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Italia en coche
Nueve días recorriendo Italia en pleno junio, entre el arte desbordante de Roma, la elegancia de Florencia y la magia de Venecia. Un viaje clásico que no por esperado resultó menos impactante, con el sol del verano italiano como compañero constante.
Italia en nueve días: seis amigos, un monovolumen y la ruta más ambiciosa que habíamos intentado¶
Introducción al viaje
Hay grupos de amigos que duran años sin que nadie sepa muy bien explicar por qué. No comparten trabajo ni barrio ni afición concreta: simplemente coincidieron en algún momento, congeniaron, y el grupo fue creciendo y transformándose con el tiempo hasta tener su propia inercia. Éramos seis de ese tipo, un grupo bastante ecléctico que en aquella época de mediados de los dos mil quedaba para tomar algo, hacía excursiones en coche al sur de Francia y compartía ese tipo de planes que no requieren demasiada planificación ni demasiado compromiso.
Francia había funcionado bien. Varias veces, apretados en mi coche, cruzando la frontera para pasar el día en Bayona, en Biarritz, en algún pueblo del País Vasco francés. Viajes cortos, sin hotel, sin gran logística. Pero en algún momento la conversación derivó hacia algo más ambicioso: un viaje de verdad, con avión, con varios días fuera, con ciudades que llevaban años en la lista de pendientes. Italia. Siempre Italia.
El plan: un monovolumen y la ruta clásica
Organizar un viaje para seis personas tiene su complejidad, y la primera decisión práctica fue también la más inteligente: en lugar de depender del transporte público o de alquilar dos coches, alquilamos un monovolumen de siete plazas. Era algo más caro que un turismo convencional, pero la gasolina, los peajes y todos los gastos de desplazamiento se dividían entre seis, lo que compensaba con creces la diferencia. Y sobre todo: íbamos juntos, en el mismo vehículo, con la libertad de parar donde quisiéramos y el horario que nos conviniese. Para un grupo acostumbrado a moverse en coche, era la solución natural.
El vuelo salió desde Bilbao con escala en Barcelona y aterrizó en Roma. La vuelta sería desde Milán, nueve días después, aunque la intensidad del viaje haría que parecieran más. Entre medias, la ruta más clásica que Italia puede ofrecer: Roma, Siena, Pisa, Florencia, Bolonia, Venecia, Milán. Nueve días, siete ciudades, un monovolumen y seis caracteres distintos intentando ponerse de acuerdo en cada encrucijada.
Viajar en grupo: la aritmética del consenso
Viajar en grupo es una experiencia que tiene poco que ver con viajar solo o en pareja, y conviene saberlo antes de embarcarse. Cada decisión —dónde comer, cuánto tiempo en cada sitio, qué ver y qué saltarse— requiere un proceso de negociación implícita que a veces fluye sin esfuerzo y a veces genera esas tensiones suaves que nadie verbaliza pero todos perciben.
En este viaje lo más revelador fue Florencia: cuatro del grupo querían ver los Uffizi, la galería con la mayor colección de pintura renacentista del mundo, con Botticelli, Leonardo, Miguel Ángel y Rafael bajo el mismo techo. Los otros dos preferíamos subir a la cúpula del Duomo, la obra maestra de ingeniería de Filippo Brunelleschi que lleva desde 1436 dominando el skyline de la ciudad. No había tiempo para todo y no había consenso, así que el grupo se dividió y cada mitad hizo lo suyo. No hubo ningún mal momento, nadie se enfadó, el plan funcionó. Pero esa escena resume bien lo que implica viajar en grupo: ceder en algunas decisiones, llegar a acuerdos en otras, y asumir que la experiencia de cada uno será inevitablemente distinta aunque compartan el mismo itinerario.
De hecho, cinco de mis compañeros ya habían estado en Roma con anterioridad, lo que significaba que para ellos la ciudad era un revisit mientras que para mí era el primer contacto con algo que llevaba años queriendo ver. La consecuencia práctica fue que Roma se quedó corta: dos días en una ciudad que podría haber ocupado el doble sin agotar su agenda. Pero en un viaje de grupo la mayoría manda, y la mayoría tenía otros destinos en mente.
Italia como primer destino ambicioso
¿Por qué Italia? Porque Italia siempre es un destino deseado, y esa frase —que podría parecer un tópico— contiene una verdad difícil de rebatir. Ningún otro país europeo concentra tanta densidad de historia, arte, arquitectura y gastronomía en un territorio tan manejable. Roma es la capital del Imperio Romano, del Renacimiento cristiano y de la Iglesia Católica, todo al mismo tiempo. Florencia es donde el Renacimiento ocurrió. Venecia es una ciudad construida literalmente sobre el agua que lleva siglos desafiando las leyes de la física y el sentido común. Y Milán es la capital económica y de diseño de un país que ha convertido el buen gusto en industria exportable.
Para un grupo que había expandido su radio de acción poco a poco —primero el País Vasco francés, luego el sur de Francia— Italia era el salto lógico hacia algo más. Un viaje que ya requería planificación, vuelos, hoteles, itinerario. El primer viaje de verdad.
Funcionó. Y no del todo. Y eso, en sí mismo, es también parte de la historia.

Roma: dos días que se quedaron cortos¶
del 13 al 15 de junio de 2006
Roma no es una ciudad que se visita. Roma es una ciudad que te sucede. La diferencia es importante: en otras ciudades uno va, ve, procesa y sigue adelante. En Roma la acumulación de historia es tan densa, tan física, tan presente en cada esquina, que el tiempo funciona de otra manera. Dos días parecen muchos antes de llegar y muy pocos una vez que se está dentro.
Llegamos por la tarde del martes 13 de junio. El monovolumen se quedó aparcado cerca del hotel desde el primer momento —conducir un vehículo de ese tamaño por el centro de Roma es una experiencia que desafía los nervios más templados, y la decisión de dejarlo quieto hasta la salida fue sin duda la más sensata del viaje— y a partir de ahí nos movimos a pie. En Roma, de todas formas, caminar es la única forma de ver la ciudad de verdad. El metro existe pero es limitado, los autobuses son impredecibles, y los taxis te llevan donde quieres pero no por donde merece la pena pasar.
La primera tarde: del Laterano a la Fontana di Trevi de noche
La primera parada fue la Basílica de San Giovanni in Laterano, y es una elección que dice mucho sobre lo que Roma es capaz de hacer incluso con sus monumentos menos conocidos internacionalmente. San Giovanni in Laterano no aparece en la primera línea de los itinerarios turísticos —ese lugar lo ocupan el Coliseo, el Vaticano y la Fontana di Trevi—, pero es en realidad la catedral oficial de Roma, la sede episcopal del Papa, más antigua e históricamente más importante que la propia San Pedro. Fue fundada por el emperador Constantino en el siglo IV, destruida y reconstruida varias veces a lo largo de los siglos, y la fachada monumental que se ve hoy es del siglo XVIII, obra de Alessandro Galilei. Frente a ella, la Scala Santa —la escalinata de 28 peldaños que la tradición considera la misma que Jesús subió en el palacio de Pilatos y que los fieles suben de rodillas— añade una dimensión devocional que contrasta con la escala arquitectónica del conjunto.
Desde el Laterano, la tarde se fue desplegando por el centro histórico en ese modo de paseo sin agenda rígida que Roma invita naturalmente a adoptar. El Pantheon, que aparece en las fotos de esa primera tarde, es uno de esos edificios que desafían la comprensión del tiempo: fue construido entre el 118 y el 125 d.C. por el emperador Adriano sobre el solar de un templo anterior, y su cúpula de 43 metros de diámetro —con el famoso óculo de nueve metros abierto al cielo en la cima— siguió siendo la mayor cúpula del mundo durante más de trece siglos, hasta que Brunelleschi construyó la del Duomo de Florencia. Hoy es el edificio de la Antigüedad mejor conservado del mundo, en parte porque fue consagrado como iglesia cristiana en el año 609, lo que lo salvó de la destrucción sistemática que sufrieron otros edificios romanos paganos. La arquitectura de primer siglo lo explica todo.
La Piazza Navona llegó después, con sus tres fuentes barrocas y ese ambiente de plaza de salón que tiene incluso de noche, con los cafés y los artistas callejeros y el flujo constante de gente que se detiene y sigue. La fuente central —la Fontana dei Quattro Fiumi, los Cuatro Ríos— es obra de Gian Lorenzo Bernini, el gran maestro del barroco romano, y representa los cuatro ríos más importantes del mundo conocido en el siglo XVII: el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata. La piazza ocupa el espacio exacto del antiguo estadio del emperador Domiciano, del siglo I d.C., cuya forma ovalada define todavía la geometría de la plaza actual.
La noche terminó en la Fontana di Trevi, que de noche y con la iluminación tiene una presencia todavía más teatral que de día. La fuente, completada en 1762 según el diseño de Nicola Salvi, marca el final del antiguo Acqua Vergine, uno de los acueductos romanos que abastecían la ciudad. La tradición de lanzar una moneda para garantizar el regreso a Roma la popularizó la película Tres monedas en la fuente en 1954, y desde entonces la fuente recoge anualmente más de un millón de euros en monedas, que el Ayuntamiento de Roma dona a Cáritas. Roma convierte sus leyendas en financiación benéfica.
