
Diarios de viaje · España · Madrid
Madrid en el puente de diciembre
Madrid en puente de diciembre, con el frío seco de la meseta y las calles engalanadas para las fiestas. Unos días para recorrer museos, perderse por el Madrid de los Austrias y disfrutar de la inagotable oferta gastronómica de la capital.
Madrid en el puente de la Constitución: cuatro días en la capital (y una advertencia)¶
Introducción y día 1
Hay viajes que se eligen por amor al destino y otros que se eligen por lógica de calendario. El mío a Madrid de diciembre de 2012 fue claramente del segundo tipo. El puente de la Constitución, esa ventana mágica que cada año, en torno al 6 y el 8 de diciembre, convierte un par de días de vacaciones en cuatro o cinco de descanso, caía aquel año de forma especialmente generosa: el jueves 6 era festivo, el sábado 8 también, y entre medias quedaba un viernes fácilmente recuperable. Todo español con un mínimo de olfato para los puentes lo había marcado en rojo.
Llevaba ya bastante tiempo sin visitar la capital. Una de esas ausencias que no obedecen a ningún motivo en particular, simplemente la inercia de preferir otros destinos cuando uno tiene días libres. Pero había además un aliciente práctico: mi hermano vivía en Madrid, y el alojamiento gratis en su casa resolvía la parte más pesada del presupuesto. Al final ni siquiera coincidimos (él tenía sus propios planes fuera de la ciudad durante esas fechas), pero se portó como solo se portan los hermanos y me dejó las llaves igualmente. Viajar a Madrid con un piso para uno solo, céntrico y sin reloj de hotel, fue un lujo que agradecí durante los cuatro días.
Una advertencia antes de seguir: el puente no es buena fecha
Voy a soltar el spoiler en el primer artículo, porque es lo más útil que puedo dejar por escrito para quien lea esto pensando en repetir el plan: visitar Madrid en el puente de la Constitución no es una buena idea. La capital, que ya de por sí acoge millones de turistas al año, se convierte esos días en una mezcla imposible de visitantes internacionales, madrileños que vuelven a ver a la familia, excursiones de colegios, grupos organizados de toda España y gente como yo aprovechando el calendario. La sensación es que el país entero ha decidido lo mismo, y Madrid, pese a su tamaño, no da abasto.
No estamos hablando solo de colas en los museos (eso casi se asume), sino de aceras intransitables en el centro, de terrazas sin una silla libre al mediodía, de intentar cruzar Sol a las siete de la tarde y literalmente no poder avanzar. Si alguna vez os apetece Madrid en invierno, tirad de enero o de febrero. En el puente de diciembre, la ciudad ofrece una versión diluida de sí misma y el visitante ocasional (como era mi caso) sale con menos cariño del que debería.

El día 1: del trabajo al autobús con escala en Bilbao¶
Miercoles 5 de diciembre de 2012
Aun así, el viaje empezó con buen pie. El miércoles 5 de diciembre salí de trabajar a las tres de la tarde, pasé por casa a recoger la maleta (más bien bolsa de fin de semana larga, nada de facturar, ya se sabe) y cogí el autobús de las 16:00 desde la terminal de Termibus, en San Mamés. La distancia Bilbao-Madrid en autobús es de esas que se hacen un pelín largas pero soportables: unas cinco horas directas, con alguna parada breve. En tren, con el AVE aún sin llegar al norte, seguía siendo más caro y no mucho más rápido. El avión, para cuatro días, no justificaba ni el tiempo en aeropuertos ni el precio.
El trayecto transcurrió sin novedad. Leí un rato, dormité otro, vi el cielo del interior peninsular cambiar de gris atlántico a azul meseteño mientras cruzábamos Castilla. Con la luz ya perdida mucho antes de llegar, entramos en Madrid a tiempo de aterrizar en la estación de Méndez Álvaro un poco antes de las nueve de la noche. En Madrid hacía ese frío seco castellano tan distinto al bilbaíno, de esos que pican más en la cara pero mojan menos la ropa.
