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Una de las ninfas de bronce del puente Alejandro III de París vista de cerca, con la corona dorada y el brazo extendido, y detrás el Sena centelleando al sol con la torre Eiffel recortada al fondo.

Diarios de viaje · Francia · París

París, cuando tres son multitud

Ocho días en París que comenzaron como una escapada en pareja y evolucionaron hacia una experiencia completamente diferente. Este diario recoge sin filtros las luces y sombras de mi tercera visita a la capital francesa: desde los monumentos más icónicos hasta los rincones menos turísticos, desde los momentos de fascinación hasta las pequeñas decepciones que también forman parte del viaje.

9 días Lectura de 36 minutos

París: Cuando los planes cambian sobre la marcha

De una escapada en pareja a un viaje para tres

El viaje a París estaba pensado para ser de dos. Rafa nunca había estado, yo ya iba por la tercera vez —después de la primera en 2006 y la segunda en 2017—, y la idea era exactamente esa: acompañarle en ese primer contacto con la ciudad, redescubrirla desde otra perspectiva. Los vuelos con Vueling estaban comprados —salida desde Bilbao el 1 de agosto a las 15:10, regreso el 9— y teníamos un apartamento en Airbnb que encajaba bien en el presupuesto. La planificación tenía la solidez que solo tienen los planes antes de que alguien los toque.

Un par de meses antes del viaje, una prima de Rafa manifestó su deseo de unirse. La ilusión con la que lo planteó era genuina, y aunque eso transformaba por completo la naturaleza del viaje que teníamos en mente, dijimos que sí. Fue la decisión correcta aunque me costó asumirlo en ese momento.

El primer efecto fue inmediato: el apartamento de Airbnb no tenía capacidad para tres. Empezó entonces una segunda ronda de planificación, esta vez mirando hoteles. La solución llegó de donde no la esperábamos: en el ibis budget Orly Chevilly Tram 7, encontré una habitación triple para ocho noches a 322,72 euros. La ubicación, cerca del aeropuerto de Orly y alejada del centro, no era ideal para moverse por la ciudad. Pero el ahorro respecto a otras opciones era lo bastante considerable como para compensarlo con el abono de transporte.

Las entradas fueron el siguiente capítulo. Tanto Rafa como su prima tenían muy claro que Disneyland París era parada obligatoria, y en agosto los precios de entrada rondan los cien euros por persona. Fue buscando alternativas cuando encontré el Explorer Pass de Go City: acceso a tres atracciones de París por 99 euros, con Disneyland incluido. La cuenta salía sola —mismo precio que la entrada a Disney, pero con dos visitas adicionales encima—, y con un cupón de descuento del diez por ciento los tres pases quedaron en 267,30 euros. Elegimos Disneyland, la Torre Eiffel y un paseo en barco por el Sena. Para el Louvre y Versalles compramos entradas directamente por internet, con antelación suficiente para asegurarnos el acceso.

Con el alojamiento resuelto, el transporte cubierto y las entradas principales compradas, los preparativos tenían ya la forma de un viaje real. Solo quedaba llegar.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de París

Día 1. Llegada y primeros contactos con la ciudad

El vuelo de las 15:10 aterrizó puntualmente en Charles de Gaulle poco antes de las cinco. El aeropuerto, con su estructura descomunal y sus pasadizos que parecen no terminar, impresiona siempre al que llega por primera vez. Para Rafa y su prima era ese primer contacto. Para nosotros, la señal de que empezaba una semana que iba a ser inevitablemente diferente a lo que habíamos imaginado.

Lo primero fue resolver el transporte para los siguientes días. Desde experiencias anteriores sabíamos que la tarjeta Navigo Découverte es la pieza clave de cualquier visita a París: un abono semanal de 22,80 euros por persona que cubre toda la red de metro, RER, bus y tren de la región. Sin él, los desplazamientos se disparan: solo el trayecto desde Charles de Gaulle hasta el centro cuesta unos diez euros, y el RER hasta Disneyland otros siete en cada sentido. La tarjeta requiere foto de carnet y tiene un coste de cinco euros, así que fuimos directamente a la estación del aeropuerto a tramitarlo. Nosotros conservábamos las tarjetas de viajes anteriores; la prima de Rafa tuvo que sacar la suya, lo que añadió un trámite extra pero no fue complicado.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de París
Las dos tarjetas que componen el pase Navigo Découverte

Con las tarjetas cargadas, comenzó el trayecto hacia el hotel. El ibis budget Orly Chevilly Tram 7 está cerca del aeropuerto de Orly, en el extremo opuesto de la región respecto a Charles de Gaulle, lo que convierte el primer desplazamiento en un recorrido por prácticamente toda el área metropolitana. Tardamos cerca de dos horas combinando varias líneas. Es el tipo de inicio que pone en perspectiva las dimensiones reales de la ciudad: París no es el centro que uno imagina al mirarla en un mapa, sino una región entera.

La habitación era exactamente lo que promete un Ibis Budget: cama de matrimonio, litera en la parte superior, baño privado, espacio justo. No había frigorífico, pero tampoco se podía pedir más por ese precio. La relación era tan buena que compensaba con creces la distancia al centro.

Antes de que la jornada terminara, nos acercamos a un supermercado cercano y cargamos con provisiones para los siguientes días: galletas, leche en brik, pan, embutidos, fruta, quesos, snacks. La doble función era práctica: resolver desayunos y cenas de manera económica, y preparar una mochila de picnic completa para el día siguiente en Disneyland, donde los precios de la comida dentro del parque son desproporcionados y está expresamente permitido entrar con alimentos del exterior.

