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Budapest antes del confinamiento
Cinco días en Budapest del 2 al 6 de marzo de 2020, cuando viajar aún era tan simple como comprar un billete de avión, sin imaginar que estaba viviendo mi último viaje de libertad total antes de un confinamiento mundial que cambiaría para siempre nuestra relación con el mundo.
Budapest: cuando viajar era solo comprar un billete¶
Cómo se gestó el último viaje antes del confinamiento
Escribo este diario desde casa, en pleno confinamiento, mientras mi perro duerme a mis pies y los días se suceden con esa extraña monotonía que nos ha tocado vivir. Hace apenas un mes, la palabra "coronavirus" era algo lejano que llegaba en noticias de China, y la idea de no poder salir de casa sonaba a ciencia ficción. Sin embargo, aquí estoy, rememorando un viaje que ahora parece haber sucedido en otra época: cinco días en Budapest, del 2 al 6 de marzo de 2020.
La tentación de una ganga
Todo comenzó de la forma más prosaica posible: navegando por internet en busca de una escapada. Los vuelos de Ryanair desde Santander a Budapest por menos de 44 euros eran demasiado tentadores para dejarlos pasar. Sumando el alojamiento por 52 euros las cuatro noches y los desplazamientos desde Bilbao, el viaje completo no llegaría a los 110 euros. Una ganga absoluta para cinco días de turismo.
Budapest no era territorio desconocido para mí. Ya había estado allí en 2001, casi veinte años antes, cuando la ciudad aún conservaba esas cicatrices del comunismo que la hacían más cruda pero también más auténtica. Los recuerdos que guardaba eran de una ciudad monumental pero accesible, con esa elegancia decadente tan característica de las capitales del antiguo imperio austrohúngaro.
La perspectiva de redescubrir Budapest casi dos décadas después, esta vez en solitario, resultaba especialmente atractiva. Los viajes en solitario tienen esa capacidad de sorprenderte, de permitir que te dejes llevar por los impulsos del momento sin negociaciones ni compromisos con compañeros de viaje.
Las primeras sombras de lo que vendría
Mientras ultimaba los detalles del viaje a finales de febrero, las noticias sobre el COVID-19 comenzaban a ocupar más espacio en los informativos. China parecía muy lejos, y aunque Italia empezaba a reportar casos, la sensación general era que se trataba de algo controlable, localizado. Europa occidental seguía su rutina normal, y viajar continuaba siendo algo tan simple como comprar un billete y hacer la maleta.
Recuerdo haber pensado si cancelar el viaje o no, pero las restricciones aún no existían y las recomendaciones oficiales no desaconsejaban viajar. La decisión fue fácil: Budapest me esperaba, y yo tenía cinco días libres para redescubrir una ciudad que había dejado una huella positiva en mi memoria.
Un apartamento en las afueras
La elección del alojamiento fue pragmática. Un apartamento completo para mí solo, reservado a través de Airbnb, cerca del centro comercial KOKI y a unos diez minutos andando de la última parada de la línea 3 del metro. Bastante alejado del centro, sí, pero funcional y económico. La descripción prometía espacio, tranquilidad y una buena conexión con el transporte público.
El apartamento cumplió las expectativas, aunque con algunos detalles menores que no llegaron a empañar la experiencia: algunas hormigas en la planta baja y enchufes poco fiables en el piso superior. Nada que no se pudiera solventar, y desde luego nada comparable a lo que habría costado un alojamiento similar en el centro de la ciudad.
La logística del viaje low cost
El viaje desde Bilbao implicaba una pequeña aventura en sí mismo. Para llegar al aeropuerto de Santander, había optado por BlaBlaCar: 7 euros por un trayecto compartido con Manuel, un trabajador que hacía esa ruta diariamente. Para la vuelta, el autobús sería la opción, algo más incómodo aunque ligeramente más barato.
Esta combinación de vuelo low cost, alojamiento económico y transporte compartido encajaba perfectamente con mi filosofía de viaje: maximizar las experiencias minimizando el presupuesto. Al fin y al cabo, el dinero que no gastas en lujos innecesarios es dinero que puedes invertir en vivir la ciudad, en perderte por sus calles, en probar su gastronomía.
Lo que no sabíamos
Ahora, confinado en casa y rememorando cada detalle de esos cinco días, resulta casi surrealista pensar que el 4 de marzo estaba en los baños Széchenyi, compartiendo espacio y agua caliente con cientos de personas de todo el mundo. Turistas ingleses, alemanes, italianos, españoles... todos mezclándonos sin mascarillas, sin distancia de seguridad, sin sospechar que el mundo estaba a punto de cambiar radicalmente.
El contraste es brutal: de las multitudes de Budapest a la soledad del confinamiento en cuestión de una semana. De planificar el siguiente viaje a no saber cuándo volveremos a poder cruzar una frontera con normalidad.
Pero esa es precisamente la magia involuntaria de este diario: capturar los últimos días de un mundo que ya no existe, al menos temporalmente. Budapest en marzo de 2020 fue, sin saberlo, mi despedida de la libertad de movimiento que dábamos por sentada.

Día 1. Llegada a Budapest y primeras impresiones¶
A las siete y media de la mañana me esperaba Manuel en Santutxu, puntual como habíamos acordado a través de BlaBlaCar. El trayecto hasta Santander se hizo ameno charlando sobre trabajos y viajes, y tuvo el detalle de acercarme directamente hasta la terminal del aeropuerto. El vuelo salió con cuarenta minutos de retraso, pero la perspectiva de estar en Budapest antes del mediodía compensaba cualquier impaciencia.
La llegada y el primer contacto
En el aeropuerto de Budapest mi primera gestión fue hacerme con el abono de transporte de 7 días: 4.950 forintos, unos quince euros que te dan barra libre de metro, tranvía y autobús durante toda la estancia. Una de esas pequeñas inversiones que simplifican enormemente la logística cuando viajas. La única excepción notable es el autobús 100E, una línea exprés al centro que requiere billete aparte, pero para mi caso me convenía más el 200E, incluido en el abono y que me dejaba cerca de mi alojamiento.
András, mi anfitrión de Airbnb, resultó ser un hombre afable que vivía justo al lado. Me explicó con paciencia que la línea 3 del metro, la que me conectaba con el centro, estaba parcialmente en obras: las cuatro últimas estaciones habían sido sustituidas por autobuses, lo que añadía un trasbordo extra a cada viaje. Una de esas complicaciones menores que forman parte de la aventura.