Una noche tranquila en el piso de mi hermano
No tenía ganas de gran plan esa noche. Me fui directo a casa de mi hermano en metro, abrí con las llaves que me había dejado y encontré la casa vacía y ordenada, con una nota con un par de instrucciones domésticas (dónde estaban las toallas, cómo se apagaba la caldera, qué llave era la del buzón) y un par de botellas de agua y algo para picar. Cené cualquier cosa del supermercado que había comprado rápido al bajar del metro, me duché con la calma del que sabe que tiene cuatro días por delante, y me metí en la cama antes de medianoche.
Los viajes en los que duermes en casa de alguien conocido, aunque no esté, tienen una cualidad muy particular: te sientes visitante y anfitrión al mismo tiempo, usuario de una vida que no es tuya pero que reconoces. Cerré los ojos con la cabeza ya organizando el día siguiente, sabiendo que había comprado por internet dos entradas de musical, que quería pasar por el Reina Sofía y que tenía un Madrid lleno por descubrir ahí fuera. Entonces no sabía aún hasta qué punto el lleno iba a ser parte del viaje.

Día 2 en Madrid: Sol, Plaza Mayor y la lección del agobio turístico¶
Jueves 6 de diciembre de 2012
El primer día completo de mi viaje a Madrid cayó en jueves 6 de diciembre, el festivo central del puente: Día de la Constitución. Con la ingenuidad del que lleva tiempo sin visitar la capital, salí de casa con la idea clásica del turista que vuelve a un sitio conocido: empezar por el centro, por el kilómetro cero, por Sol, y dejarme llevar desde ahí hacia la Plaza Mayor y el Madrid de los Austrias. Un plan manual de libro, probado y funcional. Lo que no había medido bien era el contexto.
Ya en el metro, a media mañana, la cosa olía a complicación. Vagones llenos en hora poco habitual, gente con mochila y cámara colgada, grupos hablando en diez idiomas distintos. Cuando salí a la superficie en la estación de Sol y pisé la plaza, confirmé lo que intuía desde el andén: esto iba a ser otra cosa.
Puerta del Sol, un hormiguero amable pero agotador
La Puerta del Sol siempre tiene un punto de plaza-centro-de-mundo. Es ahí donde arrancan las campanadas de fin de año, donde nace el kilómetro cero de las carreteras radiales, donde quedamos muchos para todo porque nadie se pierde. Pero ese jueves de puente, Sol no era una plaza, era una marea. Se avanzaba a empujoncitos amables, con esa coreografía involuntaria que hace la gente cuando hay demasiados cuerpos para el espacio disponible. El oso y el madroño tenía cola para la foto. El reloj de la Casa de Correos quedaba tapado por el nacimiento que instalan en diciembre y por un escenario montado para no-sé-qué actuación.
Me detuve cinco minutos a tratar de capturar el ambiente con la cámara y me rendí pronto. Hay plazas que funcionan mejor con gente y otras que piden algo de aire para respirar. Sol, con el tipo de gente que acumula en estos puentes, me resultó claustrofóbica. Tiré hacia el sur buscando la Plaza Mayor con la esperanza de que allí hubiera más sitio. Ingenuo de mí.
Plaza Mayor: arquitectura impecable, atmósfera imposible
La Plaza Mayor es una de las plazas mayores, valga la redundancia, más icónicas de España. Su rectángulo perfectamente cerrado, con los soportales rojos, los balcones rítmicos y la estatua ecuestre de Felipe III en el centro, te recibe siempre con esa sensación de decorado histórico bien conservado. Añádele en diciembre el mercadillo navideño que se monta en la plaza, con casetas de figuritas de belén, musgo, panderetas y dulces típicos, y tienes el escenario perfecto para una postal.
El problema es que la postal, ese día, no había forma de tomarla. El mercadillo no dejaba ver la plaza, la plaza no dejaba ver el mercadillo, y la gente no dejaba ver ni una cosa ni la otra. Intenté dar una vuelta completa por los soportales y me llevó lo que en condiciones normales lleva ir de Bilbao a Portugalete. Escuché varios idiomas (alemán, francés, italiano, inglés americano, inglés británico, japonés, varias lenguas eslavas) y sentí esa mezcla de orgullo y resignación de quien descubre que su capital está siendo literalmente tomada por el mundo entero.
