
Diarios de viaje · Bélgica · Bruselas
Bruselas en Navidad
Bruselas en Navidad es un espectáculo de luces, mercadillos y chocolate caliente. Una escapada corta para dejarse envolver por el ambiente festivo de una ciudad que combina lo grandilocuente de la Grand Place con la irreverencia del Manneken Pis y el cómic en cada esquina.
Bruselas en diciembre: la ciudad que no tenía en los planes y se convirtió en una de las mejores escapadas del año¶
Introducción al viaje
Hay viajes que se planifican con meses de antelación, con carpetas de marcadores, listas de restaurantes y itinerarios por horas. Y hay viajes que salen de una decisión más simple: quiero conocer esta ciudad. Bruselas llevaba tiempo en esa lista mental de capitales europeas pendientes, de esas que todo el mundo menciona pero pocas veces se visitan en serio, siempre eclipsadas por París, Ámsterdam o Berlín. Así que en algún momento del otoño de 2017 busqué vuelos, encontré algo razonable para diciembre y reservé sin pensarlo demasiado.
Solo después caí en la cuenta de que en diciembre Bruselas monta uno de los mercados de Navidad más famosos de Europa. Una casualidad afortunada, de las mejores que uno puede tener viajando.
Bruselas antes de llegar: una capital con varias capas
Conviene saber un par de cosas sobre Bruselas antes de aterrizar, porque la ciudad es bastante más compleja de lo que parece desde fuera. Bélgica es un país federal dividido en tres regiones —Valonia al sur (de habla francesa), Flandes al norte (de habla neerlandesa) y la Región de Bruselas-Capital en el centro—, y la capital tiene el peculiar estatus de ser una ciudad mayoritariamente francófona enclavada en territorio flamenco. En la práctica esto significa que las calles, las señales y los nombres oficiales existen en dos idiomas simultáneamente: lo que en francés es la «Grand-Place» es en neerlandés la «Grote Markt», y la estación «Bruxelles-Midi» es también la «Brussel-Zuid». Para el visitante es una curiosidad; para los belgas, es una fuente inagotable de tensión política que llevan décadas gestionando con una mezcla de resignación y humor negro.
A esta complejidad lingüística interna se suma otra capa: Bruselas es también, desde los años sesenta, la capital de facto de la Unión Europea. El Parlamento Europeo, el Consejo de la UE y la Comisión Europea tienen sus sedes aquí, lo que convierte a la ciudad en el destino de miles de funcionarios, lobistas, periodistas y diplomáticos de todo el continente. Este cosmopolitismo añadido le da a Bruselas una dimensión que muy pocas ciudades europeas de su tamaño tienen: es simultáneamente una ciudad belga con su propia identidad, una ciudad multilingüe con comunidades de todo el mundo, y una especie de capital supranacional de Europa.
El resultado es una ciudad densa, variada y, según con quién hables, levemente caótica. Los propios bruxellois —los bruselenses— tienen fama de ser irónicos respecto a su ciudad, conscientes de que raramente ocupa el primer puesto en las listas de destinos deseados pero convencidos, con razón, de que quien se toma la molestia de conocerla bien raramente se arrepiente.
El vuelo y la llegada
El vuelo salió del aeropuerto de Bilbao el viernes 15 de diciembre a las 06:45 de la mañana, lo que implicó madrugar bastante más de lo que habría gustado. Brussels Airlines opera la ruta directa entre Bilbao y Bruselas con un Airbus A319, y poco menos de dos horas después —a las 08:40— el avión tocaba tierra en el aeropuerto de Zaventem, el Aeropuerto de Bruselas-Nacional, situado a unos catorce kilómetros al noreste del centro de la ciudad.
Zaventem es un aeropuerto funcional y bien conectado, sin la grandilocuencia de algunos hubs europeos pero perfectamente organizado. El tren al centro sale de la terminal inferior y en unos veinte minutos deja en cualquiera de las tres grandes estaciones centrales: Bruxelles-Nord, Bruxelles-Central o Bruxelles-Midi. Elegí la Midi porque era donde estaba el alojamiento, y el trayecto en tren fue la primera toma de contacto real con Bélgica: paisaje plano, cielo gris perla, campos húmedos y algún campanario gótico recortado en la distancia. Europa del norte en diciembre tiene una luz propia que no se parece a nada.
El alojamiento: Rudy y el apartamento cerca de la Midi
La habitación era a través de Airbnb, en un apartamento cerca de la estación de Bruselas-Sur —la Gare du Midi, o Brussel-Zuid si se prefiere el flamenco—, que además de ser una de las principales estaciones ferroviarias de la ciudad es el punto de llegada del Eurostar desde Londres y el Thalys desde París y Ámsterdam. Un nudo de comunicaciones de primer orden, con la Grand Place a un paseo razonable a pie o a unos minutos en tranvía.
El anfitrión se llamaba Rudy, resultó ser un hombre amable y conversador, de esos que hacen que uno llegue a una ciudad desconocida y en diez minutos ya tenga varias recomendaciones, dos advertencias sobre qué evitar y la sensación de que el viaje va a ir bien. El dormitorio era privado, en una mezzanine cerrada dentro del apartamento, con las zonas comunes —cocina, baño, salón— de uso compartido. Un alojamiento perfectamente calibrado para alguien que llega solo, con ganas de explorar y al que el hotel estándar le parece demasiado impersonal.
La Gare du Midi tiene también algo que conviene saber: los domingos por la mañana acoge el mercado del Midi, uno de los mercados de calle más grandes y multiétnicos de Bélgica, con decenas de puestos que reflejan la composición cosmopolita de los barrios del sur de Bruselas, de fuerte tradición magrebí y marroquí. No estaba en el plan, pero fue un descubrimiento que mereció una mención aparte.
Cuatro días y un hilo conductor inesperado
El plan era sencillo: cuatro días para conocer Bruselas, sin agenda demasiado rígida, con tiempo para perderse y para sentarse. Lo que no esperaba era que los mercados de Navidad acabaran siendo el hilo conductor de todo el viaje, no de forma planeada sino de forma natural: en Bruselas en diciembre es casi imposible escapar de ellos, y la verdad es que tampoco había ningún deseo especial de intentarlo.
El Plaisirs d'Hiver —«Placeres de Invierno»— es el nombre oficial del conjunto de mercados de Navidad que Bruselas despliega cada diciembre por el centro histórico. La Grand Place es el epicentro: sus fachadas barrocas y góticas se iluminan con un espectáculo de luz y música, y en el espacio empedrado se instalan las casetas con artesanía, comida y bebida caliente. Pero el mercado se extiende también por la Place Sainte-Catherine, el Sablon y otras plazas del centro, de modo que recorrer la ciudad en diciembre es también, inevitablemente, recorrer sus mercados.
El vino caliente. Las patatas fritas. El gofre con azúcar glass. En ese contexto, con el frío que aprieta y las luces de Navidad encendidas, todo apetece y todo sabe mejor de lo que probablemente merecería en otras circunstancias. Hay una honestidad en esos placeres sencillos que Bruselas gestiona mejor que nadie: sin pretensiones, sin complicaciones, simplemente buenos.
Los cuatro días dieron para mucho más: el Atomium, las Galerías Saint-Hubert, el barrio europeo, el Sablon, las Marolles, el Laeken real. Pero el vino caliente en la Grand Place a las nueve de la noche es lo primero que viene a la memoria cuando se piensa en este viaje. No está mal para una ciudad que en principio no estaba en los grandes planes.

