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La torre del Big Ben y el Palacio de Westminster desde la plaza del Parlamento, con un autobús rojo de dos pisos pasando por delante, vallas de obra en primer plano y el London Eye asomando a la izquierda.

Diarios de viaje · Reino Unido · Londres

Diario de desventuras en Londres

Un vuelo cancelado, un retraso de 27 horas, museos imposibles por la masificación de Semana Santa, goteras en la habitación y un sprint por el aeropuerto para no perder el vuelo de regreso. Todo lo que podía salir mal salió mal en este viaje a Londres con un amigo que pisaba la ciudad por primera vez.

8 días Lectura de 1 h 13 min

Londres en Semana Santa: cuando todo lo que puede salir mal, sale mal

Crónica de un viaje con más obstáculos que planificación

Hay viajes que nacen de la ilusión compartida y otros que nacen de un "voy contigo, que yo no conozco Londres y así me enseñas". Este pertenece a la segunda categoría. Un amigo que nunca había estado en la capital británica y que quería que le hiciera de guía. La propuesta sonaba bien sobre el papel: compañía para el viaje, alguien con quien compartir descubrimientos, la excusa perfecta para volver a una ciudad que conozco bien. Lo que no anticipé fue hasta qué punto viajar con alguien que tiene expectativas y ritmos completamente distintos a los tuyos puede convertir una semana en un ejercicio de paciencia y negociación constante.

El plan original

La idea era sencilla: una semana entera en Londres, del 20 al 27 de marzo de 2016. Semana Santa. Vuelos con EasyJet desde Bilbao a Stansted, alojamiento en un EasyHotel en Earls Court, y un programa que combinaba mis lugares favoritos con los imprescindibles que cualquier persona necesita ver en su primera visita a Londres. Big Ben, Westminster, la Torre de Londres, Camden Market, los grandes museos gratuitos, algún musical. Lo clásico y lo menos clásico.

Sabía que habría repeticiones de lugares que ya conocía de sobra, pero no me importaba demasiado. Parte del placer de volver a una ciudad que conoces es verla a través de los ojos de alguien que la descubre por primera vez. O al menos eso pensaba antes de que empezaran los problemas.

El primer desastre: cancelación del vuelo

El 20 de marzo, a escasas tres horas de la salida del vuelo programado para las 19:50, recibí una notificación en la aplicación de EasyJet que me heló la sangre: vuelo cancelado. Así, sin más. Sin explicación inicial, sin alternativas inmediatas, solo un mensaje seco en la pantalla del móvil comunicando que nuestro vuelo a Londres no iba a existir.

Como ya teníamos todo preparado —equipaje hecho, hotel reservado, planes trazados— decidimos ir al aeropuerto de Bilbao de todas formas a ver qué opciones nos daban. En el autobús de camino a Loiu, mientras mi compañero se dedicaba a maldecir su suerte, yo me puse a buscar soluciones en la app de EasyJet. Conseguí reprogramar el vuelo de ida para el día siguiente a la misma hora. Y ya puestos, moví también el vuelo de vuelta un día para mantener los siete días completos en destino.

Al llegar al aeropuerto, la cola en la ventanilla de EasyJet era legendaria. Decenas de pasajeros del vuelo cancelado esperando una solución que, en la mayoría de los casos, iba a ser exactamente la misma que yo ya había conseguido con el móvil: reprogramar al día siguiente. Nos acercamos a información y la respuesta fue clara: si ya tenía vuelo alternativo y no necesitábamos gestionar noche en Bilbao, era absurdo hacer la cola. No iban a ofrecernos nada más. La cancelación era por huelga de controladores aéreos franceses, y por causa de huelga no hay derecho a indemnización de ningún tipo.

Mi siguiente llamada fue al hotel para avisarles de que no llegaríamos esa noche. Era consciente de que la primera noche la perdíamos —estábamos fuera del plazo de cancelación gratuita—, pero al menos quería que no cancelasen la reserva completa. Reservé también una noche adicional para compensar.

Mi compañero, mientras tanto, se tomó la cancelación como una ofensa personal. Me echó en cara mi "manía" de viajar en low cost, como si las huelgas de controladores franceses fueran culpa de EasyJet o mía. Era el primer indicio de que la convivencia viajera iba a ser más complicada de lo previsto.

Viajar con amigos: cuando la teoría no coincide con la práctica

Antes de entrar en el relato del viaje, merece la pena reflexionar sobre algo que todo viajero ha experimentado alguna vez: la diferencia entre un buen amigo y un buen compañero de viaje. Son dos cosas completamente distintas. Puedes tener una relación excelente con alguien en tu ciudad, compartir cenas, salir de copas, tener conversaciones estupendas, y descubrir al tercer día de viaje que sois absolutamente incompatibles como compañeros de ruta.

Los problemas suelen surgir de las mismas cosas: ritmos diferentes, prioridades distintas, niveles de adaptabilidad desiguales. Uno quiere caminar y explorar, el otro prefiere sentarse en una terraza. Uno se adapta a los imprevistos, el otro necesita que todo salga según el plan. Uno habla el idioma y se desenvuelve solo, el otro depende completamente de ti para cualquier interacción. Y cuando surge el desacuerdo, la solución natural —separarse unas horas y reencontrarse más tarde— no siempre es posible si la otra persona no se siente capaz de moverse sola por una ciudad extranjera.

Este viaje a Londres fue exactamente eso: un curso acelerado sobre los límites de la compatibilidad viajera. Pero también fue, con todas sus imperfecciones, una semana en una de las mejores ciudades del mundo. Y entre los desastres logísticos y las fricciones personales, hubo momentos que por sí solos justificaron el viaje.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Día 1. 27 horas de retraso y una llegada a las tres de la mañana

Si el día anterior había sido un anticipo de lo que nos esperaba, el lunes 21 de marzo confirmó que este viaje no iba a darnos tregua fácilmente. Teníamos vuelo reprogramado para las 19:50, la misma hora del vuelo cancelado del día anterior. La idea era llegar a Stansted sobre las 21:30, coger el autobús al centro y estar en el hotel antes de medianoche. Un plan razonable. Demasiado razonable, evidentemente.

Otro retraso para empezar bien

Llegamos al aeropuerto de Bilbao con tiempo de sobra, repasamos el equipaje de mano, pasamos controles y nos sentamos a esperar el embarque. Y entonces, el panel de información empezó a mostrar lo que nadie quiere leer: retraso. Primero 30 minutos, luego una hora, luego dos. Las explicaciones de EasyJet fueron vagas: problemas operativos, la misma fórmula genérica que usan las aerolíneas cuando no quieren dar detalles.

Al menos, cuando el retraso superó las tres horas, el personal de tierra repartió vales de 10 euros para la cafetería del aeropuerto. Supongo que en algún despacho de EasyJet alguien consideró que diez euros eran compensación suficiente por una espera de más de tres horas. Cualquiera que haya pisado la cafetería de un aeropuerto español sabe que con diez euros apenas cubres un bocadillo y una bebida, pero al menos era algo.

Finalmente, embarcamos cerca de las 23:30. Más de tres horas y media de retraso que, sumadas a las 24 del día anterior, nos ponían en un acumulado de 27 horas de retraso sobre el plan original. Todo un récord personal.

El vuelo y la llegada a Stansted

El vuelo en sí fue corto y sin incidentes, lo único que funcionó según lo previsto en esas primeras 48 horas del viaje. Aterrizamos en Stansted ya bien entrada la madrugada.

El aeropuerto de Stansted es el tercer aeropuerto de Londres por volumen de tráfico y el principal hub de operaciones de las aerolíneas de bajo coste en el sureste de Inglaterra. Situado a unos 60 kilómetros al noreste del centro de Londres, en el condado de Essex, fue diseñado por Norman Foster y su terminal principal, inaugurada en 1991, es un ejemplo notable de arquitectura aeroportuaria moderna: una gran estructura de acero y cristal con una cubierta ondulada soportada por árboles estructurales que eliminan la necesidad de columnas interiores, creando un espacio diáfano y luminoso que en su momento fue revolucionario.

A esas horas de la madrugada, sin embargo, la elegancia arquitectónica de Foster era lo último que nos importaba. Necesitábamos llegar al centro lo antes posible. La conexión más habitual entre Stansted y Londres es el Stansted Express, un servicio ferroviario que llega a Liverpool Street en unos 45 minutos, pero a esas horas no operaba. La alternativa eran los autobuses nocturnos de National Express o Terravision, que cubren el trayecto hasta Victoria Coach Station o Liverpool Street en aproximadamente una hora y cuarto, dependiendo del tráfico. Cogimos el primero que salía.

EasyHotel Earls Court: expectativas y realidades

Llegamos al EasyHotel London Earls Court bien pasadas las dos de la mañana. La cadena EasyHotel, fundada por Stelios Haji-Ioannou —el mismo empresario griego-chipriota que creó EasyJet—, aplica al sector hotelero la misma filosofía del bajo coste aéreo: habitaciones reducidas al mínimo funcional, sin servicios superfluos, a precios muy competitivos. La idea es que pagas por una cama limpia y un baño privado, y todo lo demás —desde la televisión hasta la limpieza diaria— es un extra con coste adicional.

En mi viaje anterior a Londres me había alojado en el EasyHotel de Victoria y la experiencia había sido mixta. La habitación era limpia y funcional, pero no tenía ventana, y la sensación de claustrofobia en un espacio tan reducido sin luz natural ni ventilación fue agobiante. Por eso, esta vez me había asegurado de reservar específicamente una habitación con ventana.

Al llegar, el chico de recepción nos informó de que la única habitación disponible de nuestra categoría estaba en el sótano. ¿Tenía ventana? Técnicamente sí. Pero al asomarse, lo que veías era un muro de hormigón a menos de un metro de distancia. Era casi peor que no tener ventana en absoluto: la promesa de luz natural convertida en una pared gris.

Pero eran cerca de las tres de la mañana, llevábamos 27 horas de retraso acumulado, el cuerpo pedía una cama a gritos y la capacidad de negociación a esas horas era nula. Dejamos las mochilas y caímos rendidos.

Earls Court: un barrio con historia

Earls Court es uno de esos barrios londinenses que tiene más historia de la que su aspecto actual sugiere. Situado en el borough de Kensington and Chelsea, entre South Kensington y West Brompton, fue durante décadas una zona con una fuerte identidad multicultural, conocida especialmente por su comunidad australiana —hasta el punto de que en los años 80 y 90 se la conocía como "Kangaroo Valley"— y por ser uno de los primeros barrios de Londres con una comunidad LGBTQ+ visible.