Me senté un rato en un escalón, saqué el cuaderno y apunté la frase que vertebraría todo el viaje: «esto no es el Madrid de otras veces, esto es una versión empaquetada y temporalmente colapsada». No era culpa de nadie. Era la coincidencia de muchos visitantes a la vez.
Escape hacia el Madrid de los Austrias
Cuando uno está agobiado en el centro de Madrid, el mejor remedio es conocido y funciona casi siempre: tirar por callejuelas laterales hacia el oeste, en dirección al Madrid de los Austrias. Palacio Real, Plaza de Oriente, Almudena. Ahí también había turistas, por supuesto, pero el espacio es más grande y la gente se diluye mejor. Empecé por el Arco de Cuchilleros (la entrada sur-oeste de la Plaza Mayor, de las pocas que se pueden recordar con cariño) y me fui por la Cava Baja hacia La Latina.
La Cava Baja, para quien no la conozca, es una de las calles de tapeo más famosas de Madrid: un rosario de tabernas de todos los estilos, desde las más tradicionales hasta gastro-bares de nueva generación. Comí por ahí, en una taberna cuyo nombre no he guardado, un menú del día digno y bien servido. Una caña, unas croquetas, un plato de carne con patatas, un postre rápido. Sentarse con mantel a la vista de unos azulejos antiguos me reconcilió un poco con la ciudad.
Plaza de la Villa y Almudena para cerrar la tarde
Con el estómago lleno y el ritmo más bajo, seguí hacia el norte por la calle Mayor, parando en la Plaza de la Villa, una de esas plazas pequeñas y escondidas que a veces se pasan de largo: la antigua Casa y Torre de los Lujanes, el Palacio de Cisneros, la estatua de Don Álvaro de Bazán. Un remanso tranquilo en mitad del centro, con apenas cuatro turistas mirando. A veces, en ciudades muy concurridas, las plazas menores son el refugio ideal.
Seguí bajando hasta la catedral de la Almudena y el Palacio Real. La explanada frente a la catedral ofrece una de las vistas más fotogénicas del Madrid monumental, con la cúpula de la Almudena a un lado, la fachada blanca del Palacio al otro y, al fondo, cuando el día está claro, las sierras nevadas. Di la vuelta entera por los jardines de Sabatini y el viaducto de Segovia, y hacia las cinco y media, con el cielo ya encendiéndose en naranja, decidí que por ese día ya estaba.
Regreso a casa con la lección aprendida
Volví en metro hacia el piso de mi hermano con dos convicciones claras. La primera, que Madrid en puente de la Constitución da una impresión engañosa de sí misma: está así de lleno solo unos pocos días al año, y quien lo visite otras semanas encontrará una ciudad muy distinta. La segunda, que para los días siguientes iba a cambiar la estrategia: huir de los grandes hitos turísticos en horas punta, buscar los museos a primera hora, reservar los musicales para las noches (que ya tenía comprados) y dejar que los barrios con menos foco turístico marcaran el ritmo.
Cené cualquier cosa rápida en casa, hice planes en papel para el día siguiente (el Reina Sofía a primera hora, el musical El último jinete por la noche) y me fui a la cama con la sensación de haber cumplido, al menos, con los fotogramas obligatorios del Madrid de postal. El Madrid que me iba a gustar empezaría al día siguiente.

Día 3 en Madrid: el Reina Sofía por la mañana y El último jinete por la noche¶
Viernes 7 de diciembre de 2012
Después de la lección del día anterior, el viernes 7 de diciembre empezó con madrugón. Si el puente te obliga a compartir ciudad con medio planeta, al menos puedes aprovechar esas dos horas de la mañana en las que el resto del medio planeta todavía está desayunando en los bufés de los hoteles. Salí de casa a primera hora, pillé el metro casi vacío y aparecí en Atocha con un frío que me hizo cerrar bien el abrigo hasta el cuello.
