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Bucarest y Transilvania
Escapada rápida de solo tres días a Bucarest y la zona cercana de Transilvania. Rumanía tiene mucho más que ofrecer y recorrer, por lo que estoy seguro de que volveré, para seguir conociendo más zonas de este país, del que creo que en España tenemos una visión francamente infravalorada.
Rumanía, una curiosidad que no sabía explicar¶
Introducción al viaje
Rumanía es un país que me genera mucha curiosidad, sin que sepa explicar muy bien por qué. Al principio planteé el viaje como una escapada urbana a Bucarest sin más pretensiones: al fin y al cabo eran solo unos días, y en noviembre, cuando las horas de luz ya empiezan a escasear, tampoco parecía el momento de complicarse.
Pero la curiosidad por acercarme a Transilvania pudo conmigo, y acabé añadiendo una excursión el primer día. No me arrepiento, pero soy consciente de que esto ha sido solo un aperitivo: Rumanía se merece una visita mucho más a fondo.

Dia 1: De Bilbao a Bucarest¶
Mi vuelo salía desde Santander, no desde Bilbao. Los precios con Wizz Air eran sensiblemente más baratos desde el aeropuerto cántabro, y los autobuses de Alsa que van hacia Cantabria y Asturias tienen parada directa en el propio aeropuerto, así que el trayecto desde Bilbao es bastante sencillo.
Era mi primera vez volando desde Santander. El aeropuerto es pequeño, con instalaciones modernas y cómodas, aunque la oferta de hostelería es casi simbólica. Si tienes hambre antes de embarcar, ya puedes haber cenado en casa.

El embarque bajo el temporal
Llegué al aeropuerto en medio de un fuerte temporal de lluvia y viento. El vuelo se retrasó solo media hora, lo cual, visto el tiempo que hacía, ya era toda una proeza.
Era también mi primera vez con Wizz Air. La aerolínea húngara funciona exactamente igual que Ryanair en cuanto a política de equipaje: solo está incluido en el precio un bolso de mano de máximo 40x30x20 cm que quepa bajo el asiento delantero. Para llevar un trolley hay que pagar un suplemento. Para una escapada de tres días, el bolso pequeño da más que de sobra.
Lo que sí me sorprendió es que en la práctica no hubo ningún control de equipajes en la puerta de embarque. La mayoría de los pasajeros metía directamente su bolso en los compartimentos superiores sin que nadie dijese nada. Tampoco hubo medición de tamaños. Podría haber colado una mochila de senderismo sin el menor problema.
Pero el momento más surrealista llegó con el embarque. En la mayoría de los aeropuertos que conozco ya no se camina por las pistas: o hay finger, o hay autobús. En Santander, con el temporal rugiendo, el trayecto del edificio al avión se hizo a pie. Literalmente a pie, cruzando la pista bajo la lluvia. La imagen de grupos de pasajeros corriendo arrastrando maletas, empujándose en las escaleras del avión para mojarse lo menos posible, tenía algo de cómico y algo de apocalíptico.

Al entrar al avión, una auxiliar de vuelo nos esperaba en la puerta con un montón de toallitas de papel para que pudiéramos secarnos la cara y las manos antes de sentarnos. Ese pequeño gesto —toallitas de papel como bienvenida oficial al vuelo— resumía bastante bien toda la experiencia.
El resto del vuelo fue perfectamente normal. Totalmente correcto para un billete de ida y vuelta que no llegaba a 40 euros.
Llegada a Bucarest en la madrugada
Llegamos a Bucarest con media hora de retraso. Eran las 23:30 cuando salí del aeropuerto Henri Coanda. A esa hora, la opción más sencilla para llegar al centro es el autobús 783, la única línea nocturna que cubre ese trayecto. Durante el día hay más opciones, pero por la noche es esta o taxi.
La parada está bien señalizada desde la zona de llegadas. Al fondo a la derecha hay una pequeña cabina donde venden los billetes: 9 lei, poco más de 2 euros. Lo que te dan en realidad es una tarjeta recargable con un mínimo de dos viajes cargados, así que guárdala bien porque sirve también para el regreso al aeropuerto días más tarde. Si viajáis en pareja podéis usar la misma tarjeta para los dos.