El día del Papa: Vaticano, Trastevere y el Coliseo
El miércoles 14 de junio fue el día más intenso del viaje en Roma, y empezó con una sorpresa que no estaba en ningún plan.
Llegamos al Vaticano a las 9:29 de la mañana y nos encontramos con la Plaza de San Pedro en plena misa papal. No lo sabíamos de antemano —era algo perfectamente planificado en el calendario vaticano, simplemente no nos habíamos molestado en comprobarlo— y el resultado fue una mezcla de sensaciones: la curiosidad de ver al Papa en las pantallas gigantes instaladas en la plaza, el espectáculo visual de miles de fieles congregados en uno de los espacios más monumentales del mundo, y también la constatación de que ese día San Pedro iba a estar considerablemente más llena de gente de lo habitual.
La Plaza de San Pedro tiene unas dimensiones que solo se comprenden estando dentro: 340 metros de longitud, con la columnata diseñada por Bernini —284 columnas en cuatro filas, coronadas por 140 estatuas de santos— abrazando el espacio en una elipse que Bernini describió como los brazos de la Iglesia acogiendo al mundo. La Basílica de San Pedro al fondo, con la cúpula de Miguel Ángel dominando el skyline vaticano, es el resultado de más de ciento veinte años de construcción en los que intervinieron Bramante, Rafael, Miguel Ángel, Giacomo della Porta y Carlo Maderno, entre otros. Es el edificio cristiano más grande del mundo y el resultado de una acumulación de talento arquitectónico que difícilmente se ha vuelto a dar en ningún otro proyecto de la historia.
La reacción ante la misa fue pragmática: en lugar de esperar, nos fuimos a dar un paseo y volvimos después. El destino fue el Castillo Sant'Angelo, la mole circular que domina el Tíber a pocos minutos del Vaticano. Fue construido originalmente como mausoleo del emperador Adriano en el siglo II d.C., reconvertido en fortaleza papal en la Edad Media —con un corredor secreto, el Passetto di Borgo, que conecta el castillo con el Vaticano y que varios Papas usaron para escapar en momentos de peligro— y hoy es museo. Desde sus terrazas hay una de las mejores vistas de Roma.
Desde el Castel Sant'Angelo, las fotos del día saltan al Coliseo y al Foro Romano, que aparecen en el timeline a las 11:44. El Coliseo —cuyo nombre oficial es Anfiteatro Flavio— fue inaugurado en el año 80 d.C. por el emperador Tito y tiene capacidad para entre 50.000 y 80.000 espectadores. Durante cuatro siglos acogió combates de gladiadores, cacerías de animales exóticos, ejecuciones públicas y representaciones navales con el anfiteatro inundado de agua. La cifra de muertos en sus espectáculos es imposible de calcular con precisión, pero se estima que solo en las celebraciones de inauguración murieron más de 9.000 animales en 100 días de juegos. A su lado, el Foro Romano es el corazón político, comercial y religioso de la Roma antigua: templos, basílicas, arcos de triunfo y la Vía Sacra, la calle por la que desfilaban los generales victoriosos. Pasear por el Foro es caminar literalmente por encima de veintisiete siglos de historia.
El Trastevere llegó a la hora de comer, y fue el contrapeso perfecto a tanta monumentalidad. El nombre significa literalmente «al otro lado del Tíber», y el barrio tiene ese carácter de territorio ligeramente aparte del centro histórico que le ha permitido mantener una identidad propia: calles estrechas de adoquines, fachadas ocres y terracota con la pintura desconchada, ropa tendida entre los edificios, trattorias con mesas en la calle. Es el barrio más romano de Roma en el sentido más cotidiano del término, y en junio con el calor y el olor a albahaca y tomate que sale de las cocinas, tiene una temperatura vital que los grandes monumentos no pueden tener.
La tarde volvió al Vaticano, ya sin la misa, y esta vez se pudo ver la plaza y la basílica con más calma. El día terminó con un paseo nocturno por el centro: el Elefantino del Bernini —la pequeña escultura de un elefante cargando un obelisco egipcio en la Piazza della Minerva, que Bernini diseñó en 1667 y que tiene algo de caprichoso y tierno que contrasta con la solemnidad de casi todo lo demás que Bernini hizo en Roma— y el Área Sacra del Largo di Torre Argentina, donde cuatro templos republicanos del siglo IV al II a.C. se conservan varios metros por debajo del nivel actual de la calle, y donde una colonia de gatos callejeros ha convertido las ruinas en su dominio particular. El Área Sacra es también, según la investigación arqueológica, el lugar donde fue asesinado Julio César el 15 de marzo del año 44 a.C.
Roma en dos días: lo que queda
Dos días en Roma son suficientes para entender por qué la ciudad es única. No son suficientes para verla. La diferencia es importante.
Quedaron sin ver, entre otras cosas, los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina —la cola era inasumible sin reserva previa—, las catacumbas, la Borghese, el Aventino con el agujero de la cerradura que enmarca la cúpula de San Pedro, el Palatino, el Trastevere de noche con más calma. Roma es una de esas ciudades que requiere varias visitas y que en cada una revela una capa diferente. Con los cinco compañeros que ya la conocían de antes era inevitable que la agenda fuera comprimida. Para quien la visitaba por primera vez, se quedó corta. Pero incluso corta, Roma deja una marca que no se borra fácilmente.

Siena: la ciudad medieval que el Renacimiento se saltó¶
Salir de Roma con el monovolumen fue la prueba de conducción más estresante del viaje. Yo llevaba el volante, y después de dos días con el coche aparcado y quieto, volver a ponerlo en marcha en el tráfico romano fue reencontrarse con ese caos particular que Roma tiene y que no se parece a nada de lo que uno conoce conduciendo en el norte de España.
El problema no es solo la densidad del tráfico, que ya es considerable. Es la lógica —o la ausencia de ella— con la que ese tráfico funciona. En un semáforo con tres carriles pintados en el asfalto, los coches romanos se colocan en cinco filas paralelas sin que nadie parezca encontrar esto especialmente anormal. Los carriles son una sugerencia, no una norma. Y las vespas —las motos, las scooters, los ciclomotores de todo tipo que pueblan Roma en números industriales— se adelantan por cualquier espacio disponible, por la derecha, por la izquierda, entre dos coches, rozando el espejo retrovisor. Vienen de cualquier ángulo y a cualquier velocidad.
Conducir un monovolumen en ese contexto, siendo yo alguien acostumbrado a mi Ford Fiesta, tenía su mérito. El monovolumen es sensiblemente más ancho, más largo y menos maniobrable que un turismo pequeño, y en las calles del centro de Roma esas diferencias se notan en cada giro y en cada aparcamiento. Fue un poco estresante, no voy a negarlo. Pero una vez dejado atrás el cinturón urbano y ganada la autovía A1 hacia el norte, todo cambió: carretera amplia, señalización clara, paisaje de la Toscana abriéndose poco a poco. Italia desde la carretera es otro país completamente distinto al Italia de ciudad.
La Toscana desde la autovía
El trayecto entre Roma y Siena son algo menos de 230 kilómetros, unas dos horas y media por la A1 y luego la carretera regional. Lo que se ve desde la autovía es ya una anticipación de lo que Siena va a ofrecer: colinas suaves cubiertas de viñedos y olivares, cipreses en fila marcando los caminos de tierra que suben hacia las masías, pueblos medievales encaramados en los cerros con sus torres y sus campaniles asomando sobre los tejados de terracota. La Toscana es uno de esos paisajes que uno reconoce antes de haberlo visto en persona, porque lleva décadas siendo el fondo de pinturas renacentistas, anuncios de coches alemanes y portadas de revistas de viaje. Verlo de verdad, desde la ventanilla del monovolumen a 120 por hora, tiene algo de confirmación tranquilizadora: sí, es así. Es exactamente así.
Siena: la ciudad que apostó por el lado equivocado
Siena tiene la particularidad de ser una de las ciudades más hermosas de Italia precisamente porque perdió. La lógica habitual de la historia hace que los ganadores construyan y los perdedores desaparezcan, pero Siena es una excepción que desmiente esa regla: su derrota frente a Florencia en el siglo XIV la dejó congelada en el tiempo, sin los recursos ni la ambición para renovarse, y ese estancamiento involuntario la convirtió en el mejor ejemplo conservado de ciudad medieval italiana.
En el siglo XIII y principios del XIV, Siena era una potencia económica y artística comparable a Florencia. Sus banqueros prestaban dinero a reyes y papas, su escuela de pintura —con Duccio di Buoninsegna y los Lorenzetti— estaba a la vanguardia del arte europeo, y su catedral era una obra en marcha que aspiraba a ser la más grande de la cristiandad. Luego llegó la Peste Negra de 1348, que mató a entre un tercio y la mitad de la población de la ciudad en pocos meses. Siena nunca se recuperó del todo. Florencia sí. El Renacimiento ocurrió principalmente en Florencia, y Siena quedó al margen de esa transformación cultural y económica que rehízo el norte de Italia. El resultado, siglos después, es una ciudad cuyo centro histórico es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y cuyo aspecto general no ha cambiado radicalmente desde el siglo XIV.
