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Jerusalén al atardecer desde el monte de los Olivos, con la Cúpula de la Roca dorada en el centro de la explanada, la muralla de piedra recorriendo la ladera y la ciudad vieja extendiéndose detrás.

Diarios de viaje · Israel · Jerusalén · Tel Aviv · Norte de Israel · Mar Muerto

Israel, donde cada piedra cuenta mil historias

Después de meses de planificación, por fin estoy embarcándome en este viaje a Israel que tanto tiempo llevaba esperando. Un país pequeño en extensión pero inmenso en historia, donde cada piedra cuenta mil relatos y donde las tradiciones milenarias conviven con la modernidad más palpitante.

6 días Lectura de 54 minutos

Preparativos del viaje a Israel

Cómo organicé mi aventura en Israel por menos de 300€

Todo empezó con un vuelo de 92 euros.

Llevaba meses rastreando ofertas desde distintos aeropuertos españoles cuando apareció esa tarifa de Vueling: Barcelona-Tel Aviv ida y vuelta, 92€, salida el 19 de enero y regreso el 27. Una semana justa. No era el tiempo que habría querido para recorrer un país con tres mil años de historia en cada esquina, pero a ese precio era imposible pasar la página.

El siguiente problema era llegar a Barcelona. Curiosamente, los vuelos directos desde Bilbao en esas fechas estaban por las nubes, algo raro para ser enero y temporada baja. La solución que encontré fue un vuelo de 24 euros con escala en Palma de Mallorca, pero no una escala de una hora: ocho horas de espera. Otro viajero lo habría descartado inmediatamente. Yo lo apunté en la columna de "oportunidades": hacía años que no iba a Palma en invierno, y una ciudad mediterránea vacía de turistas tiene su propio encanto.

Para el regreso desde Barcelona elegí el tren. Un billete Madrid-Bilbao en AVE con salida a las 15:30 del mismo día de llegada desde Tel Aviv, menos de 20 euros. Llegaría a Bilbao sobre las 22:00, cerrando el círculo. Con los 6 euros del autobús al centro de Palma, el presupuesto total en transporte quedaba en 142 euros. Más de 7.000 kilómetros, ida y vuelta, por eso.

El alojamiento: el gran obstáculo de Israel

Israel es un país caro. No un poco caro: significativamente caro, especialmente en alojamiento. Hay ciudades donde encontrar algo razonable exige paciencia y mucha búsqueda. Después de analizar opciones y zonas, decidí dividir la estancia entre Tel Aviv (dos noches) y Jerusalén (cinco noches), usando ambas como bases.

Para Tel Aviv encontré una habitación en Airbnb a 15 euros la noche: una habitación en casa de una residente local, baño compartido, sin cocina. Básico, pero bien situado y honesto a ese precio.

Para Jerusalén reservé en el Jeru Caps Hostel: cinco noches por 103 euros en total. El concepto de alojamiento en cápsula, al estilo japonés, puede resultar claustrofóbico sobre el papel, pero para un viajero solo que llega tarde y sale temprano funciona perfectamente.

La SIM card: conectividad desde el primer minuto

Tenía claro que necesitaría datos móviles desde el momento en que pisara Ben Gurion, el aeropuerto de Tel Aviv. No para publicar en redes, sino para usar el transporte público sin perderse: Israel tiene varios sistemas de buses y trenes que sin Google Maps se complican bastante.

La opción más práctica fue reservar por internet una SIM de la compañía 019 Mobile, que podía recoger directamente en el aeropuerto. El paquete costaba 29 dólares e incluía 10 GB de datos, llamadas ilimitadas en Israel durante diez días y cobertura a fijos en 40 países. Reservando con antelación salía más barato que comprarla allí mismo.

El itinerario: una semana en un país que exigiría tres

Con los transportes y alojamientos resueltos, tocaba planificar el recorrido. Una semana en Israel es poco, pero el país es pequeño: de norte a sur apenas 470 kilómetros, y el tren y los buses llegan a casi todas partes.

El plan quedó así: llegar de madrugada a Tel Aviv y aprovechar ese mismo día para subir al norte y visitar Acre y Haifa (guardando el equipaje en consigna en la estación). Luego dos días en Tel Aviv y sus alrededores, incluida Jaffa. Después cinco días con base en Jerusalén para explorar la Ciudad Vieja, el Monte de los Olivos, Belén, y si el tiempo lo permitía, Masada y el Mar Muerto.

Era un programa ambicioso para siete días, sin margen para imprevistos climáticos ni para el ritmo del Shabbat, que en Israel cierra prácticamente todo desde el atardecer del viernes hasta la noche del sábado. Pero a veces las limitaciones de tiempo son las que obligan a exprimirlo de verdad.

El presupuesto fijo —vuelos, tren, alojamiento, SIM— quedó en algo menos de 300 euros. Lo demás dependería del terreno.

Calle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel

Día 1. Comienzo del viaje: desde Barcelona a Tel Aviv

El sábado llegué a Barcelona en el vuelo de Bilbao y me fui directo a casa de unos amigos con quienes llevaba meses sin coincidir. Dejé la mochila, abrí una cerveza y pasé la tarde al ritmo que tiene Barcelona cuando la conoces a través de quien vive allí: sin plan fijo, sin monumentos, con un paseo por el barrio y una cena larga.

Un domingo lento antes de la partida nocturna

El domingo 19 de enero fue uno de esos días que se guardan bien. Desayuno tardío en una cafetería del barrio, con tiempo para hablar sin prisa. Por la tarde bajamos al litoral. El sol de enero en Barcelona tiene una calidad especial, bajo y dorado, que no calienta mucho pero que ilumina de forma limpia. El Mediterráneo en invierno estaba tranquilo. Les conté mis planes para el viaje y ellos me dieron los consejos de siempre: que probara el hummus, que tuviera paciencia con los controles de seguridad al volver.

Cenamos temprano en casa para que pudiera llegar al aeropuerto con margen. Antes de las diez ya estaba en el metro rumbo a El Prat.

El Prat a medianoche: el vuelo a Israel

El aeropuerto de Barcelona tiene por la noche una actividad que no tiene de día: vuelos largos, destinos que desde España suenan lejanos, gente que viaja con una lógica distinta a la del turismo de fin de semana. El vuelo VY7844 de Vueling despegaba a las 23:05 con destino a Tel Aviv.

En la sala de embarque observé el grupo que formaría mi compañía las próximas cuatro horas: una mezcla de turistas con guías de viaje marcadas a bolígrafo, judíos askenazís con el kippá calado, un grupo de peregrinos con camisetas del mismo color y varios viajeros solitarios mirando el móvil sin ganas de hablar con nadie. El vuelo a Israel reúne siempre una combinación de motivaciones difícil de encontrar en cualquier otro destino.

Embarcamos con puntualidad. Ya en el avión, con el Mediterráneo negro bajo las alas, intenté dormir un poco. Sabía que al aterrizar serían las cuatro de la mañana, hora local, y que el plan era no perder ni ese tiempo: ir directo al norte del país sin pasar por Tel Aviv más que para dejar la mochila en una consigna.

Ben Gurion a las cuatro de la mañana

El aeropuerto Ben Gurion lleva el nombre del primer primer ministro de Israel, David Ben-Gurion, quien lideró el país desde la proclamación de independencia en 1948 hasta 1963. Es el mayor aeropuerto del país y el principal punto de entrada para los millones de visitantes que llegan cada año, sean turistas, peregrinos o viajeros de negocios.

La seguridad israelí tiene fama internacional de ser la más rigurosa del mundo. No es exagerada esa fama: múltiples rondas de preguntas, equipaje escaneado varias veces, agentes que evalúan las respuestas tanto como las palabras. Antes de embarcar en Barcelona ya hubo preguntas específicas sobre el motivo del viaje, quién me había dado el billete, dónde me alojaba noche a noche.

Al llegar a Ben Gurion me sorprendió que el proceso de entrada fuera relativamente ágil. Preguntas sobre el motivo de la visita, la duración, si conocía a alguien en el país. Antes de las cinco ya estaba en la zona de llegadas con el sello en el pasaporte —aunque Israel también ofrece la opción de no sellarlo, pensando en viajeros que luego necesiten entrar a países árabes que no reconocen Israel.

