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Tenerife, la isla más diversa
Ocho días en Tenerife, en junio de 2008, como cuarto eslabón del proyecto canario tras Fuerteventura, Gran Canaria y Lanzarote. Un viaje con base en Playa de las Américas y coche de alquiler para moverse por la isla más grande y diversa del archipiélago.
Ocho días en Tenerife: preparación del cuarto viaje al archipiélago canario¶
Junio 2008
Tenerife en junio de 2008 fue la cuarta escala de un proyecto canario que había empezado en 2003 con Fuerteventura y que cada dos o tres veranos añadía una isla nueva al mapa personal. Ocho días recorriendo la mayor y más diversa del archipiélago, con base en Playa de las Américas y coche de alquiler para moverse con libertad, confirmaron que las Canarias son un territorio inagotable y que cada isla tiene su propia personalidad, difícilmente extrapolable a las otras.
Por qué Tenerife y por qué ahora
Después de las experiencias previas en Gran Canaria en 2005 y Lanzarote en 2007, Tenerife se imponía como siguiente paso casi natural. Es la isla más grande del archipiélago, la más poblada, la que alberga el Parque Nacional del Teide con el pico más alto de toda España, la que combina mayor diversidad paisajística en un solo territorio y, por volumen turístico, el principal destino vacacional de las Canarias. No visitarla después de haber cubierto sus dos vecinas orientales sería dejar cojo el proyecto insular.
La fama de Tenerife como isla de contrastes se ha repetido tantas veces en las guías turísticas que uno llega con cierta precaución ante las fórmulas publicitarias. Después de la semana, toca reconocer que en este caso la fórmula se queda corta. Pocos destinos europeos ofrecen tanta variedad climática, botánica, geológica y cultural en un territorio de apenas dos mil kilómetros cuadrados. Del sur turístico árido al norte húmedo con laurisilva, del nivel del mar a los tres mil setecientos metros del Teide, de los desiertos volcánicos de Las Cañadas a los acantilados vertiginosos de Los Gigantes, de la ciudad universitaria de La Laguna a los pueblos de interior con casas coloniales. Un muestrario completo de geografías que en cualquier otro sitio requeriría cientos de kilómetros para recorrerlo.
Junio, como en los viajes canarios anteriores, resulta un mes ideal. El calor no aprieta todavía como en julio y agosto, el alisio mantiene las tardes frescas en el norte, los precios del paquete son razonables y las playas no están masificadas por las vacaciones escolares peninsulares. Desde Bilbao, los vuelos directos a Tenerife Sur en estas fechas pre-vacacionales se movían en tarifas asumibles con reserva de un par de meses de antelación.
La fórmula ya probada: paquete más coche de alquiler
Tras las experiencias satisfactorias de Fuerteventura, Gran Canaria y Lanzarote, repetimos sin dudarlo la combinación de paquete vacacional con media pensión y alquiler de coche para toda la semana. A estas alturas, después de cuatro viajes insulares con la misma fórmula, puede decirse que está plenamente validada como la opción más equilibrada para destinos canarios. El paquete ajusta el coste de vuelos, traslados y alojamiento a un nivel difícil de igualar contratando por separado; la media pensión elimina la planificación de las cenas; y el coche de alquiler multiplica las posibilidades de conocer la isla más allá de los circuitos organizados.
El hotel elegido ha sido el Noelia Sur, un cuatro estrellas en Playa de las Américas con buena fama entre los agentes de viajes bilbaínos. Responde al modelo de gran hotel vacacional canario: varias piscinas, jardines amplios con palmeras y vegetación tropical, habitaciones funcionales sin pretensiones de diseño, buffet de desayuno y cena correcto, y una plantilla acostumbrada al turismo internacional europeo. Para una base de operaciones de ocho días encaja perfectamente.
El coche, un utilitario básico contratado con una empresa internacional con oficina en el aeropuerto Tenerife Sur, se reveló pronto como elemento imprescindible. Tenerife es bastante más grande que Lanzarote y bastante más accidentada que Gran Canaria. Los desniveles son considerables, las carreteras de montaña requieren respeto y los tiempos de desplazamiento pueden ser notablemente superiores a los que marca el simple kilometraje. Sin coche propio, cubrir la isla en una semana resulta casi imposible.
Playa de las Américas como base del sur
La decisión de alojarse en Playa de las Américas, en lugar de Puerto de la Cruz (el primer destino turístico histórico de la isla, al norte) o de algún enclave menor, se tomó por varias razones combinadas. La primera, logística: Playa de las Américas está a veinte minutos del aeropuerto Tenerife Sur, lo que minimiza tiempos de traslado al principio y al final del viaje. La segunda, climática: el sur de Tenerife tiene más horas de sol garantizadas que el norte, más expuesto al alisio cargado de humedad. La tercera, estratégica: desde la costa sur se accede razonablemente bien tanto al Teide por el oeste como a la zona de Los Gigantes por el noroeste, y las distancias hasta el norte más lejano (Anaga, Santa Cruz, La Laguna) son asumibles para excursiones de día completo.
Playa de las Américas, con sus núcleos adyacentes Los Cristianos y Costa Adeje, forma el mayor complejo turístico de Tenerife. Es una zona desarrollada a partir de los años setenta, con la arquitectura típica del turismo de masas mediterráneo y canario, con playas artificiales de arena dorada importada, paseos marítimos bien equipados, centros comerciales y oferta gastronómica mayoritariamente internacional. No es el rincón más auténtico de la isla ni pretende serlo, pero como base operativa funciona con eficacia.
Estructura del viaje por jornadas
El plan general alternó jornadas de excursión intensa con al menos un día de descanso completo a mitad de semana, pauta que venimos refinando desde Gran Canaria y que funciona cada vez mejor. La primera jornada fue puro ajuste logístico y primer contacto con Playa de las Américas. La segunda se dedicó íntegramente al Parque Nacional del Teide, probablemente la excursión obligatoria del viaje. La tercera se reservó para los acantilados de Los Gigantes combinados con el pueblo de Masca, en el macizo noroccidental de Teno. La cuarta fue descanso absoluto en hotel y playa. La quinta cubrió el Valle de la Orotava con Puerto de la Cruz y la villa histórica del mismo nombre. La sexta la dedicamos a Icod de los Vinos y al Drago Milenario. La séptima fue la más densa del viaje: La Laguna, Santa Cruz y Playa de las Teresitas en una sola jornada, el gran recorrido noreste. Y la octava sirvió de despedida con Candelaria y las pirámides de Güímar antes del vuelo de vuelta a Bilbao.
En los artículos que siguen se desarrolla cada jornada con el detalle que pide, más una entrada final de conclusiones con el balance general del viaje. Tenerife ha demostrado ser la isla más compleja de las cuatro canarias visitadas hasta ahora, y una semana escasa no ha bastado para cubrirla con la amplitud que merece. Sobre lo que se ha quedado fuera y sobre los motivos para volver volveremos en las conclusiones.

Día 1 en Tenerife: llegada al sur y primer contacto con Playa de las Américas¶
El primer día de un viaje de paquete tiene siempre un esquema previsible: vuelo, aeropuerto, traslado al hotel, deshacer maletas, primer paseo por los alrededores y cena temprana. En Tenerife, sin embargo, ese esquema se cumple con una fluidez que sorprende incluso después de haber pasado por experiencias similares en Gran Canaria y Lanzarote. El aeropuerto Tenerife Sur está tan pegado a Playa de las Américas que en menos de media hora desde el aterrizaje ya estás sacando la ropa de baño del equipaje.
Vuelo directo Bilbao a Tenerife Sur
El vuelo desde Loiu salió con puntualidad razonable y aterrizamos en el Aeropuerto Tenerife Sur Reina Sofía a media tarde. La terminal, más moderna y mejor dimensionada que la del aeropuerto norte, procesa con eficacia el enorme volumen de tráfico turístico que recibe en temporada alta. En poco más de media hora habíamos pasado la cinta de equipajes, recogido el coche de alquiler y estábamos saliendo del recinto con un utilitario compacto rumbo al hotel.
La TF-1, la autopista que recorre toda la costa sur de la isla, está en un estado excelente y permite cubrir los quince kilómetros que separan el aeropuerto de Playa de las Américas en apenas un cuarto de hora. El paisaje del sur tinerfeño, dominado por laderas áridas cayendo hacia el mar con tonalidades ocres y rojizas, sorprende un poco al principio. Uno esperaba más verde viniendo de Gran Canaria, pero el sur de Tenerife es claramente más seco, con una vegetación dispersa, bancos abandonados de tomates y plataneras, y un paisaje que tiene un aire curiosamente africano pese a estar a pocos cientos de kilómetros del continente.
Llegada al Hotel Noelia Sur
La entrada a Playa de las Américas se hace por avenidas amplias bordeadas de palmeras, con la estética habitual de urbanización turística planificada desde cero. La zona responde al modelo conocido: todo ordenado, funcional, pensado para el visitante, sin el encanto espontáneo de los cascos históricos pero con absoluta comodidad logística. Para una base de ocho días encaja bien.
El Noelia Sur, situado en la zona media de Playa de las Américas, nos recibió con una recepción ágil y una habitación ya preparada. El establecimiento responde al modelo habitual del cuatro estrellas vacacional canario: edificio de varias plantas en torno a patios interiores ajardinados, tres piscinas de distintos tamaños, varios bares exteriores, un comedor principal amplio para las comidas del paquete y una plantilla acostumbrada al cliente europeo medio que se maneja con soltura en varios idiomas. Habitación espaciosa con balcón orientado a uno de los jardines interiores, cuarto de baño correcto, cama cómoda y aire acondicionado funcionando sin ruidos. Nada especialmente memorable, pero exactamente lo que se espera de este nivel.
Los jardines del complejo están bien cuidados, con palmeras altas, vegetación tropical, parterres de flores y pasillos peatonales que conectan los distintos edificios. La impresión general es la de un hotel serio y bien mantenido, con una clientela mayoritariamente británica y alemana, bastantes parejas sin hijos y algunas familias con niños pequeños. El ambiente, como suele ocurrir en este tipo de hoteles, es contenido durante el día y algo más animado por la noche.

