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La cascada de Gullfoss desbordándose en escalones sobre la roca, con el agua glaciar formando un caos de espuma blanca, un arcoíris levantándose de la garganta y el cielo azul lleno de nubes.

Diarios de viaje · Islandia · Reikiavik · Sudurland · Nordurland · Austurland · Vesturland

Islandia, un sueño hecho realidad

Hay momentos en la vida que uno espera con anticipación durante años. Para mí, visitar Islandia era uno de esos sueños largamente acariciados que finalmente decidí cumplir al celebrar mis cuarenta años.

11 días Lectura de 1 h 19 min

Islandia: un sueño cumplido en mi cuarenta cumpleaños

Introducción al viaje

Islandia llevaba años en mi cabeza antes de entrar en el calendario. De esos destinos que uno va acumulando en una lista mental sin fecha concreta, alimentada por documentales y fotos de paisajes que cuesta creer que sean de este planeta. Cuando por fin le puse fecha, elegí un momento con sentido: mis cuarenta años. Si había un viaje que se merecía convertirse en el regalo por cruzar esa frontera, era este.

Fui con mi hermano, once días recorriendo la isla por la Ring Road. Como él no conduce, el volante fue cosa mía en solitario durante todo el viaje: casi 2.300 kilómetros entre cascadas, campos de lava, glaciares y carreteras que parecían no llevar a ningún sitio hasta que de pronto llevaban a todas partes.

Una veleta sobre un tejado de Keflavík, con el cielo nuboso islandés de fondo.

Día 1. Rumbo a Islandia

Islandia no es un destino al que se llega de improviso. El país más escasamente poblado de Europa —poco más de trescientas mil personas en una isla del tamaño de Hungría— exige una logística que cualquier otro viaje europeo no requiere. El coche de alquiler hay que reservarlo con meses de antelación. El alojamiento se planifica noche a noche siguiendo la Ring Road, porque los guesthouses están repartidos por la isla y en agosto, con la temporada alta en pleno apogeo, lo que no está reservado no existe. Y los tiempos de conducción entre puntos hay que calcularlos con cuidado, porque las distancias en el mapa engañan cuando las carreteras serpentean por terreno volcánico.

El nuestro llevaba más de seis meses planeado.

El viaje

Salimos de Bilbao el 19 de agosto en el VY1423 con escala en Barcelona, donde embarcamos en el VY8560 con destino a Reikiavik. El vuelo nocturno es la forma habitual de llegar desde el sur de Europa: despegar por la tarde, hacer escala, cruzar el Atlántico norte de madrugada y aterrizar cerca de medianoche. Se duerme mal y se llega tarde, pero es la lógica del viaje, y uno la acepta desde el momento en que reserva los billetes.

A las 00:40 aterrizamos en Keflavík. No en Reikiavik: el aeropuerto internacional de Islandia está en la península de Reykjanes, a cincuenta kilómetros de la capital, un detalle que sorprende a mucha gente la primera vez. Keflavík fue base aérea de la OTAN durante la Guerra Fría y no abandonó esa función hasta 2006, apenas siete años antes de nuestra visita. Algo de ese pasado funcional y utilitario sigue presente en el aeropuerto y en la zona que lo rodea.

Primera impresión

Era noche cerrada cuando salimos del edificio. El sol de medianoche es de junio; a mediados de agosto ya anochece del todo, y a la una de la madrugada la oscuridad era completa. Nada que ver con lo que me había imaginado.

Las oficinas de Geysir car rental están a pocos metros del aeropuerto, lo cual se agradece cuando llevas doce horas de viaje. El proceso fue rápido: firma, llaves, plano de la isla. Nuestro compañero para los próximos diez días sería un Hyundai Atos, pequeño y económico, perfectamente adecuado para la carretera del anillo siempre que no se aventurara por pistas sin asfaltar. La sensación de salir del parking con el coche cargado, a la una de la mañana, con la oscuridad y el silencio absolutos al otro lado del parabrisas, fue extrañamente intensa. Los faros iluminaban unos metros de asfalto y nada más. A ambos lados, sin verla todavía, ya intuíamos la llanura de lava.

El B&B Guesthouse de Hringbraut 92 está en Keflavík, a diez minutos del aeropuerto. La elección fue puramente estratégica: un sitio cercano donde dormir unas horas antes de empezar el viaje de verdad. Llegamos, dejamos las maletas y nos acostamos sin perder tiempo. Al día siguiente nos esperaba el Círculo Dorado.

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Día 2. Descubriendo el Círculo Dorado

Salimos de Keflavík con el cielo cubierto y ese tono gris perla que en Islandia en agosto es la norma más que la excepción. Sin lluvia todavía, lo cual en este país ya es una victoria. Tomamos la Ruta 1 hacia el este y durante la primera media hora el paisaje fue la llanura de lava de la península de Reykjanes: negra, cubierta de musgo verdegris, plana hasta donde alcanza la vista, sin árboles ni edificios. Hay algo casi lunar en ese primer trecho de carretera que no terminas de sacudirte aunque lleves varios días en la isla.

El plan para el día era el Círculo Dorado. Es la ruta más visitada de Islandia, y lo es porque concentra en menos de doscientos kilómetros tres de los lugares más representativos del país: un parque nacional que es a la vez una de las grandes grietas geológicas del planeta y el escenario del parlamento más antiguo de Islandia; una cascada que casi fue destruida por una central hidroeléctrica y que sobrevivió gracias a la obstinación de una mujer; y el géiser que dio nombre a todos los géiseres del mundo. Añadimos un cuarto punto, el cráter Kerið, porque quedaba de camino y porque la descripción sonaba a algo fuera de lo habitual.

Þingvellir: el parlamento en la grieta

Aparcar en Þingvellir a las nueve de la mañana en agosto todavía es sencillo. Es uno de esos sitios donde merece mucho la pena madrugar, porque los tours organizados empiezan a llegar a partir de las diez y media y los aparcamientos se colapsan con rapidez. Lo comprobamos en primera persona: cuando llegamos el parking estaba casi vacío; cuando nos íbamos, dos horas y media después, era difícil encontrar un hueco.

Nada más bajar del coche el valle se abre ante nosotros y cuesta un momento procesar la escala. Lo que estás mirando es la grieta entre la placa tectónica norteamericana y la euroasiática. Las dos se separan entre dos y tres centímetros cada año, y el resultado de ese movimiento acumulado durante millones de años es este valle hundido, flanqueado por paredes rocosas de diez metros a cada lado. Caminar por el fondo de la falla de Almannagjá es caminar literalmente entre dos continentes, y es el tipo de dato que en casa puede parecer abstracto pero que aquí, con las paredes de roca a ambos lados y el agua cristalina fluyendo entre las grietas del suelo, se vuelve perfectamente concreto y casi perturbador.

Esa agua tiene su propia historia. Viene del glaciar Langjökull y se filtra durante décadas a través de la roca volcánica porosa antes de emerger aquí, purificada de una manera que ningún sistema de filtrado artificial podría replicar. En la fisura de Silfra, a pocos metros del sendero principal, la visibilidad bajo el agua supera los cien metros y la temperatura se mantiene en torno a los dos grados durante todo el año. Los buceadores que se meten allí con traje seco pueden tocar las dos paredes de la grieta a la vez: una mano en la placa americana, la otra en la europea. Con las manos entumecidas en diez minutos, pero la anécdota merece el sacrificio.

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Þingvellir

El parque debe su nombre al Althing, la asamblea general que los jefes islandeses empezaron a celebrar aquí en el año 930. Era la institución política central de la república islandesa: durante dos semanas cada verano, los goðar de cada región se reunían para establecer leyes, resolver disputas y tomar las decisiones que afectaban a toda la isla. El cargo más peculiar de aquella estructura era el del Lawspeaker, el único funcionario remunerado de la república. Su función era recitar de memoria un tercio de las leyes cada año desde la roca del Lögberg, para que todos los presentes pudieran conocerlas. No había código escrito. Las leyes vivían en la memoria de una sola persona y se transmitían de forma oral, año tras año. Es difícil no pensar en eso mientras caminas por el lugar donde estuvo la roca y miras el espacio vacío donde alguien, cada verano durante siglos, se puso a recitar.

El momento más dramático de la historia del Althing fue probablemente el año 1000, cuando la asamblea llegó dividida entre el paganismo tradicional y el cristianismo que el rey de Noruega presionaba para adoptar. La tensión era tal que una guerra civil parecía posible. El Lawspeaker de ese año, Þorgeirr Ljósvetningagoði, se retiró bajo su capa durante un día y una noche entera sin hablar con nadie, y al levantarse anunció su decisión: Islandia adoptaría el cristianismo como religión oficial, pero los cultos paganos privados quedarían permitidos. Un compromiso tan pragmático que hoy, mil años después, resulta casi moderno.

Recorrimos los senderos durante casi tres horas. Basta alejarse un poco de las pasarelas principales para encontrar rincones de mucha calma, incluso en pleno agosto. A las doce, cuando nos íbamos, los aparcamientos estaban al límite.

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Þingvellir

Gullfoss: la cascada que alguien quiso destruir

De Þingvellir a Gullfoss son unos cincuenta kilómetros por la Ruta 35, aproximadamente una hora de conducción. El paisaje va cambiando a medida que te alejas del parque: menos vegetación, más abierto, más viento. Y a medida que te acercas a la cascada, aunque todavía no la veas, ya empieza a notarse su presencia en el ambiente. Primero como un sonido lejano que se confunde con el viento. Después, más cerca, como una bruma fina que impregna el aire mucho antes de llegar al aparcamiento.

El río Hvítá, el "río blanco", baja del glaciar Langjökull cargado con el deshielo de toda esa masa de hielo. El caudal medio en agosto ronda los cuarenta metros cúbicos por segundo, pero en primavera, cuando se funden las nieves de las tierras altas, puede multiplicarse por cuatro. En Gullfoss ese río cae en dos saltos consecutivos —once metros el primero, veintiún metros el segundo— antes de precipitarse en una garganta de setenta metros de profundidad y desaparecer de la vista. El bramido llega antes que la imagen, porque hasta el último momento la disposición del terreno esconde la cascada. La ves de golpe, entera, cuando ya estás casi encima de ella.

Gullfoss casi no llega a existir tal como la conocemos. A principios del siglo XX un empresario extranjero negoció con el propietario de las tierras arrendar la cascada para construir una central hidroeléctrica. El proyecto habría desviado el río y acabado para siempre con las cataratas. La hija del propietario, Sigríður Tómasdóttir, se negó a aceptarlo. Caminó hasta Reikiavik en múltiples ocasiones —más de setenta kilómetros a pie cada vez— para presentar su caso ante los tribunales, y llegó a amenazar con tirarse a las cataratas si el proyecto salía adelante. El abogado que la asesoró en aquellas gestiones fue Sveinn Björnsson, que décadas después se convertiría en el primer presidente de la república islandesa. El proyecto no salió adelante, aunque más por falta de financiación que por victoria legal. Pero Sigríður se convirtió en el símbolo de la conservación del paisaje islandés, y tiene una placa dedicada en el aparcamiento de la cascada. Vale la pena buscarla antes de acercarse a los miradores.

Los miradores son dos, y los dos son necesarios. Desde el superior se entiende la escala del conjunto: cómo el río llega, dónde cae, cómo desaparece en la garganta. Desde el inferior, a nivel del río, la perspectiva es completamente diferente: en treinta segundos ya estás completamente empapado por la bruma que genera la cascada, y el rugido es tan intenso que hay que alzar la voz para hablar. Impermeable imprescindible, o resignación de llegar calado al coche.

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Gullfoss

Geysir: el origen de una palabra

El área geotérmica de Geysir está a apenas diez minutos en coche desde Gullfoss, en el valle de Haukadalur. Tiene aparcamiento grande y gratuito, y un complejo de restaurante y tiendas que en agosto funciona a pleno rendimiento. De todos los puntos del Círculo Dorado, es el más turístico, y se nota en cuanto llegas.

El Gran Géiser —Geysir a secas, el que dio nombre al fenómeno en todos los idiomas del mundo— está prácticamente inactivo hoy. Del nórdico antiguo gjósa, que significa "manar con fuerza": fue documentado por primera vez en 1294 tras un terremoto que abrió nuevas vías al calor subterráneo, y durante siglos fue el espectáculo principal de la zona, lanzando agua a sesenta o setenta metros de altura con erupciones regulares. Lo que acabó con él fue una combinación de terremotos que alteraron sus canales subterráneos y, especialmente, los visitantes del siglo XIX que le arrojaban jabón para provocar erupciones artificiales a voluntad. Hoy tiene un cartel explicativo y un charco tranquilo. Ya no erupciona.

