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Barcelona, París y Roma
Nueve días, tres ciudades y un grupo familiar que incluía a dos primas brasileñas deseosas de conocer Europa.
Nueve días por tres ciudades europeas con familia brasileña¶
Barcelona, París y Roma en mayo de 2024
Este no era un viaje que hubiéramos elegido exactamente así. Nació de la visita de dos primas brasileñas de Rafa que querían conocer Europa, y del compromiso de diseñar un recorrido que les mostrase lo máximo posible en poco tiempo. El resultado fue un itinerario que, sobre el papel, bordeaba lo imposible: Barcelona como escala de medio día, cuatro noches en París incluyendo Disneyland, y cuatro días finales en Roma antes de volar de regreso a Bilbao.
Un viaje de compromisos
Si soy honesto, ni París ni Roma eran las ciudades que habría elegido para un viaje en mayo. Mi relación con París es complicada: la admiro sin enamorarme, reconozco su grandeza sin sentir esa conexión emocional que convierte un destino en memorable. Con Roma me ocurre algo similar: su peso histórico es innegable pero a veces abrumador, y el turismo masivo ha convertido muchos de sus rincones en parques temáticos de la antigüedad.
Pero este viaje no era sobre mí. Se trataba de facilitar que cuatro personas con expectativas diferentes disfrutasen de tres ciudades icónicas. Las primas traían esa ilusión de primera vez en Europa que resulta contagiosa. Rafa, que tampoco conocía Roma, añadía otra capa de descubrimiento. Y yo asumía el papel de guía reluctante, intentando equilibrar mi experiencia previa con la apertura necesaria para ver estos lugares con ojos nuevos.
La logística del viaje relámpago
La ruta se definió por los vuelos más económicos: Bilbao-Barcelona en tren, Barcelona-París en avión, París-Roma en avión, y Roma-Bilbao de vuelta. Barcelona no estaba en el plan original, pero un cambio de horarios nos regaló nueve horas de escala que decidimos aprovechar para un recorrido exprés por la ciudad.
Para París elegimos un apartamento en Villiers-sur-Marne, en la periferia este, priorizando precio y conexión con Disneyland. Para Roma optamos por un B&B en Ponte Galeria, cerca del aeropuerto, con precios muy inferiores a los del centro y acceso directo en tren. En ambos casos, la estrategia de alojarnos lejos del centro nos obligaba a depender del transporte público, pero nos permitía conocer barrios residenciales y la vida cotidiana de cada ciudad.
Lo que esperaba y lo que encontré
Diseñé itinerarios ambiciosos para cada ciudad, intentando maximizar las experiencias dentro del poco tiempo disponible. Sabía que con un grupo de cuatro personas los ritmos serían diferentes a los de un viaje en pareja, que habría que negociar prioridades y aceptar que no todo el mundo viaja con la misma filosofía.
Lo que no anticipé fue Vueling cambiándonos el vuelo tres semanas antes de salir, convirtiendo una escala técnica en Barcelona en una carrera de nueve horas contra la lluvia. Tampoco anticipé que las primas saldrían del Louvre en tres horas, o que Rafa y yo acabaríamos buscando la Basílica de Saint-Denis entre andamios y obras mientras ellas estaban dentro. Este viaje tuvo su propia agenda desde el primer día.

Día 1. De Bilbao a París con escala improvisada en Barcelona¶
Dicen que los mejores momentos son los que no planeas, aunque en este caso la lluvia se empeñó en demostrar lo contrario. Todo comenzó con uno de esos correos que nadie quiere recibir: Vueling nos informaba del cambio de horario en nuestro vuelo Bilbao-París. El cambio no era menor: de llegar a primera hora de la mañana pasábamos a aterrizar a las 7 de la tarde. Un día completo de turismo perdido.
Nueve horas de escala y una ciudad como regalo inesperado
Los viajes con familia siempre requieren un extra de planificación, especialmente cuando vienen desde tan lejos como Brasil y quieren exprimir cada minuto. Después de varias horas frente al ordenador, surgió una alternativa: un vuelo Bilbao-París con escala en Barcelona que permitía el cambio desde nuestro vuelo original. Más de 9 horas entre vuelos que, sobre el papel, nos permitirían mostrar a nuestras primas algunos de los tesoros de la Ciudad Condal.
Conozco Barcelona lo suficientemente bien como para no necesitar mapa en el Eixample —la última estancia larga había sido en diciembre de 2021—, lo que convierte cualquier visita en algo parecido a una conversación: hay tramos donde sé exactamente lo que viene, y luego algo te sorprende de todos modos. Aquella mañana del 14 de mayo, lo que nos sorprendió fue el cielo.

El diluvio de mayo
Nunca, en todas mis visitas a Barcelona, había presenciado una lluvia semejante. El cielo parecía haberse propuesto vaciar sus reservas de agua precisamente durante nuestras escasas horas de visita. Lo que debían ser seis horas de paseo por los rincones más emblemáticos de la ciudad se convirtió en una carrera entre paraguas y refugios improvisados.
Desde el aeropuerto tomamos el tren de Renfe hasta Sants y enlazamos con el metro. La tarjeta T-familiar resultó ser una salvación para el bolsillo: poder viajar los cuatro con el mismo billete nos permitió ahorrar significativamente.
Paraguas prestados y un hospital que fue palacio
Nuestra primera parada fue el Hospital de Sant Pau, donde mi amiga que vive en la zona no solo nos permitió dejar las mochilas en su casa, sino que nos prestó un par de paraguas que serían nuestra única protección contra el diluvio. Desde la calle, incluso bajo la lluvia, el edificio impresiona: Lluís Domènech i Montaner lo construyó entre 1901 y 1930 mezclando el modernismo catalán con influencias islámicas, y funcionó como hospital real hasta 2009. Los pacientes eran tratados rodeados de azulejos decorados y vidrieras emplomadas. Hoy es patrimonio de la UNESCO y sede cultural, pero cuando lo ves desde el exterior, con sus cúpulas de colores y sus fachadas esculpidas, cuesta creer que fuera un lugar de curas y no de coronaciones.
Desde allí, nos aventuramos bajo la lluvia hacia la Sagrada Família. Una de las primas se paró en seco en cuanto la vio al fondo de la Avinguda de Gaudí y se quedó mirando sin decir nada, con el paraguas torcido bajo la lluvia. Entiendo la reacción: Gaudí se hizo cargo del proyecto en 1883 —un año después de que lo iniciase otro arquitecto— y dedicó los últimos quince años de su vida exclusivamente a él. Murió en 1926 atropellado por un tranvía; iba tan mal vestido que nadie lo reconoció y fue ingresado en el hospital de indigentes. El edificio lleva más de cien años en construcción y todavía no está terminado. Cuando lo ves en persona, con sus torres que parecen fundirse con el cielo gris, esa historia pesa de una manera que ninguna foto transmite.
La lluvia era tan intensa que apenas pudimos tomar unas fotos apresuradas antes de buscar refugio en el metro. Probamos suerte en el Barrio Gótico, pensando que sus estrechas calles medievales nos protegerían. Conseguimos visitar la Catedral y los restos de la muralla romana —Barcelona fue fundada como Barcino por los romanos en torno al año 15 a.C.—, pero el agua encontraba la forma de alcanzarnos incluso en los rincones más resguardados. Hay algo curioso en ese barrio: buena parte de lo que parece genuinamente medieval fue en realidad construido o intervenido entre los años veinte y los sesenta del siglo pasado, cuando se añadieron fachadas de estilo gótico a edificios más modernos para crear una estética de época. Es un decorado muy bien hecho, pero decorado al fin.


Al final nos metimos en el primer restaurante que encontramos con sillas libres y pedimos lo que nos pusieron delante. Cuando llegaron los platos todavía estábamos chorreando. Afuera, la lluvia seguía.