Primer paseo por Playa de las Américas
Con el equipaje ya deshecho y las compras básicas hechas en un supermercado cercano (agua embotellada, fruta, productos locales para la habitación), salimos a dar el primer paseo por la zona. El plan era modesto: familiarizarnos con el entorno, localizar puntos de referencia y llegar al paseo marítimo antes de que cayera el sol. Desde el Noelia Sur hasta la primera playa hay unos diez minutos andando a ritmo tranquilo.
Playa de las Américas y Los Cristianos, el núcleo turístico pegado al sur, funcionan como una sola entidad continua. Es prácticamente imposible saber dónde termina uno y empieza el otro caminando por el paseo marítimo. El conjunto, con Costa Adeje extendida al norte, forma uno de los mayores complejos turísticos de Europa, con decenas de hoteles, cientos de restaurantes, centros comerciales grandes, un completo abanico de servicios y una oferta de ocio diurno y nocturno prácticamente inabarcable. El modelo recuerda en muchos aspectos al de Maspalomas en Gran Canaria, con la diferencia de que aquí no hay dunas: la seña de identidad del sur tinerfeño son las playas de arena dorada importada del Sahara, protegidas por diques artificiales que convierten sus aguas en una especie de piscina gigante de oleaje mínimo.
El paseo marítimo, perfectamente urbanizado, recorre varios kilómetros entre pequeñas calas y playas mayores, con terrazas constantes, tiendas de ropa de playa, agencias de excursiones, farmacias y supermercados. El ambiente es abrumadoramente internacional, con conversaciones mayoritariamente en inglés y alemán y una presencia peninsular bastante reducida. Para un visitante acostumbrado al turismo mediterráneo más convencional, la escala impresiona al principio, aunque uno acaba acostumbrándose pronto.
Nos sentamos un rato en una terraza del paseo para tomar una cerveza canaria (Dorada, la marca local, que no había forma de evitar) mientras el sol empezaba a caer por el oeste. La primera imagen del Atlántico desde Playa de las Américas tiene esa calidad luminosa propia del sur canario, con el agua transitando del azul profundo al dorado a medida que avanza el atardecer. Algún ferry ocasional rumbo a La Gomera cruzaba el horizonte, recordando que aquí el mar no es solo decorado: es carretera.
Cena en el hotel y primera noche
La cena del primer día la hicimos en el propio hotel para aprovechar la media pensión y para ajustar horarios con tranquilidad. El comedor principal estaba razonablemente lleno, con el ambiente multilingüe habitual de los grandes hoteles canarios. El buffet ofrecía un nivel correcto: varias opciones de carne y pescado recién hechos a la plancha, ensaladas abundantes, arroz, pasta, una sección canaria aceptable con papas arrugadas y mojos y un rincón de postres caseros con dulces típicos locales. Sin ser una experiencia gastronómica memorable, resuelve el problema de la cena sin complicaciones.
Después de cenar bajamos al paseo marítimo un rato, ya con la noche completamente instalada. El ambiente cambia radicalmente respecto al de la tarde: las terrazas encienden sus luces, los restaurantes sirven cenas hasta la medianoche, los pubs británicos con pantallas de fútbol se llenan, los centros comerciales abren hasta altas horas y las calles principales se llenan de grupos que buscan plan nocturno. Nosotros, con el cansancio del vuelo encima, nos limitamos a un par de vueltas cortas antes de volver al hotel. Mañana tocaba el día grande del viaje, la excursión al Parque Nacional del Teide, y convenía arrancar temprano con las fuerzas completas.

Día 2 en Tenerife: Parque Nacional del Teide, Las Cañadas y teleférico a 3.555 metros¶
Si hay una experiencia que por sí sola justifica el viaje a Tenerife, esa es la subida al Teide. No es una exageración ni una fórmula publicitaria: el volcán más alto de España, con sus tres mil setecientos quince metros de altitud, domina completamente el paisaje físico y simbólico de la isla, y su parque nacional es uno de los espacios naturales más espectaculares de toda España. La segunda jornada del viaje la hemos dedicado íntegramente a esta ascensión, con Las Cañadas, los Roques de García y el teleférico a la cima como ejes principales del recorrido.
Ascensión por la TF-21 desde el sur
Salimos del hotel temprano para aprovechar las mejores horas de luz en la parte alta del parque y evitar las concentraciones de autocares organizados que suelen llegar desde media mañana. La ruta desde Playa de las Américas al Parque Nacional del Teide se hace por la TF-21, la carretera de montaña que sube progresivamente desde el sur hasta el corazón del parque, atravesando varios pisos bioclimáticos que reflejan con precisión las distintas zonas climáticas de la isla.
Los primeros kilómetros, entre Playa de las Américas y Vilaflor, atraviesan la zona árida del sur, con paisajes de matorral bajo, tuneras, cultivos abandonados en bancales y alguna platanera residual. Vilaflor, a mil cuatrocientos metros de altitud, es oficialmente el pueblo más alto de España y marca la transición hacia la zona boscosa superior. Paramos brevemente en el centro para tomar un café en una terraza desde la que ya se veían, en la distancia, las cumbres pardas del macizo del Teide emergiendo por encima de los pinares.
A partir de Vilaflor la carretera se adentra en la Corona Forestal, un enorme anillo de bosque de pino canario que rodea todo el parque nacional y que funciona como filtro climático y botánico entre las zonas bajas habitadas y las cumbres volcánicas superiores. El pino canario, especie endémica que ha demostrado una capacidad de regeneración asombrosa tras los incendios periódicos, crea bosques altos y luminosos, con el suelo cubierto de pinocha que amortigua los pasos y las ruedas del coche. El trazado de la carretera, sinuoso pero cómodo, permite hacer paradas en los miradores habilitados para fotografiar el mar de nubes que a menudo se forma por debajo de los mil ochocientos metros.
Entrada a Las Cañadas del Teide
La salida del bosque se produce de pronto, casi dramática, cuando la carretera supera la cota de los dos mil metros y se entra en Las Cañadas del Teide, una enorme caldera volcánica de unos dieciséis kilómetros de diámetro que rodea por el sur al cono central del volcán. El cambio de paisaje es radical: de un momento a otro se pasa del verde profundo del pinar al ocre rojizo y negruzco de un paisaje desértico de alta montaña, con la silueta cónica del Teide dominando todo el horizonte por el norte.

Las Cañadas son uno de los paisajes más extraterrestres que se pueden visitar en territorio europeo. El suelo es una mezcla de lavas solidificadas de distintas épocas, piroclastos de colores variados, conos secundarios y pequeñas coladas que dibujan formas caprichosas sobre el terreno. La vegetación, adaptada a condiciones extremas de altitud, radiación y sequedad, se reduce a especies endémicas como el tajinaste rojo (que florece espectacularmente en primavera), la retama del Teide y la violeta del Teide, una florecilla que resiste incluso en las cercanías del cráter. Este paisaje sirve con cierta regularidad como escenario de rodajes cinematográficos: varias escenas supuestamente marcianas o lunares se han filmado aquí por su parecido real con esos mundos.
Roques de García, las esculturas de la naturaleza
Hicimos la primera parada larga en los Roques de García, probablemente el conjunto paisajístico más fotografiado del parque. Se trata de un conjunto de formaciones rocosas alineadas frente al Llano de Ucanca, esculpidas por la erosión durante miles de años hasta adoptar formas verticales que parecen deliberadamente diseñadas por un escultor. El más famoso, el Roque Cinchado, es una figura esbelta y casi imposible de piedra rojiza que sale en todas las guías turísticas y que durante muchos años decoró el dorso del billete de mil pesetas antes de la llegada del euro.
El sendero que bordea el conjunto, de dificultad baja y recorrido relativamente cómodo, permite contemplar los roques desde distintos ángulos y disfrutar de las panorámicas sobre el Llano de Ucanca, una extensa llanura de lava amarillenta que se extiende hacia el sur con la silueta del Teide al fondo. Caminamos el itinerario completo, de unos tres kilómetros, con paradas continuas para fotografiar los contrastes cromáticos entre los ocres de la roca, el rojo de los escoriales y el azul profundo del cielo de alta montaña. A esta altitud, cerca de los dos mil trescientos metros, el aire es notablemente más delgado y el sol pega con una intensidad que obliga a protegerse bien la piel.

Teleférico a 3.555 metros y panorámica del archipiélago
Desde los Roques de García subimos hasta la base del teleférico, situado en la cara sur del cono central del Teide. El funicular, operativo desde los años setenta, permite ascender en apenas ocho minutos desde los dos mil trescientos metros de la base hasta los tres mil quinientos cincuenta y cinco metros de la estación superior, a poco más de ciento sesenta metros del techo de España. La cola para acceder era larga (es un servicio muy demandado en temporada alta y conviene reservar con antelación en días punta), pero el movimiento de las cabinas es fluido y las esperas razonables.
La ascensión en teleférico es una experiencia por sí misma. El paisaje va abriéndose progresivamente a medida que se gana altura, con las Cañadas extendiéndose más y más amplias por debajo y el cono del Teide creciendo por encima hasta dominar toda la visión. En días despejados como el que nos tocó, desde la estación superior se ve literalmente todo el archipiélago: Gran Canaria al este (con la forma inconfundible que reconocimos inmediatamente de nuestro viaje de 2005), La Gomera al oeste con sus perfiles abruptos, La Palma y El Hierro más lejos pero perfectamente visibles como siluetas sobre el Atlántico, y la pequeña isla de Alegranza perdida al norte. Ninguna otra cumbre española ofrece una panorámica comparable.
Conviene aclarar que el acceso al cráter propiamente dicho, en la cima del volcán, requiere un permiso especial que se tramita con meses de antelación y se concede por número limitado al día para proteger el entorno. Nosotros nos quedamos en los senderos habilitados alrededor de la estación superior, con varios miradores panorámicos y un par de recorridos cortos hasta el Pico Viejo y la Fortaleza. El frío en altura, incluso en junio, es considerable: pasamos de los casi treinta grados de la base al Teide a los diez grados escasos de la estación superior, con viento constante y sensación térmica aún más baja. Una chaqueta ligera resultó imprescindible.
Comida en el parador y regreso por El Portillo
Para comer bajamos de nuevo a Las Cañadas y nos acercamos al Parador Nacional del Teide, el único alojamiento dentro del parque y una referencia histórica para los visitantes de la zona. El restaurante, con ventanales que enmarcan el Roque Cinchado al fondo, ofrece una carta canaria de interior con platos consistentes pensados para reponer fuerzas tras las caminatas de altura. Precios ajustados al contexto del parador, razonables para el entorno.
Salimos del parque por el lado contrario al de entrada, bajando por la TF-24 hacia El Portillo y La Orotava. Esta ruta, algo más larga pero espectacular, permite atravesar zonas del parque que no se habían visto por la mañana, con paisajes de coladas recientes, pequeños conos volcánicos secundarios y miradores hacia el valle del norte. El descenso hacia La Orotava por la ladera norte, ya en la Corona Forestal, vuelve a mostrar el contraste entre las cumbres áridas y el norte boscoso y húmedo. En una sola jornada habíamos transitado por cuatro pisos bioclimáticos completamente distintos, del desierto subtropical al matorral de alta montaña, pasando por el pinar y la laurisilva incipiente.
Regreso a Playa de las Américas por la costa oeste
El camino de vuelta a Playa de las Américas lo hicimos por la TF-5 y la autopista TF-1, rodeando parcialmente la isla por el oeste y el sur. Llegamos al hotel al atardecer, con el cuerpo cansado por las horas de altura y con la sensación muy clara de haber vivido una de esas jornadas que justifican por sí solas un viaje completo. La cena fue ligera, el paseo nocturno breve, y nos subimos a la habitación antes de lo habitual. Al día siguiente tocaba Los Gigantes y Masca, otra jornada de esas que Tenerife parece capaz de ofrecer en cantidad.

