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Castillos y lagos del Tirol
Diez días recorriendo el sur de Alemania y el Tirol austriaco en coche, entre castillos de cuento, lagos alpinos de aguas imposiblemente cristalinas y pueblos donde el tiempo parece haberse detenido. Un viaje por carretera en el que cada curva del camino revelaba un paisaje más espectacular que el anterior.
Alemania y Austria en coche: diez días por los Alpes con mi hermano¶
Introducción al viaje
Mi hermano llevaba meses organizando una ruta en coche por el sur de Alemania y el Tirol austriaco. Un día me lanzó la propuesta con una condición muy clara: él se encargaba de absolutamente todo —reservas, itinerario, paradas, alojamientos— y yo solo tenía que poner mis manos en el volante. Básicamente me contrató como chófer familiar, y acepté encantado.
Un verano complicado
Tengo que ser honesto desde el principio: este viaje llegó en un momento delicado. Ese mismo verano había aparecido un pequeño hándicap de salud que me iba a acompañar durante los próximos tres años. No voy a entrar en detalles porque no es lo importante, pero sí quiero mencionarlo porque condicionó algunos días del viaje. Hubo jornadas en las que me encontraba perfectamente y otras en las que no estaba al cien por cien. Pero precisamente por eso, tener a mi hermano al lado encargándose de toda la logística fue un alivio enorme. Yo solo tenía que conducir y disfrutar del paisaje, que no es poco cuando estamos hablando de los Alpes.
El plan
La idea era sencilla y ambiciosa a partes iguales: diez días recorriendo en coche de alquiler el sur de Baviera y la región del Tirol en Austria. Recogeríamos el coche en Múnich y a partir de ahí, carreteras alpinas, castillos, lagos glaciares de color turquesa y pueblos con fachadas pintadas.
Mi hermano había diseñado un itinerario que incluía los castillos de Luis II de Baviera, la subida al Zugspitze —el pico más alto de Alemania—, Innsbruck, la Großglocknerstraße, Salzburgo y varias paradas intermedias. Todo en agosto, que en los Alpes no garantiza buen tiempo pero al menos lo hace probable.
Conducir por los Alpes
La perspectiva de conducir por carreteras de montaña alpinas me generaba una mezcla de ilusión y respeto. Las autobahnen alemanas ya son una experiencia en sí mismas —hay tramos sin límite de velocidad donde la recomendación oficial son 130 km/h pero nadie la sigue, y donde un Audi te adelanta a velocidades que en España serían directamente un delito—. Pero las carreteras de montaña austriacas y bávaras son otra cosa: curvas cerradas, pendientes pronunciadas, túneles encadenados, y todo ello con vistas que te obligan a decidir entre mirar el paisaje o mirar la carretera.
Esa era exactamente la gracia del viaje: la carretera como parte de la experiencia, no como un medio de transporte entre puntos. El coche da una libertad que el tren no puede dar en esta región. Parar en el arcén porque hay un mirador imposible, desviarte dos kilómetros por una señal que promete algo, llegar a un aparcamiento de montaña cuando aún no ha llegado la caravana de autobuses.
Sin más preámbulos
Aunque me gusta planificar los viajes, este año las circustancias no acompañaban. Así que tener un hermano que se encarga de todo tiene sus ventajas. Solo tuve que hacer la maleta, presentarme en el aeropuerto de Loiu a las seis de la mañana y dejarme llevar. Bueno, dejarme llevar no: llevar yo a los dos por media Europa Central. Que para eso me habían contratado.
Lo que sigue es el relato de esos diez días, con algún que otro momento donde el cuerpo me recordó que no estaba al cien por cien. Pero eso es lo de menos. Lo importante es lo que vimos en esas diez jornadas entre Alemania y Austria.

Día 1. De Múnich a los castillos de Luis II de Baviera¶
Madrugón considerable para coger el vuelo de las ocho de la mañana desde Loiu. Mi hermano y yo llegamos al aeropuerto con esa cara de sueño que solo tienen los viajeros que madrugan por voluntad propia. El vuelo fue tranquilo, y sobre las diez de la mañana ya estábamos en el aeropuerto de Múnich recogiendo el equipaje y buscando el mostrador de alquiler de coches.
El coche y la primera autopista alemana
El proceso de recoger el coche fue rápido y sin sorpresas. Un turismo compacto que sería nuestro compañero durante los próximos diez días. Ajusté el asiento, los retrovisores, me familiaricé con los mandos —siempre hay un momento de adaptación cuando conduces un coche que no es el tuyo— y pusimos rumbo al sur.
La autopista hacia el sur de Baviera es impecable: asfalto perfecto, señalización clara. Llevábamos un trecho sin límite de velocidad cuando de repente un BMW nos adelantó a un ritmo que en España habría generado un expediente. En Alemania tiene su lógica: la red de autobahnen existe desde 1932 y está diseñada para esas velocidades, con arcenes anchos y curvas largas que en las carreteras secundarias no existen. Yo me quedé en unos cien por comodidad y porque tenía diez días de conducción alpina por delante y no me pareció el momento de inaugurar el viaje con un susto.
Rumbo al sur: Hohenschwangau
Teníamos unos ciento veinte kilómetros por delante hasta la zona de Hohenschwangau, nuestro primer destino real. La autopista fue dejando paso a carreteras comarcales, y el paisaje fue cambiando gradualmente. Las llanuras bávaras empezaron a ondularse, aparecieron los primeros bosques densos, y al fondo, como una promesa, se empezaron a dibujar las siluetas de las montañas.
Paramos a comer en algún punto del camino —mi hermano había localizado un sitio que resultó ser un restaurante de carretera perfectamente decente, con esa comida bávara contundente que necesitas cuando vas a pasar la tarde caminando—. Salchichas, patatas, cerveza para él y agua para mí, que tenía que seguir conduciendo.
Llegamos a la zona de Hohenschwangau sobre las tres y media de la tarde. El aparcamiento ya dejaba entrever lo que nos esperaba: cientos de coches de turistas de todo el mundo venidos a ver los castillos más famosos de Baviera.
Hohenschwangau: donde creció el Rey Loco
El primero de los dos castillos fue Hohenschwangau, la residencia donde creció Luis II de Baviera. Lo construyó su padre, el rey Maximiliano II, entre 1832 y 1836, sobre las ruinas de una fortaleza medieval. Está pintado en ese amarillo ocre tan característico que destaca contra el verde de los bosques, y desde lejos parece más pequeño de lo que es.
La visita guiada recorre las estancias decoradas por Maximiliano II con escenas de leyendas medievales y sagas germánicas: murales de Lohengrin, de Parsifal, de caballeros y cisnes. El joven Luis creció mirando esas paredes todos los días. Más tarde esas mismas leyendas se convertirían en las óperas de Wagner, de quien Luis sería el mecenas y financiador principal. El castillo ya apuntaba maneras sobre el tipo de rey que iba a ser.
Desde las ventanas del salón principal se ve con total claridad el risco donde Luis II levantaría después su propio castillo. Desde niño lo contempló. Cuando encargó a los arquitectos el proyecto de Neuschwanstein en 1869, llevaba décadas imaginando qué poner ahí arriba.
Junto al castillo está el lago Alpsee, y nos quedamos un rato largo mirándolo. Ese color turquesa que tienen los lagos alpinos viene de la sedimentación glaciar: partículas finísimas de roca que el hielo fue puliendo durante miles de años y que quedan en suspensión en el agua, dispersando la luz azul. No es ningún filtro fotográfico. Es lo que hace el último periodo glacial cuando acaba.
El sendero con vistas a Neuschwanstein
Antes de visitar Neuschwanstein, hicimos un sendero que sube por la montaña y ofrece vistas del castillo desde arriba. La subida no es especialmente dura pero sí lo suficientemente empinada como para agradecer cada parada, y en cada parada merece la pena girarse.
A medida que ganas altura, Neuschwanstein va apareciendo entre los árboles: primero las torres, luego las fachadas, luego el conjunto completo recortado contra el valle y con los lagos brillando al fondo. Entiendes por qué Luis II eligió exactamente este risco: el castillo está diseñado para verse desde abajo, pero también para que desde dentro se vea el paisaje que lo rodea. Cada ventana enmarca algo.
Neuschwanstein: el castillo que nunca fue terminado
La cola de la taquilla te da una primera idea de lo que te espera. Somos una caravana internacional haciendo fila en un camino de tierra mientras el castillo asoma entre los pinos de vez en cuando. Cuando por fin entras, ya llevas media hora esperando y con ganas de ver las salas.
Luis II encargó el proyecto en 1869. Lo que distingue a Neuschwanstein de otros castillos de la misma época es que lo diseñó principalmente un escenógrafo teatral, no un arquitecto. Las intenciones estaban claras desde el principio: no era un edificio para gobernar desde él, era una escenografía habitable. El interior lo confirma en cada sala: frescos que ilustran las óperas de Wagner, el Tannhäuser en un salón, Lohengrin en otro, Parsifal en el siguiente. Luis era el principal mecenas de Wagner, y los temas del compositor se convirtieron también en los temas del castillo.
De los doscientos aposentos previstos en los planos originales, solo catorce llegaron a terminarse. Luis murió en junio de 1886, tres días después de que una comisión que nunca se dignó reunirse con él en persona lo declarara incapaz para gobernar y lo destituyera. Lo encontraron ahogado en el lago Starnberg junto al psiquiatra que había firmado la declaración de incapacidad. Las obras se detuvieron. Luis había vivido en el castillo unos pocos meses.
Siete semanas después de su muerte, Neuschwanstein abrió al público. La ironía es brutal: Luis lo construyó precisamente para alejarse de todo el mundo.
Walt Disney lo visitó. La silueta del castillo de la Bella Durmiente que inauguró Disneyland en 1955 es una copia directa. Cuando ves Neuschwanstein desde el valle, con las torres blancas y las pizarras azules, la referencia es inmediata y el efecto algo perturbador: llevas cuarenta años viendo ese perfil en películas y no lo sabías.
