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El patio del Louvre al atardecer, con la pirámide de vidrio de Pei en el centro reflejando la luz dorada y las fachadas del palacio y sus tejados de pizarra cerrando el espacio a ambos lados.

Diarios de viaje · Francia · París

Primera vez en París

Mi primer viaje a París. Ocho días para recorrer sin prisas la ciudad de la luz en otoño, con las hojas doradas cubriendo los jardines de Luxemburgo y ese primer no flechazo con una ciudad que se convertiría en destino recurrente a lo largo de los años.

8 días Lectura de 43 minutos

Una semana en París: mi primera vez en la capital francesa

Introducción al viaje

A París uno se supone que llega pronto en la vida. La cercanía, la centralidad cultural, esa condición de destino casi inevitable para cualquier europeo con un mínimo interés por el arte o la vida urbana la convierten en uno de esos sitios a los que se va joven y se vuelve muchas veces. En mi caso, por una mezcla de circunstancias y de otros destinos que se cruzaron antes, no la había pisado hasta este octubre. Mis viajes anteriores me habían llevado a sitios menos evidentes: Londres en 2004, Nueva York en 2005, un recorrido por Italia apenas unos meses antes. Pero no a la capital francesa. Había que corregirlo.

Ocho días completos, del 10 al 17 de octubre, y no uno de esos fines de semana con los que mucha gente se conforma. Lo tuve claro desde el principio: si iba por primera vez, quería una semana larga. París no se despacha con tres días y dos museos. Merece calma, repetir rincones, perderse por barrios sin plan, volver a sitios ya vistos a otra hora.

Octubre, y un hotel junto a la Gare du Nord

La elección del mes fue deliberada. Octubre en París tiene temperaturas todavía amables, con algún día fresco pero nada inclemente, los árboles empezando a teñirse de cobre, los turistas de verano ya de vuelta en casa y los precios de hotel notablemente más bajos que en el pico estival. El único riesgo es la lluvia, que se lleva perfectamente con un paraguas plegable en la mochila. El cambio compensa mucho.

El alojamiento lo elegí cerca de la Gare du Nord por pura lógica de conexiones: es uno de los grandes nudos ferroviarios de la ciudad, con Eurostar, trenes internacionales y varias líneas de metro y RER cruzándose bajo el mismo techo. Para quien viaja por primera vez y tiene previstas escapadas de un día a Versalles o a Disneyland, dormir junto a una estación grande ahorra muchísimos desplazamientos. El barrio no tiene glamour de postal y tiene fama de algo caótico, pero para quien solo usa el hotel para dormir y desayunar cumple de sobra.

El itinerario recorrió los grandes clásicos —Torre Eiffel, Louvre, Notre-Dame, Sacré-Cœur, Arco del Triunfo, Campos Elíseos— pero también algunos sitios menos obvios en una primera visita: La Défense y su gran arco, la Île aux Cygnes con su pequeña Estatua de la Libertad, los jardines de Luxemburgo, Saint-Eustache. Más las dos excursiones de rigor, Versalles y Disneyland, y una noche de musical. Adelanto una cosa, porque va a ir apareciendo entre líneas durante todo el diario: París me gustó, pero no me enamoró. El porqué lo dejo para el final, cuando haya contado los ocho días y las razones se sostengan solas.

La Ópera Garnier vista desde la terraza de las Galerías Lafayette.

Día 1 en París: de la terraza de Lafayette al Louvre, el gran paseo de bienvenida

Martes 10 de octubre de 2006

El primer día de viaje, cuando se llega temprano, admite dos gestiones. La prudente: hotel, descanso y arranque a mediodía. La ambiciosa: soltar el equipaje y salir a la calle sin esperar. Elegimos la segunda, porque con ocho días por delante cada hora cuenta y porque las mañanas de octubre, con esa luz suave y la ciudad medio despierta, son demasiado valiosas para gastarlas entre sábanas.

El plan era sencillo: un gran paseo a pie desde las Galerías Lafayette hasta el Louvre, atravesando el corazón monumental de la ciudad. Un itinerario casi rutinario para quien llega por primera vez —pocos sitios concentran tantos iconos en tan poca distancia—, pero que ejecutado con calma da para una jornada entera.

La terraza de Galerías Lafayette: París desde arriba y gratis

Empezamos por un truco que me habían recomendado y que recomendaré yo a partir de ahora. Las Galerías Lafayette, ese gran almacén casi centenario de la calle Haussmann, tienen una terraza panorámica en la azotea de acceso libre. No se paga entrada, no hay cola, y las vistas sobre los tejados están entre las mejores que se consiguen sin subir a la Torre Eiffel: la Ópera Garnier casi a los pies, los tejados plomizos con sus chimeneas blancas, Montmartre con el Sacré-Cœur al norte, la Torre al suroeste y, con el día claro, La Défense en el horizonte.

Llegamos con la apertura, con la ciudad todavía arrancando. El frío de octubre pegaba en los dedos —debí traer guantes y lo lamentaré los días siguientes—, pero el panorama compensaba. Antes de bajar, un vistazo al interior de las Galerías y a su cúpula de vidrio art nouveau: una visita doble, el panorama arriba y uno de los ejemplos más completos de comercio-templo de principios del siglo XX dentro.

De la Ópera Garnier a la Madeleine

Cruzando la calle está la Ópera Garnier, ese edificio rotundo que Charles Garnier proyectó en pleno Segundo Imperio y terminó en 1875. La fachada, con sus columnas, sus bustos y el Apolo dorado coronando el tejado, mezcla neobarroco y beaux-arts para lanzar un mensaje muy claro: la burguesía parisina construye catedrales de ocio con el mismo empaque que antes tuvieron las religiosas. No entramos —había visita pensada para otro día que al final no llegó a cuadrar—, pero la fachada sola ya funciona como declaración.

Bajando por la rue Royale aparece la Madeleine, y el contraste es fuerte: un templo clásico con cincuenta y dos columnas corintias rodeando todo el perímetro, sin torres, sin campanario, sin cúpula visible, como si hubieran trasplantado el Partenón al centro de París. La idea era exactamente esa. Napoleón lo quería como templo a la gloria del Ejército, y solo tras la caída del imperio acabó convertido en iglesia. El interior sorprende todavía más que la fachada: tres bóvedas sucesivas, cada una con su cúpula y su óculo central, la luz cayendo desde arriba sobre el grupo escultórico de la Ascensión de Magdalena, los mármoles, el eco amortiguado. Era martes por la mañana y éramos cuatro gatos. Un lujo.

