
Diarios de viaje · Reino Unido · Londres
Londres en Navidad
Un viaje en solitario a Londres en diciembre, con las luces navideñas como telón de fondo. Una escapada necesaria para visitar por fin lugares que había ido postergando en viajes anteriores y para reencontrarme conmigo mismo en una ciudad que siempre tiene algo nuevo que ofrecer.
Londres en diciembre: un viaje necesario¶
Introducción al viaje
Hay viajes que planificas durante meses, sopesando opciones, comparando precios, buscando el momento perfecto. Y hay viajes que necesitas hacer, que surgen de una urgencia interior que no admite demasiado análisis. Este fue de los segundos.
La necesidad de irse
No voy a dramatizar. Llevaba meses en una rutina que me estaba consumiendo: el trabajo, una relación que se apagaba sin que ninguno de los dos tuviésemos el valor de reconocerlo abiertamente, y esa sensación de estar repitiendo los mismos días en bucle. Necesitaba salir de Bilbao, poner distancia física para ganar perspectiva. No huía de nada concreto, pero tampoco me quedaba por nada que mereciese la pena quedarse.
Londres apareció como la opción obvia. Conozco bien la ciudad: la he visitado varias veces desde mi primera vez en 2004, incluida una segunda visita en 2008 dedicada a los musicales, pero siempre acompañado. Siempre negociando itinerarios, cediendo en sitios que quería ver, visitando cosas que no me interesaban especialmente. Cada vez que volvía a casa pensaba en todo lo que me había dejado sin ver: Greenwich, el interior de la Torre de Londres, ciertos barrios, ciertos museos. Cosas que iba posponiendo porque viajar con otra persona implica concesiones constantes.
Esta vez no. Esta vez iba solo, a mi ritmo, con mi lista de pendientes y sin dar explicaciones a nadie.
Organización práctica
El vuelo fue lo primero que cuadró. EasyJet tenía un precio muy razonable desde Bilbao a Stansted, su hub londinense. El vuelo de ida, el EZY3226, salía el sábado 7 de diciembre a las 19:50 y llegaba a Stansted a las 20:40 hora local. Para el alojamiento encontré una oferta imbatible en el Ibis Stratford, un hotel de la cadena francesa que acababa de abrir cerca del parque olímpico. La ubicación no era céntrica, pero a cambio el precio era ridículo para ser Londres. Y lo más importante: estaba conectado directamente con el centro por la Central Line y la Jubilee Line del metro, además del DLR y el tren de cercanías. Con una Travelcard semanal para las zonas 1-3, tenía transporte ilimitado en metro, autobús y DLR por unos 33 libras. Una inversión que se amortiza sobradamente en una ciudad donde cada viaje suelto en metro cuesta más de dos libras.
La zona de Stratford era interesante en sí misma. Todo el East End había experimentado una transformación brutal con los Juegos Olímpicos de 2012. Donde antes había terrenos industriales abandonados y almacenes decrépitos, ahora se levantaba un barrio nuevo con el Westfield Stratford City como epicentro comercial, edificios residenciales modernos y el Queen Elizabeth Olympic Park en plena reconversión. Era un Londres que yo no conocía, muy diferente del centro histórico por el que siempre me había movido.
Londres en diciembre
Diciembre es un mes especial para visitar Londres. La ciudad se viste de Navidad con una intensidad que pocas capitales europeas pueden igualar. Las luces de Oxford Street, los mercadillos navideños, los escaparates de Harrods y Selfridges, los árboles iluminados en cada plaza. Hay algo en la luz de diciembre en Londres, esa luz baja y grisácea del invierno inglés, que hace que las decoraciones navideñas brillen con más fuerza. El contraste entre el cielo plomizo y los millones de bombillas encendidas crea una atmósfera que no existe en ninguna otra época del año.
También es un mes frío y con pocas horas de luz. Anochece hacia las cuatro de la tarde, lo que obliga a reorganizar las visitas para aprovechar las horas de luz natural. Pero eso también tiene su encanto: pasear por una ciudad que ya está iluminada a las cinco de la tarde, con los escaparates brillando y la gente apresurada cargando bolsas de regalos, tiene algo de escena cinematográfica.
No es mi primer Londres
Quiero dejar claro que este no es un relato de descubrimiento. No voy a contar cómo crucé el Támesis por primera vez o cómo me impresionó ver el Big Ben. Conozco Londres. Me sé mover por su metro con soltura, sé en qué estaciones hay que hacer transbordo, sé que hay que situarse a la derecha en las escaleras mecánicas para dejar pasar a los que tienen prisa. Sé que el fish and chips decente no se encuentra en cualquier esquina y que un pint en un pub del centro cuesta un ojo de la cara.
Pero precisamente por eso este viaje era diferente. No tenía que demostrar nada, no tenía que seguir ninguna guía turística, no tenía que asegurarme de que mi acompañante estuviese disfrutando. Podía permitirme el lujo de dedicar una mañana entera a un solo sitio, de cambiar de planes sobre la marcha, de sentarme en un banco a mirar pasar la gente sin sentir que estaba perdiendo el tiempo.
Era quizá la primera vez que visitaba Londres solo para mí. Y eso, aunque suene sencillo, lo cambiaba todo.

Día 1. Llegada a Londres y primer paseo navideño¶
El sábado empezó con esa mezcla de nervios y alivio que precede a un viaje que necesitas hacer. Salí de casa con la mochila y poco más, rumbo al aeropuerto de Loiu para coger el vuelo de las 19:50. EasyJet, como siempre, sin florituras pero cumpliendo: embarque rápido, asiento sin reservar, y apenas hora y media de vuelo hasta Stansted.
Llegada a Stansted
Aterricé a las 20:40 hora local, una hora menos que en España, así que para mi cuerpo eran casi las diez de la noche. El aeropuerto de Stansted es funcional y poco más: una terminal diseñada por Norman Foster en los años 90 que cumple su función sin pretender ser bonita. Lo importante es que la conexión con Londres es razonablemente buena. Opté por el Stansted Express en autobús, más barato que el tren y con una duración similar, aproximadamente una hora hasta la estación de Stratford.
El trayecto en autobús por la autopista M11 fue una transición perfecta. La oscuridad del campo inglés, apenas rota por las luces de algún pueblo, iba dando paso gradualmente al resplandor naranja de los suburbios londinenses. Cuando el autobús entró en la zona metropolitana y empecé a ver los primeros edificios altos, sentí ese cosquilleo familiar de llegar a Londres. Da igual cuántas veces vengas: esta ciudad siempre te recibe con cierta solemnidad.
Stratford y el legado olímpico
Llegué a Stratford pasadas las diez de la noche. La estación es un intercambiador enorme, diseñado para absorber los flujos de visitantes durante los Juegos de 2012, y ahora funcionando a una fracción de su capacidad. Desde la salida se veía directamente el Westfield Stratford City, el centro comercial que abrió sus puertas en septiembre de 2011, apenas un año antes de los Juegos Olímpicos.
El Westfield merece una mención. Con casi 175.000 metros cuadrados de superficie comercial, es uno de los centros comerciales urbanos más grandes de Europa. Fue una pieza clave en la estrategia de regeneración del East End londinense que acompañó a la candidatura olímpica. La idea era que los Juegos no fueran solo un evento deportivo, sino el catalizador de una transformación urbana que llevaba décadas pendiente. Esta zona de Newham, en el este de Londres, había sido durante más de un siglo un área industrial deprimida, con altos índices de pobreza y desempleo. Los Juegos prometían cambiarlo todo, y lo cierto es que al menos en lo urbanístico, lo estaban consiguiendo.
Caminando desde la estación hasta el hotel se notaba esa transformación en proceso. Edificios residenciales nuevos convivían con solares en obras, grúas por todas partes, vallas de obra anunciando futuras promociones inmobiliarias. El Queen Elizabeth Olympic Park, donde se habían celebrado las pruebas de atletismo apenas un año antes, estaba todavía en plena reconversión para convertirse en un parque público permanente. Se veía a lo lejos el esqueleto de la ArcelorMittal Orbit, la torre-escultura de Anish Kapoor y Cecil Balmond que se había convertido en el icono visual de los Juegos. Todo tenía un aire de futuro inminente, de barrio que aún estaba decidiendo qué quería ser.
