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El paseo de Lluís Companys visto desde lo alto del Arco de Triunfo, con las dos hileras de palmeras y farolas modernistas, el Castell dels Tres Dragons al fondo y la gente paseando bajo un cielo encapotado.

Diarios de viaje · España · Barcelona

Open House Barcelona 2025

Cinco días en Barcelona para hacer algo que llevaba años queriendo: participar como voluntario en Open House fuera de Bilbao y descubrir una ciudad conocida desde una perspectiva completamente nueva.

6 días Lectura de 32 minutos

Cinco días en Barcelona: nuestra experiencia como voluntarios en 48H Open House BCN 2025

Barcelona esconde espacios fascinantes detrás de sus puertas cerradas

Cuando llevas ocho años como voluntario en Open House Bilbao, empiezas a preguntarte cómo será este festival en otras ciudades. Cómo se organizan, qué edificios abren sus puertas, con qué energía trabajan sus equipos. Esas preguntas me rondaban la cabeza desde que participé en Open House Essen en 2023, y se convirtieron en el germen de nuestro viaje a Barcelona del 23 al 28 de octubre de 2025.

Barcelona se presentaba como la opción natural. Es una ciudad que hemos visitado en numerosas ocasiones a lo largo de los años, donde además tenemos amigos muy queridos que nos abrirían las puertas de su casa. Pero sobre todo, Barcelona alberga el festival Open House más antiguo de España, con una trayectoria consolidada y una organización que prometía ser todo un referente. Cuando abrieron el proceso de inscripción para voluntarios, no lo pensamos dos veces.

En Bilbao suelo ejercer como voluntario guía, un rol que me apasiona porque te permite no solo conocer a fondo los edificios, sino también conectar con los visitantes y transmitirles esa fascinación por la arquitectura y la historia. Sin embargo, participar en Open House Barcelona desde fuera implicaba ciertas limitaciones logísticas. Al no poder asistir a las visitas previas, reuniones informativas y formaciones que se realizan en las semanas anteriores al festival, tanto Rafa como yo fuimos asignados como voluntarios de control de acceso.

Lejos de sentirlo como una decepción, lo tomamos como una oportunidad de experimentar el festival desde otro ángulo: entender la logística que hay detrás de cada visita y colaborar en hacer que la experiencia de cientos de personas fuera lo más fluida posible.

Nuestra estancia en Barcelona se extendió desde el jueves 23 hasta el martes 28 de octubre. Los vuelos desde Bilbao nos permitían tener cinco días completos en la ciudad, con el festival de Open House programado para el fin de semana del 25 y 26 de octubre. Nuestro turno de voluntariado estaba fijado para el sábado por la tarde, en uno de los espacios más emblemáticos del Parque de la Ciutadella: la Cascada Monumental.

Esta planificación nos dejaba el jueves para llegar y reencontrarnos con nuestros amigos barceloneses, el viernes para recoger el kit de voluntarios y empezar a impregnarnos del ambiente pre-festival, el fin de semana para vivir Open House a tope entre nuestras tareas de voluntariado y las visitas como asistentes, y el lunes para relajarnos y disfrutar de Barcelona sin prisas antes del regreso el martes.

Este diario es el relato de esos cinco días.

Vista aérea del puerto de Barcelona con depósitos y embarcaciones

Día 1. Llegada a Barcelona entre vientos y retrasos

Teníamos el vuelo programado para las 14:25 desde el aeropuerto de Bilbao, con llegada prevista a Barcelona a las 15:35. Una hora y poco de vuelo que debía dejarnos en la Ciudad Condal con toda la tarde por delante para reencontrarnos con nuestros amigos.

Ese jueves el viento decidió hacer de las suyas. Ya desde por la mañana habíamos oído en las noticias que varios vuelos no habían podido aterrizar en Loiu por culpa de las rachas de viento. No es algo inusual en nuestro aeropuerto, acostumbrado a lidiar con las complicaciones meteorológicas de estar prácticamente pegado a la costa y rodeado de montañas, pero nunca deja de generar cierta inquietud cuando tienes un vuelo programado.

Afortunadamente nuestro vuelo no tuvo problemas mayores para despegar. El avión logró salir de Bilbao sin contratiempos, aunque llegamos a Barcelona con aproximadamente una hora de retraso respecto a la hora prevista. No era dramático, seguíamos teniendo toda la tarde por delante, pero era el primer aviso de que ese día los horarios iban a ser más una sugerencia que una certeza.

Desde el aeropuerto de El Prat cogimos el tren de Renfe que conecta directamente con la estación de Sants. Es una opción cómoda y rápida que hemos usado en otras ocasiones, mucho más práctica que el autobús cuando tu destino está bien conectado con el metro desde Sants. O al menos debería ser rápida.

El tren se retrasó considerablemente porque estuvo bastante tiempo parado en mitad de las vías, sin que nadie de Renfe se dignase a dar ninguna explicación. Ni un anuncio por megafonía, ni información sobre qué estaba pasando o cuánto tiempo íbamos a estar allí parados. Solo silencio y pasajeros mirándose unos a otros con esa mezcla de resignación y perplejidad tan característica del transporte público. Después del retraso del vuelo, este nuevo contratiempo empezaba a hacer mella en nuestra paciencia.