Concordia, Tullerías y el Louvre por fuera

La rue Royale desemboca en la Place de la Concorde, la plaza más grande de París e imposible de fotografiar entera desde el suelo: dos hectáreas y media con el obelisco de Luxor en el centro —regalo del virrey de Egipto en 1836—, flanqueado por dos fuentes monumentales y ocho estatuas que representan las principales ciudades francesas. Aquí se levantó la guillotina durante el Terror, y aquí fueron ejecutados Luis XVI, María Antonieta, Danton, Robespierre y tantos otros. Pararse en el centro pensando en eso mientras alrededor circulan coches en ocho direcciones produce una sensación difícil de describir: París superpone capas históricas a una velocidad que marea.

También aquí llegó la primera nota discordante del viaje. La Concordia es monumental, pero está sucia. El obelisco lleva encima capas de mugre urbana, las fuentes no están en su mejor momento, el pavimento se ve descuidado en varios tramos. Uno espera de una capital como esta un nivel de pulcritud que no termina de encontrar; Madrid, con sus defectos, está más limpia, y Londres también. Es una impresión que se me irá repitiendo.

De la plaza se entra directamente en los Jardines de las Tullerías, veintitrés hectáreas en eje rectilíneo hasta el Louvre, diseñadas a la francesa por Le Nôtre —el mismo de Versalles— en el siglo XVII. En octubre los árboles amarilleaban, las sillas verdes de metal estaban libres y el aire olía a hoja seca. Al final del paseo, el Arco del Carrusel, que muchos confunden con una maqueta del grande: lo levantó Napoleón entre 1806 y 1808 y queda perfectamente alineado en el eje histórico que va del Louvre a La Défense.

Cerramos delante del museo, que teníamos reservado entero para más adelante. Aun sin entrar se puede hacer mucho: la Cour Napoléon, con la pirámide de vidrio que I. M. Pei inauguró en 1989, es uno de los espacios arquitectónicos más reproducidos del mundo, y el contraste entre el Renacimiento francés del palacio y el gesto contemporáneo del centro convive sin estridencias. Con el sol ya bajo, la piedra clara adquiría ese tono crema tan fotogénico.

Primera lección práctica: aquí se cena pronto

Volvimos caminando un buen tramo, que es la forma más rápida de hacer propia una ciudad nueva, y ahí llegó la sorpresa del día. Pasadas las nueve y media, varias brasseries que parecían perfectas ya no servían cena; los camareros, amabilísimos, nos explicaban que la cocina cerraba pronto. En Bilbao cenamos a esa hora con toda normalidad, y en Madrid incluso más tarde. En París hay que ir antes o rendirse al menú pegado en la puerta. Terminamos en un italiano genérico, resolutivo a esas horas y poco más.

Primer día cumplido y visualmente muy solvente. Pero con el regusto de que esto iba a ser una ciudad más sobria y menos vibrante de lo que yo me esperaba.

El estanque central de los jardines de Versalles, con la escultura de los caballos emergiendo del agua.

Día 2 en París: Versalles de cabo a rabo, del palacio a la aldea de María Antonieta

Miércoles 11 de octubre de 2006

Hay excursiones desde París que se despachan en media jornada y otras que te van a llenar el día entero hagas lo que hagas. Versalles pertenece al segundo grupo, y quien no lo tenga claro antes de ir corre el riesgo de salir frustrado. No es un edificio grande: es un complejo con el palacio principal, ochocientas hectáreas de jardines, el Grand Trianon, el Petit Trianon y la Aldea de la Reina. Verlo con un mínimo de calma exige una jornada completa y un madrugón razonable.

Salimos pronto y tomamos el RER C hasta Versailles-Château-Rive Gauche, poco menos de una hora de trayecto, llegando antes de que se concentrara el grueso de visitantes.

El palacio: la maquinaria del poder absoluto

Lo primero que impresiona no es el palacio sino la explanada de entrada, con la estatua ecuestre de Luis XIV dominando un patio de honor que parece diseñado para recibir ejércitos. Ahí ya se adivina la lógica del sitio. El rey trasladó la corte aquí a partir de 1682 con un objetivo explícito: concentrar a la nobleza en un único espacio bajo su mirada, evitar las revueltas que habían marcado la regencia de su madre y convertir cada ritual —cada levantarse y acostarse del monarca— en representación política.

Dentro, la secuencia clásica: la capilla real, los apartamentos del rey con sus salones dedicados a distintos dioses clásicos, la cámara real en el centro axial del edificio. Y la galería de los Espejos, con sus setenta y tres metros de largo, sus trescientos cincuenta y siete espejos enfrentados a diecisiete ventanales y los techos de Le Brun narrando las glorias del reinado. Es uno de esos espacios que uno cree sobrerrepresentados por la cultura popular hasta que los ve en persona: la cantidad de luz reflejada, los lagrimones de cristal de las arañas, el dorado omnipresente, nada de eso lo transmite bien una fotografía.

Caminando por ella me rondaba una idea incómoda. Este pasillo, concebido como espejo de la gloria de Luis XIV, ha sido también escenario de dos humillaciones nacionales francesas: aquí se proclamó en 1871 el nuevo imperio alemán, con Bismarck y Guillermo I celebrando la victoria prusiana en el salón más simbólico del enemigo vencido, y aquí se firmó en 1919 el tratado que humilló a Alemania al término de la Primera Guerra Mundial. Los edificios monumentales casi nunca son solo belleza; son también estratificación de revanchas.

Los jardines en bicicleta

Al salir por la fachada oeste se abren los jardines de Le Nôtre, con esa precisión geométrica que convirtió al jardín a la francesa en modelo exportado por toda Europa. La perspectiva central, con el Gran Canal estirándose hasta el horizonte, es uno de los recursos arquitectónicos más eficaces que conozco: la mirada no encuentra dónde descansar, se va al fondo y sigue imaginando más allá.

Bajamos por la gran terraza, cruzamos el parterre de Latona, paramos en la Fuente de Apolo y alquilamos un par de bicicletas junto al Gran Canal. Es la mejor decisión posible: con estas distancias, la bici es lo único que permite cubrir el trecho entre el palacio y los Trianon sin llegar destrozado. Lo diré sin matices para quien pregunte por Versalles: se hace en bici o se hace a medias.

