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El Fuerte de San Ángel visto desde Senglea, con sus murallas de piedra dorada cayendo hacia el mar.

Diarios de viaje · Malta · Gozo · La Valeta · Mdina y Rabat

Malta en cinco días

Cinco días de finales de mayo para celebrar un cumpleaños en una isla donde cada piedra cuenta una historia distinta: Mdina de noche, el mercado de Marsaxlokk, la cúpula bombardeada de Mosta, el atardecer en Dingli, Gozo entero y una Valeta que cuesta abandonar. Con sus luces, sus precios reales y su única pega seria, los autobuses.

5 días Lectura de 37 minutos

Malta en cinco días: diario de viaje entre Mdina, Gozo y La Valeta

Introducción al viaje

Este viaje no estaba en el calendario. Surgió un par de meses antes, cuando Rafa me dijo que le apetecía que nos fuésemos a algún sitio distinto para mi cumpleaños, que pasarlo fuera de la rutina siempre le da otro sabor al día. El problema era de agenda y de bolsillo: ya teníamos apalabrado un viaje grande a los países bálticos para julio, así que cualquier cosa que hiciésemos antes tenía que ser corta, barata y sin trastocar el resto del año.

Malta apareció por descarte y por precio. Encontramos vuelos asequibles, las fechas encajaban con el cumpleaños casi por casualidad y el tamaño del archipiélago prometía un viaje sin desplazamientos largos. Sobre el papel, 316 kilómetros cuadrados parecen algo que se recorre en cinco días sin despeinarse. Spoiler: no es exactamente así, y no por falta de ganas.

Conviene poner en contexto lo que es Malta antes de contar nada más, porque explica todo lo que vino después. Estamos hablando del país más pequeño de la Unión Europea y de uno de los más densamente poblados del mundo: más de medio millón de habitantes apretados en un territorio menor que muchas comarcas. Es un archipiélago de tres islas habitadas —Malta, Gozo y la diminuta Comino— plantado justo en mitad del Mediterráneo, a noventa kilómetros de Sicilia y a menos de trescientos de la costa africana. Esa posición ha sido su bendición y su condena durante tres mil años: fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, aragoneses, los Caballeros de San Juan, Napoleón y el Imperio británico han pasado por aquí, y todos han dejado su capa de piedra encima de la anterior. El maltés, de hecho, es la única lengua semítica que se escribe con alfabeto latino y la única oficial en la UE, y suena a árabe con préstamos sicilianos e ingleses. Que un país tan pequeño tenga tanto que enseñar es, en el fondo, la mejor razón para ir.

La ruta aérea fue la típica de quien vuela desde Bilbao a un destino secundario: Bilbao–Barcelona con Vueling el sábado 30 de mayo a las 08:55, escala larga en El Prat, y Barcelona–Malta con Ryanair a las 14:40 para aterrizar a las 16:55. La vuelta, el miércoles 3 de junio, fue igual de acrobática: Malta–Palma a las 14:50 y Palma–Bilbao a las 20:20. Los cuatro trayectos, para los dos, sumaron 154,22 €, que para las fechas y para lo que suele costar salir de Bilbao me sigue pareciendo un pequeño milagro.

Calle de Malta con edificios tradicionales de piedra caliza

Día 1: llegada a Malta y primera noche en Mdina

Del aeropuerto a Rabat: el primer aviso sobre los autobuses

Aterrizamos con un poco de retraso, sobre las 17:30, y lo primero que hicimos en el aeropuerto fue comprar la tarjeta de transporte. En Malta el sistema se llama Tallinja y lo gestiona un único operador, Malta Public Transport, así que no hay que descifrar mapas de compañías distintas: una sola red cubre las dos islas. Para estancias cortas hay tres productos que interesan al viajero. El billete sencillo se compra al conductor y vale para dos horas con transbordos incluidos, en torno a dos euros en invierno y dos euros y medio en verano. La tarjeta de doce viajes ronda los diecinueve euros y se puede compartir entre varias personas. Y luego está la familia de tarjetas Explore, que dan viajes ilimitados: la de siete días cuesta unos veinticinco euros, y la modalidad Explore Flex permite elegir un paquete de cuatro días, que es justo lo que compramos nosotros.

Esa fue nuestra opción: bono de cuatro días que en la práctica son 96 horas contadas desde la primera validación, no cuatro jornadas naturales, matiz que conviene tener claro al planificar la primera y la última tarde. Nos costó 42 € para los dos y a partir de ahí subimos y bajamos de autobuses sin volver a pensar en el precio, que con lo que acabamos moviéndonos fue claramente rentable. Se compra en el aeropuerto nada más salir de la terminal, en la estación de La Valeta o en máquinas y quioscos repartidos por la isla, y hay que picarla al subir todas y cada una de las veces, aunque sea ilimitada.

El otro elemento imprescindible es la aplicación tallinja. Es la oficial, tiene planificador de rutas, horarios y, sobre todo, posición de los autobuses en tiempo real, que en Malta no es una comodidad sino una necesidad. Google Maps también lleva los datos de la red y funciona razonablemente bien para planificar, pero cuando el autobús no aparece, la app oficial es la única que te dice si viene con veinte minutos de retraso o directamente no va a venir. Instálala antes de salir de casa.