Reencuentro con la basílica de San Esteban
Hacia las cuatro y media de la tarde me planté frente a la basílica de San Esteban, y fue como si los casi veinte años desde mi última visita se comprimieran en un instante. La reconocí de inmediato: esa fachada neoclásica imponente, las dos torres gemelas flanqueando la cúpula central, la escalinata donde los budapestinos se sientan a tomar el sol cuando el tiempo acompaña.
Lo que no recordaba, o quizá no sabía entonces, es la historia accidentada de su construcción. Las obras comenzaron en 1851, pero en 1868 la cúpula original se derrumbó por completo, obligando a empezar prácticamente de cero. Al final tardaron 54 años en terminarla, tres arquitectos diferentes se sucedieron al frente del proyecto, y cada uno dejó su impronta en el resultado final. De ahí esa mezcla sutil entre neoclasicismo y neorenacimiento que le da un carácter tan particular.
Sus 96 metros de altura no son casualidad. Comparte esa medida exacta con el Parlamento húngaro, y el número tiene una carga simbólica enorme en Hungría: hace referencia al año 896, cuando las tribus magiares se asentaron en la cuenca de los Cárpatos. Que los dos edificios más altos de la ciudad midan lo mismo es un guiño deliberado: el poder espiritual y el poder civil, a la misma altura. Literalmente.
En su interior, además de unos frescos y dorados que dejan sin aliento, se guarda una de las reliquias más curiosas de Europa: la mano derecha momificada de San Esteban I, el primer rey de Hungría. Cada 20 de agosto la sacan en procesión por las calles de Budapest, en una tradición que lleva más de mil años repitiéndose.
Bajando al Danubio por Váci utca
Desde la basílica caminé hacia el río por Váci utca, la arteria peatonal que conecta el corazón de Pest con el Danubio. Hoy es una calle abarrotada de tiendas y turistas, pero durante siglos fue la vía comercial más importante de la ciudad, la calle donde los mercaderes exhibían sus mejores productos y las familias burguesas iban a dejarse ver. Algunos de sus edificios conservan fachadas del siglo XIX que recuerdan esa época dorada, aunque la mayoría han sido reconvertidos en comercios internacionales que podrían estar en cualquier capital europea.
Cada esquina me resultaba vagamente familiar y sorprendente a la vez, esa sensación extraña de reconocer un lugar que el tiempo ha ido transformando sin que estuvieras mirando.
El puente de las cadenas al atardecer
Cuando el puente de las cadenas apareció ante mí, entendí por qué Budapest había quedado tan grabada en mi memoria. Hay algo en la proporción de este puente, en la manera en que enmarca las vistas del Danubio con el castillo de Buda al fondo, que resulta casi hipnótico.
Su historia es de esas que merecen conocerse. Hasta mediados del siglo XIX no existía ningún puente permanente entre Buda y Pest, que entonces eran dos ciudades separadas por el río. En invierno, cuando el Danubio se helaba, se podía cruzar caminando sobre el hielo; el resto del año dependías de barcazas y pontones. Fue el conde István Széchenyi, considerado "el más grande de los húngaros", quien impulsó la construcción del puente tras una experiencia personal que marcó su vida: en el invierno de 1820, cuando su padre enfermó gravemente al otro lado del río, no pudo cruzar durante una semana entera debido a las placas de hielo a la deriva. Esa impotencia le empujó a dedicar años de su vida y buena parte de su fortuna a hacer realidad un puente permanente.
El diseño corrió a cargo del ingeniero inglés William Tierney Clark, y cuando se inauguró en 1849 su vano central de 202 metros era uno de los más largos del mundo. No solo transformó el transporte entre las dos orillas: fue uno de los catalizadores que llevaron a la unificación oficial de Buda, Pest y Óbuda en una sola ciudad en 1873.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis dinamitaron todos los puentes de Budapest en su retirada. El de las cadenas fue reconstruido y reinaugurado el 21 de noviembre de 1949, exactamente cien años y un día después de su inauguración original. Un detalle que dice mucho del carácter húngaro y de su relación con la memoria histórica.
Cruzarlo mientras las primeras luces del atardecer empezaban a encenderse fue recuperar esa emoción pura del viaje que a veces se pierde entre vuelos retrasados y logística de transporte.
El Danubio como escenario
Pasé el resto de la tarde caminando por ambas riberas sin prisa, dejando que la ciudad desplegara sus mejores vistas. El Danubio no es solo un río que atraviesa Budapest: es la línea que durante siglos separó dos mundos. Buda, en la orilla occidental, encaramada en sus colinas, fue la sede del poder real, de los castillos y las fortificaciones. Pest, en la orilla oriental, plana y expansiva, creció como centro económico y comercial. Dos personalidades opuestas que al unirse crearon una capital con una riqueza urbana difícil de igualar.
La vista del Parlamento desde la orilla de Buda sigue siendo uno de esos espectáculos que justifican por sí solos cruzar media Europa. Con las luces reflejándose en las aguas del Danubio y la silueta neogótica del edificio recortándose contra el cielo oscurecido, Budapest desplegaba todo su arsenal de seducción.
Balance de la primera jornada
El primer día había cumplido su cometido: reconectar con una ciudad que había dejado una huella profunda años atrás. Budapest seguía ahí, algo cambiada pero manteniendo esa personalidad que la distingue dentro del mapa europeo. Y todo ello sin imaginar que estaba viviendo los últimos días de una libertad de movimiento que dábamos por garantizada, que el simple acto de pasearse sin rumbo por una ciudad extranjera se convertiría pronto en un lujo impensable.

Día 2. Entre lluvia, museos y monumentos¶
El segundo día amaneció gris, con esas nubes bajas que en Budapest en marzo no sorprenden a nadie. Pero la lluvia, que en otros destinos puede arruinar una jornada, aquí te empuja hacia rincones que de otro modo quizá no visitarías: mercados cubiertos, interiores monumentales, cafés históricos. A veces los mejores días de viaje son los que te obligan a improvisar.
El Museo Nacional y la revolución que empezó en unas escaleras
Empecé la mañana frente al Museo Nacional Húngaro, un imponente edificio neoclásico en la calle Múzeum körút que lleva en pie desde 1847. Diseñado por Mihály Pollack, con su pórtico de columnas dóricas y su frontón triangular, tiene ese aire de templo griego que tanto gustaba a los arquitectos del XIX. Pero lo más interesante de este edificio no está en su arquitectura, sino en lo que sucedió en sus escalinatas.