Día 1. Europa, una basílica descomunal y el golpe de la Grand Place de noche¶
El avión de Brussels Airlines tocó tierra en el aeropuerto de Zaventem a las 08:40 del viernes, puntual como un reloj suizo aunque estuviéramos en Bélgica. La terminal tiene la escala justa: ni el caos de los grandes hubs ni la pequeñez de los aeropuertos regionales. En veinte minutos de tren ya se está en el centro de la ciudad. Ese tren —el Airport Express— conecta Zaventem con las tres estaciones principales de Bruselas, y elegí bajarse en la Midi, la estación sur, donde estaba el apartamento de Airbnb.
El plan era dejar la mochila, pero Rudy aún no tenía la habitación lista. Sin problema: con el equipaje de mano al hombro y el mapa en el móvil, Bruselas esperaba.
El barrio europeo y el Parque del Cincuentenario: la otra capital
La primera parada fue el barrio europeo, ese cuadrante al este del centro histórico donde la arquitectura cambia de registro de repente y aparecen los grandes edificios institucionales de la Unión Europea. El punto central del barrio es la Rond-Point Schuman, una rotonda que lleva el nombre de Robert Schuman, el político francés de origen luxemburgués que en 1950 presentó la declaración que se considera el acta fundacional de la integración europea. Hay algo de paradoja simpática en que la principal avenida del proyecto europeo lleve el nombre de alguien que fue al mismo tiempo francés, luxemburgués y de familia alemana: la encarnación viviente de que las fronteras son una convención.
El edificio más reconocible del barrio es el Berlaymont, la sede de la Comisión Europea, que desde el exterior tiene la forma de una estrella de cuatro puntas. Se construyó en 1967 —cuando la Comunidad Económica Europea apenas tenía diez años— y tardó décadas en vivir libre de polémicas, porque durante los años noventa tuvo que ser completamente evacuado y sometido a un proceso de descontaminación de amianto que duró hasta 1995. Hoy alberga a los veintiséis miembros de la Comisión y a varios miles de funcionarios. Desde la calle se ve imponente; desde dentro, cuentan, la sensación de laberinto es considerable.




A un paso del Schuman, en el filo mismo del barrio institucional, sorprende encontrarse con el Square Ambiorix, una plazoleta ajardinada rodeada de algunas de las fachadas Art Nouveau más audaces de Bruselas. La más célebre es la Maison Saint-Cyr, en el número 11, obra del arquitecto Gustave Strauven en 1903: una fachada estrechísima —apenas cuatro metros de ancho— que se dispara hacia arriba en una sucesión de balcones de hierro forjado, vidrieras curvas y remates que rozan lo delirante. Strauven tenía veintitrés años cuando la diseñó, y se nota: es una arquitectura de juventud, sin miedo a pasarse de rosca. Cuesta imaginar un contraste mayor con la geometría burocrática del Berlaymont a quinientos metros de allí, y ese contraste es exactamente lo que hace interesante caminar por esta esquina de la ciudad.
Desde el Schuman, el paseo llevó hasta el Parc du Cinquantenaire, que en castellano viene a ser el Parque del Cincuentenario. El nombre lo dice todo: se creó en 1880 para celebrar el cincuenta aniversario de la independencia de Bélgica, que data de 1830, cuando el país se separó del Reino de los Países Bajos tras una revolución que según los libros de historia fue precipitada, entre otras cosas, por una ópera. El arco triunfal que preside el parque —tres arcos unidos, de estilo neoclásico— no estaba listo para 1880 ni para 1885 ni para 1890: se completó finalmente en 1905, para el 75 aniversario. Bélgica lleva siglo y medio practicando el arte de los proyectos que se demoran.
El parque es amplio, arbolado y tranquilo incluso en diciembre, con los árboles desnudos y la luz invernal dándole un aire entre melancólico y solemne. En su interior alberga tres museos importantes: el Musée du Cinquantenaire (arte e historia), el Autoworld (coches históricos) y el Musée Royal de l'Armée. Ese día el objetivo era el parque en sí, el arco y el ambiente, sin entrar en ninguno de ellos. Con la mochila a cuestas y la ciudad entera por explorar, no era el momento para museos.




La Basílica del Sagrado Corazón de Koekelberg: cuando los planes no llegan a tiempo
A pocos kilómetros al noroeste del Cincuentenario, en lo alto de una colina que domina Bruselas desde el oeste, se levanta una de las construcciones más singulares de la ciudad y quizá una de las menos mencionadas en las guías: la Basílica del Sagrado Corazón de Koekelberg. Su silueta de cúpula verde y estilo neobizantino aparece de lejos antes de que uno sepa exactamente qué está mirando.
La historia de esta basílica es casi más interesante que el edificio en sí. El rey Leopoldo II —el mismo que convirtió el Congo en su feudo personal en una de las páginas más oscuras del colonialismo europeo— quiso construir una gran iglesia nacional como gesto de gratitud por el 75 aniversario de Bélgica, en 1905. Se encargó el proyecto y se puso la primera piedra. Pero la cosa se complicó: el diseño original fue desechado, llegó la Primera Guerra Mundial, el proyecto se rediseñó por completo en 1925 con un nuevo arquitecto (Albert Van Huffel), llegó la Segunda Guerra Mundial, y la basílica no se consideró oficialmente terminada hasta 1970. Sesenta y cinco años de obras para una iglesia que Leopoldo II ni llegó a ver concluida. Es la quinta iglesia más grande del mundo y la mayor de Bélgica, con capacidad para más de veinte mil personas y una cúpula que alcanza los 89 metros de altura.
Desde el exterior impresiona por su escala y por esa combinación de ladrillo rojo y cobre verde que le da un carácter muy distinto a las catedrales góticas del centro. Hay algo hipnótico en estar parado frente a un edificio que tardó más de medio siglo en completarse.
Cerca del mediodía, y con la mochila a cuestas desde el amanecer, llegó el momento de ir al apartamento. Rudy ya tenía la habitación lista, y poder dejar el equipaje y reorganizarse antes de la tarde fue un alivio sencillo pero genuino.




El Atomium: el cristal de hierro más grande del mundo
Por la tarde, con la mochila en casa y el paso más libre, el destino fue el norte de Bruselas: el Atomium. Hay construcciones que uno conoce por las fotos desde siempre y que aun así sorprenden cuando se están delante de ellas, porque la escala no es algo que las fotografías transmitan del todo bien. El Atomium es una de esas.
Se construyó para la Exposición Universal de 1958, la primera gran Expo de la posguerra, celebrada en Bruselas con el lema «Un mundo más humano». El diseño fue obra del ingeniero André Waterkeyn: nueve esferas de acero de dieciocho metros de diámetro cada una, unidas por tubos que contienen escaleras mecánicas y ascensores, formando la estructura de una celda unitaria de cristal de hierro ampliada 165.000 millones de veces. El resultado tiene 102 metros de altura y pesa 2.400 toneladas. Fue concebido como instalación temporal —como lo fue la Torre Eiffel en París en 1889—, pero Bruselas le tomó cariño y decidió que se quedaba. Después de una restauración a fondo entre 2004 y 2006, el Atomium lleva décadas siendo uno de los iconos más fotografiados de Bélgica.
Ese día la visita fue exterior: rodearlo, buscarlo desde distintos ángulos, ver cómo cambia su perfil según la perspectiva. Las esferas tienen ventanas en los paneles de aluminio y dentro hay espacios expositivos y un restaurante en la esfera superior, pero entrar quedó para otra ocasión. A veces contemplar es suficiente.
En ese mismo entorno está el Mini-Europa, un parque temático con réplicas a escala 1:25 de los monumentos más conocidos de la Unión Europea, que ocupa varios miles de metros cuadrados junto al Atomium. Una curiosidad del lugar: entre sus maquetas hay una del Parlamento Europeo de Bruselas, lo que genera el placer levemente absurdo de estar mirando una maqueta de un edificio que has visto de verdad esa misma mañana a un par de kilómetros de distancia.




