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Menorca, la reserva de la biosfera
Segunda incursión balear completando el archipiélago con las dos islas mayores, siete días en Menorca durante la segunda semana de junio de 2010 con Punta Prima como base del sureste insular.
Siete días en Menorca: completando el tour balear con base en Punta Prima¶
Junio 2010
Siete días en Menorca en la segunda semana de junio de 2010, un año después de nuestra primera incursión mediterránea con Mallorca. La menor de las dos islas grandes del archipiélago, declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993 y mantenida por esa protección al margen del desarrollo turístico más intenso de las últimas décadas, prometía una experiencia muy distinta a la mallorquina: menos urbana, menos monumental, más natural, más pausada. La semana confirmó esas expectativas con algunas variaciones, unas más agradables que otras.
Por qué Menorca
Después de cuatro viajes canarios consecutivos —Fuerteventura en 2003, Gran Canaria en 2005, Lanzarote en 2007 y Tenerife en 2008— y de la primera aproximación balear del verano anterior, la elección respondía a tres lógicas. La geográfica: cerrar las dos islas mayores del archipiélago antes de pasar a Eivissa. La de contraste: tras la intensidad cultural y paisajística de Mallorca, apetecía una isla más contenida y naturalista. Y la práctica: hay vuelo directo razonable desde Bilbao en temporada media y la oferta de paquete con media pensión y coche encaja bien con sus dimensiones.
Menorca son setecientos kilómetros cuadrados, una quinta parte de Mallorca, con cincuenta kilómetros escasos de punta a punta. Esa escala permite abarcar la isla entera desde cualquier base sin las distancias ni los tramos de montaña que nos obligaron a planificar con cuidado cada jornada mallorquina. Sobre el papel, una isla perfecta para un ritmo pausado.
La condición de Reserva de la Biosfera ha modelado el desarrollo turístico de forma muy particular: la urbanización masiva que transformó el litoral mallorquín desde los sesenta se contuvo aquí con bastante eficacia, y el resultado tiene su cara y su cruz. A favor, calas sin construcciones, paisaje agrícola preservado y una red de senderos públicos como el Camí de Cavalls. En contra, infraestructura de ocio más modesta y menos oferta gastronómica y cultural que en Mallorca. Las dos cosas forman parte del carácter del destino.
Punta Prima como base
Elegimos Punta Prima, en el extremo sureste, por varios motivos: quince kilómetros escasos hasta el aeropuerto frente a los cuarenta o más desde el oeste o el norte, acceso directo a una playa cómoda, Mahón a diez kilómetros y Es Castell a menos, y un ambiente más tranquilo que el de Cala'n Bosch o Cala Galdana. El hotel, un cuatro estrellas del segmento vacacional mediterráneo, ofrecía lo previsible: piscinas, jardines, buffet correcto y unos minutos andando hasta la playa.
Desde allí se llega en menos de una hora a cualquier punto de la isla, lo que facilita un modelo de excursiones radiales con vuelta al hotel cada noche. A Ciutadella, en el extremo occidental, son cuarenta y cinco kilómetros por la Me-1, la carretera que recorre la isla a lo largo pasando por Alaior, Es Mercadal y Ferreries. A las calas del sur, entre quince y treinta minutos. Al norte agreste, con Fornells y el Cap de Favàritx como referencias, algo menos de una hora.
La fórmula paquete más coche, sexta temporada
Sexta experiencia consecutiva con la combinación de paquete vacacional y coche de alquiler, iniciada en Fuerteventura en 2003 y aplicada después en Gran Canaria, Lanzarote, Tenerife y Mallorca. Sigue dando los mismos resultados: precio ajustado, media pensión que simplifica la planificación diaria y autonomía total para explorar. El utilitario contratado en el aeropuerto de Mahón cumplió sin complicaciones.
Conducir por Menorca resulta bastante más fácil que por la Serra de Tramuntana el año pasado. La red viaria es sencilla y está bien mantenida, con la Me-1 como arteria central y secundarias derivando hacia las dos costas; ninguna ruta exige la atención técnica de Sa Calobra o Formentor. A cambio, hay que asumir que los accesos a las calas más codiciadas del sur terminan en pistas de tierra, y que los últimos tramos suelen hacerse a pie.

Día 1 en Menorca: llegada a Punta Prima y primer paseo hasta Es Castell¶
El vuelo desde Loiu salió puntual y aterrizamos a primera hora de la tarde. La terminal, modesta comparada con la de Palma que usamos el año pasado, procesa el tráfico de temporada media sin las aglomeraciones que complican la llegada a otros destinos insulares: en veinticinco minutos habíamos recogido maletas, cerrado el trámite del coche y estábamos en la carretera.
El trayecto hasta la base atraviesa el interior agrícola del sureste y da la primera pista del carácter menorquín: campos abiertos con muros de piedra seca delimitando parcelas —la paret seca, construcción tradicional que ha modelado el paisaje durante siglos—, casas rurales con tejado de teja, molinos dispersos y algún rebaño de vacas lecheras que recuerda enseguida cuál es la gran producción local. Frente a la densidad arbolada de la Tramuntana, aquí el paisaje es más abierto, más agrícola y con mucho menos peso de la montaña.
Punta Prima y una clientela muy concreta
Punta Prima ocupa el extremo sureste, con una playa pequeña protegida por dos promontorios rocosos y con la silueta inconfundible de l'Illa de l'Aire al sur, el islote coronado por el faro más alto de Baleares que se ha convertido en el icono visual de la zona. La urbanización, levantada en los sesenta y setenta, tiene el perfil clásico del modelo: edificios bajos alrededor de la playa, avenidas anchas con palmeras y buganvillas, comercio básico concentrado y ambiente tranquilo incluso en temporada.