Cuando por fin el tren decidió reanudar su marcha y llegamos a Sants, nos dirigimos a la línea 5 de metro que nos llevaría hasta casa de nuestros amigos, muy cerca del antiguo Hospital de Sant Pau. Ese magnífico edificio modernista que tanto nos gusta y que siempre marca la llegada a una zona de Barcelona llena de historia y encanto.

Cuando llegamos al piso, ya entrada la tarde, el alivio de estar por fin en destino se mezcló con la alegría del reencuentro. Nuestros amigos nos recibieron con esa calidez que solo dan los años de amistad compartida, esos lazos que resisten la distancia y el tiempo. Dejamos las mochilas y casi inmediatamente salimos con ellos al supermercado. Necesitaban hacer la compra para la cena y algunas cosas más para la casa, y nosotros estábamos encantados de acompañarles en esos pequeños rituales cotidianos que forman parte de la verdadera experiencia de visitar una ciudad.

La tarde se convirtió en lo que habíamos esperado que fuera: charla relajada, ponernos al día de nuestras vidas, cena en familia alrededor de la mesa. Hablamos mucho de Open House, por supuesto. Les contamos nuestras expectativas sobre participar como voluntarios en una ciudad nueva, tan diferente a nuestra experiencia en Bilbao. Ellos nos preguntaban sobre cómo funcionaba el festival, qué tipo de edificios abren, cómo se organizan las visitas.

También desplegamos el programa del fin de semana, todavía sin nuestro kit de voluntarios pero con toda la información disponible en la web. Más de doscientos edificios abiertos al público durante el sábado y el domingo. Era imposible verlo todo, evidentemente, pero podíamos empezar a fantasear con qué nos gustaría visitar, qué lugares nos generaban más curiosidad, cuáles estaban más cerca de nuestro punto de voluntariado en la Cascada Monumental.

Los retrasos del día se habían convertido en anécdotas. Mañana empezaría de verdad la aventura.

Puerto de Barcelona con embarcaciones y grúas

Día 2. Recogiendo credenciales y redescubriendo Barcelona

El viernes 24 de octubre nos levantamos sin prisas, con esa sensación agradable de tener todo el día por delante y ninguna obligación imperiosa que cumplir. Ya conocíamos Barcelona, la hemos visitado tantas veces a lo largo de los años que no sentíamos esa urgencia turística de correr de un monumento a otro. Este viaje tenía otro ritmo, otra intención. Éramos casi locales temporales, con la tranquilidad de quien sabe que puede volver.

Después de desayunar algo por el barrio, nuestra primera parada del día tenía nombre y apellidos: las oficinas de Open House Barcelona. Era el momento de recoger nuestro kit de voluntarios, ese conjunto de materiales que nos acreditaba como parte del equipo y que nos abriría puertas durante todo el fin de semana. Literalmente.

El kit consiste en un folleto con información sobre el festival, un mapa con todos los edificios participantes marcados y, lo más importante, una pulsera que te permite acceso prioritario a cualquier edificio durante el fin de semana. Esta pulsera es oro puro cuando estás en un festival donde algunos espacios tienen colas de espera de más de una hora. Fuera de tu turno de voluntariado, lógicamente, porque cuando estás trabajando lo último que puedes hacer es saltarte tu propio control de acceso.

Lo que no esperábamos era la acogida que nos dieron. Íbamos, por decirlo de alguna manera, "recomendados" desde Open House Bilbao. Habíamos contactado previamente con la organización barcelonesa para explicarles nuestra experiencia como voluntarios en el festival vasco, y esto hizo que nos trataran con una deferencia especial. No es que esperásemos alfombra roja ni mucho menos, pero fue bonito sentir esa conexión inmediata entre equipos de distintas ciudades que comparten la misma pasión por abrir la arquitectura al público.

Estuvimos un buen rato en las oficinas charlando con los organizadores del festival, con algunos trabajadores y con otros voluntarios que también andaban por allí ultimando detalles. Había una energía especial en el ambiente, esa mezcla de nervios y emoción del día antes del gran evento. Todo el mundo estaba pendiente de mil pequeños detalles: confirmaciones de última hora, ajustes en los horarios, coordinación con los edificios. Era fascinante ver la trastienda de algo que conocemos desde el otro lado.

Con nuestro kit en la mochila y una sonrisa de satisfacción, emprendimos un paseo tranquilo por la Rambla de Catalunya. Es una de esas avenidas de Barcelona que invita a caminar sin prisa, con sus tiendas, sus terrazas y ese ambiente cosmopolita que caracteriza a la ciudad. Llegamos hasta la Plaza de Catalunya, ese punto neurálgico donde confluyen todas las energías de Barcelona, y desde allí nos adentramos en el Portal del Ángel.

Nuestro objetivo era llegar a las Galerías Maldà, ese pequeño centro comercial enclavado en el corazón del Gótico que en una visita anterior nos había parecido un auténtico paraíso friki. Recordábamos tiendas temáticas de Harry Potter, Nintendo, Sega, Tim Burton... Un lugar donde la cultura pop y el coleccionismo se daban la mano de manera maravillosa.