El Ibis Stratford
El hotel estaba a diez minutos andando de la estación. Un Ibis estándar, sin sorpresas: habitación pequeña pero limpia, cama cómoda, baño funcional. Lo justo para dormir y ducharse, que era exactamente lo que necesitaba. La recepción estaba atendida por una chica rumana que hablaba un inglés con acento fuerte pero perfectamente comprensible, algo muy habitual en el Londres actual, donde la diversidad de nacionalidades entre los trabajadores del sector servicios es enorme.
Me registré, subí la mochila, y me asomé a la ventana. La vista no era especialmente inspiradora: un parking, unas obras, y al fondo las luces del Westfield. Pero había algo reconfortante en estar ahí, solo, en una habitación de hotel en Londres, sin tener que consultar con nadie qué hacer al día siguiente. La sensación de libertad era casi física.
Primeras impresiones nocturnas
A pesar del cansancio, salí a dar un paseo corto por los alrededores. Quería estirar las piernas después del vuelo y el autobús, y también quería empezar a sentir la ciudad. El Westfield seguía abierto, así que entré a echar un vistazo. A esas horas, un sábado de diciembre, el centro comercial estaba todavía bastante animado. Las decoraciones navideñas eran espectaculares: un árbol enorme en la entrada principal, guirnaldas de luces en todas las galerías, escaparates vestidos para la temporada.
Compré un sándwich y un café en un Pret A Manger, esa cadena británica que se ha convertido en parte del paisaje urbano londinense. Me senté en un banco del centro comercial a comer y a observar a la gente pasar. Familias cargadas de bolsas, parejas jóvenes, grupos de adolescentes. La vida normal de un sábado noche en los suburbios de Londres, ajena a cualquier drama personal que un tipo de Bilbao pudiera traer en su mochila.
Volví al hotel sin prisa. Noche corta, porque al día siguiente quería madrugar para aprovechar el día completo. Tenía muchas cosas que ver y, por primera vez en mucho tiempo, ganas genuinas de verlas.

Día 2. Greenwich, Piccadilly navideño y la magia de Covent Garden¶
Primer día completo en Londres y arranqué con una de las visitas que más tiempo llevaba posponiendo. En todos mis viajes anteriores, Greenwich siempre había quedado fuera del itinerario. Demasiado lejos del centro, decían. No merece la pena si tienes pocos días, argumentaban. Siempre había alguien que prefería ir a Camden o a Notting Hill en lugar de bajar hasta el sureste de la ciudad. Hoy no había nadie que opinar. Hoy decidía yo.
Greenwich: la asignatura pendiente
Desde Stratford llegué a Greenwich en el DLR, el Docklands Light Railway, ese tren ligero automatizado sin conductor que recorre el este y sureste de Londres. El trayecto en sí ya es una experiencia: el DLR pasa elevado entre los rascacielos de Canary Wharf, cruza el Támesis bajo tierra y emerge en Greenwich con vistas al río. Si te sientas en la parte delantera del vagón, donde iría el conductor si lo hubiera, tienes una panorámica espectacular del trayecto.
Greenwich me recibió con un sol tímido de diciembre, ese sol bajo y dorado que apenas calienta pero que ilumina todo con una luz preciosa. La temperatura rondaba los cinco grados, pero sin viento, lo cual en Londres en diciembre es casi un regalo.
El Cutty Sark
Lo primero que encuentras al salir de la estación de DLR es el Cutty Sark, y es imposible no quedarse mirándolo durante un buen rato. Es un barco espectacular, el último clipper de té que se conserva en el mundo, y verlo ahí, suspendido sobre un mar de cristal, es una imagen que no se olvida fácilmente.
El Cutty Sark fue botado en 1869 en los astilleros de Dumbarton, Escocia, diseñado específicamente para la carrera del té entre China e Inglaterra. En aquella época, el té fresco de la nueva cosecha alcanzaba precios extraordinarios en Londres, y los clippers competían ferozmente por ser los primeros en llegar con el cargamento. El Cutty Sark fue uno de los más rápidos, pero su gloria en la ruta del té duró poco: la apertura del Canal de Suez en el mismo 1869 favoreció a los barcos de vapor, que podían usar el canal mientras los veleros tenían que seguir rodeando el Cabo de Buena Esperanza. El clipper se reconvirtió entonces al transporte de lana desde Australia, donde sí batió récords de velocidad.
Lo que hacía especial esta visita era que el Cutty Sark había reabierto hacía poco más de un año, en abril de 2012, después de una restauración monumental. En mayo de 2007, un devastador incendio había destruido gran parte del barco mientras se encontraba en obras de conservación. Fue una noticia que recuerdo haber leído con tristeza. La reconstrucción costó más de 50 millones de libras y se aprovechó para crear una presentación museística completamente nueva. El barco está ahora elevado tres metros sobre el suelo, sostenido sobre una estructura de cristal que simula un mar transparente. Puedes caminar por debajo del casco y ver la quilla, tocar el forro de cobre que protegía la madera de los parásitos marinos. Es una solución expositiva brillante.
El Old Royal Naval College
Desde el Cutty Sark caminé hacia el interior, cruzando los jardines que llevan al Old Royal Naval College. Y aquí es donde Greenwich empieza a revelarse como uno de los conjuntos arquitectónicos más impresionantes de Londres, algo que no esperaba con tanta intensidad.
El complejo fue originalmente un hospital para marineros retirados, fundado por la reina María II y el rey Guillermo III en 1694. El diseño inicial fue de Christopher Wren, el mismo arquitecto de la catedral de San Pablo, aunque otros grandes nombres de la arquitectura inglesa contribuyeron a lo largo de los años: Nicholas Hawksmoor, John Vanbrugh, James Stuart. El resultado es un conjunto de edificios barrocos de una elegancia sobrecogedora, organizados simétricamente alrededor de un eje central que enmarca la vista hacia la Queen's House y el parque que sube hacia el observatorio.
Lo que más me impactó fue el Painted Hall, el comedor ceremonial del hospital decorado por James Thornhill entre 1707 y 1726. Diecinueve años tardó este hombre en pintar los techos y paredes de esta sala, y se entiende por qué: cada centímetro está cubierto de figuras alegóricas, escenas mitológicas y retratos reales. Lo llaman "la Capilla Sixtina del Reino Unido" y, aunque la comparación pueda parecer exagerada, al estar ahí debajo mirando hacia arriba entiendes perfectamente el apelativo. La escala, el detalle, la ambición artística son extraordinarios.
La subida al Observatorio Real
Desde el Naval College, un camino asciende por el parque de Greenwich hasta la colina donde se alza el Real Observatorio. La subida no es larga pero sí empinada, y en diciembre, con el suelo cubierto de hojas húmedas, requería cierta precaución. Pero merecía cada paso.
El Real Observatorio de Greenwich fue fundado en 1675 por el rey Carlos II con un propósito muy concreto: mejorar la navegación marítima mediante la observación astronómica precisa. El primer Astrónomo Real, John Flamsteed, se instaló aquí para catalogar las posiciones de las estrellas con una exactitud sin precedentes. De este trabajo surgió, con el tiempo, la adopción del meridiano que pasa por Greenwich como el meridiano cero, el punto de referencia para medir la longitud en todo el planeta.
En visitas anteriores a Londres el observatorio era gratuito, pero en algún momento han decidido cobrar entrada. La cola de turistas esperando para hacerse la foto con un pie en cada hemisferio, sobre la línea del meridiano marcada en el suelo del patio, seguía ahí, pero no me pareció que el precio de la entrada justificara entrar solo para hacer esa foto. Me quedé fuera, disfrutando del entorno, que es igualmente espectacular sin necesidad de cruzar la puerta.
Lo que sí se ve desde fuera es la famosa bola roja del tiempo, un dispositivo que parece sacado de una novela de Julio Verne. Desde 1833, esta esfera roja sube hasta lo alto de un mástil y cae a la una en punto de la tarde, exactamente. Los capitanes de los barcos anclados en el Támesis la observaban con telescopios para sincronizar sus cronómetros, un instrumento vital para calcular la longitud en alta mar. Hoy sigue cayendo cada día, más por tradición que por necesidad, pero es un detalle precioso.