La composición de la clientela llamó la atención desde el primer momento: presencia abrumadora de turistas italianos, algún contingente francés, unos pocos centroeuropeos y muy pocos españoles. Ya lo habíamos detectado en Mallorca, pero más diluido; aquí se revelaba con fuerza. Durante la semana confirmaríamos que el turismo italiano es dominante en toda la isla, lo que modula bastantes aspectos cotidianos: cartas adaptadas, horarios de cena más tardíos de lo habitual en España y el italiano como lengua de trabajo en buena parte de la hostelería.
Salimos a estrenar la playa: doscientos metros de arena blanca con aguas turquesas y el fondo arenoso característico del sureste, casi vacía a esa hora con los últimos bañistas recogiendo. La estampa con l'Illa de l'Aire de telón, con su faro blanco y sus paredes cayendo verticales al mar, es de las que separan una playa funcional de una que se queda en la memoria.
Es Castell y cena en Cales Fonts
Con dos horas de luz por delante y sin ganas de volver al hotel, extendimos el paseo hasta Es Castell, nueve kilómetros al norte, a la entrada del puerto de Mahón. Son quince minutos por una secundaria que bordea la costa pasando por Sol del Este, S'Algar y Cala d'Alcaufar.
Es Castell —antes Georgetown, en honor a Jorge III— es uno de los pueblos con más carácter de Menorca. Lo fundaron los británicos en 1771, durante la segunda dominación inglesa, como núcleo militar junto a la fortaleza de Sant Felip, y conserva la cuadrícula geométrica típica de las fundaciones coloniales alrededor de la Plaça s'Esplanada, que mantiene todavía el aire de plaza de armas del siglo XVIII, con sus edificios oficiales y sus bancos bajo los árboles.
Desde allí bajamos hacia Cales Fonts, una de las dos pequeñas calas-puerto del pueblo y la zona más agradable con diferencia: casas de pescadores coloreadas, barcas tradicionales amarradas en agua quieta y una sucesión de terrazas bordeando todo el perímetro. Era exactamente el sitio donde apetecía cenar la primera noche. Elegimos uno de los restaurantes del lado norte, con mesas sobre el agua, y cenamos con luz dorada, murmullo de mesas vecinas y los barcos balanceándose. Correcto, sin pretensiones y a precio razonable para la ubicación.

Día 2 en Menorca: Mahón, puerto natural y Fortaleza de La Mola¶
Mahón es capital insular desde 1722, cuando los británicos trasladaron el centro administrativo desde Ciutadella, y es la puerta urbana de la isla. Le dedicamos la jornada entera, con atención especial a su puerto natural —uno de los más largos y protegidos del Mediterráneo— y a la Fortaleza de Isabel II, popularmente La Mola, la gran obra de ingeniería militar decimonónica que controla la bocana desde el extremo oriental.
Son diez kilómetros desde Punta Prima, quince minutos por secundarias entre campos delimitados por piedra seca y algún molino asomando en la distancia. La llegada se hace por las avenidas de la zona de expansión, que desembocan en el centro histórico elevado sobre el acantilado del puerto. Aparcamos junto a la Plaça de s'Esplanada y empezamos a pie desde allí.
El puerto natural
Es el gran hito geográfico de la isla y uno de los puertos naturales más notables del Mediterráneo: un entrante marino de algo más de seis kilómetros de longitud, entre cuatrocientos y novecientos metros de anchura y con profundidades de hasta treinta metros, formado durante las últimas glaciaciones por la inundación de un valle fluvial al subir el nivel del mar. Esa configuración lo convirtió desde la antigüedad en uno de los fondeaderos más seguros del Mediterráneo occidental, y por tanto en objetivo de todas las potencias navales que quisieron controlar el paso entre oriente y occidente: romanos, bizantinos, musulmanes, aragoneses, británicos, franceses y finalmente la Marina española.

La mejor manera de entenderlo es desde el agua. Tomamos una de las excursiones en barco que salen de los amarres del centro, una hora de recorrido hasta la bocana con audioguía en varios idiomas y una versión española razonablemente documentada. Desde tierra no se percibe la escala; desde el barco sí. Pasamos junto a la Illa del Rei, con las ruinas del hospital militar inglés del siglo XVIII que estos años se está recuperando con fondos locales y fundaciones privadas —el proyecto, en marcha durante nuestra visita, aspira a convertir la isla en centro cultural—, cruzamos el estrechamiento central con el perfil de La Mola apareciendo al fondo y volvimos bordeando la bocana.
El centro histórico y la herencia británica
El casco es contenido, treinta mil habitantes escasos, y se recorre a pie sin esfuerzo. Se articula en torno a tres hitos: la Plaça de l'Esplanada como centro cívico moderno, la Plaça de la Constitució con el ayuntamiento como núcleo institucional y la Plaça Bastió, junto a los restos de muralla, como conexión con el barrio comercial.

La arquitectura doméstica conserva rasgos británicos muy identificables, herencia de los setenta y pico años de dominación inglesa del siglo XVIII: ventanas de guillotina, patios interiores con escaleras elegantes, fachadas con listeles y portadas con pórtico clásico. Son Georgian townhouses trasladadas al Mediterráneo, y en algunas calles —la calle Nou, Ses Moreres, des Pont de Castell— el ambiente se mantiene con bastante coherencia, aunque conviviendo con capas posteriores castellanas, modernistas y modernas.
La iglesia de Santa María merece la parada por su órgano, construido en Suiza en 1810 y considerado uno de los mejores del Mediterráneo. En verano programan conciertos diarios, normalmente a las once de la mañana; coincidimos con el turno del día y entramos a escuchar media hora de piezas breves interpretadas por un organista local. Una de esas cosas que no figuraban en la planificación y acaban siendo de lo mejor de la jornada. Comimos cerca del mercado del Claustre del Carme, antiguo convento carmelita reconvertido en mercado municipal y espacio cultural: ensalada con queso Mahón y sobrasada, caldereta de sepia y pescado del día, con vino local y ambiente predominantemente vecinal.
La Fortaleza de Isabel II
La tarde entera fue para La Mola. Se construyó entre 1850 y 1875 como respuesta al temor español a una nueva invasión británica, porque pese a la recuperación definitiva de la isla en 1802 Menorca seguía siendo objetivo estratégico de la Royal Navy. El proyecto convirtió toda la península oriental del puerto en un complejo amurallado con baterías, cuarteles, polvorines, hospitales, cuerpos de guardia y una red de galerías subterráneas cuya escala todavía impresiona.