La estrella del área es ahora su vecino, Strokkur. Erupciona cada cinco u ocho minutos, entre quince y cuarenta metros de altura, y el mecanismo es el siguiente: el agua en el canal subterráneo está a más de cien grados centígrados, pero la presión de la columna de agua por encima impide que hierva. En el momento en que esa presión baja mínimamente —algo que ocurre de forma natural y periódica— el flash de vaporización es instantáneo y explosivo. Lo que ves desde fuera, dos o tres segundos antes de la erupción, es una cúpula azulada que asoma en la superficie del agua: una burbuja de vapor que empuja desde abajo. Cuando aparece la cúpula tienes el tiempo justo para preparar la cámara.

Nos quedamos viendo varias erupciones seguidas, rodeados de turistas con el mismo plan. La gente gritaba cada vez, aunque ya supiera perfectamente lo que iba a pasar. Es difícil no hacerlo.

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Geysir

Kerið: el cráter que no es lo que parece

Kerið está junto a la carretera 35, de vuelta hacia el sur, y cobra una pequeña entrada (un par de euros). Lo incluimos porque quedaba de camino y la descripción sonaba interesante. No nos decepcionó.

La explicación habitual lo llama "cráter volcánico colapsado", pero es más exacto describirlo como un cono de escoria que se vació de magma y se hundió en sí mismo hace unos tres mil años. El resultado es un óvalo de doscientos setenta metros de largo, con las paredes de escoria roja y naranja, porosa y ligera, y un lago en el fondo de un turquesa que parece irreal. Lo que sorprende del lago, una vez que alguien te lo explica, es que su nivel no depende de la lluvia sino del nivel freático de la zona. Sube y baja con las estaciones con independencia absoluta del tiempo que haga. Hay algo en eso que le da al lugar un carácter ligeramente ajeno, como si funcionara con sus propias reglas.

Un sendero marcado recorre todo el borde superior del cráter, con vistas cambiantes al lago y a las paredes rojas, y hay otro que baja hasta la orilla del agua. Con tiempo para los dos, una hora es suficiente. Björk utilizó el cráter como escenario para un concierto a principios de los 2000, con el público en el borde y ella en una barcaza en el lago. Con el anfiteatro natural que forma el cráter, no cuesta nada imaginarlo.

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El cráter Kerid

Selfoss

Llegamos al Húsid Guesthouse en Selfoss con la tarde ya bien entrada. Selfoss es la ciudad más grande del sur de Islandia —unos siete mil habitantes, lo cual ya dice bastante sobre la densidad de población del país— y sin tener grandes atractivos turísticos propios funciona muy bien como base para explorar la zona. La nuestra era para una sola noche: al día siguiente nos esperaba la costa sur, con sus cascadas, sus playas negras y, si teníamos suerte con el calendario, los frailecillos de Dyrhólaey.

El Círculo Dorado puede completarse en un día desde Reikiavik. En agosto conviene salir antes de las nueve para llegar a Þingvellir antes de los grupos organizados.

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Día 3. Cascadas, paisajes volcánicos y frailecillos

Salimos de Selfoss bajo la lluvia. No la lluvia fina y tolerable que había sobrevolado el día anterior, sino algo más decidido, con viento y sin intención de parar pronto. En Islandia agosto tiene fama de ser el mejor mes del año para viajar, lo cual es cierto si lo comparas con octubre o con febrero, pero eso no garantiza nada. Salimos igualmente, con el impermeable a mano y la cámara guardada en la mochila hasta que hiciera falta.

La ruta del día seguía la costa sur hacia el este, y en esa costa sur hay una razón geológica concreta para que haya tantas cascadas. El interior de la isla es una meseta volcánica elevada, y el borde sur de esa meseta es un acantilado abrupto donde la tierra se corta casi verticalmente hacia el mar. El agua que baja de los glaciares y las tierras altas no tiene una bajada gradual: cae de golpe, y el resultado son decenas de cascadas que en muchos casos apenas figuran en los mapas turísticos. Íbamos a ver algunas de las más conocidas, y al menos una que casi nadie visita.

Seljalandsfoss

La primera parada fue Seljalandsfoss, una de las cascadas más fotografiadas de Islandia, y lo es por una razón muy concreta: hay un sendero que permite rodearla completamente y pasar por detrás de la cortina de agua. No hay muchas cascadas en el mundo que lo permitan, y la experiencia de estar en ese tramo trasero —con el agua cayendo desde sesenta metros a menos de un metro de tu cara, y el paisaje islandés enmarcado al otro lado del velo— es exactamente tan especial como suena.

Lo primero que notas al acercarte es el estruendo. Lo segundo es la bruma que empieza a empaparte mucho antes de llegar a la base de la cascada, bastante antes de lo que esperarías. Para cuando estás en el tramo trasero ya no tiene ningún sentido intentar mantenerse seco, y de hecho es mejor haber asumido eso desde que bajas del coche. Chubasquero imprescindible, y algo para proteger la cámara, porque el agua lo alcanza todo.

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Seljalandsfoss

Gljúfurárfoss

A diez minutos a pie hacia el norte de Seljalandsfoss, siguiendo el pie del acantilado, hay otra cascada que la mayoría de los visitantes no llegan a ver. No tiene aparcamiento propio ni señalización especial. Si no sabes que existe y en qué dirección hay que ir, simplemente no la encuentras.

Se llama Gljúfurárfoss, que significa "cascada del cañón", y el nombre describe perfectamente lo que hay allí. Para entrar hay que meterse en una pequeña garganta entre paredes rocosas que se van cerrando progresivamente hasta que el camino se reduce a un saliente sobre el agua. En algún punto del recorrido no hay más remedio que avanzar con el agua cubriéndote parcialmente las botas. Lo que hay al fondo vale el sacrificio: en un espacio casi cerrado entre las paredes del cañón, con una ranura en lo alto por donde se filtra la luz, la cascada cae con una intimidad completamente diferente a todo lo que se puede ver fuera. No hay grupos, no hay plataformas de observación, no hay nadie más. Solo la cascada y el sonido del agua rebotando entre las paredes de roca.

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Gljúfurárfoss

Skógafoss

Skógafoss está a unos cuarenta minutos en coche hacia el este desde Seljalandsfoss, y cuando llegamos la lluvia había decidido tomárselo en serio. Sesenta metros de altura, veinticinco de ancho, con el río Skógá bajando cargado desde el glaciar Eyjafjallajökull. La combinación de la lluvia exterior y la bruma que genera la propia cascada hacía que la visita fuera completamente diferente a lo que sería en un día soleado, aunque no menos impresionante. Simplemente más húmeda.

En el lateral derecho de la cascada hay una escalera de más de quinientos peldaños que sube hasta la cima. A pesar del tiempo, decidí subir. A medida que ganaba altura las vistas iban cambiando, primero la cascada desde el lateral y luego, desde arriba, la perspectiva del río llegando y la franja de mar visible en la distancia. Fue exactamente al llegar a lo alto donde la cámara decidió dejar de funcionar. Pantalla en negro, ningún botón respondía, completamente empapada por la combinación de la lluvia y el spray de la cascada durante todo el ascenso. La guardé en la mochila sin demasiada esperanza y terminé el resto del día con el móvil.

Por la noche, tras unas horas sobre la calefacción del alojamiento, volvió a la vida. Aparentemente las cámaras japonesas están construidas para sobrevivir cosas peores que un día de lluvia islandesa.

Antes de marcharnos encontramos junto a la cascada una placa que recuerda la leyenda local: el primer colono vikingo de la zona habría escondido un tesoro en algún lugar detrás de la caída de agua. Siglos después, alguien que intentaba recuperarlo encontró solo el aro metálico de un cofre antes de que se rompiera y el tesoro cayera al fondo de la cascada. Si existe, sigue ahí.

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Skógafoss

Skógasafn

Con la lluvia en su punto más intenso del día, el Museo Folklórico de Skógar resultó ser exactamente el refugio que necesitábamos. Es más extenso de lo que parece desde la entrada: un edificio principal con una colección de más de quince mil artefactos que va desde utensilios de pesca y herramientas agrícolas hasta los primeros automóviles que llegaron a la isla, y un museo al aire libre con casas de turba reconstruidas que es la parte realmente fascinante.

Las casas de turba son una solución de ingeniería notable para un país sin madera, con inviernos extremos y viento constante. La turba —tierra y musgo compactados— es un material disponible en cualquier parte de la isla y un aislante excelente, y los islandeses de los siglos pasados construyeron con ella tanto las paredes como los techos de sus casas. El resultado son estas estructuras bajas, casi enterradas en el terreno, con techos de hierba viva que en verano se confunden con el paisaje circundante. Por dentro, los techos son tan bajos que hay que agacharse para moverse de habitación en habitación, y los espacios resultan claustrofóbicos para cualquier estándar moderno. Pero estaban perfectamente adaptadas a su entorno.

Un detalle que me llamó la atención: los islandeses de la época dormían en posición casi sentada, no completamente tumbados. Según la creencia popular, tumbarse del todo era invitar a los espíritus a llevarse el alma durmiente. No sé si la superstición explica el diseño de las camas o si es al revés, pero el resultado es el mismo: camas que más que camas parecen sillas muy reclinadas. Hay también una pequeña iglesia de madera negra, austera y elegante, que destaca frente al conjunto.

Con el tiempo que estaba haciendo fuera, la visita se fue alargando sola. Dos horas bien empleadas.

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Skógasafn

Dyrhólaey

Por la tarde la lluvia remitió lo suficiente para acercarnos a Dyrhólaey, un promontorio volcánico que se adentra en el mar formando un gran arco de roca. La carretera que sube hasta el faro es estrecha, con curvas cerradas, pero las vistas desde arriba merecen el recorrido sin ninguna duda: hacia el este la playa negra de Reynisfjara con sus columnas de basalto, hacia el norte el glaciar Mýrdalsjökull dominando el horizonte, y hacia el sur y el oeste el Atlántico abriéndose sin interrupción hasta la Antártida.

Llegamos con la duda de si quedarían frailecillos. A finales de agosto muchos han iniciado ya la migración hacia el Atlántico norte, donde pasan el resto del año en mar abierto sin acercarse a tierra. Los frailecillos (Fratercula arctica) son aves que viven prácticamente toda su vida en el océano: solo vienen a los acantilados para criar, entre mayo y agosto, y construyen sus madrigueras excavando en la tierra blanda del borde de los acantilados. Son animales pelágicos, oceánicos, que usan la tierra exclusivamente como incubadora temporal.

Tuvimos suerte. Quedaban varios ejemplares en los acantilados, posados o planeando con ese aleteo rápido y un poco torpe que los hace inconfundibles. Son sorprendentemente tolerantes con los observadores humanos: se dejan acercar mucho más de lo que esperarías, completamente indiferentes a quien los mire. Su aspecto —el pico naranja y negro sobredimensionado, el contraste entre el blanco del pecho y el negro del dorso— tiene algo de caricatura que hace difícil tomárselos en serio, aunque sobreviven condiciones oceánicas que tumbarian a la mayoría. Verlos en los acantilados de Dyrhólaey, con el océano al fondo, fue uno de los momentos más genuinamente especiales del viaje.

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Poder ver y fotografiar a los frailecillos fue uno de los grandes momentos del día

Reynisfjara

La última parada del día fue la playa de Reynisfjara. Arena negra y, en uno de sus extremos, las columnas de basalto que aparecen en prácticamente todas las fotografías de Islandia que no son de una cascada o un géiser. El negro de la arena es basalto erosionado, la misma roca volcánica que forma la mayor parte de la isla, molida por las olas durante siglos hasta convertirse en arena de grano fino. Las columnas —perfectamente hexagonales, apiladas con una regularidad que parece imposible en algo natural— son el resultado de un proceso de enfriamiento lento y uniforme: cuando una colada de lava se enfría gradualmente, la roca se contrae y se fractura siguiendo la geometría que minimiza la tensión interna. Esa geometría óptima es el hexágono, y la naturaleza la encuentra sola, sin ayuda, en cualquier parte del mundo donde las condiciones sean las adecuadas. Hay columnas basálticas similares en Irlanda del Norte, en California, en las Islas Feroe. Las de Reynisfjara son algunas de las más accesibles y fotogénicas.