Las vistas desde la colina
Pero lo mejor de la subida al observatorio fueron las vistas. Desde la colina de Greenwich, en un día claro de diciembre como aquel, la panorámica de Londres es sencillamente espectacular. El Támesis curvándose en primer plano, los edificios del Naval College justo debajo con su simetría perfecta, y al fondo el skyline de Canary Wharf con sus rascacielos de cristal brillando bajo el sol invernal. Más a la izquierda, la cúpula blanca del O2 Arena, el antiguo Millennium Dome que fue un fiasco cuando abrió en el año 2000 pero que reconvertido en sala de conciertos funciona extraordinariamente bien. Y al fondo, difuminado en la bruma, el perfil de la City con el Gherkin y los demás rascacielos del distrito financiero.
Me quedé un buen rato sentado en un banco, simplemente mirando. No tenía prisa. No tenía a nadie esperándome abajo. Podía sentarme ahí, con las manos en los bolsillos del abrigo, y dejar que la vista hiciese su trabajo. Hacía mucho tiempo que no me permitía ese lujo.
Greenwich fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997 como Maritime Greenwich, reconociendo el conjunto formado por la Queen's House, el Naval College, el parque y el observatorio como un ejemplo excepcional de la arquitectura y la historia marítima europeas. Después de visitarlo, entiendo perfectamente la declaración. Y me arrepiento un poco de haber tardado tantos viajes en venir.
Piccadilly navideño
Volví al centro por la tarde, cuando ya estaba anocheciendo. En diciembre, en Londres, eso significa que eran apenas las cuatro y media. Salí del metro en Piccadilly Circus y me encontré con un espectáculo que no esperaba.
La fuente de Eros, ese icono del West End que todo el mundo conoce, estaba encerrada dentro de una enorme esfera de plástico transparente que simulaba una bola de nieve gigante. El efecto era absolutamente mágico: la estatua, iluminada desde dentro, parecía flotar en el interior de una bola de cristal navideña descomunal. La gente se agolpaba para fotografiarla, y con razón. Era una de esas instalaciones que transforman un espacio urbano conocido en algo completamente nuevo.
La estatua de Eros, por cierto, no representa realmente a Eros sino al Ángel de la Caridad Cristiana. Fue erigida en 1893 como memorial al filántropo Lord Shaftesbury, y fue la primera estatua de aluminio fundido de Londres. Alfred Gilbert, su escultor, la diseñó como un ángel disparando flechas de bondad al mundo, pero el público londinense la bautizó inmediatamente como Eros y así se ha quedado para siempre.
Desde Piccadilly bajé caminando hacia Leicester Square. Las calles estaban decoradas con guirnaldas de luces que cruzaban de edificio a edificio, y los escaparates de las tiendas competían en ostentación navideña. Había una energía especial en el ambiente, esa excitación prenavideña que en Londres se vive con una intensidad particular.
Leicester Square en Navidad
Leicester Square estaba transformada. La plaza, famosa el resto del año por sus cines y sus estrenos de películas, se había convertido en una pequeña feria navideña. Habían instalado un carrusel y una noria que brillaban contra el cielo nocturno, rodeados de puestos de comida y bebida caliente. El ambiente era festivo y familiar, con niños subidos en las atracciones y parejas haciéndose fotos con las luces de fondo. Leicester Square en diciembre tiene esa capacidad de transformarse en algo completamente distinto a lo que es el resto del año: de plaza de cines y turistas a recinto navideño con una energía contagiosa.
Covent Garden y el muérdago
La última parada del día fue Covent Garden, y fue el broche perfecto. El antiguo mercado de frutas y verduras, reconvertido en centro comercial y de ocio desde los años 80, es probablemente el lugar de Londres que mejor vive la Navidad.
El techo del mercado cubierto estaba decorado con enormes esferas de muérdago gigante, iluminadas con miles de luces que se reflejaban en el cristal del techo victoriano. El efecto era deslumbrante. Debajo, los artistas callejeros actuaban para un público que llenaba cada rincón: un tenor cantaba arias de ópera, un mago hacía trucos de cartas, un grupo de músicos sudamericanos tocaba canciones navideñas con quenas y charangos. Había puestos de artesanía, tiendas de souvenirs, y un aroma constante a especias y vino caliente que venía de los puestos de mulled wine.
Me compré un vaso de vino caliente y me quedé apoyado en una columna, observando el espectáculo. Un domingo de diciembre en Covent Garden, solo, con un vaso caliente entre las manos y sin ningún sitio donde tener que estar. Sin consultar el reloj, sin negociar la siguiente parada, sin preocuparme de si alguien se estaba aburriendo. Simplemente estando ahí.
Fue uno de esos momentos en los que entiendes exactamente por qué necesitabas este viaje.

Día 3. La Torre de Londres por dentro y Oxford Street en Navidad¶
Lunes. Primer día laborable del viaje, lo cual tiene una ventaja importante para el turista: las atracciones están menos masificadas. Londres entre semana en diciembre sigue teniendo turistas, por supuesto, pero nada comparable con el bullicio del fin de semana. Y hoy tenía reservada la mañana para algo que llevaba años queriendo hacer: entrar en la Torre de Londres.
La Torre de Londres: la visita postergada
Es curioso cómo funciona la mente del viajero habitual. He pasado frente a la Torre de Londres al menos cuatro o cinco veces en viajes anteriores. La he visto desde el Tower Bridge, la he fotografiado desde la orilla sur del Támesis, he caminado junto a sus murallas camino de otros sitios. Pero nunca había entrado. Siempre había algo más urgente que ver, alguien que prefería ir a otro sitio, o simplemente la pereza de pagar la entrada y dedicarle las horas que merece. Hoy, por fin, iba a cruzar sus puertas.
Llegué a primera hora, poco después de la apertura, y fue un acierto. La cola era mínima y los patios interiores estaban casi vacíos, algo que a media mañana cambiaría radicalmente. El precio de la entrada no es precisamente barato, más de veinte libras, pero si hay un sitio en Londres donde esas libras están bien invertidas, es este.
Casi mil años de historia
La Torre de Londres fue fundada en 1066 por Guillermo el Conquistador, el duque normando que cruzó el Canal de la Mancha, derrotó al rey sajón Harold II en la batalla de Hastings y se coronó rey de Inglaterra el día de Navidad de aquel mismo año. Lo primero que hizo fue ordenar la construcción de una fortaleza en la esquina sureste de la muralla romana de Londres, junto al Támesis, para controlar la ciudad y disuadir a los sajones de cualquier idea de rebelión. Esa fortaleza original fue la White Tower, la Torre Blanca, que sigue siendo el edificio central del complejo y uno de los ejemplos más completos de arquitectura normanda que se conservan en Inglaterra.
A lo largo de los siglos, el complejo fue creciendo hasta convertirse en lo que es hoy: un conjunto de torres, murallas, fosos y patios que ocupa más de cinco hectáreas junto al río. Fue palacio real, prisión, casa de la moneda, arsenal, observatorio, e incluso zoológico. La lista de funciones que ha cumplido este lugar es tan larga como fascinante.
Lo del zoológico merece una mención especial. Desde el siglo XIII, los reyes de Inglaterra mantuvieron una colección de animales exóticos en la Torre. Enrique III recibió tres leopardos del emperador Federico II en 1235, y posteriormente un oso polar que tenía permiso para pescar en el Támesis con una cadena larga, y un elefante africano regalo del rey Luis IX de Francia. La menagería real permaneció en la Torre durante más de seiscientos años hasta que en 1835 los animales fueron trasladados al recién inaugurado Zoo de Regent's Park.
La Torre fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988.
La White Tower
El corazón del complejo es la White Tower, construida entre 1078 y 1097 con piedra de Caen traída expresamente desde Normandía. Es un edificio imponente incluso hoy, así que en el siglo XI, cuando las construcciones en piedra eran raras en Inglaterra, debía resultar absolutamente aterrador para la población local. Esa era exactamente la idea: demostrar el poder normando de forma inequívoca.
