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Hong Kong desde el Pico Victoria, con los rascacielos de viviendas apiñados en la ladera boscosa, las torres del distrito central detrás, el puerto cruzándolo todo y Kowloon difuminado en la calima.

Diarios de viaje · China · Hong Kong · Macao

Hong Kong, mi primera vez en Asia

En verano de 2009 comenzamos a planear un viaje radicalmente distinto a lo que habíamos hecho hasta entonces, y que cambiaría por completo mi concepto del mundo conocido. Mi primera visita a Asia fue al espectacular Hong Kong. Este es el relato de nuestros 8 alucinantes días en Hong Kong en octubre de 2009.

11 días Lectura de 58 minutos

Consideraciones previas

Detalles a tener en cuenta antes de empezar nuestra aventura en Hong Kong

Hong Kong fue la primera gran ciudad asiática que visité, y ese primer impacto lo tiñe todo. Lo he bautizado desde entonces como el sitio más alucinante del planeta, aunque reconozco que Tokio, Shanghái u Osaka podrían discutírselo. La cuestión es que Hong Kong tiene algo que no se encuentra en ningún otro sitio: una ciudad que es a la vez oriental y occidental, comunista y capitalista, antigua y ultramoderna, todo comprimido en un territorio que apenas tiene suelo para tanto.

Una ciudad que no es del todo China

Hong Kong pertenece a China, pero no es China. Fue colonia británica desde 1842, cuando el Tratado de Nanking cedió la isla tras la Primera Guerra del Opio, hasta la madrugada del 1 de julio de 1997, cuando el último gobernador Chris Patten transfirió la soberanía al ritmo de la lluvia. El Príncipe Carlos estuvo presente en la ceremonia. Ciento cincuenta y cinco años de dominio británico no se borran en una generación.

Desde la transferencia, Hong Kong funciona como región administrativa especial bajo el principio de "un país, dos sistemas", diseñado por Deng Xiaoping para garantizar que la ciudad mantuviera su sistema capitalista, su moneda propia, su sistema judicial y su gestión de aduanas. El acuerdo se extiende hasta 2047. Mientras tanto, Hong Kong es una ciudad que se mueve a su propio ritmo.

La escasez de suelo es la clave para entender casi todo lo que verás. Ha obligado a construir en vertical de manera extrema, creando una densidad que en algunos barrios como Mong Kok supera los 130.000 habitantes por kilómetro cuadrado, una de las más altas del planeta. El resultado es un skyline que deja a Nueva York en pañales: enorme, asimétrico, construido sobre el mar.

El idioma

El idioma oficial es el chino cantonés, pero la herencia colonial ha dejado un inglés funcional extendido entre gran parte de la población. Lo curioso es que son las personas mayores quienes mejor lo dominan. La generación que vivió los últimos décadas del colonialismo británico aprendió inglés como lengua vehicular; los más jóvenes, en cambio, no siempre lo tienen. Conviene no asumir que el interlocutor más joven va a entenderte mejor en inglés: a veces ocurre justamente lo contrario.

La moneda

La moneda es el Dólar de Hong Kong (HKD), que allí llaman simplemente "dólar". Cuando regateéis en un mercadillo y el vendedor os diga un precio en dólares, está hablando de su moneda, no de la americana. Los billetes tienen un diseño peculiar y al principio parecen sacados de un juego de mesa, pero te acostumbras rápido. Se puede cambiar dinero en bancos, casas de cambio o el propio hotel. Las tasas del aeropuerto son las peores, como en casi todo el mundo; las del centro de la ciudad, mucho más razonables.

Documentación y vacunas

Los ciudadanos de la Unión Europea no necesitan visado para entrar a Hong Kong, solo el pasaporte en vigor. Es una de las excepciones dentro del territorio chino: para entrar al resto de China sería necesario visado, pero Hong Kong se gestiona de forma independiente. Tampoco se requieren vacunas especiales, aunque en octubre de 2009 todavía estaban aplicando controles de temperatura en el aeropuerto y en los hoteles por la alerta de gripe A.

Geografía básica

Hong Kong está formado por una península y varias islas:

  • Kowloon es la península, donde se concentran muchos hoteles, mercados callejeros y la zona comercial de Nathan Road. El nombre se pronuncia aproximadamente como "cua-lun".
  • La isla de Hong Kong es donde está el distrito financiero, los edificios más icónicos —el Banco de China, el Jardine House— y el Pico Victoria.
  • Lantau es la isla más grande, donde está el aeropuerto internacional, el Gran Buda Tian Tan y el parque de Disneyland.

Las tres zonas están perfectamente conectadas por el metro y por líneas de ferry.

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Las diferentes zonas de Hong Kong, perfectamente comunicadas por transporte público

Desplazamientos

El MTR, el metro de Hong Kong, es el medio de transporte esencial para el visitante. Abrió en 1979 y está considerado uno de los sistemas de metro más eficientes del mundo: puntual, limpio y bien señalizado en inglés. Cubre toda la ciudad, cruza a la isla de Hong Kong y llega hasta el aeropuerto de Lantau.

La forma más cómoda de pagar el transporte es la tarjeta Octopus, una tarjeta sin contacto que se recarga y descuenta automáticamente el precio de cada trayecto. Cuesta 150 HKD en total, de los cuales 100 son saldo disponible y 50 corresponden al depósito por la tarjeta; ambos se devuelven al entregarla antes de salir. Además del metro, sirve para pagar en máquinas expendedoras y en los omnipresentes 7-Eleven repartidos por toda la ciudad, lo que evita lidiar constantemente con monedas.

Hay también líneas de ferry que cruzan la bahía entre Kowloon y la isla. El Star Ferry lleva cruzando el Victoria Harbour desde 1888 y sigue siendo una de las maneras más agradables de ver el skyline desde el agua.

Gran parte de Hong Kong puede recorrerse a pie. La ciudad tiene una red de pasarelas peatonales elevadas que conectan edificios y manzanas enteras sin bajar a la calle, lo que resulta útil tanto para evitar el tráfico como para el calor.

El clima

En Hong Kong hace calor. Nuestra visita fue en octubre y tuvimos ocho días con temperaturas rondando los 35 grados y una humedad que convierte cualquier paseo en una sesión de sudoración continua. No es un calor insoportable, pero las bermudas se convierten en el atuendo estándar tanto de día como de noche, y el agua fría pasa a ser una necesidad básica. Los meses de noviembre a marzo son más frescos y secos, y en teoría los más recomendables; pero octubre, con el verano ya cediendo, tiene también sus ventajas.

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Dónde alojarse en Hong Kong

Mi guía completa para viajeros

Hong Kong es una ciudad compacta con un metro excelente, lo que significa que la ubicación del hotel importa menos de lo que parece. En veinte minutos de MTR puedes llegar de Kowloon al distrito financiero de la isla, o desde Tsim Sha Tsui hasta Causeway Bay. Dicho esto, cada zona tiene un carácter distinto que puede influir mucho en la experiencia del viaje.

Nosotros nos alojamos en Mong Kok, en la península de Kowloon, y fue una decisión que repetimos sin dudarlo: buena comunicación, ambiente local auténtico y precios más razonables que en la isla.

La isla de Hong Kong

Central y Sheung Wan

Es el corazón financiero de la ciudad, donde se concentran los rascacielos más icónicos, las pasarelas peatonales elevadas y los edificios de cristal del distrito bancario. Alojarse aquí pone al visitante en el epicentro de lo que Hong Kong tiene de más espectacular, pero los precios reflejan esa posición. Es la zona más cara de la isla para dormir.

Wan Chai

Al este de Central, Wan Chai equilibra negocios y barrio con más naturalidad. Tiene mercados locales, restaurantes de todo tipo y una vida nocturna activa. Los precios son algo más asequibles que en Central y la conexión con el resto de la isla es inmediata.

Causeway Bay

La zona comercial por excelencia de la isla. Aquí está el Times Square de Hong Kong, el parque Victoria y el refugio de tifones con los últimos barcos vivienda. Es un barrio muy concurrido, especialmente los fines de semana, pero tiene una energía particular y está muy bien comunicado. Una buena opción para quien quiera combinar compras y visitas culturales sin alejarse del metro.