El 15 de marzo de 1848, un joven poeta llamado Sándor Petőfi se plantó aquí y recitó su "Canto Nacional" ante una multitud creciente. Ese poema encendió la mecha de la revolución húngara contra los Habsburgo, una revuelta que acabaría aplastada pero que los húngaros celebran cada año como su fiesta nacional. Las escaleras del museo son, en cierto modo, el lugar de nacimiento de la Hungría moderna.
El museo lo fundó en 1802 el conde Ferenc Széchényi, padre del promotor del puente de las cadenas, donando su colección personal de más de 15.000 piezas. Hoy alberga más de tres millones y medio de objetos que cubren desde la prehistoria hasta la caída del comunismo. No entré en esta ocasión, pero me quedó en la lista para una futura visita.
Refugio en el Gran Mercado
Cuando la lluvia arreció de verdad, hice lo que hace cualquier viajero sensato: buscar techo. Y en Budapest, el mejor techo posible es el Gran Mercado Central, el Nagycsarnok.
Este edificio de 1897 es una de esas construcciones que te reconcilian con la arquitectura utilitaria. Desde fuera ya impone con su estructura neogótica de ladrillo rojo, pero lo que realmente lo hace especial es su cubierta: un mosaico de tejas multicolores fabricadas por Zsolnay, la mítica fábrica de cerámica húngara que también produjo las tejas de la catedral de San Matías y de medio centenar de edificios emblemáticos del país. Con 150 metros de largo, es el mercado cubierto más grande y antiguo de Budapest.
Pero más allá de la arquitectura, lo que engancha es la vida que bulle dentro. En la planta baja, los puestos de alimentación muestran el alma gastronómica de Hungría: montañas de paprika en todas sus variedades (dulce, picante, ahumado), ristras de salchichas, foie gras húngaro a precios que en Francia parecerían un error, quesos, encurtidos y embutidos curados. La paprika, por cierto, no llegó a Hungría hasta el siglo XVI de la mano de los turcos otomanos, y tardó siglos en pasar de especia exótica a ingrediente nacional. Hoy es imposible imaginar la cocina húngara sin ella.
En la planta superior, los puestos de souvenirs y artesanía conviven con pequeños comedores donde probar platos tradicionales a precios razonables. Y en el sótano, que pocos turistas visitan, hay un supermercado y una zona de pescaderías que da una imagen mucho más real de cómo compran los budapestinos en su día a día.
Los baños Gellért y la leyenda de la colina
Cuando amainó algo la lluvia, crucé el puente de la Libertad para acercarme a los baños Gellért, en la falda de la colina del mismo nombre. No entré en los baños (los reservaba para los Széchenyi al día siguiente), pero la zona merece la visita solo por su entorno.
El complejo termal Gellért se construyó entre 1912 y 1918 en pleno apogeo del Art Nouveau húngaro, y su fachada es un catálogo de todo lo que ese estilo puede dar de sí: líneas sinuosas, motivos florales, una mezcla de elegancia y exuberancia que te transporta a la Belle Époque. Junto a los Széchenyi, es el balneario más conocido de la ciudad, aunque los locales te dirán que los Gellért son los más bonitos y los Széchenyi los más divertidos.
La colina que domina los baños tiene una historia que se pierde en la leyenda. El nombre honra al obispo Gerardo (Gellért en húngaro), un monje veneciano que llegó a Hungría en el siglo XI para evangelizar a los paganos. Su misión no acabó bien: según la tradición, en 1046 los húngaros que se resistían a la cristianización lo metieron en un barril erizado de clavos y lo arrojaron colina abajo hasta el Danubio. Una muerte espectacular que le valió la canonización y dar nombre a una de las mejores atalayas de Budapest.
En la ladera de la colina se esconde la Capilla en la Roca (Sziklatemplom), una iglesia excavada directamente en la roca calcárea en los años veinte del siglo pasado e inspirada en la gruta de Lourdes. El régimen comunista la cerró en 1951 y tapió su entrada con hormigón. No reabrió hasta 1989, cuando cayó el Telón de Acero, y hoy es uno de esos lugares que muy pocos turistas conocen pero que resulta fascinante: un espacio de culto excavado en la montaña, con vistas al Danubio desde su terraza.
El Parlamento por dentro
La lluvia volvió con fuerza por la tarde, así que decidí refugiarme en la visita interior del Parlamento húngaro, que había reservado para la sesión de las 12:30. Precio: 3.500 forintos, unos diez euros. Lo que encontré dentro justificaba multiplicar esa cifra por diez.
El Parlamento de Budapest es uno de esos edificios que no se construyen para ser funcionales, sino para impresionar. Y lo consigue. Diseñado por Imre Steindl en estilo neogótico e inaugurado en 1904 tras diecinueve años de obras, es el tercer parlamento más grande del mundo, con 268 metros de largo y 691 estancias. Se utilizaron más de 40 millones de ladrillos y 40 kilogramos de oro para decorar sus interiores.
Pero las cifras no transmiten la experiencia de caminar por sus escaleras monumentales cubiertas de oro, pisar las alfombras rojas de los pasillos ceremoniales y entrar en la Sala de la Cúpula, donde se exhibe la joya más preciada de Hungría: la Santa Corona. Esta corona, según la tradición, fue enviada por el papa Silvestre II al rey Esteban I en el año 1000, aunque los historiadores creen que las partes inferior y superior se fabricaron en momentos diferentes y se ensamblaron posteriormente. Sea como sea, la corona está torcida: la cruz de la parte superior se inclinó en algún momento de su accidentada historia (quizá cuando la robaron, o cuando la enterraron para esconderla, o cuando los americanos la custodiaron en Fort Knox durante la Guerra Fría) y nadie se ha atrevido a enderezarla porque, a estas alturas, la inclinación se ha convertido en parte de su identidad.
La Antigua Cámara Alta y la Cámara Legislativa actual destacan por su acústica perfecta, diseñada para que todos los diputados puedan escucharse sin amplificación. Un logro notable en un espacio tan monumental, y un recordatorio de que detrás de tanto ornamento hay una ingeniería muy calculada.
La Gran Sinagoga y el peso de la historia
Después del Parlamento, con la lluvia ya convertida en llovizna, caminé hasta la Gran Sinagoga de la calle Dohány. Es imposible no detenerse ante ella: con sus dos torres octogonales de 44 metros coronadas por cúpulas doradas y una fachada que mezcla influencias del norte de África y de la Alhambra granadina, parece un edificio trasplantado de otro continente.
Y en cierto modo lo es. El arquitecto vienés Ludwig Förster la construyó entre 1854 y 1859 en un estilo neomorisco deliberadamente exótico, buscando crear un espacio que expresara la identidad diferenciada de la comunidad judía de Budapest. Con capacidad para casi 3.000 personas, es la sinagoga más grande de Europa y la segunda del mundo.
