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El Támesis desde lo alto, con el Millennium Bridge cruzando en diagonal lleno de gente, los almacenes victorianos de la orilla norte y los rascacielos de la City al fondo bajo un cielo azul con nubes.

Diarios de viaje · Reino Unido · Londres

Londres y los musicales del West End

Cuatro días en Londres con mi pareja, tres musicales y la excusa perfecta para volver a una ciudad que nos encanta. Una escapada corta e intensa a una de las capitales más dinámicas del mundo.

4 días Lectura de 30 minutos

Londres en octubre: tres musicales y una escapada en pareja

Introducción al viaje

Hay ciudades que te atrapan la primera vez y no te sueltan nunca. Para mí, Londres es una de esas ciudades. La había descubierto cuatro años antes en mi primera visita, un viaje que me cambió la perspectiva de lo que una capital europea podía ofrecer, y desde entonces había vuelto un par de veces por trabajo. Mi chico también la conocía bien, la había visitado varias veces por su cuenta. Los dos coincidíamos: Londres tiene algo que otras ciudades no tienen. Un dinamismo, una energía, una capacidad de sorprenderte incluso cuando crees que ya la conoces.

Lo que nos engancha de Londres

Si tuviéramos que resumir en una palabra lo que nos engancha de esta ciudad, sería "intensidad". Londres no para. A las diez de la noche las calles siguen llenas, los pubs rebosan, los teatros del West End están iluminados como si fuera mediodía. Es una ciudad que vive a un ritmo que a veces resulta agotador, pero que para una escapada de pocos días es absolutamente perfecto. No hay un solo momento de aburrimiento.

Y luego están los musicales. Los dos somos fans declarados del teatro musical, y Londres es junto con Nueva York la meca mundial de este género. El West End londinense concentra una densidad de teatros y producciones que no existe en ningún otro lugar de Europa. Poder ver tres musicales en cuatro días es un lujo que solo esta ciudad permite, y era precisamente nuestro objetivo para este viaje.

La logística: barato llegar, caro quedarse

Volar desde Bilbao a Londres es sorprendentemente barato. EasyJet opera vuelos directos desde Loiu hasta Stansted a precios que, si los pillas con tiempo, pueden salir por cuatro duros. Es una de las grandes ventajas de vivir en Bilbao: las conexiones low cost con Londres son frecuentes y asequibles.

El problema viene cuando aterrizas. Londres es cara. Muy cara. El coste de vida británico ya es elevado de por sí, pero es que además el cambio euro-libra en 2008 es doloroso. Cada vez que sacas la cartera y haces la conversión mental, el golpe es considerable. Una pinta de cerveza, una comida rápida, un billete de metro... todo cuesta sensiblemente más que en casa. Y no hablemos de las entradas para los musicales.

Esta realidad económica condiciona completamente nuestros viajes a Londres: tienen que ser cortos e intensos. No podemos permitirnos estancias largas sin que la cuenta bancaria sufra un trauma severo. Así que la estrategia es siempre la misma: pocos días, mucho aprovechamiento, madrugar para exprimir cada hora y caer rendidos en la cama por la noche.

Este viaje: cuatro días, tres musicales

Para aquella escapada de octubre planificamos cuatro días completos. Llegamos el lunes 6 y volvimos el jueves 9. En ese tiempo queríamos ver tres musicales (Wicked, Les Misérables y Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat), revisitar algunos de nuestros lugares favoritos y, como siempre, dejarnos sorprender por lo que fuera surgiendo.

El alojamiento lo hemos resuelto de la forma más económica posible: easyHotel London Victoria. La cadena easyHotel aplica la misma filosofía que EasyJet al sector hotelero: habitaciones mínimas a precios mínimos. La ubicación junto a Victoria Station es perfecta para moverse por la ciudad, y el precio nos permite destinar más presupuesto a lo que realmente nos importa: las entradas de los musicales y disfrutar de la ciudad.

La mezcla perfecta

Lo que más me gusta de nuestros viajes a Londres es esa mezcla entre lo conocido y lo nuevo. Volver a pasear por Trafalgar Square, cruzar el puente de Westminster al atardecer, perdernos por el Soho... son rituales que repetimos cada vez y que nunca pierden su magia. Pero al mismo tiempo siempre hay algo que no habíamos visto, un museo que no habíamos visitado, un barrio que no habíamos explorado.

Cuatro días que, como siempre, iban a saber a poco. Pero cuatro días que estábamos decididos a exprimir hasta la última gota.

La National Gallery vista desde una de las fuentes de Trafalgar Square.