Kowloon

Tsim Sha Tsui

La zona más turística de Kowloon, con el paseo marítimo que ofrece las mejores vistas del skyline de la isla. Desde aquí se contempla el Symphony of Lights en todo su esplendor cada noche a las ocho. Tiene una enorme oferta hotelera, desde los grandes hoteles históricos como el Peninsula —uno de los más legendarios de Asia— hasta opciones más económicas. El único inconveniente es que el ambiente puede resultar muy saturado de turistas.

Mong Kok

Aquí nos alojamos nosotros, en el Metropark Hotel, y fue una elección acertada. Mong Kok es uno de los barrios más densamente poblados de todo Hong Kong, con una mezcla de mercados callejeros, restaurantes locales, tiendas de electrónica y vida de barrio que no se encuentra con la misma intensidad en las zonas más turísticas. El distrito de Mong Kok tiene algo así como 130.000 personas por kilómetro cuadrado, una de las densidades más altas del planeta, y eso se nota en la calle: siempre hay gente, a cualquier hora.

Los precios de los hoteles son más bajos que en Tsim Sha Tsui o en la isla, y desde aquí el acceso en metro a cualquier punto de la ciudad es directo.

Lantau

La isla más grande de Hong Kong es donde están el aeropuerto internacional y el parque de Disneyland. Alojarse aquí tiene sentido principalmente si el vuelo llega o sale muy temprano, o si se viaja con niños con agenda en el parque. Para visitar la ciudad en general, la distancia añade tiempo de desplazamiento.

Algunas consideraciones prácticas

La proximidad a una estación de MTR es el factor más determinante al elegir hotel. Casi cualquier punto de la ciudad tiene metro a menos de diez minutos a pie, pero comprobarlo antes de reservar ahorra sorpresas.

Octubre y noviembre son temporada alta, con precios más elevados y hoteles que se llenan. El Año Nuevo Chino, que cae entre enero y febrero, es otro momento de ocupación muy alta. Reservar con antelación en esas fechas es imprescindible.

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El skyline de Hong Kong visto desde el paseo marítimo de Kowloon
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Día 1 y 2: Rumbo a Hong Kong

El 1 de octubre salimos de Bilbao a las seis de la tarde. El vuelo de Lufthansa nos llevaba primero a Múnich, con una escala de hora y media, y después directo a Hong Kong. En total, más de doce horas de vuelo desde Alemania. Son las horas que son y no hay manera de acortarlas, pero Lufthansa cumplió sin incidencias y eso ya es algo.

Aterrizamos en el aeropuerto internacional de Hong Kong sobre las tres de la tarde del 2 de octubre, hora local. El aeropuerto está construido sobre una isla artificial junto a Lantau, a unos treinta kilómetros del centro de la ciudad. Las colas de control de aduanas avanzaban bastante deprisa. Los ciudadanos de la UE no necesitamos visado para entrar a Hong Kong —es una de las diferencias clave respecto al resto de China—, así que el trámite es solo mostrar el pasaporte en vigor.

Antes de pasar, uno de los funcionarios nos apuntó unos segundos a la frente con un termómetro láser. Estábamos en octubre de 2009, en plena alerta de gripe A, y Hong Kong —como muchas ciudades asiáticas que habían vivido el SARS unos años antes— no dejaba pasar a nadie sin comprobar la temperatura. Sin fiebre, sin problema.

El Metropark Hotel Mongkok

Recogimos el equipaje y fuimos directamente a buscar el shuttle de nuestro hotel. Habíamos elegido el Metropark Hotel Mongkok, en la península de Kowloon, precisamente por su ubicación junto a una boca de metro. Buena calidad, precio razonable y desayuno bufé incluido. El precio del shuttle desde el aeropuerto era de menos de nueve euros por persona, lo que compensaba claramente frente al transporte público después de un vuelo tan largo.

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Rótulo del Metropark Hotel en caracteres chinos — llevar siempre el nombre del hotel así escrito es un consejo práctico: no todo el mundo lee caracteres occidentales aunque hable inglés

Nada más llegar a la recepción, nueva comprobación de temperatura. En el hotel también.

Cambiamos unos pocos euros en el mostrador para tener algo en el bolsillo y subimos a la habitación a refrescarnos. Eran ya las siete de la tarde y había oscurecido del todo.

Primera vuelta por Mong Kok

No teníamos un plan concreto para esa primera noche. Solo salir a ubicarnos, localizar la entrada del metro y asegurarnos de saber volver al hotel solos. Con el jet lag encima y las tripas llenas de comida de avión, tampoco había ganas de buscar restaurantes.

La primera impresión de Hong Kong es la escala. Todo es enorme en un sentido que no esperabas: los edificios son altísimos pero increíblemente estrechos, apretados unos contra otros como si el suelo fuera el bien más preciado de la ciudad —y lo es. Los carteles de negocios y restaurantes se superponen en las fachadas a varios pisos de altura, apuntalados con cañas de bambú. Incluso los andamios son de bambú, lo que resulta desconcertante la primera vez que lo ves: estructuras de diez o doce plantas sostenidas con cañas atadas entre sí, perfectamente funcionales.

La calle estaba llena de gente a las siete de la tarde, pero no de manera caótica sino con un ritmo constante, casi ininterrumpido, como si la ciudad nunca llegara a vaciarse del todo.

Fuimos a la estación de metro más cercana al hotel y compramos las tarjetas Octopus, la tarjeta sin contacto del sistema de transporte. A partir del día siguiente las usaríamos para todo: el metro, los ferries, las máquinas de bebidas de la calle. Vale la pena tenerlas listas desde el primer momento.

De vuelta al hotel paramos en una tienda pequeña del barrio. Dos galletas enormes por cinco dólares de Hong Kong, menos de cincuenta céntimos de euro. Suficiente para cerrar el primer día con el estómago contento.

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Las calles de Mong Kok de noche, con sus carteles en vertical y la luz de los neones filtrándose entre los edificios
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Día 3: Hong Kong por todo lo alto

El jet lag tiene la ventaja de que te despierta temprano. A las seis de la mañana ya había luz en Hong Kong y desde la ventana del hotel la ciudad estaba completamente activa, como si nunca hubiera parado.

Lo primero que vimos fue el edificio de enfrente. No un rascacielos financiero sino un bloque de viviendas de doce plantas con la ropa tendida en palos de bambú desde cada ventana, las fachadas con el pintura descascarada y los pasillos exteriores llenos de cachivaches. En Hong Kong la escasez de suelo obliga a construir en altura incluso para los usos más básicos, y eso genera una ciudad de contrastes que se repite en cada esquina: a dos calles de ese edificio encontraríamos después tiendas de firmas de lujo y centros comerciales de última generación.

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Vistas desde la ventana del hotel, con los bloques de viviendas del barrio de Mong Kok

Las trabajadoras del domingo en la city

Cogimos el metro dirección a la isla de Hong Kong para ver la zona del puerto y el distrito financiero. Al salir de la estación nos encontramos algo que no esperábamos: los pasillos peatonales elevados que conectan los grandes edificios estaban ocupados de punta a punta por mujeres sentadas en el suelo, apoyadas en las paredes, comiendo, hablando, haciéndose las uñas. Decenas, quizá cientos de mujeres distribuidas a lo largo de kilómetros de pasarelas.

Era sábado y, como nos explicaron más tarde, esas mujeres son trabajadoras del hogar, en su mayoría filipinas, que trabajan como internas en las casas de las familias de Hong Kong. El sábado es su día libre. Pero como viven en las casas donde trabajan, no tienen ningún otro sitio adonde ir, y desde hace décadas se reúnen en los espacios abiertos de la city para pasar el día juntas. Se calcula que son más de 150.000 las que se congregan cada semana en esas pasarelas y plazas normalmente dedicadas a los trajes y las maletines.

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Cada sábado, más de 150.000 trabajadoras domésticas —en su mayoría filipinas— llenan las pasarelas y plazas del distrito financiero durante su único día libre

Los rascacielos del distrito financiero

Mientras a ras de pasarela se desarrollaba esa otra realidad, sobre nuestras cabezas los rascacielos del distrito financiero competían en altura y atrevimiento. El Jardine House, con sus ventanas redondas que le dan un aspecto casi de ciencia ficción, el Two International Finance Centre que se alza 420 metros sobre el puerto.