La Grand Place de noche: cuando ningún nombre lo prepara a uno para lo que hay
Hay nombres que son descriptivos y hay nombres que se quedan cortos. «Grand Place» describe correctamente que es una plaza y que es grande. Lo que no describe es que cuando doblas la esquina y la ves por primera vez de noche, en diciembre, con las fachadas iluminadas y el mercado de Navidad instalado en el centro, el efecto es el de un golpe suave pero inequívoco en el pecho.
La Grand Place de Bruselas es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1998, y lo merece con creces. Es un rectángulo irregular de unos 110 por 68 metros rodeado por algunas de las fachadas más ricas del barroco tardío europeo. En el lado sur se levanta el Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, cuya torre gótica de 96 metros data del siglo XV y es el único edificio que sobrevivió al bombardeo de 1695. Ese año, el mariscal de Villeroi, por encargo de Luis XIV, ordenó bombardear Bruselas durante treinta y seis horas ininterrumpidas desde posiciones de artillería en las afueras. Dos tercios de la ciudad quedaron en ruinas. Lo que rodea el Ayuntamiento hoy —las maisons des corporations, las casas de los gremios medievales, con sus fachadas barrocas de piedra blanca, sus cariátides, sus chapiteles dorados y sus esculturas alegóricas— se construyó en apenas cuatro años después del bombardeo, entre 1696 y 1700. Es uno de los mayores ejemplos de reconstrucción urbana coordinada de la historia europea, y su resultado es una homogeneidad estética que rara vez se ve en plazas formadas por edificios de distintos propietarios.
Victor Hugo, que vivió en Bruselas durante parte de su exilio, llamó a la Grand Place «el teatro más hermoso del mundo». Jean Cocteau le dedicó el calificativo de «splendeur». Hay cierta inflación en los superlativos cuando se habla de ella, pero en diciembre de noche, con el espectáculo de iluminación proyectado sobre las fachadas y el mercado de Navidad con sus casetas de madera en el centro, los superlativos parecen razonables.
El Plaisirs d'Hiver —«Placeres de Invierno»— es el nombre del conjunto de mercados navideños que Bruselas organiza cada diciembre. Empezó en 2001 como un mercado modesto y ha ido creciendo hasta convertirse en uno de los más visitados de Europa. La Grand Place es su corazón: las casetas de madera con artesanía, gofres, chocolates y bebidas calientes se instalan en el centro de la plaza, y el ayuntamiento proyecta cada noche un espectáculo de mapping lumínico sobre las fachadas que cambia según la música y deja la piedra dorada del siglo XVII convertida en pantalla.
Un vino caliente. Las manos alrededor del vaso de plástico. El vapor que sube. Las fachadas iluminadas sobre la cabeza. El ruido suave de la gente que pasea. Era la primera noche en Bruselas y ya tenía sentido haber venido.




La Bolsa iluminada y la primera pista de hielo
Saliendo de la plaza por la Rue au Beurre, el paseo nocturno llevó hasta el Bolsa de Bruselas, el antiguo Palais de la Bourse, un edificio eclecticista de 1873 obra del arquitecto Léon Suys, cargado de columnas, relieves alegóricos y esculturas atribuidas en parte al taller de Rodin, que entonces trabajaba en Bruselas como escultor de fachadas antes de hacerse un nombre por su cuenta. Se levantó sobre el solar de un antiguo convento de recoletos, y de noche, iluminado, con el tráfico del bulevar Anspach pasando por delante, tiene una presencia teatral que compite bien con la de la Grand Place. A esas alturas del recorrido, junto a las casetas del Plaisirs d'Hiver que se extienden por el bulevar, apareció la primera pista de hielo del mercado de Navidad, con los patinadores dando vueltas bajo las luces. Una buena forma de cerrar la primera noche en la ciudad.



Día 2. Moules-frites, el Sablon y una noche entre puestos de Navidad en Sainte-Catherine¶
El sábado era el primer día completo en Bruselas, sin vuelo por delante ni mochila que gestionar, y se notó en el ritmo. La ciudad es compacta en su centro histórico y perfectamente peatonal, así que el plan fue sencillo: salir y dejar que los pies fueran tomando decisiones.
La Grand Place de día: el mismo escenario, otra luz
La noche anterior la Grand Place había sido el golpe de entrada, ese primer impacto que cuesta describir sin caer en los tópicos. De día es otro edificio, literalmente: la piedra dorada de las fachadas gremiales cambia completamente con la luz natural de un diciembre nublado, y la plaza pierde algo del efecto teatral nocturno para ganar en detalle. De día se ven los relieves de las fachadas, las esculturas alegóricas de los gremios, los medallones con los bustos de los archiduques, las inscripciones latinas sobre los dinteles. Las casas de los gremios tienen cada una su nombre y su historia: la Casa del Rey (que paradójicamente nunca fue residencia real sino sede de la administración ducal), la Casa de los Cerveceros con la figura dorada de Carlos de Lorena en lo alto, la Casa del Cisne donde Marx y Engels redactaron partes del Manifiesto Comunista en el invierno de 1847 —hoy es uno de los restaurantes más frecuentados de la plaza—. La historia de Europa cabe en los 110 metros de este rectángulo empedrado.
El mercado de Navidad ya estaba en marcha a media mañana, con las casetas abiertas y el olor a gofre extendiéndose por toda la plaza. Resistir era posible, pero no había ningún motivo especial para hacerlo.


El Manneken Pis: el símbolo más pequeño y más conocido de Bruselas
A un par de minutos de la Grand Place, bajando por la Rue de l'Étuve, está uno de los monumentos más fotografiados de Bélgica y probablemente uno de los más desproporcionados en fama respecto a tamaño: el Manneken Pis. La escultura de bronce representa a un niño desnudo orinando en una fuente, mide exactamente 61 centímetros de altura, y la cantidad de turistas agolpados frente a ella en cualquier momento del día es siempre inversamente proporcional a lo que la escultura en sí tiene que ofrecer visualmente.
Pero la historia detrás del Manneken Pis es genuinamente interesante. La figura actual fue fundida en 1619 por el escultor flamenco Jérôme Duquesnoy el Viejo, aunque existen referencias a una fuente con esa misma imagen desde al menos el siglo XIV. Lo que más define al Manneken Pis culturalmente no es la escultura sino su guardarropa: a lo largo de los siglos, reyes, presidentes, ciudades de todo el mundo y todo tipo de instituciones han donado trajes en miniatura a la figura, y hoy el Musée de la Ville de Bruxelles conserva más de mil disfraces distintos que se le ponen en fechas señaladas. El día de la visita llevaba uno de sus trajes habituales de invierno, y había una cola de gente esperando para fotografiarlo con el mismo disfraz que llevan fotografiando todos los turistas que han pasado por Bruselas desde que existe la fotografía.
Existe también el Jeanneke Pis, la versión femenina instalada en 1987 en un callejón cercano, y el Zinneke Pis, un perro orinando sobre un poste, de 1998. Bruselas ha convertido la micción escultórica en patrimonio cultural.




Las Galerías Saint-Hubert: el lujo cubierto del siglo XIX
Desde el Manneken Pis, el recorrido de la mañana subió hacia el norte hasta las Galerías Saint-Hubert, y el salto estético fue considerable. Si la Grand Place y el Manneken Pis representan la Bruselas medieval y popular, las Galerías son la Bruselas burguesa y elegante del siglo XIX, y la diferencia se nota desde el primer paso bajo la bóveda acristalada.
Se inauguraron en 1847, siendo así la galería comercial cubierta más antigua de Europa que conserva su función original. Las diseñó el arquitecto Jean-Pierre Cluysenaar siguiendo el modelo de las galerías milanesas y parisinas: una nave central con techo de cristal y hierro que deja entrar la luz, flanqueada por dos niveles de tiendas y pisos residenciales. La galería está dividida en tres tramos —Galería del Rey, Galería de la Reina y Galería de los Príncipes— y tiene acceso desde varios puntos del centro histórico.
Lo que se vende hoy en sus tiendas refleja bien la clientela que busca: chocolate de autor, libros, joyería, ropa de diseño, algunas librerías especializadas. El cine Arenberg, en uno de los laterales, proyecta películas en versión original subtitulada. Y hay cafeterías y restaurantes donde la relación precio-ambiente se inclina claramente hacia el ambiente. En diciembre, la bóveda acristalada con las guirnaldas de luces navideñas le da un aspecto de postal que cuesta resistirse a fotografiar.