Il Campo: la plaza más bella de Italia
La Piazza del Campo —conocida simplemente como Il Campo— es el corazón de Siena y uno de los espacios urbanos más singulares de Europa. Su forma es la de una concha o un abanico: un espacio curvo en suave pendiente, pavimentado con ladrillos dispuestos en nueve secciones que representan a los Nueve, el gobierno oligárquico que rigió Siena durante su período de mayor esplendor en el siglo XIV. En el extremo más bajo de la concha está la Fonte Gaia, una fuente monumental del siglo XV, y flanqueando el conjunto, el Palazzo Pubblico con su torre —la Torre del Mangia, de 102 metros— que desde 1348 ha marcado las horas de la ciudad.
Lo que hace a Il Campo especialmente notable, aparte de su forma, es cómo funciona. La inclinación de la plaza convierte el suelo en una especie de anfiteatro natural donde sentarse es fácil y cómodo, y los sieneses lo usan como tal desde hace siglos: la gente se sienta en los ladrillos inclinados, come, conversa, toma el sol. No hay terrazas de bar invadiendo el espacio, no hay coches, no hay publicidad. Solo la plaza, sus proporciones medievales y la vida cotidiana transcurriendo en ella.
Dos veces al año, en julio y en agosto, Il Campo se convierte en el escenario del Palio di Siena, la carrera de caballos más famosa y más antigua de Italia. Diez de los diecisiete barrios históricos de la ciudad —las contrade— compiten en una carrera de tres vueltas a la plaza que dura menos de noventa segundos pero que concentra meses de preparación, alianzas políticas entre barrios y rivalidades que se transmiten de generación en generación. El Palio no es un espectáculo turístico con los habitantes como actores: es una institución viva en la que la identidad de los sieneses está profundamente implicada. Perder el Palio es un duelo que el barrio perdedor lleva con seriedad; ganarlo, una celebración que puede durar días.
El Duomo: la catedral que quiso ser más grande
La Catedral de Siena —el Duomo— es uno de los grandes ejemplos del gótico italiano, con esa particularidad estética que el gótico italiano tiene respecto al gótico del norte de Europa: más colorido, más decorativo, menos obsesionado con la verticalidad y más interesado en la superficie y el detalle. La fachada de mármol blanco, verde y negro de Giovanni Pisano, con sus mosaicos dorados, sus gabletes y sus figuras escultóricas, es una de las más ricas y complejas del arte medieval europeo.
Dentro, el pavimento de mármol es otra obra en sí misma: 56 paneles con escenas bíblicas, alegorías y figuras diseñadas por varios artistas a lo largo de tres siglos, que normalmente están cubiertos con tablas de madera para protegerlos y que solo se muestran completos durante un período limitado en verano y otoño. La biblioteca Piccolomini, en el interior, conserva unos frescos de Pinturicchio de una vivacidad y una frescura de color que resultan sorprendentes para tener cinco siglos de antigüedad.
Lo que más impresiona, sin embargo, es lo que el Duomo no es: lo que iba a ser. En el siglo XIV, antes de la Peste Negra, Siena comenzó la construcción de una ampliación que habría convertido la catedral actual en simple transepto de una nave mucho mayor. Los pilares de esa nave nunca terminada siguen en pie junto a la catedral, formando el llamado Facciatone —la gran fachada inacabada—, desde cuya parte superior hay unas vistas panorámicas sobre Il Campo y los tejados medievales de la ciudad. La ambición de Siena, literalmente en piedra y literalmente truncada.
Una mañana que supo a poco
El tiempo en Siena fue el justo para una primera impresión poderosa y la conciencia clara de que faltaba más. Una mañana para Il Campo, el Duomo y las calles del centro histórico —la Via di Città, con sus palacios medievales y sus tiendas de cerámica sienesa— es un punto de partida, no una visita completa. Siena es de esas ciudades que requieren al menos una noche: cuando los grupos de turistas se marchan al final de la tarde y la ciudad se queda con sus propios habitantes, debe de tener una atmósfera completamente diferente.
Pero el programa del día incluía todavía Pisa y la llegada a Florencia, así que el monovolumen esperaba. Siena quedó en la memoria como una promesa a medias, de esas que justifican perfectamente una segunda vuelta.

Pisa: la torre, el conjunto y la foto que no salió bien¶
Entre Siena y Florencia, Pisa. El desvío no es enorme —poco más de una hora desde Siena, y Florencia queda luego a menos de una hora de Pisa hacia el este— y la lógica de la ruta lo permitía sin demasiado esfuerzo. Lo que nadie del grupo discutió fue que Pisa era una parada obligatoria. Cuando uno está en la Toscana y la Torre Inclinada está a una hora de distancia, no ir habría sido una decisión difícil de justificar.
Lo que uno se espera y lo que encuentra
La Torre Inclinada de Pisa es uno de los monumentos más fotografiados y más reproducidos del mundo. Está en imanes de nevera, en llaveros, en postales, en camisetas de turista, en logos de empresas de mudanzas que hacen un chiste fácil con la inclinación. Esa omnipresencia tiene una consecuencia inevitable: uno llega a Pisa con una imagen mental muy formada de lo que va a ver. Una torre que se tuerce. Punto.
Lo que no transmiten los imanes de nevera ni las postales es el contexto. La Torre Inclinada no es una construcción aislada en medio de una explanada: es el campanile —la torre de las campanas— de la catedral de Pisa, y forma parte de un conjunto monumental que incluye la propia catedral, el baptisterio y el camposanto, todo ello agrupado en una pradera de hierba verde en el extremo norte de la ciudad llamada Piazza dei Miracoli, la Plaza de los Milagros.
Esa fue la primera sorpresa real al llegar: ver la torre formando parte de algo más grande, flanqueada por la fachada de mármol blanco de la catedral y la mole cilíndrica del baptisterio. El conjunto tiene una coherencia visual muy llamativa —todos los edificios son de mármol blanco con bandas de mármol oscuro, todos son de estilo románico pisano, todos fueron construidos entre los siglos XI y XIV— y la torre, dentro de ese conjunto, tiene un papel casi secundario desde algunos ángulos. Resulta curioso que el elemento más famoso sea técnicamente un accidente de construcción: la inclinación no era el plan. Es el resultado de un error de cálculo en los cimientos, detectado ya durante la construcción en el siglo XII y que los sucesivos arquitectos intentaron corregir con distintas estrategias a lo largo de los siglos, logrando en cada intento correcciones parciales que le dieron a la torre esa curvatura suave, casi como una banana vista de lado, que se aprecia bien desde ciertos ángulos.
La torre, sus ocho siglos de inclinación y su cierre al público
La construcción de la Torre Inclinada comenzó en 1173 y se prolongó, con varias interrupciones, durante casi dos siglos. Tiene ocho pisos, 56 metros de altura por el lado más bajo y 57 por el más alto —la diferencia entre ambos lados es lo que define la inclinación— y alberga siete campanas afinadas en escala musical. La inclinación actual, después de las intervenciones de estabilización realizadas entre 1990 y 2001, es de unos 3,97 grados: suficiente para ser espectacular a la vista, controlada para no ser peligrosa. Antes de esas intervenciones, la inclinación superaba los cinco grados y la torre se consideraba en riesgo real de colapso.
En junio de 2006, la torre llevaba relativamente poco tiempo reabierta al público tras los trabajos de estabilización —había estado cerrada desde 1990—, pero ese día el acceso estaba cerrado o las colas eran inasumibles para el tiempo que teníamos, así que la visita fue exterior. Lo cual, siendo honestos, no es una pérdida mayor: lo que hace única a la torre es su forma y su inclinación vistas desde fuera, no el interior, que es básicamente un cilindro hueco con una escalera de caracol de 294 peldaños algo irregulares.
La foto que no salió como debía
Hay cosas que uno quiere hacer aunque sean una turistada, y la foto clásica de Pisa —la perspectiva forzada en la que parece que estás sujetando la torre con la mano— era una de ellas. Toda la Piazza dei Miracoli está llena de turistas buscando el ángulo exacto, tumbados en el suelo, con los brazos extendidos, instruyendo a sus acompañantes sobre exactamente dónde colocarse para que la perspectiva funcione. Es un ejercicio de fotografía de participación popular que tiene algo de entrañable precisamente por lo absurdo y lo compartido.
El problema fue que mis amigos no lo veían igual. La petición fue recibida con el escepticismo que un grupo de adultos suele reservar para las propuestas que considera demasiado turísticas. Demasiado típico. Demasiado de postal. Después de cierta insistencia, uno accedió a hacer la foto, pero con la convicción y el entusiasmo de alguien que está haciendo un favor que no le han pedido: la foto resultante tiene las manos a casi un palmo de la torre, sin la perspectiva correcta, sin el encuadre necesario para que el truco funcione. La torre sigue inclinada en la imagen, pero yo no la estoy sujetando. Estoy simplemente cerca de ella con los brazos levantados, lo cual es bastante menos interesante.
Es una de esas pequeñas frustraciones de viajar en grupo que en el momento molestan levemente y que con el tiempo se convierten en anécdota. La foto mala de Pisa forma parte del viaje tanto como las fotos buenas.
