
Qué ver en Bruselas en un día
Itinerario realista para aprovechar al máximo un solo día en Bruselas: la Grand Place, el Manneken Pis, las Galerías Saint-Hubert, moules-frites en el Îlot Sacré, la subida a la ciudad alta y el regreso a la plaza mayor de noche. Con consejos prácticos para escalas y viajes exprés.
Un día en Bruselas es poco, y conviene decirlo antes de empezar. La ciudad tiene capas suficientes para tres o cuatro jornadas sin repetir barrio, y quien la despacha en una tarde suele marcharse convencido de que Bruselas es la Grand Place, el Manneken Pis y poco más, que es exactamente el malentendido que ha lastrado su reputación durante décadas.
Dicho lo cual, hay muchas razones legítimas para tener solo un día: una escala larga en Zaventem, una parada camino de Brujas o Gante, un viaje de trabajo con una tarde libre, un fin de semana repartido entre varias ciudades belgas. Y la buena noticia es que Bruselas se deja hacer bien en un día, mejor que la mayoría de capitales europeas, porque su centro histórico es compacto, plano en su mayor parte y perfectamente caminable. Con criterio y sin correr, un día da para llevarse una idea sólida de la ciudad.
La estrategia: quedarse en el centro y olvidarse del resto¶
La decisión más importante del día se toma antes de empezar a caminar y consiste en renunciar a cosas. En una jornada no da tiempo al Atomium, ni al barrio europeo, ni a Laeken, ni a Koekelberg, y el intento de encajarlos convierte el día en una carrera de metro y tranvía que se lleva por delante todo el placer del viaje. Ese material queda para una segunda visita.
Lo que sí entra, y entra cómodamente, es el casco histórico completo más la subida a la ciudad alta. Bruselas está partida en dos niveles: la ville basse, donde están la Grand Place, las galerías comerciales y las calles de restaurantes; y la ville haute, donde se agrupan los palacios, los museos y las instituciones. Entre las dos hay una cuesta que se salva por escalinatas y por el Mont des Arts, y organizar el día en ese orden —primero abajo, luego arriba, luego otra vez abajo para la noche— evita subir y bajar tres veces sin necesidad.
Todo lo que sigue está a menos de veinte minutos andando de la Grand Place. No hace falta transporte público en ningún momento del itinerario, salvo para llegar y para volver.
Primera hora: la Grand Place antes de que se llene¶
Empieza en la Grand Place y hazlo temprano, entre las ocho y las nueve, cuando la plaza está prácticamente vacía y todavía se puede ver lo que hay. A media mañana estará llena de grupos y a mediodía será una escena de móviles en alto.
Es un rectángulo irregular de unos 110 por 68 metros rodeado por algunas de las fachadas más ricas del barroco tardío europeo, Patrimonio de la Humanidad desde 1998. El edificio que manda es el Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, con su torre gótica de 96 metros levantada en el siglo XV y con el mérito de ser el único que sobrevivió al desastre de 1695, cuando el mariscal de Villeroi, por encargo de Luis XIV, bombardeó Bruselas durante treinta y seis horas ininterrumpidas y dejó dos tercios de la ciudad en ruinas.
Todo lo demás que ves —las casas de los gremios, con sus cariátides, sus chapiteles dorados y sus esculturas alegóricas— se reconstruyó en apenas cuatro años, entre 1696 y 1700. Ahí está la clave de por qué la plaza produce el efecto que produce: es uno de los mayores ejemplos de reconstrucción urbana coordinada de la historia europea, y de ahí esa homogeneidad estética tan rara en plazas formadas por edificios de propietarios distintos. Victor Hugo, que vivió en Bruselas durante parte de su exilio, la llamó el teatro más hermoso del mundo. Dedícale un rato largo mirando hacia arriba: cada fachada gremial tiene su historia, su oficio y su remate dorado, y la plaza premia al que se para.
Media mañana: el Manneken Pis y las Galerías Saint-Hubert¶
A dos minutos, bajando por la Rue de l'Étuve, está el Manneken Pis, y aquí va el consejo más útil de toda esta guía: gestiona tus expectativas y no le dediques más de cinco minutos. Son sesenta y un centímetros de bronce fundidos en 1619 por Jérôme Duquesnoy el Viejo, con una cola permanente de gente esperando para hacerle la misma foto que llevan haciéndole todos los turistas desde que existe la fotografía.
Lo interesante no es la escultura sino su guardarropa. A lo largo de los siglos, reyes, presidentes, ciudades e instituciones de medio mundo le han regalado trajes en miniatura, y el Musée de la Ville de Bruxelles conserva más de mil disfraces que se le cambian en fechas señaladas. Es probable que lo encuentres vestido de algo. La ciudad, además, ha llevado el asunto hasta sus últimas consecuencias con el Jeanneke Pis, la versión femenina instalada en 1987 en un callejón cercano, y el Zinneke Pis, un perro orinando sobre un poste desde 1998. Bruselas ha convertido la micción escultórica en patrimonio y hay algo profundamente sano en esa falta de solemnidad.