Se accede por carretera desde Mahón, siete kilómetros hasta la entrada, y hace falta vehículo propio porque el recinto es demasiado grande para cubrirlo a pie de una vez. Dedicamos casi tres horas a las zonas habilitadas. Lo más espectacular: la batería costera con cañones Ordóñez de finales del XIX, de los más potentes que se fabricaron nunca en España; las galerías subterráneas excavadas en la roca caliza, con una temperatura constante que se agradece frente al calor de fuera; los cuerpos de guardia con reconstrucciones parciales de mobiliario y uniformes; y sobre todo las panorámicas desde las posiciones elevadas, que abarcan el puerto entero hacia el oeste y el mar abierto hacia el este. Funciona para quien tenga sensibilidad por la ingeniería militar decimonónica, pero también para quien solo quiera paisaje y espacios históricos bien conservados.
De camino al hotel repetimos Cales Fonts, esta vez en otro de los restaurantes y con una cena de tapas más ligera, con el puerto iluminado y con el recuerdo del recorrido en barco de la mañana como contexto de todo lo que habíamos ido asimilando sobre Mahón.

Día 3 en Menorca: Cala Galdana, Playa de Son Bou y Torre d'en Galmés¶
El tramo central del litoral sur concentra algunas de las playas más conocidas de la isla y parte de su patrimonio prehistórico más relevante, así que la jornada combinaba playa y arqueología: Cala Galdana por la mañana, Torre d'en Galmés a mediodía y Son Bou al atardecer.
Salimos temprano, porque las playas del sur se llenan rápido incluso en temporada media y conviene llegar con margen para el aparcamiento. Treinta y cinco kilómetros por la Me-1 hasta Ferreries y luego por la Me-22 bajando a la cala, poco más de media hora. El trayecto atraviesa el interior central: campos abiertos, vacas pastando —Menorca es gran productora de leche y derivados, con el queso Mahón como estrella de la denominación de origen—, molinos aislados y núcleos rurales dispersos. A partir de Ferreries la carretera desciende entre encinas y pinos carrascos, con la vegetación cerrándose a medida que se acerca al litoral.
Cala Galdana y Cala Mitjana
Cala Galdana es de las calas más conocidas y también de las más desarrolladas del sur. La playa, quinientos metros de arena blanca fina, ocupa una ensenada casi simétrica protegida por dos acantilados de caliza blanca de unos cuarenta metros, con aguas turquesas y fondo arenoso uniforme. La ensenada está flanqueada por desarrollo hotelero de mediados del siglo XX, muy evidente desde ciertos ángulos, lo que la aleja de la imagen virgen que uno asocia a las calas menorquinas y la acerca a un modelo de playa turística mediterránea clásica. A cambio, ofrece un acceso y unos servicios que otras calas no tienen.
A media mañana, con el sol alto pero el calor aún razonable, la playa daba su mejor imagen: arena impoluta, agua casi inmóvil, bañistas repartidos sin aglomeración y los dos promontorios blancos cerrando el paisaje como decorado natural. Dos horas alternando baño, sombra y lectura.
El aliciente añadido de Cala Galdana es que desde aquí se accede caminando a otras calas por tramos del Camí de Cavalls, la ruta histórica que rodea la isla entera a lo largo de casi ciento ochenta y cinco kilómetros. Documentada desde el siglo XIV como vía de vigilancia costera y recuperada como sendero público a comienzos de este siglo tras largos pleitos por el acceso, es uno de los grandes atractivos naturales de Menorca. Hicimos un tramo breve hacia el este, treinta minutos bien señalizados bordeando los acantilados entre bosque costero, hasta Cala Mitjana: más pequeña, accesible solo a pie o por pista forestal, con arena igual de fina y un entorno de acantilados boscosos prácticamente sin urbanizar. Un baño rápido y vuelta por el mismo camino.
Torre d'en Galmés
A la hora de comer pusimos rumbo este hacia Torre d'en Galmés, en el término de Alaior, el mayor y mejor conservado de los poblados talaióticos menorquines. La cultura talaiótica floreció en Baleares entre el 1400 y el 100 a.C. aproximadamente y dejó en la isla un patrimonio prehistórico de relevancia europea: más de mil quinientos yacimientos catalogados y una densidad por kilómetro cuadrado con muy pocos equivalentes en el mundo antiguo.
Llegamos a media tarde y encontramos el yacimiento casi vacío, que es la norma en los yacimientos menorquines salvo la Naveta des Tudons. Se entra por un pequeño centro de interpretación donde se recoge el plano y se ven algunas piezas de las excavaciones, con paneles sobre la cultura talaiótica y su desaparición.
El recorrido, sobre varias hectáreas, permite identificar los elementos característicos de estos asentamientos: los talaiots, grandes torres circulares construidas con bloques enormes mediante técnica ciclópea, cuya función defensiva, ritual o simbólica sigue discutiéndose; el recinto de taula, con esa mesa de piedra en forma de T invertida que es el icono visual de la cultura talaiótica menorquina y cuyo uso exacto también se debate, aunque todas las hipótesis apuntan a lo ritual; las viviendas excavadas en parte en la roca y completadas con muros de piedra seca, con estancias en torno a patios; y, específico de este yacimiento, un sofisticado sistema de captación y almacenamiento de agua de lluvia que demuestra una capacidad de ingeniería hidráulica notable.
Hora y media a ritmo pausado, con la sensación clara de haber conocido una cultura de considerable complejidad social y arquitectónica, eclipsada en las narrativas históricas por las civilizaciones mediterráneas más célebres pero merecedora de atención propia. La conservación es buena; la información interpretativa, modesta comparada con yacimientos europeos equivalentes.
Son Bou al atardecer
Diez minutos en coche bajando por la Me-18 está la Playa de Son Bou, la más extensa de Menorca: casi tres kilómetros continuos de arena blanca a lo largo de la costa central sur. El desarrollo urbanístico se concentra en el extremo occidental —dos grandes hoteles altos y un conjunto de apartamentos—, mientras que el oriental mantiene un aspecto mucho más natural, con zona de dunas protegidas y con la basílica paleocristiana de Son Bou, un yacimiento del siglo V visible en la misma arena, como hito patrimonial.
Paseamos casi una hora desde la zona urbanizada hacia el tramo oriental. La diferencia entre los dos extremos es considerable, y en los dos o tres últimos kilómetros es fácil encontrar arena prácticamente vacía; el tramo final alberga además una zona informalmente nudista. Un baño con el sol ya muy bajo, unos últimos minutos tirados en la arena y vuelta al hotel con la luz dorada del atardecer sobre el paisaje interior.