Füssen y camino a Oberammergau
Después de los castillos, bajamos hasta Füssen, un pueblo con encanto situado justo al pie de los Alpes. Lo recorrimos brevemente —calles empedradas, casas con fachadas de colores, un ambiente tranquilo que contrastaba con el bullicio turístico de los castillos— antes de ponernos de nuevo en marcha.
Mi hermano había reservado en Oberammergau, un pueblo a unos sesenta kilómetros al norte. La conducción por las carreteras comarcales bávaras al atardecer compensó el cansancio de la tarde: luz dorada entre bosques de abetos, pueblos pequeños con campanarios puntiagudos apareciendo en las curvas, muy poco tráfico.
Oberammergau: el pueblo del voto y los frescos
Llegamos ya anocheciendo. Nuestra anfitriona era una señora mayor que nos recibió con la puerta abierta y la habitación lista. Sencilla, impecable, con vistas a las montañas que no descubrimos hasta la mañana siguiente.
Esa noche no tuvimos tiempo de ver gran cosa del pueblo, pero incluso a oscuras se notaba algo peculiar: casi todas las fachadas del centro están pintadas con frescos. La técnica se llama Lüftlmalerei y data del siglo XVIII. Son murales a gran escala, con escenas religiosas, motivos florales, trampantojos arquitectónicos que duplican ventanas o añaden columnas imaginarias. Al día siguiente los veríamos con luz, pero esa primera noche, bajo las farolas, ya prometían.
Oberammergau es también el pueblo donde se representa la Pasión de Cristo cada diez años desde 1634. Ese año la peste estaba matando a un habitante por día. El pueblo hizo un voto: si la enfermedad se detenía, representarían la Pasión cada década sin falta. La peste se detuvo, y llevan cuatro siglos cumpliéndolo. La siguiente representación tras 2014 tendría que haber sido en 2020, pero el COVID la retrasó a 2022.
Nos fuimos a dormir habiendo recorrido unos ciento cincuenta kilómetros, visto dos castillos y un lago glaciar, y terminado en un pueblo con historia propia. Primer día sólido.

Día 2. De Oberammergau al Zugspitze: palacios, monasterios y la cima de Alemania¶
La mañana empezó de la mejor manera posible. Nuestra anfitriona en Oberammergau nos tenía preparado un desayuno que recordaré durante mucho tiempo. Una mesa generosamente surtida con pan recién horneado, embutidos, quesos locales, mermeladas caseras, huevos, fruta y un café que olía a gloria. Todo servido con una sonrisa y esa hospitalidad bávara que convierte un simple desayuno en un evento. Nos lo tomamos con calma, sabiendo que teníamos un día intenso por delante.
Oberammergau a la luz del día
Con el estómago lleno, salimos a pasear por Oberammergau antes de ponernos en marcha. A la luz de la mañana, las fachadas pintadas del pueblo eran todavía más impresionantes que la noche anterior. La técnica del Lüftlmalerei se apreciaba en todo su esplendor: escenas religiosas con una riqueza de color y detalle sorprendente, trampantojos arquitectónicos que engañan al ojo, motivos florales que enmarcan ventanas y puertas.
Cada casa es diferente. Hay representaciones de pasajes bíblicos, escenas de Caperucita Roja, alegorías de los oficios artesanales del pueblo pintadas en fachadas de tres plantas. Caminas despacio mirando hacia arriba, con el cuello ladeado. Las montañas que rodean el pueblo tenían aún algo de bruma matinal, lo que le daba al conjunto una luz difusa, sin sombras fuertes, perfecta para ver los colores de los frescos.
Monasterio de Ettal: el monasterio que lo fundó un caballo
Apenas diez minutos en coche desde Oberammergau. El monasterio de Ettal lo fundó en 1330 el emperador Luis IV del Sacro Imperio Romano Germánico durante su regreso de Roma. La historia oficial dice que paró en este lugar porque su caballo se arrodilló tres veces y él lo interpretó como una señal divina. Sea o no cierta la anécdota, el emplazamiento entre montañas es tan improbable que cualquier explicación sirve.
La iglesia es una joya del barroco bávaro. Desde fuera la fachada ya impone, pero es al entrar cuando entiendes realmente lo que es el barroco en su versión más extrema. El interior cubre cada centímetro de superficie disponible: dorados, frescos, estucos, relieves. La cúpula está pintada con escenas celestiales y tiene esa vocación de parecer que se abre hacia arriba. Es el tipo de interior que te obliga a ir girando despacio sobre ti mismo para no perderte nada.
Los monjes benedictinos que siguen viviendo ahí mantienen una destilería que produce un licor de hierbas con bastante fama en la región. No teníamos tiempo para la cervecería y yo tenía que conducir, pero la tienda del monasterio vendía botellas y mi hermano no salió con las manos vacías.
Palacio de Linderhof: la obsesión de un rey
De Ettal seguimos por una carretera de montaña preciosa, entre bosques de abetos y prados verdes, hasta llegar al palacio de Linderhof. Si ayer Neuschwanstein nos había dejado boquiabiertos por su escala y su dramatismo, Linderhof nos conquistó por su exquisitez.
Es el más pequeño de los tres palacios que construyó Luis II de Baviera, pero también el único que llegó a completar y en el que realmente vivió. Inspirado en el Petit Trianon de Versalles y en la figura del Rey Sol, Luis XIV de Francia —a quien Luis II admiraba profundamente—, Linderhof es una declaración de intenciones sobre lo que este rey entendía por belleza.
El palacio en sí es relativamente modesto en tamaño, pero la riqueza decorativa del interior es abrumadora. Cada habitación es un ejercicio de opulencia rococó llevado al extremo: espejos que multiplican el espacio hasta el infinito, dorados que cubren cada moldura, tapices y pinturas que no dejan ni un centímetro libre. La sala de espejos, inspirada directamente en la Galería de los Espejos de Versalles, es especialmente hipnótica.
Pero lo que hace verdaderamente único a Linderhof son sus jardines y sus folies. El Maurischer Kiosk, un pabellón morisco comprado en una exposición universal y trasladado aquí, es una estructura exótica con un pavo real dorado en su interior que parece sacada de Las Mil y Una Noches. Y la Venusgrotte, una cueva artificial iluminada con electricidad —algo revolucionario en la década de 1870— donde Luis II recreó una escena del Tannhäuser de Wagner, con lago artificial incluido y un bote en forma de concha desde el que el rey asistía en solitario a representaciones privadas.
Luis II era, sin duda, un personaje extraordinario. Cada rincón de Linderhof habla de un hombre que vivía en su propio mundo de fantasía, alejado de la realidad política de su época, obsesionado con la belleza y con recrear mundos imaginarios. Hay algo conmovedor en esa obsesión, algo que va más allá de la simple extravagancia.
Rumbo al Zugspitze
Después de Linderhof, tocaba cambiar radicalmente de registro. El plan de la tarde era subir al Zugspitze, con sus 2.962 metros de altitud, el pico más alto de Alemania. Condujimos hasta la zona de Grainau y Ehrwald, donde aparcamos el coche y cogimos un autobús que nos acercó a la estación del teleférico.
La subida en teleférico es ya de por sí una experiencia. La cabina va ganando altura rápidamente y el paisaje va cambiando de manera radical: de los bosques verdes del valle se pasa a las praderas alpinas, después a las rocas desnudas y finalmente a la nieve. En agosto. Nieve en agosto. Eso da una idea de la altitud a la que estábamos subiendo.
La cima de Alemania: niebla y bolas de nieve en agosto
Llegamos arriba y la realidad nos recibió con un bofetón de humedad: niebla cerrada. No se veía absolutamente nada. La plataforma de observación del Zugspitze, que en un día claro ofrece vistas de cuatro países —Alemania, Austria, Italia y Suiza—, era un muro blanco en todas las direcciones. La temperatura había caído drásticamente y el viento soplaba con fuerza.
No fue la experiencia visual que esperábamos, pero tuvo lo suyo. Estar a 2.962 metros rodeado de blanco absoluto, sin referencias, con el viento rompiendo el silencio, tiene una rareza que no se puede fingir. Caminamos por la plataforma, nos asomamos a las barandillas sin ver nada más allá de un metro, y nos hicimos fotos junto a la cruz dorada que marca la cumbre.
Y luego estaba la nieve. En pleno agosto, jugamos haciendo bolas de nieve como dos críos. Mi hermano y yo a 2.962 metros de altitud mientras en los valles la gente paseaba en manga corta. Abajo del todo, 25 grados. Arriba, nieve.
Bajamos al Zugspitzplatt, la explanada que hay justo debajo de la cumbre, donde en invierno funcionan las pistas de esquí. Aquí la niebla empezaba a levantarse un poco y pudimos atisbar algo del paisaje rocoso y lunar que rodea la zona. Es un paraje desolado y hermoso al mismo tiempo, con las rocas grises cubiertas parcialmente de nieve y las nubes moviéndose a toda velocidad a nuestro alrededor.
Garmisch-Partenkirchen: deporte y naturaleza
Descendimos del Zugspitze y condujimos hasta Garmisch-Partenkirchen, la estación de esquí más famosa de Alemania. Es en realidad una ciudad doble —Garmisch y Partenkirchen eran dos pueblos separados que se fusionaron en 1935 por orden de Hitler, que necesitaba una sede adecuada para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1936—.
Lo primero que visitamos fueron los trampolines olímpicos de salto de esquí. Verlos en persona es absolutamente aterrador. Cuando estás al pie del trampolín y miras hacia arriba, la inclinación parece imposible. La idea de que alguien se lance desde ahí arriba sobre dos tablas y vuele por el aire durante cien metros o más desafía toda lógica. El estadio olímpico que los rodea conserva ese aire de grandiosidad deportiva que debió tener en 1936, y sigue siendo sede de competiciones internacionales.
