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La catedral de Palma de Mallorca vista desde el parque del Mar, con los contrafuertes y pináculos góticos de piedra dorada sobre la muralla, el Palacio de la Almudaina a la izquierda y una escultura de tubos de acero en el césped.

Diarios de viaje · España · Baleares

Mallorca y el tour balear

Primera incursión balear después de cuatro veranos dedicados a las Islas Canarias, con ocho días en Mallorca durante la segunda semana de junio de 2009 y Alcúdia como base estratégica en el norte insular.

8 días Lectura de 1 h 19 min

Ocho días en Mallorca: primer viaje al archipiélago balear con base en Alcúdia

Junio 2009

Mallorca en junio de 2009 fue nuestro estreno en el archipiélago balear, después de cuatro años de viajes canarios. Ocho días recorriendo la isla más grande del Mediterráneo español, con base en Alcúdia y coche de alquiler, sirvieron para confirmar que la fórmula que nos había funcionado en Fuerteventura, Gran Canaria, Lanzarote y Tenerife seguía siendo válida en otro contexto insular completamente distinto. Mediterráneo en lugar de Atlántico, verde mucho más abundante, patrimonio histórico de milenios, calas de aguas turquesas y una densidad cultural bastante diferente a la de las islas atlánticas.

Por qué Mallorca y por qué ahora

Después de cuatro veranos canarios, la tentación de seguir cubriendo el archipiélago con La Palma o La Gomera era evidente. Pero la curiosidad por probar un modelo insular completamente distinto acabó imponiéndose, y Mallorca emergió como siguiente paso casi natural: la isla más grande de Baleares, con una oferta turística consolidada desde los años sesenta, con fama de combinar playa, montaña y patrimonio, con vuelos directos muy razonables desde Bilbao y con una escala (unos tres mil seiscientos kilómetros cuadrados) lo suficientemente grande como para necesitar una semana completa pero sin convertirse en un destino inabarcable.

La idea era comprobar si la fórmula que habíamos perfeccionado durante cuatro veranos canarios funcionaba también en el Mediterráneo. Las diferencias anticipadas eran considerables. Mallorca tiene una infraestructura turística más madura pero también más densa, con una presión visitante que en temporada alta puede llegar a saturar determinadas zonas. Tiene un patrimonio arquitectónico acumulado durante más de dos mil años, con restos púnicos, romanos, árabes, medievales y modernos conviviendo en el territorio. Tiene una vegetación mediterránea que es completamente distinta de la subtropical o árida canaria. Y tiene una escala de calas, acantilados y sierras que promete variedad pero también exige planificación cuidadosa para aprovecharla bien.

Junio, como en los viajes canarios anteriores, resulta un mes óptimo: el calor no aprieta todavía como en julio y agosto, los precios del paquete son razonables, las playas no están masificadas por las vacaciones escolares peninsulares y las temperaturas del agua son ya perfectamente aceptables para el baño. Desde Bilbao, los vuelos directos a Palma en estas fechas pre-vacacionales se movían en tarifas asumibles con reserva de un par de meses de antelación.

La fórmula ya probada: paquete más coche de alquiler

Quinta experiencia con la combinación de paquete vacacional con media pensión más alquiler de coche, quinta vez que los resultados son satisfactorios. A estas alturas del proyecto insular, después de las cuatro experiencias canarias previas, puede decirse que es una fórmula plenamente validada para destinos de este tipo. El paquete ajusta el precio de vuelos, traslados y alojamiento a un nivel difícil de igualar contratando por separado; la media pensión elimina la planificación diaria de las cenas; y el coche de alquiler multiplica las posibilidades de conocer la isla más allá de los circuitos organizados.

El coche, un utilitario compacto contratado con una empresa internacional con oficina en el aeropuerto de Palma, se confirmó otra vez como elemento imprescindible. Mallorca tiene una red de carreteras razonable en las zonas principales y excelente en las autopistas del centro de la isla, pero la Serra de Tramuntana, con sus carreteras de montaña sinuosas y desniveles considerables, exige conducción atenta. Los tiempos de desplazamiento pueden ser notablemente superiores a los que sugiere el kilometraje, especialmente en los tramos de la sierra. Sin coche propio, cubrir la isla en una semana resulta casi imposible.

Alcúdia como base del norte insular

La decisión de alojarse en Alcúdia, en lugar de en Palma o en alguna de las grandes zonas turísticas del sur y el este (Playa de Palma, Magaluf, Cala Millor), se tomó por varias razones combinadas. La primera es la ubicación geográfica: Alcúdia está en el norte de la isla, relativamente cerca de la Tramuntana, bien posicionada para acceder tanto al Cabo de Formentor como a las calas del este, y a una hora larga de coche de Palma por autopista. La segunda es la menor densidad turística: Alcúdia conserva un casco histórico medieval amurallado de enorme interés, combina pueblo antiguo con playas de arena fina y mantiene un equilibrio entre oferta turística y autenticidad local bastante superior al de los grandes centros del sur. La tercera es el componente histórico: el yacimiento romano de Pollentia, adyacente al casco antiguo, es uno de los más importantes de Baleares.

Alcúdia responde bien al modelo que buscábamos para una base de operaciones. Ciudad pequeña, paseable, con restos romanos relevantes, con murallas medievales perfectamente conservadas y restauradas, con mercado tradicional, con oferta gastronómica variada (desde las terrazas turísticas del puerto hasta las tabernas del centro antiguo) y con playas extensas en su gran bahía, una de las más largas del Mediterráneo balear. El hotel elegido dentro del paquete, un cuatro estrellas de la zona de Port d'Alcúdia, ofrecía las condiciones habituales del segmento: piscinas, jardines, buffet correcto y ubicación a pocos minutos andando de la playa principal.

Paisaje, localidad o monumento de Mallorca

Día 1 en Mallorca: llegada a Alcúdia, murallas medievales y Pollentia romana

El primer día de cualquier viaje de paquete tiene un esquema bastante previsible: vuelo, aeropuerto, traslado al hotel, deshacer maletas, primer paseo por los alrededores y cena temprana. En Mallorca, sin embargo, la llegada a Alcúdia desde el aeropuerto de Palma exige algo más de tiempo que en las islas canarias visitadas hasta ahora, porque la base está en el norte y el aeropuerto en el sur, con casi una hora de autopista entre uno y otro punto. A cambio, la jornada inicial tiene el bonus de que Alcúdia, por sí sola, ya merece una primera tarde completa de paseo.

Vuelo directo Bilbao a Palma de Mallorca

El vuelo desde Loiu salió con puntualidad razonable y aterrizamos en el aeropuerto Son Sant Joan de Palma a primera hora de la tarde. La terminal, enorme y con flujo constante, procesa con eficacia el volumen de tráfico turístico que recibe en temporada alta. En poco más de media hora habíamos pasado la cinta de equipajes, recogido el coche de alquiler y estábamos saliendo del recinto con un utilitario compacto rumbo al norte de la isla.

La autopista Ma-13, que conecta directamente Palma con el norte, está en un estado excelente y permite cubrir los cincuenta y cinco kilómetros que separan el aeropuerto de Alcúdia en menos de una hora. El trayecto atraviesa el interior central de Mallorca, con paisajes agrícolas tradicionales, almendros y olivos en los bancales, pueblos blancos en la distancia y molinos de viento clásicos salpicando el horizonte. Primera lección visual del viaje: Mallorca es verdaderamente mediterránea en su fisonomía, completamente distinta de las islas canarias atlánticas que habíamos visitado en los cuatro veranos anteriores.

Llegada al hotel en Port d'Alcúdia

La entrada al término municipal de Alcúdia se hace por avenidas anchas bordeadas de palmeras. El núcleo urbano se divide en dos zonas bien diferenciadas: Alcúdia propiamente dicha, el casco histórico medieval situado a dos kilómetros de la costa, y Port d'Alcúdia, el desarrollo turístico costero donde se concentra la oferta hotelera. Nuestro hotel estaba en la zona portuaria, a cinco minutos andando de la Platja d'Alcúdia, una de las playas de arena blanca más extensas de Mallorca.

La recepción fue ágil y la habitación ya estaba preparada. El establecimiento responde al modelo del cuatro estrellas vacacional mediterráneo: edificio de varias plantas en torno a dos piscinas principales, jardines con palmeras y vegetación mediterránea, un comedor buffet amplio para las comidas del paquete, un par de bares exteriores y una plantilla acostumbrada al cliente europeo medio que se maneja con soltura en varios idiomas. Habitación correcta con balcón hacia uno de los patios interiores, cuarto de baño bien dimensionado, cama cómoda. Nada especialmente memorable, pero exactamente lo esperado.

Paisaje, localidad o monumento de Mallorca
Hotel en Port d'Alcúdia

Las diferencias con los hoteles canarios de viajes anteriores son pocas pero notables: aquí la vegetación de los jardines es algo más seca y mediterránea, con olivos, granados y pinos carrascos en lugar de las palmeras tropicales del sur canario. El perfil de la clientela también cambia: más alemanes que británicos respecto al dominio anglosajón que habíamos vivido en Playa de las Américas el año pasado, más parejas maduras y menos familias con niños pequeños, un ambiente general ligeramente más sosegado.

Primer paseo por el casco histórico amurallado

Con el equipaje deshecho y las compras básicas hechas en un supermercado cercano, salimos a dar el primer paseo. El plan fue ambicioso: en lugar de quedarnos en el paseo marítimo del puerto, subimos en coche los dos kilómetros que separan Port d'Alcúdia del núcleo histórico para empezar a descubrir la ciudad vieja mientras quedaba luz. Una decisión acertada: Alcúdia medieval es el gran complemento cultural al turismo de playa de la zona, y merecía un primer reconocimiento sin prisas.

Alcúdia está completamente rodeada por una muralla medieval de piedra, construida entre los siglos XIV y XVI para defender la ciudad de los ataques piratas que durante siglos asolaron las costas baleares. La restauración y recuperación de este conjunto, emprendida sobre todo a partir de los años cincuenta del siglo pasado, ha devuelto a la ciudad uno de los recintos amurallados mejor conservados del Mediterráneo español. Las murallas tienen varias puertas de acceso (la Porta del Moll, la Porta de Sant Sebastià y la Porta del Xara son las principales) y varios tramos se pueden recorrer por la parte superior, con vistas hacia el interior del casco y hacia el exterior rural.

Aparcamos junto a una de las puertas y entramos al recinto amurallado caminando. La impresión inicial es la de haber atravesado un umbral temporal. El bullicio turístico costero desaparece en segundos, y las calles empedradas se abren a un conjunto urbano coherente con casas bajas de piedra dorada, patios interiores con plantas en macetas, pequeñas plazas con fuentes y un ritmo de vida sosegado que contrasta radicalmente con el del puerto. La Plaça Constitució, presidida por el ayuntamiento y por la iglesia parroquial de Sant Jaume, es el centro neurálgico del casco histórico y el mejor punto de referencia para empezar a recorrerlo.

La iglesia de Sant Jaume, construida en el siglo XIII y reformada varias veces a lo largo de los siglos, tiene una fachada austera de piedra y un interior gótico que merece un momento de visita. Desde la plaza salen varias calles peatonales con comercios tradicionales, cafeterías con terraza bajo toldos de lona y edificios señoriales con portadas labradas en piedra. Paseamos sin rumbo fijo durante una hora larga, deteniéndonos donde nos apetecía y aprovechando la luz de la tarde para empezar a fotografiar los detalles arquitectónicos del conjunto.

Pollentia, la ciudad romana olvidada

Adyacente al casco amurallado, en una parcela exterior, se encuentra uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Baleares: la ciudad romana de Pollentia. Fundada hacia el 123 a.C. por los colonos romanos que acababan de conquistar las Baleares, Pollentia fue uno de los dos asentamientos romanos principales de Mallorca junto a Palma, y llegó a tener varios miles de habitantes, un foro, termas, un teatro y un puerto activo. Tras el abandono progresivo durante la época tardorromana y medieval, el emplazamiento quedó cubierto por sedimentos y fue redescubierto y excavado a partir de finales del siglo XIX.

