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Dos semanas por los países bálticos: Vilna, Tallin, Riga y Helsinki
Catorce días entre Lituania, Estonia y Letonia, con una escapada en ferry a Helsinki: el casco antiguo de Vilna, la excursión a Kaunas y al castillo de Trakai, el Tallin medieval, una jornada de senderismo y baño en las turberas de Lahemaa, y Riga entera con la excursión a Turaida. Uno de los viajes más redondos que recordamos, por 890 € por persona.
Tres capitales bálticas en catorce días¶
Vilna, Tallin y Riga en julio de 2026
Hay viajes que se cocinan a fuego lento durante años y otros que se deciden en veinte minutos delante de un buscador de vuelos. Este fue las dos cosas a la vez. Los países bálticos llevaban mucho tiempo en esa lista mental de destinos pendientes que uno va arrastrando de temporada en temporada, siempre a punto de caer y siempre cediendo el turno a otro sitio. Lo que faltaba era el empujón. Y el empujón llegó, como suele pasar, por una mezcla de casualidad, buena gente y un billete barato.
Catorce días, tres países, cuatro capitales si contamos Helsinki, y una sensación general que resumo ya de entrada para quien no tenga paciencia de leer hasta el final: uno de los viajes más redondos que recuerdo. No por espectacular, sino por consistente. Todo funcionó, todo el mundo fue amable, los desplazamientos salieron bien —con un par de sustos menores que también cuento— y las tres ciudades resultaron mucho más interesantes de lo que la mayoría de guías dan a entender.
Esta es la crónica completa, día a día, de esas dos semanas por Lituania, Estonia y Letonia, con una escapada en ferry a Finlandia por el camino.
Cómo nació el viaje
El origen tiene nombres propios. En octubre de 2025 vinieron a Open House Bilbao los voluntarios de intercambio de Vilna y Tallin, y pasar unos días con ellos convirtió unas ganas difusas en una intención concreta. Cuando alguien que vive en una ciudad te la cuenta desde dentro, el destino deja de ser un nombre en un mapa y se convierte en un sitio al que quieres ir. Margarita en Vilna y Helen en Tallin fueron, sin saberlo entonces, las responsables directas de que este viaje acabara existiendo. Y luego, ya sobre el terreno, fueron mucho más que eso.
El detonante práctico llegó con el vuelo de vuelta. Buscando fechas para julio apareció un Riga-Bilbao por unos 56 euros por persona, y ese tipo de precio, en un destino que ya tenías medio decidido, no se deja escapar. A partir de ahí solo había que construir el resto del puzle hacia atrás.
La ruta y los vuelos: una escala absurda en Londres
La conexión entre las tres capitales bálticas es sencilla y, en general, barata, que es una de las grandes ventajas de esta zona de Europa para quien viaja por libre. Vilna, Riga y Tallin están unidas por vuelos cortos, autobuses cómodos y distancias que no asustan. Lo complicado, curiosamente, era entrar y salir del conjunto desde el norte de España.
Después de muchas búsquedas y comparaciones, la opción más barata para la ida pasaba por una escala en Londres. Sí, en Londres: volar de Bilbao hacia el suroeste para acabar en Lituania, en el extremo nororiental del continente. Un absurdo geográfico perfecto que el algoritmo de precios convierte en la alternativa más razonable. La ruta final quedó así: Bilbao-Gatwick, Gatwick-Riga y Riga-Vilna, tres vuelos encadenados en el mismo día para plantarnos en Vilna pasada la medianoche.
Aquí hay un detalle importante para quien planifique algo parecido después del Brexit: aunque la escala en Londres sea solo eso, una escala, hay que salir del aeropuerto, pasar el control de pasaportes y entrar oficialmente en Reino Unido. Es decir, hace falta la autorización electrónica de viaje (la ETA) igual que si fueras a pasar una semana en la ciudad. Nosotros tuvimos suerte porque conservábamos la nuestra del viaje a Londres del año anterior, pero de no ser así habría habido que pagarla solo para cambiar de avión. Conviene tenerlo muy presente al calcular si esa escala barata compensa de verdad.
La vuelta, en cambio, fue de manual: Riga-Estocolmo y Estocolmo-Bilbao, con la escala escandinava que sí tiene sentido sobre el mapa.
Los alojamientos: tres bases muy distintas
En Vilna nos alojamos en un apartamento pequeño en la zona trasera de la estación de autobuses, en el barrio de Rasos. El anuncio lo vendía como cerca de la Puerta de la Aurora, y hay que matizar: quedaba a unos quince minutos andando del casco antiguo, que tampoco está mal, pero no era exactamente lo prometido. Por dentro estaba bien, era pequeño pero suficiente y coincidía con las fotos. Por fuera, y llegando a las dos de la madrugada, la primera impresión fue otra cosa. Un edificio muy viejo, de aspecto claramente soviético, con la entrada por una zona trasera sin apenas farolas. Da un poco de respeto. Al día siguiente, con luz, todo resultó perfectamente normal, limpio y bien situado, pero conviene saberlo si reservas por fotos.
En Tallin dormimos en Kopli, en el norte de la ciudad, en un apartamento básico pero correcto. La ubicación fue una elección deliberada: había leído que Kopli conserva casas de madera típicas con un carácter muy particular, y quedaba conectado al centro por tranvía directo. Fue un acierto, aunque el descubrimiento del barrio acabó llegando por caminos que no habíamos previsto.
En Riga nos quedamos en el Hotel Viktorija, en la calle Aleksandra Čaka, a unos diez minutos andando del casco antiguo y en pleno barrio de bloques de viviendas donde vive la gente de verdad. Es un hotel muy básico, sin ninguna pretensión de diseño ni de lujo, instalado en un edificio antiguo con mucho encanto de época, y cumple con creces: limpio, tranquilo, bien situado y a un precio difícil de igualar en una capital europea en julio. Después de dos apartamentos, el cambio a hotel se agradeció mucho.
Qué encontrarás en este diario
En los apartados que siguen cuento cada jornada con detalle: los paseos por el casco antiguo de Vilna, la excursión a Kaunas y al castillo de Trakai, el casco medieval de Tallin, el día de lluvia que acabó convertido en una ruta absurda en tranvía, la maratón a pie por Helsinki, la jornada de senderismo por Lahemaa con Helen, Riga entera, la excursión a Turaida y el parque Mežaparks. Al final de este diario encontrarás la ficha con el presupuesto completo del viaje, con el desglose de todos los gastos, por si te sirve de referencia para planificar el tuyo.
Vamos al principio.

Día 1. De Bilbao a Vilna con escala en Londres¶
Dos vuelos a la misma hora y una lección de humildad
El día empezó con uno de esos errores tontos que uno comete precisamente cuando cree que ya no los comete. En el aeropuerto de Loiu salían aquella tarde dos vuelos a Londres a la misma hora exacta, las 13:50. Uno a Heathrow y otro a Gatwick. Nosotros teníamos el de Gatwick, y nos fuimos derechos a la puerta de embarque del de Heathrow con toda la seguridad del mundo. Pasamos el control de pasaportes sin problema, llegamos a la puerta y solo entonces, mirando la pantalla, caí en la cuenta de que estábamos en el sitio equivocado.
Tocó dar media vuelta, cambiar de puerta y explicarle la situación a los policías del control, que se lo tomaron con más paciencia de la que merecíamos. Ni novatos. Después de tantos aeropuertos, el fallo es doblemente ridículo, y por eso lo cuento: la rutina relaja la atención, y en un aeropuerto la atención es exactamente lo que no conviene relajar.
La escala en Gatwick y el trámite del control de pasaportes
El vuelo a Londres fue puntual y sin historia. Lo interesante empezó al aterrizar. Al contrario de lo que ocurre en una escala dentro del espacio Schengen, aquí no se puede pasar directamente a la zona de conexiones. Hay que pasar el control de pasaportes, entrar oficialmente en Reino Unido y después volver a pasar el control de seguridad para acceder a las puertas de embarque. Es un trámite largo, con colas, y hay que contarlo al calcular el tiempo de escala.
Tuvimos algo más de dos horas y dio de sobra, pero con una conexión ajustada la cosa podría haberse complicado bastante. Es el peaje real de estos itinerarios con escala en Londres: el precio es imbatible, pero el tiempo y el papeleo suman.
Riga de madrugada y un aeropuerto diminuto
El segundo vuelo, Gatwick-Riga, salió a media tarde y aterrizó en Letonia ya de noche, con la hora cambiada dos veces en el mismo día: en Londres una hora menos que en Bilbao, en los países bálticos una hora más. Un pequeño baile horario que confunde más de lo que parece cuando llevas doce horas de aeropuertos encima.
En Riga nos esperaba el tercer vuelo, el saltito hasta Vilna, y con él el primer contratiempo: casi una hora de retraso. Nada dramático, pero cuando el reloj marca las once de la noche y todavía te queda un vuelo, un traslado nocturno y encontrar un apartamento desconocido, cada minuto pesa.

Llegamos a Vilna cerca de la medianoche y la primera sorpresa fue el aeropuerto. Es diminuto, entrañable, con un aire de terminal de provincias que no esperas en la capital de un país. Casi sin darnos cuenta ya estábamos en la calle. Ese contraste entre la escala del sitio y su categoría administrativa es, ahora que lo pienso, una de las primeras cosas que te enseña Lituania.
El autobús nocturno más vacío del mundo
Fuimos a la parada del autobús nocturno esperando lo peor y llegó rápido. Nos subimos y éramos los únicos pasajeros a bordo. Cruzamos Vilna de madrugada, dos personas y un conductor, atravesando una ciudad completamente vacía que veíamos por primera vez a través de la ventanilla. En la estación de tren subieron dos personas más. Vamos, que fue prácticamente un servicio privado por el precio de un billete urbano.
Llegamos al apartamento cerca de las dos de la madrugada. Ya he contado la impresión que causa el edificio a esas horas. Subimos, comprobamos que por dentro todo estaba bien y caímos rendidos. Catorce horas de puerta a puerta y tres vuelos después, el viaje había empezado oficialmente.

Día 2. Vilna: el casco antiguo, el Portal y una tarde con Margarita¶
Primer contacto con el casco antiguo de Vilna
Empezamos como empiezan casi todos nuestros días de viaje: pasando por el supermercado a comprar el desayuno y saliendo a caminar. Desde Rasos hasta el casco histórico hay un paseo corto que se hace por la calle Aušros Vartų y desemboca directamente en la Puerta de la Aurora, el único acceso que se conserva de la antigua muralla y uno de los grandes centros de peregrinación católica del país. Es una entrada magnífica a la ciudad: cruzas un arco y estás dentro.
El casco antiguo de Vilna es uno de los más extensos de Europa del Este y está declarado Patrimonio de la Humanidad. Lo que más sorprende al recorrerlo es la densidad de iglesias, la variedad de estilos y la manera en que barroco, gótico y clasicismo conviven en cuatro manzanas sin darse codazos. Bajamos por Didžioji y Pilies, la espina dorsal turística, pasando por delante de la iglesia de San Casimiro —el primer templo barroco de la ciudad, que vimos solo por fuera— y desviándonos a cada rato por callejuelas y patios interiores que aparecen sin avisar.
Por el camino entramos en la iglesia de Santa Teresa y en la iglesia ortodoxa del Espíritu Santo, con su interior verde y dorado tan distinto de todo lo demás, y pasamos también junto a la iglesia uniata de la Santísima Trinidad, con esa portada blanca que es una de las imágenes más fotografiadas del barrio.




