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San Francisco, la ciudad del cine
San Francisco es una de esas ciudades de las que ya estamos enamorados antes de visitar gracias al cine y las series de televisión. Lugares como el puente del Golden Gate o Alcatraz forman parte de ese grupo de visitas imprescindibles en nuestro cuaderno de viaje.
San Francisco. Información general¶
Una Semana en la Ciudad de la Bahía
Supongo que no va a ser una declaración muy popular, pero tengo que reconocer que San Francisco no me enamoró. No me arrepiento de haber ido, y de hecho me lo pasé bien explorando la ciudad durante una semana. Pero no logró conquistarme del todo, y me parece honesto decirlo.
Es muy probable que el clima haya influido. Nos acostumbramos a imaginarnos la California soleada de las películas, pero yo me encontré con siete días de lluvia intensa. El día que llegué había alerta activa por riesgo de inundación en la bahía. Así y todo, el entorno natural donde está ubicada la ciudad es espectacular: colinas que caen hacia el agua, la bruma sobre los puentes, el océano al fondo. Es la ciudad construida sobre esas colinas la que me decepcionó un poco.
Mirando atrás, repasando fotos y recorridos, el sabor de boca es relativamente dulce. ¿Lo recomiendo como destino? Por supuesto. ¿Lo considero imprescindible? Con reservas. Pero el puente del Golden Gate es tan hermoso que hace que todo valga la pena.
Cómo llegar: vuelo y aeropuerto
Volé desde Barcelona al Aeropuerto Internacional de San Francisco en vuelo directo con Level, por 235€ ida y vuelta. Esa tarifa no incluye maleta facturada ni comida, pero sí me permitió elegir asiento sin suplemento, algo que no suele ser habitual en compañías de bajo coste. En mi caso el vuelo estaba operado en realidad por Iberia, lo que puede explicarlo.

Desde el aeropuerto al centro el transporte es muy sencillo: el BART te conecta directamente con varias estaciones del centro de la ciudad en unos 30 minutos. Rápido, cómodo, y mucho más barato que un taxi o un Uber con las tarifas del aeropuerto.
El transporte en San Francisco en general merece un aviso previo: hay multitud de empresas distintas operando en la ciudad y al principio parece un caos. Todas funcionan con la tarjeta Clipper (similar a la Oyster de Londres o la Octopus de Hong Kong), pero con tarifas diferentes según la empresa y sin posibilidad de un abono común. La tarjeta Clipper cuesta 3$ y los descuentos que aplica en la mayoría de trayectos la amortizan rápidamente. Por ejemplo, el ferry a Sausalito cuesta 13$ en ventanilla y 7$ con Clipper. Solo en ese trayecto ya la has pagado de sobra.
Un dato curioso: las máquinas expendedoras del BART y de otros transportes no aceptan tarjetas extranjeras de débito. Las probé en varias máquinas sin éxito, así que tuve que recargar en efectivo.
Alojamiento: Oakland como alternativa a San Francisco
San Francisco es terriblemente caro. No solo en el alojamiento, sino en todo: transporte, comida, ocio. Encontrar un alojamiento decente a precio razonable es difícil.
La mayoría de hostales y hoteles baratos se concentran en la zona de Union Square. No es un entorno especialmente agradable para pasear: hay una presencia notable de personas sin hogar y el ambiente puede resultar un poco chocante al principio, especialmente de noche. No es una zona peligrosa en ningún sentido, pero requiere la atención normal que se presta en cualquier ciudad grande.
Después de varias búsquedas en Airbnb encontré mi alojamiento definitivo en Oakland, al otro lado de la bahía: una habitación con baño privado y entrada independiente por 180€ las siete noches. Estaba un poco lejos del centro, pero el BART la conectaba con San Francisco en diez minutos. Fue una de las mejores decisiones del viaje.

Dinero y pagos
La moneda es el dólar. Los billetes empiezan en 1$, así que puedes acabar con el bolsillo lleno de papel sin que represente mucho dinero real.
Los cajeros automáticos cobran comisión casi siempre, independientemente de la tarjeta que uses. El primer cajero que probé pedía 5$; seguí buscando y encontré otro con 3$. Merece la pena comparar antes de confirmar. Yo viajé con las tarjetas Revolut y BNext y no tuve ningún problema de pago en establecimientos, pero sí en las máquinas de transporte, que no aceptaron ninguna de las dos.
Comer sin arruinarse
Si alguien piensa que comer en Nueva York es caro, que espere a llegar a San Francisco. Una hamburguesa cuesta como mínimo 10$ en cualquier zona de la ciudad. Sentarse en un restaurante con plato, bebida y propina difícilmente sale por menos de 30$.
Mi gran aliado fueron los supermercados. En muchos de ellos —especialmente en Walgreens— puedes encontrar ensaladas frescas y sándwiches de muy buena calidad entre 3$ y 5$. No es glamuroso, pero funciona y te permite gastar el dinero en lo que merece la pena.
Para los días de lluvia intensa, los botes de noodles instantáneos preparados con el hervidor de agua de la habitación fueron una cena sorprendentemente reconfortante después de horas bajo el aguacero.
Pero si hay que recomendar un sitio concreto para comer bien sin arruinarse, el ganador claro son los bocadillos de Ike's Love and Sandwiches. Tienen varios locales en la ciudad y de verdad vale la pena.


Día 1: De Bilbao a San Francisco¶
Compré el billete de Barcelona a San Francisco con unos seis meses de antelación a través de Level por 235€ ida y vuelta, sin maleta facturada y sin comida a bordo. El vuelo de Bilbao a Barcelona lo reservé con Vueling durante el Black Friday por 9,95€ por trayecto. En total: 255€ de Bilbao a San Francisco y vuelta. No está mal.
Hay un riesgo real en combinar dos reservas independientes: si el primero se retrasa, la segunda compañía no tiene ninguna obligación de compensarte. Lo tenía presente. A la ida me había dado un margen de tres horas y media de escala en Barcelona, que en condiciones normales es más que suficiente.
Un rayo sobre el aeropuerto de Bilbao
Llegué al aeropuerto de Bilbao poco antes de las ocho de la mañana para un vuelo a las 8:55h. El aeropuerto de Bilbao es pequeño: los controles de seguridad suelen ser rápidos y cualquier puerta de embarque está a cinco minutos andando.
El avión llegó a la puerta a tiempo, los pasajeros del vuelo anterior desembarcaron, nos pusimos en cola para embarcar. Y entonces llegó el primer aviso: media hora de retraso por causas técnicas. Luego otra media hora. Luego tiempo indefinido.

Cuando nos acercábamos a las dos horas de retraso ya me veía buscando alternativas. Sin el vuelo a Barcelona no había San Francisco, y con dos reservas separadas el seguro de viaje iba a ser la única salida. Había un operario dando vueltas alrededor del avión con una linterna. No parecía exactamente un despliegue técnico de urgencia.
Con dos horas y media de retraso total nos dieron luz verde para embarcar. El despegue fue de los más rápidos que recuerdo. Ya en el aire, la tripulación explicó lo que había pasado: durante el aterrizaje anterior un rayo había alcanzado el avión y el retraso se debió a una revisión completa de todos los sistemas. Información perfectamente razonable. La pregunta es por qué no se nos dijo eso desde el principio, en tierra, esperando. Un retraso por impacto de rayo es algo que la gente entiende sin problemas.
A partir de ahí se alinearon los astros. El vuelo a Barcelona fue rápido, llegué directo al control de pasaportes sin cola y me derivaron al sistema automático de reconocimiento facial. En menos de cinco minutos estaba en la puerta de embarque a San Francisco, con el proceso ya iniciado pero con tiempo de sobra.
Doce horas sobre el Atlántico con Level
No era la primera vez que volaba con Level. La experiencia es comparable a cualquier otra compañía de largo radio: asientos justos de espacio, servicio correcto, nada especial en ningún sentido.
La disposición del avión era 2-4-2. Elegí ventana sin suplemento adicional, que era lo que buscaba para poder apoyarme y dormir algo durante las doce horas de vuelo. El espacio entre filas es el estándar de low-cost de largo radio: suficiente para no desesperarse, insuficiente para estar cómodo.

El menú a bordo hay que reservarlo antes del viaje y cuesta 35€ por cena y desayuno. Una vez en el avión puedes pedir cosas sueltas de la carta, pero el menú completo no se puede comprar a bordo. El precio me parece desproporcionado. Yo me llevé mi propia comida desde casa y una botella vacía que llené de agua en el baño antes de pasar el control de seguridad.
Las pantallas individuales con películas, series y música funcionaban sin coste adicional. Había oído rumores de que iban a pasar a ser de pago, pero en febrero de 2019 todo era gratuito.

