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Vista de Barcelona encajada entre las medianeras de dos edificios de una calle en cuesta, con la Sagrada Familia y sus grúas en el centro, los tejados extendiéndose hasta el puerto y el mar cerrando el horizonte.

Diarios de viaje · España · Barcelona · Tarragona

Barcelona en tiempos de pandemia

Este diario recoge las experiencias de un viaje de cuatro días a Barcelona en septiembre de 2020, en plena crisis sanitaria. Un recorrido que comenzó en un aeropuerto casi vacío y me llevó a redescubrir una ciudad transformada, sin las habituales masas turísticas. En esta ocasión trato de documentar no solo lugares, sino también las sensaciones de viajar en un momento histórico excepcional.

4 días Lectura de 20 minutos

Origen del viaje en un mundo sin COVID

Los billetes que sobrevivieron al confinamiento

A finales de 2019 compré unos billetes para ver a mis amigos en Barcelona en marzo de 2020. Temporada baja, precios razonables, ganas de pasar unos días con ellos y con su hija. Sin más complicación que esa.

En enero empezaron a llegar noticias de un virus en China. En febrero el murmullo se hacía más audible pero todavía sin consecuencias concretas. El 14 de marzo se declaró el estado de alarma en España y el vuelo quedó cancelado, como prácticamente todo lo demás.

La decisión de cambiar fecha

Vueling, como otras aerolíneas, ofreció la posibilidad de cambiar las fechas sin penalización. La alternativa era pedir el reembolso y olvidarse del asunto. Tras hablarlo con mis amigos, decidimos mover el viaje a septiembre. En aquel momento, seis meses parecían más que suficientes para que las cosas se estabilizaran. Las predicciones más pesimistas de entonces quedaban muy por debajo de lo que resultó.

Durante los meses de confinamiento las videollamadas con ellos se volvieron más frecuentes. Compartíamos la experiencia desde ciudades distintas mientras esperábamos que esto tuviera algún final claro.

Septiembre no era la fecha segura que imaginamos

Cuando agosto avanzaba, los rebrotes empezaron a desmentir el optimismo del verano. Septiembre ya no era aquella fecha lejana y tranquilizadora de marzo, sino un momento con sus propias incertidumbres: restricciones de movilidad, normativas cambiantes, aforos limitados en museos y transporte.

Decidimos mantener el plan. El alojamiento sería en casa de ellos, lo que eliminaba la variable del hotel. Las actividades al aire libre eran perfectamente viables. Y la situación en el País Vasco y en Cataluña era relativamente estable en ese momento, dentro de lo que cabía esperar.

El equipaje incluyó mascarillas de sobra, gel y atención a la normativa vigente, que tenía la costumbre de cambiar con poca antelación. Más que planificación, lo que hacía falta era flexibilidad.

Ala de avión al atardecer vista desde la ventanilla

Día 1. La llegada a una Barcelona diferente

El vuelo Bilbao-Barcelona de las 7:00 con Vueling aterrizó poco después de las 8:00. El aeropuerto del Prat, habitualmente ruidoso y atestado, tenía pasillos casi vacíos, tiendas cerradas y la mayoría de salidas acordonadas. El flujo de pasajeros salientes se canalizaba directamente hacia el parking o el transporte público.

Mi plan habitual era tomar Rodalies desde la T2. La terminal estaba cerrada. Tomé el metro, más caro desde el aeropuerto pero la única opción real. El personal con mascarillas y pantallas protectoras, las marcas de distanciamiento en el suelo, el silencio en el que normalmente sería un espacio frenético. El contraste resultaba difícil de ignorar.

La terraza con vistas al Hospital de Sant Pau

Me fui directamente a casa de mis amigos, en el barrio de Gràcia, a pocos minutos andando del Hospital de Sant Pau. Llegué, dejé la mochila y salimos a la terraza a comer.