Día 4 en Menorca: Ciutadella, Naveta des Tudons y calas del suroeste¶
La antigua capital, el monumento funerario prehistórico mejor conservado de Baleares y las tres calas más emblemáticas del suroeste en una sola jornada: el itinerario más denso del viaje, pero con una coherencia geográfica que lo hacía viable. Salimos temprano y cubrimos los cuarenta y cinco kilómetros hasta Ciutadella por la Me-1 en una hora, pasando por Alaior, Es Mercadal y Ferreries, con Monte Toro asomando en el horizonte norte durante buena parte del recorrido.
Ciutadella, la antigua capital
Ciutadella es, sin discusión, la ciudad con más personalidad histórica y arquitectónica de la isla. Fue capital durante la dominación musulmana y bajo la corona catalanoaragonesa hasta 1722, cuando los británicos se llevaron la capitalidad a Mahón por razones estratégicas relacionadas con su puerto, y conserva un casco medieval y renacentista de enorme coherencia.

La impresión al entrar es radicalmente distinta a la de Mahón: mucha más densidad patrimonial y un ambiente mediterráneo clásico en lugar del aire colonial británico. Si Mahón funciona como ciudad portuaria con arquitectura mezclada de los últimos tres siglos, Ciutadella tiene una identidad coherente de los siglos XVI al XVIII, con esa noble decadencia de las capitales que vivieron su esplendor en el Renacimiento tardío y perdieron protagonismo después.
La catedral de Santa María, gótica del siglo XIV, se levantó tras la conquista cristiana sobre la antigua mezquita mayor. La fachada lateral, que es la principal original del XIV, es austera y muy fotogénica, con un rosetón notable; el interior, de una sola nave amplia con capillas laterales, conserva retablos barrocos de calidad y esa grandeza contenida de las catedrales medievales mediterráneas de escala menor.

La Plaça des Born es el corazón monumental y uno de los conjuntos mejor conservados de Baleares. De planta rectangular alargada, la delimitan algunos de los palacios señoriales más importantes de la isla —el Palau Salort con su fachada barroca, el de Torre-Saura de arquitectura más contenida, el del Comte de Torresaura todavía ocupado por la familia— y el ayuntamiento, instalado en el antiguo Alcázar Real con fachada neoclásica sobre restos medievales. En el centro, el Obelisco del Born recuerda la defensa de la ciudad frente al ataque turco de 1558. Entramos al Palau Salort, de los más abiertos al público, con una visita guiada breve por los salones nobles reformados en el XVIII: mobiliario, tapices y elementos decorativos de distintas épocas que ayudan a imaginar cómo vivía aquí la aristocracia local.
El puerto es el contrapunto exacto del de Mahón: un entrante estrecho y alargado de apenas mil metros excavado en la roca caliza, protegido por acantilados verticales, diminuto en escala pero enormemente pintoresco, con las fachadas asomándose al agua desde lo alto y una línea continua de restaurantes a nivel del muelle conectada con el casco superior por escaleras y rampas.

Comimos en uno de esos restaurantes, con mesa sobre el agua: caldereta de langosta en versión modesta —la grande sería cosa de Fornells al día siguiente—, ensalada de salazones con queso Mahón curado y arroz caldoso marinero. Precios ajustados al entorno sin llegar a disparatados.
La Naveta des Tudons
Seis kilómetros al este por la Me-1, con desvío señalizado, está el monumento prehistórico más conocido de la isla. La Naveta des Tudons se levanta en un pequeño valle rocoso a pocos metros de la carretera: una estructura funeraria del segundo milenio antes de Cristo, entre el 1200 y el 750 a.C. aproximadamente, construida con bloques de caliza y con esa forma de nave invertida que le da nombre.


Con catorce metros de longitud y cuatro de altura máxima, es uno de los monumentos funerarios prehistóricos mejor conservados del Mediterráneo occidental y probablemente el edificio completo más antiguo de España. Sus dos plantas interiores, accesibles por una pequeña puerta en un extremo, albergaron los restos de varios centenares de individuos depositados durante siglos como enterramiento colectivo; las excavaciones del siglo XX documentaron su función y recuperaron numerosos ajuares que hoy se conservan en el Museo de Menorca. El interior lleva años cerrado por conservación, pero la estructura se rodea sin restricciones y su escala real, mucho más monumental en persona que en fotografía, impresiona. Media hora, con la luz lateral del oeste alargando las sombras sobre la piedra.
Macarella, Macarelleta y Cala en Turqueta
Cerramos con las tres calas más celebradas del suroeste. A todas se llega por secundarias que salen de Ciutadella hacia el sur, con aparcamientos a distancia variable y con los últimos tramos a pie por senderos entre bosque mediterráneo.
Empezamos por Cala en Turqueta, la más oriental, a diez minutos de caminata entre pinos carrascos desde el aparcamiento. Es contenida de tamaño, con arena blanca finísima y un turquesa tan intenso que justifica el nombre, y su entorno, sin una sola construcción, con los acantilados cubiertos de pinos cayendo hacia el mar, es la postal perfecta de la Menorca menos transformada.
Después, Macarella y Macarelleta, contiguas y accesibles desde el mismo aparcamiento por un sendero costero. Macarella es la mayor, con arena blanca, aguas turquesas y un chiringuito modesto que funciona en temporada; Macarelleta, quince minutos a pie bordeando el acantilado, es más pequeña y más virgen. Juntas componen seguramente la imagen más icónica del litoral menorquín.