Mi primera parada fue el mostrador de 019 Mobile en la terminal de llegadas, donde recogí la SIM que había reservado por internet. Veintinueve dólares a cambio de diez días de datos, llamadas y la tranquilidad de tener mapas funcionando desde el primer momento.

Después fui a la estación de tren del propio aeropuerto —Ben Gurion tiene conexión directa con la red ferroviaria nacional— y allí compré la tarjeta Rav Kav. Esta tarjeta funciona como monedero electrónico para todo el transporte público de Israel: trenes, buses urbanos e interurbanos. La tarjeta en sí costaba 5 NIS, algo más de un euro, y la cargué con un bono diario para la zona norte por 40 NIS, unos diez euros y medio. Con ese bono podría hacer todos los desplazamientos del día sin límite: desde el aeropuerto hasta Acre, de Acre a Haifa y de Haifa de vuelta a Tel Aviv.

Eran las cinco de la mañana. El primer tren de la mañana hacia el norte salía en unos minutos. Cogí la mochila y bajé al andén.

Calle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel

Día 2. Descubriendo Acre, Haifa y llegada a Tel Aviv

El tren del aeropuerto hacia el norte salía casi vacío a las cinco de la mañana del lunes 20 de enero. Fuera, la oscuridad de la llanura costera. Dentro, el zumbido del vagón y yo mirando el mapa intentando mantenerme despierto. Había dormido poco más de dos horas entre el vuelo y los trámites del aeropuerto, pero no tenía sentido desperdiciar un día entero esperando en Tel Aviv.

La estrategia era sencilla: aprovechar el bono diario de la Rav Kav para la zona norte, dejar la mochila en una consigna de la estación de Tel Aviv-HaShalom durante el trayecto de conexión, y llegar a Acre antes de que abriera nada. Así lo hice. Por 10 NIS, algo más de dos euros y medio, la mochila quedó guardada y yo subí al tren directo a Acre con las manos libres.

Acre: cuatro mil años de conquistas superpuestas

Llegué a Acre antes de las ocho de la mañana. Me estaba esperando una lluvia torrencial.

No una llovizna de invierno, sino chaparrones en regla que golpeaban las murallas y convertían las callejuelas de piedra en riachuelos. Las calles estaban vacías. Los puestos del mercado, cerrados. Las murallas que rodean la ciudad vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, brillaban oscuras bajo el agua.

Acre —Akko en hebreo, Akka en árabe— es una de las ciudades con historia continua más larga del mundo. Más de cuatro mil años de habitación ininterrumpida, durante los cuales han pasado por aquí los egipcios, los fenicios, Alejandro Magno, los romanos, los árabes, los cruzados, los mamelucos, los otomanos y los británicos. Cada uno dejó algo. Los cruzados la convirtieron en el principal puerto del Mediterráneo oriental durante las Cruzadas, y cuando cayó en 1291 fue el último bastión del reino cruzado en Tierra Santa. Napoleón intentó tomarla en 1799 y fracasó, uno de sus pocos fracasos militares documentados. Los otomanos construyeron sobre las ruinas cruzadas, y el resultado es una ciudad en la que literalmente hay una ciudad medieval enterrada bajo los pies.

Di una vuelta por las murallas y el casco histórico sin encontrarme con nadie más que con gatos que buscaban refugio bajo los arcos de piedra. Bajo la lluvia, la ciudad tenía un aspecto de grabado antiguo: muros de piedra ocre oscurecidos por la humedad, ningún turista, ningún ruido de motor. La soledad de un lunes de enero en temporada baja le daba un aire que en verano, con las calles llenas, sería imposible encontrar.

A partir de las nueve empezaron a abrir algunas tiendas y con ellas llegaron los primeros comerciantes y vecinos. La ciudad comenzó a despertar lentamente.

Calle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelSantuario de Baháʼí en Haifa con jardines y la cúpula doradaCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel
Paseando por Acre bajo la lluvia de enero

El primer lugar que visité en serio fue el Museo Municipal de los Baños Turcos, unos hammam otomanos del siglo XVIII perfectamente restaurados. La visita es con audioguía sincronizada con proyecciones multimedia en cada sala, y las puertas entre estancias se abren de forma automática a medida que avanzas. Era el único visitante de mi turno, así que el museo era completamente mío. Había algo extraño y placentero en eso: un espacio diseñado para cientos de personas funcionando en silencio absoluto solo para mí.

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Municipal Museum Turkish Bath

Después fui al Túnel de los Templarios, una galería subterránea excavada durante las Cruzadas que conectaba la fortaleza de los caballeros con el puerto de la ciudad. El túnel discurre bajo el nivel actual de las calles: mientras caminas por él, encima tuya hay cafés, casas, tiendas. La salida del túnel da directamente al frente marítimo, donde la lluvia me esperaba con renovadas ganas.

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Túnel de los Templarios y costa de Acre

Vale la pena mencionar que Acre tiene también un significado especial para la fe baháʼí: Baha'u'llah, el profeta fundador del bahaísmo, estuvo prisionero aquí entre 1868 y 1892, enviado por las autoridades otomanas. Su tumba, situada en las afueras de la ciudad, es el lugar más sagrado de esta religión, y cada año llegan peregrinos baháʼís de todo el mundo a visitarla.

Cuando el mercado comenzó a animarse algo más decidí dar una última vuelta antes de tomar el tren a Haifa. En total llevaba cuatro horas y media en Acre. Con mejor tiempo habría alargado los paseos por las murallas y las vistas al Mediterráneo, pero incluso empapado, la ciudad había valido el madrugón y el frío.

Mercado de Jerusalén con puestos de frutas y productosMercado cubierto de Jerusalén con puestos y mercancías
El mercado de Acre empieza a despertar

Haifa: los jardines que tardaron cincuenta años en construirse

El tren de Acre a Haifa tarda unos veinte minutos siguiendo la costa. En lugar de bajarme en la estación central de Haifa decidí seguir una parada más hasta HaMifratz Central, junto a un gran centro comercial en la parte baja de la ciudad, y desde allí tomar un autobús hasta la zona alta. La lógica era bajar en lugar de subir: empezar desde arriba del Monte Carmelo e ir descendiendo hacia el mar, aprovechando que la ciudad está escalonada en ladera.

La decisión resultó acertada. Desde la parte alta las vistas sobre la bahía de Haifa son extraordinarias: la ciudad desciende como un anfiteatro desde las alturas del Carmelo hasta el puerto, con el Mediterráneo al fondo y los grandes buques que entran y salen. Haifa es el principal puerto industrial de Israel, y desde arriba eso se nota: grúas, silos, terminales de carga en el horizonte.

Sendero arbolado con vistas al paisaje costero de HaifaCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel
Vistas de Haifa desde el Monte Carmelo

Bajando por Yefe Nof Street llegué a la zona de los Jardines Baháʼí, el mayor tesoro de la ciudad y uno de los espacios más impresionantes de todo Israel. Dieciocho terrazas perfectamente simétricas descienden por la ladera del Carmelo durante más de un kilómetro, con el Santuario del Báb en el centro como eje de composición. Las terrazas están adornadas con fuentes, esculturas y plantas seleccionadas con precisión casi obsesiva. El conjunto tardó más de cincuenta años en completarse tal como existe hoy, y en 2008 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El Báb fue el precursor espiritual del bahaísmo, ejecutado en Persia en 1850. Sus restos descansan en el santuario que da nombre y centro a estos jardines. Para los millones de baháʼís en el mundo, este lugar tiene una importancia equivalente a la que La Meca tiene para los musulmanes o el Vaticano para los católicos.

Por desgracia, la lluvia de la mañana había dejado el suelo resbaladizo y los jardines estaban cerrados al público. Un revés real, porque era uno de los lugares que más ganas tenía de ver. Conseguí entrar a la zona inferior con un pequeño grupo de turistas que negociamos con el personal de acceso, con la condición de no subir escaleras. No fue la visita que había imaginado, pero pude apreciar la simetría del conjunto, la perfección del diseño y la escala del proyecto desde abajo.