Oakland bajo la lluvia
Llegamos a San Francisco con unos cuarenta minutos de retraso. El parte meteorológico era claro: alerta activa por riesgo de inundación en la bahía y aviso de fuertes lluvias. Bienvenido a California.
El control de entrada al país fue el más rápido que he tenido nunca en Estados Unidos. No tardé ni quince minutos. El agente de inmigración fue amable y su única pregunta fue por qué me alojaba en Oakland si iba a hacer turismo en San Francisco. Le expliqué que era un Airbnb y que todos mis planes se centraban en la ciudad. Le pareció completamente normal.
Seguí las señales hacia los trenes y tomé el BART. Compré una tarjeta Clipper en la máquina —3$, que se amortizan rápido con los descuentos que aplica— y en menos de media hora estaba cruzando la bahía bajo el túnel que discurre por el fondo del agua. El BART inauguró ese tramo en 1969: el Transbay Tube, construido en 57 secciones prefabricadas que se hundieron en el lecho del mar y se ensamblaron en el fondo. El ingenio consistió en que el tubo no resiste los terremotos, sino que está diseñado para flexionarse con ellos.

Llegué a la estación de MacArthur en Oakland. La lluvia había parado y la noche estaba bastante despejada. Tenía veinte minutos andando hasta el Airbnb. Después de dos aviones y un tren me apetecía el aire fresco, así que decidí ir a pie.
Gran error. A mitad de camino empezó a llover con fuerza y el viento hacía inútil el paraguas. Llegué a la puerta de la casa empapado y me encontré a Joyce, mi anfitriona, descargando la compra del coche en ese momento. Resultó ser una mujer encantadora, aunque casi no tuve trato con ella durante el resto de la semana: mi habitación tenía entrada propia por el patio trasero y no compartía espacios con el resto de la casa.
La habitación era pequeña pero muy completa: baño privado, nevera, calefactor y hervidor de agua. Joyce había dejado tés, galletas, refrescos en la nevera y un bote de noodles para preparar con agua caliente. Había tenido intención de salir a cenar a algún bar de la zona, pero la lluvia seguía arreciando y la idea de volver a mojarme no me seducía nada. Los noodles, después de diecisiete horas de viaje, supieron extraordinariamente bien. Me quedé dormido rápido con el ruido de la lluvia golpeando el patio.

Día 2: Este y oeste de San Francisco - Desde Embarcadero a Ocean Beach¶
El domingo amaneció con lluvia intermitente y el tipo de cielo gris uniforme que ya empezaba a convertirse en la tónica habitual de este viaje. El itinerario del día acabaría siendo errático, dictado por los momentos en que la lluvia arreciaba o cedía, pero contra todo pronóstico el día terminaría con uno de los atardeceres más hermosos que recuerdo haber visto.

Distrito Financiero a primera hora: en busca de un cajero razonable
Tomé el BART desde Oakland hasta el distrito financiero. Son diez minutos escasos bajo la bahía, uno de esos trayectos que recuerdas que estás haciendo bajo toneladas de agua y decides no pensar demasiado en ello.
Era domingo y todo en el distrito financiero estaba cerrado. Rascacielos, bancos, oficinas: puertas clausuradas. Pero precisamente por eso había cajeros por todas partes y quería encontrar el de comisión más baja antes de afrontar el día con efectivo. Probé en tres máquinas distintas: las comisiones oscilaban entre 3$ y 5$. Me quedé con la de 3$ y seguí hacia el agua.
El Ferry Building y los muelles del Embarcadero
El Embarcadero es el frente marítimo este de San Francisco, la orilla que mira hacia Oakland y hacia el Bay Bridge. El edificio más visible es el Ferry Building, construido a finales del siglo XIX, con una torre central que domina toda la perspectiva de la zona y que dicen que recuerda vagamente a la Giralda de Sevilla. A primera hora de un domingo lluvioso el interior estaba prácticamente desierto, pero el edificio merece un vistazo tanto por dentro —puestos de comida y mercados artesanales— como por su fachada hacia el agua.


Lo más interesante del Embarcadero no es el edificio sino los muelles que se extienden detrás de él. Desde allí se abre una panorámica completa del Bay Bridge, con los rascacielos del distrito financiero al fondo, y la ciudad entera pareciendo más grande de lo que parece desde dentro. Y eso con lluvia. Con buen tiempo, y especialmente con la luz del amanecer que suele recomendarse para fotografiar esta zona, las perspectivas deben ser otra cosa. Yo no pude comprobarlo, pero caminar hasta el extremo del muelle para ver la ciudad mirando al oeste vale la pena en cualquier condición.


El Arco de Cupido: la escultura que no cabe en ningún encuadre
Muy cerca del Embarcadero, junto a la orilla, hay una escultura que resulta difícil de procesar cuando la ves por primera vez. El Arco de Cupido es una estructura de dieciocho metros que representa la mitad de un arco y una flecha semienterrados en el suelo, como si un gigante los hubiera clavado ahí desde el cielo.
Por mucho que hayas visto fotos, el tamaño real te descuadra. Y luego intentas fotografiarlo y te das cuenta de que es imposible encuadrarlo bien: la carretera que pasa justo al lado impide alejarte lo suficiente para capturarlo entero. Bajo la lluvia, con una luz plana y gris, la escultura seguía teniendo algo perturbador. Es tan diferente a todo lo que sueles encontrarte en una ciudad que merece unos minutos.

La subida a la Torre Coit por la calle Filbert
Desde el Embarcadero continué caminando por los muelles hacia el norte, con la lluvia en modo tolerable. A la altura del Exploratorium hay que girar hacia el interior de la ciudad en dirección a la Torre Coit, que se ve perfectamente desde abajo recortada sobre la colina de Telegraph Hill.
La subida es por la calle Filbert, que a mitad de recorrido se convierte en una sucesión de escaleras irregulares flanqueadas de jardines pequeños y casas de madera. Los vecinos de Telegraph Hill tienen esa peculiaridad de vivir en lo que es prácticamente un sendero de montaña en medio de la ciudad. Según vas ganando altura aparecen las primeras vistas de la bahía entre los árboles, y el esfuerzo de la subida va dejando de importar.


La Torre Coit no es especialmente bonita. Es un cilindro de hormigón de 64 metros que se construyó en 1933 gracias a una donación de Lillie Hitchcock Coit, una excéntrica filántropa que sentía devoción por el cuerpo de bomberos de San Francisco —hasta el punto de que algunos dicen que la torre tiene forma de boquilla de manguera, aunque los arquitectos siempre lo han negado. Lo que sí vale la pena es el vestíbulo interior, con frescos pintados en los años 30 por artistas del New Deal que retratan la vida obrera de California. Se pueden ver gratis sin pagar el acceso al mirador superior.
Desde la base de la torre ya se ve todo lo necesario: el Embarcadero abajo, Alcatraz en medio de la bahía, y el Golden Gate al fondo en la distancia, entre la niebla.



Chinatown bajo el aguacero
A estas alturas del día la lluvia había dejado de ser intermitente para instalarse con carácter permanente. Decidí no bajar de vuelta hacia los muelles para ir a Fisherman's Wharf, que quedaba para otro día, y en su lugar bajar por el lado opuesto de la colina hacia Washington Square y de allí a Chinatown.
Chinatown de San Francisco no es un barrio construido para los turistas: es el más antiguo de Norteamérica. Fue fundado en 1848 por inmigrantes chinos que llegaron atraídos por el oro de la fiebre del 49. Cuando en 1906 el terremoto redujo a escombros el 80% de la ciudad, los responsables municipales intentaron aprovechar la situación para reubicar a la comunidad china en los márgenes de la ciudad. La comunidad se organizó, reconstruyó el barrio de inmediato sobre el mismo suelo que ocupaba antes, y lo hizo tan rápido que los funcionarios no tuvieron tiempo de actuar. Sigue exactamente donde estaba hace más de 170 años.
Ese día, sin embargo, la lluvia era demasiado intensa para caminar despacio y mirar. Pasé por sus calles casi de corrida, entre toldos y portales, hasta llegar a la zona de Union Square para buscar refugio.


Union Square toma su nombre de las manifestaciones que se celebraron aquí en apoyo al ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión. Hoy es la zona comercial más activa de la ciudad: grandes almacenes, hoteles de categoría, tiendas de lujo. Si entras al Macy's y te asomas a las terrazas que dan a la plaza junto a las escaleras mecánicas obtienes una perspectiva aérea interesante de la plaza sin tener que pagar nada.

El tranvía F de extremo a extremo
Un par de horas después la lluvia comenzó a ceder. Aproveché para subir al tren de superficie F y recorrer Market Street de extremo a extremo. Este mismo trayecto puede hacerse en metro en diez minutos, pero el metro no te deja ver nada. La línea F es un tranvía histórico que une Market Street con los muelles de Fisherman's Wharf: lento, con infinidad de paradas, y con vagones procedentes de ciudades de todo el mundo que el San Francisco Municipal Railway fue comprando y restaurando a lo largo de décadas. El objetivo no era llegar rápido a ningún sitio. Era ver la ciudad pasar desde la ventana mojada del tranvía.