El Portal: una ventana abierta al resto del mundo
El hallazgo más inesperado del día estaba en la plaza del Ayuntamiento. El Portal es una pantalla circular de gran tamaño que conecta en tiempo real con otras ciudades del mundo mediante una cámara y una retransmisión continua. No hay sonido, no hay chat, no hay nada más que imagen: tú ves lo que ocurre al otro lado y ellos te ven a ti.
El efecto es difícil de explicar hasta que lo vives. Nos quedamos un buen rato saludando a gente de Dublín, de Brasil, de Estados Unidos, viendo cómo desconocidos a miles de kilómetros levantaban la mano, hacían el tonto o simplemente se paraban a mirar. Hay algo profundamente conmovedor en un artefacto tan sencillo y tan poco tecnológico en apariencia. En un momento en que todas las pantallas están diseñadas para venderte algo, encontrarte una que solo sirve para mirar y ser mirado resulta casi revolucionario. Fue una de las cosas que más me gustaron de Vilna.

Una boda inesperada en la catedral
Seguimos hacia la plaza de la Catedral, el gran espacio abierto que separa el casco antiguo de la colina de Gediminas. La catedral de Vilna, con esa fachada neoclásica de columnas blancas que parece más un templo griego que una iglesia católica, preside la plaza junto a su campanario exento.
Entramos y nos sentamos un rato porque había cuatro músicos tocando en directo. Al poco empezó a llenarse de gente y comenzó la celebración de una boda. Nos quedamos allí, en un banco lateral, escuchando la música y asistiendo de refilón a una ceremonia ajena en un idioma que no entendíamos. Son de esos momentos de viaje que no aparecen en ninguna guía y que resultan más memorables que la mitad de los monumentos de pago.


Comer al peso en el supermercado: el truco que funciona
A la hora de comer aplicamos una fórmula que en los países bálticos funciona de maravilla. En la avenida Gediminas hay supermercados con zona de bufé donde la comida se paga al peso y hay mesas para sentarse. Coges una bandeja, te sirves lo que quieras, lo pesan en caja y comes allí mismo.
La comida es correcta, casera y muy variada, y el precio es una fracción de lo que cuesta cualquier restaurante del casco antiguo. Comimos por poco más de once euros los dos. Para viajes largos, donde el gasto en comida se acumula día tras día, este tipo de recurso marca una diferencia real en el presupuesto sin que la experiencia gastronómica se resienta demasiado.
La antigua prisión de Lukiškės, reconvertida
Después de comer fuimos caminando hasta la antigua prisión de Lukiškės, que nos había llamado la atención al buscar información sobre la ciudad. El complejo penitenciario, construido a principios del siglo XX y cerrado hace pocos años, se ha reconvertido en un espacio cultural con bares, terrazas, estudios de artistas y programación de conciertos. El contraste entre la arquitectura carcelaria —los muros, las galerías, las ventanas enrejadas— y el ambiente distendido de las terrazas es tremendamente sugerente.
Había opción de hacer una visita guiada al interior, que tiene que ser interesantísima, pero habíamos quedado a las cinco de la tarde y no daba tiempo. Se queda pendiente para la próxima. Si vas a Vilna con calma, mira los horarios: es de esos sitios que cuentan la historia reciente del país mucho mejor que cualquier monumento.


La tarde con Margarita: Užupis, la calle de la Literatura y las cicatrices soviéticas
Volvimos hacia la catedral paseando por la ribera del río Neris para encontrarnos con Margarita, la chica lituana que habíamos conocido en el intercambio de Open House Europe. Tomamos juntos una cerveza en una brewery artesanal del casco antiguo y a partir de ahí el día cambió de categoría.
Caminar por una ciudad con alguien que la conoce desde dentro no tiene nada que ver con recorrerla por tu cuenta. Margarita nos fue contando la historia del país mientras andábamos: los últimos años del comunismo antes de la independencia, cómo se vivió el proceso, qué significa hoy la relación con Rusia. Nos enseñó la calle de la Literatura, esa callejuela donde cada placa cerámica está dedicada a un escritor vinculado a Lituania, y varios patios del casco antiguo a los que no habríamos entrado solos.




Hubo un momento que se me quedó grabado. Por la mañana habíamos visitado una iglesia ortodoxa, y cuando se lo comentamos nos explicó que ellos no visitan esos templos. Mantienen una distancia muy consciente respecto al culto ortodoxo, y más aún desde el inicio de la guerra en Ucrania, un conflicto que en Lituania no es una noticia internacional sino una preocupación cotidiana. Se nota en las banderas de los balcones, en los carteles, en las conversaciones. Estar tan cerca de la frontera cambia por completo la manera de percibir lo que pasa al otro lado.
Pasamos junto a la iglesia de Santa Ana y la de San Francisco de Asís, que están una al lado de la otra y forman uno de los conjuntos góticos más bonitos de la ciudad, y desde ahí cruzamos a Užupis.

Užupis, la república independiente que cabe en un barrio
Užupis es un barrio al otro lado del río Vilnia que en 1997 se declaró república independiente, con su propia constitución, su bandera, su himno y su día nacional. Empezó como una broma de artistas ocupando un barrio degradado y ha acabado convertido en una de las señas de identidad de Vilna, sin perder del todo esa mezcla de ironía y ternura que lo originó.
Lo mejor está en la constitución, expuesta en placas metálicas traducidas a decenas de idiomas, incluido el español. Sus artículos van de lo absurdo a lo profundamente humano sin transición: el derecho a ser feliz, el derecho a no ser feliz, el derecho de todo perro a ser perro, el derecho a equivocarse. Nos quedamos un buen rato leyéndolas, y no fuimos los únicos.
Margarita nos contó una historia estupenda sobre el ángel de Užupis, la escultura que preside la plaza principal. Al principio, en ese pedestal, no había un ángel sino un huevo. Teóricamente el huevo eclosionó y de él salió el ángel que está ahora, y el huevo se trasladó a otro punto de la ciudad, donde sigue. Da igual si la historia es literalmente cierta o si se ha ido puliendo con los años. Es exactamente el tipo de mitología que un barrio así necesita.




Cena tradicional: sopa rosa y ensalada de arenque
Para cenar nos llevó a un restaurante de cocina tradicional lituana y probamos dos clásicos absolutos. El primero fue la šaltibarščiai, la sopa fría de remolacha con kéfir, ese color rosa fucsia imposible que parece pintura y sabe a gloria en verano. Es refrescante, ácida, ligeramente dulce, y se sirve acompañada de patatas cocidas calientes, que es una combinación rara sobre el papel y perfecta en la práctica.
El segundo fue una ensalada de arenque, otro pilar de la cocina báltica, con la potencia salina del pescado curado equilibrada con patata, huevo y remolacha. Todo a precios muy razonables para lo que sería una cena equivalente en cualquier ciudad de Europa occidental.
Después de cenar, y todavía con Margarita, nos acercamos al jardín de la Puerta de la Aurora, un espacio verde recogido justo al lado del arco, perfecto para cerrar la noche. Un primer día de Vilna que valió por tres.


Día 3. La colina de Gediminas, las Tres Cruces y el museo del genocidio¶
El mercado de Halės, el estómago de la ciudad
Arrancamos el día por el mercado de Halės, el mercado cubierto histórico de Vilna, inaugurado a finales del siglo XIX y todavía plenamente vivo. Bajo su estructura de hierro y cristal conviven los puestos de siempre —carne, pescado ahumado, encurtidos, quesos, miel, setas, bayas del bosque— con una zona de puestos de comida preparada de todo el mundo.
Los mercados son siempre el mejor sitio para entender qué come de verdad la gente de un lugar, y aquí la lección es clara: mucho encurtido, mucho ahumado, mucha remolacha, mucho pan negro. Desayunamos algo allí mismo y salimos con la sensación de haber empezado el día por donde había que empezarlo.




Trescientos zlotys tirados en la acera
Camino de la colina del castillo me ocurrió una de esas cosas que uno cuenta durante años. En el suelo, sin nadie cerca, había 300 zlotys polacos. Ni un bolso caído, ni alguien mirando alrededor, ni ninguna posibilidad razonable de devolverlos a nadie. Los guardé.
Días después los cambié en una casa de cambio y me dieron 62,70 euros que se incorporaron directamente al bote de gastos del viaje. Es una anécdota tonta, pero al hacer el presupuesto final resulta que el hallazgo cubrió el equivalente a un día entero de gastos corrientes de los dos. Uno de esos regalos aleatorios que la carretera hace de vez en cuando.
La torre de Gediminas y las vistas sobre Vilna
Cruzamos otra vez el casco antiguo para llegar al pie de la colina donde se levanta la torre de Gediminas, el resto más visible del castillo alto de Vilna. Hay funicular, pero subimos andando por el camino empedrado, que es corto y merece la pena.
Arriba, además de la torre de ladrillo octogonal —el símbolo por excelencia de la ciudad y del propio Estado lituano— hay una explanada con vistas de 360 grados. Desde ahí se entiende Vilna de un vistazo: el mar de tejados rojos y campanarios del casco antiguo a un lado, el bosque que ocupa buena parte del centro geográfico de la ciudad, el meandro del río, y al fondo, recortados contra el horizonte, los rascacielos de cristal del barrio de negocios. Pocas capitales europeas ofrecen un contraste tan brusco entre lo medieval y lo contemporáneo en un mismo campo visual.




Paseo por el bosque hasta el mirador de las Tres Cruces
Desde el castillo fuimos caminando hasta el mirador de las Tres Cruces, y el paseo en sí es uno de los mejores momentos del día. Se atraviesa el parque Kalnai por senderos entre árboles, con la temperatura amable de julio y prácticamente nadie alrededor. Cuesta creer que estés en pleno centro de una capital europea.
El monumento de las tres cruces blancas tiene una historia dura. Levantado originalmente en el siglo XVII en memoria de unos frailes franciscanos martirizados, fue demolido por las autoridades soviéticas en 1950 y reconstruido en 1989, en pleno proceso de recuperación de la identidad nacional. Hoy es a la vez mirador turístico y símbolo político. Las vistas sobre la ciudad, con la torre de Gediminas justo enfrente y el casco antiguo desplegado abajo, son incluso mejores que las del propio castillo.


El museo de las víctimas del genocidio: la visita más dura del viaje
Bajamos a la ciudad, comimos y dedicamos la tarde a la visita más difícil y probablemente más necesaria de todo el viaje: el museo instalado en la antigua sede del KGB, en la avenida Gediminas, conocido como museo de las víctimas del genocidio.
El edificio fue cuartel general de la Gestapo durante la ocupación nazi y después, durante décadas, sede de los servicios de seguridad soviéticos. En sus sótanos se interrogó, se torturó y se ejecutó. El recorrido incluye las celdas originales, la celda acolchada, la sala de ejecuciones, y la documentación sobre las deportaciones masivas a Siberia que se llevaron por delante a decenas de miles de lituanos.
Es una visita revelador y dura. La escala del sufrimiento de la población durante el siglo XX en este rincón de Europa es algo que uno conoce en abstracto y que aquí se vuelve concreto: nombres, fotografías, expedientes, objetos. Salí con la sensación de haber entendido bastante mejor por qué estos países miran hacia el este con la prevención con la que lo hacen, y por qué la independencia se vive aquí como algo que todavía hay que cuidar. Doce euros por las dos entradas y la mejor inversión cultural de los días lituanos.