Calle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelJardines del Santuario de Baháʼí en Haifa con la cúpula al fondoSantuario de Baháʼí en Haifa visto desde los jardines inferioresCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel
Los Jardines Baháʼí de Haifa, desde la zona inferior

Seguí bajando por las calles de la ciudad, recorriendo el barrio alemán con sus casas de finales del XIX construidas por la Sociedad Templaria, y comí algo rápido en un restaurante local antes de dirigirme a la estación central.

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Paseando por los barrios de Haifa

De regreso a Tel Aviv a las seis de la tarde

Sobre las 16:30 tomé el tren de vuelta hacia Tel Aviv. En la estación HaShalom recuperé la mochila de la consigna y me monté en un autobús hasta mi Airbnb, que quedaba en una zona no especialmente céntrica pero razonable para el precio que pagaba. Llegué algo después de las seis.

Valoré brevemente la posibilidad de salir a dar una primera vuelta por Tel Aviv de noche, pero llevaba activo desde las cuatro y media de la mañana con apenas dos horas de sueño encima. La ciudad podía esperar al día siguiente. Me metí en la cama con la ropa de la mochila tendida para que se secara, y dormí sin despertarme hasta el amanecer.

El bono diario de la Rav Kav había dado para el aeropuerto, la consigna, Acre, Haifa y el regreso a Tel Aviv: más de doscientos kilómetros de transporte público por diez euros y medio. Una de las mejores inversiones del viaje.

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Día 3. Entre la modernidad de Tel Aviv y el encanto de Jaffa

Amanecí descansado. Después del maratón del día anterior —vuelo nocturno, cuatro horas de sueño, Ben Gurion, Acre bajo la lluvia, Haifa con los jardines cerrados, tren de vuelta, bus— mi cuerpo agradecía haber dormido de un tirón. Martes 21 de enero, nueve días completos por delante.

La lluvia seguía. No tan violenta como el día anterior, pero insistente: la clase de llovizna que no impide salir pero que sí condiciona el ritmo del día, obliga a buscar refugio periódicamente y arruina cualquier fotografía con el cielo limpio. Me puse el impermeable, metí el paraguas en la mochila pequeña y salí.

Decidí empezar por el sur, por Jaffa, y caminar hacia el norte siguiendo la costa. Era la forma más lógica de entender Tel Aviv: ver primero de dónde venía todo para entender luego lo que se convirtió.

Jaffa: el puerto donde Jonás se embarcó y Salomón recibió la madera del Líbano

Jaffa —Yafo en hebreo— es uno de los puertos habitados más antiguos del mundo. Se menciona en textos egipcios del siglo XV antes de Cristo. En la Biblia aparece como el puerto desde donde Jonás intentó escapar antes de que la ballena le cambiara los planes, y por donde llegó por mar la madera del Líbano para construir el Templo de Salomón en Jerusalén. El apóstol Pedro se alojó aquí antes de comenzar su misión. Tiene capas y capas de historia, y eso se nota en las piedras.

En el siglo XIX Jaffa era el principal puerto del Imperio Otomano en esta parte del Mediterráneo. Cuando llegaron los primeros inmigrantes judíos a finales del XIX y principios del XX, algunos de ellos decidieron construir sus propias casas al norte de la ciudad árabe. En 1909 formalizaron ese vecindario nuevo como una ciudad independiente a la que llamaron Tel Aviv, "Colina de Primavera". La ciudad que hoy tiene más de cuatro millones de habitantes en su área metropolitana y es el centro económico de Israel empezó siendo literalmente el suburbio de Jaffa.

Me adentré en la ciudad vieja de Jaffa, un laberinto de callejuelas empedradas con nombres de signos del zodiaco, casas de piedra caliza en tonos dorados y ocres, galerías de arte y cafés en cada esquina. El barrio estaba en otro tiempo degradado y lleva décadas en proceso de gentrificación: hoy es uno de los barrios más caros de Tel Aviv, frecuentado por artistas, diseñadores y expatriados con dinero. La tensión entre la historia y el precio del metro cuadrado es palpable.

La plaza Kedumim, corazón de la ciudad vieja, tiene debajo un yacimiento arqueológico visible a través de cristales en el suelo. Ahí mismo está el Centro de Visitantes de Jaffa, con restos que cubren desde la Edad del Bronce hasta el período otomano. Junto a la plaza, la Iglesia de San Pedro, un edificio franciscano del siglo XIX construido sobre los cimientos de una fortaleza cruzada.

Puerto y paseo marítimo de Jaffa con edificios históricosCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelIglesia y edificios históricos de Jaffa bajo un cielo nubladoTorre del reloj de Jaffa junto a una esculturaTorre histórica de Jaffa junto al marCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel
La ciudad vieja de Jaffa

El puerto antiguo de Jaffa estaba casi vacío a esa hora de la mañana. Las embarcaciones de pesca se mecían solas en el agua gris. Hace décadas que el puerto perdió su función comercial en favor de las instalaciones modernas al norte, y desde entonces ha sido reconvertido en zona de restaurantes y ocio. Aun así, al mirar esas barcas y ese muelle de piedra con el mar entrando entre los bloques, es fácil imaginar lo que fue durante siglos: el punto de llegada de peregrinos, soldados y mercancías procedentes de toda la cuenca mediterránea.

Desde el Parque HaPisga, la colina que domina Jaffa, obtuve la mejor panorámica del día: el skyline completo de Tel Aviv desplegado hacia el norte, una sucesión de rascacielos modernos que empieza a unos centenares de metros de donde yo estaba, separados del barrio de piedra de Jaffa por una línea invisible pero muy real. Dos ciudades que hoy son administrativamente la misma pero que siguen siendo lugares distintos.

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El skyline de Tel Aviv desde la ciudad vieja de Jaffa

Neve Tzedek y el Carmel Market: caminando hacia el norte

Desde Jaffa fui subiendo hacia el norte siguiendo el paseo marítimo. El contraste arquitectónico es gradual pero constante: las casas bajas de piedra de Jaffa dejan paso a los primeros edificios de principios del XX, luego a las construcciones racionalistas de los años treinta, después a los bloques de los cincuenta y sesenta, y finalmente a los rascacielos de vidrio del frente marítimo actual.

El primer barrio propiamente de Tel Aviv que encontré fue Neve Tzedek, construido en 1887 por familias judías que querían vivir fuera de las murallas de Jaffa pero que aún no habían fundado la ciudad nueva. Es el barrio más antiguo de Tel Aviv, y hoy es también uno de los más cotizados. Las calles estrechas tienen casas bajas restauradas con buen gusto, boutiques de diseño y restaurantes cuidados. La lluvia había dejado las calles casi vacías y los adoquines brillantes.

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El antiguo puerto de Jaffa y los primeros pasos hacia el norte

Más al norte llegué al Carmel Market, el Shuk HaCarmel, el mercado más grande y popular de la ciudad. Incluso en enero y bajo la lluvia, el mercado funcionaba a pleno rendimiento: puestos de frutas y verduras, especias por peso, frutos secos en sacos abiertos, panes planos recién hechos, dulces de miel. Los vendedores gritaban en hebreo y en árabe. Los clientes regateaban o directamente ignoraban a los vendedores, según el producto. El olor a especias mezclado con el de la lluvia en el pavimento caliente es uno de esos olores que se quedan grabados.

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Carmel Market (Shuk HaCarmel)

La lluvia se intensificó y busqué refugio en el Dizengoff Center, uno de los centros comerciales más antiguos de Israel, inaugurado en 1977. El edificio tiene un diseño laberíntico que desconcierta incluso a los locales: plantas que no coinciden, escaleras mecánicas que llevan a sitios inesperados, pasillos que se bifurcan sin lógica aparente. Comí un shawarma en la zona de restaurantes, con hummus y una ensalada de tomate y pepino. Sencillo y bueno.

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Buscando refugio de la lluvia en el Dizengoff Center

La ciudad Bauhaus y el frente marítimo

Cuando la lluvia amainó continué hacia el norte por el barrio blanco, la zona de Tel Aviv con mayor concentración de arquitectura Bauhaus del mundo. Más de cuatro mil edificios construidos entre los años treinta y cincuenta por arquitectos judíos formados en Europa —muchos huyendo del nazismo después de que los nazis cerraran la escuela Bauhaus en Alemania en 1933— que trajeron consigo el estilo racionalista y lo adaptaron al clima mediterráneo. Los edificios tienen fachadas lisas en tonos blancos o crema, pilotes que elevan la planta baja para favorecer la ventilación, ventanas horizontales y balcones redondeados para proteger del sol. El conjunto, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003, le da a Tel Aviv un aspecto reconocible e irrepetible.

