Saltar al contenido
Las murallas de la ciudadela de Carcasona vistas desde debajo de un arco, con las torres circulares de tejado cónico de pizarra alineadas a lo largo del lienzo de piedra y una cadena de hierro cruzando la imagen.

Diarios de viaje · Francia · Sur de Francia

Toulouse y Carcassonne

Nuestra tradición de escapadas primaverales al sur de Francia nos llevó en marzo de 2008 a descubrir Toulouse y Carcassonne. Cinco amigos, un pequeño Ford Fiesta, y la certeza de que el viaje es tan importante como el destino.

3 días Lectura de 21 minutos

Una nueva aventura hacia el sur de Francia

Cómo se gestó nuestro viaje a Toulouse y Carcassonne

La tradición ya tenía varios años cuando llegó el turno de Toulouse. Cada Semana Santa nuestro grupo de cinco amigos nos escapábamos al sur de Francia en el Ford Fiesta, y el ritual era siempre el mismo: semanas antes alguien proponía un destino, los demás buscaban excusas para objetar, y al final acabábamos todos de acuerdo antes del café. Burdeos, Lourdes, Pau. El mapa del sur se iba rellenando de trozos reconocibles.

Para marzo de 2008 la elección recayó sobre Toulouse y Carcassonne. Toulouse porque alguien había leído algo sobre su ladrillo rosa y sus plazas de arquitectura académica, y porque la ciudad tiene ese doble perfil —universitaria y aeronáutica— que la hace distinta a las demás capitales del sur. Carcassonne porque llevábamos tiempo queriendo ver qué quedaba de verdad en una ciudad medieval que todos los guías trataban como si fuera Disneylandia pero que en las fotos seguía pareciendo genuina.

Los días marcados eran del jueves 20 al sábado 22 de marzo. Tres días, lo justo para no cansar el plan: el primero llegaríamos y exploraríamos Toulouse, el segundo haríamos la excursión a Carcassonne, y el tercero volveríamos a Bilbao con paradas en el camino. La pareja que completaba el grupo aportó el criterio gastronómico, que en nuestros viajes siempre termina siendo tan relevante como cualquier monumento.

El Ford Fiesta cargado con cinco adultos y su equipaje no ofrece demasiados privilegios, pero tampoco los necesita. Años de viajes así nos habían enseñado que la incomodidad física tiene una relación inversa con la calidad de las conversaciones: cuanto más apretados, mejor se habla.

Plaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamiento

Día 1. El camino hacia la Ciudad Rosa

Salimos de Bilbao a las ocho de la mañana con el coche cargado y la A8 aún semivacía. El trayecto hasta Toulouse son poco más de cuatro horas si no hay paradas, pero en nuestros viajes las paradas son inevitables y bienvenidas. La autopista A64 cruza el pie de los Pirineos y tiene esa calidad particular de las carreteras que van dejando la costa atrás: el paisaje se aplana, el cielo se ensancha, y el sur empieza a notarse en la luz antes de notarse en el termómetro.

La escultura de los ciclistas

Entre Tarbes y Pau, en un área de servicio de la A64, el coche se detuvo porque alguien vio desde la ventanilla algo que no esperaba: una escultura monumental de acero que representaba ciclistas en plena ascensión. Dieciocho metros de altura, una boucle de treinta metros de diámetro, ocho figuras lanzadas hacia arriba como si el metal pudiera imitar el esfuerzo de subir un col. La obra es de Jean-Bernard Métais y se llama "Le Tour de France dans les Pyrénées". La inauguró Jean-Claude Killy en 1996.

Pasamos un buen rato dando vueltas alrededor de la escultura, mirando los detalles de cada ciclista, haciendo fotos que luego resultaron demasiado contraluz. Era exactamente el tipo de descubrimiento que justifica hacer el viaje en coche: sin paradas no programadas, sin el margen para detenerse en lo inesperado, estas cosas no pasan.

Plaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamiento
Le Tour de France dans les Pyrénées

Primera visión de la Ciudad Rosa

Llegamos a Toulouse sobre las dos de la tarde. Antes de ver nada concreto ya se entendía por qué la llaman la Ciudad Rosa: las afueras, los edificios de servicio, las paredes de cualquier construcción antigua tienen esa tonalidad cálida que no es exactamente roja ni exactamente naranja. Viene del ladrillo. En el sur de Francia y especialmente en esta franja de Occitania no hay piedra caliza suficiente para construir una ciudad entera, pero sí hay arcilla en abundancia. El clima seco y el sol hacen el resto: la arcilla local cocida produce un ladrillo de tonos rosados que, con los siglos, ha dado a Toulouse una paleta urbana absolutamente coherente. No es un capricho estético sino una consecuencia directa del suelo.

