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El pilón de piedra de una fuente en primer plano, con el agua rebosando por el borde, y detrás, desenfocado, un paseo arbolado con gente caminando en un día soleado de invierno.

Diarios de viaje · España · Baleares

Escala programada en Palma

Hay una forma de volar de Bilbao a Barcelona que no es la más directa pero que a veces es la más interesante: con escala en Palma de Mallorca y ocho horas de margen entre un vuelo y otro. Cuando Air Europa ofrece esa combinación a un precio inferior al del vuelo directo, la decisión no requiere demasiada deliberación.

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El 18 de enero de 2020, de camino a Israel, el aeropuerto de Son Sant Joan se convirtió en punto de partida de una mañana inesperada en una ciudad que ya conocía pero que no había visto nunca en invierno.

La escala como excusa: el arte de aprovechar el tiempo muerto

Las escalas largas suelen vivirse como un inconveniente: horas de espera en una terminal, cafés caros, asientos incómodos y la mirada fija en el panel de salidas. Pero una escala de ocho horas en un aeropuerto bien conectado con el centro es también, si uno quiere verlo así, una visita exprés a una ciudad que de otro modo no habría estado en el programa.

Palma tiene esa ventaja: el aeropuerto está a unos ocho kilómetros del centro y el autobús de línea cubre el trayecto en menos de media hora por un precio que no requiere cambio. Sin maleta que facturar, con solo el equipaje de mano y el tiempo medido pero suficiente, el plan era sencillo: llegar al centro, recorrer el casco histórico, comer, y regresar al aeropuerto con margen de sobra para el vuelo de tarde a Barcelona.

Palma en enero: la misma ciudad, otro estado de ánimo

Había estado en Palma diez años antes, en verano, y el recuerdo que guardaba era el de una ciudad en plena efervescencia: terrazas llenas, el Passeig des Born con gente a cualquier hora, los restaurantes del centro con lista de espera, el frente marítimo convertido en un paseo continuo de turistas y locales bajo el sol de agosto. Palma en verano es una ciudad que no para.

Palma en enero es otra ciudad completamente distinta, y el contraste sorprende incluso cuando uno va avisado de que las ciudades turísticas mediterráneas cambian radicalmente fuera de temporada. Hacía frío —no el frío extremo del norte, pero sí el frío húmedo y con viento que el Mediterráneo en enero tiene— y la actividad en las calles era mínima. El Passeig Sagrera, el paseo junto al mar con sus palmeras y sus vistas a la bahía, tenía ese aspecto un poco inhóspito que los paseos marítimos adquieren cuando no hay nadie que los llene: las palmeras azotadas por el viento, los bancos vacíos, la explanada de adoquines sin el tráfico de paseantes que en verano la convierte en un espacio vivo.

No era exactamente decadencia, pero sí algo parecido a una ciudad en pausa. Los comercios abrían, los locales de siempre seguían en pie, pero sin la presión del turismo masivo todo tenía una escala más humana y, en cierta forma, más auténtica. Una Palma que existe para sí misma antes que para sus visitantes.

El barrio antiguo: Sant Francesc, los Banys Àrabs y la Plaça de Cort

El autobús dejó en el centro a las diez y media de la mañana, y el recorrido empezó por el barrio más antiguo de la ciudad, el laberinto de calles estrechas al noreste de la catedral donde se concentran algunos de los monumentos más discretos y más interesantes de Palma.

La Basílica de Sant Francesc es uno de los edificios góticos más importantes de la ciudad. Su fachada de piedra arenisca ocre, con la gran rosa gótica sobre la portada barroca del siglo XVII, abre a una plaza tranquila que en esa mañana de enero estaba prácticamente desierta. La iglesia fue fundada por los franciscanos en el siglo XIII, poco después de la conquista cristiana de la isla, y en su interior está enterrado Ramon Llull, el filósofo y teólogo mallorquín del siglo XIII que escribió en catalán, árabe y latín y que es considerado uno de los primeros escritores en lengua vernácula de la península ibérica.