Día 3 en Tenerife: acantilados de Los Gigantes y el pueblo de Masca en el macizo de Teno¶
La costa occidental de Tenerife ofrece algunos de los paisajes naturales más impresionantes de todo el archipiélago canario. Los acantilados de Los Gigantes, con sus paredes verticales de más de seiscientos metros cayendo directamente al Atlántico, y el pueblo de Masca, enclavado en una garganta profunda del macizo de Teno, componen juntos una jornada de contrastes geológicos imposible de olvidar. La tercera del viaje la hemos dedicado íntegramente a esta zona del noroeste insular, en una ruta circular que combina el asombro costero con la espectacularidad del interior montañoso.
Hacia el norte por la autopista del sur
Salimos del hotel razonablemente temprano, conscientes de que la carretera a Masca iba a exigir algo más de tiempo que cualquier otra del viaje por su trazado particularmente sinuoso. La ruta arrancó por la TF-1 en dirección norte, bordeando toda la costa suroeste hasta la salida de Playa de San Juan, y continuó después por la TF-47 que se desvía hacia el interior de la isla siguiendo la costa del oeste. El paisaje de este tramo combina plataneras escalonadas en las laderas, pequeños núcleos rurales y vistas intermitentes al Atlántico entre las curvas ascendentes de la carretera.
Desde algunos puntos elevados de la TF-47, la silueta del Teide vuelve a asomar por detrás, esta vez desde el sur y con una perspectiva diferente a la que habíamos tenido el día anterior. La omnipresencia del volcán como referencia visual constante es una de las constantes de cualquier recorrido por Tenerife. Esté uno donde esté, basta mirar hacia el centro de la isla para ver la cumbre dominando el horizonte, y esa presencia continua ayuda a entender la importancia simbólica del Teide para los tinerfeños a lo largo de los siglos.
Acantilados de Los Gigantes
El núcleo turístico de Los Gigantes, al pie de los grandes acantilados que dan nombre a la zona, aparece tras una última curva descendente con una imagen que tarda en asimilarse. Las paredes verticales de roca volcánica, de más de seiscientos metros de altura máxima, caen directamente al océano en una línea quebrada que se extiende a lo largo de varios kilómetros hacia el norte. Es uno de esos paisajes donde la escala humana queda completamente empequeñecida, donde la fotografía no logra transmitir ni de lejos la sensación de asombro que se experimenta en persona, y donde uno se queda simplemente parado durante varios minutos antes de ser capaz de reaccionar y empezar a mirar con algo de intencionalidad.
El pueblo en sí es una urbanización turística relativamente reciente, desarrollada a partir de los años setenta al amparo del atractivo natural extraordinario de los acantilados. La arquitectura, con construcciones blancas escalonadas en la ladera, intenta dialogar con el entorno sin conseguirlo del todo, pero el paisaje de fondo es tan imponente que cualquier consideración urbanística pasa a un segundo plano inmediatamente. El puerto deportivo, pequeño y bien organizado, concentra buena parte de la actividad del pueblo y es el punto de salida de las embarcaciones turísticas que realizan excursiones al pie de los acantilados.
Decidimos contratar una de estas excursiones marítimas, de unas dos horas de duración, que permite apreciar la verdadera dimensión de los acantilados desde la perspectiva del mar. La experiencia resulta completamente distinta a la observación desde tierra. Desde el agua, la verticalidad de las paredes rocosas cobra una dimensión casi sobrecogedora, con el barco empequeñecido por la escala monumental de la costa. En algunos puntos, las paredes caen literalmente a pico sobre aguas de color azul marino profundo, con más de quinientos metros de roca desnuda ascendiendo directamente desde el nivel del mar. El capitán del barco, un canario habituado a explicar los detalles geológicos y biológicos de la zona, mencionaba la existencia de una colonia significativa de aves marinas que anidan en las oquedades de los acantilados, entre ellas la pardela cenicienta, que aprovecha las corrientes de aire ascendentes para sus vuelos de caza.
La excursión incluyó una parada para observar delfines y eventualmente ballenas piloto, bastante frecuentes en estas aguas gracias a la profundidad inmediata que se alcanza pocos metros mar adentro. Tuvimos la suerte de ver un grupo de delfines mulares que acompañaron al barco durante varios minutos, saltando junto al casco en una imagen que forma parte ya del conjunto de recuerdos visuales más memorables del viaje. De vuelta al puerto, una sensación clara de haber experimentado algo único y difícilmente replicable en ningún otro punto del litoral español.
Subida a Masca por la carretera más sinuosa de Tenerife
Comimos de manera ligera en una terraza del puerto de Los Gigantes, con vistas directas a los acantilados, y emprendimos después la subida hacia Masca por la TF-436, una carretera de montaña que se ha ganado la fama de ser una de las más sinuosas y espectaculares de toda la isla. El trazado, de apenas quince kilómetros, lleva alrededor de una hora hacer por su continuo encadenamiento de curvas cerradas, por las fuertes pendientes y por la necesidad de reducir la velocidad constantemente. No es recomendable para conductores inexpertos ni para quienes se marean con facilidad en carretera.
El paisaje, sin embargo, compensa con creces el esfuerzo. El macizo de Teno es una de las formaciones más antiguas de la isla, con una geología particularmente accidentada: barrancos profundos, riscos verticales, crestas afiladas y valles encajonados que se suceden sin tregua. La carretera asciende por una de las laderas del macizo, ofreciendo miradores sucesivos sobre barrancos cuya profundidad resulta impactante, y atraviesa zonas de vegetación endémica donde sobreviven algunos de los ecosistemas más singulares de Canarias.
Llegamos al mirador superior que domina el pueblo de Masca después de algo más de cuarenta y cinco minutos de curvas ininterrumpidas. Desde ese primer mirador, Masca aparece de pronto ante los ojos como una imagen casi irreal: un puñado de casas blancas con tejados rojizos, aferradas a una pequeña ladera en el fondo de un valle estrecho, con paredes verticales de roca cerrando el paisaje por todos lados y el Atlántico brillando al final del barranco en la distancia. Uno de esos paisajes que cuesta creer que existan hasta que se ven con los propios ojos.
Masca, el pueblo más escondido de Canarias
Masca es oficialmente un núcleo minúsculo, con apenas un centenar de habitantes censados y una estructura urbana muy simple: unas pocas casas dispersas en torno a una carretera que atraviesa el valle, una iglesia pequeña, un par de restaurantes tradicionales y algunos miradores habilitados para los visitantes. Durante siglos el pueblo estuvo prácticamente aislado, accesible solo por senderos de montaña que lo conectaban con Santiago del Teide y con el fondo del barranco, donde se abre al mar. La carretera actual, abierta en la segunda mitad del siglo XX, rompió ese aislamiento histórico y convirtió a Masca en uno de los destinos más visitados del oeste insular.
Paseamos por los senderos internos del pueblo, prestando atención a los detalles de la arquitectura tradicional: casas de una o dos plantas, muros de piedra volcánica sin encalar, tejados de teja árabe descolorida, huertas escalonadas y pequeños corrales con algún animal doméstico. La iglesia de la Inmaculada Concepción, modesta pero bien cuidada, domina el pequeño conjunto urbano desde una posición ligeramente elevada. Los miradores habilitados ofrecen perspectivas distintas del valle, con encuadres que varían según la luz del momento.
Desde Masca parte el famoso Barranco de Masca, uno de los senderos de montaña más conocidos de Canarias: una caminata de descenso de seis kilómetros hasta la playa del mismo nombre, al pie de los acantilados, con recogida en barco para el regreso. Es una ruta dura, técnicamente exigente y que requiere al menos cuatro horas largas de esfuerzo sostenido. Nosotros no habíamos planificado hacerla en este viaje (queda apuntada para una posible vuelta futura, con equipo adecuado y mejor preparación), y nos limitamos a asomarnos al comienzo del sendero para apreciar el descenso inicial y la envergadura del paisaje por el que transcurre.
Regreso a Playa de las Américas y cierre del día
El camino de vuelta lo hicimos por Santiago del Teide y la autopista TF-1, una ruta algo más larga pero con menos curvas que la bajada directa por la TF-436. Los veintiséis kilómetros de trayecto desde Masca hasta Santiago del Teide por la carretera alta del macizo de Teno se hicieron de un tirón, aprovechando que el sol de tarde suavizaba los contrastes y prolongaba los colores del paisaje. Llegamos al hotel al atardecer, con el cuerpo cansado de un día intenso y con la cabeza llena de imágenes tanto de los acantilados como de Masca, dos paisajes completamente distintos pero complementarios de una misma zona insular.
La cena en el hotel fue breve y el paseo nocturno apenas cubrió un par de vueltas por el paseo marítimo antes de subir a la habitación. Al día siguiente tocaba día completo de descanso, una pausa necesaria después de dos jornadas consecutivas de intensidad alta. Con La Laguna, Santa Cruz, Puerto de la Cruz, Icod, Candelaria y Güímar todavía por delante, convenía recargar las baterías antes del tramo final de la semana.