El más famoso de todos es la Torre del Banco de China, diseñada por I.M. Pei e inaugurada en 1990. Mide 367 metros y tiene 72 plantas, pero lo que la hace reconocible al instante es su geometría: una estructura de triángulos que se van recortando a medida que el edificio sube, creando una silueta asimétrica que no se parece a ninguna otra del horizonte. En directo gana todavía más que en las fotos.

Lo que no figura en las guías de arquitectura es que el edificio es profundamente controvertido entre los hongkoneses. Sus aristas vivas son, desde el punto de vista del feng shui, elementos que cortan la energía de los edificios vecinos. Cuando se terminó la construcción, algunos negocios cercanos añadieron elementos defensivos en sus fachadas para protegerse. El propio Banco de China tuvo que añadir plantas y otros elementos simbólicos para suavizar los efectos.

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La Torre del Banco de China y el skyline del distrito financiero desde el paseo del puerto

El funicular al Pico Victoria

El Victoria Peak tiene 552 metros y es el punto más alto de la isla. Cuando los británicos llegaron en 1842 y convirtieron Hong Kong en colonia, los colonos más adinerados construyeron sus casas en las laderas altas para escapar del calor y la humedad del nivel del mar. En 1888 se inauguró el Peak Tram para conectar la cima con la ciudad: el primer funicular de pasajeros de Asia, y todavía en funcionamiento.

El funicular es un sistema de contrapeso: el coche que sube y el que baja están conectados por el mismo cable, de modo que el peso de uno ayuda al descenso del otro. Lo que sí llama la atención es que el interior del vagón no está nivelado respecto a la pendiente —es un vagón normal, como el de cualquier tren— lo que significa que el suelo va inclinándose progresivamente a medida que el funicular sube. En los tramos más empinados la sensación es que el edificio de enfrente está a punto de caerte encima.

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El Peak Tram en uno de los tramos más empinados del ascenso

Arriba compramos la entrada combinada que incluye el acceso a la azotea del mirador. Hay un mirador gratuito, pero desde la azotea —aunque hay que pagar un suplemento— las vistas son mejores: toda la bahía de Victoria a los pies, Kowloon al fondo, y los rascacielos de la isla vistos desde arriba. El Victoria Harbour es uno de los puertos naturales más profundos del mundo, y fue precisamente eso lo que hizo que los británicos lo codiciaran en el siglo XIX: una bahía donde podían fondear barcos de guerra sin problemas.

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Vistas de la ciudad y la bahía desde lo alto del Pico Victoria, y los paseos que bordean la colina

El aviario del Parque de Hong Kong

Bajamos en funicular y caminamos hasta el Parque de Hong Kong, que está construido en pleno corazón del distrito financiero. El contraste entre los rascacielos de cristal y el verde del parque es tan brusco que cuesta orientarse.

El parque tiene un lago con peces y nenúfares donde sentarse a descansar los pies, jardines botánicos y varias cuestas que unen sus diferentes zonas —un parque para caminar, no para quedarse quieto. Pero la joya del lugar es el aviario: un recinto cerrado del tamaño de un bloque de edificios, cubierto de vegetación densa, donde conviven más de ochenta especies de aves. No es una jaula grande con pájaros enjaulados: es una estructura que envuelve un fragmento de selva, con pasarelas a diferentes alturas que te permiten acercarte a los árboles y ver los pájaros a la altura de los ojos.

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El Parque de Hong Kong, con los rascacielos del distrito financiero como telón de fondo, y su aviario, un recinto de vegetación densa donde conviven más de ochenta especies de aves

La noche en el distrito financiero

Salimos del parque cuando ya anochecía. Al volver a pasar por los pasillos peatonales, las trabajadoras filipinas seguían allí, aunque con menos gente que por la mañana. El sábado se alarga.

Aprovechamos para recorrer algunos de los centros comerciales de la zona, que a esa hora aún estaban abiertos y muy concurridos. Y al cruzar hacia el paseo del puerto vimos por primera vez los edificios iluminados de noche desde abajo: una muralla de luz que se refleja en el agua oscura del puerto. En los días siguientes lo veríamos de nuevo, pero ese primer vistazo nocturno ya dejaba claro que el skyline de Hong Kong de noche era algo distinto a todo lo que habíamos visto antes.

Regresamos en metro al hotel.

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Los edificios del distrito financiero iluminados al anochecer
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Día 4: Buda Tian Tan: el Buda Gigante

El día lo dedicamos a la isla de Lantau. El destino era el Gran Buda Tian Tan, una estatua de bronce de 34 metros en lo alto de un cerro, y el monasterio Po Lin a sus pies. Para llegar hay que tomar la línea naranja del metro hasta la última estación, Tung Chung, en el extremo oeste de la isla.

Al salir del metro no se ve ningún pueblo ni barrio que justifique tener allí una estación: solo unas torres de viviendas en la distancia y un centro comercial enorme frente a la salida. La primera reacción es preguntarse qué hace ese centro comercial en un sitio tan apartado. Pero entonces uno se pone a hacer cuentas: unas veinte torres de viviendas, unos cincuenta y dos pisos cada una, catorce viviendas por planta, cuatro personas de media por vivienda. En esas torres alejadas del centro viven posiblemente más de cincuenta mil personas, una población mayor que muchas capitales de provincia españolas. Hong Kong sigue siendo Hong Kong hasta en sus arrabales.

Por cierto, en el sótano de ese centro comercial encontramos la mejor oficina de cambio de toda nuestra estancia. Una de esas cosas que uno no espera y que se agradece.

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Las torres de viviendas de Tung Chung, un recordatorio de la densidad de población que define Hong Kong incluso en sus zonas más periféricas

El teleférico Ngong Ping 360

Desde Tung Chung, la única manera de llegar hasta el Gran Buda es el teleférico Ngong Ping 360. La estación está justo al lado de la salida del metro. El recorrido dura veinticinco minutos y es el teleférico más largo en el que nos hemos subido nunca.

La cabina asciende sobre el canal que separa Lantau de la isla artificial del aeropuerto, luego gira sesenta grados —se nota claramente— y sigue subiendo sobre la zona montañosa de la isla. En algún punto del trayecto el cable parece que no va a terminar nunca. El Buda empieza a ser visible varios kilómetros antes de llegar, pequeño al principio, luego más grande, sentado en su colina como si llevara allí siglos.

Hay dos tipos de cabinas: la estándar y una versión panorámica con el suelo de cristal. Nosotros elegimos la estándar y las vistas son completamente espectaculares sin necesidad de pagar el extra.

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El recorrido del teleférico Ngong Ping 360 sobre el canal y las montañas de Lantau

Ngong Ping Village: el parque temático que nadie pidió

Al bajar del teleférico, lo primero que aparece es la Ngong Ping Village: una calle de tiendas de souvenirs y restaurantes construida con una estética de parque temático que mezcla lo asiático con lo kitsch sin ningún tipo de contención. Me gustan los parques temáticos tanto como al que más, pero en ese entorno, yendo de camino a un lugar de culto budista, resulta francamente fuera de lugar.

La buena noticia es que desde allí ya se ve el Buda al fondo, en lo alto de la colina, y esa imagen es suficientemente poderosa para hacer que uno olvide el camino de entrada.

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La Ngong Ping Village, el conjunto comercial que precede al monasterio

El Buda Tian Tan

El Buda Tian Tan es una estatua de bronce de un Buda sentado sobre un loto, con 34 metros de altura. Cuando se terminó de construir en 1993 era el buda sedente de bronce al aire libre más grande del mundo. Pese a que su aspecto podría llevar a pensar en un monumento histórico, tiene poco más de treinta años.

Para llegar a la base hay que subir 268 escalones. Con el calor y la humedad de octubre, la subida se nota. Desde arriba, la vista del entorno —las montañas de Lantau, el monasterio Po Lin abajo, el cable del teleférico desapareciendo en la distancia— justifica el esfuerzo.

Rodeando la base del Buda hay seis estatuas de bronce más pequeñas que representan a los "Seis Devas" realizando ofrendas. En el interior de la estatua hay un pequeño museo, aunque nosotros no entramos.

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La escalinata de 268 escalones que lleva a la base del Buda Tian Tan, y el Buda con las seis estatuas de los Devas que lo rodean

El monasterio Po Lin

Bajamos la escalinata y entramos al recinto del monasterio Po Lin, que está justo a los pies del Buda. El monasterio fue fundado en 1906 por tres maestros de la escuela budista Zen, así que es ochenta y siete años más antiguo que la estatua que ahora atrae a la mayoría de los visitantes. Es el monasterio budista más importante de Hong Kong.

