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El camino de toriis del santuario Fushimi Inari de Kioto al anochecer, con los pórticos de madera laca naranja alineados uno tras otro formando un túnel que se pierde entre el bosque.

Diarios de viaje · Japón · Gran Tokio · Kansai

Japón, un viaje a otro mundo

Más de dos semanas recorriendo Japón en pleno verano. De la frenética Tokio a la serenidad de Kioto, de los ciervos de Nara a la solemnidad de Hiroshima, un viaje que lo cambió todo en mi forma de entender el mundo y que aún hoy sigue siendo, probablemente, el más transformador de todos los que he vivido.

17 días Lectura de 2 h 56 min

Japón: un sueño cumplido

Introducción al viaje

Hay viajes que uno imagina durante años antes de hacerlos. Japón era, para mí, uno de esos viajes. No sabría decir exactamente cuándo empezó la obsesión, pero llevaba tanto tiempo mirando fotos, leyendo sobre templos, mirando documentales de NHK y dejándome fascinar por cada pequeño detalle de esa cultura, que cuando por fin compramos los billetes casi no me lo creía. Este es, sin exagerar, uno de los viajes de mi vida.

Voy con mi hermano, y eso significa que todo está planificado al milímetro. Él es de los que se preparan un viaje como quien prepara una oposición: hojas de cálculo, documentos compartidos con horarios, mapas marcados, presupuestos por día, listas de templos ordenadas por barrio, alternativas en caso de lluvia. El documento de planificación que montó para estos diecisiete días tiene pestañas, colores y notas al pie. Yo, que soy diseñador y trabajo con retículas todo el día, le reconozco al documento una estructura impecable. Gracias a eso, lo único que tengo que hacer es dejarme llevar, mirar, fotografiar y tomar notas.

Son diecisiete días en total. Salimos de Bilbao vía Fráncfort hasta Osaka, y el plan es sencillo sobre el papel pero denso en la ejecución. Montamos el viaje en dos grandes bloques: siete noches en Kioto como campamento base, y después Tokio. La lógica es que Kioto, por su ubicación en el Kansai, es un centro perfecto para moverse a Nara, Osaka, Himeji o Hiroshima, y Tokio, por su parte, sirve de base para Kamakura, Nikko, Hakone o Yokohama. Entre medias, el salto de Kioto a Tokio en Shinkansen.

Para todo eso, pieza clave: el JR Pass de 7 días. Lo compramos antes de salir de España (hay que activarlo en Japón, no se puede comprar allí) y pensamos muy bien cuándo activarlo, porque son siete días consecutivos y hay que exprimirlos. La estrategia que diseñamos fue esta: primero nos centramos en Kioto y alrededores sin usar el pase (caminando, en bus urbano, en metro), después empezamos a usar el pase para las ciudades cercanas a Kioto (Nara, Osaka, Himeji, Hiroshima), luego lo usamos para el Shinkansen a Tokio, continuamos usando el pase para ciudades cercanas a Tokio (Kamakura, Nikko), y por último nos centramos en Tokio sin el pase ya caducado. De esa forma aprovechamos los siete días al máximo: casi todos tienen al menos un trayecto de larga distancia que compensa el coste.

Hay algo que quiero avisar antes de empezar con los días: esto va a ser largo. Hemos visto mucho. Hemos andado muchísimo. Hemos tomado cientos de fotos y probado decenas de cosas raras en máquinas expendedoras. Voy a intentar contarlo todo sin ahorrarme detalles, porque quiero que dentro de diez años pueda volver a estos textos y revivirlo. Si alguien lee esto buscando información práctica, mejor; si alguien lo lee por curiosidad, espero transmitir aunque sea un poco del asombro constante que sentí allí.

Porque eso es lo que más recuerdo al volver: el asombro. El choque cultural constante. La sensación de que todo, absolutamente todo, se hace de otra manera. Las señales, los gestos, la manera de hacer cola, el silencio en los trenes, la limpieza, la educación, los sonidos de las ciudades, las máquinas expendedoras en mitad de la nada, los templos que aparecen en una esquina entre rascacielos. Japón me dejó con muchas más preguntas de las que tenía antes de ir, y con unas ganas enormes de aprender sobre su cultura, su historia, su idioma. Vuelvo siendo otro, un poco.

Vamos allá.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 1. Salida desde Bilbao: rumbo a Japón

El despertador suena a una hora indecente. El vuelo de Bilbao a Fráncfort sale a las 6:55 de la mañana del 11 de agosto, así que toca madrugón de esos que te dejan idiotizado durante las siguientes veinticuatro horas. Loiu a oscuras, el check-in rápido, el control de seguridad medio vacío, y al avión. El trayecto a Fráncfort es corto, apenas dos horas, pero llego ya con esa sensación de irrealidad que te da saber que, cuando pongas el pie en el siguiente avión, no vas a bajarte hasta el otro lado del planeta.

En Fráncfort tenemos varias horas de espera. El aeropuerto es enorme, impersonal, lleno de gente con caras de cansancio a medio camino de sitios imposibles. Mi hermano saca el documento del viaje para repasar los primeros pasos en Japón: cómo llegar del aeropuerto de Kansai a Kioto, dónde canjear los vouchers del JR Pass cuando toque, la dirección del hotel, las primeras líneas en japonés por si acaso. Yo miro por la ventana los aviones alineados y pienso que dentro de unas horas voy a estar en Japón por primera vez en mi vida.

El vuelo a Kansai sale a las 13:30. Once horas y pico por encima del continente, sobrevolando Rusia, viendo en la pantallita cómo el avión avanza milímetro a milímetro sobre Siberia. Intento dormir a ratos, veo dos películas, como lo que me ponen delante, me levanto a estirar las piernas. Hay algo hipnótico en volar hacia el este: la noche se te viene encima rápido, y el reloj del avión baila entre husos horarios mientras tu cuerpo ya no tiene ni idea de qué hora es en realidad.

Cuando miro por la ventanilla y veo las primeras luces del amanecer al otro lado del mundo, entiendo que el viaje ya ha empezado de verdad. Japón está al otro lado de esas nubes. Mañana, cuando me despierte, estaré allí.

El túnel de toriis bermellón de Fushimi Inari subiendo por la ladera del monte, con la luz de última hora de la tarde entrando entre los portones.

Día 2. Llegada a Kioto y Fushimi Inari al atardecer

Aterrizamos en Kansai a las 7:20 de la mañana del 12 de agosto. Dos días en el calendario y la mitad del planeta atravesada. El aeropuerto de Kansai está construido sobre una isla artificial en la bahía de Osaka, lo cual es un detalle que ya empieza a ajustar mi cabeza al hecho de que estoy en Japón. Se inauguró en 1994 después de siete años de obra faraónica y un presupuesto desbocado: los japoneses tuvieron que aplanar tres montañas enteras para rellenar el mar y levantar la isla, y luego diseñar un edificio (firma de Renzo Piano) lo bastante flexible como para resistir los terremotos y el hundimiento progresivo del terreno, que sigue ocurriendo. Es, literalmente, un aeropuerto que se hunde un par de centímetros al año.

La inmigración es ordenada, lenta, meticulosa. Huellas, foto, sellos. Recogemos las maletas. Vamos a por el dinero: cambiamos algo en el aeropuerto para tener yenes sueltos, aunque ya sabemos que Japón es una sociedad muy cash y vamos a necesitar mucho más. Me llama la atención que en un país tan obsesivamente tecnológico sigan pagándolo casi todo con billetes y monedas, y que las tarjetas sean una rareza en bares y pequeños comercios. Las explicaciones que he leído hablan de una mezcla de tradición, confianza en la seguridad pública (nadie te va a asaltar por llevar dinero encima) y cierta desconfianza cultural hacia la deuda.

El siguiente paso es canjear el voucher del JR Pass (lo activaremos más adelante, no hoy) y coger el Haruka Express, el tren directo de Kansai a Kioto. El Haruka es cómodo, silencioso, limpísimo. Es un servicio específico de la JR West diseñado para turistas y viajeros de negocios: sale cada media hora, tarda alrededor de 75 minutos en llegar a Kioto y tiene espacio dedicado para maletas grandes, algo que los trenes japoneses tradicionales casi nunca contemplan. Mientras vamos saliendo del aeropuerto y cruzando la bahía por ese puente interminable (el Sky Gate Bridge, 3,7 kilómetros, tráfico ferroviario abajo y carretera arriba), empiezo a ver el paisaje: casas bajas con tejados curvados, arrozales pequeños entre fábricas, torres de alta tensión de formas raras, cables por todas partes. Todo me parece exótico, aunque sé que para los japoneses que van en el tren es puro paisaje de todos los días.

Llegamos a la estación de Kioto, que es un edificio gigantesco, moderno, lleno de escaleras mecánicas, tiendas, restaurantes y un atrio de vértigo. Lo diseñó Hiroshi Hara en 1997 y fue polémico desde el primer minuto: los kiotenses, orgullosos de una ciudad de templos milenarios y edificios bajos, se rebelaron contra un mastodonte de vidrio y acero de quince plantas plantado en pleno corazón urbano. Hoy, casi veinte años después, conviven las dos escuelas: los que lo siguen odiando y los que lo defienden como símbolo de la Kioto contemporánea. Salimos al exterior y nos recibe el calor húmedo de agosto, un bofetón pegajoso que me recuerda que estoy en un país subtropical en pleno verano. Cogemos un taxi (los taxis japoneses, con sus puertas automáticas y sus conductores con guantes blancos, tapetes de encaje en los reposacabezas y una pulcritud casi doméstica, son una experiencia en sí misma) y nos vamos al Econo Inn, que será nuestra casa en Kioto durante siete noches.

El hotel es pequeñísimo. La habitación es minúscula, con dos camas casi pegadas, un baño unit bath prefabricado de plástico y una ventana que da a una pared. El "unit bath" es una invención japonesa de los años 60: un módulo entero de poliuretano o plástico moldeado (bañera, lavabo, inodoro, suelo, paredes, todo en una sola pieza) que se instala en bloque en los edificios residenciales para ahorrar espacio y tiempo de construcción. Es un invento extraño y práctico, muy representativo del genio japonés para encajar vida cotidiana en superficies imposibles. Pero la habitación está limpia, tiene aire acondicionado, tiene yukatas dobladas encima de las camas, y está en una zona céntrica. Para lo que necesitamos, perfecta.

Hacemos el check-in y caemos muertos. Habíamos planeado resistir hasta la noche para ajustarnos al huso horario, pero es imposible. Una siesta de un par de horas se convierte en algo más larga, y cuando nos despertamos ya es media tarde. Mi hermano mira el reloj, mira el documento, y dice: "Venga, nos da tiempo a ir a Fushimi Inari antes de que se ponga el sol".

Salimos corriendo. Cogemos la JR Nara Line desde la estación de Kioto (dos paradas), y bajamos en Inari. Nada más salir de la estación, cruzando la calle, ahí está: el torii gigante de entrada al santuario de Fushimi Inari Taisha.

Fushimi Inari: los mil toriis

Fushimi Inari es uno de los lugares más fotografiados de Japón, y hay una razón. Es el santuario principal, el taisha, de una red de unos treinta mil santuarios de todo el país dedicados a Inari, el kami sintoísta del arroz, la fertilidad, la agricultura, el sake y, por extensión moderna, también de los negocios y la prosperidad económica. La fundación se remonta al año 711, en tiempos de la emperatriz Genmei, cuando el clan Hata (una familia de inmigrantes de origen coreano con enorme influencia en la zona) levantó el primer altar en lo alto del monte Inari para asegurar las cosechas. Eso significa que este santuario tiene más de mil trescientos años. Cuando Kioto ni siquiera era Kioto, Fushimi Inari ya llevaba siglos funcionando.

La tradición de los toriis donados empieza en el periodo Edo (siglos XVII-XIX), cuando comerciantes y empresas prósperas comenzaron a regalar portones bermellones al santuario como muestra de agradecimiento por los favores concedidos por el dios Inari. Cuanto más grande el negocio, más grande el torii. La práctica se ha mantenido hasta hoy: hay aproximadamente diez mil toriis subiendo por la ladera del monte Inari, cada uno con los kanjis en negro del donante y la fecha pintados en el reverso (por eso, cuando subes, los ves limpios y rojos; cuando bajas, los ves con las inscripciones). Donar un torii pequeño cuesta unos 400.000 yenes; los grandes, que enmarcan los tramos principales, pueden llegar a varios millones.

El color bermellón no es casual. En el sintoísmo se considera un color protector, que ahuyenta a los malos espíritus, y químicamente contiene mercurio (bermellón tradicional), que también actuaba como conservante natural para la madera. El túnel más famoso, el Senbon Torii ("los mil toriis"), es en realidad un desdoblamiento del camino en dos pasillos paralelos muy juntos: uno para subir y otro para bajar, una elegante solución japonesa para gestionar el flujo de peregrinos en un espacio estrecho.

Los zorros están por todas partes. Son los kitsune, mensajeros de Inari, y los verás representados en pares a la entrada de cada sub-santuario, normalmente con algo en la boca: una llave (del granero del arroz), una joya mágica, un rollo de sutras o una gavilla de arroz. En la mitología japonesa el kitsune es una criatura ambigua: mensajero divino, sí, pero también espíritu embaucador capaz de transformarse en mujer hermosa, engañar a los humanos y cambiar de forma según los años que viva (el kitsune de nueve colas es el más poderoso). En Fushimi Inari, sin embargo, son solo mensajeros, benevolentes, protectores.

Subimos por el camino, parando a cada rato a hacer fotos. La luz de última hora de la tarde entra entre los torii en rayos oblicuos, el bermellón contra el verde del bosque es brutal. A mitad de la subida, en el Okusha Hohaijo (el santuario interior), hay una pareja de piedras pequeñas llamadas Omokaru-ishi: pides un deseo, levantas la piedra, y si te parece más ligera de lo que esperabas, el deseo se cumplirá; si te parece más pesada, no. Mi hermano lo hace, pone cara de esfuerzo y se ríe. No me cuenta qué ha deseado. Seguimos subiendo. Llegamos al mirador intermedio (Yotsutsuji, a medio camino de la cumbre; desde el aparcamiento hasta allí se tardan unos 45 minutos subiendo a buen ritmo) justo cuando empieza a ponerse el sol y Kioto se ilumina abajo. La ruta completa hasta la cima son 233 metros de desnivel y unas dos horas y media ida y vuelta. Nosotros, con el jet lag encima, nos quedamos en el mirador. No puedo imaginar una bienvenida mejor a Japón.

Bajamos con menos prisa, con las piernas ya avisando de que llevan demasiadas horas sin dormir bien, paramos en los pequeños santuarios intermedios (hay docenas de ellos, a veces ocultos tras la maleza, dedicados a divinidades menores de la red Inari y llenos de toriis minúsculos en miniatura, ofrendas privadas), vemos a gente local haciendo sus oraciones, aplaudiendo dos veces, inclinándose. Ese ritual tiene nombre y fórmula fija: ni-rei ni-hakushu ichi-rei, dos reverencias, dos palmadas, una reverencia. Las palmadas sirven para llamar la atención del kami; las reverencias, para mostrarle respeto. Un grupo de niños con uniforme pasa corriendo. Un señor mayor limpia las estatuas de los zorros con un paño. Todo me parece importantísimo y cotidiano al mismo tiempo.

Volvemos a Inari Station ya de noche. Cenamos algo rápido cerca del hotel, lo primero que encontramos, un restaurantito familiar con menú en japonés (y traducciones al inglés de batalla) donde pido un bol de algo con fideos y verduras que está espectacular. Cuando caigo en la cama, literalmente me duermo antes de apoyar la cabeza. Pero ya estamos en Japón.

Una calle empedrada de Higashiyama en Kioto, con casas tradicionales de madera camino de Gion.

Día 3. Higashiyama, el Camino del Filósofo y Gion

Primer día completo en Kioto, y mi hermano ha diseñado una ruta que, mirándola en el mapa, parece una locura: empezar en el extremo norte de Higashiyama, en Ginkaku-ji, bajar por el Camino del Filósofo hasta Nanzen-ji, seguir pegados a la ladera del monte hasta Kiyomizu-dera, y rematar por Sannen-zaka, Ninen-zaka, Kodai-ji, Yasaka y Gion. En la práctica son varios kilómetros andando con calor y humedad, pero la recompensa es absurda. Hoy vamos a ver media Kioto.

Desayunamos rápido y cogemos un autobús urbano hasta Ginkaku-ji. Los autobuses de Kioto son un mundo propio: entras por detrás, sacas un ticket con un número, y al bajarte miras un panel luminoso delante del conductor que te dice cuánto tienes que pagar según el número de tu ticket. Muy ingenioso, y mi hermano, que lo había leído todo antes, me lo explica con paciencia. La tarifa plana dentro del centro son 230 yenes, y hay un bono de día ilimitado que acaba rentabilizándose con tres trayectos.

Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata que nunca fue plateado

Llegamos a Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata. El nombre engaña: nunca estuvo recubierto de plata. Lo mandó construir en 1482 el shogun Ashikaga Yoshimasa como villa de retiro, imitando al Pabellón Dorado, Kinkaku-ji, que había hecho su abuelo Yoshimitsu unas décadas antes. La leyenda dice que Yoshimasa quería cubrirlo de láminas de plata y por eso lo llamó así desde el principio, pero las guerras de Onin (1467-1477) habían devastado Kioto y arruinado las arcas del shogunato, y la plata nunca llegó. Otra teoría, más reciente, dice que el nombre viene en realidad del brillo plateado que la luna proyecta sobre su tejado de madera oscura en las noches de otoño, y que nunca hubo intención real de platearlo.

Yoshimasa fue un shogun desastroso políticamente, pero culturalmente fundamental: su corte de Higashiyama dio nombre a toda una era estética, el Higashiyama Bunka, que cristalizó las artes japonesas que hoy consideramos "clásicas": la ceremonia del té, el ikebana, el teatro Noh, la arquitectura sukiya, la pintura monocroma en tinta. En cierto sentido, Yoshimasa perdió el país pero inventó la Japón refinada que todavía se vende al turista.

Lo que sí es espectacular es el jardín. Hay un mar de arena plateada rastrillada en líneas horizontales perfectas, el Ginshadan, el "mar de arena plateada", y un cono de arena, el Kogetsudai, la "plataforma para contemplar la luna", que supuestamente representa al monte Fuji y refleja la luz de la luna durante las noches de contemplación. El mantenimiento de estas formas es diario: los monjes peinan la arena cada mañana con rastrillos de madera. Todo está cuidado con una meticulosidad que me deja sin palabras. Subimos por un caminito de musgo hasta un mirador desde el que se ve Ginkaku-ji entero con Kioto de fondo.

El Camino del Filósofo

Salimos del templo y empieza el Camino del Filósofo, el Tetsugaku-no-Michi. Es un sendero de unos dos kilómetros que sigue un canal de agua (la desviación del acueducto del lago Biwa, construida a finales del XIX) y que debe su nombre al filósofo Nishida Kitaro, profesor de la Universidad de Kioto y fundador de la llamada "Escuela de Kioto", que lo recorría todos los días meditando de camino al trabajo. Nishida (1870-1945) fue el pensador japonés más influyente del siglo XX: intentó fundir la filosofía occidental (Kant, Hegel, James) con el Zen en conceptos como el "lugar de la nada absoluta". Que un sendero lleve su nombre es raro incluso para Japón, donde rara vez se bautizan calles con nombres propios.

En primavera es famoso porque los cerezos de ambas orillas (unos cuatrocientos, plantados a principios del siglo XX) se convierten en un túnel rosa, pero en agosto lo que tenemos es verde espeso, cigarras gritando, algún gato durmiendo en un murito y muy poca gente. Andamos despacio, parando en los templos pequeños del camino, comprando un helado en una caseta. Es una mañana perfecta.

Honen-in, Eikando y el acueducto de Nanzen-ji

Hacemos desvíos. Entramos en Honen-in, un templo escondido al que se accede por una puerta de madera cubierta de musgo (la Sanmon, con sus dos montículos de arena blanca rastrillada a los lados, byakusadan, que simbolizan la purificación del visitante al entrar) y donde hay unos jardines diminutos impecables. Es un templo de la escuela Jodo fundado en el siglo XVII en honor al monje Honen, padre del budismo Tierra Pura en Japón, que predicaba la salvación mediante la simple invocación del nombre de Amida Buda. Seguimos hasta Eikando, famoso por su estatua de Amida mirando hacia atrás (Mikaeri Amida) y por sus arces (aquí también fuera de temporada). La leyenda dice que un día de 1082, el monje Eikan estaba caminando alrededor de la estatua cantando el nombre de Amida, cuando la estatua saltó del altar y se puso a caminar con él; Eikan se quedó atónito y la estatua giró la cabeza para mirarle por encima del hombro, diciéndole "Eikan, vas demasiado lento". Desde entonces la figura quedó congelada en esa postura.

Y desembocamos en Nanzen-ji, que es otro nivel. Es un complejo enorme de templos Zen Rinzai, uno de los más importantes de Japón, considerado el cuartel general de toda la escuela, con un Sanmon monumental de madera de 22 metros de altura, dos pisos con vistas, construido en 1628 en memoria de los caídos en el asedio del castillo de Osaka. Desde sus balcones, según dice la leyenda, el bandido Ishikawa Goemon (el Robin Hood japonés del siglo XVI) pronunció al ver la belleza de Kioto la frase "Zeppei, zeppei, zeppei kana" ("qué vista, qué vista, qué vista"). Es pura leyenda, porque Goemon fue ejecutado 1594 y el Sanmon se construyó treinta años después, pero la anécdota se repite en todas las guías.

Pero lo que me deja boquiabierto es el acueducto de ladrillo rojo que atraviesa el recinto. Es el Suirokaku, una estructura de la era Meiji inaugurada en 1890, parte de un sistema pionero de ingeniería (el canal del lago Biwa) que lleva agua y electricidad desde el lago Biwa a Kioto. El contraste entre los arcos de ladrillo de aire romano y el templo zen es brutal, un anacronismo deliberado que cuando se construyó provocó una tormenta de protestas de los monjes y hoy es uno de los rincones más fotografiados de Kioto. La Meiji fue exactamente eso: modernización a toda costa, incluso cruzando acueductos occidentales por mitad de templos milenarios. Cruzamos por debajo y seguimos camino.

Kiyomizu-dera y su escenario colgante

Comemos algo rápido por la zona (un plato de udon en un sitio pequeñito) y seguimos hacia el sur, pegados a la ladera, hasta Kiyomizu-dera. La subida final hacia el templo es empinada y está llena de gente, sobre todo turistas japoneses con yukata, tiendas de souvenirs, puestos de té matcha y de mochis.

Kiyomizu-dera significa literalmente "templo del agua pura" y fue fundado en el año 778 por el monje Enchin, que llegó hasta la cascada siguiendo una visión. El templo actual, sin embargo, data de 1633, reconstruido por órdenes del tercer shogun Tokugawa, Iemitsu, después de que los anteriores edificios ardieran varias veces. Es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1994. Su famoso escenario de madera, el Hondo, sobresale trece metros sobre la ladera del monte Otowa sostenido por 168 pilares de cipreses zelkova, ensamblados completamente sin clavos mediante un sistema de tenones y espigas que ha sobrevivido a siglos de terremotos. La plataforma mide unos 190 metros cuadrados, todo tablones de madera pulida.

Del escenario viene una expresión japonesa todavía viva: "saltar desde el escenario de Kiyomizu" (Kiyomizu no butai kara tobioriru), que significa tomar una decisión drástica. Durante el periodo Edo se contabilizaron 234 saltos reales, y el 85% de los que saltaron sobrevivieron, porque la vegetación y la pendiente amortiguaban la caída. El gobierno Meiji prohibió la práctica en 1872.

En 2015 Kiyomizu-dera está en obras: su famoso tejado y parte de la terraza de madera están cubiertos de andamios y lonas, como parte de una restauración mayor prevista para durar hasta 2020. Aun así merece muchísimo la pena. Desde arriba se ve Kioto entera y el bosque que rodea el templo. Bebemos del manantial Otowa, cuyas tres cascadas supuestamente dan longevidad, amor o éxito académico (hay que elegir una, beber de dos se considera codicioso y de las tres de soberbia, y no se concede ningún deseo al codicioso). Yo bebo de una sola. Por si acaso.

Sannen-zaka, Ninen-zaka y el turista mediterráneo

Bajamos de Kiyomizu por Sannen-zaka y Ninen-zaka, las dos calles empedradas más fotografiadas de Japón. Son escaleras y pendientes bordeadas por casitas tradicionales de madera (machiya) reconvertidas en tiendas, pastelerías, cafés, sitios de té. Los nombres literalmente significan "pendiente de tres años" y "pendiente de dos años", y hay una superstición local: si te caes en Sannen-zaka, te quedan tres años de vida; si te caes en Ninen-zaka, dos. Por eso los peregrinos las subían siempre con extremo cuidado. Las casas están protegidas por ley como zona de conservación arquitectónica desde los años setenta: ninguna puede remodelar la fachada ni cambiar el perfil del tejado.

Hay mucha gente, mucho ruido, mucho turista con yukata alquilado. Entre ellos, un grupo de italianos hablando a pleno pulmón. Y otro, un poco más allá, de españoles. Empiezo a notar un patrón que se va a repetir mucho estos días: en Kioto hay bastante turista mediterráneo, y se les oye a dos calles de distancia. Nos miramos mi hermano y yo con cara de disimulo cada vez que pasa un grupo así.

Sigo bajando y entramos en Kodai-ji, otro templo Zen con jardines de roca y un estanque, fundado en 1606 por Nene (también conocida como Kita-no-Mandokoro), la viuda del gran Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), el segundo de los tres unificadores de Japón. Nene construyó el templo en memoria de su marido tras su muerte, y se retiró aquí los últimos 19 años de su vida. El templo conserva un mausoleo decorado con lacas maki-e brillantísimas, arte de finales del siglo XVI, y dos salas de té diseñadas por Sen no Rikyu, el gran maestro del té. Es tranquilo comparado con lo de antes.