Me bajé en la parada de Plaza Victoriei, a menos de cinco minutos andando de mi Airbnb. La recogida de llaves era por caja de seguridad, sin esperas. Eran ya las 00:30. Esta zona de la ciudad estaba completamente cerrada a esa hora, así que cené con los sándwiches y la fruta que me había traído desde Bilbao, me preparé un té y me fui a dormir. Al día siguiente había que madrugar: excursión a Transilvania.

Dia 2: Descubriendo Transilvania¶
Cuando planifiqué esta escapada a Bucarest no tenía pensado salir de la capital. Tres días no dan para mucho. Pero todos los blogs y foros que consulté coincidían en que Bucarest puede verse sin problemas en dos días, así que empecé a estudiar opciones para visitar Transilvania, que está sorprendentemente cerca.
El problema de las excursiones organizadas a Brasov, Peles y el castillo de Bran es que la mayoría son en autobús privado con grupos grandes, y todos los comentarios coincidían en que el tiempo en cada destino era insuficiente. Los tours privados eran demasiado caros. Encontré una solución intermedia a través de las "experiencias" de Airbnb: un coche compartido con guía local, a precio razonable, con tiempo de sobra en cada parada.

George me recogió a las 7:30 en la puerta del Airbnb con los otros viajeros ya a bordo: una pareja belga de Gante y una chica de California. Hicimos una primera parada rápida para tomar un café y comenzamos el trayecto hacia la primera parada del día.
El castillo de un rey alemán en los Cárpatos
El Castillo de Peles está en Sinaia, una pequeña localidad en las laderas de los Cárpatos. Lo mandó construir el rey Carol I a finales del siglo XIX como residencia de verano, y no es un dato menor que Carol I fuera un príncipe alemán de la Casa de Hohenzollern-Sigmaringen, convocado en 1866 para convertirse en el primer rey de Rumanía. Esa procedencia centroeuropea explica bastante el aspecto del edificio: más palacio bávaro que castillo de cuento eslavo.
Fue también el primer castillo de Europa con luz eléctrica —generada por una planta hidroeléctrica propia en el río Prahova—, calefacción central y ascensor. La construcción duró de 1873 a 1914 y el resultado son 160 habitaciones en estilo neo-renacentista. En noviembre nos hizo un día de sol espléndido que le sentaba muy bien al edificio y a los jardines.

La entrada más habitual —visita libre a la planta baja— cuesta 30 lei, unos 7 euros. Hay una tarifa más cara que incluye el primer piso, y si quieres hacer fotos en el interior son otros 30 lei adicionales. Las condiciones de la página web especifican además que esas fotos son de uso estrictamente privado, sin posibilidad de publicarlas en blogs ni redes sociales. Decidí cumplir las normas, así que no tengo fotos del interior.
Lo que sí puedo decir es que merece la visita. Las decoraciones en madera tallada son espectaculares, y la sala árabe y la sala turca son lo más llamativo del recorrido. La visita autónoma lleva unos 30-35 minutos; también hay tours guiados a ciertas horas a los que te puedes unir al entrar. Te quedas con ganas de ver más, pero lo que se visita está muy cuidado.


A la salida di un paseo por los jardines, nos reagrupamos y volvimos al coche.
De camino pasamos por delante del Castillo de Pelisor, que está a dos o tres minutos andando del principal. Es una gran mansión construida unos años después como regalo al príncipe heredero. Su interior también puede visitarse, pero después del Peles no añade demasiado y decidimos seguir.

El monasterio que trajo el nombre de una montaña egipcia
Antes de volver al coche nos acercamos al Monasterio de Sinaia, que está prácticamente en el mismo parking del castillo. Lo fundó a finales del siglo XVII un noble rumano que había viajado por Egipto y se había enamorado del monte Sinaí: a su regreso construyó este monasterio y le puso el mismo nombre. De ahí viene también el nombre de la ciudad.
La iglesia principal actual es del siglo XIX, imponente y bien conservada. Estaban celebrando misa así que no entramos. Sí visitamos la iglesia vieja, el edificio original, rodeada por un pequeño patio amurallado. La decoración interior está muy bien restaurada y es uno de esos interiores que te sorprenden por fuera de cualquier expectativa.
El Monasterio de Sinaia es el único monasterio de Rumanía con dos iglesias ortodoxas activas.