El cambio de registro llega al subir hacia las Galerías Saint-Hubert, y el contraste es enorme. Inauguradas en 1847, están consideradas la galería comercial cubierta más antigua de Europa que conserva su función original. Las diseñó Jean-Pierre Cluysenaar tomando como modelo las galerías milanesas y parisinas: una nave central cubierta con bóveda de cristal y hierro que deja entrar la luz del norte, flanqueada por dos niveles de tiendas y viviendas, y dividida en tres tramos con nombres de la realeza. Si la Grand Place es la Bruselas medieval y gremial, esto es la Bruselas burguesa del siglo XIX, con chocolate de autor, librerías, joyerías y un cine que sigue proyectando en versión original. Atravesarlas de punta a punta lleva diez minutos y es uno de los paseos más agradables del centro.
Mediodía: moules-frites en el Îlot Sacré¶
Comer bien en Bruselas en un día no requiere investigación previa: requiere caminar cinco minutos al nordeste de la Grand Place y entrar en el Îlot Sacré, el laberinto de callejuelas que concentra los restaurantes de mejillones de la ciudad. La Rue des Bouchers y sus calles adyacentes tienen los precios escritos en pizarras y expositores de marisco en la acera, y el olor a mejillón al vapor y patata frita impregna el aire a cualquier hora.
Hay que elegir con un mínimo de criterio, porque el turismo ha subido los precios y algún local ha caído en la trampa del menú para despistados: desconfía de los sitios donde el camarero sale a la calle a captarte con demasiado entusiasmo y fíjate en si hay clientela local. Acertando el sitio, las moules-frites son exactamente lo que uno espera del plato nacional belga. El mejillón viene de las costas de Zelanda y se cocina al vapor en cazuela de hierro con apio, cebolla, perejil y mantequilla en su versión clásica, la marinière, acompañado de una ración generosa de patatas fritas.
Las patatas merecen mención aparte. La leyenda local sostiene que las inventaron los belgas y que la denominación inglesa french fries nació de un malentendido entre soldados americanos y soldados belgas francófonos durante la Primera Guerra Mundial. Lo que no es leyenda es la técnica: doble fritura a dos temperaturas distintas, que es lo que consigue esa textura crujiente por fuera y blanda por dentro que casi nadie más logra imitar. Acompáñalo con una cerveza belga, pregunta al camarero qué te recomienda y déjate llevar; el país tiene más de mil quinientas variedades y todas las probabilidades están a tu favor.
Primera hora de la tarde: la subida a la ciudad alta¶
Con la comida hecha toca subir, y el camino natural pasa junto a la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, la principal iglesia católica de Bélgica y sede de coronaciones y funerales reales. Su fachada gótica de dos torres gemelas sin rematar es de los siglos XIII al XV, y bajo el altar se conserva una cripta románica del XI. El interior, con las vidrieras renacentistas donadas por Carlos V y los púlpitos barrocos tallados, tiene una escala solemne que contrasta con la piedra gris y tiznada del exterior, ennegrecida por siglos de lluvia y tráfico. La entrada al templo es libre y la visita rápida cabe de sobra en el itinerario.
Arriba espera el Mont des Arts, el espacio escalonado con jardines que conecta los dos niveles de la ciudad y desde cuya terraza superior hay una de las mejores vistas panorámicas del centro histórico, con la torre del Ayuntamiento recortada sobre los tejados. Es probablemente la fotografía más agradecida del día y está en el camino, así que no hay excusa.
A pocos pasos está la Place Royale, un octógono neoclásico de proporciones perfectas, con fachadas uniformes de piedra blanca, la iglesia de Saint-Jacques-sur-Coudenberg cerrando el fondo y la estatua ecuestre de Godofredo de Bouillón en el centro desde 1848. Lo más fascinante de esta plaza, sin embargo, está debajo: los restos del Palacio de Coudenberg, la residencia de los duques de Borgoña y después de los Habsburgo que dominó la colina durante más de cuatro siglos. Aquí Carlos V recibió a Erasmo de Rotterdam, aquí vino Tiziano a retratarle y desde aquí anunció su abdicación en 1555. El palacio ardió en 1731 y sobre sus ruinas se levantó la plaza actual; los restos arqueológicos se visitan bajo tierra.
Y aquí llega la decisión del día. Junto a la Place Royale están los Musées Royaux des Beaux-Arts, con una de las grandes colecciones de pintura flamenca del mundo —el mayor conjunto de Bruegel el Viejo fuera de Viena, más Van der Weyden, Memling y Rubens— y el Museo Magritte, con más de doscientas obras del surrealista belga. Entrar cuesta entre dos y tres horas bien aprovechadas, y esas horas hay que quitárselas a otra cosa. Si eres de museos, quítaselas al Sablon y no lo dudes. Si prefieres calle, sáltatelos sin remordimiento y guárdalos para la próxima visita: son la mejor razón para volver.