La avenida Rothschild es el mejor ejemplo de este estilo. Una avenida ancha con un bulevar central sombreado por ficus enormes donde los vecinos pasean, hacen deporte o simplemente se sientan en los bancos. En ella está la Independence Hall, el pequeño edificio donde David Ben-Gurion proclamó el Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, pocas horas antes de que expirara el Mandato Británico. No había nadie haciendo cola para entrar.

Seguí caminando hasta la zona de la Marina, con los yates balanceándose con el tiempo revuelto, y de allí hasta Gordon Beach. La playa en enero tiene poco de playa: sin bañistas, sin chiringuitos abiertos, las hamacas apiladas, las olas grandes por el viento. Pero tiene algo. Estuve un rato mirando el mar y haciendo fotos del skyline desde la arena mojada, con los rascacielos reflejándose en los charcos.

Estación de tren de Tel Aviv con un tren rojo en el andénPuente ferroviario sobre una vía urbana en Tel AvivCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de IsraelCalle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel
Tel Aviv al sol y bajo la lluvia

La noche, la lluvia y el bus de vuelta

Al caer la tarde la lluvia volvió a arreciar. Me metí en el centro comercial City Garden para cenar algo ligero y desde los ventanales estuve un rato mirando cómo la ciudad se iluminaba bajo el agua. Tel Aviv tiene una vida nocturna seria: bares en los bajos de los edificios Bauhaus, música en la calle Allenby, locales en el barrio de Florentin que no cierran hasta el amanecer. A diferencia de Jerusalén, donde el Shabbat apaga la ciudad desde el viernes por la tarde, Tel Aviv no termina de cerrar del todo ningún día de la semana.

Esa noche no aproveché nada de eso. La lluvia, la previsión de madrugar al día siguiente y el cansancio acumulado de cuarenta y ocho horas muy intensas me llevaron de vuelta al Airbnb en bus. Desde la ventana empapada, la ciudad seguía viva.

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Tel Aviv de noche bajo la lluvia
Calle, monumento, paisaje o lugar histórico de Israel

Día 4. Del bullicio de Tel Aviv a la solemnidad de Jerusalén

El miércoles 22 amaneció con el cielo despejado por primera vez desde que había llegado a Israel. Llevaba dos días recorriendo esta ciudad con paraguas en mano y ropa secándose en la habitación, y esa mañana el sol de invierno entraba limpio por la ventana. Era mi último día en Tel Aviv antes de poner rumbo a Jerusalén.

Lo primero que hice fue cargar la Rav Kav con el bono diario para la zona centro: 30 NIS, unos ocho euros. El bono cubría todos los desplazamientos del día por Tel Aviv y también el trayecto a Jerusalén. Una última mañana para ver lo que la lluvia me había complicado los días anteriores, y después, el tren.

Dizengoff, Rothschild y el barrio blanco sin charcos

Empecé por Dizengoff Street, la calle comercial más conocida de la ciudad, nombrada en honor a Meir Dizengoff, primer alcalde de Tel Aviv cuando la ciudad se fundó oficialmente en 1909. La calle tiene cafeterías, tiendas de ropa, pequeños restaurantes. Sin lluvia se entiende mejor su carácter: una calle de barrio animada, no especialmente monumental, pero con el ritmo de ciudad que funciona sola sin necesitar turistas.

En el cruce central está la Dizengoff Square con la fuente escultórica "Fuego y Agua" de Yaacov Agam, una escultura cinética de los años setenta en colores primarios que cambia de aspecto según el ángulo. Cerca, la Habima Square, con el Teatro Nacional Habima, la Sala de Conciertos Charles Bronfman y la biblioteca central del país. Los jóvenes estaban en los jardines alrededor, algunos tocando guitarra, otros simplemente tumbados al sol de enero.

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Paseo matutino por Tel Aviv bajo el sol

Bajé por el Bulevar Rothschild, que sin la lluvia de los días anteriores se mostraba en su mejor versión: la franja central arbolada con ficus centenarios, gente corriendo, padres con cochecitos, parejas en los bancos. A los lados, algunos de los mejores ejemplos de arquitectura Bauhaus de la ciudad: fachadas blancas, balcones curvos, planta baja sobre pilotes. Paré frente a la Independence Hall, el edificio modesto desde cuyo balcón David Ben-Gurion proclamó el Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. Sin ceremonia ni gran señalización. Ahí fue.

La playa en enero, sin nadie

Llegué a la costa y caminé hacia el sur por el paseo marítimo. Con el cielo despejado el mar tenía un azul oscuro y el paseo estaba animado: corredores, ciclistas, un grupo haciendo yoga en la arena, algún perro suelto. Las playas de Tel Aviv son públicas, gratuitas y están distribuidas a lo largo de catorce kilómetros de costa, cada una con su propio carácter. Algunas son familiares, otras más frecuentadas por jóvenes, hay una específica para la comunidad LGBTQ+, e incluso hay tramos con horarios separados para hombres y mujeres ortodoxos.

Me senté en una terraza junto a Trumpeldor Beach a tomar un café. El camarero hablaba hebreo, ruso e inglés en la misma frase, dependiendo de con quién fuera la conversación. Tel Aviv tiene una de las mayores concentraciones de inmigrantes rusos del mundo, llegados en oleadas desde la caída de la URSS. La ciudad es cara, cosmopolita, y en la playa de invierno parece un lugar razonablemente normal a pesar de estar en Oriente Medio.

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Las playas de Tel Aviv en invierno

Sobre las dos de la tarde me dirigí a la estación de tren HaHagana.

Veintiocho minutos de llanura costera a colinas de Judea

El tren de Tel Aviv a Jerusalén es relativamente reciente. Durante décadas existió solo una línea ferroviaria entre las dos ciudades, un recorrido tortuoso que databa de época otomana y tardaba casi dos horas siguiendo un trazado imposible entre colinas. La nueva línea de alta velocidad se inauguró en 2018, y hoy el trayecto dura menos de media hora.

Desde la ventana del tren se puede ver el cambio de paisaje en tiempo real: la llanura costera plana donde está Tel Aviv deja paso a las primeras colinas, que se hacen cada vez más escarpadas y elevadas. Jerusalén está a unos 800 metros sobre el nivel del mar, y el tren sube hacia allí a través de los valles de Judea. El contraste entre las dos ciudades no es solo cultural: es también geográfico y climático. Tel Aviv tiene inviernos suaves y veranos húmedos junto al mar; Jerusalén puede nevar en invierno.

La estación de destino es Yitzhak Navon, inaugurada en 2018, situada varios niveles bajo tierra en pleno centro de Jerusalén. Es moderna, bien señalizada, y desde los andenes hay que subir varios pisos en ascensor para llegar a la superficie.

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El trayecto en tren entre Tel Aviv y Jerusalén

La primera tarde en Jerusalén: el hostel de cápsulas

Me dirigí directamente al Jeru Caps Hostel, no muy lejos de la Ciudad Vieja. El concepto es simple: habitaciones sustituidas por módulos individuales apilados, cada uno con su cama, su luz de lectura, sus enchufes y una cortina o puerta pequeña para la privacidad. Es el modelo de los hostels de cápsula japoneses adaptado a turismo de mochilero. Para un viajero solo que llega tarde y sale temprano funciona perfectamente. Baños y duchas comunes, amplios y limpios. Precio total por cinco noches: 103 euros.

Dejé la mochila, me cambié de ropa y salí.

La primera impresión de Jerusalén desde los barrios exteriores fue de normalidad urbana: tranvías modernos, tiendas de grandes cadenas, edificios contemporáneos. Muchos viajeros esperan encontrar una ciudad exclusivamente antigua y se sorprenden al ver que hay dos tercios de ella perfectamente integrados en el siglo XXI. La Ciudad Vieja, con sus murallas y su densidad histórica, es solo una parte de Jerusalén.