El nombre proviene de los Earls of Warwick and Holland, que poseían tierras en la zona desde la Edad Media. Durante el siglo XIX, el barrio se desarrolló como zona residencial de clase media, con las típicas casas adosadas victorianas de ladrillo que aún dominan el paisaje urbano. El Earls Court Exhibition Centre, un enorme recinto ferial inaugurado en 1937 y demolido en 2014, fue durante décadas uno de los principales espacios de eventos de Londres, acogiendo desde el Motor Show hasta conciertos de Pink Floyd y Led Zeppelin.

Hoy Earls Court está en plena transformación, pero conserva esa atmósfera de barrio londinense auténtico que lo convierte en una base excelente para explorar la ciudad: bien comunicado por metro —las líneas District y Piccadilly pasan por la estación de Earls Court—, cercano a los grandes museos de South Kensington, y con una oferta de restauración variada y relativamente asequible para los estándares de la zona.

Pero todo eso lo descubriríamos al día siguiente. Esa primera noche, Londres fue solo un muro de hormigón al otro lado de una ventana de sótano y el sonido del tráfico nocturno en Earls Court Road. Mañana empezaba el viaje de verdad.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Día 2. Westminster, Buckingham y un encuentro inesperado con Superman

Lo primero que hice al despertar fue bajar a recepción para pedir un cambio de habitación. Dormir en un sótano con un muro de hormigón a un metro de la ventana no era exactamente la experiencia londinense que tenía en mente. No estaba seguro de que aceptasen —los EasyHotel suelen ser inflexibles con cualquier cosa que se salga de lo estrictamente reservado—, pero hubo suerte. Nos dieron una habitación mucho más grande en la tercera planta, con una ventana generosa que daba a la calle. El recepcionista me confirmó que podríamos quedarnos en ella toda la estancia, incluida la noche adicional que había reservado. Primer problema resuelto.

Con la moral ligeramente recuperada, era hora de empezar a descubrir Londres de verdad.

La Travelcard y el truco del 2x1

Antes de lanzarnos a la calle, había un trámite logístico importante. La Travelcard semanal es la forma más económica de moverse por Londres si vas a estar varios días, pero comprarla en la estación correcta marca la diferencia. En lugar de adquirirla en una estación de metro, fuimos a comprarla en la estación de tren de Earls Court. El motivo: las Travelcards compradas en estaciones que llevan el símbolo de National Rail incluyen un beneficio que muchos turistas desconocen: la promoción Days Out 2for1, que ofrece descuentos de dos por uno en muchas atracciones de Londres, desde el London Eye hasta la Torre de Londres o el HMS Belfast. Basta con presentar la Travelcard con el logo ferroviario en taquilla para obtener el descuento. En un viaje de siete días, el ahorro puede ser muy considerable.

La TARDIS de Earls Court

Nada más salir a la calle, a escasos metros del hotel, nos encontramos con una de esas pequeñas sorpresas que Londres reserva al caminante atento: una cabina de policía azul idéntica a la TARDIS del Doctor Who. Es una de las pocas cabinas policiales originales que quedan en pie en todo Londres, un vestigio de los años 30 cuando la Metropolitan Police instaló estas estructuras por toda la ciudad para que los agentes pudieran hacer llamadas telefónicas, rellenar informes o custodiar temporalmente a algún detenido mientras esperaban refuerzos.

Cuando la BBC empezó a emitir Doctor Who en 1963, eligió la cabina de policía como forma exterior de la TARDIS —la máquina del tiempo del Doctor— precisamente porque eran un elemento tan común del paisaje urbano londinense que pasaban desapercibidas. La ironía es que la serie se hizo tan popular que hoy las cabinas son más conocidas como TARDIS que por su función original. De hecho, la BBC llegó a ganar una batalla legal contra la Metropolitan Police por los derechos de imagen de la cabina azul.

La de Earls Court Road es una de las mejor conservadas y está protegida como Grade II listed building. Para un fan del Doctor Who, encontrártela a las nueve de la mañana del primer día real de tu viaje a Londres es como recibir una señal de que el universo aprueba tus planes. Primer momento friki del viaje cumplido.

Westminster: el corazón del poder británico

Desde Earls Court, la línea District del metro nos dejó en Westminster en apenas diez minutos. Salir de la estación de Westminster es una de las experiencias más espectaculares que ofrece el metro de Londres: emerges desde las profundidades de una estación diseñada por Michael Hopkins con una arquitectura de hormigón brutalista que contrasta radicalmente con lo que te espera arriba, y de pronto, sin transición, tienes delante el Palacio de Westminster con la torre del Big Ben recortándose contra el cielo.

El Palacio de Westminster es la sede del Parlamento del Reino Unido desde el siglo XVI, aunque el edificio actual es en su mayor parte una reconstrucción del siglo XIX. En 1834, un incendio devastó casi por completo el palacio medieval original, y se encargó a Charles Barry y Augustus Pugin el diseño del nuevo edificio en estilo neogótico. El resultado es una de las obras maestras del Gothic Revival victoriano: una fachada de más de 250 metros de longitud a lo largo del Támesis, con esa combinación de pináculos, tracerías y arcos ojivales que ha convertido la silueta de Westminster en el símbolo visual más reconocible del Reino Unido.

La torre del reloj, oficialmente rebautizada como Elizabeth Tower en 2012 con motivo del Jubileo de Diamante de la Reina, alberga el Big Ben, que en realidad no es el nombre de la torre sino de la campana principal de 13,7 toneladas que marca las horas. El origen del nombre es objeto de debate: algunos lo atribuyen a Sir Benjamin Hall, el comisario de obras durante la instalación, mientras que otros lo vinculan al boxeador Benjamin Caunt. Sea cual sea su origen, Big Ben lleva sonando desde 1859 y su repique es probablemente el sonido más famoso de Londres.

Para mi compañero, que veía todo esto por primera vez, el impacto fue considerable. Es difícil no sentir algo al tener delante uno de los edificios más fotografiados del mundo en persona, cuando durante años lo has visto solo en pantallas. Le di tiempo para que hiciera sus fotos, asimilara la escala del lugar y procesara ese momento de "estoy aquí de verdad" que todo viajero experimenta ante los grandes iconos.

Westminster Abbey

Justo enfrente del Parlamento, la Abadía de Westminster es uno de los edificios religiosos más importantes del mundo anglosajón. No solo es una obra maestra del gótico inglés —la construcción actual se inició en 1245 bajo el reinado de Enrique III, inspirada en las grandes catedrales francesas de Reims y Amiens—, sino que es el lugar donde se han coronado todos los monarcas ingleses y británicos desde Guillermo el Conquistador en 1066.

Pero la Abadía es mucho más que un lugar de coronaciones. Es también un panteón nacional donde están enterrados o conmemorados algunos de los nombres más importantes de la historia británica: Isaac Newton, Charles Darwin, Charles Dickens, Geoffrey Chaucer, Laurence Olivier. El Poets' Corner, en el transepto sur, concentra una densidad de genio literario por metro cuadrado que resulta casi abrumadora. Y más allá de las tumbas célebres, cada rincón del edificio está cargado de una historia que abarca casi mil años de monarquía, fe, política y cultura.

No entramos en esta ocasión —la entrada no es barata y el tiempo apremiaba—, pero incluso contemplarla desde fuera, con su fachada occidental flanqueada por las dos torres completadas en el siglo XVIII por Nicholas Hawksmoor, merece la parada.

Ribera del Támesis y London Eye

Desde Westminster cruzamos el puente hacia la ribera sur del Támesis. El South Bank londinense ha experimentado una transformación espectacular en las últimas décadas: de ser una zona industrial y relativamente degradada ha pasado a convertirse en uno de los paseos urbanos más agradables de Europa, con el Royal Festival Hall, el National Theatre, la Tate Modern y un sinfín de restaurantes, puestos de libros de segunda mano y artistas callejeros a lo largo del río.

El London Eye domina este tramo del río con sus 135 metros de altura. Inaugurada en el año 2000 como atracción temporal para celebrar el cambio de milenio, la noria gigante diseñada por los arquitectos David Marks y Julia Barfield tuvo tanto éxito que se quedó de forma permanente. Cada una de sus 32 cápsulas acristaladas —una por cada borough de Londres— puede albergar hasta 25 personas y el giro completo dura unos 30 minutos, tiempo suficiente para disfrutar de unas vistas panorámicas de 360 grados que alcanzan hasta 40 kilómetros en días despejados.

Mi compañero la apuntó mentalmente como visita obligada para otro día. Yo asentí sin demasiado entusiasmo —ya me había subido en una ocasión anterior y no me parecía que la experiencia justificase repetir al precio que cobran—, pero guardé ese debate para más adelante.

Trafalgar Square y St Martin-in-the-Fields

Cruzamos de nuevo el puente de vuelta a la orilla norte y subimos hacia Trafalgar Square, la gran plaza que conmemora la victoria naval de Lord Nelson sobre las flotas francesa y española en 1805. La columna de Nelson, con sus 52 metros de altura y los cuatro leones de bronce diseñados por Edwin Landseer en la base, preside un espacio que funciona simultáneamente como monumento nacional, punto de encuentro, escenario de manifestaciones y destino turístico.

La plaza fue diseñada por John Nash en los años 1820 y completada por Charles Barry —el mismo arquitecto del Parlamento— en la década de 1840. La National Gallery ocupa todo el lado norte, con su fachada neoclásica dominando la perspectiva, mientras que la iglesia de St Martin-in-the-Fields cierra la esquina noreste.

St Martin-in-the-Fields merece una mención especial. Diseñada por James Gibbs en 1726, con su característico pórtico clásico rematado por una torre-campanario, se convirtió en modelo para innumerables iglesias protestantes en todo el mundo, especialmente en Norteamérica. Pero lo que hace que esta iglesia sea especialmente interesante para el visitante es su cripta, accesible de forma gratuita, que alberga una cafetería, una tienda y un espacio de exposiciones en un ambiente subterráneo de bóvedas de ladrillo que tiene algo de mágico. Es uno de esos lugares que no aparecen en todas las guías pero que merece absolutamente la pena descubrir.

The Mall, St James's Park y Buckingham Palace

Desde Trafalgar Square tomamos The Mall, la amplia avenida ceremonial que conecta la plaza con el Palacio de Buckingham. Este bulevar de 930 metros de longitud, flanqueado por hileras de plátanos y con su pavimento teñido de rojo, es la vía procesional por excelencia de la monarquía británica: por aquí desfilan los carruajes reales en coronaciones, bodas y jubileos, y por aquí transcurre el Trooping the Colour cada junio.