Conviene decir una cosa, y la diré aquí porque afecta a la expectativa con la que uno llega. Estas calas no son remotas ni desconocidas: atraen un flujo considerable de visitantes que han hecho exactamente el mismo esfuerzo de aparcar lejos y caminar, de modo que la sensación de rincón secreto queda bastante compensada por una ocupación real muy visible incluso en temporada media. Dicho lo cual, el agua y el entorno merecen sobradamente el viaje, y los baños de esta tarde fueron los mejores de toda la semana.

Día 5 en Menorca: Monte Toro, Alaior quesero y Fornells pesquero¶
El interior y el norte central ofrecen una cara distinta a la del litoral turístico: la Menorca agrícola y artesanal. Jornada tranquila, muy distinta en registro a la densidad del día anterior, con el Monte Toro como mirador, Alaior como capital quesera y Fornells como remate gastronómico.
Monte Toro
Salimos a media mañana para aprovechar la luz intermedia, evitando las horas de más calor y la bruma habitual de media tarde en verano. Media hora escasa por la Me-1 hasta Es Mercadal y de allí por la Me-13, que sube serpenteando los últimos cuatro kilómetros.
El Monte Toro es el punto más alto de Menorca con sus trescientos cincuenta y ocho metros. En una isla tan modesta de altimetría, esa elevación basta para dominar visualmente todo el territorio. La cumbre acoge un santuario dedicado a la Mare de Déu del Toro, patrona de la isla, construido en el siglo XIII tras la reconquista y reformado varias veces hasta su aspecto actual. La visita es breve y libre: una iglesia modesta con retablos barrocos sencillos y siglos de recuerdos devocionales acumulados. Más que el contenido, lo que vale es la atmósfera, esa mezcla tan de los santuarios mediterráneos de altura entre religiosidad popular, arquitectura austera y panorámica desde la explanada.
Y la panorámica es espectacular. Al sur, el litoral con Cala Galdana y Son Bou identificables en la distancia. Al oeste, los campos del interior hasta Ciutadella, visible como mancha urbana en el extremo. Al norte, la costa de pizarras oscuras con Fornells al fondo, que veríamos por la tarde. Al este, el puerto de Mahón, La Mola y el aeropuerto. Y, con un día despejado como el que nos tocó, el perfil lejano de Mallorca recortado en el horizonte occidental, a unos cincuenta kilómetros. Una vista que ordena mentalmente toda la geografía insular.
Alaior y el queso Mahón
Diez kilómetros al este está Alaior, tercer núcleo de la isla con nueve mil habitantes y centro de buena parte de la industria quesera. El pueblo merece un paseo corto: traza mediterránea tradicional, calles estrechas empedradas, casas encaladas con toques de color en puertas y contraventanas y una Plaça Constitució modesta pero auténtica, con la iglesia de Santa Eulalia y su imponente fachada de piedra caliza dominando el centro.
Pero la razón de venir es otra. Dedicamos un par de horas a visitar dos queserías artesanales de los alrededores, donde se puede ver el proceso tradicional del queso Mahón: leche cruda de vaca frisona adaptada al territorio, cuajado, moldeado manual con los paños de algodón blancos que dan al queso su característica forma almohadillada, prensado, salado en salmuera y maduración en bodega con temperatura y humedad controladas.
La cata fue reveladora. El curado, con su punto ligeramente picante y su textura quebradiza, es uno de los grandes quesos españoles pese a quedar a menudo eclipsado por otros con más proyección —manchego, cabrales, idiazábal—. Con aceite de oliva, pan y un tinto con cuerpo, es una experiencia gastronómica notable. Compramos una pieza curada y otra semicurada para la maleta de vuelta, que pasaron el resto de la semana en el frigorífico del hotel.
Fornells y la caldereta de langosta
A media tarde, doce kilómetros al norte por la Me-15, veinte minutos largos en los que el paisaje cambia de forma perceptible: la vegetación, los suelos y los colores se modifican al cruzar la línea invisible que separa las calizas blancas del sur de las pizarras oscuras del norte, consecuencia de una estructura geológica que parte la isla en dos mitades muy distintas.
Fornells aparece al fondo de una bahía cerrada y protegida, uno de los mejores fondeaderos naturales del norte balear e históricamente una de las principales bases pesqueras de la isla. Con setecientos habitantes escasos, conserva el carácter marinero: casas blancas escalonadas bajando hacia el puerto, barcas amarradas en la bahía, redes secándose al sol y esa atmósfera de pueblo-puerto mediterráneo que cada vez cuesta más encontrar en destinos turísticos populares. La visita es ligera: paseo por el puerto, subida a la Torre de Defensa —torre de vigilancia costera levantada por los británicos a finales del XVIII para prevenir desembarcos, hoy museo local—, callejeo por el casco y alguna parada en las tiendas de producto local. Ni gran capital histórica ni hito monumental, pero de los sitios más auténticos del viaje.
La razón fundamental de venir, sin embargo, era gastronómica. Fornells es la cuna y el principal reducto de la caldereta de langosta menorquina, una de las grandes elaboraciones del Mediterráneo español. La receta tradicional lleva langosta roja del litoral menorquín, pescada en nasas a pie de costa durante la temporada legal de abril a agosto, sofrito de cebolla, tomate, pimiento y ajo, pan frito como espesante y una cocción larga a fuego lento, y alcanza su mejor versión en los restaurantes históricos del puerto, varios de los cuales llevan décadas puliéndola.
Reservamos en uno de los más clásicos del paseo portuario, conocido por su defensa ortodoxa de la receta. Empezamos con ensalada de producto local y sepia fresca a la plancha, pero el protagonista llegó a mitad de cena: la caldereta en su cacerola de barro, con la langosta partida sobre el sofrito espesado y el fondo reducido tras la cocción. El sabor confirma las expectativas: intenso, concentrado, con la dulzura natural de la langosta perfectamente integrada y el pan absorbiendo todo lo acumulado. El inconveniente es el precio, porque la caldereta es cara en cualquier sitio serio de Fornells, con facturas que se van por encima de los ochenta euros por persona, pero como experiencia singular del viaje está plenamente justificada. Rematamos con helado casero de higo chumbo y café, con las mesas al borde del paseo y las luces de las barcas amarradas como decorado. La mejor cena de la semana sin discusión.

