estructura flotando en el aire, los paneles reflectantes de la parte baja actuando como espejos que distorsionan el entorno. Es arquitectura que quiere decir algo antes de que entres.


Desde el vestíbulo una escalera mecánica muy larga asciende atravesando las columnas que soportan el edificio, con vistas a la fábrica y al concesionario. Arriba, la colección despliega más de ochenta vehículos: el 356, el 550 Spyder, el 911 en sus distintas generaciones, el 917 con el que Porsche dominó Le Mans a principios de los setenta. La historia de Ferdinand Porsche como diseñador —antes de fundar su propia marca trabajó para Auto Union y fue quien diseñó el Volkswagen Escarabajo— aparece documentada en los paneles. El museo es bueno, visualmente potente, bien organizado. La visita se alarga y en algún momento la sucesión de coches comienza a repetirse para quien no lleva la devoción de marca grabada a fuego. Pero eso ya es una cuestión de fidelidad al objeto.



La tarde abrió claro, lo que decidió el siguiente destino: la torre de televisión, al sur de la ciudad, encaramada en lo alto de una colina boscosa. La Fernsehturm Stuttgart no es solo el mirador más alto de la ciudad. Es la primera torre de televisión que se construyó en el mundo, inaugurada en 1956, y el modelo que luego replicaron cientos de ciudades en todo el planeta. Hay algo levemente irónico en que Stuttgart, ya famosa por inventar el motor de explosión, también haya dado forma a uno de los iconos más copiados de la arquitectura urbana del siglo XX.


Se llega en tranvía y luego un paseo de diez minutos por zona arbolada. El entorno es apacible, con zonas deportivas y mesas para comer al aire libre. El mirador es abierto —sin cristales que filtren las fotos— pero el viento sopla con fuerza y puede resultar desagradable. Las vistas son amplias, aunque la ciudad queda lejos y la distancia impide esa sensación de asomarse sobre los tejados que tienen los miradores urbanos más celebrados. Aun así, la escala del valle se comprende mejor desde aquí que desde ningún otro punto.


Bajé y dediqué lo que quedaba de tarde al parque Unterer Schlossgarten, que se extiende en paralelo a las vías del tren desde la estación central hacia el norte. Un parque largo y verde, con estanques y jardines, que lleva casi sin darse cuenta hasta el Wilhelma, donde está el zoo. Miré la posibilidad de hacer un crucero por el Neckar —incluido en la StuttCard— pero solo opera de mayo a octubre, así que volví en tranvía al centro.


El sábado la Königstraße estaba abierta y llena. Las tiendas cerraban a las ocho y había ambiente genuino, muy distinto al silencio del día anterior. Fue un buen final de jornada.




Día 3. El Museo Mercedes-Benz bajo la lluvia¶
El domingo amaneció con lluvia intensa y sin intención de parar, lo que hacía de la mañana en interior una decisión no solo cómoda sino obligatoria. El Museo Mercedes-Benz estaba pendiente desde el día anterior, y con ocho plantas de exposición disponía de material suficiente para absorber cualquier duración de visita.
El museo se encuentra en la zona noreste de la ciudad, cerca del estadio de fútbol. La combinación de metro más autobús me dejó más cerca de la entrada y más secos que la alternativa de ir andando bajo el aguacero.

El edificio ya prepara para lo que viene: formas redondeadas en metal y cristal, una masa enorme que desde la distancia parece más un objeto escultórico que un contenedor de coches. La visita empieza con unos ascensores panorámicos que suben treinta y cuatro metros hasta la parte alta del edificio. Desde ahí se desciende en espiral a través de salas abiertas y conectadas por una rampa helicoidal, recorriendo la historia de la marca —y de buena parte de la historia de la automoción— de arriba abajo. La audioguía funciona señalando el receptor hacia el expositor que se está mirando, lo que permite detenerse el tiempo que se quiera en cada pieza sin seguir un ritmo impuesto.




Lo que diferencia este museo de una simple colección de vehículos es el esfuerzo por contar la historia del automóvil como historia de la industria, de la sociedad y del diseño. Están los coches, claro —desde los primeros prototipos de Daimler hasta los modelos actuales—, pero también los camiones, los autobuses, los vehículos de bomberos. Y el papamóvil, que ocupa su propio espacio con la solemnidad de quien sabe que nunca va a pasar un control técnico. Las pantallas interactivas en cada sala permiten profundizar en los diseños, los planos, las fotos de archivo. Es un museo que sabe que sus visitantes no son todos mecánicos aficionados, y lo resuelve bien.