A un lado de The Mall se extiende St James's Park, el más antiguo de los parques reales de Londres. Enrique VIII lo adquirió en 1532 como coto de caza, Carlos II lo abrió al público en el siglo XVII, y John Nash lo rediseñó en estilo paisajístico inglés en los años 1820. El lago central, con su colonia de pelícanos —descendientes de los que Carlos II recibió como regalo del embajador ruso en 1664—, ofrece una de las vistas más bonitas de Londres: el Palacio de Buckingham al fondo enmarcado por la vegetación del parque.

El Palacio de Buckingham en sí es la residencia oficial del monarca británico en Londres desde 1837, cuando la Reina Victoria lo convirtió en su hogar. El edificio original, Buckingham House, fue construido en 1703 para el Duque de Buckingham, y fue adquirido por Jorge III en 1761. Las sucesivas ampliaciones de John Nash y Edward Blore le dieron su forma actual, con la famosa fachada oriental —la que da a The Mall y donde se sitúa el célebre balcón— añadida en 1847 y revestida de piedra de Portland en 1913.

Para mi compañero, ver el palacio y los soldados de guardia con sus gorros de piel de oso fue otro de esos momentos de "lista de imprescindibles cumplida". No coincidimos con el cambio de guardia —no se realiza todos los días y no habíamos cuadrado los horarios—, pero la estampa del palacio con la explanada de Victoria Memorial delante era suficiente.

Piccadilly Circus y la tienda de M&M's

Desde Buckingham subimos por Green Park hasta Piccadilly Circus, el cruce de calles que funciona como el Times Square londinense: pantallas publicitarias gigantes, flujo constante de gente, tiendas de souvenirs y esa energía caótica que convierte una simple intersección en uno de los puntos más reconocibles de la ciudad.

El nombre "Piccadilly" tiene un origen curioso: deriva de los "piccadills", unos cuellos rígidos con bordes dentados que estuvieron de moda en el siglo XVII. Un sastre llamado Robert Baker hizo fortuna fabricándolos y se construyó una mansión en la zona que la gente apodó "Piccadilly Hall". El nombre se quedó para siempre.

Cerca de Piccadilly, la tienda de M&M's World es una de esas atracciones que uno no esperaría tomarse en serio pero que acaba resultando más divertida de lo previsto. Cuatro plantas dedicadas enteramente al universo de los caramelos de chocolate, con figuras gigantes de los personajes M&M's vestidos con trajes típicos londinenses, dispensadores de todos los colores imaginables y rincones diseñados específicamente para hacerte fotos absurdas. Es puro entretenimiento comercial sin pretensiones, pero la ejecución es tan descarada y tan bien hecha que resulta difícil no dejarte llevar.

Leicester Square y la sorpresa de la premiere

Desde la tienda de M&M's bajamos los pocos metros que separan Piccadilly de Leicester Square, la plaza que funciona como epicentro del ocio nocturno y cinematográfico de Londres. Rodeada de cines y teatros, Leicester Square ha sido durante más de un siglo el lugar elegido para los grandes estrenos del cine británico y hollywoodiense.

Y al llegar a la plaza, nos encontramos con algo que no esperábamos en absoluto: un despliegue de seguridad impresionante, cámaras de televisión por todas partes, un photocall enorme y una multitud de fans contenidos tras las vallas. Era la premiere mundial de Batman v Superman: Dawn of Justice, la película de Zack Snyder que enfrentaba por primera vez en la gran pantalla a los dos superhéroes más icónicos de DC Comics.

El nivel de producción del evento era espectacular: la plaza entera estaba tomada por la maquinaria promocional de Warner Bros, con carteles gigantes, iluminación especial y equipos de televisión de medio mundo. Y junto al photocall, dando entrevistas, estaban los protagonistas. Ben Affleck, con su metro noventa de estatura, era inconfundible. Pero el que me dejó clavado en el sitio fue Henry Cavill.

No voy a negar que Henry Cavill es mi crush incondicional. Y tenerlo a escasos diez metros, en persona, con ese porte que la pantalla no exagera en absoluto, fue uno de esos momentos que no esperas que te pase nunca. Lógicamente era imposible acercarse más —la seguridad era impenetrable y la zona de prensa estaba perfectamente acotada—, pero puedo decir que he estado a diez metros de Superman en persona. Hay viajes que se justifican por menos.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres
La premiere de Batman v Superman en Leicester Square

Covent Garden y regreso al hotel

Desde Leicester Square caminamos hasta Covent Garden, el antiguo mercado de frutas y verduras reconvertido en los años 80 en un espacio de tiendas, restaurantes y entretenimiento callejero. El edificio del mercado, diseñado por Charles Fowler en 1830, conserva su estructura de hierro y cristal original, y la plaza central sigue funcionando como escenario improvisado para músicos, malabaristas y artistas de todo tipo.

Covent Garden es uno de esos lugares que no me canso de visitar. Cada vez que vuelvo a Londres acabo pasando por aquí, aunque sea solo para sentarme un rato a ver actuar a los músicos callejeros con un café en la mano. Hay algo en la combinación de la arquitectura victoriana, la energía de los artistas y el flujo constante de gente que convierte este espacio en una representación perfecta de lo que hace grande a Londres: la capacidad de mezclar historia, cultura y entretenimiento en un mismo lugar sin que nada parezca forzado.

Desde Covent Garden, agotados por un día que había empezado con una negociación por la habitación y terminaba con un encuentro inesperado con Superman, cogimos el metro de vuelta a Earls Court. El primer día real de turismo en Londres había cumplido con creces.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Día 3. El Sky Garden, la City y una visita inesperada al HMS Belfast

El miércoles amaneció con buen tiempo, lo cual en Londres en marzo es casi un acontecimiento que merece celebración. Teníamos reserva para el Sky Garden a primera hora y el plan era aprovechar la mañana en la zona de la City antes de bajar hacia la Torre de Londres y el South Bank por la tarde.

Sky Garden: el mirador secreto de Londres

El Sky Garden es una de esas joyas que Londres esconde a plena vista. Situado en las tres últimas plantas del 20 Fenchurch Street —el rascacielos que los londinenses apodan "el Walkie-Talkie" por su silueta que se ensancha hacia arriba—, es el jardín público más alto de Londres y, lo más sorprendente, la entrada es completamente gratuita. El único requisito es reservar con antelación a través de su web, y conviene hacerlo con bastante tiempo porque las plazas se agotan rápidamente, especialmente en fines de semana y festivos.

El edificio en sí, diseñado por el arquitecto uruguayo Rafael Viñoly y completado en 2014, fue objeto de considerable controversia durante su construcción. Su forma cóncava provocó un efecto inesperado: en determinadas condiciones de sol, la fachada actuaba como una lente que concentraba los rayos solares con tal intensidad que llegó a derretir partes de coches aparcados en la calle y a quemar la moqueta de una barbería cercana. El problema se resolvió instalando un parasol permanente en la fachada sur, pero el edificio se ganó otro apodo menos cariñoso: "el Fryscraper" (de fry, freír).

Incluso con reserva, hay que esperar algo de cola para pasar los controles de seguridad de la planta baja, similares a los de un aeropuerto. Pero una vez superado ese trámite y subido en el ascensor hasta la planta 35, la espera se olvida instantáneamente.

Lo que te encuentras arriba no es un simple mirador con vistas: es un jardín tropical auténtico suspendido a 155 metros de altura. Helechos, palmeras, higueras y plantas mediterráneas crecen en terrazas ajardinadas que rodean un espacio central acristalado con vistas de 360 grados sobre todo Londres. La sensación es surrealista: estás rodeado de vegetación exuberante mientras a través del cristal ves el skyline de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte. La Torre de Londres queda justo debajo, el Shard se alza enfrente, los muelles de Canary Wharf brillan al este, y si miras hacia el oeste se distinguen perfectamente el London Eye, el Parlamento y las torres de la City.

Pero lo que realmente me dejó alucinado no fueron solo las vistas —que son espectaculares— sino el concepto en sí. El Sky Garden está diseñado como un espacio público, no como una atracción turística. Hay restaurantes y bares, sí, pero nadie te obliga a consumir. Puedes sentarte en uno de los bancos entre las plantas, pasear por las diferentes terrazas, asomarte a los ventanales y quedarte el tiempo que quieras. En una ciudad donde cada mirador tiene un precio de entrada que rara vez baja de las 25 libras, un espacio así, gratuito y con esta calidad, es casi un acto de generosidad urbanística.

Pasamos más de una hora allí arriba, simplemente disfrutando del espacio y de las vistas que cambiaban según te movías de un lado a otro del jardín. Si tuviera que recomendar una sola actividad gratuita en Londres a alguien que la visita por primera vez, sería esta sin dudarlo.

La City: dinero, historia y mercados victorianos

Desde el Sky Garden bajamos a pie por la zona de la City of London, el distrito financiero que ocupa aproximadamente la misma extensión que la ciudad romana original: la famosa "Square Mile", la milla cuadrada. La City es un mundo aparte dentro de Londres. Tiene su propio gobierno —la City of London Corporation, que existe desde la Edad Media—, su propia policía, y durante la semana laboral bulle con cientos de miles de trabajadores del sector financiero. Pero en días festivos y fines de semana se convierte en un lugar casi fantasmal, con sus calles estrechas de origen medieval vacías bajo las sombras de los rascacielos de cristal.

El contraste arquitectónico de la City es fascinante: iglesias medievales de Christopher Wren encajadas entre torres de acero y cristal de Norman Foster y Richard Rogers, restos de la muralla romana asomando junto a sedes de bancos globales, y mercados victorianos que siguen funcionando rodeados de las oficinas más caras de Europa.

Leadenhall Market: de Roma a Harry Potter

Uno de esos mercados es el Leadenhall Market, y merece una parada aunque sea breve. Este mercado cubierto, situado en Gracechurch Street, ocupa un solar donde ha habido actividad comercial desde la época romana: aquí se ubicaba el foro de Londinium, el centro administrativo y comercial de la ciudad romana fundada hacia el año 47 d.C.

La estructura actual es una joya de la arquitectura victoriana, diseñada por Horace Jones —el mismo arquitecto que diseñó la Torre de Londres y Smithfield Market— e inaugurada en 1881. Su cubierta de hierro pintada en crema y burdeos, los suelos de adoquines, las columnas ornamentadas y los escaparates con detalles en madera y cristal crean un ambiente que parece sacado de otra época. Originalmente fue un mercado de carne, aves y pescado, pero hoy alberga tiendas, restaurantes y pubs que mantienen el carácter del lugar.