Pero la historia que rodea a este edificio es mucho más oscura que su arquitectura. La sinagoga se encuentra en el corazón de lo que fue el gueto judío de Budapest, establecido en noviembre de 1944 por el gobierno títere fascista. Más de 70.000 personas fueron confinadas en un área de apenas unas manzanas durante el invierno más duro de la guerra. Muchos murieron de hambre, frío y enfermedades, y fueron enterrados en el cementerio adyacente a la sinagoga, algo excepcional en la tradición judía, que normalmente prohíbe los cementerios junto a los templos. Pero las circunstancias no dejaban otra opción.
En el patio trasero se encuentra el Memorial del Árbol de la Vida, una escultura metálica que simula un sauce llorón donde cada hoja de acero lleva grabado el nombre de una víctima. Es uno de esos monumentos que no necesitan palabras: la acumulación silenciosa de nombres lo dice todo.
Último paseo hacia Vörösmarty tér
Antes de volver al apartamento me acerqué a la plaza Vörösmarty, uno de los centros neurálgicos de Pest. La plaza debe su nombre al poeta romántico Mihály Vörösmarty, autor del himno patriótico "Szózat", y es uno de esos espacios donde confluyen la historia y la vida cotidiana de la ciudad.
Aquí se encuentra el Café Gerbeaud, fundado en 1858 y considerado uno de los cafés históricos más prestigiosos de Europa. Budapest tiene con los cafés una relación especial: a finales del siglo XIX y principios del XX, la ciudad llegó a tener más de seiscientos cafés literarios donde escritores, artistas e intelectuales se reunían a debatir. Esa cultura del café como espacio público de pensamiento marcó la identidad de la ciudad tanto como su arquitectura.
Balance del segundo día
La lluvia había condicionado la jornada pero también la había enriquecido. El Parlamento por dentro había sido, sin duda, el momento culminante: uno de esos espacios que te obligan a recalibrar tu concepto de lo monumental. Y la sinagoga había aportado esa dimensión de profundidad histórica que transforma un viaje turístico en algo más reflexivo. Budapest tiene esa capacidad de alternar belleza y tragedia en la misma manzana, y ese contraste es parte de lo que la hace tan difícil de olvidar.

Día 3. De los héroes húngaros a las aguas termales¶
La lluvia había desaparecido definitivamente y el día amaneció con un cielo limpio que cambiaba por completo la personalidad de la ciudad. Budapest bajo la lluvia tiene su encanto melancólico, pero Budapest con sol es otra cosa: los edificios recuperan sus colores, el Danubio brilla, y hasta las calles más corrientes adquieren un aire de postal. Hoy tocaba explorar la zona norte de Pest, que concentra algunos de los monumentos más grandiosos de la capital.
La Plaza de los Héroes, mil años de historia en piedra
La Plaza de los Héroes (Hősök tere) es de esos lugares que te hacen entender por qué los húngaros tienen fama de orgullosos de su historia. Se construyó para conmemorar el milenario de la llegada de las tribus magiares a la cuenca de los Cárpatos en el año 896, y el resultado es un conjunto monumental que funciona como un libro de historia a cielo abierto.
En el centro, una columna de 36 metros coronada por el Arcángel Gabriel. Según la tradición cristiana, fue Gabriel quien se apareció en sueños al rey San Esteban para ofrecerle la corona sagrada de Hungría, así que su presencia aquí no es casual: es el guardián simbólico de la nación. En la base de la columna, siete jinetes de bronce representan a los siete jefes de las tribus magiares que fundaron Hungría, con Árpád al frente.
Las dos columnatas semicirculares que flanquean la columna albergan las estatuas de catorce reyes y héroes nacionales, una selección que ha cambiado con los vaivenes políticos del país. Originalmente incluía monarcas de la dinastía Habsburgo, pero tras la Segunda Guerra Mundial fueron sustituidos por figuras más afines al sentimiento independentista húngaro: héroes de la resistencia contra los mongoles, los otomanos y los propios Habsburgo.
Entre las figuras que más me llamaron la atención está la de Béla IV, el rey que tuvo que reconstruir Hungría prácticamente desde cero tras la devastadora invasión mongola de 1241-42, que arrasó el país y mató a cerca de la mitad de su población. O la de Juan Hunyadi, un noble de origen rumano que se convirtió en héroe nacional húngaro por sus victorias contra el Imperio Otomano, especialmente en la batalla de Belgrado de 1456, que frenó el avance turco hacia Europa Central durante casi un siglo.
Un detalle revelador: bajo cada estatua aparecen los años de reinado, no las fechas de nacimiento y muerte. Lo que importa aquí no es la persona, sino lo que hizo por Hungría.
El Castillo de Vajdahunyad, un edificio que no debería existir
Desde la plaza me adentré en el Parque de la Ciudad (Városliget), uno de los primeros parques públicos del mundo, y allí me encontré con una de las construcciones más insólitas que he visto en Europa: el Castillo de Vajdahunyad.
Su historia es delirante. Para la Exposición del Milenio de 1896, el arquitecto Ignác Alpár recibió el encargo de diseñar un pabellón que mostrara la evolución de la arquitectura húngara a lo largo de los siglos. Su solución fue crear un edificio que combinara réplicas y elementos de 21 construcciones históricas diferentes, mezclando estilos románicos, góticos, renacentistas y barrocos en un mismo conjunto. El resultado es un pastiche arquitectónico que sobre el papel no debería funcionar, pero que en la práctica resulta fascinante.
Originalmente se construyó en madera y cartón piedra como estructura temporal. Pero gustó tanto que lo reconstruyeron en piedra entre 1904 y 1908, y ahí sigue.
En el patio interior hay una estatua que merece una parada: la del cronista Anónimo, el primer historiador húngaro, que escribió la "Gesta Hungarorum" en el siglo XII documentando la conquista magiar. Nadie sabe quién fue realmente, de ahí que la escultura muestre una figura encapuchada con el rostro oculto en sombras, sosteniendo una pluma. Según la tradición local, tocar esa pluma trae buena suerte a escritores y estudiantes. El bronce de la pluma está pulido por miles de manos supersticiosas.
Una de las secciones del castillo reproduce la torre del castillo de Hunyad, en la actual Rumanía, donde según la leyenda estuvo prisionero Vlad Țepeș, el príncipe valaco que inspiró al Drácula de Bram Stoker. Las conexiones entre historia y ficción en Europa Central son así de enrevesadas.