El Hospital de Sant Pau ocupa un conjunto de pabellones proyectado por Lluís Domènech i Montaner entre 1902 y 1930, declarado Patrimonio de la Humanidad. Desde la terraza se ve bien: ladrillo visto, cúpulas con cerámica de colores, torres con ornamentos de piedra. Domènech i Montaner lo diseñó como una ciudad hospital, con los pabellones conectados por galerías subterráneas y separados entre sí para facilitar la ventilación y la luz natural. Cada pabellón tiene su propia decoración escultórica. No es un hospital que parezca un hospital, sino algo que podría confundirse con un parque o con un recinto medieval. Hace décadas que dejó de funcionar como tal y hoy es un centro cultural y sede de algunas instituciones internacionales.

Comer ahí arriba, mirando los pabellones bajo el sol de septiembre, fue el mejor arranque posible del viaje. Teníamos mucho de lo que ponernos al día.

Vista panorámica de Barcelona desde una zona elevadaPanorámica de Barcelona con edificios y el mar al fondo
Las magnificas vistas desde la terraza de mis amigos

Primera tarde en Montjuïc

Por la tarde fuimos los cuatro a Montjuïc: mis amigos, su hija de cinco años y yo. Buen tiempo, espacio de sobra, poca gente. Montjuïc tiene la ventaja de ser grande: aunque hay zonas más concurridas, siempre hay un camino o un jardín donde puedes caminar sin rozarte con nadie.

La montaña acumuló historia en capas. Los romanos ya usaban el cerro para enterrar a sus muertos. En el siglo XVII se construyó el castillo. En 1929 llegó la Exposición Internacional, que dejó el Palacio Nacional donde hoy está el MNAC, los pabellones de la avenida de la Reina María Cristina y la Font Màgica. En 1992, los Juegos Olímpicos. Ahora conviven en el mismo espacio el MNAC, la Fundació Joan Miró, el Teatre Grec, el Castillo y varios jardines que van desde los formales Jardins Laribal hasta los más salvajes de la cara norte.

Paseamos por los Jardins de Joan Brossa y el Teatre Grec. La niña corría por delante, subía a las rocas, investigaba cada cosa que encontraba en el camino. La ciudad se veía abajo, extendida hasta el mar. Las restricciones pandémicas no cambiaban mucho esta parte: Montjuïc al aire libre funciona igual, o mejor, con menos gente.

Estanque rodeado de césped y árboles en un parqueFlor naranja en primer planoCamino de un parque junto a un estanquePersonas paseando junto a un estanque de un parque
Disfrutando Montjuïc

Cena en la terraza

La vuelta fue tranquila. La niña llegó agotada y en poco tiempo estaba dormida. Cenamos en la terraza otra vez, los adultos solos, con el Hospital de Sant Pau iluminado abajo. De noche los pabellones tienen otro aspecto: la cerámica de las cúpulas capta cualquier luz que haya y los detalles escultóricos se recortan contra el cielo de manera diferente a como se ven de día. Seguimos hablando hasta tarde, haciendo planes para los días siguientes.

Iglesia y plaza de una localidad histórica

Día 2. Exploración matutina y excursión a Tarragona

El sábado me desperté antes que nadie y salí a caminar. Subí hasta el Búnker del Carmel, que supone un ascenso exigente pero con recompensa a la vista en cada curva.

El Búnker del Carmel al amanecer

El Búnker es un emplazamiento antiaéreo construido en 1937 para defender Barcelona de los bombardeos durante la Guerra Civil. Las baterías antiaéreas quedaron en desuso y el cerro se fue convirtiendo en un barrio informal que hoy forma parte del Carmel. Hace unos años el ayuntamiento recuperó el espacio y habilitó el acceso al mirador.

A primera hora no había casi nadie. La ciudad se veía entera, con el Mediterráneo al fondo. La Sagrada Família salía perfecta desde arriba, junto a la Torre Agbar y las torres gemelas de la Vila Olímpica. La luz del amanecer iluminaba los edificios por el lado que normalmente no ves desde la calle. En tiempos normales hay que madrugar mucho para encontrar este sitio con pocas personas; en septiembre de 2020 bastaba con llegar antes de las ocho.