Sin embargo, esta vez la experiencia fue diferente. El ambiente se había diluido considerablemente. Ya no quedaban casi tiendas temáticas y todo parecía haberse vuelto más generalista, más anodino. Esa personalidad tan marcada que recordábamos se había desvanecido, víctima quizás de los cambios en los alquileres o en los gustos del público. Salimos un poco desilusionados, con esa sensación agridulce de cuando vuelves a un lugar especial y descubres que el tiempo no lo ha tratado bien.

Pero Barcelona tiene eso: cuando algo te decepciona, siempre hay otra esquina que te sorprende. Pasamos por el mercado de la Boquería, aunque sin detenernos demasiado porque lo conocíamos bien de otras visitas. Comimos algo tranquilos en una de esas calles laterales donde el bullicio turístico se diluye un poco, y después seguimos nuestro paseo bajando por las Ramblas.

Vista de una piscina desde una terraza con palmeras
El puerto de Barcelona desde el Maremagnum

Llegamos hasta la estatua de Colón, giramos hacia el puerto y continuamos caminando hasta el Maremagnum. Nos sentamos en un banco cerca del acuario, con el sol de octubre acariciándonos la cara y el suave murmullo del puerto de fondo. Nos entró un sueño considerable: la combinación del momento post-comida, el sol agradable, la caminata matutina.

Podríamos haber luchado contra él, pero teníamos un plan para la tarde que requería estar frescos y atentos, así que tomamos la decisión más sensata: volver a casa y echarnos una siesta rápida. A veces lo más inteligente que puedes hacer en un viaje es escuchar a tu cuerpo.

La siesta fue breve pero reparadora. Teníamos que estar a las siete de la tarde en L'Auditori, donde habíamos conseguido entradas para un concierto que prometía ser memorable. El programa era ambicioso y variado: el Ensayo para orquesta número 2 de Samuel Barber para empezar, seguido del Concierto para violín de Philip Glass con Alena Baeva como solista, y para cerrar, la Segunda Sinfonía de Robert Schumann.

L'Auditori es uno de esos espacios que Barcelona ha sabido crear para la música. Moderno, con una acústica excelente, ubicado en una zona bien conectada cerca de la Plaza de las Glorias. Fuimos junto con nuestros amigos barceloneses, lo que hacía la experiencia aún más especial. Compartir música en vivo con gente querida tiene algo mágico, algo que trasciende la mera suma de las partes.

El concierto estuvo magnífico. La Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña, dirigida por Stephanie Childress en su segunda temporada como principal directora invitada, desplegó toda su calidad desde la primera nota de Barber. Pero fue el concierto de Glass con Alena Baeva lo que nos dejó verdaderamente hipnotizados. Esta violinista de origen kirguís, con su Guarneri del Gesù de 1738, logró crear esa atmósfera onírica y circular tan característica del minimalismo de Glass. Sus repeticiones, lejos de resultar monótonas, nos fueron envolviendo en capas de sonido cada vez más profundas.

Y luego llegó Schumann, esa Segunda Sinfonía que el compositor describió como "una trayectoria desde la oscuridad a la luz". Escrita en medio de una profunda crisis personal, la obra despliega toda la complejidad emocional del Romanticismo. La orquesta supo captar esa tensión del primer movimiento, la vivacidad del Scherzo donde brillaron especialmente las cuerdas, la dulzura introspectiva del Adagio y el triunfo final del Allegro molto vivace con los metales en primer plano.

Cuando terminó, con los aplausos todavía resonando en la sala, tuvimos la oportunidad de hablar con una de las violinistas de la orquesta. Es amiga de nuestros anfitriones, y fue bonito poder felicitarla en persona, comentar algunos pasajes de la obra y asomarnos brevemente a ese mundo de quienes hacen posible que el resto disfrutemos de la música.

Interior del Palau de la Música Catalana con el escenario y el patio de butacas
L'Auditori de Barcelona

Desde L'Auditori nos fuimos a buscar a la hija de nuestros amigos, que había estado con otros amigos durante la tarde. Cenamos algo todos juntos, con esa conversación relajada del viernes por la noche, cuando el fin de semana se abre ante ti lleno de posibilidades.

De vuelta a casa, repasamos mentalmente lo que nos esperaba. El sábado arrancaba Open House Barcelona de verdad. Por la mañana seríamos visitantes, por la tarde voluntarios. Teníamos la pulsera, teníamos el mapa, teníamos las ganas.

Passeig de Lluís Companys junto al Arco de Triunfo de Barcelona

Día 3. Open House Barcelona arranca y nos ponemos la credencial de voluntarios

Nos levantamos temprano, con esa mezcla de nervios y emoción que precede a las jornadas especiales. El sábado 25 de octubre arrancaba Open House Barcelona: más de doscientos edificios abiertos en toda la ciudad, y por la tarde nos tocaría ser parte del engranaje del festival.

Subiendo al Arco de Triunfo

Nuestra primera parada del día era el Arco de Triunfo, uno de los edificios más demandados del festival y con razón. Ese monumento de ladrillo rojo que marca el acceso al Paseo de Lluís Companys y al Parque de la Ciutadella no suele estar abierto al público. La oportunidad de subir a su azotea y contemplar Barcelona desde esa perspectiva privilegiada no se da muy a menudo.