En su interior, la capilla de San Juan Evangelista es una joya oculta. Es uno de los ejemplos más puros de arquitectura religiosa normanda que se conservan: arcos de medio punto masivos, columnas gruesas con capiteles tallados, una austeridad decorativa que paradójicamente resulta más sobrecogedora que los excesos del gótico posterior. Tiene casi mil años y sigue transmitiendo una solemnidad que te obliga a bajar la voz instintivamente.
El resto de la White Tower alberga hoy la colección de armaduras reales, incluyendo las armaduras personales de Enrique VIII. Es impresionante ver la evolución del tamaño de las armaduras del rey a lo largo de su vida: de la esbelta armadura de su juventud a la enorme pieza de sus últimos años, cuando pesaba más de 180 kilos. La historia de Inglaterra contada a través de las medidas de cintura de un solo hombre.
Las Joyas de la Corona
La cola para ver las Joyas de la Corona era la más larga de todo el complejo, pero se movía rápido. La exposición está montada en la Jewel House con un sistema de cintas transportadoras que te llevan lentamente frente a las vitrinas principales, asegurando que todo el mundo tenga unos segundos para ver las piezas más importantes.
Y vaya si merecen esos segundos. La colección incluye la Corona de San Eduardo, utilizada en el momento exacto de la coronación, un objeto de oro macizo engastado con rubíes, zafiros y turmalinas que solo se coloca en la cabeza del monarca durante unos instantes. La Corona Imperial del Estado, que lleva el monarca al salir de la Abadía de Westminster y en la apertura del Parlamento, contiene 2.868 diamantes, 17 zafiros, 11 esmeraldas, 269 perlas y 4 rubíes. Es, literalmente, deslumbrante.
Pero la pieza que más me impresionó fue el cetro con la Estrella de África, el diamante Cullinan I: 530 quilates de diamante tallado transparente, el más grande del mundo en talla limpia. El diamante original, el Cullinan, fue encontrado en Sudáfrica en 1905 y pesaba 3.106 quilates en bruto. Fue regalado al rey Eduardo VII y tallado en Ámsterdam por la casa Asscher en nueve piedras principales y noventa y seis brillantes menores. Ver el Cullinan I de cerca, incluso a través del cristal blindado, es hipnótico. Hay algo en la perfección geométrica de un diamante de ese tamaño que te mantiene mirando más tiempo del que sería razonable.
Los cuervos y la leyenda
Al salir de la Jewel House me encontré con los cuervos de la Torre, probablemente los pájaros más famosos de Inglaterra. La leyenda dice que si los seis cuervos abandonan algún día la Torre, el reino caerá. Carlos II fue el primer rey que tomó la leyenda en serio y ordenó que siempre hubiera al menos seis cuervos en el recinto. Hoy hay siete, uno de reserva, y cuentan con un cuidador dedicado, el Ravenmaster, que es uno de los Yeoman Warders.
Los cuervos son enormes, mucho más grandes de lo que esperaba, y tienen las alas recortadas para evitar que se alejen demasiado. Se pasean por los jardines con una actitud entre majestuosa y amenazante, completamente indiferentes a los turistas que los fotografían. Tienen nombres propios y personalidades distintas, según explicó uno de los Beefeaters en su visita guiada.
La Traitors' Gate y la Bloody Tower
Caminando por el recinto interior llegué a la Traitors' Gate, la puerta de los traidores, un arco bajo el muro que da directamente al Támesis. Por aquí entraban los prisioneros que llegaban por río, muchos de ellos para no volver a salir con vida. Ana Bolena, Tomás Moro, la futura Isabel I cuando era prisionera de su hermana María: todos cruzaron este umbral sabiendo que podía ser el último que cruzaran.
La Bloody Tower, la Torre Sangrienta, es probablemente el rincón más siniestro del complejo. Debe su nombre a la leyenda de los Príncipes de la Torre: Eduardo V y su hermano Ricardo de Shrewsbury, de doce y nueve años respectivamente, fueron encerrados aquí en 1483 por su tío Ricardo de Gloucester, que se coronó como Ricardo III. Los niños nunca volvieron a ser vistos con vida. En 1674 se encontraron dos esqueletos infantiles bajo una escalera de la Torre y fueron enterrados como los príncipes en la Abadía de Westminster, aunque su identificación nunca se ha confirmado científicamente. Es uno de los misterios más duraderos de la historia inglesa.
Los Yeoman Warders
No puedo hablar de la Torre sin mencionar a los Yeoman Warders, los famosos Beefeaters. Son antiguos suboficiales del ejército británico con al menos veintidós años de servicio militar, y actúan como guías y guardianes del recinto. Sus visitas guiadas son legendarias: mezclan información histórica rigurosa con humor negro británico de forma magistral. El que me tocó a mí contaba la historia de las ejecuciones en Tower Green con un tono que oscilaba entre lo macabro y lo cómico, logrando que el público riese y se estremeciera en la misma frase. Muy inglés todo.
Pasé casi cuatro horas dentro de la Torre. Cuatro horas que en viajes anteriores siempre había decidido dedicar a otra cosa. Salí pensando en todas las veces que había pasado por delante pensando "la próxima vez" y en lo absurdo de esa postergación. La Torre de Londres es, posiblemente, el sitio con mayor densidad histórica por metro cuadrado de toda Europa. Cada piedra tiene una historia, y la mayoría son historias que te ponen los pelos de punta.
Paseo por la orilla sur
Después de la intensidad de la Torre, necesitaba caminar y despejarme. Crucé el Tower Bridge, otro de esos iconos londinenses que nunca pierden su capacidad de impresionar, y bajé a la orilla sur del Támesis. El South Bank Walk es uno de mis paseos favoritos en Londres: una ruta peatonal que sigue el río desde Tower Bridge hasta Westminster, pasando por el City Hall, el HMS Belfast, el Globe Theatre, la Tate Modern y el London Eye.
En diciembre, con la luz cayendo y las luces de la orilla norte reflejándose en el agua, el paseo tiene una belleza melancólica especial. El río olía a humedad y a ciudad vieja, ese olor particular del Támesis que no es exactamente agradable pero que es inseparable de la experiencia londinense. Los barcos turísticos pasaban iluminados como árboles de Navidad flotantes. A lo lejos, la cúpula de San Pablo emergía sobre los tejados como un recordatorio de que esta ciudad lleva siglos reinventándose sin perder su esencia.
Oxford Street en Navidad
Para cerrar el día me acerqué a Oxford Street, la calle comercial más concurrida de Europa. Más de trescientas tiendas en poco más de dos kilómetros, desde los grandes almacenes clásicos como Selfridges y John Lewis hasta las cadenas de moda rápida que dominan el comercio actual.
Pero lo que me llevó a Oxford Street no eran las tiendas sino las luces. La tradición de las luces navideñas de Oxford Street se remonta a 1959, y cada año se supera en espectacularidad. Este diciembre, las luces formaban arcos brillantes que cruzaban la calle de lado a lado, creando un túnel luminoso de más de un kilómetro. El efecto desde abajo era hipnótico: un cielo artificial de luces blancas y doradas que convertía la calle en algo sacado de un cuento navideño.
A pesar de ser lunes, la calle estaba abarrotada. Los londinenses en plena fiebre de compras navideñas se movían en oleadas entre las tiendas, cargados de bolsas, con la determinación de quien tiene una misión que cumplir antes del 25 de diciembre. Yo me limité a caminar, esquivando compradores y dejándome llevar por el flujo humano. No compré nada. No necesitaba nada. Solo quería estar ahí, en medio de toda esa energía navideña, sintiéndome parte de una ciudad que seguía girando a su propio ritmo, indiferente a mis pequeños dramas personales.
Volví al hotel cansado pero satisfecho. Había sido un día largo e intenso, desde las murallas normandas de la Torre hasta el consumismo luminoso de Oxford Street. Londres en un solo día, en toda su contradictoria magnificencia.