Moules-frites en el Îlot Sacré: el plato que define un país
El mediodía llegó con el apetito en orden, y la zona del Îlot Sacré —literalmente «islote sagrado», el laberinto de callejuelas al nordeste de la Grand Place— es exactamente donde uno debería estar en ese momento si está en Bruselas por primera vez y quiere comer bien sin pensarlo demasiado.
El Îlot Sacré es el barrio de los restaurantes de mejillones. La Rue des Bouchers y sus calles adyacentes están bordeadas de restaurantes de pescado y marisco que sacan sus estands a la acera con los precios escritos en pizarras, y el olor a mejillón al vapor y a patatas fritas impregna el aire a cualquier hora del día. El turismo ha elevado los precios y algún local ha caído en la trampa del menú trampa para turistas despistados, pero si uno elige con un mínimo de criterio la comida es buena y el ambiente es inigualable.
Las moules-frites son el plato nacional belga por consenso popular, aunque Bélgica tenga varios platos que podrían disputarle ese título. El mejillón llega de las costas de Zelanda, en los Países Bajos, cocinado al vapor en una cazuela de hierro con apio, cebolla, perejil y mantequilla —la versión clásica, la marinière—, y se sirve con una ración generosa de patatas fritas. Las patatas fritas belgas merecen una mención aparte: la leyenda dice que los belgas las inventaron antes que nadie, que la denominación «french fries» es el resultado de un malentendido histórico entre soldados americanos y soldados belgas de habla francesa durante la Primera Guerra Mundial, y que la clave está en la doble fritura a dos temperaturas distintas, que es lo que les da esa textura crujiente por fuera y blanda por dentro que la mayoría de las patatas fritas del mundo no consiguen imitar.
Sentarse con una cazuela de mejillones humeante, una ración de patatas fritas y una cerveza belga —que también merecería un artículo propio— es uno de esos placeres sin complicaciones que hacen que un viaje valga la pena independientemente de lo demás que haya en el programa.
El Grand Sablon: chocolate, antigüedades y una iglesia gótica
La tarde del sábado se abrió con el Sablon, y el Sablon es el barrio que mejor representa a la Bruselas elegante y un poco snob que convive con la Bruselas popular de las Marolles a apenas cien metros de distancia.
La Place du Grand Sablon es un square alargado y arbolado rodeado de anticuarios, galerías de arte y las chocolaterías más célebres de la ciudad. El nombre viene de «sable» —arena en francés—: era una zona de terreno arenoso extramuros de la ciudad medieval que con el tiempo se urbanizó y fue ganando en categoría social hasta convertirse en el barrio de los anticuarios y los marchantes de arte. Hoy es uno de esos lugares donde los escaparates de las tiendas son tan interesantes como lo que se vende dentro: muebles flamencos del siglo XVIII, porcelana de Meissen, relojes de péndulo, primeras ediciones encuadernadas en piel.



En el extremo norte de la plaza, la Iglesia de Notre-Dame du Sablon es uno de los mejores ejemplos del gótico brabantino tardío, construida entre los siglos XV y XVI con esa característica piedra blanca caliza que en Bruselas se llama «pierre de Gobertange» y que se oscurece y gana en textura con los siglos. La iglesia tiene una historia ligada a una leyenda medieval sobre una estatua de la Virgen que una mujer llamada Beatrijs Soetkens trajo desde Amberes en una barca guiada milagrosamente. Verdad o no, la devoción que generó la leyenda fue la que financió buena parte de la construcción.
En diciembre, el Sablon monta su propio mercado de Navidad, más íntimo y artesanal que el de la Grand Place, con puestos de productos de mayor elaboración y un público que mezcla turistas con bruselenses de los barrios del sur. Wittamer, la pastelería y chocolatería fundada en 1910 que tiene su local en la plaza desde hace décadas, es uno de esos establecimientos donde el escaparate hace que uno entre aunque no tuviera intención de comprar nada.
El Palais de Justice y las Marolles: el barrio que está debajo
Desde el Sablon, la tarde continuó hacia el sur, subiendo hacia la colina que domina el barrio desde lo alto. El Palais de Justice —el Palacio de Justicia— es un edificio de proporciones simplemente desmesuradas, diseñado por el arquitecto Joseph Poelaert e inaugurado en 1883. Ocupa 26.000 metros cuadrados, tiene una cúpula de 104 metros de altura, y durante su construcción fue el edificio más grande del mundo. Poelaert tuvo que demoler una parte significativa del barrio de las Marolles para levantarlo, lo que le granjeó un odio duradero entre los vecinos del barrio: todavía hoy, en el dialecto bruxellès, la palabra «architect» tiene connotaciones negativas que derivan directamente de él.




Desde la explanada del Palais de Justice hay unas vistas sobre Bruselas que permiten orientarse en la ciudad y entender su topografía: el bajo Bruselas extendiéndose hacia el norte, con la torre del Ayuntamiento y el Atomium al fondo, y al sur el Sablon y los barrios más tranquilos.
Bajando hacia el bajo Bruselas por la Rue Haute, en el punto exacto donde el Sablon burgués empieza a ceder terreno a las Marolles populares, se cruza la Église Notre-Dame de la Chapelle, la iglesia más antigua de Bruselas todavía en pie, consagrada en 1134. Su torre gótica es del siglo XIV y en su interior está enterrado Pieter Bruegel el Viejo, que vivió y murió a pocos metros de aquí, en la que hoy se llama justamente Rue Haute. La Place de la Chapelle que la rodea, con su mercadillo de frutas y verduras entre semana, es uno de esos rincones que marcan sin previo aviso la frontera entre dos barrios con carácter completamente distinto.


Bajando del Palacio de Justicia se llega a las Marolles, el barrio popular que quedó en parte bajo la sombra del Palais de Justice y que conserva un carácter propio y resistente. Es uno de los barrios más auténticos del centro histórico de Bruselas: menos restaurado que el Sablon, con una mezcla de tiendas de segunda mano, cafés de barrio, talleres de artesanos y edificios de viviendas que no han sido renovados para el consumo turístico. Entre esos edificios destaca la Cité Hellemans, un conjunto de viviendas sociales de principios del siglo XX que combina ladrillo visto y toques Art Nouveau: uno de los primeros grandes intentos de Bruselas de dar vivienda digna a la clase obrera del barrio, y que sigue habitado hoy con la misma función para la que se construyó.
En el corazón de las Marolles está la Place du Jeu de Balle, una plaza empedrada y levemente irregular donde cada mañana, desde las seis hasta las dos, se instala el mercadillo de antigüedades y objetos usados más antiguo de Bruselas. Ese sábado el mercadillo había cerrado ya hacía un par de horas cuando llegó el momento de estar por allí, así que la plaza se veía en su versión tranquila de tarde: vacía de puestos, con algunos vecinos cruzándola y un par de cafés con las terrazas casi desiertas por el frío. El barrio tiene su encanto aunque no se lo vea en plena actividad; es simplemente Bruselas sin la capa turística, y eso siempre merece la pena.
Un poco más al sur, cerrando el extremo de las Marolles, se levanta la Puerta de Hal, la única superviviente de las siete puertas de la segunda muralla medieval de Bruselas, del siglo XIV. El resto de la muralla se derribó en el siglo XIX para trazar la actual «petite ceinture», el anillo de bulevares que rodea el centro, y esta torre quedó como un anacronismo casi de cuento en mitad de una rotonda de tráfico. Hoy alberga una sede del Museo del Arte y de Historia dedicada a la vida cotidiana medieval y renacentista, con almenas y un tejado cónico que no dejan lugar a dudas sobre su origen defensivo.