De Barcelona a Charles de Gaulle
Despegamos de la Terminal 1 pasadas las seis y media de la tarde. El vuelo transcurrió tranquilo, y aterrizamos en Charles de Gaulle casi a las nueve de la noche. El cansancio empezaba a notarse, pero la emoción por estar en París mantenía el ánimo en alto.
Nada más salir del avión, nos dirigimos a la estación de tren del aeropuerto para hacernos con la Tarjeta Navigo semanal. A 30,75 euros por persona, es una inversión en comodidad y ahorro que se amortiza rápidamente: solo el trayecto desde el aeropuerto ya supera los 10 euros, un ida y vuelta a Disneyland ronda los 20, y si añades los desplazamientos diarios, las cuentas salen solas. La libertad de movimiento que te da es impagable.
Primera noche en Villiers-sur-Marne
Tras una breve parada en la estación Norte para cenar algo rápido, pusimos rumbo a nuestro apartamento en Villiers-sur-Marne. La elección no fue casual: su ubicación estratégica, a medio camino entre el centro de París y Disneyland, lo convertía en una base perfecta. Las conexiones por RER hacen que en menos de 20 minutos puedas estar tanto en el corazón de París como en las puertas del parque temático.
El barrio, tranquilo y residencial, prometía las noches de descanso que necesitaríamos después de las jornadas de exploración que nos esperaban. Nos dormimos arrullados por el sonido lejano de los trenes, con la satisfacción de haber convertido un contratiempo logístico en una escala memorable en Barcelona, y sabiendo que al día siguiente comenzaría la verdadera aventura parisina.

Día 2. El París más icónico¶
El primer día completo en París empezó con una parada en el supermercado del barrio. Pan fresco, quesos, embutidos, fruta. Los bocadillos del día siguiente en Disneyland ya estaban resueltos antes de salir de casa, y las cenas de la semana también. En un viaje de cuatro personas, ese tipo de previsión marca la diferencia entre un presupuesto controlado y uno que se escapa.
El primer golpe: Trocadero
Hay muchas formas de presentar París a alguien que nunca ha estado en la ciudad, pero después de numerosas visitas, estoy convencido de que no hay mejor manera que empezar por Trocadero. La combinación de metro y RER nos llevó hasta allí, y yo guardé silencio en los últimos metros del trayecto — quería que el momento llegase sin anticipación.
Cuando subimos las escaleras y salimos a la explanada, las primas se pararon y empezaron a hacerse fotos la una a la otra antes de girar para ver qué tenían detrás. Ese orden me pareció gracioso. Luego se giraron, vieron la Torre Eiffel al fondo de los jardines, y se pusieron a buscar el mejor ángulo durante los siguientes veinte minutos.
El Palais de Chaillot que flanquea la plaza fue construido para la Exposición Internacional de 1937, con sus dos alas curvas que abrazan la explanada y sus estatuas doradas mirando hacia el Sena. Pasamos cerca de una hora allí, disfrutando de las vistas desde diferentes ángulos y esquivando a los vendedores ambulantes — persistentes como siempre, con sus torres Eiffel en miniatura y sus llaveros.




Caminar bajo las patas de la torre
Descendimos por los jardines del Trocadero hacia la Torre Eiffel, una caminata que permite apreciar cómo la estructura crece a medida que te acercas. Fue construida para la Exposición Universal de 1889 — el centenario de la Revolución Francesa — y Gustave Eiffel la concibió como estructura temporal: debía desmontarse a los veinte años. La salvó su utilidad como antena de radio. Eiffel, que también diseñó la estructura interna de la Estatua de la Libertad, fue el tipo de ingeniero que pensaba en problemas concretos, no en monumentos.
Durante décadas, parte de París la consideró una monstruosidad. Los escritores protestaron, los arquitectos fruncieron el ceño. Hoy es el monumento de pago más visitado del mundo y lleva desde 1889 siendo la imagen del skyline parisino. No subimos — ni por presupuesto ni por tiempo — pero caminar bajo sus patas y mirar hacia arriba es una escala que sorprende siempre, sin importar las veces que hayas estado.




El Campo de Marte
Nuestro recorrido continuó por el Campo de Marte, ese parque largo que se extiende desde la Torre Eiffel hacia el sureste. Originalmente campo de entrenamiento militar — de ahí el nombre —, en mayo es un lugar de picnics, corredores y grupos de turistas tumbados en el césped mirando la torre desde abajo. Cruzarlo a pie a mediodía, con el sol de primavera, tiene algo de pausa obligada entre el Trocadero y el resto del día.
Los Jardines de Luxemburgo
Tras un viaje en metro, llegamos a los Jardines de Luxemburgo. María de Médici los mandó crear en 1612 queriendo reproducir los jardines del Palazzo Pitti florentino donde creció; el resultado es un parque de 23 hectáreas en el corazón del Barrio Latino que los estudiantes de la Sorbona tratan como salón propio. Compramos unos crêpes en una de las pequeñas cabañas que bordean el jardín y nos sentamos en las sillas verdes metálicas, esas que los parisinos mueven constantemente buscando el ángulo de sol o sombra que necesitan.
El estanque central tenía en ese momento a varios niños empujando veleros de madera con palos largos, como si estuvieran en 1950. Al fondo, el Palacio de Luxemburgo — sede del Senado francés — cierra la perspectiva. En cada visita a París vuelvo aquí, y siempre me encuentro el mismo espectáculo con diferentes actores.


La colina de los muertos ilustres
Dejando atrás la paz de los jardines, subimos hacia el Panteón, ese edificio neoclásico que domina la colina de Sainte-Geneviève. Fue construido entre 1764 y 1790 como iglesia dedicada a Santa Genoveva, patrona de París; la Revolución Francesa lo convirtió en mausoleo para los "grandes hombres" de la nación.
Bajo su cúpula de 83 metros reposan Victor Hugo, Marie Curie, Voltaire y Simone Veil, entre otros. Le expliqué a las primas que Curie fue la primera mujer a la que se enterró allí por sus propios méritos —no por ser esposa de alguien— y la primera persona en ganar dos premios Nobel en dos disciplinas distintas. Eso les llamó la atención más que cualquier detalle arquitectónico.
A pocos pasos, la Iglesia de Saint-Étienne-du-Mont es una de esas paradas que los itinerarios más apretados omiten y no deberían. Mezcla gótico y renacentista de una manera que no existe en ningún otro lugar de París, y tiene el único jubé —esa tribuna de piedra calada que separa el coro de la nave— que queda en la ciudad. La visitamos de pasada pero nos quedamos más tiempo del previsto.


Notre-Dame desde fuera, la Sainte-Chapelle desde dentro
Nuestro paseo nos llevó junto a los muros de la Sorbona y hasta la Fontaine Saint-Michel, la fuente monumental de 1860 que Gabriel Davioud diseñó para cerrar visualmente el bulevar. Fue punto de encuentro de estudiantes durante décadas y hoy sirve principalmente como fondo de foto. Desde allí cruzamos el Sena hacia la Île de la Cité.
Notre-Dame seguía cerrada. El incendio del 15 de abril de 2019 destruyó la aguja medieval —la que Viollet-le-Duc había añadido en el siglo XIX— y dañó gravemente la estructura interior. En mayo de 2024, los andamios cubrían buena parte de la fachada y no había acceso de visitantes; la reapertura seguía siendo una fecha en el aire. Vimos la catedral desde la orilla, con las grúas asomando por encima de los arbotantes. Las primas sacaron fotos igual, porque Notre-Dame sigue siendo Notre-Dame aunque esté envuelta en lonas de obra.
A unos pasos, la Sainte-Chapelle compensa con creces lo que Notre-Dame no podía ofrecer ese día. Construida entre 1242 y 1248 por Luis IX para albergar la Corona de Espinas, la capilla alta tiene los muros casi enteramente sustituidos por vidrieras — 670 metros cuadrados de cristal narran escenas bíblicas en un espectáculo de luz que hace que la piedra parezca desaparecer. La arquitectura gótica llevada al límite de lo posible con la tecnología del siglo XIII.
La Conciergerie ocupa el edificio contiguo: es el vestigio más antiguo del antiguo Palacio Real de la Île de la Cité. Durante la Revolución Francesa fue la principal prisión de París, donde María Antonieta esperó su ejecución. Pasamos por delante sin entrar, y lo dejamos para una próxima visita. El Pont Neuf —el puente más antiguo de París, con nombre de "Puente Nuevo" por ironía histórica— nos dio las vistas del Sena con las que cerramos esa parte del día.


De la Ópera a los tejados de Montmartre
Un nuevo viaje en metro nos llevó hasta la Ópera Garnier. Charles Garnier la construyó entre 1861 y 1875 para Napoleón III, y el resultado es una acumulación deliberada de mármoles de colores, columnas de granito rojo, estatuas doradas y una escalera monumental que parece diseñada para que los abonados llegaran al espectáculo ya actuando. El techo de la sala principal lo pintó Marc Chagall en 1964 — un añadido que los conservadores de la época recibieron con escepticismo y que hoy es uno de los detalles más fotografiados del edificio. El lago subterráneo, que existe de verdad para gestionar el peso sobre el terreno pantanoso, dio pie a las leyendas que inspiraron a Gaston Leroux.
A pocos pasos, las Galerías Lafayette tienen su atractivo más interesante en la terraza: es gratuita, y desde allí París se abre en todas direcciones con sus tejados de zinc y sus cúpulas. Vale la visita aunque no tengas ninguna intención de comprar nada.