El objetivo del día era el Museo Reina Sofía, ese gigante de la avenida con el que tengo una relación de respeto más que de amor. Soy más de arquitectura que de pintura, lo he confesado muchas veces, pero el Reina Sofía es de esos museos que hasta al que no es muy pintor se le hacen indispensables por algunos de sus hitos concretos. Con el Guernica, a la cabeza.
Un edificio con más capas de las que parece
El Reina Sofía ocupa el antiguo Hospital General de Madrid, un edificio del siglo XVIII reformado y ampliado varias veces, con una intervención contemporánea de Jean Nouvel que añadió en 2005 una nueva ala con su característica cubierta roja voladiza. Ya desde fuera, el contraste entre la arquitectura clásica del Sabatini original y el gesto rotundo del francés invita a mirar el edificio dos veces. Los ascensores exteriores de cristal, que vienen del proyecto original de Ian Ritchie, terminan de darle ese aire de museo de ciudad que se ha reinventado.
Entré a primera hora, cuando la gente aún se contaba con los dedos. Subí directamente a la planta del Guernica, la sala 206.06, con esa mezcla de respeto casi religioso y curiosidad que siempre me genera. El cuadro, enorme, impone incluso al más escéptico. Pasé un buen rato allí, leyendo los paneles sobre el bombardeo, los bocetos preparatorios de Picasso, las fotografías de Dora Maar documentando el proceso. Es una de esas obras que funcionan en dos niveles: como pieza estética (el blanco, el negro, el gris, las figuras dislocadas) y como documento histórico. Yo siempre me quedo más enganchado con lo segundo.
Otras salas con calma
Fuera del Guernica, el Reina Sofía ofrece un recorrido por el arte español del siglo XX y la vanguardia europea que merece calma. Me detuve en las salas dedicadas a Dalí (con el hipnótico El gran masturbador y los paisajes catalanes), en los Miró de las paredes grandes, en los Juan Gris cubistas, en los Solana, en algún Óscar Domínguez. No hice el recorrido completo ni me obligué a verlo todo: aprendí hace tiempo que el museo del que sales agotado es un museo mal visitado. Dos horas y media en el Reina Sofía, con calma, valen mucho más que cinco a contrarreloj.
A la salida me tomé un café en una cafetería de la calle de Santa Isabel y me quedé un rato sentado, escribiendo algunas notas. El viernes había empezado muy bien. Y todavía quedaba la noche, que era la parte fuerte.
Una tarde sin plan concreto por el centro
Con el musical reservado para la noche en los Teatros del Canal, y con la experiencia del día anterior fresca, opté por una tarde poco ambiciosa. Caminé hasta el paseo del Prado, subí por la Carrera de San Jerónimo con parada breve en el Congreso (los leones de bronce, siempre fotogénicos), pasé por delante del edificio Metrópolis y seguí sin meterme en ningún sitio masificado. El plan era llegar a la zona de Chueca, cenar pronto y temprano, y dirigirme a los Teatros del Canal con tiempo.
Cené un picoteo ligero en un sitio pequeño de la zona de Fuencarral, de esos que he olvidado cómo se llamaba pero que me dejó contento. Café corto, cuenta, metro.
Teatros del Canal: un recinto moderno al norte
Los Teatros del Canal, inaugurados en 2008 y diseñados por Juan Navarro Baldeweg, son uno de los equipamientos culturales más modernos de Madrid. Están en la zona de Cuatro Caminos, junto al canal de Isabel II, y cuentan con varias salas de distinto tamaño. La sala grande, donde se representaba El último jinete, tiene una planta ligeramente en abanico y una escena imponente. Llegué con tiempo, recogí las entradas (que había comprado online) y entré a ocupar mi butaca con ese cosquilleo previo a un estreno.