Después, ya con la luz cayendo, fuimos a caminar por la garganta de Partnachklamm. Un desfiladero de setecientos metros de longitud y hasta ochenta de profundidad, excavado en la roca caliza por el río Partnach. El recorrido se hace por pasarelas y pasos tallados directamente en la pared. El agua ruge debajo, las paredes se cierran por encima, y en algunos tramos el camino pasa por detrás de una cascada: el agua cayendo delante de ti y las rocas detrás. La luz filtrada entre las paredes crea reflejos que se mueven con la corriente.
Salimos empapados por la humedad ambiental. Es de esas experiencias que te dan ganas de volver en invierno para ver cómo queda con hielo.
Camino a Innsbruck
El día terminó con un tramo de conducción hasta Innsbruck, nuestro siguiente destino. La carretera cruza la frontera austro-alemana de manera casi imperceptible —las ventajas del espacio Schengen— y se adentra en el valle del Inn, con Innsbruck esperando al fondo, encajada entre montañas.
Unos ciento ochenta kilómetros en total ese segundo día, pero con monasterios barrocos, el palacio de Linderhof, la cima de Alemania en niebla, trampolines olímpicos y una garganta de roca. Dos días y ya había mucho de qué hablar.

Día 3. Innsbruck: la ciudad entre montañas¶
De Innsbruck guardo un recuerdo muy nítido, y lo curioso es que no es tanto por los monumentos como por el emplazamiento. La ciudad está encajada en un valle entre montañas enormes y la sensación de caminar por sus calles con esas cumbres alpinas asomando al final de cada calle no la he experimentado en ningún otro sitio. Mires donde mires, hay montañas. En la Maria-Theresien-Straße, la arteria principal, tienes fachadas barrocas a los lados y una cordillera nevada al fondo. La ciudad y los Alpes se superponen constantemente.
Hoy era un día sin apenas conducción. El coche se quedó aparcado y nos dedicamos a patear Innsbruck de arriba abajo, literalmente, porque entre funiculares, saltos de esquí y castillos en lo alto de colinas, el desnivel acumulado fue considerable.
La Altstadt: el casco antiguo
Empezamos por el casco antiguo, la Altstadt, que es compacto y fácilmente recorrible a pie. Las calles estrechas y peatonales están flanqueadas por edificios de fachadas coloridas, con esos típicos miradores en saledizo que le dan un aire centroeuropeo inconfundible. Hay una elegancia contenida en todo el conjunto, una sensación de que cada edificio ha sido cuidado y mantenido durante siglos.
El gran reclamo del casco antiguo es el Goldenes Dachl, el Tejadillo de Oro, y no hace falta que nadie te diga dónde está porque llegas a él simplemente siguiendo a la marea de turistas. Se trata de un mirador añadido a un edificio en 1500 por orden del emperador Maximiliano I para conmemorar su boda con Bianca Maria Sforza. El tejadillo está cubierto por 2.657 tejas de cobre sobredorado al fuego que brillan de manera espectacular cuando les da el sol.
En sí mismo no es un monumento enorme —es básicamente un balcón cubierto—, pero tiene una elegancia y un nivel de detalle que merece la pena observar con calma. Los relieves que lo decoran representan escenas cortesanas, danzas y escudos heráldicos. Maximiliano I mandó construirlo para poder observar los espectáculos y torneos que se celebraban en la plaza sin mezclarse con la plebe. Un palco VIP del siglo XVI, básicamente.
El Hofburg y la Hofkirche
A pocos pasos del Tejadillo de Oro se encuentra el Hofburg, el palacio imperial de Innsbruck. Aunque no es tan conocido como su homónimo de Viena, este Hofburg tiene su propia personalidad. El interior, reformado en estilo rococó por la emperatriz María Teresa en el siglo XVIII, muestra esa mezcla de poder político y refinamiento artístico que caracterizó a los Habsburgo durante siglos. Las salas de estado, con sus frescos en los techos y sus muebles de época, transmiten la importancia que tuvo Innsbruck como residencia imperial.
Más llamativa aún fue la Hofkirche, la iglesia de la corte, que alberga el monumento funerario del emperador Maximiliano I. No es exactamente una tumba —los restos de Maximiliano están en Wiener Neustadt, no aquí—, sino un cenotafio monumental rodeado por veintiocho estatuas de bronce de tamaño mayor que el natural. Representan a ancestros y contemporáneos del emperador, desde el rey Arturo hasta Teodorico el Grande. Estar en ese espacio rodeado por esos gigantes de bronce negro, cada uno con una armadura diferente y una expresión propia, tiene bastante impacto.
Los habitantes de Innsbruck las llaman las Schwarze Mander, los hombres negros. Pasan bastante desapercibidas en las guías generales, pero son de las obras escultóricas renacentistas más importantes de Europa.
Maria-Theresien-Straße
Desde el casco antiguo caminamos por la Maria-Theresien-Straße, la arteria principal. Es una calle ancha flanqueada por edificios barrocos con tiendas y cafés en los bajos, pero lo que la hace distinta es lo que hay al fondo: la cordillera del Nordkette con las cumbres recortadas contra el cielo, enmarcada entre los edificios de ambos lados. Ya lo mencioné arriba, pero en esta calle el efecto es especialmente pronunciado.
La columna de Santa Ana, en el centro, la levantaron en 1706 para conmemorar la retirada de las tropas bávaras que habían ocupado la ciudad. Desde ahí la vista hacia el norte tiene esa superposición de planos —arquitectura barroca delante, Alpes detrás— que hace que Innsbruck sea difícil de comparar con ninguna otra ciudad.
Hungerburgbahn: subiendo a las alturas
Después de comer —encontramos un sitio bastante decente donde probé un Wiener Schnitzel que estaba enorme— nos dirigimos a la estación del Hungerburgbahn, el funicular que sube desde el centro de la ciudad hasta Hungerburg, en las laderas de la Nordkette.
La estación del funicular es una obra de arte en sí misma. Fue diseñada por la arquitecta Zaha Hadid e inaugurada en 2007, y es una estructura futurista de formas orgánicas y fluidas que contrasta de manera radical con la arquitectura histórica que la rodea. Parece un trozo de hielo cristalizado o una formación geológica extraña aterrizada en mitad de la ciudad. Las cuatro estaciones de la línea fueron diseñadas por Hadid, cada una con su propia personalidad pero todas compartiendo ese lenguaje arquitectónico inconfundible.
La subida es rápida y las vistas van mejorando a cada metro. Desde Hungerburg, la ciudad se extiende abajo a lo largo del valle del río Inn: tejados, campanarios, puentes, y al otro lado del valle la cadena montañosa del sur cerrando el horizonte. Los Habsburgo eligieron bien su residencia alpina.
Bergisel: el trampolín de Zaha Hadid
La siguiente parada fue el Bergisel, la colina al sur de la ciudad donde se encuentra el trampolín de salto de esquí. Y aquí tuvimos otra dosis de arquitectura contemporánea de primer nivel, porque el trampolín actual fue también diseñado por Zaha Hadid, inaugurado en 2002.
La estructura es una torre de hormigón y acero coronada por un restaurante y una plataforma de observación con forma aerodinámica. La rampa de salto desciende desde lo alto en una curva que termina en la zona de aterrizaje abajo. Innsbruck albergó los Juegos Olímpicos de Invierno en 1964 y de nuevo en 1976, y el Bergisel fue sede del salto de esquí en ambas ocasiones.
Subimos a la plataforma de observación y las vistas de la ciudad y el valle son buenas, pero lo que no te esperas es lo que sientes cuando te asomas a la rampa y miras hacia abajo. La inclinación desde arriba es distinta a como parece desde la zona de aterrizaje. No hay manera razonable de entender que alguien se lance voluntariamente desde ahí.
Schloss Ambras: el gabinete de las maravillas
La última visita del día fue el castillo de Ambras, situado en una colina en las afueras de la ciudad. Es un castillo que tiene más de lo que aparenta desde fuera. Su origen es medieval, pero fue completamente remodelado en el siglo XVI por el archiduque Fernando II del Tirol, que lo convirtió en su residencia y, sobre todo, en el hogar de una de las colecciones más fascinantes de Europa.
Fernando II era un coleccionista compulsivo, y su Wunderkammer —cámara de las maravillas o gabinete de curiosidades— es considerada una de las más antiguas del mundo. El concepto de Wunderkammer era muy popular entre la nobleza renacentista: se trataba de reunir objetos raros, exóticos y extraordinarios de todo el mundo conocido. Armaduras, armas, instrumentos científicos, corales, objetos de tierras lejanas, retratos de personas con peculiaridades físicas... Todo aquello que resultara sorprendente o difícil de clasificar tenía su lugar en estas colecciones.
Recorrer las salas del castillo es como hacer un viaje por la mentalidad del Renacimiento tardío, esa época en la que Europa empezaba a explorar el mundo y se maravillaba con cada descubrimiento. Las armaduras son especialmente impresionantes, con piezas que van desde la funcionalidad militar hasta la pura ostentación decorativa.
Los jardines del castillo tienen vistas del valle y de la ciudad. Nos sentamos un rato a descansar las piernas. El sol de la tarde doraba las fachadas del casco antiguo y las montañas ya proyectaban sombras largas sobre el valle.
Vuelta al centro: una ciudad que no abruma
Volvimos al centro ya al atardecer, caminando sin prisa por calles que empezábamos a reconocer. Innsbruck tiene ese tamaño que permite verla en un día pero sin la presión de los grandes circuitos turísticos. No exige un ritmo frenético. Es una ciudad para pasear, para levantar la vista y ver montañas al final de cada calle, para sentarse en una terraza sin que nada te obligue a moverte.