Los fans de Harry Potter lo reconocerán inmediatamente: la entrada al Caldero Chorreante en la primera película se rodó aquí, en la puerta azul de lo que hoy es una óptica en Bull's Head Passage. Es uno de esos datos que, una vez conocido, hace imposible pasear por el mercado sin imaginarse a Hagrid y al joven Harry cruzando la puerta hacia el mundo mágico.

Hicimos fotos, admiramos la estructura y seguimos camino. No nos detuvimos a tomar nada —el plan del día era ambicioso y queríamos llegar a la Torre de Londres antes de la hora punta de la tarde.

La Torre de Londres

La Torre de Londres es uno de esos monumentos que justifican por sí solos un viaje a la ciudad. Fundada en 1066 por Guillermo el Conquistador inmediatamente después de su victoria en Hastings, la Torre ha servido a lo largo de casi mil años como fortaleza real, prisión, lugar de ejecución, armería, tesorería, casa de fieras y, desde el siglo XIV, hogar de las Joyas de la Corona.

La White Tower, la torre central y más antigua del complejo, fue construida con piedra de Caen traída desde Normandía —un detalle que subraya hasta qué punto la conquista normanda transformó Inglaterra— y es uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar normanda que sobreviven en Europa. A su alrededor, las sucesivas murallas y torres añadidas por diferentes monarcas a lo largo de los siglos crearon el complejo defensivo que vemos hoy.

La lista de prisioneros célebres que han pasado por la Torre lee como un quién es quién de la historia británica: Ana Bolena, Tomás Moro, Walter Raleigh, Guy Fawkes, Rudolf Hess. Las ejecuciones más notorias se llevaban a cabo en Tower Green, dentro de los muros, un privilegio reservado a prisioneros de alta alcurnia para evitarles la humillación de una ejecución pública en Tower Hill, al otro lado de las murallas.

No entramos en esta ocasión —el tiempo y el presupuesto limitaban las opciones—, pero incluso desde fuera, rodeando el complejo por su perímetro junto al Támesis, la Torre impone un respeto que pocos edificios londinenses consiguen igualar. Hay algo en esos muros de piedra que te hace sentir el peso de casi mil años de historia británica concentrados en un solo lugar.

Tower Bridge

Desde la Torre de Londres, el camino natural lleva al Tower Bridge, el puente más fotografiado de Londres y posiblemente el más reconocible del mundo. A pesar de su aspecto medieval, el puente es una creación victoriana: fue diseñado por Horace Jones y John Wolfe Barry y construido entre 1886 y 1894 para resolver el problema del tráfico creciente en el East End sin obstaculizar el tráfico fluvial del puerto de Londres, entonces el más importante del mundo.

La solución fue ingeniosa: un puente basculante que podía abrirse en menos de un minuto para dejar pasar los grandes barcos. Las dos torres góticas, que parecen de piedra maciza, son en realidad una estructura de acero revestida de piedra de Cornualles y granito de Aberdeen, una concesión estética a la época victoriana que consideraba inaceptable dejar el acero desnudo a la vista. Los mecanismos hidráulicos originales, accionados por máquinas de vapor, se sustituyeron en 1976 por un sistema eléctrico, pero los motores victorianos se conservan en un museo visitable en la torre sur.

Lo cruzamos a pie, disfrutando de las vistas del río en ambas direcciones: hacia el oeste, la Torre de Londres y la City; hacia el este, los muelles reconvertidos de Bermondsey y el perfil de Canary Wharf en la distancia.

HMS Belfast: una sorpresa a bordo

Volvimos caminando por el South Bank y al pasar junto al HMS Belfast, amarrado permanentemente en el Támesis entre Tower Bridge y London Bridge, mi compañero se paró en seco. El buque de guerra, con su silueta gris imponente y sus torretas de artillería apuntando hacia la ciudad, llamaba la atención incluso para alguien como yo que ya lo había visto varias veces sin prestarle demasiada atención.

"¿Podemos entrar?", preguntó. Le confesé que nunca lo había visitado y que no tenía mucha información sobre él. Insistió, y acepté sin grandes expectativas. A veces los mejores descubrimientos de un viaje son los que no estaban en el plan.

El HMS Belfast es un crucero ligero de la clase Town que fue botado en Belfast en 1938 y entró en servicio con la Royal Navy en 1939, justo a tiempo para la Segunda Guerra Mundial. Su historial de combate es impresionante: participó en el hundimiento del Scharnhorst en la Batalla del Cabo Norte en 1943, proporcionó apoyo de fuego durante el Día D en las playas de Normandía en junio de 1944, y después sirvió en la Guerra de Corea entre 1950 y 1952. Fue dado de baja en 1963 y convertido en buque museo en 1971, el primero de su tipo desde el HMS Victory de Nelson.

Pasamos bastante más de una hora recorriendo los nueve niveles del barco, desde la sala de máquinas en las entrañas del casco hasta las torretas de artillería de cubierta. Lo que hace que la visita sea realmente especial es la cantidad de figuras de cera y maniquíes distribuidos por todo el barco, recreando la vida cotidiana de la tripulación en diferentes épocas. En la enfermería hay un cirujano atendiendo a un herido, en la cocina un cocinero prepara raciones para cientos de marineros, en las literas los tripulantes duermen hacinados en espacios que harían imposible la vida a cualquier persona mínimamente claustrofóbica. Cada escena viene acompañada de paneles explicativos y grabaciones de audio con testimonios de veteranos que sirvieron a bordo.

La sala de operaciones, desde donde se coordinaban las maniobras de combate, conserva los mapas e instrumentos originales y ofrece una perspectiva fascinante de cómo se gestionaba la guerra naval en la era anterior a la electrónica digital. Y las torretas de las cañones de 6 pulgadas, que podías explorar desde el interior, dan una idea muy concreta del ruido, la vibración y el estrés que debían soportar los artilleros durante un combate real.

Tengo que reconocer que mi compañero tenía razón en insistir. El HMS Belfast resultó ser una de las visitas más interesantes del viaje, y probablemente no lo habría hecho nunca por decisión propia. A veces viajar con otra persona te obliga a salirte de tu zona de confort y descubrir cosas que de otro modo te habrías perdido.

Hay's Galleria, Southwark Cathedral y Borough Market

Desde el HMS Belfast continuamos el paseo por el South Bank. Hay's Galleria es un antiguo muelle reconvertido en galería comercial, con una estructura de hierro y cristal que recuerda vagamente a los pasajes comerciales del siglo XIX. La pasamos sin detenernos mucho, solo echando un vistazo al espacio interior.

Más adelante llegamos a la Southwark Cathedral, la catedral gótica más antigua de Londres al sur del Támesis, con orígenes que se remontan al siglo VII aunque la estructura actual es fundamentalmente del siglo XIII. Es una de esas iglesias londinenses que viven a la sombra de St Paul's y Westminster Abbey pero que tienen su propio encanto discreto.

Justo al lado, el Borough Market estaba cerrado cuando pasamos. Este mercado, que funciona desde al menos 1276 —lo que lo convierte en uno de los más antiguos de Londres—, se ha transformado en las últimas décadas en un templo de la gastronomía artesanal, con puestos que venden desde quesos británicos de granja hasta street food de todas las cocinas del mundo. Tendría que esperar a otra visita para disfrutarlo en plena actividad.

Volvimos al hotel con la satisfacción de un día que había empezado con vistas de Londres desde las alturas y había terminado con las entrañas de un buque de guerra. La combinación perfecta para un día completo en esta ciudad inagotable.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Día 4. London Eye, Tate Modern y la lluvia que nos echó a un centro comercial

El jueves empezó con la primera de las concesiones del viaje. Mi compañero se había empeñado en que teníamos que subir al London Eye. Yo no quería hacerlo: ya me había subido en una visita anterior y no me parecía que la experiencia justificase la repetición, especialmente al precio que cobran. Pero él no quería subir solo, así que terminé cediendo para evitar otra de las fricciones que empezaban a ser habituales en este viaje. Al menos la Travelcard con logo de National Rail nos daba acceso al descuento 2x1 de la promoción Days Out: 21 libras por los dos en lugar de las 42 que habríamos pagado a precio completo. Algo es algo.

London Eye: 135 metros sobre el Támesis

El London Eye tiene algo que funciona independientemente de cuántas veces lo hayas hecho: esa sensación de elevarte lentamente sobre una ciudad que se va desplegando a tus pies como un mapa tridimensional. La noria gira tan despacio —una vuelta completa dura unos 30 minutos— que apenas percibes el movimiento, y la cápsula acristalada te permite vistas en todas las direcciones sin obstáculos.

Desde arriba, Londres se ordena de una manera que a pie es imposible apreciar. El Támesis se convierte en la línea que lo explica todo: a un lado Westminster, los parques reales y el West End; al otro, la City con su bosque de rascacielos y, más allá, los docklands de Canary Wharf. Hacia el sur, la expansión suburbana se extiende hasta donde alcanza la vista, un recordatorio de que Londres es una ciudad de casi nueve millones de habitantes que ocupa más de 1.500 kilómetros cuadrados.

La estructura de la noria en sí es una proeza de ingeniería. Sus 135 metros de altura la convirtieron en la noria más alta del mundo cuando se inauguró en el año 2000, récord que ha ido perdiendo sucesivamente frente a construcciones cada vez más gigantescas en Singapur, Las Vegas y Dubái. Las 32 cápsulas —numeradas del 1 al 33, saltándose el número 13 por superstición— están montadas sobre rodamientos motorizados que las mantienen siempre horizontales durante la rotación. Y a diferencia de las norias convencionales, los pasajeros embarcan y desembarcan sin que la estructura se detenga: la velocidad de rotación es tan lenta que basta con entrar y salir caminando.

¿Merece la pena repetir? Honestamente, si ya lo has hecho una vez y las vistas no te dejaron indiferente, probablemente no necesites una segunda ronda. Pero para alguien que pisa Londres por primera vez, como mi compañero, la experiencia fue genuinamente emocionante. Su cara al llegar a la parte más alta, con toda la ciudad desplegada a sus pies, me recordó por qué merece la pena ceder de vez en cuando en los viajes compartidos.

South Bank hasta la Tate Modern

Desde el London Eye continuamos caminando hacia el este por el South Bank, el paseo que sigue la ribera sur del Támesis y que en los últimos años se ha consolidado como uno de los ejes culturales más importantes de la ciudad. El National Theatre, el Royal Festival Hall, la galería Hayward, los puestos de libros de segunda mano bajo el puente de Waterloo, los skaters que convierten el espacio bajo la galería en una improvisada pista de acrobacias: todo contribuye a crear un recorrido que es puro Londres contemporáneo.