El conjunto que se lleva la mirada
Dejando aparte la torre y sus circunstancias, lo que más merece la atención en la Piazza dei Miracoli es el conjunto como totalidad. El Baptisterio, el edificio circular que preside el extremo oeste de la plaza, es el más grande de Italia: 54 metros de diámetro y una acústtica interior legendaria que los guías demuestran cantando una nota y dejando que el eco construya un acorde completo. La Catedral, iniciada en 1063 tras la victoria de Pisa sobre los sarracenos en Palermo, fue durante siglos una de las más ricas e influyentes del Mediterráneo occidental: su fachada es el modelo del que deriva el estilo románico pisano que luego se extendió por toda la Toscana. El Camposanto, el cementerio monumental que cierra el lado norte de la plaza, alberga frescos medievales de una calidad extraordinaria, parcialmente dañados durante la Segunda Guerra Mundial cuando una bomba incendió el tejado y la plomada derretida cayó sobre las pinturas.
Todo eso junto, en una pradera verde con el fondo del cielo toscano, compone una imagen que tiene poco que ver con la postal de la torre sola. La torre es el gancho, pero el conjunto es el argumento.
Nos quedamos el tiempo que había: el suficiente para recorrer la plaza, ver el conjunto desde distintos ángulos, intentar —con éxito relativo— la foto de la torre, y comer algo antes de volver al monovolumen. Florencia esperaba, y las fotos muestran que llegamos ya bien entrada la tarde. Pero Pisa había merecido el desvío, foto mal encuadrada incluida.

Florencia: la cúpula de Brunelleschi y el grupo dividido¶
del 15 al 17 de junio de 2006
Llegamos a Florencia de noche, después de un día que había empezado en Roma, pasado por Siena y hecho escala en Pisa. El cansancio acumulado en el monovolumen era el tipo que produce una combinación de horas de carretera y demasiadas impresiones en demasiado poco tiempo. Florencia podía esperar hasta la mañana siguiente.
Tenía que esperar, en cualquier caso: las fotos del día 15 en Florencia son del Ponte Vecchio y del Lungarno de noche, ese primer contacto con la ciudad que se hace casi sin querer al salir a estirar las piernas después de dejar el equipaje. El Arno de noche, con las farolas reflejadas en el agua y la silueta del puente recortada contra el cielo oscuro, es una de esas imágenes que Florencia regala casi sin esfuerzo. El día de verdad vendría al día siguiente.
El Duomo y la decisión que dividió al grupo
El viernes 16 de junio fue el día de Florencia, y la primera parada de la mañana no generó ninguna discusión: el Duomo, la Catedral de Santa Maria del Fiore, que domina el centro histórico con una presencia tan rotunda que resulta difícil ignorarla desde cualquier punto de la ciudad. La catedral en sí es un monumento gótico iniciado en 1296, con una fachada de mármol blanco, verde y rosa de finales del siglo XIX que algunos critican por excesivamente decorativa. Pero lo que hace única al Duomo de Florencia no es la catedral sino lo que la corona: la cúpula de Filippo Brunelleschi, la mayor hazaña de ingeniería del Renacimiento y quizá de toda la arquitectura medieval y moderna europea.
Brunelleschi ganó el concurso para construir la cúpula en 1418, cuando el problema llevaba más de un siglo sin solución: la catedral había sido diseñada con un tambor octagonal de 42 metros de diámetro sobre el que debía elevarse una cúpula, pero nadie sabía cómo construirla sin una cimbra —el armazón de madera de apoyo— que habría requerido más madera de la que existía en toda la Toscana. Brunelleschi lo resolvió inventando un sistema de construcción autoportante con dos cáscaras concéntricas unidas por nervios de piedra, que se iba cerrando sobre sí misma a medida que subía sin necesitar apoyo exterior. Tardó dieciséis años en completarla, de 1420 a 1436, y cuando terminó tenía 45 metros de diámetro y 116 metros de altura hasta la linterna. Siguió siendo la cúpula más grande del mundo hasta que Miguel Ángel diseñó la de San Pedro en Roma, y Miguel Ángel tuvo la honestidad de reconocer que la suya era una respuesta directa a la de Brunelleschi.
Fue aquí donde el grupo se dividió. Cuatro decidieron ir a los Uffizi, la galería con la mayor colección de pintura renacentista del mundo. Otros dos —yo incluido— optamos por subir a la cúpula. La arquitectura me llama siempre más que la pintura, y la posibilidad de subir al interior de una de las estructuras más importantes de la historia de la arquitectura era algo que no estaba dispuesto a cambiar por ninguna galería de arte, por magnífica que fuera.
Trepar por el interior de la cúpula
La subida a la cúpula del Duomo de Florencia no es una escalera convencional que sube hasta un mirador. Es algo bastante más peculiar y bastante más físico que eso, y no lo entendí del todo hasta que empecé a subir.
Los 463 peldaños de la escalera transcurren en parte por el interior del muro de la catedral, en parte entre las dos cáscaras de la cúpula —el espacio entre la cáscara interior y la exterior— y en parte sobre la propia cúpula. Y hay un momento, cuando la escalera empieza a seguir la curvatura de la bóveda interior, en que uno es repentinamente muy consciente de lo que está haciendo: está trepando por el interior de una cúpula a decenas de metros de altura, con el suelo de la catedral visible abajo a través de la cáscara interior, y entre uno y ese suelo solo hay una pared de piedra y ladrillo construida hace casi seiscientos años siguiendo técnicas que Brunelleschi se inventó sobre la marcha porque no existían antes de él.
Es una sensación que cuesta describir con precisión. No es exactamente vértigo, aunque el espacio sea estrecho y la inclinación del suelo siga la curvatura de la cúpula. Es más bien una conciencia muy aguda de la escala, de la altura, de la antigüedad de lo que te rodea. Las paredes están tan cerca que se pueden tocar con ambas manos simultáneamente en algunos tramos. La escalera en algunos puntos es tan estrecha que hay que subir de lado. Y todo eso, con la sensación constante de estar dentro de algo que en 1436 fue la mayor proeza de ingeniería que el mundo había visto.
Las vistas desde la terraza exterior, a 91 metros de altura, son las mejores de Florencia: el centro histórico en todas sus capas, el Arno serpenteando hacia el oeste, las colinas de Fiesole al norte, el Palazzo Pitti y los jardines de Boboli al sur. Pero la experiencia que me llevé no eran las vistas sino los diez minutos anteriores, trepando en la penumbra por el interior de la cúpula. No lo habría cambiado por los Uffizi.
Los Uffizi y el David: lo que ellos vieron y lo que vi yo
Los cuatro que fueron a los Uffizi volvieron con la cabeza llena de Botticelli —el Nacimiento de Venus y la Primavera, que cuelgan en la misma sala y que en tamaño natural tienen una presencia muy distinta a cualquier reproducción— y de Leonardo, Rafael y Miguel Ángel. La Galería de los Uffizi es uno de los museos más importantes del mundo: fue el edificio administrativo —los «uffizi», las oficinas— de los Médici en el siglo XVI, y su colección de arte renacentista es el resultado de siglos de mecenazgo de la familia más influyente de la Florencia del Renacimiento. Ver la colección completa requiere más de un día si se quiere hacer con calma; en las horas que tenían, fue una selección de lo más destacado.
Yo fui más tarde a la Galleria dell'Accademia, donde está el David de Miguel Ángel, y la experiencia fue agridulce. La escultura en sí justifica todos los superlativos que se le aplican: tallada entre 1501 y 1504 en un solo bloque de mármol de Carrara de cinco metros y medio de altura que llevaba casi cuarenta años abandonado en el taller de la catedral porque se consideraba demasiado estrecho y difícil de trabajar, el David de Miguel Ángel tiene una escala y una tensión en los músculos y en la expresión que ninguna fotografía transmite del todo. El detalle de las venas de las manos, la concentración en el gesto de la cara, la postura que concentra todo el peso en una pierna mientras la otra está ligeramente flexionada: es una obra que pide tiempo y distancia variable para apreciarse.
El problema fue doble. La entrada me pareció cara para lo que ofrecía el resto del museo —la colección de la Accademia tiene, además del David, una sala con los Prisioneros inacabados de Miguel Ángel, que son piezas de primer orden, y algunos retablos de arte bizantino y primitivo italiano de interés, pero el conjunto no tiene la densidad de los Uffizi ni de la mayoría de los grandes museos europeos. Pagar la entrada del Louvre o del Prado tiene una justificación inmediata en la extensión y la calidad de la colección; pagar la entrada de la Accademia es, en buena medida, pagar para ver el David, y el David solo, por mucho que valga la pena.
Pero lo que más frustró fue la prohibición de fotografiar la escultura. El David lleva en la Accademia desde 1873, cuando fue trasladado desde la Piazza della Signoria para protegerlo de la intemperie. Ciento treinta años en un espacio cubierto, y en 2006 seguía prohibido fotografiarlo. El argumento habitual para estas prohibiciones es la protección de los derechos de imagen de los museos y la venta de reproducciones oficiales, no el daño real de la fotografía sin flash sobre el mármol. Es una política que genera en el visitante exactamente la sensación que debería evitar: la de que el museo lo trata como una fuente de ingresos antes que como alguien interesado genuinamente en la obra. Me da rabia cuando eso ocurre, y en la Accademia ocurría.