Después de dejar el coche y establecer base en el hotel, quedaban unas seis horas de luz.

La Place du Capitole y el ladrillo de Occitania

El primer punto fue la Place du Capitole, la plaza mayor de la ciudad. Es una plaza grande, abierta, presidida por la fachada del Capitole con sus ocho columnas que representan a los ocho capitouls, los magistrados que históricamente administraban los ocho distritos de la ciudad. La construcción comenzó en el siglo XVIII y se prolongó casi un siglo, pero el resultado es una fachada de ladrillo rosa completamente homogénea que cierra la plaza por un lado como si siempre hubiera estado ahí.

En el centro de la plaza hay un mosaico de Raymond Moretti con la cruz de Occitania, cada punta decorada con un símbolo del zodiaco. Los edificios que rodean la plaza son todos del mismo ladrillo, en distintos tonos según la antigüedad. Sentarse en cualquier terraza y mirar en cualquier dirección es recibir siempre la misma gama cromática. La coherencia tiene algo hipnótico.

Plaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamiento
Place du Capitole en Toulouse

La Basílica de Saint-Sernin

Desde la Place du Capitole, la rue du Taur lleva directamente a la Basílica de Saint-Sernin. Es la iglesia románica en ladrillo y piedra más grande de Europa occidental, lo que en la práctica significa que cuando la ves desde la calle es considerablemente más grande de lo que imaginabas. La piedra fundacional es de 1070, construida sobre los restos de un templo anterior que guardaba las reliquias de San Saturnino, primer obispo de Toulouse. La basílica formaba parte del Camino de Santiago y los peregrinos que venían del norte de Francia paraban aquí antes de cruzar los Pirineos.

Lo que más llama la atención desde fuera es el campanario octogonal, que sube en cinco plantas de arcos progresivamente más elaborados. El contraste entre la piedra más clara de los basamentos y el ladrillo rosado del resto del edificio crea una gradación que funciona muy bien bajo la luz de la tarde.

Plaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamiento
Basílica de Saint-Sernin en Toulouse

La Catedral de Saint-Étienne

La Catedral de Saint-Étienne es más difícil de entender a primera vista porque es el resultado de siglos de obras superpuestas sin un plan unificador. Hay una nave románica que quedó a medias cuando el obispo decidió ampliarla en gótico, y la ampliación gótica tampoco se terminó como estaba prevista, de manera que el conjunto tiene algo de collage arquitectónico que resulta más interesante que un edificio perfectamente coherente. Desde fuera no promete demasiado. Por dentro el espacio desconcierta en el buen sentido: naves de alturas distintas, columnas que no se alinean, un rosetón enorme en un lateral que no corresponde del todo con el eje del edificio.

Plaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamiento
La Catedral de Saint-Étienne en Toulouse

La Daurade y el Garona

Notre-Dame de la Daurade está junto al río, en la orilla derecha del Garona. Es una iglesia de fachada neoclásica que no anticipa lo que tiene dentro: una Virgen negra de madera, muy pequeña y muy venerada, que le da al templo una carga devocional concreta y distinta a la de las basílicas monumentales. Salir de la Daurade y encontrarse directamente frente al Garona es uno de esos cambios de escala repentinos que funcionan bien en las ciudades fluviales.

Desde la orilla se ve el Pont Neuf —que aquí significa siglo XVI—, el Hôtel-Dieu Saint-Jacques con su cúpula, y La Grave al fondo. El río es ancho y marrón y corre con la velocidad de un río que sabe que viene de los Pirineos.

El Canal du Midi

El Canal du Midi es Patrimonio Mundial desde 1996, pero antes de eso fue una obra de ingeniería del siglo XVII encargada por Luis XIV para conectar el Atlántico con el Mediterráneo sin tener que rodear la Península Ibérica. Pierre-Paul Riquet lo construyó entre 1667 y 1681 y murió siete meses antes de verlo terminado.