La visita al yacimiento es breve pero recomendable. Los restos visibles incluyen la zona del foro con parte de los cimientos de edificios públicos, los restos de viviendas (la Casa dels Dos Tresors es la más conocida), una sección de la muralla romana y, a un kilómetro del recinto principal, el teatro romano, el mejor conservado de todas las Baleares. El nivel interpretativo no alcanza el de otros yacimientos peninsulares más desarrollados turísticamente, pero los paneles informativos son correctos y la escala contenida del recinto lo hace asumible en una hora de visita. Para un viajero con sensibilidad por la arqueología, Pollentia es el primer recordatorio de que Mallorca tiene más de dos mil años de historia documentada, muy superior por antigüedad a lo que habíamos visitado en ninguna de las islas canarias.

Cena en el puerto y primera noche

Después de la visita al yacimiento, bajamos en coche al Port d'Alcúdia para cenar en una de las terrazas del paseo marítimo, más por el ambiente que por la gastronomía (la mayoría de los restaurantes portuarios de esta zona están orientados al turismo internacional, con cartas multilingües y un nivel culinario correcto sin pretensiones). Cena tranquila, con el paseo marítimo iluminado al fondo y los yates amarrados al puerto aportando atmósfera mediterránea clásica.

Volvimos al hotel con las primeras estrellas y el tímido ruido de fondo habitual del puerto en temporada media. La primera jornada había servido para ajustar expectativas, conocer la base y recorrer con calma el casco histórico de Alcúdia, que merecía tiempo. Al día siguiente tocaba Palma de Mallorca con la Catedral de La Seu y el Castell de Bellver, probablemente la jornada más urbana de todo el viaje.

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Día 2 en Mallorca: Palma, catedral de La Seu y Castell de Bellver

Cualquier viaje a Mallorca necesita dedicar al menos una jornada completa a Palma. La capital balear es una de las ciudades históricas mediterráneas más relevantes del Mediterráneo occidental, con más de dos mil años de historia documentada, con un casco antiguo de escala considerable y con un patrimonio monumental que incluye una de las catedrales góticas más impresionantes de Europa y el único castillo circular conservado del continente. La segunda jornada del viaje la hemos dedicado íntegramente a recorrer la ciudad, con la Catedral de La Seu como primera parada obligada y el Castell de Bellver como cierre en altura de la visita.

Autopista Ma-13 hacia Palma

Salimos del hotel temprano para aprovechar bien la mañana y para encontrar aparcamiento sin complicaciones en el centro palmesano, siempre un desafío en temporada alta. La ruta desde Alcúdia a Palma se hace por la autopista Ma-13, la principal arteria central de la isla, que conecta directamente los dos extremos del territorio. Poco menos de una hora de trayecto por un paisaje agrícola con almendros, olivos, algarrobos y pueblos blancos dispersos entre campos de cultivo. Una estampa mallorquina clásica, muy distinta tanto de las costas turísticas del norte como de las zonas montañosas que veremos los días siguientes.

La llegada a Palma por la autopista desemboca en los nudos de circunvalación que rodean la ciudad, y desde ahí el acceso al centro histórico se hace por las avenidas que bordean el antiguo cauce de la Riera. Aparcamos en uno de los parkings subterráneos cercanos a la zona del puerto y empezamos el recorrido a pie desde el Paseo Marítimo, con la Catedral de La Seu apareciendo a nuestra izquierda en una imagen que forma parte ya del repertorio clásico de postales mediterráneas.

Catedral de Santa María de Palma, La Seu

La Seu, como llaman los mallorquines a su catedral, es una de las construcciones religiosas góticas más ambiciosas y mejor conservadas del sur de Europa. La obra, iniciada a principios del siglo XIII poco después de la conquista cristiana de Mallorca por Jaime I, se prolongó durante más de cuatrocientos años hasta su conclusión definitiva, con intervenciones posteriores que incluyen restauraciones de Antoni Gaudí a principios del siglo XX y, ya en nuestro siglo, una capilla del pintor mallorquín Miquel Barceló inaugurada en 2007 que constituye una de las grandes obras contemporáneas del arte religioso europeo.

La catedral se alza sobre el antiguo solar de la mezquita mayor de la Medina Mayurqa, y su emplazamiento frente al mar, elevada sobre un zócalo amurallado que cae directamente hacia el Parc de la Mar, le da una presencia escénica difícilmente igualable. La fachada principal, la fachada sur (la mejor conservada, con el Portal del Mirador), el rosetón mayor y las tres naves altísimas del interior configuran un conjunto monumental que requiere, al menos, dos horas largas de visita calma.

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Catedral de La Seu

Pagamos la entrada y entramos por la puerta lateral habilitada para el acceso turístico. El interior impresiona inmediatamente por la altura de las naves (más de cuarenta metros la central), por la luz filtrada que entra a través de los rosetones de colores y por la perspectiva longitudinal de ochenta metros que alcanza hasta el altar mayor. La intervención de Gaudí, encargada a principios del siglo XX, modificó el espacio litúrgico del presbiterio con la introducción del baldaquino colgante y con ajustes en el coro, buscando recuperar la visibilidad del altar y dar al interior una mayor claridad espacial. La intervención, polémica en su momento pero hoy plenamente aceptada como parte integral del monumento, funciona sorprendentemente bien.

La capilla del Santísimo, reformada por Miquel Barceló entre 2001 y 2006, es la otra gran sorpresa contemporánea. El pintor mallorquín, nacido en Felanitx y una de las figuras más reconocibles del arte español actual, recubrió las paredes de la capilla con un monumental revestimiento cerámico en relieve que evoca la multiplicación de los panes y los peces, con texturas orgánicas, figuras humanas y marinas, frutos y elementos mediterráneos en una composición que funciona casi como un enorme bajorrelieve tridimensional. El resultado es uno de los experimentos más atrevidos de integración de arte contemporáneo en arquitectura religiosa medieval de Europa reciente, y merece la visita detenida.

Paseo por el casco histórico: Born, Cort, Call Jueu

Salimos de la catedral y empezamos a recorrer el casco histórico. La ciudad vieja de Palma es un laberinto de callejuelas medievales, plazas señoriales, patios interiores, iglesias barrocas y palacetes renacentistas acumulados durante ocho siglos de vida urbana continua. El Palau Reial de l'Almudaina, junto a la catedral, es el primer edificio que cruzamos: antigua alcazaba islámica reconvertida tras la conquista cristiana en palacio real, hoy mantiene funciones oficiales y alberga un museo que se puede visitar con entrada específica.

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Casco histórico de Palma

El Paseo del Borne, una de las grandes avenidas peatonales arboladas del centro histórico, funciona como eje comercial de la Palma elegante: tiendas de marcas internacionales, cafeterías con terraza bajo los plátanos frondosos que dan sombra al paseo, edificios modernistas y neoclásicos de los siglos XIX y XX, y un ambiente urbano sofisticado que recuerda más a otras grandes ciudades mediterráneas que a una simple capital provincial. Paramos en una de las terrazas para tomar un café y observar el trasiego, con esa mezcla de locales haciendo sus compras y turistas de todas las nacionalidades que caracteriza el centro palmesano en temporada media.

Desde el Borne caminamos hacia la Plaça de Cort, presidida por el ayuntamiento histórico, con su fachada barroca y su famoso olivo centenario en pleno centro de la plaza. Desde allí entramos en las calles estrechas del Call Jueu, el antiguo barrio judío de Palma, uno de los conjuntos urbanos más densamente históricos de la ciudad, con una red intrincada de callejones, pasadizos y pequeñas plazas que conservan una escala casi medieval y una atmósfera íntima. El Call fue el espacio residencial de la importante comunidad judía de Mallorca hasta los pogromos de 1391 y la forzada conversión masiva posterior, que dio origen a los llamados chuetas, descendientes de aquellos conversos que durante siglos sufrieron discriminación social y religiosa en la isla.

Comida en Santa Catalina y Castell de Bellver

Para comer nos alejamos del circuito turístico del centro histórico y nos acercamos al barrio de Santa Catalina, al oeste del Born, una zona que desde hace unos años concentra parte de la oferta gastronómica más interesante de la ciudad. Antiguo barrio obrero y de pescadores, Santa Catalina se ha ido transformando en una zona de gastrobares, tapas creativas y restaurantes con identidad propia, manteniendo al mismo tiempo buena parte de su ambiente vecinal. El mercado tradicional de Santa Catalina es el corazón de la zona, con puestos de pescado fresco, frutas, verduras y productos locales donde se abastecen muchos de los restaurantes del entorno.

Comimos en una tapería de una calle lateral, con una carta que combinaba platos tradicionales mallorquines con reinterpretaciones más contemporáneas. Pedimos varias raciones para compartir (un carpaccio de gambas rojas de Sóller, una coca de trampó, una ensaimada salada rellena de sobrasada, un tumbet mallorquín y un arroz brut individual), acompañadas de una botella de vino tinto de bodegas mallorquinas de la zona de Binissalem. Comida excelente, servicio ágil, precios ajustados al barrio y con el ambiente vecinal muy presente. Una de las mejores comidas del viaje.

Después de comer pusimos rumbo al Castell de Bellver, la fortaleza circular que domina la bahía de Palma desde una colina al oeste del centro urbano. Son unos cuatro kilómetros desde Santa Catalina, accesibles por una carretera que sube serpenteando entre bosque mediterráneo. El acceso en coche permite llegar directamente a los aparcamientos cercanos al castillo; desde allí quedan apenas doscientos metros de subida andando hasta la entrada.

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Vistas desde Castell de Bellver

El Castell de Bellver es un ejemplo único en Europa de arquitectura militar medieval de planta circular. Construido entre 1300 y 1311 por orden del rey Jaume II de Mallorca, con el maestro mayor Pere Salvà al frente de las obras, el castillo ha cumplido funciones de residencia real, prisión de estado durante varios siglos y, desde 1976, sede del Museo de Historia de la Ciudad de Palma. La planta circular, con cuatro torres a intervalos regulares (tres integradas en la estructura principal y una mayor, la Torre del Homenaje, ligeramente separada y conectada por un puente), era una fórmula defensiva innovadora para su época, difícil de encontrar en otras construcciones medievales españolas.

La visita al castillo combina el interés arquitectónico (el patio interior con dos pisos de galerías porticadas circulares es especialmente fotogénico), el contenido museístico (colección arqueológica con materiales romanos, bizantinos, islámicos y medievales) y las vistas panorámicas desde las murallas y torres, que abarcan toda la bahía de Palma, la catedral en primer término, la ciudad moderna desplegándose hacia el este y el mar Mediterráneo al sur. Para un visitante interesado en la arquitectura militar medieval o simplemente en las panorámicas urbanas, es una visita imprescindible que muchos turistas del circuito más apresurado se saltan por falta de tiempo.

Regreso a Alcúdia al atardecer

Dejamos el Castell de Bellver a media tarde y emprendimos el regreso a Alcúdia por la misma autopista Ma-13 de la ida. El trayecto, con la luz oblicua del atardecer suavizando los campos agrícolas del interior mallorquín, se hizo sin prisa. Llegamos al hotel con tiempo justo para una ducha rápida antes de la cena, más tarde de lo habitual pero con la sensación clara de haber aprovechado bien una jornada densa en contenido histórico y artístico.

La cena en el hotel fue breve y el paseo nocturno corto, apenas una vuelta por el paseo marítimo de Port d'Alcúdia antes de subir a la habitación. Al día siguiente tocaba la Tramuntana occidental en coche, con Valldemossa, Deià y Fornalutx encadenados en una de las rutas paisajísticas clásicas de Mallorca.