Mientras organizábamos las compras en la habitación, el cansancio del viaje ya se notaba. Habíamos pasado el día entero en tránsito, instalándonos, tramitando tarjetas, recorriendo medio París en transporte público. No había sido un día de viaje, sino un día de preparativos. Pero todo estaba en su sitio para que los siguientes siete lo fueran.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de París

Día 2. La magia de DisneyLand París

Despertador temprano, mochila ya preparada desde la noche anterior con sándwiches, snacks, fruta y bebida para todo el día. Parte de la estrategia de cualquier visita a Disneyland es llegar antes de la apertura y, sobre todo, no depender de la comida del parque: los precios son lo que son en todos los parques temáticos del mundo, y en agosto en París son particularmente generosos. El acceso con comida exterior está permitido, así que no hay razón para no aprovecharlo.

El desplazamiento desde el hotel hasta la estación de Marne-la-Vallée tomó algo más de una hora con el RER, cubierta íntegramente por las tarjetas Navigo. El viaje sirvió para repartir expectativas: Rafa y su prima llevaban semanas hablando de Disneyland como uno de los platos fuertes del viaje. Yo llegaba con menos entusiasmo, más escéptico respecto a los parques temáticos en general, pero con disposición suficiente para dejarse contagiar.

Llegamos a las nueve, media hora antes de la apertura. La cola en los accesos ya era considerable, pero ordenada con esa eficiencia característica de la operativa Disney. A las 9:30 se abrieron las puertas y la multitud fluyó hacia el interior.

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Entrada a DisneyLand Paris

Las primeras horas las dedicamos a las atracciones con mayor tiempo de espera conforme avanza el día. Space Mountain abrió el turno: montaña rusa en la oscuridad, velocidad y efectos sonoros, gritos y risas a partes iguales. Siguieron Pirates of the Caribbean, con sus animatrónicos y su ambientación cuidada hasta el detalle, y Big Thunder Mountain, más suave en intensidad pero mejor en paisaje. Phantom Manor —la versión europea de la Haunted Mansion— completa el bloque de atracciones que no conviene perderse en este parque.

A mediodía encontramos una zona de picnic y comimos lo que traíamos en la mochila mientras las familias hacían cola en los restaurantes. La pausa fue corta pero suficiente para recuperar energía, beber bien e intercambiar primeras impresiones. Fantasyland ocupó la tarde, aunque It's a Small World estaba cerrada por mantenimiento —la misma situación que encontramos en la visita anterior a este parque, años atrás.

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DisneyLand Paris

En 2022 Disneyland París celebraba su 30 aniversario, y la celebración se notaba en los espectáculos nocturnos: proyecciones sobre el castillo, música, fuegos artificiales, un despliegue que justificaba quedarse hasta el cierre. Nos quedamos. El Castillo de la Bella Durmiente iluminado, rodeado de miles de personas en silencio durante el espectáculo, tiene una dimensión que no esperaba. El escepticismo cedió durante esos minutos. Hay algo en ese tipo de escenas que funciona independientemente de la edad o la predisposición inicial.

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El Castillo de la Bella Durmiente iluminado en el espectáculo del 30 aniversario

Al cierre del parque comenzó la avalancha hacia las salidas. Miles de personas en los mismos minutos, en los mismos andenes. El RER hasta el centro de París y después los autobuses nocturnos para llegar a la zona del hotel. Llegamos cerca de las dos de la madrugada, cansados al límite. Había sido un día muy largo, con mucho calor y muchas colas, pero la ilusión de Rafa y su prima durante las doce horas previas había sido completamente genuina. Eso compensaba cualquier fatiga.

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Día 3. Entre monumentos icónicos y atardeceres memorables

La noche anterior nos había dejado en el hotel cerca de las dos. Amanecimos más tarde de lo razonable y salimos con el ritmo deshecho, pero la agenda del día tenía sus propias prioridades.

El Arco del Triunfo fue la primera parada. Napoleón ordenó su construcción en 1806 para conmemorar las victorias militares francesas; tardó treinta años en terminarse y él no llegó a verlo concluido. Desde su base, doce avenidas se abren en forma de estrella: el diseño radial que Haussmann extendería décadas después por toda la ciudad cuando demolió el París medieval para construir las avenidas que conocemos hoy. No subimos a la parte superior, pero dedicamos tiempo a recorrer el perímetro y leer los relieves esculpidos en los pilares, que narran campañas y batallas con un dramatismo bastante descarnado.

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El Arco del Triunfo de Paris

Desde el Arco bajamos por los Campos Elíseos. La avenida más fotografiada de la ciudad es también una de las más complicadas de recorrer a pie: comercios de lujo, cafés con precios de tarjeta postal y una afluencia de gente que no baja en ningún momento del año, menos en agosto. La intención original era llegar caminando hasta la Place de la Concorde, pero la mañana se había ido y teníamos la visita a la Torre Eiffel por delante, así que cogimos transporte antes de completar el recorrido.