Apenas conduje ese día —solo el desplazamiento corto al castillo de Ambras—, pero fue un día intenso en otro sentido. Historia medieval, arquitectura de Zaha Hadid, trampolines olímpicos y gabinetes de maravillas renacentistas, todo a pie o en funicular.
Al día siguiente tocaba volver al volante. Los Alpes aún tenían mucho kilómetro por delante.

Día 4. El Stubaital, Hall in Tirol y las cataratas de Bad Gastein¶
Stubaital: las nubes ganan la partida
Hoy tocaba uno de los platos fuertes del viaje: subir al glaciar de Stubai en teleférico. Mi hermano lo tenía marcado como parada obligatoria desde que planificó la ruta, y la verdad es que sobre el papel pintaba espectacular. Pero al llegar a la estación base del teleférico, el panorama era desolador. Una capa de nubes densa y gris lo cubría absolutamente todo. No se veía nada más allá de unos pocos metros.
Después de la experiencia en el Zugspitze, donde subimos con toda la ilusión del mundo para encontrarnos con un muro blanco de niebla, decidimos no repetir el error. Subir, pagar el teleférico y quedarnos arriba sin ver absolutamente nada no tenía sentido. Así que cambiamos el plan sobre la marcha y nos dedicamos a hacer una ruta de senderismo por la base del valle. Y fue un acierto. El Stubaital es un valle precioso, con ese verde intenso de los prados alpinos, arroyos de agua cristalina y las montañas asomando entre las nubes como telón de fondo. Caminamos un buen rato por senderos bien señalizados, respirando aire puro de montaña.
Antes de abandonar el valle paramos en Neustift im Stubaital, un pueblo tirolés con encanto de sobra. Casas de madera con balcones llenos de flores, una iglesia con campanario puntiagudo y esas fachadas pintadas con frescos que tanto me gustan del Tirol. Un sitio donde te tomarías un café tranquilamente viendo pasar la mañana.
Hall in Tirol: la ciudad de la sal y la moneda
Y entonces el tiempo decidió darnos una tregua. Las nubes se abrieron y el día se transformó por completo en una jornada espectacular, con un cielo azul que parecía imposible después de la mañana que llevábamos.
Aprovechamos para visitar Hall in Tirol, y fue todo un descubrimiento. Es una ciudad medieval que durante siglos fue más importante que la propia Innsbruck, y todo gracias a la sal. Las minas de sal de Hall fueron el motor económico de la región durante la Edad Media, y esa riqueza se nota en cada rincón del casco antiguo, que está increíblemente bien conservado. Callejuelas empedradas, casas burguesas con fachadas señoriales, plazas con fuentes... Tiene un aire de ciudad próspera que ha sabido mantener su esencia.
El punto más emblemático es la Münzerturm, la torre de la ceca. Aquí se acuñó el famoso taler de plata, la moneda que acabaría dando nombre al dólar. Sí, al dólar. Esa conexión entre este pueblo tirolés y la moneda más importante del mundo me pareció fascinante. Subimos a la torre y las vistas del casco antiguo y las montañas que lo rodean merecieron cada escalón.
Erfurter Hütte y el mirador de Wiesing
Con el buen tiempo de cara, mi hermano sacó el siguiente punto de la lista: subir en el teleférico Rofanseilbahn hasta la zona de la Erfurter Hütte. Y esta vez sí que mereció la pena. El teleférico te sube hasta una altitud considerable y al llegar arriba te encuentras con praderas de alta montaña, picos rocosos, y vistas que se extendían kilómetros en todas las direcciones. Valles enteros, lagos, cumbres nevadas visibles a la vez.
De camino a nuestra siguiente parada hicimos una parada rápida en un mirador en Wiesing. Uno de esos sitios donde aparcas en el arcén porque no puedes resistirte a sacar la cámara. El valle del Inn se abría ante nosotros como una maqueta perfecta.
Bad Gastein: una cascada en el corazón del pueblo
La última parada del día fue Bad Gastein, y llegamos con la luz de la tarde, que es probablemente la mejor hora para visitarlo. Bad Gastein fue un destino termal de lujo durante la Belle Époque. Emperadores, aristócratas y artistas venían aquí a tomar las aguas, y el pueblo conserva esa atmósfera de esplendor pasado con sus grandes hoteles y edificios señoriales construidos en la ladera de la montaña.
Pero lo que hace único a Bad Gastein es su cascada. El Gasteiner Wasserfall es una caída de agua impresionante que atraviesa literalmente el centro del pueblo. En total son 341 metros de desnivel, y el agua baja con una fuerza brutal entre los edificios del centro. Puedes verla desde los puentes que cruzan el pueblo, sentir la bruma en la cara y escuchar el rugido del agua mientras paseas por calles flanqueadas por hoteles centenarios. Es una imagen que no se parece a nada que haya visto antes: naturaleza salvaje encajada en medio de arquitectura elegante.
Caminamos por los senderos que bordean la cascada, cruzamos los puentes, sacamos decenas de fotos. Bad Gastein tiene algo de pueblo fantasma de lujo, con algunos hoteles cerrados y esa sensación de que su época dorada quedó atrás, pero precisamente eso le da un encanto melancólico muy especial.
Fin de etapa en Mittersill
Llegamos a Mittersill ya de noche, cansados pero satisfechos. Unos 250 kilómetros que parecen el doble cuando son todo carreteras de montaña con curvas constantes. Conducir por los Alpes es una experiencia en sí misma: exige concentración total, pero las vistas que te regala en cada curva compensan con creces el esfuerzo. Mañana nos espera la Großglocknerstraße, que según mi hermano es la carretera de montaña más espectacular de Austria. Veremos.

Día 5. La Großglocknerstraße y las cuevas de hielo de Eisriesenwelt¶
La Großglockner High Alpine Road
Hoy ha sido probablemente el día más intenso del viaje, tanto para los ojos como para mis brazos al volante. El plato principal era la Großglockner Hochalpenstraße, la carretera alpina del Großglockner, y no exagero si digo que es la carretera más impresionante por la que he conducido en mi vida.
Empezamos desde Fusch an der Großglocknerstraße, donde pagamos el peaje de entrada. No es barata, pero cada céntimo está justificado. La Großglocknerstraße es una obra maestra de la ingeniería de los años 30. Se construyó entre 1930 y 1935, en plena crisis económica, y fue concebida tanto como infraestructura de comunicación como proyecto de empleo público. Son 48 kilómetros de carretera que serpentean por el corazón de los Alpes austriacos, alcanzando los 2.504 metros de altitud en el punto más alto, la Edelweißspitze. En total hay 36 curvas de herradura numeradas, y os aseguro que las conté todas. Es una de las carreteras de montaña más espectaculares de Europa, y atrae cada año a cientos de miles de visitantes, desde turistas en autocaravana hasta motoristas y ciclistas.
La subida es una sucesión continua de curvas cerradas con paisajes que cambian radicalmente cada pocos kilómetros. Empiezas entre bosques de pinos, luego pasas a praderas alpinas, después a un paisaje cada vez más rocoso y desnudo, hasta que llegas a zonas donde la nieve se mantiene incluso en agosto. Es como atravesar varios pisos de un edificio natural.
Edelweißspitze: el techo de la carretera
La primera parada importante fue la Edelweißspitze, el punto más alto de toda la carretera. Hay que desviarse por un ramal aún más estrecho y empinado, pero merece la pena. Desde arriba tienes una panorámica de 360 grados que abarca más de treinta picos de más de 3.000 metros. El horizonte es una sucesión de cumbres nevadas sin interrupción visible. El viento es frío incluso en agosto y el silencio, cuando no pasa ningún coche, es total.
Glocknerhaus y el glaciar Pasterze
Seguimos la ruta hasta la zona del Glocknerhaus y desde allí nos acercamos al mirador del Pasterze, el glaciar más grande de Austria. El Pasterze es una lengua de hielo que desciende desde el Großglockner, la montaña más alta de Austria con sus 3.798 metros. Es una vista de escala difícil de calibrar hasta que llevas un rato mirándola.
Pero hay algo que no puedes ignorar. Las marcas en las rocas señalan con fechas hasta dónde llegaba el glaciar hace 10, 20, 50 años, y la diferencia es dramática. Hay tramos enteros de roca gris, pulida y desnuda, donde antes había hielo. No es información abstracta: está ahí, en el suelo, en las líneas de roca que cada verano queda un poco más expuesta. Aun así, lo que queda sigue siendo enorme.
La bajada por el otro lado de la carretera fue igual de intensa. Curva tras curva, con los frenos trabajando a fondo y la concentración al máximo. Cuando acabas la Großglocknerstraße sientes una mezcla de alivio y euforia. Es una experiencia que recomendaría a cualquiera, pero hay que ir preparado para conducir con mucha atención durante horas.
Eisriesenwelt: las cuevas de hielo más grandes del mundo
Después de comer algo rápido, pusimos rumbo a la zona de Werfen para visitar Eisriesenwelt, que en alemán significa literalmente "Mundo de los Gigantes de Hielo". Y no es un nombre exagerado.
Eisriesenwelt son las cuevas de hielo accesibles más grandes del mundo. Más de 42 kilómetros de galerías y pasadizos que se adentran en la montaña, de los cuales se puede visitar aproximadamente el primer kilómetro. Fueron descubiertas en 1879 por el naturalista Anton Posselt, aunque los cazadores locales ya conocían la entrada. Se abrieron al público en 1920 y desde entonces no han dejado de fascinar a visitantes de todo el mundo.
Para llegar hay que tomar primero un teleférico que te sube por la ladera de la montaña, y después hacer una caminata empinada de unos 20 minutos hasta la entrada de la cueva. Mi hermano me avisó de que llevara algo de abrigo, y menos mal. Dentro de la cueva la temperatura ronda los 0°C incluso en pleno agosto. Pasas de estar sudando por la subida a tiritar en cuestión de minutos.