Día 4 en Tenerife: jornada de descanso en Playa de las Américas¶
Después de tres días de actividad intensa, con excursiones que nos han llevado del nivel del mar a los tres mil quinientos metros del Teide y de los acantilados monumentales de Los Gigantes al pueblo más escondido del macizo de Teno, la cuarta jornada la hemos dedicado íntegramente al descanso. Ningún kilómetro de carretera, ninguna cola en ningún centro de visitantes, ninguna cumbre por alcanzar. Solo piscina, playa, lectura, un par de paseos sin rumbo concreto y el ritmo pausado de un día sin agenda, que es uno de los grandes lujos que uno se permite cuando el plan de viaje está bien dimensionado desde el principio.
La lógica del día intermedio de descanso
Incluir un día completo de pausa a mitad de semana se ha consolidado ya como una de las pautas fijas de nuestros viajes canarios. La primera experiencia en Gran Canaria en 2005 nos enseñó que encadenar excursiones sin pausa acaba agotando incluso a los viajeros más motivados y termina afectando al disfrute de las últimas jornadas. El viaje a Lanzarote del año pasado ya incorporó este principio desde el primer momento, con resultados excelentes, y para Tenerife lo hemos aplicado también sin dudarlo. Con una isla tan grande y tan diversa, esta pauta resulta más necesaria aún que en las dos anteriores: los tiempos de desplazamiento son más largos, los desniveles más pronunciados y la sobrestimulación sensorial, mayor.
El día funciona además como bisagra temporal del viaje. Los tres primeros días cubrieron el eje vertical (subida al Teide) y el eje occidental (Los Gigantes y Masca). Por delante quedan las cuatro jornadas más dedicadas a la dimensión cultural y urbana de la isla: el norte de La Orotava y Puerto de la Cruz, la visita a Icod con el Drago, el gran recorrido por La Laguna y Santa Cruz y la despedida por Candelaria y Güímar. Parar en el punto medio permite asimilar lo visto en las dos jornadas anteriores (especialmente el Teide, que en retrospectiva uno agradece haber podido digerir con calma) y recargar energías para lo que queda.
Desayuno largo y mañana de piscina
Por primera vez en el viaje, el desayuno lo hicimos sin mirar el reloj. Bajamos al comedor del Noelia Sur más tarde de lo habitual, con el buffet ya en su segunda ronda de reposición, y aprovechamos para probar algunas cosas que los días anteriores habíamos ido saltando por pura prisa. La sección canaria del desayuno es destacable: quesos de distintas islas, bienmesabe, frutas tropicales frescas, papas arrugadas que algunos comensales europeos desayunan con mojo sin complejos, y una buena variedad de panes locales y dulces típicos. Dos cafés con leche largos, conversación sin urgencia y un repaso mental tranquilo de lo visto hasta ahora y de lo que queda por delante.
Después del desayuno, la mañana se desarrolló íntegramente en la zona de piscinas del hotel. Nos instalamos en una de las áreas con sombra parcial, abrimos los libros que habíamos traído de Bilbao (una novela reciente en mi caso, unos ensayos culturales en el suyo) y fuimos alternando lectura, chapuzón ocasional y siesta ligera en rotaciones completamente irregulares. El hotel estaba lleno pero no saturado, con el perfil habitual del turismo europeo de junio: parejas sin hijos, familias con niños pequeños, algún grupo de amigos y bastantes jubilados del centro y norte de Europa que según parece pasan varias semanas aquí cada verano huyendo del clima continental.
Comida en el paseo marítimo y tarde de playa
Para la comida rompimos la rutina de la media pensión y salimos a una terraza del paseo marítimo, a unos diez minutos andando desde el hotel. Disfrutamos sobre todo del ritmo tranquilo del mediodía en una zona que por la noche funciona a velocidad completamente distinta.
Después de comer, y tras un rato breve de reposo en la habitación por el calor más intenso del mediodía, nos acercamos a la playa principal de Playa de las Américas. La arena dorada, importada del Sahara para dotar a este tramo de costa volcánica de playas aptas para el turismo, contrasta con la roca volcánica negruzca que aflora en los extremos de cada cala. Las aguas, protegidas por los diques artificiales que caracterizan toda la zona sur, mantenían una calma casi lacustre y una temperatura agradable incluso para alguien acostumbrado al Cantábrico, mucho más frío en cualquier época del año.
Pasamos varias horas en la playa, alternando ratos de tumbona, baños tranquilos y paseos por la orilla hacia los extremos menos concurridos. El ambiente era el habitual de las zonas turísticas canarias: familias europeas, parejas de jubilados nórdicos con una piel bronceada que hablaba de temporadas largas, adolescentes jugando voley playa, algún grupo de amigos con música portátil y una presencia permanente de vendedores ambulantes ofreciendo todo tipo de productos. La escala es grande pero el ambiente se mantiene contenido, sin las estridencias que caracterizan otras zonas más concurridas del Mediterráneo.
Paseo al atardecer y cena relajada
A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar hacia el horizonte atlántico, salimos a dar un paseo largo por el paseo marítimo en dirección sur, hacia Los Cristianos. La separación entre los dos núcleos turísticos es puramente administrativa (en la práctica funcionan como un continuo urbano), pero el ambiente cambia sutilmente: Los Cristianos mantiene un toque algo más tradicional, con algunas calles que recuerdan al pueblo pesquero que fue antes del boom turístico de los años setenta. La pequeña playa central de Los Cristianos, más recogida y con una arena algo más natural, tenía a esa hora un aire más familiar y menos intensivo que el tramo central de Playa de las Américas.
El atardecer desde el paseo, con el sol poniéndose sobre el Atlántico y la silueta de La Gomera recortándose en el horizonte occidental, fue el momento visual más agradable del día. La Gomera, con sus perfiles abruptos, parece engañosamente cercana desde esta costa, aunque la separan casi cuarenta kilómetros y una hora de ferry regular. Desde los miradores del paseo se distinguen sin prismáticos los núcleos costeros de la isla vecina, especialmente San Sebastián, capital gomera, y el perfil general del macizo del Garajonay al fondo.
Noche relajada en el hotel
La cena del día de descanso la hicimos en el hotel, temprana y ligera: ensalada, pescado a la plancha, postre discreto y agua mineral. Después subimos directamente a la habitación, con la intención de leer un rato antes de dormir y sin ganas de añadir al día más actividad de la estrictamente necesaria. Cero kilómetros de coche, cero fotos nuevas de patrimonio, pero bastantes horas acumuladas de tranquilidad que se iban a notar en las jornadas siguientes. Mañana retomamos la actividad con la visita al Valle de la Orotava y Puerto de la Cruz, en el norte de la isla, con el clima más húmedo del norte como contraste respecto al sur árido donde nos alojamos. Una jornada menos espectacular sobre el papel que Teide o Los Gigantes, pero probablemente de las más culturalmente ricas del viaje.

Día 5 en Tenerife: Puerto de la Cruz, Lago Martiánez y Valle de la Orotava¶
El norte de Tenerife es, en muchos sentidos, una isla distinta respecto al sur turístico donde estamos alojados. Más húmedo, más fértil, culturalmente más denso, con una arquitectura tradicional mejor conservada, con pueblos históricos relevantes y con un clima suavizado por el alisio que llega cargado de humedad desde el océano. La quinta jornada del viaje la hemos dedicado al Valle de la Orotava, el gran valle agrícola del norte insular, con Puerto de la Cruz como primer destino turístico histórico de la isla y la villa de La Orotava como joya colonial del conjunto.
Cambio de clima: del sur árido al norte húmedo
La diferencia climática entre el sur y el norte de Tenerife es una de las sorpresas más llamativas de la isla. En una hora escasa de coche se pasa de temperaturas cercanas a los treinta grados y un cielo impecablemente azul en Playa de las Américas a temperaturas de veintidós grados y una capa de nubes bajas sobre las laderas del norte. El responsable de este cambio tan marcado es el alisio del noreste, que llega cargado de humedad desde el Atlántico y se condensa al chocar con las laderas septentrionales del macizo central, formando el característico mar de nubes entre los mil doscientos y los mil ochocientos metros de altitud. El sur, protegido por la barrera montañosa, recibe un alisio ya seco y por eso tiene ese clima árido tan distinto del que se encuentra apenas cincuenta kilómetros al norte.
La ruta desde Playa de las Américas hasta Puerto de la Cruz se hace por la autopista TF-1 y TF-5, rodeando la isla por la costa este y pasando cerca de Santa Cruz y de La Laguna, que reservamos para otra jornada específica. El trayecto, de algo menos de una hora, atraviesa paisajes muy diversos: desde las laderas áridas del sur hasta las plataneras escalonadas del valle de la Orotava, pasando por zonas urbanas densamente pobladas del corredor nororiental. El descenso hacia el valle propiamente dicho, desde la salida de la autopista, revela una de las imágenes más características del norte tinerfeño: una enorme cuenca agrícola rodeada de cumbres, con el Teide asomando al fondo y el Atlántico cerrando el paisaje por el norte.
Puerto de la Cruz, destino turístico histórico del norte
Puerto de la Cruz fue el primer gran destino turístico de Tenerife, muy anterior al desarrollo del sur en los años setenta. Desde finales del siglo XIX ya recibía visitantes europeos, atraídos por su clima suave, por la belleza del valle circundante y por el ambiente cosmopolita que se había ido consolidando a partir del tradicional puerto comercial. Hoy, superado hace décadas en volumen por los grandes resorts del sur, mantiene en cambio una identidad urbana propia, un casco histórico relevante y una atmósfera mucho más pausada que las urbanizaciones meridionales. Para cualquier visitante con interés por el Tenerife más auténtico, Puerto de la Cruz resulta casi obligatorio.
Aparcamos en uno de los parkings del centro y empezamos el recorrido a pie desde la Plaza del Charco, el corazón urbano de la ciudad. Esta plaza, flanqueada por grandes laureles de Indias que proporcionan sombra densa durante todo el día, concentra buena parte de la vida social portuense. Terrazas animadas por la mañana, familias con niños jugando, grupos de amigos tomando algo a cualquier hora del día, turistas pausados que contrastan con el ritmo más intensivo de los del sur. El ambiente es claramente ciudadano, con la vida local mezclándose con naturalidad con la visitante, y esa mezcla es precisamente uno de los atractivos principales del lugar.
Desde la Plaza del Charco se extienden varias calles peatonales con comercios tradicionales, cafeterías con solera, pequeñas galerías y restaurantes especializados en cocina canaria. La calle Quintana, la calle de Iriarte, la calle del Sol, todas ellas conservan un buen nivel de arquitectura tradicional canaria con balcones de madera tallada, fachadas encaladas y portadas de piedra labrada. El conjunto, sin ser tan monumental como el de Vegueta en Gran Canaria o el que veremos en La Laguna, tiene un encanto urbano muy particular.
Lago Martiánez, la obra de César Manrique en el norte
Pegado al mar en el tramo oriental del paseo marítimo, el Lago Martiánez es una de las principales atracciones urbanas de Puerto de la Cruz y una obra fundamental de César Manrique en Tenerife. El artista lanzaroteño, cuya huella ya conocíamos de nuestro viaje del año pasado a Lanzarote, diseñó este complejo de piscinas de agua salada inaugurado en 1977 como respuesta al problema que durante décadas había tenido la costa norte para ofrecer baños cómodos al visitante. El alisio y las corrientes del norte hacen el baño oceánico directo poco atractivo y a veces peligroso en esta zona, y la solución de Manrique fue crear un conjunto de piscinas artificiales alimentadas con agua de mar filtrada, integradas con vegetación tropical y con la estética característica de su obra.