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Caminando por los Campos Elíseos

El Explorer Pass incluía una visita guiada a la Torre Eiffel, lo que nos evitó parte de las colas en acceso. El guía nos esperaba en la base y durante la espera en los controles de seguridad fue intercalando datos históricos con un juego tipo trivial entre los grupos, lo que hizo el trámite considerablemente más llevadero. La torre la construyó Gustave Eiffel entre 1887 y 1889 para la Exposición Universal, como estructura temporal pensada para ser desmontada. Mide 330 metros, fue durante décadas la construcción más alta del mundo, y lo que la salvó del desmantelamiento en 1909 fue su utilidad como antena de telegrafía sin hilos. Hoy cuesta imaginar el skyline sin ella.

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Llegando a la Torre Eiffel

Subimos hasta el segundo piso con el guía, que allí completó la parte informativa y nos dejó libres. Bajamos al primero por las escaleras, decisión que recomendaría siempre: caminar por el interior de la estructura metálica, ver las vigas de cerca, entender cómo están ensambladas, da una dimensión completamente diferente a la que ofrece el ascensor. Entre las colas, la visita guiada y el tiempo explorando a nuestro ritmo, estuvimos unas cuatro horas en total.

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La Torre Eiffel en París

Al salir, en lugar de buscar restaurante o seguir con la agenda, tomamos una decisión que resultó ser la mejor del día: comprar comida y bebida en un supermercado cercano e instalarnos en el Champ de Mars a esperar el atardecer. El parque a los pies de la torre estaba lleno de gente con la misma idea —cientos de grupos, parisinos y turistas, cada uno con su bolsa del súper o su cesta de mimbre— y el ambiente era exactamente el tipo de escena que no se puede planificar. La temperatura era perfecta, sin el calor agobiante de Disneyland, y estuvimos allí durante horas sin ninguna urgencia.

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La Torre Eiffel desde los Campos de Marte

Cuando llegó la noche y comenzó el espectáculo de luces —los primeros cinco minutos de cada hora, miles de destellos dorados sobre el hierro— la reacción del Champ de Mars fue inmediata: conversaciones que se cortan, aplausos espontáneos, móviles en el aire. Es el tipo de experiencia que funciona porque es colectiva. Solo no sería otra cosa.

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La Torre Eiffel desde los Campos de Marte y el espectáculo nocturno
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Día 4. Arquitectura moderna, arte contemporáneo y el alma de Montmartre

La mañana del jueves la reservé para La Défense. Lo dejé claro desde el principio: no es el destino más turístico y la arquitectura moderna no genera el mismo entusiasmo universal que un monumento histórico. La prima de Rafa fue pragmática —nos acompañaría un rato y luego se quedaría en el centro comercial Westfield Les 4 Temps mientras yo fotografiaba todo lo que quisiera. El trato perfecto.

La Défense empezó a construirse en los años 60 como respuesta a una necesidad concreta: París necesitaba un distrito financiero moderno, pero nadie quería rascacielos en el centro histórico. La solución fue crear un polo de negocios fuera de la ciudad, en el eje que ya existía desde el Louvre hasta el Arc de Triomphe, prolongándolo más allá. El resultado es una concentración de torres corporativas que conviven sin competir con el París que viene detrás. El elemento más fotogénico del conjunto es la Grande Arche de la Défense: un cubo hueco de 110 metros diseñado por el danés Johan Otto von Spreckelsen e inaugurado en 1989, el mismo año del bicentenario de la Revolución. Desde aquí, en días despejados, el eje atraviesa los Campos Elíseos y el Arc de Triomphe en línea recta hasta el Louvre.

Pasé la mañana explorando los juegos de reflejos entre edificios, las perspectivas geométricas, los cambios de luz entre las torres. Cada edificio tiene su carácter propio —algunos de líneas puras, otros con formas más experimentales— y la acumulación crea un paisaje urbano denso y fotografiable. En uno de los espacios exteriores encontramos también una versión deconstruida de la Estatua de la Libertad, obra del escultor Miloslav Chlupác: el símbolo americano fragmentado encajaba perfectamente en el vocabulario del distrito.

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La Défense: la Grande Arche, las torres corporativas y sus reflejos geométricos

De vuelta hacia el centro me desvié para ver la Fondation Louis Vuitton, el edificio de Frank Gehry que lleva años en mi lista pendiente. Las formas orgánicas y las superficies de vidrio curvado son características del arquitecto, y la estructura cambia completamente según el ángulo desde el que se mira. El único problema: no se puede rodear por completo porque parte del terreno pertenece al Jardin d'Acclimatation. Nos quedamos en el exterior. ¿Mereció la pena el desvío? No estoy del todo seguro. Pero tenía curiosidad y ahora ya la he satisfecho.

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La Fundación Louis Vuitton

Para la tarde: Montmartre. Subimos en autobús para evitar las cuestas —la colina tiene 130 metros y las calles que llevan hasta arriba no perdonan al final de un día de caminata. El barrio conserva una escala y una atmósfera que el resto de París ha ido perdiendo: calles estrechas, fachadas más modestas, pequeñas plazas. En el siglo XIX fue refugio de artistas y escritores que no podían pagarse el centro; la gentrificación ha transformado mucho de eso, pero el tejido urbano aguanta.

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Montmartre

Recorriendo las calles llegamos al busto de Dalida en la plaza que lleva su nombre. Iolanda Cristina Gigliotti, nacida en El Cairo, vivió en Montmartre desde 1962 hasta su muerte en 1987 y el barrio la adoptó sin reservas. A pocos metros, la estatua de Le Passe-Muraille —el hombre que atraviesa muros, personaje del cuento de Marcel Aymé, esculpido por Jean Marais— es una de esas piezas que se convierten en símbolo de un barrio sin haberlo pretendido.