Los baños Széchenyi, donde Budapest es más Budapest
Desde el castillo, mi siguiente destino estaba a pocos pasos: los baños termales Széchenyi, la experiencia que más esperaba de todo el viaje.
Budapest está construida sobre una red de más de 120 fuentes termales naturales, algo que los romanos ya aprovechaban hace dos mil años y que los otomanos convirtieron en cultura durante los 150 años que dominaron la ciudad. Hoy, los baños termales siguen siendo una institución social: los húngaros no van al balneario solo a bañarse, van a socializar, a jugar al ajedrez, a cerrar negocios, a pasar la mañana del domingo. Es su equivalente al bar de toda la vida, pero en bañador y a 38 grados.
Los Széchenyi, construidos entre 1909 y 1913, son el complejo termal más grande de Europa. Su agua brota de un pozo de 1.246 metros de profundidad a una temperatura de 76°C, cargada de sulfatos, calcio, magnesio y flúor. Los húngaros llevan siglos atribuyéndole propiedades curativas para dolores articulares y problemas reumáticos, y la ciencia moderna les ha dado parcialmente la razón.
El complejo tiene 18 piscinas (15 interiores y 3 exteriores), además de saunas y cabinas de vapor. Las tres piscinas exteriores son las más icónicas: ese amarillo neobarroco del edificio, el vapor alzándose del agua en el aire fresco de marzo, los jubilados húngaros jugando al ajedrez con fichas enormes metidos en el agua hasta el pecho... Es una imagen que no se parece a nada que hayas visto en otro lugar del mundo.
Estuve algo más de cinco horas, alternando entre piscinas de diferentes temperaturas, y habría seguido más. El contraste entre el aire frío y el agua caliente genera una sensación de bienestar que es casi adictiva. Las piscinas interiores, bajo techos abovedados con decoración original, tienen un ambiente completamente distinto: más íntimo, casi solemne, como si bañarse fuera un acto sagrado. Para los húngaros, en cierto modo, lo es.
El metro más antiguo del continente
Al salir de los baños, completamente relajado, tomé la línea M1 del metro, y resultó ser una atracción turística en sí misma. Esta línea, inaugurada en 1896, es la segunda más antigua del mundo después del metro de Londres y la primera del continente europeo. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2002.
Las estaciones conservan el diseño original de finales del XIX: andenes de apenas 50 metros, techos bajos, hierro fundido y azulejos decorados. Parece un metro de juguete comparado con las estaciones modernas. Es fascinante pensar que se construyó cuando Budapest vivía su época dorada como la segunda capital del Imperio Austrohúngaro, una ciudad que en 1900 rivalizaba con Viena en ambición y modernidad.
Los zapatos junto al Danubio
Cuando se acercaba el atardecer, bajé a la orilla del Danubio para visitar uno de los memoriales más conmovedores que he visto en ninguna ciudad: los Zapatos junto al Danubio.
Son 60 pares de zapatos de hierro fundido, dispuestos al borde del agua entre el Parlamento y el puente de las Cadenas. Zapatos de hombre, de mujer, de niño. De diferentes estilos, como los que la gente llevaba en los años cuarenta. El escultor Gyula Pauer y el director de cine Can Togay los crearon en 2005 para recordar a los aproximadamente 20.000 judíos húngaros que fueron asesinados a orillas del río por las milicias fascistas de la Cruz Flechada entre diciembre de 1944 y enero de 1945.
El método era especialmente cruel: obligaban a las víctimas a quitarse los zapatos (un bien valioso en tiempos de guerra), las ataban en parejas al borde del agua y disparaban al primero. El peso del cuerpo arrastraba al segundo al río helado. Los zapatos se quedaban en la orilla.
Es un memorial que funciona por su sencillez brutal. No hay grandes estructuras ni inscripciones grandilocuentes, solo zapatos vacíos mirando al agua. Flores y velas depositadas por visitantes de todo el mundo. Tres placas discretas en húngaro, inglés y hebreo. Y el silencio del Danubio, que fue testigo de todo.
Balance de una jornada que lo tuvo todo
El tercer día había sido extraordinariamente variado. La grandilocuencia orgullosa de la Plaza de los Héroes, la locura arquitectónica del castillo de Vajdahunyad, cinco horas de inmersión total en la cultura balnearia húngara, y esos zapatos silenciosos junto al río que te devuelven de golpe a la realidad más dura. Budapest tiene esa capacidad de llevarte del asombro a la reflexión en cuestión de metros, y esa montaña rusa emocional es parte de lo que la convierte en una ciudad tan difícil de olvidar.

Día 4. Del bastión medieval al pasado comunista¶
Cuarto día en Budapest, cielos despejados y una temperatura que invitaba a pasar la mañana al aire libre. Había reservado la jornada para dos visitas que no podían ser más diferentes entre sí: un mirador de cuento de hadas con las mejores vistas de la ciudad, y un parque en las afueras donde los fantasmas del comunismo siguen de pie en forma de estatuas de bronce.
El Bastión de los Pescadores, el mirador más fotogénico de Europa
Llegué al Bastión de los Pescadores a primera hora, antes de que las oleadas de turistas transformaran el lugar en una cola permanente para hacerse fotos. A esa hora, con la luz de la mañana cayendo oblicua sobre las torres blancas, el bastión tiene algo de escenario cinematográfico.
Lo primero que hay que saber sobre este lugar es que no es lo que parece. A pesar de su nombre y su aspecto de fortaleza medieval, el Bastión de los Pescadores nunca tuvo función defensiva alguna. Se construyó entre 1895 y 1902 como un mirador puramente decorativo sobre las antiguas murallas de la colina de Buda, diseñado por el arquitecto Frigyes Schulek, el mismo que restauró la iglesia de Matías que se levanta justo detrás.
El nombre viene del gremio de pescadores que durante la Edad Media tenía asignada la defensa de este tramo de la muralla. Los pescadores del Danubio vendían su mercancía en la plaza que había al pie de la colina, y a cambio debían tomar las armas si la ciudad era atacada. Un acuerdo medieval que hoy suena pintoresco pero que en su momento era una cuestión de supervivencia.
Las siete torres del conjunto representan a las siete tribus magiares que fundaron Hungría en el 896. Schulek las diseñó combinando elementos neogóticos y neorrománicos, creando un estilo que resulta imposible de clasificar pero que funciona extraordinariamente bien: parece un castillo sacado de un cuento, pero con una elegancia que evita caer en lo kitsch.