El Mercado Majanéh Yehudáh: la Jerusalén que hace la compra

Comenzaba a llover de nuevo, así que fui directamente al Mercado Machane Yehuda, el shuk más grande de la ciudad, situado entre las calles Jaffa y Agrippas. No es un mercado para turistas: es el mercado donde los jerosolimitanos compran sus alimentos. Esa diferencia se nota inmediatamente en la temperatura humana del lugar.

Cientos de puestos cubiertos con toldos ofrecen frutas y verduras frescas, especias en montones coloridos, frutos secos, dulces de miel y sésamo, pan jalá recién horneado, quesos, carnes preparadas según las leyes kosher. Los comerciantes gritan las ofertas del día. Los clientes responden o ignoran según el humor. En una esquina, tres ancianos en una cafetería diminuta discutían algo con la intensidad de quien lleva toda la vida en el mismo argumento.

Lo notable del mercado es que por las noches, cuando los puestos de alimentación cierran, el espacio se transforma: los restaurantes y bares que han ido abriéndose entre los puestos tradicionales cobran protagonismo y el lugar se convierte en una de las zonas de ocio alternativas más frecuentadas por los jóvenes de la ciudad. Un mercado con doble vida.

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El Mercado Majanéh Yehudáh

El Monte de los Olivos al atardecer: la ciudad desplegada ante los ojos

Cuando la lluvia paró decidí ir al Monte de los Olivos. Tomé un autobús desde el centro que me dejó cerca del valle del Cedrón, y empecé a subir por la ladera occidental del monte.

En el camino de subida pasé junto a la Tumba de la Virgen, un santuario subterráneo que comparten cristianos griegos ortodoxos, armenios, siríacos, coptos y etiopes, y donde según la tradición fue enterrada María. Un poco más arriba, la Iglesia de Todas las Naciones, también conocida como Basílica de la Agonía, construida en los años veinte sobre el lugar donde, según los evangelios, Jesús pasó la noche antes de ser arrestado. La iglesia tiene una fachada con un mosaico enorme y el interior está diseñado para mantener siempre penumbra, simulando la oscuridad de esa noche.

Más arriba todavía, la Iglesia de María Magdalena, un templo ortodoxo ruso del siglo XIX con siete cúpulas doradas en forma de cebolla que parecen trasplantadas directamente de San Petersburgo. Pasar de la arquitectura árabe y cruzada de la zona baja a esas cúpulas doradas rusas en la ladera del monte produce un efecto de discontinuidad visual muy raro.

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El camino hacia el Monte de los Olivos

Llegué a la cumbre cuando el sol ya bajaba. Y entonces se desplegó la vista.

La Ciudad Vieja de Jerusalén entera, amurallada, compacta, con la cúpula dorada del Domo de la Roca dominando el centro de la imagen. Esa cúpula la construyó el califa omeya Abd al-Malik en el año 691, uno de los edificios religiosos más antiguos del Islam todavía en pie. Marca el lugar donde, según la tradición islámica, el profeta Mahoma ascendió al cielo, y donde antes habían estado el Templo de Salomón y el Segundo Templo destruido por los romanos en el año 70. El mismo suelo venerado durante tres mil años por tres religiones distintas.

En primer plano, ocupando toda la ladera frente a mí, el cementerio judío del Monte de los Olivos, el más antiguo del mundo en uso continuo. Tiene más de tres mil años. Según la tradición judía, cuando llegue el Mesías será en Jerusalén, y los que estén enterrados en este monte serán los primeros en resucitar. El precio de una parcela hoy alcanza los veinte mil dólares.

La luz del atardecer de enero daba de lleno sobre la cúpula dorada y sobre las piedras calcáreas crema de las murallas. Detrás de las murallas, los minaretes y las cúpulas se mezclaban en un perfil que se ha reproducido en grabados, pinturas y fotografías durante siglos. Estuve allí parado bastante tiempo sin necesidad de hacer nada más que mirar.

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El atardecer desde el Monte de los Olivos

Las murallas de noche y los planes del día siguiente

Bajé cuando ya oscurecía. Al llegar al pie de las murallas de la Ciudad Vieja me paré frente a la Puerta de los Leones, una de las ocho entradas al recinto amurallado, con sus cuatro leones de piedra tallados en el arco. Era ya noche cerrada y las calles del interior estaban iluminadas tenuemente.

Decidí no entrar. Llevaba planeada la visita a la Ciudad Vieja para el día siguiente, con luz y tiempo. Entrar de noche en un primer vistazo rápido me habría dado una impresión parcial e incompleta de uno de los lugares más cargados de historia del planeta. Podía esperar ocho horas más.

Me compré algo de cenar en un supermercado cercano al hostel y volví a la cápsula con el mapa de la Ciudad Vieja abierto en el móvil. Cuatro barrios: el judío, el cristiano, el musulmán y el armenio, todos dentro de un rectángulo de menos de un kilómetro cuadrado con noventa y dos monumentos catalogados. Al día siguiente tocaba entrar.

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La Ciudad Vieja de Jerusalén desde el Monte de los Olivos al atardecer
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Día 5. Ein Gedi, Masada y el Mar Muerto en Ein Bokek

El jueves 23 de enero era, sobre el papel, la jornada más ambiciosa de todo el viaje: Ein Gedi, Masada y el Mar Muerto, los tres en un solo día y en transporte público. Todos los foros y blogs consultados durante la planificación coincidían en lo mismo — era imprescindible contratar una excursión organizada. Los horarios de autobús eran "poco fiables", las frecuencias "escasas", las distancias "considerables". Leí eso varias veces y cada vez me convenció menos. Estudié los horarios con calma, calculé los tiempos y vi que era factible. Con el aliciente nada menor de ahorrarse una cantidad importante en excursiones guiadas.

De Jerusalén al Mar Muerto en el bus 486

Me levanté antes de las siete, metí en la mochila el bañador, la crema solar, algo de comida y más agua de la que creía necesitar. En la estación central de autobuses de Jerusalén — un edificio de seis plantas donde orientarse requiere paciencia — cargué la tarjeta Rav Kav con un bono diario para la zona sur: 40 NIS, unos 10,50 euros para transporte ilimitado en toda el área que iba a recorrer.

El autobús 486 salía a las ocho en punto. Llegó puntual.

El trayecto hasta Ein Gedi dura algo más de una hora y ya de por sí merece la pena. La carretera desciende desde Jerusalén, a 800 metros de altitud, hasta las orillas del Mar Muerto, el punto más bajo de la Tierra, a 430 metros bajo el nivel del mar. El paisaje se va transformando sin prisa: las colinas verdosas de Judea se van abriendo y secando hasta que de repente ya no hay nada verde, solo piedra ocre y desierto. En las laderas, algún asentamiento beduino, algún kibbutz que parece desafiar la lógica del lugar.

Ein Gedi: un arroyo en mitad del desierto

Ein Gedi es un oasis en el sentido literal del término. En mitad del desierto de Judea, a pocos kilómetros de las orillas del Mar Muerto, varios manantiales de agua dulce nacen entre las rocas y lo cambian todo. El Cantar de los Cantares lo menciona ya hace tres mil años: "racimo de flores de alheña en las viñas de Ein Gedi". Según la tradición, aquí se escondió David cuando huía del rey Saúl, antes de convertirse él mismo en rey.

Nada más bajar del autobús el contraste es inmediato. A un lado, el desierto implacable. Al otro, la entrada a la reserva, con vegetación densa y el ruido del agua. Más de 900 especies de plantas viven aquí, algunas únicas en el mundo. Los íbices de Nubia se mueven por las rocas con esa indiferencia que solo tienen los animales que saben que nadie va a molestarlos.

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El oasis de Ein Gedi, donde los manantiales de agua dulce crean vida en mitad del desierto de Judea

Elegí la ruta circular de hora y media hasta la cascada de David, el Nahal David. El camino sigue el cauce del arroyo entre pozas y pequeñas cascadas, con la roca caliza a ambos lados cubierta de helechos y plantas tropicales que no tienen ningún sentido aquí pero existen igualmente. En el camino coincidí un rato con una chica eslovena. Hablamos de lo absurdo que resultaba ese verde intenso en ese entorno tan árido, comparamos paisajes. Luego ella tomó una ruta más larga y seguí solo.

La cascada de David, el punto final de la ruta, cae formando una poza donde en verano la gente se mete a bañarse. En enero las temperaturas son agradables para caminar, pero el agua da respeto. Me quedé mirándola unos minutos, luego di media vuelta.