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El busto de Dalida y la estatua Le Passe-Muraille

La Place du Tertre tiene el turismo integrado en su ADN desde hace décadas: artistas pintando al aire libre, retratos por encargo, caballetes con paisajes urbanos. El encanto es algo nostálgico y bastante teatralizado, pero funciona. Desde allí, la Basílica del Sacré-Cœur cierra el recorrido visual con su cúpula blanca neobizantina. La construyeron entre 1875 y 1914 como símbolo de reconciliación tras la derrota en la guerra franco-prusiana y la violencia de la Comuna de París. Las escaleras que bajan desde la basílica son punto de encuentro permanente: turistas, parisinos, grupos con guitarra, gente que simplemente está ahí mirando la ciudad desde arriba.

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Place du Tertre y la Basílica del Sacré-Cœur

Bajando encontramos el Mur des Je t'aime, obra de Frédéric Baron y Claire Kito: la frase "te amo" en 250 idiomas sobre un mural de cuarenta metros cuadrados. Y antes de alejarnos del barrio, el Moulin Rouge al pie de la colina: el cabaret que abrió en 1889 y que convirtió el can-can en un símbolo de la vida nocturna parisina. Solo la fachada, no había intención de entrar, pero era inevitable pasar.

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El muro de los 'te quiero' y el Moulin Rouge

Para cenar bajamos hasta el Sena y compramos en un supermercado. Picnic en la orilla, temperatura perfecta, luces de la ciudad reflejadas en el agua. Todo idílico hasta que fuimos a tirar los restos y descubrimos la población de ratas que opera en esa zona con una confianza notable. Huida rápida, risas, anécdota que quedará. París tiene ese don particular de combinar lo sublime con lo inesperado en el mismo bloque horario.

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Picnic junto al Sena
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Día 5. Del corazón histórico a los tesoros del Louvre

El viernes empezó en el Pont Neuf, que a pesar del nombre es el puente más antiguo de París: lo terminaron en 1607, bajo Enrique IV, y fue el primero en construirse sin las casas adosadas que hasta entonces sobrecargaban todos los puentes medievales de la ciudad. Desde él cruzamos hacia la Île de la Cité, la isla en mitad del Sena donde Lutecia —el asentamiento romano que precedió a París— tuvo su origen. Es un territorio pequeño pero densísimo en capas históricas.

La Conciergerie flanquea la orilla norte de la isla. Comenzó como palacio real en los siglos XIII y XIV, pasó a ser sede del Parlamento y se convirtió en prisión durante la Revolución, cuando albergó a cerca de 2.700 presos, entre ellos a María Antonieta durante sus últimas semanas. Pegada a ella, compartiendo el recinto del antiguo Palais de la Cité, está la Sainte-Chapelle, la capilla palatina que Luis IX mandó construir para guardar las reliquias de la Pasión —la corona de espinas entre ellas—. Las vidrieras que cubren las paredes desde el suelo hasta el techo son uno de los conjuntos góticos más impresionantes de Europa; la luz que entra por ellas cambia el espacio por completo.

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Entrando en la Île de la Cité

Notre-Dame estaba vallada. El incendio del 15 de abril de 2019 destruyó la aguja y la mayor parte de la cubierta, y en agosto de 2022 las obras de reconstrucción seguían a pleno rendimiento. Desde el perímetro de vallas solo era posible intuir la escala de los daños y la complejidad de lo que se estaba reconstruyendo. La catedral lleva en pie desde 1163; ha sobrevivido guerras, revoluciones y ocho siglos de desgaste, pero el fuego tardó menos de doce horas en dejar sus naves sin techo. La reapertura estaba prevista para finales de 2024.

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Notre Dame vallada y en proceso de reconstrucción

Del otro lado del Sena, en el Barrio Latino, los jardines de Luxemburgo. María de Médici los mandó crear en 1612, y hoy son 23 hectáreas de parque formal en el centro de la ciudad: parterres geométricos, estanques, avenidas de árboles. La característica que los hace especiales son las sillas de hierro verde distribuidas por todo el parque, que los visitantes pueden mover y colocar donde quieran. Ese detalle cambia completamente la dinámica del espacio: en lugar de filas de bancos fijos, cada grupo crea su propio rincón. Estuvimos un buen rato sentados viendo pasar el ambiente —estudiantes con libros, jubilados jugando a las cartas, niños con veleros de madera en el gran estanque octogonal.

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Los jardines de Luxemburgo

Desde los jardines, el Panteón está a unos minutos a pie: el mausoleo que alberga a Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Pierre y Marie Curie, Simone Veil. El edificio neoclásico se construyó entre 1764 y 1790 y domina la montaña de Sainte-Geneviève. A su lado, la église Saint-Étienne-du-Mont guarda una rareza arquitectónica: uno de los últimos jubés conservados en París, la estructura gótica que separaba el coro de la nave principal en las iglesias medievales. Un poco más abajo, La Sorbona —fundada en 1253, la universidad más antigua de la ciudad— y el resto del Barrio Latino con sus librerías, sus restaurantes de menú y sus calles que mezclan el turismo con la vida universitaria sin demasiado drama.