Yasaka y el comienzo del Obon

Luego Yasaka-jinja, el gran santuario sintoísta que marca el principio de Gion, fundado en el año 656, antes incluso del traslado de la capital a Kioto, con sus linternas de papel colgando del tejado del escenario central. Yasaka es el santuario que organiza el Gion Matsuri, el festival más famoso de Japón, celebrado durante todo el mes de julio desde el año 869 para conjurar una epidemia que asolaba la capital. En Yasaka empiezan a verse preparativos de Obon, la festividad budista de los ancestros, que empieza justo hoy, 13 de agosto, y dura hasta el 16. Hay puestos montándose, farolillos encendiéndose, familias llegando con niños pequeños. Durante estos tres días se cree que los espíritus de los difuntos vuelven a visitar a sus familias vivas, y los hogares colocan ofrendas y encienden pequeños fuegos para guiarlos.

Gion al anochecer

Cuando cae el sol, entramos en Gion. El barrio de las geishas. O mejor dicho, el más famoso de los cinco hanamachi ("barrios de las flores") de Kioto. Hanamikoji-dori, la calle principal, se queda en silencio cuando la cruzan casi ellas: las machiya de madera oscura con las puertas correderas entreabiertas, las linternas encendidas, los taxis negros parando a dejar clientes.

Una aclaración que en Kioto es importante: las geishas, aquí, se llaman geiko ("hija del arte"), y sus aprendices son las maiko ("hija del baile"). Las maiko empiezan a los 15-17 años, hacen un aprendizaje de cinco años estudiando danza, música con shamisen, ceremonia del té, conversación, caligrafía y etiqueta, y solo después se convierten en geiko completas. Su maquillaje distintivo (la cara blanca de oshiroi, el labio inferior pintado de rojo pero no el superior durante el primer año) y su kimono son distintos: las maiko llevan obi muy largos colgantes (darari-obi) y sandalias de plataforma okobo de 10 cm que producen un sonido característico al caminar; las geiko visten más sobriamente, con el obi anudado corto.

Las geishas no son, como el imaginario occidental insiste, prostitutas. Son artistas tradicionales cuyo trabajo consiste en amenizar cenas en las ochaya (casas de té) con música, danza, juegos y conversación. Las ochaya funcionan con un sistema cerrado de presentación: solo se entra si un cliente antiguo te presenta, y las facturas se envían a final de mes. El número de geiko y maiko ha caído en picado desde las miles que había en el siglo XIX hasta poco más de 250 en el Kioto de hoy.

Vemos a lo lejos a una maiko saliendo de un ochaya, con su obi enorme, su maquillaje blanco y sus sandalias okobo de plataforma. Cruza la calle y desaparece en un taxi negro. Tres segundos. Nadie grita, nadie corre a hacerle fotos invasivas. Los que estábamos allí simplemente nos quedamos quietos. Lo que no sabíamos entonces es que en los años siguientes el acoso fotográfico a las maiko se volvería tan grave que el barrio acabó prohibiendo fotografiar en las calles privadas. Ya se notaba algo de tensión, algunos carteles pidiendo respeto en inglés y chino.

Cenamos en Gion, en un sitio pequeño que encontramos metiéndonos por callejuelas. Yo pido un set con tempura y, claro, un bol de arroz de acompañamiento. Mi hermano pide algo parecido. Hoy es el segundo día y ya llevo tres comidas con arroz. Todavía no me importa.

Volvemos al hotel andando un buen rato, cruzando el Kamogawa, el río de Kioto, con sus parejas sentadas cada pocos metros a la orilla equidistantes unas de otras (un fenómeno documentado: los kiotenses se sientan automáticamente a unos dos metros del siguiente, una regla no escrita de cortesía urbana). Llegamos reventados, con los pies destrozados. Miramos el mapa y vemos lo que hemos hecho: una línea quebrada que recorre media ciudad. Mi hermano sonríe. Yo me ducho, escribo cuatro notas y caigo redondo.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 4. El Pabellón Dorado, el jardín de piedras y el bosque de bambú

Hoy toca el noroeste de Kioto. En la pizarra mental del viaje está marcado como el día de los "grandes iconos": Kinkaku-ji y Ryoan-ji por la mañana, Arashiyama por la tarde. Es, sobre el papel, uno de los días más turísticos del viaje, y aun así acaba siendo inolvidable.

Salimos temprano. Muy temprano, porque mi hermano ha insistido en ver Kinkaku-ji antes de que llegue el grueso de los autobuses turísticos. Cogemos un bus urbano hasta el norte de Kioto y llegamos a la entrada del templo a las nueve y poco. Ya hay cola, porque en Japón la hora de apertura se respeta con exactitud militar, pero aún es soportable.

Kinkaku-ji, el Pabellón Dorado

Y entonces lo ves. Kinkaku-ji, el Pabellón Dorado, reflejado perfecto en el estanque Kyoko-chi, el "estanque espejo". Lo construyó en 1397 Ashikaga Yoshimitsu, tercer shogun de la dinastía Ashikaga y una de las figuras más poderosas de la historia japonesa, como villa de retiro (Kitayama-dono) al abdicar del shogunato para dedicarse a las artes y la diplomacia con la China Ming. Yoshimitsu era un personaje fascinante: negoció el título de "Rey de Japón" con el emperador chino (algo que escandalizó a la corte imperial de Kioto), amasó una fortuna con el comercio exterior, y convirtió su retiro dorado en el centro cultural del país. A su muerte en 1408, según su testamento, la villa pasó a ser templo Zen de la escuela Rinzai con el nombre oficial de Rokuon-ji ("templo del jardín de los ciervos").

Lo verdaderamente especial del pabellón es su diseño sincrético: tres pisos, cada uno en un estilo arquitectónico distinto. La planta baja, en estilo shinden-zukuri, reproduce la arquitectura aristocrática de la época Heian (la de los palacios imperiales del siglo X). La planta intermedia sigue el estilo buke-zukuri, propio de las residencias samurái. Y el piso superior es una cámara de reliquias zen en estilo zenshu-butsuden, coronada por un fénix chino de bronce dorado (el houou) que simboliza la regeneración y la sabiduría. Los dos pisos superiores están cubiertos de pan de oro puro (actualmente, cinco veces más grueso que el original, según la restauración de 1987, que usó 20 kilos de oro).

La imagen es tan fotografiada, tan vista en libros y documentales, que temía que llegar allí fuese una decepción, y sin embargo no lo es. Hay algo en el oro contra el verde del pino y el azul del agua que sigue funcionando. Sigues el itinerario marcado (en Japón las visitas a templos suelen ser unidireccionales, con un recorrido obligado), cruzas un jardín precioso y sales.

La parte curiosa es que el Kinkaku-ji que vemos no es el original. En la madrugada del 2 de julio de 1950, un joven monje novicio de 21 años llamado Hayashi Yoken, obsesionado con la belleza del templo hasta el odio, quemó el pabellón hasta los cimientos en un acto de incendio intencional. Hayashi fue detenido al día siguiente intentando suicidarse en la colina trasera; fue declarado enfermo mental y murió en prisión pocos años después. El incidente escandalizó al país y dio lugar a una de las novelas clave del siglo XX japonés, "El pabellón de oro" (Kinkakuji, 1956) de Yukio Mishima, que convierte al incendiario en protagonista y reflexiona sobre la imposibilidad de poseer la belleza sin destruirla. El edificio actual es una reconstrucción de 1955, meticulosa. No importa. Funciona.

Ryoan-ji, el jardín de las quince piedras

De Kinkaku-ji vamos andando a Ryoan-ji, que está a unos veinte minutos. Ryoan-ji es otra cosa completamente distinta, y para mí ha sido la sorpresa del día. Es el jardín Zen de piedras más famoso del mundo, considerado la culminación del arte del karesansui (literalmente, "montañas y aguas secas", el jardín seco): un rectángulo de unos 250 metros cuadrados de arena blanca rastrillada con quince piedras distribuidas en cinco grupos (5-2-3-2-3), rodeado por un muro bajo de arcilla mezclada con aceite hervido cuyas manchas marrones son parte reconocida de su belleza.

El jardín se construyó, probablemente, a finales del siglo XV (fecha más aceptada: 1499), durante la reconstrucción del templo tras el incendio de las guerras Onin. Quién lo diseñó es un misterio: hay teorías que se lo atribuyen al pintor Soami, al monje Tessen Soki, o incluso al mismísimo abad del templo. Dos de las piedras están grabadas con nombres, "Kotaro" y "Hikojiro", probablemente los canteros que colocaron las rocas, lo que añade un ángulo aún más enigmático.

La particularidad famosa es que, desde cualquier ángulo del porche de madera del hojo (la residencia del abad) desde el que se contempla, nunca puedes ver las quince piedras a la vez. Una siempre queda oculta detrás de otra. Se dice que solo el que alcanza la iluminación puede ver las quince. Es una meditación física sobre la imposibilidad de abarcarlo todo, sobre los límites de la percepción humana. Los investigadores modernos han demostrado que la distribución no es aleatoria: sigue proporciones matemáticas que el ojo percibe como equilibradas sin saber por qué.

Hay otro detalle que mucha gente se pierde: saliendo del jardín principal, detrás del edificio, hay un tsukubai, un pequeño lavabo de piedra para las abluciones antes de la ceremonia del té, con una inscripción circular grabada en el borde. Los cuatro caracteres que rodean el cuadrado central comparten ese cuadrado como radical, y juntos se leen "ware tada taru wo shiru": "aprendo a estar contento con lo que tengo". Es puro pensamiento zen reducido a cuatro sílabas. Me siento en el porche, junto a decenas de otros visitantes en silencio, y paso un buen rato intentando entender el jardín. No lo consigo, claro. Ese es el punto.

Comemos por la zona, en un pequeño restaurante con menú fijo: pescado, miso, verduras, té verde frío y, cómo no, arroz. Mi hermano pide también un poco de arroz extra porque dice que está muy bueno. Yo asiento con una sonrisa que empieza a ser algo forzada. Voy por el tercer arroz del día.

Arashiyama y el puente que cruza la luna

Por la tarde, Arashiyama. Cogemos la JR Sagano Line (todavía sin activar el JR Pass, pagamos este trayecto aparte) y en quince minutos estamos en el oeste de Kioto, a los pies de las montañas. Arashiyama es casi un pueblo: un río, un puente histórico, tiendas de tofu, barcas, templos, bosques. La zona, conocida genéricamente como Arashiyama-Sagano, es lugar de veraneo y retiro de la aristocracia desde el periodo Heian (siglos VIII-XII): aquí los nobles venían a contemplar los cerezos en primavera y los arces en otoño, y más de un emperador retirado construyó su villa en estas laderas.

Empezamos cruzando el Togetsukyo, el "puente que cruza la luna", un puente sobre el río Katsura (que aquí se llama Oi-gawa) que le da nombre a la zona. El nombre se lo puso el emperador retirado Kameyama en el siglo XIII, después de una noche de luna llena navegando por el río: dijo que la luna parecía cruzar el puente de una orilla a la otra. El puente actual es una reconstrucción de 1934 con estructura de hormigón, aunque el exterior imita escrupulosamente la madera tradicional. Desde el puente se ven las montañas cubiertas de verde y barcas pequeñas con turistas haciendo el recorrido fluvial.

Tenryu-ji y el paisaje prestado

Entramos en Tenryu-ji, templo principal de la escuela Rinzai Zen y Patrimonio de la Humanidad. Se fundó en 1339 por orden del shogun Ashikaga Takauji, en memoria del emperador Go-Daigo con quien había estado enfrentado: dicen que el fantasma del emperador se le aparecía, y que Takauji, atormentado por la culpa, mandó construir este templo para apaciguarlo. Para financiar la obra se enviaron los primeros barcos comerciales japoneses a la China Yuan, las llamadas "naves de Tenryu-ji", que abrieron una ruta comercial que duraría siglos.

El jardín principal, el Sogenchi, fue diseñado a mediados del siglo XIV por el monje Musō Soseki, uno de los grandes maestros Zen de la historia japonesa, y es el jardín paisajístico más antiguo de Japón que se conserva en su forma original. Sobrevivió intacto a ocho incendios que arrasaron los edificios del templo. Se considera el primero que tuvo en cuenta el paisaje del monte al fondo (los montes Arashiyama y Kameyama) como parte integrada del diseño, lo que los japoneses llaman shakkei, "paisaje prestado": la técnica de incorporar vistas exteriores lejanas como parte visual del jardín cercano, disolviendo los límites entre lo diseñado y lo natural. Estar sentado en el tatami mirando el estanque con las montañas detrás es una de esas imágenes mentales que me llevo para siempre.

El bosque de bambú

Saliendo de Tenryu-ji por la puerta norte se entra directamente en el bosque de bambú de Arashiyama. Y aquí sí que tengo que rendirme: las fotos no capturan lo que es. Estás dentro de un pasillo de cañas de bambú verdes gigantes (Phyllostachys edulis, el "moso", que es la especie de bambú más grande de Japón y puede crecer un metro al día en primavera) que se curvan arriba, el sol entra filtrado en rayos verdosos, y sopla una brisa que hace que las cañas crujan y se rocen unas con otras. El sonido es único: un chasquido de madera, un susurro seco, un traqueteo grave que cambia con la intensidad del viento. De hecho, el gobierno japonés lo tiene catalogado oficialmente desde 1996 como uno de los "100 paisajes sonoros de Japón" (Nihon no Oto Fukei Hyakusen), una lista de entornos que las autoridades consideran patrimonio acústico nacional. Lo creo.

Okochi Sanso Villa

Al final del bosque está la Okochi Sanso Villa, la antigua casa y jardín de un actor de cine mudo japonés, Denjiro Okochi (1898-1962), que se pasó treinta años construyendo este jardín en la ladera de la montaña con lo que ganaba rodando películas de samuráis. Le encantaba tanto este rincón de Arashiyama que dedicó su vida y su dinero a diseñarlo casa por casa, sendero por sendero: un pabellón de té, una sala de meditación, un mirador que domina la ciudad de Kioto, caminos de piedra que suben y bajan entre musgos y arces. La entrada es relativamente cara (1.000 yenes en 2015) pero incluye un té verde matcha con wagashi en un pequeño pabellón con vistas. Nos lo tomamos con calma. El jardín es precioso y hay muy poca gente, porque la mayoría de turistas solo cruzan el bosque de bambú y se van. Después de tanto templo oficial, se agradece este espacio más íntimo, construido a escala humana, casi obsesivamente personal.

Máquinas expendedoras y experimentos

De vuelta al centro de Arashiyama, con la tarde ya cayendo, paramos en una máquina expendedora de bebidas. Esta es una obsesión mía de estos días: en Japón hay más de cinco millones de máquinas expendedoras operativas (una por cada 23 habitantes, el ratio más alto del mundo), cada cincuenta metros, en el medio del campo, en callejones, en templos, en todas partes. Funcionan sin vigilancia ninguna, porque en Japón nadie roba ni vandaliza las máquinas, y se considera que dan servicio público esencial. Venden cosas que no había visto en mi vida: té de cebada frío, sopas calientes en lata, caldo de maíz, cerveza, agua de coco, bebidas isotónicas con nombres de superhéroe.

Hoy me lanzo con un té frío que tiene un nombre ilegible, la lata de un color morado sospechoso. Lo abro, lo huelo, lo pruebo. Sabe a té fermentado con algo floral y un regusto amargo que me deja mala cara. Mi hermano se ríe. Yo me lo bebo entero porque me lo he comprado, pero apunto mentalmente: este té no. Lleva tres días y ya he probado cinco bebidas raras. La mayoría, infumables. Pero no voy a dejar de intentarlo.

Volvemos a Kioto en tren. Cenamos cerca del hotel algo ligero y nos metemos en la cama pronto. Mañana toca el primer día usando el JR Pass: Nara y Osaka.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 5. Los ciervos de Nara, el Gran Buda y las luces de Osaka

Día de activación del JR Pass. Nos acercamos a la oficina de la estación de Kioto, entregamos los vouchers, mostramos los pasaportes, y una señorita con uniforme impoluto nos rellena a mano los datos, estampa el sello con fecha de inicio y nos entrega los pases. A partir de hoy, siete días de trenes JR ilimitados por todo el país. Entramos por la puerta especial que hay al lado de las máquinas (los poseedores del JR Pass no podían, en 2015, usar los torniquetes automáticos porque el pase es un documento físico con sello manual, no una tarjeta magnética), enseñamos el pase al revisor que hace una reverencia, y ya estamos dentro. Sensación de libertad total.

El primer viaje es corto: Kioto a Nara en la línea JR Nara, unos 45 minutos.

Nara, la primera capital permanente de Japón

Nara fue la capital de Japón entre los años 710 y 794, el periodo que por su nombre original se conoce como "Nara Jidai" y que marca el primer experimento del país con una capital fija. Hasta entonces, cada emperador trasladaba la corte a una nueva ciudad al ascender al trono (una costumbre sintoísta relacionada con la impureza ritual de la muerte del anterior soberano). En el 710, la emperatriz Genmei decidió romper esa tradición y fundar una capital permanente modelada a escala sobre la ciudad china de Chang'an (la capital de la dinastía Tang), con una cuadrícula perfecta, un palacio imperial al norte y una gran avenida central. La llamaron Heijo-kyo.

Aquella ciudad fue abandonada en el 794, cuando el emperador Kanmu, cansado de la influencia política de los monjes budistas de Nara, trasladó la capital a Heian-kyo (la actual Kioto). Pero en los 84 años de esplendor, Nara se consolidó como la cuna del budismo japonés y el escenario de un estallido cultural inaudito. Hoy Nara es una ciudad tranquila con un parque gigantesco donde se concentran algunos de los templos más antiguos e importantes del país. Predecesora de Kioto y, en muchas cosas, su abuela.

Los ciervos sagrados

Pero antes de los templos, lo que te recibe en Nara son los ciervos. Hay más de 1.300 ciervos sika viviendo libres por el parque, la ciudad y los santuarios. Según la tradición sintoísta, el dios Takemikazuchi, deidad del trueno y la espada, llegó a Nara en el año 768 montado en un ciervo blanco para proteger la nueva capital: bajó desde las montañas de Kashima, al este de Tokio, cabalgando un ciervo blanco hasta el monte Mikasa, donde se fundó el santuario de Kasuga Taisha. Desde entonces los ciervos son considerados mensajeros de los kami y estuvieron protegidos con pena de muerte hasta el siglo XVII (matar a un ciervo de Nara era crimen capital). Hoy están declarados Monumento Natural Nacional y tienen estatus equivalente al de un tesoro nacional.

Se pasean por las calles, cruzan pasos de cebra, se tumban a la sombra de las pagodas, y aceptan que les des de comer unas galletas especiales, shika senbei, hechas de harina de trigo y salvado de arroz sin azúcar (el azúcar les sentaría mal), que venden señoras con puestecitos por 200 yenes el paquete. Una parte de las ventas se destina al mantenimiento de los propios ciervos. Si haces una reverencia, algunos te la devuelven bajando la cabeza, y eso es lo que lo vuelve todo absurdo y entrañable. Los ciervos aprendieron esta costumbre en los últimos cien años, simplemente observando a los visitantes humanos.

Lo que no esperaba es que me robaran. Iba yo tan tranquilo con un mapa de Nara medio sobresaliéndome del bolsillo lateral del pantalón, cuando un ciervo se me acercó por detrás, tiró del mapa con la boca, y empezó a masticarlo. Intenté quitárselo y no hubo manera. Se lo comió entero, con tranquilidad, mirándome a los ojos, mientras mi hermano se partía de risa a dos metros de mí. Adiós al mapa. Bienvenido oficialmente a Nara.

Todai-ji y el Gran Buda

Nos dirigimos a Todai-ji, que es el monumento central de la ciudad y uno de los templos más importantes de Japón. Fue fundado en el año 752 por orden del emperador Shomu, un monarca profundamente devoto que había asistido horrorizado a una sucesión de desastres (epidemias de viruela que mataron a un tercio de la nobleza de la corte, hambrunas, una rebelión militar) y decidió que solo un gesto religioso colosal podría apaciguar a los dioses y protegiendo el imperio. Ordenó fundir un Buda de bronce de dimensiones inauditas y construir el templo-estado que lo albergase. Para ello vació literalmente las reservas de bronce y oro del país: se calcula que la obra consumió el 50% del cobre disponible en todo Japón en aquella época.

El Daibutsuden, la sala del Gran Buda, fue durante siglos el edificio de madera más grande del mundo. La versión actual, reconstruida en 1709 tras dos incendios devastadores, es un 30% más pequeña que la original (que medía 86 metros de ancho; la actual, 57), y aun así sigue siendo una de las estructuras de madera más grandes del planeta: 48 metros de alto, casi 50 de fondo. Dentro hay un Buda de bronce, el Daibutsu, que representa a Vairocana, el Buda cósmico, de quince metros de altura, sentado en la flor de loto, con una mano levantada en gesto de protección (semui-in) y la otra en gesto de concesión de deseos (yogan-in). Pesa aproximadamente 500 toneladas. En la ceremonia de inauguración del año 752, un monje indio dibujó los ojos del Buda para "animarlo", en presencia de diez mil monjes y representantes de corte llegados desde Persia, India y China.

Estás allí, debajo de ese bicharraco, mirándolo desde abajo, y se te queda cara de tonto. Hay un agujero en una de las columnas interiores del templo de exactamente el mismo tamaño que la fosa nasal del Buda (unos 30 centímetros de diámetro), y dicen que quien logra pasar por él tiene garantizada la iluminación en la próxima vida. Es un examen informal de humildad: los niños lo hacen riéndose, los turistas delgados también, y los adultos ligeramente corpulentos nos contentamos con mirar y hacer fotos. Se llama "el agujero de la nariz del Buda" (Hashira Kuguri) y es uno de los rituales informales más antiguos del templo.

Nandaimon y los guardianes de Unkei

Antes del Daibutsuden se pasa por la Nandaimon, la gran puerta sur, reconstruida en 1199 tras el incendio de las guerras Genpei. Bajo su tejado de doble alero se levantan dos figuras colosales: los Nio, guardianes budistas gigantes de madera de ocho metros de altura, esculpidos en 1203 por el equipo de Unkei y Kaikei, los dos grandes maestros escultores del periodo Kamakura, en apenas 69 días de trabajo intensivo con un equipo de veinte ayudantes. Las estatuas están talladas en más de 3.000 bloques de madera ensamblados con precisión de relojero. Una, Agyo, con la boca abierta pronunciando la sílaba "A" (principio del universo); la otra, Ungyo, con la boca cerrada en la sílaba "Un" (final del universo). Entre ambas representan la totalidad de la existencia. Tienen caras furiosas, venas hinchadas y músculos de superhéroe, y son consideradas la cumbre de la escultura budista japonesa. Son espectaculares.

Kofuku-ji y Kasuga Taisha

Después seguimos hacia Kofuku-ji y su pagoda de cinco pisos, una de las más altas de Japón (50,1 metros), reconstruida en 1426. Kofuku-ji era el templo familiar del clan Fujiwara, la familia más poderosa de Japón durante los siglos VIII a XII, que controlaba de hecho la política imperial casando sistemáticamente a sus hijas con emperadores sucesivos. En su momento de máximo esplendor, Kofuku-ji llegó a tener 175 edificios.

Y hasta Kasuga Taisha, el gran santuario shinto fundado en el 768 por el mismo clan Fujiwara como santuario familiar, famoso por sus aproximadamente 3.000 linternas: 2.000 de piedra alineadas a lo largo de los caminos de acceso bajo los cedros centenarios, y 1.000 de bronce colgadas de los corredores del templo. Los corredores están pintados de un vermellón intenso que contrasta con el verde oscuro del bosque que rodea el santuario. Las linternas se encienden solo dos veces al año, durante los festivales de Setsubun Mantoro (febrero) y Chugen Mantoro (agosto), creando un espectáculo de 3.000 llamas simultáneas. En agosto, cuando pasamos, no están encendidas (el festival ya ha terminado), pero el conjunto entre el bosque es mágico. Alrededor del santuario hay ciervos porque, al ser descendientes simbólicos del ciervo blanco de Takemikazuchi, son aquí especialmente venerados.

Comemos en Nara, cerca del parque. Un set de soba fría con tempura y, por supuesto, un bol de arroz de acompañamiento. Hoy es el cuarto día. Empiezo a sospechar que el arroz es la constante inevitable de este viaje.

Osaka: el contrapunto de Kioto

Volvemos a la estación y cogemos el tren JR hacia Osaka, unos 45 minutos más. Osaka nos recibe con una cara totalmente opuesta a Kioto: rascacielos, gente corriendo, neones, publicidad agresiva, ruido. Si Kioto es el Japón elegante de los templos y el silencio, Osaka es el Japón del comercio, la comida y la cachondería. Osaka fue históricamente la "cocina de Japón" (tenka no daidokoro), el gran centro mercantil del país durante el periodo Edo, donde confluían todos los productos regionales antes de distribuirse. La ciudad desarrolló una cultura de comerciantes, pragmática, orientada al placer inmediato, y un dialecto (kansai-ben) que los japoneses del resto del país asocian con humor, calidez y franqueza.

Dicen que los de Osaka hablan más alto, se ríen más fuerte y son más directos. Tienen hasta un saludo propio: en vez de "konnichiwa" dicen "mokarimakka?" ("¿ganando dinero?"). En media hora ya noto el contraste. Y una filosofía propia de la vida, resumida en la palabra kuidaore: literalmente, "arruinarse comiendo". En Osaka se presume de gastar el sueldo en comer bien hasta quedarse sin un yen. Es una virtud, no un defecto.

Empezamos por el norte, Umeda o Kita, donde está la estación principal. Subimos al mirador del Umeda Sky Building, un edificio futurista de 173 metros inaugurado en 1993, diseñado por Hiroshi Hara (el mismo de la estación de Kioto), formado por dos torres gemelas unidas en lo alto por un puente circular, el "Floating Garden Observatory". Se sube por una escalera mecánica suspendida al aire que cruza el vacío entre las dos torres, una experiencia de vértigo inolvidable. Las vistas son enormes, Osaka se extiende sin fin hasta las montañas, y al oeste se intuye el mar. Luego cogemos el metro hasta Namba, al sur, para meternos en Minami, el corazón nocturno de Osaka.