Los rascacielos de Šnipiškės: la Vilna que no sale en las postales
Después de una visita así hacía falta cambiar de registro, y lo hicimos de la manera más radical posible: cruzando el río hacia el barrio de Šnipiškės, la zona de negocios de la ciudad.
Aquí no hay absolutamente nada turístico. Hay torres de oficinas, cristal, hormigón, un centro comercial y la sede de varias empresas tecnológicas. Y precisamente por eso resulta interesante. Vilna es la capital de un país que en treinta años ha pasado de la órbita soviética a ser uno de los centros de innovación digital de la Unión Europea, y ese salto tiene una traducción arquitectónica que se ve mejor aquí que en ninguna otra parte. Cenamos por la zona, en un local de barrio sin ninguna pretensión, rodeados de gente que salía de trabajar.






Volvimos cruzando el Puente Verde, un paso sobre el Neris que hasta 2015 estaba coronado por cuatro grupos escultóricos de realismo socialista soviético, retirados aquel año en medio de una polémica considerable. Hoy los pedestales vacíos siguen ahí, y esa ausencia dice tanto como decían las estatuas.
Un par de puntos más en la ciudad, ya de vuelta, y al apartamento a descansar.

Día 4. Kaunas, la segunda ciudad que merecía más tiempo¶
Cómo llegar a Kaunas desde Vilna
Kaunas es la excursión más fácil y más agradecida desde Vilna. El tren tarda algo más de una hora, sale con frecuencia durante todo el día y cuesta una miseria: los dos billetes de ida nos costaron 15,50 euros. La estación de Vilna queda además muy cerca de la estación de autobuses, así que si estás alojado por esa zona el acceso es inmediato.
Salimos temprano y el trayecto se pasa mirando por la ventanilla un paisaje de bosque y campo llano interrumpido por pueblos pequeños. Lituania es un país mucho más forestal de lo que uno imagina antes de ir.

Un centro comercial con ruinas dentro
La estación de tren de Kaunas queda al sureste del centro, y el camino hacia la ciudad pasa por la zona de Karaliaus Mindaugo, junto al río Nemunas. Allí nos encontramos con la primera sorpresa del día en el lugar más improbable: el centro comercial Akropolis.
Dentro del edificio, integradas en el propio espacio comercial, se conservan unas estructuras de ladrillo que parecen construcciones antiguas preservadas, con sus arcos y sus muros a la vista, rodeadas de tiendas y cafeterías. El efecto es rarísimo y muy conseguido. Hay algo profundamente honesto en un país que, en lugar de arrasar con lo viejo para levantar un centro comercial, decide meter lo viejo dentro y dejarlo a la vista.
El Akropolis acabó siendo, además, el refugio del día. Volvimos a él a media mañana y otra vez al final de la jornada, huyendo de la lluvia en ambas ocasiones. Hay una lección de viaje ahí: en ciudades con clima cambiante, tener localizado un espacio cubierto grande y céntrico ahorra más de un aguacero.




El Soboras y la avenida de la Libertad
Desde allí subimos a la plaza de la Independencia, presidida por la iglesia de San Miguel Arcángel, el llamado Soboras. Es un templo neobizantino de cúpula azul construido a finales del siglo XIX como catedral ortodoxa para la guarnición del Imperio Ruso y hoy convertido en iglesia católica. Domina por completo la plaza y es una lección de historia en sí mismo: su propia existencia, su estilo y su cambio de culto resumen tres etapas distintas del país en un solo edificio. Pasaríamos por delante otra vez al final del día.
Desde el Soboras arranca Laisvės alėja, la avenida de la Libertad, un eje peatonal de casi dos kilómetros bordeado de tilos que es una de las calles más agradables que he recorrido en mucho tiempo. Ancha, arbolada, con bancos, terrazas y una escala perfectamente humana.
Hay una razón histórica detrás de la calidad de este centro. Entre 1920 y 1939, mientras Vilna estaba en manos polacas, Kaunas fue la capital provisional de Lituania. Aquel periodo de dos décadas dejó una concentración extraordinaria de arquitectura moderna de entreguerras que ha obtenido el reconocimiento de la Unesco. Se ve en las fachadas racionalistas, en los edificios institucionales y en los detalles art déco que aparecen a cada paso por toda la avenida.




El museo de la guerra Vytautas el Grande
A media altura de Laisvės alėja nos desviamos hacia el Museo de la Guerra Vytautas el Grande, uno de los museos más importantes del país y otro producto directo de aquella etapa de capitalidad.
El museo recorre la historia militar lituana desde la prehistoria hasta el siglo XX, pero su pieza más querida por los lituanos no es un arma sino un avión: los restos del Lituanica, la avioneta con la que Steponas Darius y Stasys Girėnas cruzaron el Atlántico sin escalas en 1933 y que se estrelló en territorio alemán cuando estaban a punto de completar el vuelo hasta Kaunas. La gesta y la tragedia convirtieron a los dos pilotos en héroes nacionales, y el aparato está expuesto aquí como una reliquia.
El jardín del museo es tanto o más interesante que el interior. Es un espacio ajardinado con bustos de figuras nacionales, el monumento a la Libertad y la tumba del Soldado Desconocido, y funciona como una especie de panteón cívico al aire libre. Aquí también está el carillón de la torre, que suena a horas fijas.




Kiemo galerija: el patio que nos recomendó Margarita
De entre todo lo que vimos en Kaunas, el sitio que más me marcó no aparece en ninguna lista de imprescindibles. Nos lo había recomendado Margarita en Vilna, y menos mal.
La Kiemo galerija, la Galería del Patio, es exactamente eso: el patio interior de unas viviendas corrientes de la calle Ožeškienės, convertido en galería de arte al aire libre. El proyecto lo puso en marcha el artista Vytenis Jakas, que vivía en uno de esos edificios y se dio cuenta de dos cosas: que los vecinos actuales no se hablaban entre ellos, y que nadie recordaba quiénes habían vivido allí antes. Empezó pintando un gato en una pared. Poco a poco fueron llegando más piezas, y con ellas las conversaciones y las historias de los vecinos.
Porque este patio, como buena parte del barrio, estuvo habitado antes de la guerra sobre todo por familias judías, expulsadas en 1941 al gueto de Kaunas. Entre los murales, los objetos colgados y las instalaciones hay fotografías y placas que recuerdan a aquellos vecinos con nombre y apellidos. El resultado es un espacio abarrotado de arte, ingenio y memoria, gratuito, abierto y en pleno uso residencial: hay ropa tendida entre las obras.
Es una de esas cosas que no encuentras solo. Y es la mejor demostración de por qué merece la pena preguntar a la gente del país adónde iría ella.






El Nemunas, la lluvia y un McDonald's providencial
Bajamos después hacia el río y seguimos el paseo junto al Nemunas, que en Kaunas es ancho y tranquilo y tiene una ribera acondicionada por la que se camina muy a gusto.
Y entonces empezó a llover en serio. Estábamos junto al agua, sin nada cubierto alrededor salvo un McDonald's que apareció en el momento justo, así que entramos y aprovechamos para comer allí mientras esperábamos a que amainara. No es una recomendación gastronómica ni pretende serlo. Es un apunte práctico: en un día de lluvia, un local abierto y con mesas vale su peso en oro, y el orgullo culinario es lo primero que conviene dejar en casa.
El puente y la iglesia de Vytautas el Grande
Cuando la lluvia dio tregua salimos al puente de Vytautas el Grande, que cruza el Nemunas hacia el barrio de Aleksoto. Es un paso con historia: en el periodo de entreguerras marcaba la frontera entre Lituania y la Polonia que ocupaba la región de Vilna, y por eso se le conoció como el puente más largo del mundo, porque cruzarlo suponía cambiar de calendario entre el gregoriano y el juliano.
Justo al lado, en la ribera, está la iglesia de Vytautas el Grande, el templo más antiguo de Kaunas. Es una construcción gótica de ladrillo levantada a comienzos del siglo XV, austera y maciza, que ha sobrevivido a incendios, guerras y a su reconversión en almacén de munición durante la ocupación napoleónica. En sus muros exteriores se conservan marcas de las grandes crecidas del río, que dan una idea muy física de lo que ha sido convivir con el Nemunas durante seis siglos.


El casco antiguo, el ayuntamiento y el castillo
Desde la iglesia se entra directamente en el casco antiguo, que es completamente distinto del centro moderno: más compacto, más medieval, organizado alrededor de la plaza del Ayuntamiento. El edificio consistorial, blanco y con una torre esbelta de más de cincuenta metros, es conocido popularmente como el Cisne Blanco y preside una plaza amplia y tranquila que invita a sentarse.


Desde ahí seguimos hasta el castillo de Kaunas, en el extremo de la ciudad vieja. Del castillo original del siglo XIV queda menos de la mitad, porque el río se llevó buena parte de la estructura a lo largo de los siglos, pero lo que se conserva, con su torre redonda y su foso, tiene mucha fuerza. Está justo en el punto donde el Neris desemboca en el Nemunas, y ese encuentro de los dos ríos más importantes del país explica por sí solo por qué hay una ciudad exactamente aquí.




Las fachadas pintadas de Kęstučio
De vuelta hacia el centro nuevo dedicamos un buen rato a una ruta que no estaba prevista y que acabó siendo uno de los descubrimientos del día: los murales de Kaunas, concentrados sobre todo en los alrededores de la calle Kęstučio.
Kaunas tiene una escena de arte mural extraordinaria, muy por encima de lo que uno espera en una ciudad de este tamaño, y lo interesante es que no está confinada a un barrio alternativo sino repartida por medianeras y muros ciegos del centro. Hay piezas enormes, otras minúsculas, algunas con muchísimo humor y otras con carga política evidente. Ir buscándolas por las calles es una manera estupenda de recorrer una zona por la que de otro modo no habrías pasado.









Žaliakalnis y la basílica de la Resurrección
Cogimos después un autobús hasta Žaliakalnis, la Colina Verde, el barrio residencial que se levanta sobre el centro, para ver la basílica de la Resurrección de Cristo.
Es una mole blanca de hormigón levantada en los años treinta como monumento nacional de acción de gracias por la independencia. Su historia posterior resume la del país: confiscada por las autoridades soviéticas, llegó a funcionar como fábrica de radios, y no fue devuelta al culto ni terminada hasta después de 1990. Su silueta modernista, austera y monumental, no se parece a nada de lo que uno espera encontrar en una iglesia católica, y desde su terraza la vista sobre Kaunas es magnífica.