Castro: el barrio que cambió una historia
Al final de la línea F, o a veinte minutos andando desde Market Street, está el Castro. Hoy es un barrio con mucha actividad comercial y vida de barrio, pero su peso real es histórico.
Harvey Milk llegó al Castro en 1972 desde Nueva York, abrió una tienda de fotografía en Castro Street y se convirtió en el centro de gravedad de la comunidad gay de la ciudad. En 1977 ganó un puesto en la Junta de Supervisores de San Francisco, convirtiéndose en el primer funcionario electo abiertamente gay en California. Once meses después, en noviembre de 1978, el ex-supervisor Dan White le disparó en el Ayuntamiento, junto al alcalde George Moscone. Tenía cuarenta y ocho años. Su muerte movilizó a la comunidad LGBTQ+ de una forma que ningún discurso había conseguido antes.
Paseando por las calles del Castro hoy, con los pasos de cebra pintados con los colores del arco iris y el teatro Castro presidiendo la calle principal, es fácil perder de vista ese peso. Viniendo de Bilbao, ciudad razonablemente abierta, y habiendo visitado Chueca en Madrid varias veces, no encontré nada especialmente sorprendente. Pero cuando te paras a pensar en lo que significó este barrio en los años setenta y ochenta —el destape, la epidemia del sida, los asesinatos— el recorrido adquiere otra textura.
Había dejado de llover e incluso estaba saliendo el sol. Me puse a caminar hacia el oeste.



Las Painted Ladies de Alamo Square
A unos veinte minutos andando del Castro, en la calle Steiner frente al parque Alamo Square, están las Painted Ladies: una hilera de casas victorianas de la década de 1890 pintadas en tonos pastel, con el skyline moderno de San Francisco al fondo. La imagen se hizo famosa en todo el mundo como los créditos de apertura de la serie Padres Forzosos, y desde entonces se convirtió en una de las postales más reproducidas de la ciudad.
En la práctica son seis casas. El parque Alamo Square es tranquilo y tiene buenos ángulos para verlas con la ciudad de fondo. Lo que más me llamó la atención fue la zona habilitada para perros en libertad, que siempre es señal de que un parque está bien pensado.


Ocean Beach y la espuma
Para el día siguiente se anunciaban más lluvias, pero esa tarde estaba quedando demasiado bien para desperdiciarla en el interior de la ciudad. Cogí un autobús que cruzaba San Francisco de este a oeste y bajé en Ocean Beach, la larga playa que cierra la ciudad por el lado del Pacífico.
Febrero no es mes de baño. Pero una playa orientada al oeste, con el sol bajando hacia el horizonte después de un día entero de lluvia, tiene algo difícil de describir. El viento era muy fuerte y las olas grandes, y ese viento estaba haciendo algo que no había visto antes: llevaba la espuma de las olas hacia la orilla y cuando el agua se retiraba la espuma se quedaba fija en la arena, en montones blancos que el agua no se llevaba. Podías caminar entre ellos sin mojarte. Era extraño y hermoso al mismo tiempo.




Estuve un rato largo corriendo por la orilla entre los montones de espuma. Parecía un escenario inventado. El sol caía cada vez más rápido y me acordé de que justo al norte de la playa había algo que quería ver.
Las ruinas de los Sutro Baths
En 1896, un millonario llamado Adolph Sutro construyó en el extremo noroeste de la ciudad el mayor complejo de piscinas públicas del mundo: siete piscinas de agua de mar, bajo una enorme cubierta de cristal y acero, con capacidad para 10.000 bañistas simultáneos. Funcionó durante décadas, declinó a lo largo del siglo XX, y en 1966 un incendio destruyó lo que quedaba. Sí, es paradójico que se quemen unas piscinas. Pero así fue.
Hoy quedan las ruinas de los muros y las separaciones entre piscinas, dentro de una pequeña ensenada rocosa al pie del promontorio donde antes estaba el edificio. Se accede desde Ocean Beach subiendo por la carretera y bajando al complejo pasada la casa-restaurante del promontorio.
Había menos de diez personas cuando llegué, lo que convertía el lugar en algo casi privado. Los muros de las antiguas piscinas son estrechos y no hay espacio para cruzarse, así que en solitario resultan un recorrido propio. Hubiera querido llegar antes para prepararme mejor para las fotos del atardecer, pero me había entretenido demasiado en la playa y la luz de febrero se acaba rápido.


No es un lugar que aparezca en primera posición en ninguna guía turística de San Francisco. Pero si tienes ocasión de ver un atardecer desde las ruinas de los Sutro Baths, no lo dejes pasar. Caminar por esos muros al final del día tiene un peso muy particular.
Desde allí busqué un autobús que me conectase con el BART y volví a Oakland. Había sido un día largo, errático, empapado en su mayor parte, pero con una segunda mitad que compensaba todo lo anterior.

Día 3: De Fisherman''s Wharf a Mission¶
La lluvia del día anterior no había terminado al atardecer: había continuado durante la noche con una intensidad que hacía vibrar las ventanas del patio. Me desperté con ese sonido y decidí que no había nada razonable que hacer hasta que cediese. Aproveché para adelantar un par de tareas de trabajo que llevaba arrastrando. A las doce del mediodía, con la lluvia ya en retirada aunque sin desaparecer del todo, salí.

Refugiados en el Westfield
El temporal de la mañana había dejado las calles del centro en un estado que hacía desagradable cualquier paseo. El viento tiraba el paraguas y el agua entraba por todos los ángulos. Así que el primer destino del día fue uno que no había planeado: el centro comercial Westfield, justo encima de la estación Powell del BART.
El Westfield tiene más de 170 tiendas y todo lo que puedes encontrar en cualquier centro comercial grande de cualquier país del mundo. No tenía ningún interés especial en comprar nada, pero se estaba seco y caliente, y eso valía mucho ese lunes de febrero. Curioseé la tienda de Microsoft, un rincón de Amazon, alguna tienda de electrónica. Nada especialmente memorable. Aunque sí me detuve más de lo previsto ante unas escaleras mecánicas curvas en el atrio central que por algún motivo me parecieron fascinantes. En el sótano hay una zona de restauración con opciones razonables para el estándar de precios de la ciudad.


Fisherman's Wharf: el turismo puro y duro
Dos horas después el temporal había amainado lo suficiente. Salí en dirección al norte, hacia Fisherman's Wharf, la zona que había tenido que abandonar el día anterior bajo el aguacero.
El puerto pesquero original de San Francisco fue fundado por inmigrantes italianos en los años 1860, familias llegadas de Génova y Sicilia que pescaban en la bahía y vendían su captura en los muelles. De eso ya no queda prácticamente nada. Fisherman's Wharf es hoy una sucesión de tiendas de recuerdos, restaurantes de langosta y centros de ocio orientados casi exclusivamente al turismo. En invierno, con la afluencia baja y la lluvia, el artificio se hacía más visible.



El muelle 39 es el más conocido y el más concurrido. No voy a negar que tiene su entretenimiento: hay tiendas, bares, y en días de buen tiempo el ambiente junto al agua debe ser animado. Pero no puedo evitar la sensación de estar paseando por un parque temático bien mantenido. La madera de los muelles, los carteles pintados, los vendedores de cangrejo con bata blanca: todo tiene un punto de decorado. Lo que no tiene decorado son los leones marinos.
Los leones marinos del muelle 39 llegaron en enero de 1990, unos meses después del terremoto de Loma Prieta de 1989, y nunca se fueron. Ocuparon las plataformas flotantes que los dueños de embarcaciones habían dejado vacías mientras reparaban sus barcos después del seísmo, y cuando los barcos volvieron los leones no tenían ninguna intención de moverse. Hoy hay entre 600 y 1.000 de ellos, según la época del año. Para verlos hay que llegar hasta el extremo del muelle y girar a la izquierda: las plataformas están llenas de cuerpos tostados que se tumban unos encima de otros, bufan, se empujan al agua y vuelven a subir. Ese día parecían estar disfrutando de la llovizna.


Continué caminando por los muelles 43 y 45. En esta zona están el submarino USS Pampanito y el buque SS Jeremiah O'Brien, ambos de la Segunda Guerra Mundial y visitables con entrada. En menos de un año había visto el portaaviones Intrepid en Nueva York y el USS Cassin Young en Boston, así que no sentía ningún apremio por subir a otro buque militar americano.


El Musée Mécanique: la sala de juegos del túnel del tiempo
En el muelle 45 hay un lugar que no aparece en todos los itinerarios pero que merece una parada: el Musée Mécanique. Desde fuera parece una sala de juegos recreativos. Desde dentro es exactamente eso, pero con máquinas que abarcan desde 1900 hasta los años 90, funcionando, en perfecto estado y disponibles para jugar.
La entrada es gratuita. Las máquinas funcionan con monedas de 25 y 50 centavos. Hay figuras mecánicas de principios del siglo XX que realizan pequeñas escenas cuando les introduces una moneda: autómatas en madera y metal que bailaban o tocaban instrumentos antes de que existiese la electricidad. Y junto a ellas, máquinas de pinball, mesas de Air Hockey y Ms. Pac-Man, que es exactamente la misma máquina que estaba en los bares de mi barrio cuando era niño. La verifiqué metiendo dos monedas.
No he visto ninguna colección de recreativos así en ningún otro lugar. No hace falta ser especialmente aficionado a los videojuegos para que el sitio te atrape.



Hyde Street Pier
El siguiente muelle, el Hyde Street Pier, tiene una historia distinta. Antes de que existiese el Golden Gate Bridge y el Bay Bridge, este era el punto donde llegaban los ferries desde el norte de la bahía. Era la puerta de entrada a San Francisco para quien venía del otro lado del agua.
Hoy forma parte del San Francisco Maritime National Historical Park y alberga varios barcos históricos amarrados al muelle que pueden visitarse. Hay también baños públicos en esta zona, extraordinariamente limpios para ser instalaciones junto al puerto.