Con las piernas ya cargadas, nos queda Montmartre. La subida vale la pena. El Sacré-Cœur fue construido entre 1875 y 1914 como acto de penitencia nacional tras la derrota en la guerra franco-prusiana; su piedra calcárea tiene la particularidad de secretar calcita con la lluvia, lo que la mantiene blanca a pesar de la contaminación. El interior no es el punto fuerte — hay que ir a por las vistas y por el ambiente de las escaleras.
Nos sentamos en los escalones con los refrescos que habíamos guardado en las mochilas desde la mañana. Abajo, la ciudad entera. Un músico tocaba algo que no supimos identificar. Las primas estaban haciendo la lista de qué volver a ver en una segunda visita, que ya daban por hecha.



El París nocturno y un molino sin aspas
Bajando hacia el Pigalle, pasamos por el famoso Muro de los Te Amo, aunque desafortunadamente la plaza estaba cerrada y no pudimos acercarnos tanto como hubiéramos querido. El barrio, antiguo corazón del París más canalla, se ha ido gentrificando en los últimos años, aunque mantiene ese aire picante que lo ha hecho famoso.
Y entonces llegamos al Moulin Rouge, aunque nos encontramos con una imagen insólita: el famoso molino rojo estaba sin sus características aspas, que habían caído víctimas de un fuerte temporal unos meses antes. El cartel seguía iluminado y la cola para la sesión de noche era larga, pero el molino sin aspas parecía un poco menos él mismo. Algo que añadir a la lista de París en obras ese mayo.

La torre de noche
Después de una cena rápida, tomamos un autobús para ver la Torre Eiffel iluminada. Cada hora, durante cinco minutos, miles de luces parpadean sobre la estructura. Es uno de los momentos más turísticos de París y también uno de los más difíciles de no disfrutar.
Una de las primas llevaba toda la jornada diciéndole a la otra que tenía que verlo en directo, que las fotos no contaban. Cuando empezaron los destellos, se pusieron a grabarlo al mismo tiempo con los teléfonos. Después de doce horas caminando, seguían sin querer que el día terminara.


Día 3. Disfrutando de la magia de Disneyland París¶
Cuando planificamos este viaje a París y surgió la idea de visitar Disneyland, debo confesar que internamente puse los ojos en blanco. No me malinterpretéis, adoro los parques temáticos, pero esta iba a ser mi tercera visita en menos de dos años. Sin embargo, como suele suceder con Disney, acabé rendido ante su magia una vez más.
El despertar temprano
La mañana comenzó con el despertador antes de lo que me hubiera gustado durante unas vacaciones. Mientras preparábamos los bocadillos y llenábamos las mochilas con provisiones para el día, el apartamento de Villiers-sur-Marne demostraba su utilidad: desde allí, el RER llegaba directo a las puertas del parque en menos de veinte minutos.
En el vagón, los demás pasajeros marcaban el tono del día: familias con niños en pijamas de Mickey, parejas con las orejas ya puestas. Cuando el tren arranca y ves que medio vagón va al mismo sitio que tú con ese nivel de entusiasmo a las ocho de la mañana, el escepticismo empieza a resultar difícil de mantener.
La caza del mejor precio
Una de las cosas que más satisfacción me dio fue haber conseguido las entradas a un precio más ventajoso que el oficial. Para nuestras fechas de mayo, Disney había establecido un precio de 72€ por persona (ya sabéis que sus precios fluctúan constantemente según temporada y demanda).
Sin embargo, tras una búsqueda exhaustiva, encontré las entradas en distribuidor turístico (Get Your Guide), y la suerte quiso que diera con un cupón de descuento del 10%. En un grupo de cuatro personas, este pequeño ahorro de 7€ por entrada se tradujo en casi 30€ de ahorro total, una cantidad nada despreciable que bien puede cubrir una comida durante el viaje.

Provisiones para un día largo
Una de las particularidades más apreciadas de Disneyland Paris, y que lo diferencia de otros parques temáticos, es su política permisiva respecto a la entrada de comida y bebida del exterior. Esta característica resulta especialmente beneficiosa considerando los elevados precios de la restauración dentro del recinto, donde un menú básico, y de calidad cuestionable, puede superar fácilmente los 15-20€ por persona.
Aprovechando esta ventaja, optamos por preparar una selección completa de alimentos para el día: sándwiches variados, bebidas, fruta y diversos snacks para mantener la energía durante toda la jornada. Esta previsión no solo supuso un ahorro considerable sino que nos permitió mayor flexibilidad en nuestros horarios, evitando las largas colas de los restaurantes en las horas punta y pudiendo dedicar más tiempo a disfrutar de las atracciones.
La magia comienza
Llegamos a las puertas del parque poco antes de las 9 de la mañana. Ya había cola, sí, pero nada comparado con lo que recordaba de visitas anteriores. El día se presentaba soleado, con una temperatura perfecta que invitaba al optimismo. Mi escepticismo inicial comenzaba a diluirse.
Las primeras horas en el parque fueron una delicia. Contra todo pronóstico, y a pesar de estar en temporada media, las colas eran sorprendentemente manejables. Decidimos centrarnos solo en el parque principal, dejando Disney Studios para otra ocasión, y resultó ser una decisión acertada. Pudimos disfrutar de todas las atracciones clásicas sin las prisas que supone querer abarcar los dos parques en un solo día.


Los pequeños momentos
A lo largo del día, fueron los pequeños detalles los que me recordaron por qué Disney siempre merece la pena. El olor a palomitas que impregna Main Street desde que entras. Las colas que avanzan más rápido de lo esperado. El momento en que alguien del grupo que juraba que "le daba igual Disney" sale de Big Thunder Mountain pidiendo repetir.
El desfile de la tarde fue el punto más fotográfico del día: música, personajes, carrozas con proyecciones, todo el mecanismo Disney funcionando a la perfección. Las primas se pusieron en primera fila con diez minutos de antelación. Tienen buen instinto.




El espectáculo nocturno
Y entonces llegó la noche. Si hay algo que justifica plenamente haber vuelto a Disney es el espectáculo nocturno con drones. Frente al castillo de la Bella Durmiente, cientos de drones iluminados dibujan figuras en el cielo mientras las proyecciones transforman la fachada del castillo en tiempo real. Es tecnología al servicio de algo que funciona: el efecto es genuinamente sorprendente, incluso para quien ha visto muchas cosas parecidas.
Salimos del parque pasadas las 23:30. El RER de vuelta iba lleno de familias con los oídos todavía zumbando de música y los niños dormidos encima de las mochilas. Nosotros también íbamos en silencio, pero por cansancio, no por agotamiento emocional: habíamos entrado a las nueve de la mañana y habíamos aprovechado cada hora.


Día 4. Un paseo por los arcos de triunfo de París¶
Como cada mañana, me desperté temprano con las primeras luces del día. Después de dos días de actividad frenética — el París icónico el primero, Disneyland el segundo hasta las once y media de la noche — el resto del grupo necesitaba una tregua. Me tomé el café solo en la cocina mientras esperaba, consciente de que el plan del día iba a sufrir recortes.
La Défense: Cuando París mira al futuro
Mi experiencia previa con la ciudad me decía que visitar La Défense nos robaría un tiempo precioso. A pesar de ser un amante confeso de la arquitectura moderna y haber visitado este distrito financiero en múltiples ocasiones, intenté convencer al grupo de omitir esta parada. Sin embargo, la curiosidad de mis acompañantes por ver el Manhattan parisino pesó más que mis argumentos prácticos.
La Défense es uno de esos lugares que te hace olvidar por completo que estás en la ciudad del hierro forjado y los edificios haussmanianos. El Gran Arco, esa estructura cubica de 110 metros de altura que parece un Portal al futuro, nos dio la bienvenida bajo un cielo típicamente parisino - entre nubes y claros. Este coloso de mármol y vidrio, inaugurado en 1989, no es solo un edificio de oficinas; es la última pieza del Axe historique, ese eje imaginario que atraviesa París desde el Louvre hasta... bueno, hasta aquí mismo.
Mientras paseábamos entre los rascacielos, no pude evitar detenerme ante algunas de las obras de arte público que salpican el distrito. La Défense alberga una de las colecciones de arte contemporáneo al aire libre más importantes de Europa, con más de 60 piezas de artistas reconocidos internacionalmente. El contraste entre el bullicio de los ejecutivos con sus maletines y las esculturas modernas siempre me ha parecido fascinante.