Dotonbori

Dotonbori es, sin exagerar, uno de los lugares más alucinantes que he visto en mi vida. Nada me había preparado para esto. La cantidad de gente es apabullante: una masa humana que fluye en los dos sentidos a la vez, sin aparentar la menor tensión, con una coreografía propia que solo los japoneses son capaces de ejecutar. Los carteles luminosos no son carteles: son pantallas enormes que ocupan fachadas enteras, de varios pisos, con anuncios animados en movimiento constante. Todo parpadea, todo se mueve, todo cambia de color cada pocos segundos. Y todo a la vez, desde cada fachada visible, desde cada edificio. Es un asalto a los sentidos en el sentido más literal: los ojos no saben dónde mirar, los oídos están saturados de música y voces, y hay algo en la intensidad visual del conjunto que te deja paralizado en medio del puente Ebisu mirando a tu alrededor como un niño en Times Square. Solo que Times Square te parece sobrio y funcional en comparación.

El canal estrecho está flanqueado por fachadas cubiertas de carteles luminosos, cangrejos gigantes articulados, dragones, pulpos, un señor atleta corriendo (el famoso Glico Running Man, que lleva en ese cartel desde 1935 y se ha convertido en el símbolo no oficial de la ciudad; el cartel ha sido reemplazado seis veces manteniendo siempre la silueta del corredor con los brazos en alto, y representa al chico que gana una carrera tras comerse un caramelo Glico). Justo enfrente, el cangrejo articulado gigante del restaurante Kani Doraku, instalado en 1960, mueve patas y pinzas sobre la fachada desde hace décadas. Los carteles enormes en Dotonbori tienen su propia historia: empezaron en los años 20 como forma de competir entre los restaurantes del canal, y con los años se convirtieron en patrimonio visual reconocido.

Gente haciendo cola en puestos de takoyaki (bolas de masa rellenas de pulpo, invento osakeño de los años 30) y okonomiyaki (una especie de tortilla-pizza de col con base de masa de harina, otra creación local). Olor a salsa, a pescado a la plancha, a fritanga. Turistas haciéndose selfies en el puente Ebisu. Músicos callejeros. Altavoces anunciando ofertas. Es todo mucho y a la vez encaja. El canal Dotonbori fue excavado en 1612 por un comerciante local, Doton Yasui, para facilitar el transporte fluvial; hoy es el corazón del ocio nocturno de la ciudad.

Cenamos en Dotonbori en un sitio de okonomiyaki: una plancha en el centro de la mesa, el cocinero te trae la masa cruda con los ingredientes, la tira allí mismo, le da la vuelta con dos paletas, le pone salsa Worcestershire japonesa, mayonesa Kewpie, katsuobushi (virutas de bonito seco que bailan con el calor, porque el vapor las mueve) y alga aonori en polvo. Está brutal. No hay arroz, y lo celebro en silencio.

Obon y la gran migración

Mientras caminamos de vuelta hacia la estación, me doy cuenta de algo: hoy es 15 de agosto, pleno Obon, el festival budista de los muertos, cuando millones de japoneses viajan a sus pueblos para reunirse con sus familias y honrar a los antepasados. Obon tiene más de 500 años de tradición y se basa en la creencia de que los espíritus de los difuntos regresan a visitar a los vivos durante tres días (13, 14, 15 de agosto en la mayor parte del país). Se encienden hogueras para guiarlos a casa (mukaebi) y otras para despedirlos (okuribi), se colocan ofrendas de comida en los altares familiares y se baila el bon-odori en los parques.

Las estaciones están llenas, los Shinkansen van hasta la bandera, hay colas en los taxis. Es uno de los días de mayor movimiento del año en Japón, comparable a la operación salida de agosto en España pero multiplicado. Nosotros, sin saberlo conscientemente pero con el pase recién activado, estamos en medio del ajo.

Volvemos a Kioto en tren, cruzamos Osaka nocturna desde el vagón, llegamos al hotel a medianoche con los pies muertos. Mi hermano apunta en su documento el coste que habríamos pagado hoy en trenes sin el pase. Me enseña la cifra. Nos reímos. Y a dormir, que mañana hay más.

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Día 6. Kanazawa y las hogueras del Daimonji en Kioto

Nos levantamos temprano, otra vez, con esa mezcla de cansancio acumulado y emoción que no se apaga. Hoy toca madrugón serio porque queremos coger el Thunderbird Limited Express desde Kioto hasta Kanazawa a primera hora, y son dos horas y media de tren solo para ir. Mi hermano lo había calculado al minuto: si cogemos el tren de las siete y pico, llegamos a Kanazawa con la mañana entera por delante, y nos volvemos a tiempo para lo que de verdad nos importa esta noche, que es el Daimonji. Dicho y hecho.

En la estación de Kioto, a esas horas, ya hay movimiento. Un grupo de italianos hablando a voces a nuestro lado mientras esperamos el tren (no sé qué tienen las estaciones japonesas que hacen que el volumen de los turistas europeos suene aún más exagerado de lo que es), y una señora japonesa mayor haciéndoles una reverencia de disculpa al pasar, aunque era ella la que tenía preferencia. Estas escenas me fascinan. En quince días aquí no he visto a un solo japonés levantar la voz en público, y cada vez que oigo a un compatriota riéndose a carcajadas en un templo me entran ganas de hacerme pequeñito.

El Thunderbird sale puntual al segundo, como todo en este país, y el trayecto hasta Kanazawa es precioso. Vamos bordeando el lago Biwa (el mayor lago de agua dulce de Japón, 670 kilómetros cuadrados, formado hace cuatro millones de años y considerado uno de los lagos antiguos del mundo), cruzamos montañas, túneles, campos de arroz que parecen hechos con escuadra y cartabón. Yo aprovecho para dormitar un poco apoyado en el cristal, y mi hermano repasa el plan del día en su cuaderno. Saca el documento impreso (porque claro, lo trae impreso) y va tachando cosas según las hacemos. Me encanta.

Kanazawa, la ciudad que se salvó

Kanazawa es una de esas ciudades que uno no tiene en la cabeza hasta que llega a Japón y empieza a leer sobre ella. Fue durante el periodo Edo la capital del dominio de Kaga, feudo del clan Maeda, y durante más de dos siglos el segundo dominio más rico de Japón después del propio shogunato Tokugawa, con una producción de arroz de más de un millón de koku (medida feudal equivalente a la cantidad de arroz necesaria para alimentar a una persona durante un año). Los Maeda, conscientes de que su riqueza podía convertirlos en sospechosos políticos para el shogunato, decidieron canalizar toda esa fortuna hacia las artes: patrocinaron artesanos del lacado Wajima, del oro batido (Kanazawa produce hoy el 99% de todo el pan de oro de Japón, que es el mismo que se usó en Kinkaku-ji), de la cerámica Kutani, de la porcelana, del teatro Noh. El resultado es una ciudad de refinamiento cultural extraordinario.

Lo verdaderamente especial de Kanazawa, sin embargo, es que se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial casi por milagro. No tenía industria militar significativa y estaba en una lista secundaria de objetivos; la guerra terminó antes de que los B-29 americanos llegaran a ella. Por eso conserva barrios enteros de la época Edo prácticamente intactos, mientras que Tokio, Osaka, Nagoya y la mayor parte de las grandes ciudades japonesas fueron reducidas a escombros. Kanazawa es hoy, junto con Kioto y Nara, uno de los pocos lugares donde se puede ver la Japón prebélica en su estado original. Por eso la llaman "la pequeña Kioto". Es como caminar por un decorado, solo que no lo es. Está todo ahí, en su sitio, porque nunca dejó de estar ahí.

Higashi Chaya, el barrio de las geishas

Empezamos por el distrito de Higashi Chaya, uno de los tres barrios de geishas de la ciudad (los otros son Nishi Chaya y Kazuemachi) y el mejor conservado. Es una maravilla. Calles estrechas empedradas, casas de madera machiya de dos plantas con esas celosías finísimas en las ventanas de madera oscura llamadas kimusuko o mushiko-mado ("ventanas de celosía en forma de jaula de insectos") que dejan pasar la luz y el sonido pero no las miradas, farolillos colgados, teterías, algún turista haciéndose fotos con kimono alquilado.

El barrio fue establecido oficialmente en 1820 por órdenes del dominio Kaga como zona de entretenimiento registrado, en una época en que el shogunato había prohibido este tipo de distritos en gran parte del país. Las casas siguen una ley no escrita del periodo Edo: solo las ochaya podían tener dos plantas, porque los salones de música y baile iban siempre en el piso superior para dar intimidad a las reuniones. Hoy funcionan dos ochaya históricas abiertas al público: Shima, declarada propiedad cultural importante (la casa se conserva tal cual era en 1820, con instrumentos, peines, accesorios de maquillaje), y Kaikaro, que todavía funciona ocasionalmente como casa de té activa y se puede visitar entre cliente y cliente.

Caminamos despacio, sin prisa, metiéndonos en callejones. En una de las casas de té se oye música tradicional filtrada por las paredes de papel (probablemente un shamisen ensayando). Me paro en seco a escucharla. Mi hermano saca la cámara y dispara media tarjeta de memoria en diez minutos. Yo, como diseñador, me fijo en la tipografía de los carteles de madera, en los sellos rojos grabados (hanko), en la manera tan sobria y elegante de rotular los negocios. Todo tiene una coherencia estética que en España envidiaríamos.

Kenroku-en, uno de los tres grandes jardines de Japón

De ahí caminamos hasta Kenroku-en, y aquí sí que me quedo sin palabras. Kenroku-en es uno de los tres grandes jardines de Japón (Nihon Sanmeien), junto con el Kairaku-en de Mito y el Koraku-en de Okayama. Fue propiedad privada del clan Maeda, desarrollada a lo largo de más de 170 años, entre los años 1620 y la década de 1840, por cinco generaciones sucesivas de señores feudales. Cada uno añadió algo: estanques, senderos, colinas artificiales, canales. Se abrió al público en 1874, cuando el Japón Meiji confiscó muchas propiedades feudales.

El nombre significa "jardín que combina seis atributos" y hace referencia a una teoría clásica del diseño de jardines formulada por el poeta chino Li Gefei en el siglo XI, que sostenía que un jardín perfecto debía reunir seis cualidades habitualmente contradictorias: koudai (amplitud) y yuusui (recogimiento), jinryoku (esfuerzo humano) y sousui (antigüedad natural), suisen (abundancia de agua) y chobou (panorámicas). La mayoría de jardines logran dos o tres; Kenroku-en reúne las seis, según los especialistas. De ahí el nombre.

Entramos por la puerta principal y lo primero que pienso es que esto no es un jardín, es una composición. Cada piedra está donde tiene que estar, cada pino está podado con una intención, cada puente de madera enmarca una vista concreta. Hay estanques con carpas gordísimas, faroles de piedra cubiertos de musgo, arroyos que cruzan senderos (alimentados por un sistema hidráulico diseñado en 1632 que trae agua desde el río Sai a diez kilómetros de distancia), y al fondo vistas de la ciudad. Pasamos por el famoso farol Kotoji-toro, con sus dos patas desiguales (una en el agua y otra en la orilla, una ingeniosa asimetría que imita las clavijas de un koto, el instrumento tradicional de cuerda), que sale en todas las postales y es el símbolo reconocido del jardín.

En invierno, que no es ahora, pero me lo cuentan en el folleto, los jardineros protegen los pinos de la nieve del Mar de Japón (que cae con generosidad en Kanazawa, por ser una ciudad costera expuesta al norte) con el yukitsuri: estructuras cónicas de cuerdas atadas a un mástil central que sujetan las ramas para que no se rompan bajo el peso de la nieve. En las fotos de diciembre, los pinos del Kenroku-en con sus yukitsuri parecen tiendas de campaña de cuerda. Me siento un rato en un banco a la sombra de un arce y pienso que podría pasar aquí tres horas solo mirando. Hace calor, mucho, estamos en agosto, pero el jardín es tan umbrío en algunas zonas que se respira fresco.

El castillo de Kanazawa

Al lado está el parque del castillo de Kanazawa, que visitamos después. Fue la residencia del clan Maeda durante casi tres siglos, desde 1583 hasta la abolición de los dominios feudales en 1871. El castillo original se quemó varias veces a lo largo de los siglos (los incendios eran la gran amenaza de todo castillo de madera japonés), y lo que vemos hoy es en parte reconstrucción reciente: la espectacular Kahoku-mon, puerta norte principal, fue reconstruida en 2010 usando técnicas tradicionales, sin clavos, con ensamblajes de madera. Las murallas, los fosos y el conjunto general tienen su aquel, y las tejas del tejado, blanquecinas, están hechas de plomo laminado, una peculiaridad local: en caso de asedio prolongado se podían fundir para fabricar munición. Menos impresionante que Himeji, pero bonito de recorrer.

Nagamachi, el barrio samurái

Después de comer (un donburi rápido en un sitio cerca del castillo, que me sentó de maravilla porque ya empezaba a notar una cierta fatiga de arroz acumulada de cinco días comiendo arroz a todas las horas), nos acercamos al barrio de Nagamachi, el antiguo distrito samurái, donde vivían los vasallos medios y altos del clan Maeda durante el periodo Edo. Tapias de adobe bajitas protegidas con paja en invierno, canalillos de agua corriendo al borde de la calle (son los restos del sistema de canales Onosho, uno de los más antiguos de Japón, construido en 1632 para abastecer de agua al castillo y a los samuráis), alguna residencia samurái abierta al público.

Entramos en una, la casa Nomura, residencia de una familia de samuráis de rango medio que sirvió al clan Maeda durante once generaciones. Conserva jardín interior con estanque y carpas, tatamis originales, una puerta corredera decorada con pinturas de la escuela Kano, y todo el mobiliario de época. Me impresiona la modestia del espacio y a la vez su perfección. Todo pequeño, todo estudiado. Los samuráis de rango medio vivían en realidad en casas muy austeras: la riqueza decorativa estaba prohibida por ley sumptuaria, y cualquier ostentación podía ser interpretada como deslealtad al señor. El lujo se escondía en detalles sutiles.

Salimos de Nagamachi ya mirando el reloj, porque queremos coger el Thunderbird de vuelta con margen de sobra. No podemos perdérnoslo, porque lo de esta noche no se repite.

Vuelta a Kioto: el Gozan no Okuribi

Volvemos a Kioto por la tarde, exhaustos pero con pilas para lo de la noche. Porque hoy, 16 de agosto, es el día del Gozan no Okuribi, conocido popularmente como el Daimonji. Es una ceremonia que marca el final del Obon y consiste en encender cinco hogueras gigantes en las montañas que rodean Kioto. Cada hoguera dibuja un kanji enorme o una forma, y se ven desde toda la ciudad. La idea es que el fuego guía a los espíritus de los difuntos de vuelta al más allá después de haberlos recibido durante los días de Obon.

El origen exacto de la ceremonia es incierto: algunas fuentes lo remontan al siglo IX (era Heian), otras al periodo Muromachi (siglo XV), pero en su forma actual quedó fijada durante el periodo Edo. Son cinco fuegos encendidos sucesivamente a partir de las ocho de la tarde:

  • A las 20:00, el Daimonji en el monte Nyoigatake, al este: el kanji 大 ("dai", grande), formado por 75 hogueras sobre una estructura de 160 metros de alto. Es el más antiguo y famoso, y el que da nombre popular al evento.
  • A las 20:05, Myo/Ho (妙法, "dharma maravilloso"), dos kanjis en dos colinas contiguas al noreste.
  • A las 20:10, Funagata (船形), la forma de un barco, en el monte Nishigamo, al norte, una evocación de los barcos en que los espíritus hacen el viaje de vuelta.
  • A las 20:15, Hidari Daimonji (左大文字), otro 大 pero esta vez en el oeste, en el monte Okitayama.
  • A las 20:20, Toriigata (鳥居形), la forma de un torii sintoísta, en el monte Mandala, al oeste.

Cada hoguera se mantiene encendida durante unos 30 minutos. Las maderas usadas son troncos de pino cortados específicamente para la ocasión, cada uno con el nombre de un difunto y una oración escritos por las familias que han encargado ese ejercicio de memoria al templo correspondiente. Es decir, cada tronco que arde es, literalmente, una oración.

Bajamos al río Kamo a buscar sitio, y allí está media ciudad. Gente con yukatas, familias con niños, parejas jóvenes sentadas en la orilla con bolsas de la combini. Nosotros compramos dos onigiris y unas latas en una máquina expendedora (ya estoy obsesionado con ellas, juro que aquí hay máquinas en sitios donde no tiene ningún sentido que las haya), y nos sentamos en el muro del río. Escuchamos a un par de turistas españoles detrás de nosotros contándose a voces lo que están a punto de ver, como si fueran los primeros en descubrirlo. Sonrío. Así somos.

A las ocho en punto, en la oscuridad, empiezan a aparecer las hogueras. Primero el "dai" en el monte Nyoigatake, enorme, perfecto, dibujado con una precisión imposible a esa distancia. Luego las demás, una detrás de otra, en los montes que rodean la ciudad. La gente, en absoluto silencio casi, las mira. Alguna persona junta las manos en gassho, el gesto budista de oración. Es uno de los momentos más bonitos del viaje hasta ahora. No es un espectáculo pirotécnico, no hay música, no hay animador, no hay retransmisión oficial. Solo fuego en la montaña, reflejado en el río, y una ciudad entera mirando hacia arriba recordando a sus muertos. La tradición dice que si consigues beberte un sake mirando el reflejo del Daimonji en el vaso, te librarás de enfermedades durante el resto del año. No tenemos sake, pero tenemos latas de té frío. Servirán.

Volvemos andando al hotel sin decir casi nada. Ha sido un día larguísimo, he caminado seguramente quince kilómetros, he comido arroz (otra vez), he montado en tren dos veces, he visto uno de los tres grandes jardines de Japón y he terminado la noche viendo hogueras ancestrales en las montañas de Kioto. Me meto en la cama pensando que mañana toca Hiroshima, y que no sé si mi cabeza va a ser capaz de asimilar lo que ya hemos vivido esta semana. Pero quiero intentarlo.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 7. El torii flotante de Miyajima y el silencio de Hiroshima

Hoy teníamos marcado en rojo un día enorme. Miyajima por la mañana, Hiroshima por la tarde, todo en el mismo día y todo tirando del JR Pass hasta sacarle humo. Nos levantamos antes de que amanezca, mochila pequeña, cámara, botella de agua recién comprada en la máquina del pasillo (sigo pasmado con que cada pasillo de hotel en Japón tenga al menos dos máquinas expendedoras, esto es un nivel de civilización que en Bilbao nos falta), y para la estación de Kioto.

El Shinkansen hasta Hiroshima son unas dos horas. Cogemos el Hikari, asientos reservados, y me pongo a mirar el paisaje por la ventana mientras el tren corta Japón de oeste a oeste a trescientos kilómetros por hora como si nada. La puntualidad de estos trenes ya no me sorprende, pero sigue dejándome un poco ridículo comparándolo mentalmente con la línea de Renfe Bilbao-Madrid. Mejor no seguir por ahí.

Miyajima, el torii flotante

Llegamos a Hiroshima, transbordo rápido a la línea JR San-yo, bajamos en Miyajimaguchi y de ahí al ferry de JR, que también entra en el pase. Otra razón por la que el JR Pass es una compra brillante. La travesía hasta la isla de Miyajima son unos diez minutos, y ya desde el barco, a lo lejos, se ve el torii naranja plantado en el mar. Es de esas imágenes que uno ha visto mil veces en libros y fotografías y que ver en vivo produce una sensación rarísima, como de déjà vu al revés.

Miyajima (oficialmente Itsukushima, aunque todo el mundo la llama Miyajima, que significa literalmente "isla-santuario") es una isla sagrada desde tiempos inmemoriales. En el sintoísmo primitivo, la isla entera se consideraba la morada de los kami, así que durante siglos estuvo prohibido tanto nacer como morir en ella: las parturientas y los moribundos se trasladaban a la costa de enfrente para no profanar el suelo sagrado. Hasta 1878 no se permitieron muertes en la isla, y aún hoy no hay cementerios. Entramos por el muelle y enseguida nos reciben los ciervos. Son como los de Nara, pero menos descarados. Estos dejan que los acaricies, se acercan con curiosidad, pero no te roban el mapa de la mano como hacían los de Nara. En el sintoísmo los ciervos son mensajeros de los dioses, y por eso aquí se les deja campar libres. Un par de niños italianos gritan de emoción al ver el primer ciervo, sus padres les dicen "piano piano" sin mucha convicción, y yo pienso que los turistas ruidosos del Mediterráneo somos una plaga universal, da igual el país.

El santuario de Itsukushima

Caminamos por el paseo marítimo hasta el santuario de Itsukushima. Es el gran espectáculo. El santuario fue fundado en el año 593, en tiempos de la emperatriz Suiko, pero el complejo que vemos hoy es obra de Taira no Kiyomori, el caudillo militar que dominó Japón en la segunda mitad del siglo XII. Kiyomori lo reconstruyó en 1168 en estilo shinden-zukuri, el estilo palaciego aristocrático de la época Heian, y lo dedicó a las tres hijas del dios del mar Susanoo. Lleva desde 1996 inscrito como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Lo más fascinante es la razón por la que está construido sobre pilotes dentro del mar: precisamente porque la isla se consideraba demasiado sagrada para que la pisaran los devotos, la solución fue extender el santuario sobre el agua, de forma que los peregrinos pudieran acceder a él sin profanar el suelo de la isla. Por eso los pasillos de madera, las galerías y el escenario de danzas gagaku están todos sobre pilares que se asoman al agua. En marea alta parece que flotan; en marea baja se ven las patas descarnadas, como un animal zancudo.

Y luego está el gran torii, el O-torii, una de las imágenes más reconocibles del planeta. Forma parte de las Nihon Sankei, las Tres Vistas de Japón, el canon clásico de los tres paisajes más bellos del país, junto con los pinos de Matsushima y la lengua de tierra de Amanohashidate. Ese canon se fijó en el siglo XVII por el erudito confuciano Hayashi Razan, y desde entonces todo escolar japonés lo aprende de memoria. El torii actual mide dieciséis metros de altura y pesa alrededor de sesenta toneladas. Es el octavo en ese mismo punto desde el siglo XII: la madera (alcanforero, elegida porque resiste los microorganismos marinos) se va pudriendo por la sal y lo reconstruyen periódicamente. Lo curioso es que no está fijado al fondo: sus dos patas simplemente descansan sobre el lecho marino por su propio peso y por un sistema de contrapesos internos a base de piedras metidas en las cámaras superiores. Una obra de ingeniería tradicional que se aguanta por puro sentido común.

Llegamos con suerte, la marea está alta y el torii parece flotar literalmente. Hay una pasarela de madera dentro del santuario que se asoma al mar, y desde ahí sacamos fotos sin parar. Cuando baja la marea se puede caminar hasta el torii, pero nosotros lo vemos en su mejor versión, con el agua lamiendo la base de las columnas. Me quedo un rato apoyado en la barandilla mirando sin hacer foto. Quiero acordarme de esto sin filtro.

La pagoda Gojunoto y Senjokaku

Justo encima del santuario, subiendo por una ladera suave, se alzan dos construcciones que marcan la silueta del pueblo. La pagoda de cinco pisos, la Gojunoto, es de 1407, de un rojo intenso bermellón que contrasta de manera casi violenta con el verde de las colinas y el azul del cielo. Las pagodas japonesas de cinco pisos simbolizan los cinco elementos (tierra, agua, fuego, viento y vacío), y funcionan estructuralmente gracias a un pilar central flotante llamado shinbashira, una especie de péndulo interno que disipa la energía de los terremotos. Fue una solución antisísmica descubierta hace más de mil años que hoy, con otros nombres, se vuelve a usar en rascacielos contemporáneos como el Tokyo Skytree.

A su lado está Senjokaku, el "Pabellón de las Mil Esteras", una estructura de madera enorme e inacabada que mandó construir Toyotomi Hideyoshi en 1587 para celebrar misas budistas por los caídos en sus guerras de unificación. Hideyoshi murió en 1598 sin terminarlo, y ahí se quedó, literalmente a medias: sin paredes exteriores, sin techo pintado, con las vigas desnudas a la vista. Te descalzas, subes al suelo de tatami y el pabellón se convierte en una sala abierta a la brisa, con cuadros ex-voto colgando del techo. La imperfección intencionada o accidental tiene aquí un nombre, wabi-sabi, y Senjokaku es un ejemplo perfecto.

Daisho-in y el monte Misen

Después subimos hasta Daisho-in, un templo budista escondido en la ladera, con cientos de pequeños budas de piedra alineados por los escalones, cada uno con un gorrito rojo. Las dos filas de figuras son hipnóticas, parecen un batallón. Daisho-in es el templo más importante de la escuela Shingon en la isla, y según la tradición fue fundado por el mismísimo Kōbō-Daishi (Kūkai), el monje que en el año 806 subió al monte Misen, la cumbre sagrada que se alza sobre Miyajima, para meditar cien días seguidos. Kūkai fue un personaje casi legendario: introdujo el budismo esotérico en Japón desde China, inventó (según la leyenda) el silabario kana, y su figura sigue venerándose en todos los peregrinajes shingon, como el de los 88 templos de Shikoku.

Mi hermano se entretiene un rato haciendo girar las ruedas de oración del camino (cada giro equivale a leer un sutra, según dicen, y en Daisho-in hay una barandilla entera forrada de ruedas giratorias, una forma budista muy práctica de acumular mérito sin saber leer chino antiguo). También pasamos por la sala de los quinientos rakan, estatuas de discípulos de Buda cada una con un gesto distinto, algunas hilarantes, otras sabias, otras con gorritos tejidos a mano por los vecinos. Nos gustaría subir al monte Misen en el teleférico, pero no nos da el tiempo, así que lo anotamos para una futura visita imaginaria.

Comemos algo rápido (unas ostras a la brasa, que es la especialidad de la isla, Miyajima lleva cultivando ostras desde el siglo XVI) y ya empiezo a sentir la primera señal de alarma: me pide el cuerpo cualquier cosa que no sea arroz. Llevamos seis días comiendo arroz en desayuno, comida y cena. Amo el arroz, pero el arroz no me ama a mí en estas cantidades. Va a haber momentos hoy en que sueñe con un bocadillo de jamón.