El castillo que no era de Drácula
La siguiente parada fue Bran. El castillo de Bran se vende en todas partes como el "Castillo de Drácula", aunque la relación entre ambos es bastante más endeble de lo que sugiere el marketing turístico.
Bram Stoker escribió su novela en 1897 sin haber puesto un pie en Rumanía. La documentó enteramente en la biblioteca de Aberdeen, Escocia, usando una descripción de un castillo transilvano —uno diferente a Bran. Vlad Tepes, el príncipe del siglo XV en el que se basa parcialmente el personaje —apodado "el Empalador" por su método favorito de ajusticiar a sus enemigos— tuvo una relación con el castillo de Bran que los historiadores describen, en el mejor de los casos, como una posible y breve estancia como prisionero. En Rumanía, por otro lado, Vlad Tepes es un héroe nacional: fue él quien defendió la región de la expansión otomana cuando los reinos más poderosos de Europa miraban para otro lado.
El castillo como tal fue construido en 1388, y eso ya merece la visita independientemente del cuento de vampiros.

Visto desde el exterior es realmente imponente: la verticalidad de los muros y lo escarpado de la ubicación le dan una presencia que el de Peles, más elegante, no tiene. La entrada cuesta 40 lei, unos 8,50 euros. Hay entradas adicionales para una exposición de instrumentos de tortura y un "túnel del tiempo" audiovisual que no visité.
Había leído en varios blogs que el interior era decepcionante. No estoy de acuerdo. La distribución de las habitaciones, lo angosto de algunos pasillos, los patios interiores y las vistas desde las torres son genuinamente interesantes. Lo que sí es un desastre es la decoración: murciélagos de plástico, telarañas falsas, esqueletos... Una decoración de Halloween que nadie había tenido la dignidad de retirar, o quizá era permanente, nunca lo tuve claro. Hay que visitar el castillo haciendo un esfuerzo activo por ignorar ese decorado y concentrarse en la arquitectura medieval, que es lo que realmente vale.


A la salida, George nos invitó a probar un langos. Me explicó que el origen es húngaro —y tiene sentido, dado que Transilvania formó parte de Hungría durante casi novecientos años antes de 1918— pero que también es un tentempié habitual en algunas zonas de Rumanía. Es una base de masa de pan sobre la que colocan mantequilla, queso y salsa de ajo. Muy contundente y muy rico para seguir la ruta.



La fortaleza que vivía de adentro hacia afuera
Aunque no figura en muchas de las excursiones a Transilvania, la Fortaleza de Rasnov fue uno de mis rincones favoritos de toda la jornada. Está en lo alto de una montaña, en estado bastante deteriorado, y eso precisamente es lo que la hace interesante: no es un monumento restaurado para turistas, sino un esqueleto medieval que puedes recorrer con bastante libertad.
Lo que la diferencia de los castillos anteriores es su función: no era la residencia de un señor feudal sino una fortaleza en la que se refugiaba toda la población civil de los alrededores en caso de ataque. Tiene casas, una escuela y una capilla. En el interior vivía una comunidad entera, no solo una guarnición militar. Eso le da una textura completamente diferente a la visita.

La entrada cuesta 10 lei, poco más de 2 euros. Nada más entrar se puede subir a la torre de la muralla, desde donde se obtiene la mejor panorámica del conjunto y se ven también las huellas de la antigua iglesia, hoy completamente desaparecida.
La fortaleza está en el paso entre Valaquia y Transilvania —el mismo paso estratégico que explica por qué existía— y desde el punto más alto del recinto la perspectiva del valle es impresionante.
En la zona baja está el antiguo pozo que abastecía de agua a la fortaleza cuando estaba sitiada. Tiene más de 150 metros de profundidad y, según la tradición, fue excavado por prisioneros turcos. Se dice que en las paredes del pozo pueden leerse versículos del Corán.
Justo al lado de la fortaleza hay un parque temático de dinosaurios a escala real, con las figuras dispersas entre los árboles. No es exactamente mi tipo de visita, pero si se viaja con niños puede tenerlos entretenidos un rato.






