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El castillo de Peleș en Rumanía, con sus torres puntiagudas, los entramados de madera y la fachada clara, encaramado sobre una pradera en cuesta y rodeado de abetos, bajo un cielo de nubes blancas.

Diarios de viaje · Rumanía · Bucarest · Transilvania

Bucarest y Transilvania

Escapada rápida de solo tres días a Bucarest y la zona cercana de Transilvania. Rumanía tiene mucho más que ofrecer y recorrer, por lo que estoy seguro de que volveré, para seguir conociendo más zonas de este país, del que creo que en España tenemos una visión francamente infravalorada.

4 días Lectura de 24 minutos

Rumanía, una curiosidad que no sabía explicar

Introducción al viaje

Rumanía es un país que me genera mucha curiosidad, sin que sepa explicar muy bien por qué. Al principio planteé el viaje como una escapada urbana a Bucarest sin más pretensiones: al fin y al cabo eran solo unos días, y en noviembre, cuando las horas de luz ya empiezan a escasear, tampoco parecía el momento de complicarse.

Pero la curiosidad por acercarme a Transilvania pudo conmigo, y acabé añadiendo una excursión el primer día. No me arrepiento, pero soy consciente de que esto ha sido solo un aperitivo: Rumanía se merece una visita mucho más a fondo.

El Boulevard Unirii de Bucarest visto desde el balcón del Palacio del Parlamento.

Dia 1: De Bilbao a Bucarest

Mi vuelo salía desde Santander, no desde Bilbao. Los precios con Wizz Air eran sensiblemente más baratos desde el aeropuerto cántabro, y los autobuses de Alsa que van hacia Cantabria y Asturias tienen parada directa en el propio aeropuerto, así que el trayecto desde Bilbao es bastante sencillo.

Era mi primera vez volando desde Santander. El aeropuerto es pequeño, con instalaciones modernas y cómodas, aunque la oferta de hostelería es casi simbólica. Si tienes hambre antes de embarcar, ya puedes haber cenado en casa.

Calle, edificio, monumento o paisaje de Rumanía
El aeropuerto de Santander, pequeño pero funcional

El embarque bajo el temporal

Llegué al aeropuerto en medio de un fuerte temporal de lluvia y viento. El vuelo se retrasó solo media hora, lo cual, visto el tiempo que hacía, ya era toda una proeza.

Era también mi primera vez con Wizz Air. La aerolínea húngara funciona exactamente igual que Ryanair en cuanto a política de equipaje: solo está incluido en el precio un bolso de mano de máximo 40x30x20 cm que quepa bajo el asiento delantero. Para llevar un trolley hay que pagar un suplemento. Para una escapada de tres días, el bolso pequeño da más que de sobra.

Lo que sí me sorprendió es que en la práctica no hubo ningún control de equipajes en la puerta de embarque. La mayoría de los pasajeros metía directamente su bolso en los compartimentos superiores sin que nadie dijese nada. Tampoco hubo medición de tamaños. Podría haber colado una mochila de senderismo sin el menor problema.

Pero el momento más surrealista llegó con el embarque. En la mayoría de los aeropuertos que conozco ya no se camina por las pistas: o hay finger, o hay autobús. En Santander, con el temporal rugiendo, el trayecto del edificio al avión se hizo a pie. Literalmente a pie, cruzando la pista bajo la lluvia. La imagen de grupos de pasajeros corriendo arrastrando maletas, empujándose en las escaleras del avión para mojarse lo menos posible, tenía algo de cómico y algo de apocalíptico.

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El avión de Wizz Air bajo la lluvia de Santander

Al entrar al avión, una auxiliar de vuelo nos esperaba en la puerta con un montón de toallitas de papel para que pudiéramos secarnos la cara y las manos antes de sentarnos. Ese pequeño gesto —toallitas de papel como bienvenida oficial al vuelo— resumía bastante bien toda la experiencia.

El resto del vuelo fue perfectamente normal. Totalmente correcto para un billete de ida y vuelta que no llegaba a 40 euros.

Llegada a Bucarest en la madrugada

Llegamos a Bucarest con media hora de retraso. Eran las 23:30 cuando salí del aeropuerto Henri Coanda. A esa hora, la opción más sencilla para llegar al centro es el autobús 783, la única línea nocturna que cubre ese trayecto. Durante el día hay más opciones, pero por la noche es esta o taxi.