Ghirardelli Square
A cinco o diez minutos andando está la plaza Ghirardelli, donde estuvo la fábrica de chocolate del mismo nombre hasta finales de los años sesenta. Ghirardelli es una marca que en España no tiene mucho peso, pero en Estados Unidos tiene el reconocimiento que aquí podría tener una marca de chocolate suizo. Los edificios de ladrillo rojo de la antigua fábrica se reconvierten en un espacio de tiendas, restaurantes y un hotel, con la tienda de chocolates Ghirardelli como ancla comercial.
Era un lunes lluvioso de febrero y la plaza estaba prácticamente desierta. El espacio en sí es agradable, el ladrillo rojo destaca en el entorno, pero tampoco hay motivo especial para alargarse demasiado.


El cable car de Powell-Hyde
Si hay un símbolo de San Francisco más reconocible que el Golden Gate Bridge, es el cable car: esos tranvías históricos en los que los pasajeros viajan de pie, medio colgados de la estructura lateral, mientras el vehículo sube y baja pendientes que en cualquier otra ciudad serían impracticables para un transporte público.
El cable car no es exactamente un tranvía. Su funcionamiento es más parecido al de un funicular: bajo la calle discurre un cable de acero que se mueve continuamente a 14,5 km/h. El vehículo no tiene motor propio; el conductor —llamado gripman— opera un mecanismo que agarra o suelta el cable para avanzar, ralentizar o detenerse. El sistema lo inventó en 1873 un ingeniero escocés llamado Andrew Hallidie, que presenció el accidente de una carreta tirada por caballos en la pendiente de la calle Powell —los caballos no pudieron sujetar el peso y murieron— y decidió que tenía que haber otra forma de subir las colinas.
El precio del billete individual es de 8$. Sin embargo, con el pase MUNI de 3 o 7 días los viajes son ilimitados e incluidos. No sé si este detalle es poco conocido, pero las veces que monté prácticamente todo el mundo pagó el billete completo en ventanilla sin saber que el pase lo cubría.
Usé la línea Powell-Hyde para volver desde Ghirardelli hacia Market Street. La línea sale de Ghirardelli, recorre Nob Hill, Russian Hill, Lombard Street y llega a Powell y Market. Las pendientes son de verdad exageradas: el tranvía sube rampas que desde dentro dan una sensación de inclinación casi vertical. Es una atracción turística disfrazada de transporte público, o un transporte público que se ha convertido en atracción turística. Da igual: merece hacerse al menos una vez.


Las tres líneas en servicio son:
- Powell-Hyde: de Market y Powell a Ghirardelli, pasando por Nob Hill, Russian Hill y Lombard Street.
- Powell-Mason: de Market y Powell a Fisherman's Wharf, pasando por North Beach.
- California Street: atraviesa el distrito financiero, Chinatown y Nob Hill.
Mission District: murales y latín
La última visita del día fue el barrio de Mission, al que se llega andando desde Market Street en unos veinticinco minutos o en pocos minutos en metro.
La historia del barrio empieza en 1776, cuando los misioneros franciscanos españoles fundaron aquí la Misión Dolores, el edificio más antiguo que existe hoy en San Francisco. El barrio conserva ese nombre y ese origen, pero lo que lo define hoy es su carácter latino: una mezcla de familias establecidas desde hace generaciones, inmigrantes recientes, artistas, estudiantes y el tipo de tiendas y restaurantes que vienen con todo eso.
El punto más concentrado de arte callejero es Clarion Alley, un callejón estrecho entre 17th y 18th Street que desde los años noventa funciona como galería mural colectiva en continua renovación. Las paredes están cubiertas de arriba abajo en una densidad que no deja ni un centímetro libre. La calidad varía, pero hay piezas que serían dignas de cualquier museo. Conviene buscarla en el mapa antes: es fácil pasar de largo porque no llama la atención desde las calles principales.


A dos bloques de Clarion Alley está el Women's Building, en la calle 18th. El edificio es de 1910 y alberga una organización sin ánimo de lucro centrada en el apoyo a mujeres. Lo que más llama la atención es su fachada exterior, cubierta por un mural monumental pintado en los años noventa y restaurado en varias ocasiones. Las figuras que lo componen representan a mujeres de distintas culturas y épocas. La foto no le hace justicia: hay que verlo de frente.

Lo mejor del barrio de Mission, más allá de los puntos concretos, es simplemente caminar por él. Es un barrio de verdad, con su propio ritmo. Hay puestos de empanadas, burritos y dulces en casi cada esquina, lo que lo convierte también en uno de los lugares más razonables para comer en San Francisco.
Mission Dolores Park
Subiendo por las calles del barrio se llega al Mission Dolores Park, uno de los parques más animados de la ciudad en fines de semana de primavera y verano, cuando la gente extiende mantas en la hierba y convierte las laderas en un picnic colectivo. Un lunes de febrero era otra cosa: frío, vacío, con las vistas de la ciudad al fondo y poca gente dispuesta a apreciarlas.
Las vistas no son las más espectaculares de San Francisco, pero el parque es tranquilo y desde la parte alta se ve bien el skyline hacia el norte.


La idea era continuar hacia el sur hasta Bernal Heights Park para ver el atardecer. Pero las nubes cerraban completamente el horizonte oeste y era evidente que no iba a haber sol en la línea del horizonte. Me quedé a cenar en Mission —un burrito grande en un local de la calle 24th que no costó más de 10$, el precio más razonable que había pagado por una comida completa en toda la semana— y desde ahí de vuelta al BART y a Oakland.

Día 4: Museos de San Francisco y atardecer desde Twin Peaks¶
El martes se suponía que era el último día del temporal. A partir del miércoles el tiempo mejoraría y podría empezar con las rutas al aire libre que tenía planeadas. Por ahora, un día más de lluvia que convenía aprovechar en interiores.
Hay un dato que conviene conocer: el primer martes de cada mes, la mayoría de los museos de San Francisco tienen entrada gratuita. Era exactamente ese martes. El plan era recorrer varios museos a lo largo del día y terminar en uno de los miradores más completos de la ciudad.
Pensé que con la entrada gratuita los museos estarían llenos. Estaban prácticamente vacíos. Quizás la lluvia desanima a mucha gente aunque la entrada no cueste nada.
Museo de Young: bellas artes en el parque del Golden Gate
El Museo de Young está en el interior del parque del Golden Gate, el gran rectángulo verde que ocupa la parte occidental de San Francisco. La entrada habitual cuesta 15$, aunque ese día era gratuita —pero aun así hay que pasar por el mostrador de admisión para recoger la entrada física que permite acceder.
El museo es heterogéneo: arte americano, arte africano, arte oceánico, exhibiciones temporales. Tiene dos plantas y puede visitarse en un par de horas si no eres especialmente lento delante de los cuadros. No es un museo que transforme la visita a San Francisco, pero tampoco defrauda.


El parque del Golden Gate: grande y un poco hostil
Al salir del museo las nubes habían retrocedido casi por completo. Era un buen momento para explorar el parque.
El parque del Golden Gate es efectivamente más grande que el Central Park de Nueva York. Lo había leído en varias guías y es verdad. Pero tiene muy poco del encanto del Central Park. Las carreteras lo atraviesan en varias direcciones y una de ellas carga con tráfico intenso. Hay zonas enteras ocupadas por edificaciones que no se pueden visitar. El jardín botánico es de pago. Los caminos se curvan de manera que la orientación se pierde con facilidad.
Es un pulmón de la ciudad, sin duda. Pero no lo describiría como un parque amable para el visitante que viene con tiempo limitado.



Le dediqué cerca de dos horas, de las cuales los últimos cuarenta y cinco minutos los pasé intentando salir por el lado correcto. Los caminos curvados hacen que cuando crees que estás yendo al norte estés yendo al oeste. Acabé encontrando la salida más o menos por intuición.
Legion of Honor: el museo que merece la visita
El Legion of Honor está en el extremo noroeste de la ciudad, en el Lincoln Park, con el Pacífico al fondo y el Golden Gate Bridge visible desde el mirador exterior. El edificio es una réplica a escala del Palais de la Légion d'Honneur de París, construida como memorial a los más de 3.600 soldados californianos caídos en la Primera Guerra Mundial. Encontrarse esa arquitectura neoclásica francesa en un promontorio rocoso sobre el océano es una de esas incongruencias de San Francisco que acaban teniendo mucho sentido.
Si tuviese que elegir un solo museo para recomendar en San Francisco, sería este. La colección de esculturas de Rodin —incluyendo un Pensador en el patio exterior— y la forma en que están distribuidas por el interior justifican la visita por sí solas.



Desde el mirador de Lincoln Park se ve el Golden Gate Bridge con toda su anchura, con el Pacífico a la derecha y la bahía a la izquierda. También descubrí aquí que ese mismo mirador es el punto de inicio del Land's End Trail, una ruta de senderismo por los acantilados que lleva hasta los Sutro Baths. Era exactamente la ruta que más ganas tenía de hacer cuando mejorase el tiempo. Me costó no ponerme a caminar en ese momento. Pero iba sin comida ni agua preparadas y quedaba tarde aún por delante.