Día 6 en Menorca: Cap de Favàritx, Albufera d'es Grau y playas rojas de Cavalleria¶
La costa norte tiene una personalidad opuesta a la del sur calizo y turquesa. Dominada por pizarras oscuras y arcillas rojizas, con acantilados abruptos y vientos frecuentes del norte modelando el paisaje, es la cara más agreste de la isla y, en sensación que no en geografía, la más atlántica. Le dedicamos la jornada entera: el Cap de Favàritx, el humedal de s'Albufera d'es Grau y las playas rojas de Cavalleria y Pregonda.
Cap de Favàritx
Salimos temprano, porque en el norte el viento y la luz pueden cambiar deprisa a lo largo del día. Cincuenta minutos cruzando Mahón y subiendo por la Me-5 hacia el nordeste, con desvío final por una secundaria estrecha y bastante mal pavimentada.
El trayecto cambia de paisaje de forma radical. Los primeros kilómetros siguen siendo el interior agrícola de siempre, con muros de piedra seca y prados verdes; a partir del desvío empieza a notarse el norte geológico, con suelos más oscuros, vegetación empobrecida y los pinos carrascos dando paso a matorral bajo aferrado a la roca, hasta desembocar en un paisaje prácticamente lunar dominado por afloramientos de pizarra negra. Es uno de los cambios paisajísticos más abruptos que pueden verse en una isla tan pequeña, y justifica por sí solo la excursión.
El faro de Favàritx, construido en 1922 con diseño del ingeniero Antonio Carbonell, es blanco con franjas horizontales negras y contrasta de forma espectacular con la roca oscura sobre la que se levanta. La combinación de arquitectura racionalista de principios del XX, paisaje hostil y ubicación extrema en un promontorio abierto al norte produce una de las atmósferas más particulares de Menorca.
Estuvimos una hora larga caminando por los senderos informales que se adentran en el cabo hacia las pequeñas calas rocosas. El paisaje inmediato tiene una belleza severa: losas de pizarra estriada formando terrazas naturales junto al mar, aguas verdes más turbias que las del sur por la agitación y por la composición del fondo, matorral en las fisuras de la roca y una sensación general de vacío que contrasta brutalmente con las calas turísticas del otro lado de la isla. El viento del norte soplaba con intensidad moderada incluso en un día tranquilo de junio, lo que explica por qué esta costa siempre se consideró peligrosa para la navegación y por qué se levantó aquí el faro.
S'Albufera d'es Grau
Diez kilómetros al sur está la entrada al Parc Natural de s'Albufera d'es Grau, el espacio protegido más importante de la isla y corazón de la declaración de Reserva de la Biosfera de 1993. Se accede desde el pueblo de Es Grau, un núcleo costero tranquilo con casas blancas, playa arenosa bien conservada y puerto pesquero modesto, con ambiente claramente local y mucho menos turismo que las calas del sur. La playa, protegida por la Isla d'en Colom, tiene un encanto auténtico que nos invitó a un baño antes de entrar al parque.
El parque protege una laguna costera de unas setenta hectáreas, separada del mar por un cordón dunar, junto con humedales y zonas rurales que suman unas cinco mil hectáreas protegidas. Es el humedal más importante de Menorca y uno de los más valiosos del Mediterráneo occidental, con una biodiversidad especialmente alta en aves acuáticas: más de noventa especies nidifican aquí o lo usan como escala migratoria.
Recorrimos dos de los itinerarios señalizados que salen del centro de interpretación, unas dos horas en total. El de s'Albufera rodea parcialmente la laguna pasando por varias torretas de observación con bancos y telescopios básicos; el segundo, más corto, atraviesa bosque mediterráneo y muestra distintos biotopos. Las observaciones fueron modestas pero satisfactorias: garzas reales, ánades azulones, cormoranes moñudos y varias limícolas identificables con la guía del centro de visitantes.
Cavalleria y Cala Pregonda
Cerramos en el noroeste, con las dos playas de arena rojiza más emblemáticas de esta costa, ambas accesibles por carreteras que salen de Es Mercadal hacia el norte. Cavalleria tiene aparcamiento cerca y acceso corto a pie; a Pregonda, más aislada, se llega tras unos treinta minutos por el Camí de Cavalls.
Las dos comparten una característica inconfundible: el color rojizo anaranjado de la arena, por los óxidos de hierro abundantes en las pizarras del norte, que crea un contraste espectacular con el verde azulado del mar y el verde oscuro de la vegetación baja. Es uno de los paisajes más fotogénicos de la isla y no se parece a ninguna imagen habitual de playa balear.
Cavalleria, más abierta y expuesta al viento del norte, tiene oleaje presente, aguas de color más oscuro y fondo mixto de arena y roca; menos cristalina que las del sur, pero más característica. Un baño breve y a caminar hacia Pregonda, seguramente la playa más pintoresca del norte menorquín: una ensenada protegida con pequeñas calas arenosas separadas por promontorios rocosos e islotes cercanos a la costa que le dan un aire casi de ensueño. El acceso a pie filtra el flujo de visitantes y la cala mantiene, incluso en junio, un aspecto bastante más virgen que las del sur.
Pasamos allí casi dos horas alternando baño en aguas frías, paseo exploratorio por las calas cercanas y descanso largo bajo la sombra filtrada de un pino aislado. Uno de esos sitios donde se entiende por qué la protección ambiental ha sido tan importante para preservar el valor natural de la isla.