Aquí es donde nuestra pulsera de acceso prioritario brilló por primera vez. Mientras la cola general empezaba a formarse con gente dispuesta a esperar lo que hiciera falta, nosotros pudimos acceder en el primer grupo de visita del día. No se trata solo de saltarte una cola, sino de poder optimizar tu tiempo para ver más edificios, de no tener que elegir entre dos visitas simultáneas por miedo a perder tu turno.

La subida al Arco de Triunfo fue espectacular. Las vistas desde arriba abarcan ese eje monumental que conecta el arco con la fuente de la Cascada, el lago del parque, y más allá la ciudad que se despliega en todas direcciones. Desde allí arriba pudimos ver también nuestro destino de voluntariado de la tarde, ese edificio de la Cascada Monumental que pronto conoceríamos mucho más íntimamente.

Vista de Barcelona desde un edificio alto entre esculturas de piedraAutorretrato de dos personas ante una panorámica de BarcelonaPanorámica de Barcelona y el Eixample desde un punto elevadoDetalle escultórico de una fachada visto desde una terraza
La terraza del Arco de Triunfo

Reconocimiento del terreno en la Cascada

Después del Arco de Triunfo nos dirigimos directamente a nuestro edificio asignado: la Cascada Monumental del Parque de la Ciutadella. Al no haber podido asistir a la visita previa exclusiva para voluntarios que se había celebrado días antes, necesitábamos conocer el espacio, entender su distribución, saber dónde se formaban las colas y cómo se gestionaba el flujo de visitantes.

La Cascada es una de esas joyas modernistas de Barcelona que pasa desapercibida para muchos. Construida entre 1875 y 1888 con participación del joven Antoni Gaudí, que entonces era estudiante, el conjunto monumental esconde varios espacios fascinantes. Además de las zonas públicas habituales, durante Open House se abrían dos espacios normalmente cerrados al público que justificaban toda la expectación.

El primero era la Gruta de Gaudí, esos restos muy deteriorados de lo que fue una gruta artificial con estalactitas y estalagmitas que se adentraba bajo el arco posterior de la cascada. Hoy convertido en almacén de Parques y Jardines, aún conserva esas extrañas formas de hormigón que cuelgan del techo y las columnas, testimonio de cuando los visitantes de finales del siglo XIX podían experimentar la sensación de caminar por una cueva profunda con agua cayendo a ambos lados. Pese al deterioro y la erosión, sigue siendo fascinante contemplar estos restos del trabajo del joven Gaudí.

El segundo espacio era el antiguo acuario, inaugurado en 1888 para la Exposición Universal. Fue el primer acuario de Barcelona, con 120 metros cuadrados dedicados a fauna de agua dulce y marina. Hoy vacío de sus peceras originales, el espacio conserva su encanto histórico, con la palabra "Aquarium" todavía visible sobre la puerta de entrada y los dos medallones con salamandras que también se atribuyen a Gaudí. Lo realmente espectacular era poder subir a su terraza superior mediante una escalera de caracol estrecha y empinada, desde donde las vistas del parque y la ciudad son magníficas.

Estuvimos allí hablando con los compañeros voluntarios del turno de mañana, haciéndoles preguntas sobre cómo estaba funcionando el día, qué dudas tenían los visitantes, qué incidencias habían surgido. Confirmamos que a las dos de la tarde estaríamos de vuelta para darles el relevo. Y entonces ocurrió una de esas casualidades que hacen especiales estos festivales: coincidimos con otra voluntaria de Open House Bilbao que estaba en Barcelona gracias al programa de intercambio de Open House Europe. Pequeño mundo el de quienes nos dedicamos a abrir puertas.

Interior de una cueva o estructura rocosa iluminadaEscalera excavada en la rocaArco del Triunfo de Barcelona con la escultura dorada en la parte superiorVista de Barcelona desde una terraza entre esculturas
La gruta y la terraza de la Cascada Monumental del Parque de la Ciutadella

El Parlament de Catalunya

Con nuestra nueva compañera bilbaína nos fuimos los tres juntos a visitar el Parlament de Catalunya, otro de los edificios emblemáticos del festival. Ubicado en el antiguo arsenal de la Ciutadella, el edificio tiene una historia fascinante que va desde su función militar original hasta convertirse en la sede del poder legislativo catalán.

La visita nos llevó por las salas de sesiones, los pasillos con historia, los espacios donde se debate y se vota. Hay algo especial en poder acceder a estos lugares que normalmente están vedados al público, en poder tocar las paredes que han visto tantas decisiones importantes, en sentarse en los mismos espacios donde se construye la política del día a día.

Interior de un edificio histórico con una gran escalera y claraboyaSalón de actos con mobiliario de madera y decoración institucionalPasillo monumental de un edificio histórico con columnas y ornamentaciónAuditorio con escenario y butacas en el interior de un edificio histórico
El Parlament de Catalunya

Pausa para comer y prepararse

Una vez terminada la visita al Parlament, Rafa y yo nos despedimos de nuestra compañera bilbaína y nos fuimos a comer algo. Teníamos que estar de vuelta en la Cascada a las dos en punto y necesitábamos cargar energías. Nos acercamos al Borne, ese barrio que tanto nos gusta, y aprovechamos para entrar también al Mercado del Born, aunque ya lo conocíamos de otras visitas. Siempre es un placer pasear por esas pasarelas elevadas sobre las ruinas medievales, ese museo arqueológico que te permite ver las capas de historia de Barcelona.