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El Barrio Latino

El Louvre por la tarde. Habíamos elegido el viernes adrede: ese día el museo permanece abierto hasta las 21:45, lo que permite una visita más larga y, sobre todo, más tranquila en las últimas horas. Entramos hacia las tres y salimos al cierre. Seis horas y tres cuartos que pasaron sin sentir. El museo tiene más de 60.000 metros cuadrados de exposiciones y unas 35.000 obras; cualquier visita es necesariamente selectiva. La Gioconda con su halo de turistas y sus selfies, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia en lo alto de su escalinata. Pero también las salas de pintura francesa del XIX, las antigüedades egipcias, la escultura italiana del Renacimiento, las artes decorativas. Cada sección merecería un día entero.

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El Louvre

Al salir, ya de noche, fotografiamos el exterior: el palacio histórico y la pirámide de cristal de Ieoh Ming Pei, inaugurada en 1989 en medio de una polémica que hoy parece incomprensible. Después paseamos por el Jardin des Tuileries, diseñado en el siglo XVII por André Le Nôtre —el mismo paisajista de Versalles— y que se extiende en línea recta desde el Louvre hasta la Place de la Concorde. En el extremo del jardín más cercano al palacio, el Arc de Triomphe du Carrousel marca el inicio del gran eje histórico que atraviesa París hasta La Défense, pasando por los Campos Elíseos y el Arc de Triomphe de l'Étoile. Uno de los gestos urbanísticos más ambiciosos de la historia de la ciudad.

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El Jardin des Tuileries

Improvisamos otra cena de picnic en los jardines y volvimos a cruzarnos con la fauna nocturna parisina. Las ratas se presentaron en número, detectaron la comida y no tuvieron ningún reparo en aproximarse. Segunda vez en dos días. El parque de atracciones instalado en uno de los laterales del jardín, con su noria encendida, añadía al conjunto una mezcla de lo sublime y lo absurdo que resultaba bastante apropiada como resumen del día.

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Paseos nocturnos por París
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Día 6. Versalles y el esplendor de la monarquía francesa

El sábado Rafa y yo fuimos solos a Versalles. Su prima tenía ampollas en los pies después de varios días de caminata intensa y prefirió descansar; nos reuniríamos con ella por la tarde para el paseo en barco por el Sena. El tren nos llevó desde el hotel hasta la localidad de Versalles en poco más de una hora, las tarjetas Navigo cubriendo todo el trayecto.

Entramos al palacio a las doce, con la reserva hecha de antemano. Versalles no empezó siendo lo que es: Luis XIII construyó aquí un pabellón de caza en 1623, algo modesto. Fue su hijo, Luis XIV, quien decidió transformarlo en la sede permanente del poder real y pasó décadas volcando los recursos de la monarquía en ese proyecto. El mensaje político era explícito: el rey no vive en la ciudad, la ciudad viene al rey. En 1682, la corte entera se trasladó a vivir allí.

La Galería de los Espejos mide 73 metros de longitud y sus 357 espejos reflejan los jardines al otro lado. Jules Hardouin-Mansart la diseñó entre 1678 y 1684. Los techos pintados por Charles Le Brun narran las campañas de Luis XIV con la misma grandilocuencia con que el monarca gobernaba: cada habitación como un manifiesto propagandístico. En el dormitorio del rey se desarrollaban el lever y el coucher —el ceremonial de levantarse y acostarse— como espectáculos públicos de la corte. La capilla real, terminada en 1710, tiene dos niveles para mantener la jerarquía social incluso durante la misa.

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El Palacio de Versalles

Los jardines son obra de André Le Nôtre, el mismo que diseñó las Tullerías. 815 hectáreas organizadas según los principios del jardín francés clásico: la naturaleza domesticada, la perspectiva como herramienta política. La Gran Perspectiva que arranca desde el palacio mide 1,67 kilómetros y termina en el horizonte; su efecto visual de infinitud era otro mensaje del poder sin límites del monarca absoluto. Comimos en uno de los espacios verdes, de picnic, con el sol de agosto y la sensación de que el espacio lleva siglos igual.

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Llegada al Palacio de Versalles y paseo por sus jardines, obra de Le Nôtre

El Grand Trianon, construido por Hardouin-Mansart entre 1687 y 1688, fue el refugio personal de Luis XIV del protocolo versallesco: un palacio de mármol rosa donde la etiqueta era algo más relajada. Comparado con el palacio principal, resulta casi íntimo.

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El Grand Trianon

El Petit Trianon fue el regalo de Luis XV a María Antonieta. Construido entre 1762 y 1768 por Ange-Jacques Gabriel, fue el único espacio del complejo en que la reina tenía autoridad absoluta. Mandó rediseñar los jardines a su gusto —en estilo inglés, con senderos sinuosos y vegetación aparentemente espontánea, en contraste deliberado con la geometría del resto de Versalles.

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El Petit Trianon

A pocos minutos del Petit Trianon está la aldea de María Antonieta, y es donde la contradicción del Antiguo Régimen se vuelve más visible. Entre 1783 y 1787 construyeron aquí doce casas de estilo normando, un molino, una lechería y una granja. El objetivo era que la reina y su círculo íntimo pudieran jugar a ser campesinos. Los edificios tienen toda la apariencia rústica pero están equipados para la vida aristocrática. Décadas antes de la Revolución, la monarquía fingía la vida del pueblo que acabaría con ella.