La parada está bien señalizada desde la zona de llegadas. Al fondo a la derecha hay una pequeña cabina donde venden los billetes: 9 lei, poco más de 2 euros. Lo que te dan en realidad es una tarjeta recargable con un mínimo de dos viajes cargados, así que guárdala bien porque sirve también para el regreso al aeropuerto días más tarde. Si viajáis en pareja podéis usar la misma tarjeta para los dos.

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Plaza Victoriei, a cinco minutos de mi Airbnb

Me bajé en la parada de Plaza Victoriei, a menos de cinco minutos andando de mi Airbnb. La recogida de llaves era por caja de seguridad, sin esperas. Eran ya las 00:30. Esta zona de la ciudad estaba completamente cerrada a esa hora, así que cené con los sándwiches y la fruta que me había traído desde Bilbao, me preparé un té y me fui a dormir. Al día siguiente había que madrugar: excursión a Transilvania.

Paisaje de Transilvania con montañas y pueblos

Dia 2: Descubriendo Transilvania

Cuando planifiqué esta escapada a Bucarest no tenía pensado salir de la capital. Tres días no dan para mucho. Pero todos los blogs y foros que consulté coincidían en que Bucarest puede verse sin problemas en dos días, así que empecé a estudiar opciones para visitar Transilvania, que está sorprendentemente cerca.

El problema de las excursiones organizadas a Brasov, Peles y el castillo de Bran es que la mayoría son en autobús privado con grupos grandes, y todos los comentarios coincidían en que el tiempo en cada destino era insuficiente. Los tours privados eran demasiado caros. Encontré una solución intermedia a través de las "experiencias" de Airbnb: un coche compartido con guía local, a precio razonable, con tiempo de sobra en cada parada.

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Compartí el viaje con una pareja belga de Gante, una chica de California y nuestro guía local George. Y realmente valió la pena la experiencia.

George me recogió a las 7:30 en la puerta del Airbnb con los otros viajeros ya a bordo: una pareja belga de Gante y una chica de California. Hicimos una primera parada rápida para tomar un café y comenzamos el trayecto hacia la primera parada del día.

El castillo de un rey alemán en los Cárpatos

El Castillo de Peles está en Sinaia, una pequeña localidad en las laderas de los Cárpatos. Lo mandó construir el rey Carol I a finales del siglo XIX como residencia de verano, y no es un dato menor que Carol I fuera un príncipe alemán de la Casa de Hohenzollern-Sigmaringen, convocado en 1866 para convertirse en el primer rey de Rumanía. Esa procedencia centroeuropea explica bastante el aspecto del edificio: más palacio bávaro que castillo de cuento eslavo.

Fue también el primer castillo de Europa con luz eléctrica —generada por una planta hidroeléctrica propia en el río Prahova—, calefacción central y ascensor. La construcción duró de 1873 a 1914 y el resultado son 160 habitaciones en estilo neo-renacentista. En noviembre nos hizo un día de sol espléndido que le sentaba muy bien al edificio y a los jardines.

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A pesar de ser noviembre nos hizo un día genial de sol y buena temperatura que siempre ayuda a resaltar la belleza de los rincones.

La entrada más habitual —visita libre a la planta baja— cuesta 30 lei, unos 7 euros. Hay una tarifa más cara que incluye el primer piso, y si quieres hacer fotos en el interior son otros 30 lei adicionales. Las condiciones de la página web especifican además que esas fotos son de uso estrictamente privado, sin posibilidad de publicarlas en blogs ni redes sociales. Decidí cumplir las normas, así que no tengo fotos del interior.

Lo que sí puedo decir es que merece la visita. Las decoraciones en madera tallada son espectaculares, y la sala árabe y la sala turca son lo más llamativo del recorrido. La visita autónoma lleva unos 30-35 minutos; también hay tours guiados a ciertas horas a los que te puedes unir al entrar. Te quedas con ganas de ver más, pero lo que se visita está muy cuidado.

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El exterior del Castillo de Peles, con sus torres puntiagudas y la fachada neo-renacentista bajo el sol de noviembre

A la salida di un paseo por los jardines, nos reagrupamos y volvimos al coche.