Día 1. Llegada, Buckingham y Wicked por la noche

Madrugón considerable para coger el vuelo de EasyJet desde Loiu hasta Stansted. El vuelo en sí es corto, poco más de hora y media, pero la gracia de Stansted es que está en Essex, bastante lejos del centro de Londres. El autobús hasta Victoria Station tarda aproximadamente una hora, así que para cuando llegamos a la estación ya es mediodía pasado.

El easyHotel: lección aprendida

Nuestro hotel está a pocos minutos andando de Victoria Station, lo cual es perfecto. Lo que no es tan perfecto es el recibimiento. Llegamos con las maletas pensando en dejarlas e irnos a comer, pero nos informan de que guardar el equipaje antes de la hora del check-in tiene un coste adicional. Son las doce y algo, el check-in es a las tres de la tarde. Pagamos por guardar las maletas un par de horas, no merece la pena. Decidimos comer algo en la propia estación de Victoria y esperar.

A las tres en punto nos presentamos en recepción. Subimos a la habitación y... bueno, sabíamos lo que habíamos reservado, pero verlo en persona es otra cosa. Seis metros cuadrados. Literalmente. Una cama doble que ocupa prácticamente toda la superficie, un baño minúsculo y nada más. Pero lo peor, lo que realmente marca la diferencia entre una habitación pequeña pero aceptable y una que produce claustrofobia, es que no tiene ventana. Ninguna. Ni siquiera una ventana interior. Estás encerrado en una caja ciega con luz artificial permanente.

Entiendo la filosofía low cost, entiendo que el precio es imbatible y que la habitación es solo para dormir. Pero una ventana, aunque fuera pequeña, habría cambiado completamente la experiencia. Sin ella, la sensación es opresiva. Suficiente para las tres noches que vamos a pasar aquí, pero desde luego no repetiríamos. Hay ahorros que no compensan.

Buckingham Palace y los parques reales

Dejamos las maletas y salimos a aprovechar lo que queda de tarde. Nuestro primer destino es Buckingham Palace, que está a un paseo agradable desde Victoria. El palacio es la residencia oficial en Londres del monarca británico desde 1837, cuando la reina Victoria se trasladó allí al ascender al trono. Su historia es fascinante: el edificio original era Buckingham House, una mansión que el rey Jorge III compró en 1761 como residencia privada para la reina Carlota. Fue su hijo, Jorge IV, quien encargó al arquitecto John Nash su transformación en un palacio a partir de 1826, ampliándolo enormemente.

El resultado actual es un coloso de 775 habitaciones, incluidas 19 salas de Estado, 52 dormitorios para la familia real e invitados, 188 dormitorios para el personal, 92 oficinas y 78 cuartos de baño. La fachada principal, la que todos conocemos, es en realidad una remodelación de 1913 diseñada por Aston Webb. Es impresionante verla de cerca, aunque ya la conocemos de visitas anteriores. El Cambio de Guardia no lo pillamos a esta hora, pero tampoco era el objetivo.

Desde el palacio bajamos hasta St James's Park, que es posiblemente el parque más bonito del centro de Londres. Tiene el honor de ser el más antiguo de los Parques Reales londinenses. Su historia se remonta a Enrique VIII, que adquirió estos terrenos pantanosos en la década de 1530 para convertirlos en un coto de ciervos. A lo largo de los siglos fue evolucionando: Carlos II lo abrió al público y añadió el canal, pero fue John Nash quien en 1827 le dio la forma que tiene hoy, transformando el canal en el lago serpenteante que conocemos y diseñando los senderos y jardines paisajísticos. En un día de octubre como hoy, con los árboles empezando a cambiar de color, el parque es una maravilla.

Trafalgar Square y sus secretos

Seguimos por The Mall, la avenida ceremonial que conecta Buckingham con Trafalgar Square, flanqueada por banderas y con vistas al Admiralty Arch al fondo. Trafalgar Square es uno de esos lugares a los que siempre volvemos. La plaza se construyó en la década de 1840 para conmemorar la victoria del almirante Nelson en la Batalla de Trafalgar de 1805, esa batalla naval decisiva contra las flotas combinadas de Francia y España en la que Nelson perdió la vida.

La Columna de Nelson domina la plaza con sus 51,6 metros de altura, coronada por una estatua del almirante de 5,5 metros. En la base, cuatro paneles de bronce fundidos con cañones franceses capturados representan sus batallas más célebres. Los cuatro leones de bronce a sus pies, obra de Edwin Landseer, se añadieron en 1867 y se han convertido en uno de los iconos más fotografiados de Londres.