La belleza de Ein Gedi está en ese contraste que no se termina de procesar: el desierto absoluto a veinte metros, y aquí este ruido de agua y este color verde. No es que la naturaleza haya ganado — es que ha encontrado una grieta y ha tirado por ella.

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La cascada de David y las pozas del Nahal David en Ein Gedi

Masada: la fortaleza que no quiso rendirse

Sobre las diez y media estaba de vuelta en la parada de autobús. Tenía quince o veinte minutos de margen. Un minuto después apareció un autobús — o era el anterior con retraso considerable, o el siguiente con adelanto igual de considerable. El conductor confirmó que iba a Masada. Subí.

Masada se ve desde lejos. Una meseta con forma de diamante que se alza 450 metros sobre el nivel del Mar Muerto, con los flancos cortados a pico por todos los lados. Herodes el Grande la eligió en el siglo I a.C. precisamente por eso: inexpugnable como refugio, impresionante como declaración de poder. Construyó aquí uno de sus palacios más elaborados, con baños romanos, frescos y mosaicos a 400 metros sobre el desierto.

Pero lo que ha convertido Masada en símbolo nacional de Israel ocurrió décadas después de Herodes. En el año 73 d.C., tras la caída de Jerusalén, un grupo de sicarios — rebeldes judíos — se refugió aquí con sus familias. Novecientos sesenta personas. La X Legión Romana los asedió durante tres años, construyó una rampa de asalto de tierra y roca que todavía hoy se ve en la ladera oeste. Cuando los romanos lograron abrir una brecha en el muro, encontraron la fortaleza en silencio. Según el historiador Flavio Josefo, los defensores habían decidido no rendirse: cada hombre mató a su familia, luego diez hombres elegidos mataron a los demás, y al final uno de los diez mató a los nueve restantes y se quitó la vida.

En el psiquismo israelí moderno esto dejó una marca profunda. "Masada no volverá a caer" — es la frase que repiten los soldados que juran aquí su ingreso en las fuerzas armadas.

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Las ruinas herodianas en la cima de Masada, con las montañas de Moab al fondo

Tomé el teleférico para subir — inaugurado en 1971, salva 290 metros de desnivel en tres minutos. Existe también el Sendero de la Serpiente, que asciende en zigzag por la cara este, pero con el programa del día y el calor que ya empezaba a apretar, no era el momento. Las vistas desde la cabina ya merecen el viaje: el Mar Muerto al fondo, las montañas de Moab en Jordania al otro lado, el desierto en todas las direcciones.

En la cima pasé más de hora y media. La meseta tiene unas 20 hectáreas y los restos están sorprendentemente bien conservados: el palacio del norte construido en tres terrazas que descienden por el acantilado, los baños con el sistema de calefacción por suelo radiante (hipocausto) intacto, las enormes cisternas excavadas en la roca — con capacidad para 40.000 metros cúbicos de agua de lluvia, vitales en este entorno —, la sinagoga, los almacenes. Recorrí todo despacio, intentando leer el lugar más que las cartelas.

Para bajar elegí el Sendero Romano, que sigue parcialmente la antigua rampa de asalto. Es pedregoso y bajo el sol del mediodía se hace largo, pero vale la pena: la perspectiva desde la ladera es diferente a la de arriba. Tardé unos 45 minutos en llegar abajo.

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El palacio del norte de Herodes y la rampa romana de asalto, todavía visible en la ladera

Ein Bokek: flotar en el punto más bajo de la Tierra

De la base de Masada tomé otro autobús hacia Ein Bokek, en la orilla del Mar Muerto. Llegué alrededor de las tres de la tarde.

El Mar Muerto es, en realidad, un lago. El lago más salado del mundo, con una concentración de sales de entre el 30 y el 34% — diez veces la del océano. A 430 metros bajo el nivel del mar. Cleopatra conocía ya sus propiedades terapéuticas y se dice que ordenó construir aquí los primeros balnearios de la historia. Lo que no sabía Cleopatra es que el lago está encogiendo: pierde aproximadamente un metro de profundidad al año porque el río Jordán, su única fuente de agua dulce, ha sido tan sobreexplotado para riego que llega aquí reducido a un hilo. En 2020, el nivel estaba ya unos 55 metros por debajo del de los años treinta.

La mayoría de los turistas visitan playas privadas de resorts más al norte, pagando una entrada que incluye duchas, vestuarios y el famoso barro negro. En Ein Bokek hay playas públicas y gratuitas con las mismas aguas y sin la entrada. La zona es espléndida: el turquesa intenso del lago contra los ocres del desierto de Judea a un lado, las montañas de Jordania al otro.

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Las playas públicas de Ein Bokek, con las montañas de Jordania al fondo

Justo cuando me estaba cambiando para meterme al agua, sonó el teléfono. Mi padre había ingresado en el hospital. Mi madre, que es dependiente, se había quedado sin cuidador. Lo que vino después fue una hora de llamadas — organizando turnos, pidiendo favores, coordinando con mi hermano para que se desplazara desde Madrid, hablando con el hospital. La impotencia de estar tan lejos en ese momento es difícil de describir con precisión. No es angustia exactamente, es más bien la sensación de que el mundo tiene dos velocidades y tú vas en la equivocada.

Una vez conseguí dejar la situación mínimamente encauzada, me quedé un momento con el teléfono en la mano mirando el lago. Ya estaba allí. El baño no retrasaría nada.

Coincidí en la orilla con un chico argentino que viajaba solo. Nos turnamos para bañarnos y hacernos fotos. La sensación de flotar es exactamente lo que dicen: el cuerpo no se hunde, no hay esfuerzo, el agua te sostiene como si tuvieras aire dentro. Lo difícil es mantener una posición vertical — el cuerpo quiere quedarse horizontal. Hay que tener cuidado con los ojos y con cualquier pequeña herida porque la concentración de sal produce un dolor inmediato e intenso. Y ducharse con agua dulce después es imprescindible, no opcional.

Ese baño, en el fondo de esa tarde, tuvo algo de paréntesis involuntario. La conversación con el argentino, las fotos ridículas flotando boca arriba, el sol bajando sobre las montañas de Jordania. Luego recogí la mochila.

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Flotando en el Mar Muerto — la concentración de sal hace imposible hundirse

De vuelta a Jerusalén, y una decisión

El autobús de regreso salió alrededor de las seis. El trayecto de vuelta por la ribera del Mar Muerto, con el sol hundiéndose detrás de las montañas de Judea y el desierto encendiéndose en naranja, fue el mejor momento del día para pensar. Los tres lugares que me había propuesto visitar estaban hechos, el transporte público había funcionado exactamente como había calculado, y al mismo tiempo tenía claro que al día siguiente necesitaba estar en Bilbao.

De vuelta en el hostel busqué vuelos. Reservé uno para el día siguiente, viernes 24, con escala en Madrid. Desde allí tomaría un autobús nocturno a Bilbao.

Quedaban tres días de viaje por delante — la Ciudad Vieja de Jerusalén, Belén, quizás Cisjordania. Todo eso tendría que esperar. Había visto mucho en cinco días: Tel Aviv, Acre, Haifa, Jerusalén desde el Monte de los Olivos, Ein Gedi, Masada, el Mar Muerto. No era el final que había planeado, pero era un final.

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Día 6. Un imprevisto regreso anticipado

El viernes 24 de enero amanecí sabiendo lo que tocaba. No había mucho que decidir: la situación familiar era lo que era, las prioridades estaban claras. La única tarea del día era llegar a Bilbao.

Checkout y el problema de las monedas

Hice el checkout del Jeru Caps Hostel tres días antes de lo previsto. La recepcionista, cuando le expliqué el motivo, fue comprensiva y me dio las indicaciones para llegar al aeropuerto. Me avisó de algo importante: los viernes el servicio de trenes no opera porque cae en Shabat, el día de descanso judío que empieza al atardecer del viernes y termina al anochecer del sábado. Durante el Shabat el transporte público prácticamente desaparece en Jerusalén — en Tel Aviv es más relajado, pero en Jerusalén se aplica con rigor. La alternativa era el autobús desde la estación central.