En el centro del conjunto, la estatua ecuestre de San Esteban I mira hacia el Parlamento al otro lado del río. El pedestal, obra de Alajos Stróbl, está decorado con relieves que narran los episodios clave de la vida del primer rey de Hungría: su coronación, la cristianización del país, las batallas contra los señores paganos. Es, en cierto modo, un resumen de la fundación de Hungría en unos pocos metros de piedra esculpida.
Las vistas que justifican el viaje
Desde las terrazas del bastión se despliega la panorámica más famosa de Budapest, y posiblemente una de las más célebres de toda Europa. El Parlamento se extiende al otro lado del Danubio en todo su esplendor neogótico, el puente de las Cadenas conecta las dos orillas con sus leones de piedra montando guardia, la basílica de San Esteban asoma su cúpula entre los tejados de Pest. Es una de esas vistas que hacen que te quedes mirando mucho más rato del que habías previsto, porque la luz va cambiando y cada momento ofrece un matiz diferente.
Pasé toda la mañana aquí arriba, explorando los diferentes niveles y terrazas, buscando encuadres, dejando que la ciudad se fuera desvelando desde cada ángulo. Hay algo especial en contemplar una ciudad desde arriba que te da una comprensión del espacio que no consigues caminando por sus calles: ves cómo el río divide y a la vez conecta las dos mitades, cómo los puentes crean un ritmo visual, cómo las colinas de Buda y la llanura de Pest son dos mundos geográficos que el urbanismo ha sabido coser.
Memento Park: un museo que no destruyó su historia
Por la tarde emprendí una excursión que había planificado con especial interés: el Memento Park, a unos diez kilómetros al suroeste del centro. Llegar hasta allí requiere cierta determinación (metro línea 4 hasta Kelenföldi y luego autobús 101E, unos 45 minutos en total), pero la singularidad del lugar lo justifica con creces.
Cuando el comunismo cayó en Hungría en 1989 y el último soldado soviético abandonó el país en 1991, surgió una pregunta incómoda: qué hacer con las decenas de estatuas y monumentos que el régimen había sembrado por toda Budapest durante cuarenta años. Lenin en cada plaza, soldados soviéticos "liberadores" en cada parque, obreros y campesinos heroicos en cada esquina.
Otros países del antiguo bloque soviético optaron por la demolición: las derribaron y las fundieron. Hungría eligió un camino diferente. El Ayuntamiento de Budapest decidió reunir 42 de estas piezas en un parque temático en las afueras, diseñado por el arquitecto Ákos Eleőd, que se inauguró el 27 de junio de 1993. La idea era brillante en su sencillez: ni destruir ni celebrar, sino preservar y contextualizar. Como dijo el propio Eleőd, "es un monumento sobre la tiranía que, precisamente por ser un espacio donde se puede hablar de ella, es también un monumento a la democracia".
Cara a cara con la propaganda
La entrada ya marca el tono: flanqueada por un Lenin de bronce de 1965 y una estatua de Marx y Engels de 1971, esta última fabricada con granito procedente del campo de concentración de Mauthausen, un detalle que hiela la sangre cuando lo descubres.
El recorrido por las seis secciones circulares del parque es un paseo por la retórica visual del totalitarismo. Soldados soviéticos de mirada heroica, obreros musculosos con herramientas en alto, alegorías de la fraternidad socialista con gestos grandilocuentes. Vistas hoy, fuera de su contexto original, estas esculturas oscilan entre lo intimidante y lo involuntariamente absurdo. Pero cuando imaginamos que presidían plazas, estaciones y escuelas, que los niños crecían viéndolas todos los días como parte natural del paisaje, recuperan toda su capacidad perturbadora.
La pieza más simbólica del parque son las Botas de Stalin: una réplica del pedestal donde se alzaba una colosal estatua de bronce de ocho metros del dictador soviético. El 23 de octubre de 1956, durante la revolución húngara, los ciudadanos de Budapest derribaron furiosamente esa estatua con cuerdas y sopletes. Solo quedaron las botas ancladas al pedestal, un accidente que se convirtió en el icono más potente de la resistencia popular contra la opresión. Las botas vacías del tirano derribado: pocas imágenes resumen mejor el final de una dictadura.
Otra pieza que me detuvo fue el Monumento a las Brigadas Internacionales, que honra a los soviéticos que lucharon junto al ejército republicano durante la Guerra Civil española. En sus inscripciones aparecen nombres de batallas como Jarama, Guadalajara, Belchite y Brunete. Encontrar la guerra civil española en un parque de las afueras de Budapest produce una sensación extraña, un recordatorio de que la historia europea del siglo XX está mucho más interconectada de lo que solemos pensar.
La Isla Margarita al atardecer
De vuelta en el centro, y necesitando un contrapunto de naturaleza tras la intensidad del Memento Park, crucé el puente Margarita para visitar la isla del mismo nombre. La Isla Margarita (Margit sziget) es una franja de tierra de dos kilómetros y medio en medio del Danubio que funciona como el gran pulmón verde de Budapest: jardines, arboledas, pistas deportivas y, sobre todo, silencio. Los coches están prohibidos, así que solo se oyen pájaros, corredores y el rumor lejano del tráfico en los puentes.
La isla lleva el nombre de la princesa Margarita, hija del rey Béla IV, aquel que tuvo que reconstruir Hungría tras la invasión mongola. Cuenta la tradición que Béla prometió a Dios que si salvaba al país, consagraría a su hija a la vida religiosa. Hungría sobrevivió, y Margarita ingresó en el convento dominicano de la isla con apenas nueve años. Vivió allí hasta su muerte en 1270, dedicada a una vida de austeridad extrema que la llevó a ser canonizada en 1943. Las ruinas del convento donde pasó su vida aún se conservan en la zona norte de la isla.
También merecen atención la Torre de Agua de 1911, una estructura octogonal de hormigón armado de 57 metros que fue revolucionaria en su momento por el uso de un material entonces novedoso, y los restos de una iglesia franciscana del siglo XIII destruida durante la conquista otomana.
Los ruin pubs, creatividad entre escombros
Ya de noche, decidí explorar otro fenómeno único de Budapest: los ruin pubs. Estos locales, nacidos a principios de los años 2000, son la respuesta creativa a un problema urbano: la enorme cantidad de edificios abandonados que el comunismo y la transición dejaron en el barrio judío de Pest. Emprendedores jóvenes empezaron a alquilar estos espacios por cuatro duros y a convertirlos en bares decorados con muebles encontrados en la calle, objetos reciclados y arte callejero.