De camino pasamos por delante del Castillo de Pelisor, que está a dos o tres minutos andando del principal. Es una gran mansión construida unos años después como regalo al príncipe heredero. Su interior también puede visitarse, pero después del Peles no añade demasiado y decidimos seguir.

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El Castillo de Pelisor, regalo al príncipe heredero

El monasterio que trajo el nombre de una montaña egipcia

Antes de volver al coche nos acercamos al Monasterio de Sinaia, que está prácticamente en el mismo parking del castillo. Lo fundó a finales del siglo XVII un noble rumano que había viajado por Egipto y se había enamorado del monte Sinaí: a su regreso construyó este monasterio y le puso el mismo nombre. De ahí viene también el nombre de la ciudad.

La iglesia principal actual es del siglo XIX, imponente y bien conservada. Estaban celebrando misa así que no entramos. Sí visitamos la iglesia vieja, el edificio original, rodeada por un pequeño patio amurallado. La decoración interior está muy bien restaurada y es uno de esos interiores que te sorprenden por fuera de cualquier expectativa.

El Monasterio de Sinaia es el único monasterio de Rumanía con dos iglesias ortodoxas activas.

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El Monasterio de Sinaia: el exterior, el patio amurallado y el interior de la iglesia vieja, con el detalle de su decoración restaurada

El castillo que no era de Drácula

La siguiente parada fue Bran. El castillo de Bran se vende en todas partes como el "Castillo de Drácula", aunque la relación entre ambos es bastante más endeble de lo que sugiere el marketing turístico.

Bram Stoker escribió su novela en 1897 sin haber puesto un pie en Rumanía. La documentó enteramente en la biblioteca de Aberdeen, Escocia, usando una descripción de un castillo transilvano —uno diferente a Bran. Vlad Tepes, el príncipe del siglo XV en el que se basa parcialmente el personaje —apodado "el Empalador" por su método favorito de ajusticiar a sus enemigos— tuvo una relación con el castillo de Bran que los historiadores describen, en el mejor de los casos, como una posible y breve estancia como prisionero. En Rumanía, por otro lado, Vlad Tepes es un héroe nacional: fue él quien defendió la región de la expansión otomana cuando los reinos más poderosos de Europa miraban para otro lado.

El castillo como tal fue construido en 1388, y eso ya merece la visita independientemente del cuento de vampiros.

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El Castillo de Bran, más medieval que terrorífico

Visto desde el exterior es realmente imponente: la verticalidad de los muros y lo escarpado de la ubicación le dan una presencia que el de Peles, más elegante, no tiene. La entrada cuesta 40 lei, unos 8,50 euros. Hay entradas adicionales para una exposición de instrumentos de tortura y un "túnel del tiempo" audiovisual que no visité.

Había leído en varios blogs que el interior era decepcionante. No estoy de acuerdo. La distribución de las habitaciones, lo angosto de algunos pasillos, los patios interiores y las vistas desde las torres son genuinamente interesantes. Lo que sí es un desastre es la decoración: murciélagos de plástico, telarañas falsas, esqueletos... Una decoración de Halloween que nadie había tenido la dignidad de retirar, o quizá era permanente, nunca lo tuve claro. Hay que visitar el castillo haciendo un esfuerzo activo por ignorar ese decorado y concentrarse en la arquitectura medieval, que es lo que realmente vale.

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El interior del Castillo de Bran, con sus pasillos angostos y el patio interior

A la salida, George nos invitó a probar un langos. Me explicó que el origen es húngaro —y tiene sentido, dado que Transilvania formó parte de Hungría durante casi novecientos años antes de 1918— pero que también es un tentempié habitual en algunas zonas de Rumanía. Es una base de masa de pan sobre la que colocan mantequilla, queso y salsa de ajo. Muy contundente y muy rico para seguir la ruta.

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Los langos que nos ofreció George a la salida, más detalles del interior y las vistas desde las torres del castillo de Bran

La fortaleza que vivía de adentro hacia afuera

Aunque no figura en muchas de las excursiones a Transilvania, la Fortaleza de Rasnov fue uno de mis rincones favoritos de toda la jornada. Está en lo alto de una montaña, en estado bastante deteriorado, y eso precisamente es lo que la hace interesante: no es un monumento restaurado para turistas, sino un esqueleto medieval que puedes recorrer con bastante libertad.