Los Trianon y la aldea de la Reina

El Grand Trianon, que Luis XIV mandó construir en 1687, era su refugio privado para escapar de la etiqueta oficial. Un edificio de una sola planta, larguísimo, de piedra rosada con columnas clásicas y una logia central abierta a los jardines. De escala mucho más humana que el palacio grande. Nos sentamos un rato en las escaleras con el sol de media tarde pegando en la piedra rosa, y allí se entiende para qué servían estos retiros: la vida bajo vigilancia constante de toda la nobleza, con cada acto privado convertido en ceremonia, requería sitios donde respirar.

Un poco más allá, rodando por caminos de tierra entre árboles, está el Petit Trianon, construido por Luis XV para madame de Pompadour —que no llegaría a disfrutarlo— y convertido después en el reino personal de María Antonieta. Es un cuadrado neoclásico de proporciones perfectas, obra de Ange-Jacques Gabriel, mucho más íntimo y mucho más moderno de concepción. Aquí la reina impuso reglas distintas a las de la corte, seleccionó personalmente a quién se admitía y decoró a su gusto. Y aquí empezó a construir la aldea que acabaría siendo leyenda.

El Hameau de la Reine, terminado en 1785, es un capricho en toda regla: un conjunto rural fingido con casas de campesino humildes por fuera y refinadas por dentro, un estanque, un molino que no molía, una granja, un gallinero. Todo pintoresco, todo limpio, todo teatralizado, con la reina y sus damas jugando a pastoras vestidas con trajes sencillos carísimos. Verlo con el sol de octubre dorando los tejados de paja y los patos en el estanque resulta entre bonito y perturbador. Bonito porque el conjunto es encantador. Perturbador porque uno no puede evitar pensar que, mientras aquí se jugaba a ordeñar vacas selectas, el reino se hundía en la crisis que acabaría llevando a esa misma mujer al cadalso de la Concordia. La frivolidad versallesca no causó la Revolución, pero fue uno de sus símbolos más explotables.

Devolvimos las bicis con el sol bajando y volvimos en RER con las piernas pesadas. Hay que decirlo claro: es, con diferencia, lo mejor que llevo visto en este viaje. Ojalá París misma alcance este nivel en los días que quedan.

El desfile de Halloween en Disneyland Paris.

Día 3 en París: un día en Disneyland Paris con calabazas por todas partes

Jueves 12 de octubre de 2006

Seamos honestos: si este viaje lo estuviera haciendo solo, no habría dedicado un día a Disneyland. Los parques temáticos no son mi género natural. Me cansan las colas, me abruma el sistema de atracciones, pases y horarios, y disfruto mucho más de una mañana perdido por un barrio que de una tarde dando vueltas en un cacharro interestelar. Pero también son una experiencia que mejora muchísimo compartida, y este viaje lo hago acompañado y con ganas de meter un día distinto en el itinerario. Así que Disney entró en el programa.

A cambio me llevé una sorpresa espléndida: el parque está decorado para Halloween, y de una forma espectacular. Parece que este año han hecho una apuesta fuerte por la ambientación otoñal, y coincidir con ella recién estrenada, con el otoño prestando su paleta entera, fue una casualidad afortunada.

Cómo se llega y qué te encuentras al entrar

Disneyland Paris está en Marne-la-Vallée, a unos treinta y dos kilómetros al este, conectado con la ciudad por la línea A del RER. Desde la Gare du Nord tomamos la línea 5 del metro hasta Gare de Lyon y allí el RER directo hasta Marne-la-Vallée-Chessy, que deja literalmente a los pies de los parques. Un cambio, unos cuarenta minutos. Salimos pronto, que es cuando las colas son tolerables.

Lo primero que se ve al cruzar la estación es Main Street, ese homenaje edulcorado al pueblo americano de finales del XIX con sus fachadas de madera, sus escaparates pequeños y sus tranvías tirados por caballos. Aquel día estaba entera de Halloween: calabazas talladas en cada escaparate, guirnaldas naranjas y negras, fantasmitas colgando de las farolas, villanos Disney a tamaño natural repartidos por la calle. Y, presidiéndolo todo, una calabaza gigante de Mickey en la plaza de acceso, con forma de Jack O'Lantern pero con las dos orejas redondas inconfundibles. Las fotos se hacían solas. Al fondo, el castillo de la Bella Durmiente —el único de los parques Disney pintado en tonos rosados y con dragón en la cripta— cerraba el eje central.

Frontierland, Adventureland y Fantasyland

Empezamos por Frontierland, el área western, que me gustó especialmente: la escenografía de minas abandonadas, casas de madera descascarillada y locomotoras de vapor está muy lograda. La atracción estrella es Big Thunder Mountain, una montaña rusa ambientada en un pueblo minero maldito con una particularidad propia de la versión parisina: la montaña está en el centro de un lago y el tren llega hasta ella por un túnel submarino. Ese tipo de detalle escenográfico es lo que me hace apreciar el parque más allá de su función comercial. Cerca, Phantom Manor, que en octubre cobraba sentido doble.

Seguimos por Adventureland, con la travesía en barca entre escenas piratas animatrónicas, que funciona muy bien, y el árbol de Robinson, al que subimos para sentarnos arriba con vistas al parque. De ahí a Fantasyland, la zona más infantil, donde hicimos Blancanieves, Peter Pan —siempre una preciosidad, esa navegación aérea sobre un Londres iluminado a escala— y el It's a Small World, que por mucho que su canción se te instale en el cerebro durante horas sigue siendo una pieza escenográfica deliciosa. Y el recorrido interior del castillo, con los tapices de la Bella Durmiente y la bajada a la cripta del dragón animatrónico.

Space Mountain y el desfile de Halloween

Después de comer, con esa comida de parque que es aceptable sin entusiasmos, pasamos a Discoveryland, la zona futurista con estética Julio Verne pasada por el filtro Disney. Aquí está Space Mountain, la montaña rusa interior a oscuras, con esa particularidad que destacan siempre las reseñas: arranca con un cañón que dispara el tren hacia arriba, de cero a setenta kilómetros por hora en pocos segundos. Brusca, divertida, con la adrenalina que solo una montaña rusa en oscuridad total puede dar.

Con la tarde cayendo, el parque entró en su mejor momento estético: la luz dorada pegando en las fachadas de Main Street y las calabazas empezando a iluminarse por dentro. Entonces llegó el desfile de Halloween. Carrozas de villanos —Cruella, Maléfica, Jafar, la Reina de Corazones— rodeadas de bailarines, música retumbando, Mickey y Minnie disfrazados de calabaza y de bruja cerrando la comitiva, los niños al borde del camino alucinados y los padres haciendo mil fotos que luego nadie mirará. Los desfiles son, para mí, lo que este parque hace bien sin matices: hay presupuesto, hay coreografía y hay trabajo serio detrás. Mirarlo sin cinismo era un pequeño lujo.