Bajamos de nuevo al centro, pasamos otra vez por delante del Soboras y, con la lluvia arreciando de nuevo, nos refugiamos por segunda vez en el Akropolis antes de volver a la estación.
Kaunas me gustó mucho, más de lo que esperaba. Es una ciudad con menos postal que Vilna pero con más vida propia, y creo sinceramente que se merecía dos días en lugar de uno. Volvimos en tren al anochecer con esa mezcla de satisfacción y ligera frustración que dejan los sitios que te han caído bien y de los que te vas demasiado pronto.

Día 5. Trakai, el castillo de la isla y la final del mundial¶
Consigna en la estación y tren a Trakai
Último día en Lituania y jornada de logística. Dejamos el apartamento por la mañana y guardamos las maletas en una taquilla de la estación de tren, que costó cuatro euros y resolvió el día entero. Es un recurso que conviene tener siempre localizado cuando el alojamiento y el vuelo no coinciden: te libera para aprovechar hasta el último minuto sin arrastrar el equipaje.
Desde la misma estación cogimos el tren a Trakai, media hora escasa de trayecto y 6,82 euros los dos billetes. El tren te deja en la estación del pueblo, a un paseo de veinte o veinticinco minutos del castillo.
El paseo hasta el castillo: casas de madera de colores
Ese paseo es, para mí, la mitad de la excursión. Se atraviesa el pueblo de Trakai por su calle principal, con casas de madera pintadas en colores vivos —amarillos, verdes, azules— muchas de ellas construidas siguiendo la tradición carea, la comunidad turca de origen crimeo que el gran duque Vytautas trajo hasta aquí en el siglo XIV y que todavía mantiene presencia en el pueblo. Las viviendas careas tradicionales se reconocen por tener tres ventanas en la fachada que da a la calle: una para Dios, una para el gran duque y una para la familia.
Es un paseo tranquilísimo, con el lago apareciendo entre las casas a un lado y a otro, y con esa sensación de pueblo de veraneo que Trakai conserva pese al turismo. Nada que ver con la aglomeración que uno se teme al leer que es la excursión estrella desde Vilna.






El castillo de la isla: lo vimos por fuera y no nos arrepentimos
El castillo de Trakai es la imagen icónica de Lituania: una fortaleza gótica de ladrillo rojo construida sobre una isla del lago Galvė, unida a tierra por una pasarela de madera. Fue residencia de los grandes duques y hoy alberga el museo de historia de Trakai.
Llegamos, cruzamos la pasarela, vimos el patio de acceso y rodeamos el conjunto por fuera. Pero no llegamos a entrar en el interior. El precio nos pareció que no compensaba, y honestamente creo que acertamos: el exterior, la pasarela, el reflejo de los muros en el agua y el paisaje de lagos y bosques que rodea todo justificaban de sobra la excursión por sí solos. Hay visitas de pago que aportan mucho y otras en las que uno paga sobre todo por poder decir que ha entrado.
Nos quedamos un buen rato en la orilla, dimos la vuelta al lago por el paseo de la calle Karaimų y comimos por allí antes de emprender la vuelta.






Dos maneras opuestas de vivir el mismo país
En el tren de vuelta coincidimos con dos chicas españolas, de Barcelona, y la conversación acabó siendo una de las cosas más interesantes del día. Nos contaron que estaban muy a disgusto, que se habían sentido maltratadas en el país y que la gente les parecía muy desagradable.
Nuestra experiencia era exactamente la contraria. En cinco días en Lituania todo el mundo nos había tratado bien. La gente nos había parecido amable y atenta, el nivel de inglés es en general muy alto y quien no lo habla hace lo posible por comunicarse contigo igualmente. No habíamos tenido ni un solo roce.
Dos parejas, las mismas fechas, condiciones parecidas y percepciones diametralmente opuestas del mismo destino. No tengo una explicación, y no creo que la haya sencilla. Puede ser mala suerte, puede ser el filtro con el que uno llega, puede ser una cadena de malentendidos que se retroalimenta. Pero me parece un recordatorio útil de hasta qué punto las opiniones sobre un lugar —incluidas las mías— son experiencias personales y no verdades objetivas.
Un conductor de autobús y el retrato de un país
Al volver de Trakai dimos un último paseo por los alrededores del mercado de Halės, recogimos las maletas y cogimos el autobús al aeropuerto.






Y ahí ocurrió el pequeño detalle que resume nuestra experiencia lituana. El conductor estaba fuera del autobús, esperando fuera de la parada a que llegara la hora de salir, y al vernos plantados junto al vehículo se acercó a avisarnos de que estaba estacionado antes de la salida y que teníamos que esperarle unos metros más adelante, en la parada. No tenía ninguna obligación de hacerlo. Cosas así, repetidas a lo largo de cinco días, son las que acaban configurando la impresión general de un país. La nuestra fue inmejorable.
En el aeropuerto, nuevo retraso de vuelo. Dos de dos con la compañía. Pero esa noche eso importaba poco, porque estaba pasando otra cosa.
La final del mundial vista desde un taxi en Tallin
Aquella noche se jugaba la final del mundial de fútbol entre Argentina y España. No somos nada aficionados al fútbol, pero la ocasión era lo suficientemente especial como para estar pendientes del partido. Nosotros y medio aeropuerto de Vilna, que estaba entero mirando pantallas.
Volamos a Tallin con el partido en marcha. Al llegar habíamos concertado un traslado en coche porque de madrugada no hay transporte público desde el aeropuerto estonio. Encontramos a nuestro chófer, nos montamos, y el partido estaba en la parte final de la prórroga. Vivimos la victoria de España sentados en un taxi camino de nuestro apartamento de Tallin, gritando en un coche ajeno en un país que acabábamos de pisar. El conductor fue tremendamente comprensivo con nuestra euforia y hasta nos felicitó.
Llegamos al apartamento de Kopli, básico pero suficiente, y caímos rendidos. Ha habido finales de mundial vistas en sitios más cómodos, pero pocas más memorables.

Día 6. Tallin: el casco medieval mejor conservado del Báltico¶
De Kopli al centro en tranvía
Primer día completo en Estonia y lo dedicamos íntegramente al casco antiguo. Desde Kopli, el tranvía baja directo hasta el centro en poco más de un cuarto de hora, bordeando el puerto y la estación de Balti jaam.
Lo primero, antes que nada, fue resolver el transporte. Las tarjetas de transporte de Tallin funcionan con fianza y se recargan con abonos por días, y para una estancia de varias jornadas salen claramente a cuenta. Nos costaron 28 euros las dos y las amortizamos con creces. Al devolverlas al final recuperamos parte del importe. Merece la pena hacer el trámite el primer día.
La puerta de Viru y la entrada al casco antiguo
Se entra al casco antiguo por la puerta de Viru, dos torreones de piedra cubiertos de hiedra que son lo que queda de la antigua puerta principal de la muralla. Cruzarlos es pasar de la ciudad moderna —Viru väljak, el centro comercial, los hoteles— al Tallin medieval de golpe, sin transición.

El casco antiguo de Tallin es probablemente el conjunto medieval mejor conservado del norte de Europa. Fue miembro destacado de la Liga Hanseática y esa riqueza mercantil se ve todavía en los almacenes de los comerciantes, en los gremios, en las casas estrechas de fachadas de colores con sus poleas de carga todavía colgando de los aleros. Está declarado Patrimonio de la Humanidad y se recorre entero a pie sin esfuerzo.
Callejeamos por Viru, por Vene, por Rataskaevu, entrando en patios y pasajes. Uno de los rincones que más nos gustó fue el pasaje de Santa Catalina, una callejuela estrecha cubierta parcialmente con arcos, con talleres de artesanía a los lados y las lápidas medievales de la antigua iglesia dominica apoyadas contra el muro.






Toompea: la ciudad alta y los miradores
La ciudad vieja de Tallin tiene dos niveles bien diferenciados, y esa división no es casual sino histórica: abajo la ciudad baja, la de los comerciantes y los gremios; arriba, en la colina de Toompea, la ciudad alta, la del poder político y religioso. Durante siglos fueron dos entidades separadas con sus propias murallas y sus propias normas.
Se sube por la calle Lühike jalg —la Pierna Corta, una escalinata estrecha con su puerta y su torre— o por Pikk jalg, la Pierna Larga, una rampa entre murallas. Arriba está la catedral ortodoxa de Alexander Nevsky, con sus cúpulas de cebolla, construida a finales del siglo XIX en plena política de rusificación y que muchos estonios siguen viendo con sentimientos encontrados; enfrente, el palacio de Toompea, sede del parlamento; y detrás, la catedral luterana de Santa María.

Pero lo que uno viene a buscar aquí son los miradores. Kohtuotsa ofrece la vista clásica de los tejados rojos, los campanarios y el puerto al fondo, con los rascacielos modernos asomando detrás de la muralla. Patkuli, un poco más allá, da una perspectiva más abierta hacia las torres de la muralla y el mar. Estuvimos un buen rato arriba, tomando algo en una terraza de la calle Kohtu, viendo cómo cambiaba la luz sobre la ciudad.








Murallas, torres y tiro con arco
Bajamos de nuevo a la ciudad baja por la zona norte, la de las torres de la muralla. El tramo de Suurtüki y Tolli, junto al torreón de la Gorda Margarita, es donde mejor se aprecia la potencia del sistema defensivo medieval: torres cilíndricas de piedra, pasarelas de ronda y un jardín donde secan las coladas los vecinos actuales.
Por el camino nos topamos con una galería pequeña y con una instalación de tiro con arco, y ahí ya no había nada que discutir. Rafa es tirador federado en Bilbao y compite, aunque con otra modalidad de arcos distinta de la que suelen ofrecer estas casetas, así que cada vez que aparece una diana por el camino el desvío está garantizado. Diez euros por unas cuantas tandas de flechas. Él tira y yo hago fotos, que es un reparto de tareas que a estas alturas funciona solo.
No fue la única vez en el viaje: acabaríamos repitiendo en Riga y en Turaida. Es de esas actividades que uno no planifica jamás al preparar un itinerario y que acaban formando parte del recuerdo tanto como los monumentos.
Comimos en el casco antiguo, curioseamos por las tiendas de ámbar —el ámbar báltico está por todas partes y la calidad y el precio varían enormemente, así que conviene comparar— y terminamos la tarde caminando hacia la plaza de la Libertad y la zona de Estonia pst.








Una compra necesaria: el jersey
Aquí toca un apunte práctico que puede ahorrarte un mal rato. Estábamos en julio, en pleno verano, y Tallin nos recibió con temperaturas que rondaban los quince o dieciocho grados y un viento del Báltico que corta. Acabamos comprando un jersey en el centro comercial de Viru, y un par de días después otro más.
Si viajas a los países bálticos en verano, no te fíes de la palabra verano. Las medias de julio son agradables, pero la variabilidad es enorme y el viento marino cambia por completo la sensación térmica. Una capa de abrigo real, no un cortavientos simbólico, forma parte del equipaje básico incluso en pleno agosto.
Volvimos a Kopli en tranvía al anochecer, con la sensación de haber recorrido a fondo uno de los cascos históricos más completos de Europa.