Se accede por una gran puerta de tres arcos. Dentro hay el templo principal, las casas de los monjes, un restaurante vegetariano y varios puestos de incienso con sus quemadores para las ofrendas. El templo está decorado con colores intensos —rojos, dorados, verdes— y figuras de dragones, flores y personajes de la mitología china. Las tres estatuas de Buda del interior representan el pasado, el presente y el futuro.

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La puerta de tres arcos de entrada al monasterio Po Lin, y el interior de su recinto con las estatuas del templo principal

El regreso: pescadores desde el aire

De vuelta en el teleférico, mirando hacia abajo, vimos algo que desde el suelo no habíamos notado: unas cuantas barcas de pesca trabajando en las aguas del canal entre Lantau y la isla del aeropuerto. Un hombre solo en una barca de madera pequeña, con sus redes, a pocos kilómetros de una de las infraestructuras aeroportuarias más grandes de Asia. Un contraste que resume bastante bien lo que es Hong Kong.

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Pescadores en las aguas del canal de Lantau, vistos desde el teleférico durante el descenso
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Día 5: Descubriendo Causeway Bay

El lunes lo dedicamos a Causeway Bay, el gran barrio comercial del noreste de la isla de Hong Kong. El plan era recorrer la zona de día, terminar en el paseo costero al atardecer y cruzar a Kowloon a tiempo para ver el Symphony of Lights a las ocho de la noche.

Causeway Bay concentra algunas de las zonas de compras más densas de la ciudad, el parque Victoria, la biblioteca central, el centro de convenciones y un refugio de tifones que todavía albergaba barcos vivienda en 2009. Es un barrio que tiene mucho que decir si uno no se queda solo en los centros comerciales.

Times Square y el comercio en vertical

Empezamos por Times Square, que más allá del nombre no tiene nada que ver con la plaza de Manhattan. Ni la escala, ni el ambiente, ni el encanto del cruce de calles más famoso del mundo. Lo que sí tiene es un modelo comercial que define Hong Kong: trece plantas de tiendas apiladas en vertical, con escaleras mecánicas y ascensores en lugar de pasillos horizontales.

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La plaza interior de Times Square y sus trece plantas de comercio apiladas en vertical

Ese modelo de comercio en altura no es exclusivo de Times Square; es la norma en toda la ciudad. A lo largo de Causeway Bay y de la zona comercial de Kowloon es habitual encontrar tiendas de ropa en la segunda o tercera planta de un edificio que desde fuera parece un portal cualquiera, con solo un ascensor indicando que hay algo dentro. Lo mismo ocurre con muchos restaurantes. La mentalidad occidental, acostumbrada a que los negocios están a pie de calle y se ven desde fuera, queda completamente desorientada.

Eso fue exactamente lo que nos pasó buscando la tienda de Sony. Sabíamos que estaba en Causeway Bay pero no conseguíamos encontrarla porque la entrada era un portal diminuto en un rascacielos de la zona. El ascensor, el piso 16 y al abrirse las puertas: la tienda entera ante tus ojos. No era enorme, pero tenía los últimos lanzamientos de consolas que aún no habían llegado a Europa. Estuvimos un rato probando la nueva PSP. También descubrimos allí que en los menús de PlayStation en China los botones X y O tienen el significado invertido respecto a lo que teníamos asumido en Europa: O es cerrar, X es aceptar. Costaba acostumbrarse.

El parque Victoria

A pocas manzanas al este de Times Square está el parque Victoria, diecinueve hectáreas de verde en mitad del barrio. No tiene la belleza elaborada del Parque de Hong Kong que habíamos visto el día anterior, pero es un lugar revelador para entender cómo usa el espacio libre la gente que vive en esta ciudad.

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La estatua de la Reina Victoria en la entrada del parque, traída desde Londres

En la entrada hay una estatua de la Reina Victoria que da nombre al lugar y que fue trasladada desde Londres en su día. Dentro, grupos de personas practicando tai chi en la mañana, cuidadoras de jardines con sus carros, instalaciones deportivas —piscina, canchas de tenis— y en 2009 la presencia de los East Asian Games, que ese año tenían su sede en Hong Kong y habían dejado mascotas y señalización por todo el parque.

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Las instalaciones deportivas del parque y las mascotas de los East Asian Games, que ese año se celebraban en Hong Kong

Los últimos barcos vivienda del refugio de tifones

Al este del parque está el Causeway Bay Typhoon Shelter, el primer refugio contra tifones que se construyó en Hong Kong: catorce hectáreas de agua protegida donde los barcos pueden amarrar a salvo cuando los vientos huracanados azotan la costa. En la práctica, durante décadas fue también un barrio flotante, con familias enteras viviendo permanentemente en sus sampanes y juncos amarrados uno junto al otro.

En 2009 todavía quedaban algunos de esos barcos vivienda, aunque cada vez menos. El espacio se estaba destinando progresivamente a yates de lujo, y los últimos residentes flotantes hacían de todo para quedarse: algunos se ganaban la vida transportando en barca a los propietarios de yates entre tierra y sus embarcaciones fondeadas en el interior del refugio.

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Los últimos barcos vivienda del refugio de tifones de Causeway Bay, una imagen que ha desaparecido ya de la ciudad

El cañón del mediodía

Justo enfrente del refugio está el Noon Day Gun, el cañón del mediodía. Desde 1842, un empleado de la compañía Jardine Matheson —una de las grandes casas comerciales británicas que construyeron el Hong Kong colonial— dispara un cañonazo exactamente a las doce del mediodía, todos los días del año. El escritor Noël Coward lo inmortalizó en su canción "Mad Dogs and Englishmen" como ejemplo de la peculiar rigidez británica en los trópicos.

Llegamos bastante después de las doce, así que el cañón estaba cubierto con una lona. Solo se veía un pequeño jardín con cañones ornamentales y la verja cerrada alrededor del recinto. Para verlo en acción hay que estar allí antes de mediodía.

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Los cañones ornamentales del jardín del Noon Day Gun

El Centro de Convenciones y la Bauhinia Dorada

Continuamos el paseo hacia el oeste por la orilla del puerto hasta llegar al Hong Kong Convention and Exhibition Centre. El edificio es inconfundible: una cubierta acristalada en forma de ala de pájaro que vuela sobre la bahía, con las vistas al agua más abiertas de toda esta zona de la costa.

En el paseo delante del edificio está la escultura de la Golden Bauhinia, la flor dorada emblema de Hong Kong. Es un regalo del gobierno de Pekín para conmemorar la transferencia de soberanía de 1997 y se ha convertido en un lugar de peregrinación para los visitantes chinos del continente. La escultura es llamativa, aunque el interés real de ese punto está en las vistas: la bahía de Victoria abierta delante, los rascacielos de la isla a la espalda, y el sol empezando a bajar.

Cerca está también el Monumento de la Reunificación, una columna con frases escritas en la caligrafía del presidente chino en el momento de la transferencia. Cada día se celebra allí una ceremonia de izado de banderas.

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La bahía de Victoria desde el paseo del Centre de Convenciones, con la Bauhinia Dorada en primer plano

Symphony of Lights desde Kowloon

Con el sol ya bajo cogimos el Star Ferry para cruzar al lado de Kowloon. El Star Ferry lleva conectando los dos lados del Victoria Harbour desde 1888 —el mismo año en que se inauguró el Peak Tram— y es todavía el modo más agradable de cruzar la bahía. El trayecto dura apenas ocho minutos, pero esos ocho minutos con el skyline de la isla delante son de los mejores de cualquier visita a Hong Kong.

En Kowloon fuimos al paseo marítimo de Tsim Sha Tsui y esperamos a las ocho. El Symphony of Lights tiene el récord Guinness al mayor espectáculo permanente de luz y sonido del mundo: cada noche, más de cuarenta edificios del skyline coordinan juegos de luces en fachada y rayos láser durante quince minutos, mientras suena música por los altavoces del paseo.

Visto así, descrito, puede sonar a más de lo mismo. Pero hay algo en ese espectáculo que no funciona en las fotos y que solo se entiende estando allí: la escala absurda del skyline, la distancia desde la que todo eso se contempla, el modo en que los láseres atraviesan el espacio entre los edificios y llegan hasta donde estás. No es el espectáculo de luz en sí lo que impacta —es el escenario que lo rodea.