Del futuro al pasado: El Arco del Triunfo
Después de nuestro paseo express por La Défense, tomamos el metro hacia el Arco del Triunfo. La transición es brutal: de la modernidad más absoluta a uno de los monumentos más emblemáticos del París napoleónico. Como siempre, tuve que hacer de guía improvisado y advertir al grupo sobre los turistas suicidas que intentan cruzar la rotonda más caótica de Europa. "¡Por los pasos subterráneos!", repetí varias veces, mientras observábamos a varios intrépidos visitantes jugándose la vida entre los coches.
El Arco del Triunfo tiene 50 metros de altura y Napoleón lo empezó en 1806, aunque no llegó a verlo terminado. Lo que más me llama de él no es la escala sino lo que hay debajo: el Soldado Desconocido, cuya llama lleva reencendiéndose cada tarde desde 1923. Los relieves que cubren los pilares narran batallas que ya nadie recuerda, pero esa llama pequeña que no se apaga es otra cosa. No subimos a la terraza — las vistas de las doce avenidas convergiendo en la rotonda merecen una visita específica, con más tiempo.

Los Campos Elíseos: Un paseo por el lujo
Comenzamos nuestro descenso por los Campos Elíseos, esa avenida que los parisinos, con su característico orgullo, llaman "la plus belle avenue du monde". La verdad es que, más allá del glamour de las tiendas de lujo, siempre me ha parecido una avenida un tanto sobrevalorada. Sin embargo, es imposible no dejarse llevar por la energía del lugar. Nos detuvimos en varios escaparates - las grandes marcas compiten por tener aquí sus flagship stores más espectaculares.
El tiempo corría más rápido de lo que nos hubiera gustado. Nuestros primos tenían entradas para el Louvre a las 15:00, y aunque les aseguré que necesitarían toda la tarde (el museo cierra a las 21:00 los viernes), ellos insistían en que con un par de horas tendrían suficiente. ¡Ah, la inocencia de los primerizos en el Louvre!
Una tarde en Saint-Denis: La sorpresa agridulce
Mientras ellos se sumergían en el océano artístico del Louvre, Rafa y yo decidimos aventurarnos hacia Saint-Denis. Había visitado el Louvre hacía poco más de un año, y la Basílica de Saint-Denis llevaba tiempo en mi lista de pendientes. La decisión resultó ser agridulce.
Saint-Denis nos recibió con un paisaje urbano en plena transformación. La zona alrededor de la basílica estaba en obras, y el propio templo, cuna de la arquitectura gótica y necrópolis de los reyes de Francia, mostraba andamios por doquier. A pesar de ello, pudimos apreciar la majestuosidad de su fachada y su importancia histórica. Aquí reposan casi todos los reyes de Francia, desde Dagoberto I hasta Luis XVIII, aunque la Revolución Francesa se encargó de revolver un poco las tumbas.
Aprovechamos para dar un paseo por los alrededores, visitando el imponente Ayuntamiento de Saint-Denis y la Église Saint-Denys-de-l'Estrée, una iglesia menos conocida pero con su propio encanto. El barrio, mayoritariamente de clase trabajadora y con una rica diversidad cultural, nos mostró una cara de París que los turistas raramente ven.



Final inesperado y despedida gastronómica
La llamada de nuestros primos nos sorprendió: apenas eran las 18:00 y ya habían "terminado" con el Louvre. Como amante del arte, me costó contener mi discurso sobre la imposibilidad de ver el Louvre en tres horas, pero cada viajero tiene su ritmo y sus prioridades.
Decidimos aprovechar nuestra última noche en la ciudad con una cena especial en el Barrio Latino. Antes de cenar, acompañamos a nuestros primos en su búsqueda de souvenirs por las callejuelas cercanas al río. Las tiendas de recuerdos, aunque típicamente turísticas, tienen ese encanto particular cuando el sol empieza a ponerse y las luces de la ciudad comienzan a brillar.
La cena fue el broche perfecto para nuestra estancia. Mientras repasábamos los lugares que nos habían quedado pendientes - el Grand Palais, el Petit Palais, el majestuoso Puente Alejandro III, Los Inválidos, la Place de la Concorde, la Iglesia de la Madeleine y el Gran Palacio Efímero - estábamos emocionados porque al día siguiente partíamos a nuestro nuevo destino: Roma.
En el RER de vuelta a Villiers-sur-Marne, con el Barrio Latino ya lejos, fui haciendo el balance. Tres días en París habían sido intensos y bien aprovechados. Notre-Dame con andamios, el Louvre en tres horas, Saint-Denis con obras: incluso lo que no salió según el plan tuvo su coherencia. Pero mi mente ya estaba en Roma, que al día siguiente nos esperaba con su propio caos, su propia historia y otra forma completamente diferente de ser ciudad.

Día 5. De París a Roma: despedida en el metro y primera noche en el Aventino¶
Nuestro último día en París empieza con las maletas hechas y el piso de Villiers-sur-Marne ya despersonalizado. El sol de mayo entra limpio por las ventanas de un apartamento que ya no parece nuestro. Cuatro días dan para poco y para mucho al mismo tiempo.
Una última combinación de trenes
El trayecto hasta Orly implica tren, metro y tranvía, y decidimos aprovechar la espera en cada andén para hablar de lo que nos llevamos de París. Nuestras primas no habían estado en Europa antes, y ver la ciudad por primera vez tiene sus propias sorpresas: les había llamado la atención la uniformidad del centro, que los edificios tuvieran una altura parecida y los balcones casi idénticos durante kilómetros. Eso que a mí me resulta algo predecible, a ellas les parecía ordenado y elegante, casi irreal.
El RER cruza la periferia y los edificios van cambiando. Hay tramos que no se parecen en nada a las postales. Es parte del mismo sistema de transporte, la misma ciudad.
Dos horas sobre los Alpes
Nuestro vuelo de EasyJet sale puntual a las 12:35. Desde la ventanilla, la campiña francesa se estira durante un rato hasta que aparecen los primeros relieves y, más tarde, los Alpes cubiertos de nieve asomando entre las nubes. Nuestras primas se pegan a la ventanilla. Es la primera vez que ven montañas nevadas desde el aire, y eso convierte un vuelo de bajo coste en algo bastante memorable.
A las 14:30, el piloto anuncia el descenso hacia Fiumicino y el Tíber aparece abajo, marrón y serpenteante. Roma desde el aire tiene más verde de lo que uno recuerda.
Ponte Galeria, quince kilómetros al suroeste
Elegimos alojarnos en el Nuova Fiera B&B en Ponte Galeria por la misma razón que en París habíamos ido a Villiers: precios a un nivel diferente del centro, restaurantes con clientela local, y acceso directo al aeropuerto en la misma línea de tren. El barrio son edificios de cinco plantas, un supermercado Conad, una farmacia y una parada de autobús. Nada turístico, lo cual es exactamente lo que buscábamos.
Dejamos el equipaje, compramos agua y algo de fruta, y sin perder tiempo cogemos el tren hacia Roma.
La pirámide que nadie espera
La primera parada fue la Pirámide de Cayo Cestio, y la reacción de nuestras primas fue exactamente la que esperaba: "¿Pero eso es una pirámide de verdad?". Construida entre el 18 y el 12 a.C. como tumba para un magistrado romano que había heredado colecciones de arte egipcio, tiene 36 metros de altura y está revestida de mármol blanco. El siglo I a.C. fue el momento de mayor fascinación romana por Egipto, después de las campañas de César y Marco Antonio. Esta pirámide es el resultado de esa moda funeraria, y sobrevivió intacta porque en el siglo III la incorporaron a las Murallas Aurelianas. Estar integrada en la muralla la convirtió en parte de la defensa de la ciudad y nadie la desmanteló para sacar el mármol.
Justo al lado, la Porta San Paolo es una de las entradas mejor conservadas de esas mismas murallas. Es enorme, con dos arcos de medio punto y torres semicirculares, y está tan bien conservada que parece recién restaurada aunque tenga diecisiete siglos.