Antes de salir intenté hacer algo con el puñado de monedas que había acumulado durante la semana. Shekels pequeños que ya no iba a gastar. Me acerqué a una máquina expendedora de billetes de tranvía con la intención de pagarla en calderilla. La máquina tenía un límite de quince monedas por transacción. Mis monedas, de pequeña denominación, no alcanzaban el importe ni de lejos. Tuve que sacar un billete y acabé con más cambio del que tenía al empezar. Una de esas pequeñas ironías del viajero que en otro momento habrían tenido gracia y ese día simplemente se encajaban.

El tranvía me llevó hasta la estación central, ese edificio de seis plantas donde las indicaciones no siempre apuntan al sitio correcto. La parada del autobús al aeropuerto no está dentro de la terminal sino en el exterior del edificio — algo que conviene saber de antemano para no perder tiempo buscándola.

Al aeropuerto Ben Gurion

Mientras esperaba apareció un minibús ofreciendo servicio directo al aeropuerto por 30 NIS, unos ocho euros. Algo más caro que el autobús regular, pero directo. Subieron también otros dos viajeros. Salimos.

El conductor conocía la ruta, el trayecto fue sin complicaciones y nos dejó en la terminal correspondiente. Una buena decisión en un día donde cada minuto que ahorraba era un minuto menos de incertidumbre.

El aeropuerto Ben Gurion tiene fama bien ganada de ser uno de los más seguros del mundo. Los controles empiezan antes de entrar al edificio — hay una primera revisión de documentación en el exterior — y continúan en capas sucesivas dentro. En mi caso, como había ocurrido también a la llegada, los controles fueron rápidos. Tan rápidos como en cualquier aeropuerto europeo estándar. Supongo que el perfil de viajero solo español que viene a hacer turismo no activa demasiadas alarmas.

Con el vuelo a las cuatro de la tarde y varias horas por delante en la zona internacional, me instalé en una de las zonas de descanso. Ordené fotos en el móvil, leí notas que había ido tomando durante la semana, escribí algunas cosas sobre lo visto. Es el momento del viaje en que los recuerdos todavía están calientes pero ya hay distancia suficiente para empezar a ordenarlos.

El vuelo, Madrid, los amigos

El vuelo despegó puntual a las cuatro. Cuatro horas largas hasta Madrid, intentando leer, intentando dormir, sin conseguir del todo ninguna de las dos cosas. El avión aterrizó en Barajas alrededor de las ocho y cuarto de la tarde hora local.

Encendí el móvil nada más bajar. Mi padre estaba estable. Eso era lo importante.

Tenía mensajes de amigos de Madrid. Se habían organizado para venir a recogerme al aeropuerto y llevarme a la estación de autobuses a tiempo para el nocturno a Bilbao. Ese tipo de gesto, que no es pequeño porque requiere planificación y desplazamiento, lo valoras de una manera diferente cuando llegas de un viaje cortado a mitad por algo que no puedes controlar.

Cenamos rápido cerca de la estación. Les conté algo del viaje — lo justo, tampoco había mucha energía para narrativas largas. Me pusieron al día de la situación de mi padre con más detalle del que había podido hablar por teléfono.

A las diez en punto subí al autobús nocturno a Bilbao. Mis amigos se quedaron en la estación hasta que arrancó.

Cinco horas hacia el norte

El trayecto Madrid-Bilbao dura unas cinco horas. Intenté dormir. El autobús estaba templado, la carretera vacía, pero la combinación de preocupación y el desfase horario acumulado de la semana me tuvieron despierto casi todo el tiempo. Las horas nocturnas en un autobús tienen esa cualidad particular de obligarte a quedarte con tus pensamientos sin ningún sitio adonde ir.

El autobús llegó a Bilbao cerca de las tres de la madrugada del sábado 25 de enero. Hacía frío y llovía, el tipo de lluvia fina vasca que no parece gran cosa pero en diez minutos te cala entero. El contraste con los 25 grados del Mar Muerto del día anterior era tan brusco que por un momento resultó casi cómico.

No había transporte a esas horas. Cogí un taxi.

El viaje había terminado. Habían sido cinco días completos, no los ocho que tenía planeados. Quedaban sin ver la Ciudad Vieja de Jerusalén por dentro, el barrio judío reconstruido tras 1967, los túneles bajo el Muro Occidental, la Vía Dolorosa, Belén. Todo eso esperaría a una segunda visita que, en ese momento, ya era algo más que una posibilidad vaga.

Lo que sí estaba hecho: Tel Aviv con su arquitectura Bauhaus y el Shuk HaCarmel, Acre con sus callejones cruzados y su puerto otomano, Haifa y el jardín escalonado de los bahái, el Monte de los Olivos al atardecer, Ein Gedi, Masada, el Mar Muerto. No está mal para cinco días.

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Reflexiones finales y conclusiones

Israel, un viaje que deja huella

Han pasado varias semanas desde mi regreso precipitado de Israel, tiempo suficiente para asimilar la experiencia y valorarla con cierta perspectiva. Un viaje que debía durar siete días y quedó reducido a cuatro por circunstancias familiares inesperadas, pero que aun así consiguió dejar en mí una profunda impresión que perdura más allá del paso de los días.

Sentimientos encontrados: lo vivido y lo pendiente

Cuando pienso en Israel, mis sentimientos son ambivalentes. Por un lado, experimento una indudable frustración por los lugares que quedaron sin visitar, especialmente la Ciudad Vieja de Jerusalén. Había planificado con tanto detalle ese recorrido, imaginando cada rincón del Muro de las Lamentaciones, la Vía Dolorosa, el Santo Sepulcro o la Explanada de las Mezquitas... Lugares cargados de simbolismo que han alimentado el imaginario colectivo de Occidente durante milenios y que solo pude vislumbrar desde la distancia.

Tres días de diferencia pueden parecer poco en términos absolutos, pero en un viaje planificado para siete días suponen perder casi la mitad de la experiencia. En el tintero quedó no solo la visita a la Ciudad Vieja, sino también la excursión a Belén y la posibilidad de explorar algo de los territorios palestinos, una dimensión del viaje que me interesaba especialmente para obtener una visión más completa y equilibrada de la compleja realidad de la región.

Sin embargo, frente a esta inevitable frustración, prevalece un sentimiento de profunda gratitud por todo lo que sí pude experimentar. En apenas cinco días tuve la oportunidad de sumergirme en la modernidad mediterránea de Tel Aviv, explorar la histórica Acre con sus reminiscencias cruzadas y otomanas, maravillarme con la arquitectura escalonada de Haifa, sentir la intensidad espiritual de Jerusalén desde el Monte de los Olivos, descubrir el contraste entre vida y aridez en el oasis de Ein Gedi, impresionarme con la fortaleza de Masada y experimentar la extraña sensación de flotabilidad absoluta en las aguas hipersalinas del Mar Muerto.

La decisión no tomada: ¿oportunidad perdida o preservada?

En ocasiones me pregunto si debería haber entrado en la Ciudad Vieja de Jerusalén aquella noche del miércoles cuando tuve la oportunidad, aunque fuera brevemente y sin la luz del día. Quizás habría podido visitar al menos el Muro de las Lamentaciones o recorrer parte de sus callejuelas iluminadas, obteniendo un primer contacto con ese espacio sagrado que tanto anhelo conocer.

Sin embargo, me consuelo pensando que de esa forma mantengo intacta la posibilidad de descubrirla por primera vez en todo su esplendor en una futura visita. No se trata solo de "ver" los lugares, sino de experimentarlos en las condiciones adecuadas para apreciar plenamente su significado y belleza. La Ciudad Vieja de Jerusalén merece ser descubierta con tiempo, con luz natural, siguiendo un recorrido coherente que permita entender su compleja historia y simbolismo... no en una visita apresurada y parcial.

Esta reflexión me lleva a un debate más amplio sobre el sentido del viaje: ¿es preferible ver lo máximo posible aunque sea de forma superficial, o centrarse en experiencias más profundas aunque eso signifique dejar cosas sin ver? No creo que exista una respuesta universal a esta pregunta; cada viajero debe encontrar su propio equilibrio. En mi caso, tiendo a preferir la intensidad a la extensión, la experiencia profunda al mero "coleccionismo" de lugares visitados. Por eso, quizás, no me arrepiento tanto de haber reservado la Ciudad Vieja para una futura visita en la que pueda dedicarle el tiempo y la atención que merece.