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El Symphony of Lights cada noche a las ocho: más de cuarenta edificios coordinados sobre el puerto Victoria
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Día 6: Visita a Macao

Salimos temprano hacia Sheung Wan. La Hong Kong-Macau Ferry Terminal está integrada en el Shun Tak Centre, justo al lado de la estación de metro, así que llegar no tiene complicación. Los barcos salen cada quince minutos, así que ni siquiera nos planteamos reservar con antelación: compramos los billetes de ida y vuelta en la taquilla, nos dieron las tarjetas de embarque y pasamos a la sala de espera.

Macao está a poco más de 65 kilómetros de Hong Kong, pero cruzar ese trecho es cruzar una frontera internacional. O casi: Macao es, igual que Hong Kong, una Región Administrativa Especial de China. Fue colonia portuguesa desde 1557 hasta diciembre de 1999, siendo el último territorio europeo en Asia en ser devuelto a China. Ahora funciona bajo el mismo esquema de "un país, dos sistemas": moneda propia, leyes propias, controles fronterizos propios. El pasaporte es obligatorio.

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Al comprar el billete a Macao te avisan que es necesario que presentes el pasaporte

El trayecto dura aproximadamente una hora. En el ferry te dan la hoja de inmigración para rellenarla durante la travesía, así que en teoría al llegar solo hay que pasar por el control. En teoría. En la práctica la afluencia de turistas es enorme —Macao recibe más visitantes al año que Hong Kong— y las colas en inmigración se estiran durante un buen rato. Nada dramático, pero conviene contarlo dentro del tiempo de la visita.

Al salir de la terminal nos esperaba la primera sorpresa del día: la estación de ferris está bastante alejada del centro histórico, y nada más poner un pie fuera nos rodearon locales ofreciendo taxis y guías. Los ignoramos con la confianza de quienes creen que encontrarán el autobús sin problema. No lo encontramos. Después de dar vueltas un rato, volvimos a la terminal y acabamos negociando el traslado con un taxista.

Pataca: la moneda que hay que gastar antes de irse

La moneda oficial de Macao es la pataca, pero en la práctica los dólares de Hong Kong se aceptan en todos los comercios, con el mismo valor de cambio. El problema viene al pagar: si das dólares de HK, el cambio te lo devuelven en patacas. Y las patacas no las acepta nadie en Hong Kong. Acabamos el día con un pequeño montón de monedas que no servían para nada en cuanto cruzamos de vuelta la frontera.

El templo más antiguo de la ciudad: A-Má

Decidimos organizar el recorrido de forma lógica: empezar por el extremo más alejado de la terminal y acercarnos progresivamente al punto de embarque. Así llegamos primero al Templo de A-Má, el más antiguo de Macao, construido en 1488 durante la Dinastía Ming en honor a Mazu, la diosa del mar que protege a los pescadores.

El templo no tiene la monumentalidad de algunos santuarios que habíamos visto en Hong Kong, pero tiene algo que los otros no tenían: está literalmente excavado en la roca. Grandes caracteres chinos tallados directamente sobre la piedra, pequeñas hornacinas de oración abiertas en las paredes de la montaña, pabellones de distintas épocas encaramados en la pendiente. Todo junto forma un conjunto irregular y auténtico que se visita sin prisa, subiendo y bajando por escaleras empinadas entre el incienso y el rumor de los rezos.

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Las letras talladas en la roca del templo de A-Má son espectaculares

La Torre de Macao desde el Miradouro de Santa Sancha

Desde el templo fuimos ganando altura hasta el Miradouro de Santa Sancha. Hay una iglesia católica en la cima que tampoco es que sea especialmente notable, pero las vistas que ofrece el mirador compensan la subida. Desde allí se ve el puente que une las dos penínsulas y, sobre todo, la Torre de Macao recortada contra el cielo: 338 metros de altura con un mirador en la cima desde donde, si tienes el estómago para ello, se puede hacer puenting sobre la ciudad. No llegamos hasta la torre, pero se ve perfectamente desde arriba y la perspectiva es suficientemente impresionante.

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Perspectiva del puente y la torre de Macao desde el mirador de Santa Sancha

El Largo do Senado y el sabor a Lisboa

Bajando hacia el centro histórico, el cambio es inmediato. Las calles se estrechan, los edificios se bajan, y de repente uno tiene la sensación de haberse equivocado de continente. El Largo do Senado y las calles adyacentes tienen un sabor inconfundible a ciudad portuguesa: fachadas de azulejo, pavimentos de adoquín en mosaico blanco y negro, iglesias barrocas con campanas... Y luego un dragón de papel en una fachada, un templo budista encajado entre dos edificios coloniales, y el olor de la cocina cantonesa desde el interior de un edificio que por fuera parece una tasca de Alfama.

Intentamos seguir el mapa durante un rato, pero lo acabamos abandonando. Macao histórica no se recorre con GPS: se recorre dejándose llevar por calles que giran sin avisar y que de repente desembocan en una plaza que no esperabas encontrar.

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Cuando es la decoración la que no te deja olvidar que no estás en un país europeo

Las Ruinas de San Pablo: la fachada que sobrevivió al incendio

Las Ruinas de San Pablo son la imagen de Macao. De la iglesia original, construida entre 1602 y 1640 y que en su tiempo fue uno de los templos cristianos más grandes de Asia, solo queda en pie la fachada principal y la escalinata de 68 escalones que lleva hasta ella. El resto desapareció en un incendio en 1835. El resultado, paradójicamente, es uno de los monumentos más fotogénicos de Asia: una fachada de piedra de tres pisos con relieves barrocos perfectamente conservados, sola en medio del cielo.

Por la parte trasera de la fachada está delimitado el perímetro que ocupaba la catedral, y los restos de las criptas están protegidos con placas de cristal para que los visitantes puedan verlos desde arriba. El conjunto forma parte del Centro Histórico de Macao, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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Es posible acceder al segundo nivel de los arcos de la fachada para contemplar las vistas de la ciudad.

Muy cerca de las ruinas está la Fortaleza do Monte, que durante siglos sirvió como defensa de la ciudad. Las murallas y los cañones se conservan en buen estado, y hay algo extrañamente poético en ver esos cañones apuntando hacia lo que hoy son hoteles-casino de cincuenta plantas.

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Vista de los cañones de la Fortaleza del Monte

Los casinos: arquitectura del exceso

Habíamos pensado entrar a algún casino por curiosidad, pero entre el viaje, la frontera, el templo, el mirador y las ruinas, el tiempo se fue sin darnos cuenta. Al final solo paseamos por fuera de los edificios más emblemáticos.

El que más impacta es sin duda el Grand Lisboa: 258 metros de altura con forma de flor de loto que se abre hacia arriba como si el edificio hubiera intentado florecer. No es bonito en el sentido convencional —es demasiado ostentoso para integrarse en ningún entorno— pero desde un punto de vista estructural es fascinante. Que esa masa de acero y vidrio se abra así en la altura y se sostenga sin tensiones visibles resulta casi inverosímil.

Macao superó a Las Vegas en ingresos de juego en 2006, y mirando los casinos desde la calle se entiende por qué: no son edificios, son declaraciones de intenciones.

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Macao es el equivalente a Las Vegas en el este de Asia

Desde la zona de los casinos sí conseguimos encontrar el autobús de vuelta a la terminal del ferry. Se paga dejando las monedas en una caja junto al conductor, importe exacto, sin cambio. Aunque a decir verdad, la actitud del conductor sugería que el control del importe no era su principal preocupación.

El viaje de regreso a Hong Kong lo hicimos con los bolsillos llenos de patacas inútiles y la cabeza llena de contrastes. Macao es una ciudad donde la pobreza y la ostentación viven a dos portales de distancia. Donde los casinos más recargados del mundo comparten manzana con casas de vecinos que parecen de otra época. Y donde una ciudad portuguesa perfectamente conservada existe, improbablemente, en el sur de China. Más allá del negocio del juego, Macao bien merece la visita por sí misma.