Mar adentro, los Reynisdrangar son tres agujas de roca que emergen del océano. Según la leyenda local fueron trolls que intentaban arrastrar un barco hacia la costa y quedaron petrificados cuando los sorprendió la luz del amanecer. Con la niebla y el oleaje de ese final de tarde, no costaba nada imaginárselo.

Lo que hay que tener muy presente en Reynisfjara es el peligro real de las sneaker waves: olas solitarias que llegan sin previo aviso desde el Atlántico abierto y pueden arrastrar a personas situadas bastante por encima de la línea de agua habitual. No es un peligro teórico. Ha habido víctimas mortales en esta playa en los últimos años. Las señales de advertencia que hay repartidas por la costa no son decorativas, y la regla es no dar la espalda al mar y mantenerse mucho más atrás de donde crees que es suficiente.

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Reynisfjara

Vík

Llegamos al Guesthouse Steig, cerca de Vík, con la ropa mojada y la cámara en proceso de recuperación sobre la calefacción. Cena, ropa tendida, y desde la ventana de la habitación las siluetas de los Reynisdrangar recortadas contra el horizonte.

Tres días en Islandia y el país no ha dado señales de querer moderar sus paisajes. Al día siguiente: glaciares.

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Día 4. De los cañones verdes a los mágicos glaciares

Salimos pronto esa mañana, todavía con el cuerpo entumecido del día anterior. El cielo estaba encapotado pero seco, que en agosto en Islandia ya es una pequeña victoria. Teníamos mucho por delante: cañones, cascadas, dos glaciares y la laguna que llevábamos semanas esperando ver. El plan era ambicioso y lo sabíamos, pero la Ring Road tiene esa virtud de mantener las distancias manejables, aunque los tiempos de parada se disparen.

Fjaðrárgljúfur

La primera parada fue el cañón de Fjaðrárgljúfur, unos kilómetros antes de llegar a Kirkjubæjarklaustur. El nombre lo habíamos practicado en el coche durante kilómetros sin conseguir pronunciarlo de forma convincente. Lo que nos encontramos al llegar no tenía nada que ver con lo que esperábamos de Islandia.

El cañón tiene más de cien metros de profundidad y está completamente tapizado de verde. No es el verde apagado del musgo volcánico que ya conocíamos, sino un verde brillante, casi estridente, que cubre cada centímetro de las paredes rocosas. Se formó durante la última glaciación, cuando el agua de deshielo fue excavando la roca durante miles de años. El resultado es completamente distinto a la imagen volcánica y mineral que uno asocia con este país.

Hay varios miradores a lo largo del borde, bien acondicionados, que permiten ver el río Fjaðrá serpenteando en el fondo. Desde uno de ellos el sendero se adentra un poco sobre el vacío y la perspectiva es completamente vertiginosa. Le dedicamos más tiempo del previsto, que es exactamente lo que hay que hacer aquí. La luz de la mañana rebotaba en las paredes húmedas y cambiaba la textura del verde con cada minuto.

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Fjaðrárgljúfur

Systrafoss

Continuando por la carretera hasta Kirkjubæjarklaustur, la siguiente parada fue Systrafoss, las cascadas de las hermanas. A primera vista, desde abajo, las dos caídas de agua paralelas resultan más discretas que otras que ya habíamos visto. Pero la señal del sendero apuntaba hacia arriba y decidimos seguirla.

A medida que subíamos junto a las cascadas, el paisaje que quedaba a la espalda se iba abriendo. Arriba del todo, el valle se extendía en toda su anchura, con los campos verdes en primer plano y las montañas oscuras cerrando el horizonte. Es uno de esos casos en los que la vista principal no es la cascada sino lo que se ve desde ella.

Si visitáis Systrafoss y os quedáis abajo, estáis viendo la mitad del lugar. La subida no es larga ni especialmente exigente.

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Systrafoss

Dverghamrar

A pocos kilómetros de Kirkjubæjarklaustur, junto a la carretera, se encuentra Dverghamrar, los acantilados de los enanos. Es una parada breve pero que vale la pena: un conjunto de columnas basálticas perfectamente hexagonales que emergen del suelo como si alguien las hubiera colocado a mano. La leyenda dice que eran los refugios de los enanos del folclore islandés, lo que explica el nombre.

No requiere mucho tiempo, pero deteniéndose cinco minutos se entiende bien la mecánica volcánica que ha moldeado este país. La lava, al enfriarse lentamente, se contrae y se fractura formando estas columnas regulares. Lo mismo que más tarde íbamos a ver en Svartifoss, pero aquí al nivel del suelo, sin cascada, y sin gente.

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Dverghamrar

Núpsstaður

Después de comer paramos en Núpsstaður, un conjunto de casas tradicionales de turba que se apoya contra una pared de roca casi vertical, al pie de la montaña. Las construcciones llevan siglos en ese mismo sitio, con los tejados verdes mimetizados con el terreno, como si hubieran crecido de él.

Es un lugar que obliga a reajustar la escala. Los islandeses vivían así hasta no hace tanto: habitaciones bajas, muros gruesos, techos de turba como única protección contra el frío. Algunas partes están abiertas y se puede ver el interior. Es una parada sin grandes alardes visuales, pero que da contexto a todo lo demás.

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Núpsstaður

Skaftafellsjökull

Llegamos al área de Skaftafell con la tarde ya empezada. Desde el aparcamiento principal se ven al fondo las lenguas de glaciar bajando entre las montañas, y el aire tiene una temperatura distinta, más densa, más fría. No es algo que uno espere hasta llegar ahí.

El camino hasta el frente de Skaftafellsjökull está bien señalizado y es relativamente corto. A medida que avanzas, la vegetación desaparece y el suelo se vuelve arena negra y rocas pulidas por el hielo. El glaciar termina en un frente abrupto, sucio por los sedimentos, con grietas azules que se abren hacia el interior. Era la primera vez que veíamos un glaciar en nuestra vida.

Había oferta de excursiones sobre el hielo con crampones y guía, y es algo que se queda en la lista de asuntos pendientes. Esta vez el horario no lo permitía. Pero acercarse al frente y quedarse ahí parado, escuchando el silencio, el crujido ocasional del hielo, ya es suficiente para entender que estás delante de algo con una escala temporal completamente diferente a la tuya.

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Skaftafellsjökull

Skaftafell y Svartifoss

Volvimos al área del parque y emprendimos la ruta hacia Svartifoss. El sendero asciende entre abedules enanos y vegetación baja que no supera la rodilla, con vistas cada vez más amplias sobre los glaciares y, al fondo, el brillo plano del océano. Islandia tiene esa extraña cualidad de que desde tierra firme siempre se ve el mar.

Svartifoss aparece al doblar un recodo del sendero. La cascada en sí no es especialmente ancha ni poderosa, pero está enmarcada por columnas basálticas negras perfectamente formadas que caen verticalmente a ambos lados, como una catedral improvisada. El agua se precipita entre ellas con mucha calma.

Lo que no sabíamos en ese momento es que esas columnas tienen historia. El arquitecto Guðjón Samúelsson las tomó como referencia directa para diseñar la Hallgrímskirkja, la iglesia más famosa de Reikiavik. Si has visto la fachada de esa iglesia y su torre escalonada, puedes verlo aquí. La conexión entre el paisaje geológico y la arquitectura islandesa es completamente literal.

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El sendero de Skaftafell hasta Svartifoss, la cascada enmarcada por columnas basálticas que inspiraron la fachada de la Hallgrímskirkja

Svínafellsjökull

Antes de seguir hacia el este paramos en Svínafellsjökull, el glaciar vecino de Skaftafellsjökull, a unos minutos de distancia por carretera. El acceso es directo, sin apenas sendero, y el frente glaciar aparece casi de golpe.

Si Skaftafellsjökull nos había impactado, Svínafellsjökull tiene algo diferente. Las formaciones de hielo son más escarpadas, el frente más accidentado, y los tonos azules del hielo más saturados. En ese momento ya habíamos visto glaciares esa misma tarde, lo que no impidió que nos quedáramos parados delante de este sin decir nada durante un buen rato. Si hubiera sido el primero que veíamos en la vida, creo que no habríamos podido movernos.

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Svínafellsjökull

Jökulsárlón

Llegamos a Jökulsárlón con la tarde ya muy avanzada y bajo la lluvia. El aparcamiento estaba lleno pese a la hora y la lluvia, que da una idea de lo que es este lugar.

La laguna se extiende al pie del glaciar Breiðamerkurjökull, que lleva retrocediendo desde 1935. A medida que el hielo se retira, el lago va creciendo. Hoy es uno de los más profundos de Islandia. En la superficie flotan icebergs de todos los tamaños, algunos del tamaño de un coche, otros del tamaño de una casa, desprendiéndose lentamente del frente glaciar y derivando hacia el canal que los lleva al mar.

El color del hielo es lo que más descuadra. No es blanco. Es azul. Un azul intenso, casi eléctrico en los bloques más grandes. El hielo glaciar se comprime durante siglos, hasta que todo el aire queda expulsado. Sin burbujas de aire, la luz se refracta de otra manera y el hielo toma ese tono azul que ninguna fotografía consigue reproducir del todo fielmente.

Al otro lado de la carretera, donde el canal llega al océano, los icebergs que no consiguen pasar son devueltos por las olas a la orilla negra de basalto. Se llama Diamond Beach. Esa tarde la lluvia hacía que todo brillara más.

Entre los bloques nadaban focas, completamente indiferentes a nosotros y a los paraguas. Viven aquí de forma permanente porque la pesca en el canal es abundante. Hay quien hace el tour en barcaza anfibio para acercarse más, aunque desde la orilla ya se ve perfectamente. La laguna ha aparecido en varias películas de James Bond, lo que ahora mismo parece completamente creíble.

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Jökulsárlón

Höfn

Llegamos a Höfn ya de noche, empapados y con las piernas cansadas. El alojamiento era el Guesthouse Hvammur, en Ránarslóð 2, sencillo y suficiente.

Höfn significa "puerto" en islandés, lo que no dice gran cosa de la imaginación del que puso el nombre pero describe bien lo que es: un pueblo pesquero en una bahía protegida, al borde del Vatnajökull. La especialidad local es la langosta, aunque en realidad es lo que los nórdicos llaman langostino noruego, un crustáceo de aguas frías de carne firme y muy sabrosa. Aquí se celebra el Humarhátíð, el Festival de la Langosta, cada año. Pedimos dos raciones.

Era la manera adecuada de cerrar el día más intenso del viaje hasta ese momento. Desde el verde imposible de Fjaðrárgljúfur hasta el azul del hielo de Jökulsárlón, habíamos recorrido un espectro de colores que Islandia despliega con una generosidad que desorienta.

Glaciar y paisaje montañoso de Islandia

Día 5. Explorando los tesoros del este islandés

Salimos de Höfn con el día cubierto y la carretera mojada de la noche anterior. La Ring Road en esta zona bordea la costa sur del Vatnajökull durante varios kilómetros, con el glaciar asomando entre las nubes por encima, y luego gira hacia el norte y se adentra en los fiordos del este. El este de Islandia es la región que menos gente visita, y se nota: menos coches, menos señales, menos infraestructura turística. Eso tiene sus consecuencias, no siempre malas.

Djupivogur

La primera parada fue Djupivogur, un pueblo costero que apenas aparece en los itinerarios de la mayoría de viajeros. Aparcamos junto al puerto y dimos un paseo sin destino concreto.

Hay barcos pesqueros amarrados, unas pocas casas de colores, una calle principal con tiendas que abren cuando quieren. Nadie nos intentó vender nada. No había guías, ni señalización turística, ni nada que indicara que la presencia nuestra allí fuera especialmente relevante para nadie. El pueblo tiene su propia vida y nosotros éramos simplemente gente que pasaba. Eso es bastante difícil de encontrar en agosto en Islandia, y por eso merece la pena parar aunque sea veinte minutos.

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Djupivogur

Lagarfljot

Girando hacia el interior desde la costa, la carretera llega al lago Lagarfljot, que se extiende unos veinticinco kilómetros entre montañas de un verde muy oscuro. El agua tiene un tono turbio, grisáceo, que contrasta con el verde de las laderas que lo rodean.

Este lago tiene su propia leyenda de monstruo lacustre, el Lagarfljótsormurinn. La historia tiene un origen concreto recogido en las sagas: una joven puso un gusano sobre un anillo de oro para que creciera con él. El gusano creció demasiado y la aterró, así que tiró ambos al lago. El gusano siguió creciendo en las profundidades. La versión islandesa del Loch Ness, básicamente, aunque con más detalles domésticos en el origen.