Volvimos hacia las siete, sin esperar al cierre, con las piernas castigadas y la conclusión que ya intuía antes de entrar: Disneyland no me habría llamado como viaje propio, pero con compañía y con Halloween de regalo fue un día bien invertido.

El Gran Arco de La Défense.

Día 4 en París: del arco contemporáneo de La Défense al corazón medieval de la Île de la Cité

Viernes 13 de octubre de 2006

Para el cuarto día montamos una jornada de contraste deliberado: por la mañana, La Défense y su arquitectura ultracontemporánea; por la tarde, el París medieval de la Île de la Cité y el Barrio Latino. Dos ciudades separadas por diez kilómetros y varios siglos de lógica urbana. Uno de los placeres de París es exactamente ese: saltar en el mismo día de los rascacielos de espejo a los muros del siglo XIII sin más esfuerzo que dos líneas de metro.

La Défense y el Grande Arche

La Défense es el distrito financiero, levantado desde los años sesenta en el extremo oeste del eje histórico que arranca en el Louvre, pasa por la Concordia, sube por los Campos Elíseos hasta el Arco del Triunfo y termina aquí. Es el único barrio parisino con rascacielos concentrados, porque en el casco histórico las alturas están muy limitadas, y ofrece una visión de la ciudad radicalmente distinta a la del turismo central. Salimos a la enorme explanada del Parvis, rodeada de torres de oficinas de décadas y arquitectos distintos —desde las primeras de los setenta, bastante feúchas, hasta las recientes de fachada tecnológica—, con esculturas de Calder, Miró, Serra y César repartidas como en un museo al aire libre.

La pieza estrella es el Grande Arche, diseñado por el danés Johan Otto von Spreckelsen y terminado póstumamente en 1989 para el bicentenario de la Revolución. La idea es brillante en su simplicidad: un cubo hueco de ciento diez metros de arista, recubierto de mármol blanco de Carrara y cristal, que funciona como arco de triunfo del siglo XX y prolonga el eje parisino con un gesto ultramoderno. Mirando desde aquí hacia el centro se ve el Arco del Triunfo perfectamente alineado, y más allá el obelisco, y detrás el Arco del Carrusel, y al fondo la pirámide. Ese Axe historique es una de las grandes coherencias urbanísticas del planeta.

Subimos en el ascensor panorámico exterior, de cristal, pegado al lateral del cubo, con el panorama ampliándose despacio. Arriba, vistas de trescientos sesenta grados: La Défense a los pies, el Bosque de Boulogne más allá, el eje histórico hacia el este con todos sus hitos encadenados y, al horizonte, el Sacré-Cœur blanco colgado de Montmartre. Una de las mejores inversiones de tiempo y dinero del viaje. Para quien busque solo el París de postal, este barrio resultará frío y de oficinas vacías; para mí fue un respiro útil.

Notre-Dame y las torres

De vuelta al centro, metro hasta Cité, que deja en mitad de la isla madre de la ciudad. Aquí se asentó la tribu celta de los parisii antes de la conquista romana, aquí nació la Lutecia gala y aquí se levantaron en la Edad Media Notre-Dame, la Sainte-Chapelle y la Conciergerie. Pasar en una hora de los rascacielos a los muros medievales es uno de los saltos mentales más potentes que ofrece esta ciudad.

En Notre-Dame la cola era corta, cosa de un viernes de octubre, y el interior confirmaba todos los mitos: la luz multicolor atravesando las vidrieras, los treinta y seis metros de altura de la nave central, la piedra ennegrecida por siglos de velas. Nos sentamos un rato en un banco lateral mirando cómo los reflejos de los rosetones se movían por las columnas, en uno de esos momentos de paz urbana que no esperas en un monumento tan famoso.

Subimos también a las torres, cuatrocientos y pico escalones, para acercarnos a las gárgolas. Conviene saber que esas quimeras que observan la ciudad con una mezcla de ironía y amenaza no son medievales: las diseñó Viollet-le-Duc en la restauración del siglo XIX, en clave más romántica que arqueológica, aunque los turistas se fotografíen con ellas convencidos de estar ante algo del XIII. Desde arriba, el mejor regalo son las vistas: el Sena abajo, la isla entera a los pies, las agujas de la Sainte-Chapelle asomando a la izquierda y el Barrio Latino abriéndose al otro lado del río.

Barrio Latino y jardines de Luxemburgo

Cruzamos hacia el sur por el Pont au Double y entramos en el Barrio Latino, la zona universitaria que debe su nombre al latín que se hablaba en la Sorbona medieval. Callejeamos sin rumbo por la rue de la Huchette y la rue Saint-Séverin y comimos en un bistró de menú corto y razonable. Anoto la regla que fuimos aprendiendo: los restaurantes con menús pegados en la puerta y fotos de los platos son trampas para turistas; los que no tienen foto son, casi siempre, la mejor opción.

Llegamos al anochecer a los Jardines de Luxemburgo, uno de los grandes parques del centro, asociado al palacio del mismo nombre que hoy alberga el Senado. Los encargó María de Médici en el siglo XVII inspirándose en los Boboli de su Florencia natal: estatuas de reinas de Francia rodeando el parterre central, la fuente Médicis escondida entre árboles, los sillones verdes de metal moviéndose por todas partes. Nos sentamos junto al estanque, con los niños todavía haciendo navegar sus barquitos de alquiler y el sol amarillo del otoño bajando entre los castaños.

Me llevo una reflexión del día. Si hay algo que París está haciendo bien conmigo es esa capacidad de superponer épocas sin estridencias. No es una ciudad vibrante ni cosmopolita al nivel de Londres o Berlín, pero sí es profundamente estratificada: en pocas horas has pisado el siglo XIII, el XVII, el XIX y el XX sin una sola transición abrupta. Eso también es una forma de identidad urbana, aunque no sea la que yo esperaba encontrarme.

La basílica del Sacré-Cœur en Montmartre.

Día 5 en París: de Montmartre a los Inválidos, la gran diagonal turística

Sábado 14 de octubre de 2006

Tocaba el otro gran clásico: la diagonal que va de Montmartre, al norte, hasta los Inválidos, al suroeste, pasando por Pigalle, el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos, el Grand y el Petit Palais y el puente Alejandro III. Un tirón largo, con bastantes kilómetros a pie pero con el metro como red de seguridad. Sábado y buen tiempo.