Con la tarjeta en el bolsillo nos fuimos a Rabat, donde teníamos el alojamiento. El primer autobús de muchos. Llegó tarde, tardó casi una hora más de lo previsto en completar un trayecto que en coche son veinte minutos y, para rematar, nos dejó en una parada distinta de la que marcaba Google Maps. Fueron cinco minutos más de caminata con las maletas, nada dramático, pero visto con perspectiva fue un aviso en toda regla de lo que iba a ser el transporte público durante los cinco días. Otro detalle que descoloca al llegar: en Malta se conduce por la izquierda, herencia británica que se nota también en los enchufes, en los buzones rojos y en la costumbre local de rematar cualquier explicación con un "no worries".

Rabat, una base mucho mejor de lo que parece

Elegir Rabat como campamento base fue un acierto y lo recomendaría sin dudar. Es un pueblo de verdad, con panaderías, ancianos charlando en los bancos, bares donde se come por diez euros y muy poco turista alojado, y está literalmente pegado a Mdina, que es la joya que todo el mundo viene a ver. Mientras los autobuses de excursión descargan gente a mediodía y se la llevan a las cinco, tú te quedas ahí, y esa diferencia lo cambia todo.

El nombre lo explica casi todo: rabat significa "arrabal" en árabe. Cuando los musulmanes fortificaron la ciudad alta en el siglo XI redujeron su perímetro a la mitad y dejaron fuera todo el barrio que había crecido alrededor de la antigua Melite romana. Mil años después, esa decisión urbanística sigue marcando el mapa: un foso separa la ciudad noble de su arrabal, y lo que era el suburbio es hoy un pueblo con vida propia. Aquí, además, está buena parte del patrimonio paleocristiano de Malta, pero eso lo dejamos para el último día.

Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de Malta
Nuestra habitación en Rabat, la base elegida para los cinco días.

Mdina de noche, la ciudad del silencio

El plan original para la primera tarde eran los acantilados de Dingli y su puesta de sol, pero con el retraso acumulado no había manera de llegar antes de que se pusiera el sol. Cambiamos de idea sobre la marcha y nos fuimos andando hasta Mdina, a un cuarto de hora escaso del apartamento. Por el camino paramos en un bar a merendar-cenar, esa comida indefinida de los días de viaje, y entramos en la ciudad cuando ya casi era de noche.

Y fue el mejor error de cálculo del viaje. Mdina de noche, con las calles vacías, las farolas amarillas y la piedra caliza tomando ese color de miel que aquí lo tiñe todo, es una experiencia completamente distinta a la de la ciudad diurna llena de excursiones. La llaman la Ciudad del Silencio y de noche se lo gana: apenas viven unas trescientas personas dentro de las murallas, la circulación de vehículos está restringida a residentes y lo único que se oye es tu propio eco entre los palacios. Las calles son estrechas y quebradas a propósito, diseñadas para frenar la carga de la caballería y para dar sombra en verano, y esos quiebros hacen que cada esquina te descubra una perspectiva nueva.

Conviene saber dónde se está pisando. Mdina fue la capital de Malta desde tiempos fenicios y romanos —entonces se llamaba Melite y era una ciudad tres veces mayor que la actual— hasta 1530, cuando llegaron los Caballeros de San Juan y trasladaron el poder a la costa, junto a los puertos que de verdad les interesaban. La nobleza maltesa se quedó aquí, un poco de espaldas a la nueva Malta de la Orden, y en esa retirada aristocrática está el origen de la sensación de ciudad detenida que se respira hoy. El terremoto de Sicilia de 1693 se llevó por delante buena parte del caserío medieval y la reconstrucción se hizo en un barroco contenido y elegante dirigido por el arquitecto francés Charles François de Mondion, que firmó la puerta principal, la que sale en todas las fotos.

Dentro de las murallas hay cosas que ver de día, y las apunto para quien tenga más margen que nosotros: la catedral de San Pablo, obra maestra de Lorenzo Gafà levantada sobre el lugar donde la tradición sitúa la casa de Publio, el gobernador romano al que el apóstol convirtió; el Palazzo Falson, casa-museo medieval con una colección de armas y pintura sorprendente; y las vistas desde los bastiones, desde donde en un día claro se ve media isla y hasta La Valeta al fondo. Si a alguien le suena la puerta principal sin saber por qué, es porque Juego de Tronos rodó allí su Desembarco del Rey en la primera temporada, y desde entonces medio mundo hace la misma foto.

Volvimos al apartamento a descansar temprano, conscientes de que al día siguiente tocaba madrugar y de que los autobuses no iban a ponérnoslo fácil.

Arquitectura tradicional de Malta con fachadas de piedra y balconesUna calle estrecha de Mdina vacía de noche, con los muros de piedra caliza iluminados por farolas.La puerta principal de Mdina, obra de Charles François de Mondion, iluminada de noche.Un callejón silencioso de Mdina de noche, sin un alma, entre fachadas de piedra dorada.Una plaza pequeña de Mdina de noche, con los balcones y las farolas típicas de la Ciudad del Silencio.Las murallas de Mdina iluminadas de noche, vistas desde uno de los bastiones.
Paseo nocturno por las calles vacías de Mdina, la Ciudad del Silencio.
Calle histórica de Malta con edificios de piedra caliza

Día 2: Marsaxlokk, Mosta y el atardecer en Dingli

El mercado dominical de Marsaxlokk

El domingo 31 lo dedicamos al sur. Marsaxlokk es un pueblo pesquero al que todo el mundo va en domingo por su mercado, así que desayunamos algo rápido y bajamos a la parada. Diez minutos después se nos acercó una chica a avisarnos de que esa parada estaba inutilizada por obras y de que los autobuses ya no pasaban por allí. Acabamos subiendo un par de calles, y luego otro par más, hasta la mismísima entrada de Mdina, que era el único punto donde teníamos la certeza de que paraba algo. Con transbordo en La Valeta incluido —casi todas las líneas de la isla pasan por la estación central de la capital, así que ir de un punto a otro suele significar cruzar el país entero—, llegamos a Marsaxlokk casi a las doce del mediodía, bastante más tarde de lo calculado.