Restos arqueológicos expuestos bajo una cubierta
Mercado del Born

Cinco horas intensas como voluntarios de control de acceso

A las dos en punto estábamos en nuestro puesto en la Cascada Monumental. Nuestro turno se extendería hasta las siete de la tarde, cuando cerraba el edificio. Cinco horas que pasaron volando porque, sencillamente, no hubo tiempo para el aburrimiento.

La afluencia de público fue brutal. Muchísimos barceloneses interesados en descubrir este espacio que tienen al lado pero que nunca habían visitado, y también una cantidad considerable de turistas que habían oído hablar del festival y querían aprovechar para ver algo especial. Nosotros nos encargábamos del control de acceso, que en este caso implicaba mucho más que simplemente abrir una puerta.

Ordenábamos la cola, que en algunos momentos se extendía bastante. Dábamos información tanto en castellano como en inglés sobre qué iban a ver, cuánto tiempo duraba la visita, si había escaleras. Etiquetábamos a los visitantes con pegatinas para identificar su grupo. Les pedíamos que firmasen una hoja de exención de responsabilidad que solicitaba el Ayuntamiento debido a la escalera de caracol tan estrecha y empinada que lleva a la terraza superior del antiguo acuario, un trámite administrativo necesario pero que ralentizaba un poco el proceso. Formábamos grupos cuando había suficiente gente esperando. Y todo esto mientras íbamos rellenando la información online para que se actualizasen en tiempo real los datos de visitas y tiempos de espera en la web de Open House Barcelona.

Hicimos un gran equipo con los tres voluntarios guías que se encargaban de las visitas dentro del espacio. Gracias a ellos pudimos gestionar a tantísimas personas de manera fluida. Había complicidad, comunicación fluida, ganas de que todo funcionase bien. Cuando un grupo salía, nosotros preparábamos al siguiente para entrar en cuanto llegase el siguiente cicerone. Era como una coreografía bien ensayada, aunque fuera la primera vez que trabajábamos juntos.

En nuestras cinco horas de voluntariado accedieron al edificio cerca de ochocientas personas. Ochocientas personas que pudieron descubrir ese espacio gracias al trabajo de todos nosotros. Es una cifra que impresiona cuando la pones en perspectiva. Ochocientas experiencias, ochocientas conexiones con el patrimonio de la ciudad.

Intentamos apurar las visitas al máximo para dar oportunidad al mayor número posible de visitantes. La cola no se acababa nunca y había gente que llevaba esperando bastante tiempo. Hablé con el chico que se encargaba de cerrar el edificio para pedirle si podíamos tener diez minutos extras para que los últimos visitantes pudieran completar la visita. Fue muy amable y accedió sin problema. A las siete y nueve minutos de la tarde estábamos cerrando las puertas del antiguo acuario.

Arco del Triunfo de Barcelona con la escultura doradaArco del Triunfo de Barcelona visto desde el paseo
La terraza de la Cascada Monumental del Parque de la Ciutadella

Después del cierre nos quedamos un buen rato hablando con los otros voluntarios. Había esa sensación de camaradería que surge cuando has compartido un esfuerzo intenso con gente que acabas de conocer. Agradecimos mutuamente el trabajo, nos felicitamos por cómo había funcionado todo, intercambiamos impresiones sobre anécdotas del día.

La acogida que nos habían dado había sido maravillosa. En ningún momento nos habíamos sentido como "los de fuera", como los infiltrados de Bilbao. Al contrario, nos habían tratado como parte del equipo desde el primer momento. Y eso es algo que dice mucho de la comunidad Open House, de cómo estos festivales generan redes que trascienden las ciudades individuales.

Nos fuimos a cenar algo con esa satisfacción del trabajo bien hecho, con las piernas cansadas de estar cinco horas de pie pero con el ánimo alto. El domingo nos esperaba como visitantes puros, con toda la jornada para exprimir nuestra pulsera de acceso prioritario.

Escalera monumental de un edificio histórico con barandilla ornamental

Día 4. Visitando diez edificios en un solo día

El domingo 26 de octubre nos despertamos con una misión clara: exprimir al máximo nuestra pulsera de acceso prioritario. Ya habíamos cumplido con nuestras tareas de voluntariado el día anterior, así que toda la jornada estaba dedicada exclusivamente a disfrutar de Open House Barcelona como visitantes. Y vaya si lo hicimos. Diez edificios en un solo día, que sumados a los tres del sábado nos daban un total de trece visitas en el fin de semana. Una auténtica maratón arquitectónica que nos dejó las piernas destrozadas pero el alma llena.

Cuando tienes acceso prioritario en un festival con más de doscientos edificios abiertos, la tentación es querer verlo todo. Obviamente es imposible, pero con buena planificación y aprovechando los horarios se puede conseguir una cantidad considerable de visitas. La clave está en combinar edificios cercanos entre sí, no perder tiempo en desplazamientos innecesarios, y estar atento a los horarios de apertura y cierre de cada espacio.