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La aldea de María Antonieta y último vistazo al Palacio de Versalles antes de partir

Por la tarde regresamos a París y nos desviamos al Trocadéro antes de bajar al embarcadero del Sena. La plaza del Trocadéro da la perspectiva más frontal y simétrica de la Torre Eiffel, con el Champ de Mars al fondo. Nos reunimos con la prima de Rafa y subimos al barco mientras el sol empezaba a bajar.

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Trocadéro y bajada hacia el Sena

El paseo por el Sena era la tercera actividad del Explorer Pass. Desde el agua, París se presenta de otra manera: los monumentos aparecen en secuencia a ambos lados del río, Notre-Dame con sus andamios, el Louvre con su mezcla de siglos, los puentes históricos. Es agradable, sin duda, y una copa de champán a bordo añade una nota festiva. Pero siendo honestos, de las tres actividades del pass fue la que menos aportó. El recorrido se hace repetitivo y prescindible si el tiempo o el presupuesto obligan a elegir.

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Paseo en barco por el Sena

Después del barco la prima de Rafa propuso tomar algo en uno de los chiringuitos junto al embarcadero. Nosotros ya acusábamos el día de Versalles encima, pero nos quedamos un rato. El cierre llegó ya bien entrada la noche.

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Fin del día junto a la Torre Eiffel
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Día 7. Domingo de museos y saturación cultural

El primer domingo de cada mes, muchos museos de París abren gratis. La política existe desde hace años y tiene una lógica cultural clara: democratizar el acceso a instituciones que habitualmente no son baratas. La consecuencia práctica es que algunos museos se saturan de manera considerable, lo que obliga a elegir bien dónde ir y cuándo. Ese domingo lo aprendimos de primera mano.

La primera parada fue el Musée des Arts et Métiers, y resultó ser la mejor sorpresa de todo el viaje. La institución lleva funcionando desde 1794 y tiene una de las colecciones más importantes del mundo dedicadas a la historia de la técnica y la industria. Las salas principales presentan la evolución de diferentes disciplinas —mecánica, comunicaciones, transportes, instrumentos científicos, energía— de manera cronológica y bastante bien contextualizada. Interesante por sí solo, pero lo que convierte la visita en algo excepcional está al final del recorrido.

La nave del museo ocupa una antigua iglesia reconvertida. Ese espacio, con su bóveda gótica, alberga las piezas más impresionantes de la colección: el péndulo de Foucault colgando desde lo alto, demostrando en tiempo real la rotación de la Tierra, en el mismo lugar donde Léon Foucault hizo sus primeras demostraciones en el siglo XIX. Una réplica del modelo original que Bartholdi utilizó antes de construir la Estatua de la Libertad de Nueva York, presidiendo uno de los extremos. Un andamio que permite acercarse al techo y ver desde arriba máquinas de vapor, automóviles de época y aviones pioneros. El contraste entre el marco medieval y el contenido industrial crea algo que no se puede planificar ni diseñar. Que muy poca gente lo visite hace la experiencia casi privada, que es exactamente lo opuesto a lo que nos esperaba en el siguiente museo.

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El Musée des Arts et Métiers

El Musée d'Orsay fue otra historia. El edificio es la antigua Gare d'Orsay, construida para la Exposición Universal de 1900 y reconvertida en museo en 1986. La gran nave central con su bóveda de hierro y cristal permite que la luz natural cambie con las horas, lo que encaja bien con una colección que va de 1848 a 1914 y que tiene en el impresionismo su corazón: Manet, Monet, Renoir, Degas, Cézanne, Van Gogh, Gauguin. Obras que se ven en reproducciones desde la infancia y que en persona tienen una escala y una textura que las fotos no transmiten.

El problema era la gente. El primer domingo gratuito de agosto convierte ciertas salas en algo cercano a un concierto multitudinario. Las salas de Van Gogh eran prácticamente intransitables. La contemplación se volvía imposible en las zonas más afamadas; conseguir un momento de tranquilidad frente a alguna obra requería paciencia y esperar el momento adecuado. Estuvimos varias horas y compensó, pero el nivel de saturación fue agotador.

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El Musée d'Orsay

Teníamos reserva en el Centre Pompidou para la tarde, pero nos habíamos retrasado y ya no íbamos a llegar. Además, el agobio del Orsay pedía exactamente lo contrario de otro museo abarrotado: aire libre. Cambiamos de plan sin dudar.

La Place de la Concorde era el siguiente punto. Esta explanada de 8,64 hectáreas tiene una historia más oscura de lo que sugiere su nombre: fue aquí donde se levantó la guillotina durante el Terror, y donde fueron ejecutados Luis XVI y María Antonieta entre los más de mil presos que murieron en ese espacio. En el centro, el obelisco egipcio que el gobierno de Egipto regaló a Francia en 1831. Mide 23 metros y data del siglo XIII antes de Cristo; sus jeroglíficos narran las victorias de Ramsés II con la misma vocación propagandística que los techos de Versalles, aunque con más de treinta siglos de ventaja.

Desde la Concorde exploramos la parte baja de los Campos Elíseos que nos habíamos saltado el tercer día: más monumental, menos comercial que la parte alta. Compramos unos gofres en uno de los puestos ambulantes de la zona. Pequeño placer, buen efecto sobre el estado de ánimo.

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Alrededores de los Campos Elíseos

El Grand Palais y el Petit Palais flanquean la avenida un poco más arriba. Ambos son de 1900, construidos para la misma Exposición Universal que la Gare d'Orsay. El Grand Palais con su estructura de hierro y cristal coronada por una cúpula, el Petit Palais con su patio interior y jardín. Dos ejercicios de Belle Époque que demuestran que aquella Exposición fue uno de los episodios más productivos de la historia arquitectónica de París. No entramos en ninguno, solo exterior.