Sendero entre pinos con vistas a BarcelonaZona ajardinada con árboles y un caminoVista panorámica de Barcelona desde una colina
Vistas desde la subida al Búnker del Carmel

Excursión a tierras tarraconenses

De vuelta encontré a la familia desayunando. Preparé bocadillos y fruta para el camino. Nos pusimos en marcha en coche hacia el interior de Cataluña, dirección Tarragona.

La autopista atraviesa viñedos y pinedas hasta que el paisaje se vuelve más abierto y seco. La conversación en el coche mezclaba planes con el entusiasmo de la niña, que conocía algunos de los sitios que íbamos a ver por las salidas del colegio.

L'Espluga de Francolí

La primera parada fue L'Espluga de Francolí, un municipio medieval junto al río Francolí. Tiene casco antiguo con calles empedradas y la iglesia de Sant Miquel, pero lo que lo distingue es la Cova de la Font Major, una de las cuevas habitadas más antiguas y extensas de Cataluña, con más de 3.600 metros de galería y presencia humana documentada desde el Paleolítico. Las visitas estaban suspendidas por las restricciones, así que nos quedamos en el exterior.

Comimos los bocadillos en un pequeño parque junto al río. La sombra, el agua y el silencio del mediodía hacían el sitio especialmente agradable. La opción de comer fuera no era solo cómoda: evitar los espacios cerrados era la práctica habitual del viaje.

Calle estrecha de un casco históricoTorre de piedra entre edificios históricosEscultura de figuras religiosas frente a un paisaje ruralPlaza con iglesia y edificios históricos
L'Espluga de Francolí

El Monasterio de Poblet

La siguiente parada fue el Real Monasterio Cisterciense de Santa María de Poblet, Patrimonio de la Humanidad desde 1991. Fundado en 1150 por monjes cistercienses llegados de Francia, creció hasta convertirse en uno de los monasterios más poderosos de la Corona de Aragón.

Las murallas exteriores son de escala casi militar. Dentro hay tres recintos sucesivos antes de llegar al núcleo monástico. La iglesia abacial, de estilo gótico cisterciense —austero por principio de la regla, sin ornamentos superfluos—, alberga en el crucero los sepulcros reales de la Corona de Aragón. Las tumbas de Jaime I y Pedro IV el Ceremonioso descansan sobre arcos en ambos lados del crucero, restauradas en el siglo XX después de la destrucción de 1835 durante la Desamortización. El claustro, con su fuente central y sus galerías de arcos apuntados, da la medida del sitio: construido para durar, no para impresionar.

Lo que hace diferente Poblet de otros monasterios históricos es que sigue en funcionamiento. Una comunidad de monjes cistercienses vive y trabaja allí. Las medidas pandémicas reducían el aforo y limitaban el recorrido, lo que paradójicamente facilitaba pararse en cada espacio sin el empuje del grupo siguiente.

Iglesia de piedra en una plaza históricaFuente de piedra en el claustro de un monasterioInterior de un claustro con bóvedas de piedraInterior de una iglesia con bóvedas y vidrierasInterior de una nave de piedra con arcos apuntadosClaustro ajardinado de un monasterioSala interior de un edificio histórico con grandes puertasGalería abovedada de piedra iluminada por ventanas
Real Monasterio Cisterciense de Santa María de Poblet

Montblanc

La última parada fue Montblanc, una villa medieval con muralla prácticamente intacta. Construida entre 1366 y 1370 bajo el reinado de Pedro IV el Ceremonioso, el perímetro supera los 1.500 metros con 30 torres y varios portales de acceso. Es una de las murallas medievales mejor conservadas de Cataluña, no como ruina sino como estructura completa que todavía define la forma del casco histórico.