El Ponte Vecchio: de día y de noche
El Ponte Vecchio es el puente más antiguo de Florencia —o más exactamente, el que ocupa el lugar del puente más antiguo, porque el original romano fue destruido por una crecida del Arno en 1333 y el que existe hoy data de 1345— y es también el único puente de Florencia que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. En agosto de 1944, cuando las tropas alemanas destruyeron todos los puentes sobre el Arno para dificultar el avance aliado, el Ponte Vecchio fue respetado. La razón exacta nunca ha quedado del todo clara: la versión más romántica atribuye la decisión a Hitler en persona, que conocía el puente y no quiso destruirlo; la versión más prosaica habla de razones logísticas y de que el cónsul alemán en Florencia intercedió activamente para protegerlo.
Lo que hace visualmente singular al Ponte Vecchio es lo que lleva encima: una hilera de tiendas a ambos lados del puente, suspendidas sobre el agua con sus toldos y sus ventanas colgando sobre el Arno. Esta disposición —tiendas sobre un puente— fue habitual en la Edad Media en toda Europa, pero el Ponte Vecchio es uno de los pocos ejemplos que sobrevive. Las tiendas actuales son casi todas joyerías y orfebrerías, lo que no siempre fue así: hasta el siglo XVI el puente estaba ocupado por carniceros y curtidores, que usaban el río para limpiar sus desechos. Fernando I de Médici los expulsó en 1593, considerando que el comercio de carne y cueros era incompatible con el paseo del Corridoio Vasariano —el corredor elevado que conecta el Palazzo Vecchio con el Palazzo Pitti pasando por encima del puente— que usaba la familia Médici para desplazarse sin bajar a la calle.
Lo vimos de día y de noche. De día el puente es fotogénico y lleno de gente, con las joyerías abiertas y los turistas apretados en la calzada central. De noche, con las luces reflejadas en el Arno y el gentío reducido, tiene una atmósfera completamente diferente: más tranquila, más contemplativa, más fácil de entender por qué lleva siglos siendo uno de los lugares más pintados y fotografiados de Italia.
Florencia en un día: lo que queda
El Palazzo Pitti, la Piazza della Repubblica, el Mercato Nuovo con su fontana del Porcellino —cuyo hocico de bronce hay que frotar para garantizar el regreso a Florencia, según la tradición— y el paseo por las orillas del Arno completaron el día. Florencia es de esas ciudades donde cada calle tiene algo que mirar y donde la densidad de arte, arquitectura e historia por metro cuadrado resulta a veces casi excesiva: uno llega a un punto en que la belleza se acumula hasta producir una especie de saturación agradable, la sensación de que la ciudad ha dado más de lo que uno puede procesar en el tiempo disponible.
La cúpula de Brunelleschi, trepada desde dentro, fue el momento de Florencia que me llevo. No lo habría cambiado por nada.

Bolonia: la ciudad que sorprende sin avisar¶
Bolonia no estaba en el centro de ninguna conversación cuando planificamos el viaje. Roma, Florencia, Venecia, Milán: esas eran las ciudades que todo el mundo mencionaba, las que aparecían en las guías con más páginas y más fotografías. Bolonia era una parada de camino, un punto intermedio geográficamente lógico entre Florencia y Venecia que merecía unas horas pero que nadie esperaba que fuera a destacar especialmente.
Bolonia sorprendió. Y la sorpresa, cuando no se espera, tiene un sabor especialmente bueno.
La ciudad de los pórticos
Lo primero que llama la atención al adentrarse en el centro histórico de Bolonia son los pórticos: esas galerías cubiertas formadas por arcos y columnas que bordean las aceras y que convierten casi cualquier paseo por la ciudad en un recorrido a cubierto. Bolonia tiene más de 38 kilómetros de pórticos en su centro histórico, la mayor red de este tipo en el mundo, y en 2021 fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La tradición de los pórticos en Bolonia arranca del siglo XI y tiene un origen muy pragmático: la ciudad albergaba una de las universidades más antiguas del mundo —la Universidad de Bolonia, fundada en 1088 y considerada la primera universidad de Europa occidental— y la llegada masiva de estudiantes de toda Europa generó una necesidad urgente de espacio habitable. La solución fue ampliar las plantas superiores de los edificios sobre la calle, apoyadas en columnas de madera primero y de piedra y ladrillo después, creando esos pasillos cubiertos que en principio eran espacio ganado ilegalmente sobre la vía pública y que con el tiempo se convirtieron en parte integral de la identidad urbana de la ciudad. En Bolonia llueve bastante, y los pórticos son también una respuesta climática: permiten moverse por el centro sin paraguas en cualquier época del año.
El resultado estético es una ciudad que se experimenta de una manera diferente a la mayoría: la alternancia constante entre el espacio abierto de la calzada y el espacio cubierto y rítmico del pórtico le da al paseo una cadencia particular, un dentro-fuera que otras ciudades italianas no tienen.
La Piazza Maggiore y San Petronio: la catedral de dos materiales
El corazón de Bolonia es la Piazza Maggiore, una plaza amplia y regular flanqueada por los edificios más importantes de la ciudad: el Palazzo dei Banchi, el Palazzo del Podestà y el Palazzo Comunale a los lados, y en el extremo oeste la fachada de la Basílica de San Petronio, que fue la primera cosa que dejó sin palabras.
Desde lejos, la fachada de San Petronio tiene algo visualmente desconcertante que cuesta identificar de inmediato. Al acercarse, el motivo se hace evidente: la parte inferior de la fachada —hasta una altura de unos diez metros— está revestida de mármol blanco y rojo de Verona, con relieves escultóricos, pilastras y una portada central de gran riqueza decorativa. La parte superior, en cambio, es ladrillo visto. Ladrillo desnudo, sin revestir, sin decoración, cortado de forma bastante abrupta en el punto exacto donde terminó el dinero y la ambición.
San Petronio fue concebida en 1390 para ser la catedral más grande del mundo, superando incluso a San Pedro de Roma. El proyecto original preveía una planta en cruz latina de dimensiones colosales —si se hubiera completado según los planes iniciales, tendría 183 metros de longitud, superando los 186 metros de San Pedro— y una fachada completamente revestida de mármol. La construcción avanzó durante los siglos XV y XVI con financiación de la ciudad y del papado, pero en 1564 el Papa Pío IV intervino para frenar la ampliación: una iglesia que superara a San Pedro era inaceptable desde Roma. Los fondos se redirigieron a otras obras, la construcción se detuvo y la fachada quedó exactamente como está hoy: terminada en mármol hasta donde llegó el dinero, en ladrillo en el resto.
El efecto es uno de los más honestos que puede producir un edificio: en lugar de ocultar su historia inconclusa detrás de un acabado posterior, San Petronio la lleva escrita en la fachada. La línea entre el mármol y el ladrillo es una fecha, un límite, una historia de ambición, política y financiación que cualquiera puede leer desde la plaza.
El interior, que contrasta con la fachada inacabada por su coherencia gótica, alberga una curiosidad astronómica notable: la meridiana trazada en el suelo por Giovanni Cassini en 1655, una línea de latón de 67 metros incrustada en el pavimento que es el reloj solar más grande del mundo. A mediodía, un rayo de sol que entra por un pequeño agujero en la bóveda a 27 metros de altura incide sobre la línea y marca el punto que corresponde a la estación del año. Era el instrumento más preciso de su época para medir el movimiento del sol y confirmar el modelo heliocéntrico de Copérnico.
Las Torres Inclinadas: Bolonia también se tuerce
Bolonia tiene su propia versión del monumento que se inclina, aunque aquí son dos torres y la inclinación es consecuencia de la competición social medieval antes que de un error de ingeniería. Las Due Torri —la Torre degli Asinelli y la Torre Garisenda— son lo que queda de unas doscientas torres que las familias nobles boloñesas construyeron entre los siglos XI y XIII como demostración de poder y riqueza: cuanto más alta la torre, más importante la familia. Una carrera vertical que convirtió el skyline de Bolonia medieval en algo parecido a una Manhattan de ladrillo.
La Torre degli Asinelli tiene 97 metros y es la más alta de las torres medievales que se conservan en Italia. La Garisenda, a su lado, tiene solo 48 metros —fue recortada en el siglo XIV porque se inclinaba demasiado y se consideró peligrosa— pero su inclinación actual de 3,2 grados la hace visualmente más dramática que la más alta. Dante mencionó la Torre Garisenda en la Divina Comedia, en el canto XXXI del Infierno, como imagen de la enormidad de un gigante inclinándose sobre él.
La Fontana di Nettuno y el Archiginnasio
La Fontana di Nettuno, en la pequeña plaza adyacente a la Piazza Maggiore, es obra de Giambologna y data de 1566. El Neptuno de bronce que la corona —conocido familiarmente por los boloñeses como «il Gigante»— tiene unas proporciones calculadas para corregir el efecto óptico de verlo desde abajo: las piernas son más largas de lo que serían en una figura real, para que desde la plaza parezcan normales. Es el tipo de solución práctica que los escultores del Renacimiento aplicaban con una naturalidad que solo es posible cuando uno domina completamente su oficio.
El Palazzo dell'Archiginnasio, que fue la sede central de la Universidad de Bolonia desde 1563 hasta 1803, alberga en su interior el Teatro Anatómico, una sala de madera del siglo XVII donde se realizaban las disecciones de cadáveres ante los estudiantes de medicina. La sala, circular y con gradas de madera que rodean la mesa de disección central, es una de las más extraordinarias de Europa: sus paredes están cubiertas de estatuas de médicos y anatomistas célebres, y el techo tiene una figura del Hombre desollado —sin piel— que preside el espacio con una mezcla de rigor científico y drama barroco que define bien el espíritu de la medicina universitaria del siglo XVII.