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Día 7: El Sur de Kowloon: Tsim Sha Tsui

Habíamos pasado varias veces por Tsim Sha Tsui de camino a otros sitios, siempre sin detenernos. Hoy le tocaba al extremo sur de la península de Kowloon, la zona más turística de Hong Kong, con toda la mañana por delante y sin el objetivo de llegar a ningún sitio en concreto.

Tsim Sha Tsui concentra centros comerciales enormes, tiendas de marcas exclusivas, restaurantes y una cantidad de gente que a estas alturas del viaje ya nos parecía normal pero que en cualquier ciudad europea resultaría abrumadora. No teníamos pensado gastar dinero, pero es imposible recorrer esa zona sin detenerse a mirar escaparates, entrar en alguna galería comercial y dejarse llevar por el flujo de personas.

La Avenue of Stars: cine cantonés junto a la bahía

El paseo empieza en la Avenue of Stars, el homenaje de Hong Kong a su propia industria cinematográfica. La idea es similar al Paseo de la Fama de Hollywood —losas en el suelo con los nombres de las estrellas, estatuas temáticas repartidas a lo largo del recorrido— pero el escenario es incomparablemente mejor: un paseo peatonal ancho junto a la bahía de Victoria, con el skyline de Hong Kong Island al fondo.

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¡Entrando en el mundo del cine a lo grande!

Hong Kong tiene una de las industrias cinematográficas más influyentes del mundo. Fue la ciudad que le dio al cine el kung fu, los thrillers de acción de John Woo, la filmografía de Wong Kar-wai y décadas de producciones que exportaron la cultura cantonesa al resto del planeta. Reconocer nombres en las losas del suelo cuesta bastante si uno no está especializado en cine de Hong Kong, pero hay una figura que nadie se puede perder: la estatua de bronce de Bruce Lee, en pose de combate, mirando hacia la bahía.

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La estatua de Bruce Lee en ese entorno es simplemente mágica

Bruce Lee nació en San Francisco en 1940, pero creció en Hong Kong y es aquí donde se convirtió en leyenda. La estatua, a tamaño real, tiene algo de imponente incluso en un entorno tan concurrido. Ya habíamos estado en esta zona de noche para ver el espectáculo de Symphony of Lights, pero de día y con mucha menos gente el paseo tiene un carácter completamente distinto: los barcos cruzando la bahía, la luz dura de la mañana sobre los rascacielos del otro lado, y el tiempo suficiente para pararse a mirar sin que nadie te empuje.

La Clock Tower y el suelo ganado al mar

La Avenue of Stars desemboca de manera natural en la Tsim Sha Tsui Promenade, que continúa hacia la terminal de ferris. Todo este litoral es terreno ganado al mar, y en su extremo se levanta la Clock Tower: lo único que queda en pie de la antigua estación de ferrocarril de Kowloon-Canton, inaugurada en 1916 y demolida en 1978. La torre del reloj de ladrillo rojo sobrevivió a la demolición como concesión sentimental. Hoy está rodeada de museos y un dragón de cerámica de los Juegos Olímpicos Asiáticos, y la mezcla de referencias resulta bastante característica de cómo funciona Hong Kong.

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Solo en Hong Kong nos podemos encontrar un dragón chino celebrando los juegos olímpicos de Asia junto a una torre colonial con un marcado acento europeo, vestigio de la colonia británica

En la pared de uno de los edificios de la zona encontramos un cartel que anunciaba la compañía de ballet de Hong Kong con una reseña traducida del periódico español ABC. En diez días de viaje, fue el momento en que más nos acordamos de casa.

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Translated from Spain national paper ABC

El Hong Kong Space Museum: espectacular por fuera, discreto por dentro

Junto a la Clock Tower, en el solar que antes ocupaba la estación de tren, se levanta el Hong Kong Space Museum. El edificio es uno de los más reconocibles de la ciudad: una cúpula de aluminio blanco en forma de huevo que contrasta con todo lo que la rodea. Por fuera, impecable. Por dentro, bastante menos. El interior da la sensación de haberse quedado anticuado, el planetario no ofrece nada que no hayamos visto antes, y la museografía en general tiene un aire de finales de los ochenta que no termina de encajar con la imagen tecnológica que proyecta Hong Kong. No es que sea una visita a evitar, pero tampoco es imprescindible.

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Fachada del Hong Kong Space Museum

Canton Road y los centros comerciales sin fin

La parte de Canton Road más cercana a la bahía concentra la oferta de lujo más densa que hemos visto en todo el viaje: Gucci, Prada, Tiffany, Chanel... Una sucesión de tiendas de marcas que reconocemos de nombre pero en cuyos escaparates nunca hemos pasado de la vitrina. Lo más llamativo no son las tiendas en sí sino cómo están conectadas entre ellas: muchos de los centros comerciales de la zona tienen túneles y pasarelas que los unen, creando un interior continuo por el que uno puede moverse durante horas sin pisar la calle.

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Uno de los centros comerciales más llamativos por su diseño es el 1881 Heritage

Pasamos el resto de la tarde deambulando por esos centros comerciales sin comprar nada especialmente memorable. Y cuando el sol empezó a bajar y la bahía empezó a oscurecerse, nos quedamos para ver de nuevo el Symphony of Lights. Estábamos a cien metros del mejor sitio para verlo y habría sido una tontería marcharse antes.

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Podría pasarme noche y noches seguidas disfrutando de este espectáculo
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Día 8: Un día en Disneyland Hong Kong

Reconocemos que no es la excursión más ortodoxa para un viaje a China. Pero cuando hay un parque Disney a media hora en metro y uno lleva dentro un niño de ocho años en estado de hibernación, la decisión no es tan difícil. El jueves lo dedicamos a Disneyland Hong Kong, y nos fuimos a ver qué diferencias había con el de París, que es el único Disney que habíamos visitado hasta entonces.

Cómo llegar: el metro con orejas de Mickey

Disneyland Hong Kong está en la isla de Lantau, la misma donde habíamos visitado el Buda Tian Tan unos días antes y donde está el aeropuerto. Desde el centro de Hong Kong se llega en metro sin complicación: la línea MTR Tung Chung conecta con un ramal específico para el parque, perfectamente señalizado con el icono de las orejas de Mickey desde la primera conexión. Es prácticamente imposible perderse.

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¡Empieza la magia!

El parque más pequeño del mundo Disney

Disneyland Hong Kong abrió en septiembre de 2005, fruto de un acuerdo entre el gobierno de Hong Kong —que controla el 57% del proyecto— y Disney. Es el parque Disney más pequeño del mundo, y se nota. La estructura general recuerda mucho a París: la misma organización en zonas temáticas, el mismo castillo central como referencia visual, el mismo desfile por la calle principal. Pero todo a una escala más reducida. El castillo parece proporcionalmente más pequeño que el de París, casi como una maqueta de sí mismo, y la oferta de atracciones mecánicas —montañas rusas, rides de velocidad— es más limitada.

Lo que sí sorprende es la cantidad de atracciones de tipo "casa del terror": escenarios en los que vas caminando y actores disfrazados aparecen de la nada para darte sustos. En la entrada de estas atracciones había carteles advirtiendo explícitamente: don't hit the ghosts. A alguien le habría pasado lo suficientemente a menudo como para hacer necesario el cartel.

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El parque es relativamente pequeño y había poca afluencia de gente

El día que fuimos había poca gente. Hicimos colas cortas en casi todas las atracciones, repetimos alguna que nos gustó especialmente y conseguimos recorrer el parque entero sin prisas. Tal vez por ser los únicos occidentales a la vista, los personajes interactuaron especialmente con nosotros: Alicia nos preguntó en inglés si habíamos visto pasar un conejo blanco, y Jack Skellington de Pesadilla Antes de Navidad nos estrechó la mano con esa solemnidad sepulcral que tiene el personaje.

Octubre en el parque: todo decorado para Halloween

El calendario jugó a nuestro favor. Visitamos el parque en octubre, y Disney ya había desplegado toda la decoración de Halloween: calabazas, telarañas, esqueletos, iluminación en naranja y morado, y en los desfiles una presencia muy marcada de muertos vivientes y criaturas de la noche. El contraste entre el ambiente familiar del parque y la estética de Halloween le dio a la visita un toque diferente al que tendría en otras épocas del año.