En 2012 alguien grabó un vídeo que supuestamente mostraba al monstruo moviéndose bajo el agua helada. Se hizo viral durante una semana y luego desapareció de internet con la misma rapidez. La carretera bordea prácticamente todo el lago. Yo conducía y no pude disfrutarlo tan bien como me habría gustado, pero obligué a hacer una parada para al menos bajar del coche y mirarlo con calma.

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Lagarfljot

Skriduklaustur

Junto al lago se encuentra Skriduklaustur, un edificio de piedra negra construido en 1939 que alberga un museo y un restaurante con cierta fama en la región. Paramos porque estaba en la ruta y parecía tener entidad suficiente.

No mereció la pena, siendo honesto. El museo era interesante solo si se tiene un interés específico en la historia medieval islandesa, que no era nuestro caso. El restaurante tenía buenas vistas al lago. Si el tiempo del que se dispone es limitado, esta parada puede saltarse sin remordimientos.

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Skriduklaustur

Hengifoss

Esto sí mereció la pena. Bastante.

El aparcamiento de la ruta de Litlanesfoss y Hengifoss está a pocos kilómetros de Skriduklaustur. Desde abajo ya se ve Hengifoss en la distancia, una línea blanca cayendo desde muy arriba. Tiene 128 metros, una de las cascadas más altas de Islandia. El sendero asciende gradualmente durante cuarenta minutos hasta llegar a Litlanesfoss, la primera recompensa del camino.

Litlanesfoss es una cascada enmarcada por columnas basálticas hexagonales que forman un semicírculo casi perfecto alrededor del agua. Es una de esas imágenes que parecen compuestas a propósito pero son completamente naturales.

Después de Litlanesfoss el sendero sigue subiendo y el terreno se vuelve más árido y angular. Hasta que aparece Hengifoss.

Lo primero que llama la atención no es la altura sino las franjas rojas en la pared de roca. Se alternan en horizontal con el negro del basalto, formando una especie de estratigrafía a gran escala. Esas franjas rojas son paleosuelos: suelos antiguos, formados en periodos más cálidos entre una erupción volcánica y la siguiente, que quedaron atrapados bajo las capas de lava sucesivas. Son literalmente el registro de los climas del pasado, visible en la roca. Una especie de archivo geológico al que se puede llegar andando.

La cascada cae desde lo alto de ese archivo. El blanco del agua contra el negro y el rojo de la pared es uno de los contrastes más limpios que hemos visto en todo el viaje.

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Litlanesfoss y Hengifoss

Egilsstaðir

Bajamos de Hengifoss con las piernas bien trabajadas y condujimos hasta Egilsstaðir, el centro urbano del este. Unos 2.500 habitantes, que en Islandia lo convierte en una de las ciudades importantes de la región. Es una ciudad funcional y sin ninguna pretensión: supermercado, gasolinera, alojamiento. Nuestro sitio era el Lyngás Guesthouse, en Lyngási 5-7. Habitaciones limpias, sin más.

Con tiempo por delante antes de la siguiente parada, visitamos Fardagafoss, una cascada cercana sin casi ninguna señalización turística. Cuando aparcamos, el nuestro era el único coche. La ruta es corta y directa. La cascada no es especialmente alta, pero está en un entorno completamente virgen, sin plataformas, sin barandillas, sin nada. Ese tipo de silencio vale su peso.

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Egilsstaðir, el centro urbano del este islandés, y Fardagafoss, la cascada solitaria a la que llegamos sin cruzarnos con nadie

Seydisfjordur

Para cerrar el día nos quedaba el tramo hasta Seydisfjordur, que está a unos 27 kilómetros de Egilsstaðir pero que por carretera se convierte en un viaje completamente diferente.

A mitad del trayecto, en la carretera que asciende hacia el puerto de montaña, un rebaño de ovejas ocupaba el asfalto de lado a lado. No tenían ninguna prisa. Nos detuvimos. Las bocinas no habrían servido de nada. Esperamos hasta que decidieron que ya había sido suficiente y se apartaron, con toda la dignidad del mundo.

Desde el puerto, la bajada hacia Seydisfjordur es uno de esos descensos que obligan a parar el coche aunque no sea necesario. El fiordo se abre bajo los pies, con el pueblo al fondo y el agua quieta al final del embudo de montañas. Las cascadas bajan por las laderas a ambos lados de la carretera. La luz de esa hora, entre nubes, daba a todo un tono muy quieto.

Seydisfjordur es pequeño pero no es un pueblo dormido. Tiene un ambiente artístico propio, alimentado por el LungA Art Festival que se celebra cada verano y que atrae gente de toda Europa. También es el punto de llegada del ferry Smyril Line, que conecta con Dinamarca y las Islas Feroe. Eso le da una vida cosmopolita un poco inesperada para su tamaño: gente con mochilas enormes que llega en barco, artistas, viajeros que empiezan aquí el recorrido por el país. La iglesia azul al final de la calle principal es el elemento más fotografiado, pero el pueblo entero tiene una escala y una coherencia visual que invita a quedarse más de lo previsto.

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Seydisfjordur
Playa de arena negra de Islandia con formaciones rocosas

Día 6. Entre cascadas y formaciones rocosas en Islandia

Salimos pronto hacia el norte. La Ring Road en esa zona del país es un ejercicio de paciencia y admiración en proporciones iguales: tramos largos sin apenas referencias, alguna granja perdida en el horizonte, y de repente una señal que te recuerda que el destino existe y que está más cerca de lo que parece.

Dettifoss

Para llegar a Dettifoss hay que abandonar la Ring Road y decidir por qué lado del cañón te acercas. La carretera 862 rodea el lado oeste y está asfaltada. La 864 va por el lado este, pero es pista de grava. Tomamos la 862, que llega hasta un aparcamiento amplio con buena señalización.

Desde el parking no se escucha nada todavía. Pero a medida que te acercas siguiendo el sendero, el ruido crece. No como el estruendo súbito de algo que aparece de golpe, sino como algo que va ocupando más espacio en el aire hasta que no cabe ningún otro sonido. Cuando por fin asomas al borde del cañón, el agua ya te domina por completo.

Dettifoss es la cascada más caudalosa de Europa. El río Jökulsá á Fjöllum que la alimenta nace en el glaciar Vatnajökull, el mayor de Europa, con más de 8.100 km² de hielo. En condiciones extremas, el caudal puede superar los 1.500 metros cúbicos por segundo. La caída tiene 44 metros de altura y casi 100 de ancho. El agua llega grisácea, turbia, cargada del sedimento glacial que arrastra desde el interior del país: no es suciedad, es el Vatnajökull deshecho y en movimiento.

La NASA eligió este cañón para entrenar a los astronautas del Apollo antes de viajar a la Luna. No cuesta entenderlo. El paisaje alrededor es árido, basáltico, sin una sola concesión a la amabilidad.

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Dettifoss

A pocos minutos caminando aguas arriba está Selfoss. El contraste con su hermana mayor es inmediato: menos altura, mucho más ancho, y el agua más tranquila antes de caer. Si Dettifoss impresiona por la potencia bruta, Selfoss lo hace por la forma en que se despliega. Son dos versiones distintas de la misma fuerza, y merece la pena no saltarse ninguna.

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Selfoss

El Hyundai Atos y la pista de grava hacia Vesturdalur

El siguiente punto era Vesturdalur, en el interior del parque de Jökulsárgljúfur. Aquí fue donde empezamos a tomar decisiones cuestionables.

El acceso directo desde Dettifoss, siguiendo la 864 por el lado este, está catalogado como F-road: pista de grava sin asfaltar, reservada en principio a vehículos con tracción en las cuatro ruedas. Volver a la Ring Road para rodear y entrar por otro acceso implicaba sumar unos 80 kilómetros. No había ninguna señal que prohibiera expresamente el paso a coches convencionales. Y nosotros llevábamos un Hyundai Atos.

Decidimos seguir.

Lo que en el mapa parecía un trayecto corto, de poco más de 20 kilómetros, tardamos casi una hora en completarlo. La pista era exactamente lo que el nombre sugiere: una sucesión de piedras, baches, tramos de tierra suelta y curvas ciegas por las que circulábamos a velocidades que no habrían avergonzado a un ciclista en cuesta. El Atos aguantó, pero hubo momentos en los que el fondo del coche tocó tierra y no fue un sonido especialmente agradable.

Llegamos. Todo en su sitio, sin pinchazos ni daños visibles. Pero el nivel de concentración sostenida durante una hora al volante de aquella pista tiene un coste, y ese coste lo pagamos en la siguiente parada.

Hljóðaklettar

Hljóðaklettar es un campo de formaciones basálticas que el viento y el agua han modelado durante milenios hasta darles formas que recuerdan vagamente a animales, arquitecturas, caras. El lugar tiene una calidad extraña: el nombre en islandés significa algo así como "las rocas del eco", y hay algo en la disposición del espacio que lo justifica.

Debo admitir que lo disfruté menos de lo que merecía. El estrés acumulado de la conducción todavía me acompañaba. Me moví por el sendero con la cabeza a medias en otro sitio, sin terminar de dejar que el paisaje entrara del todo. Era objetivamente hermoso; yo sencillamente no estaba del todo presente.

Si vas a hacer esta ruta, calcula bien el estado en el que vas a llegar. Hljóðaklettar pide calma para recorrerse bien.

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Hljóðaklettar

Rauðhólar

Un poco más adelante, Rauðhólar: un conjunto de montículos de tierra roja que interrumpen bruscamente la paleta de grises y verdes del entorno. El contraste de color es tan repentino que parece casi artificial, como si alguien hubiera pintado esa parte del paisaje con otro pincel.

Desde ahí las vistas abarcan buena parte del valle. La combinación de los montículos rojizos con el horizonte oscuro de la lava más allá crea uno de esos encuadres que hacen que pares y no avances durante un rato.

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Rauðhólar

Ásbyrgi

Ásbyrgi es un cañón con forma de herradura: tres kilómetros de largo, un kilómetro de ancho, paredes que suben casi cien metros. En el interior crece uno de los pocos bosques naturales de Islandia, lo que le da un aire completamente distinto al resto del paisaje del parque.

La explicación mitológica dice que lo formó el casco de Sleipnir, el caballo de ocho patas de Odín, al tocar tierra. La explicación geológica es más violenta: el cañón fue excavado por inundaciones catastróficas, las llamadas jökulhlaup, hace unos 3.000 años, cuando los lagos subglaciares del Vatnajökull se vaciaron de golpe y el agua descendió por este valle con una energía que no tiene un equivalente fácil en el mundo cotidiano.

Se puede recorrer por la parte baja, entre los árboles, o subir a la parte alta para ver la herradura desde arriba. Si el tiempo lo permite, vale la pena hacer los dos. Desde arriba la escala del cañón se entiende de otra manera.

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El cañón de Ásbyrgi

El fiordo de Öxarfjörður

De camino hacia Húsavík, la carretera bordea el fiordo de Öxarfjörður. No tiene la espectacularidad de los fiordos del este, pero la luz de esa hora de la tarde le daba una calidad particular, casi metálica, que justificó una parada breve. Si el fiordo queda en tu ruta, vale la pena detenerse un momento. Si requiere un desvío específico, probablemente no compense.

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El fiordo de Öxarfjörður

Húsavík

Llegamos a Húsavík cuando la última excursión de avistamiento de ballenas ya había zarpado. Lo sabíamos desde un poco antes, cuando miramos el horario y las cuentas no salían. Húsavík está considerado uno de los mejores lugares de Europa para ver ballenas jorobadas, con temporada entre junio y septiembre. Tiene también uno de los mejores museos de cetáceos del mundo. Ninguno de los dos pudimos aprovecharlos ese día.

Quedó pendiente. Esas cosas pasan cuando viajas con un itinerario ajustado y Islandia decide meterle un Hyundai Atos en una pista de grava de una hora.

Lo que sí funcionó fue la cena. El personal del alojamiento nos recomendó el restaurante Naustið, junto al puerto, y fue uno de esos consejos que se agradecen sin reservas. Naustið no tiene carta fija. Sirven lo que han pescado ese día, y solo eso. Esa noche lo que había era extraordinariamente bueno, elaborado sin aspavientos y a un precio que no parecía real para la calidad del producto. Si llegas a Húsavík, pregunta en el alojamiento si sigue abierto y ve sin dudar.