La visita guiada se hace con lámparas de carburo. El guía va encendiendo puntos de luz a medida que avanzas, y las formaciones de hielo van apareciendo ante ti: cascadas congeladas, columnas de varios metros de altura, paredes cubiertas de cristales. La luz cálida y temblorosa de las lámparas crea sombras que se mueven con el calor de la llama. Frío, silencio y ese tipo de oscuridad que solo existe lejos de cualquier ventana.
La subida y bajada combinadas con el frío de la cueva te dejan las piernas temblando, pero es una de esas experiencias que sabes que vas a recordar siempre. Mi hermano acertó de pleno incluyendo esto en la ruta.
Noche en Pfarrwerfen
Llegamos al alojamiento en la zona de Pfarrwerfen completamente reventados. Unos 200 kilómetros en total, pero kilómetros alpinos, que cuentan como el triple. Entre la Großglocknerstraße por la mañana y la subida a Eisriesenwelt por la tarde, hoy ha sido el día más exigente físicamente de todo el viaje. Me duelen los brazos de tanto girar el volante en las curvas de herradura y las piernas de subir a las cuevas. Pero ha sido un día absolutamente memorable. De los que justifican un viaje entero.

Día 6. Hallstatt: el pueblo más bonito del mundo¶
Vorderer Gosausee: turquesa al pie del Dachstein
Llegamos al Vorderer Gosausee temprano, con la luz todavía baja y apenas cuatro coches en el aparcamiento. El lago está enclavado al pie del macizo del Dachstein, y el agua tiene ese color turquesa que te cuesta creer que sea natural — casi artificial, como si alguien hubiera echado tinte. Al fondo, el glaciar del Dachstein se refleja en la superficie sin apenas una arruga.
Caminamos por la orilla un rato, paramos en varios puntos, nos sentamos en una roca y nos quedamos mirando sin necesidad de hacer nada más. Es un lago que aguanta bien el silencio.
Hallstatt: donde el espacio para vivir lo puso la roca
Mi hermano me había enseñado fotos de Hallstatt antes del viaje, como parte de su campaña para convencerme de incluirlo en la ruta. Le dije que sí sin mucho convencimiento — otro pueblo de postal, pensé. Me equivoqué.
Hallstatt está literalmente pegado a la roca. Entre el lago Hallstätter See y la montaña apenas hay espacio para el pueblo: las casas se apilan unas sobre otras en la ladera, conectadas por callejuelas que a veces son escaleras. Las fachadas de colores pastel — rosas, ocres, amarillos — se reflejan en el agua, y el conjunto tiene esa proporción que normalmente solo consiguen los pintores cuando mienten un poco.
La razón de que este sitio lleve habitado tanto tiempo es la sal. "Hall" significa sal en celta, y las minas de Hallstatt llevan funcionando desde aproximadamente el 5000 a.C., lo que las convierte en unas de las más antiguas del mundo. Fue precisamente aquí donde en el siglo XIX se descubrió el yacimiento arqueológico que bautizó a toda una cultura: la cultura de Hallstatt, el período de la primera Edad del Hierro en Europa central, entre el 800 y el 450 a.C. Es decir, a este pueblo le tocó nombrar una época entera de la prehistoria europea. No es habitual.
La UNESCO declaró el conjunto Patrimonio de la Humanidad en 1997. Y luego, en 2012, una empresa minera china construyó una réplica completa del pueblo en la provincia de Guangdong. Edificio por edificio. Los vecinos se enteraron por la prensa. La historia parece inventada, pero es completamente real, y uno no sabe muy bien qué pensar de ella.
Nosotros nos dedicamos a perdernos por las calles, que es lo que toca en Hallstatt. La plaza del mercado, la iglesia evangélica cuya torre aparece en el noventa por ciento de las fotos del pueblo, las escaleras de madera que suben entre casas, los jardines diminutos asomados al lago. Es un pueblo para caminar despacio.
El cementerio en la roca
Una cosa que no aparece en las fotos de postal es el ossario de Hallstatt. Porque el pueblo es tan pequeño y el terreno tan escaso que nunca hubo espacio suficiente para un cementerio permanente: los muertos eran desenterrados a los diez o doce años y sus calaveras, decoradas con flores pintadas y el nombre del difunto, se guardaban en la capilla del ossario. Hay más de seiscientas calaveras. La última fue pintada en 1995. Es uno de esos detalles que hacen que un lugar de postal tenga también densidad real.
El Skywalk: Hallstatt desde arriba
Subimos al Hallstatt Skywalk, una plataforma panorámica a varios cientos de metros sobre el pueblo. Desde arriba el pueblo parece aún más improbable: los tejados como piezas de un belén, el lago extendiéndose entre las montañas, y la ladera de donde sale la sal que durante milenios hizo rica a esta región.
La subida se hace en teleférico, y desde arriba también se ven las instalaciones de la antigua mina. La montaña que tiene el pueblo detrás es, literalmente, una montaña de sal.
Salzkammergut: Strobl y St. Wolfgang
Después de Hallstatt continuamos por el Salzkammergut — nombre que significa "distrito de la cámara de la sal", porque la sal lo es todo en esta región. Es una zona de lagos de agua clara rodeados de montañas verdes, con una luz de tarde que lo baña todo de colores suaves.
Pasamos por Strobl, pueblo tranquilo a orillas del Wolfgangsee, y terminamos el día en St. Wolfgang im Salzkammergut. St. Wolfgang es conocido por ser el escenario de la opereta "Im Weißen Rößl" (La posada del Caballo Blanco), y la posada existe de verdad: el Weißes Rößl está ahí mismo, a orillas del lago, convertido en hotel de lujo. El pueblo tiene casas de colores asomadas al agua y montañas cerrando el horizonte, turístico pero con una escala que no agobia.
Balance del día
Unos 120 kilómetros en total, un respiro después de las jornadas alpinas anteriores. Hallstatt es el tipo de sitio que mi hermano había señalado como "el lugar del viaje" desde que diseñó la ruta. No se equivocó.

Día 7. Salzburgo con fiebre: la ciudad de Mozart bajo un velo¶
Voy a ser completamente honesto: Salzburgo merece un artículo mucho mejor que el que yo puedo escribirle. Y no porque la ciudad no dé para ello —que da de sobra—, sino porque la visité con treinta y ocho de fiebre y buena parte de mis recuerdos están envueltos en una neblina que no sé si es real o producto de mi estado. Pero escribo lo que tengo, que es más de lo que esperaba recordar.
Palacio de Mirabell, antes de que la fiebre dijera su primera palabra
Empezamos la mañana en el Schloss Mirabell, un palacio construido en 1606 por el príncipe-arzobispo Wolf Dietrich von Raitenau como regalo para su amante, Salomé Alt. Solo en Salzburgo un arzobispo le construye un palacio a su amante y lo llama "Mirabell" — del italiano "mirabile", admirable. El edificio fue reconstruido tras un incendio en el siglo XVIII, pero lo verdaderamente espectacular son sus jardines: geométricos, con esculturas mitológicas, fuentes y unas escaleras barrocas muy trabajadas.
Para los cinéfilos, estos jardines son inmediatamente reconocibles porque aquí se rodaron varias escenas de Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music), la película de 1965 con Julie Andrews. Hay tours enteros dedicados a visitar las localizaciones de la película, algo que a los propios salzburgueses les resulta entre halagador y agotador — de hecho, algunos operadores locales ofrecen tours "anti-Sound of Music" para quienes prefieren conocer la ciudad sin el filtro de Julie Andrews. Los salzburgueses quieren a Mozart; la película es otra cosa.
Los jardines estaban bien bajo el sol de la mañana, y recuerdo pensar que el día empezaba bien. Lo que no sabía es que esa era la hora en la que mejor me iba a encontrar de toda la jornada.
El casco antiguo y la fiebre instalada
Salzburgo tiene un casco antiguo — la Altstadt — que es Patrimonio de la Humanidad desde 1996. Es de esas ciudades que parecen diseñadas para ser fotografiadas desde cualquier ángulo: fachadas barrocas, cúpulas de iglesias, plazas amplias y elegantes, y sobre todo esa fortaleza medieval encaramada en lo alto del Festungsberg vigilándolo todo. El problema es que yo estaba empezando a notar que el suelo se movía bajo mis pies, y no era ningún terremoto.
La fiebre que había asomado el día anterior se instaló con todas sus consecuencias durante la mañana. El calor pegajoso de agosto mezclado con los escalofríos, y esa sensación de caminar por una ciudad hermosa sintiéndote completamente ajeno a ella. Mi hermano se daba cuenta, claro, pero los dos decidimos seguir adelante. Habíamos venido a ver Salzburgo y la íbamos a ver.
Getreidegasse 9: donde nació Mozart el 27 de enero de 1756
La Getreidegasse es la calle más famosa de Salzburgo, estrecha y medieval, con tiendas bajo esos característicos letreros de hierro forjado que sobresalen de las fachadas. En el número 9 está la Mozarts Geburtshaus, la casa donde nació Wolfgang Amadeus Mozart y donde vivió sus primeros diecisiete años. Hoy es un museo con instrumentos del compositor, retratos de familia, partituras originales y objetos personales.
Mozart está en todas partes en Salzburgo. En los nombres de calles, en las tiendas de souvenirs, en las famosas Mozartkugeln — las bolas de chocolate con mazapán y pistacho que se venden en cada esquina —, en el festival de música que atrae cada verano a los aficionados a la ópera de todo el planeta. El Festival de Salzburgo se celebra desde 1920 y es uno de los eventos musicales más prestigiosos del mundo. Nosotros coincidimos con las últimas fechas de la edición de 2014, aunque no asistimos a ninguna función.
La visita a la casa de Mozart la tengo borrosa. Sé que entramos, sé que vimos cosas, pero los detalles se me escapan. La fiebre hace esas cosas.