El resultado es un tipo de local que no existe en ningún otro lugar del mundo: techos desconchados, paredes llenas de grafitis, bañeras reconvertidas en asientos, televisores antiguos como lámparas. Un caos estético que, paradójicamente, funciona. Los ruin pubs se han convertido en una de las señas de identidad de la noche budapestina y en un polo de atracción para el turismo joven que rivalizaría con el de Berlín.
Balance de una jornada de contrastes
El cuarto día había sido un ejercicio extremo de contrastes: de las vistas de cuento de hadas del Bastión de los Pescadores a los fantasmas de bronce del Memento Park, de la paz verde de la Isla Margarita al caos creativo de los ruin pubs. Budapest es una ciudad que no te deja indiferente porque no te permite acomodarte en un solo registro emocional. Cada barrio, cada monumento, cada rincón te propone una conversación diferente sobre la historia, el poder, la resistencia y la reinvención.

Día 5. Lluvia, memoria histórica y regreso a casa¶
El último día en Budapest regresó con la lluvia, como si la ciudad quisiera despedirme con el mismo cielo gris que me recibió. Con solo medio día por delante antes de coger el avión, decidí dedicar la mañana a una visita que había planificado como cierre del viaje: la Casa del Terror, un museo que no deja a nadie indiferente y que, junto con el Memento Park del día anterior, completaba un recorrido por los capítulos más oscuros de la historia húngara del siglo XX.
Un edificio que fue escenario de lo que cuenta
La Casa del Terror (Terror Háza) se encuentra en el número 60 de la avenida Andrássy, la arteria más elegante de Budapest, declarada Patrimonio de la Humanidad. Es un contraste deliberado: una calle de palacios burgueses y embajadas que alberga un edificio donde se torturó y asesinó a miles de personas.
Desde fuera, el edificio resulta inconfundible. Pintado en un gris azulado sombrío, está coronado por un alero negro con la palabra TERROR recortada en letras invertidas. Cuando el sol incide sobre él, la palabra se proyecta como una sombra sobre la fachada. Es un recurso arquitectónico brillante: incluso la luz se convierte aquí en un instrumento de memoria.
La historia del edificio es, en sí misma, la historia del terror político húngaro. Construido en 1880 como residencia privada, en 1937 el Partido de la Cruz Flechada, el movimiento fascista húngaro, comenzó a utilizar algunas de sus habitaciones. Durante la ocupación nazi en 1944, se convirtió en su sede oficial, rebautizada con sarcasmo como "La Casa de la Fidelidad". Miles de personas fueron detenidas, interrogadas y torturadas en este edificio. Los sótanos se convirtieron en cámaras de tortura.
Y entonces llegó la "liberación" soviética de 1945. Pero el edificio no se liberó: simplemente cambió de inquilinos. La policía secreta comunista, primero conocida como ÁVO y después como ÁVH, estableció aquí su cuartel general y utilizó las mismas celdas, los mismos sótanos, los mismos métodos que los fascistas. Dos regímenes ideológicamente opuestos, la misma infraestructura del horror. Esa continuidad es quizá la lección más perturbadora que ofrece este lugar.
El museo por dentro
El museo abrió en 2002 y desde el primer momento entendí por qué genera reacciones tan intensas. No es un museo convencional: es una experiencia inmersiva donde la arquitectura, el sonido, la iluminación y los testimonios se combinan para crear una atmósfera de opresión progresiva.
Alquilé la audioguía en español, imprescindible para seguir el hilo de las explicaciones (casi todo el texto está en húngaro). La música, compuesta específicamente para el museo por Ákos Kovács, acompaña el recorrido como una presencia inquietante que sube y baja de intensidad según la sala.
La exposición arranca en el segundo piso con la ocupación nazi y el ascenso de la Cruz Flechada. Fotografías de campos de concentración, uniformes originales, documentos de deportación, objetos personales de víctimas. Una sala diseñada como capilla, con una cruz rota en el suelo y vitrinas que contienen objetos religiosos de sinagogas arrasadas, produce un impacto que va más allá de lo visual.
En el primer piso, el foco se traslada al periodo comunista. La represión no terminó con los nazis: el régimen de Mátyás Rákosi deportó a cerca de 250.000 personas de origen alemán a campos de concentración, y extendió el terror a cualquier forma de disidencia. Una instalación especialmente lograda muestra cómo cambiaron los objetos cotidianos bajo el comunismo: la prohibición de la religión, simbolizada por una gran cruz católica quebrada; la propaganda que mostraba la supuesta felicidad del pueblo; los distintivos, carteles y consignas que invadían cada rincón de la vida pública.
El descenso a los sótanos
El momento más duro de la visita es el descenso a los sótanos. Se hace en un ascensor de cristal, diseñado para que durante el trayecto veas desfilar por las paredes del pozo las fotografías de miles de víctimas. Es un descenso lento, deliberado, que te prepara emocionalmente para lo que vas a encontrar abajo.
Las celdas se conservan tal como se utilizaron durante décadas. Espacios diminutos, húmedos, sin luz natural, diseñados no solo para confinar sino para quebrantar. Las salas de interrogatorio mantienen su configuración original. Los interrogatorios podían durar días o semanas, alternando tortura física con privación de sueño, amenazas a familiares y falsas promesas de liberación.
Hay algo en estar físicamente dentro de estos espacios, sabiendo que personas reales sufrieron y murieron aquí, que ningún libro de texto consigue transmitir. Es la diferencia entre leer sobre la historia y pisar los lugares donde ocurrió.
Lo que el museo enseña
La decisión de equiparar fascismo y comunismo en un mismo espacio genera controversia, y es comprensible. Pero hay algo difícilmente rebatible en el argumento que plantea el museo: las mismas celdas sirvieron a dos regímenes supuestamente opuestos para ejercer la misma violencia sobre las mismas personas. Los métodos del terror político trascienden las ideologías que los justifican.
La visita me llevó unas dos horas. Salí emocionalmente agotado pero con la convicción de que este tipo de espacios son necesarios. Europa tiene la responsabilidad de mantener viva la memoria de lo que ocurrió en el siglo XX, no como ejercicio de masoquismo histórico, sino como vacuna contra la tentación de repetir los mismos errores.
Despedida bajo la lluvia
Tras la intensidad de la Casa del Terror, necesitaba un rato de normalidad antes de irme al aeropuerto. Bajé caminando por la avenida Andrássy, pasé por la Ópera (todavía en obras, para mi frustración), y llegué hasta la basílica de San Esteban. Las calles mojadas reflejaban las fachadas iluminadas, y Budapest desplegaba ese encanto melancólico de las ciudades centroeuropeas bajo la lluvia que resulta tan fotogénico como difícil de explicar con palabras.