Pasear por su orilla en marzo tiene algo de fuera de temporada: los plátanos que flanquean el canal no tienen hojas todavía, y el agua refleja un cielo que a esa hora de la tarde empezaba a oscurecer. El canal es más estrecho de lo que uno espera, y más urbano, y eso lo hace más cercano. No es un monumento que se contempla desde lejos sino un camino que se recorre.

Plaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamientoPlaza del Capitolio de Toulouse con el edificio del ayuntamiento
Paseando por Toulouse

La cena y el plan del día siguiente

Volvimos al hotel con las piernas cansadas y el hambre de quien ha caminado seis horas. Toulouse a pie es más grande de lo que parece en el mapa, y el ladrillo rosado que al principio sorprende acaba siendo tan habitual como el asfalto. La ciudad tiene una vida universitaria evidente —hay cafeterías y librerías abiertas en sitios donde en otras ciudades habría bancos—, y eso le da un ritmo más joven de lo esperado para una capital regional.

Al día siguiente tocaba Carcassonne.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona

Día 2. Excursión a Carcassonne

Carcassonne está a noventa kilómetros al sureste de Toulouse por la A61. La carretera cruza la llanura de Lauragais, un territorio llano y cerealístico que no prepara para lo que viene. El paisaje es correcto y anodino: campos, alguna granja, carteles de peaje. Y luego, al doblar una curva, aparece la ciudadela en lo alto de su colina.

La silueta

Hay muy pocas ciudades en el mundo que anuncien su propia historia con tanta claridad desde la distancia. Las murallas dobles de Carcassonne, con sus 52 torres, se ven antes de que el GPS anuncie la salida de la autopista. El primer vistazo produce ese silencio espontáneo que ocurre cuando algo está exactamente a la altura de lo que esperabas, o ligeramente por encima.

La ciudadela es una fortaleza con doble anillo de murallas: 18 torres en la muralla interior, 26 en la exterior. El espacio entre ambas, las Lices, tiene unos veinte metros de anchura y era el primer obstáculo que cualquier atacante debía cruzar antes de llegar a la muralla interior. Vista desde abajo, la acumulación de torres y almenas a distintas alturas tiene algo de impresión gráfica más que de arquitectura real.

Dejamos el coche en uno de los aparcamientos habilitados al pie de la colina y subimos a pie.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona
Carcassonne

La Puerta Narbonnaise y la Dama Carcas

La entrada principal es la Puerta Narbonnaise, de finales del siglo XIII, flanqueada por dos torres gemelas con un espolón de treinta metros de altura. Tiene foso y puente levadizo, y junto a la entrada hay una estatua de la Dama Carcas, la heroína legendaria que según la tradición local defendió la ciudad de las tropas de Carlomagno. La leyenda dice que cuando Carlomagno levantó el asedio tras varios años, la dama hizo sonar todas las campanas de la ciudad, y un soldado carolingio comentó: "Carcas sona." De ahí el nombre. La historia no resiste ningún escrutinio histórico, pero la estatua tiene algo de personaje de piedra que observa quién entra y quién sale, y la foto delante de ella es casi inevitable.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona
Carcassonne

Las Lices y las murallas

Una vez dentro del primer anillo, las Lices son un pasillo entre murallas que da una idea muy precisa de cómo funcionaba la defensa medieval en capas. Desde aquí arriba hay vistas en cuatro direcciones: hacia el interior de la ciudadela con sus tejados de pizarra roja, hacia la muralla interior con sus torres de distintas formas —redondas, cuadradas, con ábsides—, hacia el exterior con los viñedos del Languedoc extendiéndose hasta la línea de los Pirineos, y hacia la ciudad baja junto al Aude.

Caminar por las calles empedradas del interior tiene esa cualidad específica de los espacios que no han cambiado de uso en siglos: las pendientes son pronunciadas, las calles son estrechas, las fachadas de piedra están más gastadas que restauradas. En un callejón lateral hay silencio. A veinte metros, en la calle comercial principal, hay turistas comprando espadas de plástico. Las dos cosas coexisten sin especial contradicción.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona
Carcassonne

El Castillo Condal

El Castillo Condal es la fortaleza dentro de la fortaleza: construido en el siglo XII por los Trencavel, los vizcondes de Carcassonne, como residencia señorial protegida dentro de la propia ciudadela. Cuando en 1209 Simón de Montfort tomó la ciudad durante la cruzada albigense, el castillo fue el último reducto. Después pasó a la corona francesa y se añadieron elementos defensivos adicionales que hoy hacen difícil distinguir las distintas capas constructivas.