Los momentos imborrables: atardeceres y flotabilidad

Entre todas las vivencias acumuladas durante estos cuatro intensos días, hay dos experiencias que han quedado grabadas en mi memoria con especial nitidez, como esos instantes perfectos que nuestra mente decide atesorar entre sus recuerdos más valiosos.

La primera de estas experiencias transcendentales fue contemplar el ocaso desde las alturas del Monte de los Olivos. Ver Jerusalén envuelta en ese resplandor ambarino del sol poniente, con miles de tumbas judías en primer término y la majestuosa Cúpula de la Roca capturando y devolviendo los últimos destellos solares, creó una imagen de belleza casi sobrecogedora.

No profeso una religiosidad particular, pero la emoción que sentí en ese enclave superó cualquier expectativa turística. Fue un instante de conexión profunda con algo mayor que trasciende lo individual, como si todas las historias, las luchas, las oraciones y los sueños depositados en ese lugar durante milenios reverberaran simultáneamente.

La segunda experiencia imborrable fue mi contacto con las extraordinarias aguas del Mar Muerto. La increíble sensación de ingravidez que produce flotar sin esfuerzo alguno en ese denso caldo mineral permanece como una sensación física imposible de describir adecuadamente con palabras. Lo que convierte este recuerdo en algo aún más singular fueron las circunstancias emotivas tan particulares que lo rodearon: ese intervalo entre la conmocionante llamada sobre la hospitalización de mi padre, las gestiones urgentes para organizar su atención y los preparativos para mi partida anticipada.

En medio de aquel torbellino emocional, me concedí ese baño como un paréntesis necesario, un momento para anclarme plenamente en el presente antes de enfrentarme a las preocupaciones inminentes. Fue un recordatorio poderoso de que, incluso en los momentos más complicados, es posible encontrar pequeños espacios para el asombro y la conexión humana.

Israel: densidad histórica en un territorio minúsculo

Aunque no puedo predecir cuándo podré regresar a Israel, siento con certeza que esta tierra ha impreso en mí una marca indeleble que me llama a volver. Resulta asombroso cómo un país tan pequeño territorialmente (comparable en superficie a la Comunidad Valenciana) puede concentrar tal densidad de historia, cultura y significado espiritual que pocos lugares del mundo logran igualar.

Lo que hace a Israel verdaderamente extraordinario es su naturaleza de permanente contraste: tradición y vanguardia, espiritualidad y secularismo, desierto y vegetación exuberante coexisten en un equilibrio tan delicado como fascinante. Tel Aviv representa el rostro más contemporáneo, con su espíritu mediterráneo, su efervescencia cultural y su innovación tecnológica; Jerusalén encarna la solemnidad histórica, el peso de las tradiciones y la intensidad espiritual; las formaciones desérticas de Judea, con joyas como Ein Gedi o la imponente Masada, nos hablan de la persistencia humana frente a la adversidad; mientras que el Mar Muerto, con su extraña belleza mineral y sus propiedades únicas, nos recuerda que estamos en uno de los enclaves geológicos más singulares del planeta.

Pero quizás la característica más sobresaliente de Israel sea su complejísima composición humana. Un auténtico mosaico social donde conviven judíos procedentes de los cinco continentes (ashkenazíes europeos, sefardíes mediterráneos, mizrajíes de países árabes, falashas etíopes, judíos indios...), árabes israelíes, drusos, circasianos, cristianos de múltiples denominaciones, musulmanes... Cada comunidad aporta sus tradiciones, su gastronomía, su perspectiva vital y su relación particular con este territorio tan disputado. Esta diversidad, que frecuentemente genera tensiones evidentes, constituye paradójicamente la mayor riqueza del país, generando un ambiente cultural sin parangón que el viajero percibe en cada esquina, en cada mercado, en cada conversación.

El auténtico valor de los viajes: transformación interior

Las experiencias vividas en tierras israelíes ejemplifican para mí lo que considero la verdadera esencia del viaje: esos encuentros y vivencias que persisten en nuestra memoria mucho después del regreso, que sutilmente nos transforman y expanden nuestra comprensión tanto del mundo como de nosotros mismos. Porque, en definitiva y como siempre digo, la verdadera riqueza de viajar no reside tanto en la acumulación de destinos visitados como en cómo estos lugares nos modifican, amplían nuestros horizontes mentales y se entretejen en la narrativa de nuestra existencia.

Israel ha resultado ser, incluso en esta visita prematuramente interrumpida, uno de esos destinos transformadores que dejan una marca duradera. Un territorio donde cada estrato arqueológico cuenta episodios milenarios, donde presente y pasado se entrelazan de maneras sorprendentes, donde la convivencia de diversas tradiciones religiosas y culturales crea un tapiz humano de extraordinaria complejidad. Un país que, más allá de la simplificación mediática y los titulares de actualidad, merece ser experimentado personalmente para comprender al menos una fracción de su riqueza y sus inherentes contradicciones.

Adentrarse en Israel implica también confrontar ciertas preguntas incómodas sobre identidad, política, derechos humanos y el papel de la religión en la sociedad contemporánea. Resulta imposible recorrer este territorio sin reflexionar sobre el prolongado conflicto palestino-israelí, sobre las complejas relaciones entre Estado y creencias religiosas, sobre las diferentes narrativas históricas y concepciones de legitimidad que coexisten —a menudo en tensión— en este pequeño rincón mediterráneo. En este sentido, viajar a Israel trasciende la mera experiencia estética o cultural para convertirse en un ejercicio intelectual y ético.

Precisamente esta dimensión reflexiva es la que más lamento no haber podido explorar al no visitar enclaves palestinos como Belén o Hebrón. Sin este contrapunto esencial, mi percepción de la realidad israelí queda inevitablemente incompleta, limitada principalmente a la narrativa predominante en el lado israelí de la ecuación. Esta carencia constituye una motivación adicional para planificar un futuro viaje que me permita completar y matizar esta perspectiva.

La promesa del retorno: cuentas pendientes

Conservo la íntima satisfacción de haber aprovechado con intensidad cada jornada, cada momento disponible durante mi estancia. Los días comenzaban al amanecer y se extendían hasta bien entrada la noche, intentando absorber cada experiencia, cada detalle, cada atmósfera. Incluso bajo la persistente lluvia en Acre o Haifa, incluso arrastrando el cansancio tras noches de escaso descanso en vuelos o habitaciones desconocidas, la pasión por descubrir este fascinante país actuaba como un inagotable combustible emocional.

Me llevo también la promesa personal, casi un pacto íntimo, de regresar algún día para completar lo que quedó pendiente. Para atravesar finalmente los umbrales de esa Ciudad Vieja de Jerusalén que solo pude vislumbrar desde la distancia. Para recorrer paso a paso la Vía Dolorosa y detenerme en cada una de sus estaciones cargadas de historia y devoción. Para aproximarme al Muro de las Lamentaciones e insertar mi propio mensaje entre sus antiguas piedras. Para admirar la Cúpula de la Roca no como una silueta dorada en el horizonte sino en toda su deslumbrante magnificencia. Para cruzar hacia Belén y obtener esa visión complementaria que enriquecería mi comprensión de esta intrincada realidad.

Los viajes más significativos son precisamente aquellos que, incluso cuando finalizan físicamente, continúan interpelándonos, invitándonos al retorno. E indudablemente, Israel pertenece a esta categoría. No representa simplemente un punto marcado en un mapa o un destino más en nuestro itinerario vital, sino un territorio que se instala permanentemente en nuestra memoria e imaginación, que nos cuestiona y nos transforma, que nos invita a seguir explorando no solo sus geografías tangibles sino también sus paisajes históricos, culturales y humanos.

Mientras llega ese anhelado regreso, me consuelo con los recuerdos atesorados, con las fotografías que capturaron instantes irrepetibles, con las historias compartidas con amigos y familiares. Y con la certidumbre de que, de alguna manera, Israel ya forma parte indivisible de mi biografía personal —un capítulo inconcluso pero intensamente vivido que aguarda, paciente pero expectante, su eventual continuación.

Lo que costó el viaje

Guías y artículos

Información práctica