El Giardino degli Aranci al atardecer
Subimos la colina del Aventino hasta el Giardino degli Aranci con el calor de las seis de la tarde todavía pegando. La Basílica de Santa Sabina estaba cerrada, lo que fue una pena porque es del siglo V y tiene las puertas de madera con relieves más antiguos que existen en Roma. Pero el jardín compensó con creces.
Llegamos justo en el momento en que la luz empezaba a caer. Desde ese mirador, Roma se despliega hacia el norte: tejados rojos, cúpulas, y la cúpula de San Pedro dominando el horizonte al fondo. Nuestras primas tardaron un momento en procesar lo que estaban viendo. Llevábamos apenas cuatro horas en la ciudad y ya teníamos eso.
Nos sentamos en un banco con agua y barritas de cereales que quedaban de la mochila. El jardín huele a naranjo amargo, que no es el olor dulce que uno espera sino algo más áspero y particular. Era de entrada gratuita, estaba casi vacío, y era el mejor mirador que habíamos visto en todo el viaje.




El Circo Máximo de noche
Bajamos hacia el Circo Máximo cuando ya era noche cerrada. No hay mucho que ver: es básicamente un gran espacio alargado y deprimido, con algunas estructuras de ladrillo en los extremos. Pero la escala es difícil de ignorar. Seiscientos metros de largo, unos doscientos de ancho. Antes de que existiera el Coliseo, aquí cabían 250.000 espectadores para las carreras de cuadrigas. Era el mayor aforo de la antigüedad en un solo recinto.
De noche y casi sin iluminación, el lugar tiene una quietud que contrasta con lo que debió ser. Caminamos por el centro de lo que fue la pista sin que nadie nos molestara.


Con los pies cargados del día, tomamos el metro de vuelta a la estación y luego el tren regional a Ponte Galeria. En menos de cuatro horas habíamos visto una pirámide, un mirador con la vista de toda Roma y el mayor hipódromo del mundo antiguo. El viaje acababa de empezar.

Día 6. Coliseo, Foro Romano y centro histórico bajo el sol de mayo¶
A las siete de la mañana ya había luz y calor. Desayunamos en el bar de la esquina de Ponte Galeria donde venden también los billetes de tren regional: un café y un croissant de crema que cuesta menos de dos euros. El señor que atiende habla solo italiano y lo hace muy rápido, pero gesticulando con la mano entiende uno todo lo que necesita saber.
Cogimos el tren hacia el centro con la agenda cargada. Habíamos reservado las entradas del Coliseo con semanas de antelación para el turno de las 9:00 de la mañana, que era el único que nos cuadraba. Sin reserva previa es posible entrar, pero implica hacer una cola que en temporada alta puede superar las dos horas.
El Coliseo antes de que llegue el calor fuerte
Llegamos cuando la entrada todavía estaba en sombra y la plaza alrededor empezaba a llenarse. Desde fuera ya es una escala que no termina de encajar en la cabeza: cuarenta y ocho metros de altura, 188 metros de largo en el eje mayor, y esa fachada de arcos apilados en cuatro plantas que se repite durante casi quinientos metros de perímetro.
Lo construyeron entre el 70 y el 80 d.C. los emperadores Vespasiano y Tito, y tardaron menos de diez años. Eso en un tiempo sin maquinaria de obra, con 100.000 metros cúbicos de travertino extraído en canteras a treinta kilómetros de aquí y transportado todo en carro. La velocidad de construcción fue posible porque tuvieron mano de obra esclava tras la conquista de Judea en el año 70, y porque el diseño en arcos permitía construir secciones en paralelo.
Cabía entre 50.000 y 80.000 espectadores. Las gradas estaban organizadas por clase social: los senadores en las primeras filas, los ciudadanos libres en el medio, las mujeres y los pobres arriba del todo. Lo que se ve hoy sin suelo de madera es el hipogeo, la red de corredores subterráneos donde esperaban los gladiadores y se mantenían los animales antes de subir a la arena. Los juegos de gladiadores se celebraron aquí hasta el 438 d.C., y las cacerías de animales hasta el 523.
Lo que falta en las paredes son los hierros. En la Edad Media, los arcos exteriores tenían grapas de bronce que sujetaban los bloques de piedra entre sí. Los fueron arrancando para reutilizar el metal, entre otras obras, en la construcción de San Pedro. Esos agujeros que se ven en la piedra son exactamente eso: los huecos que dejaron las grapas.
Nuestras primas tardaron un rato en poder moverse dentro. Fue la primera reacción genuina que les vi en todo el viaje: quietas, mirando arriba, sin sacar el teléfono durante un minuto largo.






Foro Romano y Palatino: dos horas entre escombros que no son escombros
La entrada del Coliseo incluye el Foro Romano y el Monte Palatino, así que cruzamos directamente. El Foro es confuso la primera vez porque requiere cierta reconstrucción mental: lo que parece un campo de ruinas sin mucho orden fue durante más de mil años el centro político, comercial, religioso y judicial de Roma y de todo el mundo occidental que dependía de ella. Desde el siglo V a.C. hasta el siglo V d.C., aproximadamente, aquí se aprobaban las leyes, se hacían los negocios, se celebraban los sacrificios y se dictaban las sentencias.
Lo que se ve ahora es lo que quedó después de mil quinientos años de expolio sistemático. Todo lo que se podía mover, se movió. Las columnas que siguen en pie son las que eran demasiado grandes o las que se incorporaron a iglesias y se salvaron por eso. La Vía Sacra todavía tiene el pavimento original, desgastado por siglos de uso. El Arco de Tito, al final del recorrido, conmemora la conquista de Jerusalén en el año 70: en los relieves interiores se puede ver el menorá del Templo llevado en procesión hacia Roma.
El Palatino está encima, literalmente, del Foro. Fue la colina donde vivió Rómulo según la tradición, y después donde vivieron los emperadores. "Palatino" dio lugar a la palabra "palacio" en todas las lenguas occidentales. Sube uno por un camino entre cipreses hasta encontrarse con la planta de los palacios imperiales, que cubre prácticamente toda la colina. Quedan los muros hasta una altura variable, algunos frescos en las habitaciones de Augusto y Livia, y unas vistas al Circo Máximo desde el borde sur que ayudan a entender la relación entre los dos lugares.
Después de tres horas entre el Coliseo, el Foro y el Palatino, nuestras primas ya estaban saturadas de historia y con calor. Fue un buen momento para hacer una pausa larga con agua y algo de fruta sentados a la sombra en el Palatino.






El Vittoriano y sus vistas gratuitas
El Monumento a Vittorio Emanuele II tiene mala fama entre los romanos, que lo llaman "la máquina de escribir" o "la tarta de bodas". Lo construyeron entre 1885 y 1935 en mármol de Brescia, un blanco que envejece diferente al travertino romano y que desentona con el resto del centro histórico. Yo lo encuentro interesante precisamente por eso: es el intento de la Italia recién unificada de construirse un símbolo nacional a escala imperial, y esa sobreactuación tiene su lógica histórica.
Lo importante es que la terraza superior es de acceso gratuito y ofrece una de las mejores vistas panorámicas de Roma. Desde ahí arriba se entiende la densidad del centro histórico y se orientan todos los monumentos que se han visto durante el día.




Del Campidoglio al gueto judío
La Piazza del Campidoglio está justo detrás del Vittoriano y es de otro mundo. Miguel Ángel la diseñó en el siglo XVI para darle una entrada digna a la colina Capitolina cuando Carlos V visitó Roma en 1536. El pavimento en estrella que se ve hoy es una reconstrucción del siglo XX basada en los dibujos de Miguel Ángel, que nunca llegó a ver la plaza terminada. La estatua ecuestre del centro es una réplica: el original, de Marco Aurelio, está en el museo interior para protegerlo de la contaminación.




Bajando hacia el Tíber pasamos por el Pórtico de Octavia, que en el siglo II a.C. era la entrada monumental a un complejo de templos y en el siglo XVI se convirtió en el portal del gueto judío. La comunidad judía de Roma es una de las más antiguas de Europa: llegaron al menos desde el siglo II a.C., antes de que Roma existiera como imperio. Ese pórtico con sus columnas partidas y su arco medieval añadido encima es un resumen bastante visual de cómo Roma acumula capas.
A pocos metros está el Teatro de Marcelo, inaugurado en el año 12 a.C. y capaz de albergar 20.000 espectadores. En el siglo XVI construyeron un palacio encima de los arcos inferiores, y hoy el edificio tiene pisos de apartamentos en la parte superior. El resultado es un arco romano en planta baja y ropa tendida dos plantas más arriba.