Día 4. Camden Town: un día entero en el mercado más fascinante de Londres¶
Hay días que llevas planificando desde antes de comprar el billete de avión. Hoy es uno de esos días. Camden Market es, para mí, uno de los lugares más alucinantes del planeta, y en otros viajes a Londres siempre había terminado visitándolo con prisas, con la agenda condicionada por los planes de otros, con esa sensación de estar rascando apenas la superficie de un sitio que merece mucho más tiempo. Hoy no. Hoy es martes, estoy solo, y tengo todo el día por delante. Sin compromisos. Sin nadie que me diga que ya lleva mucho rato aquí y que si nos vamos a otro sitio. Camden entero para mí.
El camino hasta Camden Town
Salgo del hotel sin prisa. El metro de Londres a media mañana de un martes de diciembre es una experiencia muy diferente al caos de las horas punta. La Northern Line me deja en Camden Town y, al salir a la calle, el paisaje urbano cambia de forma radical. Las fachadas de las tiendas empiezan a competir entre sí con esculturas gigantes que sobresalen de sus paredes: un avión, un dragón, unas botas Doc Martens de tres metros. Camden no necesita señalización turística. Camden es su propia señalización.
El frío de diciembre aprieta, pero el cielo está despejado. Las luces navideñas de Camden High Street tienen un rollo diferente al del resto de Londres: menos elegante, más punk, más desordenado. Le va al barrio.
Camden Town: de barrio obrero a capital alternativa
Para entender Camden hay que conocer un poco su historia. El barrio toma su nombre de Charles Pratt, primer conde de Camden, un jurista del siglo XVIII que poseía estas tierras. El desarrollo urbanístico llegó a principios del XIX con la construcción del Regent's Canal, esa vía acuática que conectaba el Grand Junction Canal en Paddington con los muelles del Támesis en Limehouse. El canal transformó la zona en un nudo logístico e industrial, con almacenes, establos para los caballos de tiro de las barcazas y talleres de todo tipo.
Durante más de un siglo, Camden fue un barrio obrero sin mayor glamour. Pero en los años setenta algo cambió. La contracultura londinense encontró en Camden su hogar natural. The Clash ensayaba aquí. Madness, la banda de ska que puso Camden en el mapa musical, se formó en estos pubs. Las tiendas de ropa de segunda mano atrajeron a punks, góticos y todo tipo de tribus urbanas que buscaban un espacio donde la estética no fuera la del mainstream. Décadas después, Amy Winehouse convertiría el barrio en un símbolo global de la música independiente, viviendo y grabando aquí hasta su trágica muerte en 2011. Su estatua de bronce en el Stables Market, inaugurada apenas unos meses antes de este viaje, se ha convertido ya en lugar de peregrinación.
No un mercado, sino varios mercados
Lo que llamamos Camden Market no es realmente un mercado. Es una constelación de mercados interconectados que se han ido fusionando a lo largo de décadas hasta formar un laberinto comercial que atrae a más de cien mil visitantes cada fin de semana. Hoy, en martes, la cosa está más tranquila, y eso es exactamente lo que necesito.
Camden Lock Market es el mercado original, el que empezó todo. En 1974, un grupo de artesanos empezó a montar puestos junto a la esclusa del Regent's Canal, en lo que había sido el almacén de madera de Dingwall. Lo que nació como una iniciativa casi improvisada creció de forma orgánica hasta convertirse en un punto de referencia del comercio alternativo londinense. Los puestos originales de artesanía siguen ahí, junto a las aguas del canal, rodeados de edificios victorianos reconvertidos que mantienen ese aire industrial que les da tanto carácter.
Stables Market es la sección más grande: más de setecientas tiendas y puestos instalados en lo que fueron los establos y el hospital de caballos del ferrocarril. Los pasillos conservan los pesebres, los abrevaderos e incluso las rampas por las que subían y bajaban los animales. Es difícil no quedarse mirando los detalles arquitectónicos: los herrajes en las puertas, las esculturas de caballos que decoran las fachadas, ese zapato gigante que sobresale sobre la entrada principal y que se ha convertido en uno de los iconos fotográficos de Camden. Aquí es donde paso más tiempo, perdiéndome entre tiendas de ropa vintage, puestos de joyería artesanal, tiendas de vinilos con cajones llenos de tesoros por descubrir.
Luego está Camden Lock Village, Buck Street Market e Inverness Street Market, cada uno con su personalidad pero todos contribuyendo a esa sensación de bazar interminable donde cada esquina esconde algo inesperado. Inverness Street es el más antiguo de todos, un mercado callejero que lleva funcionando desde principios del siglo XX, originalmente dedicado a frutas y verduras para los vecinos del barrio.
El paraíso de la comida callejera
Los puestos de comida de Camden Lock son legendarios y no exagero. En un espacio relativamente compacto junto al canal conviven cocinas de medio mundo: curry tailandés, arepas venezolanas, falafel libanés, burritos mexicanos, paella (sí, paella en Londres, y no tiene mala pinta), dumplings chinos, jerk chicken jamaicano, crepes francesas, gyros griegos. El olor es una mezcla imposible que funciona, un resumen olfativo de la multiculturalidad que define a esta ciudad.
Me decanto por un plato de pad thai cocinado al momento en un wok enorme mientras el cocinero, un tipo tailandés que lleva aquí quince años según me cuenta, lanza las llamas con una pericia casi circense. Como sentado en un banco junto al canal, viendo pasar las barcazas pintadas de colores que siguen navegando el Regent's Canal como llevan haciendo desde 1820, cuando el canal fue inaugurado por John Nash como parte de su ambicioso plan urbanístico para conectar el Regent's Park con los muelles del este de Londres.
La libertad de perderse
Después de comer viene el momento que define este día: no hacer nada en particular. Deambular. Entrar en una tienda de cómics y pasarme cuarenta minutos revisando cajas de números sueltos de Marvel sin que nadie me meta prisa. Encontrar una edición en inglés de God Loves, Man Kills de Claremont y Brent Anderson, esa novela gráfica de X-Men de 1982 que en España se publicó como Dios ama, el hombre mata, y sentir esa punzada de felicidad absurda que solo entiende quien colecciona algo. Sentarme con un café en un banco frente a la esclusa y dedicarme simplemente a observar a la gente que pasa.
Esta es la verdadera razón por la que necesitaba viajar solo. No es que no disfrute viajando con alguien, es que hay experiencias que solo son posibles cuando no tienes que negociar tu tiempo. Camden exige tiempo. Exige dejarse llevar sin un plan concreto, entrar en los callejones que no aparecen en las guías, pararse a hablar con el artesano que hace anillos de plata a mano mientras te explica que se vino de Brighton hace veinte años y que ya no se iría de Camden por nada del mundo.
Las horas pasan sin que me dé cuenta. Llevo literalmente todo el día aquí y todavía hay rincones que no he explorado. La luz de diciembre, que en Londres dura tan poco, empieza a caer sobre las cuatro de la tarde y los puestos encienden sus bombillas. Camden con luz artificial tiene otro encanto: más íntimo, más recogido, como si el mercado se replegase sobre sí mismo para los que nos quedamos cuando los turistas de horario convencional ya se han ido.
El canal al atardecer
Antes de irme, camino un tramo del Regent's Canal hacia el este. El towpath, ese sendero que discurre paralelo al canal y que antiguamente usaban los caballos para tirar de las barcazas, es ahora una ruta peatonal y ciclista que atraviesa algunos de los barrios más interesantes del norte de Londres. En diciembre, con las últimas luces del día reflejándose en el agua quieta del canal y las barcazas residenciales iluminadas desde dentro, el paseo tiene algo de mágico.
El Regent's Canal cumplió dos siglos el año pasado. Doscientos años de historia fluyendo en paralelo a la ciudad, desde la era industrial que lo creó hasta este presente en el que sus orillas se han convertido en uno de los paseos urbanos más agradables de Londres. Los almacenes de carbón son ahora cafeterías hipster. Los muelles de carga son terrazas de restaurantes. Pero el agua sigue ahí, oscura y tranquila, indiferente al cambio.
Vuelvo caminando hacia la estación de metro con la mochila un poco más pesada que esta mañana: un par de cómics y la satisfacción de un día sin prisas. El día ha sido exactamente lo que esperaba. Mejor, incluso. Porque Camden con tiempo y sin compromisos es Camden de verdad. Y Camden de verdad es uno de los mejores sitios del mundo.