Empezamos por arriba, porque siempre es mejor bajar cuando las piernas se cansan que subir al final.

Montmartre y el Sacré-Cœur

Montmartre es una de las zonas más míticas de la ciudad: una colina que durante siglos quedó fuera de las murallas y que conserva todavía, pese a la masificación, algo de la personalidad de pueblo autónomo que tuvo cuando era barrio de artistas, bohemios y trabajadores. Subimos por las escaleras, la opción masoquista pero más fotogénica frente al funicular, y llegamos al atrio con el aliento cortado.

La basílica es reciente en términos parisinos. Se encargó tras la derrota francesa en la guerra franco-prusiana de 1870 y la Comuna de 1871 como acto expiatorio nacional, se terminó en 1914 y se consagró en 1919. Arquitectónicamente es curiosa: románico-bizantina, con cúpulas blancas que evocan el Mediterráneo oriental en pleno París. La piedra es caliza de Château-Landon, que tiene la particularidad de blanquearse con la lluvia en vez de ennegrecerse, y por eso mantiene ese color cegador décadas después. Dentro, el enorme mosaico de Cristo en Majestad sobre el ábside, uno de los mayores del mundo. Pero a lo que se sube de verdad es a las vistas del atrio: París entera a los pies, con el Panthéon al fondo, la Torre Eiffel a la derecha y el centro convertido en una mancha de tejados grises y zinc. Uno de los mejores miradores gratuitos de la ciudad.

Bajamos dando un rodeo por el barrio. La Place du Tertre, con sus pintores ambulantes ofreciendo retratos a precios variables, estaba saturada de turistas; la rodeamos sin pararnos y callejeamos por la rue des Saules, la rue Lepic, la rue Norvins, todas esas calles estrechas en pendiente con cafés pequeños, galerías y hasta un viñedo escondido que sobrevive de cuando esto era campo. El encanto es real, aunque haya que filtrarlo del ruido de las excursiones organizadas.

Pigalle, el barrio rojo domesticado

Bajando por la rue Lepic se llega a Pigalle, el barrio rojo histórico, que conserva parte de su identidad canalla aunque muy domesticada. El Moulin Rouge, con su aspa roja instalada desde 1889, preside el boulevard de Clichy con esa mezcla de reclamo kitsch y referencia cultural inevitable. Nos limitamos a pasar por delante, hacer la foto del aspa girando y seguir: las funciones, con sus precios elevadísimos y sus plumas, no estaban en la lista.

El barrio tiene capas —sex shops, clubs, algún bar de jazz legendario, tiendas de instrumentos musicales, cafés de toda la vida— y supongo que funciona mejor de noche. Digo supongo porque a estas alturas del viaje ya voy entendiendo que la noche parisina no tiene el empuje que uno imaginaría: los locales cierran pronto y la idea de volver aquí a las dos de la mañana no cuaja con una ciudad que a las once está medio apagada.

El Arco del Triunfo y los Campos Elíseos

El Arco del Triunfo es de esos sitios de los que uno no se cansa por muy turísticos que sean. Napoleón lo encargó en 1806 tras Austerlitz pero no llegó a verlo terminado: se completó en 1836 bajo Luis Felipe, en el centro de la Place Charles de Gaulle-Étoile, llamada de la estrella por las doce avenidas que confluyen radialmente en ella y que son una trampa mortal para el tráfico.

Subimos los doscientos ochenta y cuatro escalones. Desde arriba se consolida el eje: al oeste, La Défense y el Grande Arche que habíamos visitado la víspera; al este, la perspectiva rectilínea de los Campos Elíseos bajando hasta el obelisco, las Tullerías, el Arco del Carrusel y el Louvre. Tres arcos alineados a lo largo de kilómetros de ciudad, con una coherencia urbanística que no tiene muchos equivalentes en ninguna ciudad que yo haya pisado. En el suelo de la plaza descansa la tumba del soldado desconocido con su llama eterna, que se reaviva cada tarde.

Los Campos Elíseos son probablemente la avenida comercial más famosa del mundo: casi dos kilómetros de longitud, setenta metros de anchura, tiendas de lujo, cafés a precio de turista incauto. Si uno viene a comprar, es el sitio. Si viene a pasear, es un bulevar aceptable y poco más: demasiado ancho, demasiado dedicado al coche, demasiado caro para sentarse y bastante sucio en varios tramos para el prestigio que arrastra. Bajamos entera la avenida sin entrar en una sola tienda.

Del Pont Alexandre III a los Inválidos

A la altura de la Place Clemenceau aparecen el Grand Palais y el Petit Palais, construidos para la Exposición Universal de 1900 y prototipos del beaux-arts francés: estructura de hierro y cristal en la nave principal del primero, fachadas de piedra con relieves exuberantes en ambos, cubiertas acristaladas. El Petit Palais alberga el Museo de Bellas Artes municipal con entrada gratuita a la colección permanente, un secreto muy bien guardado para turistas con presupuesto. No entramos en ninguno, pero nos detuvimos a mirar las fachadas desde el puente Alejandro III, que se abre justo a continuación.

Ese puente, también de la Exposición de 1900, es sin discusión el más ornamentado de París: cuatro columnas monumentales de diecisiete metros rematadas por Famas doradas, candelabros art nouveau a lo largo de los pretiles, relieves con genios alados y ninfas del Sena y del Neva. Lo cruzamos despacio, parándonos en cada columna, y con el ángulo correcto se consigue una de las composiciones más clásicas de la ciudad, con la Torre Eiffel al fondo. La luz del atardecer empezaba a pegar en el dorado de las Famas.

Al otro lado se abre la explanada de los Inválidos, el conjunto que Luis XIV levantó en el siglo XVII como hospital y residencia de soldados veteranos. Hoy acoge el Museo del Ejército y, sobre todo, el Dôme des Invalides, la iglesia de cúpula dorada visible desde medio París bajo la que descansa Napoleón. Bajamos a la cripta: un sarcófago descomunal de cuarcita roja sobre pedestal de granito verde, rodeado por doce victorias aladas de mármol blanco, con el emperador dentro de seis ataúdes encajados uno en otro como muñecas rusas. El conjunto es teatral hasta rozar lo kitsch, pero funciona. Los franceses, en esto del espectáculo estatal, saben lo que hacen.

Volvimos cruzando el puente del Alma y, escarmentados ya del horario francés, esta vez llegamos a cenar antes de las nueve y media.