La Isla Tiberina y el puente más antiguo de Roma
Cruzamos el Puente Fabricio hacia la Isla Tiberina. El puente data del 62 a.C. y sigue funcionando, lo que lo convierte en el puente más antiguo de Roma aún en uso. La isla tiene forma de barco, lo que no es una coincidencia: en el siglo III a.C. le añadieron un revestimiento de travertino con proa y popa para reforzar esa forma, porque se asociaba a Esculapio, el dios de la medicina. Ha habido un hospital aquí desde la antigüedad: hoy sigue habiendo uno.



La Bocca della Verità ya cerrada
Llegamos a Santa Maria in Cosmedin cuando ya habían echado la cancela. La Bocca della Verità es una máscara de mármol del siglo I, probablemente una tapa de alcantarilla o un elemento decorativo de una fuente, reconvertida en trampa para mentirosos según la leyenda medieval: se decía que si metías la mano mintiendo, la boca te la cortaba. La leyenda se popularizó en todo el mundo después de la película Vacaciones en Roma de 1953, con Gregory Peck y Audrey Hepburn. Sin esa película, probablemente sería una curiosidad menor del pórtico de una iglesia.
Nos conformamos con verla desde la reja, que es suficiente para hacerse una idea.



Terminamos el día con unas vistas del Circo Máximo al atardecer desde el Aventino antes de coger el metro de vuelta. Las piernas pedían misericordia. Habíamos empezado en el siglo I a.C. en el Circo Máximo y terminado en el 62 a.C. en el Puente Fabricio, pasando por doce siglos intermedios. Roma tiene ese efecto: cuando crees que ya has procesado suficiente historia, doblas una esquina y hay otra capa.



Día 7. Vaticano, Capilla Sixtina y una noche en el Trastevere¶
Tercer día en Roma y el más cargado en reservas. Los Museos Vaticanos hay que reservarlos con semanas de antelación en temporada alta, y habíamos elegido la entrada de las 9:00 de la mañana para aprovechar al máximo el tiempo antes de que el calor y las colas internas se volvieran difíciles de gestionar. Salimos de Ponte Galeria en el primer tren y llegamos a las puertas del Vaticano con diez minutos de margen.
Los Museos Vaticanos: dos kilómetros de arte papal
El Vaticano es el estado independiente más pequeño del mundo, con 0,44 kilómetros cuadrados y unos 800 residentes. Los Museos Vaticanos no son un museo sino una colección de museos, galerías y corredores que se extienden durante casi dos kilómetros si se recorre el camino marcado. Los papas empezaron a acumular arte en el siglo XV y no han parado desde entonces.
Entramos y lo primero que hace a la gente es desorientarse. Hay demasiado, y todo parece igual de importante. La estrategia que seguimos fue no intentar verlo todo: la Galería de los Mapas, las Estancias de Rafael y la Capilla Sixtina, en ese orden, sin detenerse mucho en lo que queda entre medias.
La Galería de los Mapas es un corredor de 120 metros decorado con cuarenta mapas de Italia pintados al fresco en el siglo XVI. Lo llamativo es la precisión: son mapas hechos sin satélites ni fotografía aérea, trazados a partir de mediciones directas del terreno, y reconoces perfectamente el contorno de la península. El techo abovedado encima de los mapas está lleno de escenas religiosas que nadie mira porque todo el mundo va mirando los mapas, que es lo correcto.
Las Estancias de Rafael son cuatro habitaciones que el papa Julio II mandó decorar a Rafael entre 1508 y 1524. La Escuela de Atenas está en la segunda habitación y ocupa la pared entera: cincuenta y ocho filósofos de la Antigüedad en una arquitectura clásica imaginaria, con Platón y Aristóteles en el centro. Rafael usó las caras de sus contemporáneos para los filósofos: Platón tiene la cara de Leonardo da Vinci, y en la esquina inferior derecha, el único personaje que mira directamente al espectador es un autorretrato del propio Rafael. Hay quien dice que el filósofo sentado en primer plano, apoyado en un codo, es Michelangelo, añadido después de que Rafael viera los primeros bocetos de la Capilla Sixtina.








En medio del recorrido, nuestra prima se dio cuenta de que había dejado el teléfono en el baño. Volvimos, preguntamos al personal, esperamos un rato. No apareció. Se quedó sin móvil para el resto del viaje, lo que fue un contratiempo real, pero lo gestionó con más calma de la que yo habría tenido. Seguimos adelante.
La Capilla Sixtina: lo que no ves en las fotos
La Capilla Sixtina es la sala más fotografiada de los Museos y también la más difícil de fotografiar bien, porque el techo está a veinte metros de altura y la luz artificial no es suficiente para captarlo en todo su detalle. Lo que sí se puede experimentar en persona y que las fotos no transmiten es la escala total: el techo mide 40 metros de largo por 13 de ancho, y está completamente cubierto por 300 figuras pintadas al fresco por Michelangelo entre 1508 y 1512.
Michelangelo era escultor y no quería el encargo. El papa Julio II tuvo que presionarle repetidamente para que lo aceptara. Cuando llegó al techo, lo encontró ya preparado con yeso húmedo para pintar una decoración de apóstoles en los arcos, que Michelangelo consideró demasiado pobre para el encargo. Negoció un programa mucho más ambicioso: los nueve episodios del Génesis en el centro, los profetas y las sibilas en los arcos, y los antepasados de Cristo en los lunetos. Cuatro años pintando, solo, con el cuello permanentemente girado hacia arriba y de pie sobre el andamio, no tumbado como dice el mito popular.
La "Creación de Adán" está en el quinto panel del centro, y en el contexto del techo completo se entiende mejor que en las reproducciones aisladas: es uno de una serie de nueve escenas del Génesis, y la imagen de los dedos casi tocándose es la síntesis visual de todo el programa teológico. El "Juicio Final" en la pared del altar lo pintó casi treinta años después, entre 1536 y 1541, y el contraste con el techo es evidente: las figuras del Juicio Final son más pesadas, la paleta más oscura, el tono general menos confiado.
Nuestras primas se quedaron quietas más tiempo aquí que en ningún otro sitio del día.
Un malentendido que resultó útil
Al salir de los Museos Vaticanos, comiendo pasta sentados en un escalón cerca de la Vía della Conciliazione, nuestras primas preguntaron por qué no habíamos visto la Basílica de San Pedro dentro de los museos. Les tuvimos que explicar que la basílica es otra visita, que está al otro lado de la plaza, y que la entrada es gratuita. La reacción fue de sorpresa genuina: llevaban toda la mañana creyendo que los Museos eran todo el Vaticano.
Ese malentendido funcionó bien en ese momento: les dio una segunda visita inesperada que no tenían que pagar.




La Basílica de San Pedro: ciento veinte años de construcción
San Pedro tardó 120 años en construirse, de 1506 a 1626. Pasaron por ella Bramante, Rafael, Sangallo, Michelangelo, Maderno y Bernini, entre otros. Michelangelo tomó el mando del proyecto en 1546, con 72 años, y trabajó en él hasta su muerte en 1564 a los 88. Le dio tiempo a diseñar y empezar la cúpula, que tiene 136 metros de altura y sigue siendo la mayor del mundo en términos de volumen interior.
Al entrar, a la derecha, está la Pietà de Michelangelo. Nuestras primas pasaron de largo sin detenerse. Cuando les señalé la escultura y pregunté si la conocían, dijeron que no. Nos paramos un rato: María con el Cristo muerto en el regazo, tallada cuando Michelangelo tenía 24 años. Es la única obra que firmó, con su nombre grabado en la banda que cruza el pecho de María. La historia conocida es que lo hizo porque escuchó a unos visitantes atribuirla a otro escultor, y volvió de noche con un cincel.
El baldaquino de Bernini, en el centro de la basílica, tiene 29 metros de altura. Está hecho de bronce que Bernini consiguió en parte desmontando el porche del Panteón, lo que le valió el dicho romano "lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini" (el papa que encargó el trabajo era Urbano VIII, de la familia Barberini). Marca el lugar donde, según la tradición, está enterrado Pedro.
El Castillo de Sant'Angelo y la Villa Farnesina desde fuera
Las piernas y el calor de las cinco de la tarde no daban para entrar al Castillo de Sant'Angelo ni a la Villa Farnesina. Los vimos desde fuera, que ya es bastante: el Castel, que era el mausoleo del emperador Adriano antes de convertirse en fortaleza papal y luego en prisión, tiene una presencia imponente junto al Tíber. Y la Villa Farnesina, con su fachada del siglo XVI, justifica una visita específica para los frescos de Rafael en el interior, que en esta ocasión quedó pendiente.