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Húsavík

Dormimos en el Húsavík Guesthouse, en Laugarbrekka 16. Cómodo, bien ubicado, y con el personal que nos dio la mejor recomendación gastronómica del viaje.

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Día 7. Entre fumarolas, lagos volcánicos y la majestuosa Goðafoss

El día anterior habíamos terminado en Húsavík, en la costa norte. Hoy el plan giraba de nuevo hacia el interior, hacia el área de Mývatn, que en islandés significa literalmente "lago de los mosquitos". El nombre no es metafórico. En verano los mosquitos son una presencia constante en esa zona, y aunque no pican con agresividad, forman nubes densas alrededor de cualquier cosa que se mueva. Ya lo comprobamos.

Hverir y Namafjall

Antes de llegar al lago, la carretera pasa junto a Namafjall, una montaña de color rojizo que actúa como pantalla visual entre el lago Mývatn y el campo geotérmico de Hverir. Cuando aparcas y abres la puerta del coche, el olor llega antes que cualquier imagen: azufre puro, espeso, sin advertencia previa. Es el sulfuro de hidrógeno que se oxida al salir del suelo, y deja en el aire un rastro amarillo en las piedras y en los bordes de las fumarolas.

El paisaje desde el suelo es una sucesión de pozas de barro gris y ocre que burbujean lentamente, columnas de vapor blanco que salen de grietas en el suelo, y el contraste violento del terreno rojizo contra el azul del cielo. La NASA también entrenó astronautas aquí antes de las misiones lunares. Es el segundo lugar de Islandia que se usó para ese fin, después del cañón de Dettifoss del día anterior.

Hay un sendero que sube por Namafjall. No es exigente, pero la pendiente sostenida sobre tierra suelta hace que cueste algo más de lo que parece desde abajo. La recompensa es una vista panorámica de todo el campo geotérmico y del lago Mývatn al otro lado de la montaña, con la planicie volcánica extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Bajamos por entre las pozas de barro, completando el circuito, y al final llevábamos algo más de una hora recorriendo la zona.

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Hverir - Namafjall

Stóra-Viti

No muy lejos de Hverir está Stóra-Viti, un lago que ocupa el cráter de un antiguo volcán. El agua es de un azul intenso e improbable, y el contraste con los bordes negros y rojizos del cráter lo hace parecer casi irreal. A un costado opera una central geotérmica que, de vez en cuando, libera columnas de vapor blanco que suben varios metros. La primera vez que lo hace mientras estás mirando, el tamaño de la descarga sorprende. Luego te acuerdas de que el suelo islandés funciona así, y el asombro se convierte en algo más parecido a la familiaridad.

El paseo alrededor del cráter da distintas perspectivas del lago y de la central, y en conjunto requiere alrededor de una hora bien empleada.

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Stóra-Viti

Leirhnjúkur

Muy cerca de Stóra-Viti, Leirhnjúkur es el resultado visible de los "Fuegos de Krafla", una serie de erupciones que sacudieron esta zona entre 1975 y 1984. La última erupción fue en 1984. Cuarenta años después, el suelo en algunos puntos todavía está caliente bajo los pies.

Los senderos están señalizados con precisión, y los carteles no son decorativos: en algunos tramos la diferencia entre la roca estable y el suelo que cede no es visible desde fuera. Salirse de las rutas marcadas no es una opción que valga la pena considerar.

Caminar por Leirhnjúkur es moverse por roca negra reciente, con ese brillo vítreo que tiene la lava cuando aún no ha tenido tiempo de degradarse. No crece casi nada ahí. Alguna fumarola en los bordes del sendero. El silencio interrumpido solo por el viento y por algún siseo de vapor. La sensación de estar en un lugar que no hace mucho no existía en esta forma.

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Leirhnjúkur

Dimmuborgir

Después de comer, fuimos a Dimmuborgir, al borde del lago Mývatn. La historia de cómo se formaron estas torres de roca negra tiene cierta elegancia: hace miles de años, la lava fluyó sobre un lago poco profundo. El agua del lago creó columnas de vapor que quedaron atrapadas dentro de la lava en solidificación, formando pilares huecos. Después, la lava líquida se drenó por debajo, y lo que quedó fue ese laberinto de columnas y arcos.

En la mitología islandesa moderna, Dimmuborgir es el hogar de los Jólasveinar, los trece personajes traviesos que hacen las veces de Papá Noel en Islandia, cada uno con una specialidad propia en el arte de molestar a las familias durante la Navidad. Caminando entre las torres al atardecer, la asociación con criaturas que prefieren mantenerse fuera de la vista no resulta forzada.

Los senderos están bien acondicionados y dejan explorar varias partes del campo de formaciones. Quizás no sea el lugar más espectacular de la zona, pero tiene una coherencia atmosférica que merece la parada.

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Dimmuborgir

Höfði

Antes de salir del área de Mývatn, paramos en Höfði, un pequeño cabo boscoso que se adentra en el lago. El cambio de registro después de horas en entornos volcánicos es inmediato: de repente hay abedules, sombra, tierra cubierta de musgo. El lago se ve desde varios miradores entre los árboles, con sus islas volcánicas dispersas y las siluetas de las montañas al fondo.

Nos habían dicho que había unas cuevas en la zona. No las encontramos. Pero el paseo valió la pena como pausa antes de ponernos en ruta hacia el oeste.

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Höfði

Goðafoss

A media tarde llegamos a Goðafoss. El nombre significa "cascada de los dioses", y el origen del nombre tiene una historia concreta.

En el año 1000, el parlamento islandés, el Althing, debatió si el país debía adoptar el cristianismo. El encargado de mediar y emitir el veredicto fue el lawspeaker Þorgeir Ljósvetningagoði, que era pagano. Pasó una noche entero bajo una piel de animal, en silencio, y al día siguiente anunció su decisión: Islandia sería cristiana, aunque con concesiones para mantener algunos rituales paganos en privado. Era el compromiso que el país podía asumir sin romperse. Al volver a casa, Þorgeir se detuvo en esta cascada y arrojó al agua sus ídolos paganos. El gesto cerró simbólicamente el capítulo anterior.

El río Skjálfandafljót cae aquí 12 metros en un arco de unos 30 metros de ancho. El camino desde el aparcamiento bordea la orilla y la cascada va creciendo en el campo de visión hasta que de repente está ahí, entera, con la neblina que sube de donde el agua golpea las rocas. Cuando el sol entra en ese ángulo concreto, el arco de agua genera arcoíris que aparecen y desaparecen con el movimiento del viento.

Estuvimos largo rato recorriendo los senderos de ambas orillas, buscando ángulos distintos. Hay cascadas más grandes en Islandia, pero pocas con esta combinación de escala accesible e historia pesada detrás.

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Goðafoss

Akureyri

Llegamos a Akureyri cuando la tarde empezaba a perder luz. Con 18.000 habitantes, es la segunda ciudad más grande de Islandia, lo que da idea de la escala del país. Después de días moviéndonos por carreteras vacías y paisajes sin construcciones, encontrarse con semáforos, aceras y escaparates produce una especie de desorientación amable.

La ciudad está en el fondo del fiordo Eyjafjörður, el más largo de Islandia con 60 kilómetros. Las montañas que lo rodean le dan un microclima inusualmente benigno para una ciudad que está a menos de 100 kilómetros del Círculo Polar Ártico. En verano hace un calor razonable, y eso se nota en cómo está plantada y organizada: jardines cuidados, una calle peatonal con cafeterías que funcionan de verdad.

La iglesia Akureyrarkirkja está en lo alto de una escalinata que la hace visible desde casi cualquier punto del centro. La diseñó Guðjón Samúelsson, el mismo arquitecto de la Hallgrímskirkja de Reikiavik: la mano se reconoce en las líneas verticales y en cómo el edificio ocupa el espacio. Dentro, las vidrieras tienen una historia particular: proceden originalmente de la catedral de Coventry, en el Reino Unido, destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando Coventry reconstruyó su catedral, estas vidrieras llegaron hasta aquí.

Nos instalamos en el Akureyri H.I. Hostel, en Stórholt. Cómodo, sin pretensiones, bien situado.

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Akureyri

Después de cenar bajamos al puerto. El fiordo a esa hora estaba completamente quieto. El cielo tenía ese tono naranja-rosado que en Islandia en verano dura lo que dura, que es bastante más de lo que uno calcula cuando llega del sur de Europa. Las montañas del otro lado del fiordo se reflejaban en el agua con una precisión que hacía difícil saber dónde terminaba una cosa y empezaba la otra. Nos quedamos ahí sin hacer nada en particular durante un rato, que es lo que uno hace cuando el lugar lo permite.

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Impresionante atardecer en el fiordo Eyjafjörður. La foto no le hace justicia
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Día 8. Un recorrido por iglesias históricas y la península de Vatnsnes

Antes de salir de Akureyri paramos en la catedral. El día anterior habíamos llegado tarde y estaba cerrada, así que habíamos dejado la visita para la mañana. La Akureyrarkirkja preside la ciudad desde lo alto de una escalinata que sube desde el centro, y tiene ese aspecto imponente y limpio que comparte con la Hallgrímskirkja de Reikiavik, lo cual no es casualidad: las diseñó el mismo arquitecto, Guðjón Samúelsson. Desde fuera son inconfundiblemente parientes.

Por dentro, la nave es sobria como manda la tradición luterana, pero hay algo que no esperábamos: las vidrieras. Resulta que no son islandesas. Vienen de la antigua Catedral de Coventry, en Inglaterra, destruida durante los bombardeos alemanes de 1940. Antes de que el edificio desapareciera definitivamente, alguien tuvo la idea de rescatar sus vidrieras y las trajo aquí. Están en perfecto estado, con esos colores que el vidrio medieval sabe guardar, y al saberlo les prestas una atención distinta. Estás mirando algo que sobrevivió a la guerra.

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Akureyri

Salimos de Akureyri en dirección sur, con el plan de doblar hacia el oeste y recorrer la mitad superior del anillo. La primera hora de conducción pasa por el valle de Öxnadalur, que exige parar aunque no lo hayas planeado. El valle se abre entre paredes de montaña que en agosto todavía guardan nieve en las cumbres, y el verde del fondo contrasta con esa blancura de una manera que obliga a sacar el coche de la carretera. No es el paisaje más dramático que habíamos visto en el viaje, pero tiene una escala tranquila, sin viento, sin coches, sin el agotamiento de los grandes atractivos turísticos.

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El valle de Öxnadalur

La siguiente parada fue Glaumbaer, una granja de turba que desde la carretera no parece gran cosa: un conjunto de tejados verdes y ligeramente curvados que parecen colinas pequeñas. De cerca resulta que son trece edificaciones encadenadas bajo un mismo sistema de cubierta, habitadas de forma continua hasta 1947. El pasillo interior, el baðstofa, era donde la familia dormía, trabajaba y se relacionaba. Toda la vida doméstica en un corredor largo con techo bajo. Verlo en persona da una idea de cómo el frío dicta los modos de habitar de una manera que no tiene equivalente en climas más amables. Hay también un café integrado en una de las granjas más recientes del conjunto, donde tomamos algo caliente antes de seguir.

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Glaumbaer

El día se fue convirtiendo sin que lo hubiéramos planeado en una ruta de iglesias. No es que las fuéramos buscando específicamente, pero aparecían en el camino y cada una tenía algo que justificaba la parada.

Vídimýrikirkja fue la primera. Una iglesia de turba del siglo XIX, aunque en el mismo emplazamiento hay registros del siglo XIV. Desde fuera parece que la tierra se ha tragado parte del edificio: los muros son de piedra y turba, el tejado también, y todo está cubierto de hierba. El interior es tan pequeño y tan sencillo que el contraste con cualquier iglesia urbana resulta casi cómico. Un altar, unos bancos, algo de madera pintada. Nada más. Y esa sencillez tiene más peso que la ornamentación de muchos templos que hemos visitado en otros viajes.

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Vídimýrikirkja

Blönduós, en cambio, es el polo opuesto. La iglesia de este pueblo la diseñó Maggi Jónsson en 1993 con una forma que imita un volcán o un cráter: paredes que suben en talud, sin líneas rectas visibles, toda la masa de hormigón inclinada hacia un punto. Fue muy criticada cuando se construyó, y se entiende que levantase ampollas. No es bonita en el sentido convencional. Pero es coherente con su idea, y en Islandia tiene una lógica: un país construido por volcanes que construye iglesias con forma de volcán.