Vistas de París desde lo alto de la Torre Eiffel.

Día 6 en París: Torre Eiffel hasta el tercer piso, Estatua de la Libertad del Sena y musical por la noche

Domingo 15 de octubre de 2006

Cinco días en París y la Torre Eiffel aún sin caer. Fue deliberado, no un despiste. Pienso que a la Torre hay que subir habiendo empapado ya la ciudad unos días, cuando uno ha construido su propio mapa mental y es capaz de reconocer desde arriba los barrios que ha pisado, los monumentos donde estuvo y los puentes que ha cruzado. Subir el primer día funciona como postal rápida; subir el sexto funciona como síntesis.

La jornada entera fue para el suroeste: la Torre hasta el tercer piso, el Trocadéro enfrente, un paseo hasta la Île aux Cygnes y, por la noche, el musical Le Roi Soleil en el Palais des Sports.

Subir hasta el tercer piso

Llegamos al Champ de Mars a media mañana, con cielo azul limpio y temperatura otoñal perfecta. La cola era previsible: media hora larga. Hay cuatro pilares con taquillas distintas y la espera varía curiosamente entre ellos, así que conviene rodear la torre y elegir la más corta antes de ponerse. Se puede subir andando hasta el segundo piso, más barato y más rápido si uno está en forma; nosotros fuimos en ascensor.

Desde abajo impresiona siempre. Trescientos treinta metros contando la antena, estructura de hierro pudelado con dieciocho mil piezas remachadas, diseñada por los ingenieros Maurice Koechlin y Émile Nouguier bajo supervisión de Gustave Eiffel e inaugurada en 1889 para la Exposición Universal del centenario de la Revolución. Iba a desmontarse a los veinte años, porque la concesión era temporal, y se salvó por resultar útil como antena de radio.

Subimos primero al segundo piso, a ciento quince metros, donde París ya se ve bien y los grandes ejes empiezan a ordenarse. Después, cambio a un ascensor más pequeño hasta el tercero, a doscientos setenta y seis metros. Arriba hay una sala interior con maniquíes recreando el despacho que Eiffel conservó como oficina privada hasta su muerte, y una zona exterior con paneles identificando cada monumento del horizonte. Desde allí la ciudad se despliega como un mapa vivo: el Arco del Triunfo, La Défense, Montmartre con la mancha blanca del Sacré-Cœur, la Île de la Cité con las torres de Notre-Dame, el Panthéon, los Inválidos con su cúpula dorada, las Tullerías, el Louvre. Todo lo que habíamos pisado los días anteriores, ahora identificado desde el aire. Fue el momento más satisfactorio del viaje hasta entonces: ver París como ciudad comprensible y no como mito inabordable. El viento en el tercer piso es otro asunto; nos pusimos los gorros y no aguantamos demasiado.

Trocadéro y la Île aux Cygnes

Cruzamos el Sena por el Pont d'Iéna hacia el Trocadéro, con el Palais de Chaillot —Exposición de 1937, art déco neoclásico, dos pabellones y una gran explanada entre ellos— y la famosa plataforma desde la que se obtiene la vista más icónica de la Torre. El ángulo es perfecto: está lo bastante elevada como para que la Torre aparezca entera sin mirar hacia arriba, y la distancia permite encuadrarla con los jardines descendiendo y el río en medio. Es la composición del noventa por ciento de las postales. Hicimos las fotos de rigor y nos sentamos un rato en las escaleras.

Desde ahí caminamos hacia el oeste por la orilla sur hasta la Île aux Cygnes, una isla artificial estrecha y larga —ochocientos cincuenta metros de longitud y once de ancho en sus puntos más angostos— que atraviesa el Sena entre los puentes de Grenelle y de Bir-Hakeim. Es una de las joyas escondidas de la ciudad, y de los pocos sitios donde uno se aleja del gentío sin alejarse de los monumentos. En su extremo suroeste está la Estatua de la Libertad de París, una réplica en bronce a un cuarto del tamaño de la neoyorquina, regalada por la colonia francesa de Estados Unidos en 1889 para el centenario de la Revolución. Está orientada al oeste, mirando hacia su hermana mayor al otro lado del Atlántico. Para quien conozca la historia —la de Nueva York es en realidad un regalo francés, diseñado por Bartholdi con estructura interior de Eiffel—, el círculo se cierra de forma muy bonita.

Caminamos la isla entera, con el río a ambos lados y los bateaux-mouches pasando, y volvimos al hotel a media tarde a descansar un rato antes del teatro.

Le Roi Soleil en el Palais des Sports

El Palais des Sports está en Porte de Versailles, al sur, y es un pabellón deportivo de los años sesenta reconvertido en sala de conciertos, de aforo grande y estética algo brutalista. Estaba lleno, con público casi enteramente francés y con la actitud de quien va a ver a ídolos contemporáneos: se notaba en el volumen de los aplausos cada vez que entraba uno de los protagonistas.

Le Roi Soleil es una comédie musicale al estilo francés más puro, estrenada hace poco más de un año y todavía llenando función tras función. Cuenta la vida y los amores de Luis XIV desde la Fronda hasta los últimos años de Versalles, lo que después de la excursión del segundo día tenía su gracia añadida. La escenografía era gigantesca, con varios niveles, pasarelas laterales, pantallas enormes y recursos como bailarines dentro de burbujas de plástico transparentes flotando sobre el escenario. La música es rock-pop francés con letras sentimentales, estruendosa en los grandes números y con baladas íntimas en los momentos clave. La trama la seguí a duras penas, porque el francés cantado a velocidad es otro nivel y el mío es precario, pero el espectáculo se absorbe igual.

Salí con esa sensación de show grandilocuente que en el momento te vuela la cabeza y del que luego no van a quedar muchas melodías concretas. Perfecto para una noche de viaje, con ese componente de rito compartido que te hace sentirte parte momentánea de una cultura ajena. Y, curiosamente, uno de los pocos momentos en que París ha mostrado algo parecido a la efervescencia nocturna. Por lo visto, para ver a los parisinos despiertos de noche hay que meterlos en un pabellón.

La escultura de Canova «Psique reanimada por el beso del amor» en el Museo del Louvre.

Día 7 en París: una jornada completa en el Louvre y la Torre Eiffel encendida

Lunes 16 de octubre de 2006

Si hay un museo en el mundo al que sería un error dedicar menos de una jornada completa, es este. Setenta y dos mil metros cuadrados de superficie expositiva, más de treinta y cinco mil obras expuestas de forma permanente sobre un fondo de más de cuatrocientas cincuenta mil piezas, ocho departamentos temáticos y tres alas —Sully, Richelieu y Denon— con cientos de salas cada una. Verlo todo, incluso por encima, es imposible. Hay que elegir, y para elegir sin agobio hace falta el día entero.