Mientras mis amigos se quedaban con la niña en un parque, recorrí el interior a mi ritmo. La Plaza Mayor tiene porches medievales y edificios que van del gótico al renacimiento. La iglesia de Santa María la Mayor, iniciada en el siglo XIII, tiene la fachada y el rosetón que dan idea de la prosperidad que tuvo la villa en su momento. Las calles estrechas llevan a conventos, palacios y a puntos desde donde se puede subir al adarve y ver el paisaje de viñedos y pinedas que rodea la ciudad por todos los lados.

Montblanc está ligada a la leyenda de Sant Jordi: según la tradición, aquí fue donde el caballero mató al dragón para liberar a la princesa. La villa celebra unas fiestas medievales que en 2020 no se pudieron hacer.

Calle tranquila con casas tradicionalesCalle porticada de un casco históricoVista de una localidad histórica desde una colinaPanorámica de una localidad y las montañas del entornoEstatua en un parque al atardecerEdificio histórico de piedra en una calle del casco antiguo
Montblanc

De vuelta a Barcelona

El regreso fue con la niña dormida en el asiento de atrás y la tarde cayendo sobre los campos. En casa, cenamos en la terraza otra vez. El balance del día era bueno: tres sitios distintos, ninguno de ellos en la lista habitual del turismo de Barcelona, y todos con algo propio que justificaba la excursión.

Campo abierto con vegetación y montañas al fondo

Día 3. Naturaleza urbana y Delta del Llobregat

El domingo repetí la rutina de madrugar. Esta vez en lugar del Búnker me fui hacia la parte alta del Park Güell y el barrio del Carmel, una zona menos concurrida que la sección monumental del parque y que permite moverse con más libertad.

El Carmel y el Park Güell al margen de las colas

El barrio del Carmel creció en las laderas de la colina durante las décadas de migración interior hacia Barcelona de los años 50 y 60. La trama urbana refleja ese origen: calles estrechas que suben en zigzag, escaleras que conectan niveles, miradores improvisados en esquinas donde la ciudad aparece de repente entre las casas. No es un barrio pensado para visitantes, y eso lo hace más interesante de recorrer.

La parte alta del Park Güell, fuera de la zona de pago, tiene senderos entre pinares mediterráneos, estructuras de piedra que Gaudí integró en el terreno sin forzar el paisaje, y vistas sobre la ciudad que cambian con la orientación. Gaudí concibió el parque como una urbanización de lujo para sesenta parcelas privadas. Solo se construyeron dos casas. El proyecto fracasó comercialmente y el Ayuntamiento lo compró en 1926. Lo que quedó es un parque donde la arquitectura y el terreno se confunden de forma deliberada.

A primera hora de la mañana, sin turistas y con la luz aún baja, el silencio era casi completo. En condiciones normales esta zona también recibe visitas, pero en septiembre de 2020 era territorio de barceloneses que salían a correr o a pasear al perro.

Vista de una localidad desde una zona elevadaCaballo blanco junto a una valla en el campo
Paseo matutino por los alrededores de El Carmel

Compras y planes para el día

De vuelta encontré a la familia desayunando. Había pasado por una panadería y una frutería del barrio de camino a casa. Las tiendas tenían mamparas, marcas en el suelo y gel en la entrada. El pequeño comercio de los barrios barceloneses se había adaptado a las nuevas exigencias sin dejar de funcionar, aunque la conversación entre tenderos y clientes habituales giraba inevitablemente en torno a cuánto aguantaría esto.

Mientras desayunábamos organizamos el día. La niña quería ver caballos y pájaros. El Delta del Llobregat cumplía los dos requisitos.

Delta del Llobregat

El Delta del Llobregat está junto al aeropuerto, a menos de veinte kilómetros del centro de Barcelona. Es un humedal formado por la desembocadura del río Llobregat, protegido como Red Natura 2000, con lagunas, marismas, pinedas litorales y playas sin urbanizar. Más de 350 especies de aves lo usan como punto de parada en las rutas migratorias. Resulta improbable que exista un espacio así tan cerca de una infraestructura aeroportuaria, un puerto industrial y varias zonas de polígonos, pero ahí está.