Bolonia en unas horas
El tiempo en Bolonia fue el de una mañana larga: suficiente para la Piazza Maggiore, San Petronio, las Due Torri, la Fontana di Nettuno y el Archiginnasio, y para caminar bajo los pórticos sin ningún destino concreto. No es tiempo suficiente para una ciudad que tiene también una de las mejores tradiciones gastronómicas de Italia —Bolonia es la ciudad de la mortadela, de los tagliatelle al ragù y de la lasaña, y el término «boloñesa» en el resto del mundo no le hace ninguna justicia a lo que se come aquí— pero es suficiente para entender que Bolonia no es una parada de camino sino una ciudad que merece un viaje propio.
La sorpresa de San Petronio con su fachada de dos materiales fue el mejor momento de la mañana. Hay monumentos que explican su historia a quien sabe leer los edificios, y San Petronio lo hace de la forma más directa posible: mostrando exactamente dónde paró la Historia y por qué. No hay que saber nada de arquitectura para entenderlo. Solo hay que mirar la fachada.

Venecia: qué sucia, qué mal huele, qué bonita es¶
del 17 al 19 de junio de 2006
Venecia empieza antes de llegar a Venecia. El monovolumen se queda en un parking enorme en tierra firme, en Mestre, al otro lado del puente que une la laguna con el continente. Desde ese momento el coche deja de existir como medio de transporte: no hay coches en Venecia, no hay motos, no hay bicicletas. Hay agua, hay piedra, hay barcos y hay piernas. El puente peatonal que cruza la laguna —el Ponte della Libertà, inaugurado en 1933— es el umbral entre dos mundos, y cruzarlo a pie con la ciudad apareciendo al fondo sobre el agua tiene algo de ritual involuntario.
El parking, la travesía a pie, el primer contacto con los canales: Venecia te obliga a cambiar de modo antes de entrar. Es su primera condición.
La ciudad que no debería existir
Venecia no debería existir. Eso no es un juicio estético sino una constatación técnica: construir una ciudad sobre 118 islas en medio de una laguna pantanosa, con los cimientos hundidos en el barro sobre millones de pilotes de madera de aliso y roble, sin tierra firme bajo los edificios, es una idea que cualquier ingeniero sensato habría rechazado. Los venecianos la llevaron a cabo igualmente, a lo largo de varios siglos a partir del siglo V d.C., cuando las invasiones bárbaras empujaron a las poblaciones del norte de Italia hacia la laguna en busca de un refugio que los ejércitos terrestres no pudieran alcanzar fácilmente.
Lo que construyeron a lo largo de los siglos siguientes fue una de las potencias comerciales y marítimas más importantes del mundo medieval y renacentista. La República de Venecia —la Serenissima— controló durante siglos el comercio entre Europa y Oriente, monopolizó rutas comerciales, financió flotas, derrotó imperios y acumuló una riqueza que se tradujo en palacios, iglesias y obras de arte de una concentración excepcional. Cuando Napoleón la conquistó en 1797 y puso fin a más de mil años de independencia, Venecia ya llevaba tiempo en declive. Pero su herencia física permanece casi intacta.
La primera impresión: la dicotomía
La primera impresión de Venecia es compleja, y conviene ser honesto sobre ella porque las guías raramente lo son.
Venecia en junio huele. Los canales son un sistema de circulación de agua salada que en verano, con el calor, despiden un olor a sal, algas y humedad que en algunos puntos se intensifica hasta algo más difícil de ignorar. Las calles —los calli— son estrechas, irregulares, frecuentemente húmedas, y en temporada alta están llenas de turistas en ambas direcciones intentando cruzarse en espacios diseñados para mucho menos tráfico. El suelo es adoquín de piedra gastado por siglos de uso, resbaladizo cuando está mojado. Los puentes tienen escalones. El acqua alta, la inundación periódica que en ciertos momentos del año cubre las calles más bajas de la ciudad, deja una pátina de humedad permanente en las fachadas de los palacios del nivel del canal.
Y sin embargo. Sin embargo, Venecia te conquista. La expresión que mejor resume la experiencia es una que une las dos cosas sin resolver la contradicción: qué sucia, qué mal huele, qué bonita es. La dicotomía es real y es constante: estás incómodo y estás fascinado al mismo tiempo, y las dos cosas no se anulan sino que conviven durante toda la visita. No creo que Venecia sea una ciudad objetivamente bonita en el sentido convencional del término. Es incómoda de caminar, está masificada, tiene una relación con el turismo que en algunos puntos roza lo extractivo. Pero la conquista. Y eso es algo que muy pocas ciudades del mundo consiguen.
El vaporetto y la llegada por el Gran Canal
La forma correcta de llegar a Venecia por primera vez, si se puede elegir, es en vaporetto por el Gran Canal. El vaporetto es el autobús acuático de la ciudad, el transporte público que conecta los distintos puntos de Venecia por agua, y la línea 1 recorre el Gran Canal de extremo a extremo haciendo paradas en cada embarcadero. El trayecto dura unos cuarenta minutos y es, kilómetro a kilómetro, uno de los recorridos más extraordinarios que se pueden hacer en Europa.
El Gran Canal es el eje principal de Venecia: una S de agua de casi cuatro kilómetros que divide la ciudad en dos mitades y que está flanqueado en toda su longitud por palacios medievales y renacentistas cuyas fachadas dan directamente al agua. El Palazzo Ca' d'Oro, el Palazzo Grimani, el Palazzo Corner della Ca' Granda, el Palazzo Venier dei Leoni —hoy Museo Peggy Guggenheim—, el Palazzo Dario con su fachada asimétrica y su fama de edificio maldito: uno detrás de otro, sin interrupciones, durante cuarenta minutos. En el punto central del canal está el Ponte di Rialto, el puente más antiguo y más fotografiado de Venecia, cuya forma de arco único con tiendas a ambos lados es tan reconocible como la Torre Inclinada de Pisa.
La Piazza San Marco y el Campanile
La Piazza San Marco es el único espacio de Venecia que Napoleón, con su afición a los superlativos, llamó «el salón más elegante de Europa». Es una plaza en forma de L irregular —en realidad una piazza y una piazzetta unidas— rodeada por las arcadas de las Procuraturas, la Basilica di San Marco cerrando el fondo con sus cúpulas doradas y su fachada de mosaicos bizantinos, y el Palazzo Ducale —el Palacio Ducal— a un lado, con esa fachada de piedra rosa y blanca en patrón de diamante que es uno de los ejemplos más reconocibles del gótico veneciano.
En el centro de la plaza, el Campanile —la torre de 99 metros que desde el siglo IX ha marcado el tiempo y el horizonte de Venecia— es el punto más alto de la ciudad y, desde su terraza, el mirador con las mejores vistas. Subimos tres del grupo: el ascensor lleva hasta la terraza en pocos segundos, y lo que se ve desde arriba es Venecia como solo se puede ver desde ahí: el laberinto de tejados de terracota entrelazados por los canales, la laguna extendiéndose en todas direcciones, el Lido al este, los Alpes al norte en un día claro, y la basilica a los pies con sus cúpulas vistas desde arriba, lo que revela que son media esferas de plomo verde que desde la calle no se ven así.
El Campanile que existe hoy no es el original: en julio de 1902, a las 9:52 de la mañana, la torre medieval se derrumbó sobre sí misma en cuestión de segundos, por fortuna sin víctimas mortales aunque sí con la destrucción parcial de la Loggetta del Sansovino que estaba a su base. Los venecianos decidieron reconstruirlo exactamente igual, y en 1912 el nuevo Campanile quedó listo. Com'era, dov'era —como era, donde era— fue el lema de la reconstrucción, una frase que define bien la relación de Venecia con su propia historia.
La góndola: los seis en el canal
El paseo en góndola fue una de las pocas actividades del viaje que hicimos los seis juntos sin discusión, lo que en sí mismo dice algo. Nadie argumentó en contra de subirse a una góndola en Venecia: hay cosas que uno hace porque sería absurdo no hacerlas, y una góndola en Venecia es una de ellas.
La góndola es la embarcación más icónica de Venecia y una de las más antiguas: su diseño actual se estabilizó en el siglo XVIII y lleva sin cambiar significativamente desde entonces. Tiene una asimetría deliberada —el lado izquierdo es más ancho que el derecho— que compensa la fuerza ejercida por el gondoliere con su remo en el lado derecho y permite que la embarcación vaya recta. Hay alrededor de cuatrocientas góndolas en Venecia hoy, frente a las diez mil que circulaban en el siglo XVIII cuando era el principal medio de transporte de la ciudad. El precio no es barato —nunca lo ha sido— pero en un grupo de seis se reparte bien.
Lo que ofrece la góndola es una perspectiva de Venecia que no se consigue de otra manera: los canales secundarios, los rii, que conectan los barrios interiores y que el vaporetto no puede recorrer por su tamaño. Desde una góndola se ven las fachadas traseras de los palacios, los puentes bajos bajo los que hay que agachar la cabeza, los gatos dormidos en los umbrales, la ropa tendida sobre los canales. La Venecia de los venecianos, la que existe detrás de la postal.