Lo que la diferencia de los castillos anteriores es su función: no era la residencia de un señor feudal sino una fortaleza en la que se refugiaba toda la población civil de los alrededores en caso de ataque. Tiene casas, una escuela y una capilla. En el interior vivía una comunidad entera, no solo una guarnición militar. Eso le da una textura completamente diferente a la visita.

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Vistas del gran letrero de Rasnov desde el coche

La entrada cuesta 10 lei, poco más de 2 euros. Nada más entrar se puede subir a la torre de la muralla, desde donde se obtiene la mejor panorámica del conjunto y se ven también las huellas de la antigua iglesia, hoy completamente desaparecida.

La fortaleza está en el paso entre Valaquia y Transilvania —el mismo paso estratégico que explica por qué existía— y desde el punto más alto del recinto la perspectiva del valle es impresionante.

En la zona baja está el antiguo pozo que abastecía de agua a la fortaleza cuando estaba sitiada. Tiene más de 150 metros de profundidad y, según la tradición, fue excavado por prisioneros turcos. Se dice que en las paredes del pozo pueden leerse versículos del Corán.

Justo al lado de la fortaleza hay un parque temático de dinosaurios a escala real, con las figuras dispersas entre los árboles. No es exactamente mi tipo de visita, pero si se viaja con niños puede tenerlos entretenidos un rato.

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El interior de la Fortaleza de Rasnov, con las casas de la comunidad dentro de la muralla, el pozo de más de 150 metros de profundidad y las vistas del valle desde lo alto

Brasov al atardecer

El último destino del día fue Brasov. Antes de llegar, George paró en un mirador de carretera desde el que se entiende la escala real de la ciudad, bastante grande. La parte interesante para el turista —el casco histórico medieval— es relativamente pequeña y se puede recorrer cómodamente a pie.

Brasov tiene una historia lingüística densa. Los alemanes la llamaban Kronstadt, los húngaros Brassó. Esos nombres reflejan que la ciudad fue fundada en el siglo XIII por colonos sajones a los que la Corona húngara invitó a poblar Transilvania. El nombre "Transilvania" viene del latín y significa literalmente "más allá de los bosques" —trans silva—, que describe bastante bien la geografía del lugar.

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Impresionante perspectiva de Brasov desde el mirador

Recorrimos las antiguas murallas que rodeaban la ciudad y callejeamos por el casco antiguo. George nos señaló la que, según él, es la calle más estrecha de Europa: larga, muy estrecha, y flanqueada por fachadas con ventanas reales en ambos lados. "Los pasadizos más estrechos existen —nos explicó—, pero no los llaman calle porque las paredes no tienen ventanas." Una distinción que no había considerado nunca.

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Según nuestro guía, la calle más estrecha de Europa

El casco viejo está lleno de bares, restaurantes y tiendas orientadas al turismo, pero es muy agradable de pasear. La iglesia negra —Black Church— es el edificio más llamativo: una iglesia gótica imponente que debe su nombre a un gran incendio que ennegrecció sus paredes. Lamentablemente cierra los domingos y no pudimos ver el interior.

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Las murallas del casco histórico de Brasov y sus calles, callejeadas con George

Cenamos en un restaurante de la zona turística. A pesar de la ubicación, el precio fue de unos 14 euros por cabeza, incluyendo bebidas y propina. Desde ahí emprendimos el regreso a Bucarest, con los inevitables atascos en la carretera. George me dejó en la puerta del Airbnb. En total, casi quince horas de excursión.

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El ambiente y las calles de Brasov ya de noche, antes de volver a Bucarest
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Dia 3: Bucarest, la joya oculta de Europa del Este

Después de la excursión a Transilvania, el día 3 tocaba dedicarlo entero a Bucarest. Salí del Airbnb cerca de Plaza Victoriei y decidí ir andando hasta el centro, unos 25 minutos a pie. Es la mejor manera de entender una ciudad nueva: caminar sin rumbo fijo y ver qué aparece.

El París del Este que el comunismo no terminó de borrar

Bucarest tiene un apodo histórico: "Micul Paris", el pequeño París. Lo ganó en el siglo XIX, cuando la élite rumana educada en Francia modeló la Calea Victoriei —el boulevard principal— directamente sobre los Campos Elíseos, y llenó el centro de arquitectura neoclásica y art nouveau. La comparación era ambiciosa pero no absurda.