Día 7 en Menorca: Binibeca Vell, Cala en Porter y Cova d'en Xoroi antes del regreso¶
Con el aeropuerto a quince kilómetros de la base y el vuelo a última hora de la tarde, la logística final era cómoda y permitía aprovechar casi toda la jornada. Hicimos el check-out temprano, dejamos el equipaje en el maletero y dedicamos el día a tres hitos cercanos que nos quedaban pendientes.
Binibeca Vell
Seis kilómetros al oeste de Punta Prima está uno de los casos más singulares del desarrollo turístico balear del siglo XX. Binibeca Vell lo construyó entre 1968 y 1972 el arquitecto Antonio Sintes Mercadal con una idea llamativa: crear una urbanización residencial que imitara visualmente la arquitectura de los pueblos pesqueros mediterráneos, con casas blancas encaladas, callejuelas estrechas, plazas irregulares, escaleras sorprendentes entre niveles y túneles cubiertos. El resultado es una especie de pueblo-escenografía, artificial pero arquitectónicamente coherente, convertido con los años en atracción turística por derecho propio.

Es urbanización privada, así que hay restricciones: las calles son de paso público pero muchas casas son residencias habitadas en temporada, y los carteles piden silencio y respeto a la privacidad por todas partes. Aparcamos fuera y entramos andando, con una hora larga de recorrido.
La experiencia es visualmente satisfactoria. Las proporciones de las casas son convincentes, los materiales están bien elegidos —encalado blanco con toques de azul en puertas y ventanas—, las plazas pequeñas con buganvillas en flor y los rincones piden fotografía a cada paso. Hay algo indiscutiblemente escenográfico en el planteamiento, pero la ejecución compensa buena parte de esa artificialidad con un trabajo de composición urbana muy cuidado. Para quien tenga interés por la arquitectura del siglo XX y por los experimentos de integración estética, es un caso de estudio interesante más allá de su condición evidente de producto turístico.
Al lado está la playa de Binibeca Nou, una cala arenosa modesta con aguas muy claras y un entorno poco urbanizado, donde dedicamos un par de horas a la última sesión de playa del viaje. Ocupación moderada, sin aglomeraciones, con el perfil habitual de familias y parejas tranquilas. El agua del sureste, con fondo arenoso uniforme y temperatura ya claramente estival a mediados de junio, fue un cierre apropiado para una semana donde las playas han tenido tanto protagonismo.
Sant Lluís
Comimos en Sant Lluís, el pueblo interior entre Punta Prima y Mahón, fundado durante la segunda dominación francesa de la isla, entre 1756 y 1763, por el conde de Lannion, y con la traza regular característica de las fundaciones francesas del XVIII. Conserva la iglesia dieciochesca que le da nombre y algunas casas tradicionales menorquinas con influencia francesa, y es una de esas pequeñas sorpresas no anunciadas que la isla ofrece a quien mira más allá del circuito costero.
Comimos en un restaurante de la Plaça Major: ensalada mixta con queso Mahón y sobrasada, sepia a la plancha con all i oli y merluza a la espalda, con vino blanco local. Correcto y a precio razonable, con ambiente vecinal muy presente y una experiencia distinta a la del circuito turístico. Después, un paseo breve por las calles rectas del centro y la plaza presidida por la iglesia blanca.
Cova d'en Xoroi y vuelo de regreso
La última parada del viaje fue Cala en Porter, veinte kilómetros al oeste por la Me-12. Es una urbanización turística de los sesenta sin particular encanto arquitectónico, pero con un hito que la ha hecho famosa: la Cova d'en Xoroi, el complejo de cuevas transformado en bar-discoteca que ocupa parte del acantilado vertical sobre el mar en el extremo oeste de la cala.
Se accede por una escalera excavada en la roca que baja hasta los primeros niveles, ya sobre el acantilado y con vistas abiertas. El complejo se extiende por varios niveles conectados por escaleras y pasadizos, aprovechando las cavidades naturales con un diseño cuidado de sillones bajos, cojines, iluminación suave y sonido integrado sin resultar invasivo durante el día.

La visita de atardecer, mucho menos intensa que el funcionamiento nocturno por el que el sitio ha ganado fama internacional, es muy agradable. La mejor hora es justo cuando el sol se pone frente a los ventanales naturales de las cuevas y la luz se filtra creando efectos cambiantes sobre la roca. Pedimos dos cocktails y nos sentamos en uno de los sofás con vista directa al mar y al acantilado que se extiende hacia el oeste, con ambiente relajado y poca densidad de ocupación. La leyenda que da nombre al lugar —el Xoroi, moro que según la tradición habría sobrevivido al naufragio de un barco norteafricano y se habría refugiado en estas cuevas, bajando de vez en cuando a los pueblos a robar víveres y, en la versión más popular, a una joven que acabaría siendo su mujer— añade un componente narrativo que los guías locales explotan con habilidad. Hora y media allí, viendo cambiar la atmósfera con la luz.
De ahí al aeropuerto, veinte minutos, devolución del coche sin sorpresas y vuelo de vuelta sin incidencias. El aterrizaje en Loiu, con el contraste clásico entre el azul del Mediterráneo recién abandonado y el verde denso del Cantábrico, cerró la semana. La vuelta al piso, las maletas por deshacer, los quesos de Alaior colocados con cuidado en la nevera y la rutina reemplazando poco a poco las panorámicas de Favàritx y de Cavalleria.