Última hora de la tarde: el Sablon o el Sablon con prisa¶
Bajando de la colina real por el sur se llega en diez minutos al Grand Sablon, que es el barrio que mejor resume la Bruselas elegante. Un square alargado y arbolado rodeado de anticuarios y galerías de arte, con escaparates de muebles flamencos del XVIII, porcelana de Meissen, relojes de péndulo y primeras ediciones encuadernadas en piel que son tan interesantes como lo que se vende dentro.
Es también donde el chocolate belga se toma más en serio, y ese es el motivo real para venir con un día contado. Wittamer lleva en la plaza desde hace décadas y coloca los pasteles con precisión de joyería; Pierre Marcolini, un poco más al norte, trabaja cacao de origen único y ha conseguido que el chocolate se discuta con el vocabulario del vino. Bélgica produce unas 220.000 toneladas anuales y tiene más de dos mil chocolaterías artesanales, y fue aquí donde en 1912 Jean Neuhaus inventó la praline rellena. Si vas a comprar chocolate en algún sitio del viaje, que sea este.
Si te queda energía y luz, a cinco minutos cuesta arriba está el Palais de Justice, un edificio de proporciones desmesuradas —26.000 metros cuadrados, cúpula de 104 metros, el mayor del mundo cuando se inauguró en 1883— desde cuya explanada hay una panorámica excelente sobre el bajo Bruselas, con el Atomium recortado al fondo. Su arquitecto, Joseph Poelaert, demolió media Marolles para levantarlo y los vecinos no se lo perdonaron jamás: todavía hoy, en el dialecto bruselense, la palabra architect conserva connotaciones insultantes que derivan directamente de él.
Noche: volver a la Grand Place¶
El día tiene que cerrarse donde empezó, porque la Grand Place de noche es otra plaza. La iluminación cambia por completo la percepción de las fachadas, la piedra dorada gana profundidad y el efecto de doblar la última esquina y verla aparecer entera vuelve a funcionar aunque ya la hayas visto por la mañana. Si tienes que quedarte con un solo momento del día, que sea este.
Antes o después, un paseo de diez minutos hacia el oeste lleva hasta la Bolsa de Bruselas, edificio eclecticista de 1873 cargado de columnas y relieves alegóricos en los que participó el taller de Rodin cuando el escultor todavía trabajaba haciendo fachadas ajenas, y desde ahí hasta la Place Sainte-Catherine, el antiguo barrio portuario y la mejor zona de la ciudad para cenar pescado y marisco. Es una plaza de escala humana, con vida de barrio y menos turismo que el centro inmediato, y como cierre de jornada funciona mucho mejor que volver al Îlot Sacré.
Si viajas en diciembre, todo este tramo final cambia de naturaleza: la Grand Place, Sainte-Catherine y el Sablon albergan los mercados de Navidad del Plaisirs d'Hiver, con casetas de vino caliente, pista de hielo y un espectáculo de luz proyectado varias veces cada noche sobre las fachadas gremiales. En esa época del año conviene adelantar el itinerario, porque anochece hacia las cuatro y media y las horas de luz valen oro.
Si tu día es una escala o llegas en tren¶
El aeropuerto de Zaventem está a unos catorce kilómetros del centro y tiene tren directo desde la terminal inferior que deja en el centro en unos veinte minutos, con parada en las tres grandes estaciones: Bruxelles-Nord, Bruxelles-Central y Bruxelles-Midi. Para este itinerario, la Central es la que te deja a cinco minutos andando de la Grand Place. Si llegas en tren internacional, el Eurostar y el Thalys entran por la Midi, desde donde el centro está a un paseo largo o a unos minutos en tranvía.
Con una escala de seis o siete horas entre vuelos, el itinerario se reduce sin dolor a Grand Place, Manneken Pis, Galerías Saint-Hubert y comida en el Îlot Sacré, y todavía sobra margen de seguridad. Deja el equipaje en las consignas de la estación en lugar de arrastrarlo: el centro es de adoquín y de cuestas, y agradecerás las manos libres.
Lo que te vas a dejar, y por qué merece la pena volver¶
Un día bien aprovechado deja fuera cosas importantes, y es honesto nombrarlas. Queda fuera el Atomium, con sus nueve esferas construidas para la Exposición Universal de 1958. Queda fuera el Parcours BD, el recorrido de más de cincuenta murales de cómic pintados en las medianeras del centro desde 1991, que es una de las formas más singulares de recorrer la ciudad. Quedan fuera las Marolles, el barrio popular sin barniz turístico, con su mercadillo diario en la Place du Jeu de Balle. Y queda fuera, sobre todo, el cementerio monumental de Laeken, con sus mausoleos neogóticos y sus galerías subterráneas, que está en la misma categoría que el Père-Lachaise parisino y que casi ningún visitante pisa.
Bruselas es una ciudad que mejora cuanto más tiempo le dedicas, y esa es probablemente la mejor cosa que se puede decir de un destino. Un día basta para desmontar el prejuicio de la capital burocrática y aburrida. Para lo demás hay que volver, con dos días o con tres o cuatro, y la mayoría de la gente que lo hace no se arrepiente.