La Tate Modern ocupa la antigua central eléctrica de Bankside, un edificio industrial de ladrillo diseñado por Giles Gilbert Scott —el mismo arquitecto de la cabina telefónica roja y de la central de Battersea— y construido en dos fases entre 1947 y 1963. Cuando la central dejó de funcionar en 1981, la decisión de convertirla en museo fue controvertida, pero el resultado del proyecto de los arquitectos suizos Herzog & de Meuron ha sido un éxito rotundo tanto arquitectónico como cultural.

La Turbine Hall, el enorme espacio central que albergaba los generadores de la central, es hoy uno de los espacios expositivos más impresionantes del mundo: una nave de 152 metros de longitud y 35 de altura que acoge instalaciones artísticas de gran formato. Solo entrar al edificio y experimentar la escala de ese espacio ya justifica la visita, independientemente de lo que se esté exponiendo en ese momento.

Recorrimos las colecciones de acceso gratuito, que abarcan arte internacional desde 1900 hasta la actualidad. Tengo que confesar que mi relación con el arte moderno y contemporáneo es complicada: hay obras que me fascinan y otras que me dejan completamente frío, sin que pueda explicar siempre la diferencia. Los Rothko me hipnotizan con sus campos de color que parecen vibrar en la pared, los Giacometti con sus figuras alargadas me transmiten una fragilidad que me emociona, pero luego paso por delante de una sala con un montón de ladrillos en el suelo o un lienzo completamente blanco y me pregunto si soy yo el que no entiende o si hay alguien riéndose en algún despacho de algún museo. Supongo que en eso consiste precisamente el arte contemporáneo: en provocar algún tipo de reacción, aunque sea de perplejidad.

Teníamos previsto subir a la terraza del nivel 10, desde donde las vistas de St Paul's y la City son magníficas, pero el cielo se había ido cubriendo durante la mañana y cuando llegamos arriba empezó a llover. Tocaba cambiar los planes.

Millennium Bridge y St Paul's bajo la lluvia

Salimos de la Tate Modern y cruzamos el Millennium Bridge, el puente peatonal de acero diseñado por Norman Foster, el escultor Anthony Caro y la firma de ingeniería Arup. Inaugurado en junio de 2000, el puente se hizo tristemente célebre porque empezó a oscilar de forma alarmante con el peso de los peatones apenas dos días después de su apertura, ganándose el apodo de "Wobbly Bridge" —el puente tambaleante— y obligando a cerrarlo durante casi dos años para instalar amortiguadores. Hoy cruza perfectamente estable y ofrece una de las perspectivas más fotogénicas de Londres: la cúpula de St Paul's enmarcada al final del puente como si el diseño estuviera calculado para ese encuadre exacto. Y de hecho, lo está.

Al otro lado nos esperaba St Paul's Cathedral, la obra maestra de Christopher Wren y el edificio más importante del skyline londinense durante más de 250 años, hasta que los rascacielos de la City empezaron a competir por el horizonte. La catedral actual es la cuarta que ocupa este solar: las anteriores fueron destruidas por incendios, incluido el Gran Incendio de Londres de 1666. Wren diseñó el nuevo edificio en estilo barroco inglés, con esa cúpula de 111 metros de altura que es la segunda más grande del mundo después de la de San Pedro en Roma. La construcción duró 35 años, de 1675 a 1710, y Wren tuvo el raro privilegio de ver su obra completada en vida.

La lluvia, sin embargo, se estaba convirtiendo en un problema. Intentamos acceder a la terraza del One New Change, un centro comercial diseñado por Jean Nouvel justo detrás de St Paul's que tiene una terraza en la azotea con vistas panorámicas gratuitas de la catedral y la City. Pero estaba cerrada por el mal tiempo. Era la segunda terraza que nos negaba Londres en un mismo día.

Westfield Stratford: el refugio del mal tiempo

Con la lluvia arreciando y sin un plan B claro, tomamos una decisión puramente práctica: ya que había que refugiarse en algún sitio, podíamos aprovechar para visitar el Westfield Stratford City, uno de los centros comerciales más grandes de Europa.

Situado en la zona que fue sede de los Juegos Olímpicos de 2012, el Westfield Stratford es un complejo comercial descomunal: más de 300 tiendas distribuidas en tres plantas, con una superficie de casi 200.000 metros cuadrados. Inaugurado en septiembre de 2011, justo antes de los Juegos, fue concebido como pieza central de la regeneración del East End londinense, una zona históricamente deprimida que la inversión olímpica transformó por completo.

No vimos nada de la zona olímpica. Llovía demasiado para pasear y para entonces ya llevábamos bastantes kilómetros en las piernas. Pasamos la tarde recorriendo el centro comercial, que es impresionante en su escala aunque tampoco es que un centro comercial ofrezca una experiencia muy diferente en Londres, en Madrid o en Dubái: las mismas marcas globales, la misma arquitectura interior de cristal y acero, la misma sensación de estar en un no-lugar.

Pero cumplió su función. Estábamos secos, descansados y el tiempo que pasamos en tiendas mantuvo al menos a mi compañero entretenido y sin quejas, lo cual a esas alturas del viaje era un logro que merecía celebrarse.

Volvimos al hotel en metro desde Stratford, con la esperanza de que el viernes trajese mejor tiempo. Camden Market nos esperaba al día siguiente, y para eso necesitábamos sol.

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Día 5. Camden Market, fish and chips junto al canal y el andén 9 3/4

Viernes. Después de la jornada lluviosa del día anterior, Londres nos regaló un día espléndido: cielo despejado, temperatura agradable y esa luz de primavera que convierte la ciudad en un lugar completamente diferente al de veinticuatro horas antes. El plan era dedicar el día entero a Camden, uno de mis lugares favoritos de Londres, y rematar la tarde en King's Cross para el peregrinaje potteriano obligatorio.

Camden Town: el mercado que es un mundo

Camden Market no es un mercado. O mejor dicho: no es un solo mercado. Es un ecosistema de mercados, tiendas, puestos callejeros, restaurantes, bares y espacios que se han ido expandiendo orgánicamente desde los años 70 a lo largo del Regent's Canal, en el norte de Londres. Lo que empezó como un pequeño mercado de artesanía los domingos en el patio de un almacén se ha convertido en uno de los destinos turísticos más visitados de la ciudad, con más de 1.000 puestos repartidos en varias zonas y una afluencia de unas 100.000 personas en los días de mayor actividad.

La historia de Camden como epicentro contracultural de Londres se remonta a los años 60 y 70, cuando la zona atrajo a artistas, músicos y toda clase de espíritus inconformistas gracias a los alquileres baratos de sus antiguas instalaciones industriales junto al canal. Los almacenes de caballos de la compañía ferroviaria Midland Railway, los muelles de descarga del canal, las antiguas caballerizas: todos esos espacios fueron reconvertidos gradualmente en estudios, talleres, tiendas y, finalmente, en los mercados que conocemos hoy.

El resultado es un laberinto fascinante donde cada zona tiene su propio carácter. Buck Street Market es la zona más accesible, con puestos de ropa y souvenirs que se desbordan hacia la calle. Camden Lock Market rodea la esclusa del canal y se especializa en artesanía, diseño y comida callejera. El Stables Market, probablemente la zona más interesante, ocupa las antiguas caballerizas victorianas donde se guardaban los caballos que tiraban de las barcazas del canal: un laberinto de pasillos estrechos, patios interiores y establos reconvertidos en tiendas de ropa vintage, muebles retro, discos de vinilo y toda clase de objetos que no sabías que necesitabas hasta que los ves.

El Stables Market: donde se pierde la noción del tiempo

Fue precisamente en el Stables Market donde pasamos más tiempo. Es imposible no perderse entre sus recovecos: cada pasillo abre a otro, cada patio esconde tiendas que no habías visto, cada esquina tiene algo que llama la atención. Las antiguas estructuras de ladrillo y hierro de las caballerizas, con los comederos de los caballos todavía visibles en algunos puntos, crean un ambiente industrial-bohemio que es exclusivamente londinense.

Hay de todo: puestos de ropa punk y gótica con botas de plataforma y chaquetas de cuero con tachuelas, tiendas de incienso y parafernalia hippie, vendedores de camisetas con diseños exclusivos, artesanos que trabajan el cuero o la plata delante de ti, puestos de antigüedades militares junto a tiendas de cómics japoneses. Es el tipo de lugar donde puedes pasarte horas y horas sin darte cuenta, descubriendo algo nuevo en cada vuelta.

Sin embargo, tengo que ser honesto: ir con alguien que te pide traducción continua en cada interacción con un vendedor sobre artículos en los que tú no tienes el más mínimo interés convierte una experiencia que debería ser de exploración libre en un ejercicio de paciencia. No es culpa de nadie —es natural que quien no domina el idioma necesite ayuda—, pero es un ejemplo perfecto de cómo la compañía inadecuada puede alterar una experiencia que en solitario o con otro compañero habría sido completamente diferente. Camden es un lugar para dejarse llevar, para deambular sin rumbo, para pararse cuando algo te llama y seguir cuando no. Funciona mal con prisas, y funciona peor con dependencias.

Fish and chips junto al canal

No todo fue fricción, ni mucho menos. El mejor momento del día —y posiblemente uno de los mejores del viaje entero— fue la comida. Compramos unos fish and chips para llevar en uno de los restaurantes de la zona del canal y nos sentamos junto al Regent's Canal a comer.

El Regent's Canal es una vía navegable de unos 14 kilómetros que conecta el Regent's Park con los docks del Támesis en Limehouse, pasando por Camden, Islington y el East End. Fue construido entre 1812 y 1820, en plena era del canal, cuando el transporte fluvial era la forma más eficiente de mover mercancías en una ciudad que crecía a velocidad vertiginosa. Hoy es un paseo urbano espectacular, con narrowboats pintados de colores vivos amarrados a lo largo de sus orillas, ciclistas y corredores en el camino de sirga, y una tranquilidad que contrasta radicalmente con el bullicio del mercado a pocos metros.

Sentados al sol, con los pies colgando sobre el agua, viendo pasar las barcazas mientras comíamos pescado rebozado con patatas fritas envueltas en papel, Londres se sentía exactamente como debería sentirse: relajada, amable, sin pretensiones. Es el tipo de momento que no se planifica y que sin embargo se convierte en el recuerdo que más perdura. Los grandes monumentos impresionan, los museos enriquecen, pero son estos instantes simples —sol, agua, buena comida, ninguna prisa— los que definen la experiencia real de un viaje.