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La iglesia de Blönduós

Þingeyrar fue la última del día, y la que más nos sorprendió. Para llegar hay que tomar una carretera que termina justo ahí, lo que ya dice algo del lugar. La iglesia es de piedra negra, estilo románico, construida en 1877, y ocupa el emplazamiento de un monasterio medieval del siglo XII que fue el principal centro intelectual de la Islandia medieval: allí se redactaron y copiaron muchas de las sagas. La primera iglesia de piedra que se construyó en el país. Las vistas desde el promontorio sobre el lago y los campos son amplias y tranquilas, y hay algo en el silencio del lugar, en ese peso histórico sin ningún aparato turístico alrededor, que se agradece después de un día moviéndose de sitio en sitio.

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Iglesia de Þingeyrar

Antes de entrar en la península de Vatnsnes, paramos en Kolugljufur. Un cañón pequeño con una cascada dentro. No hay que llegar con grandes expectativas: es una parada agradable, el sendero es corto, y viene bien estirar las piernas después de varias horas de coche. Si no vas hacia Vatnsnes probablemente no justifique un desvío; si ya vas en esa dirección, para.

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Kolugljufur

La carretera que rodea la península de Vatnsnes no está asfaltada. Eso significa polvo, traqueteo, velocidad reducida y el coche cubierto de una capa gris al final del recorrido. Conviene saberlo antes de entrar.

La razón principal para hacerlo es ver focas. La península concentra la mayor colonia de focas del norte de Islandia, y en el punto de avistamiento del norte, con la marea baja, se ven cientos de ejemplares sobre las rocas. Lo que nadie te advierte es que las focas en tierra son extraordinariamente inmóviles. Están ahí, muy quietas, sin hacer nada en particular. Es su comportamiento normal de descanso y no hay que interpretarlo como que algo va mal, pero si esperas movimiento o algún tipo de acción te vas a decepcionar. La escena tiene su valor —son muchos animales, en su hábitat, a poca distancia— pero la experiencia es básicamente la de mirar a un animal inerte durante un rato.

Hvítserkur está en el extremo de la misma carretera. Es una roca de quince metros que emerge del agua y que con algo de disposición recuerda a un rinoceronte bebiendo. Está hecha de basalto tufáceo, es lo que queda de una antigua chimenea volcánica que el mar ha ido erosionando. En la base le han puesto hormigón para frenar esa erosión y que no se derrumbe del todo. Con marea baja se puede bajar hasta la orilla y rodearla. La foto es vistosa y explica por qué aparece en todas las guías, pero conviene ajustar expectativas: es una roca en el agua, fotogénica y con historia geológica, pero no el final de un día que ya había tenido sus momentos mejores.

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La península de Vatnsnes

Llegamos a Gauksmyri Lodge, cerca de Hvammstangi, con el coche blanco de polvo y las piernas agradecidas de poder parar. Es un buen sitio para dormir en esta zona, bien situado para lo que viene al día siguiente. Nos duchamos, cenamos y dormimos sin problema.

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Día 9. De cráteres y cascadas hasta llegar a Reykjavík

El día empezó con el cráter Grabrok. Aparece en todas las guías, tiene aparcamiento grande, señalización cuidada y varios autobuses de excursión cuando llegamos a media mañana. Las rutas de subida están bien marcadas y en veinte minutos estás en el borde mirando el interior y el valle alrededor.

El problema es que después de ocho días recorriendo Islandia, Grabrok resulta difícil de emocionarse. Son en realidad tres cráteres en línea, la última erupción fue hace unos 3.400 años, y el sendero ofrece buenas vistas. Pero lo hemos visto en proporción: cráteres más imponentes, lava más reciente, paisajes volcánicos sin parking ni carteles. Su popularidad tiene más que ver con la proximidad a Reikiavik que con su espectacularidad. Para quien llega aquí en excursión de un día desde la capital, probablemente resulte suficiente. Para quien viene de donde veníamos nosotros, es más bien un trámite amable.

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Cráter Grabrok

Desde Grabrok seguimos hacia Deildartunguhver. La cifra que la define es esta: 180 litros de agua por segundo a 100 grados centígrados. Es la fuente termal de mayor caudal de Europa, y el vapor que sale de ella se ve desde la carretera antes de llegar. El agua va directamente a un sistema de tuberías que la transporta para calefacción doméstica a pueblos que están a 60 kilómetros de distancia. Eso sí es propio de Islandia: no aprovechar la energía geotérmica para un balneario de lujo sino para calentar casas en invierno.

Dicho esto, la visita en sí es breve. Hay una pasarela, el agua hierve a pocos metros, el vapor huele a azufre y en seguida has visto todo lo que hay que ver. Después de Námafjall o las fumarolas de Hverir, el impacto visual es menor. Pero el dato de la escala geotérmica islandesa vale la parada.

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Deildartunguhver

Hraunfossar fue otra cosa. Llegamos sin grandes expectativas, siguiendo una indicación en la carretera, y tardamos un momento en entender lo que estábamos viendo.

No es una cascada en el sentido habitual. El agua no cae desde arriba. Brota lateralmente, a través del campo de lava Hallmundarhraun, como si la roca rezumara. Cientos de hilos de agua emergen de la pared de basalto a lo largo de varios cientos de metros y caen directamente al río Hvítá. El origen del agua está en el glaciar Langjökull, que queda kilómetros al este: el deshielo se filtra lentamente por la roca porosa y viaja bajo tierra hasta aquí, donde reaparece. El campo de lava tiene unos mil años, formado en una erupción del año 900 aproximadamente.

Junto a Hraunfossar está Barnafoss, la cascada de los niños. El nombre viene de una leyenda: dos niños cruzaron el río por un arco de piedra natural y cayeron. Su madre, devastada, mandó destruir el arco para que no volviera a ocurrirle a nadie. El arco ya no existe. El río sigue ahí, estrecho y violento en ese punto, y el nombre se ha quedado.

Hay pasarelas de madera y miradores que permiten ver todo el recorrido de Hraunfossar sin meterse en el agua. No es un lugar muy conocido entre los viajeros que hacen el circuito estándar del sur, y eso se nota: hay gente, pero no masificación. Es de esos sitios que te preguntas por qué no está en todas las listas.

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Hraunfossar

Desde Hraunfossar la carretera baja hacia Reikiavik en un par de horas. El paisaje va cambiando gradualmente: menos volcánico, más domesticado, más tráfico. En algún punto del trayecto empiezas a ver carteles de la capital y lo que ha sido durante nueve días el horizonte vacío del norte empieza a llenarse de señales de civilización.

Llegamos a media tarde. El alojamiento era Smáragata Rooms, en Smáragata 3, en el centro. El edificio es típico islandés, el apartamento estaba en el sótano de una familia local, todo muy tranquilo. Código postal 101, que es el corazón histórico de la ciudad.

Después de dejar las maletas, salimos a dar una primera vuelta. La Hallgrímskirkja estaba a diez minutos a pie. La iglesia domina Reikiavik desde una colina y se ve desde casi cualquier punto de la ciudad: 74 metros de torre, con esa forma de columnas de basalto apiladas que diseñó Guðjón Samúelsson en 1937. El mismo arquitecto de la Akureyrarkirkja que habíamos visitado esa mañana, ocho días antes. La construcción duró 41 años, de 1945 a 1986. Frente a la entrada, la estatua de Leif Erikson, el explorador nórdico que llegó a América cinco siglos antes que Colón. La donó Estados Unidos en 1930 para el milenario del Althing.

Subimos a la torre. Desde ahí arriba se entiende la escala de Reikiavik de golpe: los tejados de colores, la bahía, las montañas al fondo. Una ciudad pequeña que ocupa mucho espacio visual porque se extiende horizontal, sin rascacielos, al borde del agua. Después de nueve días de naturaleza sin apenas construcciones, ver una ciudad desde arriba tiene algo de reconexión con el mundo cotidiano que no sé bien si agradecer o resistir.

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Hallgrímskirkja, la increíble iglesia parroquial luterana de Reykjavík

Bajamos y paseamos por las calles del centro. El ambiente era el que tienen las ciudades nórdicas en verano cuando hay luz hasta las once de la noche: terrazas llenas, gente andando despacio, ninguna prisa. Entramos en una cafetería porque sí, porque olía bien y porque llevábamos semanas desayunando en pensiones y lodges en medio de la nada. El café con leche y el bollo de canela costaron lo que cuestan en Islandia, es decir, demasiado, pero no nos importó.

El contraste con los días anteriores era total y real. No en plan metafórico de "qué diferente es la ciudad de la naturaleza", sino de manera física y concreta: asfalto liso, edificios altos, gente vestida con ropa de ciudad, carteles en varios idiomas, escaparates. La vuelta a la civilización después de nueve días de lava y fjordos y carreteras de grava. No es mejor ni peor, es simplemente otro idioma.

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Vistas desde el mirador de Hallgrímskirkja

Cenamos pronto y volvimos a Smáragata con la idea de descansar. Al día siguiente tendríamos la ciudad entera por delante, sin ruta, sin carretera, sin siguiente parada que marcar en el mapa.

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Día 10. Descubriendo Reykjavík, la capital islandesa

Después de nueve días sin asfalto, sin semáforos, sin nada que sonara a ciudad, Reikiavik nos recibió con sus casas de colores y el ruido suave del tráfico matutino. El contraste era llamativo. Habíamos pasado casi dos semanas rodeados de glaciares, lava y silencio, y de repente había cafeterías, terrazas, gente paseando al perro. No era difícil readaptarse, pero se necesitaba un momento.

El plan para el día era sencillo: caminar. Sin coche, sin etapas marcadas. Solo explorar a pie la capital más septentrional del mundo.

Las casas de colores

Empezamos por Laugavegur, la calle principal del centro, y enseguida entendimos por qué Reikiavik es tan fotogénica. Las fachadas aquí no son de piedra ni de ladrillo sino de chapa ondulada pintada en colores vivos: rojos intensos, azules eléctricos, amarillos mostaza. Una solución que nació de la necesidad, porque la madera y otros materiales se deterioran rápido con el clima islandés, y que con el tiempo se convirtió en seña de identidad. El resultado es que caminar por cualquier calle del centro tiene algo de decorado de película.

Desde Laugavegur bajamos hacia Tjörnin, el lago urbano que los islandeses llaman simplemente "el estanque". Acoge más de cuarenta especies de aves acuáticas, y ese día había varios vecinos en las orillas dando pan a los patos. Es una costumbre arraigada en la ciudad, algo que la gente hace un martes por la mañana sin que tenga ningún significado especial. Con las casas de colores reflejadas en el agua y las montañas al fondo, la postal se saca sola.

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Centro de Reikiavik

La catedral más sobria de Europa

Bordeando el lago llegamos a la Dómkirkjan, la catedral luterana de Reikiavik. Construida en 1796, es el edificio religioso más antiguo de la ciudad. Desde fuera parece casi doméstica: fachada blanca, techo verde, torre discreta. No hay nada que te prepare para que sea una catedral si no sabes que lo es.

El interior mantiene la misma línea. Bancos de madera, un altar sin ornamentos, mucha luz natural. El luteranismo islandés se practica sin aparato. Pero el edificio tiene su peso histórico: aquí se celebró el servicio de acción de gracias el 17 de junio de 1944, el día en que Islandia declaró la independencia de Dinamarca. En esa sala austera y sin pretensiones se vivió uno de los momentos más importantes de la historia del país.

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Catedral luterana de Reikiavik

El Parlamento

A dos pasos de la catedral está la plaza de Austurvöllur y, frente a ella, el Alþingishúsið, el edificio del Parlamento. Es de 1881, construido en dolerita, una roca ígnea oscura que le da una gravedad particular. No es grande, pero transmite solidez. La fachada tiene las ventanas arqueadas con una discreción que encaja mal con lo que contiene: una de las instituciones democráticas más antiguas del mundo en funcionamiento continuo.

El Althing como institución moderna funciona desde 1844, pero su nombre viene del año 930, cuando los primeros colonos islandeses se reunían en Þingvellir para legislar y resolver disputas. La tradición parlamentaria de este país es más antigua que la mayoría de los estados europeos.

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El Parlamento islandés

Harpa

Siguiendo hacia el puerto, llegamos al Harpa Concert Hall. El edificio lo diseñó el estudio Henning Larsen Architects, pero la fachada es obra del artista islandés-danés Olafur Eliasson: paneles de cristal geométrico que imitan la forma de las columnas de basalto y cambian de color según el ángulo de la luz. A las once de la mañana de un día nublado, la fachada era verde y plateada. A mediodía, con un rayo de sol, se volvía dorada.