El circuito del Eixample: modernismo y elegancia burguesa

Empezamos el día en el Passeig de Gràcia, esa arteria del modernismo barcelonés donde se concentra buena parte de la arquitectura más espectacular de la ciudad. Nuestra primera parada fue la Casa Pérez Samanillo, hoy sede del Círculo Ecuestre. Este edificio de 1910 diseñado por Joan Josep Hervàs i Arizmendi es un ejemplo perfecto de esa arquitectura señorial del Eixample, con sus salones elegantes, sus techos decorados y ese aire de club social de la alta burguesía catalana.

De allí nos fuimos a la Casa Sayrach y la Casa Montserrat, dos edificios residenciales modernistas adyacentes que se visitaban en el mismo recorrido. Aunque comparten la experiencia de visita, son dos portales diferentes, cada uno con su propia personalidad arquitectónica. La Casa Sayrach, de 1918 y obra de Manuel Sayrach i Carreras, destaca por las formas onduladas de su fachada que recuerdan al Gaudí más orgánico. En ambos casos, al tratarse de edificios de viviendas, solo podíamos acceder a los portales, pero qué portales. Los detalles decorativos, las escaleras, los juegos de luz, las explicaciones del guía sobre la historia de los edificios, todo contribuía a hacernos entender la riqueza arquitectónica del modernismo barcelonés.

Pero quizás una de las visitas más curiosas de la mañana fue la Truiteria Flash Flash. Este restaurante diseñado en 1970 por Federico Correa y Alfonso Milá es un icono del diseño de los años setenta. Todo blanco, con ese aire pop y moderno que contrasta radicalmente con el modernismo de principios de siglo que habíamos visto justo antes. Es uno de esos espacios que te recuerdan que la arquitectura interesante no se limita a los edificios históricos.

Continuamos con Il Giardinetto, un restaurante encantador que combina gastronomía y un espacio arquitectónico singular.

El Edificio Mas de Miquel, el antiguo Hotel Diagonal Tuset, fue otra de nuestras paradas. Este ejemplo de arquitectura de mediados del siglo XX muestra cómo Barcelona se fue transformando urbanísticamente en las décadas posteriores al modernismo.

Interior de una sala histórica con mobiliario y obras de artePasillo monumental con columnas y decoración escultóricaPasillo decorado con columnas y elementos escultóricosInterior de un local con mesas y lámparas rojasGrupo de personas en el interior de un espacio culturalRosetón o claraboya circular visto desde el interior
El Círculo Ecuestre, la Casa Sayrach, la Casa Montserrat, la Truiteria Flash Flash, Il Giardinetto y el Edificio Mas de Miquel

Del Barrio Gótico al Born: capas de historia

Después del Eixample nos adentramos en el corazón histórico de la ciudad. El Ateneu Barcelonès en el Palau Savassona fue una de las visitas más especiales del día. Esta institución cultural fundada en 1860 ocupa un palacio del siglo XVIII, y sus bibliotecas, salas de lectura y espacios de debate respiran historia por todos los rincones. Es uno de esos lugares donde sientes el peso de las generaciones de intelectuales, artistas y pensadores que han pasado por allí.

El Palacio Moja, justo en la Rambla, nos mostró otra cara de la Barcelona aristocrática del XVIII. Hoy convertido en espacio cultural de la Generalitat, conserva salones y escaleras nobles que hablan de otros tiempos.

En el Centre Excursionista de Catalunya pudimos visitar también el MUHBA Temple d'August, esas columnas romanas que se alzan majestuosas en pleno barrio gótico, recordándonos que Barcelona lleva más de dos mil años de historia acumulada. Es fascinante cómo la ciudad ha ido construyéndose sobre sí misma, capa tras capa.

La Fundación Enric Miralles fue otro de los puntos álgidos del día. Poder entrar en el estudio del arquitecto que diseñó el Parlamento de Escocia, entre tantas otras obras maestras, y ver sus bocetos, sus maquetas, su proceso creativo, fue un regalo para cualquiera que aprecie la arquitectura contemporánea.

Cerramos el circuito de visitas con el Antic Convent de la Mercè, hoy Seu de la Capitania General. Un edificio militar que normalmente está completamente cerrado al público y que durante Open House abre algunas de sus estancias más representativas. El contraste entre la arquitectura religiosa original del convento y los usos militares posteriores resulta fascinante.

Biblioteca histórica con estanterías de madera y un bustoFachada de un edificio histórico con balcones y palmerasSala histórica con una gran claraboyaColumnas antiguas expuestas en una sala arqueológicaSala de exposición con planos y documentosPatio interior de un edificio histórico con galerías y esculturas
El Ateneu Barcelonès, el Palacio Moja, el Centre Excursionista de Catalunya, la Fundación Enric Miralles, y el Antic Convent de la Mercè

El desafío del catalán

Si hay que ponerle algún pero a este maravilloso día de visitas, fue la barrera idiomática. Muchas de las explicaciones se realizaban exclusivamente en catalán, y aunque podíamos entender bastante gracias a nuestra familiaridad con las lenguas romances, lo cierto es que nos perdíamos matices y detalles que seguramente habrían enriquecido la experiencia. No es una crítica, es completamente lógico que en Barcelona se priorice el catalán, pero sí que reconocemos que en algunos momentos nos quedamos con ganas de profundizar más en las historias que nos estaban contando.