Hay un detalle que me encanta de esta plaza y que mucha gente desconoce: el Cuarto Plinto. Las cuatro esquinas de la plaza tienen pedestales diseñados para albergar estatuas ecuestres, pero el de la esquina noroeste se quedó vacío desde 1841 porque nunca se recaudó suficiente dinero para la estatua prevista. Desde 1999, el Cuarto Plinto alberga obras de arte contemporáneo que se van rotando, convirtiendo ese vacío histórico en una de las galerías de arte público más visibles del mundo.

Y otro secreto que pocos turistas conocen: en la esquina sureste de la plaza, junto a la farola, hay una minúscula caseta que parece un simple poste de piedra. En realidad es la comisaría de policía más pequeña de Gran Bretaña, construida en 1926 para que un agente pudiera vigilar discretamente las manifestaciones que solían congregarse en la plaza. Tiene espacio para dos personas y un teléfono directo con Scotland Yard. Hoy está en desuso, pero sigue ahí como curiosidad.

Piccadilly Circus y el Trocadero

Desde Trafalgar Square subimos por Haymarket hasta Piccadilly Circus, otro de nuestros puntos de referencia obligados. Las luces de neón, la estatua de Eros (que en realidad representa al Ángel de la Caridad Cristiana, no al dios griego del amor, pero nadie la llama así), el bullicio constante... Piccadilly Circus es Londres concentrado en una rotonda.

Nos metemos en el London Trocadero, ese enorme centro de entretenimiento que ocupa el edificio que originalmente se abrió en 1896 como un restaurante de lujo. A lo largo del siglo XX fue cambiando de uso hasta que en los años ochenta y noventa se convirtió en un templo del ocio juvenil, con el famoso Sega World como estrella principal. Aunque Sega World cerró hace años, el Trocadero sigue funcionando como centro de entretenimiento con máquinas recreativas, bolera y todo tipo de atracciones. Nos damos una vuelta nostálgica por las plantas, jugamos a un par de cosas y salimos a prepararnos para la noche.

Wicked en el Apollo Victoria

Por la noche tenemos nuestra primera cita con el West End: Wicked en el Apollo Victoria Theatre. No voy a extenderme aquí porque le dedicaré un artículo propio, pero simplemente diré que la producción es técnicamente impresionante, aunque tengo mis reservas sobre algunas decisiones de puesta en escena. Más detalles próximamente.

Salimos del teatro con la adrenalina del primer musical del viaje y nos perdemos un rato por las calles iluminadas del centro antes de volver al easyHotel. La cama ocupa toda la habitación, no hay ventana, pero estamos tan cansados que da igual. Primer día completado.

El atrio interior del British Museum, con su techo acristalado.

Día 2. El British Museum y Les Misérables por la noche

Segundo día en Londres y lo dedicamos casi entero a uno de los grandes museos del mundo. Cuando digo "casi entero" no exagero: hemos pasado unas cinco horas dentro del British Museum y nos hemos dejado salas sin ver. Es un lugar que merece un artículo extenso porque la cantidad de historia que concentra bajo un solo techo es verdaderamente abrumadora.

El British Museum: la historia del mundo bajo un techo

El British Museum fue fundado en 1753 a partir de la colección personal de Sir Hans Sloane, un médico y naturalista que a lo largo de su vida reunió más de 71.000 objetos, entre los que había antigüedades, monedas, manuscritos, grabados, medallas y especímenes de historia natural. Sloane dejó estipulado en su testamento que toda la colección debía ofrecerse a la nación a cambio de 20.000 libras para sus herederas, una cantidad muy inferior a su valor real. El Parlamento aceptó la oferta y el museo abrió sus puertas al público el 15 de enero de 1759, convirtiéndose en el primer museo nacional público del mundo.

El edificio actual es obra del arquitecto Robert Smirke, que lo diseñó en estilo neoclásico griego. La fachada principal, con su columnata de 44 columnas jónicas inspirada en el templo de Atenea Polias en Priene, se completó en 1852 y es uno de los edificios más emblemáticos de Bloomsbury. Pero lo que realmente te deja con la boca abierta cuando entras es el Gran Patio, diseñado por Norman Foster y inaugurado en el año 2000. Es la plaza cubierta pública más grande de Europa: un enorme espacio diáfano cubierto por una estructura de vidrio y acero de 3.312 paneles, cada uno de ellos único, que rodea la Sala de Lectura circular donde trabajaron figuras como Karl Marx, Oscar Wilde o Mahatma Gandhi. El contraste entre la arquitectura clásica del siglo XIX y la intervención contemporánea de Foster es espectacular.