La visita interior incluye frescos medievales fragmentarios, colecciones arqueológicas de piezas rescatadas durante las restauraciones del siglo XIX, y acceso a los adarves. Desde la parte alta de la muralla interior, las vistas son las mejores del recinto: el interior de la ciudadela a los pies, la ciudad baja junto al río, y al fondo los Pirineos con nieve todavía en las cumbres más altas.

Viollet-le-Duc dirigió la restauración de Carcassonne entre 1853 y su muerte en 1879. Hay historiadores que le critican haber añadido cubiertas de pizarra donde antes había tejas planas, y detalles que corresponden más a la arquitectura del norte de Francia que a la del sur. Pero sin su intervención, la ciudadela estaba programada para ser demolida. El debate es legítimo pero el resultado está ahí.

La Basílica de Saint-Nazaire

La Basílica de Saint-Nazaire, dentro de la ciudadela, combina una nave románica del siglo XII con un transepto y ábside góticos del siglo XIV. La diferencia entre los dos estilos es visible en la altura y en la luz: la nave románica es baja y oscura, el crucero gótico sube con vidrieras que traen una luminosidad completamente distinta. Es uno de esos edificios donde la historia de la arquitectura se lee directamente en los muros.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona
Carcassonne

La turistificación

Carcassonne tiene mucho turismo y no lo disimula. Las tiendas de la calle principal venden armaduras en miniatura, copas de dragones y pergaminos con nombres medievalizados. Los restaurantes ofrecen "cassoulet medieval" que probablemente no existía en el medievo. Un niño de siete años pasa corriendo con una espada de madera.

Todo esto podría restar, pero en la práctica no resta. La ciudad tiene suficiente sustancia real —murallas, torres, callejones, castillo— como para absorber el aparato turístico sin que este lo tape. Si uno sale de la calle principal y tuerce hacia cualquier callejón lateral, el silencio aparece casi de inmediato. La piedra sigue siendo piedra aunque haya un puesto de souvenirs a diez metros.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona
Carcassonne

El regreso y los mejillones

Volvimos a Toulouse por la tarde, con la A61 casi vacía a esa hora. La conversación en el coche fue la típica de cuando un sitio ha dado lo que prometía: nadie tiene que convencer a nadie de nada, simplemente se va describiendo lo que se ha visto y comparando impresiones.

En Toulouse encontramos un restaurante que servía mejillones con patatas fritas. Comer mejillones en el sur de Francia después de un día de murallas medievales es una combinación que no tiene ninguna lógica geográfica, pero el restaurante estaba lleno de locales y el cubo llegó humeante y con buena pinta. Nadie se quejó.

Fortificaciones y calles de la ciudadela de CarcasonaFortificaciones y calles de la ciudadela de Carcasona
Toulouse
Plaza y edificios históricos del centro de Toulouse

Día 3. Regreso a Bilbao con paradas en Tarbes y Bayona

El sábado por la mañana Toulouse tenía esa calidad de las ciudades que uno deja con la sensación de que falta algo por ver. El ladrillo rosado de los edificios frente al hotel tenía una luz diferente a la del primer día, más lateral y más fría, como corresponde a las mañanas de marzo que no terminan de decidirse. Desayunamos, cargamos el Fiesta por última vez, y tomamos la A64 de vuelta hacia el norte.

Tarbes

Tarbes estaba a hora y media de Toulouse en dirección a casa. La habíamos marcado en el mapa antes de salir de Bilbao porque la capital del departamento de los Altos Pirineos es de esas ciudades que aparecen en todos los mapas y casi nunca en los itinerarios turísticos. Dos horas de reconocimiento, ver qué tenía.

Lo que encontramos fue una ciudad tranquila y bastante gris, en parte porque el tiempo se había echado a perder y llovía con intermitencia. La lluvia en una ciudad desconocida tiene sus ventajas: obliga a buscar cubierto, a entrar en cafés, a observar desde soportales en lugar de caminar directamente de monumento en monumento.

Plaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de Toulouse
Tarbes

Los jardines Massey bajo la lluvia

El Jardín Massey es la pieza más destacable de Tarbes. Lo creó Placide Massey, botánico que dirigió los huertos del Palacio de Versalles bajo el Imperio, y tiene once hectáreas con árboles centenarios —secuoyas, cedros del Líbano, plátanos— un gran invernadero del siglo XIX y un claustro con cuarenta soportales. Está declarado Jardín Remarquable, la categoría francesa para los parques históricos con valor botánico singular.