Contemporary Jewish Museum: una visita que no merece la pena
El Museo Judío Contemporáneo no tiene colección permanente. Funciona con exposiciones temporales vinculadas a la cultura y el pensamiento judío. Está en el centro de la ciudad, cerca de la estación Powell, en un edificio con un cubo de cristal exterior muy llamativo.
Ese día el piso superior estaba cerrado. La sala de la planta inferior albergaba una exposición sobre tatuajes: unas cuantas fotografías y algunas explicaciones sobre técnicas de tatuaje. Sin relación aparente con la temática del museo. Tardé más tiempo en dejar la mochila en consigna que en ver la exposición.
El cubo de cristal exterior del edificio es más interesante que el contenido interior.


Museum of Craft and Design: la sorpresa del día
El Museo de Artesanía y Diseño está un poco apartado de los circuitos turísticos habituales y no generaba ninguna expectativa especial. Resultó ser la mejor visita museística del día.
No tiene colección permanente, así que su interés depende de lo que haya en cartel en cada momento. En febrero de 2019 había dos exposiciones. La que me retuvo fue la de Al Farrow: Divine Ammunition, en la que edificios y esculturas a escala estaban construidos íntegramente con piezas de artillería: balas, pistolas, escopetas, casquillos. Las piezas originales estaban ensambladas de una manera tan integrada que había que acercarse mucho para reconocerlas. Una iglesia con torres construidas con escopetas. Una sinagoga levantada con munición. El comentario estaba implícito en el material.
No pagaría los 8$ habituales de entrada por cualquier exposición aleatoria, pero con descuento o en el día gratuito merece claramente la visita.



Atardecer desde Twin Peaks
A lo largo del día el temporal había terminado de retirarse. El cielo al final de la tarde estaba completamente despejado, lo que hacía de Twin Peaks la manera perfecta de cerrar el día.
Twin Peaks son dos colinas de alturas casi idénticas, a 282 metros sobre el nivel del mar, prácticamente en el centro geográfico de San Francisco. Desde aquí se ve la ciudad entera: la bahía al este, el Pacífico al oeste, el Golden Gate al noroeste, el distrito financiero al norte. Es de los pocos puntos donde se entiende visualmente por qué la ciudad está construida exactamente donde está.
Había leído en varios blogs que llegar a Twin Peaks sin coche era muy complicado. No es verdad. Hay al menos dos líneas de autobús que paran cerca de la base de los dos picos. Google Maps me hizo bajar un par de paradas antes de lo necesario y tuve que caminar algo más, pero es perfectamente accesible en transporte público. El autobús es lento y hace infinidad de paradas a lo largo de las laderas de los barrios residenciales, vaciándose poco a poco mientras la ciudad queda abajo.
Desde donde deja el autobús hay que subir a pie hasta cada uno de los picos. Es una subida corta pero empinada. Cinco minutos, diez con calma.


El atardecer desde Twin Peaks es de los mejores de la ciudad, precisamente porque la vista es de 360 grados. Puedes ver el sol bajar hacia el Pacífico mientras simultáneamente la luz de los últimos rayos pinta la parte este de la ciudad y el Bay Bridge. No hay que elegir entre la puesta de sol y la luz dorada sobre los rascacielos: están los dos al mismo tiempo, a derecha e izquierda.
Decidí no esperar a que oscureciese del todo. Con la noche completa se vería la ciudad iluminada, que debe ser espectacular, pero la bajada hacia el metro a oscuras sin caminos iluminados me pareció un riesgo innecesario. Bajé con el último rastro de luz del atardecer.
El descenso a pie hasta la estación de metro de Forest Hill llevó unos treinta minutos. El primer tramo es el más irregular, por senderos sin iluminación, y todavía había algo de luz al comenzar. El desnivel es notable: si se decide subir a Twin Peaks a pie desde Forest Hill en lugar de en autobús, conviene calcular al menos cuarenta y cinco minutos de subida.



Día 5: El puente del Golden Gate y Sausalito¶
Llevaba cuatro días en San Francisco y el temporal no había dado tregua. Lluvia constante, cielos bajos, planes cambiados. Así que cuando el miércoles por la mañana me asomé a la ventana y vi algo parecido al sol, tomé el primer autobús hacia el Golden Gate con la determinación de alguien que lleva días encerrado.
El día iba a ser largo. Y digo largo en el sentido literal: calculo que caminé alrededor de 30 kilómetros entre ida y vuelta. No es una ruta pensada para cualquiera. Mucha gente opta por la bicicleta o el coche de alquiler, y entiendo por qué. Pero el paisaje lo justifica todo, y hay algo en recorrer esa costa a pie que ningún vehículo puede sustituir.

Antes de arrancar, algunas aclaraciones que yo mismo necesitaba cuando planifiqué esto: el trayecto completo del puente son menos de 3 km y se cruza sin peligro de coches. Cruzar el Golden Gate a pie o en bici es completamente gratuito, igual que todos los miradores. Y si tienes pase semanal de la MUNI, ten cuidado: muchos autobuses que paran en el Welcome Center cruzan luego el puente hacia el condado de Marin y ya no pertenecen a la red de San Francisco. Google Maps no siempre aclara esto.
Primeras vistas desde el Welcome Center
Llegué al Golden Gate Bridge Welcome Center alrededor de las nueve de la mañana. Hay un parking, una tienda de souvenirs, las antiguas cabinas de peaje. Nada del otro mundo salvo el puente mismo, que aparece de repente en todo su tamaño cuando sales del autobús y no te lo esperas.


El naranja del puente es un detalle que sorprende si no sabes la historia. No se eligió por estética ni por capricho nacional: el color oficial se llama "International Orange" y fue seleccionado expresamente para que el puente fuera visible en la niebla. San Francisco tiene niebla más de 200 días al año. Los pintores de la marina preferían el gris o el negro; el ingeniero jefe Joseph Strauss insistió en el naranja. Strauss era también conocido por sus manías: exigía que los trabajadores llegaran con el estómago vacío a los turnos en las torres más altas porque temía que el mareo después de una comida pesada pudiera causar accidentes. Once personas murieron durante la construcción entre 1933 y 1937, pero una red de seguridad tendida bajo el puente salvó a 19 más. Esos 19 formaron entre ellos un club informal que llamaron "Halfway to Hell Club".
Cruzando el puente
Desde el Welcome Center las señales llevan directamente al acceso peatonal. No tiene pérdida. El primer tramo tiene una alambrada alta que corta un poco las vistas y complica las fotos hacia la ciudad, pero dura solo unos minutos. Después el puente se abre con una barandilla normal y ya no hay ningún obstáculo.

Un miércoles de febrero a las nueve de la mañana el puente estaba casi vacío. Peatones, algún ciclista suelto, y yo con el teléfono en la mano parando cada treinta metros. No sé cómo será en agosto. A lo largo de toda la acera hay pequeños salientes laterales donde uno puede apartarse sin molestar a quien pasa.
Las torres miden 227 metros sobre el nivel del agua. El puente en sí mide casi 2.700 metros de largo. Lo que no se ve desde abajo es que la estructura entera puede desplazarse lateralmente hasta 7,6 metros en condiciones de viento extremo. No es un defecto: es parte del diseño, la flexibilidad que le permite aguantar. Saberlo mientras estás encima no es del todo tranquilizador.



Otro detalle que no esperaba: los seis carriles del puente no están fijos. En el centro hay una mediana móvil que un camión especial desplaza físicamente para cambiar la distribución según el horario. A primera hora de la mañana había cuatro carriles de entrada a la ciudad y dos de salida. Cuando yo cruzaba el camión estaba precisamente reordenando los bloques hacia la configuración simétrica de tres y tres.

Vista Point y los bajos del puente
Al terminar de cruzar, el camino lleva directamente al mirador de Vista Point, en el lado norte. Es el más concurrido de todos los que visité ese día, principalmente porque tiene un gran aparcamiento. Las vistas desde aquí son magníficas: el puente en primer plano, la ciudad al fondo, toda la bahía de un lado a otro.



Desde Vista Point hay un paso peatonal que cruza por debajo del puente hacia el lado oeste. El paso en sí es una sorpresa: las vistas de la estructura inferior, los cables, las vigas, son algo que no suele aparecer en las fotos de guías. Vale mucho la pena detenerse ahí un momento antes de seguir subiendo hacia Battery Spencer.

Battery Spencer y la foto del cartel
La subida hasta Battery Spencer son unos 15 minutos cuesta arriba desde el paso. Se puede llegar en coche pero el aparcamiento arriba es minúsculo. Antes de llegar al mirador aparecen unos edificios militares abandonados: esta fue una de las muchas baterías de artillería que defendían la bahía durante la Segunda Guerra Mundial. Las instalaciones llevan décadas sin uso pero se conservan en pie.


Desde la cima está la vista que aparece en todos los carteles: el puente en primer plano, San Francisco detrás, el agua abajo. A esas horas el sol venía del este, lo que significaba tenerlo de frente para las fotos hacia la ciudad. No es lo ideal. La tarde sería mejor para la luz. Aun así la panorámica es suficientemente impresionante como para que uno se olvide de la técnica fotográfica y simplemente mire.