Trastevere al anochecer
Cruzamos el Tíber hacia el Trastevere cuando el sol empezaba a bajar. El nombre del barrio es literal: trans Tiberim, al otro lado del Tíber. Tiene comunidad judía desde al menos el siglo I a.C. y comunidad siria desde épocas similares, lo que lo convierte en uno de los barrios habitados de forma más continua en Roma. Hoy está muy turistificado en algunas calles, pero es de los pocos barrios donde todavía vive gente de Roma y donde la cena en una trattoria sin carta en inglés sigue siendo posible si uno se aleja dos calles de los ejes principales.
Pasamos por Santa María en Trastevere, una de las iglesias más antiguas de Roma, con mosaicos del siglo XII en el ábside que brillan incluso con poca luz. Y por Santa Cecilia, donde la estatua de la mártir tumbada, obra de Stefano Maderno del 1600, muestra a la santa exactamente como se dijo que encontraron su cuerpo al abrirse el sepulcro en 1599: girada hacia la pared, con tres cortes en el cuello, los dedos extendidos. Es una escultura que incomoda, y eso es parte de su efecto.




Cenamos en el Trastevere en una trattoria con mesas en la calle, pasta cacio e pepe y vino de la casa. Nuestras primas, que llevan días comiendo pizza para llevar y sándwiches del supermercado, agradecieron sentarse y que alguien les trajera la comida. La conversación giró alrededor de todo lo que habían visto ese día, sin teléfono de por medio en el caso de nuestra prima, lo que resultó en que hablamos más que en ninguna otra cena del viaje.

Día 8. Del Moisés al Panteón, con parada en la Fontana di Trevi¶
Cuarto día en Roma y el que teníamos menos planificado. Sin entradas reservadas y sin el agotamiento de los Museos Vaticanos por delante, pudimos movernos a un ritmo algo más relajado. Desayunamos en el mismo bar de Ponte Galeria de siempre y cogimos el tren hacia el centro.
San Pietro in Vincoli y el Moisés de Miguel Ángel
Empezamos en la Basílica de San Pietro in Vincoli, cerca del Coliseo. La iglesia guarda las cadenas con las que, según la tradición, ataron a Pedro en Jerusalén, y durante siglos eso fue su principal atracción. Hoy viene la gente por el Moisés.
Miguel Ángel esculpió el Moisés entre 1513 y 1515 como pieza central del monumento funerario del papa Julio II, el mismo que le había obligado a pintar la Capilla Sixtina. El monumento original debía ser enorme, con cuarenta esculturas, y nunca se terminó. El Moisés que sobrevivió está sentado, con las tablas de la ley bajo el brazo y una expresión de concentración tensa que parece a punto de estallar. Tiene lo que parecen cuernos en la cabeza, que en realidad son rayos de luz: la Vulgata latina tradujo el hebreo karan ("brillaba") como cornuta ("cornuda"), y Michelangelo siguió la iconografía establecida.
La reacción de nuestras primas fue la misma que ante la Pietà del día anterior: primero un silencio, luego preguntas. No habían visto nada de Michelangelo antes de este viaje y llevan tres días con él en todas partes. Les expliqué que Michelangelo se consideraba escultor, no pintor, y que el Moisés y la Pietà eran para él los trabajos más representativos, no la Capilla Sixtina.


Santa María la Mayor y el techo de oro americano
La Basílica de Santa María la Mayor está en lo alto del Esquilino y es una de las cuatro basílicas papales de Roma. La nave central tiene columnas de mármol antiguo y mosaicos del siglo V en los muros laterales, que narran el Antiguo Testamento en escenas pequeñas y precisas, pintadas cuando el Imperio de Occidente llevaba pocas décadas de haber colapsado.
El techo artesonado es de madera dorada, construido en el siglo XV con el primer oro llegado de América según cuenta la tradición, donado por los Reyes Católicos al papa Alejandro VI. Si es cierto o parcialmente cierto, es un detalle que cambia la forma de mirar el techo: ese dorado tiene una historia de quince años después de 1492.


Santa María de los Ángeles: una iglesia dentro de unas termas
La Basílica de Santa María de los Ángeles está construida dentro de las Termas de Diocleciano, que en el siglo IV fueron el complejo termal más grande de Roma, con capacidad para tres mil personas simultáneamente. Cuando las termas cayeron en desuso, el papa Pío IV encargó a Michelangelo en 1561, con 86 años y tres años antes de su muerte, que convirtiera parte del complejo en iglesia. Aprovechó el tepidarium, la sala tibia central, como nave transversal.
El resultado es una iglesia de proporciones que no se esperan al cruzar la puerta: la nave transversal tiene treinta metros de altura y está sostenida por ocho columnas de granito rojo original de las termas, de catorce metros de altura cada una. La escala no es la de una iglesia, es la de un edificio industrial del siglo IV.
En el suelo de mármol hay una línea de bronce que cruza la iglesia de este a oeste: es el meridiano solar de Francesco Bianchini, instalado en 1702. Un pequeño agujero en el muro sur deja pasar un rayo de luz que al mediodía solar cae exactamente sobre la línea y marca el día del año por la posición dentro de la línea. Durante décadas se usó para calibrar los relojes de Roma.




El Palazzo Barberini desde la calle
No entramos al Palazzo Barberini, que alberga la Galería Nacional de Arte Antiguo. Lo vimos desde fuera y desde el patio, que es de acceso libre. El palacio lo diseñó Carlo Maderno en 1625 y lo terminaron Bernini y Borromini, que aquí trabajaron juntos antes de convertirse en rivales. Las abejas de la familia Barberini aparecen repetidas en la fachada: el papa Urbano VIII era de esa familia y encargó el palacio.

Los capuchinos de la Via Veneto
La iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos, en la Via Veneto, tiene una cripta decorada con los huesos de casi cuatro mil frailes capuchinos fallecidos entre 1528 y 1870. No la visitamos ese día por falta de tiempo, pero el dato es suficiente para reorientar la imagen que uno tiene de la Via Veneto, que hoy es una calle de hoteles de lujo y restaurantes para turistas. Debajo hay un osario.

La Fontana di Trevi a las tres de la tarde
Llegamos a la Fontana di Trevi a la peor hora posible: tres de la tarde de un martes de mayo. La plaza estaba llena hasta los bordes. Hay guardias que impiden sentarse en el borde de la fuente o meterse en el agua, y lo hacen con silbatos.
La fuente la empezó Nicola Salvi en 1732 y quedó interrumpida a su muerte en 1751; Giuseppe Pannini la completó en 1762. Marca el punto final del Acueducto de la Virgen, el Aqua Virgo, construido en el 19 a.C. y que sigue siendo el acueducto que alimenta la fuente hoy, dos mil años después. El agua llega de los Montes Sabinos y entra a la fuente por el mismo recorrido que diseñaron los ingenieros romanos bajo Augusto.
La tradición de lanzar monedas la popularizó la película de 1954 Tres monedas en la fuente. El Ayuntamiento de Roma recoge las monedas del fondo regularmente: aproximadamente un millón y medio de euros al año, que dona a Cáritas. Les propusimos a nuestras primas que lanzaran cada una una moneda y se pusieron a discutir si tirarla con la mano derecha por encima del hombro izquierdo o al revés. La discusión duró más que el lanzamiento.

De la Piazza Colonna a la Piazza di Spagna
La Piazza Colonna está presidida por la Columna de Marco Aurelio, de casi cuarenta metros de altura y cubierta por un friso en espiral que narra las campañas del emperador contra los germanos y los sármatas. Es el equivalente a la Columna de Trajano, que está a pocos cientos de metros. El Palazzo Chigi, sede del gobierno italiano, da a esta plaza, lo que hace que haya un par de policías permanentes en las esquinas.
Desde ahí caminamos hasta la Piazza di Spagna, que es una de las plazas más fotografiadas de Roma por la escalinata de la Trinidad de los Montes. Los 135 escalones se construyeron en el siglo XVIII con financiación francesa para conectar la plaza con la iglesia de la Trinidad en lo alto de la colina. La fuente en el centro, la Barcaccia, es de Pietro Bernini, padre de Gian Lorenzo, y tiene forma de barca hundida porque el nivel de la fontanería no daba para más presión de agua que la necesaria para llenar una barca baja.