Luego llegó el comunismo y, entre los años sesenta y ochenta, derribó buena parte de ese centro histórico para construir bloques de hormigón. El golpe más brutal fue en 1984, cuando Ceaușescu arrasó el barrio histórico de Uranus —con sus iglesias, sus palacios, sus callejuelas— para levantar la Casa Poporului y el Boulevard Unirii. El Boulevard Unirii es efectivamente una copia de los Campos Elíseos: misma anchura, misma perspectiva axial, mismos edificios imponentes a ambos lados. Lo que no tiene son las tiendas, los cafés, el uso. Es un bulevar de propaganda que hoy resulta un poco fantasmal.

Lo interesante de Bucarest es que a pesar de todo, los retazos del París original sobreviven por todas partes. Y caminar por la ciudad es encontrar esos retazos entre el hormigón soviético.

El Ateneo Rumano es uno de los primeros edificios que aparecen en esa caminata desde Plaza Victoriei. Fachada neoclásica, cúpula verde, columnas. Es el símbolo cultural del país y tiene la presencia de esos edificios que se construyeron para durar siglos.

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El Ateneo Rumano, símbolo cultural de Bucarest

Unos metros más adelante, la Biblioteca Central Universitaria tiene una fachada ornamentada que detiene el paso. Y en la Plaza Revolutiei, el Memorial del Renacimiento —un obelisco con una corona de bronce en lo alto— recuerda a los muertos de diciembre de 1989. Fue aquí, en esta plaza, donde Ceaușescu pronunció su último discurso público el 21 de diciembre. Al día siguiente huyó del edificio del Comité Central en helicóptero mientras las cámaras de televisión rumana lo grababan en directo. Fue capturado, juzgado por un tribunal militar en pocas horas y ejecutado el 25 de diciembre. La primera revolución de la historia transmitida en directo por televisión terminó aquí, en esta plaza que hoy parece tranquila y casi provinciana.

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Plaza Revolutiei, donde empezó el fin del régimen de Ceaușescu

Iglesias, pasajes y la mejor librería que he visto

Cerca de la Plaza Revolutiei está la Iglesia Kretzulescu, una sorpresa que no tenía en el itinerario. Es una iglesia barroca del siglo XVIII en estilo brâncovenesc —el estilo arquitectónico rumano que mezcla ornamentación oriental con estructura occidental—, y su interior es uno de esos espacios que justifican solos el desvío: bóvedas pintadas con escenas bíblicas en colores vivos, un nivel de detalle que requiere parar y mirar despacio.

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El interior de la Iglesia Kretzulescu y sus bóvedas pintadas con escenas bíblicas

El Teatro Odeon, a pocos pasos, tiene una fachada art nouveau con esa ornamentación curvilínea y algo excesiva que caracteriza el estilo. Solo pude ver el exterior.

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Fachada del Teatro Odeon

La Biblioteca Central me lleva hasta la foto que más hice ese día: la estatua ecuestre frente a la fachada, con la luz de noviembre.

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Estatua ecuestre frente a la Biblioteca Central

En el casco antiguo encontré los dos pasajes que había visto en fotos: el Pasajul Englez estaba cerrado por obras, pero saqué algunas imágenes interesantes desde el exterior. El Pasajul Victoriei, con sus paraguas de colores colgados del techo, es uno de esos rincones diseñados para resultar fotogénicos, y funciona.

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Los dos pasajes del casco antiguo: el Pasajul Englez, cerrado por obras, y el Pasajul Victoriei con sus paraguas de colores

El casco antiguo —Lipscani— tiene las calles adoquinadas que corresponden al "Micul Paris" original, con edificios de varios siglos mezclados de manera algo caótica. Está claramente orientado al turismo: bares, restaurantes, tiendas de souvenirs. Pero es un buen sitio para comer a precios razonables antes de seguir.

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Las opciones para comer en el casco antiguo son numerosas y baratas

En Lipscani está también la librería Cărturești Carusel. Ocupa un edificio de principios del siglo XX restaurado, con varios pisos de galerías abiertas hacia el centro. Es uno de los espacios más bonitos que he visto dedicados a la venta de libros: blanco, bien iluminado, con una cafetería en la planta superior. Merece el desvío aunque no tengas intención de comprar nada.