El viaje de vuelta fue un eco del de ida pero en sentido inverso: metro M3 con sus autobuses de sustitución, 200E hasta el aeropuerto, vuelo a Santander, y de ahí un autobús nocturno de Alsa a Bilbao que llegó con casi una hora de retraso. Tuve suerte de haber comprado el billete rápido por la app, porque otros pasajeros que esperaban se quedaron en tierra al estar completo.
El viaje que no sabía que era una despedida
Durante el trayecto nocturno hasta Bilbao, mientras el paisaje desfilaba por la ventanilla, ya empezaba a organizar mentalmente las fotos y las notas para escribir este diario. No podía imaginar que acababa de vivir mi último viaje de libertad total en mucho tiempo. En apenas una semana, España entraría en estado de alarma, las fronteras se cerrarían, y el simple acto de coger un avión se convertiría en algo impensable durante meses.
Los cinco días en Budapest habían sido emocionalmente densos: la grandiosidad del Parlamento, la paz de las aguas termales, la belleza de las vistas desde el Bastión, la crudeza de los zapatos junto al Danubio, la oscuridad de la Casa del Terror. Una ciudad que no permite la indiferencia y que, como todas las grandes capitales centroeuropeas, lleva escritas en sus piedras capas y capas de historia que merecen leerse con atención.

Budapest: reflexiones desde el confinamiento¶
El valor de un viaje en el tiempo perfecto
Mirando hacia atrás, el timing de este viaje no pudo ser más perfecto, aunque entonces no lo supiera. Budapest del 2 al 6 de marzo de 2020 representó la última semana de normalidad antes de que el mundo cambiara para siempre. Caminar libremente por las calles de una ciudad extranjera, mezclarse con multitudes en los baños termales, viajar sin restricciones ni papeles sanitarios... todo eso se ha convertido ahora en un lujo del pasado.
El viaje cumplió exactamente lo que esperaba de él: redescubrir una ciudad que me había marcado veinte años antes, confirmar que Budapest sigue siendo uno de esos destinos que justifican cualquier esfuerzo por visitarlos, y hacerlo además con un presupuesto ridículamente bajo que demostró una vez más que viajar bien no tiene por qué ser caro.
Por poco más de 100 euros había conseguido vuelos, alojamiento y transporte local durante cinco días. Sumando comidas, entradas a monumentos, los baños termales y algún capricho, el viaje completo solo superó ligeramente los 200 euros. Una ganga absoluta para una experiencia que ahora, en retrospectiva, no tiene precio.
Budapest sigue siendo preciosa
La ciudad confirmó ampliamente mi recuerdo de 2001. Budapest mantiene esa elegancia decadente que la distingue de otras capitales centroeuropeas, esa capacidad de impresionar sin abrumar, de mostrar grandeza arquitectónica manteniendo una escala humana.
Las vistas desde el Bastión de los Pescadores siguen siendo espectaculares, el Parlamento continúa siendo uno de los edificios más hermosos de Europa, y el Danubio sigue fluyendo majestuoso entre Buda y Pest creando esas postales que nunca pasan de moda. Si algo ha cambiado en estos casi veinte años, ha sido para mejor: la ciudad parece más cuidada, más consciente de su valor turístico, más orgullosa de sí misma.
Los baños Széchenyi fueron la experiencia que más esperaba del viaje, y no defraudaron. Cinco horas alternando entre piscinas de distintas temperaturas, el vapor alzándose en el aire frío de marzo, los jubilados húngaros con sus tableros de ajedrez flotando en el agua. Es el tipo de actividad que en otra ciudad sería simplemente un spa, pero en Budapest es una institución social con historia propia, y esa diferencia se nota estando dentro. Habría seguido más tiempo.
Una ciudad que invita a regresar
Cinco días resultaron suficientes para ver lo esencial de Budapest, pero no para agotarla. La ciudad tiene suficientes capas de interés como para justificar una tercera visita más pausada: barrios que apenas exploré, museos que quedaron pendientes, excursiones a los alrededores que no tuve tiempo de hacer.
Me quedé con ganas de conocer mejor el barrio judío más allá de los ruin pubs, de explorar las colinas de Buda con más calma, de hacer alguna excursión fluvial por el Danubio, de visitar otros balnearios menos turísticos que los Széchenyi. Budapest es una ciudad que se va desvelando poco a poco, y cinco días solo permiten arañar la superficie.
Marzo resultó ser una época interesante para visitarla. Los días eran aún cortos y el tiempo algo inestable, pero las ventajas compensaban los inconvenientes: pocos turistas, precios más bajos, la posibilidad de disfrutar de los monumentos con más tranquilidad.
La ironía del timing
Hay algo profundamente irónico en haber visitado un museo sobre dictaduras del pasado justo antes de experimentar nuestras propias restricciones de libertad, aunque por razones completamente diferentes. El 4 de marzo estaba en los baños Széchenyi, compartiendo piscinas termales con cientos de personas de todo el mundo, sin mascarillas, sin distancia de seguridad, sin sospechar que el mundo estaba a punto de cambiar radicalmente.
Una semana después de regresar, España entraba en estado de alarma. Las fronteras se cerraban, los vuelos se cancelaban, viajar se convertía en algo impensable. Mi escapada de cinco días a Budapest se había convertido, sin saberlo, en mi último viaje de libertad total en no sé cuanto tiempo.
Esta perspectiva ha añadido al viaje un valor emocional que no había previsto. Cada momento de libertad vivido en Budapest, cada paseo sin rumbo fijo por sus calles, cada decisión espontánea de cambiar de planes, se ha convertido en un tesoro de memoria que ahora resulta especialmente valioso.
Una despedida temporal
Budapest queda pendiente para un futuro reencuentro. No sé cuándo será posible volver a viajar con la libertad y espontaneidad anteriores a la pandemia, pero cuando sea posible, Budapest estará en mi lista de destinos a revisitar.
La ciudad me ha regalado cinco días perfectos de redescubrimiento, confirmando que hay lugares que permanecen especiales independientemente del tiempo transcurrido. Budapest en 2020 fue tan fascinante como Budapest en 2001, con la ventaja añadida de la perspectiva que dan los años y la experiencia.
Mientras tanto, me quedo con las fotos, los recuerdos y este diario como testimonio de un viaje perfecto en un momento perfecto, sin saber que era perfecto hasta que dejó de serlo. Un viaje que representa la última bocanada de aire fresco antes de un confinamiento que nadie podía prever, y que por eso mismo ha adquirido un valor incalculable como símbolo de libertad.