Las piezas estrella

Intentar resumir lo que alberga el British Museum es imposible, pero hay piezas ante las que te paras inevitablemente.

La Piedra de Rosetta es probablemente la pieza más famosa del museo. Fue encontrada en 1799 por soldados franceses cerca de la ciudad de Rashid (Rosetta) en Egipto, durante la campaña napoleónica. Lo que la hace extraordinaria es que contiene el mismo texto grabado en tres escrituras diferentes: jeroglíficos egipcios, escritura demótica y griego antiguo. Gracias a esta piedra, Jean-François Champollion logró descifrar los jeroglíficos en 1822, abriendo de golpe toda la civilización del Antiguo Egipto a la comprensión moderna. Egipto lleva décadas reclamando su devolución, argumentando que fue sacada del país en un contexto colonial. Es una de esas controversias que no tiene solución fácil.

Los Mármoles del Partenón, también conocidos como Mármoles de Elgin, son otra de las joyas más polémicas del museo. Lord Elgin, embajador británico en el Imperio Otomano, los retiró del Partenón de Atenas entre 1801 y 1812, supuestamente con permiso del sultán otomano que gobernaba Grecia en aquel momento. Incluyen frisos, metopas y figuras del frontón de uno de los edificios más importantes de la historia de la arquitectura. Grecia los reclama desde su independencia en 1832, y la disputa sigue tan viva hoy como entonces. Independientemente de la controversia sobre su ubicación, verlos de cerca es sobrecogedor: la calidad de la talla, los detalles de los ropajes y los cuerpos, tienen una perfección que parece imposible para el siglo V antes de Cristo.

La colección de momias egipcias es una de las más completas fuera de Egipto. Hay decenas de momias humanas y animales, sarcófagos pintados con un detalle increíble, amuletos, objetos funerarios y papiros del Libro de los Muertos. Es fascinante y un poco sobrecogedor estar a centímetros de personas que vivieron hace tres o cuatro mil años.

Los toros alados asirios de Nimrud son enormes esculturas de piedra que custodiaban las puertas del palacio del rey Asurnasirpal II en el siglo IX antes de Cristo. Son lamassu: figuras mitológicas con cuerpo de toro, alas de águila y cabeza humana con barba. Miden más de tres metros de altura y pesan varias toneladas cada uno. Tienen un detalle genial: vistos de frente parecen estáticos, pero vistos de lado parecen caminar, porque el escultor les añadió una quinta pata para resolver el cambio de perspectiva.

Las piezas de Lewis son un conjunto de figuras de ajedrez talladas en marfil de morsa en el siglo XII, probablemente en Noruega, y encontradas en la Isla de Lewis en Escocia en 1831. Las expresiones de los guerreros mordiendo sus escudos (berserkers) son maravillosas: parecen estar en pleno ataque de ira. Son pequeñas pero tremendamente expresivas.

También pasamos un buen rato en las salas dedicadas a los tesoros de Sutton Hoo, un enterramiento anglosajón del siglo VII descubierto en Suffolk en 1939. El famoso casco con su máscara facial es uno de los iconos del museo, y los objetos que acompañaban al enterramiento (el barco funerario, las joyas de oro y granate, las armas) revelan una sociedad anglosajona mucho más sofisticada de lo que la leyenda popular sugiere.

Y todo esto, increíblemente, es gratis. El British Museum es uno de los grandes museos gratuitos del mundo. No cobran entrada, aunque aceptan donaciones. En una ciudad tan cara como Londres, poder pasar cinco horas en uno de los mejores museos del planeta sin gastar un céntimo es un regalo que no tiene precio.

La trampa del museo infinito

El problema del British Museum es que es inabarcable. Cuando llevas tres horas ya estás saturado de información, tus pies protestan y tu cerebro empieza a mezclar civilizaciones. ¿Eso era asirio o babilónico? ¿La momia con máscara dorada era de la dinastía XVIII o de la XIX? A partir de cierta hora, los objetos empiezan a fusionarse en tu memoria y sabes que necesitas parar.

Hacemos una pausa para comer algo en la cafetería del Gran Patio y luego volvemos a por un par de salas más: las de arte azteca y maya (con piezas de jade y obsidiana que dan escalofríos) y un vistazo rápido a las galerías de Asia. Pero para las cinco de la tarde ya estamos agotados y decidimos que es hora de salir a tomar el aire.