Hiroshima, el silencio

Ferry de vuelta, tranvía desde Hiroshima hasta el centro, y aquí el día cambia de registro. Completamente.

Caminas por Hiroshima y es una ciudad moderna, limpia, normal, con sus centros comerciales y sus edificios de oficinas. Y de pronto llegas al Parque del Memorial de la Paz y se te corta algo por dentro. Estás de pie, mirando el río y el cielo, y piensas que el 6 de agosto de 1945 a las ocho y cuarto de la mañana explotó una bomba atómica casi exactamente encima de donde tú estás. La bomba se llamaba "Little Boy", era de uranio-235, pesaba cuatro toneladas, y la dejó caer el bombardero Enola Gay desde nueve mil seiscientos metros de altura. Detonó a unos seiscientos metros sobre la ciudad, generando una bola de fuego de cuatro mil grados centígrados. Ochenta mil personas murieron de forma instantánea. Para finales de 1945, los muertos por quemaduras, aplastamiento y radiación superaban los ciento cuarenta mil, en una ciudad que antes del bombardeo tenía trescientos cincuenta mil habitantes. Es una información que cuesta procesar en el cuerpo. Con la cabeza sí, con el cuerpo no.

El Genbaku Dome

Vamos primero a la Cúpula de la Bomba Atómica, el Genbaku Dome. Era el antiguo Palacio de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima, un edificio diseñado en 1915 por el arquitecto checo Jan Letzel en un estilo secesionista europeo que en aquel momento era muy moderno. Letzel murió joven sin saber lo que pasaría con su edificio. La bomba detonó a ciento sesenta metros del Dome, casi exactamente encima, y por ese capricho de la física vertical (la fuerza de la explosión bajó casi a plomo sobre la estructura) parte de las paredes y el esqueleto metálico de la cúpula aguantaron en pie cuando todo lo que le rodeaba quedó arrasado en un radio de dos kilómetros. Todas las personas que estaban dentro del edificio en ese momento murieron en el acto.

Se conserva tal cual quedó aquel día, con los hierros retorcidos, las paredes mordidas, la cúpula esquelética. Durante años se debatió si derribarlo o mantenerlo como recordatorio, y finalmente se decidió preservarlo. La UNESCO lo inscribió como Patrimonio de la Humanidad en 1996, aunque la declaración fue controvertida: Estados Unidos y China se opusieron, con argumentos muy distintos entre sí. Y es imposible no quedarse ahí parado en silencio, mirándolo.

El Parque de la Paz

Cruzamos al parque. El Parque del Memorial de la Paz de Hiroshima fue diseñado por Kenzō Tange, uno de los grandes arquitectos japoneses del siglo XX (él es también, por cierto, el autor de la catedral de Santa María de Tokio y del edificio del ayuntamiento metropolitano de Shinjuku). Tange ganó el concurso en 1949, con apenas treinta y cinco años, y concibió el parque como un eje simbólico que alinea el Genbaku Dome, la Llama de la Paz y el Cenotafio en una perspectiva perfecta desde el Museo Memorial.

El Cenotafio de las Víctimas de la Bomba Atómica es un arco de piedra simple, inspirado en las casas de arcilla haniwa del Japón protohistórico, desde el que se alinea exactamente la Llama de la Paz y la cúpula. Debajo del cenotafio hay un libro con los nombres de todas las personas que murieron a causa de la bomba, lista que sigue creciendo cada año a medida que se confirman víctimas tardías de la radiación. La inscripción reza: "Descansen en paz, porque el error no se repetirá". La ambigüedad del sujeto ("nosotros, la humanidad") es deliberada.

Un poco más allá está el Monumento de la Paz de los Niños, dedicado a Sadako Sasaki. Sadako tenía dos años cuando cayó la bomba; estaba a un kilómetro y medio del hipocentro, sobrevivió aparentemente ilesa, y desarrolló leucemia diez años después. Desde su cama de hospital empezó a plegar grullas de papel siguiendo una antigua leyenda japonesa que dice que quien pliegue mil grullas verá un deseo concedido. Murió en 1955 con doce años antes de completar las mil (según algunas versiones las terminó, según otras se quedó en seiscientas cuarenta y cuatro). Sus compañeros de clase terminaron por ella. Desde entonces, alrededor del monumento hay miles y miles de grullas de colores traídas por niños de todo el mundo, colgadas en vitrinas protegidas. Me tengo que parar. Lo estoy escribiendo días después y aún me cuesta.

El museo

Entramos en el Museo del Memorial de la Paz. No voy a describir lo que hay dentro, porque no me veo capaz. Solo diré que salí casi llorando, que mi hermano salió callado, y que estuvimos sentados en un banco fuera del museo sin hablar durante un buen rato. Hay objetos. Hay relojes parados a las ocho y cuarto. Hay testimonios. Hay un triciclo de un niño. Hay una escalera con la sombra grabada de la persona que estaba sentada en ella. Creo que todo el mundo debería visitar ese museo alguna vez en la vida.

Paseamos por el parque sin prisa. Hay silencio, aunque hay gente. Es un silencio que no se pacta, se impone solo. Hay gente rezando, turistas sacando fotos con respeto, escolares japoneses en uniforme con sus libretas. Nos sentamos al borde del río y miramos la cúpula enfrente. No sé qué decir. No digo nada.

Vuelta a Kioto

Volvemos a la estación de Hiroshima arrastrando los pies, cogemos el Shinkansen de vuelta a Kioto al atardecer. Voy mirando por la ventana con la cabeza apoyada en el cristal, y me acuerdo del torii flotando esta mañana y del Genbaku Dome esta tarde, y pienso que Japón se te mete en el cuerpo así, por contrastes brutales. Belleza absoluta y horror absoluto en el mismo día, separados por una hora de tren.

Cenamos en un izakaya cerca del hotel (algo que no es arroz, gracias al cielo, unos yakitoris) y nos acostamos pronto. Mañana más.

El castillo de Himeji, la Garza Blanca, centrado al fondo de una avenida ancha y recta, flotando sobre el resto de la ciudad.

Día 8. El castillo de la Garza Blanca, los templos del monte Shosha y Kobe

Hoy es de esos días en los que el JR Pass gana por goleada. Queremos encadenar Himeji, el monte Shosha y Kobe, y para eso vamos a montarnos en todo tren que se nos ponga por delante. Mi hermano, planificador obsesivo, nos ha preparado un itinerario tan apretado que cuando me lo enseña anoche en el hotel me pregunto en voz alta si esto es vacaciones o un entrenamiento militar. Él se ríe, y al día siguiente, obviamente, cumplimos el plan al minuto.

Himeji: el castillo de la Garza Blanca

Shinkansen temprano desde Kioto hasta Himeji, menos de una hora. Salimos de la estación y ya lo ves al fondo de la avenida: el castillo, perfectamente centrado al final de una calle ancha y recta, flotando sobre el resto de la ciudad. Es de esas perspectivas urbanas que te sientas a estudiar como diseñador y te preguntas cómo nadie ha destrozado este eje visual con un anuncio o un edificio feo. En Japón estas cosas se respetan.

El castillo de Himeji es una auténtica pasada. Lo llaman Shirasagi-jo, el castillo de la Garza Blanca, por la blancura de sus paredes de yeso, que recuerdan a una garza con las alas extendidas preparada para alzar el vuelo. El primer castillo se construyó aquí en 1333, en plena transición del shogunato Kamakura al Muromachi, pero lo que hoy vemos es obra de Ikeda Terumasa, un daimyo al que Tokugawa Ieyasu concedió esta plaza fuerte después de la batalla de Sekigahara. Terumasa concluyó la obra en 1609, con el torreón principal de siete plantas (aunque desde fuera parecen cinco, por un truco arquitectónico) y un sistema defensivo concéntrico de murallas, fosos, torres y puertas.

Está Patrimonio de la Humanidad desde 1993, y fue el primer sitio japonés en entrar en la lista de la UNESCO, junto al templo Horyuji. Es también uno de los doce castillos originales que sobreviven en Japón (la mayoría son reconstrucciones de hormigón posteriores a la guerra, este no). De los castillos de madera auténticos, Himeji es con diferencia el mejor conservado y el más majestuoso. Es de esos edificios que tienen historias casi increíbles: durante la Segunda Guerra Mundial, Himeji fue bombardeada intensamente por los aliados, la ciudad quedó arrasada, y sin embargo el castillo aguantó. Una bomba incendiaria cayó directamente sobre el torreón y no explotó. Los habitantes de Himeji te lo cuentan con esa mezcla de pragmatismo y casi sobrenatural respeto. Y quienes vieron Ran de Akira Kurosawa reconocerán sus murallas blancas al fondo de varias escenas.

Encima, suerte inmensa la nuestra: lo acaban de reabrir en marzo de este año, 2015, después de cinco años y medio de restauración (la llamada "restauración Heisei", porque coincide con la era del actual emperador). Los operarios han rehecho el encalado blanco con una mezcla tradicional de cal y algas marinas fermentadas, y el resultado es un blanco cegador, casi insoportable al sol. Lo vemos en su versión reluciente, recién lavado, blanco puro, antes de que la pátina del tiempo vuelva a oscurecerlo.

Dentro del torreón

Subimos al torreón principal, el Tenshu, por escaleras de madera empinadísimas. Hay que descalzarse, llevar los zapatos en una bolsita, y subir pisos y pisos de madera crujiente. El castillo está diseñado con una obsesión defensiva brillante: caminos serpenteantes que obligan a los atacantes a dar vueltas bajo el fuego de los defensores, aberturas estrechas llamadas sama para disparar arcos y mosquetes, trampas para dejar caer piedras (ishi-otoshi), puertas que giran sobre sí mismas, rampas que desembocan en callejones sin salida. Un enemigo que lograse traspasar la primera puerta podía acabar dando vueltas media hora sin llegar al torreón, expuesto todo el tiempo al fuego desde los muros. Me imagino a un samurái enemigo intentando orientarse aquí dentro con armadura y espada y medio fuego y es un infierno de laberinto.

Los tejados son de estilo irimoya, con esos remates curvos elevados en las esquinas llamados hafu, rematados con shachihoko, criaturas míticas mitad tigre mitad pez que en teoría protegen el edificio contra el fuego escupiendo agua (un talismán, en resumen). Arriba, desde la última planta, la vista sobre Himeji es preciosa, con la ciudad moderna desplegándose a tus pies y las montañas al fondo. Hay un pequeño altar sintoísta dentro, al dios protector del castillo, y una brisa increíble entrando por las ventanas de madera.

Bajamos al complejo exterior, paseamos por los jardines, y vemos el castillo desde varios ángulos. Es una de las imágenes más potentes del viaje hasta ahora. Hay un grupo de turistas italianos haciéndose fotos saltando, gritándose entre ellos desde extremos opuestos del foso. Una señora japonesa con sombrilla les mira con una cara que no necesita traducción. Yo también.

Monte Shosha y Engyo-ji

De Himeji cogemos un autobús hasta la base del monte Shosha, y de ahí un teleférico, el Shoshazan Ropeway, que sube la ladera hasta el complejo de templos de Engyo-ji. Esto es de lo más inesperado del viaje entero. Yo no había oído hablar de este sitio antes de que mi hermano lo metiera en el plan, y cuando llegamos me quedo con la boca abierta.

Engyo-ji es un complejo de templos budistas fundado en el año 966 por el monje Shōkū, un asceta de la escuela Tendai que, según la leyenda, subió al monte Shosha guiado por una visión del bodhisattva Kannon y decidió instalar allí su práctica. Es uno de los tres grandes complejos de templos del oeste de Japón, junto con Hiei-zan (Kioto) y Koya-san (Wakayama), y durante siglos ha sido un importante centro de meditación y peregrinación, especialmente como parte de la ruta Saigoku Kannon de 33 templos.

Quien haya visto El último samurái, la película de Edward Zwick con Tom Cruise de 2003, reconocerá muchos rincones: casi toda la parte de "templos del clan Katsumoto" se rodó aquí. El rodaje se hizo discretamente (Engyo-ji es un templo activo, con monjes residentes), y se colocaron atrezos de quita y pon para no dañar la arquitectura. Pero en persona no parece una película, parece otra cosa. Parece un sitio que lleva existiendo un milenio a su aire, sin que nadie lo moleste mucho.

Caminar entre cedros hasta el Maniden

Se llega caminando desde donde te deja el teleférico, por un sendero de tierra entre cedros gigantescos. Hay estatuas de piedra con líquenes verdes, faroles de hierro, niebla baja entre los árboles (aunque sea agosto, aquí arriba se respira fresco), y silencio. Apenas hay turistas. Casi no hay turistas. Caminas y solo oyes tus pisadas y el canto de las cigarras, que en Japón rugen como una sierra eléctrica.

El edificio más impresionante es el Maniden, el hall principal, construido sobre pilotes clavados en la ladera de la montaña, como un templo colgado del aire. La técnica es la misma del kake-zukuri, la "construcción colgada", que se usó también en el Kiyomizu-dera de Kioto: postes verticales de madera anclados en la pendiente sobre los que se monta una plataforma horizontal, sin un solo clavo, solo con uniones de carpintería japonesa a base de espigas. El Maniden actual es de 1933, reconstruido tras un incendio, pero sigue fiel al original del siglo X. Te acercas y no te crees que eso sea real, ni que se sostenga. Entras, te descalzas, caminas sobre tablones de madera oscura pulida por siglos de pies, y te asomas por el borde a un precipicio verde. Dentro huele a incienso, hay velas, un monje canta un sutra a lo lejos. Me quedo sin hablar. De verdad que me quedo sin hablar.

Mitsunodo

Seguimos caminando y llegamos al Mitsunodo, el conjunto de tres edificios (Daiko-do, Jikido y Jogyo-do) dispuestos formando un claro perfecto. El Daiko-do es el gran hall de conferencias y estudio del sutra, el Jikido es el refectorio de los monjes (un edificio larguísimo de dos plantas que hoy alberga pequeñas exposiciones), y el Jogyo-do es el hall donde los monjes practicaban el jogyo-zanmai, una meditación caminada durante noventa días seguidos alrededor de una estatua central. Esta estampa sí me suena de la película, me acuerdo de verlo. Pero estar aquí, caminando entre estos tres edificios de madera oscura con tejados curvos, rodeados de cedros gigantes, es una de las experiencias más sobrecogedoras del viaje. Uno de los grandes descubrimientos de estos días. Aquí arriba, en medio de la montaña, casi sin nadie, con templos del siglo diez. Para alguien como yo, que en Bilbao vive rodeado de edificios de diseño reciente y que trabaja con retículas y estilos CSS, estar así plantado delante de mil años de arquitectura tradicional hace que se te reconfigure algo por dentro.

Nos cuesta bajar de la montaña. Literalmente, nos cuesta irnos. Pero hay que seguir.

Kobe, los puertos y el recuerdo del terremoto

Bajamos en el teleférico, autobús de vuelta a Himeji, tren a Kobe. Llegamos a Kobe ya con la tarde avanzada. No nos da para mucho, pero sí para lo que más nos interesa.

Kobe es, desde la apertura de su puerto en 1868, una de las ciudades más cosmopolitas de Japón. Durante la era Meiji se asentaron aquí comerciantes británicos, alemanes, estadounidenses y chinos, y su influencia se ve todavía en el barrio de Kitano (con sus casas occidentales) y en Nankinmachi. Pero el hito más marcador de la historia reciente de Kobe es trágico: el Gran Terremoto de Hanshin-Awaji.

Vamos a Meriken Park, en el puerto. El nombre "Meriken" es una deformación japonesa de "American", porque en el siglo XIX este muelle era el punto de atraque de los barcos estadounidenses. Y aquí, en Meriken Park, hay un monumento que queríamos ver: el memorial del terremoto de 1995. El 17 de enero de 1995, a las 5:46 de la mañana, un terremoto de magnitud 6.9 con epicentro en la isla de Awaji sacudió toda la bahía de Osaka. Murieron 6.434 personas, más de cuarenta mil resultaron heridas y más de trescientas mil se quedaron sin casa. Fue el peor terremoto en Japón desde el Gran Kanto de 1923, y dejó al descubierto fallos de ingeniería antisísmica que se habían dado por resueltos: colapsaron autopistas elevadas, se partieron edificios supuestamente a prueba de sismos. Lo que hicieron en Kobe fue preservar, exactamente como quedó tras el temblor, un tramo del muelle, unos sesenta metros de paseo portuario con las farolas caídas, las baldosas hundidas, los bancos torcidos, los postes de acero retorcidos y las pilas de hormigón volcadas. Todo intacto desde 1995. Caminas al lado por una pasarela y ves esa cicatriz sin maquillar. Es otro momento denso. Pero me parece muy valiente, como decisión urbanística, dejar esa herida abierta para que nadie la olvide.

La Port Tower

Subimos a la Kobe Port Tower, la torre roja del puerto, que es como un símbolo de la ciudad. Fue inaugurada en 1963 y es la primera torre tubular de acero del mundo, con una estructura de celosía hiperboloide que la hace tan estable como esbelta: mide 108 metros y aguantó en pie el terremoto del 95 sin daños estructurales, una de las pocas estructuras altas de la ciudad que lo consiguió. Desde arriba hay buenas vistas a la bahía y al skyline de Kobe. Al caer el sol empiezan a encenderse las luces del puerto y del Kobe Meriken Park Oriental Hotel ahí enfrente, un edificio con forma de ola que también es un icono. Me gusta mucho esta postal.

Nankinmachi

De ahí nos damos un paseo corto por Nankinmachi, el Chinatown de Kobe. Es uno de los tres grandes barrios chinos de Japón (junto con los de Yokohama y Nagasaki), y su historia se remonta precisamente a 1868, cuando Kobe se abrió al comercio exterior y los mercaderes chinos de Cantón, Shanghái y Fujian empezaron a asentarse aquí. Es pequeño pero muy animado, con un ambiente radicalmente distinto al del Japón tradicional: farolillos rojos y dorados, tiendas de bollos al vapor humeantes, mucha gente comiendo en la calle, vendedores gritando. Un contraste divertido después del monte Shosha, donde hace unas horas solo se oían las cigarras. Probamos un par de bollos chinos rellenos, nikuman y anman (carne de cerdo y pasta de judía dulce, respectivamente), y ya se me ocurre que mañana tengo que dormir porque llevo el cuerpo roto.

Volvemos a Kioto en tren ya de noche. Cenamos cualquier cosa en la estación (ramen, creo, finalmente algo que no es arroz blanco, aunque igualmente es caldo con fideos y arroz de acompañamiento, no te escapas) y nos vamos al hotel sin fuerza ni para hablar. Himeji, Shosha y Kobe en un solo día. Esto no es vacaciones, es una yincana maravillosa.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 9. El castillo Nijo y el viaje a Tokio

Hoy es día de mudanza. Nos despedimos de Kioto, que ha sido nuestro campamento base durante siete noches, y trasladamos el viaje a Tokio. Pero antes, queríamos rematar Kioto con una visita que mi hermano había marcado como imprescindible y yo le agradezco mucho: el castillo Nijo. Un broche histórico perfecto antes de coger el Shinkansen.

Nijo-jo, el final de los shogunes

El castillo Nijo lo mandó construir Tokugawa Ieyasu en 1603, el mismo año en que fue nombrado shogun por el emperador, fundando así el shogunato Tokugawa que gobernaría Japón durante 265 años. Ieyasu quería una residencia digna para sus estancias en Kioto, donde estaba el emperador y toda la aristocracia imperial, y una forma concreta de dejar muy claro quién mandaba realmente en el país: el emperador vivía en el palacio imperial, sí, pero a pocas calles de distancia el shogun tenía un castillo-palacio mucho más rico, más ostentoso y con mucha más seguridad. Nijo-jo es, en ese sentido, una declaración política en piedra y madera.

Es Patrimonio de la Humanidad desde 1994, y su importancia histórica es enorme, aunque uno lo pase por alto si solo se queda con la etiqueta de "castillo". En realidad lo que hay aquí no es un castillo de guerra como Himeji, con sus torres inexpugnables y sus laberintos defensivos, sino un palacio de gobierno, más horizontal, con jardines elaborados y estancias interiores ceremoniales. El recinto tiene dos anillos amurallados con fosos: el exterior con el palacio Ninomaru, donde se recibía a daimyos y embajadores, y el interior (Honmaru) con la residencia privada del shogun. El torreón original del Honmaru ardió en 1750 por un rayo y nunca se reconstruyó, así que hoy el castillo tiene esa silueta tan particular, horizontal, palaciega, sin el típico torreón japonés.

Entramos por la puerta principal, la Karamon, que es una maravilla de talla en madera, dorada, con tallas de dragones, fénix y grullas y tejados curvos sobrecargados. La Karamon se construyó originalmente para el palacio Fushimi de Toyotomi Hideyoshi y fue trasladada aquí, lo cual en la época tenía un fuerte valor simbólico: los Tokugawa se apropiaban literalmente del prestigio de sus predecesores. Pagamos, nos descalzamos y entramos en el palacio Ninomaru, el corazón del recinto. Y aquí empieza la magia, o mejor dicho, el crujido.

Los suelos del ruiseñor

El Ninomaru tiene los famosos suelos del ruiseñor, los uguisubari. Son unos suelos de madera construidos con un sistema de clavos de acero y abrazaderas (kasugai) deliberadamente flojas, de manera que al pisar encima las piezas metálicas rozan entre sí y emiten un sonido agudo, parecido al canto del ruiseñor japonés, el uguisu. No es un defecto ni un desgaste, es intencionado: se diseñaron así para que ningún intruso, ni siquiera un shinobi entrenado, pudiera acercarse a las estancias del shogun sin ser oído. Vaya idea. Caminas de puntillas intentando no hacer ruido por puro instinto y los suelos cantan igual bajo tus pies. Es un detalle precioso, y un recordatorio de que en esa época incluso la arquitectura era una forma de defensa paranoica (en el mejor sentido).

Las estancias del Ninomaru

Las estancias interiores del Ninomaru son de una riqueza apabullante. Tatamis desgastados, fusuma (puertas correderas) pintadas por artistas de la escuela Kano (la gran escuela pictórica oficial del shogunato, fundada por Kano Masanobu en el siglo XV) con escenas de tigres, pinos, grullas y paisajes, techos artesonados con pan de oro que todavía brilla, y una sucesión de antesalas, salas de audiencia y despachos organizados jerárquicamente según la categoría del visitante que el shogun condescendiera a recibir. La iconografía es cuidadísima: en las salas de mayor rango pintan tigres (animales de poder) y pinos (eternidad); en las salas donde se recibía a los daimyos pintan halcones y nubes; en las estancias privadas, paisajes más serenos.

Hay una sala concreta, la Ohiroma, donde en octubre de 1867 el último shogun, Tokugawa Yoshinobu, reunió a los daimyos y anunció oficialmente la devolución del poder al emperador Meiji (lo que se llamó Taisei Hokan), cerrando 265 años de gobierno militar y abriendo la Restauración Meiji. Es decir, que en este suelo, exactamente aquí, termina formalmente el Japón feudal y empieza el moderno. Para un aficionado a la historia como yo, estar en pie en ese sitio es un escalofrío. En cierto sentido, Nijo-jo es el lugar donde Japón cerró el ciclo: el castillo donde empezó el shogunato en 1603 y donde terminó en 1867.

Salimos al jardín exterior, paseamos bajo los pinos y alrededor de los estanques con carpas, sacamos fotos del segundo recinto amurallado con sus torretas esquineras, y nos despedimos de Kioto con la sensación muy ordenada: hemos empezado estos días con el pasado budista y terminamos con el pasado del poder político. Kioto me deja con ganas de volver algún día solo para ella.

Shinkansen a Tokio

Volvemos al hotel, recogemos las maletas grandes, y caminamos hasta la estación de Kioto. Cogemos un Shinkansen Hikari dirección Tokio. Son dos horas y cuarenta minutos de tren para recorrer los 513 kilómetros que separan Kioto de Tokio por la línea Tokaido.

El Shinkansen, por si alguien lo ignora, es el primer tren bala de la historia: la línea Tokaido se inauguró el 1 de octubre de 1964, nueve días antes de los Juegos Olímpicos de Tokio, como escaparate mundial del renacimiento japonés posterior a la guerra. En esa época la velocidad comercial era ya de 210 km/h, lo que en 1964 resultaba casi ciencia ficción. Hoy los trenes más rápidos de la línea Tokaido (los Nozomi de serie N700) alcanzan los 285 km/h en servicio comercial. Pero lo más increíble no es la velocidad, sino la puntualidad: el retraso medio anual del Shinkansen se mide en segundos (la cifra oficial reciente ronda los 54 segundos de media), incluyendo los retrasos provocados por tifones, terremotos y nevadas. Si un tren se retrasa más de cinco minutos, los interventores reparten notas de disculpa firmadas para presentar en el trabajo. Nunca ha habido un muerto por accidente en más de 50 años de servicio.

Pagamos los asientos reservados, nos sentamos del lado derecho (porque mi hermano, que lo sabe todo, me dice que desde ahí se verá el monte Fuji al pasar Shizuoka) y ponemos las maletas en la zona trasera del vagón. El Hikari es el servicio "intermedio": para en más estaciones que el Nozomi pero menos que el Kodama, y es justo el que entra en el JR Pass (los Nozomi están excluidos, un detalle importante).

El viaje y el monte Fuji

El viaje en Shinkansen sigue dejándome boquiabierto después de toda la semana de trayectos. La puntualidad pasmosa, al segundo. La limpieza, los asientos que giran para mirar al sentido de la marcha (porque en cada terminal el tren no da la vuelta, simplemente giran todos los asientos mecánicamente), los carritos de comida que pasan silenciosos por el pasillo, las reverencias de la azafata al entrar y salir del vagón. Si alguna vez levanto la voz dentro, un pueblo entero de samuráis virtuales me mira con reproche. Aquí el vagón es casi como una sala de lectura. Saco el cuaderno y escribo mientras avanzamos.