Cuando salí del Mercedes-Benz quedaba menos de una hora para el cierre del Museo de Historia Natural, que está en el parque Rosenstein y funciona en dos edificios separados entre sí por unos quince minutos a pie. Uno alberga los hallazgos prehistóricos —dinosaurios, fauna del Pleistoceno, era glacial—; el otro, la exposición de biología actual y ecosistemas. Con el tiempo que quedaba solo era posible elegir uno. Entré al de biología sin saber bien que el de dinosaurios estaba en el otro edificio, así que los dinosaurios se quedaron para una hipotética visita futura. La exposición que vi era pequeña pero correcta.




De vuelta al apartamento pasé por la iglesia de St. John's, que se encuentra en una pequeña península en el lago Feuersee. Es una iglesia protestante de estilo gótico que fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida después conservando las líneas del original, pero con las bóvedas sustituidas por elementos más modernos y la torre deliberadamente inacabada como memorial de guerra. No es un punto destacado en ninguna guía, pero la posición sobre el agua y los reflejos que genera —especialmente de noche— la convierten en uno de los rincones más fotogénicos de la ciudad. Pasé por delante varias veces ese viaje porque quedaba muy cerca del apartamento, y cada vez había una luz distinta.



Día 4. La Staatsgalerie y el palacio barroco de Ludwigsburg¶
El lunes de Pascua en Stuttgart funciona como festivo completo: las tiendas y comercios cerrados, pero varios museos con apertura especial. Era el día que había reservado para la Staatsgalerie, la galería estatal, y para una excursión a Ludwigsburg, doce kilómetros al norte.
La Staatsgalerie está cerca de la estación central, aunque las obras que rodean la Hauptbahnhof complican un poco encontrar el acceso. El edificio mezcla arquitectura clásica con intervenciones posmodernas del arquitecto británico James Stirling —añadidas en los años ochenta— que ya anticipan lo que hay dentro: retablos del siglo XV conviviendo con arte conceptual de mediados del XX. La colección incluye obra de Picasso, Dalí, Juan Gris, Miró y Lichtenstein. Es una buena muestra, con representación de varias épocas y estilos, aunque moverse por el museo resulta más confuso de lo que debería: el plano no es intuitivo y en algún momento hay que preguntar para encontrar la salida.




Al salir, el parque Oberer Schlossgarten conecta la galería con la Königstraße en un paseo que pasa por delante del Neues Schloss, el teatro nacional y la biblioteca estatal. Con la ciudad en festivo y poca gente en las calles, el parque tenía esa calidad de espacio robado que tienen los lugares públicos cuando los turistas todavía no han llegado o ya se han ido.





Después de comer cogí el metro hacia Ludwigsburg. El palacio está en la zona de transporte 34, fuera del área central cubierta por los billetes habituales, así que compré un billete de tres-cuatro zonas. Desde la estación al palacio hay unos quince o veinte minutos a pie por calles residenciales tranquilas, y con buen tiempo la caminata merece más la pena que esperar el autobús.

El Palacio de Ludwigsburg es el mayor palacio barroco de Alemania en uso continuado, con dieciocho edificios, cuatrocientas habitaciones y unos jardines que combinan estilos de distintas épocas. La comparación con Versalles aparece en alguna guía y es exagerada —ni en escala ni en concentración de ornamento se acerca—, pero el conjunto es genuinamente impresionante y en un estado de conservación excelente.




En la taquilla hubo una pequeña confusión: la primera ventanilla a la que me acerqué negó que la StuttCard cubriese la entrada. La segunda, con más paciencia, explicó que la tarjeta incluye el interior del palacio pero no los jardines, que tienen entrada separada. Los jardines se pueden ver en parte desde el exterior recorriendo el perímetro, que es lo que hice mientras esperaba turno para la visita guiada.
Las visitas al interior son solo en grupo y con guía. El grupo en inglés tardaba casi dos horas; el grupo en alemán, cuarenta y cinco minutos. Cogí el de alemán con una guía en papel en castellano que me prestaron en la entrada. La visita recorre las habitaciones del rey, la sala de conferencias, la sala de los espejos y el teatro, entre otras dependencias. El interior está cargado de esa ornamentación barroca que no deja superficie sin decorar, y la guía en papel cumplía bien su función aunque no capturara el tono ni los detalles que explicaba la guía en vivo.