Trinità dei Monti y el Pincio
Desde la iglesia de la Trinidad de los Montes hay una vista de Roma hacia el sur que es la que sale en todas las postales de la Piazza di Spagna. Desde el Pincio, la colina que queda a la derecha subiendo desde la plaza, hay otra vista distinta hacia el oeste, con la cúpula de San Pedro en el centro del horizonte y la Plaza del Popolo abajo. Es el mirador que usan los turistas con trípode.
Entramos a los jardines de Villa Borghese, que en el siglo XVII eran los jardines privados de la familia Borghese y hoy son el parque más grande del centro histórico de Roma. Alquilamos uno de los botes del lago artificial: cuatro euros por media hora, y el lago tiene patos que se acercan a los botes sin ningún miedo. Fue el momento del viaje en que más relajadas vi a nuestras primas. Cuatro días de museos, ruinas e iglesias, y lo mejor fue un lago con patos.




La Plaza del Popolo y la Via del Corso
Bajamos desde el Pincio hasta la Plaza del Popolo, que durante siglos fue la entrada norte a Roma para los viajeros que llegaban por la Via Flaminia. El obelisco del centro lo trajo Augusto de Heliópolis en el año 10 a.C.: tiene quince siglos más que la plaza que lo rodea. Las dos iglesias gemelas en la entrada de la Via del Corso no son exactamente gemelas: una tiene planta circular y otra elíptica, aunque desde la plaza parecen idénticas.
Por la Via del Corso bajamos hacia el Panteón con una parada en una gelatería donde pedimos pistacho y stracciatella. Las heladerías artesanales en Roma son fáciles de distinguir de las industriales: las artesanales tienen el helado guardado en cubetas tapadas, no en montañas de colores llamativos en el mostrador.



El Panteón sin entrar
El Panteón lo construyó el emperador Adriano alrededor del año 125 d.C., sobre el solar de dos templos anteriores. La cúpula tiene 43,3 metros de diámetro, exactamente igual que su altura interior: es una esfera perfecta inscrita en el edificio. El óculo del centro, de 8,7 metros de diámetro, es la única fuente de luz natural, y cuando llueve el agua entra y sale por un sistema de desagüe del suelo original romano.
La cúpula no tiene armadura metálica: es hormigón romano vertido en capas, con agregados cada vez más ligeros hacia arriba (piedra volcánica, pómez) para reducir el peso según sube. Los ingenieros modernos no han logrado reproducir exactamente la fórmula. Dos mil años después, sigue siendo la mayor cúpula de hormigón no armado del mundo.
Sobrevivió porque en el 609 d.C. el papa Bonifacio IV lo convirtió en iglesia cristiana. Eso lo sacó del ciclo de demolición y saqueo que acabó con casi todos los demás edificios romanos.
Ese día tenía obras en la plaza exterior: andamios y vallas cubrían parte de la fuente y el obelisco. No entramos porque el acceso es ahora de pago y estábamos ya con el presupuesto del día bastante consumido. La fachada desde fuera da idea suficiente de lo que es, aunque el interior sea donde la escala de la cúpula se entiende de verdad.


La Piazza Navona al atardecer
La Piazza Navona ocupa el solar del estadio de Domiciano, construido en el siglo I d.C. para carreras de atletismo y juegos griegos. La forma ovalada de la plaza repite exactamente el trazado del estadio, y los edificios de alrededor están construidos sobre las gradas. En algunas calles adyacentes se puede ver el exterior curvo del estadio en la planta baja de los edificios.
La Fuente de los Cuatro Ríos, en el centro, la diseñó Bernini en 1651. Las cuatro figuras representan los grandes ríos de los cuatro continentes conocidos en ese momento: el Nilo con la cabeza cubierta porque se desconocía el origen del río, el Ganges con el remo por la navegabilidad, el Danubio mirando hacia el escudo papal, y el Río de la Plata con monedas a los pies por las riquezas americanas. La historia de que Bernini puso las figuras mirando hacia otro lado para insultar a Borromini, cuya iglesia de Sant'Agnese da a la plaza, es casi seguramente un mito: la fuente se terminó antes de que empezaran las obras de la iglesia.
Nos sentamos en la terraza de uno de los bares que bordean la plaza y pedimos aperitivos con las almendras fritas que traen de cortesía. La plaza a las siete de la tarde tiene un ritmo diferente al del mediodía: menos grupos de tour, más familias, artistas callejeros que instalan sus cosas cuando el calor baja. Cerramos el día ahí, con las piernas estiradas y la cuenta del día intentando encajar.




Día 9. Último día y vuelta a Bilbao¶
Último día. Las maletas en Ponte Galeria ya están listas desde la noche anterior porque el vuelo de Volotea sale a las 10:05 y no hay margen para improvisaciones matinales. Cuatro días en Roma, diez en total contando Barcelona y París, y el nivel de cansancio acumulado es tal que nadie protesta por madrugar.
El autobús de las 8:30
Una de las ventajas de Ponte Galeria frente al centro histórico es la proximidad al aeropuerto. Cogemos el autobús lanzadera a las 8:30 y en veinte minutos estamos en Fiumicino. El trayecto pasa por la misma periferia que hemos visto desde el tren durante cuatro días: bloques de apartamentos, algún almacén industrial, una gasolinera, un vivero de plantas. Roma sin turistas.
Los trámites de facturación y seguridad van sin incidencias. El vuelo sale con quince minutos de retraso a las 10:20. Dos horas y algo hasta Bilbao.
Qué me llevo de Roma
Cuatro días en Roma son suficientes para formarse una opinión y no suficientes para tenerla bien fundamentada. Eso ya lo sé antes de empezar a resumir.
Lo que más me quedó de esta visita no fue ningún monumento en particular sino el efecto de acumulación. El Foro Romano, el Panteón, el Coliseo: son edificios de épocas distintas, construidos con propósitos distintos, que hoy existen en el mismo espacio de caminata de media hora. La densidad histórica de Roma es diferente a la de París o Barcelona no en grado sino en tipo: no es que haya más cosas antiguas, es que están superpuestas de una forma que requiere un esfuerzo mental constante para separar las capas.
Lo que me cuesta más de Roma es la masificación, aunque entiendo que es un problema de éxito y no tiene solución sencilla. El Coliseo a las nueve de la mañana con entrada reservada es manejable. La Fontana di Trevi a las tres de la tarde en mayo es una experiencia distinta. Son el mismo viaje pero no se parecen en nada.
La decisión de alojarnos en Ponte Galeria resultó ser más acertada de lo que parecía en el mapa. El trayecto al centro en tren no supuso ningún problema real, los precios en el barrio eran los de una ciudad normal y no los de una zona turística, y la señora del bar donde comprábamos los billetes nos empezó a reconocer a partir del segundo día. Ese tipo de pequeña continuidad también es parte de lo que hace que un viaje quede en la memoria.
Lo que quedó por ver
Roma tiene suficiente para varios viajes separados. Esta vez no entramos a la Galería Borghese, que requiere reserva con semanas de antelación para grupos pequeños y que tiene la mayor colección de esculturas de Bernini del mundo. No visitamos las Catacumbas. No subimos a la cúpula de San Pedro. No entramos al Castillo de Sant'Angelo. No vimos los apartamentos de los papas en los Museos Vaticanos, que se reservan por separado.
Eso no es un fracaso de planificación sino la realidad de cuatro días. Roma es el tipo de ciudad donde hay que elegir.
Nuestras primas y su primer viaje por Europa
Ver los sitios con personas que los ven por primera vez cambia la forma en que los ves tú. En el Coliseo, nuestras primas se quedaron quietas un minuto completo antes de moverse, procesando la escala. En la Capilla Sixtina, miraron el techo el doble de tiempo que yo, porque no tenían nada previo con lo que compararlo. En el lago de Villa Borghese, con los remos y los patos, se rieron más que en cualquier museo.
Lo que no captura el itinerario en papel es la fatiga de cuarto día. A partir del Panteón y la Piazza di Spagna, nuestras primas empezaban a estar saturadas, y eso es completamente razonable después de cuatro días de museos, iglesias y caminatas bajo el sol de mayo. La Piazza Navona la disfrutamos sentados en una terraza, que fue probablemente la decisión correcta para ese momento del viaje.
La prima que perdió el teléfono en los Museos Vaticanos lo gestionó bien. La cena en el Trastevere el día anterior, sin el teléfono encima, fue la conversación más larga que tuvimos en todo el viaje.
Aterrizaje en Bilbao
El vuelo entra a Bilbao por el sur, desde los montes, y el verde del País Vasco después de cuatro días de travertino y cipreses resulta llamativo. La luz es diferente, más fría, aunque en mayo tampoco es que haya mucha diferencia de temperatura.
Las maletas salen rápido. El autobús Bizkaibus hasta Abando. El viaje ha terminado.




