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¡Esto es Halloween! Y no da miedo

El parque se nos quedó algo pequeño, y eso que lo aprovechamos bien. Si uno viene a Hong Kong buscando atractivos únicos, probablemente hay mejores maneras de pasar el día. Pero si uno viene con ganas de soltar el lastre de adulto durante unas horas, Disneyland Hong Kong cumple perfectamente. Y ver cómo algo tan identificado con la cultura occidental se adapta a un contexto asiático —los carteles en chino, los personajes con visitantes que nunca han visto una película de Disney en inglés, la comida en los restaurantes del parque— tiene su propio interés etnográfico, aunque uno no lo admita hasta pasados unos años.

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Día 9: El Hong Kong más auténtico

Después de un día entre los centros comerciales de Tsim Sha Tsui, hoy queríamos alejarnos del circuito turístico y ver cómo vive la gente que no está de vacaciones. La agenda del día mezclaba parques, historia y un museo de la ciencia al que le tenía muchas ganas, con una escapada final a la isla de Hong Kong para subir en lo que supuestamente son las escaleras mecánicas más largas del mundo.

El Kowloon Park: el pulmón entre los rascacielos

Empezamos en el Kowloon Park, uno de los parques más grandes de la península, a un paseo corto del hotel. No tiene la elegancia del Hong Kong Park ni los jardines formales que uno esperaría de un parque en una ciudad occidental, pero tiene algo que esos sitios no tienen: está lleno de gente de verdad. A esa hora de la mañana había grupos de mayores haciendo tai chi, madres con niños en los columpios, gente almorzando en los bancos y corredores sorteando a todos los demás. Un parque que funciona como tal, no como decorado.

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Rótulo de bienvenida al Parque de Kowloon

El parque tiene una estética claramente china: una pagoda, esculturas tradicionales, un lago artificial con patos y, escondido en un extremo, un pequeño laberinto de setos. En el centro está el Hong Kong Heritage Discovery Centre, que organiza exposiciones sobre los orígenes de la ciudad. La entrada es gratuita y la visita es breve, pero da un contexto útil para entender la capa histórica que hay debajo de toda esa modernidad.

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Dentro del bullicioso Hong Kong, el parque de Kowloon es un remanso de paz

El parque donde estuvo la Ciudad Amurallada

Más al norte de la península, ya bastante lejos de la zona turística, llegamos al Kowloon Walled City Park. Hoy es un parque tranquilo de jardines al estilo de la dinastía Qing, con fuentes y caminos de piedra. Pero el suelo que pisamos tiene una historia que no encaja en absoluto con el ambiente apacible del lugar.

Hasta 1994, este terreno lo ocupaba la Ciudad Amurallada de Kowloon: un enclave de unas pocas hectáreas que era técnicamente chino dentro de un Hong Kong británico. Sin jurisdicción clara de ningún gobierno, la ciudad funcionó durante décadas completamente al margen de la ley. La mafia cantonesa controlaba fumaderos de opio, casinos ilegales y fábricas de falsificaciones. Los edificios se apilaban unos sobre otros sin planificación ni servicios básicos. En su momento de máxima densidad, llegaron a vivir allí más de 33.000 personas en apenas 0,026 kilómetros cuadrados, convirtiéndose en el lugar con mayor densidad de población de toda la historia de la humanidad.

La ciudad fue desalojada entre 1992 y 1993 y demolida en 1994. Donde estuvieron esos bloques imposibles hoy hay flores y bancos de madera. El parque no conserva nada de las estructuras originales, solo algunas placas explicativas y los restos de una muralla antigua mucho más antigua que la ciudad que la absorbió.

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Fotografía generada usando Midjourney

Las Chungking Mansions: Hong Kong dentro de Hong Kong

De vuelta hacia el sur, pasamos por Nathan Road, la arteria principal de Kowloon. En el número 36 está la entrada de las Chungking Mansions: cinco bloques de diecisiete plantas que por fuera parecen un edificio de oficinas corriente y por dentro son otra ciudad.

Las plantas bajas están ocupadas por tiendas de electrónica de segunda mano, oficinas de cambio de divisas, restaurantes de cocina india, pakistaní y africana, y una actividad comercial completamente ajena a todo lo que hay en la calle de fuera. En los pisos superiores, los apartamentos residenciales se han ido convirtiendo con los años en los alojamientos más baratos de Hong Kong: pensiones diminutas que reciben a mochileros de todo el mundo. Se calcula que unas 5.000 personas viven permanentemente en las Chungking Mansions, y que cada día pasan por allí diez mil visitantes más.

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Las Chungking Mansions son un submundo dentro de Hong Kong

Entramos con curiosidad y salimos bastante pronto. Sin haber sentido en ningún momento una amenaza real, sí es el lugar de todo Hong Kong donde menos cómodos nos sentimos. No tanto por la actitud de la gente, que trabajaba en lo suyo, sino por la estrechez del interior: pasillos muy angostos, techos bajos, una cantidad de puertas y escaleras y rampas que lo hacen deliberadamente laberíntico. Es asfixiante en el sentido literal.

El Museo de la Ciencia: la máquina de energía de 22 metros

Cruzamos de vuelta a la isla de Hong Kong para visitar el Museo de la Ciencia, al que llegamos a media tarde. Tengo debilidad por los museos de ciencia —son de los pocos en los que los adultos pueden tocar las cosas sin que nadie los mire raro— y tenía curiosidad por ver si el de Hong Kong estaba a la altura de la reputación tecnológica de la ciudad.

Está. La pieza central es una "máquina de energía" de 22 metros de altura que pone en juego la gravedad, la inercia y las fuerzas en cadena de una manera que resulta genuinamente impresionante. Cuando la ponen en marcha, los empleados despejaban el área inferior antes de arrancarla, lo que añadía una tensión difícil de encontrar en otros museos. La zona de ilusiones ópticas también está muy bien resuelta, con algunos trucos visuales que sorprenden incluso cuando ya sabes que te están engañando.

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Una visita al museo de la ciencia es siempre sinónimo de diversión

Las escaleras mecánicas más largas del mundo

Para terminar el día, fuimos a buscar algo que habíamos visto en la guía y que habíamos aplazado durante días: el Mid-Levels Escalator, el sistema de escaleras mecánicas cubiertas que asciende desde el barrio de Central hasta los Mid-Levels, la zona residencial en la ladera de la montaña.

El conjunto suma más de 800 metros de longitud y es el sistema de escaleras mecánicas cubiertas más largo del mundo. Se construyó en 1993 para descongestionar el tráfico rodado de las calles que suben por la pendiente: de seis a diez de la mañana funcionan en sentido descendente para que los residentes bajen a trabajar, y de diez de la mañana a once de la noche ascienden hacia el barrio.

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Las Mid-levels Escalators son en realidad un conjunto caótico de elementos mecánicos

En la práctica, el sistema es un conglomerado algo caótico de tramos de escaleras y rampas cubiertas por un tejadillo metálico que serpentean siguiendo la orografía de las calles, sin seguir ninguna línea recta. No es especialmente bonito. Lo que sí merece la pena es el entorno: las callejuelas empinadas a ambos lados están llenas de tiendas pequeñas, bares y restaurantes con precios mucho más razonables que en la zona turística. Subir de extremo a extremo lleva unos veinte minutos, y se puede bajar a pie por cualquiera de las calles laterales cuando uno quiera. Una buena manera de terminar el día sin gastar mucho y comiendo bien.

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Día 10: De compras por Hong Kong

Era nuestro último día completo en Hong Kong, y lo dedicamos a lo que mejor se le da a esta ciudad: el comercio. No porque fuéramos grandes compradores, sino porque callejear por los mercados de Hong Kong es en sí mismo una forma de entender la ciudad. Las calles comerciales de Mong Kok son uno de esos lugares donde si uno se queda quieto el tiempo suficiente, Hong Kong le pasa por delante.

Grandes marcas: lo que ya habíamos visto

Las tiendas de marcas internacionales se concentran en Tsim Sha Tsui y en la zona financiera de la isla de Hong Kong. Muchos de esos centros comerciales están conectados entre sí mediante pasarelas y túneles, formando un circuito interior que permite pasar horas entre Gucci y Prada sin tener que salir a la calle en ningún momento. Ya los habíamos recorrido dos días antes y no era el tipo de comercio que nos interesaba.