Brasov al atardecer
El último destino del día fue Brasov. Antes de llegar, George paró en un mirador de carretera desde el que se entiende la escala real de la ciudad, bastante grande. La parte interesante para el turista —el casco histórico medieval— es relativamente pequeña y se puede recorrer cómodamente a pie.
Brasov tiene una historia lingüística densa. Los alemanes la llamaban Kronstadt, los húngaros Brassó. Esos nombres reflejan que la ciudad fue fundada en el siglo XIII por colonos sajones a los que la Corona húngara invitó a poblar Transilvania. El nombre "Transilvania" viene del latín y significa literalmente "más allá de los bosques" —trans silva—, que describe bastante bien la geografía del lugar.

Recorrimos las antiguas murallas que rodeaban la ciudad y callejeamos por el casco antiguo. George nos señaló la que, según él, es la calle más estrecha de Europa: larga, muy estrecha, y flanqueada por fachadas con ventanas reales en ambos lados. "Los pasadizos más estrechos existen —nos explicó—, pero no los llaman calle porque las paredes no tienen ventanas." Una distinción que no había considerado nunca.

El casco viejo está lleno de bares, restaurantes y tiendas orientadas al turismo, pero es muy agradable de pasear. La iglesia negra —Black Church— es el edificio más llamativo: una iglesia gótica imponente que debe su nombre a un gran incendio que ennegrecció sus paredes. Lamentablemente cierra los domingos y no pudimos ver el interior.


Cenamos en un restaurante de la zona turística. A pesar de la ubicación, el precio fue de unos 14 euros por cabeza, incluyendo bebidas y propina. Desde ahí emprendimos el regreso a Bucarest, con los inevitables atascos en la carretera. George me dejó en la puerta del Airbnb. En total, casi quince horas de excursión.



Dia 3: Bucarest, la joya oculta de Europa del Este¶
Después de la excursión a Transilvania, el día 3 tocaba dedicarlo entero a Bucarest. Salí del Airbnb cerca de Plaza Victoriei y decidí ir andando hasta el centro, unos 25 minutos a pie. Es la mejor manera de entender una ciudad nueva: caminar sin rumbo fijo y ver qué aparece.
El París del Este que el comunismo no terminó de borrar
Bucarest tiene un apodo histórico: "Micul Paris", el pequeño París. Lo ganó en el siglo XIX, cuando la élite rumana educada en Francia modeló la Calea Victoriei —el boulevard principal— directamente sobre los Campos Elíseos, y llenó el centro de arquitectura neoclásica y art nouveau. La comparación era ambiciosa pero no absurda.
Luego llegó el comunismo y, entre los años sesenta y ochenta, derribó buena parte de ese centro histórico para construir bloques de hormigón. El golpe más brutal fue en 1984, cuando Ceaușescu arrasó el barrio histórico de Uranus —con sus iglesias, sus palacios, sus callejuelas— para levantar la Casa Poporului y el Boulevard Unirii. El Boulevard Unirii es efectivamente una copia de los Campos Elíseos: misma anchura, misma perspectiva axial, mismos edificios imponentes a ambos lados. Lo que no tiene son las tiendas, los cafés, el uso. Es un bulevar de propaganda que hoy resulta un poco fantasmal.
Lo interesante de Bucarest es que a pesar de todo, los retazos del París original sobreviven por todas partes. Y caminar por la ciudad es encontrar esos retazos entre el hormigón soviético.
El Ateneo Rumano es uno de los primeros edificios que aparecen en esa caminata desde Plaza Victoriei. Fachada neoclásica, cúpula verde, columnas. Es el símbolo cultural del país y tiene la presencia de esos edificios que se construyeron para durar siglos.

Unos metros más adelante, la Biblioteca Central Universitaria tiene una fachada ornamentada que detiene el paso. Y en la Plaza Revolutiei, el Memorial del Renacimiento —un obelisco con una corona de bronce en lo alto— recuerda a los muertos de diciembre de 1989. Fue aquí, en esta plaza, donde Ceaușescu pronunció su último discurso público el 21 de diciembre. Al día siguiente huyó del edificio del Comité Central en helicóptero mientras las cámaras de televisión rumana lo grababan en directo. Fue capturado, juzgado por un tribunal militar en pocas horas y ejecutado el 25 de diciembre. La primera revolución de la historia transmitida en directo por televisión terminó aquí, en esta plaza que hoy parece tranquila y casi provinciana.