Lo primero que nos encontramos no fue el mercado, sino una fiesta. La noche anterior se habían celebrado elecciones y el pueblo estaba tomado por simpatizantes laboristas celebrando la victoria, con banderas, cláxones y camisetas rojas. Un recordatorio útil de que Malta es un país pequeño donde la política se vive en la calle, en el bar y en familia, con una participación electoral que ronda cifras que en el resto de Europa serían impensables, y de que cuando hay elecciones la isla entera se paraliza.

Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de Malta
Banderas y celebraciones en Marsaxlokk tras la victoria del Partido Laborista en las elecciones del 30 de mayo.

El mercado, cuando por fin llegamos a él, es enorme y muy animado: se extiende a lo largo de todo el paseo marítimo, ocupa varios cientos de metros y hoy vende de todo, desde pescado y verdura hasta ropa, souvenirs, miel local y esa mermelada de cebolla que acompaña a medio recetario maltés. Su origen es estrictamente pesquero y el domingo sigue siendo el día grande, aunque el puesto de pescado ha ido perdiendo peso frente al textil. Merece la pena llegar temprano, tanto por el ambiente como porque a mediodía el sol en ese paseo sin sombra es implacable.

El telón de fondo son los luzzus, esas barcas de colores con un ojo pintado en la proa que salen en todas las fotos de Malta. El ojo no es decorativo: es una herencia fenicia, el ojo de Osiris u Horus según a quién preguntes, que protege al pescador de la mala fortuna y le señala el camino de vuelta a casa. Tres mil años de continuidad en una barca de fibra amarrada frente a una terraza donde sirven cerveza Cisk. La bahía, además, es la mayor del sur de la isla, y este puerto tan tranquilo ha visto pasar la flota otomana que sitió Malta en 1565, el desembarco de Napoleón en 1798 y, ya en 1989, la cumbre entre Bush y Gorbachov, celebrada a bordo de barcos fondeados aquí en medio de un temporal descomunal y con la que muchos dan por terminada la Guerra Fría. No está mal para un pueblo de tres mil habitantes.

El paseo marítimo de Marsaxlokk con los luzzus de colores amarrados frente al mercado dominical.Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPuestos del mercado dominical de Marsaxlokk con fruta, verdura y productos locales.
El mercado dominical de Marsaxlokk: el paseo marítimo, los puestos y las calles del pueblo.

St Peter's Pool: precioso, pero solo si te bañas

Después de pasear el pueblo y comer algo, nos fuimos andando hasta St Peter's Pool, una piscina natural excavada por el mar en la roca caliza cerca de la punta de Delimara, junto al faro decimonónico. Son treinta o cuarenta minutos de camino, con sus cuestas arriba y abajo, sin apenas sombra y con un sol que a finales de mayo ya pega de verdad. Hay quien lo hace en taxi acuático desde el puerto de Marsaxlokk, una opción que uno agradece mucho más de lo que espera cuando lleva media hora subiendo una cuesta.

La cala es innegablemente bonita, con esa piedra blanca pulida por el oleaje formando plataformas naturales y un agua de un azul casi irreal. Pero seré honesto: si no llevas intención de bañarte, y no era nuestro caso, no compensa el esfuerzo de llegar hasta allí. Es un sitio para pasar la mañana entera con toalla, nevera y bocadillo, saltando desde las rocas, no para mirar cinco minutos y darse la vuelta.

Quien lo tenga claro, que vaya temprano y con calzado que agarre, porque la roca resbala mojada, no hay ni una sombra natural y a mediodía en verano aquello se llena. Y que tenga presente que no hay servicios de ningún tipo: ni chiringuito fiable, ni agua, ni sombrillas de alquiler más allá de lo que monte algún espabilado en temporada alta.

La piscina natural de St Peter's Pool, con la roca caliza blanca formando plataformas sobre un agua azul intenso.
St Peter's Pool, la piscina natural excavada por el mar cerca de Marsaxlokk.

La rotonda de Mosta, contrarreloj

En el plan original tocaba después el mirador del Blue Grotto, pero la conexión desde Marsaxlokk era un puzle de dos o tres transbordos y decidimos ir directamente a Mosta para llegar a tiempo de ver la rotonda. No llegamos. Las carreteras seguían medio cortadas por las caravanas de coches celebrando la victoria laborista y tardamos más de dos horas en un trayecto que debería haber sido la mitad. Cuando aparecimos por Mosta, el horario de visitas ya había terminado.

Tuvimos suerte, aun así: había misa a las siete y, entrando como un fiel más, se puede ver el interior, aunque sin pasearlo y sin hacer fotos. Y merece la pena aunque sea desde un banco al fondo, porque la escala del sitio no se transmite en ninguna imagen. La Rotonda de la Asunción se levantó entre 1833 y 1860 siguiendo el diseño de Giorgio Grognet de Vassé, un maltés fascinado por el Panteón de Roma que planteó un templo circular con pórtico de columnas jónicas y una cúpula de más de treinta metros de diámetro que se sostiene sin estructura interna de apoyo y que aparece siempre en las listas de las mayores de Europa.