El conjunto funciona perfectamente como espacio de baño urbano. Las piscinas, de distintas profundidades y dimensiones, se distribuyen alrededor de un gran estanque central que combina agua con rocas volcánicas emergentes, plantadas con cactus y adornadas con esculturas metálicas del propio Manrique. Las zonas de solarium, con tumbonas y palmeras, crean ambientes diferenciados según la orientación. Los bares integrados en el complejo respetan la estética general, con materiales naturales y construcciones de baja altura que no compiten con el paisaje. Es, probablemente, el espacio más logrado de los que Manrique diseñó fuera de Lanzarote, y confirma la coherencia estética que el artista supo imponer a su obra allí donde intervino.
Pasamos casi dos horas en el complejo, alternando baño en las piscinas, paseo por sus zonas ajardinadas y una parada larga en una de las terrazas para tomar algo con vistas directas al Atlántico. El contraste entre el azul intenso de las piscinas artificiales, el verde de la vegetación tropical, el negro de las rocas volcánicas y el azul más profundo del océano al fondo compone una imagen que Manrique supo orquestar con una precisión casi pictórica.
Comida en el casco histórico y tarde en La Orotava
Para comer nos acercamos a una tasca en una de las calles interiores del casco histórico, lejos de las terrazas más turísticas del paseo marítimo. El tipo de sitio que uno busca para comer auténtico en una ciudad con muchos restaurantes pensados sobre todo para el visitante internacional: mesas de madera, azulejos en las paredes, clientela claramente local, precios razonables.
Después de comer subimos a La Orotava, apenas diez minutos en coche desde Puerto de la Cruz. La villa, situada a unos trescientos metros de altitud en la ladera superior del valle, conserva uno de los cascos históricos más bellos de todas las Canarias. Declarada conjunto histórico-artístico desde 1976, La Orotava responde al modelo urbanístico colonial canario desarrollado a partir del siglo XVI: calles empedradas en pendiente, plazas escalonadas que se adaptan al desnivel natural, iglesias monumentales, conventos, palacios señoriales y viviendas burguesas con balcones de madera tallada. El conjunto es genuinamente impresionante, y merece con amplitud la visita detenida.
El centro neurálgico de la villa es la Plaza de la Constitución, rodeada por varios edificios relevantes, entre ellos el convento de San Agustín y la iglesia de la Concepción. Esta última, una de las iglesias barrocas más importantes de Canarias, tiene una fachada de piedra trabajada con una elegancia notable y un interior con retablos y arte religioso que merece un rato de calma. Desde la plaza salen varias calles hacia zonas más elevadas, y uno de los itinerarios más agradables lleva hasta la Casa de los Balcones, el edificio civil más icónico de La Orotava y uno de los mejores ejemplos de arquitectura tradicional canaria del archipiélago.
La Casa de los Balcones, construida en el siglo XVII y hoy conservada como centro de artesanía y museo etnográfico, reúne en su fachada y en sus patios interiores todos los elementos característicos de la arquitectura colonial canaria: balcones corridos de tea tallada, galerías internas de madera, patios con fuentes y azulejos, techos artesonados y puertas de doble hoja con herrajes forjados. El interior, transformado en tienda de artesanía y centro cultural, ofrece una muestra amplia de productos tradicionales canarios (bordados, calados, tejidos, cerámica, madera labrada) que supera los circuitos de recuerdos turísticos al uso. Compramos un pequeño mantel con calados tradicionales para llevar a Bilbao.
La Hijuela del Botánico, un pequeño jardín anexo al ayuntamiento, completa la visita cultural con una muestra de flora canaria y tropical en un espacio reducido pero bien aprovechado. Los miradores superiores de La Orotava, hacia el oeste del centro, ofrecen vistas panorámicas sobre todo el Valle de la Orotava con Puerto de la Cruz abajo, el Atlántico detrás y el Teide dominando el horizonte al sur. Uno de los encuadres más clásicos del turismo tinerfeño.
Regreso al sur y cierre de la jornada
Dejamos La Orotava al atardecer y emprendimos el regreso a Playa de las Américas por la misma ruta que habíamos hecho por la mañana. El trayecto, de nuevo algo menos de una hora, se hizo con la luz cambiante de la tarde suavizando los paisajes de la autopista. Llegamos al hotel con tiempo justo para una ducha antes de la cena, más tarde de lo habitual pero sin prisa. La jornada en el norte se queda como una de las más culturalmente satisfactorias del viaje, y confirma que Tenerife tiene registros muy distintos según la zona de la isla que uno visite. Al día siguiente tocaba Icod de los Vinos con el Drago Milenario, una jornada más ligera que serviría de transición hacia el gran recorrido del noreste del día posterior.

Día 6 en Tenerife: Icod de los Vinos y el Drago Milenario, árbol emblemático de Canarias¶
La sexta jornada del viaje la planteamos como un día más contenido, de transición entre la visita ayer al valle de la Orotava y la gran excursión a La Laguna y Santa Cruz prevista para mañana. Icod de los Vinos, uno de los pueblos históricos del norte de Tenerife, ofrecía el pretexto ideal: la visita al Drago Milenario (probablemente el árbol más famoso del archipiélago canario), un casco histórico con arquitectura tradicional bien conservada y la posibilidad de combinar cultura y paisaje en una jornada de ritmo pausado, con vuelta al hotel con tiempo para piscina.
De Playa de las Américas a Icod por la autopista del norte
Salimos del hotel a media mañana, sin la prisa de las jornadas anteriores. La ruta hasta Icod de los Vinos se hace por la autopista TF-1 hacia el noreste y luego por la TF-5 hacia el noroeste, rodeando la isla por la costa oriental, el corredor metropolitano de Santa Cruz y La Laguna, y bajando hacia el valle de la Orotava antes de continuar hasta Icod. El trayecto, de algo más de una hora, atraviesa buena parte de la variedad paisajística insular que ya nos resulta conocida después de los días anteriores.
A medida que se avanza por la TF-5 desde La Orotava hacia el oeste, el paisaje se mantiene dominado por plataneras extensas escalonadas en bancales, pequeños pueblos aferrados a la ladera y vistas intermitentes al Atlántico entre las zonas boscosas. La costa norte de Tenerife, sin la espectacularidad de los acantilados de Los Gigantes pero con un carácter agrícola y rural mucho más auténtico que el sur, resulta especialmente agradable de recorrer. El Teide sigue asomando al fondo, esta vez por el sur, recordatorio constante de la escala volcánica de la isla.
Icod de los Vinos aparece tras una última curva descendente. El pueblo, de unos veinte mil habitantes, se extiende por una ladera suave entre los mil quinientos y los cien metros sobre el nivel del mar, con el casco histórico concentrado en la parte media. Aparcamos en una zona próxima al centro y empezamos el recorrido a pie desde la Plaza de la Iglesia.
El Drago Milenario, emblema de Canarias
El Drago Milenario de Icod es, probablemente, el árbol más conocido de toda Canarias y uno de los iconos naturales más reconocibles del archipiélago. Se trata de un ejemplar monumental de Dracaena draco, especie endémica de la Macaronesia, de unos dieciocho metros de altura y veinte metros de diámetro de copa, con una silueta característica en forma de paraguas invertido que resulta instantáneamente reconocible en cualquier fotografía canaria. Aunque la tradición popular le atribuye mil años de antigüedad (de ahí el apelativo de milenario), los estudios botánicos actuales estiman su edad real en torno a los ochocientos o quizás novecientos años, dato que sin restarle nada de mérito al ejemplar lo sitúa más en el terreno de lo histórico que en el de lo legendario.

El dragoneo canario es una de las especies más fascinantes de la flora del archipiélago. No es técnicamente un árbol en el sentido botánico estricto, ya que carece de anillos de crecimiento anuales como los tienen las verdaderas especies arbóreas, sino que pertenece a la familia de las monocotiledóneas, más emparentada con los lirios o las yucas que con los robles o los pinos. Su resina, conocida tradicionalmente como sangre de drago por su color rojo intenso al contacto con el aire, fue utilizada durante siglos como colorante, como medicina tradicional y como tinte para barnices. Los dragos eran sagrados para los guanches, los primeros habitantes de las islas, que se reunían bajo sus copas para celebrar asambleas de gobierno.
El ejemplar de Icod se encuentra protegido en el Parque del Drago, un recinto ajardinado creado alrededor del árbol que incluye también otras especies endémicas canarias y ofrece un recorrido botánico breve pero bien documentado. La entrada tiene un coste moderado y permite acercarse al drago desde varios ángulos, fotografiarlo con distintas luces y apreciar su estructura particular, con ramas secundarias que parten del tronco principal en una disposición casi dendrítica. El árbol está en un estado de conservación aceptable para su edad, con apoyos estructurales que le permiten mantener la estabilidad de sus ramas principales, aunque los expertos reconocen que la combinación de edad, exposición al viento atlántico y peso acumulado obliga a un seguimiento continuo.
Paseamos por el parque durante un buen rato, sin prisas, aprovechando que el flujo de visitantes a esa hora era moderado y permitía disfrutar del entorno con cierta calma. Las vistas desde el parque hacia el Atlántico, con el pueblo de Icod descendiendo hacia la costa y el Teide asomando al sur sobre el perfil del pueblo, completan un conjunto de una fotogenia que justifica por sí sola la visita. Es uno de esos lugares donde uno entiende por qué los guanches consideraban al drago un árbol sagrado: la combinación de su silueta única, de su tamaño monumental y de la longevidad implícita en su mera presencia lo convierten en un elemento con personalidad propia, difícil de comparar con ninguna otra cosa.
La Plaza de San Marcos y la iglesia parroquial
Desde el Parque del Drago, siguiendo las calles empedradas del casco histórico de Icod, se llega en pocos minutos a la Plaza de San Marcos, el espacio urbano más relevante del pueblo. La plaza, arbolada y con bancos de piedra bajo los laureles, está presidida por la iglesia parroquial de San Marcos, una construcción del siglo XVI que combina elementos góticos tardíos, renacentistas y barrocos en una fábrica de mampostería encalada con detalles de piedra volcánica vista.
El interior de la iglesia merece una visita pausada. Destacan el artesonado mudéjar del techo (uno de los mejores ejemplos de este tipo de carpintería que se conservan en Canarias), varios retablos barrocos de escuela canaria y una cruz de plata filigranada, considerada una pieza de orfebrería de primer nivel. La iluminación natural que entra por las ventanas altas realza los detalles dorados de los retablos y el trabajo de la madera del techo, componiendo una de las atmósferas religiosas más logradas de las iglesias parroquiales canarias que hemos visto hasta ahora.
Alrededor de la plaza se organiza una pequeña red de calles peatonales con comercios tradicionales: algunas tiendas de artesanía local, panaderías con dulces típicos, un par de bodegas especializadas en vinos del norte de Tenerife (la denominación de origen Tacoronte-Acentejo es la más conocida de la zona), una librería con sección de libros sobre Canarias y varias cafeterías con terraza. El ritmo urbano, muy tranquilo para ser media mañana de un día laborable, transmite una sensación de autenticidad que se agradece tras los días más centrados en paisajes o en zonas turísticas.
Comida en una tasca local y paseo por el casco
Comimos en una pequeña tasca situada en una calle lateral de la Plaza de San Marcos, un sitio de clientela mayoritariamente local y con cocina canaria tradicional. El nivel, notablemente superior al de cualquier restaurante del sur turístico, con precios ajustados al público local y un servicio amable sin adornos.
Después de comer dedicamos un rato más a pasear por las calles del centro histórico. Icod conserva varios tramos urbanos de gran interés arquitectónico, con casas de los siglos XVII y XVIII, balcones de tea tallada, patios interiores visibles desde la calle a través de puertas abiertas en el horario más caluroso del día y algunos palacetes coloniales de cierta relevancia. La visita, sin la monumentalidad de Vegueta en Gran Canaria ni la densidad cultural de lo que veremos mañana en La Laguna, ofrece una muestra representativa de la vida urbana canaria tradicional en un pueblo de tamaño medio.
Playa de San Marcos y vuelta temprana al hotel
Antes de regresar a Playa de las Américas, bajamos desde el casco histórico de Icod hasta la pequeña Playa de San Marcos, al pie del pueblo. Se trata de una cala de arena negra volcánica, modesta en dimensiones pero con ese aire pesquero tradicional que se ha ido perdiendo en tantas otras zonas costeras de la isla. El paseo marítimo, corto pero bien mantenido, alberga algunos restaurantes especializados en pescado fresco y un pequeño puerto deportivo. Nos sentamos en una terraza a tomar un café antes de emprender el camino de vuelta, observando cómo un par de barcos pesqueros llegaban al puerto con la captura del día.
El regreso a Playa de las Américas lo hicimos por la misma ruta de la ida. Llegamos al hotel con tiempo suficiente para un buen rato de piscina antes de la cena. La combinación de una jornada cultural más ligera por la mañana y una tarde larga de descanso hotelero funciona perfectamente y permite recuperar fuerzas para la excursión más intensa del viaje, prevista para mañana: el gran recorrido por La Laguna, Santa Cruz y la Playa de las Teresitas, probablemente la jornada con más contenido cultural de toda la semana.
La cena en el hotel fue correcta y el paseo nocturno breve. Subimos a la habitación antes de lo habitual, con las baterías razonablemente recargadas y con ganas de afrontar mañana la auténtica cumbre cultural del viaje.