La catedral y la Residenzplatz
El Dom — la catedral de Salzburgo — es un edificio barroco con fachada de mármol blanco y dos torres que dominan la silueta del casco antiguo. Aquí bautizaron a Mozart, dato que anunciaba un cartel en la entrada y que a esas alturas ya no sorprendía a nadie. La catedral original se remonta al siglo VIII; el edificio actual es del XVII, reconstruido tras un incendio.
La Residenzplatz se abre frente a la catedral: un espacio amplio y barroco dominado por la Residenzbrunnen — considerada la fuente barroca más importante de Europa central — y flanqueado por la Residencia, el antiguo palacio de los príncipes-arzobispos. Es una de esas plazas europeas que funcionan como escenario perfecto. Recuerdo haberme sentado en un banco mientras mi hermano sacaba fotos, intentando que el mundo dejara de dar vueltas.
La fortaleza Hohensalzburg: vistas desde el funicular
Si hay algo que recuerdo con claridad de Salzburgo es la subida a la Festung Hohensalzburg, la fortaleza que corona el Festungsberg. Y lo recuerdo porque subimos en funicular — gracias a Dios, porque en mi estado no habría llegado ni a la mitad andando — y porque las vistas desde arriba se quedan grabadas incluso con fiebre.
La fortaleza es una de las más grandes y mejor conservadas de Europa central, construida originalmente en 1077 por el arzobispo de Salzburgo. No es casualidad que los arzobispos de Salzburgo pudieran construir algo así: la ciudad creció entera sobre los ingresos del comercio de la sal — el propio nombre, Salzburg, significa "fortaleza de la sal" — y eso los convirtió en gobernantes soberanos que respondían únicamente al Papa y al Emperador. El "príncipe-arzobispo" era literalmente un príncipe. Con esa riqueza detrás, las obras de piedra no eran un problema.
Desde el mirador se domina toda la ciudad: los tejados del casco antiguo, las cúpulas de las iglesias, el río Salzach serpenteando entre los edificios, los jardines de Mirabell al otro lado, y al fondo los Alpes. Mi hermano entendió que necesitaba parar y lo convirtió en una pausa estratégica disfrazada de contemplación. Se lo agradecí en silencio.
El Salzach y el final del día
Bajamos hacia el río Salzach, que divide la ciudad en dos mitades con personalidades ligeramente distintas. El nombre del río viene de la sal, igual que el de la ciudad — toda Salzburgo huele a sal si rascas la historia un poco. Caminar por la orilla, con los puentes y los edificios reflejándose en el agua, debería haber sido uno de los mejores momentos del viaje. Y probablemente lo fue, pero yo estaba demasiado ocupado intentando mantenerme en pie.
Una deuda pendiente con Salzburgo
Cenamos algo ligero y nos fuimos al alojamiento pronto. Me tomé un ibuprofeno y me desplomé en la cama.
Salzburgo es una ciudad que tiene todo lo que a mí me gusta: historia a capas, arquitectura espectacular, un río, montañas, ambiente cultural de primer nivel. Pero la viví a través de un filtro de malestar que distorsionó todo. Los recuerdos están ahí, pero desenfocados, como fotos movidas.
Algún día volveré a Salzburgo en condiciones. Le debo una visita en la que pueda caminar sus calles sin fiebre, sentarme en una terraza sin escalofríos y subir a la fortaleza andando. Hasta entonces, me quedo con la imagen borrosa pero real de una ciudad que, incluso vista desde la enfermedad, dejó claro que merece mucho más tiempo del que le dimos.

Día 8. Chiemsee, llegada a Múnich y visita al médico¶
Si alguien me hubiera dicho antes del viaje que el día 8 incluiría un castillo de cuento por la mañana y una jeringuilla de cortisona por la tarde, probablemente habría negociado el orden. Pero así fue.
Chiemsee: el mar de Baviera
Salimos de Salzburgo temprano con rumbo al Chiemsee, el lago más grande de Baviera. Los alemanes lo llaman cariñosamente "das Bayerische Meer" — el Mar de Baviera — y cuando lo ves entiendes por qué: casi ochenta kilómetros cuadrados de superficie, y en un día claro su extensión azul rodeada de montañas da la impresión de un pequeño mar interior. No tiene ese color turquesa imposible del agua de alta montaña, pero tiene un encanto más sereno, más doméstico.
El lago tiene varias islas, y nuestro objetivo era la Herreninsel — la isla de los caballeros — donde se encuentra el último gran castillo de Luis II de Baviera: el Schloss Herrenchiemsee. Tomamos el barco desde Prien am Chiemsee y cruzamos hasta la isla en un trayecto corto, con el lago extendiéndose en todas direcciones y las montañas como telón de fondo.
Herrenchiemsee: noventa y ocho metros de espejo por encargo real
Si Neuschwanstein fue el castillo que abrió este viaje, Herrenchiemsee fue el que lo cerró. Y hay algo de justicia en eso, porque este palacio representa la culminación de la obsesión de Luis II: construir una réplica exacta del Palacio de Versalles. No una inspiración ni un homenaje, sino una copia literal del palacio de Luis XIV, el Rey Sol francés al que el monarca bávaro idolatraba.
Luis II compró la isla entera en 1873 específicamente para el proyecto, y las obras comenzaron en 1878. El palacio iba a reproducir Versalles a escala completa, con todos sus salones, galerías y jardines. Pero como ocurre con casi todo lo relacionado con Luis II, la realidad se quedó a medias: el rey murió en circunstancias misteriosas en 1886 — oficialmente se ahogó en el lago Starnberg, aunque las teorías conspirativas siguen vivas — y el palacio quedó sin terminar. Solo se completaron unas veinte de las setenta habitaciones previstas.
Las que sí se terminaron son descomunales. La Galería de los Espejos de Herrenchiemsee mide 98 metros, lo que la hace más larga que la original de Versalles — 73 metros — y tiene 33 candelabros de cristal y más de 2.000 velas. Cuando entras en esa sala la primera reacción es de incredulidad. Es excesivo, desproporcionado, completamente innecesario para cualquier propósito práctico. Luis II solo pasó nueve noches en este palacio antes de su muerte. Nueve noches en un lugar que arruinó las arcas del reino.
Los jardines también imitan Versalles, con fuentes que funcionan según horario. Aunque no están del todo terminados, dan una idea bastante precisa de lo que Luis II tenía en mente. El tipo no hacía las cosas a medias.
Visitar Herrenchiemsee después de Neuschwanstein, Hohenschwangau y Linderhof da una perspectiva muy completa de la mente de Luis II. Cada castillo es diferente en estilo, pero todos comparten esa mezcla de belleza y despilfarro, de sueño romántico llevado hasta sus últimas consecuencias. Estaba claramente desconectado de la realidad, pero hay que admitir que esa desconexión produjo algunos de los edificios más extraordinarios de Europa.
La vuelta y el camino a Múnich
Volvimos en barco a tierra firme y cogimos el coche rumbo a Múnich. Unos 90 kilómetros de autopista bávara, nada del otro mundo después de las carreteras alpinas de los días anteriores. Pero yo estaba cada vez peor. La fiebre no bajaba, me dolía todo el cuerpo, y la garganta se había cerrado hasta el punto de que tragar era un ejercicio de voluntad. Mi hermano insistió en que teníamos que buscar un médico nada más llegar a Múnich, y esta vez no discutí.
Turismo médico en Múnich
Llegamos a Múnich a primera hora de la tarde. Lo primero que hicimos fue preguntar en recepción dónde había una clínica cercana. Nos indicaron una consulta no muy lejos y allí fuimos.
La experiencia fue curiosamente eficiente, como casi todo en Alemania. El médico me examinó, confirmó lo que yo ya sospechaba — una infección que llevaba días gestándose — y procedió a recetarme antibióticos y a ponerme un pinchazo de cortisona para acelerar la recuperación. El pinchazo dolió lo suyo, pero la perspectiva de poder disfrutar los últimos días del viaje sin sentirme morir merecía cualquier aguja.
Con la tarjeta sanitaria europea el trámite fue relativamente sencillo, aunque tuve que adelantar el pago y guardar los recibos para reclamar después. Compramos los antibióticos en una farmacia cercana y volví al alojamiento.
Recuento del día
Unos 170 kilómetros en total entre Salzburgo, el Chiemsee y Múnich. Me acosté pronto, con la primera dosis de antibiótico en el estómago y el pinchazo de cortisona circulando en algún lugar de mi organismo.
Es curioso cómo el día combinó la grandiosidad absurda de Herrenchiemsee con la prosaica realidad de un consultorio médico alemán. Pero así son los viajes de verdad: no todo son vistas de montaña. A veces incluyen termómetros, recetas y pinchazos. Y aun así, incluso esos días tienen su historia.

Día 9. Múnich: la capital bávara a pie¶
Me desperté y algo había cambiado. La fiebre había bajado considerablemente durante la noche — benditos antibióticos, bendita cortisona, bendita medicina moderna — y por primera vez en tres días sentí que podía enfrentarme al mundo sin que el mundo me diera vueltas. No estaba al cien por cien, pero la diferencia era abismal. Mi hermano lo notó en el desayuno: por fin me terminé el café sin hacer muecas. Teníamos Múnich por delante y la íbamos a aprovechar.
Marienplatz: el Glockenspiel de las once en punto
Cualquier visita a Múnich empieza en la Marienplatz, y la nuestra no fue la excepción. Es la plaza central de la ciudad desde su fundación en 1158, y hoy sigue siendo el punto neurálgico alrededor del cual gira todo. La domina el Neues Rathaus, el Nuevo Ayuntamiento, un edificio neogótico construido entre 1867 y 1909 que ocupa toda la fachada norte con una presencia casi intimidante: pináculos, gárgolas, estatuas y detalles ornamentales en cada centímetro de fachada.