La parte que más me gusta de su historia es cómo se construyó. Los vecinos no querían quedarse sin iglesia durante las obras, así que la rotonda nueva se levantó literalmente alrededor de la vieja parroquia renacentista, que siguió celebrando misa dentro del andamiaje hasta que el edificio nuevo estuvo terminado; solo entonces se desmontó la antigua y se sacó por la puerta, piedra a piedra. Una imagen que resume bastante bien el carácter maltés: obstinado, práctico y profundamente parroquial. Aquí cada pueblo compite con el vecino en tamaño de iglesia y esplendor de fiesta patronal, y esa rivalidad ha dejado en una isla minúscula un catálogo de templos monumentales que no le corresponde ni por población ni por riqueza.

Pero la historia que todo el mundo cuenta en Mosta es la del 9 de abril de 1942. En plena Segunda Guerra Mundial, con Malta convertida en el lugar más bombardeado del conflicto por su valor estratégico entre Sicilia y el norte de África, una bomba alemana atravesó la cúpula y cayó dentro del templo durante la misa de la tarde, con unos trescientos vecinos refugiados en su interior. No explotó. Se puede ver una réplica en la sacristía, junto al museo, y en Malta la palabra que se usa para aquello no es "suerte", sino "milagro". La isla entera, por cierto, recibió en 1942 la Cruz de Jorge, la máxima condecoración civil británica, por la resistencia de su población durante los bombardeos; la cruz sigue en la esquina de la bandera nacional. Dimos un paseo corto por el pueblo y volvimos hacia Rabat.

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Calles de Mosta y la cúpula de la Rotonda de la Asunción.

Dingli Cliffs: el mejor atardecer de Malta

La idea era llegar a Rabat con tiempo para enlazar con el autobús que sube a los acantilados de Dingli. Otro retraso, otro enlace perdido. A esas alturas ya habíamos aprendido la lección, así que pedimos un Bolt (6,90 € por unos diez kilómetros) y llegamos con el sol todavía alto.

Los acantilados de Dingli son el punto más alto de Malta: unos 250 metros de caída sobre el Mediterráneo en la zona de Ta' Dmejrek, con el islote deshabitado de Filfla enfrente —hoy reserva natural, durante décadas usado como campo de tiro por la marina británica— y una capillita del siglo XVII, la de Santa María Magdalena, plantada al borde del vacío como si vigilase. No hay barandillas, ni miradores acondicionados, ni entradas, ni tiendas de recuerdos: hay un camino de tierra, campos de labor en terrazas que se cultivan desde hace siglos aprovechando cada palmo de suelo, y el mar abierto hacia el sur, sin nada entre esa piedra y Libia.

A quien le sobre una hora, muy cerca están las llamadas roderas de Clapham Junction, uno de los grandes enigmas arqueológicos del Mediterráneo: pares de surcos paralelos tallados en la roca hace miles de años, que se cruzan y se pierden por el borde del acantilado sin que nadie haya explicado del todo para qué servían ni cómo se hicieron. Malta tiene esa capacidad de soltarte un misterio prehistórico en mitad de un campo de cebada sin avisar.

La luz de la última hora allí arriba es de otra categoría, con la piedra volviéndose naranja y el mar cambiando de color cada pocos minutos. Nos quedamos paseando por la zona bastante después de que anocheciera, caminando hasta una iglesia cercana y disfrutando de ese silencio de campo que en una isla tan poblada como esta es un lujo raro. Cogimos el autobús de vuelta a Rabat ya de noche cerrada y con la sensación de haber salvado el día en el último momento.

Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de Malta
Atardecer y paseo nocturno por los acantilados de Dingli.
Paisaje costero de Malta con acantilados y mar Mediterráneo

Día 3: Gozo, la isla que va a otro ritmo

Cómo llegar a Gozo, y por qué tardamos el doble

El lunes 1 de junio teníamos apuntada La Valeta, pero nuestro anfitrión nos avisó de que la capital iba a estar saturada con las celebraciones y la toma de posesión del nuevo Gobierno, y de que, si podíamos, la dejásemos para el día siguiente. Le hicimos caso, intercambiamos los planes y dedicamos el lunes a Gozo. Fue un buen consejo.

Sobre el papel el plan era sencillo: un autobús directo desde Rabat hasta la terminal de ferris de Ċirkewwa, en el extremo norte de la isla. Estuvimos una hora esperándolo, con la aplicación insistiendo en que la línea estaba operativa, hasta que asumimos que no iba a aparecer y nos buscamos una ruta alternativa con transbordo. Al ferry llegamos con un retraso considerable respecto a lo planeado: pisamos Gozo casi a las 12:30.

Del ferry conviene saber dos cosas, porque despistan a todo el mundo. La primera es que en Ċirkewwa no hay que comprar billete: se sube y ya está. El pago se hace a la vuelta, en la terminal de Mġarr, antes de embarcar de regreso a Malta, de modo que un viajero de ida y vuelta paga una sola vez y siempre desde el lado gozitano. La segunda es que sale muy barato: el trayecto de peatón, ida y vuelta, ronda los 4,65 € por persona —nosotros pagamos 9,30 € los dos— y el barco cruza el canal en unos veinticinco minutos, con salidas cada media hora aproximadamente y servicio las veinticuatro horas. Hay también catamaranes rápidos que conectan La Valeta y otros puntos con Gozo, más caros pero útiles si te alojas en el sur o el centro.