Así que nada de combinarlo con otro barrio: Louvre de apertura a cierre, con pausa para comer dentro, y como remate nocturno la Torre Eiffel iluminada.

Entrar por la pirámide y decidir qué se deja fuera

Llegamos con la apertura, sobre las nueve. En octubre las colas son más tolerables que en verano, pero conviene madrugar igual. Hay varios accesos que evitan la cola principal de la pirámide exterior; nosotros usamos el del Carrousel, el subterráneo por el centro comercial, que suele ser el más fluido. Bajar al vestíbulo bajo la pirámide es uno de los momentos arquitectónicos del viaje: la luz natural cayendo por la estructura de vidrio, el espacio amplísimo, las tres alas abriéndose en tres direcciones. Pei integró la entrada moderna con el palacio histórico de forma extraordinaria, y la pirámide, que en 1989 levantó polémica, ya parece parte indispensable del conjunto.

El plan estaba claro: nada de intentar cubrirlo todo, que es fracaso asegurado. Concentrarse en tres o cuatro focos y, entre ellos, dejarse caer por las salas laterales que llamaran la atención. Elegimos las antigüedades egipcias y mesopotámicas, las griegas —Venus de Milo y Victoria de Samotracia— y la pintura italiana y francesa de Denon.

Egipto, Mesopotamia y las dos griegas

La sección egipcia es de las mejores del mundo fuera de El Cairo, y recorre el país desde el Imperio Antiguo hasta la época romana. La sala del mastaba de Akhethotep, con sus relieves de escenas cotidianas admirablemente conservados, me pareció preciosa; los sarcófagos policromados, las máscaras funerarias y los retratos del Fayún completan una invitación constante a imaginar una civilización lejanísima pero documentada hasta el detalle. En Mesopotamia, el código de Hammurabi en su estela de basalto negro, uno de los textos jurídicos más antiguos conservados, del siglo XVIII antes de Cristo, más los toros alados asirios y los relieves de Persépolis. La sensación aquí es de vértigo temporal: estás mirando a los ojos esculturas talladas hace cuatro mil años que fueron objeto de culto real antes de ser piezas de museo.

Hacia el mediodía fuimos a por la Venus de Milo, mármol del siglo II antes de Cristo descubierto en 1820 en la isla de Milos. Su fama viene en parte de la belleza formal —el contrapposto, el drapeado, la expresión serena— y en parte del misterio de los brazos perdidos, sobre cuyo gesto original todavía se discute. Rodeada de gente, mantiene una presencia escénica que te hace darle vueltas.

Subiendo la escalera monumental del ala Daru aparece la otra gran joya griega, la Victoria Alada de Samotracia: Niké aterrizando sobre la proa de un barco, con las alas desplegadas hacia atrás y la túnica empapada ciñéndose al cuerpo por el viento. La colocaron en lo alto de esa escalera en 1883 y la ubicación forma parte del efecto, porque uno la ve aparecer desde abajo mientras sube, como si de verdad estuviera aterrizando sobre el museo. Es el montaje escenográfico más brillante que he visto en ningún museo.

Comimos en uno de los cafés interiores, sin aplausos pero funcional. Un consejo para futuros visitantes: planificar la comida dentro es importante, porque salir significa perder el acceso y volver a pasar controles, lo que en plena jornada turística puede costar media hora larga.

La pintura italiana, la Mona Lisa y los grandes formatos franceses

Por la tarde, pintura. El ala Denon concentra el grueso de la italiana de los siglos XV y XVI y la francesa monumental del XIX, y es el ala más frecuentada y por tanto la más agobiante.

La sala de la Mona Lisa ilustra el problema perfectamente. El cuadro es pequeño, setenta y siete por cincuenta y tres centímetros, está tras un cristal antibalas y colgado a distancia del público, y delante se agolpan siempre dos o tres filas de gente intentando la foto. Llegas, esperas detrás de muchas cabezas, consigues un minuto de visión, disparas y te vas. No es una experiencia especialmente satisfactoria. Mientras tanto, en la pared de enfrente cuelgan Las Bodas de Caná de Veronés, diez metros de ancho, y casi nadie se fija en ellas pese a ser una de las obras más impresionantes del museo.

Recorrimos la galería italiana con calma: los Leonardo que no son la Gioconda —La Virgen de las Rocas, la Virgen con el Niño y Santa Ana, el San Juan Bautista—, los Rafael, los Caravaggio. Aquí uno puede pasar horas sin agotar la oferta, y la mejor táctica es rendirse a las piezas que te paran personalmente en vez de intentar verlas todas. En las galerías adyacentes, los grandes formatos franceses del XIX: La Balsa de la Medusa de Géricault, siete metros de ancho narrando el naufragio real del bergantín en 1816, que merece mirarse de lejos por la composición piramidal y de cerca por los rostros desesperados; y La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, tan reproducida en monedas, sellos y portadas que uno cree conocerla mejor que al original, hasta que la tiene delante a sus casi tres metros de alto y recupera de golpe toda la carga emocional que las reproducciones pequeñas disipan.

Hacia las cuatro y media, con siete horas y media de museo acumuladas, decidimos que ya estaba bien. La fatiga museística es un estado real: llega un momento en que las piezas dejan de entrar y seguir insistiendo es contraproducente. Mejor salir con hambre de más que con indigestión.

La Torre Eiffel encendida desde el Trocadéro

Cerramos el día volviendo al Trocadéro para ver la Torre iluminada. En octubre se enciende poco después de las siete, y desde allí, con la Torre centrada al otro lado del río, se obtiene uno de los planos más clásicos del mundo. Primero entra la iluminación dorada continua, que baña la estructura entera en luz cálida; después, durante los primeros cinco minutos de cada hora en punto, se activa el ciclo de centelleo, con miles de bombillas parpadeando de forma aleatoria y dando esa sensación de chisporroteo.

Aguantamos hasta las ocho en punto, hicimos las fotos con y sin trípode y nos quedamos un rato sentados en las escaleras simplemente mirando. Tenerla delante encendida, en octubre, el penúltimo día del viaje, fue una manera muy buena de redondear la jornada.

Los jardines de Luxemburgo en París.