Día 7. Lluvia en Tallin: Kopli, Telliskivi y una ruta absurda en tranvía¶
Hasta el final de la línea, por curiosidad
Amaneció lloviendo. Y cuando llueve en un viaje hay dos opciones: encerrarse o improvisar. Nosotros improvisamos, y salió uno de los mejores días de las dos semanas.
Estábamos alojados en Kopli, una península al norte de la ciudad de la que había leído que conserva casas de madera típicas con un carácter muy especial. Así que en lugar de coger el tranvía hacia el centro lo cogimos en dirección contraria y nos fuimos hasta el final del recorrido, a ver qué había.
Lo que había, honestamente, no era gran cosa: vistas del mar, un par de calles residenciales y el edificio de la Academia Marítima de TalTech, que tiene su interés arquitectónico. Kopli fue durante décadas una zona industrial y portuaria degradada, con muy mala fama, y todavía se nota. Pero está en pleno proceso de transformación y el paseo, con el Báltico gris al fondo y la lluvia cayendo, tenía su propia melancolía.






El Baar S.O.S., un hallazgo fortuito
Volvía a llover con ganas, así que cogimos el tranvía de vuelta hacia el centro y nos bajamos tres paradas después, en cuanto empezamos a ver las casas de madera que habíamos venido a buscar.
Había que resguardarse, y entramos a tomar un café en el Baar S.O.S., un bar de barrio con un aspecto tremendamente familiar y una atmósfera muy particular. Cero turístico, cero moderno, cero pensado para nosotros. Solo un bar donde la gente del barrio toma algo. Es exactamente el tipo de sitio que uno no encuentra buscando, sino huyendo de la lluvia, y fue uno de los grandes descubrimientos fortuitos del viaje.


Salimos con el café encima, hicimos unas cuantas fotos de las casas de madera de Kopli y Sitsi —fachadas de tablas pintadas, ventanas blancas, patios traseros con leña apilada— y volvimos al tranvía.
El mercado de Balti jaam: horas entre antigüedades
El siguiente destino fue el mercado de la estación, el Balti jaama turg, y allí pasamos varias horas sin darnos cuenta. Es un mercado moderno, reformado hace pocos años, que combina varios niveles con usos muy distintos.
En la planta baja está la parte de alimentación: carne, pescado ahumado, verdura, panadería, puestos de comida preparada. Pero lo bueno para nosotros estaba arriba, donde hay ropa de segunda mano y sobre todo antigüedades. Con el día de lluvia en el exterior, curiosear entre objetos de otra época era exactamente el plan que necesitábamos.
Y allí, entre los puestos, me encontré un montón de muñecos del Osito Misha. Tuve que explicarle a Rafa quién era: la mascota de los Juegos Olímpicos de Moscú 80, que en su momento fue omnipresente y que yo recordaba incluso de una serie de dibujos animados. Estos mercados del este de Europa son un archivo material extraordinario de la vida cotidiana soviética, y encontrarte de golpe con un objeto que forma parte de tu propia memoria infantil, a mil kilómetros de casa y en un país que entonces ni existía como tal, tiene algo de vértigo.






Telliskivi y el street art
Al salir del mercado recorrimos la zona de Telliskivi, el antiguo complejo industrial ferroviario reconvertido en el barrio creativo de Tallin. Naves rehabilitadas, estudios de diseño, tiendas independientes, restaurantes, y muros llenos de arte urbano de buena calidad.
Es el típico barrio alternativo que ya existe en media Europa y que corre siempre el riesgo de resultar intercambiable, pero en Tallin funciona bien porque la escala industrial original se ha conservado y el conjunto no se ha vuelto todavía un parque temático. Nos planteamos entrar al museo de la fotografía, pero nos pareció caro para su tamaño y lo dejamos pasar.








La ruta de tranvías: la mejor mala idea del viaje
Parecía que la lluvia había cesado, así que volvimos al tranvía y nos fuimos hasta el palacio de Kadriorg. Empezamos a ver los jardines y, justo al acercarnos al palacio, la lluvia volvió con ganas.


Y entonces tomamos una de esas decisiones tontas que solo tomamos Rafa y yo: nos montamos en el tranvía hasta la última parada y vamos viendo la ciudad sin mojarnos. Al llegar al final, vuelta, si es posible en una línea distinta. Y así fuimos encadenando trayectos que nos llevaron por zonas de Tallin en las que ningún turista pone jamás un pie: barrios residenciales de bloques soviéticos, zonas de casas bajas de madera, polígonos, urbanizaciones nuevas.
Suena a pérdida de tiempo y fue justo lo contrario. Pocas cosas te enseñan tanto de una ciudad como recorrerla en su transporte público sin destino, viendo cómo cambia la tipología de la vivienda, quién se sube y quién se baja, dónde están los colegios y los supermercados. Recomiendo la técnica sin ninguna ironía: un día de lluvia y una tarjeta de transporte dan para un retrato de la ciudad que ninguna visita guiada te va a ofrecer.


Una noria en el tejado de un centro comercial
En uno de esos trayectos pasamos por delante del T1 Mall of Tallinn y vimos que tenía una noria en el tejado. Eso nos pareció curiosidad suficiente como para bajarnos e investigar.
Efectivamente, la hay: una noria panorámica instalada sobre la cubierta del centro comercial, con vistas sobre la ciudad. El interior es un centro comercial normal con una zona de ocio infantil considerable, pero la idea de coronar el edificio con una atracción de feria tiene un punto de disparate que nos ganó. Acabamos comprando allí algo para cenar y nos volvimos al apartamento, porque contra los elementos no se puede luchar.





Día 8. Un día entero en Helsinki: el ferry y la caminata¶
El ferry a Helsinki: cómo funciona y qué cuesta
Uno de los grandes atractivos de tener base en Tallin es que Helsinki queda a poco más de dos horas de ferry. Son ochenta kilómetros de golfo de Finlandia y varias compañías cubren la ruta con salidas frecuentes durante todo el día.
Nosotros hicimos el trayecto con Viking Line, que tiene la ventaja de atracar en Helsinki muy cerca del casco antiguo, en Katajanokka, a diez minutos andando de la plaza del Senado. Salimos a las ocho de la mañana y volvimos en el barco de las nueve y cuarto de la noche, lo que daba prácticamente once horas en la ciudad. Los dos billetes de ida y vuelta costaron 75 euros.
El barco en sí es una experiencia. Estos ferrys del Báltico son enormes, con varias cubiertas, restaurantes, tiendas libres de impuestos y un ambiente muy peculiar de gente que va a pasar el día, familias enteras y algún grupo dedicado con entusiasmo al duty free. La travesía de la mañana, con el mar en calma y la luz del norte, se pasa volando.




Un día, una decisión: caminar y nada más
Al llegar tomamos una decisión estratégica que resultó acertada. Teniendo un solo día, no merecía la pena intentar llegar a los sitios lejanos ni perder tiempo en transporte público. Dedicamos la jornada íntegramente a caminar, sin coger un solo autobús ni tranvía, aceptando de antemano que dejaríamos fuera cosas importantes.
Es un enfoque que recomiendo para las visitas relámpago. Una ciudad recorrida a fondo a pie en su zona central se conoce mucho mejor que la misma ciudad picoteada a saltos entre líneas de metro. Se pierden monumentos y se gana ciudad.
Katajanokka, la catedral Uspenski y la plaza del Senado
Empezamos por Katajanokka, la península donde atraca el ferry, que es un barrio residencial precioso de edificios art nouveau de principios de siglo, con ese estilo jugendstil nórdico de torreones, relieves de piedra y motivos vegetales que en Helsinki alcanza cotas altísimas.
Desde ahí subimos a la catedral ortodoxa Uspenski, la mayor iglesia ortodoxa de Europa occidental, un edificio de ladrillo rojo con cúpulas doradas encaramado sobre una roca con vistas al puerto. Y cruzamos después hacia la plaza del Senado, que es el corazón monumental de Helsinki y una de las plazas neoclásicas más impresionantes del norte de Europa: la catedral luterana blanca sobre su escalinata, el edificio del gobierno, la universidad y la biblioteca cerrando los cuatro lados de un conjunto diseñado casi al completo por Carl Ludvig Engel en el siglo XIX.






El barrio de Torikorttelit, entre la plaza y el puerto, conserva las manzanas más antiguas de la ciudad y hoy está lleno de tiendas de diseño, cafés y locales pequeños. Es una zona estupenda para pasear sin objetivo.
El mercado del puerto, el Esplanadi y la carne de ciervo
Bajamos al Kauppatori, la plaza del mercado junto al agua, con sus puestos de comida, sus toldos naranjas y el trasiego de ferrys hacia las islas. Y justo al lado, el Vanha kauppahalli, el mercado cubierto antiguo, un edificio de ladrillo de 1889 con interiores de madera donde se concentra lo mejor de la despensa finlandesa.
Aquí hicimos la compra del viaje: carne de ciervo envasada, treinta y cuatro euros, parte para nosotros y parte para regalar al volver. La caza es uno de los productos que mejor merece la pena traerse del norte, se transporta sin problema en el equipaje de mano si va envasado al vacío y es un recuerdo mucho más agradecido que cualquier imán de nevera.




Para comer, en cambio, tiramos de sentido común y acabamos en un local de comida rápida de la estación de tren. Finlandia es, con diferencia, el destino más caro de este viaje, y conviene saberlo: los precios están fácilmente un cincuenta o sesenta por ciento por encima de los de Tallin, a dos horas escasas de barco. Un solo día no da para comer bien y comprar bien, así que elegimos.
Desde el mercado subimos por la Esplanadi, el bulevar ajardinado que atraviesa el centro, con sus dos hileras de árboles, sus bancos y la gente tumbada en el césped aprovechando el sol. Recorrimos Aleksanterinkatu, la calle comercial principal, y llegamos hasta la zona de la estación central, con su magnífico edificio de granito y las cuatro figuras de piedra que sostienen los faroles en la fachada.







La iglesia de la roca, cerrada por minutos
El único interior de pago que teníamos previsto visitar era la Temppeliaukio, la famosa iglesia de la roca: un templo luterano excavado directamente en el granito en 1969, con las paredes de piedra viva y una cúpula de cobre en espiral que filtra la luz cenital. Es una de las obras maestras de la arquitectura finlandesa del siglo XX.
Subimos hasta Töölö caminando y, cuando llegamos, estaban cerrando. Eso pasa. Uno hace planes con la cabeza y el reloj hace lo que le da la gana. Nos quedamos con las ganas y con la vista exterior, que apenas insinúa lo que hay dentro porque desde fuera la iglesia es prácticamente invisible: un montículo de roca con una cúpula asomando en medio de una plaza residencial.
Recomendación evidente para quien vaya: si la iglesia de la roca está en tu lista, colócala a primera hora y no la dejes para el final del día.