Iglesias, pasajes y la mejor librería que he visto
Cerca de la Plaza Revolutiei está la Iglesia Kretzulescu, una sorpresa que no tenía en el itinerario. Es una iglesia barroca del siglo XVIII en estilo brâncovenesc —el estilo arquitectónico rumano que mezcla ornamentación oriental con estructura occidental—, y su interior es uno de esos espacios que justifican solos el desvío: bóvedas pintadas con escenas bíblicas en colores vivos, un nivel de detalle que requiere parar y mirar despacio.


El Teatro Odeon, a pocos pasos, tiene una fachada art nouveau con esa ornamentación curvilínea y algo excesiva que caracteriza el estilo. Solo pude ver el exterior.

La Biblioteca Central me lleva hasta la foto que más hice ese día: la estatua ecuestre frente a la fachada, con la luz de noviembre.

En el casco antiguo encontré los dos pasajes que había visto en fotos: el Pasajul Englez estaba cerrado por obras, pero saqué algunas imágenes interesantes desde el exterior. El Pasajul Victoriei, con sus paraguas de colores colgados del techo, es uno de esos rincones diseñados para resultar fotogénicos, y funciona.


El casco antiguo —Lipscani— tiene las calles adoquinadas que corresponden al "Micul Paris" original, con edificios de varios siglos mezclados de manera algo caótica. Está claramente orientado al turismo: bares, restaurantes, tiendas de souvenirs. Pero es un buen sitio para comer a precios razonables antes de seguir.

En Lipscani está también la librería Cărturești Carusel. Ocupa un edificio de principios del siglo XX restaurado, con varios pisos de galerías abiertas hacia el centro. Es uno de los espacios más bonitos que he visto dedicados a la venta de libros: blanco, bien iluminado, con una cafetería en la planta superior. Merece el desvío aunque no tengas intención de comprar nada.

Las iglesias de San Demetrio y San Antonio están también en esta zona del casco antiguo. La de San Demetrio tiene una arquitectura tradicional rumana más elaborada; la de San Antonio es más modesta. En ambos casos el interior merece la visita: los iconostasios ortodoxos rumanos tienen una presencia visual muy diferente a la de las iglesias que estamos acostumbrados a ver en España.




El edificio más grande del mundo que nadie terminó
Recorrí el Boulevard Unirii desde la Plaza Unirii hasta el Palacio del Parlamento. La perspectiva desde la plaza hacia el Palacio es exactamente la que Ceaușescu quería: el edificio aparece al fondo de la avenida como un telón de fondo monumental, aplastante.


El Palacio del Parlamento —la Casa Poporului durante el régimen, el "Palacio de la República" en los planos de Ceaușescu— es el segundo edificio administrativo más grande del mundo por superficie, después del Pentágono. 1.100 habitaciones. 3,77 millones de pies cuadrados de suelo. 480 arañas de cristal y 1.400 puntos de luz en los techos. Ceaușescu ordenó demoler el barrio histórico de Uranus en 1984 para construirlo. Fue ejecutado en 1989 antes de verlo terminado. Hoy todavía no está completamente acabado.
La visita es en tour guiado obligatorio. Había leído que podía llevar tiempo encontrar un horario disponible, así que me acerqué temprano. Al llegar, escuché a alguien gritar "spanish, spanish, start now". En menos de dos minutos ya estaba dentro.
La guía fue muy buena. Explicó la historia del edificio sin eludir las partes incómodas: los barrios demolidos, el coste humano de la construcción, el culto a la personalidad que lo generó. El tour solo cubre aproximadamente el dos por ciento de la superficie total del edificio, y aun así la visita dura una hora. Los pasillos son interminables. Las salas son enormes. El mármol y las maderas talladas están en todas partes. Es difícil procesar la escala del lugar desde dentro.






El monasterio del final del día
Salí del Palacio con la luz ya baja. Aproveché esa hora para acercarme al Monasterio Stavropoleos, escondido en una callejuela del casco antiguo.
Es un monasterio ortodoxo del siglo XVIII, pequeño, con un patio interior con columnas talladas y frescos tanto en las paredes exteriores como en el interior. La arquitectura es la misma mezcla brâncovenesc que la iglesia Kretzulescu: ornamentación muy densa, colores intensos, una sensación de acumulación deliberada de belleza en un espacio reducido. Lo visité casi solo, con la luz de la tarde entrando por el patio. Buen cierre para el día.