Día 7 en Tenerife: La Laguna UNESCO, Santa Cruz y Playa de las Teresitas¶
La séptima jornada del viaje ha sido, con bastante diferencia, la más densa en contenido cultural y urbano de toda la semana. Un gran recorrido por el noreste insular que combina tres destinos de perfiles muy distintos: San Cristóbal de La Laguna, la antigua capital de la isla declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; Santa Cruz de Tenerife, la capital actual con su perfil administrativo, portuario y arquitectónico; y la Playa de las Teresitas, la playa más singular del norte insular, con su arena dorada importada del Sahara. Una jornada larga que exige buena planificación para que quepa con calma todo lo que merece calma.
De Playa de las Américas a San Cristóbal de La Laguna
Salimos del hotel temprano, conscientes de que la jornada iba a ser larga y que apurar al máximo las horas de luz era conveniente. La ruta desde Playa de las Américas hasta La Laguna se hace por la autopista TF-1 hacia el noreste, bordeando toda la costa oriental de la isla. Son unos setenta y cinco kilómetros que se resuelven en poco más de una hora, con el paisaje atravesando las zonas áridas del sur, el corredor urbano del centro-este insular y subiendo finalmente por la TF-5 hacia la meseta de Aguere, donde se asienta La Laguna a unos quinientos cincuenta metros sobre el nivel del mar.
La altitud confiere a La Laguna un clima notablemente más fresco que el del resto de las zonas urbanas de Tenerife. En pleno junio, la temperatura aquí era de apenas veintidós grados, con una brisa constante y una sensación ambiental casi primaveral. Esta suavidad climática fue, históricamente, una de las razones por las que los primeros colonos castellanos eligieron este emplazamiento para fundar la capital de la isla, en 1497, pocos años después de la conquista. El otro motivo era estratégico: La Laguna, situada en el interior insular, estaba protegida de los ataques piratas que durante siglos asolaron las costas canarias. Santa Cruz, el puerto natural, no se convertiría en capital hasta 1833.
La Laguna, patrimonio de la humanidad colonial
El casco histórico de San Cristóbal de La Laguna es uno de los conjuntos urbanos más relevantes de toda España. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, su trazado urbano responde a un modelo pionero en la historia del urbanismo colonial: La Laguna fue planificada desde el principio como ciudad no fortificada, con una trama reticular regular de calles amplias y plazas generosas, siguiendo criterios renacentistas innovadores para la época. Este modelo urbanístico, ensayado por primera vez en una ciudad americana de titularidad española antes de la fundación oficial de muchas urbes de América Latina, serviría como referencia para buena parte del urbanismo colonial posterior en el Nuevo Mundo.
Aparcamos en uno de los parkings subterráneos cercanos al centro histórico y empezamos el recorrido a pie desde la Plaza del Adelantado, el corazón institucional de la ciudad vieja. La plaza, presidida por el Palacio de Nava (un palacete barroco con una fachada de piedra trabajada considerada una de las obras maestras de la arquitectura civil canaria), está rodeada por el antiguo convento de Santa Catalina, el ayuntamiento y varios edificios administrativos de los siglos XVII al XIX. El conjunto transmite inmediatamente la sensación de estar ante una ciudad con densidad histórica real, no ante un casco histórico reconstruido o mantenido solo para el turismo.
La calle principal del casco histórico, la calle Obispo Rey Redondo (conocida localmente como calle de la Carrera), recorre el eje este-oeste del centro y desemboca en el Palacio Salazar, uno de los ejemplos más suntuosos de arquitectura palaciega colonial canaria. A lo largo de esta calle se suceden casas solariegas con portadas de piedra labrada, balcones de madera tallada, escudos heráldicos, zaguanes amplios y patios interiores visibles a través de puertas abiertas durante el día. La impresión general es la de una ciudad que conserva muy viva su atmósfera histórica, con muchos edificios civiles y religiosos en uso activo (universidad, institutos, comercios tradicionales, viviendas) que impiden que el conjunto se cristalice como mero museo al aire libre.
La Catedral de La Laguna, sede episcopal desde el siglo XIX, y la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, conocida por su impresionante torre campanario (símbolo visual de la ciudad y una de las imágenes clásicas del patrimonio tinerfeño), son las dos referencias religiosas fundamentales del casco. La iglesia de la Concepción, construida a lo largo de los siglos XVI y XVII sobre una fundación primitiva del XV, conserva un interior con artesonados mudéjares de primer nivel, retablos barrocos relevantes y una pila bautismal especialmente notable en la que, según la tradición, recibieron el sacramento los guanches conversos tras la conquista.
Paseamos durante más de dos horas largas por el centro histórico, deteniéndonos en varias iglesias, conventos, palacios y plazas. La escala de La Laguna, compacta pero suficientemente densa, permite conocer sus hitos fundamentales en una mañana sin prisas. Queda la sensación muy clara de que es una de las visitas culturales imprescindibles del archipiélago canario, al nivel de Vegueta en Gran Canaria y por delante de cualquier otro conjunto histórico de Tenerife.
Comida en el casco viejo y traslado a Santa Cruz
Para comer escogimos una tasca en una calle lateral del centro histórico, un local pequeño con clientela mayoritariamente universitaria (La Laguna es ciudad universitaria desde 1792, y la presencia estudiantil en su vida urbana es considerable). Precios ajustados al público local, servicio ágil, ambiente genuino. Una buena manera de cerrar la parte lagunera del día antes de bajar a la capital.
El traslado de La Laguna a Santa Cruz se resuelve en apenas diez minutos por la autopista TF-5 en sentido descendente. Las dos ciudades, aunque administrativamente separadas, forman en la práctica un continuo urbano que constituye la principal área metropolitana del archipiélago canario oriental, con más de trescientos mil habitantes entre ambas. Aparcamos en un parking subterráneo cercano al puerto y al Auditorio, como base para la visita a Santa Cruz.
Santa Cruz de Tenerife, la capital atlántica
Santa Cruz presenta un perfil completamente distinto al de La Laguna. Si la antigua capital conserva su atmósfera colonial, la actual es una ciudad portuaria y administrativa moderna, con un ritmo urbano propio de capital provincial, con puerto comercial activo, barrios residenciales densos, zonas comerciales funcionales y una arquitectura que mezcla elementos modernistas de principios del siglo XX con desarrollos más recientes. No tiene la densidad histórica de su vecina, pero ofrece otros registros que compensan ampliamente la diferencia.


El elemento arquitectónico más destacado de la ciudad actual es sin discusión el Auditorio de Tenerife, obra del arquitecto valenciano Santiago Calatrava inaugurada en septiembre de 2003. El edificio, con su silueta de gran ola blanca cubriendo el volumen principal, se ha convertido en el símbolo arquitectónico contemporáneo de la isla. Situado frente al mar en la avenida Marítima, el auditorio dialoga visualmente con el puerto, con el propio Atlántico y, al fondo, con el perfil del macizo de Anaga, componiendo una de las imágenes urbanas más logradas de cualquier ciudad española reciente. Rodeamos el edificio a pie, admirando los detalles del revestimiento cerámico blanco y la audacia de la gran cubierta cantilevered que cubre el vestíbulo principal.
Desde el Auditorio caminamos hacia el centro por la avenida Marítima y la avenida Francisco La Roche, atravesando el Parque Marítimo César Manrique (otra intervención del artista lanzaroteño en Tenerife, con un complejo de piscinas menos ambicioso pero de la misma filosofía que el Lago Martiánez). El Parque García Sanabria, inaugurado en 1926 y referencia verde fundamental del centro de Santa Cruz, ofrece un respiro vegetal en pleno corazón urbano, con árboles maduros, fuentes modernistas, esculturas contemporáneas y una atmósfera tranquila que contrasta con el tráfico de las avenidas circundantes.
La calle del Castillo, la principal arteria comercial peatonal de Santa Cruz, recorre el eje central de la ciudad vieja y concentra la oferta comercial más variada. Junto a ella, la Plaza de España (en pleno proceso de remodelación durante nuestra visita, con las obras avanzadas de los arquitectos Herzog y De Meuron ya visibles), la Plaza de la Candelaria y la calle Pilar forman el núcleo cívico histórico de la ciudad. La iglesia de la Concepción, la más antigua de Santa Cruz y declarada Bien de Interés Cultural, conserva elementos desde el siglo XVI pese a varios incendios que afectaron a la estructura original a lo largo de los siglos.