Recorrimos las rutas señalizadas a un ritmo adaptado a los cinco años de la niña, que resulta ser un ritmo bastante bueno para fijarse en los detalles. En los observatorios se podían ver garzas, flamencos y varias especies de anátidas. La niña tenía preguntas para cada ave y para cada planta, y sus padres tenían respuestas para casi todas.

Los caballos aparecieron en una zona de pastizal. Forman parte de un programa de gestión del espacio natural que usa herbivoría extensiva para controlar la vegetación. La niña los vio desde el camino, a distancia razonable, y eso fue suficiente para hacer el día.

Humedal con un sendero junto al aguaSombra de una persona proyectada sobre el céspedEstatua alada en una plaza de BarcelonaFachada iluminada de la Sagrada Família por la noche
Delta del Llobregat

Picnic junto a la laguna

Comimos en un área de descanso junto a una de las lagunas, en mesas de madera bajo los pinos. Los bocadillos preparados por la mañana, fruta y los patos moviéndose en el agua a pocos metros. La niña recogió piñas y las ordenó por tamaños mientras sus padres le explicaban cómo funcionan. El sonido del aeropuerto llegaba de fondo pero sin molestar demasiado.

La opción de no entrar en restaurantes no era solo comodidad logística: en aquel momento los aforos limitados y la incertidumbre sobre la ventilación hacían que comer fuera fuera la opción más sencilla.

La Sagrada Família sin colas

Por la tarde, mientras la familia se quedaba en casa y luego bajaba a un parque cercano, me acerqué a la Sagrada Família. No para entrar, sino para ver la fachada del Nacimiento con la calma que normalmente es imposible tener.

La explanada frente a esa fachada, habitualmente imposible de cruzar sin esquivar grupos de turistas con paraguas de guía, estaba despejada. Pude pararme a la distancia que quise y mirar en detalle lo que Gaudí completó en vida: la fachada del Nacimiento, terminada en 1930, el año de su muerte, y la única que supervisó directamente hasta el final. Los cuatro campanarios del Nacimiento tienen 107 metros. Las esculturas de la portada central representan la Natividad con una densidad de detalle que desde la distancia habitual resulta difícil de apreciar.

El proyecto lleva en construcción desde 1882. Cuando Gaudí tomó la dirección en 1883, asumió un templo expiatorio que dependía de donaciones privadas, lo que ha condicionado el ritmo de construcción durante todo este tiempo. La fecha de finalización prevista ronda el centenario de la muerte del arquitecto, 2026.

La luz del atardecer sobre las torres cambia de minuto en minuto. Me quedé más tiempo del que tenía previsto.

Detalle de una fachada modernista de BarcelonaEdificio modernista de ladrillo y cerámica
Paseo verpertino por la avenida de Gaudí y los alrededores de la Sagrada Familia

Vuelta por el Eixample

El paseo de vuelta me llevó por el Eixample. Las terrazas de los bares estaban extendidas hacia la calzada para ganar capacidad bajo las restricciones de aforo interior. Los barceloneses, que llevan la vida social en la calle por costumbre más que por obligación, encontraban en ese modelo una solución que les venía bien. Llegué al barrio cuando mis amigos volvían del parque, y cenamos los tres adultos en la terraza con el Hospital de Sant Pau iluminado abajo.

Interior decorado con mosaicos y elementos modernistas

Día 4. Joyas arquitectónicas y regreso

El lunes por la mañana dejamos a la niña en el colegio y nos fuimos directamente a la Casa Vicens. Era el plan más urbano del viaje, y también el más tranquilo.

La Casa Vicens, el primer Gaudí

La Casa Vicens está en el barrio de Gràcia, a unos diez minutos andando desde casa de mis amigos. Gaudí la construyó entre 1883 y 1885 como residencia de verano para Manuel Vicens i Montaner, un fabricante de azulejos. Tiene sentido: la fachada está cubierta de azulejos policromos con motivos florales, combinados con ladrillo visto y piedra. El resultado es una mezcla de referencias orientales y mudéjares que no se parece a nada de lo que se construía entonces en Barcelona, ni a nada que se construyera después en ningún sitio.