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La librería Cărturești Carusel, una de las más bonitas que he visto

Las iglesias de San Demetrio y San Antonio están también en esta zona del casco antiguo. La de San Demetrio tiene una arquitectura tradicional rumana más elaborada; la de San Antonio es más modesta. En ambos casos el interior merece la visita: los iconostasios ortodoxos rumanos tienen una presencia visual muy diferente a la de las iglesias que estamos acostumbrados a ver en España.

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La Iglesia de San Demetrio y el interior de las iglesias del casco antiguo, con el detalle de su iconostasio ortodoxo

El edificio más grande del mundo que nadie terminó

Recorrí el Boulevard Unirii desde la Plaza Unirii hasta el Palacio del Parlamento. La perspectiva desde la plaza hacia el Palacio es exactamente la que Ceaușescu quería: el edificio aparece al fondo de la avenida como un telón de fondo monumental, aplastante.

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El Boulevard Unirii, la copia bucarestiana de los Campos Elíseos, con su perspectiva hacia el Palacio del Parlamento

El Palacio del Parlamento —la Casa Poporului durante el régimen, el "Palacio de la República" en los planos de Ceaușescu— es el segundo edificio administrativo más grande del mundo por superficie, después del Pentágono. 1.100 habitaciones. 3,77 millones de pies cuadrados de suelo. 480 arañas de cristal y 1.400 puntos de luz en los techos. Ceaușescu ordenó demoler el barrio histórico de Uranus en 1984 para construirlo. Fue ejecutado en 1989 antes de verlo terminado. Hoy todavía no está completamente acabado.

La visita es en tour guiado obligatorio. Había leído que podía llevar tiempo encontrar un horario disponible, así que me acerqué temprano. Al llegar, escuché a alguien gritar "spanish, spanish, start now". En menos de dos minutos ya estaba dentro.

La guía fue muy buena. Explicó la historia del edificio sin eludir las partes incómodas: los barrios demolidos, el coste humano de la construcción, el culto a la personalidad que lo generó. El tour solo cubre aproximadamente el dos por ciento de la superficie total del edificio, y aun así la visita dura una hora. Los pasillos son interminables. Las salas son enormes. El mármol y las maderas talladas están en todas partes. Es difícil procesar la escala del lugar desde dentro.

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Los interminables pasillos del Palacio del Parlamento, sus salas principales y de sesiones, y el detalle de sus arañas de cristal

El monasterio del final del día

Salí del Palacio con la luz ya baja. Aproveché esa hora para acercarme al Monasterio Stavropoleos, escondido en una callejuela del casco antiguo.

Es un monasterio ortodoxo del siglo XVIII, pequeño, con un patio interior con columnas talladas y frescos tanto en las paredes exteriores como en el interior. La arquitectura es la misma mezcla brâncovenesc que la iglesia Kretzulescu: ornamentación muy densa, colores intensos, una sensación de acumulación deliberada de belleza en un espacio reducido. Lo visité casi solo, con la luz de la tarde entrando por el patio. Buen cierre para el día.

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El patio y los frescos del Monasterio Stavropoleos, con su ornamentación brâncovenesc

Al caer la noche, el casco antiguo cobró otro ritmo. Las terrazas de los bares estaban llenas a pesar del frío. Los edificios históricos iluminados tienen una presencia diferente de noche. Fui al primer restaurante que me pareció bien y cené sin pensar demasiado. El día siguiente quedaba libre para completar lo que no había podido ver.

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El casco antiguo de Bucarest de noche, con las terrazas llenas a pesar del frío
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Dia 4: Más Bucarest y regreso a casa

El último día empezaba con tiempo justo. Mi vuelo de regreso a Santander salía a las 15:05, así que tenía la mañana libre antes de necesitar estar en el aeropuerto. Decidí alejame del centro hacia el norte de la ciudad, donde el Bucarest más parisino —el de los bulevares anchos y los edificios de principios del siglo XX— se conserva mejor que en el centro histórico.

El arco que se construyó dos veces

El Arcul de Triumf está en el norte de la ciudad, en la confluencia de varias avenidas. El arco actual, de hormigón y granito, es de 1936, pero ya existía una versión anterior en madera levantada en 1878 para conmemorar la independencia de Rumanía. Sus relieves narran la historia del país desde la época romana hasta la unificación de 1918, cuando Transilvania —que había sido parte de Hungría durante casi novecientos años— se incorporó a Rumanía tras la Primera Guerra Mundial.