Sainte-Catherine de noche: el viejo puerto y el mercado de Navidad
La noche del sábado fue para la Place Sainte-Catherine, y resultó ser uno de los mejores momentos del viaje.
Sainte-Catherine es el antiguo barrio portuario de Bruselas. Resulta difícil de imaginar ahora, pero Bruselas tuvo puerto fluvial durante siglos: el río Senne y una red de canales conectaban la ciudad con el mar a través de Amberes. El canal principal atravesaba lo que hoy es el barrio de Sainte-Catherine, y en sus muelles se descargaba pescado, grano y mercancías de toda Europa. En el siglo XIX, el canal fue enterrado para construir los bulevares del centro, y el espacio que quedó alrededor de la iglesia se convirtió en la plaza actual. La iglesia de Sainte-Catherine que se ve hoy es una reconstrucción del siglo XIX sobre el solar de una iglesia medieval anterior, y a sus pies quedan los restos de una torre medieval llamada la Tour Noire —la Torre Negra—, un fragmento de la primera muralla de Bruselas del siglo XIII que sobrevivió a todas las demoliciones posteriores y aparece entre los edificios como un anacronismo de piedra.


La herencia pesquera del barrio se mantiene en la forma de sus restaurantes: Sainte-Catherine es hoy la zona de Bruselas donde se come mejor el pescado y el marisco, con una concentración de locales que mantienen esa tradición y que a última hora de la tarde ya tienen las mesas llenas.
En diciembre, la plaza de Sainte-Catherine alberga otro de los mercados de Navidad del Plaisirs d'Hiver, con una pista de hielo instalada junto a la iglesia y las casetas de bebida y comida rodeando el perímetro. El ambiente era más relajado que en la Grand Place —menos masificado, con más vecinos del barrio y menos turistas en modo foto—, y la combinación de la pista de hielo iluminada, los puestos de vin chaud y la fachada de la iglesia de fondo componía exactamente el tipo de estampa navideña que uno imagina cuando piensa en el norte de Europa en diciembre.
Otro vaso de vino caliente. Otro gofre, esta vez con crema de especuloos. El frío apretaba pero no molestaba. Bruselas estaba siendo, sin haberlo planificado demasiado, exactamente lo que debía ser.







Día 3. La colina real, el parque con sol de invierno y otra noche en Sainte-Catherine¶
El domingo amaneció con algo que en Bruselas en diciembre no se puede dar por garantizado: cielo despejado y sol, frío pero sol. Esa luz de invierno que en el norte de Europa tiene una qualidad propia —baja, dorada, casi horizontal incluso al mediodía— hace que los edificios de piedra adquieran un carácter completamente distinto al de los días nublados. Fue el mejor día de tiempo del viaje, y el plan lo aprovechó bien: el domingo era el momento de subir a la colina real y recorrer el Bruselas más monumental.
Camino a la ciudad alta: la catedral de San Miguel y Santa Gúdula
La subida desde el bajo Bruselas hacia el Mont des Arts pasa, casi obligatoriamente, junto a la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, la principal iglesia católica de Bélgica y sede de las coronaciones y funerales reales. Su fachada gótica, con dos torres gemelas sin rematar en aguja, data del siglo XIII al XV, aunque hay cripta románica bajo el altar que se remonta al siglo XI. Aquí se han celebrado las bodas y los funerales de la familia real belga desde la independencia del país, y el interior, con sus vidrieras renacentistas donadas por Carlos V y sus púlpitos barrocos tallados, tiene una escala solemne que contrasta con la piedra gris y algo sucia de la fachada exterior, tiznada por siglos de tráfico y de lluvia del norte.


La Place Royale y el fantasma del Coudenberg
Bruselas tiene una topografía que no siempre se percibe a primera vista pero que lo explica todo: la ciudad está dividida entre una «ville basse» —la ciudad baja, donde está la Grand Place y el centro comercial— y una «ville haute» —la ciudad alta, donde se agrupan los palacios, las instituciones y los museos—. El acceso entre ambas se resuelve con calles en pendiente, escalinatas y el famoso Mont des Arts, ese espacio escalonado con jardines que conecta los dos niveles y desde cuya terraza superior hay una de las mejores vistas panorámicas del centro.
En lo alto de esa colina está la Place Royale, una plaza neoclásica de proporciones perfectas y geometría rigurosa: un octógono regular flanqueado por fachadas uniformes de piedra blanca, con la iglesia de Saint-Jacques-sur-Coudenberg cerrando el fondo y la estatua ecuestre de Godofredo de Bouillón en el centro. Godofredo era el duque de Baja Lotaringia que lideró la Primera Cruzada en 1096 y fue el primero en controlar Jerusalén, y su estatua lleva en la plaza desde 1848, señalando hacia el este con una expresión de convicción que el siglo de las cruzadas sin duda requería.
Lo que hace especialmente interesante a la Place Royale no es lo que se ve sino lo que está debajo. Bajo los adoquines y los sótanos de algunos edificios del entorno se conservan los restos del Palacio de Coudenberg, la gran residencia de los duques de Borgoña y posteriormente de los Habsburgo que dominó esta colina durante más de cuatro siglos. Era uno de los palacios más importantes de Europa en su tiempo: Carlos V recibió aquí a Erasmo de Rotterdam, Tiziano vino a retratarle, y fue desde este palacio desde donde el emperador anunció en 1555 su abdicación ante los Estados Generales de los Países Bajos. El palacio ardió en 1731 en un incendio que tardó varios días en extinguirse, y sobre sus ruinas se construyó la Place Royale actual en el siglo XVIII. Hoy los restos arqueológicos del Coudenberg son visitables bajo tierra, aunque ese día la exploración fue solo exterior y desde la superficie.
Junto a la Place Royale está el conjunto de los Musées Royaux des Beaux-Arts de Belgique, que merecen una mención aunque ese día no se entrara en ellos —lo que en retrospectiva puede ser un buen motivo para volver. Los museos conservan una de las colecciones de pintura flamenca más importantes del mundo: Bruegel el Viejo con el mayor conjunto de obras suyas fuera de Viena, Rogier van der Weyden, Hans Memling, Rubens. Y en el ala moderna, el Museo Magritte, dedicado íntegramente al pintor surrealista belga más influyente del siglo XX, con más de doscientas obras que permiten seguir su evolución desde sus primeros trabajos académicos hasta los cuadros de bombines, pipas y manzanas que todo el mundo reconoce. Queda para otra visita.




El Parc de Bruxelles: geometría, historia y sol de diciembre
A pocos metros de la Place Royale se abre el Parc de Bruxelles, el jardín formal que conecta la colina real con el edificio del Parlamento, y ese domingo con sol la combinación era difícil de mejorar.
El parque tiene una geometría muy precisa: avenidas diagonales que se cruzan en ángulos exactos, arriates simétricos, fuentes en los cruces, estatuas mitológicas distribuidas con criterio. Fue diseñado en 1776 en el estilo de los jardines formales franceses, sustituyendo a un antiguo bosque de caza de los duques de Brabante. Hay una teoría —bien documentada aunque no universalmente aceptada— de que el diseño del parque incorpora simbología masónica: la disposición de los caminos, las fuentes y las estatuas formaría referencias geométricas vinculadas al simbolismo de las logias activas entre la aristocracia ilustrada de la época.
Lo que sí es seguro es que el parque fue escenario de uno de los momentos más importantes de la historia belga. En septiembre de 1830, cuando el levantamiento contra el dominio holandés se extendió desde Bruselas al resto del país, hubo combates callejeros en las inmediaciones del parque entre los revolucionarios belgas y las tropas del rey Guillermo I de los Países Bajos. Ese enfrentamiento fue el que decidió en la práctica la independencia de Bélgica, proclamada oficialmente en octubre de ese mismo año. Pasear por un parque con esa historia y con el sol invernal filtrándose entre los árboles pelados tiene algo de placer tranquilo y un poco inesperado.
A pocas calles de allí, en la Place des Martyrs, una plaza neoclásica de fachadas uniformes construida en la década de 1770, está enterrada buena parte de esa misma historia: bajo la plaza descansan los restos de cientos de los caídos en los combates de septiembre de 1830, con un monumento funerario central presidido por una alegoría de la Patria coronando a los muertos. Durante décadas la plaza quedó bastante degradada y hoy alberga instituciones culturales flamencas, pero conserva ese peso simbólico de ser, literalmente, el cementerio de la independencia belga en pleno centro de la ciudad.
En verano el parque debe de ser completamente distinto, con el verde de los árboles cerrando el espacio y la gente instalada en los bancos. Pero el invierno tiene su propio encanto en estos jardines del norte, donde la arquitectura queda más expuesta sin la pantalla del follaje y los paseos tienen esa cualidad silenciosa que el frío y la soledad relativa de diciembre proporcionan. Bruselas regaló ese día algo que no estaba en el programa: buenas condiciones para disfrutarlo.