Les Misérables en el Queen's Theatre

Por la noche, segundo musical del viaje: Les Misérables en el Queen's Theatre. Como con Wicked, prefiero dedicarle su propio artículo porque hay mucho que contar. Pero adelanto que ha sido una experiencia brutal. Brutal en el mejor sentido de la palabra. Más detalles en el artículo dedicado.

Salimos del teatro emocionalmente arrasados, que es exactamente lo que tiene que pasar cuando ves Les Mis. Cena rápida por la zona de Shaftesbury Avenue y vuelta al hotel. Dos musicales en dos días. Mañana el tercero.

La fachada exterior de la catedral de St Paul's en Londres.

Día 3. De St Paul's al Museo de Historia Natural y Joseph por la noche

Tercer día y el ritmo no baja. Hoy toca cruzar Londres de norte a sur y de este a oeste, combinando arquitectura histórica, arte contemporáneo, ciencias naturales y otro musical por la noche. Un día absolutamente londinense.

St Paul's Cathedral

Empezamos la mañana en St Paul's Cathedral, la obra maestra de Sir Christopher Wren. La catedral actual es en realidad la quinta iglesia que ocupa este emplazamiento: las anteriores fueron destruidas por vikingos, incendios y el paso del tiempo. La que precedió a esta, la Old St Paul's medieval, era una de las iglesias más grandes de Europa, pero quedó completamente arrasada por el Gran Incendio de Londres de 1666.

Wren recibió el encargo de reconstruirla y lo que creó es un edificio extraordinario. Su cúpula, que se eleva a 111 metros sobre el suelo de la ciudad, es una de las más grandes del mundo y durante siglos fue el punto más alto del horizonte londinense. Lo genial de la cúpula de Wren es que en realidad son tres estructuras encajadas: una cúpula interior de ladrillo que es la que ves desde dentro, un cono de ladrillo intermedio que soporta la linterna de piedra de la cúspide, y la cúpula exterior de madera y plomo que es la silueta que se ve desde fuera. Una solución ingenieril brillante para un problema que parecía imposible. No entramos hoy —las colas son considerables y el precio de la entrada no es barato—, pero contemplar la fachada oeste con sus torres gemelas y la cúpula dominándolo todo ya vale el paseo.

El Millennium Bridge: el puente que se movía

Desde St Paul's bajamos directamente al Millennium Bridge, y aquí hay que contar una de las historias más divertidas de la ingeniería moderna. Este puente peatonal de acero fue diseñado por un equipo formidable: el arquitecto Norman Foster, los ingenieros de Arup y el escultor Anthony Caro. Se inauguró con gran pompa el 10 de junio del año 2000, como parte de las celebraciones del milenio. Y dos días después lo cerraron.

El problema era que el puente se movía. Literalmente oscilaba de lado a lado cuando la gente lo cruzaba, con un balanceo que llegaba a los 7 centímetros. La causa era un fenómeno conocido como "excitación lateral sincrónica": cuando los peatones sentían la vibración, inconscientemente ajustaban su paso para mantener el equilibrio, lo que amplificaba aún más el movimiento. El puente se ganó inmediatamente el apodo de "Wobbly Bridge" (el puente tembloroso).

La solución requirió instalar 37 amortiguadores viscosos y 54 amortiguadores inerciales bajo la cubierta del puente, un trabajo que costó 5 millones de libras y tardó casi dos años. El puente reabrió en febrero de 2002 y desde entonces funciona perfectamente. Hoy lo cruzamos sin sentir el menor temblor, pero la historia siempre nos hace gracia.

Lo que sí sigue siendo perfecto es el eje visual que el puente crea: desde la orilla sur miras directamente a la cúpula de St Paul's enmarcada entre los cables del puente, y desde la orilla norte tienes la Tate Modern de frente. Es una de las perspectivas más fotografiadas de Londres, y con razón.

La South Bank y los fantasmas del río

Una vez en la orilla sur, caminamos un rato por la South Bank del Támesis. Es una de nuestras zonas favoritas de Londres: el paseo fluvial, el ambiente relajado, los artistas callejeros, las vistas constantes al skyline de la City al otro lado del agua.

Mientras paseamos nos fijamos en algo que habíamos visto otras veces pero nunca nos habíamos parado a observar con detenimiento: los restos de columnas y pilares antiguos que asoman entre el barro cuando la marea está baja. Son las ruinas de antiguos embarcaderos, muelles y puentes que se acumulan en el lecho del Támesis desde hace siglos. Algunos podrían ser soportes de muelles victorianos, restos de la época en que el Támesis era la autopista principal de Londres y sus orillas estaban flanqueadas por embarcaderos de carga y pasajeros. Son los vestigios silenciosos de siglos de comercio fluvial, de una época en la que Londres era el puerto más activo del mundo. Ahora están ahí, medio sumergidos en el barro, como esqueletos de una ciudad anterior que se niega a desaparecer completamente.