Menorca en balance: la isla más tranquila de Baleares con luces y sombras¶
Junio 2010
Siete días dan para conocer Menorca con bastante profundidad, porque sus dimensiones y su buena comunicación interna permiten recorrerla casi entera en una semana. El balance, sin embargo, sale más mezclado que el de otros destinos insulares anteriores. Por primera vez desde que arrancamos el ciclo insular en 2003 salimos de un viaje con sensaciones contradictorias, y merece la pena desarrollarlas con honestidad.
Lo mejor
Empecemos por lo indiscutible, que también es mucho. El patrimonio natural protegido es de una calidad extraordinaria, y se ve sobre todo en las calas del suroeste, en las playas rojizas del norte, en el paisaje casi lunar del Cap de Favàritx y en el humedal de s'Albufera d'es Grau. La Reserva de la Biosfera ha contenido con eficacia el desarrollo que transformó otras costas baleares, preservando extensiones de litoral virgen cada vez más difíciles de encontrar en el Mediterráneo occidental.
La dimensión cultural tiene momentos excepcionales. Ciutadella es una de las pequeñas capitales mediterráneas con más personalidad y patrimonio conservado de España. La Naveta des Tudons y Torre d'en Galmés testimonian una cultura prehistórica especialmente relevante en el contexto europeo, con una densidad arqueológica por kilómetro cuadrado que pocos territorios igualan. Y el puerto natural de Mahón, con La Mola como colofón monumental, es una experiencia geográfica e histórica de primer orden.
Fornells merece mención aparte: es el núcleo costero más auténtico que hemos visitado en Baleares hasta ahora, y la caldereta de langosta justifica por sí sola el desplazamiento. La producción quesera de Alaior completa una dimensión gastronómica con identidad propia muy clara. Y el Camí de Cavalls, que solo recorrimos en tramos sueltos, queda como recurso de primer orden para una futura visita con vocación senderista: poder rodear la isla entera a pie en varios días, por un sendero histórico bien señalizado y con paisaje litoral de calidad constante, tiene poquísimos equivalentes en el Mediterráneo.
Lo que cuesta más
Dicho todo lo anterior, hay fricciones que conviene nombrar abiertamente, aunque solo sea para que otro viajero calibre mejor sus expectativas.
La vida nocturna es sencillamente escasa. Punta Prima ofrecía un paseo marítimo que se recorre entero en cinco minutos y cuyos locales cerraban casi todos antes de las once. Para un paseo más largo había que coger el coche hasta Mahón o Es Castell, y tampoco allí el ambiente de después de cenar se acercaba ni de lejos a lo que encontramos en Canarias o en Mallorca. La Cova d'en Xoroi, celebrada como destino nocturno balear, funciona con un formato de pub internacional que nos resultó poco mediterráneo. Para quien, como nosotros, no busca fiesta intensa pero sí agradece pasear por una zona animada después de cenar, la isla se queda corta de forma evidente.
La paradoja de las calas es la segunda fricción. Las más celebradas del sur, sobre todo Macarella y Macarelleta, se han convertido en destinos de masas, con aparcamientos saturados, flujo constante por los senderos y una densidad sobre la arena que contradice la idea de cala secreta que la promoción sigue perpetuando. La caminata de veinte o treinta minutos filtra la afluencia solo en parte: los accesos difíciles atraen precisamente a quien está dispuesto a hacer el esfuerzo. En hora central de un día de junio, la sensación se parece más a una playa urbana en temporada media que a un rincón apartado.
El protagonismo del turismo italiano, que aquí alcanza proporciones llamativas, modela la experiencia cotidiana de maneras que no siempre resultan cómodas. Las cartas vienen preparadas en italiano antes que en español, los horarios de cena se adaptan a hábitos italianos, en algunos sitios costó comunicarse en castellano con personal que se manejaba mejor en italiano o inglés, y parte de la oferta comercial está pensada para esos gustos. Nada es dramático, pero el resultado acumulado es un destino que se siente menos español que cualquier otra isla balear o canaria de las que hemos visitado.
Y está el componente construido de algunos destinos que se presentan como auténticos. Binibeca Vell, por espectacular que resulte, es un producto arquitectónico de los setenta imitando la arquitectura tradicional que reemplaza, no un pueblo pesquero conservado. La Cova d'en Xoroi combina lugar natural extraordinario con montaje comercial evidente. Cala Galdana conserva un perfil de playa urbanizada con mucho más desarrollo hotelero del que su fama sugiere. Nada de esto descalifica los sitios, pero pide gestionar las expectativas con más realismo que el que promueve el marketing insular.
Comparada con Mallorca y con las Canarias
La comparación con Mallorca es inevitable por proximidad temporal y geográfica, y no favorece especialmente a Menorca en términos generales. Mallorca ofrece una diversidad muy superior: patrimonio urbano de mayor escala, montaña alta frente a un Monte Toro modesto, oferta gastronómica más amplia con una alta cocina que aquí prácticamente no existe, mayor densidad monumental y más variedad paisajística. En una semana, el abanico de registros mallorquín es más ancho.
A cambio, Menorca tiene en sus extremos —las calas del suroeste, el norte salvaje, Fornells, el Camí de Cavalls— momentos de intensidad natural y de autenticidad local que Mallorca ya no ofrece con esa pureza. La Menorca protegida es más concentrada y quizá más memorable en sus cumbres, pero esas cumbres son menos frecuentes y están rodeadas de más momentos modestos.
Frente a los viajes canarios previos, la comparación resulta aún más desfavorable en diversidad paisajística y en oferta turística integrada. Las islas atlánticas tienen rangos de altitud mayores, paisajes volcánicos únicos en Europa, clima para todo el año, una gastronomía con personalidad muy identificada y una infraestructura más desarrollada en todos los segmentos. Baleares aporta, en cambio, el componente histórico-mediterráneo con dos milenios de acumulación cultural que Canarias no puede ofrecer. Dos modelos complementarios, cada uno con sus virtudes.
Para qué viajero funciona
Menorca funciona especialmente bien para quien busque descanso profundo y desconexión real, naturaleza protegida y calas relativamente vírgenes, senderismo costero por el Camí de Cavalls, gastronomía de producto local y autenticidad arquitectónica concentrada en Ciutadella. Funciona notablemente peor para quien busque vida nocturna, oferta cultural urbana diversificada, variedad de experiencias vacacionales, montaña o alta cocina.
Para nosotros ha funcionado a medias. Los días con actividad bien planificada fueron excelentes —Ciutadella, Fornells, el norte salvaje, las calas del suroeste—, pero el componente base, la estancia en Punta Prima, resultó más limitado de lo que esperábamos. En una hipotética segunda visita replantearíamos la base, seguramente Ciutadella o Mahón, buscando un entorno urbano más activo para las noches, y le daríamos mucho más peso al componente senderista.