La Fenice: donde la ópera volvió de las cenizas
El Teatro La Fenice —el Fénix— lleva en su nombre su propia historia. Inaugurado en 1792, fue destruido por incendios en 1836 y de nuevo en 1996, y en ambas ocasiones fue reconstruido. El incendio de 1996 fue uno de los más graves de la historia cultural italiana: el teatro ardió durante horas mientras los bomberos no podían acceder porque los canales del entorno estaban en obras y sin agua suficiente. Dos electricistas fueron condenados por haber iniciado el fuego deliberadamente para evitar una multa por retrasos en las obras que estaban realizando. La reconstrucción tardó hasta 2003 y costó más de 90 millones de euros, con el mismo criterio que el Campanile: com'era, dov'era.
La Fenice es uno de los teatros de ópera más importantes del mundo y el lugar donde se estrenaron algunas de las óperas más influyentes del siglo XIX: Ernani y Rigoletto de Verdi, La Traviata, Simon Boccanegra. En junio de 2006 el teatro llevaba apenas tres años reabierto después del incendio, y verlo desde el exterior —o asomarse al interior si la agenda lo permitía— era ver una de las reconstrucciones más ambiciosas del patrimonio cultural europeo reciente.
Venecia, con todas sus contradicciones
Venecia es la ciudad más visitada de Italia en proporción a su tamaño, y las consecuencias de ese turismo masivo son visibles: la ciudad tiene hoy menos de cincuenta mil habitantes permanentes —frente a los ciento setenta mil de mediados del siglo XX— porque vivir en Venecia es caro, incómodo y cada vez menos compatible con el turismo que ocupa el espacio. Los apartamentos se convierten en alojamientos turísticos, los comercios de barrio cierran y abren tiendas de souvenirs, y los venecianos de toda la vida emigran al continente.
Todo eso es real y es un problema serio. Y aun así, Venecia conquista. La dicotomía no se resuelve: convive. Es la ciudad más incómoda y más fascinante que he visitado, en la misma proporción y al mismo tiempo. Qué sucia. Qué mal huele. Qué bonita es.

Milán: más europea que italiana, y una terraza que lo cambia todo¶
del 19 al 21 de junio de 2006
Milán fue el final del viaje y también, en cierto modo, el contraste más radical. Después de Roma, Siena, Pisa, Florencia, Bolonia y Venecia —seis ciudades previas que en distintas proporciones comparten esa identidad italiana tan reconocible: el caos amable, el baroque omnipresente, el tiempo que funciona de otra manera, la vida volcada hacia la calle— Milán llegó como una ciudad que había decidido ser otra cosa.
No es solo la arquitectura, aunque la arquitectura también cambia. Es la gente, el ritmo, el ambiente. Milán se parece más a Fráncfort, a Zúrich, a Lyon, que a Roma o Nápoles. Hay algo más noreuropeo en la forma en que la ciudad funciona: más puntualidad, más eficiencia, menos improvisación visible. Los milaneses caminan con prisa y con propósito. La ciudad trabaja con una seriedad que el resto de Italia no siempre tiene. Es capital económica, capital de la moda, capital del diseño, y se comporta en consecuencia.
Eso no es necesariamente un elogio ni una crítica. Es simplemente un carácter distinto que sorprende cuando llega al final de una ruta que había sido tan inequívocamente italiana en todo lo anterior.
El Duomo: la catedral que se construyó durante cinco siglos
El Duomo de Milán es la tercera iglesia más grande del mundo en volumen —después de la Basílica de San Pedro en Roma y la Catedral de Sevilla— y es el edificio gótico más grande de Italia. Su construcción empezó en 1386 por orden del primer duque de Milán, Gian Galeazzo Visconti, y no se consideró oficialmente terminada hasta 1965. Casi seis siglos de obras, con todo lo que eso implica en términos de estilos superpuestos, arquitectos sucesivos y decisiones tomadas en épocas muy distintas.
El resultado exterior es una acumulación de mármol blanco de Candoglia —una variedad extraída de las canteras del Lago Maggiore que el Duomo lleva usando desde el siglo XIV— con 135 agujas, 3.400 estatuas en el exterior y 700 figuras en el interior, y una densidad decorativa que desde la distancia parece casi imposible de procesar. Cada contrafuerte remata en un pináculo, cada pináculo tiene una estatua, cada superficie plana tiene un relieve: el Duomo de Milán es un ejercicio de saturación ornamental que en el gótico nórdico habría resultado excesivo pero que en el contexto italiano, donde el mármol blanco suaviza visualmente la acumulación de detalles, funciona con una coherencia sorprendente.
El interior es diferente en espíritu: más oscuro, más solemne, con cinco naves separadas por 52 columnas de 24 metros de altura coronadas por capiteles con nichos y figuras, y una luz filtrada por las vidrieras que en un día soleado crea una atmósfera entre mística y cinematográfica. La nave central tiene 157 metros de longitud. Caminar desde la entrada hasta el altar mayor es un trayecto que impone por su escala antes de que uno haya procesado ningún detalle concreto.
La terraza: entre las gárgolas a 70 metros de altura
Pero lo mejor del Duomo de Milán no está dentro. Está arriba.
La terraza del Duomo es accesible por escalera o por ascensor —en 2006 el ascensor ya existía, aunque la opción de subir a pie por las escaleras interiores tiene su propio atractivo— y lleva a la cubierta de la catedral, a unos 70 metros de altura, donde las agujas y las gárgolas que desde la plaza son detalles diminutos se convierten de repente en compañía inmediata.
Pasear por la terraza del Duomo de Milán es una experiencia que no tiene equivalente fácil. El suelo es el tejado de la catedral, con sus losas de mármol ligeramente inclinadas hacia los canales de desagüe. A los lados, los pináculos y las agujas se elevan todavía más, con sus estatuas de santos y sus gárgolas en los ángulos. Las gárgolas —esas figuras monstruosas de piedra que en la Edad Media servían tanto para canalizar el agua de lluvia como para representar las fuerzas del mal mantenidas a raya por la iglesia— están aquí al alcance de la mano, a la misma altura, con una expresión entre amenazante y grotesca que desde la calle no se puede apreciar.
Fue el momento más mágico del viaje. Sin discusión. No la Fontana di Trevi de noche, no la cúpula de Brunelleschi por dentro, no la primera vez que vi el Coliseo: la terraza del Duomo de Milán, paseando entre las gárgolas con Milán extendiéndose a los pies en todas direcciones. Hay monumentos que desde fuera son imponentes y desde dentro son decepcionantes, y hay monumentos que reservan su mejor argumento para quien se toma la molestia de subir. El Duomo de Milán es de los segundos. La terraza es esa parte del edificio que los arquitectos góticos diseñaron para los ojos de Dios, no para los de los fieles, y subir hasta allí tiene algo de acceso a una perspectiva que no estaba prevista para el visitante corriente.
La Galleria Vittorio Emanuele II: el salón de Milán
A pocos metros del Duomo, conectando la Piazza del Duomo con la Piazza della Scala, está la Galleria Vittorio Emanuele II, la galería comercial cubierta inaugurada en 1877 que es el equivalente milanés de las Galerías Saint-Hubert de Bruselas, aunque en una escala y con una ostentación considerablemente mayores.
La Galleria tiene planta en forma de cruz, con dos naves que se intersectan bajo una cúpula octogonal de hierro y cristal de 47 metros de altura. Las fachadas interiores son de cuatro pisos con arcadas en los niveles inferiores donde se instalan las tiendas y los cafés, y la decoración mezcla el hierro de la estructura con mosaicos, frescos y estucos en una combinación que define bien el eclecticismo ambicioso de la segunda mitad del siglo XIX.
En el pavimento del crucero central hay un mosaico con el escudo de Saboya —el toro— y existe la tradición de girar sobre el talón derecho colocado sobre los genitales del animal para traer buena suerte. La tradición ha desgastado el mosaico hasta crear una pequeña depresión, y hay siempre alguien ejecutando el giro con distintos grados de solemnidad. Milán convierte sus supersticiones en atracción turística con la misma eficiencia con que gestiona todo lo demás.
Las tiendas de la Galleria son hoy en su mayoría marcas de lujo internacional —Prada tiene aquí su tienda histórica, Louis Vuitton, Gucci— y los cafés del interior cobran precios que reflejan el espacio tanto como el café. Pero el edificio en sí, independientemente de lo que se venda dentro, es uno de los espacios cubiertos más hermosos de Europa.
La Scala, el Castello y Sant'Ambrogio
El Teatro alla Scala tiene una fachada exterior sorprendentemente discreta para ser uno de los teatros de ópera más famosos del mundo: un edificio neoclásico de 1778 que desde la Piazza della Scala no anuncia de ninguna manera particular lo que ocurre dentro. La fama de La Scala se ha construido sobre los escenarios y las butacas, no sobre la arquitectura exterior. Es el teatro donde debutaron Verdi, Bellini y Donizetti, donde Arturo Toscanini dirigió durante décadas, donde María Callas tuvo algunas de sus actuaciones más legendarias.