A veces está abierta la terraza superior, pero no ese día. La vista del arco desde las avenidas que convergen en él ya justifica el paseo.

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Podría ser París, pero es Bucarest

El lago y el museo que lo rodea

Desde el arco caminé hasta el Parcul Herăstrău, un parque grande que rodea un lago artificial en el norte de la ciudad. Es uno de los pulmones verdes principales de Bucarest y está muy frecuentado por locales, especialmente en los días de buen tiempo. En noviembre el parque estaba tranquilo y con los árboles ya casi sin hojas, pero es un sitio agradable para caminar y descansar del ritmo de los monumentos.

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El lago Herăstrău en noviembre

En la orilla del lago, dentro del mismo parque, está el Muzeul Național al Satului "Dimitrie Gusti" —el Museo Nacional de la Aldea. Este fue, sin duda, el lugar que más me sorprendió de todo el viaje.

Trescientas casas traídas de toda Rumanía

El museo lo fundó en 1936 el sociólogo Dimitrie Gusti con una idea muy específica: no construir réplicas, sino trasladar edificios originales. Durante décadas, el museo fue enviando equipos por todo el país para desmontar casas, iglesias, molinos, graneros y talleres de distintas regiones rurales de Rumanía, transportarlos pieza por pieza a Bucarest y reconstruirlos en las diez hectáreas que bordean el lago.

El resultado son más de trescientas estructuras auténticas, cada una procedente de una región diferente: casas de madera tallada de Maramureș en el norte, viviendas semi-subterráneas de Oltenia en el sur, iglesias de Transilvania, molinos de agua de los valles de los Cárpatos. No es una recreación temática de cómo vivía la gente rural rumana —son las casas reales donde vivió esa gente.

Cada casa está amueblada con los objetos originales: utensilios de cocina, herramientas agrícolas, trajes tradicionales, ajuares. Durante la visita hay artesanos trabajando en algunos de los talleres, demostrando técnicas de tejido, alfarería o talla en madera. Pasé varias horas recorriendo los senderos entre los edificios. En días de buen tiempo el museo alberga festivales y eventos de tradiciones populares; en mi visita de noviembre no coincidió ninguno, pero tampoco lo eché de menos.

Es un tipo de museo al que no estoy acostumbrado en España —o en Europa occidental en general— y la experiencia de recorrer esa aldea artificial y muy real al mismo tiempo es difícil de resumir en un párrafo.

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Las casas tradicionales del Museo Nacional de la Aldea, con el interior de una de ellas reconstruida, una iglesia de madera de Transilvania y los senderos entre los edificios

El regreso

Cuando salí del museo era hora de dirigirme al aeropuerto. Tomé el autobús desde las cercanías del parque, llegué con tiempo suficiente, y el vuelo de Wizz Air despegó hacia Santander con un pequeño retraso. Esta vez sin temporal, aunque tampoco había toallitas de bienvenida.

Desde Santander tomé el autobús de Alsa de vuelta a Bilbao. Tres días, cuatro vuelos en total entre escalas, un coche por Transilvania, y casi todo Bucarest a pie. Una escapada que, honestamente, rinde mucho más de lo que promete.

Guías y artículos

Información práctica

Piața Victoriei en Bucarest, de noche, cerca de donde para el autobús exprés del aeropuerto

Cómo ir del aeropuerto de Bucarest al centro

El aeropuerto Henri Coandă está a menos de veinte kilómetros del centro de Bucarest y hay tres formas razonables de cubrir esa distancia: el autobús exprés, el tren hasta la estación del Norte y el taxi. Cada una tiene su momento, y hay un detalle sobre los billetes que sorprende a casi todo el mundo al aterrizar.

Bucarest
El Boulevard Unirii de Bucarest, la ancha avenida que Ceaușescu concibió como copia de los Campos Elíseos, con el Palacio del Parlamento al fondo

Cómo visitar el Palacio del Parlamento de Bucarest

El segundo edificio administrativo más grande del mundo solo se puede visitar con guía, con reserva previa y con el documento de identidad original en la mano. Es la visita con más letra pequeña de Bucarest y la que más viajeros se quedan sin hacer por no haberla preparado con un día de antelación.