El Harpa se inauguró en 2011, en plena crisis financiera islandesa, y fue muy polémico. La construcción comenzó en 2007, durante el boom que llevaría al país a la quiebra, y se terminó con dinero público mientras el país se recuperaba del derrumbe. En Islandia la gente tiene opiniones encontradas sobre eso. Desde fuera, el edificio es difícil de ignorar.

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Harpa Concert Hall

El Sólfarið

Junto al puerto antiguo encontramos el Sólfarið, la escultura que aparece en todas las fotos de Reikiavik: un barco vikingo estilizado en acero inoxidable que parece estar a punto de zarpar. La creó Jón Gunnar Árnason, y se instaló en 1990. Árnason murió en 1989, un año antes de verla en su sitio. Él la llamaba el "barco del sol" y decía que representaba el progreso, la libertad y la esperanza.

Con la bahía detrás y las montañas nevadas al fondo, la escultura queda bien en cualquier luz. Hay siempre un grupo de personas haciéndose fotos. Ese día también estábamos nosotros.

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El puerto y el famoso Sólfarið

Arte público en las calles

De vuelta hacia el centro nos cruzamos con varias esculturas diseminadas por las calles y plazas. Reikiavik trata el arte público como parte del mobiliario urbano, no como ornamento excepcional. Una lanza verde-azulada sobre un pedestal de piedra gris, una figura abstracta en una esquina, algo de hierro oxidado junto a un edificio de oficinas. Uno va encontrándoselas sin que nadie te las señale.

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La Lanza de Odín

El Museo Nacional

Por la tarde entramos al Museo Nacional de Islandia. La exposición permanente se llama "Haciendo una nación" y lleva al visitante desde los primeros asentamientos vikingos hasta el siglo XX. La sección de período vikingo es lo que más atrae la atención de entrada: joyas, armas, herramientas cotidianas. Objetos pequeños con mucho peso.

Pero lo que más me quedó fue la parte dedicada a la vida cotidiana de los siglos posteriores: los trajes típicos, los utensilios domésticos, los testimonios de cómo se vivía en una isla con inviernos extremos y recursos escasos. Había algo conmovedor en esos objetos anónimos. La historia de Islandia no es solo la historia de los vikingos; es también la historia de generaciones que se las arreglaron para sobrevivir aquí sin grandes recursos ni ayuda exterior.

Las explicaciones en inglés son claras y generosas en contexto. Merece la pena reservar al menos dos horas.

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Museo Nacional de Islandia

El antiguo aeropuerto y Nauthólsvík

Al salir del museo, paseamos hacia la zona del antiguo aeródromo de Reikiavik. El aeropuerto doméstico sigue en uso para vuelos interiores y privados, pero el perímetro se ha ido reconvirtiendo en espacios abiertos. Desde allí se tienen buenas vistas de la bahía.

Seguimos hacia Nauthólsvík, la playa geotérmica de Reikiavik. Que haya una playa con Bandera Azul a dos kilómetros del centro de una capital ártica ya dice algo del ingenio islandés. El mecanismo es sencillo: se mezcla agua termal caliente con el agua fría del Atlántico hasta conseguir una temperatura agradable, y se importó arena para la orilla. Ese día no nos bañamos, pero había varios locales tomando el sol con una determinación que solo se entiende cuando llevas meses sin ver mucho de él.

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Vistas desde el antiguo aeródromo de Reikiavik y la playa geotérmica de Nauthólsvík, con Bandera Azul a dos kilómetros del centro

Perlan

Subimos a pie la colina de Öskjuhlíð hasta llegar al Perlan. El edificio descansa sobre seis tanques de agua caliente geotérmica, con cuatro millones de litros de capacidad cada uno. Esos depósitos calientan una parte importante de la ciudad. Encima, una cúpula de cristal semiesférica alberga un restaurante y un mirador panorámico. No entramos, pero desde la colina había vistas de toda la ciudad y la bahía que justificaban el paseo.

Es la clase de lugar que en otra ciudad sería una instalación industrial discreta y que aquí se ha convertido en icono arquitectónico. Los islandeses llevan décadas convirtiendo su infraestructura energética en atractivo turístico.

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Perlan

La Hallgrímskirkja al atardecer

Como cierre del día volvimos a la Hallgrímskirkja. Ya la habíamos visto la víspera, pero las iglesias así cambian mucho según la hora y la luz. La tarde la trató bien. La fachada de hormigón, diseñada en 1937 por Guðjón Samúelsson inspirándose en las columnatas de basalto islandesas, recogía la luz baja con una claridad distinta a la del mediodía. Los 74 metros de la torre se recortaban nítidos contra un cielo que empezaba a teñirse.

La iglesia tardó 41 años en construirse: las obras comenzaron en 1945 y se dieron por terminadas en 1986. Frente a la entrada, la estatua de Leif Erikson la preside con cierta pompa. La donó Estados Unidos en 1930 para conmemorar el milenario del Althing. Que los americanos donaran una estatua de un vikingo para una iglesia que aún no existía y que tardaría décadas en terminarse tiene su propia lógica islandesa.

Subimos al mirador de la torre. Desde arriba, Reikiavik tiene el tamaño que tiene: una ciudad pequeña extendida entre la bahía y las montañas, con las casas de colores mezcladas con los edificios modernos y, más allá, el agua y la nieve. No parece la capital de ningún país. Parece un sitio que todavía está encontrando su forma.

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Atardecer en Reikiavik

Bajamos a pie hasta el alojamiento cuando ya era tarde y las calles estaban tranquilas. Mañana, el último día.

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Día 11. Despedida de Islandia

Los últimos días de viaje tienen su propio ritmo. Ya no hay urgencia por llegar antes, por no perderse nada, por aprovechar cada hora. Lo que queda es una especie de ralentización suave: mirar más despacio, no rellenar los silencios, dejar que las cosas sean lo que son sin necesidad de que sean extraordinarias.

Salimos de Reikiavik con el tiempo justo para hacer un par de paradas antes del vuelo nocturno. El plan era sencillo: Seltún, la Laguna Azul, y cenar en Keflavik antes de presentarnos en el aeropuerto.

Seltún

Seltún está en la península de Reykjanes, a unos cuarenta minutos de la capital, en una zona que sienta directamente sobre la dorsal mesoatlántica. La placa norteamericana y la euroasiática se separan aquí unos dos centímetros al año, y el suelo lo acusa con fumarolas, pozas de barro hirviente y colores minerales que no debería tener ningún terreno.

Llegamos con niebla densa. No la niebla que se disipa en diez minutos sino la que ha venido a quedarse. Desde el aparcamiento apenas se veía la primera pasarela de madera. Pensé que íbamos a perdernos lo mejor.

Pero la niebla en Seltún tiene su propio carácter. Los vapores que salen del suelo se mezclan con la bruma sin que uno sepa dónde termina uno y empieza el otro. El olor a azufre llega antes de que veas nada. Luego empiezas a distinguir formas: una poza de barro que burbujea en silencio, un manchón naranja en la roca, una fumarola que desaparece hacia arriba. Lo que no puedes ver completo lo imaginas, y la imaginación en ese ambiente tiende a lo dramático.

Las pasarelas existen por una razón: en algunos puntos el suelo alcanza los 100 grados. No es un parque de atracciones sino una zona geológicamente activa donde conviene no apartarse del camino marcado.

El lago cercano, Kleifarvatn, perdió el 20% de su volumen de agua tras un terremoto en el año 2000 que abrió grietas en el lecho. Tardó años en recuperarse. Ese día, con la niebla, el lago no era visible desde donde estábamos, pero saber que el suelo bajo nuestros pies sigue reajustándose, que el paisaje de hace quince años era distinto al de ahora, añadía algo al ambiente que ya de por sí no necesitaba mucha ayuda.

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Seltún practicamente invisible entre la niebla

Krýsuvík

Seguimos por la misma zona hacia Krýsuvík, donde el paisaje se abre un poco. La niebla cedió lo suficiente para dejar ver el lago y, a lo lejos, el faro solitario frente al océano. Los cráteres y los campos de lava fría son la misma historia de siempre en Islandia: el país como obra en curso, sin disculpas por el desorden.

Aquí la tradición local habla de brujas y fantasmas vinculados al lugar. El folklore islandés está lleno de estas figuras: los huldufólk, los elfos, los espectros que habitan determinados parajes. No es superstición pintoresca para turistas sino algo que la gente incorpora de manera bastante natural al relato del paisaje. En un territorio que huele a azufre, bulle bajo los pies y cambia de forma después de un terremoto, la frontera entre lo real y lo sobrenatural parece algo más negociable que en otros sitios.

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Krysuvik

La Laguna Azul

La Laguna Azul merece una aclaración que los folletos no suelen hacer: no es un fenómeno natural. Se formó en 1976 como subproducto de la central geotérmica de Svartsengi. El agua caliente que salía de la planta se vertía sobre un campo de lava y empezó a acumularse. Alguien se metió a bañarse. Y luego otro. Y así hasta convertirse en la atracción más visitada de Islandia.

El color azul lechoso viene de la sílice coloidal: partículas microscópicas de silicio en suspensión que reflejan la luz en esa longitud de onda. Las algas y cianobacterias contribuyen también. La temperatura se mantiene entre 37 y 39 grados, y el agua con toda esa sílice tiene propiedades documentadas para condiciones de piel como la psoriasis. El barro blanco que la gente se aplica en la cara es, literalmente, depósito de sílice del fondo de la laguna.

¿Vale la entrada? En 2013 costaba en torno a 40-50 euros. Ahora es más cara y hay que reservar con antelación porque la demanda ha crecido mucho. La respuesta honesta es que depende de lo que busques. Si esperas unas instalaciones amplias con varios jacuzzis, duchas de lujo y todo tipo de servicios, la relación calidad-precio puede decepcionar. Pero si lo que buscas es meterte en agua azul lechosa a 38 grados mientras el vapor sube y el aire frío islandés te enfría la cara, en un paisaje de lava negra que no se parece a nada que hayas visto, entonces la experiencia justifica el precio.

Nosotros hicimos el ritual completo: baño largo, barro de sílice en la cara, flotación tranquila. La piel quedó con una suavidad inusual. Hay algo casi meditativo en estar en el agua caliente con el frío fuera, sin nada que hacer salvo estar ahí.

Keflavik

Con el cuerpo todavía tibio de la laguna llegamos a Keflavik para cenar. Keflavik fue el primer sitio donde pisamos tierra islandesa, once días antes, cuando aterrizamos de madrugada y buscamos un sitio donde dormir cerca del aeropuerto. Que fuera también el último lugar de la isla antes del vuelo tenía algo de círculo que cierra bien.

El pueblo no figura en ninguna lista de imprescindibles islandeses. Es funcional, tranquilo, sin grandes atractivos. Pero esa noche era exactamente lo que necesitábamos: una cena sin prisa, una calle tranquila, tiempo para no hacer nada especial.

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Local típicamente americano en Keflavik

Pedimos la cena, repasamos mentalmente los días, hablamos de lo que más nos había gustado. Fuera oscurecía despacio, como en agosto hace aquí. A la 1:40 de la madrugada del 30 de agosto salía el VY8561.

No había mucho más que decir sobre Islandia que no hubiera dicho ya el país en once días. Los glaciares, los géiseres, la lava, las cascadas, el silencio entre paradas, la luz que no terminaba de irse nunca. Un territorio que todavía no ha decidido su forma definitiva y que no parece tener prisa por decidirla. Nos subimos al avión con la ropa todavía oliendo levemente a azufre.

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Islandia: conclusiones finales

Diez días recorriendo Islandia: una experiencia que te cambia la perspectiva

Hace apenas unas semanas que regresé de lo que puedo considerar sin lugar a dudas como uno de los viajes más impactantes de mi vida. Islandia, ese pequeño país situado en el extremo norte de Europa, ha conseguido cautivarme de una manera que no esperaba.

La naturaleza en estado puro

Si tuviera que definir Islandia en una sola palabra, sería "alucinante". Nunca antes había contemplado paisajes tan impresionantes y variados en un espacio geográfico relativamente pequeño. Lo que hace único a este país es precisamente esa diversidad paisajística que te permite experimentar entornos completamente distintos en cuestión de horas de conducción.