El Castello Sforzesco, al norte del centro, es la fortaleza que los duques Sforza construyeron en el siglo XV sobre los restos de un castillo Visconti anterior. Su aspecto actual, con las torres cilíndricas y el foso —hoy seco y convertido en paseo—, es el resultado de una restauración de finales del siglo XIX que recuperó en parte el aspecto medieval que las sucesivas ocupaciones francesas y austriacas habían alterado. Dentro alberga varios museos, incluyendo la Pietà Rondanini, la última escultura de Miguel Ángel, en la que trabajó hasta pocos días antes de su muerte en 1564 y que tiene una gestualidad y una abstracción que anticipan siglos de escultura moderna.
La Basílica de Sant'Ambrogio es la más antigua de Milán y una de las más importantes del arte románico en Italia: fue fundada en el siglo IV por el obispo Ambrosio —el santo patrón de la ciudad— y la estructura que existe hoy, con sus dos campanarios de alturas distintas y su atrio porticado, data principalmente de los siglos XI y XII. Tiene la solemnidad sobria que el románico reserva para sus mejores ejemplos, muy alejada de la exuberancia gótica del Duomo a apenas un kilómetro de distancia.
El final del viaje
Milán fue el cierre, y como cierre funcionó bien. Una ciudad diferente a todo lo anterior, más fría en su temperatura emocional aunque no en su oferta cultural, que puso en perspectiva la ruta completa al ofrecer un contraste claro con todo lo que habíamos visto desde Roma.
El día 20, temprano por la mañana, salimos en el monovolumen hacia el aeropuerto. Milán tiene dos aeropuertos —el de Malpensa, al noroeste, y el de Linate, más cerca del centro— y el hotel nos indicó cómo llegar al que no era el nuestro. Lo que siguió fue un episodio de navegación caótica por el tráfico milanés de primera hora de la mañana, buscando un aeropuerto que no era el destino, intentando redirigir sin GPS —el GPS para el coche era algo que en ese momento muchos todavía no teníamos, aunque el incidente de ese día acabó de convencerme de que era una compra necesaria— hasta encontrar finalmente Malpensa con el tiempo justo pero suficiente.
El vuelo despegó. Nueve días, siete ciudades, un monovolumen y seis amigos. Italia había dado exactamente lo que prometía y bastante más de lo que esperábamos.

Conclusiones: nueve días, siete ciudades y lo que Italia deja¶
Reflexiones finales del viaje
Cuando el avión de vuelta aterrizó en Bilbao, el balance era sencillo: había sido un gran viaje. No un viaje perfecto —los viajes perfectos no existen, y si existieran serían probablemente menos interesantes que los imperfectos— pero sí uno de esos que dejan una marca duradera y que con el tiempo se asienta en la memoria como algo que valió la pena sin reservas.
Lo que sigue es el balance honesto, sin la distorsión que a veces aplica la nostalgia.
El monovolumen: la mejor decisión del viaje
Alquilar un monovolumen de siete plazas para seis personas fue, sin duda, la mejor decisión logística del viaje. La libertad de moverse con el horario propio, de parar donde el grupo decidía, de no depender de conexiones de tren ni de horarios de autobús, justificó cualquier inconveniente que pudiera tener conducir un vehículo más grande de lo habitual. Los costes de gasolina y peajes divididos entre seis resultaron asumibles, el espacio interior fue suficiente para seis adultos con equipaje, y la sensación de ir juntos —todos en el mismo vehículo, con la misma vista por la ventanilla— tiene un valor añadido que el transporte público no puede dar.
Los inconvenientes también existieron. El tráfico de Roma a la salida, con las vespas adelantando por cualquier resquicio y los semáforos con cinco coches en tres carriles, fue la prueba de conducción más estresante que recuerdo. El episodio del aeropuerto de Milán —las instrucciones erróneas del hotel, la búsqueda del Malpensa en el tráfico de la mañana sin GPS, el tiempo justo para embarcar— fue el momento de mayor tensión del viaje entero. Y la decisión de en ese viaje comprarme un GPS para el coche quedó tomada antes de que el avión despegara.
Pero todo eso es anécdota. El monovolumen funcionó.
Viajar en grupo: lo que nadie dice
Éramos seis amigos con años de excursiones compartidas, y el viaje funcionó. No hubo peleas, no hubo malos momentos, nadie se fue disgustado. Eso es lo que importa y eso es lo que se puede decir sin matices.
Los matices, sin embargo, existen. Viajar en grupo implica una aritmética del consenso que reduce el margen de decisión individual en cada encrucijada. La Roma que habría visto en solitario habría sido diferente —probablemente habría dedicado cuatro días en lugar de dos— porque cinco de mis compañeros ya la conocían y tenían otros destinos en mente. En Florencia, el grupo se dividió en la única decisión realmente importante del día: cuatro a los Uffizi, dos a la cúpula del Duomo. No fue un conflicto, fue una solución práctica. Pero es el tipo de solución que en un viaje individual no hace falta encontrar.
Lo más revelador es algo que nunca se dijo en voz alta: aunque el viaje fue bueno, no hubo una segunda propuesta de repetir la experiencia a esa escala. Las excursiones de un día en coche, las escapadas de fin de semana: esas sí continuaron. Pero el viaje largo en grupo, con avión y monovolumen y una semana fuera, quedó en uno. Nadie lo verbalizó. No hizo falta.
Ciudad por ciudad: el balance
Roma se quedó corta, sin ninguna duda. Dos días en la ciudad con más historia por metro cuadrado del mundo occidental son suficientes para un primer impacto poderoso y completamente insuficientes para algo más. Los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina quedaron fuera por las colas. Las catacumbas, la Galleria Borghese, el Aventino, el Trastevere con más calma: todo eso existe y espera. Roma requiere al menos cuatro o cinco días para una primera visita que no deje la sensación de haber visto solo el índice de un libro muy largo. Es la ciudad pendiente por excelencia.
Siena y Pisa fueron lo que fueron: paradas de pocas horas que dieron para una primera impresión genuina pero no para mucho más. Siena en especial merece una visita propia, con una noche incluida, para ver la ciudad cuando los grupos de turistas se marchan y Il Campo recupera su escala humana. Pisa sorprende más de lo que la fama de la Torre hace esperar, principalmente por el conjunto de la Piazza dei Miracoli que ninguna postal transmite bien.
Florencia es, si hubiera que elegir una sola ciudad para recomendar a alguien que no ha estado nunca en Italia, la más equilibrada. Historia, monumentos, escala peatonal, belleza: todo en proporciones que no abruman ni decepcionan. El Duomo con su cúpula de Brunelleschi es una experiencia que supera las expectativas desde dentro; la Piazza della Signoria, el Ponte Vecchio y las orillas del Arno componen una ciudad que funciona como conjunto coherente más que como suma de monumentos aislados. Los Uffizi quedan para quien vuelva con más tiempo y más disposición para los museos. La cúpula, para quien tenga claro que la arquitectura puede ser tan emocionante como cualquier pintura.
Bolonia fue la sorpresa del viaje. Sin expectativas previas y con pocas horas, dejó una impresión desproporcionada: la Piazza Maggiore, San Petronio con su fachada de dos materiales que cuenta su propia historia sin necesidad de explicaciones, las Due Torri, los pórticos. Es una ciudad que justificaría un viaje propio y que en cambio aparece habitualmente como parada secundaria en las rutas italianas. Quien se la salte se pierde algo.
Venecia es la ciudad más difícil de valorar. La experiencia es irrepetible: no hay nada en el mundo que se le parezca, y eso en sí mismo es un argumento de peso. Pero una vez satisfecha la curiosidad de conocerla, de haber navegado por el Gran Canal en vaporetto, de haber paseado en góndola por los canales interiores, de haber subido al Campanile y visto la ciudad desde arriba: no es una ciudad a la que apetezca especialmente volver. La incomodidad es real, el turismo masivo pesa, y la sensación de que Venecia existe principalmente para ser visitada —antes que para ser vivida— se instala pronto. Verla una vez es imprescindible. Repetir, opcional.
Milán cerró el viaje como cierre lógico de una ruta norte-sur invertida: la ciudad más europea del itinerario, la más alejada del estereotipo italiano, la que pone en perspectiva todo lo anterior precisamente porque contrasta con ello. La terraza del Duomo entre las gárgolas fue el momento más inesperado y más memorable del viaje entero, el tipo de experiencia que no se planifica del todo pero que cuando ocurre define el recuerdo de un viaje. Milán merece más tiempo del que le dimos, especialmente para quien tenga interés en el diseño, la moda o el arte contemporáneo.
Lo que Italia deja
Italia es un destino que agota los superlativos antes de que uno haya terminado de usarlos, y eso puede ser un problema: cuando todo es extraordinario, nada lo es. Pero hay algo en Italia que va más allá de la acumulación de monumentos y obras de arte: es la sensación de estar en el lugar donde ocurrieron las cosas que definen la civilización occidental tal como la conocemos. El Imperio Romano, el Renacimiento, la Iglesia Católica, la ópera, el humanismo, la perspectiva en pintura, la cúpula como solución arquitectónica: todo eso pasó aquí, en estas calles y en estos edificios que todavía existen y que todavía se pueden tocar.
Viajar por Italia es, en cierta forma, leer la historia de Europa en sus fuentes primarias. Y eso, independientemente de con quién se viaje y de cuánto tiempo se tenga, es algo que merece el esfuerzo.

