El Palais de la Nation y la democracia belga
Al extremo norte del parque, cerrando la perspectiva, está el Palais de la Nation, la sede del Parlamento Federal Belga. El edificio se construyó entre 1779 y 1783, en el mismo período de reformas ilustradas que remodeló la Place Royale, y su fachada neoclásica de columnas y frontón es solemne sin llegar a la grandilocuencia del Palais de Justice.
Dentro trabaja el Parlamento de un país con una de las estructuras institucionales más complejas de Europa: Bélgica tiene parlamento federal, parlamentos regionales para Valonia, Flandes y la Región de Bruselas-Capital, y parlamentos comunitarios para las comunidades lingüísticas francesa, flamenca y germanófona. En total, once millones de habitantes, seis parlamentos y seis gobiernos. Lo que desde fuera puede parecer una burocracia desmesurada es en realidad el resultado de décadas de negociación entre comunidades que han preferido multiplicar las instituciones antes que suprimir ninguna. Bélgica ostenta además el récord mundial de haber permanecido sin gobierno federal formado durante 541 días consecutivos entre 2010 y 2011, sin que el país se derrumbara por eso. Es posible que sea el mejor argumento a favor de la descentralización que existe.
La Columna del Congreso y el Jardín Botánico
Siguiendo la Rue Royale hacia el norte, a un cuarto de hora a pie del Parlamento, se llega a la Columna del Congreso, levantada entre 1850 y 1859 para conmemorar el Congreso Nacional que redactó la primera Constitución belga en 1831. Una columna solitaria de 47 metros, coronada por una estatua del rey Leopoldo I, se alza sobre una plataforma flanqueada por cuatro estatuas alegóricas —las libertades de culto, de enseñanza, de asociación y de prensa— y a sus pies arde una llama perpetua sobre la Tumba del Soldado Desconocido, instalada después de la Primera Guerra Mundial. Un monumento a la vez a la Constitución y a los caídos, que resume bien la seriedad institucional con la que Bélgica trata su propia y complicada historia.
Un poco más allá, bajando hacia el centro por la misma Rue Royale, está el antiguo Jardín Botánico de Bruselas, un invernadero de hierro y cristal de estilo neoclásico construido entre 1826 y 1829, que fue jardín botánico nacional hasta que la colección se trasladó a Meise en los años treinta. Hoy el edificio y los jardines en pendiente que lo rodean funcionan como un pequeño parque público y centro cultural, con las estatuas y las fuentes del siglo XIX todavía en su sitio, pero sin las plantas que le dieron nombre. Un vestigio elegante de lo que fue, reconvertido con dignidad.




El Sablon y las Marolles un domingo
La tarde repitió en parte el recorrido del sábado, pero con la luz distinta y el ritmo diferente que tiene un domingo en el centro.
El Grand Sablon el domingo tiene algo especial: a primera hora de la mañana acoge un mercado de antigüedades en la plaza que los coleccionistas locales frecuentan y que a media tarde ya ha cerrado. A esa hora la plaza quedaba en su versión más tranquila, con los anticuarios abiertos pero sin el movimiento del mercado, y la iglesia de Notre-Dame du Sablon recibiendo la última luz del sol invernal por la fachada sur.
En el Sablon es donde el chocolate belga se muestra con más seriedad. Wittamer, la pastelería fundada en 1910 con local en la plaza desde hace décadas, tiene unos escaparates donde los pasteles y bombones están dispuestos con la precisión de una joyería. Pierre Marcolini, un poco más al norte, trabaja con cacao de origen único procedente de distintas regiones del mundo y ha convertido el chocolate en algo que se discute con el mismo vocabulario que se usa para el vino. El chocolate belga merece la digresión: el país produce alrededor de 220.000 toneladas al año, tiene más de dos mil chocolaterías artesanales y fue el lugar donde en 1912 el chocolatero Jean Neuhaus inventó la praline rellena, la forma de chocolate que desde entonces ha definido la pastelería de calidad en medio mundo.
Las Marolles, bajando desde el Sablon, tenían la misma atmósfera de barrio sin barniz que el día anterior. La Place du Jeu de Balle estaba vacía de mercadillo —cierra a las dos de la tarde todos los días, y a la hora en que se llegó el domingo ya hacía rato que los puesteros habían recogido—, pero la plaza en sí tiene una honestidad de barrio que los centros históricos demasiado restaurados pierden. Los bares de alrededor, con sus clientes habituales a esa hora de domingo, eran la versión más cotidiana y más verdadera de Bruselas. Sin grandes recuerdos concretos, sin anécdota especial: simplemente Bruselas viviendo su domingo.
Otra noche en Sainte-Catherine: el mercado que mejor encajó
La noche del domingo volvió a ser para la Place Sainte-Catherine, y en retrospectiva fue la mejor noche del viaje en términos de ambiente conseguido.
El domingo por la noche los mercados de Navidad tienen una clientela diferente a la del viernes o el sábado: menos turistas de fin de semana que han llegado expresamente al mercado, más bruselenses que aprovechan la noche del domingo para dar una vuelta por el barrio. La pista de hielo frente a la iglesia seguía llena, y las casetas de vin chaud tenían colas razonables sin ser agobiantes.
Sainte-Catherine en diciembre tiene una escala humana que la Grand Place, con toda su grandiosidad, no puede tener: es una plaza mediana, con la iglesia como fondo pero sin la saturación visual de las fachadas gremiales, y eso le da un carácter más íntimo que en diciembre funciona especialmente bien. Si hubiera que elegir un único mercado de Navidad de Bruselas para alguien que tiene poco tiempo, Sainte-Catherine sería la recomendación: menos fotografiado, igual de auténtico y considerablemente menos masificado.
El vino caliente a esas alturas del viaje ya era casi un ritual. Tercer día, tercer vaso. En el frío de las nueve de la noche de un domingo de diciembre, la lógica es impecable.





Día 4. Un cementerio de reyes, fachadas de cómic y el vuelo de vuelta¶
El último día de un viaje tiene siempre una luz particular. No la del primer día, que es todo descubrimiento e incertidumbre, sino una más tranquila: la de alguien que ya sabe dónde está, que conoce las calles, que ha encontrado su ritmo en la ciudad. El lunes en Bruselas amaneció sin prisa —el vuelo de vuelta a Bilbao no salía hasta las 20:45— y el programa del día resultó ser el más inesperado y, en muchos sentidos, el más memorable de los cuatro.
La iglesia de Nuestra Señora de Laeken y el cementerio real
El barrio de Laeken está al norte de Bruselas, más allá del Atomium, y tiene una atmósfera muy diferente al centro histórico: menos turistas, más tranquilidad, una escala de ciudad residencial que en diciembre tiene algo de recogido. El destino de esa mañana era la Iglesia de Nuestra Señora de Laeken y, sobre todo, el cementerio que la rodea.
De camino, junto a la iglesia, se cruza el Antiguo Ayuntamiento de Laeken, un pequeño edificio de estilo neorrenacentista flamenco que recuerda que Laeken fue municipio independiente hasta 1921, cuando Bruselas lo anexionó junto con otras localidades vecinas para formar la aglomeración urbana actual. Hoy el edificio ha perdido su función administrativa, pero conserva el aire de ayuntamiento de pueblo que tenía cuando Laeken todavía no era un barrio más de la capital.