La Casa Vicens es la primera obra importante de Gaudí. En ella aparecen ya algunas de las obsesiones que definen toda su carrera: la integración de la naturaleza en la decoración, el uso del color como elemento estructural, la atención extrema a los herrajes y los detalles de carpintería. El interior tiene techos policromados inspirados en vegetación, vidrieras que filtran la luz de maneras distintas según la hora y una sala de fumadores con una bóveda de mocárabes que es directamente una cita de la Alhambra.

La visita se hacía con audioguía descargada en el teléfono, que era la medida adoptada para evitar compartir dispositivos. El recorrido por cada sala exigía no coincidir con otros grupos, lo que hacía que el ritmo fuera más pausado de lo habitual. Una consecuencia inesperada: se miraba más despacio.

Patio interior ajardinado de un edificio modernistaTorre modernista con cúpula y ornamentaciónCalle residencial con fachadas y vegetaciónCalle del barrio con balcones y árbolesFachada histórica con ornamentación de piedraFlores en primer plano en una calle
La Casa Vicens

El jardín

El jardín original era más grande. A lo largo del tiempo se vendieron parcelas que lo fueron reduciendo. Lo que queda sigue siendo útil para entender la relación entre la casa y su entorno: los motivos vegetales de la fachada replicaban las plantas que crecían en el jardín. La cascada ornamental de piedra natural y cerámica, que conecta el espacio construido con el natural, anticipa soluciones que Gaudí desarrollaría más tarde en el Park Güell.

Passatge de Mulet

Muy cerca de la Casa Vicens está el Passatge de Mulet, una calle privada creada en 1924 que forma una L conectando la calle Guillermo Tell con la calle Zaragoza. Las casas unifamiliares de estilo noucentista tienen jardines delanteros, verjas de hierro forjado y fachadas en excelente estado de conservación. Al ser una calle habitada, la visita requiere ir con calma y sin invadir las propiedades.

El pasaje no aparece en los circuitos habituales de turismo arquitectónico de Barcelona, pero está a dos minutos de la Casa Vicens y ofrece un contraste interesante con el modernismo: las líneas son más sobrias, la escala más doméstica, el conjunto más tranquilo. Un trozo de ciudad que sobrevivió sin transformarse demasiado.

Interior de una terminal de aeropuertoInterior de una terminal de aeropuerto con señalizaciónPanorámica de Barcelona desde una colinaEdificio moderno con una cubierta acristalada
Passatge de Mulet

Último almuerzo en la terraza

Volvimos a casa para comer. Último almuerzo en la terraza, con las cúpulas y los pabellones del Hospital de Sant Pau delante. La sobremesa se alargó. No había prisa.

La despedida

Por la tarde fui con mis amigos a recoger a la niña del colegio. Los niños salían con mascarilla, los padres esperaban guardando distancias. Nos despedimos allí. Los abrazos habían desaparecido de los rituales cotidianos, pero la despedida no fue menos concreta por eso.

Me fui al aeropuerto en metro. Menos gente de lo habitual, trayecto tranquilo.

El aeropuerto vacío

El aeropuerto del Prat presentaba el mismo aspecto que cuando llegué, aunque tal vez más pronunciado al ser un vuelo nocturno. Tiendas cerradas, pasillos que resonaban con muy pocos pasos, personal que superaba en número a los pasajeros. Las pantallas mostraban una fracción de los vuelos que normalmente habría un lunes por la tarde. Las marcas de distanciamiento en el suelo, los dispensadores de gel cada treinta metros y los avisos por megafonía completaban el escenario.

Hice algunas fotos. Era un momento que valía la pena documentar.

Vista de Barcelona entre edificios residencialesEdificio modernista con fachada decorada
El aeropuerto de Barcelona sorprendentemente vacío

El vuelo de vuelta

El vuelo de las 21:45 despegó puntual. El avión, sorprendentemente, iba lleno. Desde la ventanilla vi Barcelona iluminada alejarse. El aterrizaje en Bilbao fue poco antes de las 23:00. El aeropuerto de Loiu, a esa hora, tenía el mismo silencio que el del Prat.