Y efectivamente, cuando pasamos Shizuoka, veo por la ventana derecha el monte Fuji. Perfecto, cónico, con algo de nube alrededor de la cima pero despejado en su silueta. El Fujisan (3.776 metros) es el volcán más alto de Japón, sagrado para el sintoísmo, venerado como morada de la diosa Konohanasakuya-hime, y desde 2013 Patrimonio de la Humanidad como "lugar sagrado y fuente de inspiración artística". Hokusai lo pintó treinta y seis veces. Está considerado activo, aunque no entra en erupción desde 1707. Me da tiempo a hacer un par de fotos decentes antes de que el tren entre en un túnel y pasemos a otra cosa. El tren va a casi trescientos kilómetros por hora y ni una vibración en el cristal. Esto no se parece a ningún tren que yo haya cogido antes.

Primer contacto con Tokio

Llegamos a la estación de Tokio al mediodía. Ya al bajar del tren noto una densidad de gente y una cantidad de carteles, letreros, indicadores, sonidos de megafonía, que me marean un poco. La estación de Tokio es enorme. Conseguimos orientarnos, cambiar al metro, y coger la línea hasta Iidabashi, donde está nuestro hotel, el Flexstay Inn Iidabashi. Habitación pequeña, hasta decir basta (la palabra "compacta" aquí se queda corta, no hay apenas espacio entre la cama y la pared), pero limpia, con su máquina expendedora en el pasillo, por supuesto, y con un plano enorme del metro pegado en la pared. Dejamos las maletas y salimos.

Primera noche en Tokio. Nos damos un paseo por Shinjuku para tomar contacto. Y aquí es donde me doy cuenta de que Kioto y Tokio son dos países distintos dentro del mismo país. Shinjuku es la sobrecarga absoluta. Luces de neón por todas partes, pantallas gigantes, rótulos verticales en kanji en las fachadas de los edificios, cinco o seis niveles distintos de bares y restaurantes en un mismo bloque, ríos de gente cruzando pasos de peatones, el sonido de las máquinas tragaperras de los pachinkos saliendo por las puertas abiertas de los locales, olor a yakitori, olor a gasoil, olor a algo frito que no identifico. Se me abren los ojos como platos. Mi hermano sonríe, que él ya sabía que me iba a pasar esto.

Caminamos sin rumbo durante un par de horas, dejándonos llevar. Cenamos en un ramen bar diminuto donde pides en una máquina expendedora de tickets (otra vez las máquinas, no me puedo creer que el 80% de las interacciones comerciales aquí pasen por una máquina), le entregas el ticket al cocinero detrás de la barra, y él te pone el cuenco delante en cinco minutos. Comemos casi en silencio, apretados en la barra, entre oficinistas con camisa blanca que engullen a toda velocidad. Qué bien sienta.

Volvemos al hotel caminando, cogemos el metro porque nos perdemos, nos salimos en la parada equivocada, y llegamos agotados. Mañana, Nikko. Otro día de JR Pass y otro día de templos. Ya empiezo a sentirme como si llevara viviendo aquí meses. Qué viaje.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 10. Nikko: el santuario más espectacular de Japón

Si ayer fue día de mudanza, hoy es día de excursión. Nikko es una de esas visitas que en todas las guías aparece con mayúsculas y exclamaciones, y que nosotros habíamos dejado a propósito para primero de Tokio, aprovechando que el JR Pass todavía nos da para otro rato. Desde Tokio se llega a Nikko en unas dos horas en tren (primero el Shinkansen hasta Utsunomiya, luego un tren local hasta Nikko), y efectivamente esos dos trayectos están cubiertos por el pase, así que seguimos estirándolo al máximo.

En Japón hay un dicho clásico: "Nikko wo minai uchi wa kekkō to iu na". La traducción literal es "no digas espléndido hasta que no hayas visto Nikko" (kekkō significa "suficiente", "magnífico"). Es un juego de palabras fonético con el nombre de la ciudad, y ese dicho es tan popular que se aprende en el colegio. Viene a decir que Nikko es el patrón de oro de la belleza: cualquier otra cosa queda por detrás. Vamos con las expectativas altas.

Salimos pronto del hotel. A primera hora, en el metro de Tokio, la experiencia es digna de estudiarse: mar de oficinistas en camisa blanca, silencio absoluto a pesar del volumen de gente, empujadores profesionales (los oshiya, con gorra y guantes blancos, trabajo que existe desde los años 50) en las paradas más concurridas, y ni un grito, ni una conversación, ni un teléfono sonando. Yo miro a todos lados como un turista torpe que soy. Mi hermano lleva el mapa del metro impreso y doblado en octavos en el bolsillo. Llegamos a la estación de Tokio, cogemos el Shinkansen hacia Utsunomiya, transbordo, y llegamos a Nikko a media mañana.

Caminar hacia los santuarios

Desde la estación de Nikko al complejo de santuarios hay un paseo bastante largo, hacia arriba, bordeando el río Daiya, con vistas al puente Shinkyo, ese puente rojo lacado clásico que sale en todas las postales. El Shinkyo actual es de 1904, reconstrucción de un puente anterior del siglo XVII, y fue durante siglos el puente sagrado reservado a emperadores, shogunes y peregrinos: el resto del mundo tenía que cruzar el río vadeándolo. La leyenda cuenta que el monje Shōdō Shōnin, el que trajo el budismo a Nikko en el siglo VIII, no podía cruzar el río, y el dios Jinja-Daiō hizo aparecer dos serpientes que se entrelazaron formando un puente sobre el que Shōdō pudo pasar. Es uno de los tres puentes más bellos de Japón.

Cruzamos al otro lado y empezamos a subir entre los cedros gigantes. Aquí está la diferencia de Nikko respecto a otros sitios: el bosque. Cryptomerias japónicas (sugi, el cedro japonés nacional), de una altura brutal, con troncos tan gordos que entre los dos no los rodeamos. Algunos de estos árboles tienen más de cuatrocientos años, plantados durante el proceso mismo de construcción de los santuarios. De hecho la famosa Avenida de los Cedros de Nikko (Nikko Sugi Namiki) es la avenida arbolada más larga del mundo según el Libro Guinness: se extiende durante 35 kilómetros y cuenta con unos 12.000 cedros, todos plantados entre 1625 y 1648 por un vasallo modesto, Matsudaira Masatsuna, que no podía permitirse hacer una donación económica al santuario y decidió, en lugar de dinero, regalar árboles. Y ahí siguen.

Caminar entre ellos ya es una experiencia antes incluso de llegar al santuario. Nikko está inscrita como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1999, y agrupa 103 edificios entre santuarios y templos, de los cuales el principal, el gran espectáculo, es Tosho-gu.

Tosho-gu, el sepulcro del shogun

Tosho-gu es el santuario dedicado a Tokugawa Ieyasu, el fundador del shogunato Tokugawa que ya conocemos de ayer por Nijo. Ieyasu murió en 1616 y, siguiendo sus propias instrucciones, fue enterrado inicialmente en Shizuoka y trasladado un año después a Nikko. La idea era enshrinarlo como kami, dios protector del shogunato y del país, con el título póstumo de Tōshō Daigongen ("Gran Encarnación del Brillo del Este"). Ieyasu eligió Nikko porque está al norte de Edo, y según la geomancia china su espíritu desde ahí podría proteger eternamente a sus descendientes.

El complejo lo mandó rehacer en 1634-1636 su nieto Iemitsu, tercer shogun de la dinastía, en una operación monumental: se dice que trabajaron en ella 4,54 millones de obreros-día, y el coste equivaldría hoy a cientos de miles de millones de yenes. Iemitsu quería que el santuario de su abuelo fuera tan magnífico que nadie pudiera dudar de la legitimidad divina del shogunato Tokugawa. Y el resultado es un santuario absolutamente distinto a cualquier otro que hayamos visto en el viaje.

Porque si Kioto es el Japón minimalista, zen, de maderas desnudas y jardines monocromos, Nikko es el Japón barroco, recargado, desbordante. Aquí hay pan de oro en cada rincón, lacas rojas y negras, tallas policromadas en verde, azul, blanco y bermellón, dragones, leones chinos, elefantes imaginados por artistas que nunca habían visto un elefante (las llamadas "imagined elephants" o sozo no zo que son famosas entre los japoneses precisamente por lo raras que son), fénix, tigres, nubes esculpidas, dioses del viento, dioses del trueno. El cómputo oficial: más de 500 tallas animales y más de 2.400 tallas en total repartidas por todo el complejo. Es una sobrecarga visual que te deja un poco mareado, y muy maravillado al mismo tiempo.

La Yomeimon

Entramos por el torii de piedra, subimos las escaleras y nos plantamos delante de la Yomeimon, la Puerta de la Luz del Sol (también traducible como "la puerta del sol poniente", porque según una tradición no concluida se construyó orientada al sol del atardecer). Es la joya del santuario, declarada Tesoro Nacional. La llaman también Higurashi-mon, "la puerta en la que se hace de noche", porque se podría pasar el día entero mirándola y seguiría habiendo cosas nuevas por descubrir al anochecer. Sobrecarga absoluta: 508 tallas en total, columnas blancas con dragones ascendentes, animales dorados, niños jugando tallados en los paneles, sabios chinos, unicornios, qilin, baku, inscripciones.

Hay un detalle fascinante: una de las columnas de la puerta, la llamada sakabashira, está colocada al revés, boca abajo, con el dibujo del grano de la madera invertido. Fue intencionado: según la tradición, un edificio absolutamente perfecto atrae la envidia de los dioses y provoca su destrucción, y por eso los maestros artesanos dejaron deliberadamente una imperfección, un pequeño defecto consciente, para protegerlo. Es la misma filosofía que hay detrás del wabi-sabi, la belleza de lo imperfecto. Esa idea me encanta. La apunto en el cuaderno.

Los tres monos y el gato durmiente

En los establos sagrados del santuario (el Shinkyusha, donde se guardaban los caballos blancos consagrados a los dioses) está el friso más famoso del complejo: los tres monos sabios. Mizaru, kikazaru e iwazaru, "no ver el mal, no oír el mal, no hablar el mal". La talla es pequeñita, casi desapercibida, está en un friso junto a otras siete escenas de la vida de un mono que representan alegóricamente las etapas de la vida humana desde el nacimiento hasta la maternidad. El juego de palabras es intraducible: en japonés antiguo, "zaru" es una forma arcaica de negación, y también "mono" (saru), así que "mizaru" significa a la vez "no veo" y "mono que no ve". La máxima es de origen chino confuciano, pero esta representación específica con los tres monos se ha convertido en uno de los iconos más exportados de Japón. Que estén aquí, en un establo de caballos del siglo XVII, y que todo el mundo los reconozca, es asombroso.

Y en otro de los edificios, escondido también en un friso sobre un dintel, está el Nemuri-neko, el "gato durmiente", una talla minúscula de un gato dormido que según la tradición esculpió el legendario Hidari Jingoro, artista medio histórico medio mítico de la época Edo, del que se cuenta que tallaba con la mano izquierda porque le habían cortado la derecha por celos de un rival (de ahí el "hidari", izquierda). El gato duerme aparentemente relajado, pero tiene las patas dispuestas de forma que podría saltar al ataque en cualquier momento: simboliza la paz vigilante del shogunato Tokugawa, una paz siempre alerta. Detrás de él, en el friso del otro lado, hay dos gorriones: se dice que mientras el gato duerme, los gorriones se atreven a jugar, metáfora de que incluso los débiles viven tranquilos bajo un buen gobierno. Se nota que este santuario está pensado para mirar, remirar y volver a mirar.

El Honjido y el dragón que llora

Antes de subir al mausoleo pasamos por el Honjido, un pabellón del vecino Rinno-ji donde hay un enorme dragón pintado en el techo, el Nakiryu o "dragón que llora". El monje guía da dos palmadas con unas maderas justo debajo de la cabeza del dragón, y el eco que se produce es un zumbido prolongado, resonante, que no se oye cuando das las palmadas fuera de esa zona. Es un fenómeno acústico real, provocado por la curvatura del techo y las dimensiones de la sala, pero los japoneses lo interpretan como el rugido del dragón, que solo responde cuando te sitúas exactamente bajo su cabeza. Me dejé la piel de gallina allí de pie.

El mausoleo

Subimos las escaleras, 207 peldaños de piedra, hasta el mausoleo mismo de Ieyasu, arriba del todo del recinto, entre cedros todavía más grandes. Ahí la decoración se calma, vuelve el silencio. Un sitio más sobrio, más íntimo, más apropiado para un enterramiento. La tumba en sí es una simple pagoda de bronce en un claro entre árboles gigantes, sin oropeles. Nos quedamos un rato allí arriba, entre árboles milenarios, sin apenas turistas, escuchando a las cigarras.

Futarasan y Rinno-ji

Al lado de Tosho-gu está el santuario Futarasan, mucho más sobrio, fundado en el año 782 por el monje Shōdō Shōnin, que fue de hecho el primero que llegó a esta montaña sagrada. Está dedicado a las tres montañas sagradas de Nikko (el Nantai, el Nyoho y el Taro), y a sus kami correspondientes. Aquí la arquitectura es más antigua, más sobria, con faroles de piedra cubiertos de musgo y un aire mucho más discreto. En el recinto hay un pequeño santuario dedicado al dios del matrimonio al que se accede cruzando un árbol partido: los japoneses hacen cola para pasar.

Y muy cerca, el templo Rinno-ji, cabeza de la escuela Tendai en la región y el templo budista más importante de Nikko. Su gran hall, el Sanbutsudo, alberga tres estatuas doradas enormes (de unos ocho metros cada una) que representan al Buda Amida, al Kannon de las mil manos y al Kannon de cabeza de caballo, los tres identificados también con los kami sintoístas de las tres montañas. Es un ejemplo clarísimo de shinbutsu-shugo, la fusión entre sintoísmo y budismo que funcionó en Japón durante mil años hasta su separación forzada en 1868. Está en obras de restauración, cubierto parcialmente por un andamio enorme y una lona impresa (los japoneses son tan detallistas que hasta las lonas de obra llevan impreso el edificio original a escala real, con sus tejados y sus tallas, para no afear el paisaje), pero se puede entrar igualmente. Nos descalzamos, entramos en penumbra y miramos a los tres budas gigantes sin decir nada.

Caminando entre los tres recintos piensas que esto no es solo un santuario, es un bosque sagrado. Los japoneses han sabido mezclar naturaleza y arquitectura de una manera que no se parece a nada europeo. Aquí no hay una plaza y una catedral imponente. Aquí hay un bosque, y dentro del bosque, repartidas, edificaciones que se acoplan al terreno, que se esconden entre los árboles, que aparecen al girar un recodo. Me quito el sombrero como diseñador.

Vuelta a Tokio y cena en Ginza

Bajamos ya con la tarde avanzada, agotados. Volvemos caminando hasta la estación de Nikko, tren local hasta Utsunomiya, transbordo al Shinkansen, y llegamos a Tokio cuando ya empieza a oscurecer. Nos apetece celebrar el día, así que en vez de cenar cerca del hotel decidimos ir a Ginza.

Ginza es el distrito elegante de Tokio, lleno de marcas de lujo, edificios de vidrio, arquitectura contemporánea, restaurantes caros. Lo recorremos sin comprar nada (obviamente), solo mirando escaparates. Aquí no hay pachinkos ruidosos ni luces de neón a saco como en Shinjuku; aquí todo es más sobrio, más contenido, más caro. Cenamos en un pequeño restaurante de tonkatsu a pie de calle donde sirven el cerdo empanado cortado en tiras, con col rallada fina y arroz (arroz, sí, hoy he sido débil y he vuelto a pedir arroz, pero es que el tonkatsu lo pedía). Buenísimo. Mi hermano pide también una cerveza japonesa helada y la bebemos brindando por el viaje, por los nueve días que llevamos ya, por los que nos quedan, por el JR Pass que nos ha cumplido, por Nikko, por los cedros, por los monos sabios y por el gato dormido.

Volvemos al hotel en metro. Creo que hoy me he quedado dormido en la cama antes de apoyar del todo la cabeza. Japón me está derrotando de la mejor manera posible.

El Gran Buda de Kamakura, la estatua de bronce al aire libre del Kōtoku-in, con los peregrinos a sus pies.

Día 11. El Gran Buda de Kamakura y las luces de Yokohama

Hoy toca excursión de un día al sur de Tokio. Mi hermano, con su cuaderno impreso como siempre, me explica en el desayuno que vamos a combinar dos sitios completamente distintos: por la mañana Kamakura, la antigua capital samurái, y por la tarde Yokohama, la segunda ciudad más grande de Japón, moderna y portuaria. El plan tiene sentido y lo tiene todo calculado al minuto, así que yo me dejo llevar. Cojo una lata de café frío de una máquina expendedora en la estación (otra más para la colección mental) y nos metemos en el tren de la línea Yokosuka rumbo a Kita-Kamakura.

Kita-Kamakura: templos zen en silencio

Nos bajamos en Kita-Kamakura, una estación diminuta rodeada de verde, y el cambio respecto a Tokio es inmediato: cigarras, humedad, olor a madera mojada y cero turistas europeos a la vista.

Antes de entrar en los templos, un poco de contexto: Kamakura fue capital política de Japón entre 1185 y 1333, durante el período que lleva su nombre. Aquí Minamoto no Yoritomo, tras derrotar al clan Taira en la guerra Genpei, estableció el primer bakufu o gobierno militar, inaugurando ocho siglos de poder samurái. El emperador seguía en Kioto, pero el poder real estaba aquí, en esta pequeña ciudad costera rodeada de colinas y con salida al mar, elegida precisamente por esa topografía fácilmente defendible. Kamakura también fue el lugar donde arraigó el budismo zen en Japón, traído de China por monjes como Eisai y Dogen, y adoptado rápidamente por la clase samurái porque su disciplina mental y su austeridad casaban perfectamente con los valores del guerrero. De esa época vienen casi todos los grandes templos zen de la ciudad, que los monjes aún hoy practican con la misma seriedad.

Empezamos por Engaku-ji, uno de los grandes templos zen de la rama Rinzai, fundado en 1282 por el regente Hōjō Tokimune para honrar a los caídos en las invasiones mongolas de 1274 y 1281 (las que fueron rechazadas, según la leyenda, por los "vientos divinos" o kamikaze que hundieron la flota de Kublai Khan). Subes unas escaleras de piedra cubiertas de musgo y de repente estás dentro de un recinto con varios pabellones de madera oscura, pinos centenarios, una gran campana del siglo XIV (el Ogane, una de las tres mayores de Japón, fundida en 1301) y un silencio que no es silencio, es otra cosa. Es como si el ruido se hubiera ido a otra parte del país.

Luego bajamos a Kencho-ji, todavía más antiguo (1253), el primer templo zen auténtico de Japón, fundado por el regente Hōjō Tokiyori con el monje chino Rankei Doryu como abad. Su puerta principal, el Sanmon, es una mole de madera oscura de dos pisos que te obliga a mirar hacia arriba. Paseamos por los jardines, entramos en el Hatto donde hay un dragón pintado en el techo (el Unryu-zu, obra de Koizumi Junsaku de 2003) y me siento un rato en un banco a mirar a un monje barriendo hojas con un ritmo que parecía coreografiado. En momentos así me acuerdo de por qué este viaje es el viaje con el que llevaba años soñando.

Aprovecho para contarle a mi hermano lo que he leído sobre Kamakura: que fue capital de Japón entre 1185 y 1333, que aquí nació el shogunato, es decir, el gobierno militar samurái que se iba a mantener de una forma u otra hasta la Restauración Meiji en 1868. Que esta zona, más que una ciudad, es un conjunto de templos y santuarios metidos entre colinas y playa. Él asiente y me enseña su cuaderno, donde ya lo tenía anotado desde casa, claro.

Kotoku-in y el Gran Buda

Cogemos la línea Enoden, un tranvía maravilloso de 1902 que cruza pueblos costeros pegando sus vagones a las fachadas de las casas (a veces la vía pasa literalmente rozando las ventanas de los vecinos), y nos bajamos cerca de Kotoku-in. Y ahí está. El Daibutsu. El Gran Buda de Kamakura.

Lo ves desde lejos entre los árboles y ya te impresiona, pero cuando entras al recinto y lo tienes enfrente te quedas un rato callado. Es un buda de bronce de 13,35 metros de altura y 93 toneladas de peso, fundido en 1252 por una técnica de moldeado en secciones horizontales (se ven aún las juntas entre los segmentos), y representa a Amida Nyorai, el Buda de la Luz Infinita, el objeto de devoción de la escuela Jōdo o de la Tierra Pura. La construcción fue una iniciativa popular: se empezó en 1243 con una primera estatua de madera que se destruyó en una tormenta, y el sacerdote Joko organizó una colecta nacional para fundir la actual, en bronce, más resistente.

Originalmente el Buda estaba dentro de una gran sala de madera, el Daibutsu-den, como su primo aún mayor de Todai-ji en Nara. Pero esa sala fue destruida por tifones en el siglo XIV y, definitivamente, por el tsunami provocado por el terremoto de Meio en 1498, que entró tierra adentro y arrasó las estructuras de madera. Desde entonces, hace más de 500 años, el Buda está a la intemperie, sentado en el jardín, mirando al vacío con una serenidad que no se entiende hasta que la tienes delante. Los investigadores han encontrado los restos de pilares de la sala original enterrados alrededor, pero nunca se ha reconstruido: la imagen del Buda al aire libre se ha vuelto inseparable de su identidad. Es el segundo Buda de bronce más grande de Japón, solo superado por el de Todai-ji en Nara (que mide casi 15 metros), pero este, al aire libre y con la pátina verdosa del bronce oxidado, tiene algo que el de Nara no tiene.

Pagamos veinte yenes (una tontería) para meternos literalmente dentro del Buda, porque está hueco y se puede subir. Por dentro es como una pequeña catedral de bronce con olor a metal viejo, se ven las juntas de las secciones de fundición y los parches de reparación de los siglos. Salimos y me siento un rato enfrente, a la sombra, mirando. Hay pocos turistas. Un grupo de jubilados japoneses hace fotos con respeto, sin ruido. Alguna familia con niños pequeños. Y luego, claro, un grupo de italianos soltando el "oh mamma mia" a pleno volumen, que mi hermano y yo escuchamos desde el otro extremo del recinto. Ya es casi un gag del viaje.

Hase-dera: los mil Jizo

A cinco minutos andando está Hase-dera, y aquí es donde me emociono de verdad. Hase-dera es un templo de la escuela Jōdo construido en ladera, con varios niveles enlazados por escaleras. Fue fundado, según la tradición, en el año 736, lo que lo convertiría en uno de los templos más antiguos de la región del Kantō. En la parte de arriba, dentro del pabellón principal, está la Kannon de las once cabezas: una estatua de madera dorada de 9,18 metros de altura, la estatua de madera más grande de Japón, tallada supuestamente en el año 721 de un único tronco de alcanforero. La leyenda cuenta que de ese mismo tronco se tallaron dos Kannon gemelas, una quedó en Hase (cerca de Nara) y la otra se echó al mar con una oración para que llegara al lugar donde fuera necesitada. Flotó quince años hasta llegar a la playa de Kamakura, y en ese sitio se fundó el templo. Las once cabezas representan las once formas en las que esta bodhisattva de la compasión puede manifestarse para ayudar a los seres sufrientes. Está en penumbra, iluminada solo por luz lateral desde una claraboya, y cuando entras el efecto es sobrecogedor.

Pero lo que más me marca de Hase-dera son los Jizo. Cientos, miles de pequeñas estatuas de piedra de Jizo, el bodhisattva que cuida de los niños, los viajeros y los difuntos en el inframundo. Jizo Bosatsu es una figura muy querida en Japón: se le representa siempre como un monje calvo con un bastón y una joya, y su misión es guiar las almas perdidas por el río Sanzu (el equivalente japonés a la Estigia), especialmente las de los niños. En Hase-dera las familias dejan estas estatuitas en memoria de los niños no nacidos, los abortados espontáneos o los hijos perdidos prematuramente: es una ceremonia llamada mizuko kuyō (literalmente "ofrenda a los niños de agua"), un ritual budista con mucho arraigo en Japón a partir de los años 70. Están en hilera, con gorritos rojos de lana tejidos por las madres, baberos, algunas con flores, juguetitos de plástico o dulces a los pies. Y son muchísimas. Paseas entre ellas y no sabes qué cara poner. Piensas en las historias que hay detrás de cada una. Mi hermano y yo las recorremos en silencio.

Después bajamos al jardín, con estanques de carpas y, en esta época de agosto, los últimos restos de hortensias (Hase-dera es famoso por sus ajisai de junio, con unas 2.500 plantas de hortensias escalonadas por la ladera, pero nosotros llegamos tarde). Hay un mirador desde el que se ve la bahía de Sagami y el Pacífico. Comemos algo rápido por la zona y nos metemos en el tren de vuelta para enfilar hacia Yokohama.

Yokohama: Minato Mirai y el puerto

Llegamos a Yokohama a media tarde y el contraste con Kamakura es total. Aquí estamos en el Japón portuario, moderno, el Japón que se abrió al mundo cuando en 1859 el puerto de Yokohama empezó a recibir barcos extranjeros tras los tratados forzados por el comodoro Perry. Antes de eso, Yokohama era un pueblo de pescadores; en menos de un siglo se convirtió en una de las ciudades más grandes de Japón, la segunda del país con casi cuatro millones de habitantes.

Enfilamos directamente hacia Minato Mirai 21, que significa literalmente "puerto del futuro siglo XXI", el frente marítimo desarrollado a partir de los años 80 sobre terrenos de los antiguos astilleros Mitsubishi. Es un ejercicio de urbanismo muy propio del Japón de la burbuja: reconvertir un puerto industrial en un distrito financiero, cultural y turístico con rascacielos, parques, museos y centros de convenciones. En el centro está la Landmark Tower, inaugurada en 1993, que con sus 296 metros fue el edificio más alto de Japón hasta 2012 (cuando la destronó Abeno Harukas en Osaka). Tiene uno de los ascensores más rápidos del mundo: sube los 69 pisos hasta el Sky Garden en 40 segundos. Subimos hasta el mirador y la vista del puerto, la bahía, la noria gigante, los rascacielos y las grúas es espectacular. Hay una niebla ligera que suaviza todo.