Aún así, la arquitectura habla por sí misma. Puedes no entender perfectamente la explicación del guía, pero cuando estás ante un salón modernista con sus vidrieras originales, o subiendo una escalera barroca, o contemplando los bocetos de Enric Miralles, la experiencia trasciende las palabras.

La fiesta de los voluntarios

Al terminar la última visita nos dirigimos al Museo del Diseño de Barcelona, el DHUB, donde a partir de las siete de la tarde había organizada una fiesta de voluntarios. Era el momento de celebrar el esfuerzo colectivo que había hecho posible el festival, de compartir experiencias con otros voluntarios y de conocer más de cerca a los organizadores.

El ambiente era fantástico. Gente que había estado en distintos edificios, con distintos roles, pero todos unidos por esa misma pasión por abrir la arquitectura al público. Estuvimos hablando con voluntarios que habíamos conocido a lo largo del día, con las coordinadoras del festival, con los organizadores. Todo el mundo fue tremendamente amable con nosotros.

Había cierta gracia en nuestra situación. Éramos los "infiltrados" de Bilbao, los que veníamos de otra ciudad a meter las narices en su festival. Pero lejos de tratarnos como intrusos, nos recibieron como parte de la familia Open House. Nos preguntaban sobre cómo funcionaba el festival en Bilbao, qué diferencias veíamos, qué nos había parecido la experiencia de ser voluntarios en Barcelona. Había ganas genuinas de intercambiar conocimientos, de aprender unos de otros.

Varios organizadores nos dijeron que ojalá pudiésemos repetir otro año. Y la verdad es que nosotros salimos de allí con las mismas ganas.

Grupo de personas posando durante un evento
Leire, Rafa y yo en la viesta de voluntarios de 48H Open House Barcelona 2025

Salimos de la fiesta cuando ya estaban cerrando, pasadas las diez de la noche. Habíamos estado desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche sumergiéndonos en arquitectura, historia, diseño y comunidad. Diez edificios visitados en un solo día. Decenas de escaleras subidas y bajadas. Kilómetros recorridos por las calles de Barcelona. Conversaciones en cuatro idiomas.

Cenamos algo rápido porque el cansancio empezaba a hacer mella, y nos fuimos a casa. Mañana sería lunes, un día de descanso después del frenesí del fin de semana.

Noria en un parque urbano de Barcelona

Día 5. Barcelona sin agenda ni horarios

El lunes 27 de octubre nos despertamos sin alarma, sin prisas, sin ningún edificio que visitar a una hora concreta. Después del frenesí del fin de semana, con trece edificios visitados y cinco horas como voluntarios, necesitábamos un día tranquilo. Un día para dejar que Barcelona fluyera a su ritmo, sin agendas ni planificaciones estratégicas.

El rastro de las Glorias

Por la mañana fuimos a visitar el Mercat dels Encants, ese mercadillo de pulgas y antigüedades que desde 2013 ocupa un espacio moderno diseñado por b720 Fermín Vázquez Arquitectos junto a la plaza de las Glorias. El edificio en sí ya merece la visita, con esa cubierta espejada que refleja el cielo y la ciudad creando efectos visuales fascinantes.

Pero lo realmente atractivo es perderse entre los puestos. Antigüedades, ropa vintage, libros de segunda mano, muebles restaurados, discos de vinilo, cámaras antiguas, objetos curiosos de todo tipo. Es el tipo de lugar donde puedes pasarte horas curioseando sin comprar nada, simplemente dejándote sorprender por lo que vas encontrando. Cada puesto es un pequeño museo particular de los gustos y obsesiones de su vendedor.

Estuvimos deambulando entre los pasillos, mirando, tocando, preguntando precios más por curiosidad que por intención real de compra. Al final no llegamos a comprar nada, pero disfrutamos el paseo. A veces el placer está en el descubrimiento, no en la adquisición.

Torre Glòries junto a edificios modernos
Vistas desde el Mercat dels Encants

Comida y playa

Desde el mercadillo nos fuimos al centro comercial de las Glorias para comer. Nada especial, simplemente una comida funcional para recuperar energías. Estos momentos también forman parte de los viajes, esos paréntesis prosaicos entre las experiencias más memorables.

Después de comer cogimos un autobús para ir a dar un paseo por la playa. Barcelona tiene ese privilegio de ser ciudad y mar al mismo tiempo, de poder pasar en cuestión de minutos del bullicio urbano a la brisa marina. Nos bajamos en la Barceloneta y empezamos a caminar por el paseo marítimo.

El final de octubre no es temporada de playa, evidentemente. Hacía buen tiempo pero no como para bañarse. Aún así, pasear por la arena con el Mediterráneo al lado tiene algo terapéutico. El sonido de las olas, las gaviotas, la luz rasante de la tarde que va tiñendo todo de tonos más cálidos. Barcelona sin las multitudes del verano muestra una cara más amable, más accesible.

Caminamos por la Barceloneta, ese barrio de calles estrechas y edificios bajos que conserva todavía algo del espíritu marinero original, aunque la turistificación haya transformado mucho su carácter en los últimos años. Pasamos junto a las terrazas de los restaurantes de pescado, junto a las pequeñas plazas donde los vecinos de toda la vida todavía se sientan a charlar.