Detalle de fachada modernista con cerámica y relieves

Conclusiones: Una Barcelona sin turistas

Redescubriendo el placer de la movilidad

Cuatro días dan para poco y para mucho, dependiendo de cómo estén planteados. En este caso el plan era sencillo: visitar a unos amigos, salir con ellos por la ciudad y por los alrededores, moverse sin prisa. La pandemia añadió variables —mascarillas, aforos, opciones cerradas— pero no cambió el esquema de fondo.

Lo más evidente fue Barcelona sin turistas. Las Ramblas transitables, el Barrio Gótico sin aglomeraciones, la explanada de la Sagrada Família despejada. En la zona monumental del Park Güell normalmente hay que reservar franja horaria para que no sea un caos; en septiembre de 2020 la parte alta estaba casi vacía un domingo por la mañana. Estos espacios son buenos en sí mismos, y es difícil verlos bien cuando están saturados. Esta vez se podían ver.

Lo que se pierde en condiciones normales

El Búnker del Carmel al amanecer con tres personas más, la fachada del Nacimiento de la Sagrada Família sin empujones, el claustro de Poblet sin el siguiente grupo presionando por la espalda. No es que la situación sanitaria fuera deseable, pero sí que la reducción del turismo devolvía a estos sitios algo que habían perdido hace tiempo.

La Casa Vicens es el ejemplo más claro. Es una obra que merece atención, que tiene una densidad de detalle que no se procesa en una visita rápida. En condiciones normales hay que ir muy temprano o muy tarde en temporada baja para tener ese tiempo. En septiembre de 2020 bastaba con ir.

Tarragona y el Delta

La excursión a L'Espluga de Francolí, Poblet y Montblanc encadenó tres sitios que funcionan bien como recorrido de un día desde Barcelona. El Monasterio de Poblet solo justifica el viaje: es uno de esos lugares que no termina de caber en las fotos ni en la descripción. La muralla de Montblanc, entera y practicable, es otro de esos objetos que resultan más impresionantes en persona que en cualquier imagen previa.

El Delta del Llobregat fue la sorpresa del viaje, que no debería ser ninguna sorpresa porque está ahí, accesible, junto al aeropuerto. Un humedal con flamencos y caballos en semilibertad a veinte kilómetros del centro de una ciudad de millón y medio de habitantes. Hay cosas que los barceloneses tienen a mano y no conocen bien, y esta es una de ellas.

Los amigos y su hija

El contexto real del viaje era una familia: una pareja con una niña de cinco años, en cuya casa me alojé durante cuatro días. La niña marcó el ritmo en las excursiones —pausado, con atención a los detalles pequeños, con preguntas para todo— y ese ritmo resultó ser el correcto para los sitios que visitamos.

Comer en la terraza con el Hospital de Sant Pau enfrente, salir por la mañana antes de que se despertaran y volver a encontrarlos desayunando, ir juntos a recoger a la niña al colegio el último día. El viaje tenía ese núcleo, y todo lo demás era complementario.

Guías y artículos

Información práctica

Iglesia de piedra en una plaza histórica.

El Monasterio de Poblet

El monasterio cisterciense más grande de España, Patrimonio de la Humanidad y panteón real de la Corona de Aragón

Tarragona
Calle tranquila con casas tradicionales.

Montblanc

La villa medieval mejor amurallada de Cataluña, con 1.500 metros de muralla del siglo XIV prácticamente intacta

Tarragona
Atracción o espacio del parque PortAventura.

PortAventura World

El parque de atracciones más grande de España, con seis zonas temáticas y algunas de las mejores montañas rusas de Europa

Tarragona
Atracción o espacio del parque PortAventura.

Salou

La playa de la Costa Dorada y la base más cómoda para visitar PortAventura

Tarragona