Playa de las Teresitas: arena dorada y laurisilva al fondo
Con la tarde ya avanzada, salimos de Santa Cruz en dirección a la Playa de las Teresitas, una de las más singulares y fotografiadas del norte de Tenerife. El trayecto, de apenas ocho kilómetros por la TF-11 bordeando la costa norte, lleva en coche unos veinte minutos. La playa se extiende al pie del pueblo pesquero de San Andrés, en la entrada occidental del Parque Rural de Anaga, y su singularidad se debe a dos factores combinados: por un lado, la arena es dorada (atípica en la costa volcánica de Tenerife, donde predominan las playas negras), ya que fue importada del Sahara occidental en los años setenta para crear una playa apta para el baño turístico en una zona donde las condiciones naturales eran poco propicias; por otro, un dique artificial paralelo a la orilla protege las aguas del oleaje atlántico y las mantiene cálidas y tranquilas.


La estampa de Las Teresitas, con su arena dorada casi caribeña, sus palmeras alineadas junto al paseo marítimo, las aguas turquesas protegidas por el dique y el macizo de Anaga cubierto de laurisilva elevándose inmediatamente detrás, compone un paisaje insólito por la combinación de elementos. El contraste entre lo artificial (la arena traída del Sahara, el dique, las palmeras plantadas) y lo natural (el macizo de Anaga, la laurisilva endémica, el Atlántico) resulta fascinante y funciona sorprendentemente bien como conjunto visual. A diferencia de otras intervenciones similares, en Las Teresitas el resultado final tiene cierta coherencia estética que justifica el empeño.
Pasamos un rato largo en la playa, aprovechando que la afluencia vespertina era moderada. El baño, con las aguas tranquilas y la temperatura agradable, resultó especialmente reparador después de una jornada larga de ciudad. El paseo marítimo está bien equipado, con chiringuitos discretos, duchas, vestuarios y zonas ajardinadas, todo con un mantenimiento cuidado. Al fondo, el macizo de Anaga con su vegetación densa recordaba que una zona natural de enorme valor ecológico comienza literalmente a pocos metros de la playa. Allí quedan pendientes los pueblos de Taganana, Almáciga o Benijo para una posible vuelta futura con tiempo para hacer senderismo en serio.
Regreso a Playa de las Américas al anochecer
Dejamos Las Teresitas cuando el sol empezaba a bajar y emprendimos la vuelta a Playa de las Américas por la TF-1. El trayecto, de unos setenta y cinco kilómetros, se hizo al atardecer y con la luz rosada de la hora del crepúsculo suavizando los paisajes del sur tinerfeño. Llegamos al hotel más tarde de lo habitual, con el cuerpo notablemente cansado después de una jornada de más de doce horas con actividad casi continua. La cena fue breve y el paseo nocturno se limitó a un recorrido muy corto antes de subir a la habitación.
Mañana, el último día del viaje, toca Candelaria y las pirámides de Güímar antes de coger el vuelo de vuelta a Bilbao. Una jornada menos ambiciosa que la de hoy, pensada precisamente para despedirse de la isla con la calma que exige el cierre de cualquier viaje bien planteado.

Día 8 en Tenerife: Candelaria, pirámides de Güímar y vuelo de regreso a Bilbao¶
El último día del viaje coincide con un vuelo de tarde hacia Bilbao, lo que nos regala una mañana larga para hacer una última excursión breve antes de poner rumbo al aeropuerto. Candelaria, con su basílica mariana y su memoria guanche, y las polémicas pirámides de Güímar, con su interpretación arqueológica controvertida, quedaban convenientemente en la ruta de vuelta hacia Tenerife Sur, lo que permitía combinar despedida cultural y aproximación logística al vuelo. Un cierre tranquilo, sin grandes sobresaltos, para una semana que ha dado bastante más de lo que cabía esperar en ocho días.
Desayuno pausado y salida con el equipaje hecho
El desayuno en el Noelia Sur, que durante siete días había funcionado como combustible rápido antes de arrancar la jornada, se disfrutó esta vez con una calma diferente. Sin prisa por llegar al Teide, a Los Gigantes o a La Laguna, el café con leche se alargó, la fruta se saboreó con más atención y el croissant acabó acompañado por una segunda ración de queso canario. Ese tipo de pequeñas indulgencias que uno se permite cuando sabe que el viaje llega a su fin.
La preparación del equipaje se hizo temprano, con tiempo de sobra, intentando que la ropa húmeda de la última sesión de piscina ocupara un espacio aislado y que las cámaras, las botellas de vino local y los calados comprados en La Orotava quedaran bien protegidos. Dejamos las maletas en consigna del hotel para no tener que cargarlas durante la mañana y salimos con el coche hacia el norte.
Candelaria, devoción mariana y memoria guanche
La Basílica de Nuestra Señora de Candelaria se encuentra en la localidad homónima, a unos treinta kilómetros de Playa de las Américas por la autopista TF-1. El trayecto, de apenas media hora, atraviesa buena parte de la costa sureste, con paisajes áridos muy similares a los del primer día. Candelaria, con unos veintitrés mil habitantes, es uno de los principales núcleos de la comarca del sureste y alberga el santuario de mayor devoción popular de todo el archipiélago canario.

La basílica, construida a mediados del siglo XX en sustitución de un templo anterior destruido por un aluvión, responde a un estilo historicista que combina elementos neocanarios con referencias a la arquitectura religiosa colonial americana. La gran plaza abierta ante la fachada, con el Atlántico cerrando la perspectiva por el este, funciona como antesala ceremonial del santuario y acoge las grandes concentraciones de peregrinos durante las fiestas mayores, especialmente la del quince de agosto, cuando la afluencia llega a ser masiva con procesiones de fieles que llegan caminando desde distintos puntos de la isla.
El interior de la basílica alberga la imagen de la Virgen de Candelaria, patrona del archipiélago canario desde 1867 y objeto de una devoción que hunde sus raíces en el periodo prehispánico. Según la tradición, la imagen fue encontrada en el siglo XIV por dos pastores guanches en la playa de Chimisay, antes incluso de la conquista castellana de la isla, y se convirtió en objeto de veneración tanto para los aborígenes como, tras la cristianización, para la población colonial. La imagen original desapareció durante el aluvión de 1826, y la actual es una talla posterior que reproduce la iconografía tradicional. Independientemente del juicio personal sobre la devoción mariana, la atmósfera del templo y la densidad histórica del lugar resultan interesantes como testimonio del sincretismo religioso canario.

El elemento quizás más llamativo para un visitante culturalmente curioso no está en el interior del templo sino en la plaza exterior. Nueve grandes estatuas de bronce, colocadas en los años noventa a lo largo del muro que separa la plaza de la playa, representan a los nueve menceyes guanches que gobernaban los reinos aborígenes de Tenerife en el momento de la conquista castellana a finales del siglo XV. Estos reyes prehispánicos, con sus nombres propios (Bencomo, Añaterve, Tinerfe, Beneharo y los demás), añaden al conjunto una dimensión histórica singular: la memoria de un pueblo anterior que resistió durante siglos el avance europeo hasta su derrota y progresiva asimilación tras 1496. Las estatuas, realistas pero algo idealizadas, han sido a veces criticadas por sus proporciones monumentales, pero en conjunto funcionan bien como recordatorio visible del sustrato prehispánico canario.
Paseamos por la plaza durante un buen rato, haciendo fotos desde distintos ángulos y leyendo los textos informativos que acompañan a cada una de las estatuas. Es uno de los espacios públicos más singulares del archipiélago canario, y probablemente el que mejor condensa en un solo escenario la doble herencia religiosa y aborigen que forma parte constitutiva de la identidad isleña.

Pirámides de Güímar: arqueología contra interpretación
A unos quince minutos de Candelaria, en el municipio vecino de Güímar, se encuentra uno de los destinos turísticos más polémicos de Tenerife: el Parque Etnográfico Pirámides de Güímar. El complejo, abierto al público desde finales de los años noventa y promovido activamente por la Fundación Thor Heyerdahl (el conocido explorador noruego famoso por sus expediciones Kon-Tiki y Ra), presenta una serie de seis plataformas escalonadas de piedra volcánica apilada que, según la interpretación defendida por el propio Heyerdahl y difundida por el museo del parque, podrían tener un origen prehispánico vinculado a culturas precolombinas, con posibles alineaciones astronómicas significativas.
La visita al parque es correcta en sus aspectos prácticos: entradas accesibles, caminos bien mantenidos, jardines botánicos con flora tradicional canaria, audiovisuales en varios idiomas y una exposición museística que explica el hallazgo y las teorías de Heyerdahl con profusión de argumentos. Sin embargo, conviene que el visitante llegue con la información adecuada para contextualizar lo que va a ver, porque la interpretación que ofrece el museo es considerablemente más ambiciosa de lo que admite la comunidad arqueológica canaria.
La postura mayoritaria de los arqueólogos locales, respaldada por estudios cerámicos y estratigráficos realizados en el propio yacimiento, es que estas estructuras son majanos agrícolas del siglo XIX. Es decir: montones de piedra apilados por los campesinos locales durante el desmonte de terrenos para cultivo (probablemente de caña de azúcar o plataneras en momentos de expansión de estas producciones), una práctica habitual en toda Canarias dada la abundancia de piedra volcánica en los suelos de bancal. La forma piramidal escalonada que presentan, y que tanto impresionó a Heyerdahl, se explica sencillamente por el método tradicional de apilar piedras por capas sucesivas, intentando ganar altura sin perder estabilidad. Las supuestas alineaciones astronómicas, por otra parte, son fenómenos estadísticamente casi inevitables en cualquier estructura construida en zona soleada: los días de solsticio y equinoccio proyectan luces y sombras específicas sobre casi cualquier edificación, y encontrar correspondencias astronómicas a posteriori es un ejercicio que los arqueoastrónomos académicos miran con escepticismo salvo cuando hay contexto cultural explícito que respalde la hipótesis.

Hechas estas salvedades importantes, el lugar en sí tiene interés. Los jardines del parque están bien diseñados y muestran un buen muestrario de la flora canaria, con carteles explicativos de calidad. Las propias estructuras de piedra, independientemente de su origen y función, son visualmente atractivas y merecen un paseo. La exposición sobre las expediciones de Heyerdahl (la balsa Kon-Tiki, las embarcaciones Ra) resulta entretenida como repaso a la aventura científica del siglo XX. Y la ubicación del parque, en un valle agrícola con el Teide de fondo, ofrece vistas agradables. Lo único que conviene es mantener una lectura crítica sobre lo que el propio museo propone: es un espacio etnográfico interesante, no un yacimiento arqueológico prehispánico.