Día 5. La cúpula de St Paul's, Charlie y la Fábrica de Chocolate y el aroma a jengibre¶
Hay visitas que se van posponiendo viaje tras viaje hasta que se convierten en una especie de deuda pendiente con la ciudad. Entrar en la catedral de St Paul's y subir a su cúpula era una de esas deudas. En cada viaje anterior a Londres siempre había pasado por delante, siempre había dicho "la próxima vez", y la próxima vez nunca llegaba porque alguien prefería ir a otro sitio o porque el tiempo no daba para todo. Hoy sí. Hoy subo.
St Paul's Cathedral: la obra maestra de Christopher Wren
La catedral de St Paul's es, junto con el Parlamento y el Tower Bridge, uno de los tres edificios que definen el skyline histórico de Londres. Pero su historia va mucho más allá de lo que se ve desde el exterior. El edificio actual, diseñado por Sir Christopher Wren, es en realidad la quinta iglesia que se levanta en este mismo solar. La primera fue construida en el año 604 por orden del rey Ethelbert de Kent, apenas unas décadas después de que los misioneros cristianos llegaran a estas islas. Aquella primera iglesia de madera ardió, fue reconstruida, ardió de nuevo, fue reconstruida en piedra por los normandos tras la conquista de 1066, y la catedral gótica resultante fue durante siglos una de las más grandes de Europa, con una aguja que superaba en altura incluso a la actual cúpula.
Todo cambió el 2 de septiembre de 1666, cuando el Gran Incendio de Londres arrasó la ciudad medieval. La vieja St Paul's, ya deteriorada y parcialmente en ruinas tras la Guerra Civil, quedó destruida. Y ahí es donde entra Christopher Wren, un científico y arquitecto que recibió el encargo de diseñar no solo la nueva catedral sino buena parte de la reconstrucción de la City. Wren presentó varios diseños que fueron rechazados por el clero por ser demasiado radicales, demasiado influidos por la arquitectura continental. El diseño final, aprobado con la condición de que Wren pudiera hacer "modificaciones ornamentales" durante la construcción, es una obra maestra de compromiso entre la tradición anglicana y la influencia barroca italiana. Wren aprovechó esa cláusula de las "modificaciones ornamentales" para cambiar prácticamente todo el diseño a su gusto. Un genio y un estratega.
La construcción duró treinta y cinco años, de 1675 a 1710. Wren tenía treinta y tres años cuando empezó y sesenta y ocho cuando terminó. Vivió para ver su obra completada, algo inusual en los grandes proyectos catedralicios de la historia.
La subida a la cúpula: 528 escalones de vértigo y belleza
La cúpula de St Paul's mide 111 metros de altura, lo que la convierte en la segunda más grande del mundo entre las catedrales, solo superada por San Pedro en Roma. Pero las cifras no transmiten la experiencia de subirla. Son tres galerías, tres niveles, cada uno con su propia personalidad y su propia recompensa.
La Whispering Gallery está a 259 escalones del suelo, en el interior de la cúpula. Es una galería circular que recorre la base del domo y que debe su nombre a un fenómeno acústico fascinante: si susurras pegado a la pared curva, tu voz viaja por la superficie cóncava y puede ser escuchada con claridad al otro lado, a treinta y cuatro metros de distancia. El efecto es real e inquietante. Varios turistas lo están probando cuando llego, susurrando contra la piedra como si le contaran secretos a la catedral. Desde aquí, además, se pueden apreciar de cerca los mosaicos del techo interior de la cúpula, añadidos en la época victoriana: escenas bíblicas con una riqueza de color que contrasta con la sobriedad del resto del templo.
La Stone Gallery espera a los 378 escalones. Aquí ya estamos fuera, en un balcón de piedra que rodea la base exterior de la cúpula. Las vistas de Londres empiezan a ser impresionantes, pero todavía queda lo mejor.
La Golden Gallery, a 528 escalones, es la recompensa final. Una plataforma diminuta en la cima absoluta de la cúpula, a ochenta y cinco metros de altura, desde la que se despliega una panorámica de 360 grados de Londres que quita el aliento. El Támesis serpenteando hacia el este, los puentes sucediéndose uno tras otro, el contraste brutal entre los rascacielos de cristal de la City y las torres medievales al fondo. El Shard, inaugurado apenas un año antes, dominando el horizonte sur como una astilla de vidrio clavada en el cielo. Hacia el oeste, el ojo de Londres, el Parlamento, la abadía de Westminster. Hace frío aquí arriba, el viento sopla con fuerza, pero me quedo un buen rato apoyado en la barandilla intentando grabar esta imagen en la memoria.
Esto es lo que me había perdido en cada viaje anterior. Esto es lo que justifica subir 528 escalones con las piernas temblando.
El interior: Wellington, Nelson y Wren
De vuelta abajo, me tomo mi tiempo para recorrer el interior de la catedral. La nave principal, con su bóveda de cañón decorada con mosaicos dorados, tiene una elegancia austera muy diferente a la exuberancia de las catedrales católicas continentales. El quire (el coro), con sus sillas talladas en madera de roble por Grinling Gibbons, el mejor tallista de la Inglaterra del XVII, es una pieza de artesanía extraordinaria.
La cripta de St Paul's es la más grande de Europa y alberga los restos de algunas de las figuras más importantes de la historia británica. El duque de Wellington, el héroe de Waterloo, descansa aquí bajo un sarcófago masivo de granito de Cornualles. El almirante Nelson, muerto en Trafalgar, está enterrado en un sarcófago de mármol negro que originalmente fue diseñado para el cardenal Wolsey en el siglo XVI pero que nunca llegó a usarse. Y luego está la tumba del propio Wren, discreta, casi escondida en una esquina de la cripta, con la inscripción más elegante de la historia de la arquitectura grabada en la pared: "Lector, si monumentum requiris, circumspice". Lector, si buscas su monumento, mira a tu alrededor. No necesitas más epitafio cuando tu monumento es la cúpula entera que tienes sobre la cabeza.
Hay un momento que me conmueve especialmente: la capilla conmemorativa de los bomberos americanos del 11 de septiembre, añadida después de 2001. St Paul's tiene esa capacidad de seguir siendo relevante, de conectar su historia con el presente sin forzar nada.
Y no puedo irme sin recordar la imagen más famosa de esta catedral, más famosa incluso que cualquier fotografía turística: la fotografía de Herbert Mason tomada el 29 de diciembre de 1940, durante el Blitz, en la que la cúpula de St Paul's emerge intacta entre las llamas y el humo de los bombardeos alemanes. Aquella imagen se convirtió en el símbolo de la resistencia británica durante la guerra. La catedral sobrevivió porque un equipo de voluntarios, la St Paul's Watch, se dedicó a apagar las bombas incendiarias que caían sobre el tejado noche tras noche. Churchill había dado la orden expresa: "St Paul's debe salvarse a toda costa".
Shaftesbury Avenue y el aroma a Navidad
Después de la intensidad de St Paul's necesito un cambio de registro. Camino hacia el West End, cruzando la City y adentrándome en la zona de Holborn hasta llegar a Shaftesbury Avenue, el corazón del Theatreland londinense.
Shaftesbury Avenue fue abierta en 1886 y lleva el nombre del séptimo conde de Shaftesbury, Anthony Ashley-Cooper, uno de los grandes reformadores sociales del siglo XIX británico. Es una de esas ironías de la historia urbana: una avenida que destruyó viviendas de los barrios más pobres de Londres para mejorar la circulación de la ciudad lleva el nombre del hombre que más luchó por los derechos de los desfavorecidos. La avenida alberga seis grandes teatros del West End: el Lyric, el Apollo, el Gielgud, el Queen's, el Shaftesbury y el Palace Theatre (este último, en Cambridge Circus, con su fachada de terracota roja que lo hace inconfundible).
Las marquesinas de los teatros brillan con los cartulares de los musicales y obras que están en cartel: Les Misérables, El Fantasma de la Ópera, los clásicos eternos que llevan décadas llenando salas cada noche. La gente camina con prisa, muchos con entradas en la mano, dirigiéndose a las funciones de la tarde. Hay una energía particular en esta zona a última hora de la tarde de diciembre, una mezcla de expectación cultural y frenesí navideño.