Cerca, los Banys Àrabs —los Baños Árabes— son los restos mejor conservados de la Palma islámica anterior a la conquista de Jaime I de Aragón en 1229. Construidos probablemente en el siglo XI durante el período de dominio almohade, son uno de los poquísimos vestigios arquitectónicos de aquella época que sobreviven en la ciudad: una sala de planta circular con una pequeña cúpula perforada por óculos para la entrada de luz, apoyada en columnas de capiteles de distintas procedencias, probablemente reutilizadas de edificios romanos anteriores. Verlos en enero, en silencio y prácticamente solos, tiene una intimidad que en verano sería imposible.

Desde el barrio de Sant Francesc, el paseo bajó hacia el centro neurálgico del casco antiguo. La Plaça de Cort es la plaza del Ayuntamiento, presidida por un olivo milenario de tronco retorcido que lleva en ese mismo lugar desde tiempo inmemorial y que es uno de los símbolos más queridos de la ciudad. El edificio del Ayuntamiento, con su balcón barroco volado y su reloj de madera, tiene la escala justa de una institución municipal que no necesita intimidar. Desde la Plaça de Cort se despliegan en todas direcciones las callejuelas del casco antiguo, y es uno de esos puntos donde uno puede detenerse a orientarse antes de seguir.

Sa Llotja, el Consolat de Mar y el frente marítimo

El descenso hacia el mar llevó al entorno del frente marítimo, donde se concentran dos de los edificios civiles más importantes del gótico mallorquín.

Sa Llotja es la lonja de los mercaderes de Palma: el equivalente funcional a la Lonja de la Seda de Valencia, un edificio diseñado para acoger las transacciones comerciales de los grandes mercaderes medievales cuando Palma era uno de los puertos más importantes del Mediterráneo occidental. Construida entre 1420 y 1452 por el arquitecto Guillem Sagrera, es considerada la obra cumbre del gótico civil mallorquín: sus cuatro torres cilíndricas en las esquinas, las ventanas ojivales con tracería flamígera y las columnas helicoidales que sostienen las bóvedas del interior le dan un carácter que mezcla la solidez de la arquitectura civil con la ligereza decorativa del gótico tardío. Hoy funciona como sala de exposiciones de acceso libre, y en enero estaba abierta y prácticamente vacía, lo que permitió recorrer su interior con la atención que merece.

Junto a Sa Llotja, el Consolat de Mar es el edificio renacentista del siglo XVII que fue sede del tribunal de comercio marítimo de Mallorca, hoy Presidencia del Govern Balear. Su galería porticada con arcos de medio punto asomada al Passeig Sagrera forma uno de los conjuntos más fotogénicos del frente marítimo.

El Passeig Sagrera en sí, el paseo que discurre entre estos edificios y el mar, estaba desierto en esa mañana de enero. En verano es un espacio lleno de vida; en enero, con el viento de la bahía y los bancos vacíos, tenía esa melancolía de los espacios diseñados para la multitud cuando la multitud no está.

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Sa Llotja, la lonja gótica de los mercaderes de Palma

La Catedral La Seu y el Palau de l'Almudaina

El epicentro del recorrido fue, inevitablemente, la Catedral de Palma —La Seu—, y las fotos de esa mañana lo confirman: casi una hora de registros en su entorno inmediato, bordeando el edificio desde distintos ángulos y bajando al Parc de la Mar para verla reflejada en el estanque desde el nivel del agua.

La Seu tiene una particularidad que la distingue de la mayoría de las catedrales góticas europeas: está construida sobre un promontorio junto al mar, con la fachada principal orientada al sur —hacia la bahía— en lugar de al oeste como dicta la tradición litúrgica. Esa orientación hace que la catedral sea visible desde el mar antes que desde la ciudad, y que su silueta forme parte del horizonte de la bahía de manera que pocas catedrales consiguen con su entorno. La construcción empezó en 1229, el mismo año de la conquista de Jaime I, sobre el solar de la mezquita mayor de la Madina Mayurqa. En el siglo XX, Antoni Gaudí fue encargado de una reforma del interior entre 1904 y 1914, añadiendo el baldaquino sobre el altar mayor. Más recientemente, el pintor mallorquín Miquel Barceló realizó una intervención cerámica de gran formato en la Capella del Santíssim que ha generado tanto admiración como debate: un revestimiento de terracota policromada que representa el milagro de los panes y los peces con una libertad expresiva que contrasta radicalmente con el gótico circundante.