King's Cross y el andén 9 3/4

Por la tarde dejamos Camden y cogimos el metro hasta King's Cross, la gran estación ferroviaria del norte de Londres que conecta la capital con Escocia, Yorkshire y el noreste de Inglaterra. La estación, inaugurada en 1852, fue diseñada por Lewis Cubitt con una fachada de ladrillo amarillo que en su momento fue criticada por austera pero que hoy, tras la restauración completada en 2012, luce con una dignidad que pocas estaciones victorianas conservan.

Pero no íbamos a King's Cross por su arquitectura ferroviaria. Íbamos por Harry Potter. Desde que J.K. Rowling eligió el andén 9 3/4 de King's Cross como el punto de partida del Hogwarts Express en la saga de Harry Potter, la estación se ha convertido en lugar de peregrinación para fans de todo el mundo. En el vestíbulo de la estación hay instalado un carrito de equipaje empotrado a medias en la pared, recreando el momento en que los estudiantes de Hogwarts atraviesan la barrera mágica entre los andenes 9 y 10 para acceder al andén secreto.

La cola para hacerse la foto con el carrito era considerable, como era de esperar en Semana Santa. Había un fotógrafo oficial que te hacía la foto con bufanda de la casa de Hogwarts que eligieras y luego te la vendía a un precio que haría palidecer a cualquier comerciante del Callejón Diagon, pero también podías hacerte la foto con tu propia cámara. Esperamos la cola, hicimos nuestras fotos y renunciamos a la opción oficial. Con la cantidad de gente que había, la experiencia era más de gestión de multitudes que de inmersión en el mundo mágico, pero aun así tiene algo de especial estar en el lugar exacto que inspiró a Rowling.

Junto al carrito está la tienda oficial de Harry Potter de King's Cross, un espacio que ocupa lo que antes era una sala de espera de la estación. Varitas, túnicas, bufandas de todas las casas, réplicas de objetos de las películas, dulces de Honeydukes, cervezas de mantequilla enlatadas: un catálogo completo de merchandising potteriano diseñado para que ningún fan salga con la cartera intacta. Entramos a curiosear y reconozco que el nivel de detalle en la recreación del universo mágico es impresionante, aunque los precios están claramente calibrados para el turista que viaja con la tarjeta de crédito más suelta que de costumbre.

Cena y vuelta al hotel

Cenamos por la zona de King's Cross, que en los últimos años ha experimentado una transformación urbanística considerable. Lo que era un barrio deteriorado y con mala reputación se ha convertido, gracias a la regeneración impulsada por el proyecto de la nueva estación de St Pancras International y el desarrollo de Granary Square, en una zona moderna y atractiva con restaurantes, espacios públicos y edificios contemporáneos que conviven con la arquitectura victoriana de las estaciones.

Volvimos al hotel satisfechos. El día en Camden había tenido sus momentos de tensión, pero los fish and chips junto al canal y el sol de la tarde en King's Cross habían compensado con creces. Mañana tocaba otro mercado —Portobello— y el Museo de Historia Natural. La Semana Santa londinense seguía su curso, con sus multitudes y sus sorpresas.

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Día 6. Portobello Road, dinosaurios entre multitudes y noche en el Soho

Sábado de Semana Santa en Londres. Si hay un día de la semana en el que esta ciudad desborda su capacidad de absorción turística, es el sábado. Y nosotros, con la inocencia del que no calibra bien las consecuencias, habíamos programado para ese día un mercado callejero y uno de los museos más visitados de la ciudad. La combinación resultó ser un máster intensivo en gestión de multitudes.

Portobello Road: el mercado de las antigüedades

La mañana empezó en Portobello Road, en el barrio de Notting Hill. Este mercado, que se extiende a lo largo de casi un kilómetro por una calle residencial flanqueada por las características casas georgianas pintadas en colores pastel, es probablemente el mercado de antigüedades más famoso del mundo.

Los orígenes de Portobello como mercado se remontan a la década de 1860, cuando los vendedores ambulantes de frutas y verduras empezaron a instalarse en la calle que conectaba Portobello Farm con la zona residencial de Notting Hill. Las antigüedades llegaron después, en los años 40 y 50, cuando los comerciantes desplazados del mercado de Caledonian Road empezaron a instalarse aquí. Desde entonces, el mercado ha crecido hasta convertirse en una institución londinense que atrae a coleccionistas, curiosos y turistas por igual.

El mercado tiene varias zonas diferenciadas que se suceden a lo largo de la calle. La zona norte, más cercana a la estación de Ladbroke Grove, se dedica principalmente a ropa, comida callejera y productos nuevos. La zona central, alrededor de la intersección con Westbourne Grove, es donde se concentran las tiendas permanentes de antigüedades. Pero la zona más interesante, sin duda, es el extremo sur, desde la estación de Notting Hill Gate, donde los sábados se despliegan cientos de puestos de antigüedades y objetos vintage al aire libre.

Es en esta zona donde Portobello muestra su verdadera personalidad. Los puestos ofrecen una variedad que roza lo abrumador: porcelana victoriana junto a medallas militares, relojes de bolsillo junto a primeras ediciones de novelas olvidadas, cubiertos de plata junto a carteles publicitarios de los años 50, broches art déco junto a mapas antiguos enrollados en cilindros de cartón. Cada puesto es un pequeño universo donde las épocas se mezclan y donde cualquier objeto, por insignificante que parezca, tiene una historia detrás que el vendedor suele estar encantado de contar si le preguntas.

Había muchísima gente, como era de esperar un sábado de vacaciones, pero aun así nos pasamos toda la mañana recorriendo los puestos. No compramos nada —Portobello es también un lugar donde los precios reflejan la fama del mercado y no siempre la antigüedad real de los objetos—, pero el paseo en sí, con las fachadas de colores de Notting Hill como telón de fondo y el murmullo constante de negociaciones en todos los idiomas imaginables, fue una experiencia en sí misma.

Museo de Historia Natural: la masificación de Semana Santa

Por la tarde fuimos a uno de mis museos favoritos de Londres: el Natural History Museum, en South Kensington. Este museo, inaugurado en 1881, ocupa uno de los edificios más espectaculares de Londres: un palacio neorrománico diseñado por Alfred Waterhouse, con una fachada de terracota decorada con relieves de animales y plantas que constituye en sí misma una enciclopedia zoológica y botánica esculpida en barro cocido.

La colección del museo tiene su origen en los especímenes reunidos por Sir Hans Sloane en el siglo XVIII, los mismos que dieron origen al British Museum. Cuando la colección de historia natural creció tanto que ya no cabía en Bloomsbury, se decidió construir un edificio propio en South Kensington, aprovechando los terrenos adquiridos con los beneficios de la Gran Exposición de 1851 impulsada por el Príncipe Alberto.

El museo alberga más de 80 millones de especímenes, desde meteoritos hasta esqueletos de dinosaurios, desde insectos preservados en ámbar hasta fósiles de los primeros organismos que habitaron la Tierra. La entrada es gratuita, como la de la mayoría de los grandes museos nacionales británicos —una política que se remonta a 2001 y que es una de las mejores decisiones culturales que ha tomado cualquier gobierno—, lo que contribuye a su enorme popularidad.

Y ahí estaba precisamente el problema. La cola para entrar ya nos dio una pista de lo que nos esperaba dentro. Cuando finalmente accedimos al edificio, el gran hall central —Hintze Hall— estaba abarrotado. En 2016, el hall todavía estaba presidido por "Dippy", la réplica del esqueleto de Diplodocus que había sido la mascota del museo desde 1905. Este dinosaurio de 26 metros de longitud, copia del esqueleto original descubierto en Wyoming en 1898, era probablemente el objeto más fotografiado de todo Londres después del Big Ben. Ocupaba toda la longitud del hall y su silueta se alzaba bajo las bóvedas decoradas de Waterhouse como si el edificio hubiera sido diseñado específicamente para albergarlo.

Conseguimos ver la galería de los mamíferos marinos, esa sala espectacular donde cuelgan del techo esqueletos de ballenas, delfines y otros cetáceos, con una ballena azul de tamaño natural dominando el espacio desde las alturas. Es una de esas salas que te hacen sentir diminuto y que pone en perspectiva el tamaño real de unos animales que normalmente solo vemos en documentales.

Pero cuando intentamos acceder a las galerías de dinosaurios, la situación era insostenible. No es exageración decir que desplazarse por las salas era como participar en una manifestación: cuerpo contra cuerpo, empujones, niños llorando, padres desesperados intentando levantar a sus hijos por encima de la multitud para que pudieran ver algo, y una temperatura ambiente que subía minuto a minuto por la concentración de personas en un espacio cerrado.

Nos rendimos. Vimos una pequeña parte del museo y nos fuimos con la frustración de no haber podido disfrutar de un lugar que, en un día normal entre semana, es una experiencia extraordinaria. Londres en Semana Santa es un hervidero de gente, y hay fechas que es mejor evitar para visitar las grandes atracciones. Este sábado en el Museo de Historia Natural fue la demostración más contundente.

Piccadilly y noche en el Soho

Después de la experiencia del museo necesitábamos descompresión. Fuimos a pasear por Piccadilly, que a esas horas de la tarde tenía su habitual mezcla de turistas, compradores y londinenses disfrutando del fin de semana. La zona alrededor de Piccadilly Circus, con sus pantallas luminosas y su flujo constante de gente, tiene una energía que funciona mejor de noche, cuando las luces de neón dominan la escena y la ciudad adquiere ese carácter cinematográfico que la convierte en escenario de tantas películas.

La noche la pasamos en el Soho, el barrio que concentra la vida nocturna más variada y cosmopolita de Londres. El Soho tiene una historia fascinante como zona de tolerancia y diversidad en una ciudad que no siempre ha sido tan abierta como pretende: desde el siglo XVII fue hogar de inmigrantes hugonotes franceses, luego de la comunidad italiana, más tarde se convirtió en el barrio rojo de Londres y en los años 80 y 90 emergió como el epicentro de la escena LGBTQ+ londinense.

Acabamos en un par de locales que reflejan bien esa doble personalidad del Soho. The G-A-Y es uno de los bares LGBTQ+ más conocidos de Londres, situado en Old Compton Street, la calle que funciona como eje de la vida gay del barrio. Es un local sin pretensiones donde la cerveza es barata para los estándares del West End y donde el ambiente es relajado y acogedor. The Royal George, a pocos metros, es un pub victoriano tradicional que ha sabido mantener su carácter original —techos altos, cristaleras grabadas, barra de madera oscura— mientras se ha adaptado a la clientela diversa del Soho contemporáneo.