La travesía en sí es un regalo: se pasa junto a Comino y su famosa Laguna Azul, se ve la costa norte de Malta alejarse y la de Gozo acercarse, y hay que hacerla en cubierta aunque haga calor. Porque merece la pena señalar algo que sorprende a quien llega: Gozo no es un apéndice de Malta, es otra cosa. Más verde, más agrícola, más lenta, con la mitad de densidad de población y una identidad propia que los gozitanos defienden con humor y con cierto orgullo de agravio. Los griegos quisieron ver aquí la Ogigia de la Odisea, la isla donde la ninfa Calipso retuvo a Ulises durante siete años, y uno entiende perfectamente el mito en cuanto sale de la terminal.

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La terminal de ferris de Ċirkewwa, camino de Gozo.

Victoria y la Ċittadella

Desde el puerto de Mġarr cogimos un autobús hasta Victoria, la capital, y empezamos a patearla. La ciudad se llamaba Rabat, como el pueblo donde nos alojábamos, hasta que en 1897 se rebautizó en honor al jubileo de diamante de la reina Victoria; los gozitanos siguen llamándola Rabat entre ellos, lo cual da una idea bastante exacta de su carácter. El centro gira alrededor de la plaza It-Tokk, con su mercado matinal, sus cafés y ese trasiego de pueblo grande donde todo el mundo se conoce. Comimos algo por allí antes de subir a la ciudadela.

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Calles de Victoria, la capital de Gozo.

La Ċittadella es el corazón de todo esto y, además, la entrada al recinto es gratuita, algo que en un destino turístico de este calibre casi emociona; solo se paga si se quiere entrar a los museos que hay dentro. Es una fortaleza encaramada a un cerro que domina la isla entera, ocupada desde la Edad del Bronce, con capas fenicias, romanas y medievales bajo los baluartes que los Caballeros levantaron en el siglo XVII para artillería moderna. Dentro se recorren callejones semiderruidos, aljibes, la antigua prisión con grafitis tallados por los presos a lo largo de siglos, un molino, un par de museos pequeños y la catedral.

Su historia negra tiene fecha: en 1551, una razia otomana comandada por Dragut asaltó la ciudadela y se llevó como esclavos a prácticamente toda la población de Gozo, unas cinco mil personas, dejando la isla desierta. Tardó generaciones en repoblarse con colonos llegados de Malta y Sicilia, y durante casi un siglo estuvo vigente la obligación de que todos los gozitanos pasaran la noche dentro de las murallas. Cuando uno pasea por el adarve con esa historia en la cabeza, las vistas cambian de significado: no son un mirador, son un sistema de alerta temprana.

Le dedicamos algo más de cuatro horas a la ciudad y a la ciudadela, entre callejear, asomarnos a los bastiones y dejarnos llevar. Desde arriba se ve la isla entera, con sus pueblos coronados por iglesias desproporcionadas, los campos en bancales, las colinas de cima plana tan características y el mar cerrando por todos lados. Un detalle para curiosos dentro de la catedral: la cúpula que se ve desde dentro no existe. Nunca hubo dinero para construirla y en 1739 se resolvió el problema con una pintura en trampantojo tan bien ejecutada que hay que mirarla dos veces, y todavía tres, para aceptar que ese espacio abovedado es un lienzo plano.

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La Ċittadella de Victoria, desde distintos ángulos.

Xewkija y su cúpula imposible

Desde lo alto de la ciudadela habíamos visto una cúpula enorme dominando un pueblo cercano, tan desproporcionada respecto al caserío que decidimos ir a verla. Es la rotonda de San Juan Bautista, en Xewkija, y la historia de cómo se levantó dice mucho de este país.

La construyeron los propios vecinos entre 1951 y 1971, con donaciones, trabajo voluntario y piedra local, alrededor de la iglesia barroca anterior, que se mantuvo en pie y en uso mientras crecía la nueva a su alrededor, exactamente igual que en Mosta. Hablamos de un pueblo de unos pocos miles de habitantes levantando durante veinte años una cúpula de unos 75 metros de altura y decenas de miles de toneladas de piedra caliza, con capacidad para más fieles de los que viven en el municipio. Los restos de la iglesia vieja no se tiraron a la basura: se conservan como museo en un lateral, con sus retablos y su escultura barroca.

Se puede subir en ascensor a la azotea por tres euros por persona y es de las mejores inversiones del viaje. Desde arriba se tiene la cúpula al alcance de la mano, con su tambor de ventanales y su linterna, y una panorámica de Gozo de trescientos sesenta grados en la que se identifican la ciudadela recortada al fondo, los pueblos vecinos y hasta el mar por ambos lados. Bajamos con esa sensación tan agradable de haber encontrado algo que no estaba en ninguna lista de imprescindibles.

Y eso que Gozo tiene mucho más de lo que nosotros pudimos ver en una jornada: los templos megalíticos de Ġgantija, en Xagħra, que son de las construcciones libres más antiguas del mundo y anteriores a las pirámides de Egipto; la bahía de Dwejra, donde estaba la célebre Ventana Azul hasta que se derrumbó en 2017 y donde siguen el Mar Interior y la Roca del Hongo; las salinas de Xwejni con sus piscinas talladas en la roca desde tiempos romanos; o las calas de Xlendi y Ramla, esta última de arena rojiza. Queda apuntado para la próxima.

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La rotonda de San Juan Bautista, en Xewkija.

Popeye Village desde el mirador

Cogimos otro autobús hasta el puerto, el ferry de vuelta a Malta y, en lugar de tirar directos a casa, nos bajamos a media ruta en el mirador de Popeye Village. Y aquí sí que la parada compensa aunque no se entre.