Tate Modern: arte contemporáneo en una central eléctrica

La Tate Modern es un sitio al que me acerco siempre con sentimientos contradictorios. El edificio es espectacular: se instaló en la antigua Central Eléctrica de Bankside, diseñada por Giles Gilbert Scott en 1947, el mismo arquitecto que diseñó las icónicas cabinas de teléfono rojas y la Central Eléctrica de Battersea. La conversión en galería de arte, inaugurada en el año 2000, fue obra de los arquitectos suizos Herzog & de Meuron. La Sala de Turbinas, el enorme espacio central de la antigua central, es impresionante: un vacío de 3.400 metros cuadrados y 35 metros de altura donde cada año se instala una comisión artística a gran escala. La entrada también es gratuita, como en el British Museum.

Mi problema con la Tate Modern es el mismo que tengo con muchos museos de arte contemporáneo: parte de lo que exponen me parece genuinamente interesante y parte me deja completamente frío. Hay obras ante las que te paras fascinado y otras ante las que te preguntas sinceramente si te están tomando el pelo. Sé que esto delata mis limitaciones como espectador de arte contemporáneo, y lo acepto con total humildad. Pero incluso cuando las obras no me convencen, el espacio arquitectónico merece la visita por sí solo.

Natural History Museum: catedrales de la ciencia

Por la tarde cogemos el metro hasta South Kensington para visitar el Museo de Historia Natural, otro de esos museos londinenses que justifican el viaje por sí solos. El edificio es una maravilla. Diseñado por Alfred Waterhouse y abierto al público en 1881, está construido en un estilo Románico que Waterhouse decoró de forma obsesiva con motivos de flora y fauna: las columnas tienen monos trepando, los arcos están adornados con plantas y los muros están cubiertos de azulejos de terracota con representaciones de animales vivos en el ala oeste y especies extintas en el ala este.

Cuando entras en el vestíbulo central, la catedral de la ciencia se abre ante ti con toda su grandiosidad. Y ahí está Dippy, el esqueleto de Diplodocus que preside la entrada desde hace más de un siglo. Es una réplica en yeso del esqueleto original descubierto en Wyoming en 1898, donada por Andrew Carnegie al museo en 1905, y se ha convertido en el símbolo más querido de la institución. Verlo ahí, con sus 26 metros de largo ocupando todo el vestíbulo, es impresionante independientemente de la edad que tengas.

Recorremos las salas de dinosaurios, la galería de mamíferos con su impresionante ballena azul suspendida del techo, la sección de geología donde un simulador de terremotos te hace experimentar lo que se siente durante un seísmo, y la sala de mineralogía con sus cristales y piedras preciosas. También echamos un vistazo al Centro Darwin, la ampliación moderna del museo que alberga millones de especímenes de la colección científica.

Como el British Museum, la entrada es gratuita. Dos museos de categoría mundial en un solo día sin gastar un céntimo en entradas. En Londres es caro comer y dormir, pero la cultura sale gratis.

Joseph en el Adelphi y Soho de noche

Por la noche, tercer y último musical del viaje: Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat en el Adelphi Theatre. No digo más aquí porque tiene artículo propio, pero adelanto que ha sido la sorpresa más agradable de los tres. No nos lo esperábamos y nos ha encantado.

Después del teatro, como ya es nuestra última noche completa en Londres, nos damos un paseo por el Soho. Las calles estrechas, los bares y restaurantes abarrotados, la energía de un barrio que no duerme nunca. Cenamos algo por la zona y volvemos al hotel saboreando cada minuto, conscientes de que mañana es el último día.

El London Eye visto desde la orilla opuesta del Támesis.

Día 4. El London Eye, el Parlamento y vuelta a casa

Último día. Siempre hay un punto de melancolía cuando sabes que en unas horas estarás en el aeropuerto, pero intentamos que no nos arruine la mañana. Todavía nos quedan unas cuantas horas para exprimir Londres, y las vamos a aprovechar.

El London Eye: Londres desde las alturas

Empezamos la mañana subiendo al London Eye, y merece la pena dedicarle un rato a explicar esta estructura que se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad en apenas ocho años de existencia. La noria se inauguró el 9 de marzo del año 2000 como una estructura temporal para las celebraciones del milenio, diseñada por los arquitectos David Marks y Julia Barfield. La idea surgió cuando la pareja (son matrimonio además de socios) se presentó a un concurso del Sunday Times en 1993 para diseñar un monumento conmemorativo del nuevo milenio. No ganaron el concurso, pero siguieron adelante con el proyecto por su cuenta.