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Día 3 en Mallorca: Valldemossa, Deià y Fornalutx por la Serra de Tramuntana

La Serra de Tramuntana recorre todo el flanco noroccidental de Mallorca a lo largo de noventa kilómetros, formando una barrera montañosa que modela el clima de la isla, determina la distribución de la vegetación y alberga algunos de los paisajes más característicos del Mediterráneo balear. La tercera jornada del viaje la hemos dedicado al extremo occidental de la sierra, encadenando tres de los pueblos más emblemáticos de la comarca: Valldemossa con su Cartuja que albergó a Chopin y George Sand, Deià con su tradición artística y literaria, y Fornalutx, considerado uno de los pueblos más bonitos de España. Un recorrido que ofrece una muestra extraordinaria de la arquitectura tradicional mallorquina integrada en paisajes de montaña excepcionales.

Subida a la Tramuntana por la Ma-11

Salimos del hotel temprano y pusimos rumbo suroeste por la autopista Ma-13 y después por la Ma-11, la carretera que sube a la Serra de Tramuntana pasando por Bunyola. La ruta, de unos setenta y cinco kilómetros hasta Valldemossa, se hace en algo más de una hora y combina tramos de autopista con carreteras de montaña sinuosas en su tramo final, con los característicos desniveles, curvas cerradas y miradores ocasionales que caracterizan la conducción por la sierra.

El ascenso desde el llano central mallorquín hasta la Tramuntana revela progresivamente uno de los contrastes paisajísticos más marcados de la isla. La vegetación cambia a medida que se gana altura: de los campos abiertos de almendros y olivos a los bosques mediterráneos de pinos, encinas y algarrobos que cubren las laderas medias de la sierra. El cielo, que en el sur central suele ser impecablemente azul, empieza a mostrar las nubes bajas típicas del alisio mediterráneo que se condensa al chocar con el macizo, creando una especie de mar de nubes menor, mucho menos espectacular que el que habíamos visto el año pasado en el Teide pero reconocible como el mismo fenómeno en escala reducida.

Valldemossa y la Real Cartuja

Valldemossa aparece en una pequeña meseta de la sierra, a unos cuatrocientos metros de altitud, rodeada de bosques y campos de cultivo en bancales. El pueblo, con apenas dos mil habitantes, conserva un conjunto urbano extraordinariamente bien mantenido, con calles empedradas en pendiente suave, casas de piedra dorada con tejados rojos, jardines privados llenos de geranios y adelfas en flor, y una atmósfera general de pueblo-museo que a veces roza lo demasiado cuidado pero que conserva su encanto indiscutible.

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Valldemossa y la Cartuja

El hito fundamental de la visita es la Real Cartuja de Valldemossa, el antiguo monasterio cartujo fundado en 1399 y ocupado por la orden hasta la desamortización de Mendizábal en 1835. El edificio, un conjunto arquitectónico amplio con iglesia, claustros, celdas monacales y jardines interiores, alberga en sus distintas dependencias museos específicos dedicados a las diversas etapas históricas del complejo. Pero lo que realmente atrae al visitante internacional es otra cosa: la estancia de Frédéric Chopin y George Sand en el invierno de 1838-1839, que George Sand novelaría años después en su libro "Un invierno en Mallorca", convertido desde entonces en referencia literaria obligatoria para cualquier visitante de la isla.

Aparcamos en una de las zonas habilitadas a las afueras del casco histórico y subimos andando hasta la Cartuja. La entrada general permite acceder a los espacios monásticos principales (la iglesia, con retablos barrocos de buena factura; los claustros, austeros pero bien conservados; la antigua farmacia del monasterio, con su mobiliario original del siglo XVIII) y a la celda número cuatro, la que la tradición identifica como la ocupada por Chopin y George Sand durante su estancia. La celda, en realidad un conjunto de varias habitaciones pequeñas organizadas alrededor de un jardín privado, conserva el piano Pleyel que Chopin hizo traer desde París tras la pérdida del primer instrumento en los avatares del viaje, junto a manuscritos, mobiliario de época y recuerdos diversos de ambos artistas.

La visita se completa con recitales breves de piano que tienen lugar en distintos momentos del día, interpretados por pianistas profesionales y centrados en obras compuestas por Chopin durante o inmediatamente después de su estancia mallorquina. Asistimos a uno de estos recitales cortos, que incluía los Preludios opus 28 en buena parte escritos durante el invierno de Valldemossa. Una experiencia de esas que combinan conocimiento histórico con disfrute estético, y que funciona mejor de lo que uno esperaría viniendo de una construcción museística tan orientada al turismo.

El pueblo en sí también merece un paseo tranquilo. La Plaça de la Cartuja, frente al monasterio, está rodeada por edificios históricos y por algunas pastelerías tradicionales especializadas en la coca de patata, el dulce típico de Valldemossa, una especie de bollo esponjoso ligeramente aromatizado que se vende en múltiples variantes y que acabó convirtiéndose en una de nuestras compras recurrentes en las paradas mallorquinas.

Deià, refugio bohemio de la costa norte

Desde Valldemossa continuamos por la Ma-10, la carretera panorámica que recorre toda la Tramuntana norte, hacia Deià. El trayecto, de apenas doce kilómetros, se hace en unos veinte minutos a través de uno de los paisajes costeros más espectaculares de la isla, con el Mediterráneo apareciendo en vistazos sucesivos entre los pinos, olivares antiguos en bancales construidos con muros de piedra seca (una técnica declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO como parte de la cultura tradicional de la Tramuntana) y pequeños pueblos aferrados a las laderas en posiciones casi imposibles.

Deià es, quizá, el pueblo mallorquín que mejor ha conservado su identidad frente a la presión turística general de la isla. Con apenas setecientos habitantes, construido verticalmente en una ladera inclinada que baja hacia un valle estrecho y el mar, el pueblo ha sido desde la primera mitad del siglo XX refugio de artistas, escritores, músicos y bohemios atraídos por la combinación de belleza paisajística, clima suave y atmósfera de aislamiento relativo. El escritor británico Robert Graves, autor de "Yo, Claudio" y otras novelas históricas fundamentales del siglo XX, vivió aquí desde 1929 hasta su muerte en 1985, y su tumba en el cementerio del pueblo es una visita habitual para quienes conocen su obra.

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Deià en la Tramuntana norte

Aparcamos en una de las explanadas a la entrada del pueblo y subimos caminando por las calles empedradas en fuerte pendiente hasta la iglesia parroquial, en el punto más alto del casco urbano. La subida exige cierto esfuerzo pero compensa con creces: desde el cementerio anexo a la iglesia se disfruta una de las panorámicas costeras más bellas de toda Mallorca, con el valle de Deià abriéndose hacia el mar, las calas pequeñas al pie de los acantilados y las laderas de la Tramuntana cayendo abruptamente hacia la costa. En el cementerio, rodeado de cipreses y con vistas al mar, se encuentra la tumba sencilla de Robert Graves, marcada con una lápida austera que sólo lleva su nombre y las fechas.

El resto del pueblo se recorre mejor a pie, sin rumbo concreto, dejándose llevar por las callejuelas que serpentean por la ladera. Algunas casas están convertidas en pequeñas galerías de arte o en talleres de artesanos que siguen trabajando en la tradición bohemia que define Deià desde hace casi un siglo. Hay bares y cafeterías con terrazas en los rincones con mejores vistas, y una oferta gastronómica desproporcionada para el tamaño del pueblo (varios restaurantes con estrella Michelin en la zona) que evidencia la transformación de Deià en uno de los destinos de turismo cultural y gastronómico más prestigiosos del Mediterráneo español.

Comida en Sóller y subida a Fornalutx

Bajamos a Sóller por la misma Ma-10, un descenso de unos quince kilómetros desde Deià que introduce al valle de Sóller, uno de los territorios agrícolas más característicos de la Tramuntana. Comimos en una terraza de la Plaça Constitució, la plaza principal de Sóller, bajo los plátanos frondosos que proporcionan sombra constante en el centro del pueblo. La plaza está presidida por la iglesia de Sant Bartomeu, con una fachada modernista espectacular obra de Joan Rubió i Bellver, discípulo directo de Antoni Gaudí, que aporta al conjunto urbano un rasgo arquitectónico sorprendente y muy distinto del resto de las iglesias mallorquinas que habíamos visto hasta el momento.

La comida fue mallorquina tradicional, con una ensalada de cítricos locales (los famosos naranjos del valle de Sóller dan variedades especialmente perfumadas), un tumbet y un arroz negro con calamares. La experiencia en la plaza, con el tren de vapor que reconocimos inmediatamente por las fotografías llegando a la estación cercana cada cierto tiempo, nos dejó claro que la jornada del tren de Sóller tenía que hacerse en día aparte, con calma, y no como apéndice rápido a una ruta ya densa. La dejamos planificada para dos días más adelante.

Después de comer subimos a Fornalutx, a unos cuatro kilómetros y doscientos metros de altitud por encima de Sóller, por una carretera local que atraviesa campos de cítricos y olivos centenarios. Fornalutx es un pueblo minúsculo (apenas setecientos habitantes) que ostenta oficialmente la distinción de ser uno de los pueblos más bonitos de España, categoría que muy pocos núcleos de Baleares comparten. Aparcamos a la entrada y recorrimos caminando el conjunto histórico, que se extiende por una ladera con casas de piedra dorada, tejados rojos, jardines con cítricos, rosales y buganvillas en cada esquina, y una red de callejuelas empedradas que exige un ritmo de paseo lento y atento a los detalles.

La Plaça Espanya, el centro del pueblo, está presidida por la iglesia parroquial y por el ayuntamiento, ambos de factura modesta pero integrados con elegancia en el conjunto. Las vistas desde los miradores superiores abarcan todo el valle de Sóller al fondo, con los bancales de cítricos en primer término y la Tramuntana cerrando el paisaje por todos los flancos. Es uno de esos pueblos donde uno se quedaría una tarde entera simplemente paseando y sentándose en alguna terraza, aprovechando que el ritmo urbano (o mejor dicho, la ausencia de ritmo) invita a la contemplación pausada.

Regreso a Alcúdia por la carretera de montaña

El regreso a Alcúdia lo hicimos por la Ma-10 hacia el este, continuando por la carretera panorámica de la Tramuntana en lugar de volver por las autopistas del centro. Esta opción alarga el trayecto en tiempo (unos noventa minutos en lugar de los sesenta de la autopista), pero añade un componente paisajístico adicional muy rentable: la Ma-10 entre Sóller y Lluc atraviesa el corazón de la Tramuntana, con vistas hacia el mar por el norte, con el macizo central cerrando el paisaje por el sur y con paradas ocasionales en miradores que permiten apreciar la espectacularidad de la sierra. Vimos desde lejos la señalización hacia Sa Calobra, con su famosa carretera de las veintiséis curvas, y decidimos reservar esa bajada para la jornada específica que habíamos planificado un par de días más adelante.

Llegamos al hotel al atardecer, con el cuerpo cansado después de una jornada larga pero con la cabeza llena de imágenes. Valldemossa, Deià y Fornalutx son probablemente los tres pueblos de la Tramuntana occidental que mejor condensan la personalidad de la sierra, y visitarlos juntos en un solo día proporciona una visión razonablemente completa del carácter del territorio. La cena fue breve y el paseo nocturno corto, apenas una vuelta por el paseo marítimo antes de subir a la habitación. Mañana toca descanso, con una visita contenida al Parc Natural de s'Albufera adyacente a Alcúdia como única actividad del día.

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Día 4 en Mallorca: descanso en Alcúdia y Parc Natural de s'Albufera

Después de tres días de actividad intensa, con excursiones que nos han llevado desde la ciudad vieja de Alcúdia hasta los pueblos de la Tramuntana occidental pasando por la monumentalidad de Palma, la cuarta jornada la hemos reservado íntegramente al descanso. La única concesión a la actividad cultural o natural del día fue una visita corta al Parc Natural de s'Albufera, la gran zona húmeda balear literalmente pegada a Alcúdia, como excusa para caminar en un entorno tranquilo sin salir prácticamente de la zona de base. El resto de la jornada se desarrolló sin salir del hotel y la playa, con el ritmo pausado que demandan los cuatro días intensos que quedan por delante.