Flanqueando la catedral por el oeste, el Palau de l'Almudaina es el antiguo alcázar real de Palma y una de las residencias oficiales de la Casa Real española. Su origen es árabe —el nombre viene del árabe al-mudawwana, la ciudadela— y fue durante los siglos X y XI el palacio de los gobernadores islámicos de la isla. Tras la conquista cristiana, Jaime II de Mallorca lo transformó en palacio gótico a finales del siglo XIII. La mezcla de elementos árabes originales con la reforma gótica posterior le da un carácter mestizo que es, en muchos sentidos, el símbolo más preciso de lo que Palma es históricamente: una ciudad construida sobre capas de culturas distintas que se superponen sin borrarse del todo. El conjunto formado por la catedral y el Palau visto desde el Parc de la Mar es probablemente la imagen más representativa de Palma.

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La Catedral de Palma desde el Parc de la Mar

El Passeig des Born, la Plaça Major y el Mercat de l'Olivar

El tramo final del recorrido subió desde la catedral hacia el interior del casco, por el eje que conecta los monumentos del frente marítimo con el centro de vida de la ciudad.

El Passeig des Born es el bulevar central de Palma, un paseo arbolado de unos trescientos metros que conecta la zona de Sa Llotja con la Plaça de la Reina. En verano es el paseo más concurrido de la ciudad; en enero tenía la calidad de espacio solemne y tranquilo que los bulevares adquieren cuando los árboles están pelados y no hay gente que llene el espacio. A ambos lados se alinean los edificios más representativos de la Palma burguesa del siglo XIX: el Casal Solleric, hoy centro de arte contemporáneo, y los cafés y restaurantes que en temporada alta tienen lista de espera y en enero tienen mesa libre y silencio.

La Plaça Major es la plaza central del casco histórico, un espacio rectangular porticado con arcadas en todo su perímetro. Fue construida en el siglo XIX sobre el solar de un antiguo convento e sede de la Inquisición, y hoy sus soportales albergan una mezcla de terrazas de café y tiendas de artesanía. En enero, sin el mobiliario de verano, toda su geometría quedaba visible y la plaza mostraba su escala real sin el relleno de mesas y sombrillas.

El cierre del recorrido fue el Mercat de l'Olivar, el mercado cubierto más grande de Palma, situado entre la Plaça de Espanya y la Plaça Major. Inaugurado en 1951, tiene la estructura de hierro y vidrio propia de los mercados cubiertos de la primera mitad del siglo XX, y es el lugar donde los palmerinos hacen la compra de verdad: pescado fresco del Mediterráneo, verduras de la huerta mallorquina, embutidos de la isla —la sobrasada, el bisbe—, ensaimadas recién horneadas. En enero, un sábado de mañana, el mercado estaba en plena actividad local, sin turistas que distorsionaran la escena. Es el tipo de lugar donde una ciudad se muestra tal como es cuando no está de cara al público.

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El Palau March, junto a la catedral

La comida y el regreso

Uno de los placeres menos mencionados de viajar a destinos turísticos en temporada baja es la facilidad para encontrar sitio en cualquier restaurante. En agosto, comer en Palma sin reserva previa en un local decente implica búsqueda y espera. En enero, fue posible sentarse en pleno casco histórico, con espacio de sobra alrededor, sin ruido de fondo y sin prisa. La comida fue el punto de inflexión del día: el momento en que el recorrido de la mañana se asienta y el reloj empieza a contar hacia el regreso al aeropuerto.

La Palma de verano y la de enero son versiones casi opuestas de un mismo lugar: ninguna más auténtica que la otra, simplemente distintas. El verano tiene la energía y la masificación; el invierno tiene la tranquilidad y ese leve aire de ciudad que se deja conocer mejor cuando no está en modo espectáculo. Para quien quiera ver los monumentos sin colas, caminar sin empujones y sentarse a comer sin esperar, enero tiene argumentos sólidos.

El autobús al aeropuerto salió con tiempo más que suficiente. El vuelo a Barcelona despegó sin contratiempos. E Israel esperaba al otro lado.

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