Lo visitamos con el paraguas y el suelo mojado, lo que le daba a todo un aspecto de verde intenso que quizá con sol habría sido más seco y menos dramático. Había pavos reales paseando por los caminos con esa indiferencia específica de los animales que llevan generaciones en un jardín público. Uno de ellos desplegó la cola brevemente bajo la lluvia, sin mucho entusiasmo, y luego la recogió y siguió andando.

En el centro del parque hay una casa de inspiración morisca con torre de observación que alberga el Museo Massey, con colecciones de bellas artes y memorabilia de los regimientos de húsares que históricamente estuvieron acantonados en la ciudad. No tuvimos tiempo para entrar, pero la arquitectura exterior es suficientemente curiosa como para justificar el rodeo.

La Plaza de Verdun y la catedral

La Plaza de Verdun es el centro comercial y social de Tarbes, con terrazas de cafés alrededor de una fuente y el ritmo pausado de una capital de provincia que no tiene especiales aspiraciones de grandeza. Tomamos un café esperando que parase de llover.

La Catedral de Notre-Dame-de-la-Sède está a pocos minutos de la plaza. Es el edificio más antiguo de la ciudad, construido en el siglo XII sobre un yacimiento galorromano, con la fachada principal reformada en el XVII. El interior tiene un techo abovedado y una escala más contenida que las grandes catedrales. El Ayuntamiento, inaugurado en 1906, cierra la perspectiva de una de las calles principales con una fachada neoclásica que cumple bien su función de dar autoridad al centro.

Tarbes no tiene ningún monumento que justifique un desvío expreso, pero tiene algo que las ciudades muy turísticas pierden: la sensación de que la vida cotidiana de sus habitantes tiene más peso que la opinión de los visitantes.

Bayona

Bayona es casi casa. La conocíamos de visitas anteriores y volver a ella tiene esa comodidad de los sitios donde sabes orientarte sin mapa. Desde que la autopista baja hacia el País Vasco francés el paisaje cambia rápidamente: más verde, más húmedo, las casas con contraventanas de madera en colores que en el interior de Francia no se ven.

Plaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de Toulouse
Baiona

El casco histórico entre el Adur y el Nive

Los barrios históricos de Bayona están encajados entre el Adur y el Nive, lo que les da esa forma de isla encorsetada por ríos que se aprecia bien desde los puentes. Las vigas de colores, las ventanas con contraventanas de madera, las fachadas blancas y rojas o blancas y verdes según el barrio: es la arquitectura popular vasca, reconocible aunque estemos en Francia. La lengua cambia pero la forma de construir no.

La Catedral de Santa María está en el centro del Grand Bayonne. Es gótica, construida a partir del siglo XIII sobre una catedral románica que se quemó, y tiene dos torres asimétricas que se ven desde lejos. El contraste entre la piedra ocre de la catedral y el blanco de las casas del entorno es uno de los contrastes de color más limpios de la ciudad.

La postal más reconocida de Bayona es la de las orillas del Nive, el río que separa Le Petit Bayonne de Le Grand Bayonne. Las casas de entramado de madera se reflejan en el agua desde los dos lados. A la hora en que pasamos nosotros, media tarde, había luz baja y los colores estaban saturados de una manera que no se puede pedir.

Plaza y edificios históricos del centro de ToulousePlaza y edificios históricos del centro de Toulouse
Baiona

El último tramo

Desde Bayona hasta Bilbao son unos cien kilómetros por la autopista costera. El paisaje vasco empieza en la frontera y no da tiempo a aclimatarse: de repente hay caseríos, pinos, monte verde y carteles en euskera. El Ford Fiesta entró en Bilbao al anochecer con los cinco ocupantes ya mentalmente en casa, aunque la conversación todavía iba sobre Carcassonne.

Terraza de un restaurante en el casco histórico de Toulouse

Conclusiones: Una escapada que marcó la diferencia

Reflexiones sobre nuestro viaje a Toulouse y Carcassonne

Unos días después del regreso, cuando el cansancio ya se ha ido y las fotos están descargadas en el ordenador, es cuando uno puede hacerse una idea más justa de lo que valió el viaje. El recuerdo inmediato siempre exagera en alguna dirección. A distancia de unos días, Toulouse y Carcassonne siguen en buena forma.