Fue una buena noche. La clase de noche que necesitas después de un día de multitudes y frustraciones museísticas: unas cervezas en buena compañía, conversación sin prisas y la sensación de estar en un barrio donde todo el mundo es bienvenido exactamente como es. El Soho tiene esa magia.

Volvimos al hotel tarde. Mañana domingo quedaban las últimas visitas del viaje y la cita con el Rey León en el Lyceum Theatre.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Día 7. El British Museum imposible y El Rey León en el Lyceum

Domingo de Pascua. Nos levantamos tarde después de habernos acostado tarde la noche del sábado en el Soho. Estábamos aún preparándonos para salir cuando alguien aporreó la puerta con una insistencia que no invitaba precisamente a la calma matutina. Era la mujer de la limpieza, informándonos de que teníamos que abandonar la habitación inmediatamente porque según sus registros era nuestro último día.

Le expliqué que nos quedaba una noche más —la noche adicional que había reservado cuando el vuelo original se canceló—, pero no quiso escuchar razones. Que bajase a recepción a resolverlo, pero que ella tenía que hacer la habitación. El tono no fue exactamente amable.

Bajé a recepción preocupado, preparado para una discusión. Pero la chica de recepción comprobó la reserva, confirmó que efectivamente teníamos la habitación una noche más, y se disculpó por el malentendido. Un error en el sistema, dijo. Subí con la confirmación impresa y la señora de la limpieza se fue sin disculparse. Entiendo que el personal de un hotel económico trabaja con presión de tiempos y que un huésped que no se va cuando debería es un problema, pero las formas importan. Especialmente a las once de la mañana de un domingo cuando uno lleva una semana acumulando contratiempos.

British Museum: la misma historia que el día anterior

Resuelto el incidente doméstico, salimos hacia el British Museum con la esperanza de que un domingo de Pascua fuese algo más tranquilo que el sábado en el Museo de Historia Natural. Esperanza vana.

El British Museum es, junto con el Louvre y el Metropolitan de Nueva York, uno de los tres grandes museos enciclopédicos del mundo. Fundado en 1753 a partir de la colección de Sir Hans Sloane —el mismo cuya colección de historia natural acabaría en el museo que habíamos visitado el día anterior—, fue el primer museo nacional público del mundo: abierto a "todas las personas estudiosas y curiosas", según su acta fundacional.

La colección es sencillamente abrumadora: más de ocho millones de objetos que abarcan dos millones de años de historia humana, desde herramientas de piedra del Paleolítico hasta grabados japoneses del siglo XIX. El edificio actual, diseñado por Robert Smirke en estilo neoclásico griego y completado en 1852, es imponente por fuera, pero lo que realmente impresiona es el Great Court diseñado por Norman Foster en el año 2000: el patio central cubierto por una espectacular estructura de cristal y acero que crea el espacio cubierto más grande de Europa.

Nuestro plan era centrarnos en dos zonas: la colección egipcia, que incluye la famosa Piedra Rosetta, y las galerías de arte asiático, especialmente la sección de China. Pero el plan chocó con la misma realidad que el día anterior: Londres en Semana Santa.

La Piedra Rosetta, ese fragmento de granodiorita negra inscrito en 196 a.C. con un decreto del faraón Ptolomeo V en tres escrituras —jeroglíficos, demótico y griego— que permitió a Jean-François Champollion descifrar los jeroglíficos egipcios en 1822, es probablemente el objeto más famoso del museo. Y como tal, es también el más asediado. La vitrina que la protege estaba rodeada por una multitud tan densa que acercarse a menos de tres metros era prácticamente imposible. Cientos de brazos alzando teléfonos móviles por encima de las cabezas, flashes disparándose pese a la prohibición, guías turísticos gritando explicaciones en todos los idiomas: el circo completo.

Las salas de las momias presentaban un panorama similar. La colección egipcia del British Museum es una de las más importantes del mundo fuera de El Cairo —más de 100.000 objetos, incluidos sarcófagos, estatuas monumentales y papiros—, pero disfrutarla requiere un nivel de paciencia y capacidad de concentración entre multitudes que ese domingo simplemente no teníamos.

Intentamos la zona de arte asiático, buscando algo de respiro en galerías que supusimos menos populares. Las salas dedicadas a China albergan una colección extraordinaria que abarca desde la cerámica neolítica de Yangshao hasta porcelanas de la dinastía Qing, pasando por jades, bronces rituales y pinturas en seda. Pero incluso aquí, la afluencia de visitantes convertía la experiencia en un ejercicio de esquivar codos más que de contemplación artística.

Nos fuimos habiendo visto solo una pequeña fracción de lo que el museo ofrece. Es frustrante, porque el British Museum en un martes de noviembre, con las salas medio vacías y la posibilidad de pararte delante de la Piedra Rosetta el tiempo que quieras, es una de las experiencias culturales más extraordinarias que puedes tener en Europa. Pero en Semana Santa es un infierno de masificación que convierte la visita en algo que soportas más que disfrutas. La lección estaba clara: hay épocas del año en las que ciertos lugares de Londres simplemente no funcionan.

Paseo por el centro: Covent Garden y Shaftesbury Avenue

Después del British Museum necesitábamos descompresión. Bajamos caminando hacia el sur por Bloomsbury y sus elegantes plazas georgianas —Russell Square, Bedford Square— hasta llegar a Covent Garden, que a media tarde de un domingo de Pascua era una fiesta de artistas callejeros, familias paseando y turistas ocupando todas las terrazas disponibles.

Desde Covent Garden seguimos por Shaftesbury Avenue, la calle que concentra la mayor densidad de teatros del West End. Este tramo de Londres es el equivalente británico de Broadway: el Gielgud, el Apollo, el Lyric, el Queen's Theatre se suceden uno tras otro en una calle que lleva el nombre del filántropo victoriano Lord Shaftesbury, que dedicó su vida a mejorar las condiciones de los trabajadores y los niños pobres del Londres del siglo XIX.

El West End londinense es la industria teatral más antigua y una de las más potentes del mundo. Los primeros teatros se establecieron en la zona en el siglo XVII, después de que Carlos II levantara la prohibición puritana sobre las representaciones teatrales. Desde entonces, el barrio ha sido el hogar de estrenos que han cambiado la historia del teatro: desde las primeras representaciones de Shakespeare en el cercano Globe hasta los grandes musicales contemporáneos que hoy mueven cientos de millones de libras al año.

Y precisamente a uno de esos musicales nos dirigíamos.

El Rey León en el Lyceum Theatre

A las 19:30 teníamos función en el Lyceum Theatre, en Wellington Street, a escasos metros de Covent Garden. Las entradas las había comprado por internet desde España con bastante antelación, sabiendo que El Rey León es uno de los espectáculos que se agotan rápidamente y que los mejores precios se consiguen reservando con meses de margen.

El Lyceum es uno de los teatros con más historia del West End. El edificio actual data de 1834, aunque ha habido un teatro en ese solar desde 1765. Su fachada neoclásica con el pórtico de columnas corintias es una de las más reconocibles de la zona. A lo largo de su historia ha acogido desde óperas hasta los espectáculos de Henry Irving, el primer actor británico en ser nombrado caballero, y su época más reciente está indisolublemente ligada a El Rey León, que se estrenó aquí en 1999 y lleva más de 25 años de funciones ininterrumpidas.

Sobre el musical en sí, poco puedo añadir que no se haya dicho ya. Era la tercera vez que lo veía —una anterior en este mismo teatro y otra en Madrid—, y sigue siendo absolutamente alucinante. La producción de Julie Taymor, que fusiona técnicas de títeres, máscaras africanas, teatro de sombras y danza contemporánea para recrear la sabana africana en un escenario teatral, es una de esas obras que redefinen lo que es posible hacer sobre un escenario.

Desde el momento en que las primeras notas de "Circle of Life" llenan el teatro y los actores empiezan a recorrer los pasillos del patio de butacas con sus trajes de animales —jirafas de casi cuatro metros, manadas de gacelas articuladas, un elefante a tamaño real formado por cuatro titiriteros—, la sensación es de asombro puro. Da igual cuántas veces lo hayas visto: ese número de apertura sigue poniendo los pelos de punta.

Además, creo que El Rey León es probablemente el musical más recomendable para alguien que tiene un nivel bajo de inglés pero quiere ver un show de primera categoría en el West End sin perderse. La historia es simple y sobradamente conocida —todo el mundo ha visto la película de Disney—, los diálogos son secundarios frente al espectáculo visual y musical, y las emociones se transmiten con tal intensidad a través de la música, la danza y los efectos visuales que el idioma se convierte en algo casi prescindible.

Salimos del Lyceum con esa sensación particular que dejan los grandes espectáculos: como si el mundo real necesitara unos minutos para volver a instalarse después de haber estado sumergido durante dos horas y media en otro completamente distinto. Era la noche perfecta para cerrar el penúltimo día en Londres.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Día 8. Goteras, Harrods y un sprint épico por el aeropuerto de Stansted

Me desperté pronto con un sonido que no debería existir en una habitación de hotel: agua goteando. Ese golpeteo rítmico y constante que al principio confundes con algo del sueño hasta que la realidad se impone. Miré al techo y encontré una gotera soltando agua justo a los pies de la cama. La parte inferior de las sábanas estaba empapada.

Era el colofón perfecto para un viaje donde todo lo que podía salir mal había salido mal. Cancelación de vuelo, retraso de 27 horas, habitación en un sótano, una señora de la limpieza echándonos de la habitación por error, museos imposibles por la masificación, y ahora una gotera para despedir nuestra última noche. Si alguien hubiera escrito este viaje como ficción, le habrían dicho que se estaba pasando con los giros dramáticos.

Recogimos todo rápidamente y bajé a recepción para informar del problema. La chica fue amable y se disculpó por los inconvenientes —era la misma que días antes había resuelto lo del malentendido con la limpieza, y a esas alturas ya nos conocía bien—. Como compensación por las molestias, ofreció guardar nuestro equipaje de forma gratuita hasta la hora del autobús al aeropuerto por la tarde. En los EasyHotel este servicio tiene un coste, así que al menos la gotera nos ahorró unas libras. Hay que buscar el lado positivo a las cosas.

Harrods: el templo del lujo británico

Con las mochilas guardadas y la mañana libre, fuimos a ver los almacenes Harrods, que desde nuestro hotel en Earls Court quedaban a un paseo de unos quince minutos.