Y entonces lo huelo. Jengibre. Un puesto callejero de galletas navideñas, de esos que aparecen en Londres cada diciembre, está horneando gingerbread cookies junto a la acera. El olor es intenso, dulce, especiado, y se mezcla con el aire frío de la noche que empieza a caer. Me compro una galleta con forma de estrella y me la como caminando entre las luces de los teatros, y en ese momento sé que a partir de ahora siempre voy a asociar el olor a jengibre con la Navidad londinense. Hay recuerdos que entran por los ojos, pero los que entran por la nariz son los que se quedan para siempre.
Charlie and the Chocolate Factory en el West End
Pero esta noche no es una noche cualquiera en el West End. Tengo entrada para ver Charlie and the Chocolate Factory en el Theatre Royal Drury Lane. El musical se ha estrenado este mismo año y está siendo uno de los fenómenos de la temporada. Me ha encantado. Tanto, que le dedico un artículo aparte, porque merece su propio espacio.
Cena y vuelta al hotel
Salgo del teatro con la sonrisa puesta y ceno en un pub cercano, uno de esos pubs victorianos con la madera oscura y los cristales grabados y la cerveza tirada con una paciencia casi litúrgica. Fish and chips, una pinta de ale, y la satisfacción de un día que ha ido de la grandeza histórica de una catedral del siglo XVII al espectáculo de un musical en uno de los teatros más antiguos del mundo, pasando por el aroma de una galleta de jengibre en una acera del West End. Así es Londres: te da lo sublime, lo espectacular y lo cotidiano en la misma jornada, sin que ninguno pese más que los otros.

Día 6. Forbidden Planet, X-Statix y el vuelo de vuelta¶
Último día. Suena el despertador y lo primero que pienso es que no quiero irme. Es un pensamiento recurrente en el último día de cualquier viaje, pero esta vez tiene un matiz diferente. No es solo que no quiera dejar Londres; es que no quiero volver a la rutina que dejé en Bilbao hace seis días. Pero los vuelos no se posponen por crisis existenciales, así que me levanto, recojo la habitación y salgo a exprimir las últimas horas.
Un paseo de despedida por el centro
La mañana es fría y gris, un Londres de manual. Camino sin rumbo fijo por la zona de Holborn y Covent Garden, dejándome llevar por las calles que ya conozco de memoria pero que siempre tienen algo nuevo que ofrecer. Las decoraciones navideñas de Covent Garden siguen ahí, ese techo de luces que convierte el mercado en una caja de música gigante. Hay un cuarteto de cuerda tocando villancicos bajo la columnata y un tipo vestido de Papá Noel haciendo malabares en la plaza. Londres en diciembre tiene esa capacidad de ser solemne y ridícula al mismo tiempo, y ambas cosas le sientan bien.
Paso por Neal's Yard, ese callejón escondido con las fachadas pintadas de colores que siempre parece sacado de otra ciudad, más mediterránea, más desordenada. Tomo un café en una de las terrazas diminutas mientras repaso mentalmente los días anteriores: Greenwich, la Torre, Camden, St Paul's. Cuatro visitas que llevaba años postergando, cuatro cuentas saldadas en menos de una semana. Ha bastado con viajar solo para hacer por fin lo que siempre había querido hacer.
Forbidden Planet: la peregrinación del friki
Pero el día tiene un objetivo claro, y ese objetivo se llama Forbidden Planet. Está en Shaftesbury Avenue, a pocos metros de la esquina con New Oxford Street, y es mi tienda favorita de Londres. No de esta visita: de todas las visitas. De todos los viajes. Mi tienda favorita de Londres, punto.
Forbidden Planet es la mayor tienda del Reino Unido especializada en ciencia ficción, fantasía y cultura pop. Fue fundada en 1978 por Nick Landau y Mike Lake, dos apasionados del cómic y la ciencia ficción que tomaron el nombre de la película de 1956 Forbidden Planet (conocida en España como El planeta prohibido), aquel clásico protagonizado por Leslie Nielsen que adaptaba libremente La Tempestad de Shakespeare al género de la space opera. La tienda original estaba en Denmark Street, pero ha ido creciendo y mudándose hasta ocupar el enorme local actual de Shaftesbury Avenue, un espacio de dos plantas que es básicamente un templo para cualquiera que haya crecido leyendo cómics, viendo series de ciencia ficción o jugando a juegos de mesa.
Entro y es como cruzar un umbral hacia otro mundo. La planta baja está dedicada a cómics, novelas gráficas y manga: estanterías que llegan hasta el techo organizadas por editorial, por género, por autor. Marvel, DC, Image, Dark Horse, 2000 AD, editoriales independientes de las que nunca he oído hablar. La sección de novela gráfica es impresionante, con títulos que en España tardarían años en llegar o que directamente nunca se publicarían. La planta inferior es el reino del merchandising: figuras, maquetas, camisetas, pósters, juegos de mesa, juegos de rol. Un Dalek a tamaño real vigila la escalera. Una réplica del sable láser de Luke Skywalker brilla en una vitrina. Hay gente comprando regalos de Navidad, y me parece que este es el único sitio del mundo donde regalar una figura de Gandalf a tu pareja es un gesto romántico perfectamente aceptable.
X-Statix: el cómic que nadie esperaba
Vengo buscando algo concreto y lo encuentro en la sección de cómics americanos de segunda mano: dos números de X-Statix que me faltaban para completar la colección.
X-Statix fue una serie de Marvel Comics publicada entre 2002 y 2004, escrita por Peter Milligan con el arte de Mike Allred, y es uno de los cómics más originales y subversivos que ha publicado una editorial mainstream en las últimas décadas. La premisa era brillante: un equipo de mutantes que funcionaba como un reality show, donde lo importante no era salvar el mundo sino conseguir portadas de revistas y contratos publicitarios. Los personajes morían constantemente, a veces en la primera página del número en el que aparecían. La serie era una sátira despiadada de la cultura de la celebridad, del consumismo y de la propia industria del cómic, todo envuelto en el arte pop y colorido de Allred, que le daba un aspecto visual engañosamente alegre a historias que eran profundamente cínicas y a menudo perturbadoras.
La serie fue cancelada tras 26 números, en parte porque Marvel se asustó de su propia criatura: un arco argumental que iba a incluir a la Princesa Diana resucitada como mutante fue censurado y reescrito tras las quejas del Palacio de Buckingham. Que una editorial de cómics americana reciba una queja oficial de la monarquía británica dice bastante sobre el nivel de provocación que Milligan y Allred habían alcanzado.
Encontrar estos dos números aquí, en Londres, en Forbidden Planet, tiene algo de justicia poética. Los meto en la mochila con el cuidado que merecen, protegidos entre las páginas de una revista gratuita que he cogido del mostrador.
La despedida
Salgo de Forbidden Planet con la sensación del coleccionista satisfecho, esa mezcla de alegría por lo encontrado y melancolía porque la búsqueda ha terminado. Camino por Shaftesbury Avenue una última vez, pasando frente a los teatros que anoche brillaban con sus marquesinas encendidas y que ahora, a media mañana, descansan esperando la función de la tarde. El olor a jengibre de ayer ya no está, pero el recuerdo sí.
Me detengo un momento en Cambridge Circus, en la confluencia de Shaftesbury Avenue con Charing Cross Road, esa calle que para los bibliófilos es lo que Camden es para los amantes de los mercados. Las librerías de segunda mano de Charing Cross Road llevan aquí desde el siglo XIX, y aunque muchas han cerrado en las últimas décadas, las que quedan siguen siendo lugares donde el tiempo se detiene entre estanterías de madera cargadas de primeras ediciones y libros descatalogados.
Pero no hay tiempo para más librerías. El autobús a Stansted me espera.
Stansted y el vuelo de vuelta
El trayecto hasta el aeropuerto de Stansted es largo, más de una hora en autobús atravesando el noreste de Londres y adentrándose en la campiña de Essex. Stansted, el tercer aeropuerto de Londres, fue diseñado por Norman Foster en los años ochenta y su terminal principal es un ejercicio de minimalismo arquitectónico que contrasta con el caos organizado que suele reinar en su interior, sobre todo en la zona de las compañías de bajo coste.