La lógica del día intermedio de descanso

Incluir un día completo de pausa a mitad de semana se ha consolidado ya como pauta fija de nuestros viajes insulares. La fórmula, que probamos por primera vez en Lanzarote hace dos veranos y que refinamos en Tenerife el año pasado, funciona con precisión matemática: parar en mitad de semana permite asimilar lo visto en las jornadas anteriores, recargar energías físicas y mentales y afrontar el tramo final del viaje sin esa sensación de cansancio acumulado que arruina las últimas excursiones de los viajes mal dimensionados. Con una isla como Mallorca, donde los días de montaña (como el de ayer por la Tramuntana) exigen kilómetros largos de curvas y concentración constante de conducción, la necesidad de parar es todavía más evidente que en las canarias.

El día funciona además como bisagra temporal del viaje. Los tres primeros días han cubierto los ejes fundamentales del oeste y del sur de la isla: Alcúdia, Palma y la Tramuntana occidental. Por delante quedan cuatro jornadas más, dedicadas al tren de Sóller como experiencia ferroviaria, a la Tramuntana norte con Lluc y Sa Calobra, al Cap de Formentor con Pollença y al levante con el santuario de Sant Salvador sobre Felanitx. Parar en el punto medio permite encarar esta segunda mitad con las baterías completamente llenas.

Desayuno largo y mañana de piscina

Por primera vez en el viaje, el desayuno lo hicimos sin mirar el reloj. Bajamos al comedor del hotel más tarde de lo habitual, con el buffet ya en su segunda ronda de reposición, y aprovechamos para probar algunas cosas que los días anteriores habíamos ido saltando por pura prisa. La sección mallorquina del desayuno es razonable: varias ensaimadas tradicionales (la ensaimada con calabaza confitada, una de las especialidades locales, que habíamos probado ya en el puerto el primer día), coca de pimiento y cebolla, cuadrados de tortilla de patata, quesos menorquines y mahoneses, sobrasada de Mallorca y la fruta habitual de un buffet turístico canario. Dos cafés con leche largos, conversación sin urgencia y repaso mental tranquilo de lo visto hasta ahora.

Después del desayuno, la mañana se desarrolló íntegramente en la zona de piscinas del hotel. Nos instalamos en una de las áreas con sombra parcial bajo palmeras datileras, abrimos los libros que habíamos traído de Bilbao y fuimos alternando lectura, chapuzón ocasional y siesta ligera en rotaciones completamente irregulares. El hotel estaba lleno pero no saturado, con el perfil habitual del turismo centroeuropeo de junio: parejas alemanas y austriacas sin hijos, algunos matrimonios británicos de cierta edad, grupos pequeños de escandinavos y bastante menos presencia española que la que habíamos encontrado en las islas canarias. La escala del turismo mallorquín es notablemente más internacional.

Comida en el puerto y visita a s'Albufera

Para comer rompimos la rutina de la media pensión y salimos a una terraza del Port d'Alcúdia, a quince minutos andando desde el hotel. Era uno de esos sitios orientados claramente al turismo pero con una carta mallorquina bien ejecutada y precios razonables para la zona. Pedimos una ensalada trampó compartida, un tumbet mallorquín como plato intermedio y un pescado a la sal para dos, acompañados de una botella de vino blanco de las bodegas de Binissalem. Comida correcta, sin pretensiones, y disfrutada con el ritmo tranquilo del mediodía en un puerto que por la noche funciona a velocidad completamente distinta.

Después de comer, y con la idea original de quedarnos toda la tarde en la piscina, decidimos hacer el esfuerzo mínimo de acercarnos al Parc Natural de s'Albufera, que teníamos literalmente a cuatro kilómetros del hotel y que merecía al menos un breve reconocimiento. El parc, de unas dos mil setecientas hectáreas, es la mayor zona húmeda de todas las Baleares y alberga una de las comunidades ornitológicas más ricas del Mediterráneo occidental, con más de trescientas especies de aves registradas entre residentes, migratorias y ocasionales. Es uno de esos espacios naturales que el turismo de playa habitual de la zona tiende a ignorar completamente, lo que se traduce en una afluencia de visitantes muy contenida.

El acceso al parc es gratuito, aunque requiere registrarse en el centro de visitantes (Sa Roca), donde se proporciona un mapa con los senderos habilitados y las zonas de observación. El personal, amable y bien informado, nos orientó sobre los itinerarios más recomendables para una visita corta de tarde, tiempo insuficiente para cubrir los recorridos más ambiciosos pero perfectamente suficiente para hacerse una idea del carácter del espacio.

Caminamos durante algo menos de dos horas por una de las rutas circulares cortas, que atraviesa zonas de carrizales, lagunas someras y pequeños canales donde la vida acuática es abundante. Las observaciones ornitológicas, incluso para un aficionado sin experiencia como nosotros, fueron satisfactorias: garzas reales, garcetas blancas, ánades azulones, algunas fochas, cigüeñuelas en las orillas y, con paciencia y buenos prismáticos, identificaciones más difíciles como el pato colorado o el avetorillo común. Los paneles informativos distribuidos a lo largo del sendero facilitan la interpretación incluso para quien no lleva guía de campo. En determinadas épocas del año, s'Albufera es parada importante para flamencos y otras grandes aves acuáticas migratorias, pero en junio la presencia de estas especies era limitada.

La combinación de vegetación densa, agua quieta, ruido constante de aves y cielo abierto hacia el horizonte crea una atmósfera completamente distinta a la del turismo costero que rodea al parc por todos sus flancos. Es uno de esos espacios que funcionan como recordatorio de que Mallorca, detrás de su fachada turística, conserva ecosistemas de valor internacional y que merece la pena dedicarles al menos unas horas del itinerario.

Tarde relajada y paseo al atardecer

Volvimos al hotel a media tarde, con tiempo suficiente para un último rato de piscina antes de la cena. La combinación de una mañana de descanso puro, una comida fuera tranquila y una caminata moderada por s'Albufera había funcionado perfectamente como jornada de pausa: sin renunciar completamente a la actividad, pero sin el ritmo exigente de las excursiones principales.

A última hora de la tarde salimos a dar un paseo largo por la Platja d'Alcúdia, la playa de arena blanca que se extiende a lo largo de toda la bahía y que es una de las más largas del Mediterráneo balear. El atardecer, con el sol poniéndose tras las montañas de la Tramuntana y tiñendo de naranja las aguas tranquilas de la bahía, nos regaló uno de los momentos visuales más agradables del día. Desde el extremo norte de la playa, con la silueta del Cap de Formentor recortándose en la distancia y el Cap del Pinar cerrando la bahía por el este, se entiende bien la elección histórica de Alcúdia como base romana: pocas bahías del Mediterráneo ofrecen un abrigo tan amplio ni una ubicación tan estratégica entre oriente y occidente.

Cena temprana y noche pausada

La cena del día de descanso la hicimos en el hotel, temprana y ligera: ensalada, pescado a la plancha, postre discreto y agua mineral. Después subimos directamente a la habitación, con la intención de leer un rato antes de dormir. Cero kilómetros de coche, cero fotos nuevas de patrimonio monumental, pero bastantes horas acumuladas de tranquilidad que se iban a notar en las jornadas siguientes. Mañana retomamos la actividad con la excursión al tren histórico de Sóller, una jornada completamente distinta a las anteriores y probablemente una de las experiencias más peculiares del viaje.

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Día 5 en Mallorca: tren de Sóller, tranvía al puerto y jornada ferroviaria de 1912

El tren de Sóller es una de las experiencias turísticas más singulares de Mallorca y, sin exageración, una de las pocas atracciones del mundo donde la experiencia es el propio transporte. Un ferrocarril histórico inaugurado en 1912, con locomotoras de principios del siglo XX y vagones de madera de la misma época, que atraviesa la Serra de Tramuntana entre Palma y Sóller a lo largo de veintisiete kilómetros cortos en tiempo (alrededor de una hora) pero densos en paisaje. Combinado con el tranvía histórico que conecta Sóller con su puerto, compone una jornada ferroviaria-nostálgica de ritmo pausado y con un registro completamente distinto al del resto del viaje.

Coche hasta Palma para tomar el tren

La jornada empieza con un trayecto en coche desde Alcúdia hasta Palma por la autopista Ma-13, una hora de trayecto que ya nos resulta familiar después del día dedicado a la capital. Esta vez, sin embargo, no aparcamos cerca de la catedral sino en uno de los parkings próximos a la Plaça d'Espanya, donde se encuentra la estación histórica del ferrocarril. El edificio de la estación, construido a principios del siglo XX en estilo modernista con elementos de arquitectura industrial, conserva su aspecto original casi intacto: ventanillas de taquilla de madera y vidrio, relojes de pared, bancos corridos para los viajeros y una estética general que evoca inmediatamente la época dorada del ferrocarril europeo.

Compramos los billetes para el primer tren de la mañana (los trenes salen cada una o dos horas según la temporada, y conviene llegar con antelación en temporada alta porque el pasaje está limitado al aforo de los vagones históricos) y aprovechamos la espera para tomar un café en la cafetería de la propia estación. El ambiente, con viajeros diversos esperando con cámaras de fotos listas, padres explicando a sus hijos el funcionamiento del tren antiguo, jubilados europeos consultando guías de viaje y algún grupo de aficionados al ferrocarril con libros técnicos en la mano, daba ya una primera pista de lo que íbamos a encontrar: una experiencia turística especializada pero no masificada, con público entusiasta pero respetuoso.

Salida del tren y travesía hacia la Tramuntana

El tren de Sóller es una maravilla de ingeniería y de conservación patrimonial. Construido en 1912 para conectar el próspero valle de Sóller (entonces en pleno auge económico gracias al comercio de naranjas y limones con el sur de Francia) con la capital insular, el ferrocarril salvó por primera vez la barrera de la Tramuntana mediante una sucesión de trece túneles, varios viaductos y un trazado sinuoso que serpentea por las laderas de la sierra. La línea, de ancho de vía estrecho (914 milímetros), sigue utilizando material rodante original o de épocas inmediatamente posteriores: locomotoras eléctricas desde 1929 (la tracción se electrificó muy pronto) y vagones de madera con asientos longitudinales, ventanillas que se abren a la antigua usanza y acabados interiores de cuero y latón pulido.

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Tren histórico de Sóller

La salida del tren desde Palma se hace con una puntualidad ejemplar a la hora marcada, con el clásico silbato del revisor y un ligero zarandeo inicial que anuncia el arranque. Los primeros kilómetros atraviesan la periferia palmesana y la zona metropolitana, sin mayor interés paisajístico, pero a partir de Bunyola el trayecto cambia radicalmente: el tren empieza a subir por las laderas meridionales de la Tramuntana, entrando en los primeros túneles, atravesando zonas boscosas de pinos y encinas, y mostrando desde las ventanillas panorámicas progresivamente más amplias sobre los valles interiores mallorquines.

El paso por el túnel mayor (el Túnel Mayor, de casi tres kilómetros de longitud, que atraviesa la sierra en su punto más alto) es uno de los momentos más memorables del trayecto. El tren entra en la oscuridad total, con las luces interiores encendidas, durante casi cinco minutos de travesía subterránea, y sale al otro lado ya en la vertiente norte de la Tramuntana, con el valle de Sóller abriéndose de pronto por las ventanillas en una imagen que siempre provoca exclamaciones colectivas entre los viajeros. El descenso hacia Sóller es espectacular, con vistas sobre los naranjales del valle, la iglesia de Sant Bartomeu en el centro urbano y las montañas circundantes cerrando el paisaje por todos los flancos. La llegada a la estación de Sóller, igualmente histórica y bien conservada, se produce después de una hora escasa pero intensa de trayecto.