La Biblioteca Nacional, el mejor interior del día
Si tuviera que quedarme con un solo espacio de la jornada, me quedaría con la Biblioteca Nacional de Finlandia, en la propia plaza del Senado, justo al lado de la catedral. Es otro edificio de Carl Ludvig Engel, terminado en 1840, y desde fuera pasa casi desapercibido entre el conjunto neoclásico de la plaza. Por dentro es otra cosa completamente distinta.
La sala principal es un espacio de doble altura con columnas corintias, galerías superiores y una bóveda que filtra la luz desde arriba, con las estanterías de madera subiendo por los muros hasta el techo y los tonos verdes, dorados y blancos del interior original. Tiene proporciones de templo y silencio de templo. Uno entra pensando en echar un vistazo de cinco minutos y acaba dando dos vueltas completas a la sala mirando hacia arriba.
Es de acceso libre y muchísima gente que visita Helsinki pasa por delante sin llegar a entrar, lo que es una lástima porque probablemente sea el interior más bonito del centro de la ciudad. Si solo tienes un día, como era nuestro caso, esta es la parada que yo no me saltaría.




Los barrios del sur: Kamppi, Punavuori y Ullanlinna
La última parte del día la dedicamos a bajar hacia el sur: Kamppi, Bulevardi con sus fachadas señoriales, Punavuori y su ambiente de tiendas independientes y galerías, y finalmente Ullanlinna, el barrio residencial más elegante de la ciudad. Subimos a la colina del Observatorio, un parque en alto con vistas sobre el puerto sur, y pasamos junto a la iglesia alemana camino del muelle.












Volvimos a Katajanokka con las piernas destrozadas y la sensación de haber exprimido el día hasta el último minuto. El ferry de vuelta salió puntual y llegamos a Tallin cerca de la medianoche.
Once horas dan para conocer una ciudad. No para agotarla, pero sí lo suficiente como para saber si quieres volver. Y a Helsinki quiero volver.





Día 9. Lahemaa con Helen: turberas, un baño helado y casas señoriales¶
El día que solo puede darte alguien de allí
Habíamos quedado con Helen, la chica estonia a la que conocimos también en un intercambio de voluntarios de Open House. Vino a buscarnos en coche a nuestro apartamento de Kopli y pusimos rumbo al este, hacia el parque nacional de Lahemaa.
Este tipo de días son impagables y hay que decirlo claramente: sin coche y sin alguien local, este itinerario es prácticamente imposible de hacer en una jornada. Lahemaa es el parque nacional más grande de Estonia, ocupa más de setecientos kilómetros cuadrados de costa, bosque, turberas y aldeas dispersas, y el transporte público que lo cubre es testimonial. Con coche, en cambio, está a menos de una hora de Tallin y da para un día completo.
Viru raba: caminar sobre una turbera
Nuestro primer destino fue Viru raba, una de las turberas más accesibles y espectaculares del país. Se recorre por una pasarela de madera que atraviesa el paisaje sin tocarlo, y ese paisaje es de una rareza absoluta: una llanura de musgo esfagno, pinos enanos raquíticos y decenas de pequeños lagos de agua oscurísima repartidos por todas partes.
Las turberas son ecosistemas lentísimos. El musgo crece un milímetro al año, la materia orgánica no llega a descomponerse por la acidez y la falta de oxígeno, y lo que uno pisa —a través de la pasarela— son metros y metros de turba acumulada durante milenios. Estonia está cubierta de estas formaciones en más de un veinte por ciento de su superficie, y visitar una es entender de golpe una parte esencial del país.
Subimos a la torre de observación que hay a mitad del recorrido para tener perspectiva del conjunto. Desde arriba se ve la extensión real de la turbera, el patrón de lagos dispersos entre el musgo y la línea de bosque cerrando el horizonte. Es un paisaje sin escala reconocible, casi lunar, y no se parece a nada que se pueda ver en el sur de Europa.








El baño en el lago: dieciocho grados y ninguna excusa
El recorrido llega hasta un lago habilitado para el baño, con una plataforma de madera para entrar al agua. Y allí nos bañamos los tres.
La temperatura ambiente rondaba los dieciocho grados, que sinceramente no invita. El agua, en cambio, no estaba tan fría como cabía temer: los lagos de turbera son poco profundos y oscuros, lo que hace que se calienten razonablemente con el sol del verano nórdico. El color del agua es marrón té por los taninos del musgo, algo que impresiona la primera vez y que es completamente inocuo.
Fue uno de esos momentos que uno sabe que no se van a repetir. Bañarse en una turbera estonia en pleno julio, con dieciocho grados y un cielo cambiante, es exactamente el tipo de oportunidad que no se presenta todos los días, y por eso hay que aceptarla aunque el cuerpo pida lo contrario.


Kolga, Altja y la comida estonia de verdad
De camino a comer paramos en la mansión de Kolga, una de las casas señoriales del parque. El edificio principal, de finales del siglo XVIII, está semiabandonado, con las ventanas tapiadas en parte y la fachada pidiendo a gritos una restauración que llegará o no llegará. Tiene una belleza melancólica innegable.

Comimos en Altja kõrts, una taberna tradicional en la aldea costera de Altja, en un edificio de madera con techo de paja. Y comimos fenomenal. La cocina estonia rural tiene mucho de contundente y honesto: carne, patata, encurtidos, pan negro, salsas espesas. Fueron setenta euros los tres, que es de lo más caro que gastamos en una sola comida durante el viaje, y no me pareció mal invertido en absoluto.




Después bajamos a la playa cercana, una costa de piedras y arena con casas de pescadores y esas balanzas de madera para redes que son la imagen clásica de la costa estonia, y paramos también en la mansión de Palmse, la más conocida del parque, restaurada por completo y convertida en museo. No entramos, pero los jardines y el conjunto exterior ya merecen la parada.



La historia detrás de las mansiones vacías
Helen nos contó algo que explica muchas de estas casas medio caídas. Durante la etapa soviética el gobierno expropió las mansiones a sus propietarios. Al terminar aquel periodo, muchas se devolvieron a los herederos legítimos, pero en un número muy alto de casos esos herederos no tenían ni de lejos la capacidad económica para mantener un edificio de esas dimensiones. El resultado son decenas de casas señoriales en estados dispares: unas restauradas como museos u hoteles, otras cayéndose despacio.
Helen es demasiado joven para acordarse de la época comunista, pero me habló de su madre, profesora de literatura, y de lo que supuso para ella la censura de determinados textos y la imposición de otros. Ese tipo de detalle —la lista de libros que se podía y no se podía dar en clase— transmite mejor lo que era vivir allí que cualquier cifra o cualquier fecha. Fue un día increíble con Helen, de esos que le cambian a uno la percepción entera de un país.




Kadriorg por fin con sol y el paseo marítimo de Reidi tee
Nos dejó de vuelta en Tallin porque tenía una reunión de trabajo a las cinco y media. Y como hacía un día despejado espectacular —el primero completamente limpio desde que llegamos— decidimos volver al palacio de Kadriorg, que dos días antes se nos había aguado.
No pudimos verlo por dentro porque llegamos tarde, pero disfrutamos a fondo de los jardines. Kadriorg es un palacio barroco que Pedro el Grande mandó construir a principios del siglo XVIII para Catalina, y el conjunto de jardines es magnífico: el parterre francés delante del palacio, el jardín de flores con sus setos recortados y estanques, y un jardín japonés más reciente y muy bien resuelto, con su grava rastrillada y sus arces.




Desde ahí bajamos hacia el mar y llegamos al Reidi tee promenaad, un paseo marítimo espectacular del que no había leído absolutamente nada en ninguna guía. Es una obra reciente, ancha, con carril bici, zonas de estar y el Báltico abierto delante. No hay ningún monumento, ninguna atracción y ningún motivo turístico para ir. Solo hay locales paseando, corriendo y sentados mirando el agua. De esos sitios que se disfrutan simplemente andando y que valen tanto como cualquier museo.
Volvimos caminando hacia la zona del puerto, ya tarde, compramos algo de cena en un supermercado a punto de cerrar y nos fuimos al apartamento.






Día 10. Última mañana en Tallin y el autobús que se canceló¶
Consigna, farmacia medieval y patios del casco antiguo
Dejamos el apartamento y cogimos el tranvía directo hasta la estación de autobuses. Allí guardamos las mochilas en una taquilla y salimos a dar el último paseo por la ciudad, que es la mejor manera de aprovechar una mañana de tránsito.


Volvimos a recorrer el casco antiguo, esta vez sin plan y sin lista. Entramos en la farmacia del ayuntamiento, la Raeapteek, que presume de ser una de las más antiguas de Europa todavía en funcionamiento: hay documentación de su actividad desde 1422 y sigue despachando medicamentos hoy, con una salita anexa convertida en pequeño museo donde se exhiben remedios medievales que son un espectáculo entre lo curioso y lo aterrador.




Después, callejeo puro. Patios interiores, pasajes, la zona de Vene y Pikk, alguna galería pequeña, tiendas de recuerdos. Es lo que mejor funciona en Tallin: el casco antiguo es lo bastante compacto como para que perderse sea imposible y lo bastante denso como para que cada calle tenga algo. Comimos por allí y volvimos a la estación de autobuses para coger el bus de las 16:40 a Riga.




La notificación que lo cambió todo
Quince minutos antes de la hora prevista de salida me llegó una notificación al móvil. Nuestro autobús estaba cancelado.
Aquí es donde uno agradece que estas compañías tengan aplicaciones que funcionan. Abrí la app, miré el siguiente autobús disponible, solicité el cambio y en dos minutos estaba hecho, sin ningún cargo adicional. Ya teníamos viaje para poco más de una hora después. Resuelto.
O eso creía. Porque entonces volví a mirar los billetes con calma y me di cuenta de un detalle importante: el autobús nuevo no salía de la estación de autobuses, sino del puerto.
Del puerto a la estación, y del absurdo a la carcajada
Afortunadamente conocíamos bien la zona del puerto de haber ido a Helsinki dos días antes, así que la solución era sencilla. Recogimos las mochilas, dejamos la estación de autobuses, cogimos el tranvía y llegamos al puerto con tiempo de sobra.
Y aquí llega la parte graciosa. Ese mismo autobús, después de recogernos en el puerto, paró media hora más tarde en la estación de autobuses. Es decir, si nos hubiéramos quedado sentados donde estábamos, habríamos cogido exactamente el mismo bus sin movernos del sitio.

Lo cuento porque es una lección práctica real: cuando reprogramas un billete de autobús en estos países, comprueba siempre la parada de origen, porque muchas líneas internacionales tienen varios puntos de recogida en la misma ciudad y la app no siempre lo destaca. Y también porque, francamente, tiene su gracia.
Llegada a Riga de noche
Entre la cancelación, la espera y el cambio de plan, llegamos a Riga bastante más tarde de lo previsto, ya de noche cerrada. La estación internacional de autobuses está justo al lado del mercado central y del casco antiguo, así que la ubicación es inmejorable, pero a esas horas y con las mochilas encima no estábamos para exploraciones.
Cenamos algo rápido cerca de la estación y nos fuimos directos al Hotel Viktorija, en la calle Aleksandra Čaka. Después de dos semanas de apartamentos, tener una recepción, unas sábanas puestas y un baño que no hay que dejar limpio al salir se agradece más de lo que uno reconocería en voz alta.