El pueblo de casitas de madera de colores encajado en Anchor Bay no es una aldea de pescadores reconvertida, como parece de lejos, sino un decorado de cine que nunca se desmontó. Se construyó entre 1979 y 1980 para el Popeye de Robert Altman protagonizado por Robin Williams, se trajeron troncos de abeto desde Holanda y tejas de madera desde Canadá, y participó en la obra medio pueblo de Mellieħa. Cuando terminó el rodaje, a alguien se le ocurrió que en lugar de derribarlo se podía cobrar entrada, y hoy es un parque temático familiar con animadores, actividades para niños y museo del rodaje.

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Atardecer sobre Popeye Village, visto desde el mirador.

Como atracción, sinceramente, interesa sobre todo si se viaja con críos. Pero desde el mirador de la carretera, con la bahía cerrada por acantilados, el agua turquesa y el sol cayendo justo detrás, es uno de los puntos más fotogénicos de la isla sin ninguna duda, y verlo desde fuera no cuesta nada. Nos quedamos hasta bien pasado el atardecer.

La vuelta la hicimos con transbordo en la zona de St Paul's Bay, la bahía donde la tradición sitúa el naufragio del apóstol Pablo camino de Roma, en el año 60, y de donde arranca, según los malteses, el cristianismo de la isla; el episodio se cuenta en los Hechos de los Apóstoles y ha marcado la identidad del país hasta hoy. Aprovechamos la espera para bajar a la playa y hacer unas fotos nocturnas antes de volver a Rabat.

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La playa de St Paul's Bay.
Calle del casco histórico de Malta con edificios tradicionales

Día 4: La Valeta y las Tres Ciudades el día de mi cumpleaños

Una capital construida de una sola vez

El martes 2 de junio era mi cumpleaños y el único día entero que nos quedaba libre, así que fue el día de La Valeta. A esas alturas ya teníamos fichadas todas las paradas de Rabat inutilizadas por las obras, así que fuimos directos a Mdina a coger el autobús a la capital. Por una vez llegamos casi puntuales, lo cual, después de tres días, se celebró como un regalo de cumpleaños más.

La Valeta tiene una esencia especialísima y creo que la clave está en cómo nació: no creció poco a poco como casi todas las capitales europeas, se levantó de golpe y con un plan cerrado. Tras el Gran Asedio de 1565, en el que los Caballeros de San Juan y la población maltesa resistieron durante casi cuatro meses el ataque de una flota otomana muy superior, el Gran Maestre Jean Parisot de la Valette decidió fortificar de una vez la península de Monte Sciberras, que era precisamente desde donde el enemigo había bombardeado sus posiciones. La primera piedra se puso el 28 de marzo de 1566 y el trazado lo diseñó Francesco Laparelli, ingeniero militar que había trabajado con Miguel Ángel en San Pedro; a su muerte continuó la obra el maltés Girolamo Cassar, autor de buena parte de los edificios.

Por eso es una retícula perfecta de calles rectas que caen hacia el mar en cuestas y escalinatas, encerrada en unas murallas descomunales que todavía hoy la separan del resto de la isla. Y por eso, en menos de un kilómetro cuadrado, se concentra una densidad de monumentos que asusta: los auberges donde se alojaba cada "lengua" de la Orden, hoy convertidos en sedes de gobierno; el Palacio del Gran Maestre, con sus armerías; los jardines colgados sobre los dos puertos. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1980 y una de las pocas ciudades donde uno tiene la sensación de estar caminando por dentro de una obra de arte urbanística completa y coherente.

Nos pasamos la mañana entera andando. La calle República de punta a punta, desde la puerta monumental hasta el Fuerte San Telmo, con desvíos constantes a las calles laterales, que es donde de verdad se ve la ciudad: los balcones cerrados de madera pintada, los gallariji que son la marca de la casa de la arquitectura maltesa, los escalones bajos y anchos que se diseñaron así para que los caballeros pudieran subirlos con armadura. La fachada austera de la Concatedral de San Juan, que esconde uno de los interiores barrocos más exagerados que existen, con el suelo cubierto por cuatrocientas lápidas de mármol policromado de caballeros y, en el oratorio, la Decapitación de San Juan Bautista de Caravaggio, el lienzo más grande que pintó y el único que firmó. El hueco de la antigua Ópera Real, bombardeada en 1942 y hoy convertida en teatro al aire libre entre sus propias ruinas. Y el Parlamento de Renzo Piano en la entrada, esa mole de piedra tallada como si estuviera erosionada que sigue provocando discusiones entre los malteses treinta años después de proyectarse.

Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de MaltaPaisaje, calle, edificio, monumento o escena de Malta
Paseando por las calles de La Valeta.

Upper Barrakka Gardens y el salto a la otra orilla

Mención aparte merecen los Upper Barrakka Gardens. Fueron un jardín privado de los caballeros italianos de la Orden desde 1661 y hoy son el balcón de La Valeta sobre el Gran Puerto. Desde su arcada se ve de una sola pasada la bahía, los diques, los cruceros, los astilleros y las Tres Ciudades enfrente, y se entiende de golpe por qué esta roca ha sido tan disputada durante tres mil años: es uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo, profundo, ramificado y fácil de defender.

Debajo está la Batería de Salvas, que sigue disparando sus cañonazos a mediodía y a las cuatro de la tarde con la puntualidad de un ritual británico, y que se puede visitar pagando entrada. A un lado, un ascensor panorámico baja los cincuenta y ocho metros que separan los jardines del nivel del puerto en cuestión de segundos, y ahorra una cuesta considerable a quien quiera cruzar a la otra orilla. Las vistas desde arriba son, para mí, las mejores de la ciudad, y por eso volvimos de noche.