Y digo estreno casi literalmente, porque El último jinete había levantado el telón por primera vez justo dos días antes, el miércoles 5 de diciembre, coincidiendo con mi llegada a Madrid. Era una producción nueva, creada a petición de un príncipe saudí, con libreto de Ray Loriga, música de John Cameron (compositor vinculado a Los miserables) y aspiración a dar el salto al West End londinense como The Last Horseman. Una apuesta ambiciosa, internacional, con dos equipos de producción trabajando en paralelo para Madrid y Londres. Luego cuento la experiencia con más calma en el artículo específico del musical.
Una urgencia médica en mitad del primer acto
Lo que no esperaba era que, en un momento avanzado del primer acto, parte del patio de butacas se revolucionara de pronto. Murmullos, gente poniéndose de pie, una fila entera desalojándose con apuro. Vi entrar por un lateral a personal sanitario con una camilla, recoger a un hombre (supongo que con algún tipo de urgencia, aunque desde mi butaca no podía ver qué había pasado) y salir con él por la puerta lateral en cuestión de minutos. Lo que más me impresionó, más allá del susto por el espectador, fue ver cómo los actores siguieron adelante sin perder un solo compás. Encima del escenario no pasó nada. Abajo, en cambio, el ritmo cardíaco colectivo subió un rato.
Afortunadamente, por lo que se comentaba en el descanso, el hombre había salido por su propio pie de la sala una vez estabilizado. La función continuó normalmente. Ese tipo de incidentes, inesperados pero humanos, se quedan grabados en la memoria al mismo nivel que las escenas musicales más potentes. Y en cierto modo también hablan de la profesionalidad de una compañía.
Volver a casa con la cabeza llena de beduinos y damas victorianas
Salí del teatro con la mezcla habitual de la noche post-musical: subidón por lo que acababa de ver, cansancio por la hora, frío seco en las piernas cuando sales del calor de una sala llena a la madrugada madrileña. Tomé el metro hacia el piso de mi hermano repasando mentalmente las escenas que me habían gustado más. Me había flechado Julia Möller como Lady Laura, con esa capacidad tan suya de llenar un escenario solo con la voz y la presencia, y había revalidado mi admiración platónica por Miquel Fernández, que encarnaba al beduino Tiradh con una mezcla de fuerza y fragilidad muy bien calibrada.
Al llegar a casa me preparé una infusión, abrí el cuaderno y anoté varias frases para el artículo que luego escribiría sobre el musical. Dormí casi a las dos de la mañana, con la certeza de que al día siguiente tocaba madrugar menos. El sábado iba a ser largo, pero de otra manera.

Día 4 en Madrid: del Templo de Debod al rugido del Rey León en Gran Vía¶
Sábado 8 de diciembre de 2012
El sábado 8 de diciembre, día de la Inmaculada y segundo festivo del puente, pintaba a ser otro día de masas en el centro. Así que decidí darle un enfoque distinto: bajar el ritmo turístico, elegir pocos hitos concretos pero icónicos, y rematar la jornada con la comida y el musical más importantes de todo el viaje. En Gran Vía había dos piezas clave del plan: el 40 Café, un local temático de la cadena Los 40 Principales que había abierto no mucho antes, y el Teatro Lope de Vega, donde El Rey León estaba dándolo todo desde su estreno en octubre de 2011. Ambos a apenas dos portales de distancia.
Pero eso sería a partir de las dos de la tarde. Antes tocaba otra cosa.
Plaza de España, en plena transformación invisible
Salí tarde de casa, desayuné calmado y tomé el metro hasta Plaza de España. Aquel Madrid de 2012, conviene recordarlo, era aún el de la Plaza de España antigua: la gran remodelación que peatonalizaría buena parte del espacio se haría más tarde, y en diciembre de aquel año la plaza todavía era ese nudo de tráfico con un jardín central rodeado por la mole del Edificio España y la Torre de Madrid. Ambos edificios, los dos primeros rascacielos históricos de la capital, siguen dominando el horizonte del oeste.