Toulouse sin artificios

Toulouse funcionó de una manera que no habíamos previsto del todo. La habíamos elegido como ciudad base y como destino de un solo día, lo que habitualmente produce una visita superficial. Pero la Place du Capitole, la Basílica de Saint-Sernin, la catedral ecléctica de Saint-Étienne, el Canal du Midi y el Garona dan para mucho más que seis horas, y aún así en seis horas vimos bastante.

El ladrillo rosa es real, no es un recurso publicitario. La arcilla del subsuelo de Occitania produce ese color al cocerse, y la disponibilidad del material hizo que toda la ciudad construyera con él durante siglos. El resultado es una coherencia cromática que pocas ciudades tienen: desde la fachada monumental del Capitole hasta el muro de una casa anónima en un callejón lateral, la gama es siempre la misma. Eso produce una sensación de unidad urbana que se percibe aunque uno no sepa explicar por qué.

Toulouse tiene también esa vitalidad difusa de las ciudades universitarias: bares abiertos en horas raras, librerías de segunda mano, gente joven en las terrazas del canal aunque sea marzo. Es una ciudad que funciona para sus habitantes, no para los turistas, y eso siempre se nota.

Carcassonne en perspectiva

Carcassonne es la pieza que más peso tiene en el recuerdo. Parte de ello es la primera visión desde la autopista, cuando la ciudadela aparece en el horizonte con sus murallas dobles y sus 52 torres antes de que uno haya salido del coche. Esa imagen prepara al visitante para algo extraordinario, y la ciudad tiene la capacidad de estar a la altura.

Lo que no habíamos calculado del todo era que la turistificación, que en los libros y guías suena como una advertencia grave, en la práctica tiene poca incidencia si uno sabe salirse de la calle principal. A veinte metros de los puestos de espadas de plástico hay callejones donde solo se escucha el viento. Las murallas tienen la solidez de lo que fue construido para durar siglos. El Castillo Condal, con sus frescos fragmentarios y sus vistas desde los adarves, es un edificio de primera categoría aunque los manuales lo traten como secundario respecto a las murallas exteriores.

La restauración de Viollet-le-Duc en el siglo XIX tiene sus críticos, y algunas de sus intervenciones son discutibles si uno conoce la historia constructiva del lugar. Pero la alternativa a la restauración era la demolición, y ese debate está resuelto: Carcassonne está en pie y es Patrimonio Mundial, y eso permite tener esta discusión.

Las paradas del regreso

Tarbes confirmó algo que ya sabemos de viajes anteriores: las ciudades pequeñas de paso tienen un tipo de interés distinto al de los destinos principales, más cotidiano y menos espectacular, pero genuino. Los jardines Massey bajo la lluvia, con los pavos reales paseando con indiferencia, es una imagen que no estaba en ningún plan y que por eso funciona bien como recuerdo.

Bayona es casi una parada de costumbre en los viajes hacia el sur y de vuelta. Verla después de tres días en Toulouse y Carcassonne la devuelve a su dimensión justa: una ciudad vasca francesa con una catedral gótica muy buena y unas orillas del Nive fotogénicas, sin la grandilocuencia de las murallas medievales pero con la ventaja de la familiaridad.

El Ford Fiesta y la fórmula

El coche cargado con cinco personas sigue siendo el formato que mejor funciona para este tipo de escapada. La incomodidad es real pero también lo es la conversación constante, la capacidad de parar cuando algo llama la atención desde la ventanilla —como la escultura ciclista en la A64—, y el hecho de que el desplazamiento no es tiempo muerto sino parte del viaje. El Ford Fiesta completó los trescientos y pico kilómetros de ida sin ningún comentario notable, que en un coche pequeño cargado con cinco personas es exactamente lo que se le pide.

Guías y artículos

Información práctica

El castillo medieval de Foix, con sus torres circulares, sobre el peñasco rocoso.

Foix: qué ver en una parada de dos horas camino de Andorra

Quien vuelve de Andorra por la ruta francesa pasa por debajo del castillo de Foix casi sin darse cuenta: tres torres sobre un peñasco, justo al lado de la N-20. Merece la pena parar, pero conviene saber una cosa antes de decidir cuánto tiempo reservarle, porque el castillo ha cambiado bastante en los últimos años y ya no se despacha en media hora.

Sur de Francia