Después de comer algo cogimos una de las barcas que cruzan el puerto hacia las Tres Ciudades. Es un trayecto de apenas cinco minutos, cuesta un par de euros y regala la mejor vista posible de las murallas de La Valeta desde el agua, con los bastiones cayendo a plomo sobre el mar. Es, con diferencia, la manera más agradable de hacer ese recorrido, y las barcas tradicionales que lo cubren, las dgħajjes, son parientas directas de los luzzus de Marsaxlokk, con el mismo ojo pintado en la proa.

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Los Upper Barrakka Gardens, con las Tres Ciudades enfrente.

Las Tres Ciudades: Birgu, Senglea y Cospicua

Las Tres Ciudades son el reverso tranquilo de la capital y tienen la particularidad de que cada una carga con dos nombres. Birgu es también Vittoriosa; Senglea es L-Isla; y Cospicua es Bormla. Los nombres dobles no son un capricho, son historia pura: los títulos honoríficos —"la victoriosa", "la conspicua"— se los concedió la Orden por haber aguantado lo peor del asedio de 1565, y los malteses siguen usando en su día a día los nombres antiguos.

Birgu fue la primera capital de los Caballeros cuando llegaron a Malta en 1530, antes de que existiera La Valeta, y es la más monumental de las tres. Conserva el Fuerte San Ángel, que fue el puesto de mando durante el Gran Asedio y hoy se visita; el Palacio del Inquisidor, uno de los pocos tribunales de la Inquisición que se conservan en Europa y que se puede recorrer entero, celdas incluidas; y un casco antiguo de callejones estrechos con nombres poéticos, casi sin comercio turístico, donde la vida sigue siendo de barrio. La marina de Birgu, en cambio, es hoy un puerto deportivo de yates enormes, contraste que resume bastante bien el Malta actual.

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Paseando por Birgu, Senglea y Cospicua, las Tres Ciudades.

Senglea es una lengua de tierra estrechísima, densamente poblada, que quedó casi arrasada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial por su proximidad a los astilleros, y que se reconstruyó con paciencia. Cospicua, la mayor de las tres y la más obrera, es la que menos visita el turista y la que da acceso a las Líneas Cottonera, ese cinturón de murallas del siglo XVII que envolvía las tres poblaciones. Paseamos las tres con calma, sin prisa ni lista de tareas, disfrutando de la ropa tendida entre balcones de colores, de los altares callejeros con su santo y sus flores de plástico, y de la sensación de estar en un sitio donde la gente vive y no solo se fotografía.

Terminamos en los Gardjola Gardens, en la punta de Senglea, donde está la garita de vigía más fotografiada del país: una torreta de piedra del siglo XVI con un ojo, una oreja y una grulla esculpidos en los laterales, símbolos del centinela que todo lo ve y todo lo oye, vigilando la entrada del puerto. Nos quedamos allí a ver el atardecer sobre La Valeta, que desde ese punto queda justo enfrente, dorada y entera, con el fuerte San Telmo cerrando la perspectiva. De los muchos atardeceres del viaje, este fue el más urbano y probablemente el más redondo.

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Los Gardjola Gardens y La Valeta al atardecer.

La Valeta de noche y una despedida a regañadientes

Volvimos en barca y en autobús a la capital para repetir los Upper Barrakka de noche, y confirmo que la visita nocturna es otro viaje: el puerto iluminado, las grúas de los astilleros recortadas, los reflejos en el agua y muchísima menos gente. La Valeta tiene fama de vaciarse al caer la tarde —durante décadas fue una ciudad de oficinas que se apagaba a las siete—, pero eso ha cambiado bastante en los últimos años y hoy hay bares y terrazas animadas en la zona de Strait Street, la vieja calle de los marineros de la flota británica.

Cenamos allí mismo, en La Valeta, alargando la sobremesa más de lo razonable porque los dos éramos conscientes de que era nuestra última noche y daba pena marcharse. Cumplir años en una ciudad así, con ese puerto delante, es de las mejores maneras de cumplirlos.

El autobús de vuelta a Rabat, curiosamente, fue puntual y directo. Por la noche, con poco tráfico, el transporte público maltés funciona bastante bien. Aprendizaje tardío pero útil.

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Los Upper Barrakka Gardens de noche, con las Tres Ciudades iluminadas.
Puerto de Malta con embarcaciones y edificios históricos

Día 5: Rabat sin prisa y vuelta a casa

El miércoles 3 dejamos el alojamiento y dedicamos la mañana a lo que llevábamos cuatro días haciendo a trozos: pasear Rabat. Habíamos cruzado el pueblo mil veces camino de Mdina o de la parada del autobús, siempre con prisa, sin dedicarle un tiempo propio. Y lo merece.

Rabat es uno de esos destinos poco explotados de Malta que, en mi opinión, valen mucho la pena. Aquí están las catacumbas de San Pablo, el mayor conjunto funerario paleocristiano de la isla, con galerías excavadas en la roca a partir del siglo III y IV y una particularidad que las hace únicas: conviven en el mismo complejo tumbas cristianas, judías y paganas, con sus símbolos respectivos, prueba de una convivencia mucho más mezclada de lo que suele contarse. Muy cerca está la Gruta de San Pablo, la cueva donde la tradición sitúa al apóstol durante los tres meses que pasó en Malta tras el naufragio, convertida en santuario y visitada por varios papas. Y a un paseo corto, la Domus Romana, una villa señorial del siglo I con mosaicos que están entre los mejores del Mediterráneo occidental, montada hoy como pequeño museo con las piezas encontradas en la antigua Melite.

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Paseando por Rabat.