Día 5. Excursión al Castillo de Hohenzollern¶
El Castillo de Hohenzollern está a cincuenta kilómetros de Stuttgart, sobre una colina que emerge de la llanura de Suabia como si alguien la hubiese puesto ahí a propósito. El efecto es teatral: el castillo corona el cerro de forma que se ve desde kilómetros antes de llegar, y todo el camino de subida mantiene la promesa visual de ese primer vistazo.
Llegué en tren desde la Hauptbahnhof. Hay varios servicios al día que hacen el trayecto hasta Hechingen en unos sesenta y cinco minutos con solo tres paradas. Un detalle que vale la pena saber: en Tübingen, el tren divide su composición y los vagones traseros no continúan hasta Hechingen. El revisor avisó a tiempo y cambié de vagón sin problema. En Hechingen, un autobús marcado como "Hohenzollern Burg" sale cinco minutos después de la llegada del tren y lleva al parking del castillo. La coordinación es precisa y funciona.




Desde el parking hay que subir al castillo a pie o en shuttle. El shuttle cuesta dos euros, pero la subida andando no es complicada —unos quince minutos— y ofrece las mejores vistas de las murallas que se van a tener en todo el día. Vale la pena hacerla.
El castillo actual es el tercero que se ha construido en este mismo emplazamiento. Los dos anteriores fueron destruidos a lo largo de los siglos XV y XVII. El que existe hoy lo proyectó en 1846 Friedrich August Stüler, arquitecto de la corte prusiana, por encargo del príncipe heredero que se convertiría en Federico IV de Prusia. La familia Hohenzollern —el linaje que produjo los reyes de Prusia y los emperadores del II Reich alemán— quería un edificio a la altura de su historia dinástica, y Stüler construyó un castillo neogótico que combina la solidez de la fortaleza con la elegancia del palacio señorial.




El recorrido exterior permite dar la vuelta completa a las murallas con vistas de trescientos sesenta grados sobre la llanura. El paisaje desde aquí tiene una escala difícil de describir: suaves ondulaciones de tierra cultivada que se extienden hasta donde alcanza la vista, sin una sola ciudad visible en el horizonte cercano. Hay bancos distribuidos por el camino y la tentación de quedarse a comer ahí con vistas es comprensible.
El patio interior concentra las capillas, las exposiciones y el punto de reunión para las visitas guiadas. La Capilla de San Miguel Arcángel es la única pieza que sobrevive del castillo medieval original. La Capilla del Cristo está dedicada al culto protestante de la familia Hohenzollern. Las visitas al interior de las habitaciones son en grupo y guiadas; la mayoría en alemán, con grupos en inglés disponibles pero con horarios menos frecuentes. La visita en alemán con guía en papel en castellano es perfectamente viable.





El recorrido interior pasa por el Salón de los Condes, la Biblioteca, el Salón Azul y la Cámara del Tesoro, donde se guarda entre otras piezas la espada Gassenhauer, de metro ochenta de longitud. En la entrada del interior hay que calzarse unas fundas sobre los zapatos para proteger los suelos; el efecto en grupo es involuntariamente cómico pero funciona. No se permiten fotografías dentro.

Con la subida, el recorrido exterior, las capillas y la visita guiada al interior se necesitan entre tres y cuatro horas. El autobús de regreso al pueblo salía a las 16:00, lo que marcaba el ritmo de la jornada sin que resultara ajustado. En el bar del castillo se puede comer, aunque la oferta es limitada; mejor llevar algo propio y aprovechar los bancos con vistas.


En el tren de vuelta pasé por Tübingen sin parar. La ciudad tiene fama de pintoresca —universitaria, medieval, con una orilla del río Neckar fotogénica— y por las fotos que había visto merecería una visita. Los horarios de conexión esa tarde no cuadraban, así que quedó pendiente para otro viaje.
Llegué a Stuttgart cerca de las seis de la tarde e hice un último paseo por Königstraße. Al día siguiente a primera hora volaba a casa.