Bucarest
Una de las casas tradicionales trasladadas al Museo Nacional de la Aldea de Bucarest, junto al lago Herăstrău

El Museo Nacional de la Aldea, la mejor visita de Bucarest

Más de trescientas casas, iglesias, molinos y talleres originales, desmontados en aldeas de toda Rumanía y vueltos a levantar pieza a pieza junto al lago Herăstrău. No es una recreación temática ni un parque de atracciones histórico: son los edificios reales donde vivió esa gente, y es la visita que más me sorprendió de toda la capital.

Bucarest
El castillo de Bran, con sus muros verticales y su emplazamiento escarpado, visto desde el exterior

El castillo de Bran, el castillo que no era de Drácula

Bran se vende en medio mundo como el castillo de Drácula y la realidad es que Bram Stoker nunca pisó Rumanía, que Vlad Țepeș apenas tuvo relación con el edificio y que la historia auténtica del lugar, con una reina rumana instalada en él, es bastante más interesante que la inventada. Esto es lo que hay que saber antes de subir la cuesta.

Transilvania
Paisaje de Transilvania con montañas y pueblos

Excursión a Transilvania desde Bucarest en un día

El castillo de Peleș, el monasterio de Sinaia, el castillo de Bran, la fortaleza de Râșnov y el casco medieval de Brașov se pueden encadenar en una sola jornada desde Bucarest. Es una excursión larga y exigente, pero perfectamente factible si se elige bien el formato y se reservan las entradas con antelación, que es donde falla la mayoría de la gente.

BucarestTransilvania
El letrero de RÂȘNOV en letras blancas sobre la ladera de la montaña, visto desde la carretera

La fortaleza de Râșnov, la parada que muchos tours se saltan

Râșnov no era el castillo de un señor feudal sino una fortaleza donde se refugiaba la población civil entera, y esa diferencia se nota al recorrerla. Ahora bien, antes de incluirla en tu ruta por Transilvania hay que saber que el recinto medieval lleva años en obras de restauración y que lo que hoy se visita no es lo mismo que lo que aparece en las guías.

Transilvania
El Arcul de Triumf de Bucarest, en una avenida amplia que recuerda a París

Qué ver en Bucarest en dos días

Dos días son la medida justa para Bucarest: el primero se va entero en el eje central, entre la Plaza Victoriei y el Palacio del Parlamento, y el segundo permite subir al norte de la ciudad, donde están el Arcul de Triumf, el lago Herăstrău y el Museo Nacional de la Aldea, que es probablemente la visita más sorprendente de toda la capital.

Bucarest
La fachada neoclásica del Ateneo Rumano, con su cúpula verde y sus columnas, el símbolo cultural de Bucarest

Qué ver en Bucarest en un día

Bucarest se puede recorrer en una sola jornada si se plantea bien el itinerario. Esta es una ruta a pie, ordenada geográficamente, que va desde la Plaza Victoriei hasta el Palacio del Parlamento pasando por el casco antiguo, con los tiempos reales de cada visita y los detalles que conviene tener resueltos antes de salir del hotel.

Bucarest
Las terrazas del casco antiguo de Bucarest, llenas de gente por la noche

Viajar a Rumanía siendo gay: lo que me encontré y lo que ha cambiado

Rumanía es hoy el país peor situado de toda la Unión Europea en el índice de derechos LGTBI de ILGA-Europe, y eso se nota en la calle mucho antes de que se note en el código civil. Esta es mi experiencia viajando solo a Bucarest, lo que he podido comprobar que ha cambiado desde entonces y lo que conviene saber antes de ir.

Bucarest
El castillo de Peleș en Rumanía, con sus torres puntiagudas, los entramados de madera y la fachada clara, encaramado sobre una pradera en cuesta y rodeado de abetos, bajo un cielo de nubes blancas

Visitar el castillo de Peleș: entradas, horarios y qué esperar

El castillo de Peleș es probablemente el edificio más bonito de Rumanía y también el que más planificación exige: cierra dos días a la semana, tiene aforo diario limitado, funciona por franjas horarias y añade un cierre técnico en otoño. Esto es todo lo que hay que resolver antes de subir a Sinaia, más la historia que hace que la visita valga la pena.

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