Día 11. Riga a fondo: la torre de la Pólvora, el mercado central y San Pedro¶
Del centro nuevo a la ciudad vieja
Dedicamos la jornada íntegramente a recorrer Riga, que es la mayor de las tres capitales bálticas y la que tiene el centro histórico más extenso.
Bajamos desde el hotel por Čaka y Tērbatas, atravesando el barrio de bloques del centro nuevo, y desembocamos en el bulevar Brīvības, donde está el Monumento a la Libertad. Es la pieza simbólica fundamental del país: una columna de más de cuarenta metros coronada por una figura femenina que sostiene tres estrellas, las tres regiones históricas de Letonia. Se levantó en 1935 con donaciones populares y, sorprendentemente, sobrevivió a toda la etapa soviética. Hay guardia de honor y cambio de guardia a horas fijas.
Justo detrás se extiende el parque de Bastejkalns, un jardín precioso con un canal que atraviesa el centro siguiendo el trazado del antiguo foso defensivo. Es uno de los espacios verdes urbanos más agradables que he visto: hay barquitas, puentes, paseos arbolados y una colina artificial con vistas. Perfecto para cruzar entre el centro nuevo y el casco antiguo sin darte cuenta de que estás caminando.
De paso intentamos entrar en la catedral de la Natividad de Cristo, la principal ortodoxa de Riga, pero no nos dejaron: íbamos en pantalón corto. La mujer de la entrada nos lo dijo de malos modos, la única persona realmente grosera de todo el viaje. Nosotros nos dimos la vuelta sin rechistar, sin ninguna necesidad de entrar donde no nos querían.








La torre de la Pólvora y el museo de la guerra
Entramos en Vecrīga, el casco antiguo, por la calle Smilšu, y la primera visita seria fue la torre de la Pólvora, el único torreón que se conserva de las antiguas murallas medievales de Riga. Es un cilindro macizo de piedra de casi treinta metros que ha sido a lo largo de su historia depósito de pólvora, prisión, sala de fiestas de una fraternidad estudiantil y, desde hace décadas, sede del Museo de la Guerra de Letonia.
Le dedicamos un buen rato, y merece la pena. El museo recorre la historia militar del país con especial detalle en el siglo XX: la Primera Guerra Mundial y los fusileros letones, la guerra de independencia, las dos ocupaciones —soviética y nazi—, la resistencia partisana de posguerra y la recuperación de la independencia en 1991. Es gratuito, está muy bien montado y explica con claridad una historia que desde aquí resulta difícil de imaginar.




La Puerta Sueca, los Tres Hermanos y la plaza de la Catedral
Desde la torre seguimos por la calle Aldaru hasta la Puerta Sueca, el único acceso original de la muralla que sigue en pie, un arco abierto en la planta baja de una casa del siglo XVII por el que todavía pasa el tráfico peatonal.
Un poco más allá, en la calle Mazā Pils, están los Tres Hermanos: tres casas medievales adosadas que son los edificios residenciales más antiguos de la ciudad y que muestran, una junto a otra, la evolución de la arquitectura doméstica de Riga entre el siglo XV y el XVII. La más antigua tiene la fachada estrecha, los ventanucos pequeños y esa forma escalonada del gótico báltico.
Salimos a la plaza de la Catedral, el gran espacio abierto de Vecrīga, presidido por la catedral de Riga, la iglesia medieval más grande de los países bálticos, con su mezcla de románico, gótico y barroco acumulada a lo largo de ocho siglos de reformas. La plaza está llena de terrazas y es el punto de encuentro natural del casco antiguo.
Cruzamos también hacia el Teatro Nacional de Letonia, junto al parque de Kronvalda, un edificio de finales del siglo XIX con una carga histórica particular: fue allí donde se proclamó la independencia de Letonia en noviembre de 1918.






El mercado central de Riga: cinco hangares de zepelines
Después bajamos hacia el río y luego hacia el sur, hasta el mercado central, que es probablemente la visita que más me sorprendió de todo el día.
El Centrāltirgus de Riga es uno de los mercados más grandes de Europa y ocupa cinco pabellones gigantescos que en origen fueron hangares de zepelines del ejército alemán, desmontados tras la Primera Guerra Mundial y reensamblados aquí en los años treinta. Cada pabellón está dedicado a un producto: carne, pescado, lácteos, verdura, gastronomía. La escala del conjunto es apabullante y el ambiente es el de un mercado de verdad, con clientela local, precios de barrio y ninguna concesión al visitante.
Alrededor se extiende el barrio de Spīķeri, la antigua zona de almacenes de ladrillo rojo junto al canal, hoy rehabilitada como zona cultural y de restauración, y un poco más allá se ve la mole del edificio de la Academia de Ciencias, el rascacielos estalinista conocido popularmente como la Tarta de Cumpleaños de Stalin, hermano menor de los siete de Moscú.




San Pedro y el resto de la tarde
Volvimos hacia el casco antiguo pasando por la estación central y dedicamos el final de la tarde a la iglesia de San Pedro, cuya aguja de 123 metros domina el perfil de Riga. La torre actual es una reconstrucción en acero de los años setenta —la original ardió durante la Segunda Guerra Mundial— y tiene ascensor hasta un mirador desde el que se ve todo: los tejados de Vecrīga, el Daugava, el mercado central, la Academia de Ciencias y, si el día acompaña, hasta el mar a lo lejos.
El resto de la tarde fue callejeo por Vecrīga: Skārņu, Doma laukums, Vaļņu, la casa de los Cabezas Negras con su fachada gremial reconstruida, el castillo de Riga junto al río. Y sí, apareció otra caseta de tiro con arco y Rafa volvió a caer, ocho euros esta vez, con quien esto escribe otra vez detrás de la cámara.






Los Trotamúsicos asomados al telón de acero
Justo detrás de la iglesia de San Pedro, en la calle Skārņu, hay una escultura que a cualquiera que creciera en la España de los ochenta le va a provocar exactamente la misma reacción que nos provocó a nosotros: los músicos de Bremen. El burro, el perro, el gato y el gallo subidos uno encima de otro, en bronce y a tamaño mayor que el natural.
Nosotros los conocemos sobre todo por Los Trotamúsicos, la serie de dibujos animados que adaptaba el cuento de los hermanos Grimm y que fue omnipresente en la televisión española de aquella época. Encontrártelos de golpe en una calle de Riga, cuarenta años después, tiene el mismo efecto que tuvo el Osito Misha en el mercado de Tallin: un cortocircuito entre la memoria infantil y el sitio donde estás.
Pero lo interesante es por qué están ahí y qué están haciendo. La escultura es obra de la artista alemana Christa Baumgärtel y fue un regalo de la ciudad de Bremen, hermanada con Riga, en 1990. Y aquí los animales no están espiando el festín de los ladrones, como en el cuento. Están asomándose a través del telón de acero. La pieza se concibió con una intención política evidente, en pleno proceso de la perestroika y a las puertas de la recuperación de la independencia letona, y esa mirada de sorpresa de los cuatro animales al otro lado de la reja es una de las metáforas más elegantes que he visto sobre aquel momento histórico.
La tradición local dice que frotar los hocicos trae suerte, y que cuanto más arriba llegues, mejor. Se nota perfectamente cuáles están más pulidos, y también hasta dónde alcanza la estatura media del visitante.


Cenamos por el centro y volvimos andando al hotel por Krišjāņa Barona, con la sensación de que Riga es una ciudad que necesita más de un día. Es más grande, más monumental y más urbana que Vilna y Tallin, y esa escala le cuesta un poco al principio.

Día 12. Turaida: mucho más que un castillo¶
Tren a Sigulda y el plan que se torció bien
La excursión clásica desde Riga es Sigulda, en el valle del río Gauja, a algo más de una hora en tren. Los dos billetes de ida costaron 5,60 euros, que es sencillamente ridículo para el trayecto que se hace.


El plan era llegar a Sigulda y coger desde allí el autobús a Turaida, al otro lado del valle. Pero al llegar comprobamos que el siguiente bus tardaba unas dos horas en pasar, y dos horas de espera en un día de excursión son dos horas perdidas. Así que optamos por pedir un Bolt, que nos costó 6,60 euros por los dos y nos plantó en la entrada de Turaida en diez minutos.
Es una decisión que recomiendo tener siempre en la manga en los países bálticos: las aplicaciones de VTC funcionan bien, están mucho más baratas que en Europa occidental y para trayectos cortos entre dos personas suelen salir a cuenta frente a esperar un transporte público con frecuencias largas.
Turaida no es un castillo, es un conjunto entero
Y aquí llegó la sorpresa del día. Yo esperaba un castillo y lo que hay es un área enorme con muchísimo más que eso.
El castillo de Turaida, de ladrillo rojo, fue construido en 1214 por el obispo de Riga sobre una colina que domina el valle del Gauja. Su torre principal, cilíndrica y de casi treinta metros, es la imagen icónica del sitio y se puede subir para tener una panorámica extraordinaria del valle boscoso, que es la razón por la que a esta zona la llaman la Suiza letona. Pero el recinto tiene además un montón de edificaciones anexas que se pueden visitar: la torre sur, los almacenes, la casa del administrador, y varias salas con exposiciones sobre la historia de la región y sobre los livonios, el pueblo fino-úgrico que habitaba esta zona antes de la conquista alemana.
















Alrededor del castillo se extiende una reserva-museo con la iglesia de madera de Turaida, del siglo XVIII, y sobre todo el Dainu kalns, la Colina de las Canciones: un parque de esculturas dedicado a las dainas, las canciones populares letonas, con figuras de piedra repartidas entre los árboles que representan personajes del folclore y de la mitología nacional. Es un espacio precioso y muy poco convencional, en el que uno puede pasarse una hora larga sin darse cuenta.




También está en la zona la cueva de Gūtmanis, la mayor gruta natural del país, ligada a la leyenda de la Rosa de Turaida, una historia trágica de amor del siglo XVII que aquí conoce todo el mundo.
Pasamos allí más de cinco horas, con parada para picar algo, y todavía se nos quedaron cosas fuera. Es una excursión completamente distinta de todo lo que habíamos visto en Riga y de lo más recomendable del viaje.
Y sí, en el recinto había una zona de tiro con arco, esta vez con todo el sentido del mundo por el contexto medieval. Seis euros y la tercera y última sesión del viaje para Rafa. A estas alturas ya era costumbre.
La vuelta, esta vez sí, en autobús
Para el regreso sí cogimos el minibús que enlaza Turaida con la estación de Sigulda, y desde allí el tren de vuelta a Riga. El trayecto de vuelta se hizo con esa sensación agradable de cansancio de día de campo, viendo pasar bosque por la ventanilla.
Llegamos a Riga a primera hora de la noche, cenamos en el centro y nos retiramos temprano.

Día 13. El barrio modernista, Mežaparks y la biblioteca¶
El art nouveau de Riga: la mayor concentración de Europa
El último día completo lo empezamos con lo que probablemente sea el mayor tesoro arquitectónico de la ciudad: el barrio modernista.
Riga tiene la concentración de arquitectura art nouveau más importante de Europa. Alrededor de un tercio de los edificios del centro pertenecen a este estilo, fruto de un momento de crecimiento económico explosivo entre 1890 y 1914, cuando la ciudad era uno de los puertos más importantes del Imperio Ruso y se construía a un ritmo frenético.
El epicentro está en la calle Alberta, y es sencillamente impresionante. Fachadas cubiertas de rostros gigantescos, esfinges, máscaras, figuras femeninas, motivos vegetales, remates escalonados y una imaginación desbordada en cada centímetro de piedra. Muchos de los edificios más espectaculares son obra de Mijaíl Eisenstein —padre del cineasta Serguéi Eisenstein—, que llevó el estilo hasta un exceso decorativo que resulta magnífico precisamente por lo poco que se contiene.
Seguimos por Elizabetes y por Strēlnieku, que continúan el conjunto, con el cuello dolorido de mirar hacia arriba. Es una de esas visitas en las que el monumento es la calle entera y no hay nada que pagar.