Pasamos aquí aproximadamente una hora y media, suficiente para recorrer el conjunto con calma y para formar una opinión propia. Salimos con la sensación de haber visitado un espacio simpático pero sobrevalorado, y con cierta reserva respecto a la orientación interpretativa del museo.
Regreso al aeropuerto y vuelo a Bilbao
Desde Güímar volvimos al hotel a recoger el equipaje, devolvimos el coche al aeropuerto Tenerife Sur (proceso sencillo y sin sorpresas, como en los viajes anteriores) y completamos el trámite de facturación del vuelo a Bilbao. El tiempo de espera se aprovechó para los rituales habituales: algún regalo de última hora en la zona comercial, un sándwich rápido que sustituyó al almuerzo propiamente dicho y ese café final que suele tener un sabor especialmente agradable en los aeropuertos de regreso.
El vuelo se desarrolló sin incidencias, con el tradicional contraste visual al aproximarnos a la costa cantábrica: del azul intenso y los ocres áridos de Tenerife a los verdes profundos y las nubes bajas del norte peninsular. El aterrizaje en Loiu, puntual y sin sobresaltos, cerró oficialmente el viaje, aunque las imágenes mentales del Teide desde el teleférico, de Masca entre los acantilados, del casco colonial de La Laguna o de los menceyes guanches de Candelaria todavía iban a tardar varios días en dejar de aparecer cada vez que cerrábamos los ojos.
La vuelta al piso, la maleta por deshacer, la nevera vacía por rellenar, el correo acumulado, la rutina que retoma sus derechos sobre los horarios vacacionales. Ocho días en Tenerife han dado para mucho, y la digestión mental del viaje va a requerir todavía varias jornadas más. Queda pendiente el último artículo de esta serie, el de conclusiones, para ordenar las ideas principales y hacer balance general. Pero eso ya será mañana.

Tenerife en balance: reflexiones finales sobre el cuarto viaje al archipiélago canario¶
Junio 2008
Ocho días en Tenerife son claramente insuficientes para agotar sus posibilidades. Pero sí bastan para construir una imagen sólida del carácter de la isla, de la diversidad extraordinaria de sus paisajes, del contraste permanente entre su costa turística y su interior auténtico, entre su capital histórica y sus pueblos de montaña. Después de recorrer la isla de punta a punta con coche de alquiler y base fija en Playa de las Américas, el balance se hace con la mezcla de satisfacción amplia y clara deuda pendiente que suelen dejar los destinos realmente complejos. Tenerife no se agota en ocho días, y a diferencia de lo que ocurrió con Lanzarote, tampoco se deja cubrir del todo en ese plazo.
La isla más diversa confirma su fama
La fórmula publicitaria de Tenerife como isla más diversa del archipiélago canario se ha repetido tantas veces que llega uno con cierta prevención. Después de la semana, toca reconocer que en este caso la fórmula se queda corta más que excederse. Pocos territorios europeos ofrecen tanta variedad climática, botánica, geológica y cultural en un espacio tan contenido. Del sur turístico árido al norte húmedo con laurisilva, del nivel del mar a los tres mil setecientos metros del Teide, de los desiertos volcánicos de Las Cañadas a los acantilados de Los Gigantes, del pueblo aislado de Masca a la ciudad universitaria de La Laguna, del santuario mariano de Candelaria al casco burgués de Puerto de la Cruz. Un muestrario extraordinariamente completo en un territorio de apenas dos mil kilómetros cuadrados.
Esta diversidad es, sin discusión, la virtud más destacable del viaje. Cada una de las cuatro islas canarias que hemos visitado hasta ahora (Fuerteventura en 2003, Gran Canaria en 2005, Lanzarote en 2007, Tenerife en 2008) ofrece una experiencia completamente distinta, y Tenerife es la que concentra mayor amplitud de registros en un solo territorio. Si Lanzarote destaca por la coherencia estética impuesta por la herencia de César Manrique, y Gran Canaria por el equilibrio entre playa, montaña y capital histórica, Tenerife gana sobre todo en escala y en variedad: es más grande, tiene el pico más alto, tiene los acantilados más verticales, tiene el casco histórico más importante (La Laguna, UNESCO) y tiene el parque nacional más espectacular del archipiélago.
El Teide como eje simbólico y geográfico
Cualquier reflexión sobre Tenerife tiene que empezar y terminar en el Teide. Es imposible moverse por la isla sin que el volcán aparezca, una y otra vez, como telón de fondo visual inevitable. Desde cualquier punto de la costa sur, desde las carreteras del norte, desde el puerto de Santa Cruz, desde las vistas de La Orotava o desde los acantilados del oeste, el Teide domina el horizonte. Este protagonismo visual tiene también una traducción cultural: los tinerfeños viven psicológicamente bajo la presencia del volcán, que condiciona el clima insular, divide la isla en dos vertientes climáticas, determina las rutas de comunicación y articula la identidad territorial.
La jornada dedicada al Parque Nacional del Teide se queda como una de las experiencias más memorables del viaje. La subida por la Corona Forestal, la entrada a Las Cañadas, el paseo por los Roques de García y la ascensión en teleférico a más de tres mil quinientos metros son actividades que, combinadas en una sola jornada, ofrecen una densidad paisajística difícilmente superable. Y las vistas desde la cima, con todo el archipiélago canario extendido a nuestros pies en un día despejado, son probablemente la imagen visual más impresionante de toda la semana.
La fórmula paquete más coche sigue funcionando
Cuarta experiencia con la combinación de paquete vacacional más coche de alquiler, cuarta vez que los resultados son satisfactorios. Después de Fuerteventura, Gran Canaria, Lanzarote y ahora Tenerife, la fórmula puede considerarse ya plenamente validada como la opción óptima para destinos canarios. El paquete ajusta precios de vuelos, traslados y alojamiento; la media pensión elimina la planificación diaria de las cenas; el coche multiplica las posibilidades de conocer el territorio con autonomía.
El Hotel Noelia Sur cumplió exactamente con lo que se le pide a un cuatro estrellas vacacional en este segmento: base funcional, desayuno correcto, cenas resueltas, piscinas suficientes, ubicación estratégica. Playa de las Américas, pese a ser una zona turística clásica sin gran autenticidad local, resultó una base eficaz gracias a su proximidad al aeropuerto (veinte minutos) y a la conectividad por autopista con prácticamente cualquier punto de la isla. Para un viaje con itinerario ambicioso y ritmo alternado entre excursión y descanso, encaja bien.
El coche de alquiler, como siempre, fue el gran aliado. Sin embargo, conviene apuntar una diferencia importante respecto a las dos islas anteriores: Tenerife exige más horas de conducción que Lanzarote o Gran Canaria, no solo por ser más grande sino por la orografía accidentada, los desniveles y las carreteras de montaña sinuosas en algunas zonas (especialmente Masca y, en menor medida, El Teide o Anaga). Para futuros viajeros, la recomendación sería acostumbrarse a tiempos de desplazamiento superiores a lo que el simple kilometraje parece sugerir.
Momentos destacados de la semana
Si tuviéramos que quedarnos con los cinco momentos más memorables del viaje, la selección resulta especialmente difícil por la densidad de experiencias acumuladas. En primer lugar, el teleférico al Teide con la panorámica de todo el archipiélago visible desde los tres mil quinientos metros, probablemente el momento paisajístico cumbre de la semana. En segundo lugar, la excursión en barco frente a los acantilados de Los Gigantes con delfines acompañando al barco, experiencia que combina espectáculo natural y encuentro con la fauna atlántica. En tercer lugar, el descubrimiento de San Cristóbal de La Laguna con su casco colonial UNESCO, la gran sorpresa cultural del viaje y probablemente el conjunto histórico más relevante de todas las islas canarias visitadas hasta ahora. En cuarto lugar, el Drago Milenario de Icod de los Vinos, el árbol más emblemático del archipiélago y uno de esos iconos naturales que justifican desplazamientos específicos. Y en quinto lugar, la visión del pueblo de Masca apareciendo de pronto al final de la carretera de montaña, uno de los paisajes más impactantes por sorpresa de toda la semana.
Momentos menos espectaculares pero igualmente valiosos han sido el baño en el Lago Martiánez de César Manrique en Puerto de la Cruz, la comida bajo los laureles de la Plaza del Charco, la Casa de los Balcones en La Orotava con su arquitectura colonial canaria de primer nivel, el atardecer desde el paseo marítimo con La Gomera recortándose al oeste, la Plaza de España de Candelaria con los menceyes guanches de bronce y el café tranquilo en las terrazas universitarias de La Laguna. Cada uno de estos momentos, sin ser iconos monumentales, forma parte esencial del tejido del viaje y contribuye a construir una memoria rica del destino.
Lo que queda pendiente
Pese a haber cubierto los grandes iconos de Tenerife con amplitud razonable, queda la sensación muy clara de que la isla tiene mucho más para ofrecer. Garachico, el pueblo histórico destruido parcialmente por la colada volcánica de 1706 y hoy con sus famosos charcos naturales, no entró en el itinerario por cuestión de tiempo. Todo el Parque Rural de Anaga, con sus pueblos aislados de Taganana, Almáciga y Benijo, con sus senderos por la laurisilva (uno de los pocos ecosistemas supervivientes del bosque nuboso terciario que cubrió buena parte de Europa hace millones de años) y con sus playas remotas, se quedó fuera. El extremo sureste con El Médano, sus playas naturales y el perfil único de la Montaña Roja, tampoco lo visitamos. El Barranco del Infierno en Adeje, con su ruta senderista clásica, quedó también como asignatura pendiente.
Y hay matices culturales que merecerían más tiempo: el Jardín Botánico de Puerto de la Cruz, el Museo de la Naturaleza y el Hombre de Santa Cruz (con sus momias guanches y la mejor colección arqueológica prehispánica del archipiélago), las bodegas de Tacoronte-Acentejo, las rutas por la Corona Forestal. Tenerife tiene material para otras dos o tres visitas completas sin dificultad.
Tenerife, en definitiva, confirma que las Canarias son uno de los destinos vacacionales más completos y accesibles para los viajeros del norte peninsular. La diversidad territorial del archipiélago, la infraestructura turística razonablemente bien desarrollada (con matices según la zona), el clima suave durante todo el año, la proximidad relativa en vuelo directo desde Bilbao y la variedad de registros que ofrece cada isla justifican ampliamente su lugar como destino habitual de las rotaciones veraniegas. La semana del trece al veinte de junio de 2008 se queda como nuestro encuentro con la gran isla del archipiélago, con ganas ya, pese a todo, de que el próximo verano canario llegue cuanto antes.