El resultado es una noria de observación de 135 metros de altura que durante seis años fue la más alta de Europa, hasta que la Star of Nanchang en China la superó en 2006. Tiene 32 cápsulas cerradas y climatizadas, una por cada distrito de Londres, aunque están numeradas del 1 al 33 saltándose el número 13 por superstición. Cada rotación completa dura aproximadamente 30 minutos, durante los cuales la noria no se detiene: gira lo suficientemente despacio como para que los pasajeros puedan subir y bajar en marcha. En un día despejado las vistas alcanzan hasta 40 kilómetros, lo que significa que teóricamente puedes ver el Castillo de Windsor.

Las vistas son realmente espectaculares. Desde arriba, Londres se despliega como un mapa tridimensional: puedes identificar prácticamente todos los monumentos importantes, seguir el curso del Támesis serpenteando entre los puentes, ver la cúpula de St Paul's, las torres del Parlamento, la Torre de Londres, los rascacielos de la City y de Canary Wharf... Es una perspectiva que ningún otro punto de la ciudad ofrece con esta amplitud.

Eso sí, el precio de la entrada es considerable. Es una de las atracciones más caras de Londres, y cuando haces la conversión a euros el golpe es todavía mayor. Pero es de esas experiencias que hay que hacer al menos una vez.

Houses of Parliament: el corazón de la democracia británica

Desde el London Eye cruzamos el Westminster Bridge y nos detenemos a contemplar las Houses of Parliament, posiblemente el conjunto arquitectónico más icónico de Londres. El Palacio de Westminster, que es su nombre oficial, tiene una historia que se remonta al siglo XI, cuando Eduardo el Confesor construyó aquí una residencia real. Fue sede del Parlamento inglés desde el siglo XIII, pero en 1834 un devastador incendio destruyó prácticamente todo el complejo, dejando en pie solo Westminster Hall, la Cripta de San Esteban, los claustros y la Torre de las Joyas.

La reconstrucción fue encargada a los arquitectos Charles Barry y Augustus Pugin, que trabajaron en estilo neogótico perpendicular. El resultado, completado en la década de 1860, es uno de los edificios más extraordinarios del siglo XIX: una fantasía gótica de pináculos, torres, arcos apuntados y tracerías que se extiende a lo largo de casi 300 metros de la ribera del Támesis. Pugin se encargó del diseño de prácticamente cada detalle decorativo, desde los paneles de madera tallada hasta los diseños de los azulejos del suelo, las lámparas, los relojes y hasta los tinteros. Se dice que el esfuerzo le costó la razón y la salud: murió a los 40 años, agotado y mentalmente destrozado.

Y luego está el Big Ben. O mejor dicho, la torre del reloj, porque Big Ben es técnicamente el nombre de la campana, no de la torre. La torre en sí se llama simplemente Clock Tower (en 2012 la renombrarían Elizabeth Tower en honor al Jubileo de Diamante de la reina, pero eso aún no ha pasado mientras escribo esto). La campana pesa 13,7 toneladas y lleva sonando desde 1859. Su sonido se transmite por la BBC como señal horaria desde 1924 y es probablemente el sonido más reconocible de Londres.

Nos quedamos un rato largo contemplando el edificio desde el puente. Con la luz de la mañana iluminando las piedras doradas y el Támesis fluyendo en primer plano, es una de esas estampas que te recuerdan por qué esta ciudad es única.

Último paseo y despedida

Damos un último paseo por Westminster, echamos un último vistazo al Támesis, y emprendemos el camino de vuelta al hotel para recoger las maletas. El autobús a Stansted nos espera en Victoria Coach Station, a pocos minutos del easyHotel.

El trayecto hasta el aeropuerto se hace largo. Stansted está lejos y la hora del autobús da para repasar mentalmente el viaje, comentar lo que más nos ha gustado y empezar a planificar mentalmente la próxima visita, porque con Londres siempre hay próxima visita.

El vuelo de vuelta a Bilbao es corto y sin incidentes. Aterrizamos en Loiu a última hora de la tarde, con la sensación agridulce de siempre: satisfechos por todo lo vivido en cuatro días pero con la certeza de que nos hemos dejado mil cosas por hacer. Londres siempre gana. Es demasiado grande, demasiado rica, demasiado inagotable como para sentir que la has completado.