Harrods no necesita mucha presentación: es probablemente los grandes almacenes más famosos del mundo. Fundados en 1849 por Charles Henry Harrod como una pequeña tienda de ultramarinos en Brompton Road, el negocio creció hasta convertirse en el emporio que conocemos hoy: un edificio de terracota que ocupa toda una manzana del barrio de Knightsbridge, con más de 90.000 metros cuadrados de superficie comercial repartidos en 330 departamentos y siete plantas.

El lema de la tienda, "Omnia Omnibus Ubique" —todo para todos en todas partes—, es tan ambicioso como engañoso, porque los precios de Harrods no están al alcance de "todos" ni mucho menos. Pero visitar el edificio no cuesta nada, y merece la pena aunque sea para contemplar la arquitectura interior.

Lo más impresionante son las escaleras egipcias, instaladas en 1898 y reformadas varias veces desde entonces: un delirio decorativo inspirado en el antiguo Egipto con columnas, jeroglíficos y esfinges que culmina en un techo pintado que imita un cielo estrellado. También merecen atención los food halls de la planta baja, con sus techos de azulejos art nouveau y sus vitrinas de mármol que exhiben productos gourmet como si fueran joyas. Es la versión más suntuosa posible de un supermercado: salmón ahumado a precios de boutique, quesos con pedigrí, chocolates que cuestan más por pieza que una comida entera en cualquier otro sitio de Londres.

Hicimos un paseo rápido por el edificio, admirando el estilo y la escala del lugar sin detenernos demasiado en ninguna sección. Harrods es de esos sitios donde resulta más interesante el continente que el contenido: el edificio en sí, con su mezcla de estilos decorativos que abarcan desde el art nouveau hasta el art déco pasando por el eclecticismo eduardiano, es una experiencia visual que vale los quince minutos de paseo desde cualquier hotel de la zona.

Comida con las chicas del Soho

Habíamos quedado a comer con unas chicas españolas que habíamos conocido el sábado por la noche en el Soho. Nos encontramos por la zona de Oxford Street, la arteria comercial más concurrida de Londres: casi dos kilómetros de tiendas que reciben unos 500.000 visitantes diarios y que en Semana Santa multiplican esa cifra hasta convertir el paseo en un ejercicio de supervivencia peatonal.

Fue una comida agradable, una de esas conexiones breves pero genuinas que surgen cuando viajas y que le dan un toque humano a la experiencia. Intercambiar impresiones sobre Londres con alguien que la está descubriendo al mismo tiempo que tú, comparar los desastres logísticos de cada uno, reírse de las anécdotas del viaje. Esos encuentros fortuitos son a menudo los que mejor recuerdas cuando pasa el tiempo.

El regreso: cuando todo vuelve a salir mal

Nos despedimos de las chicas, recogimos el equipaje en el hotel y fuimos a la parada del autobús hacia el aeropuerto de Stansted. Y aquí llegó uno de los grandes errores del viaje.

Teníamos billetes de ida y vuelta comprados, pero no habíamos reservado una hora específica de regreso. En circunstancias normales esto no es estrictamente necesario: los autobuses salen con frecuencia y suele haber plazas disponibles. Pero estábamos en lunes de Pascua, miles de turistas abandonaban Londres simultáneamente, y no habíamos previsto la demanda.

El primer autobús llegó y el conductor nos dijo que no le quedaban plazas libres, que estaba todo reservado. Tocaba esperar al siguiente. El siguiente ni siquiera paró en nuestra parada: iba completo desde el punto de origen. Empecé a ponerme nervioso. Teníamos que llegar a Stansted y se hacía tarde.

Llegó un tercer autobús de nuestra compañía. Misma historia: sin plazas. El reloj avanzaba y la perspectiva de perder el vuelo de vuelta a Bilbao empezaba a ser preocupantemente real. Fue en ese momento cuando paró otro autobús, de otra compañía —Terravision, probablemente—, que hacía el mismo trayecto. Me acerqué al conductor y me dijo que le quedaban tres plazas. Podíamos viajar, pero teníamos que pagar otro billete porque era una empresa distinta.

Acepté sin pensarlo dos veces. Diez libras adicionales por persona. Mi compañero, fiel a su estilo, protestó por tener que pagar diez libras extra. "Es eso o perder el vuelo", le dije. Subimos.

Sprint por Stansted

El trayecto al aeropuerto se hizo largo, con el tráfico de salida de Londres y la ansiedad de saber que íbamos justos de tiempo. Cuando llegamos a Stansted ya sabíamos que no había margen para paseos. Fue literalmente un sprint: bajar del autobús, cruzar la terminal corriendo con las mochilas a la espalda, buscar las pantallas de embarque, encontrar la puerta, recorrer los interminables pasillos del aeropuerto a toda velocidad, llegar al control de embarque resoplando y con el corazón a mil.

Lo conseguimos. Por los pelos, pero lo conseguimos. Nos dejamos caer en los asientos del avión con la respiración entrecortada y esa mezcla de alivio y agotamiento que solo conocen quienes han corrido por un aeropuerto con la certeza de que si se paran un segundo pierden el vuelo.

Y entonces, como si el guion de este viaje necesitara un último giro irónico, el piloto anunció por megafonía que teníamos que esperar al despegue por motivos técnicos. Casi una hora de retraso, con todo el pasaje sentado dentro del avión sin poder moverse. Había algo profundamente ridículo en haber recorrido medio aeropuerto corriendo como desesperados para pasarnos una hora sentados en un avión que no se movía.

Finalmente despegamos. Llegamos a Bilbao cerca de las doce de la noche. El viaje había terminado de la misma forma que había empezado: con retrasos, imprevistos y la sensación de que Londres se había empeñado en ponernos todas las trabas posibles.

Pero habíamos llegado. Y eso, a esas alturas, ya era una victoria.

Calle, edificio, monumento o paisaje urbano de Londres

Conclusiones: cuando el viaje te enseña con quién quieres viajar

Han pasado unas semanas desde el regreso de Londres y tengo la distancia suficiente para hacer balance de un viaje que, objetivamente, fue un catálogo de desastres: vuelo cancelado, retraso de 27 horas, habitación en un sótano, masificación imposible en los museos, gotera en la última noche, autobuses completos para volver al aeropuerto y un sprint final por la terminal de Stansted que prefiero no repetir nunca. Si juzgara el viaje exclusivamente por su logística, sería difícil calificarlo de otra cosa que no fuera un fracaso.

Pero los viajes no se miden solo por la logística.

Lo bueno

Londres sigue siendo Londres, y eso es mucho. Incluso en un viaje donde todo salía torcido, la ciudad se las arregló para regalarnos momentos que justificaron cada contratiempo. El Sky Garden fue una revelación: un espacio gratuito, hermoso y sorprendente que me dejó con la convicción de que es la mejor actividad gratuita de la ciudad. Los fish and chips junto al canal en Camden, bajo un sol inesperado, fueron el tipo de momento simple y perfecto que define los mejores recuerdos de viaje. La premiere de Batman v Superman en Leicester Square, con Henry Cavill a diez metros de distancia, fue un golpe de suerte absurdo que no se puede planificar. Y El Rey León en el Lyceum sigue siendo, incluso a la tercera, el espectáculo en vivo más impresionante que he visto en mi vida.

El HMS Belfast fue una sorpresa que debo agradecer a mi compañero. No lo habría visitado por decisión propia y resultó ser una de las visitas más interesantes del viaje. Es un recordatorio de que viajar con otras personas, incluso cuando la convivencia es complicada, puede abrirte puertas que de otro modo no habrías cruzado.

Lo malo: la Semana Santa londinense

La lección más clara del viaje es que hay fechas que es mejor evitar para visitar Londres. La Semana Santa convierte los grandes museos gratuitos en espacios donde la masificación hace imposible cualquier disfrute real. El Museo de Historia Natural y el British Museum, que en un día cualquiera entre semana son dos de las mejores experiencias culturales que puede ofrecer Europa, se convierten en un ejercicio de supervivencia entre multitudes que anula por completo su valor.

Si pudiera dar un solo consejo a alguien que planifica un viaje a Londres, sería este: evita la Semana Santa y los puentes festivos. Los museos gratuitos son gratuitos todo el año, pero la experiencia de visitarlos un martes de octubre no tiene absolutamente nada que ver con la de un sábado de Pascua.

Lo que aprendí sobre viajar con amigos

Y luego está el otro aprendizaje del viaje, el más personal y probablemente el más importante. Este viaje fue un punto de inflexión en mi forma de entender con quién y cómo quiero viajar.

No es una cuestión de culpas. Mi compañero es una persona estupenda con la que seguiré quedando a tomar algo por Bilbao sin ningún problema. Pero viajar juntos no funcionó. Las fricciones fueron constantes: diferencias de ritmo, diferencias de intereses, una dependencia total en el tema del idioma que me convertía en intérprete permanente, y la imposibilidad de separarnos unas horas cuando no había acuerdo porque él no se sentía capaz de moverse solo por la ciudad.

Es lógico que alguien que visita Londres por primera vez quiera hacer cosas que quien la conoce bien prefiere saltarse. Y es legítimo que quien no habla inglés necesite ayuda con las interacciones. El problema no está en ninguna de esas dos cosas por separado, sino en la combinación: cuando no hay acuerdo, lo ideal sería que cada uno siguiera su plan y se reencontraran unas horas más tarde. Y no pasa nada. Pero si la otra persona no puede o no quiere estar sola, no hay espacio para esa solución. Y entonces cada desacuerdo se convierte en una negociación que desgasta la convivencia.

La conclusión que saqué no fue la de no viajar nunca más con amigos, sino la de ser más selectivo y más honesto antes de comprometerse a un viaje compartido. Hay preguntas que merece la pena hacerse antes de comprar los billetes: ¿tenemos ritmos compatibles? ¿Podemos separarnos si hace falta? ¿Hay un nivel mínimo de autonomía que ambos podamos mantener? Si la respuesta a alguna de esas preguntas es no, quizás sea mejor quedar para unas cañas en casa y viajar cada uno por su cuenta.

Londres siempre merece la pena

A pesar de todo, no me arrepiento del viaje. Londres es una ciudad que absorbe los contratiempos como una esponja: por mucho que las cosas salgan mal, siempre hay algo que te compensa. Una calle que no conocías, un rincón que habías pasado por alto, un encuentro inesperado, un atardecer sobre el Támesis, un musical que te recuerda por qué el teatro en vivo es insustituible.

Este fue mi cuarto viaje a Londres y volveré muchas más veces. Pero la próxima vez elegiré mejor las fechas, elegiré mejor la compañía, y reservaré la hora del autobús de vuelta al aeropuerto. Hay errores que solo necesitas cometer una vez.

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