Lo que congrega a las multitudes cada día es el Glockenspiel, el carillón del ayuntamiento que suena a las 11 y a las 12 — y en verano también a las 17h —. Durante unos quince minutos, las figuras mecánicas representan dos escenas históricas: un torneo de caballeros de 1568 celebrado por la boda del duque Guillermo V, y la danza de los toneleros, que conmemora el fin de la peste de 1517. Llegamos justo para la función de las 11 y nos encontramos con cientos de turistas con el cuello doblado hacia arriba y el móvil en alto. Las figuras giran, los caballeros justan, los toneleros bailan, y al final un gallo mecánico canta tres veces marcando el cierre. No es espectacular, pero tiene esa pátina de tradición que lo hace simpático.
La Residenz: ciento treinta salas que nadie menciona suficiente
Desde la Marienplatz caminamos hasta la Residenz, el palacio real de los reyes de Baviera. Merece más reconocimiento del que suele recibir. Es el palacio urbano más grande de toda Alemania, construido y ampliado a lo largo de cinco siglos — del XIV al XIX —, y fue la sede del poder de los Wittelsbach, la dinastía que gobernó Baviera durante más de setecientos años.
El complejo tiene más de 130 salas abiertas al público, distribuidas en varios edificios que rodean una sucesión de patios interiores. Lo más impresionante es el Antiquarium, una sala renacentista de casi 70 metros de largo construida entre 1568 y 1571, con bóvedas pintadas al fresco y una colección de bustos clásicos — la sala renacentista más grande al norte de los Alpes. Entrar en ese espacio sin haberlo visto antes tiene su efecto.
Recorrimos una buena parte de las salas — no todas, porque serían necesarias horas —, pasando por salones barrocos, capillas rococó, habitaciones neoclásicas y galerías llenas de retratos de Wittelsbach con cara de circunstancias. Cada habitación tiene un estilo diferente porque cada generación añadió o reformó algo según los gustos de su época.
Frauenkirche: la huella del diablo en el suelo de entrada
La Frauenkirche — la Catedral de Nuestra Señora — es probablemente el edificio más reconocible de Múnich junto con el ayuntamiento. Sus dos torres de ladrillo rojo coronadas por cúpulas bulbosas de color verde cobrizo son el símbolo de la ciudad, y hay una normativa que prohíbe construir edificios más altos que sus 99 metros dentro del centro urbano. Es una iglesia gótica tardía del siglo XV, austera por fuera pero sorprendentemente luminosa por dentro, con capacidad para unas 20.000 personas de pie.
Hay una leyenda asociada a la catedral que nos contó un guía que andaba por allí: según la tradición, el diablo visitó la iglesia recién terminada y, al no ver ninguna ventana desde la entrada — un efecto óptico por la disposición de las columnas —, se echó a reír creyendo que el arquitecto había construido una iglesia sin luz. Pisó el suelo con fuerza en señal de triunfo, dejando una huella que supuestamente sigue visible en el pavimento de la entrada. Lo de la huella la vimos. Lo del diablo queda a discreción de cada uno.
Viktualienmarkt: Weisswurst antes del mediodía
A media mañana nos desviamos al Viktualienmarkt, el mercado de abastos de Múnich, que lleva funcionando en el mismo lugar desde 1807. Es un mercado al aire libre con puestos de frutas, verduras, quesos, embutidos, flores, especias y prácticamente cualquier producto gastronómico que puedas imaginar. En el centro hay un Biergarten bajo la sombra de unos castaños enormes donde los muniqueses se sientan a tomar una cerveza con un pretzel a cualquier hora con una naturalidad admirable.
Paramos a comer: salchichas Weisswurst — las típicas salchichas blancas de Múnich que, según la tradición, solo se comen antes del mediodía — con mostaza dulce y un bretzel del tamaño de la cabeza. Sencillo, contundente, perfecto. El apetito había vuelto con ganas y lo notamos.
Englischer Garten: surfistas en el centro de Múnich
Después de comer caminamos hacia el Englischer Garten, el Jardín Inglés, uno de los parques urbanos más grandes del mundo. Con sus 375 hectáreas es más grande que el Central Park de Nueva York y que el Hyde Park de Londres, y los muniqueses lo usan con una intensidad que resulta envidiable: ciclistas, corredores, familias, grupos jugando al fútbol, gente tomando el sol en las praderas.
La atracción estrella del Englischer Garten, al menos para nosotros, fue la ola del Eisbach. En el extremo sur del parque, donde el canal Eisbach entra en el jardín, se forma una ola estacionaria artificial donde surfistas hacen cola para lanzarse con sus tablas y surfear durante unos segundos antes de dejarse arrastrar por la corriente. Es un espectáculo hipnótico y ligeramente surrealista: surfistas en neopreno en pleno centro de Múnich, a cientos de kilómetros del mar más cercano, surfeando una ola de río con una habilidad asombrosa. Nos quedamos un buen rato mirando desde el puente, como el resto de los curiosos.
Odeonsplatz y el barrio de los museos
La tarde la dedicamos a caminar por la zona de Odeonsplatz, presidida por la Feldherrnhalle — un monumento neoclásico que imita la Loggia dei Lanzi de Florencia — y flanqueada por la iglesia de los Teatinos con su fachada amarilla. Es una zona elegante, con edificios señoriales y ese aire de capital con historia que Múnich lleva con naturalidad.
Desde allí nos acercamos al Kunstareal, el barrio de los museos, donde se concentran algunas de las pinacotecas más importantes de Europa. La Alte Pinakothek alberga maestros antiguos: Durero, Rubens, Rafael, Rembrandt. La Neue Pinakothek — parcialmente en obras — se centra en el arte del XIX. Y la Pinakothek der Moderne abarca arte del siglo XX, diseño y arquitectura. No entramos en las tres — habría sido imposible en una tarde —, pero sí en la Alte Pinakothek, donde vimos algunas salas.
Múnich sin coche y sin fiebre
Terminamos el día agotados pero en un agotamiento distinto al de los días anteriores: el de haber caminado mucho, no el de haber estado enfermo. Múnich se recorre bien a pie — es grande pero manejable — y tiene esa mezcla particular de tradición bávara y modernidad europea que la hace distinta a Berlín o a cualquier otra ciudad alemana. Tiene personalidad propia: cervecera, orgullosa de su identidad regional, con ese punto de opulencia tranquila que se nota en los edificios y en cómo la gente ocupa el espacio público.
No condujimos ni un kilómetro. El coche descansó en el aparcamiento y nosotros pateamos las calles hasta que las piernas dijeron basta. Después de tres días de fiebre, poder terminar el día con los pies cansados por haber andado mucho — y no por haberme tambalea entre monumentos — fue la mejor señal posible.

Día 10. Deutsches Museum y vuelta a casa¶
Último día. Teníamos el vuelo a las siete de la tarde, así que la mañana era nuestra. Mi hermano tenía el plan claro: Deutsches Museum por la mañana, comer algo en el centro, coche al aeropuerto. Sencillo, sin prisas pero sin pausa.
Último paseo por la Marienplatz
Antes del museo salimos a dar una vuelta por el centro. Múnich a primera hora de la mañana de un sábado de agosto tiene un ritmo particular: los panaderos ya están abiertos, los repartidores van y vienen, y la ciudad empieza a desperezarse con esa calma que precede al bullicio turístico del mediodía. Pasamos de nuevo por la Marienplatz, esta vez sin las masas del día anterior, y pudimos ver los detalles de la fachada del ayuntamiento con más calma. Tomamos un café en una de esas cafeterías que llevan décadas en el mismo sitio y donde el camarero sirve con una eficiencia marcial que resulta reconfortante.
Es curioso cómo los últimos días de un viaje hacen mirar las cosas con más atención, como si supieras que estás en los últimos compases. Cada fachada, cada esquina, cada olor a pretzel recién hecho se convierte en un pequeño detalle que quieres no olvidar.
Deutsches Museum: la ciencia y la técnica en una isla del Isar
El Deutsches Museum es, según las cifras, el museo de ciencia y tecnología más grande del mundo. Fundado en 1903 por el ingeniero Oskar von Miller, ocupa una isla entera en el río Isar — la Museumsinsel — y alberga unas 28.000 piezas que cubren prácticamente todos los campos del conocimiento técnico imaginables: minería, aeronáutica, navegación, telecomunicaciones, instrumentos musicales, energía, informática, física, química, astronomía. La lista no tiene un final claro.
Para visitarlo entero necesitarías varios días completos. Nosotros teníamos unas tres horas, así que hicimos lo que hace cualquier persona sensata: una selección brutal de las secciones que más nos interesaban.
La sección de aeronáutica y astronáutica es probablemente la más espectacular: aviones reales colgados del techo, réplicas de cohetes, cápsulas espaciales, motores de reacción seccionados para ver sus tripas. Hay un Junkers Ju 52 original, aviones de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y prototipos de todo tipo.
La sección de navegación tiene maquetas de barcos a escala que son obras de arte en sí mismas, además de un submarino real al que puedes entrar. La sección de minería reproduce una mina subterránea a tamaño real, con galerías, vagonetas y maquinaria original — tan realista que durante un momento olvidas que estás en un museo y no a doscientos metros bajo tierra.
Lo que más me llamó la atención, por deformación profesional quizá, fue la sección de telecomunicaciones y computación: los primeros ordenadores, las primeras centralitas telefónicas, telégrafos originales y una línea cronológica de la tecnología de la información que pone en perspectiva la velocidad a la que ha cambiado el mundo en apenas un siglo.
Salimos del museo con la sensación de haber arañado la superficie. Es uno de esos lugares a los que podrías volver cinco veces y seguir descubriendo secciones nuevas. Si alguien visita Múnich y tiene el más mínimo interés por la ciencia o la tecnología, este museo debería estar en los primeros puestos de la lista.