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Grand Palais y Petit Palais

El Pont Alexandre III conecta esta zona con Los Inválidos al otro lado. Lo construyeron entre 1896 y 1900 para la misma Exposición, y es probablemente el puente más ornamentado de la ciudad: cuatro columnas doradas en los extremos, faroles art nouveau, figuras aladas. Desde aquí la cúpula de Les Invalides se recorta contra el cielo en una de las perspectivas más compuestas de París.

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El Pont Alexandre III

Por la tarde nos encontramos con la prima de Rafa en el Barrio Latino y cenamos en un restaurante, rompiendo con la dinámica de picnics de los días anteriores. Después tomamos una cerveza en un bar cercano que resultó cara y mal servida. París no es una ciudad de cerveza: la sirven sin espuma, a temperatura incorrecta y a precio de vino. Aprendizaje menor pero definitivo.

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Fuente Saint-Michel
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Día 8. El Marais, arquitectura comercial y últimas exploraciones

El último día completo lo dedicamos al Marais, con un itinerario preparado de antemano para no improvisar en uno de los barrios más densos de París. El nombre viene de su pasado: esta zona era literalmente un pantano hasta que en el siglo XII empezaron a drenarla y construir sobre ella. Durante los siglos XVI y XVII fue el barrio aristocrático por excelencia, donde la nobleza parisina levantó sus hôtels particuliers. Después cayó en decadencia, pasó a ser zona popular y obrera, y en las últimas décadas ha vivido una gentrificación que lo ha convertido en uno de los más codiciados de la ciudad.

Lo que hace especial al Marais es que conserva el tejido urbano medieval y renacentista casi intacto, algo excepcional en París. Cuando Haussmann transformó la ciudad entre 1853 y 1870 —demoliendo el París medieval para abrir las grandes avenidas rectilíneas que hoy conocemos—, el Marais quedó relativamente al margen de esa reforma masiva. Sus calles estrechas, sus patios ocultos y sus fachadas de ladrillo rojo sobrevivieron donde el resto de la ciudad fue arrasada y reconstruida.

La Place des Vosges es el corazón del barrio. La mandó construir Enrique IV entre 1605 y 1612, antes de ser asesinado, y es la plaza más antigua de París. Ladrillo rojo, piedra blanca, soportales continuos en planta baja que permiten pasear a cubierto. Los jardines centrales tienen una simetría casi geométrica. Victor Hugo vivió aquí; su apartamento es hoy un pequeño museo en una de las esquinas de la plaza. Unas calles más abajo, el barrio judío en torno a la rue des Rosiers lleva en ese espacio desde la Edad Media. La gentrificación ha transformado mucho, pero todavía quedan sinagogas históricas y alguna pastelería asquenazí que aguanta entre las boutiques de diseñadores.

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El Marais

Desde el Marais subimos hacia los grandes almacenes. Las Galeries Lafayette en el boulevard Haussmann son exactamente lo que sugiere ese nombre de calle: uno de los productos directos de la reforma que transformó París en el siglo XIX. El edificio principal abrió en 1912 y tiene una cúpula interior de hierro y cristal de 43 metros de altura, diseñada por Georges Chedanne, que organiza todo el espacio comercial alrededor de ese vacío central. Los diferentes pisos se asoman a la nave, y la luz baja desde arriba. La terraza del séptimo piso tiene una panorámica libre de París: la Ópera Garnier con su cúpula verde, el Sacré-Cœur en lo alto de Montmartre, los tejados grises y uniformes del París haussmanniano extendiéndose en todas las direcciones. Una vista que Haussmann habría reconocido como exactamente lo que quería construir.

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La Ópera y las Galeries Lafayette

Cerca de allí, la Église de la Madeleine tiene una historia arquitectónica que refleja bien la inestabilidad política francesa. Empezó a construirse como iglesia en 1764, estuvo a punto de convertirse en templo de la Gloria durante el Imperio napoleónico, fue sede de distintas instituciones según el gobierno de turno, y finalmente se consagró como iglesia católica bajo la Restauración en 1842. Por eso tiene forma de templo griego períptero rodeado de 52 columnas corintias y no parece una iglesia desde el exterior. El interior contrasta: mármoles policromados, pinturas murales y un órgano histórico que atrae a los aficionados por la calidad de sus conciertos.

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La Iglesia de la Madeleine

El Palais-Royal fue la siguiente parada. El cardenal Richelieu lo mandó construir en 1633; después pasó a la corona y con el tiempo se convirtió en el conjunto de jardines, galerías comerciales y apartamentos que existe hoy. Los jardines son geométricos y tranquilos, separados del ruido de las calles de alrededor por las galerías cubiertas. Las columnas de Buren en el patio de honor llevan desde 1985 generando debate: 260 columnas de mármol rayado en blanco y negro, de diferentes alturas, instaladas en un espacio histórico del siglo XVII. Hay quien lo ve como un diálogo productivo entre épocas; hay quien lo considera una agresión al patrimonio. Los parisinos llevan cuarenta años sin ponerse de acuerdo.