Sóller, valle de oro con modernismo

La estación de Sóller, construida en un edificio de piedra de principios del siglo XX junto a la Plaça Espanya del pueblo, alberga en sus dependencias superiores dos pequeños pero interesantes museos dedicados a Joan Miró y a Pablo Picasso, con obras donadas o vinculadas a la isla. Una visita breve y sorprendente por la calidad de las piezas: litografías, grabados y cerámicas de ambos artistas que funcionan como complemento cultural del recorrido ferroviario. Los dos museos son de acceso incluido en el billete del tren, lo que los convierte en parada obligada aunque el viajero no tenga especial interés por el arte moderno.

Salimos de la estación al centro del pueblo y dedicamos un par de horas a conocer Sóller con más calma que en la visita breve del día de la Tramuntana occidental. La Plaça Constitució, presidida por la iglesia de Sant Bartomeu con su fachada modernista diseñada por Joan Rubió i Bellver (discípulo directo de Antoni Gaudí), es uno de los conjuntos urbanos más particulares de Mallorca. El modernismo llegó a Sóller a principios del siglo XX de la mano de los indianos enriquecidos con el comercio de cítricos, que decidieron invertir parte de sus fortunas en la renovación arquitectónica del pueblo según los cánones estéticos entonces en boga en Barcelona. El resultado es un conjunto modernista menor pero coherente, con varios edificios civiles y la propia iglesia parroquial como ejemplos destacados.

Comimos en una terraza de la plaza, bajo los plátanos centenarios que proporcionan sombra densa durante todo el día. La carta, mayoritariamente mallorquina con algún toque más internacional, incluía especialidades del valle: una ensalada de naranjas locales con aceitunas y cebolla roja, una sopa mallorquina y un arroz brut de conejo y verduras. Acompañamos la comida con una botella de vino blanco local y un café expreso como cierre, con el ritmo tranquilo que caracteriza al centro de Sóller y con los tranvías históricos cruzando la plaza cada cierto tiempo camino del puerto.

Tranvía histórico al Port de Sóller

El tranvía que conecta Sóller con su puerto es el complemento natural de la experiencia ferroviaria y, en cierto modo, su final lógico. Inaugurado también en 1913 (un año después del tren), el tranvía recorre los casi cinco kilómetros entre Sóller centro y el Port de Sóller en apenas veinte minutos, con el mismo estilo nostálgico de madera, ventanillas abiertas y velocidad pausada del tren que habíamos disfrutado por la mañana. Los billetes se compran en la misma Plaça Espanya de Sóller y los tranvías salen con una frecuencia aceptable durante todo el día.

El trayecto del tranvía, completamente distinto al del tren porque no atraviesa montaña sino que recorre el valle de Sóller en superficie, ofrece una sucesión continuada de estampas agrícolas y paisajísticas. Naranjales y limoneros en plena temporada, pequeñas casas rurales con jardines floridos, cruces con la carretera local que obligan al tranvía a tocar la campanilla, el propio asfalto de algunas calles donde comparte espacio con los vehículos y, finalmente, el descenso hacia la bahía circular del Port de Sóller, uno de los puertos naturales más perfectos de toda la costa mallorquina.

El Port de Sóller ocupa una bahía casi cerrada, protegida por dos cabos rocosos que apenas dejan una boca estrecha de entrada, lo que convierte sus aguas interiores en una especie de gran laguna marina de oleaje mínimo y tonos turquesa-verdosos característicos. El paseo marítimo bordea toda la curvatura de la bahía, con el tranvía corriendo por uno de sus tramos pegado a la arena, y concentra buena parte de la oferta gastronómica y de ocio de la zona. Decidimos bajar en la última parada y dedicar un rato al paseo por el puerto antes de emprender la vuelta.

Baño en el Port de Sóller y regreso en tren

Aprovechamos la tarde para un baño en la pequeña playa principal del Port de Sóller, una cala de arena modesta pero con aguas cristalinas y temperatura agradable. El ambiente, más tranquilo que el de las grandes playas turísticas del sur de la isla, combina clientela local con visitantes europeos de perfil algo más cultural, y mantiene cierto aire pesquero pese a la transformación turística reciente. Algunos barcos de pesca tradicional comparten el puerto con yates y embarcaciones de recreo, y el pequeño faro al final del dique pone el toque pictórico clásico a una postal casi demasiado perfecta.

A media tarde volvimos a subir al tranvía y de allí al tren, esta vez en sentido inverso: Port de Sóller, Sóller pueblo, tren hasta Palma por el gran túnel y los valles interiores. La experiencia de regresar por el mismo trayecto, ya con la luz cambiante de la tarde suavizando los paisajes, añade una capa adicional al recorrido: lo visto por la mañana con la luz frontal se convierte por la tarde en una imagen lateral distinta, con sombras alargadas y con los colores cambiando a tonalidades más cálidas. Algunos viajeros del tren de la mañana coincidían con nosotros en el regreso, y se reconocían por las conversaciones: era fácil identificar a los compañeros de vagón de la jornada.

Regreso en coche a Alcúdia

Llegamos a Palma con el tren al final de la tarde, recogimos el coche en el parking y emprendimos el último tramo hacia Alcúdia por la autopista Ma-13. Una hora más de conducción con la luz del crepúsculo cayendo sobre los campos del interior mallorquín, y llegada al hotel ya al anochecer, con tiempo justo para una ducha antes de la cena.

La jornada del tren de Sóller queda como una de las experiencias más peculiares del viaje, distinta en registro a cualquier otra y especialmente satisfactoria para quien tenga sensibilidad por el patrimonio industrial, por la nostalgia ferroviaria o simplemente por los ritmos pausados de otra época. Mañana toca Tramuntana norte, con el Santuario de Lluc y la espectacular bajada a Sa Calobra por la famosa carretera de las veintiséis curvas, otra jornada con perfil completamente distinto que volverá a cambiar radicalmente el registro del viaje.

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Día 6 en Mallorca: santuario de Lluc, Sa Calobra y el Torrent de Pareis

La Tramuntana norte concentra dos de los destinos más emblemáticos del interior mallorquín: el Santuario de Lluc, centro espiritual de la isla y principal lugar de peregrinaje de Baleares, y la famosa carretera de Sa Calobra, una obra de ingeniería de los años treinta que desciende hasta el nivel del mar por una de las vías más sinuosas y espectaculares del Mediterráneo español. Combinados en una sola jornada, ofrecen un contraste extraordinario entre recogimiento religioso y pura adrenalina paisajística. La sexta jornada del viaje la hemos dedicado a esta ruta, con especial atención al descenso hasta el Torrent de Pareis, uno de los paisajes naturales más impresionantes de toda la isla.

Subida a Lluc por la Ma-10

Salimos del hotel temprano, conscientes de que la carretera de Sa Calobra iba a exigir atención conductora especial y que conviene recorrerla antes de las horas de más tráfico. La ruta desde Alcúdia al Santuario de Lluc se hace por la Ma-13 hacia el sur y luego por la Ma-2130 que se desvía hacia la Tramuntana pasando por Pollença, uno de los pueblos que teníamos previsto visitar un par de días más adelante. El trayecto, de unos cuarenta kilómetros, toma alrededor de una hora por la combinación de carretera llana inicial y subida progresiva a la sierra en el tramo final.

A medida que se asciende, el paisaje cambia radicalmente de registro. Del llano agrícola del norte de Mallorca se pasa a los bosques mediterráneos de encinas y pinos de la Tramuntana, con bancales de piedra seca escalonados en las laderas (esos muros de piedra sin argamasa que durante siglos los campesinos mallorquines construyeron para habilitar terreno de cultivo en las pendientes de la sierra, y que la UNESCO ha reconocido recientemente como Patrimonio Cultural Inmaterial). Es uno de los paisajes agrícolas más característicos de Mallorca, y explica mucho de la relación histórica entre los habitantes de la isla y su territorio montañoso.

Santuario de Lluc, corazón espiritual de Mallorca

El Santuario de Lluc ocupa una pequeña meseta montañosa a algo más de quinientos metros de altitud, rodeada de encinares y pinares en una de las zonas más vírgenes de la Tramuntana. Aparcamos en una de las explanadas habilitadas a la entrada del recinto y empezamos el recorrido a pie por el conjunto monástico, que combina la basílica, el claustro, los antiguos edificios monacales, jardines botánicos y varias zonas de servicios para peregrinos.

El santuario se remonta al siglo XIII, tras la conquista cristiana de Mallorca por Jaume I, cuando la leyenda local sitúa la aparición de la imagen de la Virgen a un pastor aborigen llamado Lluc, que la habría encontrado en el bosque. El culto a la Moreneta (la imagen de la Virgen de Lluc, de piedra oscura y pequeño tamaño, asociada a las vírgenes negras del Mediterráneo y por extensión a tradiciones prehispánicas y bizantinas) se convirtió rápidamente en el principal foco devocional de la isla, y el santuario fue ampliándose durante los siglos siguientes con sucesivas reformas que le dieron su fisonomía actual. La Virgen de Lluc fue declarada patrona de Mallorca en 1884.

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Santuario de Lluc

La basílica, dedicada a la Mare de Déu de Lluc, conserva una fachada barroca elegante y un interior gótico tardío reformado con elementos barrocos y neoclásicos. El retablo mayor, que acoge la imagen de la Moreneta, es una obra notable del siglo XVIII, y a su alrededor se han acumulado durante siglos exvotos, placas de agradecimiento y ofrendas que testimonian la intensidad de la devoción popular. Entramos a visitarla con calma: incluso para un visitante sin especial vinculación con la religión, la atmósfera del espacio (la penumbra característica de las basílicas mediterráneas, el olor a incienso, el canto ocasional de los Blavets, la famosa coral de niños del santuario famosa por sus interpretaciones de repertorio sacro) resulta interesante desde la perspectiva cultural y antropológica.

El entorno del santuario es tan atractivo como el propio conjunto monumental. Los jardines botánicos que rodean el complejo muestran una buena selección de flora mallorquina tradicional, con especies endémicas y con las variedades agrícolas típicas de la Tramuntana. Varios senderos señalizados parten del santuario hacia las cumbres circundantes (el Puig de Lluc, el Puig Roig, la comarca del Torrent de Pareis por sus tramos altos), aunque nosotros no los abordamos al tener planificada la bajada a Sa Calobra para la misma jornada. La zona, integrada en el Parc Natural de la Serra de Tramuntana desde 2007 y reconocida como Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2011, es uno de los espacios naturales más valiosos del Mediterráneo occidental.

Carretera de Sa Calobra, la joya del firme mallorquín

Dejamos Lluc a media mañana y pusimos rumbo hacia Sa Calobra por la Ma-2141, la carretera que desciende desde la Ma-10 hasta el nivel del mar en una sucesión de curvas cerradas que la han convertido en uno de los trazados viarios más famosos de España y una referencia internacional para ciclistas de carretera (cada primavera, la subida en sentido inverso atrae a miles de aficionados que buscan probar sus fuerzas en este puerto mítico).

La carretera, obra del ingeniero italiano Antonio Parietti e inaugurada en 1932, salva un desnivel de casi setecientos metros en apenas doce kilómetros, con veintiséis curvas cerradas catalogadas (algunas fuentes llegan a contar hasta sesenta contando las menores) y un trazado que serpentea por el flanco del macizo hasta encontrar finalmente una salida viable hacia el pequeño puerto del fondo del barranco. El tramo más famoso, conocido como Nus de sa Corbata (el nudo de la corbata), es una espiral de trescientos sesenta grados completos en la que la carretera cruza por encima de sí misma mediante un pequeño puente, una solución ingeniera que Parietti resolvió con elegancia ante la imposibilidad física de mantener la continuidad de trazado sin pasar la ladera de manera imposible.