Me gustó pararme frente al monumento a Cervantes, con la estatua del escritor y, a sus pies, las figuras de bronce de Don Quijote a caballo y Sancho a lomos del rucio. Es uno de esos monumentos literarios que funcionan como rincón de peregrinación para quien conozca un poco la obra. Había turistas, sí, pero muchos menos que en el centro, y con más sitio para respirar. Me senté un rato, anoté alguna cosa en el cuaderno y seguí hacia el oeste, cuesta arriba, por el parque del Oeste.
El Templo de Debod, un regalo egipcio en Madrid
El Templo de Debod es una de esas maravillas inesperadas que Madrid tiene y que al visitante casual le cuesta creer. Un templo egipcio auténtico, desmontado piedra a piedra en la década de 1960 para salvarlo de la construcción de la presa de Asuán y cedido por Egipto a España como agradecimiento por la ayuda en el rescate de los templos de Nubia. Montaron aquí, en una pequeña colina del parque del Oeste, con vistas a la Casa de Campo. Es gratuito, es al aire libre y es mágico.
Llegué a media mañana y el templo estaba tranquilo, con el sol invernal pegando en la piedra arenisca y dándole un tono cálido precioso. Rodeé los dos arcos exteriores, me acerqué al edificio principal, miré el estanque que lo rodea y, sobre todo, me asomé al mirador que da al oeste. Desde allí, con la Casa de Campo a los pies y, al fondo, la sierra con algo de nieve, tuve uno de los mejores momentos del viaje. Madrid, cuando te la enseña desde sus miradores naturales, es mucho más ciudad-paisaje de lo que parece desde el centro.
Me quedé un buen rato sentado en el muro, con una botella de agua y las piernas colgando. El Templo de Debod es, sin discusión, uno de esos lugares que hay que ver al atardecer, con el sol hundiéndose tras la sierra y la piedra teñida de naranja. Aquella mañana no era esa hora, pero tomé nota mental para volver algún día en mejor momento.
Comer con música en el 40 Café
Hacia las dos bajé a Gran Vía con hambre. Había reservado una mesa en el 40 Café, en Gran Vía 55, que entonces era uno de los sitios más llamativos de la zona: un restaurante-espectáculo montado por la cadena de radio Los 40 Principales, con cabina de emisión en directo en medio del local, actuaciones musicales en vivo durante las comidas y cenas, y una carta muy de su tiempo, con fusiones variopintas y platos diseñados para hacerse fotos.
El plato estrella, y por el que aquel sitio se hizo famoso una temporada, era su hamburguesa con pan de colores. La mía llegó con el bollo teñido de un verde eléctrico, casi fosforescente, que sobre el plato producía un efecto entre divertido y un poco inquietante. Según decían los camareros, el color se conseguía con ingredientes naturales. A mí me daba un poco igual el método: la hamburguesa, curiosamente, estaba buena. La carne bien hecha, los acompañamientos correctos, y el pan, más allá del color, no sabía a nada raro. El precio, alto para lo que era. Pero uno pagaba ambiente, no solo comida.
Y ambiente había. Mientras yo picaba unas patatas, el grupo invitado de aquel día empezó a tocar versiones en acústico de éxitos recientes; los camareros, además, hacían de vez en cuando coreografías coordinadas entre mesa y mesa, más con gracia que con precisión. El 40 Café, lo supe después, cerró al cabo de unos años, cuando la moda del restaurante-espectáculo temático perdió fuelle. Me alegro de haberlo conocido cuando aún funcionaba: era una rareza muy propia del Madrid de principios de la década.
A dos portales de distancia, el Rey León
Después de comer me sobraba tarde antes de la función. Paseé por Gran Vía arriba y abajo, me detuve en algunas tiendas sin intención de comprar nada, y entré brevemente en el FNAC a ojear cómics. Con la oscuridad ya cayendo sobre Madrid (en diciembre, a las seis se encienden todas las luces) me dirigí hacia el teatro.
El Teatro Lope de Vega está en Gran Vía 57, prácticamente pared con pared con el 40 Café. El Rey León llevaba desde octubre de 2011 instalado allí, con una producción que había supuesto la reforma profunda del teatro para acoger semejante montaje. Yo ya había visto el musical años antes en el Lyceum Theatre de Londres, durante mi primera visita en 2004, y tenía curiosidad sana por comparar versiones. ¿Estaría la versión española al nivel?