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El Domaine National du Palais-Royal

Pasamos de nuevo por los patios del Louvre y cruzamos el Pont des Arts. El puente ha cambiado mucho desde la primera vez que lo vi: las barandillas metálicas donde los enamorados colgaban candados fueron sustituidas por paneles de cristal. La razón fue estructural: en 2014 se estimaba que el puente soportaba unas 45 toneladas de peso adicional en candados, una carga no prevista en su diseño que empezaba a provocar deformaciones. Retirarlos fue la única opción viable. El resultado es un puente diferente pero que sigue funcionando como el paseo peatonal sobre el Sena que siempre fue.

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Patios del Louvre y Puente de las Artes

Por la tarde propuse una visita que tenía pendiente: el Château de Vincennes, en el extremo oriental de la ciudad. Una fortaleza medieval construida en el siglo XIV, con un donjon de 52 metros que es uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar gótica que quedan en Francia. No pudimos entrar —el recinto cerraba—, pero rodeamos las murallas y estuvimos un buen rato contemplando la estructura desde fuera. El pueblo de Vincennes alrededor tiene una escala completamente diferente al ritmo metropolitano: calles tranquilas, comercios de barrio, sin turistas. Una proporción de la región parisina que las guías ignoran.

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El Château de Vincennes

Para cenar repetimos el plan que mejor había funcionado: picnic en el Champ de Mars con la Torre Eiffel delante. Compramos en un supermercado, encontramos sitio en la hierba entre cientos de grupos que habían tenido la misma idea, y esperamos el espectáculo de luces de las once. El parpadeo dorado sobre el hierro, los aplausos espontáneos del parque lleno, la sensación de que Paris sabe exactamente cómo cerrar un último día.

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Último picnic en los Campos de Marte
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Día 9. Despedida y balance

El martes era día de vuelta. Check-out del ibis budget Orly Chevilly Tram 7, repasar que no quedaba nada en la habitación, preparar las mochilas. El hotel había cumplido lo que prometía: funcional, económico, sin pretensiones, base operativa suficiente para ocho noches. Que estuviera lejos del centro fue un inconveniente real —el primer y el último día se comieron bastante tiempo en transporte—, pero el precio compensaba.

Decidimos salir con tiempo para dar una vuelta por Villejuif antes de coger el tren al aeropuerto. El barrio residencial donde estaba el hotel no aparece en ninguna guía ni tiene monumentos que justifiquen ningún desvío: calles tranquilas, pequeños comercios, arquitectura más modesta, ritmo de ciudad dormitorio. Una proporción de París que la mayoría de los visitantes no ve nunca. Comimos en la zona, sin prisa, antes de afrontar el trayecto de hora y media hasta Charles de Gaulle. El vuelo de las 16:40 aterrizó puntualmente en Bilbao a las 18:30.

Esta era mi tercera visita a París, y la relación sigue siendo complicada. La ciudad tiene demasiado que ofrecer para ignorarla —museos excepcionales, arquitectura de primer orden, barrios con capas históricas que se superponen con visible tensión entre ellas— pero me cuesta establecer con ella la conexión que tengo con otras ciudades. Me parece demasiado seria consigo misma, demasiado encorsetada en su propia importancia. Y la limpieza urbana dista mucho de la imagen que proyecta: las calles tienen un estado de conservación que sorprende a quien llega con expectativas idealizadas, y los encuentros nocturnos con ratas en el Sena y las Tullerías no son exactamente parte de la postal.

Dicho eso: el balance del viaje en sí era claramente positivo, aunque con matices.

Lo que no disfruté fue Disneyland. La experiencia resultó más llevadera de lo que esperaba, especialmente por el espectáculo del 30 aniversario, pero el agobio por las multitudes en varios momentos del día fue real. Es algo que habría eliminado del programa sin dudarlo si la decisión hubiera sido solo mía. También el hecho de que el viaje cambiara de naturaleza —de escapada en pareja a viaje para tres— fue algo que me costó encajar. No era cuestión de compañía, que fue perfectamente agradable. Era que el tipo de experiencia que uno tiene en pareja y el que tiene en grupo son simplemente distintos, y ese cambio ya no tiene vuelta atrás una vez que se produce.

Pero la mañana entera en La Défense fue uno de los mejores momentos del viaje. Fotografiar arquitectura contemporánea sin ninguna obligación de seguir a nadie ni adaptarse a otros ritmos, explorar un París completamente diferente al turístico. El Château de Vincennes, encontrado casi por casualidad el último día, fue otro de esos descubrimientos que justifican seguir explorando más allá de los circuitos habituales. Versalles fue extraordinario, tanto por la escala del conjunto como por la manera en que la visita a los Trianones y la aldea de María Antonieta ilumina las contradicciones del Antiguo Régimen mejor que cualquier texto de historia. Y los picnics en el Champ de Mars, con la Torre Eiffel al fondo y cientos de grupos compartiendo el mismo espacio verde, quedaron como el tipo de recuerdo de viaje que no se planifica pero no se olvida.

París acumula visitas. Cada vez que se vuelve se descubren rincones nuevos, perspectivas distintas, barrios que en las anteriores se dejaron para otra vez. Lo que no cambia es que ocho días apenas arañan la superficie de lo que hay. Ni veinte lo agotarían.

Lo que costó el viaje

Guías y artículos

Información práctica

El Museo de Orsay, instalado en la antigua Gare d'Orsay construida para la Exposición Universal de 1900.

El Musée d'Orsay de París

La antigua estación de tren que se convirtió en el museo del Impresionismo más importante del mundo

París