Conducir Sa Calobra exige respeto. La carretera está perfectamente asfaltada y señalizada, pero las curvas son muy cerradas, el desnivel es constante y el tráfico cruzado con vehículos que suben en sentido contrario (autobuses turísticos incluidos, que por su tamaño ocupan prácticamente toda la calzada en algunos tramos) obliga a ir con cuidado y a aprovechar los ensanches para ceder el paso cuando la visibilidad obliga. A cambio, el paisaje compensa con creces el esfuerzo: vistas verticales sobre el barranco, pinares aferrados a las laderas rocosas, el Mediterráneo apareciendo al fondo en el hueco entre montañas y, al final del descenso, el pequeño núcleo costero de Sa Calobra apareciendo tras la última curva como recompensa al trayecto.

Sa Calobra y el Torrent de Pareis

El núcleo de Sa Calobra es minúsculo: apenas un aparcamiento grande para los visitantes, una pequeña playa de cantos rodados, un par de restaurantes con terraza sobre el mar y el acceso al espectáculo natural que da sentido a toda la excursión: el Torrent de Pareis. Este torrente, formado por la confluencia del Torrent des Gorg Blau y del Torrent de Lluc, ha excavado a lo largo de milenios uno de los barrancos más espectaculares del Mediterráneo español, con paredes verticales de roca caliza de varios cientos de metros de altura, aguas de un color turquesa-verdoso característico por la mineralogía del fondo y una desembocadura al mar en una cala estrecha encerrada entre paredes rocosas que parece prestada de un paisaje escandinavo.

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Playa de Sa Calobra y el Torrent de Pareis

El acceso al Torrent desde Sa Calobra se hace por un túnel corto excavado en la roca, habilitado para el paso de peatones, que conecta el pequeño puerto con una segunda cala interior donde desemboca el barranco. La experiencia de salir del túnel y encontrarse de pronto con el paisaje del Torrent, con las paredes verticales cerrando el espacio por ambos lados, las aguas translúcidas de la pequeña playa y el cauce del torrente extendiéndose hacia el interior entre cantos rodados blanqueados por el sol, queda grabada en la memoria. Es uno de esos lugares donde cualquier descripción se queda corta, y donde la fotografía no consigue transmitir la sensación tridimensional de encontrarse rodeado por el espacio geológico.

Pasamos aquí un par de horas largas, alternando baño en la cala interior (las aguas son especialmente frías por la mezcla con las corrientes subterráneas del torrente, incluso en pleno junio, pero el baño en este entorno es una de las experiencias sensoriales más curiosas del viaje), caminata corta por el cauce del barranco aguas arriba en la medida de lo posible con calzado de calle (el recorrido completo del Torrent de Pareis es un barranquismo técnico que exige equipo específico y guía, y que habitualmente se prohíbe fuera de temporada por el riesgo de crecidas) y parada larga sentados en las rocas para absorber la atmósfera del lugar sin prisa.

Paramos a comer en una de las terrazas sobre el mar del puerto de Sa Calobra, con precios algo inflados por la condición de zona con público cautivo pero con vistas directas al Mediterráneo y con el barranco a la espalda como decorado monumental.

Subida de vuelta y regreso a Alcúdia

La subida por la misma Ma-2141 de la tarde se hizo con algo más de tráfico que la bajada de la mañana, con varios autobuses turísticos entrando en sentido descendente y obligando a paradas ocasionales para ceder el paso. El trayecto invertido permite apreciar desde otro ángulo las curvas del Nus de sa Corbata y las panorámicas sobre el barranco, y resulta aún más espectacular que la bajada por la perspectiva cambiante que se va ganando con la altura.

Una vez de vuelta a la Ma-10, tomamos el camino más directo hacia Alcúdia pasando otra vez por Lluc pero sin entrar en el santuario. La Ma-10 hacia el este, que serpentea por la comarca central de la Tramuntana, nos regaló algunas de las vistas más memorables del viaje: los valles interiores con sus bancales, los bosques de encinas adaptándose a las curvas de nivel, los pueblos pequeños apareciendo en los recodos y, al fondo, el Mediterráneo norte apareciendo cada cierto tiempo entre las laderas. Llegamos al hotel al atardecer, con el cuerpo cansado pero con la cabeza llena de una de las jornadas más intensas del viaje.

La cena fue ligera, el paseo nocturno corto, y subimos a la habitación con ganas de descansar. Al día siguiente tocaba Cap de Formentor y Pollença, uno de los días más fotogénicos sobre el papel y, con toda probabilidad, uno de los más suaves del viaje al quedar ambos destinos muy cerca de la base de Alcúdia.

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Día 7 en Mallorca: Cap de Formentor, Mirador des Colomer y Pollença con el Calvari

La península de Formentor y el pueblo de Pollença componen la comarca más próxima a Alcúdia, y son probablemente la combinación más clásica de excursión corta que puede hacerse desde nuestra base. Formentor aporta el componente paisajístico extremo: acantilados verticales, miradores sobre aguas turquesas, un cabo que marca el extremo nororiental de Mallorca. Pollença aporta el componente cultural y urbano: un pueblo histórico con patrimonio arquitectónico de categoría, con el famoso Calvari y con una trama urbana tradicional perfectamente conservada. La séptima jornada del viaje la hemos dedicado a ambos destinos, en una ruta circular con salida y retorno desde Alcúdia en menos de noventa kilómetros totales.

Hacia Formentor por la Ma-2210

Salimos del hotel a media mañana, sin la prisa de las jornadas anteriores. La proximidad entre Alcúdia y la península de Formentor permite acometer la jornada con tranquilidad: apenas cuarenta minutos de coche hasta el final del cabo, y un trazado panorámico especialmente espectacular en los últimos kilómetros. La ruta, por la Ma-12 hasta Port de Pollença y luego por la Ma-2210 hacia el cabo, atraviesa inicialmente zonas agrícolas del norte insular y a partir de Port de Pollença se adentra en la península de Formentor propiamente dicha.

La carretera del cabo, otra obra del ingeniero Antonio Parietti (el mismo que firmó la carretera de Sa Calobra), serpentea a lo largo de veinte kilómetros desde Port de Pollença hasta el faro del extremo del cabo, atravesando una de las zonas más accidentadas y paisajísticamente más espectaculares de Mallorca. Es un trazado de montaña costera, con curvas cerradas, miradores habilitados en varios puntos estratégicos, pinares mediterráneos en las laderas y vistas continuadas sobre acantilados que caen verticalmente al mar por el lado sur de la península.

Mirador des Colomer, la panorámica más famosa de Mallorca

La primera gran parada del día fue el Mirador des Colomer, situado a unos seis kilómetros de Port de Pollença en un emplazamiento elevado sobre el acantilado sur de la península. Este mirador, uno de los más famosos de toda Mallorca, ofrece una panorámica extraordinaria sobre el acantilado y sobre el islote que le da nombre: es Colomer, una pequeña formación rocosa emergente del mar a unos doscientos metros de altura respecto al nivel de las aguas, con paredes verticales cubiertas de vegetación dispersa y coronada por la silueta recortada que justifica el nombre (colomer significa palomar en catalán, y el islote recibe habitualmente colonias nidificantes de aves marinas).

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Mirador des Colomer y costa de Formentor

El mirador está equipado con barandillas y plataformas panorámicas bien dimensionadas, lo que permite contemplar la vista desde varios ángulos y hacer fotografías sin estorbarse con el resto de los visitantes. A esa hora de la mañana, la luz frontal iluminaba directamente el islote y las paredes del acantilado, con contrastes cromáticos espectaculares entre el ocre de las rocas, el verde disperso de la vegetación, el blanco de la espuma en la base y el azul profundo del Mediterráneo a ambos lados. Es uno de esos lugares donde la espera en la cola para tener los mejores puntos de visualización resulta completamente rentable, y donde cualquier viajero con cámara acaba haciendo decenas de fotos intentando capturar la sensación tridimensional del paisaje.

Desde el mirador se ve además, hacia el oeste, la continuación de la costa hasta Cala Sant Vicenç, una zona de calas y acantilados que queda ya fuera de la península de Formentor pero que pertenece a la misma estructura geológica del macizo norte insular. Si el tiempo hubiera permitido, la bajada a Cala Sant Vicenç habría sido un complemento natural a la jornada, pero decidimos reservar tiempo para el resto del cabo y para Pollença, dejando Cala Sant Vicenç como asignatura pendiente para una posible vuelta futura.

Faro y playa de Formentor

Continuamos por la Ma-2210 hacia el extremo del cabo, con paradas ocasionales en miradores menores y con el paisaje volviéndose progresivamente más abierto a medida que la península se estrecha. A unos ocho kilómetros del Mirador des Colomer, la carretera pasa por la zona del Hotel Formentor, un establecimiento histórico inaugurado en 1929 que durante décadas fue uno de los hoteles más prestigiosos del Mediterráneo y refugio habitual de la aristocracia europea, de intelectuales (aquí se celebraron durante años las famosas conversaciones literarias de Formentor, impulsadas por el editor Carlos Barral) y de estrellas del cine clásico. Desde la carretera solo se ve la entrada y parte del jardín, pero el conjunto transmite inmediatamente una atmósfera de lujo clásico difícilmente replicable.

La Platja de Formentor, pegada al hotel, es una de las playas más espectaculares de toda Mallorca: arena blanca fina, aguas turquesas de una claridad extraordinaria, un pinar que llega hasta la misma orilla proyectando sombras naturales sobre la arena y, detrás, las montañas de la península cerrando el paisaje en un marco casi demasiado perfecto. El acceso público es libre, aunque el aparcamiento se paga y en temporada alta la afluencia es considerable. Paramos para darnos un baño breve, suficiente para comprobar que el agua en junio estaba ya perfectamente templada y que el fondo arenoso sin corrientes permite nadar con total comodidad.

El tramo final de la carretera, desde la playa hasta el faro del extremo del cabo, es quizá el más espectacular del conjunto. Unos cuatro kilómetros adicionales por una carretera que se estrecha progresivamente y que atraviesa zonas de matorral bajo, con vistas frecuentes al mar abierto por ambos lados y con la sensación creciente de estar llegando al final del mundo insular. El Far de Formentor, construido en 1863, se alza en una explanada rocosa al borde del acantilado norte del cabo, con vistas panorámicas que en días claros abarcan incluso Menorca en el horizonte hacia el este. Pasamos aquí un buen rato, con la cámara en la mano y con esa sensación particular que dan los faros solitarios al final de una península: un punto de frontera geográfica donde la tierra firme cede definitivamente al océano.

Comida en Port de Pollença y subida a Pollença pueblo

El regreso desde el cabo lo hicimos por la misma Ma-2210, parando a comer en una terraza del Port de Pollença, el núcleo costero que sirve de puerta de entrada a la península y que combina puerto pesquero histórico con desarrollo turístico contenido. El paseo marítimo, bordeado de pinos y con terrazas de restaurantes a lo largo de varios kilómetros, ofrece una de las estampas costeras más agradables del norte insular, con la bahía de Pollença abriéndose ampliamente al mar y con las montañas de la Tramuntana cerrando el paisaje por el suroeste.

Comimos de manera modesta (ensalada, arroz marinero, vino rosado local) antes de subir en coche a Pollença pueblo, a apenas cinco kilómetros al interior por la Ma-2200. La diferencia entre ambos núcleos, pese a su proximidad geográfica y a compartir municipio administrativo, es considerable: Port de Pollença es puerto turístico con ambiente familiar europeo, mientras Pollença pueblo es villa histórica del interior con carácter netamente mallorquín, atmósfera más pausada y patrimonio arquitectónico acumulado durante siglos.