Entraré en detalles en el artículo dedicado al musical. Adelanto solo que la comparación me dejó muy satisfecho: son dos producciones hermanas gemelas, casi idénticas, con alguna sutil adaptación local que me encantó. La experiencia justificó el viaje entero.
Regreso andando por Gran Vía iluminada
Salí del Lope de Vega cerca de las once de la noche. Gran Vía estaba en pleno brillo navideño, con todas las luces encendidas y todavía un flujo considerable de gente paseando a pesar de la hora y del frío. Había algo muy bonito en volver andando un tramo, con el oso-y-madroño que sigue colándose en cualquier postal madrileña y el bullicio festivo sonando de fondo.
Pillé un metro cerca de Callao y volví al piso bien entrada la noche, con la banda sonora del musical dando vueltas en la cabeza. Al día siguiente, el domingo, tocaba el último plan antes del regreso: el Rastro, una vuelta rápida por el centro y el autobús de vuelta a Bilbao. Cerré el día contento. El sábado había compensado con creces las frustraciones del jueves.

Día 5 en Madrid: un domingo en el Rastro, regreso a Bilbao y conclusiones¶
Domingo 9 de diciembre de 2012
El domingo 9 de diciembre amaneció con ese aire de último día de viaje en el que uno mezcla ganas de apurar con ganas de volver a casa. Tenía el autobús de regreso a las cuatro de la tarde desde Méndez Álvaro, lo que me dejaba la mañana entera para un último plan en Madrid antes de hacer la maleta y marcharme. La elección fue fácil: el Rastro.
El Rastro es el mercadillo callejero dominical más famoso de Madrid, con siglos de historia en el barrio de Embajadores, entre la plaza de Cascorro y la Ribera de Curtidores. Los domingos por la mañana, de forma casi ritual, miles de madrileños y visitantes invaden esas calles en busca de antigüedades, ropa de segunda mano, vinilos, libros, pequeñas chucherías, baratijas y algún que otro objeto imposible de clasificar. Para quien, como yo en aquella época, disfrutaba rebuscando cómics de segunda mano en cajones polvorientos, el Rastro era un destino casi obligatorio.
Un mercadillo que se camina con los codos
Llegué temprano, antes de las once de la mañana, con la esperanza ingenua de evitar lo peor de la multitud. Ingenuidad que, a aquellas alturas del viaje, ya debería haber desterrado. El Rastro estaba a reventar. El puente seguía pesando, y el domingo por la mañana es de por sí su hora punta. La Ribera de Curtidores, que en condiciones normales baja en pendiente suave hasta la ronda, se convertía en una marea humana descendente, con tenderetes a ambos lados y corrientes de personas chocando en los cruces.
No me dejé vencer por el agobio. En el Rastro, de hecho, el agobio forma parte del encanto: si vas a un mercadillo multitudinario esperando sosiego, el problema es tuyo. Entré en modo paciencia y me fui abriendo hueco calle abajo, mirando los puestos con interés desigual. Había de todo: telas, ropa, cuadros, marcos, sellos, llaves antiguas, bisutería, cámaras de fotos de carrete, cajas con postales usadas, colecciones enteras de Mortadelo y Filemón apiladas en cajas de plástico.
Cómics por los suelos (literalmente)
La parada principal para mí eran los puestos de cómics y tebeos de segunda mano. En esa época estaba bastante metido en recuperar colecciones de álbumes europeos (Astérix, Tintín, Lucky Luke, Los Pitufos) y tenía un ojo entrenado para cuadernillos antiguos a precios decentes. En el Rastro, los mejores hallazgos suelen estar en los puestos más feos: cajones al ras del suelo, pilas desordenadas sin catalogar, donde el mercader casi no sabe lo que tiene y uno puede encontrar alguna pequeña joya por pocos euros.