Día 6. El vuelo que volvió al punto de partida¶
El miércoles 4 de abril tenía vuelo directo de Stuttgart a Bilbao con Eurowings a las diez de la mañana. Lo que ocurrió a continuación fue uno de esos episodios de viaje que no se inventan.

Ya en el aire, el capitán informó por megafonía que iban a volar por una ruta alternativa "para evitar turbulencias" y que el vuelo duraría unos veinte minutos más. Raro, pero no alarmante. Aproximadamente dos horas después de despegar, sobre las 11:45, el capitán volvió a hablar para comunicar que en Bilbao había viento fuerte que impedía el aterrizaje. El avión daba media vuelta. Volvía a Stuttgart.
A las 13:10, después de algo más de tres horas en el aire, aterricé exactamente donde había despegado. Con una cocacola del avión como compensación.
Es la primera vez que, tras tres horas de vuelo, aterrizo en el mismo aeropuerto de salida.

Lo que vino después fue una sucesión de desajustes: me enviaron a un mostrador de asistencia al pasajero que estaba cerrado, luego me hicieron volver al lado de tierra para entregarme el itinerario alternativo —en mi caso, Stuttgart-Frankfurt y Frankfurt-Bilbao—, después tuve que ir a los mostradores de facturación para conseguir la tarjeta de embarque, y finalmente hice cola treinta minutos para volver a pasar el control de seguridad. Un trámite que se podría haber gestionado íntegramente en el lado aire del aeropuerto. En Frankfurt, seis horas de espera sin acceso a sala de espera ni vale de comida.
Lo tomé como parte de la aventura. El destino era Bilbao y llegar con once horas de retraso no pasaba de ser una anécdota. Pero en mi vuelo había gente que tenía que conducir hasta Asturias esa noche, personas que vivían fuera de Bilbao y a las once de la noche ya no tenían transporte para llegar a casa. Para ellos el cálculo era distinto.
La decisión de volver al aeropuerto de partida cuando no se puede aterrizar en destino probablemente tenga justificación técnica y operativa que desconozco. Lo que no tiene justificación es no explicárselo a los pasajeros. Esa parte de la gestión fue mala, aunque también es cierto que coordinar doscientas personas desorientadas sin hablar el mismo idioma no es sencillo.
Me quedo con la rareza del hecho en sí: un vuelo de tres horas que despega y aterriza en el mismo aeropuerto. Una anomalía que, al menos, da para una historia.

Stuttgart. Conclusiones finales¶
Una joya escondida en el corazón de Baden-Württemberg
Stuttgart no aparece en las listas de destinos europeos que circulan por internet. No tiene la escala cinematográfica de Berlín ni el imán turístico de Múnich, y eso juega a su favor de una forma que solo se entiende estando allí: la ciudad funciona a un ritmo propio, sin la saturación de las grandes capitales, con una identidad que no necesita venderse a los visitantes para existir.
El corazón del centro —la Schlossplatz, el Neues Schloss, la Königstraße— tiene una generosidad de escala poco común en ciudades de su tamaño. Los espacios públicos están bien pensados y la ciudad es cómoda de recorrer a pie. El verde llega hasta el centro en forma de parques y viñedos que bajan por las colinas, lo que le da una textura visual distinta a la de las ciudades alemanas que crecieron en llanura.
Los museos de automoción son los atractivos más conocidos y también los que mejor justifican el viaje para cualquiera que tenga aunque sea una curiosidad de fondo por la historia industrial. El Museo Mercedes-Benz es el más completo: cuenta la historia del automóvil desde los primeros prototipos de Daimler como una historia de la tecnología y el diseño, no solo como colección de vehículos. El Museo Porsche es más específico de marca y más espectacular visualmente. Los dos juntos ofrecen una perspectiva sobre por qué esta ciudad en particular se convirtió en el origen de algo que transformó el siglo XX.
La excursión al Castillo de Hohenzollern es la mejor actividad para quien dispone de un día extra. El paisaje, la arquitectura y la historia dinástica del edificio justifican con creces el desplazamiento. Tübingen queda pendiente para un próximo viaje, y la Selva Negra también.
Con cuatro días y medio tuve tiempo suficiente para ver lo esencial sin agotarme. Stuttgart es de esas ciudades que no exige nada, que se deja conocer a un ritmo razonable y que al final deja la sensación de haber encontrado algo que no estabas buscando.