Último paseo por el Gótico

Desde la playa nos dirigimos al barrio Gótico para dar un último paseo. Ya lo habíamos visitado el domingo durante el Open House, pero es uno de esos lugares a los que siempre apetece volver. Esas callejuelas medievales, esas plazas escondidas, esos rincones donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos.

No teníamos ningún objetivo concreto, ningún monumento que visitar. Simplemente caminar, observar, dejarnos llevar por el laberinto de calles. Entrar en alguna tienda que nos llamaba la atención, pararnos a mirar una fachada interesante, sentarnos en un banco a ver pasar a la gente.

Es curioso cómo después de días de arquitectura programada, de visitas guiadas y explicaciones detalladas, lo que más apetece es simplemente estar. Observar la ciudad sin el filtro de la información turística, sin la presión de aprovechar cada minuto porque mañana ya no estaremos.

Calle estrecha del casco histórico con una imagen expuesta en la pared
Paseando por el Barrio Gótico

Cenamos algo por el centro y volvimos a casa. Mañana tocaba hacer las maletas y regresar a Bilbao. Pero eso era mañana. Esta noche todavía éramos residentes temporales de Barcelona, todavía podíamos disfrutar de esa sensación de estar en una ciudad que ya empezaba a resultarnos familiar pero que seguía guardando secretos.

Avión estacionado en la pista de un aeropuerto bajo un cielo nublado

Día 6. Regreso a casa

El martes 28 de octubre nos tocaba cerrar el círculo y regresar a Bilbao. Teníamos el vuelo programado para las 13:20 desde el aeropuerto de El Prat, con llegada prevista a las 14:35. Un horario cómodo que nos permitía desayunar tranquilos, despedirnos de nuestros amigos y llegar al aeropuerto con tiempo de sobra. O eso pensábamos.

Después de desayunar nos dirigimos a la estación de Sants para coger el tren de cercanías que conecta directamente con el aeropuerto. Teníamos nuestros billetes de la tarjeta T-Familiar perfectamente válidos para ese trayecto. Todo parecía ir sobre ruedas.

El tren salió puntual de Sants y fue avanzando sin problemas por las distintas paradas. Pero cuando llegamos a la estación de El Prat, el tren se quedó parado. Esperamos un minuto, dos, cinco, diez. Más de diez minutos detenidos sin que nadie dijera nada, sin ninguna explicación, con los pasajeros mirándose unos a otros cada vez más inquietos. Había gente con vuelos que coger, con prisas, con nervios crecientes.

Finalmente, después de más de diez minutos de espera, nos avisaron por megafonía de que ese tren no continuaba por problemas técnicos. Que teníamos que bajar obligatoriamente. Que podíamos coger el metro justo enfrente de la entrada de la estación para llegar al aeropuerto.

La noticia cayó como un jarro de agua fría. No tanto por el contratiempo en sí, que estas cosas pasan, sino por sus consecuencias económicas. En el tren de cercanías de Renfe es válida la tarjeta T-Familiar que habíamos estado utilizando para desplazarnos por Barcelona durante todo el viaje. Sin embargo, en las estaciones de metro del aeropuerto es necesario pagar un billete especial de aeropuerto que cuesta 5,70 euros por persona.

Así que nos tocó pagar un billete extra de 5,70 euros cada uno cuando ya teníamos nuestro billete de tren comprado y perfectamente válido hasta el aeropuerto. Once euros cuarenta tirados a la basura por un problema técnico que no era responsabilidad nuestra. No es una fortuna, evidentemente, pero sí un fastidio innecesario que te deja mal sabor de boca.

Al margen de estos contratiempos con el transporte, el vuelo de regreso fue puntual y sin ninguna incidencia. Despegamos a la hora prevista, volamos sin turbulencias y aterrizamos en Loiu según el horario. Un contraste bienvenido con los retrasos y problemas del viaje de ida.

Cuando el avión tocó tierra en Bilbao, sentimos esa mezcla de sentimientos que trae consigo todo regreso: la alegría de volver a casa, a lo conocido, a la rutina reconfortante. Pero también cierta melancolía por cerrar una experiencia que había sido tan rica e intensa.

Las trece visitas del fin de semana nos permitieron ver Barcelona desde ángulos completamente nuevos. Edificios a los que jamás habríamos tenido acceso en circunstancias normales, espacios que guardan historias fascinantes, arquitectura que va desde el modernismo más florido hasta el diseño más contemporáneo. Pero sobre todo, las cinco horas en la Cascada Monumental, gestionando el acceso de cerca de ochocientas personas, trabajando en equipo con los guías y otros voluntarios, nos dejaron una comprensión mucho más profunda de lo que implica organizar un festival de estas características.

La acogida que recibimos por parte de la organización de Open House Barcelona fue excepcional. Desde el primer momento en las oficinas el viernes por la mañana hasta la fiesta de voluntarios el domingo por la noche, nos trataron como parte de la familia. Nunca nos sentimos como "los de fuera". Al contrario, hubo un genuino interés por conocer nuestra experiencia en Bilbao, por intercambiar ideas, por aprender mutuamente.

Varios organizadores nos dijeron que ojalá pudiésemos repetir otro año. Nosotros salimos con exactamente las mismas ganas. La semilla está plantada.

Lo que costó el viaje

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