Bajamos y paseamos por el paseo marítimo, con la noria Cosmo Clock 21 encendiéndose poco a poco según cae la luz (tiene 112,5 metros de altura, fue la más alta del mundo cuando se instaló en 1989, y funciona al mismo tiempo como reloj: su iluminación marca la hora con precisión japonesa). Pasamos por el Nippon Maru, un velero de 1930 reconvertido en museo, y llegamos a la zona de Akarenga, los Red Brick Warehouses, los almacenes de ladrillo rojo construidos en 1911 como aduana del puerto. Sobrevivieron al terremoto de 1923 (aunque uno de los dos quedó dañado), fueron utilizados como depósito militar, estuvieron a punto de demolerse en los noventa y finalmente se restauraron en 2002 como centro cultural y comercial. Hoy albergan tiendas artesanales, restaurantes y salas de exposiciones. Un rincón con mucho encanto.

Me acuerdo mucho de Bilbao mirando este paisaje. Puerto reconvertido, grúas convertidas en escultura, modernidad sobre industria. Hay algo aquí que reconozco: Abandoibarra, el Guggenheim, la ría saneada. Yokohama y Bilbao hicieron operaciones parecidas en la misma década, con escalas muy distintas.

Chinatown

Cerramos el día en el Chinatown de Yokohama, el más grande de Japón y uno de los más grandes del mundo fuera de China. Se fundó en 1859, justo cuando Yokohama abrió su puerto al comercio exterior, con la llegada de comerciantes cantoneses que hicieron de intermediarios entre Japón y los mercaderes occidentales que no hablaban japonés pero sí chino. Hoy el barrio ocupa unas quince manzanas, tiene cuatro puertas guardianas orientadas a los cuatro puntos cardinales (con sus cuatro dioses tutelares), y alrededor de 600 tiendas y restaurantes. Es un barrio vivísimo: puertas chinas gigantes pintadas de rojo, templos con dragones, farolillos rojos por todas partes, olores a bao, a pato laqueado, a fideos fritos. Comemos unos dumplings en un sitio pequeñito y humeante, y paseamos entre las tiendas y los puestos de la calle. Entramos en el templo Kanteibyo, dedicado a Guan Yu, el general chino deificado como dios chino de los negocios, la lealtad y la prosperidad, con sus esculturas doradas y sus columnas rojas lacadas.

Volvemos a Tokio ya de noche, en un tren atestado de oficinistas y turistas, yo con los pies destrozados y la cabeza llena de imágenes: el Buda sentado a la intemperie mirando al vacío, los mil Jizo con sus gorritos rojos, la noria de Yokohama girando sobre la bahía. Un día largo y perfecto, de esos que necesitas digerir. Mañana toca seguir explorando Tokio. Cada vez me gusta más esta ciudad.

Las calles de Akihabara en Tokio de noche, con las fachadas cubiertas de rótulos luminosos y carteles de anime y videojuegos.

Día 12. De la vieja Tokio a Akihabara electrónica

Hoy el plan de mi hermano es ambicioso, como casi todos los suyos: empezar en el Tokio más antiguo que queda en pie, Yanaka, y terminar en el Tokio más futurista y friki, Akihabara, con parada en Ueno por el medio y remate en Ginza. De un extremo a otro de la ciudad, de un extremo a otro del tiempo. Me parece perfecto. Salimos temprano del hotel, compramos dos onigiris en un combini para desayunar y cogemos el metro hacia el norte.

Yanaka: el Tokio que sobrevivió

Yanaka es una de esas palabras que no salen en las guías generalistas pero que los que leen a fondo antes de venir sí conocen. Es uno de los pocos barrios shitamachi (literalmente "ciudad de abajo", los barrios tradicionales de artesanos y comerciantes del Tokio de Edo, por contraste con los yamanote "de arriba" donde vivían los samuráis) que se han conservado casi intactos en Tokio. Y no por poco: Yanaka sobrevivió al gran terremoto de Kantō del 1 de septiembre de 1923, que arrasó la mitad de la ciudad y mató a unas 140.000 personas en el incendio posterior, y sobrevivió también a los bombardeos americanos de la Segunda Guerra Mundial, especialmente el gran bombardeo incendiario del 10 de marzo de 1945 (Operación Meetinghouse), que destruyó en una sola noche unos 41 kilómetros cuadrados del Tokio de madera y mató a cerca de 100.000 civiles. Yanaka quedó en el margen de los dos desastres, y por eso aquí sigue habiendo casas de madera de una y dos alturas, calles estrechas, talleres artesanos, templos pequeños escondidos en esquinas (hay más de setenta templos budistas en el barrio, herencia de cuando en el siglo XVII el shogunato reubicó masivamente los templos a esta zona). Es uno de los pocos sitios de Tokio donde uno puede hacerse una idea visual de cómo era la ciudad hace 150 años.

Caminamos por la calle comercial Yanaka Ginza, una cuesta con una escalinata al final conocida como Yuyake Dandan ("las escaleras del atardecer") porque desde arriba se ve la puesta de sol sobre los tejados del viejo barrio. La calle está llena de tiendas pequeñas familiares, pescaderías, panaderías, sitios de croquetas (las menchi-katsu de Yanaka son famosas), verdulerías, y gatos por todas partes. Yanaka es conocida como el barrio de los gatos: hay esculturas de gatos, tiendas temáticas de gatos, gatos de verdad tumbados al sol al amparo de los tenderos que los cuidan. Dicen que los gatos se asentaron aquí por la abundancia de templos con jardines y la falta de coches en las calles. Compro una croqueta de algo (no sé bien qué) y sigo. Ningún turista a la vista. Cero. Solo vecinos mayores haciendo la compra y algún estudiante en bici.

El cementerio y el último shogun

Cruzamos el cementerio de Yanaka (Yanaka Reien), que es enorme y precioso, con hileras de lápidas de piedra entre árboles, ciruelos y una avenida central arbolada que los lugareños llaman "la calle sakura" porque se cubre de flor en primavera. El cementerio se creó en 1874, durante la Restauración Meiji, y es uno de los mayores de Tokio.

Aquí está enterrado Tokugawa Yoshinobu, el último shogun, el que en 1867 devolvió el poder al emperador y puso fin a siglos de gobierno samurái (aquel Taisei Hokan que se firmó en el castillo Nijo de Kioto, que visitamos hace unos días). Me quedo un rato mirando su tumba, que es sorprendentemente sobria para alguien que fue el último shogun de Japón: una simple tumba circular estilo sintoísta, sin ostentación. Yoshinobu pidió ser enterrado como ciudadano civil, no como shogun, y pidió también tumba sintoísta y no budista. Hay algo poético en eso: el último representante del gobierno militar que durante 700 años se sostuvo sobre el budismo, pidiendo reposar bajo el rito sintoísta del emperador al que había devuelto el poder.

En el cementerio también descansan figuras literarias como el novelista Natsume Sōseki (autor de Kokoro y Botchan, cuya cara estaba en los billetes de 1.000 yenes hasta 2004), el pintor Yokoyama Taikan, y muchos políticos, artistas y escritores de la era Meiji. Es un panteón nacional sin pretensiones, perdido entre los árboles. Mi hermano, como siempre, trae datos. Me suelta fechas. Yo tomo nota mental.

Salimos del cementerio y bajamos hacia Ueno.

Ueno: el parque y los museos

Ueno es otro mundo. Llegamos al gran parque Ueno Koen y de repente estamos entre multitudes, con vendedores ambulantes, músicos callejeros, niños de excursión escolar con gorras de colores ordenadas en fila. Ueno Park fue, en 1873, el primer parque público de Japón: se abrió por decreto del emperador Meiji sobre el terreno del antiguo templo Kan'ei-ji, el templo funerario de los Tokugawa que había ocupado la colina desde 1625. Ese templo fue prácticamente arrasado en la batalla de Ueno, el 4 de julio de 1868, cuando las últimas tropas leales al shogunato (los Shogitai) fueron aniquiladas aquí mismo por el ejército imperial. Después de la guerra, el gobierno Meiji decidió no reconstruir el templo y convertir la colina en parque público para "civilizar" a la ciudadanía al estilo occidental.

A la entrada del parque hay una estatua muy famosa: Saigō Takamori, el "último samurái", el líder de Satsuma que primero ayudó a derrotar al shogunato y luego se rebeló contra el propio gobierno Meiji en la guerra de Seinan de 1877. Está representado con ropa informal, paseando con su perro, lo cual resultó polémico cuando se inauguró en 1898 porque su viuda dijo que ese no era su marido. Pero la estatua se quedó, y Saigō se ha convertido en el gran mito romántico del fin del samurái.

En el parque está el Museo Nacional de Tokio, fundado en 1872, el museo más antiguo y más grande de Japón, con más de 110.000 piezas y miles de Tesoros Nacionales. Nos metemos dentro y pasamos varias horas. Cerámica, caligrafía, armaduras samurái, biombos, estatuas budistas, kimonos, espadas katana, grabados ukiyo-e, figuras haniwa protohistóricas. Salgo con la cabeza llena. Como diseñador, me fascinan sobre todo las salas de caligrafía y las de grabados ukiyo-e. Allí están los maestros: Hokusai con su Gran Ola, Hiroshige con las vistas del Tokaido, Utamaro con sus retratos de cortesanas. La composición, el uso del espacio vacío (ma), la economía del trazo, la manera de encajar la tipografía del kanji dentro de la imagen. Vuelvo a pensar lo mismo que vengo pensando todo el viaje: aquí hay una cultura de la mirada que en Europa no tenemos.

Ameya-Yokocho

Comemos en Ameya-Yokocho, conocida como Ameyoko, el mercado callejero que hay junto a la estación de Ueno bajo las vías elevadas del tren. El nombre "Ameyoko" tiene dos etimologías: una dice que viene de "ame" (caramelo, porque tras la guerra aquí se vendían dulces) y otra dice que viene de "America-yoko" porque también era el sitio donde se vendían productos robados a los soldados estadounidenses. En cualquier caso, nació como mercado negro tras la Segunda Guerra Mundial (junto con Shinjuku y Shinbashi, los tres grandes mercados de la posguerra) y se ha mantenido hasta hoy como un bazar permanente, sorprendentemente caótico para los estándares japoneses. Hoy es un caos precioso de puestos de pescado, marisco, bolsos falsos, dulces, especias, chicharrones, zapatillas deportivas, cosmética barata, bebidas de importación. Comemos unos pinchos de pollo yakitori de pie en una barra al aire libre, bebemos cerveza fría, vemos desfilar a todo tipo de gente. Me lo paso bomba. Es el Tokio ruidoso, popular, real, que no sale en las postales.

Akihabara: Electric Town

De Ueno a Akihabara hay dos paradas en tren. Y otro cambio de mundo.

Akihabara. Electric Town. La palabra que desde que tengo uso de razón va asociada a Japón. Llegamos y yo ya voy girando la cabeza a todos los lados. Edificios enteros cubiertos de carteles enormes de anime, cartelería luminosa con caracteres kanji parpadeantes, chicas disfrazadas de maid en plena calle repartiendo flyers de cafés temáticos, tiendas de siete plantas dedicadas exclusivamente a figuras de colección, a videojuegos retro, a cómics manga, a componentes electrónicos.

Mi hermano me explica la historia mientras caminamos. Akihabara nació como mercado negro de piezas de radio justo después de la guerra, cuando estudiantes de ingeniería eléctrica de la vecina Universidad de Tokio y soldados desmovilizados empezaron a vender componentes de segunda mano para que la gente pudiera montarse aparatos de radio en casa. Las autoridades americanas de ocupación les expulsaron a las afueras de la estación de Akihabara, bajo las vías elevadas, y aquel mercado improvisado se consolidó en lo que se llamó "Electric Town" a partir de los años 50. El edificio histórico es el Radio Kaikan, una torre de nueve plantas inaugurada en 1962 (reconstruida hace poco) que fue el primer edificio comercial dedicado íntegramente a la electrónica de consumo, y que sigue ahí mismo a la salida de la estación.

De las radios se pasó a los televisores, de los televisores a los ordenadores personales en los 80 (Akihabara fue el epicentro del boom del ordenador japonés, los NEC PC-98 y demás), y de los ordenadores a los videojuegos y al anime en los 90. La transición hacia la cultura otaku se consolidó con la apertura de tiendas como Gamers en 1996 y Animate, y con la llegada del primer maid café, el Cure Maid Café, en 2001. Desde entonces Akihabara es el centro mundial indiscutible de la cultura manga, anime, idol, videojuego, cosplay y figuras de colección. Es un ecosistema propio, con su propia economía, sus propias celebridades y sus propios códigos sociales.

Entramos en una tienda de ocho plantas, Mandarake, y cada planta es un universo: una entera para figuras de Gundam, otra para dōjinshi (manga amateur autoeditado, mundo paralelo fascinante y enorme), otra para juguetes vintage, otra para cómics de segunda mano ordenados con una meticulosidad absurda (por editorial, año, autor y condición de conservación). Salimos mareados. Entramos en un multicentro de electrónica (en un edificio llamado Akihabara Radio Center, directamente bajo las vías del tren) donde se venden cables, adaptadores, placas base, soldadores, tornillos de un milímetro, LEDs al peso. Mi hermano compra un par de adaptadores. Yo compro dos postales y un llavero de Totoro. No sé qué hacer con tanto. Me limito a mirar.

Me asomo a un maid café por curiosidad antropológica, pero no entramos. Desde la puerta ya se oye la música estridente y las voces agudas de las camareras saludando a los clientes con el "okaerinasai, goshujin-sama" ("bienvenido a casa, mi señor"). No es para mí, sinceramente. Aunque reconozco que como fenómeno cultural es fascinante: son cafés donde se vende una ficción de servicio doméstico romantizado por horas, un negocio que solo podía haber nacido aquí y que hoy mueve millones de yenes.

Ginza: Tokio burgués de noche

Cerramos el día bajando a Ginza ya de noche. Ginza es el anti-Akihabara: el distrito comercial más elegante de Japón, la respuesta japonesa a la Quinta Avenida de Nueva York. El nombre Ginza, literalmente "casa de la plata", viene del hecho de que aquí estuvo entre 1612 y 1800 la casa de la moneda oficial del shogunato Tokugawa, donde se acuñaba la plata. Cuando el barrio se quemó entero en el gran incendio de 1872, el gobierno Meiji encargó a un arquitecto británico, Thomas Waters, la reconstrucción en ladrillo rojo al estilo georgiano, convirtiendo Ginza en la primera calle "occidentalizada" de Japón. Aquí se abrieron los primeros cafés, las primeras tiendas de kimono transformadas en grandes almacenes, y la primera línea de tranvías eléctricos.

Las grandes marcas de lujo tienen sus flagships aquí en edificios de diseño impresionante: Chanel, Gucci, Louis Vuitton, Apple, Uniqlo, Dior. Muchos de esos edificios son proyectos de arquitectos de primera división (el Tod's de Toyo Ito, el Hermès de Renzo Piano, el Mikimoto de Toyo Ito, el Louis Vuitton de Jun Aoki) y pasear por aquí es un curso acelerado de arquitectura comercial contemporánea. Están los grandes almacenes históricos Mitsukoshi y Wako: Mitsukoshi descendiente directa de la tienda de kimonos Echigoya, fundada en 1673 por Mitsui Takatoshi, considerada el primer gran almacén de la historia de Japón y una de las tiendas más antiguas del mundo con trescientos cincuenta años a la espalda; Wako con su torre del reloj de 1932 que es uno de los símbolos absolutos de Ginza, instalada originalmente como reloj de la Hattori Seikosha (la futura Seiko).

Y por encima de todo, los letreros de neón. Ginza de noche es una orgía de carteles luminosos verticales en caracteres kanji y romaji, capas y capas de tipografía luminosa, una cosa que si eres diseñador te deja tonto. Yo saco el móvil y hago fotos sin parar. Paseamos sin entrar casi a ningún sitio (los precios son de miedo), cruzamos el famoso Ginza Yonchome Kosaten, el cruce principal de Ginza entre el Wako y el Mitsukoshi, que es uno de los cruces más icónicos de Tokio y en su momento el suelo comercial más caro del mundo. Acabamos cenando en un sitio pequeño en una bocacalle lateral. Bol de ramen para él, bol de donburi para mí. Con arroz otra vez, claro. Empiezo a notar algo que no es hambre pero tampoco saciedad, es como que mi cuerpo dice "arroz otra vez, en serio". Pero está buenísimo.

Volvemos al hotel tarde. Mi hermano tacha todo lo de hoy en su cuaderno con una línea recta. Yo caigo en la cama pensando en los miles de carteles luminosos de Ginza y en el silencio de Yanaka por la mañana. Los dos Tokios, en un solo día.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 13. Harajuku, Omotesando y la moda tokiota

Hoy toca el Tokio de la moda, el diseño y la juventud. Es domingo, y mi hermano lo ha elegido a conciencia: los domingos en Yoyogi Park y Harajuku son algo que hay que ver al menos una vez. Salimos con energía renovada, tomamos el metro hasta Harajuku y nada más bajar del tren ya se nota que hoy va a ser un día distinto.

Yoyogi Park y los rockabillies

Entramos primero en Yoyogi Koen, el gran parque al lado del santuario Meiji, y es domingo por la mañana, que en Yoyogi tiene su propia liturgia. Hay grupos practicando taichí a la sombra de los árboles, corredores, familias con picnic, perros disfrazados (en serio, perros con vestidos, con gafas de sol, con cochecitos), y, en la entrada principal, los famosos rockabillies: señores de entre cuarenta y sesenta años con tupés enormes engominados, cazadoras de cuero negras, pantalones pitillo, bailando rock and roll de los años 50 con un altavoz portátil. Llevan años reuniéndose aquí cada domingo. Es uno de esos espectáculos que solo tienen sentido en Tokio.

Lo curioso es que este parque tiene una historia que pocos turistas conocen. Durante la ocupación estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial, este terreno se llamó Washington Heights, y albergó las viviendas de los oficiales del ejército de Estados Unidos y sus familias. Aquí vivieron miles de norteamericanos en casas unifamiliares con jardín, al estilo suburbano de los años 50, mientras Tokio alrededor seguía reconstruyéndose de las cenizas. En 1964, con los Juegos Olímpicos, el terreno se devolvió a Japón y se convirtió en la villa olímpica, con los pabellones de Kenzo Tange (aquel gimnasio nacional con la cubierta suspendida que todavía está en pie al lado del parque y es una maravilla estructural de los 60). Después de los Juegos, se transformó en parque público. Por eso Yoyogi tiene esa escala amplia tan poco tokiota: nació siendo barrio americano y nunca se ha vuelto a parcelar.

Los rockabillies, por cierto, son un fenómeno propio de los 90. En una sociedad que prima tantísimo la uniformidad y el encaje en el grupo, Yoyogi se convirtió en el sitio donde salir el domingo a ser otro, a ponerse el traje que no puedes ponerte el lunes en la oficina. Los cosplayers vinieron después, y siguen viniendo. Seguimos paseando y aparecen grupos de cosplayers, chicas vestidas de Lolita con vestidos de volantes y sombrillas, chicos con disfraces de anime, gente haciéndose fotos entre árboles. El parque es enorme, hay eco, hay sombra, y después de la hiperestimulación de Akihabara de ayer aquí se respira a gusto.

Meiji Jingu

Entramos al santuario Meiji por el gran torii de madera de ciprés, de doce metros de altura, y el ambiente cambia radicalmente. Pasas del parque con música y perros disfrazados a un bosque denso, casi sobrenatural. Lo alucinante de este bosque es que es enteramente artificial: cuando en 1920 se inauguró el santuario, se plantaron a mano unos cien mil árboles donados por ciudadanos de todas las prefecturas de Japón, más de trescientas sesenta y cinco especies distintas. La idea era que el bosque, con el paso de los siglos, evolucionara solo, sin intervención humana, hasta convertirse en un ecosistema autosuficiente. Cien años después funciona: cae una hoja y se queda ahí hasta que se pudre y alimenta el suelo. Los jardineros apenas tocan nada.

El santuario está dedicado al emperador Meiji (fallecido en 1912) y a su esposa, la emperatriz Shoken (fallecida en 1914). El emperador Meiji fue el que supervisó la modernización de Japón entre 1868 y 1912, el que puso fin a dos siglos y medio de aislamiento sakoku, el que abolió el sistema feudal, instauró un ejército moderno, creó un sistema educativo occidentalizado y convirtió a Japón en una potencia industrial en una sola generación. Su reinado es, literalmente, el momento en el que Japón decide entrar en el siglo XX a marchas forzadas. El santuario original se inauguró en 1920 y se quemó en los bombardeos de 1945; el actual se reconstruyó en 1958 con donaciones populares de todo el país.

Caminamos por el sendero de grava. Se oye la grava crujir bajo los pies y poco más. Cruzamos los barriles de sake donados por productores de todo Japón, apilados en un muro de colores, y los barriles de vino de Borgoña donados también desde Francia. Me entero aquí de que el emperador Meiji era fan declarado del vino francés, y que la ofrenda simbólica de estos barriles forma parte de un intercambio cultural que dura desde su época. Hay algo hermoso en ese gesto.

Llegamos al santuario principal, con sus patios de madera y sus tejados verde cobre. Un grupo pequeño asiste a lo que parece ser una ceremonia de boda sintoísta: los novios vestidos tradicionalmente, él con hakama negro y ella con kimono blanco shiromuku y el gran tocado wataboshi (una capucha de seda que simboliza la modestia de la novia), avanzando muy despacio bajo un paraguas rojo sostenido por un sacerdote. Detrás van familiares y un par de sacerdotes miko, las mujeres ayudantes del santuario, con hakama rojo y kimono blanco. La gente se queda callada mirándolos. Mi hermano y yo también. Es una imagen de una elegancia absurda. Los fines de semana, según leemos en un cartel, se celebran aquí varias bodas al día: el Meiji es uno de los santuarios más solicitados de Japón para casarse.

Harajuku: Takeshita Street

Salimos del santuario, volvemos al mundo, y nos metemos en Takeshita Street, el epicentro de la moda juvenil japonesa desde los años 80. Es una calle peatonal de unos cuatrocientos metros, estrechísima, saturada de adolescentes y turistas, con tiendas de moda kawaii, crêpes monstruosas con nata y fresas y chocolate, sitios de zapatillas, tiendas de algodón de azúcar de colores imposibles, tiendas de disfraces. La calle, que se llama Takeshita-dori, nació como simple callejuela comercial de barrio, pero en los años 70 empezaron a instalarse boutiques alternativas, y en los 80, cuando las revistas juveniles empezaron a fotografiar a los adolescentes que se juntaban aquí los fines de semana, se convirtió en el vivero de la moda urbana japonesa. De aquí salieron las "Harajuku Girls" que Gwen Stefani popularizó en Occidente, las estéticas Decora, Fairy Kei, Lolita, Gyaru, Visual Kei. Cada subcultura tuvo su temporada, y aquí siguen conviviendo todas, mezcladas con turismo masivo.

Compro una crêpe con plátano y nata porque no irme de Harajuku sin crêpe sería pecado. Las crêpes aparecieron en Takeshita en los años 70 como importación francesa adaptada al gusto japonés, y desde entonces son el símbolo gastronómico de la calle. Las hay de todos los sabores: matcha con nata, cheesecake, fresa con chocolate. Mi hermano hace fotos de los escaparates. Yo hago fotos de la tipografía de los carteles, otra vez.

Está petado. Hay grupos de turistas italianos y franceses, algunos españoles (oigo "jo, esto es una pasada, tía" y giro la cabeza), y adolescentes japoneses con looks increíbles: chicas con pelo de tres colores, chicos con pantalones bombachos, uniformes escolares adaptados con mil cosas encima. En una callejuela lateral hay un grupo fotografiando a una chica con un look decora lleno de lazos y peluches colgando de todas partes. En Europa la gente se quedaría mirando. Aquí nadie se extraña. Es normal. Y creo que esto es lo que Harajuku le da a los adolescentes japoneses: un permiso explícito para ser raros en una sociedad que les exige, desde el colegio, ser iguales.

Omotesando: la arquitectura de las marcas

Dos calles al sur y entramos en Omotesando, que es literalmente otra cosa. Omotesando significa "el camino delantero" y no es un capricho del nombre: es la avenida ceremonial arbolada que originalmente se trazó para llevar al santuario Meiji desde la estación. Ancha, elegante, flanqueada por zelkovas frondosas, se la conoce como los Campos Elíseos de Tokio, y desde los 2000 se ha convertido en la mayor concentración de arquitectura contemporánea de autor del mundo. Cada gran marca internacional ha encargado su flagship a una estrella, y el resultado es un museo al aire libre que se puede recorrer en una tarde.

Pasamos por delante de Omotesando Hills, firmado por Tadao Ando en 2006: un complejo comercial en cuesta que sustituye a los antiguos apartamentos Dojunkai de los años 20 y que Ando diseñó con una rampa interior en espiral que reproduce la pendiente exterior de la calle. El hormigón pulido impecable, el característico vacío central, la luz cenital. Seguimos y llegamos al edificio de Tod's de Toyo Ito (2004), con esa fachada de hormigón y vidrio que imita la silueta de ramas de zelkova enredadas, dibujando una estructura que es a la vez muro portante y decoración. Dos portales más allá está la tienda de Dior de SANAA, blanca y translúcida, con esa ligereza tan japonesa de Kazuyo Sejima. Cruzamos y vemos el Prada Aoyama de Herzog & de Meuron (2003), con fachada de rombos acristalados convexos y cóncavos que reflejan el barrio deformado, un edificio que cambió el estándar mundial de lo que una flagship podía ser. Y más adelante, el Sunny Hills de Kengo Kuma con su estructura de listones de madera de cedro trenzados en retícula tridimensional, sin un solo clavo, inspirado en la carpintería tradicional japonesa.

Caminamos despacio, parando en cada edificio, yo flipando. Para cualquier persona con sensibilidad arquitectónica o de diseño esto es una peregrinación. Entramos en un par de tiendas solo por ver el interior. En Prada los probadores tienen cortinas que cambian de opacidad al tocarlas. No compramos nada, obviamente, pero entrar es gratis y el espectáculo arquitectónico merece la pena. Comemos en un pequeño café de diseño de una calle lateral un sándwich carísimo, y seguimos.