Vuelo EZY3225 de easyJet, salida a las 18:25, llegada a Bilbao a las 21:20. Dos horas y media para volver de una ciudad de nueve millones de habitantes a una de trescientos cincuenta mil. Dos horas y media para pasar de los mercados de Camden a las calles del Casco Viejo. El contraste siempre me resulta extraño durante los primeros minutos después de aterrizar, cuando el aeropuerto de Loiu me recibe con su modestia provinciana y el aire del norte huele diferente, más limpio, más húmedo, más a casa.
En la mochila llevo dos cómics de X-Statix, otro par de cómics de Camden y el recuerdo del olor a jengibre. El viaje se ha terminado.

Londres en Navidad: la ciudad que siempre está ahí¶
Reflexiones finales del viaje
Escribo esto al día siguiente de volver, con la maleta todavía sin deshacer y la cabeza todavía en Londres. Necesito ponerlo por escrito antes de que la rutina lo engulla todo y los recuerdos empiecen a perder definición.
Un viaje necesario
Este viaje no fue un capricho. Fue una necesidad. Llevaba meses arrastrando una inercia vital que me estaba apagando: una relación que se moría sin que ninguno de los dos tuviera el valor de certificar la defunción, una rutina laboral que se había convertido en piloto automático, y ese miedo difuso a cambiar las cosas que te mantiene anclado en una insatisfacción cómoda. Necesitaba salir, necesitaba moverme, necesitaba estar en un sitio donde nadie me conociera y donde pudiera pensar sin las interferencias de lo cotidiano.
Londres fue la elección obvia. No porque sea la ciudad perfecta para huir de tus problemas, sino justamente porque no te deja huir de nada. Londres te mantiene la mente ocupada. Te bombardea con estímulos, con historia, con gente, con olores, con ruido, con belleza y con fealdad. No te da tiempo a regodearte en la autocompasión porque siempre hay algo que mirar, algo que descubrir, algo que exige tu atención. Y eso, cuando llevas meses dándole demasiadas vueltas a todo, es exactamente lo que necesitas: una ciudad que te saque de tu cabeza.
El lujo de viajar solo
Si hay algo que me llevo de este viaje es la confirmación de que viajar solo es un lujo que todo el mundo debería permitirse al menos una vez. No hablo de lujo material. Hablo de esa libertad absoluta de organizar tu tiempo sin negociar con nadie, de seguir tus impulsos sin tener que justificarlos, de cambiar de planes a mitad del día porque te ha dado la gana.
Pasar un día entero en Camden sin que nadie me dijera que ya era hora de irse. Subir los 528 escalones de St Paul's sin preocuparme de si mi acompañante estaba cansado. Dedicar toda una mañana a Forbidden Planet sin tener que dar explicaciones de por qué un adulto necesita pasarse dos horas en una tienda de cómics. Ajustar el ritmo de cada día exclusivamente a mi propio estado de ánimo: hoy me apetece caminar, camino; hoy me apetece sentarme en un banco junto al Támesis y no hacer nada durante una hora, lo hago.
En viajes anteriores, cada una de estas cosas habría requerido una conversación, un acuerdo, un compromiso. Y no es que esas conversaciones sean malas; simplemente hay momentos en la vida en los que necesitas dejar de tenerlas. Momentos en los que necesitas escucharte solo a ti mismo, aunque sea para descubrir que no tienes nada particularmente profundo que decirte.
Cuatro deudas saldadas
Greenwich y el meridiano cero, la línea imaginaria que divide el mundo en dos mitades y que llevaba años queriendo pisar. La Torre de Londres por dentro, con sus cuervos, sus joyas y sus fantasmas de reinas decapitadas. Camden Market en condiciones, sin prisas, un día entero para perderme en sus callejones. La cúpula de St Paul's y esos 528 escalones que recompensan con la mejor panorámica de la ciudad.
Cuatro visitas que llevaba postergando a lo largo de varios viajes, siempre por la misma razón: viajaba con alguien cuyas prioridades no coincidían exactamente con las mías. No es culpa de nadie. Es la naturaleza del viaje compartido: siempre se negocia, siempre se cede en algo. Pero hay cosas que no admiten cesión, cosas que necesitas vivir a tu ritmo y con tu mirada. Estas cuatro eran las mías. Y ha bastado un viaje en solitario para hacerlas todas.
A veces necesitas viajar solo para hacer las cosas que siempre has querido hacer.
Londres en Navidad
Y luego está la Navidad. Londres sabe hacer Navidad como pocas ciudades del mundo. No con la espectacularidad de Nueva York ni con la tradición centroeuropea de los mercadillos alemanes, sino con un estilo propio que mezcla la elegancia británica con una calidez inesperada.
La bola de nieve gigante de Piccadilly Circus, brillando entre las pantallas publicitarias. El abeto noruego de Trafalgar Square, ese árbol que Noruega regala a los británicos cada año desde 1947 en agradecimiento por el apoyo durante la Segunda Guerra Mundial, y que se enciende en una ceremonia que ya es tradición. El techo de luces de Covent Garden, convirtiendo el mercado en un escenario de película. Las guirnaldas de Regent Street, los escaparates de Harrods, los puestos de castañas asadas en cada esquina.
Y el olor a jengibre. Ese olor que me asaltó en Shaftesbury Avenue frente a un puesto de galletas navideñas y que se ha quedado grabado en algún lugar profundo de mi memoria sensorial. A partir de ahora, cada vez que huela a jengibre, estaré en Londres en diciembre. Los recuerdos olfativos son los más poderosos y los más traicioneros: aparecen cuando menos los esperas y te transportan con una precisión que las fotografías nunca consiguen.
La ciudad que siempre está ahí
Londres es la ciudad a la que siempre puedo volver. Llevo viniendo desde hace años y cada vez encuentro algo nuevo, pero también reencuentro algo familiar. Es una ciudad que no te juzga, que no te exige nada, que simplemente te deja estar. Puedes ser turista o puedes ser un tipo que camina por la calle como si viviera aquí desde hace años, y a Londres le da exactamente igual. Te acoge con la misma indiferencia educada que es, en el fondo, la forma más genuina de hospitalidad.
Es una ciudad que funciona bajo la lluvia y bajo el sol, en verano y en diciembre, con compañía y sin ella. Es una ciudad que tiene dos mil años de historia acumulada en cada esquina pero que no vive del pasado: se reinventa constantemente sin perder su esencia, algo que pocas ciudades del mundo consiguen. Los rascacielos de cristal crecen junto a iglesias medievales. Los mercados victorianos conviven con las franquicias globales. El Támesis sigue fluyendo como lo hacía cuando los romanos fundaron Londinium, indiferente a los imperios que han crecido y caído en sus orillas.
Volveré. Siempre vuelvo. Londres es como ese amigo fiable al que no necesitas llamar para saber que estará ahí cuando lo necesites. No te falla, no te decepciona, no cambia tanto como para no reconocerlo ni tan poco como para aburrirte. Es la ciudad que siempre está ahí.
Lo que me llevo
Me llevo dos cómics de X-Statix, otro par de cómics de Camden y el recuerdo del olor a jengibre. Me llevo las vistas desde la cúpula de St Paul's y la sensación del viento en la Golden Gallery. Me llevo el sabor del pad thai comido junto al Regent's Canal y el ruido de los cuervos en la Torre de Londres. Me llevo la certeza de que a veces la mejor compañía es la tuya propia, y que la libertad de un viaje en solitario no es soledad: es un espacio que te regalas para reencontrarte contigo mismo.
Y me llevo, sobre todo, la confirmación de que necesitaba este viaje. No para resolver nada, porque Londres no resuelve tus problemas. Pero sí para tomar distancia, para verlo todo desde la Golden Gallery de tu propia vida, desde esos ochenta y cinco metros de altura desde los que las cosas que parecen enormes en el día a día se ven pequeñas y manejables.
Cuando aterricé en Bilbao anoche, el aire del norte olía a lluvia y a casa. La mochila pesaba un poco más que a la ida. Y mi cabeza un poco menos.


