Codillo y cerveza de despedida
Comimos en el centro, cerca del Viktualienmarkt, en un local que servía cocina bávara sin pretensiones. Una última cerveza muniquesa para cerrar el viaje, como punto final gastronómico de diez días en los que habíamos probado de todo: cocina bávara, austriaca, tirolesa, con sus codillos, sus Schnitzels, sus Käsespätzle y sus salchichas de todos los calibres.
El coche devuelto, el viaje cerrado
Recogimos las cosas del alojamiento, cargamos el coche y pusimos rumbo al aeropuerto de Múnich, a unos 40 kilómetros al noreste de la ciudad. Devolvimos el coche de alquiler — nuestro compañero durante 1.300 kilómetros de carreteras alpinas, autopistas sin límite, puertos de montaña y caminos secundarios — y nos dirigimos a la terminal.
Hay un momento, cuando devuelves el coche de alquiler y entregas las llaves, que marca simbólicamente el final de un viaje por carretera. Mientras tienes el coche, todavía hay posibilidad de una desviación, una parada imprevista, un cambio de planes. Cuando lo devuelves, el viaje ha terminado oficialmente.
El vuelo salió puntual a las siete de la tarde. Desde la ventanilla vi los Alpes por última vez, recortándose contra el cielo del atardecer. Llegamos a Loiu ya de noche.
Estábamos de vuelta en Bilbao. El viaje había terminado.

Alemania y Austria: Alpes, castillos y carreteras de vértigo¶
Reflexiones finales del viaje
Han pasado unas semanas desde que volvimos y creo que ya tengo la distancia suficiente para hacer balance. Diez días en coche por el sur de Alemania y el Tirol austriaco, con mi hermano de copiloto y planificador jefe, y yo de chófer oficial. Un reparto de roles que funcionó mejor de lo que ninguno de los dos habría imaginado.
Los números del viaje
Empiezo por lo tangible, porque me gustan los datos. En total estimamos que recorrimos entre 1.200 y 1.300 kilómetros en diez días, distribuidos más o menos así:
- Día 1 (Múnich - Füssen): ~130 km. Autopista hasta los castillos de Luis II.
- Día 2 (Füssen - Garmisch-Partenkirchen): ~60 km. Carreteras bávaras con vistas a los Alpes.
- Día 3 (Garmisch - Innsbruck): ~60 km. Cruce de frontera a Austria por carreteras de montaña.
- Día 4 (Innsbruck - Grossglockner - Hallstatt): ~300 km. La jornada más larga y más exigente, con el Grossglockner incluido.
- Día 5 (Hallstatt y alrededores): ~30 km. Día tranquilo junto al lago.
- Día 6 (Hallstatt - Salzburgo): ~80 km. Llegada a Salzburgo por la tarde.
- Día 7 (Salzburgo): ~10 km. Prácticamente todo a pie, con fiebre.
- Día 8 (Salzburgo - Chiemsee - Múnich): ~170 km. Lago, castillo y visita al médico.
- Día 9 (Múnich): 0 km. Todo a pie.
- Día 10 (Múnich - Aeropuerto): ~40 km. Museo y vuelta a casa.
Son números modestos si se comparan con un viaje por Estados Unidos, pero la diferencia está en el tipo de kilómetros. Conducir por una autopista recta es una cosa; conducir por carreteras alpinas con curvas de herradura, pendientes del 12%, túneles oscuros y precipicios a un lado es otra completamente diferente. Cada kilómetro de montaña equivale a tres de autopista en términos de concentración y cansancio. Y lo digo yo, que vengo de Bilbao y estoy acostumbrado a conducir por terreno montañoso, aunque las cuestas de Artxanda no tienen nada que ver con los pasos alpinos.
La planificación de mi hermano
Tengo que dedicarle un párrafo a mi hermano, porque sin su planificación este viaje habría sido imposible. No solo eligió los destinos, reservó los alojamientos y diseñó el itinerario día a día, sino que lo hizo con un criterio impecable. Cada jornada tenía un ritmo lógico: madrugón para las visitas principales, paradas intermedias para descansar, alojamiento reservado con margen para llegar sin agobios. Nunca nos sentimos apurados ni perdidos.
Ser el chófer a cambio de un viaje así fue, sin duda, el mejor trato que he hecho en mi vida. Yo ponía las manos en el volante, él ponía todo lo demás.
Los castillos de Luis II
Si hay un hilo conductor en este viaje, ese es Luis II de Baviera y sus castillos imposibles. Visitamos cuatro: Neuschwanstein, Hohenschwangau, Linderhof y Herrenchiemsee. Cada uno es diferente en estilo y ambición, pero todos comparten la marca inconfundible de un hombre que vivía más en sus fantasías que en la realidad.
Neuschwanstein es el más famoso y el más espectacular por su ubicación, encaramado en un peñasco como sacado de un cuento de hadas — literalmente, porque fue la inspiración para el castillo de Disney —. Linderhof es el más íntimo, un capricho rococó escondido entre montañas con grutas artificiales incluidas. Y Herrenchiemsee es el más megalómano: la réplica inacabada de Versalles que resume a la perfección la ambición desmesurada del rey. Luis II pasó nueve noches allí antes de morir. Nueve noches en un palacio que arruinó las arcas del reino.
Luis II estaba loco, no cabe duda. Pero su locura produjo belleza, y eso no se puede decir de muchos locos. Arruinó las finanzas de Baviera, se aisló del mundo, murió en circunstancias nunca esclarecidas con solo 40 años, y dejó un legado arquitectónico que hoy genera millones en turismo. La ironía definitiva.
El techo de Alemania con nieve bajo los pies
Hay imágenes del viaje que no se borran. Una es tocar nieve en agosto a 2.962 metros de altitud en el Zugspitze, el pico más alto de Alemania. La cima estaba envuelta en niebla y no pudimos ver el panorama que prometía el mirador — en días claros se distinguen los Alpes bávaros, austríacos e italianos —, pasamos frío, y el teleférico me puso los nervios de punta. Pero estar allí arriba, en el techo de Alemania, con nieve bajo los pies en agosto y el aire cortante de la alta montaña, es algo que no se olvida fácilmente.
Y luego está el Grossglockner. Esa carretera inaugurada en 1935 — construida en plena Gran Depresión por 3.200 trabajadores — es una experiencia en sí misma: 48 kilómetros, curvas de herradura, glaciares, cascadas y un paisaje que cambia cada cien metros de altitud. Conducir por la Grossglockner Hochalpenstrasse fue probablemente lo más exigente y lo más gratificante de todo el viaje al volante.
Hallstatt: el lugar del viaje
Si tuviera que elegir un solo lugar de todo el viaje, elegiría Hallstatt sin dudarlo. Ese pueblo diminuto asomado al lago, con sus casas apiladas en la ladera, sus reflejos en el agua, su silencio roto solo por el sonido de las campanas y algún barco a lo lejos. Habitado desde hace más de siete mil años, tan importante para la arqueología que un período entero de la prehistoria europea lleva su nombre, y en 2012 copiado edificio por edificio por una empresa china en la provincia de Guangdong. No es habitual que un pueblo genere tanto apego simultáneo en continentes distintos.
Hallstatt tiene algo que los castillos de Luis II, con toda su grandiosidad, no tienen: autenticidad. No es un decorado construido para impresionar, sino un lugar que es hermoso porque la geografía, la historia y el azar lo han hecho así. Y eso, al final, es lo que más impresiona.
Salzburgo: una deuda pendiente
Tengo que ser honesto: Salzburgo probablemente es una ciudad mucho mejor de lo que yo recuerdo. La visité con fiebre, agotado, y mis recuerdos tienen esa calidad borrosa de las cosas vividas a medias. Sé que es preciosa — las fotos lo confirman —, sé que la fortaleza tiene unas vistas extraordinarias desde sus casi mil años de historia, sé que la Getreidegasse es encantadora. Pero no puedo decir que la disfrutamos como merecía.
Algún día volveremos a Salzburgo. Le debemos una segunda oportunidad para pasear sus calles sin termómetro en el bolsillo. Hasta entonces, queda registrado que la culpa no fue de la ciudad sino de mi cuerpo, que eligió el peor momento posible para protestar.
Conducir por Europa: algunas lecciones
Diez días al volante por Alemania y Austria dejan algunas lecciones prácticas. Las autopistas alemanas sin límite de velocidad son tan emocionantes como dicen, pero también exigen una atención constante que agota. Las carreteras austriacas de montaña son obras de ingeniería impresionantes, pero conducirlas requiere concentración y confianza en el coche. Los peajes en Austria funcionan con viñetas que compras en gasolineras y pegas en el parabrisas — algo que descubrimos justo a tiempo antes de cruzar la frontera —. Y aparcar en Salzburgo o Múnich es caro y complicado, como en cualquier ciudad europea.
Pero la libertad que da un viaje en coche no la ofrece ningún otro medio de transporte. Poder parar donde quieras, desviarte por un camino que te llama la atención, ajustar el ritmo a tu estado de ánimo, llevar la maleta en el maletero sin preocuparte por pesos ni tamaños. En una zona como los Alpes, donde cada curva del camino es una postal nueva, la ventaja es aún más evidente.
Balance final
Fue un gran viaje. No fue perfecto — la enfermedad se encargó de eso —, pero precisamente las imperfecciones le dan carácter. Un viaje sin ningún contratiempo es un viaje sin historia, y este tuvo historia de sobra: castillos de un rey loco, nieve en agosto a casi tres mil metros, un lago que da nombre a una era prehistórica, una fortaleza vista con fiebre, un médico alemán con una jeringuilla de cortisona, y cientos de curvas de herradura por las carreteras más bonitas que hemos recorrido.
A mi hermano: gracias por la planificación, la paciencia, y por no quejarte demasiado de mi conducción en las curvas del Grossglockner. A mi cuerpo: la próxima vez, espera a que vuelva a casa para ponerte enfermo. Y a los Alpes: volveremos.