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En Hong Kong nos podemos encontrar todo tipo de grandes firmas de lujo

El Ladies Market de Mong Kok

Mong Kok es la parte de Kowloon donde vive Hong Kong de verdad, sin la capa de turismo que barniza Tsim Sha Tsui. Para llegar al Ladies Market se sube por Nathan Road desde la bahía y se gira a la derecha dos manzanas: la calle Tung Choi Street, de un kilómetro de longitud, se convierte a partir del mediodía en un mercado continuo de ropa, complementos, souvenirs y prácticamente cualquier cosa que uno pueda imaginar. Abre de doce a once de la noche.

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Ubicación del mercado callejero 'Ladies Market'

Lo que se exhibe en los puestos es mercancía legal. Las imitaciones de marcas —y hay una cantidad ingente de ellas, desde ropa hasta relojes, bolsos, plumas y accesorios para perros— no están a la vista. Aparecen de dos maneras: o bien el vendedor se acerca al detectarte como turista, o bien hay que pedirlas directamente en cualquier puesto. En ambos casos, la calidad de las copias sorprende.

El regateo es la norma y conviene saberlo antes de entrar. Algunas reglas que aprendimos a base de equivocarnos los primeros días:

  1. El tono del regateo es siempre cordial, nunca confrontacional. Una sonrisa vale más que cualquier argumento.
  2. El precio que se consigue habitualmente es inferior a un tercio del precio inicial que te ofrecen.
  3. No conviene mostrar demasiado interés en ningún artículo concreto; la urgencia siempre juega en contra del comprador.
  4. Irse del puesto sin comprar funciona con frecuencia: es habitual que salgan a buscarte con una nueva oferta antes de que llegues al puesto de al lado.

Un apunte importante: los artículos de imitación son ilegales, y en los controles de aduanas a la vuelta pueden ser confiscados sin compensación. No es un riesgo hipotético.

El Temple Street Night Market

A un par de manzanas del Ladies Market, al otro lado de Nathan Road y un poco más hacia la bahía, está el Temple Street Night Market. Abre a partir de las cuatro de la tarde y tiene un carácter algo diferente: los puestos están más dispersos, el ambiente es más nocturno, y mezclados entre la ropa y los souvenirs aparecen puestos de quiromancia y lectores de fortuna que añaden un toque de feria de barrio.

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Ubicación del mercado callejero 'Temple Street Night Market'

Los restaurantes que rodean el mercado parecen una buena opción a primera vista —precios aparentemente bajos, mesas en la calle, mucha gente—, pero en realidad están orientados al turista y cobran bastante más que establecimientos equivalentes a dos calles de distancia. Esa misma comida cantonesa —fideos con caldo, char siu, bolas de tofu— cuesta la mitad si uno se aleja un par de manzanas del perímetro del mercado.

Electrónica en Sai Yeung Choi Street

Sin salir de Mong Kok, la calle Sai Yeung Choi Street, paralela al Ladies Market, es un paraíso para quien le interese la tecnología. Docenas de tiendas de electrónica e informática, una junto a otra, con productos expuestos que se pueden ver y probar sin que nadie te presione para comprar. Teléfonos, ordenadores, cámaras, accesorios, cables y cacharros cuyo nombre desconocemos, todo mezclado y a precios que en general son más bajos que en Europa.

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La gente nunca escasea en las calles de Hong Kong

Según avanzaba la tarde las calles se llenaban más. Llamaba la atención la manera en que las marcas presentaban sus novedades: no en tiendas, sino directamente en la calle, con promotoras que mostraban el producto y posaban para fotos con los clientes. Una manera de hacer publicidad que en Europa ya entonces resultaba completamente ajena.

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Presentación en la calle de las últimas novedades tecnológicas

Hong Kong no cierra

Una cosa que no deja de sorprender en Mong Kok es que las tiendas no cierran. No en el sentido de que cierran tarde, sino en el sentido de que muchas no cierran en absoluto. Es habitual encontrar comercios abiertos desde las siete de la mañana hasta la una o las dos de la madrugada, y los 7-Eleven funcionan las veinticuatro horas como en cualquier otra parte del mundo. Nueva York se llama a sí misma la ciudad que nunca duerme, pero comparada con Mong Kok parece que cierra a las ocho.

Otro detalle que conviene saber: en Hong Kong es completamente normal que una tienda de ropa, una joyería o un restaurante estén en el segundo o tercer piso de un edificio, con solo un ascensor en el portal como indicación de su existencia. Si uno se limita a mirar la planta baja se pierde la mitad del comercio de la ciudad.

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Aunque no seas un fanático de las compras, disfrutar el ambiente de las calles comerciales es un imprescindible
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Día 11: Regreso y conclusiones

El domingo a las doce del mediodía embarcábamos rumbo a casa vía Frankfurt. Esa misma mañana empecé a encontrarme mal. Lo que pensé que era el cansancio normal del final de un viaje largo resultó ser algo bastante más concreto: unos días después de llegar a Bilbao, el médico confirmó que me había traído de Hong Kong el virus de la Gripe A a modo de souvenir. El vuelo de regreso sigue siendo el más largo que recuerdo en toda mi vida.

Pero eso fue después. Antes de que el cuerpo se rindiera, hubo diez días en una ciudad que todavía hoy sigo describiendo como el lugar más alucinante que he pisado.

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Barco tradicional surcando la bahía de Hong Kong

Una ciudad que funciona a una escala distinta

Lo primero que golpea en Hong Kong es la escala. Los edificios son más altos de lo que uno espera, el tráfico es más denso, las aceras están más llenas, los centros comerciales son más grandes. No es una ciudad hecha a medida humana en el sentido en que lo son las ciudades europeas: es una ciudad hecha a medida de siete millones de personas que necesitan moverse, trabajar, comer y dormir en un espacio que no tiene margen para el desperdicio.

Y sin embargo funciona. El metro va en hora, las colas se forman y se respetan, los autobuses de dos pisos circulan sin caos aparente por calles que en otra ciudad serían un atasco permanente. La densidad de población es brutal —Hong Kong Island tiene una de las densidades urbanas más altas del planeta— y el sistema absorbe ese volumen sin desmoronarse. Eso, para alguien que viene de una ciudad media europea, resulta casi difícil de procesar.

Una ciudad que abruma en todos los sentidos

A nivel visual, todo está pensado hacia arriba: edificios que compiten en altura, pasarelas elevadas para peatones que cruzan por encima del tráfico, carteles de neón que se superponen en las fachadas. El skyline de la bahía de Victoria es probablemente el más impresionante que existe.

A nivel auditivo, Hong Kong es una ciudad ruidosa. El tráfico, los aires acondicionados que zumban en casi todas las calles, las obras —siempre hay obras, en todos los barrios— crean una banda sonora constante que uno acaba asimilando pero que los primeros días marea.

A nivel olfativo, los puestos de comida marcan el territorio. Recuerdo especialmente uno cerca de nuestro hotel del que salía un olor que a mi pituitaria occidental le resultaba directamente agresivo, y que sin embargo tenía una cola de diez personas a todas horas del día. La cocina cantonesa funciona con ingredientes y técnicas que no tienen equivalente en los restaurantes chinos de España: el char siu —cerdo lacado a la barbacoa— que cuelga en las ventanas de las carnicerías, los caldos densos de los wonton noodles, los egg tarts de la pastelería de la esquina, las pineapple buns —bollos con una cobertura crujante que no tiene nada de piña pero que sabe muy bien— que se comen calientes con un trozo de mantequilla dentro.

A nivel gustativo, la conclusión es que los restaurantes chinos en España no tienen absolutamente nada que ver con la cocina cantonesa real. La textura del arroz, la densidad de los caldos, los sabores que en España se han edulcorado para el paladar occidental: todo es distinto. No mejor ni peor, simplemente otra cocina.

Conclusión

Hong Kong fue la primera gran ciudad de Asia que visité, y eso condiciona inevitablemente el recuerdo. Es posible que si hubiera estado antes en Tokio o en Shanghái, el impacto hubiera sido diferente. Pero incluso descontando ese factor, Hong Kong es un lugar que no se parece a ningún otro: ni a China, ni a Inglaterra, ni a ninguna de las ciudades que ha podido inspirar. Es un sitio que hay que sentir en persona para entenderlo. Las fotos no transmiten el ruido, el olor, la sensación de que todo ocurre al mismo tiempo en demasiado poco espacio.

Si estás pensando en ir: ve. Y lleva tiempo suficiente para perderte.

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