Pollença, el Calvari y el conjunto urbano

Pollença es uno de los pueblos históricos más relevantes del norte de Mallorca. Fundado probablemente en época islámica aunque con presencia romana previa documentada en las inmediaciones, conserva una trama urbana medieval especialmente bien mantenida, con la Plaça Major como corazón cívico del conjunto, la iglesia parroquial de Nostra Senyora dels Àngels como hito religioso principal y, sobre todo, la espectacular escalinata del Calvari como referencia visual inconfundible del pueblo.

El Calvari de Pollença es una de las escalinatas más famosas de toda Mallorca. Trescientos sesenta y cinco peldaños de piedra, construidos en el siglo XVIII, suben desde el centro del pueblo hasta la pequeña ermita del Calvari en lo alto de una colina, flanqueados en todo su recorrido por cipreses centenarios que dibujan una perspectiva arquitectónica absolutamente memorable. La subida, que exige cierto esfuerzo físico especialmente en las horas de más calor, compensa con creces por el componente estético del recorrido y por las vistas que se van ganando progresivamente sobre el casco urbano a medida que se asciende.

Hicimos la subida al Calvari con calma, parando en algunos de los rellanos intermedios para recuperar el aliento y para fotografiar la perspectiva de la escalinata en ambos sentidos. Desde la ermita superior, pequeña y austera pero bien conservada, las vistas abarcan todo el pueblo, los campos de cultivo del entorno, la sierra al fondo y, en días despejados, parte de la bahía de Pollença hacia el norte. El ejercicio de bajada, con el paisaje cambiante a cada tramo y con los cipreses enmarcando la perspectiva, es quizás incluso más agradable que la subida.

El resto del casco histórico merece también un paseo tranquilo. La Plaça Major, presidida por la iglesia parroquial y rodeada de terrazas tradicionales, concentra buena parte de la vida cotidiana del pueblo (el domingo por la mañana, aquí se instala uno de los mercadillos artesanales más famosos del norte insular, aunque hoy al ser lunes no había ambiente específico de mercado). Los edificios nobiliarios dispersos por el centro, varios de ellos de los siglos XVI y XVII, añaden al conjunto una capa monumental relevante, y el Claustre de Sant Domingo, en un extremo del casco, alberga durante el verano el Festival de Pollença, uno de los referentes musicales clásicos de las Baleares.

Paseamos sin rumbo fijo durante casi dos horas, entrando en algunas iglesias menores (especialmente la iglesia de Sant Jordi, con elementos góticos), parando en un par de cafeterías tradicionales para tomar algo y absorbiendo el ambiente pausado de un pueblo histórico bien cuidado. Pollença tiene esa atmósfera equilibrada entre patrimonio monumental y vida cotidiana normal que convierte la visita en una experiencia cultural sin el peso excesivo de los circuitos turísticos industriales.

Regreso a Alcúdia

Volvimos al hotel a última hora de la tarde, apenas veinte minutos de coche desde Pollença a Alcúdia. Llegamos con tiempo suficiente para un rato largo en el paseo marítimo del puerto antes de la cena, aprovechando que la tarde estaba especialmente agradable de temperatura y que el ambiente nocturno se iba instalando progresivamente en toda la zona. La cena fue ligera, el paseo nocturno algo más largo de lo habitual y subimos a la habitación ya con la penúltima noche del viaje encima.

Al día siguiente tocaba el último día, con Artà, las Cuevas del Drach y el Santuario de Sant Salvador sobre Felanitx como puntos principales antes del vuelo de vuelta a Bilbao. Una jornada larga, con varios destinos encadenados, pero distribuida de manera que podíamos cubrir el este insular y rematar con la panorámica más alta del sureste antes de llegar al aeropuerto al atardecer.

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Día 8 en Mallorca: Artà, Cuevas del Drach, Sant Salvador y vuelo de regreso a Bilbao

El último día del viaje coincide con un vuelo de tarde hacia Bilbao, lo que nos permite convertir la jornada en una ruta lineal desde Alcúdia al aeropuerto de Palma pasando por varios puntos de interés del levante y el sureste insular. Artà con su santuario medieval, las Cuevas del Drach en Porto Cristo con su famoso concierto sobre el lago subterráneo, y el Santuari de Sant Salvador sobre Felanitx con su panorámica sobre el sur de Mallorca componen un recorrido de despedida que permite cubrir tres puntos singulares de la isla mientras nos vamos acercando progresivamente al vuelo de vuelta.

Check-out y salida hacia Artà

El check-out en el hotel se hizo temprano, con el equipaje ya hecho la noche anterior para no tener que correr por la mañana. Dejamos las maletas en el maletero del coche de alquiler y pusimos rumbo sureste por la Ma-12 hacia Artà, la primera parada del día. El trayecto, de unos treinta kilómetros, se hace en poco más de media hora por carreteras secundarias que atraviesan el interior agrícola del levante insular, con paisajes muy distintos a los de la Tramuntana que habíamos recorrido los días anteriores: campos más abiertos, pueblos blancos dispersos, molinos de viento y una luz mediterránea especialmente clara en las primeras horas del día.

Artà es una de las comarcas más interesantes del levante mallorquín por su combinación de patrimonio natural y cultural. El municipio alberga la Reserva Natural Ses Païsses (un importante yacimiento talayótico) y, sobre todo, el impresionante santuario fortificado que corona la colina sobre el pueblo y que es el punto de referencia visual de toda la comarca desde kilómetros a la redonda.

Artà y el santuario de Sant Salvador

Aparcamos a los pies del casco histórico de Artà y subimos andando por las calles empedradas hacia el centro del pueblo. Artà conserva un ambiente particularmente auténtico dentro del panorama turístico mallorquín: menos turistas que en los pueblos de la Tramuntana, clientela más local en las cafeterías del centro, comercios tradicionales que resisten la homogeneización de los grandes destinos y una arquitectura rural bien mantenida con casas de piedra y tejados de teja.

El hito indiscutible de la villa es el Santuari de Sant Salvador, que se alza sobre la colina inmediatamente sobre el casco urbano y que se accede por una escalinata flanqueada por cipreses, muy al estilo del Calvari de Pollença que habíamos subido ayer pero en formato algo más breve. El santuario, construido en el siglo XIV sobre una primitiva fortificación islámica, está rodeado por una muralla defensiva con torres que le da un aspecto de fortaleza religiosa muy característico. El conjunto combina la función espiritual clásica de los santuarios mallorquines con la función defensiva de reducto frente a los ataques piratas que durante siglos asolaron el levante insular.

La subida se hace en un cuarto de hora a ritmo pausado, y desde el recinto fortificado se disfrutan panorámicas excepcionales sobre todo el levante mallorquín: los campos de cultivo extendiéndose hacia el interior, el mar apareciendo al fondo hacia el este, los pueblos dispersos del entorno y la silueta de Capdepera visible en la distancia con su propio castillo medieval. La iglesia interior, modesta en tamaño pero bien conservada, merece un momento de visita por su arquitectura gótica sobria y por los exvotos populares que se han ido acumulando durante siglos.

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Pueblo de Artà

Bajamos al pueblo a media mañana y dimos un paseo rápido por el casco histórico antes de emprender la siguiente parada. La Plaça Conqueridor, la iglesia parroquial de la Transfiguració del Senyor y algunas calles interiores con casas señoriales de los siglos XVII y XVIII completan una visita cultural breve pero representativa de la comarca. Un café rápido en una de las terrazas de la plaza y rumbo hacia Porto Cristo.

Cuevas del Drach y el lago Martel

Desde Artà pusimos rumbo al sur por la Ma-4040 hacia Porto Cristo, un trayecto de unos veinticinco kilómetros por carreteras secundarias que atraviesan más campos agrícolas del levante. Porto Cristo, antiguo puerto natural convertido en núcleo turístico modesto en la segunda mitad del siglo XX, está a apenas un kilómetro de las famosas Cuevas del Drach, una de las grandes atracciones turísticas naturales de Mallorca y quizá la más visitada del levante insular.

Las Cuevas del Drach son un sistema de cuevas calcáreas descubiertas oficialmente a finales del siglo XIX y exploradas de manera sistemática por el espeleólogo francés Édouard-Alfred Martel en 1896. La expedición de Martel cartografió por primera vez el conjunto, descubriendo en su interior uno de los mayores lagos subterráneos del mundo, que llevaría desde entonces su nombre. Las cuevas, de unos cuatro kilómetros de recorrido total, fueron acondicionadas para la visita turística regular a principios del siglo XX y desde entonces son uno de los destinos estrella del turismo balear.

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Cuevas del Drach

La visita, guiada en varios turnos diarios y con aforo limitado, sigue un recorrido de aproximadamente una hora por las distintas salas del conjunto, con iluminación artificial cuidadosamente diseñada para realzar las formaciones geológicas. Estalactitas, estalagmitas, columnas (formaciones que resultan de la unión de una estalactita con una estalagmita), banderas, pisos de cristal de calcita y otras estructuras cársticas típicas se suceden a lo largo del recorrido en una variedad que justifica por sí sola la entrada. Los guías explican con detalle técnico pero asequible los procesos geológicos que han formado las cuevas durante miles de años y los datos sobre la temperatura constante (en torno a los diecinueve grados todo el año), la humedad elevada y la ausencia de corrientes que caracterizan el interior.

El momento culminante de la visita es el lago Martel, una lámina de agua subterránea de casi ciento setenta metros de longitud por treinta de anchura en sus dimensiones máximas. Los visitantes se acomodan en gradas dispuestas alrededor del lago y asisten a un breve concierto de música clásica interpretado por un cuarteto de cuerda sobre una barca iluminada que navega lentamente por el agua. El repertorio, selección de piezas breves y accesibles (Brindisi de La Traviata, fragmentos de Händel, algún adagio romántico), dura unos quince minutos y combina la particular acústica del espacio subterráneo con la iluminación cambiante sobre el agua para crear una experiencia estéticamente memorable. Tras el concierto, los visitantes pueden optar por cruzar el lago en pequeñas barcas o rodearlo por los senderos habilitados hasta la salida.

El componente espectacular de la visita es innegable, aunque tiene algo de producto turístico consolidado con décadas de repetición. Para quien visita Mallorca por primera vez y nunca ha estado en una cueva comercial, las Drach son una experiencia satisfactoria. Para quien busque una experiencia espeleológica más auténtica y menos industrializada, quizá convendrían otras cuevas baleares (las d'Artà o las dels Hams están más cerca geográficamente y ofrecen propuestas menos saturadas), pero como visita clásica del turismo mallorquín cumple con su función.

Comida en Porto Cristo y traslado a Felanitx

Comimos en Porto Cristo, en una terraza del pequeño puerto natural que da nombre al pueblo. Un sitio modesto pero agradable, con pescado fresco del día, una ensalada mallorquina sencilla y un café rápido antes de continuar. El puerto, con el ambiente típico de los pueblos costeros del levante balear en temporada media, ofrecía estampas agradables con los barcos meciéndose en aguas tranquilas, las casas blancas escalonadas en la ladera y los pinos mediterráneos aferrados a las rocas que cierran el puerto por ambos lados.

Desde Porto Cristo pusimos rumbo al Santuari de Sant Salvador sobre Felanitx, a unos treinta kilómetros al suroeste por la Ma-4014. El trayecto, en pleno interior del sureste mallorquín, atraviesa zonas agrícolas cerealistas, campos de viña (la comarca de Felanitx tiene tradición vitivinícola notable) y pueblos blancos como Manacor, Sant Llorenç o Porreres, ninguno de los cuales abordamos por falta de tiempo pero que recuerdan que Mallorca tiene un interior agrícola de dimensiones considerables más allá de los circuitos turísticos principales.

Santuari de Sant Salvador sobre Felanitx

Felanitx es conocida por varias razones: por su tradición vinícola (la DO Pla i Llevant tiene aquí uno de sus núcleos productores principales), por ser el pueblo natal del pintor Miquel Barceló (cuya obra habíamos visto en la catedral de Palma hace cinco días) y, sobre todo, por su santuario mariano en lo alto del Puig de Sant Salvador, una montaña de algo más de quinientos metros de altitud que domina todo el paisaje del sureste insular. El acceso se hace en coche por una carretera asfaltada que sube serpenteando desde Felanitx en unos cuatro kilómetros, con paradas habilitadas en algunos miradores intermedios.