La iglesia es obra de Joseph Poelaert, el mismo arquitecto que diseñó el descomunal Palais de Justice, aunque aquí el resultado es mucho más equilibrado. Se construyó entre 1854 y 1872 por encargo del rey Leopoldo I, que quería un templo neogótico que sirviera como lugar de enterramiento de la familia real belga. Poelaert diseñó un edificio de estilo neogótico con una torre de aguja que alcanza los 90 metros, en piedra calcárea blanca que con los años ha adquirido esa tonalidad grisácea característica del norte húmedo. Bajo la iglesia hay una cripta real donde descansan los restos de varios monarcas belgas: Leopoldo I, el fundador de la dinastía; Leopoldo II, el controvertido rey que convirtió el Congo en su dominio personal; Alberto I, el rey soldado de la Primera Guerra Mundial; y otros miembros de la familia real. La cripta es visitable en días concretos y tiene una solemnidad silenciosa que pocos espacios consiguen.
Pero lo que verdaderamente sorprende, y lo que convierte este lugar en uno de los más extraordinarios de toda Bruselas, no es la iglesia sino el cementerio que la rodea.
El Cementerio de Laeken es uno de los grandes cementerios monumentales del siglo XIX europeo, en la misma categoría que el Père-Lachaise de París o el Staglieno de Génova. Se creó en 1796 durante la ocupación napoleónica de Bélgica, cuando el gobierno francés ordenó el cierre de los cementerios parroquiales dentro de las ciudades por razones sanitarias, y fue creciendo durante todo el siglo XIX hasta convertirse en un museo al aire libre de escultura funeraria neogótica y ecléctica. Las familias de la alta burguesía bruselense del siglo XIX compitieron por construir los mausoleos más impresionantes: hay tumbas que parecen catedrales en miniatura, capillas familiares con vidrieras emplomadas, ángeles de mármol de tamaño natural, medallones con retratos, esculturas alegóricas de la Muerte y la Eternidad, obeliscos egipcios, columnatas griegas. La mezcla de estilos es absolutamente libre y el resultado, que debería ser caótico, tiene sin embargo una coherencia impresionante.
La parte subterránea —galerías y catacumbas bajo algunos de los mausoleos más grandes, además de la propia cripta de la iglesia— le añade una dimensión que pocos cementerios tienen. Bajar a esos espacios es entrar en una oscuridad labrada en piedra que el siglo XIX diseñó con toda la intención de impresionar a quien los visitara.








Pocos sitios de Bruselas generan ese tipo de impacto silencioso: la sensación de estar en un lugar que la mayoría de los turistas no visita, que no aparece en la primera página de las guías, y que sin embargo es uno de los más fascinantes de toda la ciudad. Fue uno de esos descubrimientos que justifican por sí solos haber viajado.
El descenso por Laeken hacia el centro
El camino de vuelta desde Laeken hacia el centro siguió la lógica de las piernas: bajar hacia el sur por el barrio, que en esa dirección va perdiendo el carácter residencial tranquilo de los alrededores de la iglesia y ganando en densidad urbana. Las coordenadas de ese trayecto pasan por el área de Tour & Taxis, el antiguo recinto aduanero del siglo XIX reconvertido en espacio de eventos y cultural, cuyas naves de ladrillo rojo y estructura metálica se ven desde la calle con un atractivo industrial que recuerda remotamente a los grandes mercados cubiertos de Bruselas.
Ese paseo de regreso, sin objetivo concreto, con la ciudad abriendo paso a medida que se bajaba hacia el sur, fue uno de esos tránsitos de viaje que no se planifican y que tienen su propio valor: el barrio visto desde dentro, sin la prisa de ir a ningún sitio en particular.
El recorrido de los cómics: Bruselas como museo de historieta
La tarde del último día tuvo un programa muy específico y muy fotográfico: buscar y documentar las fachadas con murales de cómic que salpican el centro histórico de Bruselas. Es una de las actividades más singulares que la ciudad ofrece, y una que dice mucho sobre el lugar que la historieta ocupa en la cultura belga.
Bélgica es, sin exageración, la capital mundial del cómic europeo. El país tiene una tradición de historieta que arranca en los años veinte y treinta del siglo XX y que ha producido algunos de los personajes más reconocidos de la historia del medio. Tintin fue creado por Hergé —pseudónimo de Georges Remi, nacido en las afueras de Bruselas— en 1929, publicado por primera vez en el suplemento infantil de un periódico católico belga y convertido con el tiempo en uno de los personajes de ficción más traducidos y vendidos del mundo, con más de 230 millones de álbumes distribuidos en más de 70 idiomas. Los Pitufos los creó Peyo —Pierre Culliford— en 1958 a partir de un personaje secundario de otra serie que tuvo más éxito que el protagonista. Lucky Luke, el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra, es obra de Morris, otro belga. Spirou, Gaston Lagaffe, el Marsupilami: todos belgas, todos referentes del noveno arte europeo.
















Esta herencia es tan fuerte que Bruselas ha decidido convertirla en parte del tejido urbano. Desde 1991, la ciudad viene instalando murales de gran formato en las fachadas de edificios del centro, representando personajes y escenas de los cómics más icónicos de la tradición belga. El Parcours BD —el Recorrido del Cómic— cuenta hoy con más de cincuenta murales distribuidos por el centro histórico y los barrios adyacentes, cada uno de varios metros de altura, pintado directamente sobre la piedra o el ladrillo de las fachadas. No hay un orden establecido para visitarlos ni una ruta oficial única: la gracia está precisamente en encontrarlos mientras se camina por la ciudad, doblar una esquina y toparse con Tintin a escala monumental, o con Lucky Luke cabalgando hacia el poniente en la pared medianera de un edificio de apartamentos.
Recorrer el centro de Bruselas con esa excusa —la cámara en ristre, buscando fachadas— es una forma de ver la ciudad que obliga a levantar la vista, a salirse de los ejes turísticos principales y a adentrarse en calles que de otro modo podrían pasarse por alto. Los murales no están todos en los lugares más visitados: algunos están en callejuelas del Îlot Sacré, otros en las Marolles, otros en barrios más alejados del centro. El recorrido se convierte en un juego de búsqueda que tiene su propia lógica y su propio placer.
El recorrido por las fachadas fue de por sí una tarde completa y diferente, un cierre de viaje que no habría imaginado planificar y que resultó ser exactamente el tipo de tarde que uno recuerda.
Para quien quiera completar la experiencia del cómic belga, Bruselas tiene también el Centre Belge de la Bande Dessinée, instalado en un edificio art nouveau diseñado por Victor Horta —otro nombre imprescindible de la ciudad— en 1906 como almacén de tejidos, y reconvertido en museo del cómic en 1989. La fachada, con su estructura de hierro vista y sus grandes vanos acristalados para dejar entrar la luz, mereció una parada y una foto aunque entrar quedara para otra ocasión: es al mismo tiempo museo, archivo y homenaje al noveno arte, y el edificio en sí ya anticipa por fuera la calidad de lo que guarda dentro.




La vuelta a casa
A última hora de la tarde quedaba el trayecto de siempre: el centro de Bruselas a la estación del Midi, el tren al aeropuerto de Zaventem, el check-in, la espera, el embarque. El vuelo de Brussels Airlines despegó a las 20:45 con destino a Bilbao, donde aterrizó a las 22:35. La misma ruta en sentido inverso, el mismo Airbus A319, pero con cuatro días de Bruselas encima.
En esas horas de aeropuerto y vuelo es cuando un viaje se asienta. El cementerio de Laeken todavía ocupaba la cabeza —ese lugar iba a costar tiempo olvidar—, y también la Grand Place de noche, y los mejillones, y el vino caliente con las manos frías alrededor del vaso. Bruselas había sido exactamente eso: una ciudad que no estaba en los grandes planes y que resultó estar llena de capas, de historia, de rincones que no te esperabas.
Cuando el avión inició el descenso hacia Bilbao y las luces del Cantábrico aparecieron por la ventanilla, la conclusión ya estaba formada: había que volver.