Shinagawa e Ikebukuro

A media tarde hacemos una parada breve en Shinagawa, más por el trayecto que por ver nada en concreto. Shinagawa era, en tiempos del Edo, la primera posta del Tokaido, la gran ruta que unía Edo con Kioto: aquí los viajeros pasaban la última noche antes de entrar en la capital, o la primera al salir. Hoy es uno de los grandes nudos ferroviarios de Tokio, con el tren bala llegando desde el sur y con una de las estaciones más transitadas del país. Cruzamos la estación, miramos el barrio desde la zona alta, y volvemos a coger la línea Yamanote para subir hasta Ikebukuro, al norte.

Ikebukuro es el otro gran nudo de Tokio del que poca gente habla fuera de Japón. Tiene la segunda estación más concurrida de Tokio después de Shinjuku, por ella pasan cerca de dos millones y medio de viajeros al día. Tiene su propio rascacielos, Sunshine 60, que cuando se inauguró en 1978 fue el edificio más alto de Asia. Tiene su propio complejo comercial, Sunshine City, una ciudad en miniatura con acuario, planetario, hoteles y tiendas. Y tiene su propio barrio otaku: la Otome Road, literalmente "la calle de las doncellas". Si Akihabara es el otaku masculino (mechas, figuras de chicas, maid cafés), Ikebukuro es el otaku femenino. Entramos en una tienda gigante de manga romántico y de productos derivados de series como Sailor Moon, y es alucinante: plantas enteras de merchandising dedicadas al doujinshi, al yaoi, al BL (Boys Love), a series shōjo. Un mercado entero dirigido a un público adolescente femenino que en Europa ni siquiera existe como categoría comercial. Los butler cafés (la versión femenina del maid café, con camareros masculinos vestidos de mayordomo) son el contrapunto perfecto a los de Akihabara.

Subimos al mirador de Sunshine 60 al caer la tarde. Las vistas de Tokio son increíbles, especialmente hacia el sur, con el Skytree y Shinjuku dibujándose a lo lejos. Cenamos un curry japonés con tonkatsu en un sitio pequeñito y sentado en barra, charlando con mi hermano sobre todo lo que hemos visto hoy. Desde las ceremonias del Meiji a los rockabillies, desde los diseños de Herzog a las crêpes de Takeshita. Un solo día. Una sola ciudad.

Me meto en la cama con los pies hinchados pero feliz. Llevamos doce días de viaje y todavía me sorprende algo nuevo cada hora. No sé cuántos viajes me quedarán en la vida, pero este ya lo siento distinto.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 14. Tsukiji, Roppongi Hills y el Tokio de los rascacielos

Hoy madrugamos. No tanto como para ver las subastas de atún de Tsukiji (eso es a las cinco de la mañana y hay que hacer cola a las tres), pero sí lo suficiente como para llegar al mercado a eso de las nueve y pillar todavía movimiento. Mi hermano lo tenía claro: Tsukiji tiene los días contados como mercado mayorista, porque van a trasladarlo a Toyosu en un par de años (creo que en 2018), así que había que verlo en su ubicación original.

Tsukiji: el mercado más grande del mundo

Llegamos a Tsukiji caminando desde la estación y ya en los alrededores se nota que es un mercado. Motocarros eléctricos circulando a toda velocidad por todos lados (con bocinas que parecen de juguete pero son implacables), señores con botas de agua, cajas de poliestireno apiladas, olor a mar por todas partes, charcos de hielo derritiéndose, y un bullicio organizado que parece improvisado y no lo es.

Tsukiji no siempre estuvo aquí. El mercado mayorista de pescado de Tokio estaba originalmente en Nihonbashi, en el centro de la ciudad, desde los tiempos del shogun Tokugawa Ieyasu, que en el siglo XVII concedió a los pescadores de Tsukudajima el privilegio de vender sus capturas al castillo de Edo. Ese mercado funcionó durante más de trescientos años, hasta que el Gran Terremoto de Kanto de 1923 lo destruyó por completo junto con medio Tokio. Después del desastre, el gobierno buscó un terreno grande y accesible al puerto, y lo encontró aquí, en Tsukiji (literalmente "tierra ganada al mar"), una zona de rellenos construida en el siglo XVII. El nuevo mercado se inauguró en 1935 con una planta en arco diseñada para que los trenes de mercancías entraran directamente y descargaran en los andenes curvos, una obra maestra de ingeniería logística de los años 30 que sigue funcionando noventa años después.

Tsukiji en 2015 es el mercado de pescado más grande del mundo. Por aquí pasan cada día unas dos mil toneladas de pescado y marisco (setecientas mil toneladas al año), y se comercian más de cuatrocientas especies distintas venidas de todos los océanos del planeta. Las famosas subastas de atún empiezan a las cinco de la mañana, cuando los atunes rojos enormes, enteros, congelados como torpedos plateados, se alinean en el suelo helado del pabellón y los compradores van con linternas y ganchos comprobando cortes, grasa y calidad. Los subastadores hablan en un argot cantado incomprensible incluso para japoneses, y los compradores pujan con gestos de la mano codificados, una subasta que dura unos veinte minutos y en la que se mueven millones de yenes. El récord absoluto se pagó aquí en enero de 2013: un atún de 222 kilos se adjudicó por 1,54 millones de euros. A la hora en la que nosotros llegamos, eso ya ha terminado hace rato, pero el mercado exterior, el Jogai Shijo, está en plena ebullición.

Paseamos por las callejuelas del mercado exterior, con sus más de cuatrocientos pequeños comercios y restaurantes apretados en manzanas estrechísimas. Puestos de pescado seco, tiendas de cuchillos (los cuchillos japoneses son otra cosa, hay sitios como Aritsugu que llevan desde el siglo XVI forjándolos a mano, herederos directos de los talleres que hacían katanas para los samuráis), puestos de tamagoyaki (tortilla japonesa enrollada) que te la hacen delante en planchas rectangulares de cobre, sitios de té, puestos de wasabi fresco rallado en rallador de piel de tiburón (el wasabi auténtico es carísimo y se ralla en el momento: el verde que nos sirven en Europa es casi siempre rábano picante teñido), puestos de algas kombu y wakame. Paramos a desayunar en un minúsculo sushi-ya donde no cabemos más de ocho personas en total, y pedimos un menú de sushi fresco recién cortado. No he comido sushi más fresco en mi vida. El atún toro se deshace. El erizo sabe a mar directamente. Mi hermano y yo nos miramos con los ojos como platos. Pagamos, salimos, y seguimos paseando.

Hay turismo extranjero en Tsukiji, pero el mercado sigue siendo claramente un mercado profesional. Los compradores de restaurantes no están para fotos. Hay que andar con ojo para no meterse en medio de una carretilla o un motocarro. Estos vehículos, por cierto, se llaman "turret trucks" o ta-re en japonés, y son exclusivos de Tsukiji: tienen el motor y el volante montados sobre una columna cilíndrica giratoria, lo que les permite cambiar de dirección en un espacio mínimo sin maniobrar. Los diseñaron expresamente para circular por los pasillos estrechos del mercado. Un par de italianos delante de nosotros casi acaban atropellados, y el conductor japonés frena sin decir nada, espera, y sigue. Ni una palabra de reproche. Impresionante la paciencia.

Ginza y el distrito financiero

De Tsukiji salimos caminando hacia el norte y en quince minutos ya estamos en Ginza otra vez, pero esta vez de día. El nombre del barrio viene literalmente de "ceca de plata": aquí estuvo durante el periodo Edo la fábrica de moneda del shogunato, donde se acuñaban las monedas de plata del país. Cuando la fábrica se trasladó a Nihonbashi en 1800, el nombre se quedó. Después del gran incendio de 1872, Ginza se reconstruyó entera con ladrillo al estilo occidental por decisión del gobierno Meiji, que quería mostrar al mundo un barrio moderno y europeo. De ahí le viene esa identidad elegante y afrancesada que todavía conserva.

El contraste con la noche de anteayer es brutal: Ginza de día es sobria, elegante, silenciosa. Señoras mayores con parasoles, oficinistas cruzando rápido, grandes almacenes Mitsukoshi abriendo con empleados inclinándose ante los primeros clientes del día. Los domingos y festivos, la Chuo-dori, la avenida principal, se cierra al tráfico y se convierte en "hokōsha tengoku" (paraíso peatonal): la gente pasea por mitad de la calzada con sombrillas bajo el sol. Paseamos sin agenda.

Seguimos hacia Nihonbashi, que es el kilómetro cero de Japón. El puente Nihonbashi (literalmente "el puente de Japón") es el punto desde el que se miden todas las distancias de las antiguas Gokaido, las cinco grandes carreteras que Tokugawa Ieyasu mandó construir en 1604 para conectar Edo (Tokio) con el resto del país: el Tokaido hacia Kioto por la costa, el Nakasendo por las montañas, el Nikko Kaido, el Oshu Kaido y el Koshu Kaido. Todas empezaban exactamente en este puente. El puente original era de madera, se incendió y reconstruyó decenas de veces. El actual es de piedra, de estilo renacentista, inaugurado en 1911 y decorado con leones alados de bronce. Sobre él pasa, desde 1963, una autopista elevada horrorosa construida a toda prisa para los Juegos Olímpicos del 64, que rompe completamente la vista histórica del puente y que es un tema de debate urbanístico recurrente: hay planes aprobados para enterrarla y devolverle el cielo a Nihonbashi, pero el proyecto tardará décadas. Pero aun así hay algo solemne en ponerse encima y saber que desde ahí se medía el país entero. Mi hermano me saca una foto al lado del poste del kilómetro cero.

Marunouchi, al lado, es el corazón financiero de Tokio. Edificios altos impecables, la estación de Tokio rehabilitada (preciosa, de ladrillo rojo, reabierta en 2012 después de una restauración enorme que la devolvió a su aspecto de 1914). La diseñó Tatsuno Kingo, el arquitecto más importante del periodo Meiji, discípulo del inglés Josiah Conder. Tatsuno se inspiró libremente en la Estación Central de Ámsterdam y construyó una fachada de ladrillo rojo y piedra blanca de más de trescientos metros de longitud con dos cúpulas ovaladas en los extremos que son su firma. La estación sobrevivió al Gran Terremoto de 1923, pero fue bombardeada en 1945 y las cúpulas quedaron destruidas; durante casi setenta años la estación funcionó con un tejado provisional hasta que la restauración de 2012 devolvió todo el edificio a su imagen original. El Palacio Imperial queda a dos pasos, con sus fosos y sus murallas ciclópeas de piedra, restos del antiguo castillo de Edo. No entramos al palacio (no se puede salvo en algunas fechas muy concretas como el cumpleaños del emperador), pero paseamos por el parque exterior y por el jardín este, que sí está abierto y que es un jardín japonés precioso dentro del centro financiero.

Roppongi Hills

Por la tarde cogemos el metro a Roppongi. Roppongi tiene fama de barrio de fiesta, lleno de bares y expatriados (de hecho es el barrio más "extranjero" de Tokio, herencia de haber estado lleno de embajadas y de bases aliadas después de la guerra), pero lo que nos interesa es Roppongi Hills, un complejo enorme inaugurado en 2003 por el promotor Minoru Mori. Mori es uno de los grandes urbanistas-empresarios del Japón moderno: invirtió más de diez mil millones de dólares y tardó diecisiete años en convencer a más de cuatrocientos propietarios de las pequeñas parcelas del barrio para comprarlas y construir aquí su visión de "vertical garden city", una ciudad dentro de la ciudad con torres de oficinas, viviendas, tiendas, cines, jardines, esculturas públicas y un museo. La filosofía de Mori era sencilla y radical: en Tokio la gente pasa demasiado tiempo en el metro, hay que concentrar vivienda, trabajo y ocio en el mismo sitio.

Lo primero que te recibe es la escultura de la araña gigante de Louise Bourgeois, Maman, de nueve metros de alto, fundida en 1999 en una tirada limitada. Esa misma escultura que hay en Bilbao junto al Guggenheim. Y claro, mi hermano y yo, bilbaínos, nos paramos delante y nos reímos. "¿Y tú qué haces aquí?", le digo yo a la araña. Hay seis bronces oficiales de Maman repartidos por el mundo (Bilbao, Tokio, Ottawa, Seúl, Doha, Saint Petersburg) y verla al lado de la torre Mori es un flash.

Subimos a la Tokyo City View, el mirador en la planta 52 del Mori Tower, a 250 metros. La torre tiene 238 metros y 54 plantas, y es una de las más altas de Tokio. Las vistas son de locos. Se ve el Skytree al este, el monte Fuji al oeste (aunque ese día estaba tapado), Shinjuku al norte, la bahía al sur. Tokio desde arriba es una inmensidad que no termina nunca. Luego entramos en el Mori Art Museum, que ocupa las plantas 52 y 53, uno de los pocos museos del mundo instalado en las plantas más altas de un rascacielos. Tenía una exposición temporal que nos gusta muchísimo a los dos (no me acuerdo exactamente de qué artista era, pero arte contemporáneo japonés). El museo está pensado para que, cuando sales de una sala, tengas vistas de la ciudad entre medias. Espectacular como concepto.

Vuelta a Shinjuku

Cuando cae la tarde volvemos hacia Shinjuku, donde tenemos el hotel. Cenamos en una izakaya pequeñita en un callejón lateral, de esas con carteles rojos y cortinas noren en la puerta. Pedimos varios platos para compartir: edamame, gyozas, pollo frito karaage, yakitori, y para cerrar, dos bols de arroz con encurtidos. Arroz otra vez. Hoy ya tengo una especie de resignación con el arroz. Es bueno, está delicioso, pero trece días comiéndolo todos los días al menos una vez es mucho arroz acumulado. Mi estómago lo sabe.

Caminamos un rato antes de volver al hotel por los callejones llenos de neón de Shinjuku. Hay algo en Tokio que me engancha de una manera distinta a Kioto. En Kioto eres turista todo el rato, te miran, te ubican. En Tokio eres una persona más en una marea. Los extranjeros aquí nos disolvemos en la multitud, como si Tokio tuviera espacio de sobra para que no destaquemos. En Kioto, sobre todo en Gion, se te oye aunque susurres. En Tokio te pierdes, y se agradece. Yo me estoy dando cuenta de que aquí podría vivir, y en Kioto no.

Mañana toca Fuji. Con un poco de suerte, sale el monte de las nubes y lo vemos. Cruzo los dedos.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 15. Las cuevas volcánicas y el lago Kawaguchiko

Hoy es el día del Fuji. El día con el que lleva soñando mi hermano desde que empezó a planificar el viaje. Y el día que yo, honestamente, esperaba con miedo, porque el Fuji es un monte famosamente tímido: dicen que solo se deja ver completamente unos ochenta días al año, y en verano con la humedad y las nubes las probabilidades son aún menores. Salimos del hotel a primera hora con el autobús expreso que va desde Shinjuku hasta la zona de los cinco lagos, unas dos horas de trayecto.

Camino al Fuji

El viaje en autobús es tranquilo. Salimos de Tokio, cruzamos barrios periféricos de casas bajas, entramos en zonas más verdes, pasamos peajes, cruzamos túneles, y poco a poco el paisaje se vuelve más de montaña. Estamos entrando en la región de Fujigoko, "los cinco lagos del Fuji", una franja de tierra al norte del volcán formada por las sucesivas erupciones que, a lo largo de milenios, fueron vomitando lava y bloqueando cursos de agua hasta crear esta cadena de lagos: Kawaguchiko, Yamanakako, Saiko, Shojiko y Motosuko. Los cinco tienen alturas y profundidades distintas, los cinco están conectados geológicamente con el volcán, y los cinco sirven desde hace siglos como punto de peregrinación hacia el Fuji.

Miramos por la ventanilla esperando ver aparecer el cono del Fuji en algún momento del trayecto, pero la bruma es tan cerrada que no se intuye nada en el horizonte. Ni una silueta, ni un contorno. Solo nubes bajas y humedad. Mi hermano y yo nos miramos sin decir nada. Empieza a estar claro que hoy el Fuji no quiere dejarse ver.

Narusawa: las cuevas de hielo y de viento

Llegamos a la zona de los cinco lagos y nuestra primera parada es Narusawa, donde están las dos cuevas volcánicas más famosas de la zona: la cueva de hielo (Narusawa Hyoketsu) y la cueva del viento (Fugaku Fuketsu). Son tubos de lava formados durante la erupción del Fuji del año 864, conocida como la erupción Jogan, que fue una de las más violentas de la historia documentada del volcán. Duró diez días, cubrió más de cuarenta kilómetros cuadrados de terreno con lava basáltica, creó el bosque de Aokigahara al solidificarse, dividió el lago antiguo de Senoumi en tres lagos distintos (Saiko, Shojiko y Motosuko), y dejó bajo tierra una red de tubos de lava que los locales descubrieron siglos después.

Entramos primero en la cueva de hielo. El contraste de temperatura es brutal: fuera debe de haber treinta grados y dentro cero. Tienes que llevar casco porque el techo baja mucho y hay tramos en los que hay que pasar agachado. La cueva tiene 153 metros de recorrido y mantiene todo el año una temperatura entre cero y tres grados, incluso en agosto con cuarenta fuera. El motivo es pura física: el aire frío entra por las grietas superiores durante el invierno, se queda atrapado en el fondo del tubo (el aire frío pesa más que el caliente), y el agua que gotea desde el techo se congela en columnas de hielo que se renuevan cada temporada. Históricamente se usó como nevera natural: aquí los campesinos de Yamanashi almacenaban huevos de gusanos de seda durante meses para retrasar su eclosión y poder coordinar los ciclos de cría de la industria sericícola. También se conservaban semillas y alimentos perecederos. La cueva funcionó como despensa industrial de la región durante todo el periodo Meiji y principios del siglo XX, hasta que las neveras eléctricas la hicieron innecesaria. Es pequeñita, se ve en diez minutos, pero merece mucho la pena.

La cueva del viento está un poco más adelante, es más grande (201 metros) y más profunda. Aquí lo llamativo es el fenómeno de ventilación: el aire circula constantemente por su interior por una diferencia de presión natural entre las dos bocas del tubo, creando una brisa interior que mantiene el aire fresco, seco y limpio. Por eso también se usaba como almacén de semillas y de gusanos de seda. Hay señalética explicativa dentro, y mi hermano va leyendo todo y yo voy detrás apuntando cosas. Otra vez el casco. Otra vez el frío metiéndose en los huesos después del calor de fuera. Salimos y en dos minutos estamos otra vez sudando.

El bosque Aokigahara

Las cuevas están en el borde del bosque de Aokigahara, el famoso "mar de árboles" que se extiende al pie del Fuji sobre una superficie de treinta kilómetros cuadrados. Es un bosque denso, oscuro, crecido sobre la lava solidificada de la erupción Jogan, donde los árboles no consiguen echar raíces profundas y se entrelazan en la superficie creando una maraña casi impenetrable. Tiene mala fama por otros motivos de los que no voy a hablar aquí, pero más allá de eso es un bosque realmente impresionante, con un silencio que corta, árboles retorcidos, raíces agarradas a la roca volcánica sin apenas tierra. Caminamos un rato por un sendero habilitado, siempre sin salirnos (es fácil perderse ahí dentro, el suelo de lava tiene depósitos de magnetita que desvían las brújulas, o eso dice la leyenda local, la ciencia es más matizada), y luego volvemos.

Lago Kawaguchiko y el Fuji

Cogemos un autobús local y nos vamos al lago Kawaguchiko, el más accesible de los cinco lagos del Fuji y el que mejores vistas ofrece del monte desde su orilla norte cuando el tiempo acompaña. La imagen clásica del Fuji reflejado en agua espejo, esa foto que has visto mil veces en cualquier libro sobre Japón, está tomada desde aquí, desde la orilla norte del Kawaguchiko al amanecer. El lago es precioso de por sí: agua quieta, barcos de recreo pequeños, un puente que lo cruza, hoteles tradicionales (ryokan) en la orilla con sus onsen abiertos al paisaje, una atmósfera de resort tranquilo.

El Fuji, por cierto, merece su propia pausa. Tres mil setecientos setenta y seis metros, la montaña más alta de Japón, un estratovolcán activo clasificado como "activo con bajo riesgo de erupción". Su última erupción importante fue la Hoei, en 1707-1708, que lanzó cenizas hasta Tokio (a cien kilómetros de distancia) y creó el cráter secundario del Hoei-zan en su ladera sudeste. Desde entonces, silencio. La UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial en 2013, pero curiosamente no como sitio natural, sino como "sitio cultural", porque lo que se protegió oficialmente fue su valor como fuente de inspiración artística y religiosa para Japón: desde los grabados de Hokusai y sus "Treinta y seis vistas del monte Fuji" hasta los santuarios Sengen que lo divinizan en toda su circunferencia. Para el sintoísmo el Fuji es la morada de Konohanasakuya-hime, la diosa de los cerezos en flor y del volcán, hija de la montaña. Para el budismo es un lugar de peregrinación. La temporada oficial de ascensión son solo dos meses, de julio a septiembre, y subir sigue siendo un rito de paso: unas 300.000 personas lo escalan cada verano, muchas de ellas caminando toda la noche para llegar a la cumbre al amanecer y ver el goraiko, el sol saliendo sobre el mar de nubes.

Hay turistas en el lago, sí, pero bastante menos que en Kioto o Tokio. Hoy el Fuji sigue tapado detrás de una bruma cerrada e impenetrable. Nos sentamos en un banco a la orilla del lago con la esperanza, ya débil, de que escampe un rato. No escampa.

Comemos houto, un plato típico de esta zona de Yamanashi: fideos planos y gruesos en un caldo de miso con calabaza kabocha, boniato, setas y verduras, servido en una olla de hierro enorme que burbujea en la mesa. El plato se remonta, dicen, a las campañas militares de Takeda Shingen, el señor feudal de la región en el siglo XVI, que lo daba a sus samuráis como comida de campaña fácil de preparar sobre el fuego. Es contundente, reconfortante, perfecto para un día de montaña. Nada de arroz, por fin. Mi estómago agradece el cambio.

Después de comer subimos en el teleférico Kachi Kachi hasta el mirador del monte Tenjo, a unos mil metros de altura, con vistas panorámicas del lago y, en teoría, del Fuji. El teleférico se llama así por un cuento popular japonés, "Kachi Kachi Yama" (la montaña kachi-kachi), una fábula oscura con conejo vengador y tejón malvado que supuestamente ocurrió aquí. Cuando llegamos arriba, la realidad es la que nos ha acompañado todo el día: bruma total. El mirador está literalmente dentro de una nube. No se ve el lago, no se ve el pueblo, no se ve el Fuji. No se ve nada a diez metros. Nos quedamos un rato paseando, haciéndonos fotos con la niebla de fondo como chiste privado, leyendo los paneles que describen lo que tendríamos delante si el día fuera otro. Nunca, en ningún momento del día, hemos tenido ni un atisbo del Fuji. Ni siquiera una silueta difusa que te permita imaginarlo. Nada. El monte más famoso de Japón se ha quedado para nosotros como una presencia invisible, un mito del que hemos estado muy cerca sin poder confirmarlo con los ojos.

Bajamos del teleférico felices. Hemos tenido suerte. Cinco minutos, pero los hemos tenido. Los japoneses tienen una palabra para esto, un concepto estético: el "yugen", la belleza profunda de lo que se intuye más que se ve, lo que aparece y desaparece. El Fuji jugando al escondite es el yugen en estado puro.

Vuelta a Tokio

Cogemos el autobús de vuelta a Shinjuku a última hora de la tarde. El trayecto en sentido contrario, con la luz cayendo, es melancólico y precioso a la vez. Vamos callados. Mi hermano mira por la ventanilla. Yo escribo cosas en el cuaderno. Hemos salido del Japón urbano por un día y hemos visto el Japón volcánico, el Japón de montaña, el Japón de los lagos y de las cabañas. Un Japón más lento, más rural, más silencioso.

Llegamos a Shinjuku con el hambre justa para cenar algo rápido. Paramos en un sitio de gyudon, bol de ternera sobre arroz. Arroz, otra vez. Me rindo. Miro el bol y me río yo solo. "Hola, arroz". Mi hermano me mira raro y también se ríe.

Al hotel. Mañana, vuelta al centro de Tokio con todas las energías. Quedan pocos días, y los quiero aprovechar a tope.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Día 16. Asakusa tradicional, Tokyo Skytree y Odaiba futurista

Penúltimo día completo en Japón. Empiezo a notar, en el fondo de la tripa, esa sensación que te entra cuando un viaje que llevabas años soñando se acerca al final. Pero también tengo claro que hay que exprimirlo hasta el último minuto, así que hoy mi hermano ha montado un plan que combina lo más antiguo y lo más futurista de Tokio en un solo día: Asakusa, Skytree y Odaiba.

Asakusa: Senso-ji

Cogemos la línea Ginza hasta Asakusa y salimos a la calle justo al lado de Kaminarimon, la Puerta del Trueno. Y es que Senso-ji no es un templo cualquiera: es el templo budista más antiguo de Tokio, fundado en el año 645 d.C., y durante más de mil años fue el principal centro religioso de la región. La leyenda cuenta que en el año 628, dos hermanos pescadores, Hinokuma Hamanari y Hinokuma Takenari, encontraron en las aguas del río Sumida una estatuita de oro de apenas cinco centímetros que representaba a Kannon, el bodhisattva de la compasión. La devolvieron al río, siguieron pescando, la volvieron a encontrar. Repitieron la operación varias veces hasta entender que la estatua quería quedarse con ellos. El jefe de su aldea, Hajino Nakatomo, se convirtió al budismo al enterarse del hallazgo, transformó su propia casa en un pequeño templo para guardar la figurita, y en 645 el monje Shokai Shonin construyó sobre ese lugar el Senso-ji. La estatua original sigue custodiada en el templo, dicen, pero nadie la ha visto jamás: es "hibutsu", imagen oculta, y no se muestra ni siquiera a los propios sacerdotes.