Los desiertos de lava negra se extienden hasta donde alcanza la vista, creando un escenario casi lunar que te hace sentir en otro planeta. El contraste con los imponentes glaciares, que descienden lentamente desde las montañas, crea una dicotomía visual difícil de asimilar. Es como si la naturaleza hubiera decidido jugar con los elementos más opuestos para crear una obra de arte en constante evolución.

Las cataratas merecen mención aparte. Desde la imponente Gullfoss hasta la cinematográfica Skógafoss, estos saltos de agua te dejan sin palabras. El sonido ensordecedor del agua precipitándose, la neblina que se forma al chocar contra las rocas y ese arcoíris perpetuo que aparece en los días soleados crean una experiencia sensorial completa que ninguna fotografía puede capturar en su totalidad.

Pueblos que desafían lo convencional

Otra de las grandes sorpresas del viaje fue descubrir que los asentamientos humanos en Islandia rompen por completo con la estructura urbana a la que estamos acostumbrados en el sur de Europa. Olvidaos de esos pueblos con plaza central, ayuntamiento, iglesia y calles que se expanden de manera concéntrica.

Los pueblos islandeses parecen seguir una lógica distinta, más pragmática y menos estética. Las casas se distribuyen de manera dispersa, siguiendo patrones que probablemente respondan más a necesidades climáticas y geográficas que a convenciones urbanísticas. En muchos casos me recordaron más a esos pueblos que vemos en las películas americanas: construcciones funcionales, a menudo separadas entre sí, con grandes espacios abiertos y sin un centro histórico definido.

Esta dispersión hace que a veces sea difícil identificar dónde empieza y dónde termina un pueblo. No hay esa transición gradual entre lo urbano y lo rural a la que estamos acostumbrados. Simplemente aparecen casas, algunas tiendas, quizás un hotel, y luego vuelve el paisaje natural sin solución de continuidad.

El desafío de las carreteras islandesas

Si hay algo que no olvidaré fácilmente de este viaje son los 2.300 kilómetros recorridos al volante. Como única persona que conducía, he de reconocer que algunos tramos se me hicieron eternos, especialmente porque no soy precisamente un entusiasta de la conducción.

La famosa Ring Road (o carretera del anillo), que se supone es la principal vía de comunicación del país, presenta tramos sin asfaltar que resultarían impensables en cualquier otra nación europea. Y si esto ocurre en la vía principal, podéis imaginar el estado de las carreteras secundarias que tuvimos que tomar para acceder a algunos de los puntos de interés más alejados.

La carretera entre Dettifoss y Vesturdalur merece una mención especial en mi particular ranking de "experiencias al volante que no repetiría". Más que una carretera era un sendero pedregoso plagado de baches y socavones que ponían a prueba no solo la suspensión del vehículo sino también mis nervios. Conducir por allí fue un ejercicio de concentración absoluta, con las manos aferradas al volante y la vista fija en cada piedra que podía convertirse en un problema. Llegamos a nuestro destino sanos y salvos, pero la tensión acumulada me dejó físicamente agotado.

Un clima imprevisible que marca el ritmo del viaje

Viajar a Islandia en agosto no garantiza, ni mucho menos, un clima estable y favorable. Durante nuestra estancia experimentamos prácticamente todas las variaciones meteorológicas posibles, a veces incluso en un mismo día. La lluvia fue nuestra compañera en numerosas ocasiones, desde lloviznas ligeras que apenas mojaban hasta auténticos diluvios que nos obligaron a refugiarnos y modificar nuestros planes.

Algunas de las rutas de senderismo que teníamos previstas tuvieron que ser canceladas debido a la intensidad de las precipitaciones, lo que inicialmente supuso una decepción. Sin embargo, estas situaciones nos permitieron descubrir lugares que no estaban en nuestros planes iniciales y que resultaron ser auténticas joyas.

El viento también jugó un papel protagonista, especialmente en las zonas más expuestas como acantilados y playas. En ocasiones era tan fuerte que caminar se convertía en todo un desafío, pero aportaba una dimensión adicional a la experiencia, haciéndote sentir pequeño frente a la inmensidad de los elementos.

El precio de la belleza: el alto coste de viajar por Islandia

No podría hacer un análisis completo de mi experiencia en Islandia sin mencionar el aspecto económico. Viajar por este país supone un desembolso considerablemente mayor que hacerlo por otros destinos europeos, y esta diferencia se nota en todos los aspectos del viaje.

Los alojamientos, incluso los más básicos, tienen precios que en otras partes corresponderían a establecimientos de lujo. Las comidas en restaurantes se convierten casi en una extravagancia ocasional, y hasta hacer la compra en un supermercado resulta una experiencia sorprendente cuando ves el precio de productos cotidianos.

Esta realidad económica nos obligó a planificar cuidadosamente cada gasto y a optar por alternativas como preparar nuestras propias comidas siempre que fuera posible. El presupuesto inicial se vio superado a pesar de todas las precauciones, pero creo firmemente que cada corona islandesa gastada ha valido la pena.

Un balance final: Islandia merece cada kilómetro recorrido

A pesar de las dificultades puntuales con el clima, el reto de las carreteras y el impacto en el bolsillo, el balance de estos diez días no puede ser más positivo. Islandia ha superado todas mis expectativas, ofreciéndome experiencias visuales y sensoriales que permanecerán en mi memoria durante mucho tiempo.

La fuerza de la naturaleza en estado puro, la sensación de estar explorando paisajes que parecen de otro planeta, el privilegio de contemplar fenómenos geológicos activos... todo ello compone un cóctel de sensaciones difícil de encontrar en otros destinos.

Si me preguntaran si recomendaría este viaje, mi respuesta sería un rotundo sí, acompañado de algunos consejos prácticos basados en mi experiencia. Islandia es un destino que requiere preparación, flexibilidad para adaptarse a los cambios de planes que impondrá el clima, y un presupuesto más elevado de lo habitual. Pero a cambio ofrece la posibilidad de conectar con una naturaleza primigenia, de experimentar la sensación de ser uno de los primeros exploradores de territorios vírgenes.

Después de este viaje, regreso con la certeza de haber contemplado algunos de los paisajes más impresionantes de nuestro planeta. Islandia se ha ganado un lugar especial en mi memoria de viajero, y aunque el mundo es muy grande y quedan muchos destinos por descubrir, tengo la sensación de que pocas experiencias lograrán igualar la intensidad de estos diez días recorriendo la tierra de hielo y fuego.

Lo que costó el viaje

Guías y artículos

Información práctica

El fiordo Eyjafjörður al atardecer, con las montañas reflejándose en el agua en calma junto a Akureyri.

Cuándo viajar a Islandia: qué esperar en cada época del año

En Islandia la fecha del viaje no decide solo el tiempo que va a hacer: decide qué carreteras estarán abiertas, cuántas horas de luz tendrás, si podrás ver auroras o sol de medianoche y cuánto vas a pagar por dormir. Es la decisión más determinante de toda la planificación.

ReikiavikSudurlandNordurlandAusturlandVesturland
El cañón de Ásbyrgi, con sus paredes verticales de casi cien metros formando una herradura y un bosque de abedules en el fondo.

Dettifoss y el cañón de Ásbyrgi: guía del norte más salvaje de Islandia

El río Jökulsá á Fjöllum baja del mayor glaciar de Europa y ha excavado en el norte de Islandia un cañón de treinta kilómetros con la cascada más caudalosa del continente en un extremo y un anfiteatro de cien metros de altura en el otro. Es de las zonas menos visitadas del país y de las que más recompensan.

Nordurland
La cascada de Gullfoss cayendo en dos saltos escalonados hacia su garganta, con la espuma blanca del agua glaciar.

El Círculo Dorado en un día por libre: itinerario, horarios y precios

Þingvellir, Geysir y Gullfoss caben en menos de doscientos kilómetros y son la excursión más repetida de Islandia. Hacerla por libre no tiene ninguna dificultad; lo único que separa un buen día de una jornada de aparcamientos llenos es la hora a la que se sale de casa.

Sudurland
Hraunfossar, cientos de hilos de agua brotando lateralmente de un campo de lava y cayendo directamente al río Hvítá.

Hraunfossar y el oeste de Islandia: la etapa infravalorada del anillo

La última etapa de la carretera del anillo tiene fama de trámite: doscientos cincuenta kilómetros de vuelta a la capital con el viaje ya digerido. Y sin embargo esconde la cascada más singular de Islandia, que no cae desde arriba sino que brota lateralmente de un campo de lava.

VesturlandReikiavik
El puerto de Húsavík, con los barcos de avistamiento de ballenas amarrados frente al pueblo.

Húsavík y el avistamiento de ballenas: guía práctica del mejor puerto del norte

Húsavík es un pueblo de dos mil quinientos habitantes en la bahía de Skjálfandi con una tasa de avistamiento de ballenas del noventa y siete por ciento acumulada en tres décadas. Es el mejor sitio de Europa para verlas, y también uno de los pocos lugares de Islandia donde uno puede bañarse en agua de mar caliente mirando cómo soplan.

Nordurland
El frente del glaciar Svínafellsjökull, con sus formaciones de hielo escarpadas y tonos azules.

La carretera del anillo de Islandia: itinerario completo en 10 días

La Ruta 1 rodea Islandia en algo más de mil trescientos kilómetros de asfalto, pero nadie la recorre así. Con los desvíos imprescindibles, la vuelta real se acerca a los dos mil trescientos, y el reparto de esos kilómetros entre los días disponibles es lo que decide si el viaje sale bien o se convierte en una sucesión de aparcamientos.

ReikiavikSudurlandNordurlandAusturlandVesturland
Hvítserkur, la roca basáltica de quince metros que emerge del mar en la península de Vatnsnes.

La península de Vatnsnes: focas, Hvítserkur y la Islandia rural del noroeste

Entre Akureyri y Reikiavik, la carretera del anillo atraviesa la Islandia menos espectacular y más habitada: valles agrícolas, granjas de turba, iglesias antiguas y una península de grava donde vive la colonia de focas más accesible del país. Es el tramo que más gente cruza sin parar y el que mejor explica cómo se ha vivido aquí.

Nordurland
Dettifoss, la cascada más caudalosa de Europa, con el agua gris cargada de sedimento glaciar cayendo entre paredes de basalto.

Las cascadas de Islandia: cuáles merecen la parada y cuáles no

En Islandia hay tantas cascadas que después de una semana uno empieza a pasar de largo delante de saltos de agua que en cualquier otro país serían el reclamo turístico de una región entera. Esta es la selección que haría hoy, con lo que merece la parada, lo que está infravalorado y lo que se puede saltar sin remordimientos.

SudurlandNordurland
Vídimýrarkirkja, una pequeña iglesia de turba del siglo XIX con los muros y el tejado cubiertos de hierba.

Las iglesias de Islandia: turba, basalto y hormigón

En un país sin madera, sin piedra labrada y sin apenas mano de obra, construir un templo obligaba a inventar soluciones. El resultado son mil años de arquitectura religiosa que va de las iglesias enterradas en turba a fachadas de hormigón que imitan columnas de basalto, y que cuenta la historia de Islandia mejor que casi cualquier museo.

ReikiavikNordurland
El fiordo de Seyðisfjörður visto desde el puerto de montaña, con el pueblo y el agua quieta al fondo del valle.

Los fiordos del este de Islandia: la región que casi nadie visita

El este es la región menos visitada de Islandia y se nota en todo: menos coches, menos señalización, menos infraestructura turística y, a cambio, la sensación de estar en un país real y no en un circuito. Es también donde está el cañón de columnas de basalto más impresionante del país, que hace quince años ni siquiera se veía.

Austurland
Atardecer sobre los tejados de colores de Reikiavik, visto desde el mirador de la torre de la Hallgrímskirkja.

Qué ver en Reikiavik en 2 días: itinerario detallado y consejos

Con dos días en Reikiavik ya no hace falta elegir. El primero resuelve lo imprescindible del centro; el segundo es el que convierte la visita en algo más que un trámite entre el aeropuerto y la carretera, con una isla, un valle termal y un faro al final de la península.

Reikiavik
La Hallgrímskirkja de Reikiavik vista desde la calle, con su fachada de hormigón en columnas de basalto y la estatua de Leif Erikson delante.

Qué ver en Reikiavik en un día: itinerario completo a pie

Reikiavik es una ciudad pequeña que casi todo el mundo visita con prisa: al principio o al final de la vuelta a la isla, o en una escala de camino a América. Con un día bien organizado da tiempo a mucho más de lo que parece, siempre que se sepa qué priorizar y qué dejar para otra vida.

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