Conclusiones: Bruselas, la ciudad que llegó mejor de lo esperado¶
Reflexiones finales del viaje
Hay viajes que confirman lo que ya sabías, y hay viajes que te corrigen. Bruselas fue de los segundos.
El prejuicio de la capital europea
La imagen mental que uno tiene de Bruselas antes de visitarla está contaminada, casi inevitablemente, por su papel como sede de las instituciones europeas. Bruselas es donde están la Comisión Europea, el Parlamento Europeo, el Consejo de la Unión Europea y la OTAN: una ciudad que en el imaginario colectivo aparece asociada a funcionarios de traje, a cumbres de líderes, a comunicados de prensa en doce idiomas y a edificios de cristal y acero construidos para alojar burocracia sin alma. No es un punto de partida especialmente poético para un viaje.
La realidad desmiente esa imagen desde el primer día. El barrio europeo existe y tiene efectivamente sus grandes bloques institucionales, pero ocupa solo una esquina de una ciudad cuya mayor parte es todo lo contrario: una acumulación densa de arquitectura gótica, barroca, neoclásica, art nouveau y ecléctica del siglo XIX que compite sin complejos con cualquier capital europea. La Grand Place, con sus fachadas gremiales del siglo XVII reconstruidas en cuatro años después de un bombardeo; la Place Royale y la colina real con sus palacios y museos; las Galerías Saint-Hubert, el pasaje cubierto más elegante de Europa; la Basílica de Koekelberg asomando sobre los tejados del noroeste; el cementerio de Laeken con sus mausoleos imposibles. Bruselas tiene más capas arquitectónicas y más historia por metro cuadrado de lo que la mayoría de la gente espera encontrar.
Esa sorpresa positiva es quizá el mejor recuerdo que deja la ciudad: la sensación de haber llegado con expectativas moderadas y haberlas visto superadas en casi todos los aspectos.
La magia de diciembre: un factor que no se puede ignorar
Hay que ser honesto sobre algo: una parte significativa del encanto de este viaje la puso el calendario.
Bruselas en diciembre es Bruselas con los mercados de Navidad, y los mercados de Navidad son un ingrediente que transforma cualquier ciudad del norte de Europa en algo que no es del todo real, en el mejor sentido posible. La Grand Place iluminada de noche con el espectáculo de mapping sobre las fachadas barrocas, las casetas de madera con vin chaud y gofres, la pista de hielo en Sainte-Catherine, el Sablon con sus puestos de artesanía: todo eso crea una atmósfera que tiene muy poco que ver con el Bruselas de cualquier otro mes del año.
¿Sería igual de fascinante en abril, o en septiembre? Probablemente Bruselas seguiría siendo una ciudad magnífica y con mucho que ofrecer. Los museos, la arquitectura, la gastronomía, el cómic, el chocolate, la cerveza: nada de eso desaparece cuando se desmonta el último puesto navideño. Pero ese toque específico —un vino caliente con las manos frías, el vapor subiendo del vaso, las fachadas góticas al fondo iluminadas— no se puede reproducir en verano. Es un placer que solo existe en esa ventana de tiempo, y haberlo coincidido fue una de esas casualidades afortunadas que el viaje hay que agradecer y reconocer como tal.
Lo que se quedó pendiente
Cuatro días en Bruselas son suficientes para hacerse una idea bastante completa de la ciudad, pero no para agotarla. Hay cosas que se quedaron sin ver y que justificarían por sí solas una segunda visita.
Los Musées Royaux des Beaux-Arts son quizá la asignatura pendiente más evidente: una de las mayores colecciones de pintura flamenca del mundo —Bruegel el Viejo, Rubens, Van der Weyden— más el Museo Magritte con doscientas obras del surrealista belga más influyente del siglo XX. Pasar cuatro días en Bruselas sin entrar en ese conjunto de museos es perfectamente posible si la ciudad absorbe bien de otras formas, pero es también una deuda que tarde o temprano habrá que saldar.
El Centre Belge de la Bande Dessinée (del que solo vi el hall), el museo del cómic instalado en un edificio art nouveau de Victor Horta, quedó igualmente pendiente después de un día dedicado a buscar los murales callejeros del Parcours BD. La arquitectura del edificio, que en sí misma es una obra de arte del modernismo belga, sería razón suficiente para entrar aunque uno no sintiera ningún apego especial a Tintin o a los Pitufos.
El mercado del Midi del domingo por la mañana —el mercado multicultural y multiétnico junto a la Gare du Midi, uno de los más grandes y animados de Bélgica— fue otro de esos elementos que estuvieron cerca pero no llegaron a concretarse. Los domingos por la mañana el barrio alrededor de la estación sur se transforma en algo que dicen que no se parece a nada más en la ciudad, y que refleja de forma muy directa la composición cosmopolita de los barrios del sur de Bruselas.
Y luego está la cerveza. Cuatro días en Bélgica dan para probar varias, pero la profundidad de la tradición cervecera belga —más de mil quinientas cervezas diferentes, abadías trapenses, lambics fermentados de forma espontánea, gueuze, kriek, saison— podría ocupar un viaje entero por sí sola. Bruselas tiene bares especializados donde la carta de cervezas es más larga que la de la comida y donde el camarero te pregunta qué tipo de cerveza buscas antes de recomendarte nada. Eso también queda para otra vez.
Lo que sí hay que hacer en Bruselas
Si hubiera que resumir las recomendaciones de este viaje en unos pocos puntos concretos, serían estos.
La Grand Place de noche es obligatoria y no admite sustitutos. De día merece igualmente la visita —la arquitectura es la misma—, pero de noche, y especialmente en diciembre con la iluminación, es uno de esos momentos que marcan un viaje. Nada prepara del todo para la escala y la riqueza visual de esa plaza cuando se dobla la última esquina y aparece entera.
El cementerio de Laeken es el descubrimiento más inesperado y el más recomendable para quien quiera salirse de los circuitos habituales. Pocas guías lo destacan en primera plana, la mayoría de los turistas no lo visitan, y sin embargo es uno de los lugares más extraordinarios de toda Bélgica. La combinación de la iglesia neogótica, la cripta real y el cementerio monumental del siglo XIX con sus galerías subterráneas es algo que cuesta olvidar.
El Sablon merece al menos una tarde, preferiblemente un domingo por la mañana cuando está el mercado de antigüedades, aunque en cualquier momento del día es un barrio que tiene su propio ritmo y su propio encanto. Una visita a alguna de sus chocolaterías es casi obligatoria, no tanto por el chocolate en sí —que está muy bueno— sino por la experiencia de entrar en un establecimiento donde el chocolate se toma en serio.
Y el Parcours BD, el recorrido de los murales de cómic, es una forma de ver la ciudad completamente diferente: obliga a caminar por calles secundarias, a levantar la vista, a descubrir barrios que de otro modo podrían pasarse por alto. Para quienes tengan cualquier afecto a la tradición del cómic europeo —Tintin, Lucky Luke, Los Pitufos, Spirou— es además un placer con una dimensión añadida de nostalgia.
La conclusión real
Bruselas es una ciudad que merece más crédito del que habitualmente recibe. Su reputación está lastrada por la asociación con la burocracia europea y por el hecho de que sus vecinas —París, Ámsterdam, Berlín, Londres— brillan más en el imaginario colectivo de los viajeros. Pero quien se tome la molestia de ir descubre una ciudad densa, sorprendente, con una identidad propia muy fuerte y una arquitectura que en algunos momentos quita el aliento.
La Navidad ayudó, y mucho, y hay que ser honesto sobre eso. Pero debajo de los mercados y las luces había ya una ciudad que valía la pena. El vin chaud en la Grand Place fue el mejor de los viajes; la ciudad que lo rodeaba, la mejor de las sorpresas.