Aquella mañana volví con un librito de los pitufos, un par de números sueltos de una revista francesa de bande dessinée y unas postales antiguas de Madrid que compré solo por el gusto de tenerlas. No fue una cosecha histórica, pero salí contento. En el Rastro, el valor está tanto en lo que compras como en el ritual de buscarlo.
Volver a casa, hacer la mochila y bajar al autobús
Sobre la una del mediodía regresé a casa de mi hermano, comí algo ligero, hice la mochila con calma y dejé todo ordenado. El metro hasta Méndez Álvaro fue rápido y tranquilo, y con tiempo de sobra me planté en la estación de autobuses para el viaje de regreso.
El autobús a Bilbao salió a las cuatro en punto. Era el último puente del año, y otras cuatro horas de autopista por delante prometían un viaje largo pero normal.
El regreso, con retraso importante
La primera hora fue un clásico de domingo de puente: tráfico denso pero fluido hasta que, a la salida de Madrid, las retenciones empezaron a ponerse serias. La N-I, luego la A-1, luego el lío de obras y desvíos típico de la zona norte, terminaron sumando cerca de dos horas de retraso a una ruta que en condiciones normales se hace en cinco. El regreso entero se convirtió en una paciencia probada, con paradas imprevistas, media España volviendo al mismo tiempo y el conductor haciendo lo que podía. Ya de noche, llegamos a Termibus en Bilbao con hora y media larga de retraso sobre lo previsto.
Llegar a casa con el cansancio acumulado fue un alivio: dejé la mochila, deshice lo imprescindible y me fui a la cama temprano. Al día siguiente había que madrugar para trabajar, y el peaje del puente se paga el lunes por la mañana.
Conclusiones: Madrid merece otra fecha
Recapitulando los cuatro días, la sensación general es agridulce. Madrid me había recibido con su cara más saturada, y por más que uno intente esquivar aglomeraciones, el puente de la Constitución impone su ritmo. El centro histórico perdió parte de su encanto entre tanto empujón; el Rastro fue más ejercicio de resistencia que de paseo; incluso los museos, que suelen ser refugio, requirieron estrategias de madrugón para disfrutarlos como es debido.
Y, sin embargo, hay partes del viaje que compensaron con creces el agobio. El Templo de Debod, con su silueta inesperada sobre la colina del parque del Oeste, fue un regalo. Los dos musicales, muy distintos entre sí pero cada uno poderoso por sus razones, justificarían por sí solos la escapada: El Rey León me reencontró con un montaje que ya había amado en Londres, y El último jinete me permitió ser testigo de una producción ambiciosa, imperfecta pero vibrante, además de descubrir a Julia Möller y reafirmarme en mi admiración por Miquel Fernández. El 40 Café fue una de esas experiencias gastronómicas más memorables por lo pintoresco que por la comida en sí, y como ya no existe, haberlo pisado se convierte en pequeña anécdota de archivo.
Consejos finales para quien piense repetir
Si tienes intención de volver a Madrid y es la primera vez en muchos años, huye del puente de diciembre como de la peste. Enero es glorioso: la ciudad recupera su escala humana, los museos respiran, los restaurantes sin reserva. Octubre y noviembre, con temperaturas aún agradables y menos turismo, son probablemente las mejores épocas para un viaje de tres o cuatro días. Julio y agosto tienen el encanto contrario: Madrid se vacía de madrileños, los que quedan se concentran en las terrazas y la ciudad adquiere un aire lento muy agradecido.
Si aun así te obligan las circunstancias a viajar en un puente (como me pasó a mí, porque con el calendario laboral lo otro era no ir), acepta las reglas del juego: reserva con antelación, madruga, prioriza barrios menos obvios (Conde Duque, Lavapiés, Malasaña si quieres animación) y no intentes ver todo lo imprescindible, porque en esas fechas lo imprescindible está lleno. Yo lo aprendí sobre la marcha. La próxima vez que viaje a Madrid no será en un puente. Me lo prometí al bajar del autobús en Termibus, y la promesa, hasta hoy, la he cumplido.