Al caer la noche, el casco antiguo cobró otro ritmo. Las terrazas de los bares estaban llenas a pesar del frío. Los edificios históricos iluminados tienen una presencia diferente de noche. Fui al primer restaurante que me pareció bien y cené sin pensar demasiado. El día siguiente quedaba libre para completar lo que no había podido ver.



Dia 4: Más Bucarest y regreso a casa¶
El último día empezaba con tiempo justo. Mi vuelo de regreso a Santander salía a las 15:05, así que tenía la mañana libre antes de necesitar estar en el aeropuerto. Decidí alejame del centro hacia el norte de la ciudad, donde el Bucarest más parisino —el de los bulevares anchos y los edificios de principios del siglo XX— se conserva mejor que en el centro histórico.
El arco que se construyó dos veces
El Arcul de Triumf está en el norte de la ciudad, en la confluencia de varias avenidas. El arco actual, de hormigón y granito, es de 1936, pero ya existía una versión anterior en madera levantada en 1878 para conmemorar la independencia de Rumanía. Sus relieves narran la historia del país desde la época romana hasta la unificación de 1918, cuando Transilvania —que había sido parte de Hungría durante casi novecientos años— se incorporó a Rumanía tras la Primera Guerra Mundial.
A veces está abierta la terraza superior, pero no ese día. La vista del arco desde las avenidas que convergen en él ya justifica el paseo.

El lago y el museo que lo rodea
Desde el arco caminé hasta el Parcul Herăstrău, un parque grande que rodea un lago artificial en el norte de la ciudad. Es uno de los pulmones verdes principales de Bucarest y está muy frecuentado por locales, especialmente en los días de buen tiempo. En noviembre el parque estaba tranquilo y con los árboles ya casi sin hojas, pero es un sitio agradable para caminar y descansar del ritmo de los monumentos.

En la orilla del lago, dentro del mismo parque, está el Muzeul Național al Satului "Dimitrie Gusti" —el Museo Nacional de la Aldea. Este fue, sin duda, el lugar que más me sorprendió de todo el viaje.
Trescientas casas traídas de toda Rumanía
El museo lo fundó en 1936 el sociólogo Dimitrie Gusti con una idea muy específica: no construir réplicas, sino trasladar edificios originales. Durante décadas, el museo fue enviando equipos por todo el país para desmontar casas, iglesias, molinos, graneros y talleres de distintas regiones rurales de Rumanía, transportarlos pieza por pieza a Bucarest y reconstruirlos en las diez hectáreas que bordean el lago.
El resultado son más de trescientas estructuras auténticas, cada una procedente de una región diferente: casas de madera tallada de Maramureș en el norte, viviendas semi-subterráneas de Oltenia en el sur, iglesias de Transilvania, molinos de agua de los valles de los Cárpatos. No es una recreación temática de cómo vivía la gente rural rumana —son las casas reales donde vivió esa gente.
Cada casa está amueblada con los objetos originales: utensilios de cocina, herramientas agrícolas, trajes tradicionales, ajuares. Durante la visita hay artesanos trabajando en algunos de los talleres, demostrando técnicas de tejido, alfarería o talla en madera. Pasé varias horas recorriendo los senderos entre los edificios. En días de buen tiempo el museo alberga festivales y eventos de tradiciones populares; en mi visita de noviembre no coincidió ninguno, pero tampoco lo eché de menos.
Es un tipo de museo al que no estoy acostumbrado en España —o en Europa occidental en general— y la experiencia de recorrer esa aldea artificial y muy real al mismo tiempo es difícil de resumir en un párrafo.




El regreso
Cuando salí del museo era hora de dirigirme al aeropuerto. Tomé el autobús desde las cercanías del parque, llegué con tiempo suficiente, y el vuelo de Wizz Air despegó hacia Santander con un pequeño retraso. Esta vez sin temporal, aunque tampoco había toallitas de bienvenida.
Desde Santander tomé el autobús de Alsa de vuelta a Bilbao. Tres días, cuatro vuelos en total entre escalas, un coche por Transilvania, y casi todo Bucarest a pie. Una escapada que, honestamente, rinde mucho más de lo que promete.