Cruzar el Daugava para ver Riga desde fuera
Después bajamos hacia la ópera —el Teatro Nacional de la Ópera, un edificio neoclásico precioso junto al canal de Bastejkalns— y cruzamos el río por el puente Vanšu, el atirantado que une el centro con la isla de Ķīpsala.
Ver Riga desde la otra orilla cambia por completo la percepción de la ciudad. Desde aquí se aprecia el perfil completo: la aguja de San Pedro, la catedral, el castillo, la Academia de Ciencias, y la anchura enorme del Daugava, que en este tramo es un río de escala casi báltica. Paseamos por la zona de Klīversala y Āgenskalns, en la orilla izquierda, que es una parte de la ciudad completamente ajena al circuito turístico y muy interesante por contraste.






Lluvia, el mercado de Vidzeme y el zoo que no visitamos
Empezaba a llover, así que volvimos al centro y cogimos un tranvía hacia el norte, hasta el mercado de Vidzeme.
Estaba cerrado, pero el edificio de ladrillo rojo es imponente igualmente. Es el segundo mercado histórico de Riga después del central, mucho menos conocido y con esa arquitectura industrial de principios de siglo que da tanto juego incluso con las puertas bajadas.




Volvimos al tranvía y seguimos hasta el zoo, en el extremo norte. No entramos —los zoos no nos interesan especialmente y el tiempo era el que era— pero, como la lluvia había amainado, aprovechamos para meternos en el parque que hay al lado.

Mežaparks: el parque que nadie te cuenta
Y aquí llegó el gran descubrimiento del día. Mežaparks es un parque enorme, de esos que uno no recorre entero ni queriendo. Nosotros vimos solo una parte y le dedicamos varias horas.
Es a la vez un parque forestal y un barrio: Mežaparks fue una de las primeras ciudades jardín de Europa, planificada a principios del siglo XX siguiendo el modelo británico, con villas de madera entre pinos y calles curvas. El parque público que lo acompaña tiene bosque, praderas, zonas de aventura con circuitos de cuerdas, y un gran auditorio al aire libre donde se celebra el Festival de la Canción letón, esa tradición coral masiva que fue el motor de la llamada Revolución Cantada de finales de los ochenta.
Caminamos hasta una zona de playa preciosa junto al lago Ķīšezers, con arena, embarcaderos y gente bañándose. Y allí empezó a llover con fuerza de verdad, así que nos tocó estar resguardados bajo las sombrillas de un bar algo más de media hora, viendo caer el agua sobre el lago. No es la peor manera de pasar media hora.
Cuando escampó seguimos por el borde del lago hasta un embarcadero, hicimos unas fotos y volvimos hacia el centro del parque y de ahí a la entrada. Un parque espectacular, pensado íntegramente para el disfrute de los locales, sin una sola concesión al turismo. De esos sitios que te hacen envidiar a los vecinos de la ciudad.








La Biblioteca Nacional de Letonia y las casas de madera de Kalnciema
Parecía que la lluvia había terminado, así que cogimos el tranvía en dirección a la Biblioteca Nacional de Letonia, al otro lado del río. El edificio, obra del arquitecto letón-estadounidense Gunnar Birkerts e inaugurado en 2014, es conocido como el Castillo de la Luz: una mole asimétrica de vidrio y acero cuyo perfil evoca a la vez una montaña y una ola, y que en el imaginario letón está ligada a una vieja leyenda sobre un castillo hundido que emergería cuando el pueblo recuperase su libertad.






Llegamos y estaba cerrado, lo que fue una lástima porque el interior, con su gran atrio de varias alturas, es lo mejor del edificio. Dimos un paseo por el exterior, que ya justifica el viaje por sí solo, y desde allí nos acercamos a una zona cercana de casas de madera tradicionales, en el barrio de Kalnciema, que conserva uno de los conjuntos de arquitectura doméstica en madera mejor mantenidos de la ciudad.




La última cena y los precios del casco antiguo
Volvimos al centro con la intención de cenar en alguno de los bares del casco antiguo para conmemorar la última noche del viaje. Y ahí nos dimos de bruces con la realidad: los precios de las terrazas de Vecrīga nos quitaron las ganas de golpe.




Terminamos cenando en un local de comida rápida. Cero glamour, y me da igual reconocerlo. Después de catorce días controlando el gasto para que el viaje saliera a un precio razonable, pagar el triple por una cena mediocre solo porque era la última noche me parecía una forma tonta de cerrar. La memoria del viaje no se juega en la última cena.

Día 14. La vuelta a casa vía Estocolmo¶
Madrugón y Bolt al aeropuerto
El vuelo salía muy pronto, y a esa hora el transporte público de Riga apenas estaba empezando a funcionar y nos obligaba a hacer varios transbordos con las mochilas. Así que reservé un Bolt hasta el aeropuerto por 13,50 euros.
Es un gasto que en un viaje ajustado puede parecer prescindible y que yo defiendo sin ninguna duda. Trece euros y medio a cambio de media hora más de sueño, cero incertidumbre y llegar tranquilo a un vuelo de primera hora es una de las mejores relaciones calidad-precio del presupuesto entero. Los madrugones de aeropuerto son el momento del viaje en el que menos conviene ahorrar.
Escala en Estocolmo y aterrizaje en Loiu
El regreso fue Riga-Estocolmo y Estocolmo-Bilbao, con unas horas de escala en Arlanda. Sin incidencias, sin retrasos y con esa melancolía de rigor que traen siempre los vuelos de vuelta cuando el viaje ha sido bueno.
Aterrizamos en Bilbao a media tarde. Catorce días, tres países, cuatro capitales, dos amigas reencontradas, dos jerséis comprados de urgencia, tres tandas de flechas y trescientos zlotys encontrados en una acera de Vilna.

Conclusiones: lo que nos llevamos de los países bálticos¶
Conclusiones del viaje
Lo que más nos gustó
Un viaje increíble. Las tres capitales me han gustado muchísimo, cuatro si contamos Helsinki. Sobre todo Vilna y Tallin, un poco por encima de Riga, aunque el conjunto ha sido espectacular.
Vilna gana por la mezcla de casco antiguo enorme, ambiente joven y capas de historia que se leen en la calle. El Portal de la plaza del Ayuntamiento es de esas ideas sencillas que se te quedan dentro. La tarde con Margarita por Užupis fue el mejor día del tramo lituano y probablemente uno de los tres mejores del viaje entero.
Tallin gana por el casco medieval, que es de una calidad difícil de igualar en Europa, y por todo lo que hay fuera de él: Kalamaja, Kopli, el mercado de Balti jaam, el paseo de Reidi tee. Y por Lahemaa, que sin Helen no habríamos visto nunca.
De Riga me quedo con el barrio modernista, que es una lección de arquitectura al aire libre, con el mercado central instalado en hangares de zepelines, y con Mežaparks, un parque del que no había leído ni una línea antes de ir.
Y por encima de todo eso, me quedo con Viru raba. Caminar sobre una turbera y bañarse en un lago de agua marrón a dieciocho grados es de esas experiencias que uno sabe, mientras las está viviendo, que va a recordar dentro de veinte años.
Lo que no acabó de convencernos
Por honestidad hay que decir también lo que no. El interior del castillo de Trakai no lo visitamos porque el precio no nos pareció proporcionado, y no me arrepiento en absoluto: el conjunto exterior y el paseo hasta la isla justifican de sobra la excursión.
El museo de la fotografía de Telliskivi nos pareció caro para su tamaño y lo dejamos pasar. Y los precios de las terrazas del casco antiguo de Riga están en otra liga respecto al resto de la ciudad, hasta el punto de que renunciamos a cenar allí la última noche.
Y luego está la logística, que en un viaje encadenando cuatro países acaba dando algún disgusto: dos retrasos de vuelo, un autobús cancelado y la escala en Londres que obliga a pasar el control de pasaportes y a tener la ETA. Nada grave, todo resuelto, pero todo consume tiempo y energía.
La gente: el ingrediente que no aparece en las guías
Si tuviera que quedarme con una sola cosa de estas dos semanas, sería esta. En catorce días recorriendo tres países no tuvimos ni un solo problema con nadie. Al contrario.
El conductor del autobús de Vilna que se bajó a avisarnos de que estábamos esperando en el sitio equivocado. El chófer del taxi de Tallin que aguantó nuestra euforia futbolística a la una de la madrugada y encima nos felicitó. Margarita dedicándonos una tarde entera. Helen dedicándonos un día completo y llevándonos en coche a sitios a los que no habríamos llegado jamás. Y, en general, un nivel de inglés altísimo y una disposición evidente a entenderse contigo aunque no lo hablen.
Es interesante contrastarlo con lo que nos contaron aquellas dos chicas en el tren de Trakai, que habían tenido justo la experiencia opuesta. No sé explicarlo. Solo puedo contar la nuestra, que fue inmejorable de principio a fin.
El peso de la historia reciente
Hay algo que impregna todo el viaje y que no se puede pasar por alto: la memoria del siglo XX está viva en estos tres países de una manera que en el sur de Europa cuesta imaginar.
El museo del KGB en Vilna, el museo de la guerra en Riga, las mansiones estonias expropiadas y devueltas, la censura que sufrió la madre de Helen, la distancia consciente que Margarita mantiene con el culto ortodoxo, las banderas ucranianas en los balcones. Son países que recuperaron la independencia hace apenas treinta y cinco años y donde eso no es historia antigua sino biografía de la gente con la que te tomas una cerveza.
Viajar por aquí siendo consciente de eso cambia por completo lo que ves. Y ayuda a entender por qué miran hacia el este con la prevención con la que lo hacen.
En resumen
Los países bálticos son un destino extraordinario: seguro, bien conectado, con tres capitales de primerísimo nivel y con muchísimo más que ofrecer fuera de ellas. No los calificaría de baratos —los precios no están muy lejos de los españoles, puede que un 10 % por debajo de media, con Finlandia aparte y mucho más cara—, pero sí de agradecidos con quien controla el gasto: comprando en el supermercado, sacando los bonos de transporte nada más llegar y sin dejar esas decisiones para el momento, dos semanas fuera de casa no tienen por qué disparar el presupuesto.
Nosotros hicimos un viaje realmente redondo. Lugares increíbles, gente amable, dos amigas que se portaron de maravilla y una lista de cosas pendientes que ya está haciéndose demasiado larga: la visita guiada a la prisión de Lukiškės, el interior de la iglesia de la roca, un segundo día en Kaunas, la Biblioteca Nacional de Letonia por dentro y, probablemente, un viaje entero dedicado a la costa estonia.
Que en viajes es, al fin y al cabo, la mejor señal posible.