Kirby Cove: la playa sin nadie
Desde Battery Spencer hay un camino que baja hacia el oeste durante media hora hasta la playa de Kirby Cove. No hay carretera de acceso, así que no llegan coches. Cuando llegué la playa estaba completamente vacía.
El puente ya se ve un poco más lejos desde aquí. Pero hay algo en sentarse en la arena de una cala desierta con el Golden Gate visible al fondo que ningún mirador con parking puede igualar. Me quedé un rato largo.



Moore Rd Pier: perspectiva a ras de agua
Desde Kirby Cove subí de vuelta a Battery Spencer y después bajé hacia Vista Point. Antes de cruzar el paso por debajo del puente hay que girar a la derecha en dirección a Sausalito, siguiendo la carretera que desciende hasta casi el nivel del mar. Moore Rd Pier es un muelle corto que se adentra en la bahía y da una perspectiva más baja y horizontal del puente. Mucho menos frecuentado que los miradores de arriba.

Sausalito: bonito pero caro y turístico
Desde el muelle seguí la carretera hacia el norte. Son algo más de 4 km hasta Sausalito, con el terreno subiendo y bajando siguiendo la costa. El entorno es muy bonito y las vistas de la bahía acompañan durante todo el camino.
Sausalito es un pueblo de clase media-alta que prefiere la tranquilidad de la orilla norte pero quiere seguir cerca de la ciudad. El nombre viene del español "sauzalito", un diminutivo de sauce. Pequeño arbolado de sauces. La zona turística central es exactamente lo que uno espera: restaurantes de precio elevado, tiendas de souvenirs, todo muy orientado al visitante.

Aproveché para comer sentado en un banco frente al agua con la ciudad entera al fondo. Eso sí valió la pena. El paseo por el núcleo turístico, menos.



Waldo Point Harbor: las casas flotantes que nadie busca
Estaba ya en la cola del ferry de vuelta a San Francisco cuando recordé que Sausalito es famoso por sus casas flotantes y que no había visto ninguna. Salí de la cola y fui a buscarlas.
Las casas flotantes no están en el centro turístico de Sausalito. Hay que caminar hacia el norte unos cuarenta minutos más hasta llegar a Waldo Point Harbor. Hasta aquí prácticamente no llega ningún turista. Y es, sin exageración, la parte más interesante de toda la zona.


La comunidad de casas flotantes de Sausalito nació después de la Segunda Guerra Mundial, cuando varios artistas y personas sin muchos recursos empezaron a vivir en barcos y barcazas reconvertidas en este puerto. En los años sesenta y setenta el lugar se convirtió en un enclave bohemio con fama nacional, refugio de músicos, pintores y gente que buscaba vivir al margen de las normas convencionales. Todavía hoy todas las viviendas están ocupadas. Los muelles de acceso, de propiedad privada, están decorados con macetas y plantas en lugar de jardines. Es un barrio de verdad, no un decorado.


Desde aquí el ferry de Sausalito quedaba demasiado lejos. Busqué un autobús y tras un rato de espera volví al Golden Gate Bridge Welcome Center.
Crissy Field al atardecer
Quedaban un par de horas de luz. Desde el Welcome Center bajé hacia Crissy Field, un antiguo campo de aviación militar reconvertido en parque nacional. Hay un paseo largo junto a la playa East Beach con vistas a toda la bahía. A esa hora había gente paseando perros, corredores, familias. Todo el mundo sacando lo que quedaba de tarde.


El problema de Crissy Field es el transporte. Cuando quise irme descubrí que no hay ninguna parada de autobús cercana. Al fondo del paseo reconocí la cúpula del Palace of Fine Arts, pero ya estaba cerrado. Terminé subiéndome a un autobús gratuito llamado PresidiGo que pertenece al parque del Presidio. No tengo muy claro si era acceso libre al público o si simplemente nadie me preguntó nada, pero llegué sin problema hasta Embarcadero. Desde allí, a cenar y a Oakland.
Un día con cientos de fotos del mismo puente desde ángulos distintos. Al final la conclusión es que el Golden Gate no se cansa.




Día 6: Alcatraz y El Camino del Fin de la Tierra - Land's End Trail¶
El jueves amaneció gris otra vez, aunque sin la lluvia intensa de los primeros días. Suficiente para salir. Tenía reservada la entrada a Alcatraz para las 9:10 de la mañana, lo que significaba madrugar, cruzar la bahía y llegar al Pier 33 antes de que saliera el primer ferry.

Ferry al Pier 33 y la espera con maqueta
El Pier 33 está entre Embarcadero y Fisherman's Wharf. Nada más llegar hay una sala de espera con una maqueta de la isla a escala y varios paneles con la historia del lugar. No es la mejor introducción posible, pero sirve para ir familiarizándose mientras la gente va formando fila.
La entrada la había comprado con bastante antelación porque todos los blogs que consulté antes del viaje advertían de que el aforo se agota rápido y que en temporada alta es imposible conseguir entrada para el mismo día. En febrero de 2019 había plazas de sobra en taquilla. Supongo que en verano la historia es distinta. El precio que pagué fue de 38,35 dólares, que incluye el ferry de ida y el de vuelta en cualquier horario del día.

El trayecto en ferry dura entre diez y quince minutos. Recomiendo colocarse en el lado izquierdo según el sentido de la marcha: desde ahí se ve el Golden Gate en toda su extensión mientras la ciudad va quedando atrás y la isla se va haciendo grande al frente.



Alcatraz: veintinueve años de leyenda
Alcatraz estuvo en funcionamiento como penitenciaría federal solo entre 1934 y 1963. Veintinueve años. Para el peso cultural que tiene el lugar, la cifra sorprende. Lo que hizo famosa a la cárcel no fue el tiempo que estuvo abierta sino su reputación de inexpugnable, que era en buena parte un mito construido con intención: el Gobierno quería que los presos creyeran que escapar era imposible.
La distancia hasta la orilla de San Francisco es de algo menos de dos kilómetros. Las corrientes son fuertes y el agua está a una temperatura media de 14 grados centígrados. No imposible de nadar, pero suficientemente desagradable y peligroso como para que nadie lo intentara en serio. Al menos de forma oficial.
Nada más llegar a la isla te dan unas instrucciones básicas: no comer fuera del área del embarcadero para no dejar restos cerca de los hábitats de la fauna local, no saltar vallas hacia zonas protegidas, no llevarse piedras ni plantas. Y después cada uno se mueve a su ritmo.
El bloque celular y la audioguía
La cárcel está en lo alto de la isla. Hay una cuesta desde el embarcadero que no es corta. Nada más entrar en el edificio principal dan la audioguía gratuita, disponible en varios idiomas. La versión en español es latinoamericana, con acento y expresiones que a mí personalmente me resultaron más distantes que la versión en inglés. Acabé escuchándola en inglés.

La audioguía es una de las mejores que he escuchado en cualquier museo. No es una narración seca de fechas y datos: incluye grabaciones reales de guardias y presos que trabajaron o estuvieron encerrados allí, y efectos de sonido que recrean la vida cotidiana dentro del bloque. El pasillo principal del bloque celular se llama Broadway. Las celdas medían 1,5 por 2,7 metros. Había períodos de silencio impuesto.
El caso de fuga más famoso es el de junio de 1962: Frank Morris y los hermanos Anglin llevaron meses excavando los muros traseros de sus celdas con cucharas y un taladro improvisado con un motor de aspiradora robado. La noche de la fuga dejaron cabezas fabricadas con papel maché y cabello real en sus camas para que los guardias no notaran nada durante el recuento nocturno. Construyeron una balsa con impermeables robados. El FBI nunca los encontró. El caso sigue oficialmente abierto.


Además de las celdas hay también la zona de cocina, el comedor y el patio exterior donde los presos tomaban el aire. Todo conservado con bastante fidelidad. El comedor me sorprendió: es más grande y más organizado de lo que imaginaba.



La isla más allá de la cárcel
La prisión ocupa solo una parte de la isla. Hay otros edificios auxiliares que se pueden visitar, y también miradores con vistas extraordinarias de San Francisco. Hay algo perturbador en ver la ciudad tan cerca y saber que los presos la veían todos los días desde el patio.


Uno de los edificios cerca del embarcadero tiene proyecciones sobre la historia de la isla. En invierno varios senderos costeros estaban cerrados, así que no pude recorrer la parte más exterior de la isla. Cogí el ferry de vuelta a las 11:55 de la mañana, después de algo menos de tres horas en la isla.

Land's End: el sendero con vistas al fin del mundo
Desde el Pier 33 tomé un autobús hasta Ocean Beach, en el extremo noroeste de la ciudad. El Land's End Trail empieza técnicamente desde un aparcamiento cerca de los restos de las Sutro Baths, pero hay varios accesos desde la playa. El sendero es ancho, de tierra compacta, con algún desnivel pero en general cómodo. No hace falta equipo especial.
Mi recomendación es hacerlo empezando desde Ocean Beach, con las vistas del Golden Gate apareciendo de frente según avanzas hacia el norte. Hacerlo al revés significa tener el puente a la espalda durante casi todo el camino.


El laberinto de piedras
A mitad del camino hay una desviación a la izquierda que lleva a lo que se conoce como el laberinto de Land's End. Es una instalación de piedras colocadas en el suelo formando un recorrido espiral. Desde la superficie cuesta entender la forma; hay que trepar unos metros por el acantilado para verlo desde arriba y comprender la estructura.