Todo eso está a cinco minutos andando del centro de un pueblo donde se come bien, barato y sin cartas en cinco idiomas, y donde conviene probar un par de cosas: la pastizzi, ese hojaldre relleno de requesón o de puré de guisantes que cuesta menos de un euro y que es la merienda nacional, y el ftira, el pan plano maltés relleno de atún, alcaparras, aceitunas y tomate. Comer así, de panadería en panadería, es la manera más barata y más honesta de comer en Malta.

Desde la parada de enfrente de Mdina cogimos el autobús al aeropuerto y volamos a Palma, y de Palma a Bilbao con un pequeño retraso pero sin sustos. Aterrizamos con esa mezcla habitual de cansancio y de listas mentales de todo lo que se ha quedado sin ver.

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El aeropuerto de Malta, abarrotado antes de nuestro vuelo de vuelta.
Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de Malta

El transporte público en Malta: la única pega seria del viaje

Un balance sincero de los autobuses malteses

Si tengo que quedarme con una queja del viaje, es esta, y creo que es justo desarrollarla porque condiciona cualquier planificación. El autobús es prácticamente la única opción para quien no alquila coche, es barato —42 € el bono de cuatro días para los dos—, la red cubre absolutamente toda la isla y los vehículos son modernos, con aire acondicionado y wifi. Hasta ahí, todo bien. El problema es la fiabilidad: los horarios son poco más que orientativos y los retrasos fueron constantes a todas las horas del día.

Hay razones objetivas y conviene conocerlas antes de juzgar. La red es radial y casi todo pasa por la estación central de La Valeta, así que ir de un pueblo costero a otro suele implicar cruzar la isla y hacer transbordo en la capital. Las rutas son larguísimas y entran en cada pueblo hasta una única parada final aunque no haya nadie esperando, lo que multiplica los tiempos. El tráfico en un país con más de medio millón de habitantes y una de las densidades de coches más altas de Europa puede ser caótico en cualquier momento. Durante nuestra estancia, además, las calles principales de Rabat estaban en obras, lo que había obligado a desviar casi todas las líneas, con paradas inutilizadas que seguían apareciendo como activas tanto en la aplicación como en Google Maps. Y por si fuera poco, nos tocó un fin de semana electoral con caravanas de celebración cortando carreteras.

Los consejos prácticos que me llevo son sencillos. Lleva instalada la app tallinja, que da la posición real de los autobuses y es lo único que te salva cuando el horario miente. Haz señal con la mano al conductor al ver llegar el autobús, porque si no hay gestos claros a veces no paran. Pica la tarjeta siempre al subir, aunque sea ilimitada, porque las multas por no validar son considerables. Calcula que cualquier trayecto puede costarte el doble de lo previsto y planifica dos o tres visitas grandes al día como máximo, sin encadenar transbordos ajustados. Sal siempre antes de lo que habías pensado, sobre todo si quieres llegar a un sitio con horario de cierre. Y ten asumido que a veces la solución más barata en tiempo es pedir un Bolt, que funciona bien en toda la isla y en trayectos cortos cuesta entre cinco y quince euros: nosotros lo hicimos una vez y nos salvó una tarde entera.

Paisaje, calle, edificio, monumento o escena de Malta

Conclusiones: qué me llevo de Malta

Reflexiones finales del viaje

Malta me ha gustado mucho más de lo que esperaba, y lo digo sabiendo que iba con expectativas moderadas, casi como quien acepta un destino de conveniencia porque los vuelos salían bien de precio. Tuvimos un tiempo francamente increíble, a ratos demasiado caluroso, con días larguísimos que se aprovechan hasta las nueve de la noche, y una sucesión de ciudades donde cada piedra cuenta una historia distinta: fenicios, romanos, árabes, caballeros, británicos y una guerra mundial, todo comprimido en un territorio del tamaño de una comarca.

Lo que más me llevo es precisamente esa densidad. En un mismo día puedes estar en un mercado dominical de pescadores con barcas de ojos pintados, en una cúpula del siglo XIX atravesada por una bomba que no explotó y en un acantilado de doscientos cincuenta metros viendo ponerse el sol sobre el mar abierto. La ciudad que más me sorprendió fue Mdina de noche, el momento más redondo fue el atardecer en Dingli, el hallazgo inesperado fue la rotonda de Xewkija y la jornada más completa, sin duda, la de Gozo. Rabat, como base y como pueblo, fue un acierto que recomendaría a cualquiera que no quiera alojarse en la zona turística de Sliema y St Julian's.

Si tuviera que darme un consejo a mí mismo antes de salir, sería este: menos ambición diaria y más margen. Cinco días dan para tres o cuatro zonas bien vistas, no para diez, y en Malta el tiempo se lo come el transporte. Con esa lección aprendida, elegiría exactamente el mismo esquema —una jornada de sur, una de Gozo, una de capital y puerto, y las tardes para los atardeceres— pero saldría del apartamento una hora antes cada mañana.

La pega, ya la he desarrollado, es el transporte, y no es menor porque te come horas. Pero incluso contando con eso, el balance es claramente positivo. Y quedaron zonas enteras sin explorar en esos cinco días: el Blue Grotto y sus cuevas marinas, los templos megalíticos de Ħaġar Qim y Ġgantija —más antiguos que las pirámides—, el entorno de Dwejra en Gozo, las playas del norte, la islita de Comino con su Laguna Azul y esa Mdina diurna que solo vimos de noche. Material más que suficiente para volver, que en el fondo es el mejor final posible para un viaje.

Lo que costó el viaje

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