Día 8 en París: Les Halles, vuelo a Bilbao y balance de una primera visita

Martes 17 de octubre de 2006

El vuelo salía por la tarde desde Charles de Gaulle, así que quedaba la mañana libre para un plan corto. Escogimos Les Halles, el antiguo mercado central, porque era una zona que no habíamos pisado con calma y porque queda lo bastante céntrica como para no complicar el día. Desayuno tranquilo, maleta hecha con ese ritmo lento del último día, equipaje en consigna y una última bajada al metro parisino.

Les Halles: el vientre de París, demolido y reconstruido

Durante siglos, Les Halles fue el mercado central de la ciudad, un conjunto de pabellones de metal y cristal construidos por Victor Baltard en 1854 donde cada noche entraban los productos frescos que alimentarían París al día siguiente. Zola lo inmortalizó en El vientre de París en 1873, y la imagen de los mercados ruidosos, con vendedores, carreteros y compradores mezclados a horas raras, formó parte del imaginario urbano durante más de un siglo.

En 1969 los mercados se trasladaron a Rungis, a las afueras, y en 1971 los pabellones de Baltard fueron demolidos, dejando un agujero enorme en pleno centro. Sobre ese hueco se levantó entre los setenta y los ochenta el Forum des Halles, un centro comercial subterráneo muy de su tiempo, con un jardín público en superficie. Tres décadas después el conjunto se ha quedado anticuado y poco funcional: el centro comercial parece una ratonera mal iluminada, el jardín nunca ha terminado de cuajar y la zona tiene un aire deprimente pese a la ubicación. El sitio pide a gritos una reforma.

Caminamos por allí sin grandes expectativas, mirando la escultura Écoute de Henri de Miller —esa enorme cabeza de piedra con la mano al oído que se ha convertido en seña de identidad de la plaza— y las entradas del Forum con su arquitectura ochentera ya pasada de moda. El conjunto refuerza la impresión que arrastro desde el primer día: París tiene zonas monumentales que quitan el aliento y, entre medias, áreas grises con poco cuidado que afean el resultado.

Saint-Eustache, la sorpresa que redime la mañana

Lo mejor del día, con diferencia, fue Saint-Eustache, la iglesia que sobrevivió milagrosamente junto al mercado. Construida entre 1532 y 1640, es una de las joyas poco conocidas de la ciudad: por fuera tiene resonancias claramente góticas, con arbotantes, contrafuertes y verticalidad, mientras que por dentro la decoración es ya plenamente renacentista, con elementos clásicos, pilastras y un juego de alturas que sorprende. Las dimensiones son catedralicias —es la iglesia más alta de París después de Notre-Dame, con ciento cinco metros de longitud— y el órgano, con más de ocho mil tubos, es de los mayores de Francia.

El silencio, comparado con el ruido de fuera, fue un respiro inmediato. Aquí estuvo enterrado Lully, se casó Molière, se bautizó Richelieu y se celebró el funeral de La Fontaine: una densidad histórica enorme para un templo tan poco visitado en comparación con sus vecinos famosos. Uno de esos lugares que funcionan como antídoto al turismo masivo del que hemos abusado toda la semana.

Hacia las dos volvimos al hotel, recogimos la maleta y tomamos el RER B directo hasta Charles de Gaulle, unos treinta y cinco minutos sin cambios. Facturación, controles y despegue a media tarde. Dos horas escasas de vuelo para pasar del Sena al Nervión, y Loiu recibiéndonos con ese cielo gris tan de Bilbao en octubre.

Balance: París cumple pero no enamora

Toca la conclusión que me estuvo rondando durante los ocho días y que cuesta decir sin parecer quejica. París me gustó, pero no me enamoró.

Lo que esperaba era una ciudad vibrante, cosmopolita, elegante y limpia, a la altura de su mitología. Y me he encontrado una capital bastante más sobria, con zonas notablemente descuidadas, con una vida nocturna casi inexistente para el visitante —cafés que cierran pronto, cocinas que echan el cierre antes de las diez, barrios que apenas se animan pasadas las once— y con un poso de aburrimiento urbano en ciertas horas y ciertos sitios que no anticipaba. Curiosamente, me ha recordado más a Barcelona que a Londres o Berlín: ciudades monumentales, elegantes, orgullosas de su historia, pero que no respiran ese cosmopolitismo trepidante de las capitales realmente eléctricas. Incluso Madrid, que no es mi ciudad favorita de España, tiene más nervio nocturno.

No es una crítica demoledora, es un matiz. París tiene momentos que reconozco sin reservas: el Grande Arche desde el mirador, la galería de los Espejos, la aldea de María Antonieta, la Victoria de Samotracia en lo alto de la escalera, la Torre centelleando de noche, Saint-Eustache como último abrazo. Son imágenes que me van a acompañar mucho tiempo. El problema no es lo que París tiene, sino lo que yo me había imaginado que iba a ser. La distancia entre el mito y la realidad, aquí, es notable.

Lo mejor, y lo que cambiaría

Si tengo que ordenar preferencias: Versalles completo, incluida la aldea, fue la mejor jornada del viaje sin discusión. Después, la subida al Grande Arche, por la combinación de vistas y arquitectura. El día del Louvre, con su pequeño achaque de saturación final. La Torre encendida desde el Trocadéro. Saint-Eustache. Y Le Roi Soleil, no porque el espectáculo fuera redondo, sino por la electricidad de un público entregado, uno de los ratos más vivos que he pasado en la ciudad.

Con lo aprendido, algunas cosas las haría de otra manera. Dedicaría al menos medio día al Musée d'Orsay, que ha quedado fuera y que siento que me debo. Probaría barrios menos turísticos en lugar de insistir tanto en el centro. Quizá me saltaría Disneyland, con todo el respeto a quien lo disfrute: fue un día agradable, no esencial. Y buscaría conciertos y exposiciones temporales más allá de los hitos, porque intuyo que esta ciudad vive en sus eventos puntuales tanto como en sus monumentos.

Pero para una primera visita el itinerario fue razonable, y cumplió su objetivo: que París dejara de ser mito y pasara a ser ciudad real. No me enamoró en aquel primer viaje, pero quedó dibujada en la cabeza. Con los años volvería varias veces más, siempre con esa misma dualidad: admiración por lo monumental, distancia con lo cotidiano.

Guías y artículos

Información práctica

El Museo de Orsay, instalado en la antigua Gare d'Orsay construida para la Exposición Universal de 1900.

El Musée d'Orsay de París

La antigua estación de tren que se convirtió en el museo del Impresionismo más importante del mundo

París