Mile Rock Beach y el bocadillo frente al mar
Desde el laberinto baja un sendero hasta el nivel del mar, hasta la playa de Mile Rock. No hay vistas directas al Golden Gate desde aquí, pero el entorno es lo suficientemente tranquilo como para que uno se siente, saque el bocadillo y no piense en nada durante un rato. Era jueves de febrero. La playa estaba vacía. Hace falta poco más.


Eagle's Point y las ruinas de las Sutro Baths
Desde Mile Rock volví al sendero y seguí hasta Eagle's Point, justo debajo del Museo Legion of Honor. Desde aquí se tiene una vista directa a las ruinas de las Sutro Baths, en la base del acantilado junto al mar.
En 1896 las Sutro Baths eran el mayor complejo de baños interiores del mundo: siete piscinas de agua salada con capacidad para diez mil bañistas simultáneos. Una construcción de dimensiones casi absurdas para su época. Funcionó durante décadas con distintos usos antes de quemarse en 1966. Lo que queda hoy son los muros de hormigón a ras del agua, cubiertos de musgo, con el mar entrando y saliendo por las grietas. Resulta más evocador que muchas ruinas que se presentan como grandes atracciones.

La ruta completa me llevó aproximadamente hora y media incluyendo la parada para comer.
Baker Beach y la subida al acantilado que no recomiendo
El paseo se me había quedado corto así que decidí seguir caminando hacia el Golden Gate. Baker Beach es una playa larga que, recorriéndola hacia el norte, va acercándose al puente. En invierno estaba casi vacía.


Al llegar al extremo norte de la playa quise acercarme más al puente y opté por subir directamente por el acantilado. Fue una mala idea. El sendero era más un montón de rocas que un camino. Si alguien hace este mismo recorrido: hay una salida bastante más cómoda antes de llegar al fondo de Baker Beach. Úsala.
Marshall's Beach: las mejores fotos del puente
Desde lo alto del acantilado bajé hasta Marshall's Beach por un sendero empinado pero practicable. Esta playa es la que da las vistas más buscadas del Golden Gate: el puente entre las rocas, a baja altura, con el agua en primer plano. Con la marea baja se puede avanzar bastante hacia el norte, hasta casi debajo de Fort Point.



Después no había más remedio que deshacer el camino por el acantilado. Desde arriba tomé un sendero que lleva de vuelta hasta el centro de visitantes del Golden Gate Bridge.

Desde allí cogí el autobús hacia el centro, cené en algún sitio que ya no recuerdo y volví al alojamiento en Oakland. La ruta no había sido especialmente larga en kilómetros, pero el tramo final entre acantilados con subidas y bajadas se nota en los pies. Era el momento de parar.

Día 7: Un recorrido desde Presidio hasta el Ayuntamiento¶
El viernes empezó con nubes bajas y esa luz blanca y difusa que San Francisco tiene cuando no llueve del todo pero tampoco despeja. Decidí dedicar la jornada al interior de la ciudad: el Presidio, el Palace of Fine Arts, la costa de Marina, Grace Cathedral y el Ayuntamiento. Un recorrido que terminó bañado en lluvia, como casi todos los de esta semana.
El Presidio y la estatua que no esperaba
El Presidio es uno de esos lugares que cualquier guía describe como "antiguo fuerte militar convertido en parque nacional" sin que esa frase transmita bien lo que uno se encuentra. Son cientos de hectáreas de bosque y edificios históricos dentro de los límites de la ciudad, bordeando la bahía desde el sur del Golden Gate.
Lo establecieron los españoles en 1776, cuando San Francisco no era más que una misión y un puesto militar en el extremo del mundo conocido. Pasó a manos mexicanas al independizarse México, y después al ejército de Estados Unidos en 1846. Fue cuartel activo durante 150 años, hasta que en 1994 lo transfirieron al Servicio de Parques Nacionales. No es fácil encontrar un parque urbano con esa acumulación de historia.

La sorpresa del día llegó en forma de una figura verde de tamaño natural en medio de un jardín. Yoda, el maestro Jedi, sentado en su trono, mirando hacia los árboles. No es ningún chiste ni ninguna instalación artística temporal: George Lucas compró y rehabilitó el antiguo hospital militar del Presidio para convertirlo en el campus de Lucasfilm. El Letterman Digital Arts Center lleva aquí desde principios de los 2000, con Industrial Light & Magic y el resto de empresas del grupo. La estatua está en el jardín principal y ya es, inevitablemente, punto de peregrinación para fans de Star Wars.

Que el creador de Star Wars haya instalado su empresa en un antiguo fuerte militar español dentro de un parque nacional en San Francisco es exactamente el tipo de yuxtaposición absurda que hace que esta ciudad resulte difícil de resumir.
El Palace of Fine Arts y sus cisnes
Desde el Presidio caminé hacia el sur hasta el Palace of Fine Arts. El edificio se construyó en 1915 para la Panama-Pacific International Exposition, la gran exposición universal con la que San Francisco celebró su reconstrucción tras el terremoto de 1906. La mayoría de los pabellones eran estructuras temporales que se derribaron al terminar la exposición. Este se quedó.
El estilo es Beaux-Arts: columnas corintias, cúpula central, formas simétricas y mucho ornamento. Para alguien que viene de Europa el edificio resulta familiar casi antes de saber qué es. Lo curioso es que en el contexto de San Francisco, una ciudad construida en su mayor parte en el siglo XX, el Palace of Fine Arts parece un anacronismo venido de otro continente. Que haya sobrevivido en medio de bloques de apartamentos de los años sesenta es un milagro burocrático.
Frente al edificio hay un estanque artificial con cisnes. La mañana era tranquila, la luz plana, y el reflejo del palacio en el agua funcionaba bien. Entendí por qué es uno de los lugares más fotografiados de la ciudad.




Marina Boulevard y el Wave Organ
Continué hacia el este por Marina Boulevard, que sigue la línea de la bahía con el Golden Gate visible al fondo. El paseo es agradable: hay un carril para correr, gente paseando perros, algún velero en el agua.
En la punta de un espigón al final del Marina District está el Wave Organ. Es una instalación artística de 1986 que consiste en una serie de tubos de PVC y hormigón que se adentran en la bahía. Cuando las olas entran y salen por los tubos producen sonidos: algo entre un gorgoteo, un suspiro y una nota baja de órgano. La intensidad varía con las mareas. Con marea alta suena más. Con el mar en calma, apenas se oye nada.
No es espectacular. Pero es uno de esos rincones de San Francisco que justifican perderse del itinerario marcado: un montón de tubos en un dique de piedra al borde del agua produciendo ruido de mar. Muy poca gente llega hasta aquí.




Grace Cathedral en Nob Hill
La recomendación de visitar Grace Cathedral me la había dado mi anfitriona de Airbnb. Está en la cima de Nob Hill, lo que significa una subida bastante pronunciada desde la costa. La catedral episcopal lleva en este emplazamiento desde 1910, aunque el edificio actual se construyó entre 1927 y 1964.
Lo que más llama la atención desde fuera son las puertas de bronce de la entrada principal: son réplicas de las Puertas del Paraíso de Ghiberti, las mismas que hay en el Baptisterio de Florencia. Dentro, los laberintos son lo más singular: hay uno en el suelo de la nave, de mosaico, y otro en el exterior, en piedra. Se usan para meditación. No es un elemento decorativo sino funcional.



El Ayuntamiento: la cúpula que supera al Capitolio
La última parada del día fue el Ayuntamiento. Llegué a última hora de la tarde, cuando ya empezaba a llover con ganas. Para entrar con mochila no se puede usar la puerta principal: hay que rodear el edificio hasta una entrada lateral con arco de seguridad y escáner de equipaje. No está muy señalizado.
El edificio se construyó en 1915, también como parte del proceso de reconstrucción post-terremoto. La cúpula mide 93 metros de altura, unos 4 metros más que la del Capitolio de Washington. Es Beaux-Arts americano en estado puro: mármol, escaleras dobles, rotonda central que se abre hacia arriba durante varios pisos.




Lo que no aparece en las guías turísticas pero sí en cualquier libro de historia de la ciudad: en noviembre de 1978, en este edificio, el concejal Dan White mató a tiros al alcalde George Moscone y al concejal Harvey Milk. Milk era el primer político abiertamente gay elegido en Estados Unidos. El ayuntamiento lleva su nombre desde 2011. En 2004 fue aquí donde el entonces alcalde Gavin Newsom comenzó a emitir licencias de matrimonio para parejas del mismo sexo, en desafío abierto a la ley estatal. Los tribunales las anularon poco después; el matrimonio igualitario no se legalizaría en California de forma definitiva hasta 2008, y en todo el país hasta 2015.
Siendo viernes había varias ceremonias de boda en la rotonda. Parejas esperando su turno, familias con flores, fotógrafos. Una pareja de chicas. El edificio tenía esa mezcla extraña de burocracia y celebración que tiene siempre los viernes por la tarde en los ayuntamientos.
Cuando salí la lluvia era ya intensa. Busqué un centro comercial cercano donde refugiarme, me senté en alguna cafetería y dediqué la hora siguiente a revisar las fotos del día. Después, el autobús de vuelta a Oakland.