Cuatro días, tres musicales, dos museos de categoría mundial, un puente que tembló, una noria que nos elevó sobre la ciudad y una habitación sin ventana que nos enseñó que hay límites en el ahorro. Volveremos. Siempre volvemos.

Mirando el escaparate de una tienda de ambiente gay en el Soho londinense.

Londres: cuatro días que saben a poco

Reflexiones finales del viaje

Como pasa siempre que volvemos de Londres, la sensación dominante al cerrar el viaje es que cuatro días no son suficientes. Nunca lo son. Esta ciudad tiene la capacidad de hacerte sentir que apenas has arañado la superficie, por mucho que te hayas dejado las piernas recorriendo sus calles de sol a sol.

Balance del viaje

Ha sido una escapada perfecta como desconexión de la rutina. Cuatro días intensos en los que no hemos parado ni un momento, que es exactamente lo que buscábamos. Londres siempre cumple sus promesas: ofrece más de lo que puedes abarcar y te deja con ganas de volver.

El gran protagonista del viaje han sido los tres musicales. Ver Wicked, Les Misérables y Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat en cuatro días es ambicioso, quizá incluso un poco temerario, pero absolutamente factible si organizas bien los horarios. Cada uno de los tres tiene su artículo dedicado donde entro en detalle, pero si tuviera que hacer un ranking rápido: Les Misérables ha sido la experiencia más poderosa emocionalmente, Joseph la sorpresa más agradable y Wicked la producción más espectacular visualmente, aunque con algunos aspectos que no me terminaron de convencer.

Los museos gratuitos: el gran tesoro de Londres

Una de las cosas que más me gustan de Londres es su política de museos gratuitos. El British Museum y el Natural History Museum son dos de los mejores museos del mundo, y puedes pasar horas en ellos sin gastar un céntimo. En una ciudad donde todo lo demás es caro, esto es un respiro enorme para el presupuesto y una lección de política cultural que muchas otras capitales europeas deberían copiar.

El British Museum nos absorbió casi cinco horas y podríamos haber estado más. La Piedra de Rosetta, los Mármoles del Partenón, las momias egipcias, los toros alados asirios... Es un repaso a la historia de la humanidad concentrado en un solo edificio. El Natural History Museum, con su arquitectura catedralicia y su Diplodocus presidiendo el vestíbulo, es otra visita imprescindible. Y la Tate Modern, aunque el arte contemporáneo no siempre me convence, merece la pena aunque solo sea por el edificio y la Sala de Turbinas.

La lección del easyHotel

El easyHotel ha sido un aprendizaje. La ubicación junto a Victoria Station es perfecta, el precio es imbatible y para lo que es —una cama donde dormir— cumple su función. Pero esa habitación de seis metros cuadrados sin ventana produce una claustrofobia difícil de ignorar. Cuando cierras la puerta y solo tienes luz artificial, la sensación de encierro es real. Una ventana, aunque fuera pequeña, habría cambiado completamente la experiencia.

La próxima vez buscaremos algo un poco más caro pero con un mínimo de luz natural. Hay ahorros que compensan y ahorros que te quitan calidad de vida. Este caía claramente en la segunda categoría.

El eterno problema del cambio

El cambio euro-libra sigue siendo el gran dolor de cabeza de cualquier viaje a Londres. Cada comida, cada cerveza, cada trayecto de metro se encarece automáticamente al hacer la conversión. Es algo que asumes cuando decides viajar a Londres, pero que no deja de escocer. La ventaja es que los vuelos desde Bilbao son baratos y los mejores museos son gratuitos, lo que permite compensar parcialmente.

Volveremos

No había duda de que íbamos a volver. Siempre volvemos a Londres. Había barrios sin explorar, museos sin visitar, musicales por estrenar en los años siguientes. Camden Town, Greenwich, Notting Hill, el Victoria and Albert Museum, la Torre de Londres por dentro… la lista de pendientes es interminable.

Londres tiene esa cualidad rara de las grandes ciudades: cada visita revela capas nuevas sin que las anteriores pierdan interés. Puedes volver diez veces a Trafalgar Square y siempre encontrar un detalle que no habías visto. Puedes cruzar el Millennium Bridge por vigésima vez y seguir parándote a mitad de camino a admirar el eje visual con St Paul's.

Cuatro días que, efectivamente, han sabido a poco. Pero cuatro días que guardaremos con mucho cariño. Tres musicales del West End, dos museos de clase mundial, paseos por las orillas del Támesis y la certeza de que esta ciudad siempre nos estará esperando con algo nuevo que ofrecer. Hasta la próxima, Londres.

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