Kaminarimon te recibe con el chochin, ese enorme farol de papel rojo de casi cuatro metros de altura y setecientos kilos de peso, colgado entre las estatuas de los dioses del viento (Fujin) y del trueno (Raijin), deidades guardianas que protegen el templo desde el siglo X. La puerta original se quemó en 1865 en un gran incendio que devoró medio barrio, y no fue reconstruida hasta 1960, un siglo después, gracias a la donación personal de Konosuke Matsushita, fundador de Panasonic, que había sido curado milagrosamente en este templo según él mismo contó. El farol actual se renueva cada diez años y lo fabrican los mismos artesanos de Kioto que hacen los faroles de los templos antiguos. Es una de las imágenes icónicas de Tokio, pero verla en persona impresiona más de lo que esperaba.

Cruzas la puerta y entras en Nakamise-dori, la calle comercial que conecta Kaminarimon con el templo, con unos doscientos cincuenta metros y ochenta y nueve tiendas a ambos lados vendiendo dulces tradicionales, abanicos, kimonos, senbei, juguetes, imanes, amuletos, todo lo que te puedas imaginar. Este mercado es uno de los más antiguos de Japón: lleva funcionando desde el siglo XVII, cuando el shogunato concedió a los vecinos el privilegio de vender al lado del templo a cambio de mantener limpio el recinto. Ha sobrevivido incendios, terremotos, bombardeos. Las tiendas actuales son reconstrucciones de posguerra, pero muchas llevan el mismo nombre y el mismo producto desde hace cuatro siglos.

Hay muchísima gente, sobre todo turistas con yukatas alquiladas (es un negocio floreciente en Asakusa: varias tiendas te alquilan el yukata por el día y te lo visten y peinan para que pasees como si fueras a un matsuri), muchos chinos, muchos europeos, grupos ruidosos (oigo a unos italianos, oigo a unos españoles, la sinfonía habitual), pero el ambiente es festivo y no desagrada. Cruzamos la Hozomon, la segunda puerta, que significa literalmente "puerta del tesoro" porque en su piso superior se guardan los sutras antiguos del templo, con sus gigantescas sandalias de paja de cuatro metros colgadas a los lados. Esas sandalias, llamadas waraji, las teje a mano cada diez años una comunidad de artesanos de la prefectura de Yamagata: son ofrendas y símbolos protectores que representan el poder de los guardianes del templo. Llegamos al pabellón principal. Hay humo de incienso saliendo de un gran quemador (jokoro) enorme delante del templo, y la gente se pasa el humo por la cara y por la cabeza para atraer salud y curar dolencias. Yo también lo hago porque cuando en Roma, haz como los romanos. Después subimos las escaleras y nos asomamos al interior, donde está la imagen de Kannon envuelta en brocados dorados que en realidad nunca se ve. El pabellón principal actual es de 1958: el original, que databa del siglo XVII y había sido designado tesoro nacional, fue destruido en marzo de 1945 en los bombardeos incendiarios de Tokio, que arrasaron más de cuarenta kilómetros cuadrados de la ciudad en una sola noche y mataron a cien mil personas.

Al lado hay una pagoda de cinco pisos, la Gojunoto, preciosa, con sus aleros apilándose hacia arriba. Me quedo un rato mirándola, porque las pagodas me fascinan como estructura: cada piso representa un elemento (tierra, agua, fuego, viento y vacío, los cinco elementos del pensamiento budista) y están diseñadas sísmicamente de una manera muy particular. El secreto está en el "shinbashira", un pilar central de madera de cedro que cuelga desde arriba sin tocar el suelo y funciona como péndulo: cuando tiembla la tierra, los pisos oscilan en dirección alterna y el pilar central los contrarresta, disipando la energía. Es la misma lógica que usaron los ingenieros del Skytree mil trescientos años después. La mente de los carpinteros japoneses del siglo VII es imbatible.

Tokyo Skytree

Cruzamos el río Sumida por un puente y en pocos minutos estamos al pie de la Tokyo Skytree. Seiscientos treinta y cuatro metros de altura. La estructura más alta de Japón, inaugurada en mayo de 2012, y la segunda estructura más alta del mundo después del Burj Khalifa de Dubái. El número 634 no es casual: en japonés se puede leer como "mu-sa-shi" (6=mu, 3=sa, 4=shi), que es el nombre histórico de la provincia donde está Tokio. Un guiño numérico que los ingenieros de Nikken Sekkei, el estudio responsable del diseño, encajaron en el proyecto como homenaje al pasado del lugar.

La torre se construyó porque Tokyo Tower, la torre roja de 333 metros inaugurada en 1958 a imitación de la Torre Eiffel, se había quedado pequeña: los rascacielos modernos bloqueaban sus señales de televisión digital y había que construir una antena mucho más alta para cubrir toda la región metropolitana. El diseño tiene detalles muy japoneses: la base es un triángulo que asciende transformándose en círculo perfecto a media altura, en una metamorfosis geométrica que recuerda a la caligrafía. Los colores de la iluminación nocturna alternan entre el "Iki" azul claro (tradicional del estilo de Edo) y el "Miyabi" morado (elegancia imperial).

Subimos. Compramos la entrada combinada que permite acceder a los dos miradores, uno a 350 metros (el Tembo Deck) y otro a 450 (el Tembo Galleria). La vista desde los 350 metros ya es brutal, Tokio en todas direcciones, plano, infinito, sin colinas que interrumpan. Se ve el Fuji al oeste (hoy sí, de lejos, pero está ahí, detrás de una bruma ligera). Luego subes al Tembo Galleria, una rampa ascendente en espiral con paredes de cristal que va desde los 445 hasta los 451 metros, hasta un punto llamado "Sorakara Point". Vértigo puro. Miras hacia abajo y ves Tokio a tus pies. El Sumida como una cinta. El Palacio Imperial como una isla verde. Las torres de Shinjuku y de Roppongi como juguetes.

Yo, que soy diseñador y me fijo en estas cosas, alucino con la rotulación interior, con la señalética, con el diseño del espacio. Todo impecable, sin una esquina mal resuelta. Japón no falla en los detalles. Nunca.

Odaiba

Bajamos, comemos algo rápido en un restaurante al pie del Skytree, y después nos vamos a Odaiba. Odaiba es una isla artificial en la bahía de Tokio, y tiene una historia curiosísima. En 1853, el comodoro estadounidense Matthew Perry apareció en la bahía con su flota de "barcos negros" (kurofune) y forzó al shogunato Tokugawa a abrir Japón al comercio occidental después de dos siglos y medio de aislamiento. Aquella humillación militar impulsó al gobierno a construir a toda prisa, entre 1853 y 1854, una serie de fuertes de cañones artificiales en la bahía para defender Edo de futuras incursiones. Los llamaron "odaiba", literalmente "baterías". Se construyeron seis islotes defensivos, de los que aún quedan restos visibles. Los cañones nunca se dispararon: Japón firmó la apertura en 1854 y las baterías quedaron obsoletas al poco tiempo.

Durante más de un siglo aquellas islas se quedaron olvidadas. No fue hasta los años 90, en plena burbuja económica, cuando el gobernador de Tokio Shun'ichi Suzuki impulsó el plan de convertir Odaiba en el "distrito futurista" de Tokio: un nuevo barrio experimental construido sobre rellenos masivos en la bahía, con centros comerciales, museos, parques temáticos, estudios de televisión y oficinas. La burbuja estalló a mitad de la construcción y el proyecto estuvo a punto de fracasar, pero sobrevivió y se consolidó durante los 2000.

Vamos hasta allí en el Yurikamome, un tren automático sin conductor que cruza la bahía por encima del Rainbow Bridge, con vistas alucinantes a la ciudad y al puerto. El Rainbow Bridge es un puente colgante de 798 metros inaugurado en 1993, bautizado así por las luces led que lo iluminan de noche con colores cambiantes. El tren se eleva, gira, cruza el puente arcoíris, y te va dejando ver Odaiba desde arriba. Para un niño (o para mí, que funciono como niño en cosas así) es un viaje en sí mismo.

Pasamos la tarde en Odaiba y dan ganas de quedarse a vivir. Paseamos por el paseo marítimo con la réplica de la Estatua de la Libertad francesa (regalo de Francia a Japón en 1998 con motivo del "Año de Francia en Japón", una réplica oficial enviada desde París, una anécdota graciosa porque la mayoría de turistas se la hacen sin entender qué hace ahí). Visitamos la plaza del Fuji TV, con su edificio de Kenzo Tange de 1996, una estructura de 25 plantas y 123 metros con esa esfera gigante titánica de 32 metros de diámetro suspendida entre dos torres a 100 metros de altura, conectadas por pasarelas aéreas: una de las imágenes icónicas del Tokio futurista. La esfera es un mirador accesible al público. Tange, el mismo arquitecto que proyectó el gimnasio olímpico de 1964 en Yoyogi, tenía ya 83 años cuando lo diseñó.

Vamos a DiverCity Tokyo Plaza, donde está el famoso Gundam a tamaño real. En 2015 todavía estaba plantado el RX-78-2, el modelo original del primer Mobile Suit Gundam de 1979, con sus 18 metros de altura clavados en la explanada delante del centro comercial. (Años después, en septiembre de 2017, lo sustituyeron por el RX-0 Unicorn, que tiene un sistema de "transformación" entre modo Unicorn y modo Destroy con luces y sonido.) A ciertas horas hay ceremonia de activación: se le iluminan los ojos, suenan los altavoces con la banda sonora original de la serie, los niños gritan. Yo también grito un poco por dentro, no voy a mentir.

Entramos en el centro comercial Venus Fort, que tiene una recreación completa de calles europeas del siglo XVIII con fachadas de piedra falsa, fuentes italianas y un techo abovedado que simula un cielo cambiante con amaneceres y atardeceres cada hora. Una rareza kitsch maravillosa. Comemos un takoyaki allí mientras paseamos. Nada de arroz esta vez. Victoria pequeña.

Tokio desde la bahía al caer la noche

Cuando cae la tarde nos quedamos en el paseo marítimo del Odaiba Seaside Park, esperando a que se enciendan las luces. Y aquí me pasa algo especial. El Rainbow Bridge se enciende de colores, la skyline de Tokio empieza a brillar al otro lado de la bahía, la Torre de Tokio se ilumina en naranja, el Skytree parpadea en azul. Nos sentamos en un banco delante del agua y nos quedamos mirando un buen rato. Es uno de esos momentos del viaje que sé que me voy a llevar.

La vista de Tokio desde Odaiba por la noche es de las cosas más bonitas que he visto nunca. Hay algo en esta ciudad que me atrapa. En Kioto me sentía observado. En Tokio me siento libre. Aquí los extranjeros somos uno más en la marea, y pasamos desapercibidos. La ciudad es tan enorme que te absorbe sin notarte. Yo podría venir a vivir a Tokio sin pensarlo mucho.

Volvemos al hotel ya muy tarde, con la cabeza llenísima, los pies cansados, y la tripa llena. Mañana toca la vuelta. No quiero pensar en eso todavía.

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Día 17. El vuelo de vuelta desde Haneda

Último día. Me despierto antes que el despertador, como me pasa siempre el día de volver, con esa ansiedad mezclada con nostalgia que te invade cuando ya no queda nada por hacer salvo cerrar la maleta. Abro las cortinas del hotel por última vez y miro a Shinjuku una última vez: los rascacielos, el gris del cielo matinal, los taxis diminutos circulando por las avenidas allá abajo. Son las siete de la mañana y Tokio ya está despierta. Siempre está despierta.

Recogiendo

Hago la maleta despacio, porque quiero estirar los minutos. Doblo camisetas, guardo los cuadernos, el abanico que compré en Asakusa, el llavero de Totoro de Akihabara, las postales de Omotesando, los palillos lacados que compré en Kanazawa, el mochi que me guardé de Nara y que, sorprendentemente, sobrevive. Mi hermano ya tiene todo listo desde hace media hora y me está esperando en la recepción con el libro que ha traído para el avión.

Bajamos, dejamos la llave, le damos las gracias a la chica de recepción que todas las mañanas nos ha recibido con una reverencia. Ella nos hace una última reverencia, más larga que las anteriores, y nos dice "thank you very much, please come back". Yo salgo emocionado, en serio. No por ella en particular, sino por la acumulación de dieciséis días sintiéndome cuidado por todas partes por una sociedad que tiene interiorizada la educación como algo que hacer por defecto. Vamos a echar esto de menos.

Camino a Haneda

Cogemos el tren hasta la estación de Hamamatsucho y desde ahí el monorraíl hasta Haneda. El Tokyo Monorail es, por cierto, el primer monorraíl comercial de Japón: se inauguró en septiembre de 1964, apenas unos días antes de los Juegos Olímpicos, precisamente para conectar el centro de Tokio con el aeropuerto que entonces era todavía el aeropuerto principal del país. Tiene 17,8 kilómetros de recorrido y once estaciones, y fue una de esas infraestructuras construidas a marchas forzadas para los Juegos del 64 que marcaron el despegue internacional del Japón moderno. Han pasado más de cincuenta años y sigue siendo la forma más rápida y bonita de llegar al aeropuerto: el viaje dura apenas veinte minutos y va bordeando la bahía todo el tiempo.

El monorraíl de Tokio a Haneda es un viaje corto pero precioso: va bordeando la bahía, cruza canales y muelles, pasa por delante de la terminal de contenedores, y te deja en el aeropuerto en veinte minutos. Yo voy con la cara pegada al cristal mirando todo por última vez. Edificios de oficinas, grúas azules, contenedores rojos, rascacielos a lo lejos, el agua gris de la bahía. Mi hermano también mira, callado. Llevamos dos semanas y pico viajando juntos y no hace falta que nos digamos nada.

Haneda

Haneda es uno de los aeropuertos más curiosos del mundo por su historia. Fundado en 1931 con el nombre de Aeropuerto Internacional de Tokio, fue durante casi cuarenta años el único aeropuerto de la capital japonesa. Pero cuando Japón empezó a despegar económicamente en los 60 y 70, Haneda se quedó pequeño, y en 1978 se inauguró el aeropuerto de Narita, sesenta kilómetros al este de Tokio, que pasó a absorber todos los vuelos internacionales. Durante treinta años, Haneda se convirtió en el aeropuerto doméstico de Tokio, el "pequeño" en comparación con el mastodonte de Narita. Hasta que en 2010 volvió a abrirse al tráfico internacional con una nueva terminal, precisamente porque estar a media hora del centro era una ventaja enorme que Narita no podía ofrecer (Narita está a más de una hora en tren y mucho más caro). Hoy Haneda vuelve a ser uno de los aeropuertos más transitados del mundo, y desde aquí salen cada vez más vuelos intercontinentales.

Haneda está a reventar, como cualquier aeropuerto grande a media mañana. Facturamos las maletas, pasamos el control, nos metemos dentro de la zona de embarque. Todavía tenemos tiempo y damos una última vuelta por las tiendas. Compro un par de cosas más (un set de mochi, unas galletas) porque siempre me faltan souvenirs en el último minuto. Mi hermano compra un libro pequeño en inglés sobre jardines japoneses.

Comemos algo en un sitio del aeropuerto. No es nada especial, un bol de udon normal, pero me lo como despacio, saboreándolo, porque ya sé que es la última comida japonesa del viaje. Hay una máquina expendedora al lado de la zona de embarque y pienso en comprarme la última lata de algo raro, por cerrar el círculo, pero me contengo. Ya las veré en las fotos.

Llamada de embarque. Cola. Pasaporte. Avión.

El avión

Despegamos de Haneda poco antes del mediodía. El avión gira y por la ventanilla veo Tokio de lejos, enorme, abrazando la bahía, con sus rascacielos brillando y el Skytree asomando entre ellos. Me quedo mirando hasta que las nubes lo tapan todo. Siento un nudo pequeñito en la garganta. No me da vergüenza reconocerlo.

Son muchas horas de vuelo, y tengo tiempo de sobra para pensar. Leo un rato, duermo un rato, veo una película a medias, como las dos bandejas que nos sirven. Pero sobre todo pienso. Paso mentalmente por cada uno de los dieciséis días: Kioto, Nara, Himeji, Kanazawa, Hiroshima, Miyajima, Shosha, Osaka, Tokio, Kamakura, Yokohama, el Fuji, Asakusa, Odaiba. Una lista que me sé de memoria. Una lista que no olvidaré.

Japón queda detrás. Horas de vuelo. Husos horarios cambiando. Europa delante.

Mañana escribiré las conclusiones con calma, cuando llegue a Bilbao y pueda descansar un día entero. Pero ya sé cómo empiezan.

Calle, templo, paisaje o escena urbana de Japón

Japón: el viaje de mi vida

Reflexiones finales del viaje

Hace poco más de veinticuatro horas que pisé Bilbao. Todavía tengo el jet lag en la cabeza, el cuerpo descolocado, y la sensación rarísima de mirar por la ventana de casa y no ver carteles verticales con caracteres kanji luminosos. He dormido como un bebé esta noche por primera vez en semanas, y me he despertado pensando en el Buda de Kamakura y en el farol de Kotoji-toro de Kenroku-en. Me siento ahora mismo a escribir esto con calma, con el primer café español que me tomo en dieciocho días (qué distinto sabe, de repente), porque necesito ordenar las ideas antes de que se me diluyan.

Esto ha sido, lo digo sin rodeos, uno de los viajes de mi vida. Llevaba años, literalmente años, soñando con venir a Japón. Un sueño de esos que vas aplazando porque siempre hay excusas (el dinero, el tiempo, el idioma, la distancia, el shock cultural que imaginas y te frena), y al final, gracias en gran parte a mi hermano, que se puso en serio a planificarlo hace un año y medio, se materializó. Un cuaderno impreso, reservas confirmadas, rutas diarias, alternativas por si llovía, horarios de trenes anotados, frases básicas en japonés subrayadas. Todo su mérito. Y ahora que ha terminado me cuesta mirarlo de frente, porque todavía no lo he digerido. Van a pasar meses hasta que entienda bien todo lo que he visto.

El choque cultural que no se apagó en 17 días

La primera cosa que quiero escribir es que el choque cultural no se me pasó ni un solo día. Yo esperaba entrar en una rutina, acostumbrarme, dejar de sorprenderme. Y no. Cada día me sorprendió algo nuevo.

La puntualidad de los trenes, que cuando se retrasan treinta segundos piden disculpas por megafonía. La manera de hacer cola, con líneas pintadas en el suelo del andén, dos filas para entrar, una para salir, y nadie se salta el orden ni aunque llueva fuego. La manera de pagar en tiendas (nunca mano a mano, siempre en una bandejita pequeña que hay en el mostrador). La manera de entrar y salir del metro silenciosamente. La ausencia total de papeleras en la calle y, a la vez, la ausencia total de basura en el suelo. Los retretes japoneses con botones para cosas que yo no sabía que existían (música, asiento calefactado, bidé con intensidad regulable, sonido ambiente para disimular). Los templos y santuarios mezclados con bloques de pisos modernos sin que chirríen. La ausencia absoluta de propinas en restaurantes (intentar dejar propina se considera ofensivo). La reverencia del camarero cuando sales de un restaurante, que se queda inclinado hasta que tú giras la esquina. El silencio en los vagones del metro incluso a hora punta. Las máquinas expendedoras en mitad de la nada, en cualquier calle, en cualquier pueblo, ofreciendo bebidas frías, calientes, raras, familiares, absurdas. La forma de presentar un plato de comida como si fuera una obra de arte incluso en un sitio barato. El contraste binario entre modernidad extrema y tradición profunda, conviviendo en el mismo edificio sin ninguna contradicción aparente.

Dieciséis días y no se me pasó la sensación de estar en otro planeta. No es un planeta mejor ni peor que el nuestro. Es otro. Funciona con otras reglas.

Las máquinas expendedoras

Tengo que hablar en serio de esto porque se me fue de las manos. Japón tiene, dicen, unas cinco millones de máquinas expendedoras repartidas por todo el país. Una por cada veintitrés habitantes. Están en todas partes: en lo alto de un monte, en mitad del campo, en la puerta de un templo del siglo VIII, en un callejón oscuro a las tres de la mañana, en el andén de una estación perdida. Y ninguna vandalizada, ninguna rota. Dicen que el país es tan seguro que nadie se molesta en intentar forzarlas.

Y yo me obsesioné. A partir del tercer día hice una especie de reto personal con las bebidas: probar algo nuevo cada vez que veía una máquina que no había probado antes. Pocari Sweat (una bebida isotónica con nombre tan ominoso como el sabor), Calpis (bebida láctea fermentada, polarizante total), cafés en lata con los nombres más surrealistas ("Boss", "Georgia", "Fire") y calidad sorprendente porque se venden calientes o fríos desde la misma máquina, tés verdes embotellados sin azúcar que no se parecen en nada a los de aquí, tés de cebada, tés oolong, bebidas lácteas con trocitos de gelatina, zumos con ingredientes raros, bebidas de yogur, café con leche condensada en lata. La mayoría estaban malas, lo reconozco. Había cosas terribles. Un té verde con sabor a pepino que todavía recuerdo con horror. Pero me dio igual, porque había que probarlas. Era una parte del viaje.

La fatiga del arroz

La comida japonesa me flipó. En serio. El sushi fresco de Tsukiji, el okonomiyaki de Hiroshima cocinado en la plancha delante de ti, los ramen de Kioto con su caldo tonkotsu espeso, las gyozas en izakayas pequeñitas, el tempura de Gion crujiente y ligero, los bols de donburi recién hechos, el houto de Yamanashi, el takoyaki de Odaiba. Todo delicioso. Pero. Tengo que confesar una cosa. Cogí fatiga de arroz. Dieciséis días comiendo arroz todos los días, al menos una vez, a veces dos, es mucho arroz. Llegó un momento, creo que fue por el día trece o catorce, en el que miraba el bol y me reía solo. El arroz estaba buenísimo siempre (el arroz japonés es otro planeta, con otra textura, otro sabor), pero mi organismo pedía a gritos unas alubias de Tolosa, un trozo de merluza rebozada, un cocido, un plato de macarrones. Cualquier cosa que no fuera arroz.

Dicho esto, la comida japonesa gana por goleada en términos globales. Es sana, variada, fresca, bien presentada, bien servida. Pero al volver, lo primero que he comido en Bilbao ha sido un bocadillo de jamón. Y ha sido maravilloso.

Tokio vs Kioto, o el turista que quiere desaparecer

Durante el viaje me fui dando cuenta de algo que al principio no sabía formular. En Kioto, sobre todo en zonas turísticas como Gion o Higashiyama, me sentía señalado. No por los japoneses, que son educadísimos y no te miran nunca fijamente. Me sentía señalado por los otros turistas. Había muchos españoles e italianos, sobre todo, hablando a voces en los templos, riéndose a carcajadas al lado de las tumbas, gritándose desde la otra punta de una calle empedrada. Me daba vergüenza ajena. Me daban ganas de hacerme pequeño y esconderme detrás de una linterna de piedra.

En Tokio eso se me pasó. Tokio es tan enorme, tan densa, tan infinita, que los turistas extranjeros nos disolvemos en la multitud. Nadie te mira. Eres una mancha más en la marea humana de Shibuya o Shinjuku. Hay turistas también en Tokio, claro, pero están tan diluidos entre millones de japoneses que su ruido no llega a ningún sitio. Allí se camina con otra libertad. Descubrí que para viajar a gusto necesito sitios donde pueda ser anónimo. Tokio cumple. Kioto no tanto.

Los ciervos, las montañas, el museo

Hay momentos concretos del viaje que se me han quedado clavados. Los ciervos de Nara, con uno que se comió literalmente un trozo de mi mapa mientras yo intentaba hacerle una foto. La cara que puse fue digna de verse, y mi hermano no paró de reírse durante una hora. El templo Shosha en lo alto de la montaña, al que llegamos casi por casualidad tras una subida en funicular y una caminata por un bosque, y que nos dejó con la boca abierta: el complejo de Engyoji, con pabellones de madera de mil años apareciendo entre la vegetación, uno de los sitios más espectaculares que yo haya visto nunca, y del que no había oído hablar antes de ir. De las sorpresas más grandes del viaje. Y el museo de la paz de Hiroshima, del que salí casi llorando. De las experiencias más duras que he tenido en un museo nunca. Las fotografías, los testimonios, los objetos fundidos, la maqueta de la ciudad antes y después. Una bajada a los infiernos del siglo XX. Pero necesaria. Absolutamente necesaria.

Una espinita

Tengo una sola espinita. A veces pienso que este viaje lo habría vivido de otra manera si lo hubiera hecho solo. Que me habría obligado a relacionarme más con japoneses, a meterme en situaciones, a perderme, a improvisar. Viajando con mi hermano, que además es muy planificador (el cuaderno impreso, el calendario al minuto), las cosas salen impecables pero también hay una burbuja cómoda que a veces te impide sumergirte del todo.

Dicho esto, haberlo hecho solo habría sido el doble de caro, el triple de logísticamente complicado, y me habría perdido muchas de las cosas que vi, porque mi hermano planificó rincones que yo no habría encontrado en la vida. Así que no es un lamento, es un matiz. Si algún día puedo permitirme volver, me gustaría volver solo. Un mes mínimo. Sin planes demasiado cerrados. Pero esta vez con mi hermano ha estado perfecto. Y repito: perfecto. No cambio nada.

Para terminar

Japón me ha dejado con ganas de más. Mucho más. He visto el Kansai, la costa hacia el oeste, la región de Tokio, el Fuji. Me queda Hokkaido entero, el norte, Tohoku, Shikoku, Kyushu, Okinawa. Me queda volver a Kioto en otoño, cuando los arces se ponen rojos. Me queda hacer la ruta de Kumano Kodo. Me quedan mil cosas.

Pero lo que me llevo de este viaje no es tanto lo que he visto como cómo me ha hecho sentir. Japón me ha hecho sentir que el mundo es mucho más grande y más raro de lo que yo pensaba. Que hay otras formas de organizarse, otras formas de convivir, otras formas de entender el silencio y el espacio y la educación. Vuelvo a Bilbao con la cabeza dándome vueltas, con los pies cansados, con tres kilos menos y con una sensación rara de haber vivido dieciséis días muy intensos en otro planeta.

Si me preguntasen ahora mismo, sin pensarlo, si volvería, les diría que mañana. Que hago la maleta otra vez y me voy. No puedo ahora, claro, pero ya está: ya sé que volveré. Y mientras, me queda este viaje. El viaje que llevaré conmigo el resto de mi vida.

Arigatou gozaimasu, Japón. Nos vemos pronto.

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