Día 8: El final de la aventura en la Ciudad de la Bahía¶
El sábado era mi último día en San Francisco. El vuelo a Barcelona salía a las 19:15, así que tenía toda la mañana y buena parte de la tarde para moverme. Había cosas pendientes que quería ver aunque fuera de pasada: Lombard Street, el Cable Car Museum, Chinatown, Haight-Ashbury. Nada de rutas largas. Solo caminar sin demasiado plan.
Dejar la mochila en algún sitio
No tenía ninguna gana de arrastrar la mochila de viaje por San Francisco en mi último día, así que usé un servicio llamado BAGBNB. Por seis dólares puedes dejar el equipaje en hoteles o negocios asociados mientras haces turismo. El concepto es bueno.
La ejecución, en mi caso, fue más accidentada. Dejé la mochila en el hotel Luz, cerca de Union Square. El hombre que me atendió tenía un inglés difícil de entender y una actitud que dejaba bastante que desear: ceño fruncido, gruñidos, como si dejar una mochila de un viajero en consigna fuera una ofensa personal. Confié en que el equipaje estaría bien y salí a la calle.


Por el camino fui mirando los grafitis de las paredes del barrio. San Francisco tiene una escena de arte urbano activa y variada. Cerca del hotel hay murales de cierta entidad. También me crucé con la Saint Brigid Catholic Church, una iglesia neogótica construida en 1864 que sobrevivió al terremoto y a los incendios de 1906 y que hoy aparece encajonada entre edificios modernos como un recordatorio de lo que había antes.

Las cuestas de San Francisco y Lombard Street
Cualquiera que haya visto fotos de San Francisco sabe que tiene colinas. Lo que uno no entiende hasta que camina por ellas es la inclinación real de algunas calles. Hay tramos en los que la acera tiene escalones en lugar de pendiente continua porque de otra forma sería impracticable. Subí hacia Russian Hill sin mucha elegancia.


Lombard Street es el destino. La llaman "la calle más curva del mundo", aunque ese título es más de marketing turístico que de exactitud geográfica. El tramo famoso entre Hyde y Leavenworth tiene ocho curvas en zig-zag descendiendo entre jardines bien cuidados. Los coches bajan despacio y con cuidado. Los turistas se agolpan en la parte alta para hacer la misma foto desde el mismo ángulo.



Hice las fotos y seguí bajando. North Beach quedaba a unos minutos y quería pasar por el barrio italiano antes de coger el tranvía.
El Cable Car Museum
Desde North Beach subí a uno de los cable cars para llegar hasta el Cable Car Museum, en Mason Street. El museo es gratuito y explica cómo funcionan estos tranvías desde 1873, cuando Andrew Hallidie desarrolló el sistema para subir las colinas de San Francisco sin caballos ni vapor.
Lo más interesante del museo no son las exposiciones sino la maquinaria en funcionamiento que está a la vista en la planta baja: cuatro enormes ruedas metálicas que giran continuamente y que mueven los cables enterrados bajo las calles. El cable no para nunca. Los conductores lo enganchan y lo sueltan para acelerar y frenar. Es una tecnología del siglo XIX que sigue funcionando hoy exactamente igual que en 1873, y que los ingenieros de transporte modernos estudiarían con interés si no fuera por lo cara que resulta de mantener.




Chinatown: segunda oportunidad
Bajé caminando desde el museo hasta Chinatown. El primer intento de visitarlo había sido abortado por la lluvia días antes. El Chinatown de San Francisco es el más antiguo de Norteamérica y el mayor fuera de Asia. La entrada principal está en la puerta de Grant Avenue, con su arco verde y rojo.
Dentro las calles son más estrechas y hay más ruido. Tiendas de souvenirs, mercados con productos que no están en ningún supermercado convencional, restaurantes con los patos lacados colgados en el escaparate. También un arte urbano que mezcla dragones y caracteres chinos con estilos gráficos contemporáneos de una forma que en otras ciudades resultaría forzada pero que aquí parece natural.





Haight-Ashbury: el espíritu del 67 reconvertido en boutique
El tranvía me dejó en Haight-Ashbury al mediodía. El barrio fue el epicentro del Summer of Love en 1967. En este cruce vivieron y tocaron los Grateful Dead, Janis Joplin y docenas de bandas que definieron lo que se llamó el movimiento hippie. Decenas de miles de jóvenes llegaron a San Francisco ese verano buscando algo que la mayoría no supo bien definir.



Lo que queda hoy es un barrio que vive conscientemente de ese mito. Las tiendas vintage, los puestos de incienso y las librerías independientes conviven con boutiques de moda sostenible y cafeterías que sirven lattes de CBD. No es autenticidad, es nostalgia comercializada con cierta elegancia. Pero el paseo es agradable y hay murales buenos.
Entré en Amoeba Music, una tienda de discos de dimensiones absurdas que ocupa el local de un antiguo cine. Vinilos, CDs, DVDs organizados en categorías que tardarías horas en agotar. No compré nada, pero me quedé dentro más tiempo del que tenía previsto.
El final
Volví al hotel Luz para recoger la mochila. El hombre de la consigna seguía igual de antipático, pero el equipaje estaba intacto. Desde allí al aeropuerto.
San Francisco me despidió como me había recibido: con lluvia intensa. El taxista no habló durante todo el trayecto, lo cual agradecí. Al despegar, desde la ventanilla, San Francisco era una mancha de luces grises bajo las nubes.
Ocho días dan para mucho en una ciudad. Y también dejan claro lo que no has podido ver, los barrios que no recorriste, las cosas que quedaron pendientes. San Francisco no me conquistó del todo, y tampoco creo que pretendiera hacerlo. Es una ciudad que impresiona sin esforzarse por agradar, y eso tiene su propio valor.


San Francisco: Lo que no pudo ser¶
Cuando no puedes cumplir tus sueños de viaje
Hay viajes en los que vuelves a casa con la sensación de haber tachado todo lo de la lista. Y hay otros en los que te quedas con varios renglones sin tachar, no por pereza ni por mala planificación, sino porque las circunstancias no acompañaron.
Mi semana en San Francisco fue de las segundas.
Muir Woods: las secuoyas que no vi
Había reservado el billete de autobús para el domingo 3 de febrero. El servicio salía a las 10:30 desde Sausalito, en Bay & Bridgeway, y llegaba hasta Muir Woods National Monument. Me costó tres dólares, incluía ida y vuelta, y podía coger cualquier autobús de regreso durante el día. Lo tenía todo organizado.
Muir Woods es un bosque de secuoyas costeras a unos 18 kilómetros al norte de San Francisco. Las secuoyas costeras son árboles que pueden vivir dos mil años y alcanzar los 100 metros de altura. No son las secuoyas gigantes del interior de California, sino su variante de costa, más delgada pero igual de antigua. En el bosque hay árboles que empezaron a crecer antes de que existiera cualquier ciudad europea en este continente.
El problema fue que llegué a San Francisco en plena alerta por lluvias e inundaciones. En los primeros días el temporal era lo suficientemente serio como para que las autoridades desaconsejaran desplazamientos no esenciales. Muir Woods está en una zona de barrancos y laderas que se complican con la lluvia intensa: senderos que se convierten en barro, riscos resbaladizos, y en casos extremos, riesgo de deslizamientos. El autobús de ese domingo no salió.
Esperé a que mejorara el tiempo durante el resto de la semana. Mejoró, pero nunca del todo. Y los días que estuve en Sausalito o en la costa norte ya tenía el itinerario demasiado cargado como para desviarme horas hacia el bosque. Al final no fui.
No voy a decir que lo llevé con deportividad ejemplar. Me fastidió. Había tenido muchas ganas de ver esas secuoyas, de estar en un bosque que funciona a otra escala temporal, donde los árboles llevan siglos ahí y uno pasa de camino. Ese tipo de experiencia no se sustituye con otro mirador o con otra calle animada.
Los barrios que no visité
En 2019 San Francisco tenía más de ocho mil personas viviendo en la calle. No era un dato abstracto: era visible en cualquier esquina del centro, en los portales de SOMA, debajo de las autopistas. La ciudad con más millonarios per cápita de Estados Unidos y también una de las crisis de vivienda más graves del país. No haber dedicado tiempo a entender esa contradicción desde dentro, caminando por los barrios donde se nota más, es lo que más me pesa del viaje.
SOMA tampoco lo visité bien. Es el barrio donde están las sedes de muchas empresas tecnológicas y donde conviven almacenes reconvertidos en oficinas con zonas que siguen siendo duras. Tampoco el Sunset District, en la costa del Pacífico, que es donde vive buena parte de la San Francisco real y no turística.
Una semana no es suficiente
Ocho días en San Francisco me dieron para ver bastante. También me dejaron claro lo que no vi.
No es una queja. Es simplemente lo que pasa cuando uno viaja con tiempo limitado a una ciudad que tiene mucho más que sus carteles turísticos. Lo que no pudo ser este febrero será, quizás, la razón para volver.
O quizás no. Hay ciudades con las que uno conecta de inmediato y ciudades que se quedan a media distancia, interesantes pero sin terminar de abrirse. San Francisco, para mí, fue de las segundas. Y eso tampoco es un problema: no hay ninguna obligación de enamorarse de todos los sitios que se visitan.
Las secuoyas de Muir Woods, eso sí, siguen pendientes.