Paisaje, localidad o monumento de MallorcaPaisaje, localidad o monumento de Mallorca
Subida al Santuari de Sant Salvador

El Santuari de Sant Salvador, construido en el siglo XIV y reformado varias veces a lo largo de los siglos, ocupa una meseta rocosa en la cumbre del puig con vistas panorámicas de trescientos sesenta grados. El conjunto combina la iglesia principal (de arquitectura sobria, con un retablo mayor barroco de factura notable), varios edificios anexos que funcionaron como hospedería para peregrinos y, como elemento visual inconfundible, una gran estatua monumental de Cristo Rey de más de treinta metros de altura construida en 1934 sobre una columna cilíndrica, y una gran cruz de piedra que se alza en otro extremo del recinto.

Las vistas desde la explanada del santuario son probablemente las más amplias que pueden conseguirse en el sureste mallorquín. De un solo vistazo se abarca prácticamente toda la mitad sur de la isla: las colinas del interior extendiéndose hacia el oeste, los pueblos dispersos de la comarca de Felanitx y Porreres, los campos agrícolas extendiéndose en todas direcciones y, al fondo, el mar apareciendo tanto al norte como al sur por las depresiones del terreno. En días especialmente claros, la isla de Cabrera se distingue como silueta aislada en el horizonte meridional.

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Vistas desde el Santuari de Sant Salvador

Pasamos aquí un buen rato, aprovechando que el flujo de visitantes a esa hora de la tarde era contenido y que el ambiente permitía disfrutar del entorno con calma. El propio recinto del santuario, con sus jardines discretos, sus patios interiores y su atmósfera de remanso tras una jornada larga, funcionó como momento de transición ideal entre la última visita cultural del viaje y el inminente vuelo de vuelta. Una visión panorámica final que cerraba con elegancia la semana mallorquina.

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Conjunto del santuario y Crist Rei

Al aeropuerto y vuelo de regreso a Bilbao

Desde Sant Salvador emprendimos el último tramo del día hacia el aeropuerto de Palma, a algo más de cincuenta kilómetros por la Ma-5110 y la autopista Ma-19. El trayecto, de unos cincuenta minutos, se hizo con la luz del atardecer sobre los campos del interior mallorquín, con un final de jornada especialmente estético. Devolvimos el coche en la oficina del aeropuerto (proceso sencillo y sin sorpresas, como en los viajes anteriores) y completamos el trámite de facturación del vuelo a Bilbao.

El tiempo de espera se aprovechó para los rituales habituales: algún regalo de última hora en la zona comercial (un frasco de sobrasada de Mallorca, una botella de hierbas dulces, unas ensaimadas empaquetadas para los padres), un bocadillo rápido que sustituyó al almuerzo propiamente dicho y ese café final que suele tener un sabor especialmente agradable en los aeropuertos de regreso.

El vuelo de vuelta a Bilbao se desarrolló sin incidencias, con el característico contraste visual al aproximarnos a la costa cantábrica: del azul intenso del Mediterráneo a los verdes profundos del norte peninsular. El aterrizaje en Loiu, puntual y sin sobresaltos, cerró oficialmente el viaje, aunque las imágenes mentales de la Tramuntana, de Sa Calobra, del tren de Sóller o del Cabo de Formentor todavía iban a tardar varios días en dejar de aparecer cada vez que cerrábamos los ojos.

La vuelta al piso, la maleta por deshacer, la nevera vacía por rellenar, el correo acumulado, la rutina que retoma sus derechos sobre los horarios vacacionales. Ocho días en Mallorca han dado para mucho, y la digestión mental del viaje va a requerir todavía varias jornadas más. Queda pendiente el último artículo de esta serie, el de conclusiones, para ordenar las ideas principales y hacer balance general sobre la primera experiencia balear tras cuatro años de islas atlánticas. Pero eso ya será mañana.

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Mallorca en balance: reflexiones sobre el primer viaje al archipiélago balear

Junio 2009

Ocho días en Mallorca son claramente insuficientes para agotar sus posibilidades, pero bastan para construir una imagen razonablemente completa del carácter de la isla y para establecer un primer contraste sólido entre el modelo insular balear y el canario que llevábamos cuatro años explorando. Después de recorrer la isla con coche de alquiler y base fija en Alcúdia, el balance se hace con esa mezcla habitual de satisfacción amplia y pequeña deuda pendiente que suelen dejar los destinos con personalidad propia. Mallorca no se agota en ocho días, pero tampoco se resiste a ellos, y queda la certeza de haber conocido los hitos principales de manera suficiente como para poder hablar de ella con criterio.

Mediterráneo contra Atlántico: un primer contraste

Uno de los grandes alicientes de este viaje era comprobar las diferencias prácticas entre el modelo insular balear y el canario, sobre el que ya teníamos cuatro años de experiencia acumulada. La comparación, después de la semana mallorquina, arroja algunas conclusiones claras. La primera y más evidente: Mallorca es más verde, más agrícola, más densamente poblada y más culturalmente estratificada que cualquiera de las tres islas canarias visitadas hasta ahora. La herencia de dos mil años de historia mediterránea (romana, islámica, catalana medieval, colonial) se acumula en capas visibles que dan al territorio una profundidad cultural que las Canarias, con su población prehispánica aniquilada por la conquista castellana y con su desarrollo histórico más tardío, no pueden ofrecer con la misma densidad.

La segunda diferencia, menos esperada pero igualmente clara: el modelo turístico balear es más maduro, más sofisticado en determinados segmentos (la oferta gastronómica de Palma o de la Tramuntana compite con cualquier zona mediterránea peninsular) y también más saturado en las zonas costeras populares. La Mallorca turística clásica (Magaluf, Playa de Palma, las calas masificadas del este) no la vivimos directamente gracias a la elección estratégica de Alcúdia como base, pero se intuye su peso en el modelo insular. Las Canarias, con un desarrollo turístico también intenso pero quizá más compartimentado por archipiélago, ofrecen experiencias turísticas algo más contenidas en las zonas no principales.

La tercera diferencia es meteorológica y estética. El Mediterráneo y el Atlántico pintan los paisajes con paletas cromáticas distintas. El azul mediterráneo de Mallorca es más luminoso, más uniforme, más asociado al turquesa de las calas; el azul atlántico de Canarias es más profundo, más variable, más dramático en los acantilados. La vegetación mediterránea es más abundante pero más uniforme; la canaria, más diversa pero más austera. Una no es mejor que la otra. Son dos modelos insulares españoles complementarios, con virtudes y características propias, y el turista que quiera conocer a fondo España insular probablemente debería visitar ambos archipiélagos antes de sacar conclusiones.

La fórmula paquete más coche de alquiler, confirmada otra vez

Quinta experiencia con la combinación de paquete vacacional con media pensión más alquiler de coche para toda la semana, y quinta vez que los resultados son satisfactorios. La fórmula, que probamos inicialmente en Fuerteventura en 2003 y que hemos replicado en Gran Canaria en 2005, en Lanzarote en 2007 y en Tenerife en 2008, funciona igualmente bien en el contexto balear. El paquete ajusta el precio de vuelos, traslados y alojamiento a un nivel difícil de igualar contratando por separado; la media pensión ahorra la planificación diaria de las cenas y permite dedicar el presupuesto complementario a comidas fuera o a entradas culturales; el coche de alquiler abre el territorio a la exploración autónoma.

El hotel en Port d'Alcúdia cumplió con lo esperado del cuatro estrellas vacacional balear: base funcional, desayuno correcto, cenas resueltas, piscinas suficientes, ubicación estratégica cercana a la playa. Alcúdia, como base estratégica, resultó ser una elección acertada: permite acceder en tiempos razonables tanto a la Tramuntana como al levante, está lejos de las zonas turísticas más saturadas del sur y combina costa con casco histórico amurallado de enorme interés. Para quien busque base en el norte insular, probablemente es la mejor opción.

El coche fue, como siempre, el gran aliado. Con la diferencia respecto a las islas canarias de que Mallorca exige tramos de conducción más exigentes, sobre todo en la Tramuntana, con carreteras de montaña sinuosas que obligan a ir despacio y con concentración. Sa Calobra y la carretera del Cap de Formentor, ambas obras del ingeniero Antonio Parietti de los años treinta, son probablemente las dos carreteras más técnicas que hemos conducido en cualquier isla española hasta ahora. A cambio, son también de las más paisajísticamente memorables.

Momentos destacados de la semana

Si tuviéramos que quedarnos con los cinco momentos más memorables del viaje, la selección resulta especialmente difícil por la densidad de experiencias acumuladas. En primer lugar, la bajada a Sa Calobra por la carretera del Nus de sa Corbata y el posterior descubrimiento del Torrent de Pareis desembocando en el mar entre paredes verticales, probablemente el momento paisajístico cumbre de la semana. En segundo lugar, la experiencia del tren histórico de Sóller con su prolongación en el tranvía al puerto, una de las experiencias ferroviarias más peculiares del turismo español y un ejercicio de nostalgia industrial bien ejecutado. En tercer lugar, la Catedral de La Seu con las intervenciones de Gaudí y de Miquel Barceló, uno de los diálogos entre arquitectura medieval y arte contemporáneo más logrados que hemos visto hasta ahora. En cuarto lugar, el Mirador des Colomer con la silueta del islote contra el Mediterráneo, una de esas panorámicas que siempre aparecen en las guías y que en persona sigue impresionando. Y en quinto lugar, el recorrido por Valldemossa, Deià y Fornalutx como conjunto, con los tres pueblos de la Tramuntana funcionando como muestra representativa de la arquitectura tradicional mallorquina mejor conservada.

Momentos menos espectaculares pero igualmente valiosos han sido el paseo por el casco amurallado de Alcúdia, la Cartuja de Valldemossa con el recital breve de Chopin, la comida en Santa Catalina en Palma, el baño al pie del Torrent de Pareis, las vistas desde el Calvari de Pollença y el atardecer desde el Santuari de Sant Salvador sobre Felanitx. Cada uno de estos momentos, sin ser iconos monumentales, forma parte esencial del tejido del viaje y contribuye a construir una memoria rica del destino.

Lo que queda pendiente

Pese a haber cubierto los grandes iconos de la isla con amplitud razonable, queda la sensación muy clara de que Mallorca tiene todavía mucho más para ofrecer. Toda la costa este con sus calas vírgenes (Mondragó, S'Amarador, las calas de Santanyí) se quedó fuera por la elección de priorizar otros destinos. El sur agrícola y las playas naturales de Es Trenc o Es Caragol, referentes del naturismo balear, tampoco entraron en el itinerario. La isla de Cabrera, accesible en ferry desde Colònia de Sant Jordi y declarada Parque Nacional Marítimo-Terrestre, es una visita aparte que merece al menos una jornada completa. El interior agrícola con pueblos como Sineu (famoso por su mercado miércoles), Petra (cuna del misionero Junípero Serra, fundador de California), Algaida o Montuïri tiene un carácter propio que no pudimos explorar. Y todo Menorca y Eivissa, las otras dos islas del archipiélago balear, son destinos completamente distintos que suponen viajes por derecho propio.

Mallorca tiene material para otras dos o tres visitas completas sin dificultad. La combinación de patrimonio histórico estratificado, variedad paisajística, oferta gastronómica notable y escala manejable la convierte en un destino que se presta a distintas aproximaciones según los intereses específicos: viajes de Tramuntana con senderismo, viajes de calas con baño y fotografía, viajes de interior con patrimonio y vinos, viajes de ciclismo en temporada alta (la isla es uno de los destinos principales del ciclismo europeo), viajes culinarios de gastrobares. Se presta a muchas versiones de sí misma.

Guías y artículos

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